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Viaje apostólico de Su Santidad el Papa León XIV a Francia y visita a la sede de la UNESCO (25 – 28 de septiembre de 2026) – Encuentro con los colaboradores y los beneficiarios de «Accueil Notre-Dame», 27.09.2026

A las 15:15, el Santo Padre León XIV salió de la Casa Episcopal para dirigirse en automóvil al Accueil Notre-Dame con motivo del encuentro con los trabajadores y los usuarios del centro.

A su llegada, el Papa fue recibido en el exterior del centro por el obispo de Tarbes y Lourdes, S. E. Mons. Jean-Marc Micas, y por el responsable del centro, Mathias Terrier.

Tras la presentación a cargo del obispo de Tarbes y Lourdes y las palabras de bienvenida del responsable del centro, siguieron el testimonio de un médico, un canto y el testimonio de una operadora. A continuación, el Pontífice pronunció su discurso.

Al término del encuentro, tras la entrega del obsequio, el Padrenuestro, la bendición y el canto final, el Santo Padre se dirigió al quinto piso del centro, donde se reunió brevemente con algunos enfermos y representantes de las asociaciones que operan en el Santuario, y les dirigió unas palabras de saludo y agradecimiento.

Posteriormente, a las 16:30, se trasladó a pie al Monasterio del Carmelo de Lourdes para el encuentro privado con las religiosas de vida contemplativa.

Al término del encuentro, el Pontífice se trasladó en automóvil a la Casa Episcopal, donde se reunió en privado con algunas víctimas de abusos.

“Esta tarde, poco después de las 17:30, en la Casa Episcopal de Lourdes, el Papa León XIV se reunió con siete personas —cuatro hombres y tres mujeres—, víctimas de abusos por parte de miembros del clero y de la Iglesia de Francia, acompañadas por S. E. Monseñor Gérard Le Stang, obispo de Amiens y presidente del Consejo para la prevención y la lucha contra la pedofilia en el seno de la Conferencia Episcopal de Francia.

El Papa se reunió individualmente y en privado con cada uno de ellos, escuchando sus historias, el dolor y el sufrimiento que han vivido —a veces, lamentablemente, con la complicidad o el silencio de quienes podrían haberles ayudado— y sus propuestas para que esto no vuelva a suceder. Con algunos se quedó unos momentos en oración.

Al término, poco después de las 19:00, el Papa se reunió con todos en una sala de la Casa Episcopal y les dirigió unas palabras, agradeciéndoles su doloroso testimonio y reiterando su compromiso para que el mal sufrido no se repita en otros. El Papa León expresó su cercanía hacia ellos y, a través de ellos, hacia quienes han sufrido y aún sufren por las heridas causadas por los abusos recibidos. Por último, con el deseo de poder trabajar juntos para que la comunidad de fieles sea cada vez más un lugar donde hombres y mujeres, de todas las edades, puedan encontrar consuelo y sanación, el Papa pidió a los presentes que oraran por él e impartió su bendición sobre ellos. El encuentro concluyó aproximadamente a las 19:30.”

A continuación publicamos el discurso que el Santo Padre León XIV pronunció durante el encuentro con los trabajadores y las personas atendidas por el Accueil Notre-Dame:

Discurso

Queridos hermanos y hermanas,
queridos amigos enfermos:

Es una gran alegría para mí pasar este momento con ustedes aquí en Lourdes, donde desde hace más de ciento cincuenta años, peregrinos de todo el mundo vienen a encomendarle a Jesús, por medio de María, sus sufrimientos, ya sean físicos, psicológicos o espirituales. Aquí la fragilidad no se esconde, sino que se convierte en el lugar de un encuentro sagrado.

Este año, el tema pastoral del Santuario retoma el saludo del ángel Gabriel a María: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28), poniendo de manifiesto este maravilloso intercambio entre dos miradas, la del mensajero del Señor y la de María. En ese cara a cara, la humildad y la generosidad de una joven permiten a Dios realizar su obra de salvación. María no retuvo al Señor para sí, sino que lo ofreció al mundo, al decirnos a cada uno de nosotros: «El Señor está contigo». Esta verdad es el fundamento de nuestra dignidad de personas. Y aquí María nos mira a cada uno como a una persona única, como testimonia santa Bernardita durante las apariciones en la gruta. Esta mirada materna nos confirma que ninguno es invisible a los ojos de Dios.  

En una época en la que algunas sociedades tienden a apartar la mirada o a cerrar los ojos frente a la dignidad de la vida humana, «urge ante todo cultivar, en nosotros y en los demás, una mirada contemplativa […]. Es la mirada de quien ve la vida en su profundidad, percibiendo sus dimensiones de gratuidad, belleza, invitación a la libertad y a la responsabilidad. Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un don, descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona su imagen viviente (cf. Gn 1,27; Sal 8,6). Esta mirada […] encuentra en el rostro de cada persona una llamada a la mutua consideración, al diálogo y a la solidaridad» (S. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae, 83), para que el mundo tenga vida.

En el diálogo de la Anunciación, mientras el Señor fija su mirada en María, ella descubre que es la elegida de Dios. En el centro de este encuentro, cada uno de nosotros descubre que está llamado de modo personal y profundamente destinado al amor de Dios, que es fuente de vida. La persona humana es, en efecto, “digna” por el mero hecho de existir y de tener como fin la eternidad. Su dignidad no se mide ni se discute.

Sé que, para algunos de ustedes, que sufren a causa de patologías particulares y de dolores a veces terribles, el horizonte puede parecer oscuro, incierto, sin salida. Pero ninguna ley humana debe hacernos perder la certeza de su dignidad. Por el contrario, precisamente en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana debe rechazarse firmemente la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión. Es imposible considerar normal el hecho de poner fin a la vida. Lo que es legal no es necesariamente moral.

Aquí en Lourdes, ciudad de los enfermos y de la esperanza, invito a toda la comunidad de los agentes sanitarios a recordar el significado profundo de su vocación: hacerse cargo de una persona que sufre, y no eliminarla. Sí, queridos amigos, ¡sean servidores apasionados de la vida! ¡Ninguno tiene el derecho, nunca, «basándose en algoritmos de laboratorio, de decidir sobre la vida de un embrión determinado o de una persona de la tercera edad determinada! ¡La medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada!» (Discurso a los miembros de la Fundación Jérôme Lejeune, 22 junio 2026). En este sentido, les invito, por un lado, a seguir realizando constantemente estructuras de cuidado paliativo y de investigación; por otro, a acompañar con ternura a los enfermos, como sucede aquí en Lourdes, donde médicos, enfermeros, camilleros, capellanes, equipos de pastoral de la salud y tantos otros ejercitan su vocación al servicio de la dignidad de la persona humana, para que el mundo tenga vida. Cuidando de los cuerpos, ustedes cuidan también de las almas. A ustedes, queridos miembros de las asociaciones hospitalarias, pero también a ustedes, agentes sanitarios, que se dedican al servicio de sus hermanos y hermanas, deseo expresarles toda mi gratitud.

Queridos hermanos y hermanas enfermos, quiero decirles: ustedes no son un peso, son el corazón palpitante de nuestra humanidad y un tesoro precioso para la Iglesia. Acompaño con la oración las pruebas que están atravesando. Mi pensamiento se dirige a todos los que no pueden estar aquí y que, desde sus casas o desde las habitaciones de los hospitales, están unidos a nuestro encuentro. Les encomiendo a todos al amor maternal de la Madre del Señor, pidiéndole que les alcance los consuelos de su Hijo Jesús. ¡Que Dios los bendiga y los proteja!