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Audiencia a los participantes en el Capítulo General de los Legionarios de Cristo, 19.02.2026

Esta mañana, en el Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre León XIV ha recibido en audiencia a los participantes en el Capítulo General de los Legionarios de Cristo.

Publicamos a continuación el discurso que el Papa ha dirigido a los presentes:

Discurso del Santo Padre

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
Eminencia, Excelencia, queridos hermanos:

Me alegra recibirlos en la fase final de su Capítulo General. Como en la vida de todo instituto religioso, este es un tiempo de gracia, ya que constituye un momento privilegiado de discernimiento comunitario y de escucha al Espíritu Santo, que sigue guiando su historia y sosteniendo la misión confiada a su congregación, en fidelidad al carisma recibido como un don de Dios para toda la Iglesia.

Es, además, la ocasión para que ustedes se reconozcan herederos de un carisma que, a través de diversos caminos y expresiones históricas —a veces dolorosas y no exentas de crisis— ha dado origen a la congregación de los Legionarios de Cristo, unida por una misma raíz espiritual y por una pasión apostólica común. Esta memoria compartida no mira sólo al pasado, sino que impulsa a una renovación constante en el presente, fieles al Evangelio.

El carisma es un don del Espíritu Santo. Cada instituto y cada uno de sus miembros están llamados a encarnarlo personalmente y en comunidad, en un continuo proceso de profundización de la propia identidad que los sitúa y los define dentro de la Iglesia y de la sociedad. Este camino constituye, a su vez, una aportación valiosa para la Iglesia en su conjunto y, de modo particular, para la familia espiritual del Regnum Christi.

La diversidad de formas, estilos y acentos en la vivencia del carisma recibido no debilita la unidad, sino que la enriquece, como en «el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 236). Por esta razón, no se debe temer la pluralidad, sino acogerla y discernirla, y permitir que se exprese para responder con mayor transparencia y fidelidad a la llamada de Dios. Al igual que en una familia cada miembro posee su propia identidad y misión, también entre ustedes la pluralidad de dones manifiesta la fecundidad del Espíritu y fortalece la misión común.

Como se ha mencionado, el carisma es un don del Espíritu Santo; es Él quien distribuye sus dones (cf. 1 Co 12,11), y lo hace para la renovación y edificación de la Iglesia. como dice san Pablo «en cada uno se manifiesta para el bien común» (1 Co 12,7). Por ello, el carisma debe ser recibido con gratitud y consuelo (cf. Const. dogma. Lumen gentium, 12). Recuerden, por tanto, que no son dueños del carisma, sino sus custodios y servidores. Están llamados a entregar su vida para que este don siga siendo fecundo en la Iglesia y en el mundo. Por ello, este Capítulo los invita a seguir preguntándose cómo vivir hoy, con fidelidad creativa, la intuición carismática que dio origen a su familia religiosa.

Un Capítulo General también es el momento para evaluar el camino recorrido y discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, el camino por recorrer. De este modo, ustedes han considerado el ejercicio del gobierno y de la autoridad en el instituto como uno de los temas centrales. La autoridad, en la vida religiosa, no se entiende como dominio, sino como servicio espiritual y fraterno a quienes comparten la misma vocación. Su ejercicio debe manifestarse en el «“arte del acompañamiento”, para aprender a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5). [...] Con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 169). La autoridad en la vida religiosa está también al servicio de la animación de la vida común, centrándola en Cristo y orientándola hacia la plenitud de la vida en Él, evitando toda forma de control que no respete la dignidad y la libertad de las personas.

Entre las tareas fundamentales del gobierno religioso se encuentra, de igual forma, la de promover la fidelidad al carisma. Para ello, es necesario fortalecer un estilo de gobierno caracterizado por la escucha mutua, la corresponsabilidad, la transparencia, la cercanía fraterna y el discernimiento comunitario. Un buen gobierno, en lugar de concentrarlo todo en sí mismo, fomenta la subsidiariedad y la participación responsable de todos los miembros de la comunidad.

La vida consagrada, llamada a ser experta en comunión, crea espacios donde el Evangelio se traduce en fraternidad concreta. Durante estos días, sin duda, han vivido una experiencia concreta de comunión entre hermanos de diversas culturas y realidades, de generaciones distintas, y entre quienes ejercen responsabilidades de gobierno y quienes sirven cotidianamente en comunidades y misiones.

La misión de ustedes consiste en ofrecer este testimonio visible de escucha mutua y de búsqueda conjunta de la voluntad de Dios, tanto para sus comunidades como para aquellos a quienes encuentran en el camino mientras cumplen su misión.

«La unidad misionera, obviamente, no debe entenderse como uniformidad». [1] No se trata de eliminar las diferencias, sino de tener la capacidad de armonizar la diversidad en beneficio de todos, aceptando las divergencias como una riqueza y discerniendo juntos los caminos que el Señor nos propone.

Este proceso requiere humildad para escuchar, libertad interior para expresarse con sinceridad y apertura para aceptar el discernimiento conjunto. Se trata de una exigencia inherente a toda vocación que se vive en comunidad.

La Iglesia vive hoy una intensa llamada a la sinodalidad, es decir, a caminar, escuchar y discernir juntos. El Capítulo General es, por su propia naturaleza, un ejercicio sinodal en el cual todos están llamados a aportar su experiencia y sensibilidad para construir juntos el futuro del instituto.

Queridos hermanos, los exhorto a seguir viviendo en actitud de oración, humildad y libertad interior. No sigan intereses particulares o regionales, ni busquen meras soluciones organizativas, sino ante todo la voluntad de Dios para su familia religiosa y para la misión que la Iglesia les ha confiado.

Que este Capítulo los abra a un tiempo de esperanza. El Señor sigue llamando y enviando; sanando y purificando, por ello su tarea consiste en discernir cómo responder con fidelidad al presente que Dios pone en sus manos.

Confiando esta nueva etapa de su congregación a la protección maternal de Nuestra Señora de Guadalupe, les imparto de corazón la Bendición Apostólica. Gracias.

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[1] Mensaje para la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones (18 enero 2026).