Sala Stampa

www.vatican.va

Sala Stampa Back Top Print Pdf
Sala Stampa


Audiencia a los artistas y curadores del encuentro "El arte de la posibilidad: tejer juntos", promovido por el Dicasterio para la Cultura y la Educación, 02.10.2026

 

Esta mañana, en el Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia a los artistas y curadores del encuentro «El arte de la posibilidad: tejer juntos», promovido por el Dicasterio para la Cultura y la Educación.

Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:

Discurso

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.

¡Buenos días a todos y bienvenidos!

Eminencia, Excelencias, queridos hermanos y hermanas:

La primera palabra que deseo decirles es «gracias». Gracias por la colaboración que durante estos últimos años han brindado a la Santa Sede, en particular por la organización del Pabellón de la Bienal de Venecia y por los proyectos de arte contemporáneo promovidos por el Dicasterio para la Cultura y la Educación. Gracias por la confianza con la que han aceptado caminar junto a la Iglesia, también por caminos nuevos.

Pienso, por ejemplo, en el Pabellón instalado en la Casa de reclusión femenina de la isla de la Giudecca, visitado por el Papa Francisco. Quien lo recorrió sabe que no se trataba de llevar el arte a la cárcel, sino de permitir que la cárcel, con su verdad tantas veces ocultada, enseñara algo al arte y a todos nosotros. Porque «la persona humana es “digna” por el simple hecho de existir y de tener como fin la eternidad» (Encuentro en el Accueil Notre-Dame, Lourdes, 27 de septiembre de 2026), y es siempre más grande que su fragilidad o sus errores.

También me llamó la atención el lema, inspirado en santa Hildegarda de Bingen, del Pabellón veneciano de este año: «The Ear is the Eye of the Soul» [El oído es el ojo del alma]. En efecto, el arte, como una antena, capta las grandes preguntas del corazón humano —a veces semejantes a un grito, con mayor frecuencia a un susurro— y las hace audibles, visibles, compartibles.

San Agustín nos dejó un testimonio inmortal de la inquietud del corazón humano en busca de la verdad. El arte, cuando es auténtico, está animado por esta inquietud. Por eso, la Iglesia nunca ha considerado el arte como un accesorio. Para la Iglesia, el arte es un lugar fundamental de escucha, donde dejarse instruir sobre las aspiraciones y las heridas de la humanidad, sobre su sed de belleza, de justicia y de paz, sobre su búsqueda de sentido.

Vivimos en la época de los motores de búsqueda, que en un segundo nos ofrecen miles de respuestas. Pero estos, por poderosos que sean, devuelven lo que ya existe y tienden a darnos lo que ya queremos. En la era de la técnica y del consumo, el gran peligro ya no es solamente la censura, sino el aplanamiento; no solo el silencio impuesto, sino el ruido que hace imposible escuchar. El arte es otro tipo de «motor de búsqueda». No procede mediante la indexación, sino mediante la interrogación. Su pregunta es una atención tensa, que no se conforma con la mera suma de los hechos, porque no deja de excavar más profundamente, buscando la trama que los une. Su arte, cuando resiste al aplanamiento, cuando ralentiza la mirada, cuando obliga a detenerse ante aquello que no se deja consumir, es una forma de regeneración cultural y espiritual.

El Papa san Pablo VI pronunció palabras que permanecen, en la relación de la Iglesia con los artistas, como un hito: «Tenemos necesidad de vosotros —dijo—. Nuestro ministerio tiene necesitad de vuestra colaboración. Pues, como sabéis, nuestro ministerio es el de predicar y hacer accesible y comprensible, más aún, emotivo, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. Y en esta operación, que trasvasa el mundo invisible en fórmulas accesibles, inteligibles, vosotros sois maestros» (Homilía en la Misa con los artistas, 7 de mayo de 1964).

También hoy les digo: la Iglesia los necesita. De manera particular en esta era de la inteligencia artificial, en la que se vuelve urgente distinguir el arte humano de aquello que producen las máquinas. Existe una diferencia ontológica, incluso antes que estética, entre el arte y aquello que una máquina puede generar mediante un cálculo estadístico a partir de millones de imágenes ajenas. A los algoritmos les falta la chispa de lo humano. «La cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esta chispa» (Enc. Magnifica humanitas, 122).

Por todo esto, la Iglesia desea renovar con los artistas y con las instituciones culturales una alianza: una alianza para custodiar lo humano. Como tuve ocasión de decir durante mi reciente visita a la UNESCO: «es imposible, promover la educación, las ciencias y la cultura sin promover la vida del hombre y de la mujer, quienes son sus protagonistas» (Discurso ante la UNESCO, París, 25 de septiembre de 2026).

Queridos artistas, queridos curadores, sepan que la Iglesia los mira con estima, con gratitud y con esperanza; que los necesita y que desea caminar con ustedes, para que juntos podamos custodiar la magnífica humanidad que nos ha sido confiada.

¡Que Dios bendiga a todos ustedes y su trabajo! Gracias.