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Audiencia con Su Gracia Sarah Mullally, Arzobispa de Canterbury, 27.04.2026

 

Esta mañana, en el Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia a Su Gracia Sarah Mullally, Arzobispa de Canterbury.

Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:

Discurso

Vuestra Gracia,
¡La paz esté con todos ustedes!

En la alegría de este tiempo pascual, mientras seguimos celebrando la resurrección del Señor Jesucristo de entre los muertos, me complace recibirle a usted y a su delegación en el Vaticano.

Su visita me trae a la memoria el memorable encuentro, hace sesenta años, entre San Pablo VI y el Arzobispo Michael Ramsey, cuyo aniversario conmemoró junto con el Cardenal Koch en la Catedral de Canterbury la mañana siguiente a su toma de posesión. Desde entonces, los Arzobispos de Canterbury y los Obispos de Roma han seguido reuniéndose para orar juntos, y me complace que hoy continuemos con esta tradición. Asimismo estoy agradecido por el ministerio del Centro Anglicano en Roma, también instituido hace sesenta años, y saludo de manera especial al director del Centro, el obispo Anthony Ball, a quien usted nombrará esta tarde como su representante ante la Santa Sede.

Durante estos días del tiempo pascual, las primeras palabras pronunciadas por el Cristo resucitado resuenan en toda la Iglesia: «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20, 19). Este saludo nos invita no solo a aceptar el don de la paz del Señor, sino también a ser mensajeros de su paz. A menudo he dicho que la paz del Señor resucitado es «desarmada». Lo es porque Él siempre respondió a la violencia y a la agresión de manera desarmada, invitándonos a hacer lo mismo. Además, considero que los cristianos deben dar juntos un testimonio profético y humilde de esta profunda realidad (cf. Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2026).

Mientras que nuestro mundo sufriente tiene una profunda necesidad de la paz de Cristo, las divisiones entre los cristianos debilitan nuestra capacidad de ser portadores eficaces de esa paz. Si queremos que el mundo tome en serio nuestra predicación debemos, por lo tanto, ser constantes en nuestras oraciones y en nuestros esfuerzos por eliminar cualquier piedra de tropiezo que obstaculice la proclamación del Evangelio. La atención a la necesidad de unidad con miras a una evangelización más fecunda ha sido un tema recurrente a lo largo de todo mi ministerio: de hecho, se refleja en el lema que elegí cuando fui nombrado obispo: In Illo uno unum, «En el único Cristo somos uno» (San Agustín, Enarr. in Ps., 127, 3).

A este respecto, cuando el arzobispo Michael Ramsey y San Pablo VI anunciaron el primer diálogo teológico entre anglicanos y católicos, hablaron de buscar el «restablecimiento de la plena comunión en la fe y en la vida sacramental» (cf. Declaración conjunta, 24 de marzo de 1966). Ciertamente, este camino ecuménico ha sido complejo. Aunque se han logrado muchos avances en cuestiones históricamente divisivas, en las últimas décadas han surgido nuevos problemas, lo que ha hecho que el camino hacia la plena comunión sea más difícil de discernir. Sé que la Comunión Anglicana también está enfrentando muchas de estas mismas cuestiones en la actualidad. Sin embargo, no debemos permitir que estos desafíos constantes nos impidan aprovechar cada oportunidad posible para proclamar juntos a Cristo ante el mundo. Como dijo mi querido predecesor, el Papa Francisco, a los Primados de la Comunión Anglicana en 2024: «Sería un escándalo que, debido a las divisiones, no realizáramos nuestra vocación común de dar a conocer a Cristo» (Discurso a los participantes en la Asamblea de los Primados de la Comunión Anglicana, 2 de mayo de 2024). Por mi parte, añado que también sería un escándalo si no siguiéramos trabajando para superar nuestras diferencias, por muy insuperables que puedan parecer.

Mientras seguimos caminando juntos en amistad y diálogo, oremos para que el Espíritu Santo, que el Señor derramó sobre los discípulos la noche después de su resurrección, guíe nuestros pasos mientras, en oración y humildad, buscamos esa unidad que es la voluntad de Dios para todos sus discípulos.

Vuestra Gracia, al agradecerle su visita en el día de hoy, ruego para que el mismo Espíritu Santo permanezca siempre con usted, haciéndola fecunda en el servicio al cual ha sido llamada.

Que Dios la bendiga a usted y a su familia.