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CONSISTORIO EXTRAORDINARIO
[7-8 DE ENERO]

INTERVENCIÓN CONCLUSIVA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Aula del Sínodo
Jueves, 8 de enero de 2026

[Multimedia]

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Cuando cada uno de nosotros fue elegido cardenal, el Santo Padre le encomendó ser “testigo valiente de Cristo y de su Evangelio en la ciudad de Roma y en regiones más lejanas” (cf. Rito para la creación de nuevos cardenales). Esta misión es realmente el núcleo, la esencia de lo que todos nos comprometemos a hacer. Este Consistorio ha sido un momento privilegiado para expresar la misión de la Iglesia y para hacerlo juntos, en comunión. Durante este último día y medio, el Espíritu Santo ha derramado generosamente sus múltiples dones. Estoy profundamente agradecido por su presencia y participación, todas ellas orientadas a sostenerme en mi servicio como sucesor de Pedro. Estoy agradecido a los de más edad entre ustedes, que han hecho el esfuerzo de venir; ¡su testimonio es verdaderamente valioso! Igualmente, de manera especial, estoy también cercano a los cardenales de diversas partes del mundo que, por diferentes razones, no han podido venir. ¡Estamos con ustedes y los sentimos cerca!

Esta reunión está íntimamente relacionada con lo que hemos vivido en el Cónclave. Ustedes habían expresado —ya antes del Cónclave, de la elección del sucesor de Pedro—, el deseo de conocernos y de poder aportar su contribución y su apoyo. Una primera experiencia la tuvimos el 9 de mayo. Luego, en estos dos días, con un método sencillo, aunque no necesariamente fácil, que nos ayudó a encontrarnos y conocernos mejor. Personalmente, sentí una profunda comunión y sintonía con todos ustedes y entre tantas intervenciones. También tuvimos una experiencia de sinodalidad, no vivida como una técnica organizativa, sino como una herramienta para crecer en la escucha y en las relaciones. Y, sin duda, debemos continuar estos encuentros y profundizarlos más.

Al final de esta intervención, retomaré más concretamente algunas ideas sobre cómo podríamos continuar. Pero antes me gustaría retomar algunos de los puntos que han surgido en estos días. Quizás comenzando por unas palabras que se han repetido varias veces también en esta última sesión.

Encontrar a Cristo en el centro de nuestra misión. Proclamar el Evangelio, todos lo sabemos bien: Jesucristo está en el centro. Queremos anunciar su Palabra y, por lo tanto, la importancia de vivir nosotros mismos una vida espiritual auténtica que pueda ser testimonio en el mundo de hoy.

Los temas que fueron elegidos están profundamente arraigados en el Concilio Vaticano II y en todo el camino que se ha abierto a partir del Concilio. Nunca insistiremos lo suficiente en la importancia de continuar el camino que se abrió con el Concilio. Los animo a hacerlo. Como saben, he elegido este tema —los documentos y la experiencia del Concilio— para las audiencias públicas de este año. Y este camino es un proceso de vida, de conversión y de renovación de toda la Iglesia. Evangelii gaudium y la sinodalidad son elementos importantes de este camino.

Y me gustaría añadir que, al mismo tiempo, los otros dos temas que se propusieron, pero que no han sido necesariamente centrales en estos dos días de trabajo, están fuertemente relacionados con los demás temas y con el Concilio. No se han olvidado y no se olvidarán. El cardenal Semeraro ha recordado muy bien el vínculo entre la sinodalidad y la Eucaristía. Por cierto, un grupo de estudio vinculado a la Asamblea sinodal está profundizando precisamente en este tema. El cardenal Castillo ha hablado ahora de la Asamblea de 2028. Sin duda, el trabajo en curso con la Secretaría del Sínodo continúa con los grupos de estudio.

El camino de la sinodalidad es un camino de comunión para la misión, en el que todos estamos llamados a participar. Por eso son importantes los vínculos entre nosotros. Han subrayado la importancia de la conexión del Santo Padre, en particular con las Conferencias Episcopales y con las Iglesias locales, así como la importancia de las Asambleas continentales. Sin embargo, estas asambleas tampoco deben convertirse en reuniones “adicionales” para añadir a una lista, sino en lugares de encuentro y de relación entre los obispos con los presbíteros y los laicos, y entre las Iglesias, que contribuyen mucho a promover una auténtica creatividad misionera.

A continuación, retomamos el otro tema: el trabajo de los Dicasterios en el espíritu de Praedicate Evangelium, con su servicio al Santo Padre y a las Iglesias particulares. Praedicate Evangelium destaca la necesidad de «armonizar mejor el ejercicio del actual servicio de la Curia con el camino de evangelización que la Iglesia, especialmente en este tiempo, está experimentando» (I, 3). En esta perspectiva, les reitero mi compromiso de cumplir con mi parte y ofrecerles a ustedes y a toda la Iglesia una estructura de relaciones y de servicio, capaz de apoyar y respaldar a ustedes y a las Iglesias locales, para afrontar juntos con mayor pertinencia y eficacia los retos actuales de la misión.

Para continuar este camino, ustedes hablaron de la importancia de la formación. Formación para escuchar, formación en una espiritualidad de la escucha. En particular —han subrayado— en los seminarios, ¡pero también para los obispos!

Aunque no haya sido un tema de diálogo específico de nuestro encuentro, quiero mencionar aquí el problema —que hoy sigue siendo una verdadera herida en la vida de la Iglesia en tantos lugares—, que es precisamente la crisis a causa de los abusos sexuales. No podemos cerrar los ojos ni los corazones. Quisiera decirles, también animándolos a ustedes a compartirlo a su vez con los obispos, que muchas veces el dolor de las víctimas ha sido más fuerte por el hecho de que no han sido acogidas y escuchadas. El abuso mismo causa una herida profunda que quizá dura toda la vida; pero muchas veces el escándalo en la Iglesia está en que la puerta fue cerrada y las víctimas no fueron sido acogidas, acompañadas con la cercanía de auténticos pastores. Hace un tiempo, una víctima me dijo que para ella lo que verdaderamente era más doloroso, era precisamente que ningún obispo quería escucharla. Y por eso también allí la escucha es profundamente importante.

La formación de todos. La formación en los seminarios, de los sacerdotes, de los obispos, de laicos colaboradores debe estar basada en la vida ordinaria y concreta de la Iglesia local, de las parroquias y de tantos otros lugares significativos donde están las personas, particularmente las que sufren. Como han visto aquí, uno o dos días no son suficientes y ni siquiera una semana para entrar a fondo en un tema hasta llegar a vivirlo. Sería importante por eso que nuestro modo ordinario de trabajar juntos fuera sea ocasión de formación y crecimiento para aquellos con los que trabajamos, a todos los niveles, desde el ámbito parroquial a la curia romana. Un ejemplo de dónde se puede crecer ordinariamente en un estilo sinodal son las visitas pastorales; y también todos los organismos de participación se han de revitalizar.  

Pero todo esto está unido al camino de implementación del Sínodo, que prosigue y tendrá una etapa fundamental en la Asamblea eclesial programada para el 2028. Los animo a ser fermento de este camino. Es un camino para la misión de la Iglesia, un camino al servicio del anuncio del Evangelio de Cristo.

Queridos hermanos, estas son las primeras resonancias de lo que he escuchado de ustedes, pero está pensado proseguir el diálogo. Los invito nuevamente a transmitir por escrito sus valoraciones sobre los cuatro temas, sobre el Consistorio en su conjunto y sobre la relación de los cardenales con el Santo Padre y la Curia romana. También yo me dedicaré a leer con calma las relaciones y los mensajes personales y después, más adelante, darles un feedback, una respuesta y continuar el diálogo.

Quisiera proponerles ya que nuestra próxima ocasión para el Consistorio pueda ser en la proximidad de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo de este año. Y quisiera sugerirles que, para este año, tengamos otros dos días por segunda vez, pensando que para el futuro los encuentros continúen, pero tal vez más largos, una vez al año; por tres o cuatro días, como algún grupo lo ha sugerido. Un primer día de reflexión, de oración, de encuentro, después dos o tres días de trabajo. Pero por este año seguiremos de esta manera.

Para continuar, según la ayuda que sinceramente creo que ustedes pueden ofrecerme, pensemos en el próximo Consistorio de junio. Aquí quiero agregar, si hay alguno de ustedes que tiene dificultad, digamos, de recursos económicos, que lo digan. Y pienso que también yo, también nosotros podemos vivir un poco de solidaridad los unos con los otros, y habrá maneras, con personas generosas que ayudarán.

Bien. Al finalizar este Consistorio, deseo subrayar lo que afirmé en la homilía de la Epifanía: «Dios se revela, y nada puede permanecer estático. Se termina un cierto tipo de tranquilidad, la que hace repetir a los melancólicos: “No hay nada nuevo bajo el sol” (Qo 1,9)». Y esta es la esperanza que se nos da.

Esperanza que debemos transmitir a nuestro mundo. Y con esto, todos juntos queremos manifestar la preocupación que hemos compartido en los diálogos y en los encuentros personales, y también en alguna intervención en el grupo, por todos los que sufren en el mundo. No nos hemos reunido aquí sordos a la realidad de la pobreza, del sufrimiento, de la guerra, de la violencia que aflige a tantas Iglesias locales. Y aquí, con ellos en nuestros corazones, queremos decirles también que estamos con ellos. Muchos de ustedes han venido de países donde están viviendo con este sufrimiento de la violencia y de la guerra.

Estamos llamados a hacernos cargo de este camino de esperanza también frente a las jóvenes generaciones; lo que vivimos y decidamos hoy no concierne sólo al presente, sino que incide en el futuro próximo y en el más lejano.

Es la esperanza que hemos vivido en el Jubileo que acaba de terminar. Es verdaderamente un mensaje que queremos ofrecer al mundo; hemos cerrado la Puerta Santa, pero recordemos: ¡la puerta de Cristo y de su amor permanece siempre abierta!

Y ahora recemos los unos por los otros, como el Santo Padre ha rezado por nosotros el día en el que nos creó cardenales: “Concede misericordioso por tu gracia aquello que no es posible a la humana fragilidad, para que estos siervos tuyos, edificando constantemente tu Iglesia, resplandezcan por la integridad de la fe y la pureza de corazón” (cf. Rito para la creación de nuevos cardenales). Y que san Pedro interceda por nosotros, mientras, en espíritu colegial, procuramos servir a su Barca, la Iglesia.