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Mensaje del Santo Padre a la Pontificia Comisión Bíblica con motivo de la sesión plenaria [13-17 de abril de 2026], 13.04.2026

Publicamos a continuación el mensaje que el Santo Padre León XIV envía con motivo de la sesión plenaria de la Pontificia Comisión Bíblica, titulada «Una exégesis sensible al drama de los que sufren», que se celebra del 13 al 17 de abril de 2026:

Mensaje del Santo Padre

Una exégesis sensible al drama de quienes sufren

Señor Cardenal Presidente,
queridos miembros de la Pontificia Comisión Bíblica,

me complace dirigirme a ustedes a través de este mensaje, al inicio de su Asamblea Plenaria anual. Se han reunido para profundizar en el tema del sufrimiento y la enfermedad: una experiencia que nos concierne a todos, a cada ser humano, marcado por la fragilidad, la enfermedad y la muerte. Nuestra naturaleza herida, de hecho, lleva inscrita en sí misma también la realidad del límite y de la finitud.

¿Por qué la enfermedad? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué la muerte? Ante estas preguntas, incluso los creyentes a veces vacilan, llegando a experimentar la confusión, incluso la desesperación y la rebelión contra Dios.

A la luz de la fe sabemos, en cambio, que el dolor y la enfermedad pueden hacer a la persona más sabia y madura, ayudándola a discernir en su propia vida lo que no es esencial para volverse o regresar al Señor. Extraemos esta visión de fe de la Sagrada Escritura y de la Tradición de la Iglesia: a este respecto, los aliento a unir, en su labor exegética, la investigación científica y la atención a las experiencias comunes de la vida, de modo que puedan iluminar incluso los aspectos más difíciles con la sabiduría de la Palabra inspirada.

El evangelista Marcos relata que un día Jesús, al ver a las multitudes perdidas y sufrientes, se conmovió por ellas, porque eran como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). Esta compasión de Jesús hacia los necesitados y los enfermos reaparece a menudo en las páginas del Evangelio: el Señor tiene compasión de un leproso que le pide que lo cure (cf. Mc 1,40‒41); tiene compasión de las multitudes hambrientas y agotadas e interviene en su favor (cf. Mc 8,2); tiene compasión de dos ciegos que le piden recuperar la vista y los sana (cf. Mt 20,34); se compadece profundamente de una madre viuda que acompaña a su único hijo al sepulcro, y lo resucita (cf. Lc 7,13). La compasión de Cristo hacia todos los que sufren es tan conmovedora que Él se identifica con ellos: «Estaba enfermo y me visitaron» (Mt 25,36).

El mismo Jesús, que pasó entre la gente haciendo el bien a todos y sanando toda clase de enfermedades y dolencias, ordenó a sus discípulos que cuidaran de los enfermos, les impusieran las manos y los bendijeran en su nombre (cf. Mt 10,8; Lc 10,9). A través de la experiencia de la fragilidad y la enfermedad, también nosotros podemos y debemos aprender a caminar juntos, en solidaridad humana y cristiana, según el estilo de Dios, que es compasión, cercanía, ternura y solidaridad.

Confortados por la fe en Cristo, podemos entonces vencer el miedo a la enfermedad y a la muerte precisamente tomando mayor conciencia de nuestra fragilidad a la luz de su pasión, muerte y resurrección. En Cristo, de hecho, el sufrimiento y la enfermedad ya no son el destino cruel ante el cual doblegarse sin comprender. Con Jesús, el dolor se transforma en amor, en redención y en ayuda fraterna. Acogemos, pues, a Cristo en nuestra vida: Él es el único médico que puede sanar para siempre las enfermedades del alma.

Les invito a considerar, además de la enfermedad, el dolor físico y la muerte, también los sufrimientos de los pobres, de los migrantes, de los últimos de la sociedad, que están presentes en tantas páginas de la Sagrada Escritura.

Contemplemos en particular a la Virgen sufriente junto a Jesús, al pie de la Cruz: Ella, como Madre, padece en el Calvario los sufrimientos de su Hijo y participa en ellos con un corazón lleno de fe, ofreciendo su desgarrador sufrimiento por el bien de todos. De este modo, su intercesión adquiere para nosotros un valor único.

El ejemplo de la Madre, en efecto, invita a cada creyente, además de orar por los hermanos, también a imitar la humilde ofrenda de sus propios dolores en unión con el Sacrificio de Cristo. En este sentido, cada uno puede decir con María: «Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Tal cumplimiento es real en nosotros, aunque no añada nada a la obra salvífica del único Redentor, que es perfecta, universal y sobreabundante: «El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien en sí mismo es inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada». [1] Ese cumplimiento significa más bien que cada persona que sufre se hace partícipe, es decir, se involucra en esa obra y la expresa con las características únicas que brotan de su propia historia. Cristo, en efecto, «ha abierto su sufrimiento al hombre, porque Él mismo, en su sufrimiento redentor, se ha hecho, en cierto sentido,  de todo0s los sufrimientos, […] enriquecidos con un nuevo contenido y con un nuevo significado». [2]

El cardenal presidente me ha informado de que la Comisión Bíblica está analizando diversas figuras de personajes bíblicos que sufren. Su conjunto se convertirá sin duda en un hermoso símbolo de esperanza para toda persona que une sus propios sufrimientos al Cristo crucificado, renovando la manifestación de su rostro de amor.

Queridos miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, les expreso a todos ustedes mi agradecimiento y aliento personales. Deseándoles una fructífera continuación de sus trabajos, invoco la luz del Espíritu Santo y les imparto a todos la bendición apostólica.

Desde el Vaticano, 27 de marzo de 2026

León PP. XIV

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[1] San Juan Pablo II, Carta apostólica Salvifici doloris (11 de febrero de 1984), 24.

[2] Ibid., 20.