Esta mañana, en el Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia a una delegación de la Sociedad de San Vicente de Paúl de los Estados Unidos de América.
Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:
Discurso
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!
Buenos días a todos. Bienvenidos. Gracias por su paciencia.
Excelencias,
queridos amigos:
con gran alegría les saludo cordialmente a todos ustedes, y espero que su estancia en Roma, en la Ciudad Eterna, fortalezca su fe y profundice su deseo de servir al Señor y a su Iglesia. Les agradezco especialmente su devoto servicio a la Sociedad de San Vicente de Paúl y, a través de ella, a sus hermanos y hermanas en todos los Estados Unidos de América. De hecho, al ofrecer libremente sus dones y talentos otorgados por Dios, dan un testimonio elocuente de su fe al servicio de la edificación del Reino de Dios.
Al mismo tiempo, los aliento a profundizar su relación con nuestro Señor, para que su gracia pueda seguir guiando y fortaleciendo su servicio. San Vicente de Paúl demostró que la oración y la justicia social no solo son complementarias, sino que, de hecho, son inseparables. Por lo tanto, espero que continúen recurriendo a su patrón celestial con el fin de seguir su ejemplo y pedir su intercesión.
Además, como lo recordé en Dilexi te, san Agustín enseñaba la naturaleza cristocéntrica del cuidado de los pobres y sostenía que Dios no se deja superar en generosidad hacia quienes los sirven. Por lo tanto, creemos que el cuidado de los demás, cuando nace del amor, no solo ayuda a quienes están en necesidad, sino que también abre el corazón de quien da a la gracia de Dios (cf. n. 46). Queridos amigos, los exhorto, pues, a que siempre se entreguen a sí mismos. De esta manera, la gracia del Señor purificará constantemente sus corazones y sus mentes, y reconocerán más fácilmente a Cristo en su prójimo, tanto en las personas a quienes atienden como en aquellas con quienes trabajan.
Por último, cuando regresen a sus hogares, sepan que lo hacen acompañados por mis oraciones. En especial, les pido que transmitan mis cordiales saludos a sus colegas y a las personas que cuidan y sirven. Con estas reflexiones, encomiendo a cada uno de ustedes a la intercesión de María, Madre de la Iglesia. Y tal vez, hoy, de manera especial, también a san Agustín, en el día de su memoria. Gracias.
Por eso, por favor, pónganse de pie y oremos juntos como nos enseñó el Señor.
[Padre nuestro…]
Y que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca siempre con ustedes. Amén.