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Visita pastoral del Santo Padre León XIV a la «Sapienza - Universidad de Roma», 14.05.2026

A las 10:00 horas de esta mañana, el Santo Padre León XIV partió del Vaticano en automóvil para realizar una visita pastoral a la Sapienza - Universidad de Roma.

A su llegada, a las 10:20, el Papa fue recibido frente a la Capilla Universitaria «Divina Sapienza» por la Magnifica Rectora, la Prof.ª Antonella Polimeni, y posteriormente, a la entrada de la iglesia, por el Emmo. Card. Baldo Reina, vicario general de Su Santidad para la Diócesis de Roma, y por el capellán, Don Gabriele Vecchione.

Tras un breve momento de oración en silencio, el Papa dirigió unas palabras improvisadas a los presentes y luego saludó personalmente a un grupo de estudiantes. Posteriormente, León XIV se trasladó en un carrito de golf a la plaza central y, desde la escalinata monumental, dirigió unas palabras de saludo a los estudiantes que lo esperaban.

A continuación, a las 10:40 horas, en el Salón de Representaciones del Palacio del Rectorado, el Papa mantuvo una conversación privada con la Magnifica Rectora.

A las 11:00, tras la firma del Libro de Honor, en el pasillo frente al Estudio, se descubrió una placa conmemorativa de la visita y el Papa saludó a los miembros del Senado Académico y a los empleados de la Universidad.

Concluida la visita a la exposición «La Sapienza y el Papado», el Santo Padre se dirigió al Aula Magna, donde, aproximadamente a las 11:20, tuvo lugar el encuentro con profesores y estudiantes.

Tras el saludo de la Magnifica Rectora, el Papa León XIV pronunció su discurso.

Al término del encuentro, tras el intercambio de obsequios, el Papa saludó a una representación de estudiantes.

Antes de abandonar la Universidad, a las 12:00 horas, el Santo Padre salió a la escalinata monumental y pronunció unas palabras de saludo y agradecimiento a los estudiantes presentes en el exterior. A continuación, regresó en automóvil al Vaticano.

Publicamos a continuación las palabras de saludo y el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante la visita:
 

Saludo improvisado en la Capilla Universitaria

¡Buenos días! ¡Un saludo a todos, a la rectora, a Su Eminencia, a los obispos auxiliares, a todos ustedes, estudiantes, y a los profesores!

He querido comenzar esta visita esta mañana aquí en la Capilla, en esta hermosa iglesia, lugar de encuentro con el Señor. Porque, ante todo, mi visita de esta mañana es una visita pastoral: conocer un poco la Universidad, conocerlos a ustedes, poder saludarlos y compartir un breve momento en la fe. Quien investiga, quien estudia, quien busca la verdad, al final busca a Dios, encontrará a Dios, lo hallará precisamente en la belleza de la creación, en las muchas formas en las que Dios ha querido dejar su huella, en todo lo que somos, sobre todo como hijos e hijas de Dios, criaturas hechas a su imagen, pero también en su creación.

Así pues, es un hermoso momento hoy compartir un poco con la comunidad universitaria, en este centro de estudios…, creo que es el más grande de toda Europa. Y entonces es verdaderamente una bendición, un don de Dios, encontrarnos aquí y vivir este momento, sabiendo que es Dios quien nos ha llamado, es Dios quien ha dado esta maravillosa creación para nosotros. Les deseo no solo un buen día, sino también un buen estudio, y que este tiempo que viven en esta Universidad sea verdaderamente para todos ustedes un encuentro con Dios y con la belleza de la vida.

Ahora les imparto la bendición, y luego continuaremos un poco la visita por otros lugares de la Universidad.

[Bendición]

Bien, ¡que tengan un buen día, gracias a ustedes! ¡Gracias por la bienvenida!
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Dirigiéndose hacia el Rectorado de la Universidad, el Santo Padre dirige unas palabras de saludo a los estudiantes presentes en la plaza central del Ateneo:

¡Buenos días a todos! Bien, ¡gracias por la bienvenida! Estoy muy contento de estar aquí esta mañana con ustedes; podrán seguir todo el encuentro a través de las pantallas. Y espero que sea un momento de gracia, un momento de alegría para toda la comunidad de La Sapienza. Felicitaciones a todos y nos vemos luego!
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Discurso del Santo Padre

Magnífica Rectora,
Autoridades políticas y civiles,
distinguidos profesores, investigadores y personal técnico-administrativo
y, sobre todo, queridos estudiantes y queridas estudiantes!

He acogido con gran alegría la invitación a encontrarme con la comunidad universitaria de La Sapienza – Universidad de Roma. Su universidad se caracteriza por ser un centro de excelencia en diversas disciplinas y, al mismo tiempo, por su compromiso a favor del derecho a la educación, incluso de quienes cuentan con menos recursos económicos, de las personas con discapacidad, de los reclusos y de quienes han huido de zonas de guerra. Por ejemplo, valoro mucho que la Diócesis de Roma y La Sapienza hayan firmado un convenio para la apertura de un corredor humanitario universitario desde la Franja de Gaza. Por lo tanto, es importante para mí, que soy Obispo de Roma desde hace poco más de un año, poder reunirme con ustedes. Con corazón de pastor, quisiera dirigirme primero a los estudiantes y luego a los profesores.

Las avenidas de la ciudad universitaria, que he recorrido para llegar hasta aquí, son atravesadas a diario por tantos jóvenes, llenos de sentimientos contrapuestos. Me los imagino a veces despreocupados, felices de su propia juventud que, incluso en un mundo atribulado y marcado por terribles injusticias, les permite sentir que el futuro aún está por escribir y que nadie se lo puede robar. Entonces, los estudios que realizan, las amistades que surgen en estos años y el encuentro con diversos maestros del pensamiento son una promesa de lo que puede cambiarnos para mejor a nosotros mismos, incluso antes que la realidad que nos rodea. Cuando el deseo de verdad se convierte en búsqueda, nuestra audacia en el estudio testimonia la esperanza de un mundo nuevo.

Saben que estoy vinculado espiritualmente a San Agustín, quien fue un joven inquieto: cometió incluso graves errores, pero nada se perdió de su pasión por la belleza y la sabiduría. A este respecto, me ha agradado recibir de ustedes un gran número de preguntas: ¡cientos! Obviamente no es posible responder a todas, pero las tengo presentes, deseando a cada uno que busque más oportunidades para dialogar. También por eso existen en la universidad las capellanías, donde la fe se encuentra con sus preguntas.

Sin embargo, la inquietud tiene también un rostro triste: no debemos ocultarnos que muchos jóvenes están mal. Para todos hay temporadas difíciles; algunos, sin embargo, pueden tener la impresión de que nunca terminan. Hoy en día esto depende cada vez más del chantaje de las expectativas y de la presión por el rendimiento. Es la mentira omnipresente de un sistema distorsionado, que reduce a las personas a números, exacerba la competitividad y nos abandona en espirales de ansiedad. Precisamente este malestar espiritual de muchos jóvenes nos recuerda que no somos la suma de lo que tenemos, ni una materia ensamblada al azar de un cosmos mudo. ¡Somos un deseo, no un algoritmo! Precisamente esta nuestra dignidad especial me lleva a compartir con ustedes dos preguntas.

A ustedes, jóvenes, este malestar les pregunta: «¿Quién eres?». Ser nosotros mismos, de hecho, es el compromiso característico de la vida de cada hombre y cada mujer. «¿Quién eres?» es la pregunta que nos hacemos unos a otros; la pregunta que silenciosamente planteamos a Dios; la pregunta a la que solo nosotros podemos responder, para nosotros mismos, pero a la que nunca podemos responder solos. Nosotros somos nuestros vínculos, nuestro lenguaje, nuestra cultura: con mayor razón, es vital que los años de la universidad sean el tiempo de los grandes encuentros.

Por eso, a quien es más adulto, el malestar juvenil le pregunta: «¿Qué mundo estamos dejando?». Un mundo, lamentablemente, desfigurado por las guerras y las palabras de guerra. Se trata de una contaminación de la razón, que desde el plano geopolítico invade toda relación social. La simplificación que construye enemigos debe, pues, corregirse, especialmente en la universidad, con el cuidado de la complejidad y el sabio ejercicio de la memoria.

En particular, no debe olvidarse el drama del siglo XX. El grito «¡Nunca más la guerra!» de mis predecesores, tan en consonancia con el rechazo a la guerra sancionado en la Constitución italiana, nos impulsa a una alianza espiritual con el sentido de la justicia que habita en el corazón de los jóvenes, con su vocación de no encerrarse entre ideologías y fronteras nacionales.

Por ejemplo, en el último año, el aumento del gasto militar en el mundo, y en particular en Europa, ha sido enorme: no se llame «defensa» a un rearme que aumenta las tensiones y la inseguridad, empobrece las inversiones en educación y salud, desmiente la confianza en la diplomacia y enriquece a élites a las que nada les importa el bien común. Además, es necesario vigilar el desarrollo y la aplicación de las inteligencias artificiales en los ámbitos militar y civil, para que no desresponsabilice las decisiones humanas ni agrave la tragedia de los conflictos. Lo que está ocurriendo en Ucrania, en Gaza y en los territorios palestinos, en el Líbano y en Irán describe la inhumana evolución de la relación entre la guerra y las nuevas tecnologías en una espiral de aniquilación. El estudio, la investigación y las inversiones vayan en la dirección opuesta: ¡que sean un «sí» radical a la vida! ¡Sí a la vida inocente, sí a la vida joven, sí a la vida de los pueblos que invocan la paz y la justicia!

Un segundo frente de compromiso común se refiere a la ecología. Como nos dijo el Papa Francisco en la encíclica Laudato si’, «existe un consenso científico muy sólido que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático» (n.º 23). Ha transcurrido más de una década desde entonces y, más allá de las buenas intenciones y de algunos esfuerzos orientados en esa dirección, la situación no parece haber mejorado.

En este escenario, ánimo especialmente a ustedes, queridos jóvenes, a no ceder a la resignación, transformando en cambio la inquietud en profecía. Especialmente quien cree sabe que la historia no cae sin remedio en manos de la muerte, sino que siempre está custodiada, ocurra lo que ocurra, por un Dios que crea vida de la nada, que da sin tomar, que comparte sin consumir. Hoy, precisamente la implosión de un paradigma posesivo y consumista abre el camino a lo nuevo que ya está brotando: ¡estudien, cultiven, custodien la justicia! Junto a mí y a tantos hermanos y hermanas, sean artesanos de la paz verdadera: una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante, trabajando por la concordia entre los pueblos y la custodia de la Tierra.

Se necesita toda su inteligencia y audacia. Ustedes, de hecho, pueden ayudar a quienes les han precedido a restablecer un auténtico horizonte de sentido, para no quedarnos en la enésima y fugaz fotografía de la situación en la que nos encontramos. Es necesario pasar de la hermenéutica a la acción: tan poco considerados por una sociedad con cada vez menos hijos, den testimonio de que la humanidad es capaz de un futuro, cuando lo construye con sabiduría.

Su Universidad, que lleva un nombre divino, es un lugar de estudio y sede de experimentación, que desde hace siglos forma al pensamiento crítico. En particular, ustedes, los profesores, pueden cultivar un contacto fructífero con las mentes y los corazones de los jóvenes: se trata de una responsabilidad exigente, sin duda, pero apasionante. Es de extrema importancia creer en sus estudiantes. Por eso, pregúntense a menudo: ¿tengo confianza en ellos?

Enseñar es una forma de caridad, tanto como lo debe ser socorrer a un migrante en el mar, a un pobre en la calle, a una conciencia desesperada. Se trata de amar siempre y en todo caso la vida humana, de valorar sus posibilidades, de modo que se hable al corazón de los jóvenes, sin apuntar únicamente a sus conocimientos. Enseñar se convierte entonces en dar testimonio de los valores con la vida: es cuidado de la realidad, es sentido de acogida hacia lo que aún no se comprende, es decir la verdad. ¿Qué sentido tendría, por otra parte, formar a un investigador o a un profesional que, sin embargo, no cultiva su propia conciencia, el sentido de la justicia y del respeto por lo que no se puede ni se debe dominar? El saber, de hecho, no sirve solo para alcanzar objetivos laborales, sino para discernir quiénes somos. A través de las clases, las prácticas, la interacción con la ciudad, las tesis y los doctorados, cada estudiante puede encontrar siempre nuevas motivaciones, poniendo orden entre el estudio y la vida, entre los instrumentos y los fines.

Queridísimos, mientras los ánimo a este ejercicio cotidiano, mi visita quiere ser signo de una nueva alianza educativa entre la Iglesia que está en Roma y su prestigiosa Universidad, que precisamente en el seno de la Iglesia nació y creció. Les aseguro a todos ustedes mi recuerdo en la oración, e invoco de corazón sobre toda la comunidad de La Sapienza la bendición del Señor. ¡Gracias!
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Saludo final improvisado frente al Rectorado

¡Gracias, gracias a todos! En este último saludo, tras la visita de esta mañana, quisiera hacerles una invitación a todos ustedes: colaboremos juntos, seamos todos constructores de paz en el mundo, trabajemos, estudiemos, hagamos todo lo posible —desde las relaciones entre amigos, nuestras palabras, nuestra forma de pensar— para construir la paz en el mundo. ¡Tengan siempre esperanza en la posibilidad de construir un mundo nuevo! ¡Gracias por estar aquí, y hasta la vista!
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Saludo improvisado del Papa a los familiares de los empleados

¡Buenos días a todos! Una auténtica universidad, que es la universidad de las personas, nunca está completa si no están las familias y todas las personas que colaboran en la vida universitaria: profesores, administradores, directivos, pero también las familias y las personas que prestan diversos servicios dentro de la familia o la comunidad universitaria. Por eso, esta mañana me complace mucho saludar también a todos ustedes, aquí presentes, quienes, imagino, son una pequeña muestra de las muchas familias que forman parte de esta comunidad de la «Sapienza». ¡Mis mejores deseos para todos ustedes, una bendición especial! Gracias por estar aquí, por esta bienvenida, estoy muy contento de compartir este momento.

[Bendición]

Muchas felicitaciones y gracias a ustedes. ¡Muchas gracias!