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Visita pastoral del Santo Padre León XIV a Pompeya y Nápoles – Salida de Roma, acogida en Pompeya y encuentro con el «Templo de la Caridad» del Santuario de Pompeya, 08.05.2026

A las 8.00 horas de esta mañana, el Santo Padre León XIV partió en helicóptero desde el helipuerto del Vaticano para dirigirse a Pompeya y Nápoles en visita pastoral.

A su llegada, a las 8:52, tras aterrizar en la zona de reuniones del Santuario de Pompeya, el Papa fue recibido por: S. E. Mons. Tommaso Caputo, arzobispo prelado de Pompeya y delegado pontificio para el Santuario; el Hble. Roberto Fico, presidente de la Región de Campania; el Dr. Michele Di Bari, prefecto de Nápoles; el Dr. Gaetano Manfredi, alcalde de la Ciudad Metropolitana de Nápoles; y la Dra. Andreina Esposito, alcaldesa interina de Pompeya.

A continuación, León XIV se dirigió a pie a la Sala Luisa Trapani de la zona de reuniones, donde —a las 9:45— se reunió con el «Templo de la Caridad», una institución que acoge a personas en situación de desamparo.

Tras el discurso de bienvenida de S. E. Monseñor Tommaso Caputo y el saludo de algunos huéspedes de los Centros del Santuario de Pompeya, el Papa pronunció su discurso.

Al término del encuentro, tras abandonar la Sala Luisa Trapani, el Santo Padre se trasladó en automóvil al Santuario de Pompeya.

Publicamos a continuación las palabras de saludo que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:

Discurso

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y gracias!

Me alegra mucho encontrarme con todos ustedes, quienes de diversas maneras están vinculados a las obras de caridad del Santuario de Pompeya: personas acogidas, religiosos, educadores y voluntarios. Saludo y agradezco especialmente al obispo por las palabras que me dirigió y a ustedes que han compartido sus testimonios.

Para mí es hermoso comenzar esta visita pastoral siguiendo los pasos de san Bartolo Longo, a quien tuve la alegría de canonizar el pasado 19 de octubre. Él llamaba al Valle de Pompeya «lugar del amor que calienta el corazón», «triunfo de la fe y la caridad»: virtudes que definía como «dos alas unidas en un mismo vuelo».

Esta realidad sigue muy viva y visible. Aquí, en las Obras del Santuario, se experimenta cada día el poder de la Resurrección de Cristo, quien, en el amor, regenera los corazones a la buena vida del Evangelio. Aquí el «Templo de la Caridad» y el «Templo de la Fe» se sostienen mutuamente. La oración alimenta la acogida, el afecto, el servicio y el compromiso generoso de tantos, en los Centros educativos, en las Casas de Acogida, en el Comedor para los pobres, dedicado al Papa Francisco. Y el amor obra milagros que van mucho más allá de todo esfuerzo y expectativa: en los miembros de quienes sufren y, aún más, en las almas.

Cuando san Bartolo llegó por primera vez al Valle de Pompeya, encontró una tierra afligida por tanta miseria, habitada por unos pocos campesinos muy pobres, asolada por la malaria y los bandidos. Sin embargo, él supo ver en todos, el rostro de Cristo: en los grandes y en los pequeños, y en particular en los huérfanos y en los hijos de los presos, a quienes hizo sentir, con su ternura, el latido del corazón de Dios.

A quienes le decían que sus jóvenes estaban destinados a correr la misma suerte que sus padres, él respondía que el amor puede impulsar al bien incluso a los jóvenes más difíciles y que, en cualquier ámbito de acción, solo la caridad asegura victorias seguras, grandes y definitivas. Tenía razón, y lo demostró al convertir este lugar, con fe y con compromiso, en un centro de vida cristiana y de devoción a María Santísima conocido en todo el mundo.

Sin embargo, como hemos dicho, la base de todo es la oración y, en particular, el Santo Rosario. Situado simbólicamente como fundamento del Santuario y de la ciudad, es el motor oculto que hace posible todo lo demás. Por eso les recomiendo a todos ustedes que mantengan siempre viva y difundan esta antigua y hermosa devoción, gracias a la cual, al contemplar los Misterios de la vida de Jesús con los ojos sencillos y maternales de María, «lo que Él ha obrado» penetra en nuestros corazones y transforma nuestra existencia (cf. San Juan Pablo II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, 16 de octubre de 2002, 13).

Hermanos y hermanas, sacerdotes, religiosas y religiosos, matrimonios comprometidos en las Casas de Acogida, educadores, voluntarios, que este sea su programa de vida: ser hombres y mujeres de oración, para reflejar, como espejos transparentes y humildes, la luz que viene de Dios. Así alimentarán, con gestos y palabras, la llama de amor que san Bartolo encendió y serán, en el servicio, en el diálogo y en la vida de fe, modelos creíbles y guías sabios para esta maravillosa juventud.

Y a ustedes, niños, adolescentes y jóvenes, les recomiendo que confíen en quienes, con amor, se ocupan de su crecimiento, y aún más —y siempre en su vida— que confíen en Jesús, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado, que nos salva y nos libera, el amigo que nunca nos abandona ni nos rechaza, el hermano que nos comprende y que camina siempre con nosotros. Déjense llevar y animar por la alegría que emana de sus palabras y de sus ejemplos, y anúncienla a todos. Nuestro mundo la necesita tanto, y ustedes, que la conocen bien, pueden ser, con su frescura, los testigos más convincentes.

Queridísimos, este es un lugar de gracia, en el que la Virgen del Rosario y san Bartolo reúnen a hombres y mujeres de todas las edades, procedencias y condiciones, para llevarlos a la única fuente de ese amor universal que solo puede dar al mundo serenidad y concordia: para llevarlos a Dios. Acerquémonos a Él, mientras le confiamos, por las manos de María, a toda la humanidad, seguros de que, con la ayuda de su gracia, nada podrá detenernos en la realización del bien y la esperanza en un futuro de paz, aquí y en todas partes, tendrá su cumplimiento.

¡Gracias por lo que hacen! Sigan adelante con generosidad y confianza. Les aseguro mis recuerdos en la oración, los encomiendo a la intercesión de la Madre del Cielo y de san Bartolo, y los bendigo a todos de corazón.

¡Reina del Santo Rosario de Pompeya, ruega por nosotros!

¡San Bartolo, ruega por nosotros!