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DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS COLABORADORES Y VOLUNTARIOS DEL JUBILEO 

Aula Pablo VI
Sábado, 10 de enero de 2026

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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡La paz esté con ustedes!

[Saludo a monseñor Fisichella]
 

Queridos hermanos y hermanas, ¡bienvenidos!

«¡Cuánto bien hay en el mundo!». Tomo estas palabras de Su Excelencia monseñor Fisichella, porque ustedes son la prueba de ello: ¡cuánto hay en el mundo! ¡Gracias! ¡Muchas gracias!

Saludo a Su Excelencia Mons. Rino Fisichella, a las autoridades presentes y a los representantes de las instituciones civiles y eclesiásticas que, de diversas maneras, han contribuido al desarrollo del Jubileo de la Esperanza, que concluyó hace cuatro días. Una mención especial merece el Gobierno de la República Italiana, el Comisionado del Gobierno, el Ayuntamiento de Roma —en particular, al señor alcalde y a su estructura organizativa— y la Región del Lacio; así como a las Fuerzas de Seguridad, a la Prefectura, que ha coordinado el trabajo, a Protección Civil y a las numerosas asociaciones de voluntariado, y a la Agencia «Jubileo 2000». Expreso mi especial gratitud al Dicasterio para la Evangelización —Sección para las cuestiones fundamentales de la evangelización en el mundo— y a los demás Dicasterios implicados, a la Gendarmería Vaticana, al Cuerpo de la Guardia Suiza Pontificia, a la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, a la Prefectura de la Casa Pontificia, a las diversas Comisiones —pastoral, cultural, de comunicación, ecuménica, técnica, económica –, a los sacerdotes confesores, a los representantes de las diócesis y de las conferencias episcopales, a los expertos de diversas categorías que han intervenido en los distintos eventos y a los cinco mil «voluntarios del Jubileo», de todas las edades y procedencias.

A todos ustedes expreso mi sincero agradecimiento por lo que han hecho, tanto en las exigentes fases preparatorias como a lo largo de todo el Año Jubilar. Han dado una contribución de múltiples formas, a menudo en la sombra, siempre exigente y llena de responsabilidad, gracias a la cual más de treinta millones de peregrinos han podido realizar el camino jubilar y participar en las celebraciones y eventos, en un clima de fiesta y, al mismo tiempo, de compostura, recogimiento, orden y organización. Gracias a ustedes, Roma ha ofrecido a todos su rostro de hogar acogedor, de comunidad abierta, jovial y al mismo tiempo discreta y respetuosa, ayudando a cada uno a vivir con fruto este gran momento de fe.

La visita a las tumbas de Pedro y Pablo, de los demás apóstoles y mártires, el camino hacia la Puerta Santa, la experiencia del perdón y la misericordia de Dios, han sido para muchas personas momentos de encuentro fecundo con el Señor Jesús, en los que han podido comprobar que «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5), porque Él vive y camina en nosotros y con nosotros —en los momentos decisivos de la existencia como en la cotidianidad de cada día— y porque con Él podemos llegar a la meta. San Agustín escribe, a este respecto, que «la esperanza es necesaria en la situación de los peregrinos […]. El caminante, de hecho —dice—, cuando se fatiga en el camino, soporta el cansancio precisamente porque espera llegar a la meta. Quítale la esperanza de llegar y de inmediato se derrumban las posibilidades de seguir adelante» (Sermo 158, 8). Con su trabajo, han ayudado a muchos a encontrar y reencontrar la esperanza, y a reanudar el viaje de la vida con fe renovada y propósitos de caridad (cf. 1 Ts 1, 2-3).

Quisiera recordar, en particular, la presencia en Roma, con motivo del Jubileo, de tantos jóvenes y adolescentes de todas las naciones. Ha sido hermoso tocar con la mano su entusiasmo, ser testigos de su alegría, ver la seriedad con la que han rezado, meditado y celebrado, observarlos, tan numerosos y diferentes entre sí, y sin embargo unidos, ordenados (¡también gracias a su servicio!), deseosos de conocerse y de vivir juntos momentos de gracia, de fraternidad, de paz. Reflexionemos sobre lo que nos han mostrado. Todos, en distintos niveles, somos responsables de su futuro, en el que está el futuro del mundo. Preguntémonos, entonces, a la luz de lo que hemos visto: ¿qué es lo que realmente necesitan? ¿Qué les ayuda realmente a madurar y a dar lo mejor de sí mismos? ¿Dónde pueden encontrar respuestas verdaderas a las preguntas más profundas que llevan en el corazón? Los jóvenes necesitan modelos sanos que los orienten hacia el bien, el amor, la santidad, como nos han mostrado las figuras de San Carlo Acutis y San Piergiorgio Frassati, canonizados el pasado mes de septiembre. Mantengamos ante nosotros sus ojos limpios y vivos, llenos de energía y al mismo tiempo tan frágiles: nos podrán ser de gran ayuda para discernir con sabiduría y prudencia en las graves responsabilidades que nos esperan con respecto a ellos.

En la Bula de convocatoria del Año Santo, el papa Francisco concluía su fuerte llamamiento a la esperanza diciendo: «Dejémonos atraer desde ahora por la esperanza y permitamos que, a través de nosotros, sea contagiosa para cuantos la desean. Que nuestra vida les diga: «Espera en el Señor, sé fuerte, fortalece tu corazón y espera en el Señor» (Sal 27,14)». (Spes non confundit, 25). Que este sea el mandato que llevemos con nosotros, como continuación fecunda del trabajo realizado, para que las muchas semillas de bien que, también gracias a su ayuda, el Señor ha sembrado en tantos corazones en los últimos meses, puedan crecer y desarrollarse.

Al término de este encuentro, me alegra poder entregar a cada uno de ustedes, como pequeño signo de gratitud y agradecimiento, el Crucifijo del Jubileo: una miniatura de la cruz con el Cristo glorioso que ha acompañado a los peregrinos. Que les permanezca como recuerdo de esta experiencia de colaboración. Y ahora los bendigo y les deseo todo lo mejor para este nuevo año. ¡Muchas gracias!

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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 10 de enero de 2026