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Viaje apostólico del Santo Padre Francesco a Colombia (6-11 septiembre 2017) – Santa misa y beatificaciones en Villavicencio, 08.09.2017

Santa misa y beatificaciones en Villavicencio

Esta mañana, el Santo Padre se ha desplazado en automóvil desde la nunciatura apostólica hasta el aeropuerto militar CATAM de Bogotá.  Una vez llegado allí  saludó y bendijo a un grupo de unos 400 veteranos, militares y agentes de policía, después de lo cual se embarcó en un  A321 de la compañía Avianca en dirección a  Villavicencio.

A su llegada a la  base aérea “Luis Gómez Niño-Apiay” de Villavicencio, el  Papa Francisco fue recibido por el obispo de esa ciudad y presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia  S.E. Mons. Óscar Urbina Ortega. También estaban presentes  el gobernador, el alcalde que le entregó las llaves de la capital, los comandantes del Ejército, de la Policía y de la base de aviación Apiay. Hubo además cantos y danzas folklóricas del país, presenciadas por algunos centenares de fieles y por las familias de los residentes en la base.

A continuación el Santo Padre se desplazó en automóvil  al Terreno de Catama. Después de dar varias vueltas en papamóvil para saludar a los fieles,  se dirigió a la sacristía acompañado por un grupo de habitantes de la región de Los Llanos Orientales. Luego,  a las 9.30, en la memoria litúrgica de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María,  presidió la Santa Misa durante la cual tuvo lugar la beatificación de los Siervos de Dios  Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, obispo de  Arauca, y  Pedro María Ramírez Ramos, sacerdote diocesano. Participaron en la celebración numerosos fieles procedentes de las regiones de Los Llanos y de las aldeas indígenas, además de víctimas de la violencia.

Terminada la santa misa y después del saludo del arzobispo de  Villavicencio, S.E. Mons. Óscar Urbina Ortega, el Papa ha manifestado su cercanía a las poblaciones afectadas por el terremoto de México y el huracán Irma . Tras la bendición final el  Papa Francisco saludó en la sacristía a una pequeña delegación de las víctimas del tremendo aluvión que afectó a la ciudad di Mocoa y entregó a su obispo un donativo económico.  Después se trasladó en automóvil al Compound Maloca del Joropo.

Sigue la homilía pronunciada por el Papa después de la lectura del  santo evangelio, las palabras pronunciadas al final de la misa y las frases dirigidas a los militares en el aeropuerto de CALAM en Bogotá.

Homilía del Santo Padre

¡Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, es el nuevo amanecer que ha anunciado la alegría a todo el mundo, porque de ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios! (cf. Antífona del Benedictus). La festividad del nacimiento de María proyecta su luz sobre nosotros, así como se irradia la mansa luz del amanecer sobre la extensa llanura colombiana, bellísimo paisaje del que Villavicencio es su puerta, como también en la rica diversidad de sus pueblos indígenas.

María es el primer resplandor que anuncia el final de la noche y, sobre todo, la cercanía del día. Su nacimiento nos hace intuir la iniciativa amorosa, tierna, compasiva, del amor con que Dios se inclina hasta nosotros y nos llama a una maravillosa alianza con Él que nada ni nadie podrá romper.

María ha sabido ser transparencia de la luz de Dios y ha reflejado los destellos de esa luz en su casa, la que compartió con José y Jesús, y también en su pueblo, su nación y en esa casa común a toda la humanidad que es la creación.

En el Evangelio hemos escuchado la genealogía de Jesús (cf. Mt 1,1-17), que no es una simple lista de nombres, sino historia viva, historia de un pueblo con el que Dios ha caminado y, al hacerse uno de nosotros, nos ha querido anunciar que por su sangre corre la historia de justos y pecadores, que nuestra salvación no es una salvación aséptica, de laboratorio, sino concreta, de vida que camina. Esta larga lista nos dice que somos parte pequeña de una extensa historia y nos ayuda a no pretender protagonismos excesivos, nos ayuda a escapar de la tentación de espiritualismos evasivos, a no abstraernos de las coordenadas históricas concretas que nos toca vivir. También integra en nuestra historia de salvación aquellas páginas más oscuras o tristes, los momentos de desolación y abandono comparables con el destierro.

La mención de las mujeres —ninguna de las aludidas en la genealogía tiene la jerarquía de las grandes mujeres del Antiguo Testamento— nos permite un acercamiento especial: son ellas, en la genealogía, las que anuncian que por las venas de Jesús corre sangre pagana, las que recuerdan historias de postergación y sometimiento. En comunidades donde todavía arrastramos estilos patriarcales y machistas es bueno anunciar que el Evangelio comienza subrayando mujeres que marcaron tendencia e hicieron historia.

Y en medio de eso, Jesús, María y José. María con su generoso sí permitió que Dios se hiciera cargo de esa historia. José, hombre justo, no dejó que el orgullo, las pasiones y los celos lo arrojaran fuera de esta luz. Por la forma en que está narrado, nosotros sabemos antes que José lo que ha sucedido con María, y él toma decisiones mostrando su calidad humana antes de ser ayudado por el ángel y llegar a comprender todo lo que sucedía a su alrededor. La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda por cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio.

Este pueblo de Colombia es pueblo de Dios; también aquí podemos hacer genealogías llenas de historias, muchas de amor y de luz; otras de desencuentros, agravios, también de muerte. ¡Cuántos de ustedes pueden narrar destierros y desolaciones!, ¡cuántas mujeres, desde el silencio, han perseverado solas y cuántos hombres de bien han buscado dejar de lado enconos y rencores, queriendo combinar justicia y bondad! ¿Cómo haremos para dejar que entre la luz? ¿Cuáles son los caminos de reconciliación? Como María, decir sí a la historia completa, no a una parte; como José, dejar de lado pasiones y orgullos; como Jesucristo, hacernos cargo, asumir, abrazar esa historia, porque ahí están ustedes, todos los colombianos, ahí está lo que somos y lo que Dios puede hacer con nosotros si decimos sí a la verdad, a la bondad, a la reconciliación. Y esto sólo es posible si llenamos de la luz del Evangelio nuestras historias de pecado, violencia y desencuentro.

La reconciliación no es una palabra abstracta; si eso fuera así, sólo traería esterilidad, más distancia. Reconciliarse es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto. Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz. Es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección, sin esperar que lo hagan los otros. ¡Basta una persona buena para que haya esperanza! ¡Y cada uno de nosotros puede ser esa persona! Esto no significa desconocer o disimular las diferencias y los conflictos. No es legitimar las injusticias personales o estructurales. El recurso a la reconciliación no puede servir para acomodarse a situaciones de injusticia. Más bien, como ha enseñado san Juan Pablo II: «Es un encuentro entre hermanos dispuestos a superar la tentación del egoísmo y a renunciar a los intentos de pseudo justicia; es fruto de sentimientos fuertes, nobles y generosos, que conducen a instaurar una convivencia fundada sobre el respeto de cada individuo y de los valores propios de cada sociedad civil» (Carta a los obispos de El Salvador, 6 agosto 1982). La reconciliación, por tanto, se concreta y consolida con el aporte de todos, permite construir el futuro y hace crecer la esperanza. Todo esfuerzo de paz sin un compromiso sincero de reconciliación será un fracaso.

El texto evangélico que hemos escuchado culmina llamando a Jesús el Emmanuel, el Dios con nosotros. Así es como comienza, y así es como termina Mateo su Evangelio: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (28,21). Esa promesa se cumple también en Colombia: Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, Obispo de Arauca, y el sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, mártir de Armero, son signo de ello, expresión de un pueblo que quiere salir del pantano de la violencia y el rencor.

En este entorno maravilloso, nos toca a nosotros decir sí a la reconciliación; que el sí incluya también a nuestra naturaleza. No es casual que incluso sobre ella hayamos desatado nuestras pasiones posesivas, nuestro afán de sometimiento. Un compatriota de ustedes lo canta con belleza: «Los árboles están llorando, son testigos de tantos años de violencia. El mar está marrón, mezcla de sangre con la tierra» (Juanes, Minas piedras). La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes (cf. Carta enc. Laudato si’, 2). Nos toca decir sí como María y cantar con ella las «maravillas del Señor», porque como lo ha prometido a nuestros padres, auxilia a todos los pueblos y a cada pueblo, auxilia a Colombia que hoy quiere reconciliarse y a su descendencia para siempre.

 

Palabras del Santo Padre al final de la santa misa en  Villavicencio

Agradezco las palabras que me ha dirigido monseñor Oscar Urbina Ortega, arzobispo de Villavicencio, en nombre de todos ustedes.

En este momento, deseo manifestar mi cercanía espiritual a todos los que sufren las consecuencias del terremoto que ha azotado a México la noche pasada, provocando muertos y cuantiosos daños materiales. Mi oración por los que han perdido la vida y también por sus familias.

Además, sigo de cerca el desarrollo del huracán Irma que está golpeando el Caribe dejando, a su paso, cuantiosas víctimas e ingentes daños materiales, como también está causando miles de desplazados. Los llevo en mi corazón y rezo por ellos.

A ustedes les pido que se unan a estas intenciones y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

Palabras improvisadas por el  Santo Padre dirigiéndose a los militares y a las fuerzas del orden en el aeropuerto de   CALAM en Bogotá

Buenos días, quiero agradecerles esta presencia de ustedes aquí. Agradecerles también todo lo que han hecho, lo que hacen y lo que seguirán haciendo en estos días durante mi visita. Trabajo añadido. Pero, sobre todo, quiero agradecerles lo que han hecho y lo que hacen por la paz poniendo en juego la vida. Y eso es lo que hizo Jesús: nos pacificó con el Padre, puso en juego su vida y la entregó. Esto los hermana más a Jesús: arriesgar para hacer paz, para lograr paz. Gracias de corazón por todo esto. ¡Gracias! Y ojalá que puedan ver consolidada la paz en este país que se lo merece.

Y ahora, todos juntos, les pido que recemos en silencio por todos los caídos y por todos los que quedaron heridos, algunos que están aquí entre nosotros. Recemos un instante en silencio y después un Ave María a la Virgen.

[Ave Maria y Bendición apostólica]

Y por favor, les pido que recen por mí, no se olviden. Gracias