Encuentro con la comunidad eclesial de la Diócesis de San Marino-Montefeltro; salida y llegada a Pennabilli
Al concluir el encuentro con los Excelentísimos Capitanes Regentes, el Santo Padre León XIV salió del Palacio Público y se dirigió a pie a la Basílica de San Marino, donde se reunió con sacerdotes, consagrados y representantes de la vida eclesial de la Diócesis allí reunidos.
A su llegada, el Papa fue recibido en la entrada por S. E. Monseñor Domenico Beneventi, obispo de San Marino-Montefeltro, y por don Marco Mazzanti, rector de la basílica.
Tras la adoración del Santísimo Sacramento, la veneración de las reliquias de San Marino y el saludo de S. E. Monseñor Domenico Beneventi, el Santo Padre pronunció su discurso.
Posteriormente, una vez concluido el encuentro con la comunidad eclesial, el Papa saludó a los numerosos fieles presentes en la plaza.
Inmediatamente después, León XIV se dirigió a pie a la Plaza Garibaldi, desde donde se trasladó en automóvil al aeródromo de Torraccia.
Tras despedirse de los Excelentísimos Capitanes Regentes y de las autoridades que lo recibieron a su llegada, a las 12:05, el Papa partió en helicóptero hacia Pennabilli, en la provincia de Rímini, donde el Santo Padre almorzó en privado en el monasterio de las monjas agustinas.
A su llegada a Pennabilli, el Santo Padre fue recibido por el alcalde, el señor Mauro Giannini, y por el párroco, don Mirco Cesarini.
Publicamos a continuación el discurso que el Papa León XIV pronunció en la Basílica de San Marino y el saludo que el Papa dirigió a los fieles desde el atrio de la Basílica:
Discurso del Santo Padre en la Basílica de San Marino
Saludo del Santo Padre a los jóvenes presentes en la plaza
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Discurso del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Me alegra encontrarme con ustedes en esta Basílica —también con ustedes, que están afuera—, en esta Basílica dedicada al santo diácono Marino, su Patrono. Saludo a Su Excelencia, su Obispo, a quien agradezco las palabras que me ha dirigido; a los sacerdotes, a los consagrados y consagradas, a los representantes de la vida eclesial de la Diócesis y a todos los presentes. Quisiera que viviéramos juntos este momento como una pausa en nuestro camino común tras las huellas de Cristo.
La Diócesis de San Marino-Montefeltro es heredera de una rica historia de fe y de valentía: la de los santos Marino y León, quienes, hace dieciocho siglos, mediante el anuncio cristiano, «llevaron al contexto de esta realidad […] perspectivas y valores nuevos, dando origen a una cultura y a una civilización centradas en la persona humana, imagen de Dios» (Benedicto XVI, Homilía, San Marino, 19 de junio de 2011). Laicos y canteros —solo posteriormente llamados, en diverso grado, al ministerio ordenado—, supieron traducir el mensaje del Evangelio en un modelo comunitario y político nuevo, fuertemente caracterizado por los principios cristianos de libertad, respeto mutuo y comunión, un modelo que permanece vivo hasta nuestros días. Y es hermoso constatar cómo su Comunidad diocesana y la comunidad civil procuran continuar la obra de los Fundadores con el mismo entusiasmo y la misma fidelidad. Por este motivo, quisiera detenerme a reflexionar con ustedes sobre algunos aspectos de su camino como Iglesia que considero importantes.
Me dirijo ante todo a los jóvenes, retomando lo que el Papa Benedicto XVI les dijo durante su visita aquí, hace quince años: «No se detengan en respuestas parciales, inmediatas […] más fáciles en un primer momento y más cómodas, que pueden dar algunos ratos de felicidad, de exaltación, de embriaguez, pero que no los conducen a la verdadera alegría de vivir» (Encuentro con los jóvenes, 19 de junio de 2011); y luego añadía: «Su corazón es una ventana abierta al infinito.». Pues bien, queridos jóvenes: ¡mantengan abierta esta ventana! Sigan con la mirada del alma los caminos trazados en ustedes por los grandes deseos de belleza, de bondad y de vida que llevan en el corazón. Si observan atentamente sus recorridos y escuchan su voz, ellos los conducirán hacia lo alto, al encuentro con Dios, allí donde Él los busca y los espera; y, con su ayuda, sus sueños tendrán la fuerza de dejar una huella en la historia y transformarla para bien.
He aquí, entonces, la segunda invitación que quisiera dirigirles: ¡abracen con entusiasmo su misión en el mundo! Háganlo, ante todo, tratando de comprender cuál es el llamado que Dios les dirige, único para cada uno, y de valorar su grandeza (cf. Ef 1,18). Y luego entréguense a él, poniendo sin reservas toda la riqueza de los dones que Dios les ha concedido. No tengan miedo de hacer elecciones exigentes, como el matrimonio, la consagración, el ministerio ordenado, la vida profesional, el compromiso social y político; prepárense de la mejor manera posible para las responsabilidades que los esperan. Déjense involucrar en iniciativas y proyectos de caridad y de justicia. Así también ustedes contribuirán a dar «un testimonio de paz que habla al mundo», como dice el lema de esta visita mía.
A este respecto, quisiera expresar también un sincero agradecimiento a los sacerdotes, catequistas y a todos los educadores que, mediante diversos itinerarios y propuestas, se esfuerzan por favorecer el crecimiento humano y cristiano de los niños y adolescentes. Queridos hermanos y hermanas, el suyo es un trabajo escondido pero muy importante, un servicio humilde y precioso, porque ayuda a los padres, primeros responsables de la educación en la fe de sus hijos. La familia, en efecto, es el primer lugar de formación en la fe, el seno natural en el que el Evangelio, desde la infancia, se aprende y se respira cotidianamente. Por eso, una pastoral sabia procurará alimentar una fuerte sinergia formativa entre las familias y las comunidades eclesiales, un pacto educativo, para que los padres se sientan involucrados, redescubran ellos mismos la fe de un modo nuevo y tengan la alegría de transmitir a sus hijos los valores cristianos de los que son custodios.
En cuanto a los contenidos, los itinerarios de crecimiento, especialmente en la iniciación cristiana, deben comunicar ante todo la belleza y el gusto de la vida bautismal y sacramental, para que nazcan y se fortalezcan en las comunidades caminos de santidad, y en todos madure la conciencia de su propia dignidad profética, sacerdotal y real. Siguiendo la enseñanza del Concilio Vaticano II, cuídese con atención la liturgia y fórmese a los fieles para vivirla de manera coral, como acción común de un único cuerpo vivo (cf. Const. Sacrosanctum Concilium, 26), en el que cada miembro recibe fuerza de la Mesa del Señor para llevar su luz por los caminos del mundo.
Nosotros creemos que el Evangelio es camino de libertad para los hombres y mujeres de todos los tiempos, y que en Jesucristo y en su Palabra encuentran sentido y respuesta definitiva las alegrías, las heridas y las preguntas más profundas de la humanidad. Por eso estamos convencidos de que el don más grande que podemos ofrecer a los hermanos y hermanas que el Señor pone en nuestro camino es ayudarlos a encontrarse con Él, el Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros, y encontrar en Él la salvación. A la luz de esto, ejercemos la caridad en todas sus formas, sin escatimar esfuerzos, teniendo siempre en el corazón y muy presente el bien último e integral de las personas a quienes ofrecemos nuestro apoyo.
Vivimos en un mundo herido por numerosos conflictos, en el que vemos con preocupación cómo aumentan las violencias, los cierres y el miedo al otro. Frente a estas derivas inquietantes, nuestra respuesta no puede ser otra que caminar con mayor convicción todavía por el camino del Evangelio. Su inspiración está en la base de una sociedad «construida sobre el respeto de la libertad propia y de la de los demás y, sobre todo, sobre el respeto de la santa Voluntad de Dios» (San Juan Pablo II, Homilía, San Marino, 29 de agosto de 1982), que enseña y manda prestar atención a los más débiles, el perdón, la comunión y la solidaridad.
A este respecto, deseo subrayar la importancia y el valor profético de algunas experiencias de apoyo mutuo y de cercanía mediante las cuales, en las zonas más internas de este territorio, las pequeñas comunidades afrontan los problemas relacionados con la despoblación y la carencia de servicios, manteniendo vivo el sentido de familia y de comunión. Estas realidades, aparentemente pequeñas y marginales, son como pequeñas llamas de las que podemos tomar luz para volver a encender y reanimar en todos el fuego de valores sólidos, antiguos y siempre actuales. Tales experiencias testimonian el calor de esa magnífica humanitas a la que es necesario tender, para vencer el individualismo de cierta cultura metropolitana y consumista, así como otras formas de localismo desconfiado y divisivo, y devolver oxígeno a nuestras esperanzas de fraternidad y de paz.
Queridos hermanos y hermanas, la última palabra es la que más llevo en el corazón: comunión. Demos, en nuestras comunidades, testimonio de unidad: entre las parroquias y, dentro de ellas, entre pastores y fieles, entre los diversos carismas y ministerios. También esto forma parte del patrimonio del Evangelio vivido que los santos Marino y León nos han dejado, y de la misión que tenemos de continuar, con constancia y dedicación, haciendo crecer aquello que ellos comenzaron. Por su intercesión, que el Señor los bendiga y los sostenga siempre en su camino.
¡Les agradezco de todo corazón su acogida! Los llevo conmigo en mi oración, y estoy seguro de que también ustedes continuarán rezando por el Papa. ¡Gracias!
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Palabras del Santo Padre León XIV a los jóvenes reunidos en la plaza a la salida de la Basílica
¡Buenos días! ¡Muchas felicidades a todos!
Entonces, han escuchado un poco, durante el discurso… Puedo repetir las mismas palabras comenzando así: abran la puerta de su corazón, escuchen siempre a Jesucristo y no tengan miedo, nunca, de escuchar lo que Jesús quiere decirle a cada uno de ustedes.
Sí, puedo decirles algo muy importante a ustedes, jóvenes: reconozcan en ustedes mismos el valor de la vida. El valor de tu vida, de ti que has sido creado por Dios, amado por Dios: tu vida tiene muchísimo valor para nosotros, para la Iglesia, para tu familia, para todo el mundo. Crean en aquello que Dios ha creado, porque todos ustedes son hijos e hijas de Dios y Dios los ama. Y vivir con este sentido del amor en el corazón les dará todo lo que necesitan durante toda la vida.
Sean generosos, estén siempre abiertos al servicio de los demás, busquen formar amistades auténticas: en la amistad podemos formar comunidad.
Aquí, en San Marino, tienen un lema tan hermoso. Una sola palabra: «Libertas». Seguramente lo han escuchado muchas veces. La auténtica libertad la encontramos solo en Jesucristo, la encontramos en la verdad: Jesús que vino, vino para darnos vida, vino para ayudarnos a reconocer la verdad en un mundo tantas veces lleno de mentiras, lleno de engaños.
Pero, si tienen a Jesucristo en sus corazones, si tienen la verdad y la libertad de seguir a Jesús, no necesitan tener miedo de ninguna otra cosa. Porque Jesús camina con ustedes y Jesús nos llama a todos, nos convoca a caminar todos juntos.
¡Gracias! ¡Gracias a todos ustedes! Y verdaderamente somos una sola comunidad, siempre unidos. ¡Gracias!