Publicamos a continuación la carta que el Santo Padre León XIV envía con motivo del 250.º aniversario de la fundación de los Estados Unidos de América:
Carta del Santo Padre
Extiendo mis más sinceras felicitaciones a todos los estadounidenses con motivo del 250.º aniversario de la firma de la Declaración de Independencia. Este aniversario de 250 años conmemora aquel momento decisivo en la historia de los Estados Unidos de América, el 4 de julio de 1776, que dio voz perdurable a los ideales de libertad, igualdad, la búsqueda de la felicidad, la justicia y el autogobierno democrático.
Durante dos siglos y medio, generaciones de estadounidenses han trabajado juntos para llevar adelante estos principios —a través del sacrificio, el servicio, la innovación y la participación cívica—. Este aniversario constituye una invitación no solo a celebrar el extraordinario recorrido de la nación, sino también a reflexionar sobre las responsabilidades que los hijos e hijas de este país tienen unos con otros, y con las generaciones que heredarán la nación que se está forjando hoy.
Entre los principios más preciados se encuentra la libertad religiosa: el derecho de toda persona a rendir culto según su conciencia y a practicar su fe abiertamente, sin coacción ni temor. Al conmemorar este aniversario, es importante reconocer que la libertad religiosa ha sido desde hace mucho tiempo un elemento central de la promesa estadounidense, protegiendo tanto la dignidad individual como la coexistencia pacífica de un pueblo diverso.
Esta misma libertad ha permitido que la Iglesia Católica eche raíces y prospere en los Estados Unidos, en beneficio no solo de sus propios miembros, sino de toda la nación. Como hijos e hijas fieles de la Iglesia, los católicos están llamados a impregnar cada dimensión de su existencia con la caridad de Cristo (cf. 2 Cor 5,14), viviendo el Evangelio en las circunstancias de la vida cotidiana. Esta forma de vida ha dado lugar a los numerosos beneficios que la Iglesia ha aportado a lo largo de los años al desarrollo de esta nación. En particular, recuerdo su servicio en los ámbitos de la educación, la atención preferencial a los pobres, la atención médica y los servicios sociales básicos, por mencionar solo algunos.
En la encíclica Sapientiae Christianae, mi predecesor, el Papa León XIII, escribió que «no hay mejor ciudadano… que el cristiano consciente de su deber» (n.º 7). De hecho, la fe —lejos de oponerse a las responsabilidades de la ciudadanía— infunde nuevo vigor a la búsqueda de la justicia, la paz y el bien común, llevando a la perfección cada don natural otorgado por el Creador. El mismo san Pablo animó a los primeros cristianos a orar por quienes ocupan cargos de autoridad, a fin de llevar una vida pacífica de acuerdo con la voluntad de Dios (cf. 1 Tim 2, 2). En este sentido, es en el fiel cumplimiento del deber —hacia Dios y hacia la patria— donde los católicos están llamados a seguir sirviendo a la nación, como levadura para el crecimiento de una civilización del amor (cf. Mt 13, 33).
Entre los principios que han guiado el desarrollo de este país se encuentra también la dignidad otorgada por Dios a toda vida humana, ya que cada persona está dotada de un valor intrínseco que exige respeto, protección y cuidado. En este espíritu, una comprensión plena de esta dignidad lleva a reconocer la importancia de salvaguardar la vida humana desde su inicio, en la concepción, hasta la muerte natural, y de construir una sociedad en la que a los vulnerables, a los que sufren y a los olvidados se les trate siempre con compasión, solidaridad y amor.
La defensa de la vida humana también incluye acoger, proteger y ayudar a los inmigrantes, cuyas esperanzas, sacrificios y contribuciones han formado parte de la historia de este país desde sus inicios. En cada generación, quienes han llegado en busca de libertad, oportunidades y un lugar al que pertenecer han ayudado a forjar el carácter de la nación. Recibirlos con compasión y generosidad no es solo un acto de caridad, sino también un reconocimiento de la dignidad que pertenece a toda persona humana.
En mi reciente carta encíclica, Magnifica Humanitas, escribí sobre trabajar juntos por el bien común. «Construir un mundo en el que todos puedan “florecer” exige una corresponsabilidad valiente. Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo» (n.º 13). Nos necesitamos unos a otros, y debemos trabajar juntos en unidad para enfrentar los desafíos que el mundo enfrenta hoy.
Que este hito renueve el compromiso compartido con la promesa de libertad, justicia, oportunidades y democracia. Que los estadounidenses honren el valor y la visión de quienes los precedieron, fortaleciendo sus comunidades, respetando sus diferencias y trabajando juntos hacia una unión más perfecta.
Felicitaciones por este extraordinario aniversario nacional. Que el espíritu de 1776 continúe inspirando esperanza y unidad a medida que los Estados Unidos de América avanzan hacia el futuro. Al asegurarles a todos ustedes mis oraciones en sus renovados esfuerzos por fortalecer a la nación según los principios que guiaron a sus padres fundadores, los encomiendo a la intercesión de la Inmaculada Concepción, patrona de este país, para que ella continúe velando por Estados Unidos y protegiendo a todos los que allí habitan.
Desde el Vaticano, 25 de junio de 2026
LEÓN PP. XIV