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Viaje Apostólico de Su Santidad el Papa León XIV a Uruguay, Argentina y Perú (6-17 de noviembre de 2026) – Celebración de las Vísperas con los Obispos, los Sacerdotes, los Diáconos, los Religiosos, las Religiosas y los Seminaristas en la Catedral de la Inmaculada Concepción y de los Santos Felipe y Santiago, 06.11.2026

A las 19:30 (23:30, hora de Roma), el Santo Padre salió del Edificio José Artigas y se dirigió, a pie y en carrito de golf, a la Catedral de la Inmaculada Concepción y de los Santos Felipe y Santiago, pasando por la Puerta de la Ciudadela y el Museo Histórico del Cabildo de Montevideo.

Al llegar al Museo Histórico del Cabildo de Montevideo, el Papa León XIV se detuvo brevemente y el Intendente de Montevideo le entregó la llave de la ciudad de Montevideo.

Al llegar a la entrada de la Catedral, el Santo Padre fue recibido por el Arzobispo de Montevideo, el Emmo. Card. Daniel Fernando Sturla Berhouet, por el presidente de la Conferencia Episcopal de Uruguay, S. E. Mons. Milton Luis Tróccoli Cebedio, y por el párroco de la Catedral, el padre Juan González, quien le ofreció la cruz y el agua bendita para la aspersión. Posteriormente, ingresó a la Capilla del Santísimo para un breve momento de recogimiento.

A continuación, se detuvo brevemente ante la tumba del Beato Jacinto Vera, primer obispo de Uruguay, y luego ingresó a la sacristía. El Santo Padre atravesó, entonces, la nave en procesión y se dirigió al altar.

Tras las palabras de bienvenida del presidente de la Conferencia Episcopal de Uruguay y la entrega del obsequio, durante la celebración de las Vísperas, el Papa pronunció su homilía.

Al término, tras impartir la bendición, el Papa León XIV recorrió nuevamente la nave central, regresó a la sacristía, salió por la puerta principal de la catedral, subió a su automóvil y se trasladó a la Nunciatura Apostólica.

Publicamos a continuación la homilía que el Papa pronunció durante la celebración de las Vísperas:

Homilía

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

Es una alegría celebrar con ustedes la oración vespertina en esta Catedral, que conserva tantos recuerdos de la vida de su pueblo. Entre ellos, la pila donde recibió el Bautismo José Gervasio Artigas, signo de la fecunda contribución de la Iglesia al bien del país. Allí comenzó para él una vida nueva como hijo de Dios. Esa misma gracia está en el origen de nuestra propia historia. Por el Bautismo, Cristo nos ha hecho partícipes de su vida y nos invita a crecer en su semejanza, hasta que aprendamos a mirar, a escuchar y a amar como Él.

El salmo que acabamos de entonar contiene una advertencia sorprendente. Después de describir los ídolos de oro y plata, obras de manos humanas, dice: «Sean lo mismo los que los hacen, cuantos confían en ellos» (134,18). Los hombres construían aquellas imágenes y terminaban pareciéndose a ellas. Así es el corazón humano: poco a poco va tomando la forma de aquello que ama y en lo que deposita su confianza. Por eso Jesús nos dice: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21).

También nosotros, que hemos entregado la vida al Señor, necesitamos preguntarnos dónde está nuestro corazón. A veces puede quedar enganchado a una obra que consideramos nuestra, al reconocimiento que recibimos o a la tranquilidad de tenerlo todo bajo control. Y, sin darnos cuenta, comenzamos a mirar a los demás desde una perspectiva fundada en esas preocupaciones. La fidelidad a nuestra vocación pide volver una y otra vez a Jesucristo; dejar que sea Él nuestro tesoro, aquel a quien queremos parecernos.

Los ídolos, continúa el salmo, «tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen» (134,16-17). Son de oro y plata, pero carecen de vida. ¡Qué distinto es el Dios en quien hemos puesto nuestra confianza! Él ve el sufrimiento de su pueblo y escucha su clamor. Así se lo reveló a Moisés junto a la zarza ardiente: «He visto la opresión de mi pueblo [...] y he oído sus gritos de dolor» (Ex 3,7).

Y cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, aquella compasión divina se manifestó en un rostro humano, en unos ojos, unos oídos y unas manos como los nuestros. Jesús levantó la mirada hacia Zaqueo, escondido entre las ramas de un árbol (cf. Lc 19,5). Escuchó a Bartimeo, cuando muchos querían hacerlo callar (cf. Mc 10,48-49). Extendió la mano para tocar a un leproso (cf. Mc 1,41) y bendijo a los niños que se le acercaban (cf. Mc 10,16). De su boca salió la palabra que expulsaba a los demonios (cf. Mc 1,25-26) y, desde la cruz, la súplica de perdón por sus verdugos (cf. Lc 23,34). Así es nuestro Dios. En Jesús hemos conocido cómo nos mira y cuánto nos ama (cf. Jn 14,9).

Queridos hermanos, ese amor de Cristo ha querido llegar a tantas personas también por medio de ustedes. Sus ojos han visto crecer a generaciones enteras y han descubierto lágrimas que pasaban inadvertidas. Sus oídos han acogido confidencias difíciles de pronunciar. ¡Cuántas personas han llegado al confesionario con temor y han salido gozosas por el perdón recibido! Lo mismo sucede con sus manos: que han elevado tantas veces el Cuerpo de Cristo, que han auxiliado a los enfermos, que han preparado un plato de comida o sostenido a quien ya no podía caminar. Esas manos que han hecho llegar a tantas personas, a través del carisma de sus congregaciones, la ternura de Dios. Algunas llevan las marcas de la edad y del trabajo. ¡Qué hermosas son las manos que han envejecido haciendo el bien!

Hay una transformación que el Señor realiza en quien permanece cerca de Él. La lectura breve nos ha recordado que la prueba de nuestra fe produce constancia (cf. St 1,3). La semejanza con Cristo madura también en las dificultades: cuando el trabajo parece estéril, cuando las fuerzas disminuyen, cuando es preciso comenzar de nuevo. La constancia va dejando una huella. Con los años, una mirada puede volverse más misericordiosa, unas manos, más dispuestas a servir y una palabra, más capaz de consolar. ¡Ojalá las pruebas nos encuentren siempre unidos a Jesús, para que nos hagan crecer en su amor!

Bajo las bóvedas de esta Catedral descansa el cuerpo del beato Jacinto Vera. En ese sepulcro esperan la resurrección aquellos pies que recorrieron los caminos del Uruguay para llevar el Evangelio a su pueblo; las manos que bendijeron, socorrieron a los pobres y administraron los sacramentos; los oídos que acogieron incontables confidencias y los ojos que se detuvieron en quienes necesitaban ayuda. Así lo expresó una religiosa que lo trató durante años y que, evocando su sencillez al hablar y hasta su manera de caminar, dejó este testimonio: «De verlo nada más parecía que estaba siempre en oración» (Positio, I,154). El trato con Dios había modelado su rostro, sus gestos, su manera de estar entre los demás. Quienes se acercaban a él encontraban algo de la bondad de Cristo, incluso antes de escuchar una palabra de su predicación.

Queridos hermanos y hermanas, he aquí uno de los secretos de la evangelización: parecernos a Aquel a quien anunciamos. En esta tierra, donde muchos de nuestros contemporáneos apenas conocen a Jesucristo y tantos jóvenes han crecido lejos de la vida de la Iglesia, ese testimonio tiene una fuerza particular. Que al ver cómo miramos a los demás, cómo escuchamos o cómo nos acercamos a quien sufre, pueda provocar en ellos la pregunta, de dónde nace ese amor. Y que, cuando les hablemos de Jesús, descubran al mismo Señor cuya bondad, a pesar de nuestra pobreza, han comenzado a experimentar a través de nosotros.

Ese deseo de que otros conozcan y sigan a Jesús se ha expresado también en la oración por las vocaciones. Cuando, en 2024, el seminario interdiocesano no recibió nuevos candidatos, muchos fieles comenzaron a unirse en jornadas de oración y ayuno para pedir al Dueño que envíe trabajadores a su mies (cf. Mt 9,38). Desde entonces, han perseverado en la súplica para que otros escuchen su llamado. Y hoy damos gracias porque varios jóvenes han comenzado su camino en el seminario y en la vida consagrada y están sentados en medio de nosotros. ¡Qué alegría saber que siguen naciendo respuestas generosas al amor de Cristo! Agradezco de corazón a quienes han sostenido esta súplica y los animo a perseverar. Vean en estos frutos la prueba de que nuestro Dios escucha la oración de su pueblo.

Quisiera que esta experiencia del Uruguay encontrara eco en toda la Iglesia. Desde esta Catedral de Montevideo, invito a mis hermanos obispos de todo el mundo a promover en sus diócesis jornadas de oración y ayuno por el aumento de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Que las parroquias, las familias y las comunidades religiosas se unan en esta súplica. ¡Que el ejemplo de esta tierra anime a muchos otros a pedir con la misma confianza!

Queridos seminaristas, novicios y novicias, contemplen a quienes han recorrido antes que ustedes el camino de la entrega: sus manos gastadas, su amor perseverante, su manera de tratar con Jesús. Aprendan de ellos esa familiaridad con el Señor. Y a quienes llevan muchos años en el ministerio o en la vida consagrada, les pido que vuelvan siempre a lo esencial. Custodien el silencio de la oración, la escucha de la Palabra, el encuentro con Cristo en la Eucaristía. En esa intimidad se renueva el amor que los llevó a entregarle su vida, y nuestro corazón va adquiriendo los rasgos del suyo.

Hay todavía una imagen del salmo que quisiera recordar. De aquellos ídolos se dice que «no tienen aliento en sus bocas» (134,17). El Señor resucitado, en cambio, sopló sobre sus discípulos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo» (Jn 20,22). Ese mismo Espíritu da vida a este barro que somos (cf. Gn 2,7) y nos reúne en un solo cuerpo. Déjense conducir por Él y hagan todo unidos en el vínculo del amor, sobre todo cuando se vean rodeados de toda clase de pruebas (cf. St 1,2). Aunque a veces los separen muchos kilómetros, sosténganse unos a otros y permanezcan siempre en comunión con el Sucesor de Pedro, que también necesita el apoyo de sus oraciones.

Dentro de unos instantes cantaremos el Magníficat. En el seno de María Santísima se formaron aquellos ojos que mirarían con misericordia, los oídos que escucharían nuestras súplicas y las manos que se extenderían para salvar. Que Nuestra Señora de los Treinta y Tres nos ayude a mantener el corazón junto a su Hijo, para que, cuando llegue la hora de cerrar nuestros ojos, podamos escuchar la voz del Señor llamándonos por nuestro nombre y abandonarnos confiados en sus manos. Amén.