Esta mañana, en el Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre León XIV ha recibido en audiencia a los participantes en la IV «Cátedra de la acogida», promovida por la Fraterna Domus de Sacrofano (RM).
Publicamos a continuación el discurso que el Papa ha dirigido a los presentes durante el encuentro:
Discurso del Santo Padre
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!
Excelencias, queridos hermanos y hermanas:
Me complace encontrarme con ustedes y compartir algunas reflexiones sobre el tema que están abordando como «Cátedra de la Acogida», nacida de la experiencia espiritual de la Asociación Fraterna Domus con el apoyo concreto de otras realidades eclesiales y sociales.
Sus jornadas están animadas por la conciencia de que la vocación cristiana está orientada a generar comunión entre las personas, y la comunión nace de la capacidad de acoger a los demás, ofreciéndoles escucha, hospitalidad y asistencia. Una posible etimología de la palabra «acoger» —centro de toda su actividad— se remonta al latín accipere, que significa «recibir», «tomar consigo».
En el centro de toda acogida auténtica hay, de hecho, una relación que nace de la gracia de un encuentro. Experimentamos muchos tipos de encuentro y, por lo tanto, de acogida: el encuentro con las personas que nos aman, con los familiares, con los compañeros de trabajo, e incluso con personas desconocidas, a veces hostiles. Cuando un encuentro es verdadero, a partir de la experiencia personal puede transformarse y, progresivamente, llegar a involucrar a los demás, dando vida a una experiencia comunitaria.
Precisamente en esta dinámica de encuentro se inscribe su decisión de dedicar la cuarta edición de la «Cátedra» a los jóvenes. En una época marcada por profundas transformaciones culturales y sociales, los jóvenes, que son naturalmente el futuro de la sociedad y de la Iglesia, constituyen en realidad ya su presente vivo y generativo. Sus preguntas y sus inquietudes, de hecho, nos invitan a renovar el estilo de nuestras relaciones. Acoger a los jóvenes significa, ante todo, escuchar sus voces, cruzar sus miradas y reconocer que, en sus vidas y en sus lenguajes, el Espíritu sigue actuando y sugiriéndonos caminos renovados de presencia y custodia.
Me gustaría detenerme precisamente en estas dos palabras —presencia y custodia—, que contribuyen a iluminar el sentido cristiano de la acogida.
Cada uno de nosotros, desde el primer instante de vida, crece en una realidad social. La familia, la parroquia, la escuela, la universidad, el trabajo representan modelos de sociedad en los que se entrelazan diferentes dimensiones: psicológica, jurídica, moral, pedagógica, cultural. Son espacios de elección identitaria cuya tarea principal está definida precisamente por la presencia. Estar presente en la vida de los demás significa compartir tiempo, experiencias, significados, ofreciendo puntos de referencia estables en los que los demás puedan reconocerse y crecer.
Mirando a la Sagrada Familia de Nazaret —en cuyo modelo se inspira la Fraterna Domus—, cada comunidad acogedora puede redescubrir su vocación y aprender a orientarse en el camino del servicio. El episodio evangélico de María y José que pierden a Jesús y, angustiados, lo encuentran después de tres días en el Templo (cf. Lc 2, 39-52) nos enseña que la presencia del otro no es un automatismo, sino el resultado de una búsqueda constante. Nos ha pasado a cada uno de nosotros perder a alguien o algo a lo que estábamos muy unidos. En ese momento nos dimos cuenta de lo valiosa que era esa presencia.
Lo mismo ocurre en la vida de fe: damos por sentada la presencia de Jesús en nuestra existencia, hasta que de repente parece que ya no está donde lo dejamos. Sentimos una sensación de desorientación. En realidad, no es Él quien se ha perdido, sino nosotros quienes nos hemos alejado. Cuando esto ocurre, estamos llamados a buscarlo con confianza, con el valor de recorrer caminos inexplorados, mirando el mundo con ojos nuevos, llenos de esperanza. De este modo, se dejará de buscar un Dios a propia medida para encontrarlo donde Él habita. Buscar a Jesús significa, por tanto, pasar de la seguridad de nuestras convicciones a la responsabilidad del encuentro, aprendiendo a ver y a acoger la presencia de Dios que siempre está «más allá».
Es precisamente lo que hizo San José al custodiar la familia que le había sido confiada por el Señor. En él reconocemos que acoger, además de presencia, es también custodia. Custodiar significa estar al lado del otro con atención, respetar sus elecciones y cuidar de él. Esta actitud pertenece ante todo a Dios, a quien la Biblia muestra como el guardián de su pueblo. Recordemos el salmo que dice:
«No duerme ni dormita el guardián de Israel. El Señor es tu guardián» (Sal 121,4-5). Desde esta perspectiva, comprendemos que también la familia humana está llamada a preservar lo que se le ha confiado: las relaciones, la creación, la vida de las hermanas y los hermanos, sobre todo de los que sufren y son más frágiles. Así, José nos muestra que la presencia y la custodia son dimensiones inseparables: no se cuida sin estar presente, y no se está presente sin asumir la responsabilidad del otro.
Estas dos palabras pueden representar dos lámparas en su camino hacia una acogida capaz de abrir caminos de santidad, en una perspectiva nunca autorreferencial, siempre relacional y fraterna, como nos recuerda la encíclica Fratelli tutti, donde afirma: «Sólo una cultura social y política que incorpore la acogida gratuita podrá tener futuro» (n. 141) para las nuevas generaciones.
Queridísimos, les agradezco su compromiso silencioso y discreto. Los animo a ser educadores y educadoras de la acogida. Cultiven el carisma de la acogida escuchando al Espíritu Santo, cuyo fruto, nos dice San Pablo, «es amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo» (Gal 5,22). Así podrán seguir generando juntos ambientes capaces de promover el bien y la fraternidad en la comunidad cristiana y en la sociedad. Que María Santísima y San José los custodien e intercedan por ustedes. Los bendigo de corazón. ¡Gracias!