Esta malñana, en el Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia al Cuerpo de la Guardia Suiza Pontificia con motivo del juramento de las nuevas reclutas. Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:
Discurso del Santo Padre
En el nombre del Padre, del HiJo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!
Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días y bienvenidos!
¡Willkommen y bienvenus!
Dirijo mi saludo al comandante, a los oficiales, a todos los miembros de la Guardia Suiza Pontificia, y me complace dar la bienvenida a las familias acudidas para la ceremonia del Juramento. Saludo además con gratitud a las autoridades civiles y militares presentes.
Este día es una ocasión para expresar mi agradecimiento a la nación suiza, de donde provienen los jóvenes reclutas que se ponen con alegría al servicio del Papa. Ellos son motivo de orgullo para su país y traen al Vaticano los valores culturales y espirituales en los que han crecido.
Este tradicional encuentro es el momento propicio para expresar toda mi gratitud por el servicio de los Guardias, servicio humilde y discreto que ustedes realizan día y noche. Deseo además agradecer a sus familias que han acompañado los pasos que los han traído hasta aquí. Ahora, las alegrías y las pruebas que viven juntos, así como la fuerza de las amistades que se establecen entre ustedes, forjan su alma en el sentido del honor y del deber que se expresa a través del don de la vida para el servicio y la protección del Sucesor de Pedro.
Queridos guardias, ustedes desempeñan su misión a las puertas del Estado del Vaticano, así como en el interior del Palacio Apostólico o de las Basílicas Mayores. Estos lugares, ricos en historia y fe, los invitan a la reflexión y a la oración. De hecho, mientras se encuentran en su puesto de guardia, pueden sentir asombro ante la belleza que se ofrece a sus ojos. Esta belleza proviene de Dios y conduce a Dios, el Padre de lo Bello y de lo Bueno. Su misión, que es ante todo militar, es sin embargo inseparable de la vocación a la santidad de todo bautizado.
Por eso estoy convencido de que su decisión de dedicar algunos años de su vida al servicio del Papa y de la Santa Sede se inscribe en un camino personal de fe. Más que soldados, ustedes son servidores que, a imagen de Cristo, salen al encuentro de quienes necesitan su ayuda: no solo los miembros de la Curia o los funcionarios de visita en el Vaticano, sino también los peregrinos y los turistas.
Recuerden siempre estas palabras de Jesús: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25, 40).
Los turnos nocturnos, en el silencio y en la solitud, siguen el bullicio de los diurnos, durante los cuales deben prestar atención a todos y a todo. Pueden ser para ustedes momentos favorables para alimentar su alma con lecturas y meditaciones que les ofrezcan la oportunidad de encontrarse con el Maestro interior, y de formular esta oración de San Nicolás de Flüe: «Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me impide venir a Ti; dame todo lo que me llevará hasta Ti; tómame a mí y dame todo a Ti, para que te pertenezca totalmente».
Queridos guardias, juntos forman un cuerpo, el de la Guardia Suiza Pontifica, enriquecidos por sus cualidades, sus diversidades y sus respectivos caracteres. La vida en el cuartel es un lugar privilegiado para desarrollar las virtudes humanas del servicio al prójimo, de la generosidad y de la humildad. A través de la solidaridad fraterna que caracteriza sus relaciones, construirán un clima de armonía y alegría dentro de la Guardia, que se reflejará en todas las personas que encuentren. Los animo a perseverar en este camino, a menudo exigente, pero que da fruto.
Renuevo a toda la Guardia mi gratitud por el servicio diligente y generoso del que soy testigo cada día. Encomiendo a todos ustedes aquí presentes a la protección maternal de la Virgen María, de san Martín de Tours, de san Sebastián y de san Nicolás de Flüe, sus santos patronos, y de corazón les imparto la Bendición Apostólica.
¡Gracias! ¡Vielen Dank y merci beaucoup!
El Santo Padre imparte la bendición y añade:
Bien. Felicidades. Ahora saludaremos a cada familia y será un placer, de esta manera, conocerlos y agradecerles personalmente. ¡Felicidades!