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Viaje apostólico de Su Santidad León XIV a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial (13-23 de abril de 2026) – Santa Misa en el aeropuerto de Bamenda, 16.04.2026

Tras abandonar el Arzobispado, el Santo Padre se trasladó al Aeropuerto de Bamenda para la celebración de la Santa Misa por la paz y la justicia.

A su llegada, a las 14:45 hora local, el Papa realizó un recorrido en el papamóvil entre los fieles.

Tras los ritos de introducción y la liturgia de la Palabra, León XIV pronunció su homilía.

Al término de la Santa Misa, el Arzobispo de Bamenda, S.E. Monseñor Andrew Nkea Fuanya, dirigió al Santo Padre unas palabras de agradecimiento.

El Papa regresó a la sacristía y, posteriormente, a las 17:25, tras despedirse de algunas autoridades locales, partió hacia Yaundé, donde aterrizó a las 18:20, para luego regresar a la Nunciatura.

Publicamos a continuación la homilía que el Papa León XIV pronunció durante la celebración:

Homilía del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Vengo en medio de ustedes como peregrino de paz y de unidad, y les expreso la alegría que tengo de estar aquí, visitando su región y, sobre todo, compartiendo su camino, sus dificultades y sus esperanzas.

Las manifestaciones festivas que acompañan sus liturgias y el gozo que brota de las oraciones que elevan a Dios son signo de la entrega confiada a Él, de su inquebrantable esperanza, de su aferrarse, con todas las fuerzas, al amor del Padre, que se hace cercano y mira con compasión los sufrimientos de sus hijos. En el salmo que hemos rezado juntos, se canta esta confianza en Él, que hoy estamos invitados a renovar: «El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos» (Sal 34,19).

Hermanos y hermanas, muchos son los motivos y las situaciones que rompen el corazón y nos hacen caer en la aflicción. En efecto, las esperanzas en un futuro de paz y reconciliación, en el que cada uno es respetado en su dignidad y a cada uno se le garantizan sus derechos fundamentales, se debilitan continuamente a causa de los numerosos problemas que afligen a esta tierra bellísima; entre ellos, las abundantes formas de pobreza que últimamente también afectan a muchas personas por la crisis alimentaria actual; la corrupción moral, social y política, sobre todo vinculada a la gestión de la riqueza, que impide el desarrollo de las instituciones y las estructuras; los graves y derivados problemas que aquejan al sistema educativo y al ámbito sanitario; así como la enorme migración al extranjero, en particular la de los jóvenes. Y a la problemática interna, continuamente alimentada por el odio y la violencia, se añade también el mal causado desde afuera por aquellos que, en nombre de la ganancia, siguen entrometiéndose en el continente africano para explotarlo y saquearlo.

Todo esto nos expone a sentirnos impotentes y debilitar nuestra confianza. Sin embargo, este es el momento de cambiar, de transformar la historia del país. Hoy y no mañana, ahora y no en el futuro, ha llegado el momento de reconstruir; de componer nuevamente el mosaico de la unidad ensamblando la variedad y las riquezas del país y del continente; de edificar una sociedad en la que reinen la paz y la reconciliación.

Es verdad, cuando una situación está consolidada desde hace tiempo se corre el riesgo de caer en la resignación y en la impotencia, porque no esperamos ninguna novedad; no obstante, la Palabra de Dios abre espacios nuevos y genera transformación y sanación, porque es capaz de poner el corazón en movimiento, de desestabilizar la marcha normal de las cosas a las que fácilmente nos acostumbramos, de convertirnos en protagonistas activos del cambio. Recordemos esto: Dios es novedad, crea cosas nuevas, nos hace personas valientes que, desafiando al mal, construyen el bien.

Lo encontramos en el testimonio de los Apóstoles, como escuchamos en la primera lectura: mientras las autoridades del sanedrín interrogaban a los Apóstoles, los reprendían y los amenazaban porque habían anunciado públicamente a Cristo, estos respondían: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo» (Hch 5,29-30).

La valentía de los Apóstoles se convierte en conciencia crítica, en profecía, en denuncia del mal; este es el primer paso para cambiar las cosas. Obedecer a Dios, en efecto, no es un acto de sumisión que nos oprime o anula nuestra libertad; al contrario, la obediencia a Dios nos hace libres, porque significa confiarle nuestra vida y dejar que sea su Palabra la que inspire nuestra manera de pensar y de actuar. Y de este modo, como escuchamos en el Evangelio, que relata la última parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo, «el que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra» (Jn 3,31). El que obedece a Dios antes que a los hombres y al modo de pensar humano y terrenal, encuentra la propia libertad interior, logra descubrir el valor del bien y a no resignarse al mal, redescubre el camino de la vida y se convierte en constructor de paz y fraternidad.

Hermanos y hermanas, el consuelo para los corazones quebrantados y la esperanza en un cambio de la sociedad son posibles si confiamos en Dios y en su Palabra. Debemos llevar siempre en el corazón y en la mente la apelación del apóstol Pedro: obedecer a Dios, no a los hombres. Obedecerlo a Él, porque sólo Él es Dios. Y ello nos invita a promover la inculturación del Evangelio y vigilar atentamente, también nuestra religiosidad, para no caer en el engaño de seguir aquellas sendas que mezclan la fe católica con otras creencias y tradiciones de tipo esotérico o gnóstico que, en realidad, a menudo tienen fines políticos y económicos. Sólo Dios libera; sólo su Palabra abre caminos de libertad; sólo su Espíritu nos hace personas nuevas con la capacidad de cambiar este país.

Los acompaño con mi oración constante y bendigo, de manera particular, a la Iglesia aquí presente; tantos sacerdotes, misioneros, religiosos y laicos que trabajan para ser fuente de consuelo y esperanza. Los animo a continuar por este camino y los encomiendo a la intercesión de María Santísima, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia.