Esta mañana, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia a los sacerdotes, religiosas y religiosos coreanos residentes en Roma.
Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:
Discurso
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!
Buenos días a todos. ¡Bienvenidos!
joh-eun achim-ieyo (buenos días).
Eminencia,
queridos hermanos y hermanas:
Es una alegría recibir hoy a ustedes, sacerdotes, religiosas y religiosos coreanos residentes en Roma. Aquí, junto a las memorias de los Apóstoles Pedro y Pablo, la fe que recibieron en Corea encuentra sus raíces y puede recibir un nuevo impulso misionero. Vienen de lejos, es cierto, pero aquí están en casa.
Saludo de manera particular a quienes están comprometidos en la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud de Seúl 2027. Se cumple también el vigésimo quinto aniversario de la inauguración de la sede del Pontificio Colegio Coreano: dirijo a la comunidad del Colegio mis mejores deseos y mi agradecimiento por el servicio prestado a la Iglesia en Corea y a la Iglesia universal.
La historia de su Iglesia es verdaderamente singular. La fe germinó espontáneamente en Corea y se desarrolló también a través de la búsqueda sincera de la verdad por parte de hombres que conocieron los textos cristianos y quisieron saber más acerca de Jesucristo. De esa búsqueda surgió el deseo del Bautismo y, del Bautismo, una comunidad que recordaba a la Iglesia de los orígenes (cf. Hch 4,32).
Esta historia nos deja dos palabras: memoria y esperanza. La memoria cristiana no es nostalgia, sino gratitud por lo que Dios ha hecho y responsabilidad por aquello que Él nos confía hoy. La esperanza no es mero optimismo, sino la certeza de que Cristo ha resucitado y de que ninguna oscuridad puede tener la última palabra.
La Iglesia en Corea ha crecido gracias al testimonio de los mártires. El pueblo coreano ha demostrado a lo largo de su historia una extraordinaria fortaleza de espíritu: ha atravesado persecuciones, guerras, pobreza y divisiones, sabiendo levantarse y mirar hacia adelante. Iluminada por el Evangelio, esta tenacidad se ha convertido en fortaleza cristiana: la capacidad de atravesar las pruebas sin perder la esperanza y sin permitir que el sufrimiento endurezca el corazón.
Custodiar la memoria de los mártires significa permitir que su fe siga viva en nuestras decisiones, en el servicio, en el perdón y en la entrega de nosotros mismos. Pienso, en particular, en el Venerable Tomás Choe Yang-Eop, segundo sacerdote de la historia de Corea, recordado como el «mártir del sudor». Durante once años recorrió incansablemente los caminos de Corea para llegar a comunidades cristianas lejanas y escondidas, llevándoles la Palabra de Dios y los Sacramentos, hasta consumir su vida en el servicio. Su testimonio nos recuerda que existe el martirio de quien ofrece la vida en un momento determinado y aquel, más oculto, de quien la da día tras día. Sí, a esto están llamados todos los cristianos: dar la vida con amor, cada día.
Nuestro tiempo necesita precisamente esto: hombres y mujeres que tengan el valor de hacer el bien incluso cuando cueste. Háganse prójimos de quienes están solos, sostengan a quienes están cansados, busquen a quienes se han alejado. Tengan el valor de perdonar, de volver a empezar, de dialogar. El bien no siempre es reconocido y, a menudo, cuesta esfuerzo, pero es este valor cotidiano de la caridad lo que hace creíble nuestro anuncio del Evangelio.
La fuerza para vivir así proviene de la amistad con Jesucristo, que dijo a sus discípulos: «Los he llamado amigos» (Jn 15,15). Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, custodien esta amistad. Aliméntenla en la Eucaristía, en la escucha de la Palabra, en la oración y en el silencio ante el Señor. Es al estar con Él que volvemos a encontrar la alegría de nuestra vocación y aprendemos a amar como Él.
Y la amistad con Cristo nos abre a la fraternidad. Ustedes provienen de diferentes diócesis, institutos, congregaciones y experiencias: hagan de esta diversidad un recurso para la sinodalidad. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que camina junta detrás del mismo Señor, escuchando, acogiendo y reconociendo en el otro a un hermano y un compañero de camino, nunca a un competidor.
Esto adquiere un significado particular al pensar en su tierra. La península coreana lleva todavía la dolorosa herida de la división. Por eso les pido que sean siempre hombres y mujeres de reconciliación. La paz comienza en el corazón y en las relaciones cotidianas, cuando escuchamos en lugar de juzgar, perdonamos en lugar de guardar rencor, elegimos la comunión en lugar de la confrontación. Permanezcan unidos y sean artesanos de la paz.
Sigamos esforzándonos y orando para que se abran nuevos caminos de encuentro y para que el Evangelio de la paz pueda ser anunciado libremente en cada rincón de la península coreana y del mundo.
Corea, que en otro tiempo fue tierra de misión, se ha convertido hoy en patria de misioneros. Es un fruto precioso de la fe y del sacrificio de quienes los han precedido: la memoria genera misión y la misión abre a la esperanza. La próxima Jornada Mundial de la Juventud hará visible todo esto. Jóvenes provenientes de todas las partes del mundo llegarán a una tierra donde el Evangelio ha crecido gracias al testimonio de los mártires. Quisiera que fuera un gran encuentro entre la memoria y el futuro: los mártires entregan la fe a las nuevas generaciones y los jóvenes la reciben para llevarla por los caminos del mundo.
Escuchen a los jóvenes, caminen con ellos y ayúdenlos a descubrir que seguir a Cristo no limita la libertad, sino que la hace plena; que la fe no restringe la vida, sino que le abre un horizonte más amplio. Preparen, pues, la JMJ con pasión —como ya lo están haciendo—, guardando en el corazón las palabras: «Tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Sus mártires lo habían comprendido: su esperanza no dependía de circunstancias favorables, sino de la certeza de que Cristo ya había vencido.
Queridos hermanos y hermanas, han recibido una gran herencia. Sean fuertes en la fe, generosos en la caridad y perseverantes en la esperanza. No se cansen nunca de hacer el bien, incluso cuando cueste y aun cuando nadie lo vea: ningún gesto realizado por amor se pierde ante Dios.
En este mes dedicado al Santo Rosario, encomiendo a ustedes y el camino hacia la Jornada Mundial de la Juventud a la Virgen María Inmaculada, Patrona de Corea. Pido a San Andrés Kim Tae-gon, a San Pablo Chong Ha-sang y a todos los santos y beatos mártires coreanos que los acompañen y los hagan custodios de la memoria, testigos de la esperanza y artesanos de la paz.
A ustedes, a sus familias, a sus hermanos y hermanas de comunidad y a todo el Pueblo de Dios que está en Corea, imparto de corazón la Bendición Apostólica.
¡Gracias!