A las 17:00 horas de esta tarde, en la Basílica de San Juan de Letrán, el Santo Padre León XIV presidió la Santa Misa con el rito de Ordenación de los Obispos.
Durante la Celebración Eucarística, el Papa pronunció la siguiente homilía:
Homilía del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas,
al unirnos a Cristo, nos convertimos en una casa sólida y acogedora: esta es la alegría que experimentamos sobre todo en el tiempo pascual, y de manera especial hoy al celebrar la ordenación de cuatro nuevos obispos auxiliares de la Diócesis de Roma.
Esta Iglesia tiene una vocación singular hacia la universalidad y la caridad gracias a su vínculo peculiar con Cristo, resucitado y vivo, fundamento del edificio espiritual de piedras vivas que es el pueblo santo de Dios. Acercarnos a Cristo es, por tanto, acercarnos unos a otros y crecer juntos en la unidad: este es el Misterio que nos involucra y transforma desde dentro también a la ciudad. Al servicio de su dinamismo, traído a Roma por los apóstoles Pedro y Pablo, nuestros hermanos Andrea, Stefano, Marco y Alessandro serán ordenados al episcopado. Es una fiesta del pueblo, porque ellos provienen de este pueblo y del presbiterio que con amor cuida de él.
Nuestra comunidad diocesana se reúne hoy en la invocación del Espíritu Santo, que ungirá a los nuevos obispos, para que se consagren plenamente al servicio del Evangelio de Cristo. Él es la piedra rechazada que, «elegida por Dios», se ha «convertido en piedra angular» (1 P 2,4.7; cf. Sal 118,22).
A los primeros cristianos esta metáfora, tan familiar por estar presente en un salmo, debió parecerles particularmente reveladora. El Mesías Jesús había sido rechazado no solo porque no había sido reconocido como Hijo de Dios, sino, antes aún, por haber asumido la condición de criatura, entendida como indigna de Dios. Fiel a este camino de amor misericordioso, Él salía en busca de las ovejas rechazadas, se sentaba a la mesa con ellas, desarmaba las manos y los corazones que querían lapidarlas. De este modo, como dice el Evangelio proclamado en esta liturgia, el Hijo mostró el rostro del Padre: en Él se cumplen sus obras. «¿Felipe, hace tanto tiempo estoy con ustedes y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decir: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» (Jn 14,8-9).
Iglesia que vive en Roma, la piedra desechada es el corazón del anuncio mesiánico, frente a aquellos a quienes la sociedad desechaba y sigue desechando. Es el corazón de nuestro anuncio, de nuestra misión. Hemos visto al Santo tocar al impuro, al Justo perdonar a los pecadores, a la Vida sanar a los enfermos, al Maestro lavar los pies sucios y cansados de sus discípulos.
En esta ciudad, capital del Gran Imperio, la piedra desechada se convirtió en el estandarte de una nueva esperanza, la del Reino de Dios, tal como lo anuncian las Bienaventuranzas y lo canta el Magnificat. Al invertir la lógica del dominio, la de quienes persiguen la insensata ambición de determinar la arquitectura de la Tierra, es en Cristo donde los marginados recuperan su dignidad y se sienten elegidos para el Reino de Dios. «Si no fuera así —dice Jesús a sus discípulos—, ¿se lo habría dicho a ustedes: “Yo voy a prepararles un lugar”? Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes» (Jn 14,2-3).
Queridas hermanas y hermanos, por eso, hasta hoy, se llega a ser piedras desechadas por los seres humanos y elegidas por Dios: cuando con la vida y la palabra nos oponemos a los proyectos que aplastan a los débiles, no respetan la dignidad de cada persona, se sirven de los conflictos para seleccionar a los más fuertes, mientras descuidan a quienes se quedan atrás, a quienes no logran salir adelante, considerando a quienes sucumben como basura de la historia. Jesús caminó entre nosotros como un profeta desarmado y desarmante, y cuando fue rechazado no cambió de estilo.
Y ahora me dirijo a ustedes, queridos hermanos que a partir de hoy serán Obispos Auxiliares de esta Iglesia, cuyo cuidado he recibido como don; a ustedes que, junto con el cardenal vicario, podrán ayudarme a ser reflejo del Buen Pastor para el pueblo romano y a presidir la caridad de todo el santo pueblo de Dios esparcido por la tierra.
Los ánimo a encontrar las piedras descartadas de esta ciudad y a anunciarles que, en Cristo, nuestra piedra angular, nadie está excluido de convertirse en parte activa del edificio santo que es la Iglesia y de la fraternidad entre los seres humanos. En esta imagen resuena el llamamiento de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco: ser una Iglesia «hospital de campaña», ser pastores de calle, tener en el corazón las periferias materiales y existenciales. Como presbíteros, ustedes han acogido esta invitación, junto con las comunidades parroquiales a las que han acompañado. Ahora llega una nueva llamada, una vocación adicional, que tiene siempre el mismo corazón: nadie, absolutamente nadie, debe considerarse descartado por Dios, y ustedes serán heraldos de esta buena noticia que está en el centro del Evangelio.
Dejen que el Espíritu de profecía actúe en ustedes: no se acomoden en los privilegios que su condición podría ofrecerles, no sigan la lógica mundana de los primeros puestos, sean testigos de Cristo, quien vino no para ser servido, sino para servir (cf. Mc 10,45). Serán profetas en su ministerio si son hombres de paz y de unidad, tejiendo, con hilos de gracia y misericordia, los amplios y poblados espacios de esta Diócesis, armonizando las diferencias, acogiendo, escuchando, perdonando.
No se hagan buscar, háganse encontrar. Y procuren que los presbíteros, los diáconos, las religiosas y los religiosos, las laicas y los laicos comprometidos en el apostolado nunca se sientan solos. Ayúdenlos a reavivar la esperanza en sus diversos ministerios y a sentirse parte de una misma misión. Sepan siempre, incansablemente, motivar a las personas y a las comunidades, recordando con sencillez la belleza del Evangelio.
Que los pobres de Roma, los peregrinos y los visitantes que llegan aquí desde todas partes del mundo puedan encontrar en los habitantes de esta ciudad, en sus instituciones y en sus pastores esa maternidad que es el rostro auténtico de la Iglesia. Que la Salus Populi Romani, Madre de nuestra confianza, nos guíe y nos custodie siempre en nuestro camino.