Esta mañana, en el Aula Pablo VI, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia a la delegación de la Association of Catholic Colleges and Universities (EE. UU.).
Publicamos a continuación el saludo que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:
Saludo del Santo Padre
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!
Buenos días a todos ustedes, y bienvenidos en esta mañana oscura y lluviosa en Roma. ¡Hoy la luz brilla desde dentro!
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
me complace saludarlos con motivo del Seminario 2026 de la Association of Catholic Colleges and Universities [Asociación de Colegios y Universidades Católicas], que se celebra en Roma. Como presidentes y rectores de estas instituciones, confío en que la experiencia vivida aquí, en el corazón de la Iglesia, sirva para fortalecer su fe y renovar su compromiso con la misión universal de la Iglesia. En particular, dada su dedicación a la tarea educativa, rezo para que sus corazones se sientan cada vez más cautivados por la belleza de la verdad y la grandeza de la humanidad, creada por Dios y redimida por Cristo.
A la luz de la carta encíclica que he publicado recientemente, quisiera dirigirles unas palabras sobre la importancia fundamental de la educación católica en el mundo de hoy. Uno de los desafíos que enfrenta actualmente el mundo de la educación es la creciente fragmentación del conocimiento. Si bien encontrarán personas expertas en un determinado campo de estudio, muchas de ellas «tienen dificultades para dar un sentido a su vida, también debido a la incapacidad de conectar la información y los conocimientos, y para no perder de vista el horizonte de sentido» (Magnifica humanitas, n. 146) . A menudo carecen de una visión global de la realidad capaz de unir no solo los diversos campos del conocimiento, sino también los múltiples aspectos de la vida y los deseos más profundos del corazón humano.
La educación católica tiene un papel particularmente importante que desempeñar en este sentido. Cuando jóvenes de ambos sexos se matriculan en sus institutos y universidades con la intención de obtener un título específico, a menudo impulsados por las perspectivas laborales futuras, a ustedes les corresponde la noble tarea de orientar ese deseo de conocimiento de modo que también puedan «aprender a amar y buscar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona» (Ibidem, n. 143). No es una tarea fácil. Como todos ustedes bien saben, la búsqueda de la verdad no solo requiere aprendizaje y acompañamiento, sino también un gran esfuerzo (cf. Ibidem, n. 139). A menos que la educación católica infunda en los estudiantes una auténtica pasión por la verdad —y no solo por la verdad intelectual, sino también por la Verdad que es Cristo mismo (cf. Jn 14, 6)—, difícilmente podemos esperar que las personas estén dispuestas a realizar el esfuerzo necesario para reconocer la verdad y adaptar su vida en consecuencia. De hecho, las instituciones católicas están llamadas a ser «un ambiente vivo en el que la visión cristiana impregna cada disciplina y cada interacción» (Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, n. 5.2). Su autenticidad como verdaderos discípulos de Cristo les ayudará sin duda a transmitir el Evangelio vivo de tal manera que quienes están confiados a su cuidado puedan realmente encontrarse con el Señor y descubrir en la fe católica la visión unificadora que solo la Verdad puede dar.
Desde un punto de vista más práctico o pedagógico, los recientes avances tecnológicos también plantean numerosos desafíos al mundo de la educación. El uso generalizado de la inteligencia artificial hace cada vez más difícil evaluar el trabajo de los estudiantes, lo que obliga a los educadores a adaptar sus métodos de manera creativa para asegurar la formación humana integral de quienes están confiados a su cuidado, aunque a menudo esto implique una mayor carga de trabajo para los profesores. En este sentido, debemos estar dispuestos a invertir generosamente en la educación de las generaciones futuras. Es esencial que los jóvenes y las jóvenes aprendan a relacionarse de manera positiva con las nuevas tecnologías, desarrollando al mismo tiempo sus dotes y capacidades, donadas por Dios, de razonar, de pensar críticamente y de asimilar el conocimiento, preparándolos así para moldear de manera responsable el mundo venidero (cf. Magnifica humanitas, n. 145).
Queridos hermanos y hermanas, mientras continúan llevando a cabo la misión evangelizadora de la Iglesia, es mi esperanza que los estudiantes puedan encontrar siempre en sus instituciones la sana doctrina (cf. 2 Tim 4, 3) confiada a la Iglesia, que servirá como fundamento verdadero y duradero no solo para sus vidas, sino también para el futuro de la nación. Agradeciéndoles su presencia aquí y su dedicación a la educación católica, les imparto de corazón mi bendición apostólica, que extiendo de buen grado a las personas, las comunidades y las instituciones que representan. Muchas gracias.