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Conferencia de presentación del mensaje del Santo Padre Francisco para la V Jornada Mundial de los Pobres , 14.06.2021

        Esta mañana, a las 11,30, transmitida en directo streaming desde el Aula "Juan Pablo II" de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, ha tenido lugar la conferencia de presentacióndel mensaje del Santo Padre Francisco para la V Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el domingo 14 de noviembre de 2021, sobre el tema "A los pobres los tendrán siempre con ustedes" (Mc 14,7).    

        Han intervenido S.E. Mons. Rino Fisichella, Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, y Mons. Graham Bell, Subsecretario del mismo Consejo Pontificio.   

        Publicamos a continuación la intervención de S.E. Mons. Fisichella:

Intervención de S.E Mons. Rino Fisichella

            «A los pobres los tendrán siempre con ustedes». Con esta sencilla expresión de Jesús, pronunciada pocos días antes de los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección, se puede sintetizar el pensamiento del Señor sobre los pobres. Ante los discípulos escandalizados porque una mujer había malgastado una gran suma de dinero al derramar el perfume de un vaso de alabastro sobre la cabeza de Jesús, afirma que el primer pobre al que hay que prestar toda la atención es precisamente él. El Hijo de Dios, no sólo pide reconocer en él a la persona que representa a todos los pobres, se identifica como el más pobre entre los pobres. «El rostro de Dios que Él revela es el de un Padre para los pobres y cercano a los pobres» (n. 2).

            El Papa Francisco proponiendo esta expresión en la V Jornada Mundial de los Pobres provoca a los creyentes a mantener la mirada fija en Jesús para descubrir que en él y en sus palabras se encuentra no sólo el verdadero sentido de la pobreza, sino sobre todo la capacidad de reconocer a los pobres. Es una visión fuertemente cristológica la que se condensa en este Mensaje que, como siempre, analiza algunos temas de actualidad, para que toda la Iglesia se prepare a vivir el acontecimiento de la Jornada Mundial con la conciencia de quien sabe que aquí se recoge uno de los contenidos centrales del Evangelio.

            La imagen bíblica, de hecho, le sirve al Papa para resaltar un camino que no sólo la Iglesia está llamada a seguir en este tramo de la historia todavía caracterizado por formas de injusticia que se hacen cada vez más evidentes a medida que surgen nuevas expresiones de pobreza. El Mensaje vuelve a referirse a la pandemia que «sigue tocando a las puertas de millones de personas y, cuando no trae consigo el sufrimiento y la muerte, es, sin embargo, portadora de pobreza» (n. 5). El Santo Padre es muy consciente de las consecuencias que están ante los ojos de todos cada día, hasta el punto de que «las personas más vulnerables se ven privadas de los bienes de primera necesidad. Las largas filas frente a los comedores para los pobres son el signo tangible de este deterioro» (n. 5).

            En este período marcado gravemente por la pandemia, el Papa Francisco evoca el ejemplo del padre Damián (1840-1889), el sacerdote belga canonizado por Benedicto XVI el 11 de octubre de 2009, que impulsado por un gran entusiasmo misionero se convirtió en apóstol entre los infectados de lepra. Lo compartió todo con ellos, sin importarle las consecuencias. En la “colonia de muerte”, como era llamada la dispersa isla de Molokai, que se había convertido en una enorme leprosería aislada del mundo, este joven evangelizador llevó alegría y esperanza. La suya no fue la obra improvisada de un irresponsable amante del riesgo; por el contrario, puso de relieve la elección consciente de un creyente que había comprendido el significado del Evangelio. El Papa Francisco vuelve a proponer el testimonio de este santo como confirmación de tantos hombres y mujeres, entre ellos cientos de sacerdotes, que en este drama del Covid han podido participar totalmente en el sufrimiento de los millones de infectados.

            Por lo tanto, las enérgicas palabras con las que el Papa pide que se asuma directamente la responsabilidad sin permitir ninguna delegación en este sentido vuelven a ser especialmente eficaces. Ante los pobres no se puede permitir ningún «acostumbramiento que se convierta en indiferencia»; es necesario y urgente, antes bien, dejarse «involucrar en un compartir la vida que no permita delegaciones. Los pobres no son personas “externas” a la comunidad, sino hermanos y hermanas con los cuales compartir el sufrimiento para aliviar su malestar y marginación» (n. 3).

            La referencia del Mensaje a la condición de las mujeres merece especial atención. Ante los sucesos cotidianos de violencia contra las mujeres, no se puede dejar de condenar esta barbarie que hace del mundo de las mujeres un escenario de auténtica pobreza. De forma aún más incomprensible para una cultura que ha alcanzado las formas más maduras de igualdad, se está obligado a constatar expresiones de desigualdad y de falta de dignidad que hieren no sólo a las pobres víctimas, sino a toda la sociedad, a menudo demasiado impotente y afónica como si se resignara a renunciar a las conquistas obtenidas con dificultad a lo largo de las décadas. No será inútil, por tanto, detenerse a reflexionar sobre lo que el Papa Francisco ha escrito en el comentario a la escena evangélica de la que ha extraído el lema de la Jornada Mundial: «Esta mujer anónima, destinada quizá por esto a representar a todo el universo femenino que a lo largo de los siglos no tendrá voz y sufrirá violencia, inaugura la significativa presencia de las mujeres que participan en el momento culminante de la vida de Cristo… Las mujeres, tan a menudo discriminadas y mantenidas al margen de los puestos de responsabilidad, en cambio, en las páginas de los Evangelios son protagonistas en la historia de la revelación» (n. 1).

            Este Mensaje vuelve a poner en primer plano la enseñanza constante del Papa Francisco según la cual «toda la obra de Jesús afirma que la pobreza no es fruto de la fatalidad, sino un signo concreto de su presencia entre nosotros» (n. 2). La conclusión, por tanto, destaca claramente como un horizonte en el que los cristianos deben redescubrir el entusiasmo necesario para volver a hacer creíble su presencia en el mundo. Si se pretende ser fiel al Evangelio, es evidente que a Dios no se le encuentra en los tiempos y lugares en los que hemos decidido encontrarlo, sino donde él quiere revelarse y ser reconocido: «en la vida de los pobres, en su sufrimiento e indigencia, en las condiciones a veces inhumanas en las que se ven obligados a vivir» (n. 2). La cita de Orígenes colocada en la parte inmediatamente inferior a la introducción del Mensaje deja en claro cuánto el Papa Francisco tiene la intención de expresarse con parresia sobre este tema: «Quienes no reconocen a los pobres traicionan la enseñanza de Jesús y no pueden ser sus discípulos. A este respecto, recordamos las contundentes palabras de Orígenes: “Judas parecía preocuparse por los pobres [...]. Si, ahora, todavía hay alguien que tiene la bolsa de la Iglesia y habla a favor de los pobres como Judas, pero luego toma lo que ponen dentro, entonces, que tenga su parte junto a Judas”» (n. 1). Es una invitación a la verdadera conversión como forma que apunta primordialmente a un “cambio de mentalidad” para no confiar la propia vida a una visión fragmentaria, sino para hacerla abierta a la acogida de la gracia que transforma y vivifica porque orienta a captar lo esencial (cf. n. 4).

            La enseñanza del Papa Francisco, como es su estilo cuando habla de los pobres, no se complace en la retórica, sino que apunta directamente al reconocimiento de las urgencias por atender. El Mensaje sitúa en primer lugar la búsqueda de las causas de la pobreza, para luego identificar las iniciativas necesarias para llegar a una posible solución. En cuanto al primer aspecto, la denuncia es contundente y puntual: «Parece que se está imponiendo la idea de que los pobres no sólo son responsables de su condición, sino que constituyen una carga intolerable para un sistema económico que pone en el centro los intereses de algunas categorías privilegiadas. Un mercado que ignora o selecciona los principios éticos crea condiciones inhumanas que se abaten sobre las personas que ya viven en condiciones precarias» (n. 5). En resumen, sostiene el Papa, además de tener que sufrir la pobreza, ¡los pobres tienen que hacerse cargo de ser los responsables de la misma! Una pretensión absurda, generada por la prepotente altivez de individuos empeñados únicamente en obtener una riqueza desenfrenada sin ningún principio ético o social. El reclamo a los Gobiernos e Instituciones mundiales para que se sientan comprometidos con la construcción de un mundo mejor basado en la justicia es lo que subraya el Mensaje de esta Jornada Mundial: «Si se margina a los pobres, como si fueran los culpables de su condición, entonces se pone en crisis el concepto mismo de democracia y toda política social se vuelve un fracaso. Con gran humildad debemos confesar que en lo referente a los pobres somos a menudo incompetentes» (n. 7). La pobreza, en definitiva, no es una idea abstracta, ni los pobres son fruto de la imaginación, sino que su presencia masiva en la sociedad exige soluciones fruto de la «planificación creativa» (n. 7).

            «La pobreza no es fruto del destino, es consecuencia del egoísmo». Por esto, el Papa Francisco propone la via construens: «Dar vida a procesos de desarrollo en los que se valoren las capacidades de todos, para que la complementariedad de las competencias y la diversidad de los roles conduzcan a una común participación de los recursos» (n. 6). La solución, en definitiva, es mucho más sencilla de lo que cabría esperar. El Papa reitera su idea de fondo: la cultura del encuentro como forma privilegiada de mirar al futuro de forma eficaz y llena de esperanza constructiva. «Hay muchas pobrezas de los “ricos” que podrían ser curadas por la riqueza de los “pobres”, ¡si sólo se encontraran y conocieran! Nadie es tan pobre que no pueda donar algo de sí mismo en la reciprocidad» (n. 6).

            Como de costumbre, la Jornada Mundial de los Pobres, que este año se celebrará el 14 de noviembre, irá acompañada de una intensa semana de iniciativas que tendrán como objetivo ofrecer algunos signos de caridad y solidaridad hacia ciertas categorías particulares. Una gota de agua en el océano de la pobreza, pero siempre un testimonio de cercanía que al menos en estos días se hará más tangible para dar apoyo concreto a quienes más lo necesitan. Como se recordará, el año pasado se distribuyeron 5.000 paquetes a las familias de las parroquias más desfavorecidas de Roma y se entregaron 350.000 mascarillas sanitarias a las escuelas de la periferia romana. En los próximos meses se definirá una estrategia ulterior para ver de qué manera la Jornada Mundial puede hacerse cargo de nuevas iniciativas que una vez más puedan manifestar la gran solidaridad que esta circunstancia requiere y que implica a tantas personas deseosas de estar presentes y activas.

            Las palabras de don Primo Mazzolari, que el Papa Francisco hace suyas, constituyen la conclusión más significativa y provocadora con la cual confrontarse: «Quisiera pedirles que no me pregunten si hay pobres, quiénes son y cuántos son, porque temo que tales preguntas representen una distracción o el pretexto para apartarse de una indicación precisa de la conciencia y del corazón… Nunca he contado a los pobres, porque no se pueden contar: a los pobres se les abraza, no se les cuenta» (n. 9).