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Esortazione Apostolica post-sinodale del Santo Padre Francesco dedicata ai giovani “Christus vivit”, 02.04.2019


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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
CHRISTUS VIVIT

DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS JÓVENES Y A TODO EL PUEBLO DE DIOS

1. Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!

2. Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza.

3. A todos los jóvenes cristianos les escribo con cariño esta Exhortación apostólica, es decir, una carta que recuerda algunas convicciones de nuestra fe y que al mismo tiempo alienta a crecer en la santidad y en el compromiso con la propia vocación. Pero puesto que es un hito dentro de un camino sinodal, me dirijo al mismo tiempo a todo el Pueblo de Dios, a sus pastores y a sus fieles, porque la reflexión sobre los jóvenes y para los jóvenes nos convoca y nos estimula a todos. Por consiguiente, en algunos párrafos hablaré directamente a los jóvenes y en otros ofreceré planteamientos más generales para el discernimiento eclesial.

4. Me he dejado inspirar por la riqueza de las reflexiones y diálogos del Sínodo del año pasado. No podré recoger aquí todos los aportes que ustedes podrán leer en el Documento final, pero he tratado de asumir en la redacción de esta carta las propuestas que me parecieron más significativas. De ese modo, mi palabra estará cargada de miles de voces de creyentes de todo el mundo que hicieron llegar sus opiniones al Sínodo. Aun los jóvenes no creyentes, que quisieron participar con sus reflexiones, han propuesto cuestiones que me plantearon nuevas preguntas.

CAPÍTULO PRIMERO
¿Qué dice la Palabra de Dios sobre los jóvenes?

5. Rescatemos algunos tesoros de las Sagradas Escrituras, donde varias veces se habla de los jóvenes y de cómo el Señor sale a su encuentro.

En el Antiguo Testamento
6. En una época en que los jóvenes contaban poco, algunos textos muestran que Dios mira con otros ojos. Por ejemplo, vemos que José era uno de los más pequeños de la familia (cf. Gn 37,2-3). Sin embargo, Dios le comunicaba cosas grandes en sueños y superó a todos sus hermanos en importantes tareas cuando tenía unos veinte años (cf. Gn 37-47).

7. En Gedeón, reconocemos la sinceridad de los jóvenes, que no acostumbran a edulcorar la realidad. Cuando se le dijo que el Señor estaba con él, respondió: «Si Yahvé está con nosotros, ¿por qué nos ocurre todo esto?» (Jc 6,13). Pero Dios no se molestó por ese reproche y redobló la apuesta por él: «Ve con esa fuerza que tienes y salvarás a Israel» (Jc 6,14).

8. Samuel era un jovencito inseguro, pero el Señor se comunicaba con él. Gracias al consejo de un adulto, abrió su corazón para escuchar el llamado de Dios: «Habla Señor, que tu siervo escucha» (1 S 3,9-10). Por eso fue un gran profeta que intervino en momentos importantes de su patria. El rey Saúl también era un joven cuando el Señor lo llamó a cumplir su misión (cf. 1 S 9,2).

9. El rey David fue elegido siendo un muchacho. Cuando el profeta Samuel estaba buscando al futuro rey de Israel, un hombre le presentó como candidatos a sus hijos mayores y más experimentados. Pero el profeta dijo que el elegido era el jovencito David, que cuidaba las ovejas (cf. 1 S 16,6-13), porque «el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón» (v. 7). La gloria de la juventud está en el corazón más que en la fuerza física o en la impresión que uno provoca en los demás.

10. Salomón, cuando tuvo que suceder a su padre, se sintió perdido y dijo a Dios: «Soy un joven muchacho y no sé por dónde empezar y terminar» (1 R 3,7). Sin embargo, la audacia de la juventud lo movió a pedir a Dios la sabiduría y se entregó a su misión. Algo semejante le ocurrió al profeta Jeremías, llamado a despertar a su pueblo siendo muy joven. En su temor dijo: «¡Ay Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven» (Jr 1,6). Pero el Señor le pidió que no dijera eso (cf. Jr 1,7), y agregó: «No temas delante de ellos, porque yo estoy contigo para librarte» (Jr 1,8). La entrega del profeta Jeremías a su misión muestra lo que es posible si se unen la frescura de la juventud y la fuerza de Dios.

11. Una muchachita judía, que estaba al servicio del militar extranjero Naamán, intervino con fe para ayudarlo a curarse de su enfermedad (cf. 2 R 5,2-6). La joven Rut fue un ejemplo de generosidad al quedarse con su suegra caída en desgracia (cf. Rt 1,1-18), y también mostró su audacia para salir adelante en la vida (cf. Rt 4,1-17).

En el Nuevo Testamento
12. Cuenta una parábola de Jesús (cf. Lc 15,11-32) que el hijo “más joven” quiso irse de la casa paterna hacia un país lejano (cf. vv. 12-13). Pero sus sueños de autonomía se convirtieron en libertinaje y desenfreno (cf. v. 13) y probó lo duro de la soledad y de la pobreza (cf. vv. 14-16). Sin embargo, supo recapacitar para empezar de nuevo (cf. vv. 17-19) y decidió levantarse (cf. v. 20). Es propio del corazón joven disponerse al cambio, ser capaz de volver a levantarse y dejarse enseñar por la vida. ¿Cómo no acompañar al hijo en ese nuevo intento? Pero el hermano mayor ya tenía el corazón avejentado y se dejó poseer por la avidez, el egoísmo y la envidia (cf. vv. 28-30). Jesús elogia al joven pecador que retoma el buen camino más que al que se cree fiel pero no vive el espíritu del amor y de la misericordia.

13. Jesús, el eternamente joven, quiere regalarnos un corazón siempre joven. La Palabra de Dios nos pide: «Eliminen la levadura vieja para ser masa joven» (1 Co 5,7). Al mismo tiempo nos invita a despojarnos del «hombre viejo» para revestirnos del hombre «joven» (cf. Col 3,9.10).[1] Y cuando explica lo que es revestirse de esa juventud «que se va renovando» (v. 10) dice que es tener «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos a otros y perdonándose mutuamente si alguno tiene queja contra otro» (Col 3,12-13). Esto significa que la verdadera juventud es tener un corazón capaz de amar. En cambio, lo que avejenta el alma es todo lo que nos separa de los demás. Por eso concluye: «Por encima de todo esto, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14).

14. Advirtamos que a Jesús no le caía bien que las personas adultas miraran despectivamente a los más jóvenes o los tuvieran a su servicio de manera despótica. Al contrario, Él pedía: «que el mayor entre ustedes sea como el más joven» (Lc 22,26). Para Él la edad no establecía privilegios, y que alguien tuviera menos años no significaba que valiera menos o que tuviera menor dignidad.

15. La Palabra de Dios dice que a los jóvenes hay que tratarlos «como a hermanos» (1 Tm 5,1), y recomienda a los padres: «No exasperen a sus hijos, para que no se desanimen» (Col 3,21). Un joven no puede estar desanimado, lo suyo es soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes y desear aportar lo mejor de sí para construir algo mejor. Por eso insisto a los jóvenes que no se dejen robar la esperanza, y a cada uno le repito: «que nadie menosprecie tu juventud» (1 Tm 4,12).

16. Sin embargo, al mismo tiempo a los jóvenes se les recomienda: «Sean sumisos a los ancianos» (1 P 5,5). La Biblia siempre invita a un profundo respeto hacia los ancianos, porque albergan un tesoro de experiencia, han probado los éxitos y los fracasos, las alegrías y las grandes angustias de la vida, las ilusiones y los desencantos, y en el silencio de su corazón guardan tantas historias que nos pueden ayudar a no equivocarnos ni engañarnos por falsos espejismos. La palabra de un anciano sabio invita a respetar ciertos límites y a saber dominarse a tiempo: «Exhorta igualmente a los jóvenes para que sepan controlarse en todo» (Tt 2,6). No hace bien caer en un culto a la juventud, o en una actitud juvenil que desprecia a los demás por sus años, o porque son de otra época. Jesús decía que la persona sabia es capaz de sacar del arcón tanto lo nuevo como lo viejo (cf. Mt 13,52). Un joven sabio se abre al futuro, pero siempre es capaz de rescatar algo de la experiencia de los otros.

17. En el Evangelio de Marcos aparece una persona que, cuando Jesús le recuerda los mandamientos, dice: «Los he cumplido desde mi juventud» (10,20). Ya lo decía el Salmo: «Tú eres mi esperanza Señor, mi confianza está en ti desde joven […] me instruiste desde joven y anuncié hasta hoy tus maravillas» (71,5.17). No hay que arrepentirse de gastar la juventud siendo buenos, abriendo el corazón al Señor, viviendo de otra manera. Nada de eso nos quita la juventud, sino que la fortalece y la renueva: «Tu juventud se renueva como el águila» (Sal 103,5). Por eso san Agustín se lamentaba: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te amé!».[2] Pero aquel hombre rico, que había sido fiel a Dios en su juventud, dejó que los años le quitaran los sueños, y prefirió seguir apegado a sus bienes (cf. Mc 10,22).

18. En cambio, en el Evangelio de Mateo aparece un joven (cf. Mt 19,20.22) que se acerca a Jesús para pedir más (cf. v. 20), con ese espíritu abierto de los jóvenes, que busca nuevos horizontes y grandes desafíos. En realidad su espíritu no era tan joven, porque ya se había aferrado a las riquezas y a las comodidades. Él decía de la boca para afuera que quería algo más, pero cuando Jesús le pidió que fuera generoso y repartiera sus bienes, se dio cuenta de que era incapaz de desprenderse de lo que tenía. Finalmente, «al oír estas palabras el joven se retiró entristecido» (v. 22). Había renunciado a su juventud.

19. El Evangelio también nos habla de unas jóvenes prudentes, que estaban preparadas y atentas, mientras otras vivían distraídas y adormecidas (cf. Mt 25,1-13). Porque uno puede pasar su juventud distraído, volando por la superficie de la vida, adormecido, incapaz de cultivar relaciones profundas y de entrar en lo más hondo de la vida. De ese modo prepara un futuro pobre, sin substancia. O uno puede gastar su juventud para cultivar cosas bellas y grandes, y así prepara un futuro lleno de vida y de riqueza interior.

20. Si has perdido el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad, ante ti se presenta Jesús como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y con toda su potencia de Resucitado el Señor te exhorta: «Joven, a ti te digo, ¡levántate!» (Lc 7,14).

21. Sin duda hay muchos otros textos de la Palabra de Dios que pueden iluminarnos acerca de esta etapa de la vida. Recogeremos algunos de ellos en los próximos capítulos.

CAPÍTULO SEGUNDO
Jesucristo siempre joven

22. Jesús es «joven entre los jóvenes para ser ejemplo de los jóvenes y consagrarlos al Señor».[3] Por eso el Sínodo dijo que «la juventud es una etapa original y estimulante de la vida, que el propio Jesús vivió, santificándola».[4] ¿Qué nos cuenta el Evangelio acerca de la juventud de Jesús?

La juventud de Jesús
23. El Señor «entregó su espíritu» (Mt 27,50) en una cruz cuando tenía poco más de 30 años de edad (cf. Lc 3,23). Es importante tomar conciencia de que Jesús fue un joven. Dio su vida en una etapa que hoy se define como la de un adulto joven. En la plenitud de su juventud comenzó su misión pública y así «brilló una gran luz» (Mt 4,16), sobre todo cuando dio su vida hasta el fin. Este final no era improvisado, sino que toda su juventud fue una preciosa preparación, en cada uno de sus momentos, porque «todo en la vida de Jesús es signo de su misterio»[5] y «toda la vida de Cristo es misterio de Redención».[6]

24. El Evangelio no habla de la niñez de Jesús, pero sí nos narra algunos acontecimientos de su adolescencia y juventud. Mateo sitúa este período de la juventud del Señor entre dos acontecimientos: el regreso de su familia a Nazaret, después del tiempo de exilio, y su bautismo en el Jordán, donde comenzó su misión pública. Las últimas imágenes de Jesús niño son las de un pequeño refugiado en Egipto (cf. Mt 2,14-15) y posteriormente las de un repatriado en Nazaret (cf. Mt 2,19-23). Las primeras imágenes de Jesús, joven adulto, son las que nos lo presentan en el gentío junto al río Jordán, para hacerse bautizar por su primo Juan el Bautista, como uno más de su pueblo (cf. Mt 3,13-17).

25. Este bautismo no era como el nuestro, que nos introduce en la vida de la gracia, sino que fue una consagración antes de comenzar la gran misión de su vida. El Evangelio dice que su bautismo fue motivo de la alegría y del beneplácito del Padre: «Tú eres mi Hijo amado» (Lc 3,22). En seguida Jesús apareció lleno del Espíritu Santo y fue conducido por el Espíritu al desierto. Así estaba preparado para salir a predicar y a hacer prodigios, para liberar y sanar (cf. Lc 4,1-14). Cada joven, cuando se sienta llamado a cumplir una misión en esta tierra, está invitado a reconocer en su interior esas mismas palabras que le dice el Padre Dios: «Tú eres mi hijo amado».

26. Entre estos relatos, encontramos uno que muestra a Jesús en plena adolescencia. Es cuando regresó con sus padres a Nazaret, después que ellos lo perdieron y lo encontraron en el Templo (cf. Lc 2,41-51). Allí dice que «les estaba sujeto» (cf. Lc 2,51), porque no renegaba de su familia. Después, Lucas agrega que Jesús «crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Es decir, estaba siendo preparado, y en ese período iba profundizando su relación con el Padre y con los demás. San Juan Pablo II explicaba que no crecía sólo físicamente, sino que «se dio también en Jesús un crecimiento espiritual», porque «la plenitud de gracia en Jesús era relativa a la edad: había siempre plenitud, pero una plenitud creciente con el crecer de la edad».[7]

27. Con estos datos evangélicos podemos decir que, en su etapa de joven, Jesús se fue «formando», se fue preparando para cumplir el proyecto que el Padre tenía. Su adolescencia y su juventud lo orientaron a esa misión suprema.

28. En la adolescencia y en la juventud, su relación con el Padre era la del Hijo amado, atraído por el Padre, crecía ocupándose de sus cosas: «¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» (Lc 2,49). Sin embargo, no hay que pensar que Jesús fuera un adolescente solitario o un joven ensimismado. Su relación con la gente era la de un joven que compartía toda la vida de una familia bien integrada en el pueblo. Aprendió el trabajo de su padre y luego lo reemplazó como carpintero. Por eso, en el Evangelio una vez se le llama «el hijo del carpintero» (Mt 13,55) y otra vez sencillamente «el carpintero» (Mc 6,3). Este detalle muestra que era un muchacho más de su pueblo, que se relacionaba con toda normalidad. Nadie lo miraba como un joven raro o separado de los demás. Precisamente por esta razón, cuando Jesús salió a predicar, la gente no se explicaba de dónde sacaba esa sabiduría: «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22).

29. El hecho es que «Jesús tampoco creció en una relación cerrada y absorbente con María y con José, sino que se movía gustosamente en la familia ampliada, que incluía a los parientes y amigos».[8] Así entendemos por qué sus padres, cuando regresaban de la peregrinación a Jerusalén, estaban tranquilos pensando que el jovencito de doce años (cf. Lc 2,42) caminaba libremente entre la gente, aunque no lo vieran durante un día entero: «Creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino» (Lc 2,44). Ciertamente, pensaban que Jesús estaba allí, yendo y viniendo entre los demás, bromeando con otros de su edad, escuchando las narraciones de los adultos y compartiendo las alegrías y las tristezas de la caravana. El término griego utilizado por Lucas para la caravana de peregrinos, synodía, indica precisamente esta “comunidad en camino” de la que forma parte la sagrada familia. Gracias a la confianza de sus padres, Jesús se mueve libremente y aprende a caminar con todos los demás.

Su juventud nos ilumina
30. Estos aspectos de la vida de Jesús pueden resultar inspiradores para todo joven que crece y se prepara para realizar su misión. Esto implica madurar en la relación con el Padre, en la conciencia de ser uno más de la familia y del pueblo, y en la apertura a ser colmado por el Espíritu y conducido a realizar la misión que Dios encomienda, la propia vocación. Nada de esto debería ser ignorado en la pastoral juvenil, para no crear proyectos que aíslen a los jóvenes de la familia y del mundo, o que los conviertan en una minoría selecta y preservada de todo contagio. Necesitamos más bien proyectos que los fortalezcan, los acompañen y los lancen al encuentro con los demás, al servicio generoso, a la misión.

31. Jesús no los ilumina a ustedes, jóvenes, desde lejos o desde afuera, sino desde su propia juventud, que comparte con ustedes. Es muy importante contemplar al Jesús joven que nos muestran los evangelios, porque Él fue verdaderamente uno de ustedes, y en Él se pueden reconocer muchas notas de los corazones jóvenes. Lo vemos, por ejemplo, en las siguientes características: «Jesús tenía una confianza incondicional en el Padre, cuidó la amistad con sus discípulos, e incluso en los momentos críticos permaneció fiel a ellos. Manifestó una profunda compasión por los más débiles, especialmente los pobres, los enfermos, los pecadores y los excluidos. Tuvo la valentía de enfrentarse a las autoridades religiosas y políticas de su tiempo; vivió la experiencia de sentirse incomprendido y descartado; sintió miedo del sufrimiento y conoció la fragilidad de la pasión; dirigió su mirada al futuro abandonándose en las manos seguras del Padre y a la fuerza del Espíritu. En Jesús todos los jóvenes pueden reconocerse».[9]

32. Por otra parte, Jesús ha resucitado y nos quiere hacer partícipes de la novedad de su resurrección. Él es la verdadera juventud de un mundo envejecido, y también es la juventud de un universo que espera con «dolores de parto» (Rm 8,22) ser revestido con su luz y con su vida. Cerca de Él podemos beber del verdadero manantial, que mantiene vivos nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestros grandes ideales, y que nos lanza al anuncio de la vida que vale la pena. En dos detalles curiosos del evangelio de Marcos puede advertirse el llamado a la verdadera juventud de los resucitados. Por una parte, en la pasión del Señor aparece un joven temeroso que intentaba seguir a Jesús pero que huyó desnudo (cf. Mc 14,51-52), un joven que no tuvo la fuerza de arriesgarlo todo por seguir al Señor. En cambio, junto al sepulcro vacío, vemos a un joven «vestido con una túnica blanca» (16,5) que invitaba a perder el temor y anunciaba el gozo de la resurrección (cf. 16,6-7).

33. El Señor nos llama a encender estrellas en la noche de otros jóvenes, nos invita a mirar los verdaderos astros, esos signos tan variados que Él nos da para que no nos quedemos quietos, sino que imitemos al sembrador que miraba las estrellas para poder arar el campo. Dios nos enciende estrellas para que sigamos caminando: «Las estrellas brillan alegres en sus puestos de guardia, Él las llama y le responden» (Ba 3,34-35). Pero Cristo mismo es para nosotros la gran luz de esperanza y de guía en nuestra noche, porque Él es «la estrella radiante de la mañana» (Ap 22,16).

La juventud de la Iglesia
34. Ser joven, más que una edad es un estado del corazón. De ahí que una institución tan antigua como la Iglesia pueda renovarse y volver a ser joven en diversas etapas de su larguísima historia. En realidad, en sus momentos más trágicos siente el llamado a volver a lo esencial del primer amor. Recordando esta verdad, el Concilio Vaticano II expresaba que «rica en un largo pasado, siempre vivo en ella y marchando hacia la perfección humana en el tiempo y hacia los objetivos últimos de la historia y de la vida, es la verdadera juventud del mundo». En ella es posible siempre encontrar a Cristo «el compañero y amigo de los jóvenes».[10]

Una Iglesia que se deja renovar
35. Pidamos al Señor que libere a la Iglesia de los que quieren avejentarla, esclerotizarla en el pasado, detenerla, volverla inmóvil. También pidamos que la libere de otra tentación: creer que es joven porque cede a todo lo que el mundo le ofrece, creer que se renueva porque esconde su mensaje y se mimetiza con los demás. No. Es joven cuando es ella misma, cuando recibe la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la fuerza de su Espíritu cada día. Es joven cuando es capaz de volver una y otra vez a su fuente.

36. Es cierto que los miembros de la Iglesia no tenemos que ser “bichos raros”. Todos tienen que sentirnos hermanos y cercanos, como los Apóstoles, que «gozaban de la simpatía de todo el pueblo» (Hch 2,47; cf. 4,21.33; 5,13). Pero al mismo tiempo tenemos que atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social.

37. La Iglesia de Cristo siempre puede caer en la tentación de perder el entusiasmo porque ya no escucha la llamada del Señor al riesgo de la fe, a darlo todo sin medir los peligros, y vuelve a buscar falsas seguridades mundanas. Son precisamente los jóvenes quienes pueden ayudarla a mantenerse joven, a no caer en la corrupción, a no quedarse, a no enorgullecerse, a no convertirse en secta, a ser más pobre y testimonial, a estar cerca de los últimos y descartados, a luchar por la justicia, a dejarse interpelar con humildad. Ellos pueden aportarle a la Iglesia la belleza de la juventud cuando estimulan la capacidad «de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas».[11]

38. Quienes ya no somos jóvenes, necesitamos ocasiones para tener cerca la voz y el estímulo de ellos, y «la cercanía crea las condiciones para que la Iglesia sea un espacio de diálogo y testimonio de fraternidad que fascine».[12] Nos hace falta crear más espacios donde resuene la voz de los jóvenes: «La escucha hace posible un intercambio de dones, en un contexto de empatía […]. Al mismo tiempo, pone las condiciones para un anuncio del Evangelio que llegue verdaderamente al corazón, de modo incisivo y fecundo».[13]

Una Iglesia atenta a los signos de los tiempos
39. «Para muchos jóvenes Dios, la religión y la Iglesia son palabras vacías, en cambio son sensibles a la figura de Jesús, cuando viene presentada de modo atractivo y eficaz».[14] Por eso es necesario que la Iglesia no esté demasiado pendiente de sí misma sino que refleje sobre todo a Jesucristo. Esto implica que reconozca con humildad que algunas cosas concretas deben cambiar, y para ello necesita también recoger la visión y aun las críticas de los jóvenes.

40. En el Sínodo se reconoció «que un número consistente de jóvenes, por razones muy distintas, no piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia. Algunos, incluso, piden expresamente que se les deje en paz, ya que sienten su presencia como molesta y hasta irritante. Esta petición con frecuencia no nace de un desprecio acrítico e impulsivo, sino que hunde sus raíces en razones serias y comprensibles: los escándalos sexuales y económicos; la falta de preparación de los ministros ordenados que no saben captar adecuadamente la sensibilidad de los jóvenes; el poco cuidado en la preparación de la homilía y en la explicación de la Palabra de Dios; el papel pasivo asignado a los jóvenes dentro de la comunidad cristiana; la dificultad de la Iglesia para dar razón de sus posiciones doctrinales y éticas a la sociedad contemporánea».[15]

41. Si bien hay jóvenes que disfrutan cuando ven una Iglesia que se manifiesta humildemente segura de sus dones y también capaz de ejercer una crítica leal y fraterna, otros jóvenes reclaman una Iglesia que escuche más, que no se la pase condenando al mundo. No quieren ver a una Iglesia callada y tímida, pero tampoco que esté siempre en guerra por dos o tres temas que la obsesionan. Para ser creíble ante los jóvenes, a veces necesita recuperar la humildad y sencillamente escuchar, reconocer en lo que dicen los demás alguna luz que la ayude a descubrir mejor el Evangelio. Una Iglesia a la defensiva, que pierde la humildad, que deja de escuchar, que no permite que la cuestionen, pierde la juventud y se convierte en un museo. ¿Cómo podrá acoger de esa manera los sueños de los jóvenes? Aunque tenga la verdad del Evangelio, eso no significa que la haya comprendido plenamente; más bien tiene que crecer siempre en la comprensión de ese tesoro inagotable.[16]

42. Por ejemplo, una Iglesia demasiado temerosa y estructurada puede ser permanentemente crítica ante todos los discursos sobre la defensa de los derechos de las mujeres, y señalar constantemente los riesgos y los posibles errores de esos reclamos. En cambio, una Iglesia viva puede reaccionar prestando atención a las legítimas reivindicaciones de las mujeres que piden más justicia e igualdad. Puede recordar la historia y reconocer una larga trama de autoritarismo por parte de los varones, de sometimiento, de diversas formas de esclavitud, de abuso y de violencia machista. Con esta mirada será capaz de hacer suyos estos reclamos de derechos, y dará su aporte con convicción para una mayor reciprocidad entre varones y mujeres, aunque no esté de acuerdo con todo lo que propongan algunos grupos feministas. En esta línea, el Sínodo quiso renovar el compromiso de la Iglesia «contra toda clase de discriminación y violencia sexual».[17] Esa es la reacción de una Iglesia que se mantiene joven y que se deja cuestionar e impulsar por la sensibilidad de los jóvenes.

María, la muchacha de Nazaret
43. En el corazón de la Iglesia resplandece María. Ella es el gran modelo para una Iglesia joven, que quiere seguir a Cristo con frescura y docilidad. Cuando era muy joven, recibió el anuncio del ángel y no se privó de hacer preguntas (cf. Lc 1,34). Pero tenía un alma disponible y dijo: «Aquí está la servidora del Señor» (Lc 1,38).

44. «Siempre llama la atención la fuerza del “sí” de María joven. La fuerza de ese “hágase” que le dijo al ángel. Fue una cosa distinta a una aceptación pasiva o resignada. Fue algo distinto a un “sí” como diciendo: bueno, vamos a probar a ver qué pasa. María no conocía esa expresión: vamos a ver qué pasa. Era decidida, supo de qué se trataba y dijo “sí”, sin vueltas. Fue algo más, fue algo distinto. Fue el “sí” de quien quiere comprometerse y el que quiere arriesgar, de quien quiere apostarlo todo, sin más seguridad que la certeza de saber que era portadora de una promesa. Y yo pregunto a cada uno de ustedes. ¿Se sienten portadores de una promesa? ¿Qué promesa tengo en el corazón para llevar adelante? María tendría, sin dudas, una misión difícil, pero las dificultades no eran una razón para decir “no”. Seguro que tendría complicaciones, pero no serían las mismas complicaciones que se producen cuando la cobardía nos paraliza por no tener todo claro o asegurado de antemano. ¡María no compró un seguro de vida! ¡María se la jugó y por eso es fuerte, por eso es una influencer, es la influencer de Dios! El “sí” y las ganas de servir fueron más fuertes que las dudas y las dificultades».[18]

45. Sin ceder a evasiones ni espejismos, «ella supo acompañar el dolor de su Hijo […] sostenerlo en la mirada, cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió, pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del “sí”, que sostiene y acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza […]. De ella aprendemos a decir “sí” en la testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a comenzar».[19]

46. María era la chica de alma grande que se estremecía de alegría (cf. Lc 1,47), era la jovencita con los ojos iluminados por el Espíritu Santo que contemplaba la vida con fe y guardaba todo en su corazón de muchacha (cf. Lc 2,19.51). Era la inquieta, la que se pone continuamente en camino, que cuando supo que su prima la necesitaba no pensó en sus propios proyectos, sino que salió hacia la montaña «sin demora» (Lc 1,39).

47. Y si hacía falta proteger a su niño, allá iba con José a un país lejano (cf. Mt 2,13-14). Por eso permaneció junto a los discípulos reunidos en oración esperando al Espíritu Santo (cf. Hch 1,14). Así, con su presencia, nació una Iglesia joven, con sus Apóstoles en salida para hacer nacer un mundo nuevo (cf. Hch 2,4-11).

48. Aquella muchacha hoy es la Madre que vela por los hijos, estos hijos que caminamos por la vida muchas veces cansados, necesitados, pero queriendo que la luz de la esperanza no se apague. Eso es lo que queremos: que la luz de la esperanza no se apague. Nuestra Madre mira a este pueblo peregrino, pueblo de jóvenes querido por ella, que la busca haciendo silencio en el corazón aunque en el camino haya mucho ruido, conversaciones y distracciones. Pero ante los ojos de la Madre sólo cabe el silencio esperanzado. Y así María ilumina de nuevo nuestra juventud.

Jóvenes santos
49. El corazón de la Iglesia también está lleno de jóvenes santos, que entregaron su vida por Cristo, muchos de ellos hasta el martirio. Ellos fueron preciosos reflejos de Cristo joven que brillan para estimularnos y para sacarnos de la modorra. El Sínodo destacó que «muchos jóvenes santos han hecho brillar los rasgos de la edad juvenil en toda su belleza y en su época fueron verdaderos profetas de cambio; su ejemplo muestra de qué son capaces los jóvenes cuando se abren al encuentro con Cristo».[20]

50. «A través de la santidad de los jóvenes la Iglesia puede renovar su ardor espiritual y su vigor apostólico. El bálsamo de la santidad generada por la vida buena de tantos jóvenes puede curar las heridas de la Iglesia y del mundo, devolviéndonos a aquella plenitud del amor al que desde siempre hemos sido llamados: los jóvenes santos nos animan a volver a nuestro amor primero (cf. Ap 2,4)».[21] Hay santos que no conocieron la vida adulta, y nos dejaron el testimonio de otra forma de vivir la juventud. Recordemos al menos a algunos de ellos, de distintos momentos de la historia, que vivieron la santidad cada uno a su modo.

51. En el siglo III, san Sebastián era un joven capitán de la guardia pretoriana. Cuentan que hablaba de Cristo por todas partes y trataba de convertir a sus compañeros, hasta que le ordenaron renunciar a su fe. Como no aceptó, lanzaron sobre él una lluvia de flechas, pero sobrevivió y siguió anunciando a Cristo sin miedo. Finalmente lo azotaron hasta matarlo.

52. San Francisco de Asís, siendo muy joven y lleno de sueños, escuchó el llamado de Jesús a ser pobre como Él y a restaurar la Iglesia con su testimonio. Renunció a todo con alegría y es el santo de la fraternidad universal, el hermano de todos, que alababa al Señor por sus creaturas. Murió en 1226.

53. Santa Juana de Arco nació en 1412. Era una joven campesina que, a pesar de su corta edad, luchó para defender a Francia de los invasores. Incomprendida por su aspecto y por su forma de vivir la fe, murió en la hoguera.

54. El beato Andrés Phû Yên era un joven vietnamita del siglo XVII. Era catequista y ayudaba a los misioneros. Fue hecho prisionero por su fe, y debido a que no quiso renunciar a ella fue asesinado. Murió diciendo: “Jesús”.

55. En ese mismo siglo, santa Catalina Tekakwitha, una joven laica nativa de América del Norte, sufrió una persecusión por su fe y huyó caminando más de 300 kilómetros a través de bosques espesos. Se consagró a Dios y murió diciendo: “¡Jesús, te amo!”.

56. Santo Domingo Savio le ofrecía a María todos sus sufrimientos. Cuando san Juan Bosco le enseñó que la santidad supone estar siempre alegres, abrió su corazón a una alegría contagiosa. Procuraba estar cerca de sus compañeros más marginados y enfermos. Murió en 1857 a los catorce años, diciendo: “¡Qué maravilla estoy viendo!”.

57. Santa Teresa del Niño Jesús nació en 1873. A los 15 años, atravesando muchas dificultades, logró ingresar a un convento carmelita. Vivió el caminito de la confianza total en el amor del Señor y se propuso alimentar con su oración el fuego del amor que mueve a la Iglesia.

58. El beato Ceferino Namuncurá era un joven argentino, hijo de un destacado cacique de los pueblos originarios. Llegó a ser seminarista salesiano, lleno de deseos de volver a su tribu para llevar a Jesucristo. Murió en 1905.

59. El beato Isidoro Bakanja era un laico del Congo que daba testimonio de su fe. Fue torturado durante largo tiempo por haber propuesto el cristianismo a otros jóvenes. Murió perdonando a su verdugo en 1909.

60. El beato Pier Giorgio Frassati, que murió en 1925, «era un joven de una alegría contagiosa, una alegría que superaba también tantas dificultades de su vida».[22] Decía que él intentaba retribuir el amor de Jesús que recibía en la comunión, visitando y ayudando a los pobres.

61. El beato Marcel Callo era un joven francés que murió en 1945. En Austria fue encerrado en un campo de concentración donde confortaba en la fe a sus compañeros de cautiverio, en medio de duros trabajos.

62. La joven beata Chiara Badano, que murió en 1990, «experimentó cómo el dolor puede ser transfigurado por el amor […]. La clave de su paz y alegría era la plena confianza en el Señor y la aceptación de la enfermedad como misteriosa expresión de su voluntad para su bien y el de los demás».[23]

63. Que ellos y también muchos jóvenes que quizás desde el silencio y el anonimato vivieron a fondo el Evangelio, intercedan por la Iglesia, para que esté llena de jóvenes alegres, valientes y entregados que regalen al mundo nuevos testimonios de santidad.

CAPÍTULO TERCERO
Ustedes son el ahora de Dios

64. Después de recorrer la Palabra de Dios, no podemos decir sólo que los jóvenes son el futuro del mundo. Son el presente, lo están enriqueciendo con su aporte. Un joven ya no es un niño, está en un momento de la vida en que comienza a tomar distintas responsabilidades, participando con los adultos en el desarrollo de la familia, de la sociedad, de la Iglesia. Pero los tiempos cambian, y resuena la pregunta: ¿cómo son los jóvenes hoy, qué les pasa ahora?

En positivo
65. El Sínodo reconoció que los fieles de la Iglesia no siempre tienen la actitud de Jesús. En lugar de disponernos a escucharlos a fondo, «a veces predomina la tendencia a dar respuestas preconfeccionadas y recetas preparadas, sin dejar que las preguntas de los jóvenes se planteen con su novedad y sin aceptar su provocación».[24] En cambio, cuando la Iglesia abandona esquemas rígidos y se abre a la escucha disponible y atenta de los jóvenes, esta empatía la enriquece, porque «permite que los jóvenes den su aportación a la comunidad, ayudándola a abrirse a nuevas sensibilidades y a plantearse preguntas inéditas».[25]

66. Hoy los adultos corremos el riesgo de hacer un listado de calamidades, de defectos de la juventud actual. Algunos podrán aplaudirnos porque parecemos expertos en encontrar puntos negativos y peligros. ¿Pero cuál sería el resultado de esa actitud? Más y más distancia, menos cercanía, menos ayuda mutua.

67. La clarividencia de quien ha sido llamado a ser padre, pastor o guía de los jóvenes consiste en encontrar la pequeña llama que continúa ardiendo, la caña que parece quebrarse (cf. Is 42,3), pero que sin embargo todavía no se rompe. Es la capacidad de encontrar caminos donde otros ven sólo murallas, es la habilidad de reconocer posibilidades donde otros ven solamente peligros. Así es la mirada de Dios Padre, capaz de valorar y alimentar las semillas de bien sembradas en los corazones de los jóvenes. El corazón de cada joven debe por tanto ser considerado “tierra sagrada”, portador de semillas de vida divina, ante quien debemos “descalzarnos” para poder acercarnos y profundizar en el Misterio.

Muchas juventudes
68. Podríamos intentar describir las características de los jóvenes de hoy, pero ante todo quiero recoger una advertencia de los Padres sinodales: «La composición del Sínodo ha hecho visible la presencia y la aportación de las diversas regiones del mundo, y ha puesto de relieve la belleza de ser Iglesia universal. Aun en un contexto de globalización creciente, los Padres sinodales han pedido que se destacaran las numerosas diferencias entre contextos y culturas, incluso dentro de un mismo país. Existe una pluralidad de mundos juveniles, tanto es así que en algunos países se tiende a utilizar el término “juventud” en plural. Además, la franja de edad considerada por este Sínodo (16-29 años) no representa un conjunto homogéneo, sino que está compuesta por grupos que viven situaciones peculiares».[26]

69. Ya desde el punto de vista demográfico, en algunos países hay muchos jóvenes, mientras otros tienen una tasa de natalidad muy baja. Pero «otra diferencia deriva de la historia, que distingue a los países y continentes de antigua tradición cristiana, cuya cultura es portadora de una memoria que no hay que perder, respecto de los países y continentes marcados en cambio por otras tradiciones religiosas y en los que el cristianismo es una presencia minoritaria y a veces reciente. En otros territorios, además, las comunidades cristianas y los jóvenes que forman parte de ellas son objeto de persecución».[27] También hay que distinguir los jóvenes «a quienes la globalización ofrece un mayor número de oportunidades, de aquellos que viven al margen de la sociedad o en el mundo rural y sufren los efectos de formas de exclusión y descarte».[28]

70. Hay muchas diferencias más, que sería complejo detallar aquí. Por lo tanto, no creo conveniente detenerme a ofrecer un análisis exhaustivo sobre los jóvenes en el mundo actual, sobre cómo viven y qué les pasa. Pero como tampoco puedo dejar de mirar la realidad, recogeré brevemente algunos aportes que llegaron antes del Sínodo y otros que pude recoger durante el mismo.

Algunas cosas que les pasan a los jóvenes
71. La juventud no es algo que se pueda analizar en abstracto. En realidad, “la juventud” no existe, existen los jóvenes con sus vidas concretas. En el mundo actual, lleno de progresos, muchas de esas vidas están expuestas al sufrimiento y a la manipulación.

Jóvenes de un mundo en crisis
72. Los padres sinodales evidenciaron con dolor que «muchos jóvenes viven en contextos de guerra y padecen la violencia en una innumerable variedad de formas: secuestros, extorsiones, crimen organizado, trata de seres humanos, esclavitud y explotación sexual, estupros de guerra, etc. A otros jóvenes, a causa de su fe, les cuesta encontrar un lugar en sus sociedades y son víctimas de diversos tipos de persecuciones, e incluso la muerte. Son muchos los jóvenes que, por constricción o falta de alternativas, viven perpetrando delitos y violencias: niños soldados, bandas armadas y criminales, tráfico de droga, terrorismo, etc. Esta violencia trunca muchas vidas jóvenes. Abusos y adicciones, así como violencia y comportamientos negativos son algunas de las razones que llevan a los jóvenes a la cárcel, con una especial incidencia en algunos grupos étnicos y sociales».[29]

73. Muchos jóvenes son ideologizados, utilizados y aprovechados como carne de cañón o como fuerza de choque para destruir, amedrentar o ridiculizar a otros. Y lo peor es que muchos son convertidos en seres individualistas, enemigos y desconfiados de todos, que así se vuelven presa fácil de ofertas deshumanizantes y de los planes destructivos que elaboran grupos políticos o poderes económicos.

74. Todavía son «más numerosos en el mundo los jóvenes que padecen formas de marginación y exclusión social por razones religiosas, étnicas o económicas. Recordamos la difícil situación de adolescentes y jóvenes que quedan embarazadas y la plaga del aborto, así como la difusión del VIH, las varias formas de adicción (drogas, juegos de azar, pornografía, etc.) y la situación de los niños y jóvenes de la calle, que no tienen casa ni familia ni recursos económicos».[30] Cuando además son mujeres, estas situaciones de marginación se vuelven doblemente dolorosas y difíciles.

75. No seamos una Iglesia que no llora frente a estos dramas de sus hijos jóvenes. Nunca nos acostumbremos, porque quien no sabe llorar no es madre. Nosotros queremos llorar para que la sociedad también sea más madre, para que en vez de matar aprenda a parir, para que sea promesa de vida. Lloramos cuando recordamos a los jóvenes que ya han muerto por la miseria y la violencia, y le pedimos a la sociedad que aprenda a ser madre solidaria. Ese dolor no se va, camina con nosotros, porque la realidad no se puede esconder. Lo peor que podemos hacer es aplicar la receta del espíritu mundano que consiste en anestesiar a los jóvenes con otras noticias, con otras distracciones, con banalidades.

76. Quizás «aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar. Ciertas realidades de la vida solamente se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? ¿Yo aprendí a llorar cuando veo un niño con hambre, un niño drogado en la calle, un niño que no tiene casa, un niño abandonado, un niño abusado, un niño usado por una sociedad como esclavo? ¿O mi llanto es el llanto caprichoso de aquel que llora porque le gustaría tener algo más?».[31] Intenta aprender a llorar por los jóvenes que están peor que tú. La misericordia y la compasión también se expresan llorando. Si no te sale, ruega al Señor que te conceda derramar lágrimas por el sufrimiento de otros. Cuando sepas llorar, entonces sí serás capaz de hacer algo de corazón por los demás.

77. A veces el dolor de algunos jóvenes es muy lacerante; es un dolor que no se puede expresar con palabras; es un dolor que nos abofetea. Esos jóvenes sólo pueden decirle a Dios que sufren mucho, que les cuesta demasiado seguir adelante, que ya no creen en nadie. Pero en ese lamento desgarrador se hacen presentes las palabras de Jesús: «Felices los afligidos, porque serán consolados» (Mt 5,4). Hay jóvenes que pudieron abrirse camino en la vida porque les llegó esa promesa divina. Ojalá siempre haya cerca de un joven sufriente una comunidad cristiana que pueda hacer resonar esas palabras con gestos, abrazos y ayudas concretas.

78. Es verdad que los poderosos prestan algunas ayudas, pero frecuentemente a un alto costo. En muchos países pobres las ayudas económicas de algunos países más ricos o de algunos organismos internacionales suelen estar vinculadas a la aceptación de propuestas occidentales con respecto a la sexualidad, al matrimonio, a la vida o a la justicia social. Esta colonización ideológica daña en especial a los jóvenes. Al mismo tiempo, vemos cómo cierta publicidad enseña a las personas a estar siempre insatisfechas y contribuye a la cultura del descarte, donde los mismos jóvenes terminan convertidos en material descartable.

79. La cultura actual presenta un modelo de persona muy asociado a la imagen de lo joven. Se siente bello quien aparenta juventud, quien realiza tratamientos para hacer desaparecer las huellas del tiempo. Los cuerpos jóvenes son constantemente usados en la publicidad, para vender. El modelo de belleza es un modelo juvenil, pero estemos atentos, porque esto no es un elogio para los jóvenes. Sólo significa que los adultos quieren robar la juventud para ellos, no que respeten, amen y cuiden a los jóvenes.

80. Algunos jóvenes «sienten las tradiciones familiares como oprimentes y huyen de ellas impulsados por una cultura globalizada que a veces los deja sin puntos de referencia. En otras partes del mundo, en cambio, entre jóvenes y adultos no se da un verdadero conflicto generacional, sino una extrañeza mutua. A veces los adultos no tratan de transmitir los valores fundamentales de la existencia o no lo logran, o bien asumen estilos juveniles, invirtiendo la relación entre generaciones. De este modo, se corre el riesgo de que la relación entre jóvenes y adultos permanezca en el plano afectivo, sin tocar la dimensión educativa y cultural».[32] ¡Cuánto daño hace esto a los jóvenes, aunque algunos no lo adviertan! Los mismos jóvenes nos han hecho notar que esto dificulta enormemente la transmisión de la fe «en algunos países donde no hay libertad de expresión, y donde se les impide participar en la Iglesia».[33]

Deseos, heridas y búsquedas
81. Los jóvenes reconocen que el cuerpo y la sexualidad tienen una importancia esencial para su vida y en el camino de crecimiento de su identidad. Sin embargo, en un mundo que enfatiza excesivamente la sexualidad, es difícil mantener una buena relación con el propio cuerpo y vivir serenamente las relaciones afectivas. Por esta y por otras razones, la moral sexual suele ser muchas veces «causa de incomprensión y de alejamiento de la Iglesia, ya que se percibe como un espacio de juicio y de condena». Al mismo tiempo, los jóvenes expresan «un explícito deseo de confrontarse sobre las cuestiones relativas a la diferencia entre identidad masculina y femenina, a la reciprocidad entre hombres y mujeres, y a la homosexualidad».[34]

82. En nuestro tiempo «los avances de las ciencias y de las tecnologías biomédicas inciden sobre la percepción del cuerpo, induciendo a la idea de que se puede modificar sin límite. La capacidad de intervenir sobre el ADN, la posibilidad de insertar elementos artificiales en el organismo (cyborg) y el desarrollo de las neurociencias constituyen un gran recurso, pero al mismo tiempo plantean interrogantes antropológicos y éticos».[35] Pueden llevarnos a olvidar que la vida es un don, y que somos seres creados y limitados, que fácilmente podemos ser instrumentalizados por quienes tienen el poder tecnológico.[36] «Además en algunos contextos juveniles se difunde un cierto atractivo por comportamientos de riesgo como instrumento para explorarse a sí mismos, buscando emociones fuertes y obtener un reconocimiento. […] Estos fenómenos, a los que están expuestas las nuevas generaciones, constituyen un obstáculo para una maduración serena».[37]

83. En los jóvenes también están los golpes, los fracasos, los recuerdos tristes clavados en el alma. Muchas veces «son las heridas de las derrotas de la propia historia, de los deseos frustrados, de las discriminaciones e injusticias sufridas, del no haberse sentido amados o reconocidos». Además «están las heridas morales, el peso de los propios errores, los sentimientos de culpa por haberse equivocado».[38] Jesús se hace presente en esas cruces de los jóvenes, para ofrecerles su amistad, su alivio, su compañía sanadora, y la Iglesia quiere ser su instrumento en este camino hacia la restauración interior y la paz del corazón.

84. En algunos jóvenes reconocemos un deseo de Dios, aunque no tenga todos los contornos del Dios revelado. En otros podremos vislumbrar un sueño de fraternidad, que no es poco. En muchos habrá un deseo real de desarrollar las capacidades que hay en ellos para aportarle algo al mundo. En algunos vemos una sensibilidad artística especial, o una búsqueda de armonía con la naturaleza. En otros habrá quizás una gran necesidad de comunicación. En muchos de ellos encontraremos un profundo deseo de una vida diferente. Se trata de verdaderos puntos de partida, fibras interiores que esperan con apertura una palabra de estímulo, de luz y de aliento.

85. El Sínodo ha tratado especialmente tres temas de suma importancia, cuyas conclusiones quiero acoger textualmente, aunque todavía nos requerirán avanzar en un mayor análisis y desarrollar una más adecuada y eficaz capacidad de respuesta.

El ambiente digital
86. «El ambiente digital caracteriza el mundo contemporáneo. Amplias franjas de la humanidad están inmersas en él de manera ordinaria y continua. Ya no se trata solamente de “usar” instrumentos de comunicación, sino de vivir en una cultura ampliamente digitalizada, que afecta de modo muy profundo la noción de tiempo y de espacio, la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo, el modo de comunicar, de aprender, de informarse, de entrar en relación con los demás. Una manera de acercarse a la realidad que suele privilegiar la imagen respecto a la escucha y a la lectura incide en el modo de aprender y en el desarrollo del sentido crítico».[39]

87. La web y las redes sociales han creado una nueva manera de comunicarse y de vincularse, y «son una plaza en la que los jóvenes pasan mucho tiempo y se encuentran fácilmente, aunque el acceso no es igual para todos, en particular en algunas regiones del mundo. En cualquier caso, constituyen una extraordinaria oportunidad de diálogo, encuentro e intercambio entre personas, así como de acceso a la información y al conocimiento. Por otro lado, el entorno digital es un contexto de participación sociopolítica y de ciudadanía activa, y puede facilitar la circulación de información independiente capaz de tutelar eficazmente a las personas más vulnerables poniendo de manifiesto las violaciones de sus derechos. En numerosos países, web y redes sociales representan un lugar irrenunciable para llegar a los jóvenes e implicarlos, incluso en iniciativas y actividades pastorales».[40]

88. Pero para comprender este fenómeno en su totalidad hay que reconocer que, como toda realidad humana, está atravesado por límites y carencias. No es sano confundir la comunicación con el mero contacto virtual. De hecho, «el ambiente digital también es un territorio de soledad, manipulación, explotación y violencia, hasta llegar al caso extremo del dark web. Los medios de comunicación digitales pueden exponer al riesgo de dependencia, de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la realidad concreta, obstaculizando el desarrollo de relaciones interpersonales auténticas. Nuevas formas de violencia se difunden mediante los social media, por ejemplo el ciberacoso; la web también es un canal de difusión de la pornografía y de explotación de las personas para fines sexuales o mediante el juego de azar».[41]

89. No se debería olvidar que «en el mundo digital están en juego ingentes intereses económicos, capaces de realizar formas de control tan sutiles como invasivas, creando mecanismos de manipulación de las conciencias y del proceso democrático. El funcionamiento de muchas plataformas a menudo acaba por favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo modo, obstaculizando la confrontación entre las diferencias. Estos circuitos cerrados facilitan la difusión de informaciones y noticias falsas, fomentando prejuicios y odios. La proliferación de las fake news es expresión de una cultura que ha perdido el sentido de la verdad y somete los hechos a intereses particulares. La reputación de las personas está en peligro mediante juicios sumarios en línea. El fenómeno afecta también a la Iglesia y a sus pastores».[42]

90. En un documento que prepararon 300 jóvenes de todo el mundo antes del Sínodo, ellos indicaron que «las relaciones online pueden volverse inhumanas. Los espacios digitales nos ciegan a la vulnerabilidad del otro y obstaculizan la reflexión personal. Problemas como la pornografía distorsionan la percepción que el joven tiene de la sexualidad humana. La tecnología usada de esta forma, crea una realidad paralela ilusoria que ignora la dignidad humana».[43] La inmersión en el mundo virtual ha propiciado una especie de “migración digital”, es decir, un distanciamiento de la familia, de los valores culturales y religiosos, que lleva a muchas personas a un mundo de soledad y de autoinvención, hasta experimentar así una falta de raíces aunque permanezcan físicamente en el mismo lugar. La vida nueva y desbordante de los jóvenes, que empuja y busca autoafirmar la propia personalidad, se enfrenta hoy a un desafío nuevo: interactuar con un mundo real y virtual en el que se adentran solos como en un continente global desconocido. Los jóvenes de hoy son los primeros en hacer esta síntesis entre lo personal, lo propio de cada cultura, y lo global. Pero esto requiere que logren pasar del contacto virtual a una buena y sana comunicación.

Los migrantes como paradigma de nuestro tiempo

91. ¿Cómo no recordar a tantos jóvenes afectados por las migraciones? Los fenómenos migratorios «no representan una emergencia transitoria, sino que son estructurales. Las migraciones pueden tener lugar dentro del mismo país o bien entre países distintos. La preocupación de la Iglesia atañe en particular a aquellos que huyen de la guerra, de la violencia, de la persecución política o religiosa, de los desastres naturales –debidos entre otras cosas a los cambios climáticos– y de la pobreza extrema: muchos de ellos son jóvenes. En general, buscan oportunidades para ellos y para sus familias. Sueñan con un futuro mejor y desean crear las condiciones para que se haga realidad».[44] Los migrantes «nos recuerdan la condición originaria de la fe, o sea la de ser “forasteros y peregrinos en la tierra” (Hb 11,13)».[45]

92. Otros migrantes son «atraídos por la cultura occidental, a veces con expectativas poco realistas que los exponen a grandes desilusiones. Traficantes sin escrúpulos, a menudo vinculados a los cárteles de la droga y de las armas, explotan la situación de debilidad de los inmigrantes, que a lo largo de su viaje con demasiada frecuencia experimentan la violencia, la trata de personas, el abuso psicológico y físico, y sufrimientos indescriptibles. Cabe señalar la especial vulnerabilidad de los inmigrantes menores no acompañados, y la situación de quienes se ven obligados a pasar muchos años en los campos de refugiados o que permanecen bloqueados durante largo tiempo en los países de tránsito, sin poder continuar sus estudios ni desarrollar sus talentos. En algunos países de llegada, los fenómenos migratorios suscitan alarma y miedo, a menudo fomentados y explotados con fines políticos. Se difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma, ante la que hay que reaccionar con decisión».[46]

93. «Los jóvenes que emigran tienen que separarse de su propio contexto de origen y con frecuencia viven un desarraigo cultural y religioso. La fractura también concierne a las comunidades de origen, que pierden a los elementos más vigorosos y emprendedores, y a las familias, en particular cuando emigra uno de los padres o ambos, dejando a los hijos en el país de origen. La Iglesia tiene un papel importante como referencia para los jóvenes de estas familias rotas. Sin embargo, las historias de los migrantes también son historias de encuentro entre personas y entre culturas: para las comunidades y las sociedades a las que llegan son una oportunidad de enriquecimiento y de desarrollo humano integral de todos. Las iniciativas de acogida que hacen referencia a la Iglesia tienen un rol importante desde este punto de vista, y pueden revitalizar a las comunidades capaces de realizarlas».[47]

94. «Gracias a la diversa proveniencia de los Padres [sinodales], respecto al tema de los migrantes el Sínodo ha vivido el encuentro de muchas perspectivas, en particular entre países de origen y países de llegada. Además, ha resonado el grito de alarma de aquellas Iglesias cuyos miembros se ven obligados a escapar de la guerra y de la persecución, y que ven en estas migraciones forzadas una amenaza para su propia existencia. Precisamente el hecho de incluir en su seno todas estas perspectivas pone a la Iglesia en condiciones de desempeñar en medio de la sociedad un papel profético sobre el tema de las migraciones».[48] Pido especialmente a los jóvenes que no caigan en las redes de quienes quieren enfrentarlos a otros jóvenes que llegan a sus países, haciéndolos ver como seres peligrosos y como si no tuvieran la misma inalienable dignidad de todo ser humano.

Poner fin a todo tipo de abusos
95. En los últimos tiempos se nos ha reclamado con fuerza que escuchemos el grito de las víctimas de los distintos tipos de abuso que han llevado a cabo algunos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Estos pecados provocan en sus víctimas «sufrimientos que pueden llegar a durar toda la vida y a los que ningún arrepentimiento puede poner remedio. Este fenómeno está muy difundido en la sociedad y afecta también a la Iglesia y representa un serio obstáculo para su misión».[49]

96. Es verdad que «la plaga de los abusos sexuales a menores es por desgracia un fenómeno históricamente difuso en todas las culturas y sociedades», especialmente en el seno de las propias familias y en diversas instituciones, cuya extensión se evidenció sobre todo «gracias a un cambio de sensibilidad de la opinión pública». Pero «la universalidad de esta plaga, a la vez que confirma su gravedad en nuestras sociedades, no disminuye su monstruosidad dentro de la Iglesia» y «en la justificada rabia de la gente, la Iglesia ve el reflejo de la ira de Dios, traicionado y abofeteado».[50]

97. «El Sínodo renueva su firme compromiso en la adopción de medidas rigurosas de prevención que impidan que se repitan, a partir de la selección y de la formación de aquellos a quienes se encomendarán tareas de responsabilidad y educativas».[51] Al mismo tiempo, ya no hay que abandonar la decisión de aplicar las «acciones y sanciones tan necesarias».[52] Y todo esto con la gracia de Cristo. No hay vuelta atrás.

98. «Existen diversos tipos de abuso: de poder, económico, de conciencia, sexual. Es evidente la necesidad de desarraigar las formas de ejercicio de la autoridad en las que se injertan y de contrarrestar la falta de responsabilidad y transparencia con la que se gestionan muchos de los casos. El deseo de dominio, la falta de diálogo y de transparencia, las formas de doble vida, el vacío espiritual, así como las fragilidades psicológicas son el terreno en el que prospera la corrupción».[53] El clericalismo es una permanente tentación de los sacerdotes, que interpretan «el ministerio recibido como un poder que hay que ejercer más que como un servicio gratuito y generoso que ofrecer; y esto nos lleva a creer que pertenecemos a un grupo que tiene todas las respuestas y no necesita ya escuchar ni aprender nada».[54] Sin dudas un espíritu clericalista expone a las personas consagradas a perder el respeto por el valor sagrado e inalienable de cada persona y de su libertad.

99. Junto con los Padres sinodales, quiero expresar con cariño y reconocimiento mi «gratitud hacia quienes han tenido la valentía de denunciar el mal sufrido: ayudan a la Iglesia a tomar conciencia de lo sucedido y de la necesidad de reaccionar con decisión».[55] Pero también merece un especial reconocimiento «el empeño sincero de innumerables laicos, sacerdotes, consagrados y obispos que cada día se entregan con honestidad y dedicación al servicio de los jóvenes. Su obra es un gran bosque que crece sin hacer ruido. También muchos de los jóvenes presentes en el Sínodo han manifestado gratitud por aquellos que los acompañaron y han resaltado la gran necesidad de figuras de referencia».[56]

100. Gracias a Dios los sacerdotes que cayeron en estos horribles crímenes no son la mayoría, que sostiene un ministerio fiel y generoso. A los jóvenes les pido que se dejen estimular por esta mayoría. En todo caso, cuando vean un sacerdote en riesgo, porque ha perdido el gozo de su ministerio, porque busca compensaciones afectivas o está equivocando el rumbo, atrévanse a recordarle su compromiso con Dios y con su pueblo, anúncienle ustedes el Evangelio y aliéntenlo a mantenerse en la buena senda. Así ustedes prestarán una invalorable ayuda en algo fundamental: la prevención que permita evitar que se repitan estas atrocidades. Esta nube negra se convierte también en un desafío para los jóvenes que aman a Jesucristo y a su Iglesia, porque pueden aportar mucho en esta herida si ponen en juego su capacidad de renovar, de reclamar, de exigir coherencia y testimonio, de volver a soñar y de reinventar.

101. No es este el único pecado de los miembros de la Iglesia, cuya historia tiene muchas sombras. Nuestros pecados están a la vista de todos; se reflejan sin piedad en las arrugas del rostro milenario de nuestra Madre y Maestra. Porque ella camina desde hace dos mil años, compartiendo «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres».[57] Y camina como es, sin hacerse cirugías estéticas. No teme mostrar los pecados de sus miembros, que a veces algunos de ellos intentan disimular, ante la luz ardiente de la Palabra del Evangelio que limpia y purifica. Tampoco deja de recitar cada día, avergonzada: «Piedad de mí, Señor, por tu bondad. […] Tengo siempre presente mi pecado» (Sal 51,3.5). Pero recordemos que no se abandona a la Madre cuando está herida, sino que se la acompaña para que saque de ella toda su fortaleza y su capacidad de comenzar siempre de nuevo.

102. En medio de este drama que justamente nos duele en el alma, «Jesús Nuestro Señor, que nunca abandona a su Iglesia, le da la fuerza y los instrumentos para un nuevo camino».[58] Así, este momento oscuro, «con la valiosa ayuda de los jóvenes, puede ser realmente una oportunidad para una reforma de carácter histórico»,[59] para abrirse a un nuevo Pentecostés y empezar una etapa de purificación y de cambio que otorgue a la Iglesia una renovada juventud. Pero los jóvenes podrán ayudar mucho más si se sienten de corazón parte del «santo y paciente Pueblo fiel de Dios, sostenido y vivificado por el Espíritu Santo», porque «será justamente este santo Pueblo de Dios el que nos libre de la plaga del clericalismo, que es el terreno fértil para todas estas abominaciones».[60]

Hay salida
103. En este capítulo me detuve a mirar la realidad de los jóvenes en el mundo actual. Algunos otros aspectos aparecerán en los siguientes capítulos. Como ya dije, no pretendo ser exhaustivo con este análisis. Exhorto a las comunidades a realizar con respeto y con seriedad un examen de su propia realidad juvenil más cercana, para poder discernir los caminos pastorales más adecuados. Pero no quiero terminar este capítulo sin dirigir algunas palabras a cada uno.

104. Te recuerdo la buena noticia que nos regaló la mañana de la Resurrección: que en todas las situaciones oscuras o dolorosas que mencionamos hay salida. Por ejemplo, es verdad que el mundo digital puede ponerte ante el riesgo del ensimismamiento, del aislamiento o del placer vacío. Pero no olvides que hay jóvenes que también en estos ámbitos son creativos y a veces geniales. Es lo que hacía el joven venerable Carlos Acutis.

105. Él sabía muy bien que esos mecanismos de la comunicación, de la publicidad y de las redes sociales pueden ser utilizados para volvernos seres adormecidos, dependientes del consumo y de las novedades que podemos comprar, obsesionados por el tiempo libre, encerrados en la negatividad. Pero él fue capaz de usar las nuevas técnicas de comunicación para transmitir el Evangelio, para comunicar valores y belleza.

106. No cayó en la trampa. Veía que muchos jóvenes, aunque parecen distintos, en realidad terminan siendo más de lo mismo, corriendo detrás de lo que les imponen los poderosos a través de los mecanismos de consumo y atontamiento. De ese modo, no dejan brotar los dones que el Señor les ha dado, no le ofrecen a este mundo esas capacidades tan personales y únicas que Dios ha sembrado en cada uno. Así, decía Carlos, ocurre que “todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias”. No permitas que eso te ocurra.

107. No dejes que te roben la esperanza y la alegría, que te narcoticen para utilizarte como esclavo de sus intereses. Atrévete a ser más, porque tu ser importa más que cualquier cosa. No te sirve tener o aparecer. Puedes llegar a ser lo que Dios, tu Creador, sabe que eres, si reconoces que estás llamado a mucho. Invoca al Espíritu Santo y camina con confianza hacia la gran meta: la santidad. Así no serás una fotocopia. Serás plenamente tú mismo.

108. Para eso necesitas reconocer algo fundamental: ser joven no es sólo la búsqueda de placeres pasajeros y de éxitos superficiales. Para que la juventud cumpla la finalidad que tiene en el recorrido de tu vida, debe ser un tiempo de entrega generosa, de ofrenda sincera, de sacrificios que duelen pero que nos vuelven fecundos. Es como decía un gran poeta:

«Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

Si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado
».[61]

109. Si eres joven en edad, pero te sientes débil, cansado o desilusionado, pídele a Jesús que te renueve. Con Él no falta la esperanza. Lo mismo puedes hacer si te sientes sumergido en los vicios, las malas costumbres, el egoísmo o la comodidad enfermiza. Jesús, lleno de vida, quiere ayudarte para que ser joven valga la pena. Así no privarás al mundo de ese aporte que sólo tú puedes hacerle, siendo único e irrepetible como eres.

110. Pero quiero recordarte también que «es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior, y sucumbimos».[62] Esto vale especialmente para los jóvenes, porque ustedes unidos tienen una fuerza admirable. Cuando se entusiasman por una vida comunitaria, son capaces de grandes sacrificios por los demás y por la comunidad. En cambio, el aislamiento los debilita y los expone a los peores males de nuestro tiempo.

CAPÍTULO CUARTO
El gran anuncio para todos los jóvenes

111. Más allá de cualquier circunstancia, a todos los jóvenes quiero anunciarles ahora lo más importante, lo primero, eso que nunca se debería callar. Es un anuncio que incluye tres grandes verdades que todos necesitamos escuchar siempre, una y otra vez.

Un Dios que es amor
112. Ante todo quiero decirle a cada uno la primera verdad: “Dios te ama”. Si ya lo escuchaste no importa, te lo quiero recordar: Dios te ama. Nunca lo dudes, más allá de lo que te suceda en la vida. En cualquier circunstancia, eres infinitamente amado.

113. Quizás la experiencia de paternidad que has tenido no sea la mejor, tu padre de la tierra quizás fue lejano y ausente o, por el contrario, dominante y absorbente. O sencillamente no fue el padre que necesitabas. No lo sé. Pero lo que puedo decirte con seguridad es que puedes arrojarte seguro en los brazos de tu Padre divino, de ese Dios que te dio la vida y que te la da a cada momento. Él te sostendrá con firmeza, y al mismo tiempo sentirás que Él respeta hasta el fondo tu libertad.

114. En su Palabra encontramos muchas expresiones de su amor. Es como si Él hubiera buscado distintas maneras de manifestarlo para ver si con alguna de esas palabras podía llegar a tu corazón. Por ejemplo, a veces se presenta como esos padres afectuosos que juegan con sus niños: «Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla» (Os 11,4).

A veces se presenta cargado del amor de esas madres que quieren sinceramente a sus hijos, con un amor entrañable que es incapaz de olvidar o de abandonar: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin enternecerse con el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49,15).

Hasta se muestra como un enamorado que llega a tatuarse a la persona amada en la palma de su mano para poder tener su rostro siempre cerca: «Míralo, te llevo tatuado en la palma de mis manos» (Is 49,16).

Otras veces destaca la fuerza y la firmeza de su amor, que no se deja vencer: «Los montes se correrán y las colinas se moverán, pero mi amor no se apartará de tu lado, mi alianza de paz no vacilará» (Is 54,10).

O nos dice que hemos sido esperados desde siempre, porque no aparecimos en este mundo por casualidad. Desde antes que existiéramos éramos un proyecto de su amor: «Yo te amé con un amor eterno; por eso he guardado fidelidad para ti» (Jr 31,3).

O nos hace notar que Él sabe ver nuestra belleza, esa que nadie más puede reconocer: «Eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo» (Is 43,4).

O nos lleva a descubrir que su amor no es triste, sino pura alegría que se renueva cuando nos dejamos amar por Él: «Tu Dios está en medio de ti, un poderoso salvador. Él grita de alegría por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (So 3,17).

115. Para Él realmente eres valioso, no eres insignificante, le importas, porque eres obra de sus manos. Por eso te presta atención y te recuerda con cariño. Tienes que confiar en el «recuerdo de Dios: su memoria no es un “disco duro” que registra y almacena todos nuestros datos, su memoria es un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio del mal».[63] No quiere llevar la cuenta de tus errores y, en todo caso, te ayudará a aprender algo también de tus caídas. Porque te ama. Intenta quedarte un momento en silencio dejándote amar por Él. Intenta acallar todas las voces y gritos interiores y quédate un instante en sus brazos de amor.

116. Es un amor «que no aplasta, es un amor que no margina, que no se calla, un amor que no humilla ni avasalla. Es el amor del Señor, un amor de todos los días, discreto y respetuoso, amor de libertad y para la libertad, amor que cura y que levanta. Es el amor del Señor que sabe más de levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado».[64]

117. Cuando te pide algo o cuando sencillamente permite esos desafíos que te presenta la vida, espera que le des un espacio para poder sacarte adelante, para promoverte, para madurarte. No le molesta que le expreses tus cuestionamientos, lo que le preocupa es que no le hables, que no te abras con sinceridad al diálogo con Él. Cuenta la Biblia que Jacob tuvo una pelea con Dios (cf. Gn 32,25-31), y eso no lo apartó del camino del Señor. En realidad, es Él mismo quien nos exhorta: «Vengan y discutamos» (Is 1,18). Su amor es tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo. ¡Finalmente, busca el abrazo de tu Padre del cielo en el rostro amoroso de sus valientes testigos en la tierra!

Cristo te salva
118. La segunda verdad es que Cristo, por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo:
«Él, que amó a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1).

San Pablo decía que él vivía confiado en ese amor que lo entregó todo:
«Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20).

119. Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento».[65] Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría».[66]

120. Nosotros «somos salvados por Jesús, porque nos ama y no puede con su genio. Podemos hacerle las mil y una, pero nos ama, y nos salva. Porque sólo lo que se ama puede ser salvado. Solamente lo que se abraza puede ser transformado. El amor del Señor es más grande que todas nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces. Pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces como Él quiere escribir esta historia de amor. Abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de las negaciones y nos abraza siempre, siempre, siempre después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie. Porque la verdadera caída –atención a esto– la verdadera caída, la que es capaz de arruinarnos la vida es la de permanecer en el piso y no dejarse ayudar».[67]

121. Su perdón y su salvación no son algo que hemos comprado, o que tengamos que adquirir con nuestras obras o con nuestros esfuerzos. Él nos perdona y nos libera gratis. Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

122. Jóvenes amados por el Señor, ¡cuánto valen ustedes si han sido redimidos por la sangre preciosa de Cristo! Jóvenes queridos, ustedes «¡no tienen precio! ¡No son piezas de subasta! Por favor, no se dejen comprar, no se dejen seducir, no se dejen esclavizar por las colonizaciones ideológicas que nos meten ideas en la cabeza y al final nos volvemos esclavos, dependientes, fracasados en la vida. Ustedes no tienen precio: deben repetirlo siempre: no estoy en una subasta, no tengo precio. ¡Soy libre, soy libre! Enamórense de esta libertad, que es la que ofrece Jesús».[68]

123. Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez.

¡Él vive!
124. Pero hay una tercera verdad, que es inseparable de la anterior: ¡Él vive! Hay que volver a recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz. Por eso decía san Pablo: «Si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes» (1 Co 15,17).

125. Si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono. Aunque todos se vayan Él estará, tal como lo prometió: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Él lo llena todo con su presencia invisible, y donde vayas te estará esperando. Porque Él no sólo vino, sino que viene y seguirá viniendo cada día para invitarte a caminar hacia un horizonte siempre nuevo.

126. Contempla a Jesús feliz, desbordante de gozo. Alégrate con tu Amigo que triunfó. Mataron al santo, al justo, al inocente, pero Él venció. El mal no tiene la última palabra. En tu vida el mal tampoco tendrá la última palabra, porque tu Amigo que te ama quiere triunfar en ti. Tu salvador vive.

127. Si Él vive eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de que nuestros cansancios servirán para algo. Entonces podemos abandonar los lamentos y mirar para adelante, porque con Él siempre se puede. Esa es la seguridad que tenemos. Jesús es el eterno viviente. Aferrados a Él viviremos y atravesaremos todas las formas de muerte y de violencia que acechan en el camino.

128. Cualquier otra solución será débil y pasajera. Quizás servirá para algo durante un tiempo, y de nuevo nos encontraremos desprotegidos, abandonados, a la intemperie. Con Él, en cambio, el corazón está arraigado en una seguridad básica, que permanece más allá de todo. San Pablo dice que él quiere estar unido a Cristo para «conocer el poder de su resurrección» (Flp 3,10). Es el poder que se manifestará una y otra vez también en tu existencia, porque Él vino para darte vida, «y vida en abundancia» (Jn 10,10).

129. Si alcanzas a valorar con el corazón la belleza de este anuncio y te dejas encontrar por el Señor; si te dejas amar y salvar por Él; si entras en amistad con Él y empiezas a conversar con Cristo vivo sobre las cosas concretas de tu vida, esa será la gran experiencia, esa será la experiencia fundamental que sostendrá tu vida cristiana. Esa es también la experiencia que podrás comunicar a otros jóvenes. Porque «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[69]

El Espíritu da vida
130. En estas tres verdades –Dios te ama, Cristo es tu salvador, Él vive– aparece el Padre Dios y aparece Jesús. Donde están el Padre y Jesucristo, también está el Espíritu Santo. Es Él quien está detrás, es Él quien prepara y abre los corazones para que reciban ese anuncio, es Él quien mantiene viva esa experiencia de salvación, es Él quien te ayudará a crecer en esa alegría si lo dejas actuar. El Espíritu Santo llena el corazón de Cristo resucitado y desde allí se derrama en tu vida como un manantial. Y cuando lo recibes, el Espíritu Santo te hace entrar cada vez más en el corazón de Cristo para que te llenes siempre más de su amor, de su luz y de su fuerza.

131. Invoca cada día al Espíritu Santo, para que renueve constantemente en ti la experiencia del gran anuncio. ¿Por qué no? No te pierdes nada y Él puede cambiar tu vida, puede iluminarla y darle un rumbo mejor. No te mutila, no te quita nada, sino que te ayuda a encontrar lo que necesitas de la mejor manera. ¿Necesitas amor? No lo encontrarás en el desenfreno, usando a los demás, poseyendo a otros o dominándolos. Lo hallarás de una manera que verdaderamente te hará feliz ¿Buscas intensidad? No la vivirás acumulando objetos, gastando dinero, corriendo desesperado detrás de cosas de este mundo. Llegará de una forma mucho más bella y satisfactoria si te dejas impulsar por el Espíritu Santo.

132. ¿Buscas pasión? Como dice ese bello poema: ¡Enamórate! (o déjate enamorar), porque «nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera».[70] Este amor a Dios que toma con pasión toda la vida es posible gracias al Espíritu Santo, porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).

133. Él es el manantial de la mejor juventud. Porque el que confía en el Señor «es como un árbol plantado al borde de las aguas, que echa sus raíces en la corriente. No temerá cuando llegue el calor y su follaje estará frondoso» (Jr 17,8). Mientras «los jóvenes se cansan y se fatigan» (Is 40,30), a los que esperan confiados en el Señor «Él les renovará las fuerzas, subirán con alas de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse» (Is 40,31).

CAPÍTULO QUINTO
Caminos de juventud

134. ¿Cómo se vive la juventud cuando nos dejamos iluminar y transformar por el gran anuncio del Evangelio? Es importante hacerse esta pregunta, porque la juventud, más que un orgullo, es un regalo de Dios: «Ser joven es una gracia, una fortuna».[71] Es un don que podemos malgastar inútilmente, o bien podemos recibirlo agradecidos y vivirlo con plenitud.

135. Dios es el autor de la juventud y Él obra en cada joven. La juventud es un tiempo bendito para el joven y una bendición para la Iglesia y el mundo. Es una alegría, un canto de esperanza y una bienaventuranza. Apreciar la juventud implica ver este tiempo de la vida como un momento valioso y no como una etapa de paso donde la gente joven se siente empujada hacia la edad adulta.

Tiempo de sueños y de elecciones
136. En la época de Jesús la salida de la niñez era un paso sumamente esperado en la vida, que se celebraba y se disfrutaba mucho. De ahí que Jesús, cuando devolvió la vida a una «niña» (Mc 5,39), le hizo dar un paso más, la promovió y la convirtió en «muchacha» (Mc 5,41). Al decirle «¡muchacha levántate!» (talitá kum) al mismo tiempo la hizo más responsable de su vida abriéndole las puertas a la juventud.

137. «La juventud, fase del desarrollo de la personalidad, está marcada por sueños que van tomando cuerpo, por relaciones que adquieren cada vez más consistencia y equilibrio, por intentos y experimentaciones, por elecciones que construyen gradualmente un proyecto de vida. En este período de la vida, los jóvenes están llamados a proyectarse hacia adelante sin cortar con sus raíces, a construir autonomía, pero no en solitario».[72]

138. El amor de Dios y nuestra relación con Cristo vivo no nos privan de soñar, no nos exigen que achiquemos nuestros horizontes. Al contrario, ese amor nos promueve, nos estimula, nos lanza hacia una vida mejor y más bella. La palabra “inquietud” resume muchas de las búsquedas de los corazones de los jóvenes. Como decía san Pablo VI, «precisamente en las insatisfacciones que los atormentan […] hay un elemento de luz».[73] La inquietud insatisfecha, junto con el asombro por lo nuevo que se presenta en el horizonte, abre paso a la osadía que los mueve a asumirse a sí mismos, a volverse responsables de una misión. Esta sana inquietud que se despierta especialmente en la juventud sigue siendo la característica de cualquier corazón que se mantiene joven, disponible, abierto. La verdadera paz interior convive con esa insatisfacción profunda. San Agustín decía: «Señor, nos creaste para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti».[74]

139. Tiempo atrás un amigo me preguntó qué veo yo cuando pienso en un joven. Mi respuesta fue que «veo un chico o una chica que busca su propio camino, que quiere volar con los pies, que se asoma al mundo y mira el horizonte con ojos llenos de esperanza, llenos de futuro y también de ilusiones. El joven camina con dos pies como los adultos, pero a diferencia de los adultos, que los tienen paralelos, pone uno delante del otro, dispuesto a irse, a partir. Siempre mirando hacia adelante. Hablar de jóvenes significa hablar de promesas, y significa hablar de alegría. Los jóvenes tienen tanta fuerza, son capaces de mirar con tanta esperanza. Un joven es una promesa de vida que lleva incorporado un cierto grado de tenacidad; tiene la suficiente locura para poderse autoengañar y la suficiente capacidad para poder curarse de la desilusión que pueda derivar de ello».[75]

140. Algunos jóvenes quizás rechazan esta etapa de la vida, porque quisieran seguir siendo niños, o desean «una prolongación indefinida de la adolescencia y el aplazamiento de las decisiones; el miedo a lo definitivo genera así una especie de parálisis en la toma de decisiones. La juventud, sin embargo, no puede ser un tiempo en suspenso: es la edad de las decisiones y precisamente en esto consiste su atractivo y su mayor cometido. Los jóvenes toman decisiones en el ámbito profesional, social, político, y otras más radicales que darán una configuración determinante a su existencia».[76] También toman decisiones en lo que tiene que ver con el amor, en la elección de la pareja y en la opción de tener los primeros hijos. Profundizaremos estos temas en los últimos capítulos, referidos a la vocación de cada uno y a su discernimiento.

141. Pero en contra de los sueños que movilizan decisiones, siempre «existe la amenaza del lamento, de la resignación. Esto lo dejamos para aquellos que siguen a la “diosa lamentación” […]. Es un engaño: te hace tomar la senda equivocada. Cuando todo parece paralizado y estancado, cuando los problemas personales nos inquietan, los malestares sociales no encuentran las debidas respuestas, no es bueno darse por vencido. El camino es Jesús: hacerle subir a nuestra barca y remar mar adentro con Él. ¡Él es el Señor! Él cambia la perspectiva de la vida. La fe en Jesús conduce a una esperanza que va más allá, a una certeza fundada no sólo en nuestras cualidades y habilidades, sino en la Palabra de Dios, en la invitación que viene de Él. Sin hacer demasiados cálculos humanos ni preocuparse por verificar si la realidad que los rodea coincide con sus seguridades. Remen mar adentro, salgan de ustedes mismos».[77]

142. Hay que perseverar en el camino de los sueños. Para ello hay que estar atentos a una tentación que suele jugarnos una mala pasada: la ansiedad. Puede ser una gran enemiga cuando nos lleva a bajar los brazos porque descubrimos que los resultados no son instantáneos. Los sueños más bellos se conquistan con esperanza, paciencia y empeño, renunciando a las prisas. Al mismo tiempo, no hay que detenerse por inseguridad, no hay que tener miedo de apostar y de cometer errores. Sí hay que tener miedo a vivir paralizados, como muertos en vida, convertidos en seres que no viven porque no quieren arriesgar, porque no perseveran en sus empeños o porque tienen temor a equivocarse. Aún si te equivocas siempre podrás levantar la cabeza y volver a empezar, porque nadie tiene derecho a robarte la esperanza.

143. Jóvenes, no renuncien a lo mejor de su juventud, no observen la vida desde un balcón. No confundan la felicidad con un diván ni vivan toda su vida detrás de una pantalla. Tampoco se conviertan en el triste espectáculo de un vehículo abandonado. No sean autos estacionados, mejor dejen brotar los sueños y tomen decisiones. Arriesguen, aunque se equivoquen. No sobrevivan con el alma anestesiada ni miren el mundo como si fueran turistas. ¡Hagan lío! Echen fuera los miedos que los paralizan, para que no se conviertan en jóvenes momificados. ¡Vivan! ¡Entréguense a lo mejor de la vida! ¡Abran la puerta de la jaula y salgan a volar! Por favor, no se jubilen antes de tiempo.

Las ganas de vivir y de experimentar
144. Esta proyección hacia el futuro que se sueña, no significa que los jóvenes estén completamente lanzados hacia adelante, porque al mismo tiempo hay en ellos un fuerte deseo de vivir el presente, de aprovechar al máximo las posibilidades que esta vida les regala. ¡Este mundo está repleto de belleza! ¿Cómo despreciar los regalos de Dios?

145. Contrariamente a lo que muchos piensan, el Señor no quiere debilitar estas ganas de vivir. Es sano recordar lo que enseñaba un sabio del Antiguo Testamento: «Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […]. No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14). El verdadero Dios, el que te ama, te quiere feliz. Por eso en la Biblia encontramos también este consejo dirigido a los jóvenes: «Disfruta, joven, en tu juventud, pásalo bien en tus años jóvenes […]. Aparta el mal humor de tu pecho” (Qo 11,9-10). Porque es Dios quien «nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17).

146. ¿Cómo podrá ser agradecido con Dios alguien que no es capaz de disfrutar de sus pequeños regalos de cada día, alguien que no sabe detenerse ante las cosas simples y agradables que encuentra a cada paso? Porque «nadie es peor del que se tortura a sí mismo» (Si 14,6). No se trata de ser un insaciable que siempre está obsesionado por más y más placeres. Al contrario, porque eso te impedirá vivir el presente. La cuestión es saber abrir los ojos y detenerte para vivir plenamente y con gratitud cada pequeño don de la vida.

147. Está claro que la Palabra de Dios te invita a vivir el presente, no sólo a preparar el mañana: «No se preocupen por el mañana; el mañana se preocupará de sí mismo; a cada día le basta con lo suyo» (Mt 6,34). Pero esto no se refiere a lanzarnos a un desenfreno irresponsable que nos deja vacíos y siempre insatisfechos, sino a vivir el presente a lo grande, utilizando las energías para cosas buenas, cultivando la fraternidad, siguiendo a Jesús y valorando cada pequeña alegría de la vida como un regalo del amor de Dios.

148. En este sentido, quiero recordar que el cardenal Francisco Javier Nguyên Van Thuân, cuando lo encerraron en un campo de concentración, no quiso que sus días consistieran sólo en esperar y esperar un futuro. Su opción fue «vivir el momento presente colmándolo de amor»; y el modo como lo practicaba era: «Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria».[78] Mientras luchas para dar forma a tus sueños, vive plenamente el hoy, entrégalo todo y llena de amor cada momento. Porque es verdad que este día de tu juventud puede ser el último, y entonces vale la pena vivirlo con todas las ganas y con toda la profundidad posible.

149. Esto incluye también los momentos duros, que deben ser vividos a fondo para llegar a aprender su mensaje. Como enseñan los Obispos suizos: «Él está allí donde nosotros pensábamos que nos había abandonado y que ya no había salvación alguna. Es una paradoja, pero el sufrimiento, las tinieblas, se convirtieron, para muchos cristianos [...] en lugares de encuentro con Dios».[79] Además, el deseo de vivir y de experimentar se refiere en especial a muchos jóvenes en condición de discapacidad física, mental y sensorial. Incluso si no siempre pueden hacer las mismas experiencias que sus compañeros, tienen recursos sorprendentes e inimaginables que a veces superan a los comunes. El Señor Jesús los llena con otros dones, que la comunidad está llamada a valorar, para que puedan descubrir su plan de amor para cada uno de ellos.

En amistad con Cristo
150. Por más que vivas y experimentes no llegarás al fondo de la juventud, no conocerás la verdadera plenitud de ser joven, si no encuentras cada día al gran amigo, si no vives en amistad con Jesús.

151. La amistad es un regalo de la vida y un don de Dios. A través de los amigos el Señor nos va puliendo y nos va madurando. Al mismo tiempo, los amigos fieles, que están a nuestro lado en los momentos duros, son un reflejo del cariño del Señor, de su consuelo y de su presencia amable. Tener amigos nos enseña a abrirnos, a comprender, a cuidar a otros, a salir de nuestra comodidad y del aislamiento, a compartir la vida. Por eso «un amigo fiel no tiene precio» (Si 6,15).

152. La amistad no es una relación fugaz o pasajera, sino estable, firme, fiel, que madura con el paso del tiempo. Es una relación de afecto que nos hace sentir unidos, y al mismo tiempo es un amor generoso, que nos lleva a buscar el bien del amigo. Aunque los amigos pueden ser muy diferentes entre sí, siempre hay algunas cosas en común que los llevan a sentirse cercanos, y hay una intimidad que se comparte con sinceridad y confianza.

153. Es tan importante la amistad que Jesús mismo se presenta como amigo: «Ya no los llamo siervos, los llamo amigos» (Jn 15,15). Por la gracia que Él nos regala, somos elevados de tal manera que somos realmente amigos suyos. Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo. [80] Y si bien Él ya está plenamente feliz resucitado, es posible ser generosos con Él, ayudándole a construir su Reino en este mundo, siendo sus instrumentos para llevar su mensaje y su luz y, sobre todo, su amor a los demás (cf. Jn 15,16). Los discípulos escucharon el llamado de Jesús a la amistad con Él. Fue una invitación que no los forzó, sino que se propuso delicadamente a su libertad: «Vengan y vean» les dijo, y «ellos fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él aquel día» (Jn 1,39). Después de ese encuentro, íntimo e inesperado, dejaron todo y se fueron con Él.

154. La amistad con Jesús es inquebrantable. Él nunca se va, aunque a veces parece que hace silencio. Cuando lo necesitamos se deja encontrar por nosotros (cf. Jr 29,14) y está a nuestro lado por donde vayamos (cf. Jos 1,9). Porque Él jamás rompe una alianza. A nosotros nos pide que no lo abandonemos: «Permanezcan unidos a mí» (Jn 15,4). Pero si nos alejamos, «Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2,13).

155. Con el amigo hablamos, compartimos las cosas más secretas. Con Jesús también conversamos. La oración es un desafío y una aventura. ¡Y qué aventura! Permite que lo conozcamos cada vez mejor, entremos en su espesura y crezcamos en una unión siempre más fuerte. La oración nos permite contarle todo lo que nos pasa y quedarnos confiados en sus brazos, y al mismo tiempo nos regala instantes de preciosa intimidad y afecto, donde Jesús derrama en nosotros su propia vida. Rezando «le abrimos la jugada» a Él, le damos lugar «para que Él pueda actuar y pueda entrar y pueda vencer».[81]

156. Así es posible llegar a experimentar una unidad constante con Él, que supera todo lo que podamos vivir con otras personas: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). No prives a tu juventud de esta amistad. Podrás sentirlo a tu lado no sólo cuando ores. Reconocerás que camina contigo en todo momento. Intenta descubrirlo y vivirás la bella experiencia de saberte siempre acompañado. Es lo que vivieron los discípulos de Emaús cuando, mientras caminaban y conversaban desorientados, Jesús se hizo presente y «caminaba con ellos» (Lc 24,15). Un santo decía que «el cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, de prohibiciones. Así resulta muy repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto que reclama mi amor. El cristianismo es Cristo».[82]

157. Jesús puede unir a todos los jóvenes de la Iglesia en un único sueño, «un sueño grande y un sueño capaz de cobijar a todos. Ese sueño por el que Jesús dio la vida en la cruz y el Espíritu Santo se desparramó y tatuó a fuego el día de Pentecostés en el corazón de cada hombre y cada mujer, en el corazón de cada uno […]. Lo tatuó a la espera de que encuentre espacio para crecer y para desarrollarse. Un sueño, un sueño llamado Jesús sembrado por el Padre, Dios como Él –como el Padre–, enviado por el Padre con la confianza que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño concreto, que es una persona, que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar».[83]

El crecimiento y la maduración
158. Muchos jóvenes se preocupan por su cuerpo, procurando el desarrollo de la fuerza física o de la apariencia. Otros se inquietan por desarrollar sus capacidades y conocimientos, y así se sienten más seguros. Algunos apuntan más alto, tratan de comprometerse más y buscan un desarrollo espiritual. San Juan decía: «Les escribo jóvenes porque son fuertes, porque conservan la Palabra de Dios» (1 Jn 2,14). Buscar al Señor, guardar su Palabra, tratar de responderle con la propia vida, crecer en las virtudes, eso hace fuertes los corazones de los jóvenes. Para eso hay que mantener la conexión con Jesús, estar en línea con Él, ya que no crecerás en la felicidad y en la santidad sólo con tus fuerzas y tu mente. Así como te preocupa no perder la conexión a Internet, cuida que esté activa tu conexión con el Señor, y eso significa no cortar el diálogo, escucharlo, contarle tus cosas, y cuando no sepas con claridad qué tendrías que hacer, preguntarle: «Jesús, ¿qué harías tú en mi lugar?».[84]

159. Espero que puedas valorarte tanto a ti mismo, tomarte tan en serio, que busques tu crecimiento espiritual. Además de los entusiasmos propios de la juventud, también está la belleza de buscar «la justicia, la fe, el amor, la paz» (2 Tm 2,22). Esto no significa perder la espontaneidad, la frescura, el entusiasmo, la ternura. Porque hacerse adulto no implica abandonar los mejores valores de esta etapa de la vida. De otro modo, el Señor podrá reprocharte un día: «De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo, cuando tú me seguías por el desierto» (Jr 2,2).

160. Al contrario, incluso un adulto debe madurar sin perder los valores de la juventud. Porque en realidad cada etapa de la vida es una gracia permanente, encierra un valor que no debe pasar. Una juventud bien vivida permanece como experiencia interior, y en la vida adulta es asumida, es profundizada y sigue dando frutos. Si es propio del joven sentirse atraído por lo infinito que se abre y que comienza,[85] un riesgo de la vida adulta, con sus seguridades y comodidades, es acotar cada vez más ese horizonte y perder ese valor propio de los años jóvenes. Pero debería suceder lo contrario: madurar, crecer y organizar la propia vida sin perder esa atracción, esa apertura amplia, esa fascinación por una realidad que siempre es más. En cada momento de la vida podremos renovar y acrecentar la juventud. Cuando comencé mi ministerio como Papa, el Señor me amplió los horizontes y me regaló una renovada juventud. Lo mismo puede ocurrirle a un matrimonio de muchos años, o a un monje en su monasterio. Hay cosas que necesitan “asentarse” con los años, pero esa maduración puede convivir con un fuego que se renueva, con un corazón siempre joven.

161. Crecer es conservar y alimentar las cosas más preciosas que te regala la juventud, pero al mismo tiempo es estar abierto a purificar lo que no es bueno y a recibir nuevos dones de Dios que te llama a desarrollar lo que vale. A veces, los complejos de inferioridad pueden llevarte a no querer ver tus defectos y debilidades, y de ese modo puedes cerrarte al crecimiento y a la maduración. Mejor déjate amar por Dios, que te ama así como eres, que te valora y respeta, pero también te ofrece más y más: más de su amistad, más fervor en la oración, más hambre de su Palabra, más deseos de recibir a Cristo en la Eucaristía, más ganas de vivir su Evangelio, más fortaleza interior, más paz y alegría espiritual.

162. Pero te recuerdo que no serás santo y pleno copiando a otros. Ni siquiera imitar a los santos significa copiar su forma de ser y de vivir la santidad: «Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros».[86] Tú tienes que descubrir quién eres y desarrollar tu forma propia de ser santo, más allá de lo que digan y opinen los demás. Llegar a ser santo es llegar a ser más plenamente tú mismo, a ser ese que Dios quiso soñar y crear, no una fotocopia. Tu vida debe ser un estímulo profético, que impulse a otros, que deje una marca en este mundo, esa marca única que sólo tú podrás dejar. En cambio, si copias, privarás a esta tierra, y también al cielo, de eso que nadie más que tú podrá ofrecer. Recuerdo que san Juan de la Cruz, en su Cántico Espiritual, escribía que cada uno tenía que aprovechar sus consejos espirituales «según su modo»,[87] porque el mismo Dios ha querido manifestar su gracia «a unos en una manera y a otros en otra».[88]

Sendas de fraternidad
163. Tu desarrollo espiritual se expresa ante todo creciendo en el amor fraterno, generoso, misericordioso. Lo decía san Pablo: «Que el Señor los haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos» (1 Ts 3,12). Ojalá vivas cada vez más ese “éxtasis” que es salir de ti mismo para buscar el bien de los demás, hasta dar la vida.

164. Cuando un encuentro con Dios se llama “éxtasis”, es porque nos saca de nosotros mismos y nos eleva, cautivados por el amor y la belleza de Dios. Pero también podemos ser sacados de nosotros mismos para reconocer la belleza oculta en cada ser humano, su dignidad, su grandeza como imagen de Dios e hijo del Padre. El Espíritu Santo quiere impulsarnos para que salgamos de nosotros mismos, abracemos a los demás con el amor y busquemos su bien. Por lo tanto, siempre es mejor vivir la fe juntos y expresar nuestro amor en una vida comunitaria, compartiendo con otros jóvenes nuestro afecto, nuestro tiempo, nuestra fe y nuestras inquietudes. La Iglesia ofrece muchos espacios diversos para vivir la fe en comunidad, porque todo es más fácil juntos.

165. Las heridas recibidas pueden llevarte a la tentación del aislamiento, a replegarte sobre ti mismo, a acumular rencores, pero nunca dejes de escuchar el llamado de Dios al perdón. Como bien enseñaron los Obispos de Ruanda, «la reconciliación con el otro pide ante todo descubrir en él el esplendor de la imagen de Dios […]. En esta óptica, es vital distinguir al pecador de su pecado y de su ofensa, para llegar a la verdadera reconciliación. Esto significa que odies el mal que el otro te inflige, pero que continúes amándolo porque reconoces su debilidad y ves la imagen de Dios en él».[89]

166. A veces toda la energía, los sueños y el entusiasmo de la juventud se debilitan por la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros problemas, sentimientos heridos, lamentos y comodidades. No dejes que eso te ocurra, porque te volverás viejo por dentro, y antes de tiempo. Cada edad tiene su hermosura, y a la juventud no pueden faltarle la utopía comunitaria, la capacidad de soñar unidos, los grandes horizontes que miramos juntos.

167. Dios ama la alegría de los jóvenes y los invita especialmente a esa alegría que se vive en comunión fraterna, a ese gozo superior del que sabe compartir, porque «hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35) y «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros: «Alégrense con los que están alegres» (Rm 12,15). Que la espontaneidad y el impulso de tu juventud se conviertan cada día más en la espontaneidad del amor fraterno, en la frescura para reaccionar siempre con perdón, con generosidad, con ganas de construir comunidad. Un proverbio africano dice: «Si quieres andar rápido, camina solo. Si quieres llegar lejos, camina con los otros». No nos dejemos robar la fraternidad.

Jóvenes comprometidos
168. Es verdad que a veces, frente a un mundo tan lleno de violencia y egoísmo, los jóvenes pueden correr el riesgo de encerrarse en pequeños grupos, y así privarse de los desafíos de la vida en sociedad, de un mundo amplio, desafiante y necesitado. Sienten que viven el amor fraterno, pero quizás su grupo se convirtió en una mera prolongación de su yo. Esto se agrava si la vocación del laico se concibe sólo como un servicio al interno de la Iglesia (lectores, acólitos, catequistas, etc.), olvidando que la vocación laical es ante todo la caridad en la familia, la caridad social y la caridad política: es un compromiso concreto desde la fe para la construcción de una sociedad nueva, es vivir en medio del mundo y de la sociedad para evangelizar sus diversas instancias, para hacer crecer la paz, la convivencia, la justicia, los derechos humanos, la misericordia, y así extender el Reino de Dios en el mundo.

169. Propongo a los jóvenes ir más allá de los grupos de amigos y construir la «amistad social, buscar el bien común. La enemistad social destruye. Y una familia se destruye por la enemistad. Un país se destruye por la enemistad. El mundo se destruye por la enemistad. Y la enemistad más grande es la guerra. Y hoy día vemos que el mundo se está destruyendo por la guerra. Porque son incapaces de sentarse y hablar […]. Sean capaces de crear la amistad social».[90] No es fácil, siempre hay que renunciar a algo, hay que negociar, pero si lo hacemos pensando en el bien de todos podremos alcanzar la magnífica experiencia de dejar de lado las diferencias para luchar juntos por algo común. Si logramos buscar puntos de coincidencia en medio de muchas disidencias, en ese empeño artesanal y a veces costoso de tender puentes, de construir una paz que sea buena para todos, ese es el milagro de la cultura del encuentro que los jóvenes pueden atreverse a vivir con pasión.

170. El Sínodo reconoció que «aunque de forma diferente respecto a las generaciones pasadas, el compromiso social es un rasgo específico de los jóvenes de hoy. Al lado de algunos indiferentes, hay muchos otros dispuestos a comprometerse en iniciativas de voluntariado, ciudadanía activa y solidaridad social, que hay que acompañar y alentar para que emerjan los talentos, las competencias y la creatividad de los jóvenes y para incentivar que asuman responsabilidades. El compromiso social y el contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para descubrir o profundizar la fe y discernir la propia vocación […]. Se señaló también la disponibilidad al compromiso en el campo político para la construcción del bien común».[91]

171. Hoy, gracias a Dios, los grupos de jóvenes en parroquias, colegios, movimientos o grupos universitarios suelen salir a acompañar ancianos y enfermos, o visitan barrios pobres, o salen juntos a auxiliar a los indigentes en las llamadas “noches de la caridad”. Con frecuencia ellos reconocen que en estas tareas es más lo que reciben que lo que dan, porque se aprende y se madura mucho cuando uno se atreve a tomar contacto con el sufrimiento de los otros. Además, en los pobres hay una sabiduría oculta, y ellos, con palabras simples, pueden ayudarnos a descubrir valores que no vemos.

172. Otros jóvenes participan en programas sociales orientados a la construcción de casas para los que no tienen techo, o al saneamiento de lugares contaminados, o a la recolección de ayudas para los más necesitados. Sería bueno que esa energía comunitaria se aplicara no sólo a acciones esporádicas sino de una manera estable, con objetivos claros y una buena organización que ayude a realizar una tarea más continuada y eficiente. Los universitarios pueden unirse de manera interdisciplinar para aplicar su saber a la resolución de problemas sociales, y en esta tarea pueden trabajar codo a codo con jóvenes de otras Iglesias o de otras religiones.

173. Como en el milagro de Jesús, los panes y los peces de los jóvenes pueden multiplicarse (cf. Jn 6,4-13). Igual que en la parábola, las pequeñas semillas de los jóvenes se convierten en árbol y cosecha (cf. Mt 13,23.31-32). Todo ello desde la fuente viva de la Eucaristía, en la cual nuestro pan y nuestro vino se transfiguran para darnos Vida eterna. Se les pide a los jóvenes una tarea inmensa y difícil. Con la fe en el Resucitado, podrán enfrentarla con creatividad y esperanza, y ubicándose siempre en el lugar del servicio, como los sirvientes de aquella boda, sorprendidos colaboradores del primer signo de Jesús, que sólo siguieron la consigna de su Madre: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). Misericordia, creatividad y esperanza hacen crecer la vida.

174. Quiero alentarte a este compromiso, porque sé que «tu corazón, corazón joven, quiere construir un mundo mejor. Sigo las noticias del mundo y veo que tantos jóvenes, en muchas partes del mundo, han salido por las calles para expresar el deseo de una civilización más justa y fraterna. Los jóvenes en la calle. Son jóvenes que quieren ser protagonistas del cambio. Por favor, no dejen que otros sean los protagonistas del cambio. Ustedes son los que tienen el futuro. Por ustedes entra el futuro en el mundo. A ustedes les pido que también sean protagonistas de este cambio. Sigan superando la apatía y ofreciendo una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y políticas que se van planteando en diversas partes del mundo. Les pido que sean constructores del futuro, que se metan en el trabajo por un mundo mejor. Queridos jóvenes, por favor, no balconeen la vida, métanse en ella. Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús».[92] Pero sobre todo, de una manera o de otra, sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial.

Misioneros valientes
175. Enamorados de Cristo, los jóvenes están llamados a dar testimonio del Evangelio en todas partes, con su propia vida. San Alberto Hurtado decía que «ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz [...]. El Evangelio [...] más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente».[93]

176. El valor del testimonio no significa que se deba callar la palabra. ¿Por qué no hablar de Jesús, por qué no contarles a los demás que Él nos da fuerzas para vivir, que es bueno conversar con Él, que nos hace bien meditar sus palabras? Jóvenes, no dejen que el mundo los arrastre a compartir sólo las cosas malas o superficiales. Ustedes sean capaces de ir contracorriente y sepan compartir a Jesús, comuniquen la fe que Él les regaló. Ojalá puedan sentir en el corazón el mismo impulso irresistible que movía a san Pablo cuando decía: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).

177. «¿Adónde nos envía Jesús? No hay fronteras, no hay límites: nos envía a todos. El Evangelio no es para algunos sino para todos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos, más acogedores. Es para todos. No tengan miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente. El Señor busca a todos, quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor».[94] Y nos invita a ir sin miedo con el anuncio misionero, allí donde nos encontremos y con quien estemos, en el barrio, en el estudio, en el deporte, en las salidas con los amigos, en el voluntariado o en el trabajo, siempre es bueno y oportuno compartir la alegría del Evangelio. Así es como el Señor se va acercando a todos. Y a ustedes, jóvenes, los quiere como sus instrumentos para derramar luz y esperanza, porque quiere contar con vuestra valentía, frescura y entusiasmo.

178. No cabe esperar que la misión sea fácil y cómoda. Algunos jóvenes dieron su vida con tal de no frenar su impulso misionero. Los Obispos de Corea expresaron: «Esperamos que podamos ser granos de trigo e instrumentos para la salvación de la humanidad, siguiendo el ejemplo de los mártires. Aunque nuestra fe es tan pequeña como una semilla de mostaza, Dios le dará crecimiento y la utilizará como un instrumento para su obra de salvación».[95] Amigos, no esperen a mañana para colaborar en la transformación del mundo con su energía, su audacia y su creatividad. La vida de ustedes no es un “mientras tanto”. Ustedes son el ahora de Dios, que los quiere fecundos.[96] Porque «es dando como se recibe»,[97] y la mejor manera de preparar un buen futuro es vivir bien el presente con entrega y generosidad.

CAPÍTULO SEXTO
Jóvenes con raíces

179. A veces he visto árboles jóvenes, bellos, que elevaban sus ramas al cielo buscando siempre más, y parecían un canto de esperanza. Más adelante, después de una tormenta, los encontré caídos, sin vida. Porque tenían pocas raíces, habían desplegado sus ramas sin arraigarse bien en la tierra, y así sucumbieron ante los embates de la naturaleza. Por eso me duele ver que algunos les propongan a los jóvenes construir un futuro sin raíces, como si el mundo comenzara ahora. Porque «es imposible que alguien crezca si no tiene raíces fuertes que ayuden a estar bien sostenido y agarrado a la tierra. Es fácil “volarse” cuando no hay desde donde agarrarse, de donde sujetarse».[98]

Que no te arranquen de la tierra
180. Esta no es una cuestión secundaria, y me parece bueno dedicarle un breve capítulo. Comprender esto permite distinguir la alegría de la juventud de un falso culto a la juventud que algunos utilizan para seducir a los jóvenes y utilizarlos para sus fines.

181. Piensen esto: si una persona les hace una propuesta y les dice que ignoren la historia, que no recojan la experiencia de los mayores, que desprecien todo lo pasado y que sólo miren el futuro que él les ofrece, ¿no es una forma fácil de atraparlos con su propuesta para que solamente hagan lo que él les dice? Esa persona los necesita vacíos, desarraigados, desconfiados de todo, para que sólo confíen en sus promesas y se sometan a sus planes. Así funcionan las ideologías de distintos colores, que destruyen (o de-construyen) todo lo que sea diferente y de ese modo pueden reinar sin oposiciones. Para esto necesitan jóvenes que desprecien la historia, que rechacen la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones, que ignoren todo lo que los ha precedido.

182. Al mismo tiempo, los manipuladores utilizan otro recurso: una adoración de la juventud, como si todo lo que no sea joven se convirtiera en detestable y caduco. El cuerpo joven se vuelve el símbolo de este nuevo culto, y entonces todo lo que tenga que ver con ese cuerpo se idolatra y se desea sin límites, y lo que no sea joven se mira con desprecio. Pero es un arma que en primer lugar termina degradando a los jóvenes, los vacía de valores reales, los utiliza para obtener beneficios personales, económicos o políticos.

183. Queridos jóvenes, no acepten que usen su juventud para fomentar una vida superficial, que confunde la belleza con la apariencia. Mejor sepan descubrir que hay hermosura en el trabajador que vuelve a su casa sucio y desarreglado, pero con la alegría de haber ganado el pan de sus hijos. Hay una belleza extraordinaria en la comunión de la familia junto a la mesa y en el pan compartido con generosidad, aunque la mesa sea muy pobre. Hay hermosura en la esposa despeinada y casi anciana, que permanece cuidando a su esposo enfermo más allá de sus fuerzas y de su propia salud. Aunque haya pasado la primavera del noviazgo, hay hermosura en la fidelidad de las parejas que se aman en el otoño de la vida, en esos viejitos que caminan de la mano. Hay hermosura, más allá de la apariencia o de la estética de moda, en cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en el servicio desinteresado por la comunidad, por la patria, en el trabajo generoso por la felicidad de la familia, comprometidos en el arduo trabajo anónimo y gratuito de restaurar la amistad social. Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza, que se parece a la de Cristo en la cruz, es poner los cimientos de la verdadera solidaridad social y de la cultura del encuentro.

184. Junto con las estrategias del falso culto a la juventud y a la apariencia, hoy se promueve una espiritualidad sin Dios, una afectividad sin comunidad y sin compromiso con los que sufren, un miedo a los pobres vistos como seres peligrosos, y una serie de ofertas que pretenden hacerles creer en un futuro paradisíaco que siempre se postergará para más adelante. No quiero proponerles eso, y con todo mi afecto quiero advertirles que no se dejen dominar por esta ideología que no los volverá más jóvenes, sino que los convertirá en esclavos. Les propongo otro camino, hecho de libertad, de entusiasmo, de creatividad, de horizontes nuevos, pero cultivando al mismo tiempo esas raíces que alimentan y sostienen.

185. En esta línea, quiero destacar que «numerosos Padres sinodales provenientes de contextos no occidentales señalan que en sus países la globalización conlleva auténticas formas de colonización cultural, que desarraigan a los jóvenes de la pertenencia a las realidades culturales y religiosas de las que provienen. Es necesario un compromiso de la Iglesia para acompañarlos en este paso sin que pierdan los rasgos más valiosos de su identidad».[99]

186. Hoy vemos una tendencia a “homogeneizar” a los jóvenes, a disolver las diferencias propias de su lugar de origen, a convertirlos en seres manipulables hechos en serie. Así se produce una destrucción cultural, que es tan grave como la desaparición de las especies animales y vegetales.[100] Por eso, en un mensaje a jóvenes indígenas, reunidos en Panamá, los exhorté a «hacerse cargo de las raíces, porque de las raíces viene la fuerza que los va a hacer crecer, florecer y fructificar».[101]

Tu relación con los ancianos
187. En el Sínodo se expresó que «los jóvenes están proyectados hacia el futuro y afrontan la vida con energía y dinamismo. Sin embargo […] a veces suelen prestar poca atención a la memoria del pasado del que provienen, en particular a los numerosos dones que les han transmitido sus padres y abuelos, al bagaje cultural de la sociedad en la que viven. Ayudar a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del pasado, haciendo memoria y sirviéndose de este para las propias decisiones y posibilidades, es un verdadero acto de amor hacia ellos, en vista de su crecimiento y de las decisiones que deberán tomar».[102]

188. La Palabra de Dios recomienda no perder el contacto con los ancianos, para poder recoger su experiencia: «Acude a la reunión de los ancianos, y si encuentras a un sabio júntate a él […]. Si ves a un hombre prudente, madruga para buscarlo, que tus pies desgasten el umbral de su puerta» (Si 6,34.36). En todo caso, los largos años que ellos vivieron y todo lo que han pasado en la vida, deben llevarnos a mirarlos con respeto: «Ponte de pie ante el hombre de canas» (Lv 19,32). Porque «la fuerza es el adorno de los jóvenes, las canas son el honor de los ancianos» (Pr 20,29).

189. La Biblia nos pide: «Escucha a tu padre que te dio la vida, y no desprecies a tu madre cuando sea anciana» (Pr 23,22). El mandato de honrar al padre y a la madre «es el primer mandamiento que va acompañado de una promesa» (Ef 6,2; cf. Ex 20,12; Dt 5,16; Lv 19,3), y la promesa es: «serás feliz y se prolongará tu vida sobre la tierra» (Ef 6,3).

190. Esto no significa que tengas que estar de acuerdo con todo lo que ellos dicen, ni que debas aprobar todas sus acciones. Un joven siempre debería tener un espíritu crítico. San Basilio Magno, refiriéndose a los antiguos autores griegos, recomendaba a los jóvenes que los estimasen, pero que acogieran sólo lo bueno que pudieran enseñarles.[103] Se trata simplemente de estar abiertos para recoger una sabiduría que se comunica de generación en generación, que puede convivir con algunas miserias humanas, y que no tiene por qué desaparecer ante las novedades del consumo y del mercado.

191. Al mundo nunca le sirvió ni le servirá la ruptura entre generaciones. Son los cantos de sirena de un futuro sin raíces, sin arraigo. Es la mentira que te hace creer que sólo lo nuevo es bueno y bello. La existencia de las relaciones intergeneracionales implica que en las comunidades se posea una memoria colectiva, pues cada generación retoma las enseñanzas de sus antecesores, dejando así un legado a sus sucesores. Esto constituye marcos de referencia para cimentar sólidamente una sociedad nueva. Como dice el refrán: “Si el joven supiese y el viejo pudiese, no habría cosa que no se hiciese”.

Sueños y visiones
192. En la profecía de Joel encontramos un anuncio que nos permite entender esto de una manera muy bella. Dice así: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne y sus hijos y sus hijas profetizarán, y sus jóvenes verán visiones y sus ancianos soñarán sueños» (Jl 3,1; cf. Hch 2,17). Si los jóvenes y los viejos se abren al Espíritu Santo, ambos producen una combinación maravillosa. Los ancianos sueñan y los jóvenes ven visiones. ¿Cómo se complementan ambas cosas?

193. Los ancianos tienen sueños construidos con recuerdos, con imágenes de tantas cosas vividas, con la marca de la experiencia y de los años. Si los jóvenes se arraigan en esos sueños de los ancianos logran ver el futuro, pueden tener visiones que les abren el horizonte y les muestran nuevos caminos. Pero si los ancianos no sueñan, los jóvenes ya no pueden mirar claramente el horizonte.

194. Es lindo encontrar entre lo que nuestros padres conservaron, algún recuerdo que nos permite imaginar lo que soñaron para nosotros nuestros abuelos y nuestras abuelas. Todo ser humano, aun antes de nacer, ha recibido de parte de sus abuelos como regalo, la bendición de un sueño lleno de amor y de esperanza: el de una vida mejor para él. Y si no lo tuvo de ninguno de sus abuelos, seguramente algún bisabuelo sí lo soñó y se alegró por él, contemplando en la cuna a sus hijos y luego a sus nietos. El sueño primero, el sueño creador de nuestro Padre Dios, precede y acompaña la vida de todos sus hijos. Hacer memoria de esta bendición, que se extiende de generación en generación, es una herencia preciosa que hay que saber conservar viva para poder transmitirla también nosotros.

195. Por eso es bueno dejar que los ancianos hagan largas narraciones, que a veces parecen mitológicas, fantasiosas –son sueños de viejos–, pero muchas veces están llenas de rica experiencia, de símbolos elocuentes, de mensajes ocultos. Esas narraciones requieren tiempo, que nos dispongamos gratuitamente a escuchar y a interpretar con paciencia, porque no entran en un mensaje de las redes sociales. Tenemos que aceptar que toda la sabiduría que necesitamos para la vida no puede encerrarse en los límites que imponen los actuales recursos de comunicación.

196. En el libro La sabiduría de los años,[104] expresé algunos deseos en forma de pedidos. «¿Qué pido a los ancianos, entre los cuales me cuento yo mismo? Nos pido que seamos guardianes de la memoria. Los abuelos y las abuelas necesitamos formar un coro. Me imagino a los ancianos como el coro permanente de un importante santuario espiritual, en el que las oraciones de súplica y los cantos de alabanza sostienen a la comunidad entera que trabaja y lucha en el terreno de la vida».[105] Es hermoso que «los jóvenes y las muchachas también, los viejos junto con los niños, alaben el nombre del Señor» (Sal 148,12-13).

197. ¿Qué podemos darles los ancianos? «A los jóvenes de hoy día que viven su propia mezcla de ambiciones heroicas y de inseguridades, podemos recordarles que una vida sin amor es una vida infecunda».[106] ¿Qué podemos decirles? «A los jóvenes temerosos podemos decirles que la ansiedad frente al futuro puede ser vencida».[107] ¿Qué podemos enseñarles? «A los jóvenes excesivamente preocupados de sí mismos podemos enseñarles que se experimenta mayor alegría en dar que en recibir, y que el amor no se demuestra sólo con palabras, sino también con obras».[108]

Arriesgar juntos
198. El amor que se da y que obra, tantas veces se equivoca. El que actúa, el que arriesga, quizás comete errores. Aquí, en este momento, puede resultar de interés traer el testimonio de María Gabriela Perin, huérfana de padre desde recién nacida que reflexiona cómo esto influyó en su vida, en una relación que no duró pero que la hizo madre y ahora abuela: «Lo que yo sé es que Dios crea historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve Dios».[109] Cuando las personas mayores miran atentamente la vida, a menudo saben de modo instintivo lo que hay detrás de los hilos enredados y reconocen lo que Dios hace creativamente aun con nuestros errores.

199. Si caminamos juntos, jóvenes y ancianos, podremos estar bien arraigados en el presente, y desde aquí frecuentar el pasado y el futuro: frecuentar el pasado, para aprender de la historia y para sanar las heridas que a veces nos condicionan; frecuentar el futuro, para alimentar el entusiasmo, hacer germinar sueños, suscitar profecías, hacer florecer esperanzas. De ese modo, unidos, podremos aprender unos de otros, calentar los corazones, inspirar nuestras mentes con la luz del Evangelio y dar nueva fuerza a nuestras manos.

200. Las raíces no son anclas que nos atan a otras épocas y nos impiden encarnarnos en el mundo actual para hacer nacer algo nuevo. Son, por el contrario, un punto de arraigo que nos permite desarrollarnos y responder a los nuevos desafíos. Entonces tampoco sirve «que nos sentemos a añorar tiempos pasados; hemos de asumir con realismo y amor nuestra cultura y llenarla de Evangelio. Somos enviados hoy para anunciar la Buena Noticia de Jesús a los tiempos nuevos. Hemos de amar nuestra hora con sus posibilidades y riesgos, con sus alegrías y dolores, con sus riquezas y sus límites, con sus aciertos y sus errores».[110]

201. En el Sínodo, uno de los jóvenes auditores proveniente de las islas Samoa, dijo que la Iglesia es una canoa, en la cual los viejos ayudan a mantener la dirección interpretando la posición de las estrellas, y los jóvenes reman con fuerza imaginando lo que les espera más allá. No nos dejemos llevar ni por los jóvenes que piensan que los adultos son un pasado que ya no cuenta, que ya caducó, ni por los adultos que creen saber siempre cómo deben comportarse los jóvenes. Mejor subámonos todos a la misma canoa y entre todos busquemos un mundo mejor, bajo el impulso siempre nuevo del Espíritu Santo.

CAPÍTULO SÉPTIMO
La pastoral de los jóvenes

202. La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a llevarla adelante, ha sufrido el embate de los cambios sociales y culturales. Los jóvenes, en las estructuras habituales, muchas veces no encuentran respuestas a sus inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas. La proliferación y crecimiento de asociaciones y movimientos con características predominantemente juveniles pueden ser interpretados como una acción del Espíritu que abre caminos nuevos. Se hace necesario, sin embargo, ahondar en la participación de estos en la pastoral de conjunto de la Iglesia, así como en una mayor comunión entre ellos en una mejor coordinación de la acción. Si bien no siempre es fácil abordar a los jóvenes, se está creciendo en dos aspectos: la conciencia de que es toda la comunidad la que los evangeliza y la urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor en las propuestas pastorales.

Una pastoral sinodal
203. Quiero destacar que los mismos jóvenes son agentes de la pastoral juvenil, acompañados y guiados, pero libres para encontrar caminos siempre nuevos con creatividad y audacia. Por consiguiente, estaría de más que me detuviera aquí a proponer alguna especie de manual de pastoral juvenil o una guía de pastoral práctica. Se trata más bien de poner en juego la astucia, el ingenio y el conocimiento que tienen los mismos jóvenes de la sensibilidad, el lenguaje y las problemáticas de los demás jóvenes.

204. Ellos nos hacen ver la necesidad de asumir nuevos estilos y nuevas estrategias. Por ejemplo, mientras los adultos suelen preocuparse por tener todo planificado, con reuniones periódicas y horarios fijos, hoy la mayoría de los jóvenes difícilmente se siente atraída por esos esquemas pastorales. La pastoral juvenil necesita adquirir otra flexibilidad, y convocar a los jóvenes a eventos, a acontecimientos que cada tanto les ofrezcan un lugar donde no sólo reciban una formación, sino que también les permitan compartir la vida, celebrar, cantar, escuchar testimonios reales y experimentar el encuentro comunitario con el Dios vivo.

205. Por otra parte, sería muy deseable recoger todavía más las buenas prácticas: aquellas metodologías, aquellos lenguajes, aquellas motivaciones que han sido realmente atractivas para acercar a los jóvenes a Cristo y a la Iglesia. No importa de qué color sean, si son “conservadoras o progresistas”, si son “de derecha o de izquierda”. Lo importante es que recojamos todo lo que haya dado buenos resultados y sea eficaz para comunicar la alegría del Evangelio.

206. La pastoral juvenil sólo puede ser sinodal, es decir, conformando un “caminar juntos” que implica una «valorización de los carismas que el Espíritu concede según la vocación y el rol de cada uno de los miembros [de la Iglesia], mediante un dinamismo de corresponsabilidad […]. Animados por este espíritu, podremos encaminarnos hacia una Iglesia participativa y corresponsable, capaz de valorizar la riqueza de la variedad que la compone, que acoja con gratitud el aporte de los fieles laicos, incluyendo a jóvenes y mujeres, la contribución de la vida consagrada masculina y femenina, la de los grupos, asociaciones y movimientos. No hay que excluir a nadie, ni dejar que nadie se autoexcluya».[111]

207. De este modo, aprendiendo unos de otros, podremos reflejar mejor ese poliedro maravilloso que debe ser la Iglesia de Jesucristo. Ella puede atraer a los jóvenes precisamente porque no es una unidad monolítica, sino un entramado de dones variados que el Espíritu derrama incesantemente en ella, haciéndola siempre nueva a pesar de sus miserias.

208. En el Sínodo aparecieron muchas propuestas concretas orientadas a renovar la pastoral juvenil y a liberarla de esquemas que ya no son eficaces porque no entran en diálogo con la cultura actual de los jóvenes. Se comprende que no podría aquí recogerlas a todas, y algunas de ellas pueden encontrarse en el Documento final del Sínodo.

Grandes líneas de acción
209. Sólo quisiera destacar brevemente que la pastoral juvenil implica dos grandes líneas de acción. Una es la búsqueda, la convocatoria, el llamado que atraiga a nuevos jóvenes a la experiencia del Señor. La otra es el crecimiento, el desarrollo de un camino de maduración de los que ya han hecho esa experiencia.

210. Con respecto a lo primero, la búsqueda, confío en la capacidad de los mismos jóvenes, que saben encontrar los caminos atractivos para convocar. Saben organizar festivales, competencias deportivas, e incluso saben evangelizar en las redes sociales con mensajes, canciones, videos y otras intervenciones. Sólo hay que estimular a los jóvenes y darles libertad para que ellos se entusiasmen misionando en los ámbitos juveniles. El primer anuncio puede despertar una honda experiencia de fe en medio de un “retiro de impacto”, en una conversación en un bar, en un recreo de la facultad, o por cualquiera de los insondables caminos de Dios. Pero lo más importante es que cada joven se atreva a sembrar el primer anuncio en esa tierra fértil que es el corazón de otro joven.

211. En esta búsqueda se debe privilegiar el idioma de la proximidad, el lenguaje del amor desinteresado, relacional y existencial que toca el corazón, llega a la vida, despierta esperanza y deseos. Es necesario acercarse a los jóvenes con la gramática del amor, no con el proselitismo. El lenguaje que la gente joven entiende es el de aquellos que dan la vida, el de quien está allí por ellos y para ellos, y el de quienes, a pesar de sus límites y debilidades, tratan de vivir su fe con coherencia. Al mismo tiempo, todavía tenemos que buscar con mayor sensibilidad cómo encarnar el kerygma en el lenguaje que hablan los jóvenes de hoy.

212. Con respecto al crecimiento, quiero hacer una importante advertencia. En algunos lugares ocurre que, después de haber provocado en los jóvenes una intensa experiencia de Dios, un encuentro con Jesús que tocó sus corazones, luego solamente les ofrecen encuentros de “formación” donde sólo se abordan cuestiones doctrinales y morales: sobre los males del mundo actual, sobre la Iglesia, sobre la Doctrina Social, sobre la castidad, sobre el matrimonio, sobre el control de la natalidad y sobre otros temas. El resultado es que muchos jóvenes se aburren, pierden el fuego del encuentro con Cristo y la alegría de seguirlo, muchos abandonan el camino y otros se vuelven tristes y negativos. Calmemos la obsesión por transmitir un cúmulo de contenidos doctrinales, y ante todo tratemos de suscitar y arraigar las grandes experiencias que sostienen la vida cristiana. Como decía Romano Guardini: «en la experiencia de un gran amor [...] todo cuanto acontece se convierte en un episodio dentro de su ámbito».[112]

213. Cualquier proyecto formativo, cualquier camino de crecimiento para los jóvenes, debe incluir ciertamente una formación doctrinal y moral. Es igualmente importante que esté centrado en dos grandes ejes: uno es la profundización del kerygma, la experiencia fundante del encuentro con Dios a través de Cristo muerto y resucitado. El otro es el crecimiento en el amor fraterno, en la vida comunitaria, en el servicio.

214. Insistí mucho sobre esto en Evangelii gaudium y creo que es oportuno recordarlo. Por una parte, sería un grave error pensar que en la pastoral juvenil «el kerygma es abandonado en pos de una formación supuestamente más “sólida”. Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor».[113] Por consiguiente, la pastoral juvenil siempre debe incluir momentos que ayuden a renovar y profundizar la experiencia personal del amor de Dios y de Jesucristo vivo. Lo hará con diversos recursos: testimonios, canciones, momentos de adoración, espacios de reflexión espiritual con la Sagrada Escritura, e incluso con diversos estímulos a través de las redes sociales. Pero jamás debe sustituirse esta experiencia gozosa de encuentro con el Señor por una suerte de “adoctrinamiento”.

215. Por otra parte, cualquier plan de pastoral juvenil debe incorporar claramente medios y recursos variados para ayudar a los jóvenes a crecer en la fraternidad, a vivir como hermanos, a ayudarse mutuamente, a crear comunidad, a servir a los demás, a estar cerca de los pobres. Si el amor fraterno es el «mandamiento nuevo» (Jn 13,34), si es «la plenitud de la Ley» (Rm 13,10), si es lo que mejor manifiesta nuestro amor a Dios, entonces debe ocupar un lugar relevante en todo plan de formación y crecimiento de los jóvenes.

Ambientes adecuados
216. En todas nuestras instituciones necesitamos desarrollar y potenciar mucho más nuestra capacidad de acogida cordial, porque muchos de los jóvenes que llegan lo hacen en una profunda situación de orfandad. Y no me refiero a determinados conflictos familiares, sino a una experiencia que atañe por igual a niños, jóvenes y adultos, madres, padres e hijos. Para tantos huérfanos y huérfanas, nuestros contemporáneos, ¿nosotros mismos quizás?, las comunidades como la parroquia y la escuela deberían ofrecer caminos de amor gratuito y promoción, de afirmación y crecimiento. Muchos jóvenes se sienten hoy hijos del fracaso, porque los sueños de sus padres y abuelos se quemaron en la hoguera de la injusticia, de la violencia social, del sálvese quien pueda. ¡Cuánto desarraigo! Si los jóvenes crecieron en un mundo de cenizas no es fácil que puedan sostener el fuego de grandes ilusiones y proyectos. Si crecieron en un desierto vacío de sentido, ¿cómo podrán tener ganas de sacrificarse para sembrar? La experiencia de discontinuidad, de desarraigo y la caída de las certezas básicas, fomentada en la cultura mediática actual, provocan esa sensación de profunda orfandad a la cual debemos responder creando espacios fraternos y atractivos donde se viva con un sentido.

217. Crear “hogar” en definitiva «es crear familia; es aprender a sentirse unidos a los otros más allá de vínculos utilitarios o funcionales, unidos de tal manera que sintamos la vida un poco más humana. Crear hogares, “casas de comunión”, es permitir que la profecía tome cuerpo y haga nuestras horas y días menos inhóspitos, menos indiferentes y anónimos. Es tejer lazos que se construyen con gestos sencillos, cotidianos y que todos podemos realizar. Un hogar, y lo sabemos todos muy bien, necesita de la colaboración de todos. Nadie puede ser indiferente o ajeno, ya que cada uno es piedra necesaria en su construcción. Y eso implica pedirle al Señor que nos regale la gracia de aprender a tenernos paciencia, de aprender a perdonarse; aprender todos los días a volver a empezar. Y, ¿cuántas veces perdonar o volver a empezar? Setenta veces siete, todas las que sean necesarias. Crear lazos fuertes exige de la confianza que se alimenta todos los días de la paciencia y el perdón. Y así se produce el milagro de experimentar que aquí se nace de nuevo, aquí todos nacemos de nuevo porque sentimos actuante la caricia de Dios que nos posibilita soñar el mundo más humano y, por tanto, más divino».[114]

218. En este marco, en nuestras instituciones necesitamos ofrecerles a los jóvenes lugares propios que ellos puedan acondicionar a su gusto, y donde puedan entrar y salir con libertad, lugares que los acojan y donde puedan acercarse espontáneamente y con confianza al encuentro de otros jóvenes tanto en los momentos de sufrimiento o de aburrimiento, como cuando deseen celebrar sus alegrías. Algo de esto han logrado algunos Oratorios y otros centros juveniles, que en muchos casos son el ambiente de amistades y de noviazgo, de reencuentros, donde pueden compartir la música, la recreación, el deporte, y también la reflexión y la oración con pequeños subsidios y diversas propuestas. De este modo se abre paso ese indispensable anuncio persona a persona que no puede ser reemplazado por ningún recurso ni estrategia pastoral.

219. «La amistad y las relaciones, a menudo también en grupos más o menos estructurados, ofrecen la oportunidad de reforzar competencias sociales y relacionales en un contexto en el que no se evalúa ni se juzga a la persona. La experiencia de grupo constituye a su vez un recurso para compartir la fe y para ayudarse mutuamente en el testimonio. Los jóvenes son capaces de guiar a otros jóvenes y de vivir un verdadero apostolado entre sus amigos».[115]

220. Esto no significa que se aíslen y pierdan todo contacto con las comunidades de parroquias, movimientos y otras instituciones eclesiales. Pero ellos se integrarán mejor a comunidades abiertas, vivas en la fe, deseosas de irradiar a Jesucristo, alegres, libres, fraternas y comprometidas. Estas comunidades pueden ser los cauces donde ellos sientan que es posible cultivar preciosas relaciones.

La pastoral de las instituciones educativas
221. La escuela es sin duda una plataforma para acercarse a los niños y a los jóvenes. Es un lugar privilegiado para la promoción de la persona, y por esto la comunidad cristiana le ha dedicado gran atención, ya sea formando docentes y dirigentes, como también instituyendo escuelas propias, de todo tipo y grado. En este campo el Espíritu ha suscitado innumerables carismas y testimonios de santidad. Sin embargo, la escuela necesita una urgente autocrítica si vemos los resultados que deja la pastoral de muchas de ellas, una pastoral concentrada en la instrucción religiosa que a menudo es incapaz de provocar experiencias de fe perdurables. Además, hay algunos colegios católicos que parecen estar organizados sólo para la preservación. La fobia al cambio hace que no puedan tolerar la incertidumbre y se replieguen ante los peligros, reales o imaginarios, que todo cambio trae consigo. La escuela convertida en un “búnker” que protege de los errores “de afuera”, es la expresión caricaturizada de esta tendencia. Esa imagen refleja de un modo estremecedor lo que experimentan muchísimos jóvenes al egresar de algunos establecimientos educativos: una insalvable inadecuación entre lo que les enseñaron y el mundo en el cual les toca vivir. Aun las propuestas religiosas y morales que recibieron no los han preparado para confrontarlas con un mundo que las ridiculiza, y no han aprendido formas de orar y de vivir la fe que puedan ser fácilmente sostenidas en medio del ritmo de esta sociedad. En realidad, una de las alegrías más grandes de un educador se produce cuando puede ver a un estudiante constituirse a sí mismo como una persona fuerte, integrada, protagonista y capaz de dar.

222. La escuela católica sigue siendo esencial como espacio de evangelización de los jóvenes. Es importante tener en cuenta algunos criterios inspiradores señalados en Veritatis gaudium en vista a una renovación y relanzamiento de las escuelas y universidades “en salida” misionera, tales como: la experiencia del kerygma, el diálogo a todos los niveles, la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad, el fomento de la cultura del encuentro, la urgente necesidad de “crear redes” y la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha.[116] También la capacidad de integrar los saberes de la cabeza, el corazón y las manos.

223. Por otra parte, no podemos separar la formación espiritual de la formación cultural. La Iglesia siempre quiso desarrollar para los jóvenes espacios para la mejor cultura. No debe renunciar a hacerlo porque los jóvenes tienen derecho a ella. Y «hoy en día, sobre todo, el derecho a la cultura significa proteger la sabiduría, es decir, un saber humano y que humaniza. Con demasiada frecuencia estamos condicionados por modelos de vida triviales y efímeros que empujan a perseguir el éxito a bajo costo, desacreditando el sacrificio, inculcando la idea de que el estudio no es necesario si no da inmediatamente algo concreto. No, el estudio sirve para hacerse preguntas, para no ser anestesiado por la banalidad, para buscar sentido en la vida. Se debe reclamar el derecho a que no prevalezcan las muchas sirenas que hoy distraen de esta búsqueda. Ulises, para no rendirse al canto de las sirenas, que seducían a los marineros y los hacían estrellarse contra las rocas, se ató al árbol de la nave y tapó las orejas de sus compañeros de viaje. En cambio, Orfeo, para contrastar el canto de las sirenas, hizo otra cosa: entonó una melodía más hermosa, que encantó a las sirenas. Esta es su gran tarea: responder a los estribillos paralizantes del consumismo cultural con opciones dinámicas y fuertes, con la investigación, el conocimiento y el compartir».[117]

Distintos ámbitos para desarrollos pastorales
224. Muchos jóvenes son capaces de aprender a gustar del silencio y de la intimidad con Dios. También han crecido los grupos que se reúnen a adorar al Santísimo o a orar con la Palabra de Dios. No hay que menospreciar a los jóvenes como si fueran incapaces de abrirse a propuestas contemplativas. Sólo hace falta encontrar los estilos y las modalidades adecuadas para ayudarlos a iniciarse en esta experiencia de tan alto valor. Con respecto a los ámbitos de culto y oración, «en diversos contextos los jóvenes católicos piden propuestas de oración y momentos sacramentales que incluyan su vida cotidiana en una liturgia fresca, auténtica y alegre».[118] Es importante aprovechar los momentos más fuertes del año litúrgico, particularmente la Semana Santa, Pentecostés y Navidad. Ellos también disfrutan de otros encuentros festivos, que cortan la rutina y que ayudan a experimentar la alegría de la fe.

225. Una oportunidad única para el crecimiento y también de apertura al don divino de la fe y la caridad es el servicio: muchos jóvenes se sienten atraídos por la posibilidad de ayudar a otros, especialmente a niños y pobres. A menudo este servicio es el primer paso para descubrir o redescubrir la vida cristiana y eclesial. Muchos jóvenes se cansan de nuestros itinerarios de formación doctrinal, e incluso espiritual, y a veces reclaman la posibilidad de ser más protagonistas en actividades que hagan algo por la gente.

226. No podemos olvidar las expresiones artísticas, como el teatro, la pintura, etc. «Del todo peculiar es la importancia de la música, que representa un verdadero ambiente en el que los jóvenes están constantemente inmersos, así como una cultura y un lenguaje capaces de suscitar emociones y de plasmar la identidad. El lenguaje musical representa también un recurso pastoral, que interpela en particular la liturgia y su renovación».[119] El canto puede ser un gran estímulo para el caminar de los jóvenes. Decía san Agustín: «Canta, pero camina; alivia con el canto tu trabajo, no ames la pereza: canta y camina […]. Tú, si avanzas, caminas; pero avanza en el bien, en la recta fe, en las buenas obras: canta y camina».[120]

227. «Es igualmente significativa la relevancia que tiene entre los jóvenes la práctica deportiva, cuyas potencialidades en clave educativa y formativa la Iglesia no debe subestimar, sino mantener una sólida presencia en este campo. El mundo del deporte necesita ser ayudado a superar las ambigüedades que lo golpean, como la mitificación de los campeones, el sometimiento a lógicas comerciales y la ideología del éxito a toda costa».[121] En la base de la experiencia deportiva está «la alegría: la alegría de moverse, la alegría de estar juntos, la alegría por la vida y los dones que el Creador nos hace cada día».[122] Por otra parte, algunos Padres de la Iglesia han tomado el ejemplo de las prácticas deportivas para invitar a los jóvenes a crecer en la fortaleza y dominar la modorra o la comodidad. San Basilio Magno, dirigiéndose a los jóvenes, tomaba el ejemplo del esfuerzo que requiere el deporte y así les inculcaba la capacidad de sacrificarse para crecer en las virtudes: «Tras miles y miles de sufrimientos y haber incrementado su fortaleza por muchos métodos, tras haber sudado mucho en fatigosos ejercicios gimnásticos […] y llevar en lo demás, para no alargarme en mis palabras, una existencia tal que su vida antes de la competición no es sino una preparación para esta, […] arrostran todo tipo de fatigas y peligros para ganar la corona […]. ¿Y nosotros, que tenemos delante unos premios de la vida tan maravillosos en número y grandeza como para que sean imposibles de definir con palabras, durmiendo a pierna suelta y viviendo en total ausencia de peligros, vendremos a tomarlos con una mano?».[123]

228. En muchos adolescentes y jóvenes despierta especial atracción el contacto con la creación, y son sensibles hacia el cuidado del ambiente, como ocurre con los Scouts y con otros grupos que organizan jornadas de contacto con la naturaleza, campamentos, caminatas, expediciones y campañas ambientales. En el espíritu de san Francisco de Asís, son experiencias que pueden significar un camino para iniciarse en la escuela de la fraternidad universal y en la oración contemplativa.

229. Estas y otras diversas posibilidades que se abren a la evangelización de los jóvenes, no deberían hacernos olvidar que, más allá de los cambios de la historia y de la sensibilidad de los jóvenes, hay regalos de Dios que son siempre actuales, que contienen una fuerza que trasciende todas las épocas y todas las circunstancias: la Palabra del Señor siempre viva y eficaz, la presencia de Cristo en la Eucaristía que nos alimenta, y el Sacramento del perdón que nos libera y fortalece. También podemos mencionar la inagotable riqueza espiritual que conserva la Iglesia en el testimonio de sus santos y en la enseñanza de los grandes maestros espirituales. Aunque tengamos que respetar diversas etapas, y a veces necesitemos esperar con paciencia el momento justo, no podremos dejar de invitar a los jóvenes a estos manantiales de vida nueva, no tenemos derecho a privarlos de tanto bien.

Una pastoral popular juvenil
230. Además de la pastoral habitual que realizan las parroquias y los movimientos, según determinados esquemas, es muy importante dar lugar a una “pastoral popular juvenil”, que tiene otro estilo, otros tiempos, otro ritmo, otra metodología. Consiste en una pastoral más amplia y flexible que estimule, en los distintos lugares donde se mueven los jóvenes reales, esos liderazgos naturales y esos carismas que el Espíritu Santo ya ha sembrado entre ellos. Se trata ante todo de no ponerles tantos obstáculos, normas, controles y marcos obligatorios a esos jóvenes creyentes que son líderes naturales en los barrios y en diversos ambientes. Sólo hay que acompañarlos y estimularlos, confiando un poco más en la genialidad del Espíritu Santo que actúa como quiere.

231. Hablamos de líderes realmente “populares”, no elitistas o clausurados en pequeños grupos de selectos. Para que sean capaces de generar una pastoral popular en el mundo de los jóvenes hace falta que «aprendan a auscultar el sentir del pueblo, a constituirse en sus voceros y a trabajar por su promoción».[124] Cuando hablamos de “pueblo” no debe entenderse las estructuras de la sociedad o de la Iglesia, sino el conjunto de personas que no caminan como individuos sino como el entramado de una comunidad de todos y para todos, que no puede dejar que los más pobres y débiles se queden atrás: «El pueblo desea que todos participen de los bienes comunes y por eso acepta adaptarse al paso de los últimos para llegar todos juntos».[125] Los líderes populares, entonces, son aquellos que tienen la capacidad de incorporar a todos, incluyendo en la marcha juvenil a los más pobres, débiles, limitados y heridos. No les tienen asco ni miedo a los jóvenes lastimados y crucificados.

232. En esta misma línea, especialmente con los jóvenes que no crecieron en familias o instituciones cristianas, y están en un camino de lenta maduración, tenemos que estimular el “bien posible”.[126] Cristo nos advirtió que no pretendamos que todo sea sólo trigo (cf. Mt 13,24-30). A veces, por pretender una pastoral juvenil aséptica, pura, marcada por ideas abstractas, alejada del mundo y preservada de toda mancha, convertimos el Evangelio en una oferta desabrida, incomprensible, lejana, separada de las culturas juveniles y apta solamente para una élite juvenil cristiana que se siente diferente, pero que en realidad flota en un aislamiento sin vida ni fecundidad. Así, con la cizaña que rechazamos, arrancamos o sofocamos miles de brotes que intentan crecer en medio de los límites.

233. En lugar de «sofocarlos con un conjunto de reglas que dan una imagen estrecha y moralista del cristianismo, estamos llamados a invertir en su audacia y a educarlos para que asuman sus responsabilidades, seguros de que incluso el error, el fracaso y las crisis son experiencias que pueden fortalecer su humanidad».[127]

234. En el Sínodo se exhortó a construir una pastoral juvenil capaz de crear espacios inclusivos, donde haya lugar para todo tipo de jóvenes y donde se manifieste realmente que somos una Iglesia de puertas abiertas. Ni siquiera hace falta que alguien asuma completamente todas las enseñanzas de la Iglesia para que pueda participar de algunos de nuestros espacios para jóvenes. Basta una actitud abierta para todos los que tengan el deseo y la disposición de dejarse encontrar por la verdad revelada por Dios. Algunas propuestas pastorales pueden suponer un camino ya recorrido en la fe, pero necesitamos una pastoral popular juvenil que abra puertas y ofrezca espacio a todos y a cada uno con sus dudas, sus traumas, sus problemas y su búsqueda de identidad, sus errores, su historia, sus experiencias del pecado y todas sus dificultades.

235. Debe haber lugar también para «todos aquellos que tienen otras visiones de la vida, profesan otros credos o se declaran ajenos al horizonte religioso. Todos los jóvenes, sin exclusión, están en el corazón de Dios y, por lo tanto, en el corazón de la Iglesia. Reconocemos con franqueza que no siempre esta afirmación que resuena en nuestros labios encuentra una expresión real en nuestra acción pastoral: con frecuencia nos quedamos encerrados en nuestros ambientes, donde su voz no llega, o nos dedicamos a actividades menos exigentes y más gratificantes, sofocando esa sana inquietud pastoral que nos hace salir de nuestras supuestas seguridades. Y eso que el Evangelio nos pide ser audaces y queremos serlo, sin presunción y sin hacer proselitismo, dando testimonio del amor del Señor y tendiendo la mano a todos los jóvenes del mundo».[128]

236. La pastoral juvenil, cuando deja de ser elitista y acepta ser “popular”, es un proceso lento, respetuoso, paciente, esperanzado, incansable, compasivo. En el Sínodo se propuso el ejemplo de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), que también puede ser un modelo de lo que ocurre en la pastoral juvenil:

237. «Jesús camina con los dos discípulos que no han comprendido el sentido de lo sucedido y se están alejando de Jerusalén y de la comunidad. Para estar en su compañía, recorre el camino con ellos. Los interroga y se dispone a una paciente escucha de su versión de los hechos para ayudarles a reconocer lo que están viviendo. Después, con afecto y energía, les anuncia la Palabra, guiándolos a interpretar a la luz de las Escrituras los acontecimientos que han vivido. Acepta la invitación a quedarse con ellos al atardecer: entra en su noche. En la escucha, su corazón se reconforta y su mente se ilumina, al partir el pan se abren sus ojos. Ellos mismos eligen emprender sin demora el camino en dirección opuesta, para volver a la comunidad y compartir la experiencia del encuentro con Jesús resucitado».[129]

238. Las diversas manifestaciones de piedad popular, especialmente las peregrinaciones, atraen a gente joven que no suele insertarse fácilmente en las estructuras eclesiales, y son una expresión concreta de la confianza en Dios. Estas formas de búsqueda de Dios, presentes particularmente en los jóvenes más pobres, pero también en los demás sectores de la sociedad, no deben ser despreciadas sino alentadas y estimuladas. Porque la piedad popular «es una manera legítima de vivir la fe»[130] y es «expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios».[131]

Siempre misioneros
239. Quiero recordar que no hace falta recorrer un largo camino para que los jóvenes sean misioneros. Aun los más débiles, limitados y heridos pueden serlo a su manera, porque siempre hay que permitir que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades. Un joven que va a una peregrinación a pedirle ayuda a la Virgen, e invita a un amigo o compañero para que lo acompañe, con ese simple gesto está realizando una valiosa acción misionera. Junto con la pastoral popular juvenil hay, inseparablemente, una misión popular, incontrolable, que rompe todos los esquemas eclesiásticos. Acompañémosla, alentémosla, pero no pretendamos regularla demasiado.

240. Si sabemos escuchar lo que nos está diciendo el Espíritu, no podemos ignorar que la pastoral juvenil debe ser siempre una pastoral misionera. Los jóvenes se enriquecen mucho cuando vencen la timidez y se atreven a visitar hogares, y de ese modo toman contacto con la vida de la gente, aprenden a mirar más allá de su familia y de su grupo, comienzan a entender la vida de una manera más amplia. Al mismo tiempo, su fe y su sentido de pertenencia a la Iglesia se fortalecen. Las misiones juveniles, que suelen organizarse en las vacaciones luego de un período de preparación, pueden provocar una renovación de la experiencia de fe e incluso serios planteos vocacionales.

241. Pero los jóvenes son capaces de crear nuevas formas de misión, en los ámbitos más diversos. Por ejemplo, ya que se mueven tan bien en las redes sociales, hay que convocarlos para que las llenen de Dios, de fraternidad, de compromiso.

El acompañamiento de los adultos
242. Los jóvenes necesitan ser respetados en su libertad, pero también necesitan ser acompañados. La familia debería ser el primer espacio de acompañamiento. La pastoral juvenil propone un proyecto de vida desde Cristo: la construcción de una casa, de un hogar edificado sobre roca (cf. Mt 7,24-25). Ese hogar, ese proyecto, para la mayoría de ellos se concretará en el matrimonio y en la caridad conyugal. Por ello es necesario que la pastoral juvenil y la pastoral familiar tengan una continuidad natural, trabajando de manera coordinada e integrada para poder acompañar adecuadamente el proceso vocacional.

243. La comunidad tiene un rol muy importante en el acompañamiento de los jóvenes, y es la comunidad entera la que debe sentirse responsable de acogerlos, motivarlos, alentarlos y estimularlos. Esto implica que se mire a los jóvenes con comprensión, valoración y afecto, y no que se los juzgue permanentemente o se les exija una perfección que no responde a su edad.

244. En el Sínodo «muchos han hecho notar la carencia de personas expertas y dedicadas al acompañamiento. Creer en el valor teológico y pastoral de la escucha implica una reflexión para renovar las formas con las que se ejerce habitualmente el ministerio presbiteral y revisar sus prioridades. Además, el Sínodo reconoce la necesidad de preparar consagrados y laicos, hombres y mujeres, que estén cualificados para el acompañamiento de los jóvenes. El carisma de la escucha que el Espíritu Santo suscita en las comunidades también podría recibir una forma de reconocimiento institucional para el servicio eclesial».[132]

245. Además hay que acompañar especialmente a los jóvenes que se perfilan como líderes, para que puedan formarse y capacitarse. Los jóvenes que se reunieron antes del Sínodo pidieron que se desarrollen «programas de liderazgo juvenil para la formación y continuo desarrollo de jóvenes líderes. Algunas mujeres jóvenes sienten que hacen falta mayores ejemplos de liderazgo femenino dentro de la Iglesia y desean contribuir con sus dones intelectuales y profesionales a la Iglesia. También creemos que los seminaristas, los religiosos y las religiosas deberían tener una mayor capacidad para acompañar a los jóvenes líderes».[133]

246. Los mismos jóvenes nos describieron cuáles son las características que ellos esperan encontrar en un acompañante, y lo expresaron con mucha claridad: «Las cualidades de dicho mentor incluyen: que sea un auténtico cristiano comprometido con la Iglesia y con el mundo; que busque constantemente la santidad; que comprenda sin juzgar; que sepa escuchar activamente las necesidades de los jóvenes y pueda responderles con gentileza; que sea muy bondadoso, y consciente de sí mismo; que reconozca sus límites y que conozca la alegría y el sufrimiento que todo camino espiritual conlleva. Una característica especialmente importante en un mentor, es el reconocimiento de su propia humanidad. Que son seres humanos que cometen errores: personas imperfectas, que se reconocen pecadores perdonados. Algunas veces, los mentores son puestos sobre un pedestal, y por ello cuando caen provocan un impacto devastador en la capacidad de los jóvenes para involucrarse en la Iglesia. Los mentores no deberían llevar a los jóvenes a ser seguidores pasivos, sino más bien a caminar a su lado, dejándoles ser los protagonistas de su propio camino. Deben respetar la libertad que el joven tiene en su proceso de discernimiento y ofrecerles herramientas para que lo hagan bien. Un mentor debe confiar sinceramente en la capacidad que tiene cada joven de poder participar en la vida de la Iglesia. Por ello, un mentor debe simplemente plantar la semilla de la fe en los jóvenes, sin querer ver inmediatamente los frutos del trabajo del Espíritu Santo. Este papel no debería ser exclusivo de los sacerdotes y de la vida consagrada, sino que los laicos deberían poder igualmente ejercerlo. Por último, todos estos mentores deberían beneficiarse de una buena formación permanente».[134]

247. Sin duda las instituciones educativas de la Iglesia son un ámbito comunitario de acompañamiento que permite orientar a muchos jóvenes, sobre todo cuando «tratan de acoger a todos los jóvenes, independientemente de sus opciones religiosas, proveniencia cultural y situación personal, familiar o social. De este modo la Iglesia da una aportación fundamental a la educación integral de los jóvenes en las partes más diversas del mundo».[135] Reducirían indebidamente su función si establecieran criterios rígidos para el ingreso de estudiantes o para su permanencia en ellas, porque privarían a muchos jóvenes de un acompañamiento que les ayudaría a enriquecer su vida.

CAPÍTULO OCTAVO
La vocación

248. Es verdad que la palabra “vocación” puede entenderse en un sentido amplio, como llamado de Dios. Incluye el llamado a la vida, el llamado a la amistad con Él, el llamado a la santidad, etc. Esto es valioso, porque sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor, que tiene un precioso plan para nosotros.

249. En la Exhortación Gaudete et exsultate quise detenerme en la vocación de todos a crecer para la gloria de Dios, y me propuse «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades».[136] El Concilio Vaticano II nos ayudó a renovar la consciencia de este llamado dirigido a cada uno: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre».[137]

Su llamado a la amistad con Él
250. Lo fundamental es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven es ante todo su amistad. Ese es el discernimiento fundamental. En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad.

251. Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor (cf. Mc 10,21). Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt 19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano.

252. Porque «la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse».[138]

Tu ser para los demás
253. Quisiera detenerme ahora en la vocación entendida en el sentido preciso del llamado al servicio misionero de los demás. Somos llamados por el Señor a participar en su obra creadora, prestando nuestro aporte al bien común a partir de las capacidades que recibimos.

254. Esta vocación misionera tiene que ver con nuestro servicio a los demás. Porque nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda. Recuerdo que «la misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo».[139] Por consiguiente, hay que pensar que: toda pastoral es vocacional, toda formación es vocacional y toda espiritualidad es vocacional.

255. Tu vocación no consiste sólo en los trabajos que tengas que hacer, aunque se expresa en ellos. Es algo más, es un camino que orientará muchos esfuerzos y muchas acciones en una dirección de servicio. Por eso, en el discernimiento de una vocación es importante ver si uno reconoce en sí mismo las capacidades necesarias para ese servicio específico a la sociedad.

256. Esto da un valor muy grande a esas tareas, ya que dejan de ser una suma de acciones que uno realiza para ganar dinero, para estar ocupado o para complacer a otros. Todo eso constituye una vocación porque somos llamados, hay algo más que una mera elección pragmática nuestra. Es en definitiva reconocer para qué estoy hecho, para qué paso por esta tierra, cuál es el proyecto del Señor para mi vida. Él no me indicará todos los lugares, los tiempos y los detalles, que yo elegiré prudentemente, pero sí hay una orientación de mi vida que Él debe indicarme porque es mi Creador, mi alfarero, y necesito escuchar su voz para dejarme moldear y llevar por Él. Entonces sí seré lo que debo ser, y seré también fiel a mi propia realidad.

257. Para cumplir la propia vocación es necesario desarrollarse, hacer brotar y crecer todo lo que uno es. No se trata de inventarse, de crearse a sí mismo de la nada, sino de descubrirse a uno mismo a la luz de Dios y hacer florecer el propio ser: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación».[140] Tu vocación te orienta a sacar afuera lo mejor de ti para la gloria de Dios y para el bien de los demás. El asunto no es sólo hacer cosas, sino hacerlas con un sentido, con una orientación. Al respecto, san Alberto Hurtado decía a los jóvenes que hay que tomarse muy en serio el rumbo: «En un barco al piloto que se descuida se le despide sin remisión, porque juega con algo demasiado sagrado. Y en la vida ¿cuidamos de nuestro rumbo? ¿Cuál es tu rumbo? Si fuera necesario detenerse aún más en esta idea, yo ruego a cada uno de ustedes que le dé la máxima importancia, porque acertar en esto es sencillamente acertar; fallar en esto es simplemente fallar».[141]

258. Este “ser para los demás” en la vida de cada joven, normalmente está relacionado con dos cuestiones básicas: la formación de una nueva familia y el trabajo. Las diversas encuestas que se han hecho a los jóvenes confirman una y otra vez que estos son los dos grandes temas que los preocupan e ilusionan. Ambos deben ser objeto de un especial discernimiento. Detengámonos brevemente en ellos.

El amor y la familia
259. Los jóvenes sienten con fuerza el llamado al amor, y sueñan encontrar la persona adecuada con quien formar una familia y construir una vida juntos. Sin duda es una vocación que Dios mismo propone a través de los sentimientos, los deseos, los sueños. Sobre este tema me detuve ampliamente en la Exhortación Amoris laetitia e invito a todos los jóvenes a leer especialmente los capítulos 4 y 5.

260. Me gusta pensar que «dos cristianos que se casan han reconocido en su historia de amor la llamada del Señor, la vocación a formar de dos, hombre y mujer, una sola carne, una sola vida. Y el Sacramento del matrimonio envuelve este amor con la gracia de Dios, lo enraíza en Dios mismo. Con este don, con la certeza de esta llamada, se puede partir seguros, no se tiene miedo de nada, se puede afrontar todo, ¡juntos!».[142]

261. En este contexto, recuerdo que Dios nos creó sexuados. Él mismo «creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus creaturas».[143] Dentro de la vocación al matrimonio hay que reconocer y agradecer que «la sexualidad, el sexo, son un don de Dios. Nada de tabúes. Son un don de Dios, un don que el Señor nos da. Tienen dos propósitos: amarse y generar vida. Es una pasión, es el amor apasionado. El verdadero amor es apasionado. El amor entre un hombre y una mujer, cuando es apasionado, te lleva a dar la vida para siempre. Siempre. Y a darla con cuerpo y alma».[144]

262. El Sínodo resaltó que «la familia sigue siendo el principal punto de referencia para los jóvenes. Los hijos aprecian el amor y el cuidado de los padres, dan importancia a los vínculos familiares y esperan lograr a su vez formar una familia. Sin duda el aumento de separaciones, divorcios, segundas uniones y familias monoparentales puede causar en los jóvenes grandes sufrimientos y crisis de identidad. A veces deben hacerse cargo de responsabilidades desproporcionadas para su edad, que les obligan a ser adultos antes de tiempo. Los abuelos con frecuencia son una ayuda decisiva en el afecto y la educación religiosa: con su sabiduría son un eslabón decisivo en la relación entre generaciones».[145]

263. Es verdad que estas dificultades que sufren en su familia de origen llevan a muchos jóvenes a preguntarse si vale la pena formar una nueva familia, ser fieles, ser generosos. Quiero decirles que sí, que vale la pena apostar por la familia y que en ella encontrarán los mejores estímulos para madurar y las más bellas alegrías para compartir. No dejen que les roben el amor en serio. No dejen que los engañen esos que les proponen una vida de desenfreno individualista que finalmente lleva al aislamiento y a la peor soledad.

264. Hoy reina una cultura de lo provisorio que es una ilusión. Creer que nada puede ser definitivo es un engaño y una mentira. Muchas veces «hay quien dice que hoy el matrimonio está “pasado de moda” [...]. En la cultura de lo provisional, de lo relativo, muchos predican que lo importante es “disfrutar” el momento, que no vale la pena comprometerse para toda la vida, hacer opciones definitivas […]. Yo, en cambio, les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contracorriente; sí, en esto les pido que se rebelen contra esta cultura de lo provisional, que, en el fondo, cree que ustedes no son capaces de asumir responsabilidades, cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente».[146] Yo sí tengo confianza en ustedes, y por eso los aliento a optar por el matrimonio.

265. Es necesario prepararse para el matrimonio, y esto requiere educarse a sí mismo, desarrollar las mejores virtudes, sobre todo el amor, la paciencia, la capacidad de diálogo y de servicio. También implica educar la propia sexualidad, para que sea cada vez menos un instrumento para usar a los demás y cada vez más una capacidad de entregarse plenamente a una persona, de manera exclusiva y generosa.

266. Los Obispos de Colombia nos enseñaron que «Cristo sabe que los esposos no son perfectos y que necesitan superar su debilidad e inconstancia para que su amor pueda crecer y durar. Por eso, concede a los cónyuges su gracia que es, a la vez, luz y fuerza que les permite ir realizando su proyecto de vida matrimonial de acuerdo con el plan de Dios».[147]

267. Para aquellos que no son llamados al matrimonio o a la vida consagrada, hay que recordar siempre que la primera vocación y la más importante es la vocación bautismal. Los solteros, incluso si no son intencionales, pueden convertirse en testimonio particular de dicha vocación en su propio camino de crecimiento personal.

El trabajo
268. Los Obispos de Estados Unidos han señalado con claridad que la juventud, llegada la mayoría de edad, «a menudo marca la entrada de una persona en el mundo del trabajo. “¿Qué haces para vivir?” es un tema constante de conversación, porque el trabajo es una parte muy importante de sus vidas. Para los jóvenes adultos, esta experiencia es muy fluida porque se mueven de un trabajo a otro e incluso pasan de carrera a carrera. El trabajo puede definir el uso del tiempo y puede determinar lo que pueden hacer o comprar. También puede determinar la calidad y la cantidad del tiempo libre. El trabajo define e influye en la identidad y el autoconcepto de un adulto joven y es un lugar fundamental donde se desarrollan amistades y otras relaciones porque generalmente no se trabaja solo. Hombres y mujeres jóvenes hablan del trabajo como cumplimiento de una función y como algo que proporciona un sentido. Permite a los adultos jóvenes satisfacer sus necesidades prácticas, pero aún más importante buscar el significado y el cumplimiento de sus sueños y visiones. Aunque el trabajo puede no ayudar a alcanzar sus sueños, es importante para los adultos jóvenes cultivar una visión, aprender a trabajar de una manera realmente personal y satisfactoria para su vida, y seguir discerniendo el llamado de Dios».[148]

269. Ruego a los jóvenes que no esperen vivir sin trabajar, dependiendo de la ayuda de otros. Eso no hace bien, porque «el trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal. En este sentido, ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias».[149] De ahí que «la espiritualidad cristiana, junto con la admiración contemplativa de las criaturas que encontramos en san Francisco de Asís, ha desarrollado también una rica y sana comprensión sobre el trabajo, como podemos encontrar, por ejemplo, en la vida del beato Carlos de Foucauld y sus discípulos».[150]

270. El Sínodo remarcó que el mundo del trabajo es un ámbito donde los jóvenes «experimentan formas de exclusión y marginación. La primera y la más grave es el desempleo juvenil, que en algunos países alcanza niveles exorbitados. Además de empobrecerlos, la falta de trabajo cercena en los jóvenes la capacidad de soñar y de esperar, y los priva de la posibilidad de contribuir al desarrollo de la sociedad. En muchos países esta situación se debe a que algunas franjas de población juvenil se encuentran desprovistas de las capacidades profesionales adecuadas, también debido a las deficiencias del sistema educativo y formativo. Con frecuencia la precariedad ocupacional que aflige a los jóvenes responde a la explotación laboral por intereses económicos».[151]

271. Es una cuestión muy delicada que la política debe considerar como un tema de primer orden, particularmente hoy que la velocidad de los desarrollos tecnológicos, junto con la obsesión por reducir los costos laborales, puede llevar rápidamente a reemplazar innumerables puestos de trabajo por máquinas. Y se trata de un asunto fundamental de la sociedad porque el trabajo para un joven no es sencillamente una tarea orientada a conseguir ingresos. Es expresión de la dignidad humana, es camino de maduración y de inserción social, es un estímulo constante para crecer en responsabilidad y en creatividad, es una protección frente a la tendencia al individualismo y a la comodidad, y es también dar gloria a Dios con el desarrollo de las propias capacidades.

272. No siempre un joven tiene la posibilidad de decidir a qué va a dedicar sus esfuerzos, en qué tareas va a desplegar sus energías y su capacidad de innovar. Porque además de los propios deseos, y aún más allá de las propias capacidades y del discernimiento que uno realice, están los duros límites de la realidad. Es verdad que no puedes vivir sin trabajar y que a veces tienes que aceptar lo que encuentres, pero nunca renuncies a tus sueños, nunca entierres definitivamente una vocación, nunca te des por vencido. Siempre sigue buscando, al menos, modos parciales o imperfectos de vivir lo que en tu discernimiento reconoces como una verdadera vocación.

273. Cuando uno descubre que Dios lo llama a algo, que está hecho para eso –sea la enfermería, la carpintería, la comunicación, la ingeniería, la docencia, el arte o cualquier otro trabajo– entonces será capaz de hacer brotar sus mejores capacidades de sacrificio, de generosidad y de entrega. Saber que uno no hace las cosas porque sí, sino con un significado, como respuesta a un llamado que resuena en lo más hondo de su ser para aportar algo a los demás, hace que esas tareas le den al propio corazón una experiencia especial de plenitud. Así lo decía el antiguo libro bíblico del Eclesiastés: «He visto que no hay nada mejor para el ser humano que gozarse en su trabajo» (Qo 3,22).

Vocaciones a una consagración especial
274. Si partimos de la convicción de que el Espíritu sigue suscitando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, podemos “volver a echar las redes” en nombre del Señor, con toda confianza. Podemos atrevernos, y debemos hacerlo, a decirle a cada joven que se pregunte por la posibilidad de seguir este camino.

275. Algunas veces hice esta propuesta a jóvenes que me respondieron casi con burla diciendo: “No, la verdad es que yo no voy para ese lado”. Sin embargo, años después algunos de ellos estaban en el Seminario. El Señor no puede faltar a su promesa de no dejar a la Iglesia privada de los pastores sin los cuales no podría vivir ni realizar su misión. Y si algunos sacerdotes no dan un buen testimonio, no por eso el Señor dejará de llamar. Al contrario, Él redobla la apuesta porque no deja de cuidar a su Iglesia amada.

276. En el discernimiento de una vocación no hay que descartar la posibilidad de consagrarse a Dios en el sacerdocio, en la vida religiosa o en otras formas de consagración. ¿Por qué excluirlo? Ten la certeza de que, si reconoces un llamado de Dios y lo sigues, eso será lo que te hará pleno.

277. Jesús camina entre nosotros como lo hacía en Galilea. Él pasa por nuestras calles, se detiene y nos mira a los ojos, sin prisa. Su llamado es atractivo, es fascinante. Pero hoy la ansiedad y la velocidad de tantos estímulos que nos bombardean hacen que no quede lugar para ese silencio interior donde se percibe la mirada de Jesús y se escucha su llamado. Mientras tanto, te llegarán muchas propuestas maquilladas, que parecen bellas e intensas, aunque con el tiempo solamente te dejarán vacío, cansado y solo. No dejes que eso te ocurra, porque el torbellino de este mundo te lleva a una carrera sin sentido, sin orientación, sin objetivos claros, y así se malograrán muchos de tus esfuerzos. Más bien busca esos espacios de calma y de silencio que te permitan reflexionar, orar, mirar mejor el mundo que te rodea, y entonces sí, con Jesús, podrás reconocer cuál es tu vocación en esta tierra.

CAPÍTULO NOVENO
El discernimiento

278. Sobre el discernimiento en general ya me detuve en la Exhortación apostólica Gaudete et exsultate. Permítanme retomar algunas de esas reflexiones aplicándolas al discernimiento de la propia vocación en el mundo.

279. Recuerdo que todos, pero «especialmente los jóvenes, están expuestos a un zapping constante. Es posible navegar en dos o tres pantallas simultáneamente e interactuar al mismo tiempo en diferentes escenarios virtuales. Sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento».[152] Y «esto resulta especialmente importante cuando aparece una novedad en la propia vida, y entonces hay que discernir si es el vino nuevo que viene de Dios o es una novedad engañosa del espíritu del mundo o del espíritu del diablo».[153]

280. Este discernimiento, «aunque incluya la razón y la prudencia, las supera, porque se trata de entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno […]. Está en juego el sentido de mi vida ante el Padre que me conoce y me ama, el verdadero para qué de mi existencia que nadie conoce mejor que Él».[154]

281. En este marco se sitúa la formación de la conciencia, que permite que el discernimiento crezca en hondura y en fidelidad a Dios: «Formar la conciencia es camino de toda una vida, en el que se aprende a nutrir los sentimientos propios de Jesucristo, asumiendo los criterios de sus decisiones y las intenciones de su manera de obrar (cf. Flp 2,5)».[155]

282. Esta formación implica dejarse transformar por Cristo y al mismo tiempo «una práctica habitual del bien, valorada en el examen de conciencia: un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios en la propia experiencia cotidiana, en los acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte, en el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites».[156]

Cómo discernir tu vocación
283. Una expresión del discernimiento es el empeño por reconocer la propia vocación. Es una tarea que requiere espacios de soledad y silencio, porque se trata de una decisión muy personal que otros no pueden tomar por uno: «Si bien el Señor nos habla de modos muy variados en medio de nuestro trabajo, a través de los demás, y en todo momento, no es posible prescindir del silencio de la oración detenida para percibir mejor ese lenguaje, para interpretar el significado real de las inspiraciones que creímos recibir, para calmar las ansiedades y recomponer el conjunto de la propia existencia a la luz de Dios».[157]

284. Este silencio no es una forma de aislamiento, porque «hay que recordar que el discernimiento orante requiere partir de una disposición a escuchar: al Señor, a los demás, a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas. Sólo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente […]. Así está realmente disponible para acoger un llamado que rompe sus seguridades pero que lo lleva a una vida mejor, porque no basta que todo vaya bien, que todo esté tranquilo. Dios puede estar ofreciendo algo más, y en nuestra distracción cómoda no lo reconocemos».[158]

285. Cuando se trata de discernir la propia vocación, es necesario hacerse varias preguntas. No hay que empezar preguntándose dónde se podría ganar más dinero, o dónde se podría obtener más fama y prestigio social, pero tampoco conviene comenzar preguntándose qué tareas le darían más placer a uno. Para no equivocarse hay que empezar desde otro lugar, y preguntarse: ¿me conozco a mí mismo, más allá de las apariencias o de mis sensaciones?, ¿conozco lo que alegra o entristece mi corazón?, ¿cuáles son mis fortalezas y mis debilidades? Inmediatamente siguen otras preguntas: ¿cómo puedo servir mejor y ser más útil al mundo y a la Iglesia?, ¿cuál es mi lugar en esta tierra?, ¿qué podría ofrecer yo a la sociedad? Luego siguen otras muy realistas: ¿tengo las capacidades necesarias para prestar ese servicio?, o ¿podría adquirirlas y desarrollarlas?

286. Estas preguntas tienen que situarse no tanto en relación con uno mismo y sus inclinaciones, sino con los otros, frente a ellos, de manera que el discernimiento plantee la propia vida en referencia a los demás. Por eso quiero recordar cuál es la gran pregunta: «Muchas veces, en la vida, perdemos tiempo preguntándonos: “Pero, ¿quién soy yo?”. Y tú puedes preguntarte quién eres y pasar toda una vida buscando quién eres. Pero pregúntate: “¿Para quién soy yo?”».[159] Eres para Dios, sin duda. Pero Él quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades, inclinaciones, dones y carismas que no son para ti, sino para otros.

El llamado del Amigo
287. Para discernir la propia vocación, hay que reconocer que esa vocación es el llamado de un amigo: Jesús. A los amigos, si se les regala algo, se les regala lo mejor. Y eso mejor no necesariamente es lo más caro o difícil de conseguir, sino lo que uno sabe que al otro lo alegrará. Un amigo percibe esto con tanta claridad que puede visualizar en su imaginación la sonrisa de su amigo cuando abra su regalo. Este discernimiento de amistad es el que propongo a los jóvenes como modelo si buscan encontrar cuál es la voluntad de Dios para sus vidas.

288. Quiero que sepan que cuando el Señor piensa en cada uno, en lo que desearía regalarle, piensa en él como su amigo personal. Y si tiene planeado regalarte una gracia, un carisma que te hará vivir tu vida a pleno y transformarte en una persona útil para los demás, en alguien que deje una huella en la historia, será seguramente algo que te alegrará en lo más íntimo y te entusiasmará más que ninguna otra cosa en este mundo. No porque lo que te vaya a dar sea un carisma extraordinario o raro, sino porque será justo a tu medida, a la medida de tu vida entera.

289. El regalo de la vocación será sin duda un regalo exigente. Los regalos de Dios son interactivos y para gozarlos hay que poner mucho en juego, hay que arriesgar. Pero no será la exigencia de un deber impuesto por otro desde afuera, sino algo que te estimulará a crecer y a optar para que ese regalo madure y se convierta en don para los demás. Cuando el Señor suscita una vocación no sólo piensa en lo que eres sino en todo lo que junto a Él y a los demás podrás llegar a ser.

290. La potencia de la vida y la fuerza de la propia personalidad se alimentan mutuamente en el interior de cada joven y lo impulsan a ir más allá de todo límite. La inexperiencia permite que esto fluya, aunque bien pronto se transforma en experiencia, muchas veces dolorosa. Es importante poner en contacto este deseo de «lo infinito del comienzo todavía no puesto a prueba»[160] con la amistad incondicional que nos ofrece Jesús. Antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos propone para elegir es un seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se encuentran por pura amistad. Todo lo demás viene después, y hasta los fracasos de la vida podrán ser una inestimable experiencia de esa amistad que nunca se rompe.

Escucha y acompañamiento
291. Hay sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, profesionales, e incluso jóvenes capacitados, que pueden acompañar a los jóvenes en su discernimiento vocacional. Cuando nos toca ayudar a otro a discernir el camino de su vida, lo primero es escuchar. Y esta escucha supone tres sensibilidades o atenciones distintas y complementarias:

292. La primera sensibilidad o atención es a la persona. Se trata de escuchar al otro que se nos está dando él mismo en sus palabras. El signo de esta escucha es el tiempo que le dedico al otro. No es cuestión de cantidad sino de que el otro sienta que mi tiempo es suyo: el que él necesita para expresarme lo que quiera. Él debe sentir que lo escucho incondicionalmente, sin ofenderme, sin escandalizarme, sin molestarme, sin cansarme. Esta escucha es la que el Señor ejercita cuando se pone a caminar al lado de los discípulos de Emaús y los acompaña largo rato por un camino que iba en dirección opuesta a la dirección correcta (cf. Lc 24,13-35). Cuando Jesús hace ademán de seguir adelante porque ellos han llegado a su casa, ahí comprenden que les había regalado su tiempo, y entonces le regalan el suyo, brindándole hospedaje. Esta escucha atenta y desinteresada indica el valor que tiene la otra persona para nosotros, más allá de sus ideas y de sus elecciones de vida.

293. La segunda sensibilidad o atención es discernidora. Se trata de pescar el punto justo en el que se discierne la gracia o la tentación. Porque a veces las cosas que se nos cruzan por la imaginación son sólo tentaciones que nos apartan de nuestro verdadero camino. Aquí necesito preguntarme qué me está diciendo exactamente esa persona, qué me quiere decir, qué desea que comprenda de lo que le pasa. Son preguntas que ayudan a entender dónde se encadenan los argumentos que mueven al otro y a sentir el peso y el ritmo de sus afectos influenciados por esta lógica. Esta escucha se orienta a discernir las palabras salvadoras del buen Espíritu, que nos propone la verdad del Señor, pero también las trampas del mal espíritu –sus falacias y sus seducciones–. Hay que tener la valentía, el cariño y la delicadeza necesarios para ayudar al otro a reconocer la verdad y los engaños o excusas.

294. La tercera sensibilidad o atención se inclina a escuchar los impulsos que el otro experimenta “hacia adelante”. Es la escucha profunda de “hacia dónde quiere ir verdaderamente el otro”. Más allá de lo que siente y piensa en el presente y de lo que ha hecho en el pasado, la atención se orienta hacia lo que quisiera ser. A veces esto implica que la persona no mire tanto lo que le gusta, sus deseos superficiales, sino lo que más agrada al Señor, su proyecto para la propia vida que se expresa en una inclinación del corazón, más allá de la cáscara de los gustos y sentimientos. Esta escucha es atención a la intención última, que es la que en definitiva decide la vida, porque existe Alguien como Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón. Por eso Él está siempre dispuesto a ayudar a cada uno para que la reconozca, y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia de mí!”.

295. Entonces sí el discernimiento se convierte en un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor.[161] De ese modo, el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una intensidad suprema, una calidad diferente y un nivel superior, que responde mucho mejor a la dignidad de la propia vida. Porque en definitiva un buen discernimiento es un camino de libertad que hace aflorar eso único de cada persona, eso que es tan suyo, tan personal, que sólo Dios lo conoce. Los otros no pueden ni comprender plenamente ni prever desde afuera cómo se desarrollará.

296. Por lo tanto, cuando uno escucha a otro de esta manera, en algún momento tiene que desaparecer para dejar que él siga ese camino que ha descubierto. Es desaparecer como desaparece el Señor de la vista de sus discípulos y los deja solos con el ardor del corazón que se convierte en impulso irresistible de ponerse en camino (cf. Lc 24,31-33). De regreso a la comunidad, los discípulos de Emaús recibirán la confirmación de que verdaderamente ha resucitado el Señor (cf. Lc 24,34).

297. Ya que «el tiempo es superior al espacio»,[162] hay que suscitar y acompañar procesos, no imponer trayectos. Y son procesos de personas que siempre son únicas y libres. Por eso es difícil armar recetarios, aun cuando todos los signos sean positivos, ya que «se trata de someter los mismos factores positivos a un cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro ni estén en contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de los factores negativos: no hay que rechazarlos en bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún valor, que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad».[163]

298. Pero para acompañar a otros en este camino, primero necesitas tener el hábito de recorrerlo tú mismo. María lo hizo, afrontando sus preguntas y sus propias dificultades cuando era muy joven. Que ella renueve tu juventud con la fuerza de su plegaria y te acompañe siempre con su presencia de Madre.

* * *

Y al final... un deseo
299. Queridos jóvenes, seré feliz viéndolos correr más rápido que los lentos y temerosos. Corran «atraídos por ese Rostro tan amado, que adoramos en la Sagrada Eucaristía y reconocemos en la carne del hermano sufriente. El Espíritu Santo los empuje en esta carrera hacia adelante. La Iglesia necesita su entusiasmo, sus intuiciones, su fe. ¡Nos hacen falta! Y cuando lleguen donde nosotros todavía no hemos llegado, tengan paciencia para esperarnos».[164]

Loreto, junto al Santuario de la Santa Casa, 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor, del año 2019, séptimo de pontificado

FRANCISCO

_________________________

[1] La misma palabra griega que se traduce como “nuevo” se utiliza para expresar “joven”.
[2]
Confesiones, X, 27: PL 32, 795.
[3]
S. Ireneo, Contra las herejías, II, 22,4: PG 7, 784.
[4]
Documento Final de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 60. En adelante este documento se citará con la sigla DF. Se puede encontrar en: http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20181027_doc-final-instrumentum-xvassemblea-giovani_sp.html
[5]
Catecismo de la Iglesia Católica, 515.
[6]
Ibíd., 517.
[7]
Catequesis (27 junio 1990), 2-3: Insegnamenti 13,1 (1990), 1680-1681.
[8]
Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 182: AAS 108 (2016), 384.
[9]
DF 63.
[10]
Conc. Ecum. Vat. II, Mensaje a la humanidad: A los jóvenes (7 diciembre 1965): AAS 58 (1966), 18.
[11]
Ibíd.
[12]
DF 1.
[13]
Ibíd., 8.
[14]
Ibíd., 50.
[15]
Ibíd., 53.
[16]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 8.
[17]
DF 150.
[18]
Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 12.
[19]
Oración conclusiva del Vía Crucis en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (25 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 8.
[20]
DF 65.
[21]
Ibíd., 167.
[22]
S. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes en Turín (13 abril 1980), 4: Insegnamenti 3,1 (1980), 905.
[23]
Benedicto XVI, Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud (15 marzo 2012): AAS 104 (2012), 359.
[24]
DF 8.
[25]
Ibíd.
[26]
Ibíd., 10.
[27]
Ibíd., 11.
[28]
Ibíd., 12.
[29]
Ibíd., 41.
[30]
Ibíd., 42.
[31]
Discurso a los jóvenes en Manila (18 enero 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (23 enero 2015), p. 12.
[32]
DF 34.
[33]
Documento de la Reunión pre-sinodal para la preparación de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (24 marzo 2018), I, 1.
[34]
DF 39.
[35]
Ibíd., 37.
[36]
Cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 106: AAS 107 (2015), 889-890.
[37]
DF 37.
[38]
Ibíd., 67.
[39]
Ibíd., 21.
[40]
Ibíd., 22.
[41]
Ibíd., 23.
[42]
Ibíd., 24.
[43]
Documento de la Reunión pre-sinodal para la preparación de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (24 marzo 2018), I, 4.
[44]
DF 25.
[45]
Ibíd.
[46]
Ibíd., 26.
[47]
Ibíd., 27.
[48]
Ibíd., 28.
[49]
Ibíd., 29.
[50]
Discurso conclusivo del encuentro sobre “La protección de los menores en la Iglesia” (24 febrero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 marzo 2019), p. 9.
[51]
DF 29.
[52]
Carta al Pueblo de Dios (20 agosto 2018), 2: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (24 agosto 2018), p. 6.
[53]
DF 30.
[54]
Discurso a la primera Congregación general de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (3 octubre 2018): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (5 octubre 2018), p. 10.
[55]
DF 31.
[56]
Ibíd.
[57]
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1.
[58]
DF 31.
[59]
Ibíd., 31.
[60]
Discurso conclusivo del encuentro sobre “La protección de los menores en la Iglesia” (24 febrero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 marzo 2019), p. 10.
[61]
Francisco Luis Bernárdez, «Soneto», en Cielo de tierra, Buenos Aires 1937.
[62]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 140.
[63]
Homilía en la Santa Misa para la XXXI Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia (31 julio 2016): AAS 108 (2016), 923.
[64]
Discurso en la ceremonia de apertura de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (24 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (25 enero 2019), p. 7.
[65]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 1: AAS 105 (2013), 1019.
[66]
Ibíd., 3: 1020.
[67]
Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 13.
[68]
Discurso en el encuentro con los jóvenes durante el Sínodo (6 octubre 2018): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (12 octubre 2018), pp. 6-7.
[69]
Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1: AAS 98 (2006), 217.
[70]
Pedro Arrupe, Enamórate.
[71]
S. Pablo VI, Alocución para la beatificación de Nunzio Sulprizio (1 diciembre 1963): AAS 56 (1964), 28.
[72]
DF 65.
[73]
Homilía en la Santa Misa con los jóvenes en Sídney (2 diciembre 1970): AAS 63 (1971), 64.
[74]
Confesiones, I, 1, 1: PL 32, 661.
[75]
Dios es joven. Una conversación con Thomas Leoncini, ed. Planeta, Barcelona 2018, 16-17.
[76]
DF 68.
[77]
Encuentro con los jóvenes en Cagliari (22 septiembre 2013): AAS 105 (2013), 904-905.
[78]
Cinco panes y dos peces: un gozoso testimonio de fe desde el sufrimiento en la cárcel, México 1999, 21.
[79]
Conferencia Episcopal Suiza, Prendre le temps: pour toi, pour moi, pour nous (2 febrero 2018).
[80]
Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 23, art. 1.
[81]
Discurso a los voluntarios de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (27 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 17.
[82]
S. Óscar Romero, Homilía (6 noviembre 1977): Su pensamiento, I-II, San Salvador 2000, 312.
[83]
Discurso en la ceremonia de apertura de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (24 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (25 enero 2019), p. 6.
[84]
Cf. Encuentro con los jóvenes en el Santuario Nacional de Maipú, Santiago de Chile (17 enero 2018): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (19 enero 2018), p. 11.
[85]
Cf. Romano Guardini, Le età della vita, en Opera omnia IV, 1, Brescia 2015, 209.
[86]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 11.
[87]
Cántico Espiritual B, Prólogo, 2.
[88]
Ibíd., XIV-XV, 2.
[89]
Conferencia Episcopal de Ruanda, Carta de los Obispos católicos a los fieles durante el año especial de la reconciliación en Ruanda, Kigali (18 enero 2018), 17.
[90]
Saludo a los jóvenes del Centro Cultural Padre Félix Varela en La Habana (20 septiembre 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (25 septiembre 2015), p. 5.
[91]
DF 46.
[92]
Discurso en la Vigilia de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro (27 julio 2013): AAS 105 (2013), 663.
[93]
Ustedes son la luz del mundo, Discurso en el Cerro San Cristóbal, Chile, 1940, en: https://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/.
[94]
Homilía en la Santa Misa de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro (28 julio 2013): AAS 105 (2013), 665.
[95]
Conferencia Episcopal de Corea, Carta pastoral con motivo del 150 aniversario del martirio durante la persecución Byeong-in (30 marzo 2016).
[96]
Cf. Homilía en la Santa Misa para la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (27 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), pp. 14-15.
[97]
Oración “Señor, hazme un instrumento de tu paz”, atribuida a S. Francisco de Asís.
[98]
Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 13.
[99]
DF 14.
[100]
Cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 145: AAS 107 (2015), 906.
[101]
Videomensaje para el Encuentro Mundial de la Juventud Indígena en Panamá (17-21 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (25 enero 2019), p. 10.
[102]
DF 35.
[103]
Cf. Carta a los jóvenes, I, 2: PG 31, 566.
[104]
Cf. Papa Francisco y amigos, La sabiduría de los años, ed. Mensajero, Bilbao 2018.
[105]
Ibíd., 12.
[106]
Ibíd., 13.
[107]
Ibíd.
[108]
Ibíd.
[109]
Ibíd., 162-163.
[110]
Eduardo Pironio, Mensaje a los jóvenes argentinos en el Encuentro Nacional de Jóvenes en Córdoba (12-15 septiembre 1985), 2.
[111]
DF 123.
[112]
La esencia del cristianismo, ed. Cristiandad, Madrid 2002, 17.
[113]
N. 165: AAS 105 (2013), 1089.
[114]
Discurso en la visita al Hogar Buen Samaritano en Panamá (27 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 16.
[115]
DF 36.
[116]
Cf. Const. ap. Veritatis gaudium (8 diciembre 2017), 4: AAS 110 (2018), 7-8.
[117]
Discurso en el encuentro con los estudiantes y el mundo académico en Plaza San Domenico de Bolonia (1 octubre 2017): AAS 109 (2017), 1115.
[118]
DF 51.
[119]
Ibíd., 47.
[120]
Sermo 256, 3: PL 38, 1193.
[121]
DF 47.
[122]
Discurso a una delegación de “Special Olympics International” (16 febrero 2017): L’Osservatore Romano (17 febrero 2017), p. 8.
[123]
Carta a los jóvenes, VIII, 11-12: PG 31, 580.
[124]
Conferencia Episcopal Argentina, Declaración de San Miguel, Buenos Aires 1969, X, 1.
[125]
Rafael Tello, La nueva evangelización, Tomo II (Anexos I y II), Buenos Aires 2013, 111.
[126]
Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44-45: AAS 105 (2013), 1038-1039.
[127]
DF 70.
[128]
Ibíd., 117.
[129]
Ibíd., 4.
[130]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 124: AAS 105 (2013), 1072.
[131]
Ibíd., 122: 1071.
[132]
DF 9.
[133]
Documento de la Reunión pre-sinodal para la preparación de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (24 marzo 2018), 12.
[134]
Ibíd., 10.
[135]
DF 15.
[136]
N. 2.
[137]
Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
[138]
Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 12.
[139]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 273: AAS 105 (2013), 1130.
[140]
S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 15: AAS 59 (1967), 265.
[141]
Meditación de Semana Santa para jóvenes, escrita a bordo de un barco de carga, regresando de Estados Unidos, 1946, en:http://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/.
[142]
Encuentro con los jóvenes de Umbría en Asís (4 octubre 2013): AAS 105 (2013), 921.
[143]
Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 150: AAS 108 (2016), 369.
[144]
Audiencia a los jóvenes de la diócesis de Grenoble-Vienne (17 septiembre 2018): L’Osservatore Romano (19 septiembre 2018), p. 8.
[145]
DF 32.
[146]
Encuentro con los voluntarios de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro (28 julio 2013): Insegnamenti, 1,2 (2013), 125.
[147]
Conferencia Episcopal de Colombia, Mensaje Cristiano sobre el matrimonio (14 mayo 1981).
[148]
Conferencia de Los Obispos Católicos de Los Estados Unidos, Sons and Daughters of Light: A Pastoral Plan for Ministry with Young Adults (12 noviembre 1996), I, 3.
[149]
Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 128: AAS 107 (2015), 898.
[150]
Ibíd., 125: 897.
[151]
DF 40.
[152]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 167.
[153]
Ibíd., 168.
[154]
Ibíd., 170.
[155]
DF 108.
[156]
Ibíd.
[157]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 171.
[158]
Ibíd., 172.
[159]
Discurso en la Vigilia de oración en preparación para la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud, Basílica de Santa María la Mayor (8 abril 2017): AAS 109 (2017), 447.
[160]
Romano Guardini, Le età della vita, en Opera omnia IV, 1, Brescia 2015, 209.
[161]
Cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 169.
[162]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 222: AAS 105 (2013), 1111.
[163]
S. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsin. Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 10: AAS 84 (1992), 672.
[164]
Encuentro y oración con jóvenes italianos en el Circo Máximo de Roma (11 agosto 2018): L’Osservatore Romano (13-14 agosto 2018), p. 6.

[00556-ES.01] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

ESORTAZIONE APOSTOLICA POSTSINODALE
CHRISTUS VIVIT

DEL SANTO PADRE FRANCESCO
AI GIOVANI E A TUTTO IL POPOLO DI DIO

1. Cristo vive. Egli è la nostra speranza e la più bella giovinezza di questo mondo. Tutto ciò che Lui tocca diventa giovane, diventa nuovo, si riempie di vita. Perciò, le prime parole che voglio rivolgere a ciascun giovane cristiano sono: Lui vive e ti vuole vivo!

2. Lui è in te, Lui è con te e non se ne va mai. Per quanto tu ti possa allontanare, accanto a te c’è il Risorto, che ti chiama e ti aspetta per ricominciare. Quando ti senti vecchio per la tristezza, i rancori, le paure, i dubbi o i fallimenti, Lui sarà lì per ridarti la forza e la speranza.

3. A tutti i giovani cristiani scrivo con affetto questa Esortazione apostolica, vale a dire una lettera che richiama alcune convinzioni della nostra fede e, nello stesso tempo, incoraggia a crescere nella santità e nell’impegno per la propria vocazione. Tuttavia, dato che si tratta di una pietra miliare nell’ambito di un cammino sinodale, mi rivolgo contemporaneamente a tutto il Popolo di Dio, ai pastori e ai fedeli, perché la riflessione sui giovani e per i giovani interpella e stimola tutti noi. Pertanto, in alcuni paragrafi parlerò direttamente ai giovani e in altri proporrò approcci più generali per il discernimento ecclesiale.

4. Mi sono lasciato ispirare dalla ricchezza delle riflessioni e dei dialoghi del Sinodo dell’anno scorso. Non potrò raccogliere qui tutti i contributi, che potrete leggere nel Documento Finale, ma ho cercato di recepire, nella stesura di questa lettera, le proposte che mi sembravano più significative. In questo modo, la mia parola sarà arricchita da migliaia di voci di credenti di tutto il mondo che hanno fatto arrivare le loro opinioni al Sinodo. Anche i giovani non credenti, che hanno voluto partecipare con le loro riflessioni, hanno proposto questioni che hanno fatto nascere in me nuove domande.

CAPITOLO PRIMO
Che cosa dice la Parola di Dio sui giovani?

5. Andiamo a recuperare alcuni tesori delle Sacre Scritture, in cui diverse volte si parla dei giovani e di come il Signore va loro incontro.

Nell’Antico Testamento
6. In un’epoca in cui i giovani contavano poco, alcuni testi mostrano che Dio guarda con altri occhi. Ad esempio, vediamo che Giuseppe era quasi il più piccolo della famiglia (cfr Gen 37,2-3). Tuttavia, Dio gli comunicò grandi cose in sogno ed egli superò tutti i suoi fratelli in incarichi importanti quando aveva circa vent’anni (cfr Gen 37-47).

7. In Gedeone riconosciamo la sincerità dei giovani, che non hanno l’abitudine di addolcire la realtà. Quando gli fu detto che il Signore era con lui, rispose: «Se il Signore è con noi, perché ci è capitato tutto questo?» (Gdc 6,13). Dio però non fu infastidito da quel rimprovero e gli raddoppiò la posta in gioco: «Va’ con questa tua forza e salva Israele» (Gdc 6,14).

8. Samuele era un giovane insicuro, ma il Signore comunicava con lui. Grazie al consiglio di un adulto, aprì il suo cuore per ascoltare la chiamata di Dio: «Parla Signore, perché il tuo servo ti ascolta» (1 Sam 3,9.10). Per questo è stato un grande profeta che è intervenuto in momenti importanti per la sua patria. Anche il re Saul era un giovane quando il Signore lo chiamò a compiere la sua missione (cfr 1 Sam 9,2).

9. Il re Davide è stato scelto quando era un ragazzo. Quando il profeta Samuele stava cercando il futuro re d’Israele, un uomo gli presentò come candidati i suoi figli più grandi e più esperti. Il profeta, però, disse che il prescelto era il giovane Davide, che pascolava le pecore (cfr 1 Sam 16,6-13), perché «l’uomo vede l’apparenza, ma il Signore vede il cuore» (v. 7). La gloria della gioventù sta nel cuore più che nella forza fisica o nell’impressione che si provoca negli altri.

10. Salomone, quando doveva succedere a suo padre, si sentì perduto e disse a Dio: «Io sono solo un ragazzo; non so come regolarmi» (1 Re 3,7). Tuttavia, l’audacia della giovinezza lo spinse a chiedere a Dio la saggezza e si dedicò alla sua missione. Qualcosa di simile accadde al profeta Geremia, chiamato a risvegliare il suo popolo quando era molto giovane. Nel suo timore disse: «Ahimè, Signore Dio! Ecco, io non so parlare, perché sono giovane» (Ger 1,6), ma il Signore gli chiese di non dire così (cfr Ger 1,7) e aggiunse: «Non aver paura di fronte a loro, perché io sono con te per proteggerti» (Ger 1,8). La dedizione del profeta Geremia alla sua missione mostra ciò che diventa possibile se si uniscono la freschezza della gioventù e la forza di Dio.

11. Una ragazzina ebrea, che era al servizio del militare straniero Naaman, intervenne con fede per aiutarlo a guarire dalla sua malattia (cfr 2 Re 5,2-6). La giovane Rut fu un esempio di generosità nel rimanere con la suocera caduta in disgrazia (cfr Rt 1,1-18) e mostrò anche la sua audacia per andare avanti nella vita (cfr Rt 4,1-17).

Nel Nuovo Testamento
12. Racconta una parabola di Gesù (cfr Lc 15,11-32) che il figlio “più giovane” volle andarsene dalla casa paterna verso un paese lontano (cfr vv. 12-13). Ma i suoi sogni di autonomia si trasformarono in libertinaggio e dissolutezza (cfr v. 13) e sperimentò la durezza della solitudine e della povertà (cfr vv. 14-16). Tuttavia, fu capace di ripensarci per ricominciare (cfr vv. 17-19) e decise di alzarsi (cfr v. 20). È tipico del cuore giovane essere disponibile al cambiamento, essere in grado di rialzarsi e lasciarsi istruire dalla vita. Come non accompagnare il figlio in questa nuova impresa? Il fratello maggiore, però, aveva già un cuore vecchio e si lasciò possedere dall’avidità, dall’egoismo e dall’invidia (cfr vv. 28-30). Gesù elogia il giovane peccatore che riprende la buona strada più di colui che crede di essere fedele ma non vive lo spirito dell’amore e della misericordia.

13. Gesù, l’eternamente giovane, vuole donarci un cuore sempre giovane. La Parola di Dio ci chiede: «Togliete via il lievito vecchio, per essere pasta nuova» (1 Cor 5,7). Al tempo stesso, ci invita a spogliarci dell’«uomo vecchio» per rivestirci dell’uomo «nuovo» (cfr Col 3,9.10).[1] E quando spiega cosa significa rivestirsi di quella giovinezza «che si rinnova» (v. 10), dice che vuol dire avere «sentimenti di tenerezza, di bontà, di umiltà, di mansuetudine, di magnanimità, sopportandovi a vicenda e perdonandovi gli uni gli altri, se qualcuno avesse di che lamentarsi nei riguardi di un altro» (Col 3,12-13). Ciò significa che la vera giovinezza consiste nell’avere un cuore capace di amare. Viceversa, ad invecchiare l’anima è tutto ciò che ci separa dagli altri. Ecco perché conclude: «Ma sopra tutte queste cose rivestitevi della carità, che le unisce in modo perfetto» (Col 3,14).

14. Notiamo che a Gesù non piaceva il fatto che gli adulti guardassero con disprezzo i più giovani o li tenessero al loro servizio in modo dispotico. Al contrario, chiedeva: «Chi tra voi è più grande diventi come il più giovane» (Lc 22,26). Per Lui, l’età non stabiliva privilegi, e che qualcuno avesse meno anni non significava che valesse di meno o che avesse meno dignità.

15. La Parola di Dio dice che i giovani vanno trattati «come fratelli» (1 Tm 5,1) e raccomanda ai genitori: «Non esasperate i vostri figli, perché non si scoraggino» (Col 3,21). Un giovane non può essere scoraggiato, la sua caratteristica è sognare grandi cose, cercare orizzonti ampi, osare di più, aver voglia di conquistare il mondo, saper accettare proposte impegnative e voler dare il meglio di sé per costruire qualcosa di migliore. Per questo insisto coi giovani che non si lascino rubare la speranza e ad ognuno ripeto: «Nessuno disprezzi la tua giovane età» (1 Tm 4,12).

16. Tuttavia, nello stesso tempo ai giovani si raccomanda: «Siate sottomessi agli anziani» (1 Pt 5,5). La Bibbia invita sempre ad avere un profondo rispetto per gli anziani, perché possiedono un patrimonio di esperienza, hanno sperimentato i successi e i fallimenti, le gioie e i grandi dolori della vita, le speranze e le delusioni, e nel silenzio del loro cuore custodiscono tante storie che possono aiutarci a non sbagliare e a non essere ingannati da falsi miraggi. La parola di un anziano saggio invita a rispettare certi limiti e a sapersi dominare al momento giusto: «Esorta ancora i più giovani a essere prudenti» (Tt 2,6). Non va bene cadere nel culto della gioventù, oppure in un atteggiamento giovanile che disprezza gli altri per i loro anni o perché sono di un’altra epoca. Gesù diceva che la persona saggia sa estrarre cose nuove e cose antiche dal suo tesoro (cfr Mt 13,52). Un giovane saggio si apre al futuro, ma è sempre capace di valorizzare qualcosa dell’esperienza degli altri.

17. Nel Vangelo di Marco compare una persona che, quando Gesù gli ricorda i comandamenti, afferma: «Tutte queste cose le ho osservate fin dalla mia giovinezza» (10,20). Lo diceva già il Salmo: «Sei tu, mio Signore, la mia speranza, la mia fiducia, Signore, fin dalla mia giovinezza. [...] Fin dalla giovinezza, o Dio, mi hai istruito e oggi ancora proclamo le tue meraviglie» (71,5.17). Non bisogna pentirsi di spendere la propria gioventù essendo buoni, aprendo il cuore al Signore, vivendo in un modo diverso. Nulla di tutto ciò ci toglie la giovinezza, bensì la rafforza e la rinnova: «Si rinnova come aquila la tua giovinezza» (Sal 103,5). Per questo S. Agostino si lamentava: «Tardi ti ho amato, bellezza così antica e così nuova! Tardi ti ho amato!».[2] Tuttavia quell’uomo ricco, che era stato fedele a Dio nella sua giovinezza, lasciò che gli anni gli portassero via i sogni, e preferì rimanere attaccato ai propri beni (cfr Mc 10,22).

18. Invece, nel Vangelo di Matteo appare un giovane (cfr Mt 19,20.22) che si avvicina a Gesù per chiedere di più (cfr v. 20), con quello spirito aperto tipico dei giovani, alla ricerca di nuovi orizzonti e grandi sfide. In realtà, il suo spirito non era così giovane, perché si era già aggrappato alle ricchezze e alle comodità. Con la bocca affermava di volere qualcosa di più, ma quando Gesù gli chiese di essere generoso e di distribuire i suoi beni, si rese conto che non era capace di staccarsi da ciò che possedeva. Alla fine, «udita questa parola, il giovane se ne andò, triste» (v. 22). Aveva rinunciato alla sua giovinezza.

19. Il Vangelo ci parla anche di alcune giovani prudenti che erano pronte e attente, mentre altre vivevano distratte e addormentate (cfr Mt 25,1-13). Infatti, si può trascorrere la propria giovinezza distratti, volando sulla superficie della vita, addormentati, incapaci di coltivare relazioni profonde e di entrare nel cuore della vita. In questo modo si prepara un futuro povero, senza sostanza. Oppure si può spendere la propria giovinezza coltivando cose belle e grandi, e in questo modo preparare un futuro pieno di vita e di ricchezza interiore.

20. Se hai perso il vigore interiore, i sogni, l’entusiasmo, la speranza e la generosità, davanti a te si presenta Gesù come si presentò davanti al figlio morto della vedova, e con tutta la sua potenza di Risorto il Signore ti esorta: «Ragazzo, dico a te, alzati!» (Lc 7,14).

21. Indubbiamente ci sono molti altri testi della Parola di Dio che possono illuminarci su questa stagione della vita. Ne analizzeremo alcuni nei prossimi capitoli.

CAPITOLO SECONDO
Gesù Cristo sempre giovane

22. Gesù è «giovane tra i giovani per essere l’esempio dei giovani e consacrarli al Signore».[3] Per questo il Sinodo ha affermato che «la giovinezza è un periodo originale e stimolante della vita, che Gesù stesso ha vissuto, santificandola».[4] Cosa ci racconta il Vangelo sulla giovinezza di Gesù?

La giovinezza di Gesù
23. Il Signore «emise lo spirito» (Mt 27,50) su una croce quando aveva poco più di trent’anni (cfr Lc 3,23). È importante prendere coscienza che Gesù è stato un giovane. Ha dato la sua vita in una fase che oggi è definita come quella di un giovane-adulto. Nel pieno della sua giovinezza iniziò la sua missione pubblica e così «una luce è sorta» (Mt 4,16), specialmente quando diede la sua vita fino alla fine. Questo finale non è stato improvvisato, al contrario tutta la sua giovinezza è stata una preparazione preziosa, in ognuno dei suoi momenti, perché «tutto nella vita di Gesù è segno del suo mistero»[5] e «tutta la vita di Cristo è mistero di redenzione».[6]

24. Il Vangelo non parla della fanciullezza di Gesù, ma ci racconta alcuni avvenimenti della sua adolescenza e giovinezza. Matteo colloca questo periodo della giovinezza del Signore tra due eventi: il ritorno della sua famiglia a Nazaret, dopo il tempo di esilio, e il suo battesimo nel Giordano, dove ha iniziato la sua missione pubblica. Le ultime immagini di Gesù bambino sono quella di un piccolo rifugiato in Egitto (cfr Mt 2,14-15) e poi quella di un rimpatriato a Nazaret (cfr Mt 2,19-23). Le prime immagini di Gesù giovane-adulto sono quelle che ce lo presentano tra la folla accanto al fiume Giordano, venuto per farsi battezzare da suo cugino Giovanni il Battista come uno dei tanti del suo popolo (cfr Mt 3,13-17).

25. Quel battesimo non era come il nostro, che ci introduce alla vita della grazia, bensì è stata una consacrazione prima di iniziare la grande missione della sua vita. Il Vangelo dice che il suo battesimo è stato motivo della gioia e del beneplacito del Padre: «Tu sei il Figlio mio, l’amato» (Lc 3,22). Immediatamente Gesù è apparso ricolmo di Spirito Santo ed è stato condotto dallo Spirito nel deserto. In questo modo, era pronto per andare a predicare e a fare prodigi, per liberare e guarire (cfr Lc 4,1-14). Ogni giovane, quando si sente chiamato a compiere una missione su questa terra, è invitato a riconoscere nella sua interiorità quelle stesse parole che Dio Padre gli rivolge: «Tu sei mio figlio amato».

26. Tra questi racconti, ne troviamo uno che mostra Gesù in piena adolescenza. È quando ritornò con i suoi genitori a Nazaret, dopo che lo avevano perso e ritrovato nel Tempio (cfr Lc 2,41-51). Qui dice che «stava loro sottomesso» (cfr Lc 2,51), perché non aveva rinnegato la sua famiglia. Subito Luca aggiunge che Gesù «cresceva in sapienza, età e grazia davanti a Dio e agli uomini» (Lc 2,52). Vale a dire, si stava preparando e in quel periodo stava approfondendo il suo rapporto con il Padre e con gli altri. San Giovanni Paolo II ha spiegato che non cresceva solo fisicamente, ma che «vi è stata in Gesù anche una crescita spirituale» perché «la pienezza di grazia in Gesù era relativa all’età: c’era sempre pienezza, ma una pienezza crescente col crescere dell’età».[7]

27. In base a questi dati evangelici possiamo affermare che, nella sua fase giovanile, Gesù si stava “formando”, si stava preparando a realizzare il progetto del Padre. La sua adolescenza e la sua giovinezza lo hanno orientato verso quella missione suprema.

28. Nell’adolescenza e nella giovinezza il suo rapporto con il Padre era quello del Figlio amato; attratto dal Padre, cresceva occupandosi delle sue cose: «Non sapevate che io devo occuparmi delle cose del Padre mio?» (Lc 2,49). Tuttavia, non dobbiamo pensare che Gesù fosse un adolescente solitario o un giovane che pensava a sé stesso. Il suo rapporto con la gente era quello di un giovane che condivideva tutta la vita di una famiglia ben integrata nel villaggio. Aveva imparato il lavoro del padre e poi lo ha sostituito come falegname. Per questo, nel Vangelo in una occasione viene chiamato «il figlio del falegname» (Mt 13,55) e un’altra volta semplicemente «il falegname» (Mc 6,3). Questo dettaglio mostra che era un ragazzo del villaggio come gli altri e che aveva relazioni del tutto normali. Nessuno lo considerava un giovane strano o separato dagli altri. Proprio per questo motivo, quando Gesù si presentò a predicare, la gente non si spiegava da dove prendesse quella saggezza: «Non è costui il figlio di Giuseppe?» (Lc 4,22).

29. Il fatto è che «neppure Gesù crebbe in una relazione chiusa ed esclusiva con Maria e Giuseppe, ma si muoveva con piacere nella famiglia allargata in cui c’erano parenti e amici».[8] Comprendiamo così perché, al momento di ritornare dal pellegrinaggio a Gerusalemme, i genitori fossero tranquilli pensando che quel ragazzo di dodici anni (cfr Lc 2,42) camminasse liberamente tra la gente, benché non lo vedessero per un giorno intero: «credendo che egli fosse nella comitiva, fecero una giornata di viaggio» (Lc 2,44). Di certo – pensavano – Gesù stava lì, andava e veniva in mezzo agli altri, scherzava con quelli della sua età, ascoltava i racconti degli adulti e condivideva le gioie e le tristezze della carovana. Il termine greco usato da Luca per la carovana dei pellegrini – synodía – indica precisamente questa “comunità in cammino” di cui la Santa Famiglia è parte. Grazie alla fiducia dei suoi genitori, Gesù si muove con libertà e impara a camminare con tutti gli altri.

La sua giovinezza ci illumina
30. Questi aspetti della vita di Gesù possono costituire un’ispirazione per ogni giovane che cresce e si prepara a compiere la sua missione. Ciò comporta maturare nel rapporto con il Padre, nella consapevolezza di essere uno dei membri della famiglia e della comunità, e nell’apertura ad essere colmato dallo Spirito e condotto a compiere la missione che Dio affida, la propria vocazione. Nulla di tutto questo dovrebbe essere ignorato nella pastorale giovanile, per non creare progetti che isolino i giovani dalla famiglia e dal mondo, o che li trasformino in una minoranza selezionata e preservata da ogni contagio. Abbiamo bisogno, piuttosto, di progetti che li rafforzino, li accompagnino e li proiettino verso l’incontro con gli altri, il servizio generoso, la missione.

31. Gesù non illumina voi, giovani, da lontano o dall’esterno, ma partendo dalla sua stessa giovinezza, che egli condivide con voi. È molto importante contemplare il Gesù giovane che ci mostrano i Vangeli, perché Egli è stato veramente uno di voi, e in Lui si possono riconoscere molti aspetti tipici dei cuori giovani. Lo vediamo, ad esempio, nelle seguenti caratteristiche: «Gesù ha avuto una incondizionata fiducia nel Padre, ha curato l’amicizia con i suoi discepoli, e persino nei momenti di crisi vi è rimasto fedele. Ha manifestato una profonda compassione nei confronti dei più deboli, specialmente i poveri, gli ammalati, i peccatori e gli esclusi. Ha avuto il coraggio di affrontare le autorità religiose e politiche del suo tempo; ha fatto l’esperienza di sentirsi incompreso e scartato; ha provato la paura della sofferenza e conosciuto la fragilità della Passione; ha rivolto il proprio sguardo verso il futuro affidandosi alle mani sicure del Padre e alla forza dello Spirito. In Gesù tutti i giovani possono ritrovarsi».[9]

32. D’altra parte, Gesù è risorto e vuole farci partecipare alla novità della sua risurrezione. Egli è la vera giovinezza di un mondo invecchiato ed è anche la giovinezza di un universo che attende con «le doglie del parto» (Rm 8,22) di essere rivestito della sua luce e della sua vita. Vicino a Lui possiamo bere dalla vera sorgente, che mantiene vivi i nostri sogni, i nostri progetti, i nostri grandi ideali, e che ci lancia nell’annuncio della vita che vale la pena vivere. In due curiosi dettagli del Vangelo di Marco possiamo vedere la chiamata alla vera giovinezza dei risorti. Da una parte, nella passione del Signore appare un giovane timoroso che cercava di seguire Gesù ma che fuggì via nudo (cfr 14,51-52), un giovane che non ebbe la forza di rischiare tutto per seguire il Signore. Invece, vicino al sepolcro vuoto, vediamo un giovane «vestito di una veste bianca» (16,5) che invitava a vincere la paura e annunciava la gioia della risurrezione (cfr 16,6-7).

33. Il Signore ci chiama ad accendere stelle nella notte di altri giovani; ci invita a guardare i veri astri, quei segni così diversificati che Egli ci dà perché non rimaniamo fermi, ma imitiamo il seminatore che osservava le stelle per poter arare il campo. Dio accende stelle per noi affinché possiamo continuare a camminare: «Le stelle hanno brillato nei loro posti di guardia e hanno gioito; egli le ha chiamate e hanno risposto» (Bar 3,34-35). Ma Cristo stesso è per noi la grande luce di speranza e di guida nella nostra notte, perché Egli è «la stella radiosa del mattino» (Ap 22,16).

La giovinezza della Chiesa
34. Essere giovani, più che un’età, è uno stato del cuore. Quindi, un’istituzione antica come la Chiesa può rinnovarsi e tornare ad essere giovane in diverse fasi della sua lunghissima storia. In realtà, nei suoi momenti più tragici, sente la chiamata a tornare all’essenziale del primo amore. Ricordando questa verità, il Concilio Vaticano II affermava che «ricca di un lungo passato sempre in essa vivente, e camminando verso la perfezione umana nel tempo e verso i destini ultimi della storia e della vita, essa è la vera giovinezza del mondo». In essa è sempre possibile incontrare Cristo «il compagno e l’amico dei giovani».[10]

Una Chiesa che si lascia rinnovare

35. Chiediamo al Signore che liberi la Chiesa da coloro che vogliono invecchiarla, fissarla sul passato, frenarla, renderla immobile. Chiediamo anche che la liberi da un’altra tentazione: credere che è giovane perché cede a tutto ciò che il mondo le offre, credere che si rinnova perché nasconde il suo messaggio e si mimetizza con gli altri. No. È giovane quando è sé stessa, quando riceve la forza sempre nuova della Parola di Dio, dell’Eucaristia, della presenza di Cristo e della forza del suo Spirito ogni giorno. È giovane quando è capace di ritornare continuamente alla sua fonte.

36. È vero che noi membri della Chiesa non dobbiamo essere tipi strani. Tutti devono poterci sentire fratelli e vicini, come gli Apostoli, che godevano «il favore di tutto il popolo» (At 2,47; cfr 4,21.33; 5,13). Allo stesso tempo, però, dobbiamo avere il coraggio di essere diversi, di mostrare altri sogni che questo mondo non offre, di testimoniare la bellezza della generosità, del servizio, della purezza, della fortezza, del perdono, della fedeltà alla propria vocazione, della preghiera, della lotta per la giustizia e il bene comune, dell’amore per i poveri, dell’amicizia sociale.

37. La Chiesa di Cristo può sempre cadere nella tentazione di perdere l’entusiasmo perché non ascolta più la chiamata del Signore al rischio della fede, a dare tutto senza misurare i pericoli, e torna a cercare false sicurezze mondane. Sono proprio i giovani che possono aiutarla a rimanere giovane, a non cadere nella corruzione, a non fermarsi, a non inorgoglirsi, a non trasformarsi in una setta, ad essere più povera e capace di testimonianza, a stare vicino agli ultimi e agli scartati, a lottare per la giustizia, a lasciarsi interpellare con umiltà. Essi possono portare alla Chiesa la bellezza della giovinezza quando stimolano «la capacità di rallegrarsi per ciò che comincia, di darsi senza ritorno, di rinnovarsi e di ripartire per nuove conquiste».[11]

38. Chi di noi non è più giovane ha bisogno di occasioni per avere vicini la loro voce e il loro stimolo, e «la vicinanza crea le condizioni perché la Chiesa sia spazio di dialogo e testimonianza di fraternità che affascina».[12] Abbiamo bisogno di creare più spazi dove risuoni la voce dei giovani: «L’ascolto rende possibile uno scambio di doni, in un contesto di empatia. […] Allo stesso tempo pone le condizioni per un annuncio del Vangelo che raggiunga veramente il cuore, in modo incisivo e fecondo».[13]

Una Chiesa attenta ai segni dei tempi

39. «Se per molti giovani Dio, la religione e la Chiesa appaiono parole vuote, essi sono sensibili alla figura di Gesù, quando viene presentata in modo attraente ed efficace».[14] Per questo bisogna che la Chiesa non sia troppo concentrata su sé stessa, ma che rifletta soprattutto Gesù Cristo. Questo comporta che riconosca con umiltà che alcune cose concrete devono cambiare, e a tale scopo ha anche bisogno di raccogliere la visione e persino le critiche dei giovani.

40. Al Sinodo si è riconosciuto che «un numero consistente di giovani, per le ragioni più diverse, non chiedono nulla alla Chiesa perché non la ritengono significativa per la loro esistenza. Alcuni, anzi, chiedono espressamente di essere lasciati in pace, poiché sentono la sua presenza come fastidiosa e perfino irritante. Tale richiesta spesso non nasce da un disprezzo acritico e impulsivo, ma affonda le radici anche in ragioni serie e rispettabili: gli scandali sessuali ed economici; l’impreparazione dei ministri ordinati che non sanno intercettare adeguatamente la sensibilità dei giovani; la scarsa cura nella preparazione dell’omelia e nella presentazione della Parola di Dio; il ruolo passivo assegnato ai giovani all’interno della comunità cristiana; la fatica della Chiesa di rendere ragione delle proprie posizioni dottrinali ed etiche di fronte alla società contemporanea».[15]

41. Anche se ci sono giovani che sono contenti quando vedono una Chiesa che si mostra umilmente sicura dei suoi doni e anche capace di esercitare una critica leale e fraterna, altri giovani chiedono una Chiesa che ascolti di più, che non stia continuamente a condannare il mondo. Non vogliono vedere una Chiesa silenziosa e timida, ma nemmeno sempre in guerra per due o tre temi che la ossessionano. Per essere credibile agli occhi dei giovani, a volte ha bisogno di recuperare l’umiltà e semplicemente ascoltare, riconoscere in ciò che altri dicono una luce che la può aiutare a scoprire meglio il Vangelo. Una Chiesa sulla difensiva, che dimentica l’umiltà, che smette di ascoltare, che non si lascia mettere in discussione, perde la giovinezza e si trasforma in un museo. Come potrà accogliere così i sogni dei giovani? Benché possieda la verità del Vangelo, questo non significa che l’abbia compresa pienamente; piuttosto, deve sempre crescere nella comprensione di questo tesoro inesauribile.[16]

42. Ad esempio, una Chiesa eccessivamente timorosa e strutturata può essere costantemente critica nei confronti di tutti i discorsi sulla difesa dei diritti delle donne ed evidenziare costantemente i rischi e i possibili errori di tali rivendicazioni. Viceversa, una Chiesa viva può reagire prestando attenzione alle legittime rivendicazioni delle donne che chiedono maggiore giustizia e uguaglianza. Può ricordare la storia e riconoscere una lunga trama di autoritarismo da parte degli uomini, di sottomissione, di varie forme di schiavitù, di abusi e di violenza maschilista. Con questo sguardo sarà capace di fare proprie queste rivendicazioni di diritti, e darà il suo contributo con convinzione per una maggiore reciprocità tra uomini e donne, pur non essendo d’accordo con tutto ciò che propongono alcuni gruppi femministi. In questa linea, il Sinodo ha voluto rinnovare l’impegno della Chiesa «contro ogni discriminazione e violenza su base sessuale».[17] Questa è la reazione di una Chiesa che si mantiene giovane e si lascia interrogare e stimolare dalla sensibilità dei giovani.

Maria, la ragazza di Nazaret
43. Nel cuore della Chiesa risplende Maria. Ella è il grande modello per una Chiesa giovane che vuole seguire Cristo con freschezza e docilità. Quando era molto giovane, ricevette l’annuncio dell’angelo e non rinunciò a fare domande (cfr Lc 1,34). Ma aveva un’anima disponibile e disse: «Ecco la serva del Signore» (Lc 1,38).

44. «Sempre impressiona la forza del “sì” di Maria, giovane. La forza di quell’“avvenga per me” che disse all’angelo. È stata una cosa diversa da un’accettazione passiva o rassegnata. È stato qualcosa di diverso da un “sì” come a dire: “Bene, proviamo a vedere che succede”. Maria non conosceva questa espressione: vediamo cosa succede. Era decisa, ha capito di cosa si trattava e ha detto “sì”, senza giri di parole. È stato qualcosa di più, qualcosa di diverso. È stato il “sì” di chi vuole coinvolgersi e rischiare, di chi vuole scommettere tutto, senza altra garanzia che la certezza di sapere di essere portatrice di una promessa. E domando a ognuno di voi: vi sentite portatori di una promessa? Quale promessa porto nel cuore, da portare avanti? Maria, indubbiamente, avrebbe avuto una missione difficile, ma le difficoltà non erano un motivo per dire “no”. Certo che avrebbe avuto complicazioni, ma non sarebbero state le stesse complicazioni che si verificano quando la viltà ci paralizza per il fatto che non abbiamo tutto chiaro o assicurato in anticipo. Maria non ha comprato un’assicurazione sulla vita! Maria si è messa in gioco, e per questo è forte, per questo è una influencer, è l’influencer di Dio! Il “sì” e il desiderio di servire sono stati più forti dei dubbi e delle difficoltà».[18]

45. Senza cedere a evasioni o miraggi, «Ella seppe accompagnare il dolore di suo Figlio, […] sostenerlo con lo sguardo e proteggerlo con il cuore. Dolore che soffrì, ma che non la piegò. È stata la donna forte del “sì”, che sostiene e accompagna, protegge e abbraccia. Ella è la grande custode della speranza. [...] Da lei impariamo a dire “sì” alla pazienza testarda e alla creatività di quelli che non si perdono d’animo e ricominciano da capo».[19]

46. Maria era la ragazza con un’anima grande che esultava di gioia (cfr Lc 1,47), era la fanciulla con gli occhi illuminati dallo Spirito Santo che contemplava la vita con fede e custodiva tutto nel suo cuore (cfr Lc 2,19,51). Era quella inquieta, quella pronta a partire, che quando seppe che sua cugina aveva bisogno di lei non pensò ai propri progetti, ma si avviò «senza indugio» (Lc 1,39) verso la regione montuosa.

47. E quando c’è bisogno di proteggere il suo bambino, eccola andare con Giuseppe in un paese lontano (cfr Mt 2,13-14). Per questo rimase in mezzo ai discepoli riuniti in preghiera in attesa dello Spirito Santo (cfr At 1,14). Così, con la sua presenza, è nata una Chiesa giovane, con i suoi Apostoli in uscita per far nascere un mondo nuovo (cfr At 2,4-11).

48. Quella ragazza oggi è la Madre che veglia sui figli, su di noi suoi figli che camminiamo nella vita spesso stanchi, bisognosi, ma col desiderio che la luce della speranza non si spenga. Questo è ciò che vogliamo: che la luce della speranza non si spenga. La nostra Madre guarda questo popolo pellegrino, popolo di giovani che lei ama, che la cerca facendo silenzio nel proprio cuore nonostante che lungo il cammino ci sia tanto rumore, conversazioni e distrazioni. Ma davanti agli occhi della Madre c’è posto soltanto per il silenzio colmo di speranza. E così Maria illumina di nuovo la nostra giovinezza.

Giovani santi
49. Il cuore della Chiesa è pieno anche di giovani santi, che hanno dato la loro vita per Cristo, molti di loro fino al martirio. Sono stati preziosi riflessi di Cristo giovane che risplendono per stimolarci e farci uscire dalla sonnolenza. Il Sinodo ha sottolineato che «molti giovani santi hanno fatto risplendere i lineamenti dell’età giovanile in tutta la loro bellezza e sono stati nella loro epoca veri profeti di cambiamento; il loro esempio mostra di che cosa siano capaci i giovani quando si aprono all’incontro con Cristo».[20]

50. «Attraverso la santità dei giovani la Chiesa può rinnovare il suo ardore spirituale e il suo vigore apostolico. Il balsamo della santità generata dalla vita buona di tanti giovani può curare le ferite della Chiesa e del mondo, riportandoci a quella pienezza dell’amore a cui da sempre siamo stati chiamati: i giovani santi ci spingono a ritornare al nostro primo amore (cfr Ap 2,4)».[21] Ci sono santi che non hanno conosciuto la vita adulta e ci hanno lasciato la testimonianza di un altro modo di vivere la giovinezza. Ricordiamo almeno alcuni di loro, di diversi periodi storici, che hanno vissuto la santità ognuno a suo modo.

51. Nel III secolo, San Sebastiano era un giovane capitano della guardia pretoriana. Raccontano che parlava di Cristo dappertutto e cercava di convertire i suoi compagni, fino a quando gli ordinarono di rinunciare alla sua fede. Poiché non accettò, gli lanciarono addosso una pioggia di frecce, ma sopravvisse e continuò ad annunciare Cristo senza paura. Alla fine lo frustarono fino ad ucciderlo.

52. San Francesco d’Assisi, quando era molto giovane e pieno di sogni, sentì la chiamata di Gesù ad essere povero come Lui e a restaurare la Chiesa con la sua testimonianza. Rinunciò a tutto con gioia ed è il santo della fraternità universale, il fratello di tutti, che lodava il Signore per le sue creature. Morì nel 1226.

53. Santa Giovanna d’Arco nacque nel 1412. Era una giovane contadina che, nonostante la giovane età, combatté per difendere la Francia dagli invasori. Incompresa per il suo aspetto e per il suo modo di vivere la fede, morì sul rogo.

54. Il beato Andrew Phû Yên era un giovane vietnamita del XVII secolo. Era catechista e aiutava i missionari. Venne fatto prigioniero per la sua fede e, poiché non volle rinunciarvi, fu ucciso. Morì dicendo: “Gesù”.

55. Nello stesso secolo, Santa Kateri Tekakwitha, una giovane laica nativa del Nord America, fu perseguitata per la fede e nella sua fuga percorse a piedi più di trecento chilometri attraverso fitte foreste. Si consacrò a Dio e morì dicendo: “Gesù, ti amo!”.

56. San Domenico Savio offriva a Maria tutte le sue sofferenze. Quando San Giovanni Bosco gli insegnò che la santità comporta l’essere sempre gioiosi, aprì il suo cuore ad una gioia contagiosa. Cercava di stare vicino ai suoi compagni più emarginati e malati. Morì nel 1857 all’età di quattordici anni, dicendo: “Che meraviglia che sto vedendo!”.

57. Santa Teresa di Gesù Bambino nacque nel 1873. All’età di quindici anni, superando molte difficoltà, riuscì ad entrare in un convento carmelitano. Visse la piccola via della fiducia totale nell’amore del Signore proponendosi di alimentare con la sua preghiera il fuoco dell’amore che muove la Chiesa.

58. Il beato Ceferino Namuncurá era un giovane argentino, figlio di un importante capo delle popolazioni indigene. Divenne un seminarista salesiano, col forte desiderio di ritornare alla sua tribù per portare Gesù Cristo. Morì nel 1905.

59. Il beato Isidoro Bakanja era un laico del Congo che dava testimonianza della sua fede. Fu torturato a lungo per aver proposto il cristianesimo ad altri giovani. Morì perdonando il suo carnefice nel 1909.

60. Il beato Pier Giorgio Frassati, morto nel 1925, «era un giovane di una gioia trascinante, una gioia che superava anche tante difficoltà della sua vita».[22] Diceva di voler ripagare l’amore di Gesù che riceveva nella Comunione visitando e aiutando i poveri.

61. Il beato Marcel Callo era un giovane francese che morì nel 1945. In Austria venne imprigionato in un campo di concentramento dove confortava nella fede i suoi compagni di prigionia, in mezzo a duri lavori.

62. La giovane beata Chiara Badano, che morì nel 1990, «ha sperimentato come il dolore possa essere trasfigurato dall’amore [...]. La chiave della sua pace e della sua gioia era la completa fiducia nel Signore e l’accettazione anche della malattia come misteriosa espressione della sua volontà per il bene suo e di tutti».[23]

63. Che costoro, insieme a tanti giovani che, spesso nel silenzio e nell’anonimato, hanno vissuto a fondo il Vangelo, intercedano per la Chiesa, perché sia piena di giovani gioiosi, coraggiosi e impegnati che donino al mondo nuove testimonianze di santità.

CAPITOLO TERZO
Voi siete l’adesso di Dio

64. Dopo aver preso visione della Parola di Dio, non possiamo limitarci a dire che i giovani sono il futuro del mondo: sono il presente, lo stanno arricchendo con il loro contributo. Un giovane non è più un bambino, si trova in un momento della vita in cui comincia ad assumersi diverse responsabilità, partecipando insieme agli adulti allo sviluppo della famiglia, della società, della Chiesa. Però i tempi cambiano, e ritorna la domanda: come sono i giovani oggi, cosa succede adesso ai giovani?

In positivo
65. Il Sinodo ha riconosciuto che i fedeli della Chiesa non sempre hanno l’atteggiamento di Gesù. Invece di disporci ad ascoltarli a fondo, «prevale talora la tendenza a fornire risposte preconfezionate e ricette pronte, senza lasciar emergere le domande giovanili nella loro novità e coglierne la provocazione».[24] D’altra parte, quando la Chiesa abbandona gli schemi rigidi e si apre ad un ascolto disponibile e attento dei giovani, questa empatia la arricchisce, perché «consente ai giovani di donare alla comunità il proprio apporto, aiutandola a cogliere sensibilità nuove e a porsi domande inedite».[25]

66. Oggi noi adulti corriamo il rischio di fare una lista di disastri, di difetti della gioventù del nostro tempo. Alcuni forse ci applaudiranno perché sembriamo esperti nell’individuare aspetti negativi e pericoli. Ma quale sarebbe il risultato di questo atteggiamento? Una distanza sempre maggiore, meno vicinanza, meno aiuto reciproco.

67. Lo sguardo attento di chi è stato chiamato ad essere padre, pastore e guida dei giovani consiste nell’individuare la piccola fiamma che continua ad ardere, la canna che sembra spezzarsi ma non si è ancora rotta (cfr Is 42,3). È la capacità di individuare percorsi dove altri vedono solo muri, è il saper riconoscere possibilità dove altri vedono solo pericoli. Così è lo sguardo di Dio Padre, capace di valorizzare e alimentare i germi di bene seminati nel cuore dei giovani. Il cuore di ogni giovane deve pertanto essere considerato “terra sacra”, portatore di semi di vita divina e davanti al quale dobbiamo “toglierci i sandali” per poterci avvicinare e approfondire il Mistero.

Molte gioventù
68. Potremmo cercare di descrivere le caratteristiche dei giovani di oggi, ma prima di tutto voglio raccogliere un’osservazione dei Padri sinodali: «La composizione stessa del Sinodo ha reso visibile la presenza e l’apporto delle diverse regioni del mondo, evidenziando la bellezza di essere Chiesa universale. Pur in un contesto di globalizzazione crescente, i Padri sinodali hanno chiesto di mettere in evidenza le molte differenze tra contesti e culture, anche all’interno di uno stesso Paese. Esiste una pluralità di mondi giovanili, tanto che in alcuni Paesi si tende a utilizzare il termine “gioventù” al plurale. Inoltre la fascia di età considerata dal presente Sinodo (16-29 anni) non rappresenta un insieme omogeneo, ma è composta di gruppi che vivono situazioni peculiari».[26]

69. Già dal punto di vista demografico, in alcuni Paesi ci sono molti giovani, mentre altri hanno un tasso di natalità molto basso. Tuttavia, «un’ulteriore differenza deriva dalla storia, che rende diversi i Paesi e i continenti di antica tradizione cristiana, la cui cultura è portatrice di una memoria da non disperdere, dai Paesi e continenti segnati invece da altre tradizioni religiose e in cui il cristianesimo è una presenza minoritaria e talvolta recente. In altri territori poi le comunità cristiane e i giovani che ne fanno parte sono oggetto di persecuzione».[27] Occorre inoltre distinguere quei giovani «che hanno accesso a una quantità crescente di opportunità offerte dalla globalizzazione, da quanti invece vivono ai margini della società o nel mondo rurale e patiscono gli effetti di forme di esclusione e scarto».[28]

70. Ci sono molte altre differenze che sarebbe complicato descrivere qui nei dettagli. Pertanto, non mi sembra opportuno soffermarmi ad offrire un’analisi esaustiva dei giovani nel mondo di oggi, di come vivono e di cosa stia succedendo loro. Tuttavia, poiché non posso evitare di osservare la realtà, segnalerò brevemente alcuni contributi che sono pervenuti prima del Sinodo e altri che ho potuto raccogliere durante il suo svolgimento.

Alcune cose che succedono ai giovani
71. La gioventù non è un oggetto che può essere analizzato in termini astratti. In realtà, “la gioventù” non esiste, esistono i giovani con le loro vite concrete. Nel mondo di oggi, pieno di progressi, tante di queste vite sono esposte alla sofferenza e alla manipolazione.

Giovani di un mondo in crisi
72. I Padri sinodali hanno evidenziato con dolore che «molti giovani vivono in contesti di guerra e subiscono la violenza in una innumerevole varietà di forme: rapimenti, estorsioni, criminalità organizzata, tratta di esseri umani, schiavitù e sfruttamento sessuale, stupri di guerra, ecc. Altri giovani, a causa della loro fede, faticano a trovare un posto nelle loro società e subiscono vari tipi di persecuzioni, fino alla morte. Numerosi sono i giovani che, per costrizione o mancanza di alternative, vivono perpetrando crimini e violenze: bambini soldato, bande armate e criminali, traffico di droga, terrorismo, ecc. Questa violenza spezza molte giovani vite. Abusi e dipendenze, così come violenza e devianza sono tra le ragioni che portano i giovani in carcere, con una particolare incidenza in alcuni gruppi etnici e sociali».[29]

73. Molti giovani sono ideologizzati, strumentalizzati e usati come carne da macello o come forza d’urto per distruggere, intimidire o ridicolizzare altri. E la cosa peggiore è che molti si trasformano in soggetti individualisti, nemici e diffidenti verso tutti, e diventano così facile preda di proposte disumanizzanti e dei piani distruttivi elaborati da gruppi politici o poteri economici.

74. Ancora «più numerosi nel mondo sono i giovani che patiscono forme di emarginazione ed esclusione sociale, per ragioni religiose, etniche o economiche. Ricordiamo la difficile situazione di adolescenti e giovani che restano incinte e la piaga dell’aborto, così come la diffusione dell’HIV, le diverse forme di dipendenza (droghe, azzardo, pornografia, ecc.) e la situazione dei bambini e ragazzi di strada, che mancano di casa, famiglia e risorse economiche».[30] E quando poi si tratta di donne, queste situazioni di emarginazione diventano doppiamente dolorose e difficili.

75. Non possiamo essere una Chiesa che non piange di fronte a questi drammi dei suoi figli giovani. Non dobbiamo mai farci l’abitudine, perché chi non sa piangere non è madre. Noi vogliamo piangere perché anche la società sia più madre, perché invece di uccidere impari a partorire, perché sia promessa di vita. Piangiamo quando ricordiamo quei giovani che sono morti a causa della miseria e della violenza e chiediamo alla società di imparare ad essere una madre solidale. Quel dolore non se ne va, ci accompagna ad ogni passo, perché la realtà non può essere nascosta. La cosa peggiore che possiamo fare è applicare la ricetta dello spirito mondano che consiste nell’anestetizzare i giovani con altre notizie, con altre distrazioni, con banalità.

76. Forse «quelli che facciamo una vita più o meno senza necessità non sappiamo piangere. Certe realtà della vita si vedono soltanto con gli occhi puliti dalle lacrime. Invito ciascuno di voi a domandarsi: io ho imparato a piangere? Quando vedo un bambino affamato, un bambino drogato per la strada, un bambino senza casa, un bambino abbandonato, un bambino abusato, un bambino usato come schiavo per la società? O il mio è il pianto capriccioso di chi piange perché vorrebbe avere qualcosa di più?».[31] Cerca di imparare a piangere per i giovani che stanno peggio di te. La misericordia e la compassione si esprimono anche piangendo. Se non ti viene, chiedi al Signore di concederti di versare lacrime per la sofferenza degli altri. Quando saprai piangere, soltanto allora sarai capace di fare qualcosa per gli altri con il cuore.

77. A volte il dolore di alcuni giovani è lacerante; è un dolore che non si può esprimere a parole; è un dolore che ci colpisce come uno schiaffo. Questi giovani possono solo dire a Dio che soffrono molto, che è troppo difficile per loro andare avanti, che non credono più in nessuno. In questo grido straziante, però, si fanno presenti le parole di Gesù: «Beati gli afflitti, perché saranno consolati» (Mt 5,4). Ci sono giovani che sono riusciti ad aprirsi un sentiero nella vita perché li ha raggiunti questa promessa divina. Possa sempre esserci una comunità cristiana vicino a un giovane che soffre, per far risuonare quelle parole con gesti, abbracci e aiuti concreti!

78. È vero che i potenti forniscono alcuni aiuti, ma spesso ad un costo elevato. In molti Paesi poveri, l’aiuto economico di alcuni Paesi più ricchi o di alcuni organismi internazionali è solitamente vincolato all’accettazione di proposte occidentali in materia di sessualità, matrimonio, vita o giustizia sociale. Questa colonizzazione ideologica danneggia in modo particolare i giovani. Nello stesso tempo, vediamo come una certa pubblicità insegna alle persone ad essere sempre insoddisfatte e contribuisce alla cultura dello scarto, in cui i giovani stessi finiscono per diventare un materiale “usa e getta”.

79. La cultura di oggi presenta un modello di persona strettamente associato all’immagine del giovane. Si sente bello chi appare giovane, chi effettua trattamenti per far scomparire le tracce del tempo. I corpi giovani sono utilizzati costantemente nella pubblicità, per vendere. Il modello di bellezza è un modello giovanile, ma stiamo attenti, perché questo non è un elogio rivolto ai giovani. Significa soltanto che gli adulti vogliono rubare la gioventù per sé stessi, non che rispettino, amino i giovani e se ne prendano cura.

80. Alcuni giovani «sentono le tradizioni familiari come opprimenti e ne fuggono sotto la spinta di una cultura globalizzata che a volte li lascia senza punti di riferimento. In altre parti del mondo invece tra giovani e adulti non vi è un vero e proprio conflitto generazionale, ma una reciproca estraneità. Talora gli adulti non cercano o non riescono a trasmettere i valori fondanti dell’esistenza oppure assumono stili giovanilistici, rovesciando il rapporto tra le generazioni. In questo modo la relazione tra giovani e adulti rischia di rimanere sul piano affettivo, senza toccare la dimensione educativa e culturale».[32] Come fa male questo ai giovani, benché alcuni non se ne rendano conto! I giovani stessi ci hanno fatto notare che questo ostacola enormemente la trasmissione della fede «in quei Paesi in cui non vi è libertà di espressione, dove ai giovani […] non è permesso partecipare alla vita della Chiesa».[33]

Desideri, ferite e ricerche
81. I giovani riconoscono che il corpo e la sessualità sono essenziali per la loro vita e per la crescita della loro identità. Tuttavia, in un mondo che enfatizza esclusivamente la sessualità, è difficile mantenere una buona relazione col proprio corpo e vivere serenamente le relazioni affettive. Per questa e per altre ragioni, la morale sessuale è spesso «causa di incomprensione e di allontanamento dalla Chiesa, in quanto è percepita come uno spazio di giudizio e di condanna». Nello stesso tempo, i giovani esprimono «un esplicito desiderio di confronto sulle questioni relative alla differenza tra identità maschile e femminile, alla reciprocità tra uomini e donne, all’omosessualità».[34]

82. Nel nostro tempo, «gli sviluppi della scienza e delle tecnologie biomediche incidono fortemente sulla percezione del corpo, inducendo l’idea che sia modificabile senza limite. La capacità di intervenire sul DNA, la possibilità di inserire elementi artificiali nell’organismo (cyborg) e lo sviluppo delle neuroscienze costituiscono una grande risorsa, ma sollevano allo stesso tempo interrogativi antropologici ed etici».[35] Possono farci dimenticare che la vita è un dono, che siamo esseri creati e limitati, che possiamo facilmente essere strumentalizzati da chi detiene il potere tecnologico.[36] «Inoltre in alcuni contesti giovanili si diffonde il fascino per comportamenti a rischio come strumento per esplorare se stessi, ricercare emozioni forti e ottenere riconoscimento. […] Tali fenomeni, a cui le nuove generazioni sono esposte, costituiscono un ostacolo per una serena maturazione».[37]

83. Nei giovani troviamo anche, impressi nell’anima, i colpi ricevuti, i fallimenti, i ricordi tristi. Molte volte «sono le ferite delle sconfitte della propria storia, dei desideri frustrati, delle discriminazioni e ingiustizie subite, del non essersi sentiti amati o riconosciuti». «Ci sono poi le ferite morali, il peso dei propri errori, i sensi di colpa per aver sbagliato».[38] Gesù si fa presente in queste croci dei giovani, per offrire loro la sua amicizia, il suo sollievo, la sua compagnia risanatrice, e la Chiesa vuole essere il suo strumento in questo percorso verso la guarigione interiore e la pace del cuore.

84. In alcuni giovani riconosciamo un desiderio di Dio, anche se non con tutti i contorni del Dio rivelato. In altri possiamo intravedere un sogno di fraternità, che non è poco. In molti ci può essere un reale desiderio di sviluppare le capacità di cui sono dotati per offrire qualcosa al mondo. In alcuni vediamo una particolare sensibilità artistica, o una ricerca di armonia con la natura. In altri ci può essere forse un grande bisogno di comunicazione. In molti di loro troveremo un profondo desiderio di una vita diversa. Sono autentici punti di partenza, energie interiori che attendono con apertura una parola di stimolo, di luce e di incoraggiamento.

85. Il Sinodo ha trattato in modo particolare tre temi di grande importanza, e su questi voglio accoglierne le conclusioni testualmente, anche se ci richiederanno ancora di proseguire con ulteriori analisi e di sviluppare una capacità di risposta più adeguata ed efficace.

L’ambiente digitale
86. «L’ambiente digitale caratterizza il mondo contemporaneo. Larghe fasce dell’umanità vi sono immerse in maniera ordinaria e continua. Non si tratta più soltanto di “usare” strumenti di comunicazione, ma di vivere in una cultura ampiamente digitalizzata che ha impatti profondissimi sulla nozione di tempo e di spazio, sulla percezione di sé, degli altri e del mondo, sul modo di comunicare, di apprendere, di informarsi, di entrare in relazione con gli altri. Un approccio alla realtà che tende a privilegiare l’immagine rispetto all’ascolto e alla lettura influenza il modo di imparare e lo sviluppo del senso critico».[39]

87. Internet e le reti sociali hanno creato un nuovo modo di comunicare e stabilire legami, e «sono una piazza in cui i giovani trascorrono molto tempo e si incontrano facilmente, anche se non tutti vi hanno ugualmente accesso, in particolare in alcune regioni del mondo. Essi costituiscono comunque una straordinaria opportunità di dialogo, incontro e scambio tra le persone, oltre che di accesso all’informazione e alla conoscenza. Inoltre, quello digitale è un contesto di partecipazione sociopolitica e di cittadinanza attiva, e può facilitare la circolazione di informazione indipendente capace di tutelare efficacemente le persone più vulnerabili palesando le violazioni dei loro diritti. In molti Paesi web e social network rappresentano ormai un luogo irrinunciabile per raggiungere e coinvolgere i giovani, anche in iniziative e attività pastorali».[40]

88. Tuttavia, per comprendere questo fenomeno nella sua totalità, occorre riconoscere che, come ogni realtà umana, esso è attraversato da limiti e carenze. Non è sano confondere la comunicazione con il semplice contatto virtuale. Infatti, «l’ambiente digitale è anche un territorio di solitudine, manipolazione, sfruttamento e violenza, fino al caso estremo del dark web. I media digitali possono esporre al rischio di dipendenza, di isolamento e di progressiva perdita di contatto con la realtà concreta, ostacolando lo sviluppo di relazioni interpersonali autentiche. Nuove forme di violenza si diffondono attraverso i social media, ad esempio il cyberbullismo; il web è anche un canale di diffusione della pornografia e di sfruttamento delle persone a scopo sessuale o tramite il gioco d’azzardo».[41]

89. Non andrebbe dimenticato che «operano nel mondo digitale giganteschi interessi economici, capaci di realizzare forme di controllo tanto sottili quanto invasive, creando meccanismi di manipolazione delle coscienze e del processo democratico. Il funzionamento di molte piattaforme finisce spesso per favorire l’incontro tra persone che la pensano allo stesso modo, ostacolando il confronto tra le differenze. Questi circuiti chiusi facilitano la diffusione di informazioni e notizie false, fomentando pregiudizi e odio. La proliferazione delle fake news è espressione di una cultura che ha smarrito il senso della verità e piega i fatti a interessi particolari. La reputazione delle persone è messa a repentaglio tramite processi sommari on line. Il fenomeno riguarda anche la Chiesa e i suoi pastori».[42]

90. In un documento preparato da 300 giovani di tutto il mondo prima del Sinodo, essi hanno segnalato che «le relazioni on line possono diventare disumane. Gli spazi digitali ci rendono ciechi alla fragilità dell’altro e ci impediscono l’introspezione. Problemi come la pornografia distorcono la percezione della sessualità umana da parte dei giovani. La tecnologia usata in questo modo crea una ingannevole realtà parallela che ignora la dignità umana».[43] L’immersione nel mondo virtuale ha favorito una sorta di “migrazione digitale”, vale a dire un distanziamento dalla famiglia, dai valori culturali e religiosi, che conduce molte persone verso un mondo di solitudine e di auto-invenzione, fino a sperimentare una mancanza di radici, benché rimangano fisicamente nello stesso luogo. La vita nuova e traboccante dei giovani, che preme e cerca di affermare la propria personalità, affronta oggi una nuova sfida: interagire con un mondo reale e virtuale in cui si addentrano da soli come in un continente sconosciuto. I giovani di oggi sono i primi a operare questa sintesi tra ciò che è personale, ciò che è specifico di una cultura e ciò che è globale. Questo però richiede che riescano a passare dal contatto virtuale a una comunicazione buona e sana.

I migranti come paradigma del nostro tempo
91. Come non ricordare i tanti giovani direttamente coinvolti nelle migrazioni? Queste «rappresentano a livello mondiale un fenomeno strutturale e non un’emergenza transitoria. Le migrazioni possono avvenire all’interno dello stesso Paese oppure tra Paesi diversi. La preoccupazione della Chiesa riguarda in particolare coloro che fuggono dalla guerra, dalla violenza, dalla persecuzione politica o religiosa, dai disastri naturali dovuti anche ai cambiamenti climatici e dalla povertà estrema: molti di loro sono giovani. In genere sono alla ricerca di opportunità per sé e per la propria famiglia. Sognano un futuro migliore e desiderano creare le condizioni perché si realizzi».[44] I migranti «ci ricordano la condizione originaria della fede, ovvero quella di essere “stranieri e pellegrini sulla terra” (Eb 11,13)».[45]

92. Altri migranti sono «attirati dalla cultura occidentale, nutrendo talvolta aspettative irrealistiche che li espongono a pesanti delusioni. Trafficanti senza scrupolo, spesso legati ai cartelli della droga e delle armi, sfruttano la debolezza dei migranti, che lungo il loro percorso troppo spesso incontrano la violenza, la tratta, l’abuso psicologico e anche fisico, e sofferenze indicibili. Va segnalata la particolare vulnerabilità dei migranti minori non accompagnati, e la situazione di coloro che sono costretti a passare molti anni nei campi profughi o che rimangono bloccati a lungo nei Paesi di transito, senza poter proseguire il corso di studi né esprimere i propri talenti. In alcuni Paesi di arrivo, i fenomeni migratori suscitano allarme e paure, spesso fomentate e sfruttate a fini politici. Si diffonde così una mentalità xenofoba, di chiusura e di ripiegamento su se stessi, a cui occorre reagire con decisione».[46]

93. «I giovani che migrano sperimentano la separazione dal proprio contesto di origine e spesso anche uno sradicamento culturale e religioso. La frattura riguarda anche le comunità di origine, che perdono gli elementi più vigorosi e intraprendenti, e le famiglie, in particolare quando migra uno o entrambi i genitori, lasciando i figli nel Paese di origine. La Chiesa ha un ruolo importante come riferimento per i giovani di queste famiglie spezzate. Ma quelle dei migranti sono anche storie di incontro tra persone e tra culture: per le comunità e le società in cui arrivano sono una opportunità di arricchimento e di sviluppo umano integrale di tutti. Le iniziative di accoglienza che fanno riferimento alla Chiesa hanno un ruolo importante da questo punto di vista, e possono rivitalizzare le comunità capaci di realizzarle».[47]

94. «Grazie alla diversa provenienza dei Padri, rispetto al tema dei migranti il Sinodo ha visto l’incontro di molte prospettive, in particolare tra Paesi di partenza e Paesi di arrivo. Inoltre è risuonato il grido di allarme di quelle Chiese i cui membri sono costretti a scappare dalla guerra e dalla persecuzione e che vedono in queste migrazioni forzate una minaccia per la loro stessa esistenza. Proprio il fatto di includere al suo interno tutte queste diverse prospettive mette la Chiesa in condizione di esercitare un ruolo profetico nei confronti della società sul tema delle migrazioni»[48]. Chiedo in particolare ai giovani di non cadere nelle reti di coloro che vogliono metterli contro altri giovani che arrivano nei loro Paesi, descrivendoli come soggetti pericolosi e come se non avessero la stessa inalienabile dignità di ogni essere umano.

Porre fine a ogni forma di abuso
95. Negli ultimi tempi ci è stato chiesto con forza di ascoltare il grido delle vittime dei vari tipi di abusi commessi da alcuni vescovi, sacerdoti, religiosi e laici. Questi peccati provocano nelle vittime «sofferenze che possono durare tutta la vita e a cui nessun pentimento può porre rimedio. Tale fenomeno è diffuso nella società, tocca anche la Chiesa e rappresenta un serio ostacolo alla sua missione».[49]

96. È vero che «la piaga degli abusi sessuali su minori è un fenomeno storicamente diffuso purtroppo in tutte le culture e le società», soprattutto all’interno delle famiglie stesse e in diverse istituzioni, la cui estensione è venuta in evidenza in particolare «grazie al cambiamento della sensibilità dell’opinione pubblica». Tuttavia, «l’universalità di tale piaga, mentre conferma la sua gravità nelle nostre società, non diminuisce la sua mostruosità all’interno della Chiesa» e «nella rabbia, giustificata, della gente, la Chiesa vede il riflesso dell’ira di Dio, tradito e schiaffeggiato».[50]

97. «Il Sinodo ribadisce il fermo impegno per l’adozione di rigorose misure di prevenzione che ne impediscano il ripetersi, a partire dalla selezione e dalla formazione di coloro a cui saranno affidati compiti di responsabilità ed educativi».[51] Allo stesso tempo, non deve più essere abbandonata la decisione di applicare «azioni e sanzioni così necessarie».[52] E tutto questo con la grazia di Cristo. Non si può più tornare indietro.

98. «Esistono diversi tipi di abuso: di potere, economici, di coscienza, sessuali. Si rende evidente il compito di sradicare le forme di esercizio dell’autorità su cui essi si innestano e di contrastare la mancanza di responsabilità e trasparenza con cui molti casi sono stati gestiti. Il desiderio di dominio, la mancanza di dialogo e di trasparenza, le forme di doppia vita, il vuoto spirituale, nonché le fragilità psicologiche sono il terreno su cui prospera la corruzione».[53] Il clericalismo è una tentazione permanente dei sacerdoti, che interpretano «il ministero ricevuto come un potere da esercitare piuttosto che come un servizio gratuito e generoso da offrire; e ciò conduce a ritenere di appartenere a un gruppo che possiede tutte le risposte e non ha più bisogno di ascoltare e di imparare nulla».[54] Indubbiamente, il clericalismo espone le persone consacrate al rischio di perdere il rispetto per il valore sacro e inalienabile di ogni persona e della sua libertà.

99. Insieme ai Padri sinodali, voglio esprimere con affetto e riconoscenza la mia «gratitudine verso coloro che hanno il coraggio di denunciare il male subìto: aiutano la Chiesa a prendere coscienza di quanto avvenuto e della necessità di reagire con decisione».[55] Tuttavia, merita una riconoscenza speciale anche «l’impegno sincero di innumerevoli laiche e laici, sacerdoti, consacrati, consacrate e vescovi che ogni giorno si spendono con onestà e dedizione al servizio dei giovani. La loro opera è una foresta che cresce senza fare rumore. Anche molti tra i giovani presenti al Sinodo hanno manifestato gratitudine per coloro da cui sono stati accompagnati e ribadito il grande bisogno di figure di riferimento».[56]

100. Grazie a Dio, i sacerdoti che si sono macchiati di questi orribili crimini non sono la maggioranza, che invece è costituita da chi porta avanti un ministero fedele e generoso. Ai giovani chiedo di lasciarsi stimolare da questa maggioranza. In ogni caso, se vedete un sacerdote a rischio, perché ha perso la gioia del suo ministero, perché cerca compensazioni affettive o ha imboccato la strada sbagliata, abbiate il coraggio di ricordargli il suo impegno verso Dio e verso il suo popolo, annunciategli voi stessi il Vangelo e incoraggiatelo a rimanere sulla strada giusta. Così facendo, offrirete un aiuto inestimabile su un aspetto fondamentale: la prevenzione che permette di evitare il ripetersi di queste atrocità. Questa nuvola nera diventa anche una sfida per i giovani che amano Gesù Cristo e la sua Chiesa, perché possono contribuire molto a guarire questa ferita se mettono in gioco la loro capacità di rinnovare, rivendicare, esigere coerenza e testimonianza, di tornare a sognare e a reinventare.

101. Questo non è l’unico peccato dei membri della Chiesa, la cui storia presenta molte ombre. I nostri peccati sono davanti agli occhi di tutti; si riflettono senza pietà nelle rughe del volto millenario della nostra Madre e Maestra. Perché essa cammina da duemila anni, condividendo «le gioie e le speranze, le tristezze e le angosce degli uomini».[57] E cammina così com’è, senza ricorrere ad alcuna chirurgia estetica. Non ha paura di mostrare i peccati dei suoi membri, che talvolta alcuni di loro cercano di nascondere, davanti alla luce ardente della Parola del Vangelo che pulisce e purifica. E non cessa di ripetere ogni giorno, con vergogna: «Pietà di me, o Dio, nel tuo amore; […] il mio peccato mi sta sempre dinanzi» (Sal 51,3.5). Ricordiamoci però che non si abbandona la Madre quando è ferita, al contrario, la si accompagna affinché tragga da sé tutta la sua forza e la sua capacità di cominciare sempre di nuovo.

102. Nel pieno di questa tragedia che, giustamente, ci ferisce l’anima, «il Signore Gesù, che mai abbandona la sua Chiesa, le offre la forza e gli strumenti per un nuovo cammino».[58] Così, questo momento oscuro, «con il prezioso aiuto dei giovani, può essere davvero un’opportunità per una riforma di portata epocale»,[59] per aprirsi a una nuova Pentecoste e iniziare una fase di purificazione e di cambiamento che conferisca alla Chiesa una rinnovata giovinezza. Ma i giovani potranno aiutare molto di più se di cuore si sentono parte del «santo e paziente Popolo fedele di Dio, sostenuto e vivificato dallo Spirito Santo», perché «sarà proprio questo santo Popolo di Dio a liberarci dalla piaga del clericalismo, che è il terreno fertile per tutti questi abomini».[60]

C’è una via d’uscita
103. In questo capitolo mi sono soffermato a guardare la realtà dei giovani nel mondo di oggi. Alcuni altri aspetti compariranno nei capitoli successivi. Come ho già detto, non pretendo di essere esaustivo con questa analisi. Esorto le comunità a realizzare con rispetto e serietà un esame della propria realtà giovanile più vicina, per poter discernere i percorsi pastorali più adeguati. Non voglio però concludere questo capitolo senza rivolgere alcune parole ad ognuno di voi.

104. Ti ricordo la buona notizia che ci è stata donata il mattino della Risurrezione: che in tutte le situazioni buie e dolorose di cui parliamo c’è una via d’uscita. Ad esempio, è vero che il mondo digitale può esporti al rischio di chiuderti in te stesso, dell’isolamento o del piacere vuoto. Ma non dimenticare che ci sono giovani che anche in questi ambiti sono creativi e a volte geniali. È il caso del giovane Venerabile Carlo Acutis.

105. Egli sapeva molto bene che questi meccanismi della comunicazione, della pubblicità e delle reti sociali possono essere utilizzati per farci diventare soggetti addormentati, dipendenti dal consumo e dalle novità che possiamo comprare, ossessionati dal tempo libero, chiusi nella negatività. Lui però ha saputo usare le nuove tecniche di comunicazione per trasmettere il Vangelo, per comunicare valori e bellezza.

106. Non è caduto nella trappola. Vedeva che molti giovani, pur sembrando diversi, in realtà finiscono per essere uguali agli altri, correndo dietro a ciò che i potenti impongono loro attraverso i meccanismi del consumo e dello stordimento. In tal modo, non lasciano sbocciare i doni che il Signore ha dato loro, non offrono a questo mondo quelle capacità così personali e uniche che Dio ha seminato in ognuno. Così, diceva Carlo, succede che “tutti nascono come originali, ma molti muoiono come fotocopie”. Non lasciare che ti succeda questo.

107. Non lasciare che ti rubino la speranza e la gioia, che ti narcotizzino per usarti come schiavo dei loro interessi. Osa essere di più, perché il tuo essere è più importante di ogni altra cosa. Non hai bisogno di possedere o di apparire. Puoi arrivare ad essere ciò che Dio, il tuo Creatore, sa che tu sei, se riconosci che sei chiamato a molto. Invoca lo Spirito Santo e cammina con fiducia verso la grande meta: la santità. In questo modo non sarai una fotocopia, sarai pienamente te stesso.

108. Per questo hai bisogno di riconoscere una cosa fondamentale: essere giovani non significa solo cercare piaceri passeggeri e successi superficiali. Affinché la giovinezza realizzi la sua finalità nel percorso della tua vita, dev’essere un tempo di donazione generosa, di offerta sincera, di sacrifici che costano ma ci rendono fecondi. È come diceva un grande poeta:

«Se per recuperare ciò che ho recuperato
ho dovuto perdere prima ciò che ho perso,
se per ottenere ciò che ho ottenuto
ho dovuto sopportare ciò che ho sopportato,

se per essere adesso innamorato
ho dovuto essere ferito,
ritengo giusto aver sofferto ciò che ho sofferto,
ritengo giusto aver pianto ciò che ho pianto.

Perché dopotutto ho constatato
che non si gode bene del goduto
se non dopo averlo patito.

Perché dopotutto ho capito
che ciò che l’albero ha di fiorito
vive di ciò che ha di sotterrato
».[61]

109. Se sei giovane di età, ma ti senti debole, stanco o deluso, chiedi a Gesù di rinnovarti. Con Lui non viene meno la speranza. Lo stesso puoi fare se ti senti immerso nei vizi, nelle cattive abitudini, nell’egoismo o nella comodità morbosa. Gesù, pieno di vita, vuole aiutarti perché valga la pena essere giovane. Così non priverai il mondo di quel contributo che solo tu puoi dare, essendo unico e irripetibile come sei.

110. Voglio anche ricordarti, però, che «è molto difficile lottare contro la propria concupiscenza e contro le insidie e tentazioni del demonio e del mondo egoista se siamo isolati. È tale il bombardamento che ci seduce che, se siamo troppo soli, facilmente perdiamo il senso della realtà, la chiarezza interiore, e soccombiamo».[62] Questo vale soprattutto per i giovani, perché insieme voi avete una forza ammirevole. Quando vi entusiasmate per una vita comunitaria, siete capaci di grandi sacrifici per gli altri e per la comunità. L’isolamento, al contrario, vi indebolisce e vi espone ai peggiori mali del nostro tempo.

CAPITOLO QUARTO
Il grande annuncio per tutti i giovani

111. Al di là di ogni circostanza, a tutti i giovani voglio annunciare ora la cosa più importante, la prima cosa, quella che non dovrebbe mai essere taciuta. Si tratta di un annuncio che include tre grandi verità che tutti abbiamo bisogno di ascoltare sempre, più volte.

Un Dio che è amore
112. Anzitutto voglio dire ad ognuno la prima verità: “Dio ti ama”. Se l’hai già sentito, non importa, voglio ricordartelo: Dio ti ama. Non dubitarne mai, qualunque cosa ti accada nella vita. In qualunque circostanza, sei infinitamente amato.

113. Forse l’esperienza di paternità che hai vissuto non è stata la migliore, il tuo padre terreno forse è stato lontano e assente o, al contrario, dominante e possessivo; o semplicemente non è stato il padre di cui avevi bisogno. Non lo so. Però quello che posso dirti con certezza è che puoi gettarti in tutta sicurezza nelle braccia del tuo Padre divino, di quel Dio che ti ha dato la vita e che te la dà in ogni momento. Egli ti sosterrà saldamente e, nello stesso tempo, sentirai che rispetta fino in fondo la tua libertà.

114. Nella sua Parola troviamo molte espressioni del suo amore. È come se stesse cercando diversi modi di manifestarlo per vedere se qualcuna di quelle parole può arrivare al tuo cuore.

Per esempio, a volte si presenta come quei genitori affettuosi che giocano con i loro figli: «Io li traevo con legami di bontà, con vincoli d’amore, ero per loro come chi solleva un bimbo alla sua guancia» (Os 11,4).

A volte appare colmo dell’amore di quelle madri che amano sinceramente i loro figli, con un amore viscerale che è incapace di dimenticare e di abbandonare: «Si dimentica forse una donna del suo bambino, così da non commuoversi per il figlio delle sue viscere? Anche se costoro si dimenticassero, io invece non ti dimenticherò mai» (Is 49,15).

Si mostra persino come un innamorato che arriva al punto di tatuarsi la persona amata sul palmo della mano per poter avere il suo viso sempre vicino: «Ecco, sulle palme delle mie mani ti ho disegnato» (Is 49,16).

Altre volte sottolinea la forza e la fermezza del suo amore, che non si lascia vincere: «Anche se i monti si spostassero e i colli vacillassero, non si allontanerebbe da te il mio affetto, né vacillerebbe la mia alleanza di pace» (Is 54,10).

Oppure ci dice che siamo stati attesi da sempre, perché non siamo apparsi in questo mondo per caso. Prima ancora di esistere, eravamo un progetto del suo amore: «Ti ho amato di amore eterno, per questo continuo a esserti fedele» (Ger 31,3).

Oppure ci fa notare che Egli sa vedere la nostra bellezza, quella che nessun altro può riconoscere: «Tu sei prezioso ai miei occhi, perché sei degno di stima e io ti amo» (Is 43,4).

O ci porta a scoprire che il suo amore non è triste, ma pura gioia che si rinnova quando ci lasciamo amare da Lui: «Il Signore, tuo Dio, in mezzo a te è un salvatore potente. Gioirà per te, ti rinnoverà con il suo amore, esulterà per te con grida di gioia» (Sof 3,17).

115. Per Lui tu sei realmente prezioso, non sei insignificante, sei importante per Lui, perché sei opera delle sue mani. Per questo ti dedica attenzione e ti ricorda con affetto. Devi avere fiducia nel «ricordo di Dio: la sua memoria non è un “disco rigido” che registra e archivia tutti i nostri dati, la sua memoria è un cuore tenero di compassione, che gioisce nel cancellare definitivamente ogni nostra traccia di male».[63] Non vuole tenere il conto dei tuoi errori e, in ogni caso, ti aiuterà ad imparare qualcosa anche dalle tue cadute. Perché ti ama. Cerca di rimanere un momento in silenzio lasciandoti amare da Lui. Cerca di mettere a tacere tutte le voci e le grida interiori e rimani un momento nel suo abbraccio d’amore.

116. È un amore «che non si impone e non schiaccia, un amore che non emargina e non mette a tacere e non tace, un amore che non umilia e non soggioga. È l’amore del Signore, amore quotidiano, discreto e rispettoso, amore di libertà e per la libertà, amore che guarisce ed eleva. È l’amore del Signore, che sa più di risalite che di cadute, di riconciliazione che di proibizione, di dare nuova opportunità che di condannare, di futuro che di passato».[64]

117. Quando ti chiede qualcosa o quando semplicemente permette quelle sfide che la vita ti presenta, si aspetta che tu gli faccia spazio per spingerti ad andare avanti, per spronarti, per farti maturare. Non gli dà fastidio che tu gli esprima i tuoi dubbi, quello che lo preoccupa è che non gli parli, che tu non ti apra con sincerità al dialogo con Lui. Racconta la Bibbia che Giacobbe lottò con Dio (cfr Gen 32,25-31), ma questo non lo allontanò dalla via del Signore. In realtà è Lui stesso che ci esorta: «Su, venite e discutiamo» (Is 1,18). Il suo amore è così reale, così vero, così concreto, che ci offre una relazione piena di dialogo sincero e fecondo. Infine, cerca l’abbraccio del tuo Padre celeste nel volto amorevole dei suoi coraggiosi testimoni sulla terra!

Cristo ti salva
118. La seconda verità è che Cristo, per amore, ha dato sé stesso fino alla fine per salvarti. Le sue braccia aperte sulla croce sono il segno più prezioso di un amico capace di arrivare fino all’estremo: «Avendo amato i suoi che erano nel mondo, li amò fino alla fine» (Gv 13,1).

San Paolo affermava di vivere affidato a quell’amore che ha dato tutto: «Questa vita, la vivo nella fede del Figlio di Dio, che mi ha amato e ha consegnato sé stesso per me» (Gal 2,20).

119. Quel Cristo che ci ha salvato sulla croce dai nostri peccati, con lo stesso potere del suo totale dono di sé continua a salvarci e redimerci oggi. Guarda la sua Croce, aggrappati a Lui, lasciati salvare, perché «coloro che si lasciano salvare da Lui sono liberati dal peccato, dalla tristezza, dal vuoto interiore, dall’isolamento».[65] E se pecchi e ti allontani, Egli di nuovo ti rialza con il potere della sua Croce. Non dimenticare mai che «Egli perdona settanta volte sette. Torna a caricarci sulle sue spalle una volta dopo l’altra. Nessuno potrà toglierci la dignità che ci conferisce questo amore infinito e incrollabile. Egli ci permette di alzare la testa e ricominciare, con una tenerezza che mai ci delude e che sempre può restituirci la gioia».[66]

120. Noi «siamo salvati da Gesù: perché ci ama e non può farne a meno. Possiamo fargli qualunque cosa, ma Lui ci ama, e ci salva. Perché solo quello che si ama può essere salvato. Solo quello che si abbraccia può essere trasformato. L’amore del Signore è più grande di tutte le nostre contraddizioni, di tutte le nostre fragilità e di tutte le nostre meschinità. Ma è precisamente attraverso le nostre contraddizioni, fragilità e meschinità che Lui vuole scrivere questa storia d’amore. Ha abbracciato il figlio prodigo, ha abbracciato Pietro dopo i suoi rinnegamenti e ci abbraccia sempre, sempre, sempre dopo le nostre cadute aiutandoci ad alzarci e a rimetterci in piedi. Perché la vera caduta – attenzione a questo – la vera caduta, quella che può rovinarci la vita, è rimanere a terra e non lasciarsi aiutare».[67]

121. Il suo perdono e la sua salvezza non sono qualcosa che abbiamo comprato o che dovremmo acquisire con le nostre opere o i nostri sforzi. Egli ci perdona e ci libera gratuitamente. Il suo donarsi sulla croce è qualcosa di così grande che noi non possiamo né dobbiamo pagarlo, dobbiamo soltanto accoglierlo con immensa gratitudine e con la gioia di essere amati così tanto prima di poterlo immaginare: «egli ci ha amati per primo» (1 Gv 4,19).

122. Giovani amati dal Signore, quanto valete voi se siete stati redenti dal sangue prezioso di Cristo! Cari giovani, voi «non avete prezzo! Non siete pezzi da vendere all’asta! Per favore, non lasciatevi comprare, non lasciatevi sedurre, non lasciatevi schiavizzare dalle colonizzazioni ideologiche che ci mettono strane idee in testa e alla fine diventiamo schiavi, dipendenti, falliti nella vita. Voi non avete prezzo: dovete sempre ripetervelo: non sono all’asta, non ho prezzo. Sono libero, sono libero! Innamoratevi di questa libertà, che è quella che offre Gesù».[68]

123. Guarda le braccia aperte di Cristo crocifisso, lasciati salvare sempre nuovamente. E quando ti avvicini per confessare i tuoi peccati, credi fermamente nella sua misericordia che ti libera dalla colpa. Contempla il suo sangue versato con tanto affetto e lasciati purificare da esso. Così potrai rinascere sempre di nuovo.

Egli vive!
124. C’è però una terza verità, che è inseparabile dalla precedente: Egli vive! Occorre ricordarlo spesso, perché corriamo il rischio di prendere Gesù Cristo solo come un buon esempio del passato, come un ricordo, come qualcuno che ci ha salvato duemila anni fa. Questo non ci servirebbe a nulla, ci lascerebbe uguali a prima, non ci libererebbe. Colui che ci colma della sua grazia, Colui che ci libera, Colui che ci trasforma, Colui che ci guarisce e ci conforta è qualcuno che vive. È Cristo risorto, pieno di vitalità soprannaturale, rivestito di luce infinita. Per questo San Paolo affermava: «Se Cristo non è risorto, vana è la vostra fede» (1 Cor 15,17).

125. Se Egli vive, allora davvero potrà essere presente nella tua vita, in ogni momento, per riempirlo di luce. Così non ci saranno mai più solitudine e abbandono. Anche se tutti se ne andassero, Egli sarà lì, come ha promesso: «Io sono con voi tutti i giorni, fino alla fine del mondo» (Mt 28,20). Egli riempie tutto con la sua presenza invisibile, e dovunque tu vada ti starà aspettando. Perché non solo è venuto, ma viene e continuerà a venire ogni giorno per invitarti a camminare verso un orizzonte sempre nuovo.

126. Contempla Gesù felice, traboccante di gioia. Gioisci con il tuo Amico che ha trionfato. Hanno ucciso il santo, il giusto, l’innocente, ma Egli ha vinto. Il male non ha l’ultima parola. Nemmeno nella tua vita il male avrà l’ultima parola, perché il tuo Amico che ti ama vuole trionfare in te. Il tuo Salvatore vive.

127. Se Egli vive, questo è una garanzia che il bene può farsi strada nella nostra vita, e che le nostre fatiche serviranno a qualcosa. Allora possiamo smettere di lamentarci e guardare avanti, perché con Lui si può sempre guardare avanti. Questa è la sicurezza che abbiamo. Gesù è l’eterno vivente. Aggrappati a Lui, vivremo e attraverseremo indenni tutte le forme di morte e di violenza che si nascondono lungo il cammino.

128. Qualsiasi altra soluzione risulterà debole e temporanea. Forse risulterà utile per un po’ di tempo, poi ci troveremo di nuovo indifesi, abbandonati, esposti alle intemperie. Con Lui, invece, il cuore è radicato in una sicurezza di fondo, che permane al di là di tutto. San Paolo dice di voler essere unito a Cristo per «conoscere lui, la potenza della sua risurrezione» (Fil 3,10). È il potere che si manifesterà molte volte anche nella tua esistenza, perché Egli è venuto per darti la vita, «e la vita in abbondanza» (Gv 10,10).

129. Se riesci ad apprezzare con il cuore la bellezza di questo annuncio e a lasciarti incontrare dal Signore; se ti lasci amare e salvare da Lui; se entri in amicizia con Lui e cominci a conversare con Cristo vivo sulle cose concrete della tua vita, questa sarà la grande esperienza, sarà l’esperienza fondamentale che sosterrà la tua vita cristiana. Questa è anche l’esperienza che potrai comunicare ad altri giovani. Perché «all’inizio dell’essere cristiano non c’è una decisione etica o una grande idea, bensì l’incontro con un avvenimento, con una Persona, che dà alla vita un nuovo orizzonte e con ciò la direzione decisiva».[69]

Lo Spirito dà vita
130. In queste tre verità – Dio ti ama, Cristo è il tuo salvatore, Egli vive – compare Dio Padre e compare Gesù. Dove ci sono il Padre e Gesù, c’è anche lo Spirito Santo. È Lui che prepara e apre i cuori perché accolgano questo annuncio, è Lui che mantiene viva questa esperienza di salvezza, è Lui che ti aiuterà a crescere in questa gioia se lo lasci agire. Lo Spirito Santo riempie il cuore di Cristo risorto e da lì si riversa nella tua vita come una sorgente. E quando lo accogli, lo Spirito Santo ti fa entrare sempre più nel cuore di Cristo, affinché tu sia sempre più colmo del suo amore, della sua luce e della sua forza.

131. Invoca ogni giorno lo Spirito Santo perché rinnovi costantemente in te l’esperienza del grande annuncio. Perché no? Non perdi nulla ed Egli può cambiare la tua vita, può illuminarla e darle una rotta migliore. Non ti mutila, non ti toglie niente, anzi, ti aiuta a trovare ciò di cui hai bisogno nel modo migliore. Hai bisogno di amore? Non lo troverai nella sfrenatezza, usando gli altri, possedendoli o dominandoli. Lo troverai in un modo che ti renderà davvero felice. Cerchi intensità? Non la vivrai accumulando oggetti, spendendo soldi, correndo disperatamente dietro le cose di questo mondo. Arriverà in una maniera molto più bella e soddisfacente se ti lascerai guidare dallo Spirito Santo.

132. Cerchi passione? Come dice una bella poesia: innamorati! (o lasciati innamorare), perché «niente può essere più importante che incontrare Dio. Vale a dire, innamorarsi di Lui in una maniera definitiva e assoluta. Ciò di cui tu ti innamori cattura la tua immaginazione e finisce per lasciare la sua orma su tutto quanto. Sarà quello che decide che cosa ti farà alzare dal letto la mattina, cosa farai nei tuoi tramonti, come trascorrerai i tuoi fine settimana, quello che leggi, quello che sai, quello che ti spezza il cuore e quello che ti travolge di gioia e gratitudine. Innamorati! Rimani nell’amore! Tutto sarà diverso».[70] Questo amore di Dio, che prende con passione tutta la vita, è possibile grazie allo Spirito Santo, perché «l’amore di Dio è stato riversato nei nostri cuori per mezzo dello Spirito Santo che ci è stato dato» (Rm 5,5).

133. Egli è la sorgente della migliore gioventù. Perché chi confida nel Signore «è come un albero piantato lungo un corso d’acqua, verso la corrente stende le radici; non teme quando viene il caldo, le sue foglie rimangono verdi» (Ger 17,8). Mentre «i giovani faticano e si stancano» (Is 40,30), coloro che ripongono la loro fiducia nel Signore «riacquistano forza, mettono ali come aquile, corrono senza affannarsi, camminano senza stancarsi» (Is 40,31).

CAPITOLO QUINTO
Percorsi di gioventù

134. Come si vive la giovinezza quando ci lasciamo illuminare e trasformare dal grande annuncio del Vangelo? È importante porsi questa domanda, perché la giovinezza, più che un vanto, è un dono di Dio: «Essere giovani è una grazia, una fortuna».[71] È un dono che possiamo sprecare inutilmente, oppure possiamo riceverlo con gratitudine e viverlo in pienezza.

135. Dio è l’autore della giovinezza e opera in ogni giovane. La giovinezza è un tempo benedetto per il giovane e una benedizione per la Chiesa e per il mondo. È una gioia, un canto di speranza e una beatitudine. Apprezzare la giovinezza significa vedere questo periodo della vita come un momento prezioso e non come una fase di passaggio in cui i giovani si sentono spinti verso l’età adulta.

Tempo di sogni e di scelte
136. Al tempo di Gesù l’uscita dall’infanzia era un passaggio della vita quanto mai atteso, molto celebrato e festeggiato. Perciò, quando Gesù restituì la vita a una «bambina» (Mc 5,39), le fece fare un passo in più, la fece crescere e diventare «fanciulla» (Mc 5,41). Quando le disse: «Fanciulla, alzati!» (talitá kum), al tempo stesso la rese più responsabile della sua vita, aprendole le porte della giovinezza.

137. «La giovinezza, fase dello sviluppo della personalità, è marcata da sogni che vanno prendendo corpo, da relazioni che acquistano sempre più consistenza ed equilibrio, da tentativi e sperimentazioni, da scelte che costruiscono gradualmente un progetto di vita. In questa stagione della vita i giovani sono chiamati a proiettarsi in avanti senza tagliare le radici, a costruire autonomia, ma non in solitudine».[72]

138. L’amore di Dio e il nostro rapporto con Cristo vivo non ci impediscono di sognare, non ci chiedono di restringere i nostri orizzonti. Al contrario, questo amore ci sprona, ci stimola, ci proietta verso una vita migliore e più bella. La parola “inquietudine” riassume molte delle aspirazioni dei cuori dei giovani. Come diceva san Paolo VI, «proprio nell’insoddisfazione che vi tormenta [...] c’è un elemento di luce».[73] L’inquietudine insoddisfatta, insieme allo stupore per le novità che si presentano all’orizzonte, apre la strada all’audacia che li spinge a prendere la propria vita tra le mani e a diventare responsabili di una missione. Questa sana inquietudine, che si risveglia soprattutto nella giovinezza, rimane la caratteristica di ogni cuore che si mantiene giovane, disponibile, aperto. La vera pace interiore convive con questa insoddisfazione profonda. Sant’Agostino diceva: «Signore, ci hai fatti per te e il nostro cuore è inquieto finché non riposa in te».[74]

139. Qualche tempo fa un amico mi ha chiesto che cosa vedo io quando penso a un giovane. La mia risposta è stata: «Vedo un ragazzo o una ragazza che cerca la propria strada, che vuole volare con i piedi, che si affaccia sul mondo e guarda l’orizzonte con occhi colmi di speranza, pieni di futuro e anche di illusioni. Il giovane va con due piedi come gli adulti, ma a differenza degli adulti, che li tengono paralleli, ne ha sempre uno davanti all’altro, pronto per partire, per scattare. Sempre lanciato in avanti. Parlare dei giovani significa parlare di promesse, e significa parlare di gioia. Hanno tanta forza i giovani, sono capaci di guardare con speranza. Un giovane è una promessa di vita che ha insito un certo grado di tenacia; ha abbastanza follia per potersi illudere e la sufficiente capacità per poter guarire dalla delusione che ne può derivare».[75]

140. Alcuni giovani forse rifiutano questa tappa della vita perché vorrebbero rimanere bambini, o desiderano «un prolungamento indefinito dell’adolescenza e il rimando delle decisioni; la paura del definitivo genera così una sorta di paralisi decisionale. La giovinezza però non può restare un tempo sospeso: essa è l’età delle scelte e proprio in questo consiste il suo fascino e il suo compito più grande. I giovani prendono decisioni in ambito professionale, sociale, politico, e altre più radicali che daranno alla loro esistenza una configurazione determinante».[76] Prendono decisioni anche per quanto riguarda l’amore, la scelta del partner o quella di avere i primi figli. Approfondiremo questi temi negli ultimi capitoli, dedicati alla vocazione personale e al suo discernimento.

141. Ma contro i sogni che ispirano le decisioni, sempre «c’è la minaccia del lamento, della rassegnazione. Questi li lasciamo a quelli che seguono la “dea lamentela”! […] è un inganno: ti fa prendere la strada sbagliata. Quando tutto sembra fermo e stagnante, quando i problemi personali ci inquietano, i disagi sociali non trovano le dovute risposte, non è buono darsi per vinti. La strada è Gesù: farlo salire sulla nostra“barca” e prendere il largo con Lui! Lui è il Signore! Lui cambia la prospettiva della vita. La fede in Gesù conduce a una speranza che va oltre, a una certezza fondata non soltanto sulle nostre qualità e abilità, ma sulla Parola di Dio, sull’invito che viene da Lui. Senza fare troppi calcoli umani e non preoccuparsi di verificare se la realtà che vi circonda coincide con le vostre sicurezze. Prendete il largo, uscite da voi stessi».[77]

142. Dobbiamo perseverare sulla strada dei sogni. Per questo, bisogna stare attenti a una tentazione che spesso ci fa brutti scherzi: l’ansia. Può diventare una grande nemica quando ci porta ad arrenderci perché scopriamo che i risultati non sono immediati. I sogni più belli si conquistano con speranza, pazienza e impegno, rinunciando alla fretta. Nello stesso tempo, non bisogna bloccarsi per insicurezza, non bisogna avere paura di rischiare e di commettere errori. Piuttosto dobbiamo avere paura di vivere paralizzati, come morti viventi, ridotti a soggetti che non vivono perché non vogliono rischiare, perché non portano avanti i loro impegni o hanno paura di sbagliare. Anche se sbagli, potrai sempre rialzare la testa e ricominciare, perché nessuno ha il diritto di rubarti la speranza.

143. Giovani, non rinunciate al meglio della vostra giovinezza, non osservate la vita dal balcone. Non confondete la felicità con un divano e non passate tutta la vostra vita davanti a uno schermo. Non riducetevi nemmeno al triste spettacolo di un veicolo abbandonato. Non siate auto parcheggiate, lasciate piuttosto sbocciare i sogni e prendete decisioni. Rischiate, anche se sbaglierete. Non sopravvivete con l’anima anestetizzata e non guardate il mondo come se foste turisti. Fatevi sentire! Scacciate le paure che vi paralizzano, per non diventare giovani mummificati. Vivete! Datevi al meglio della vita! Aprite le porte della gabbia e volate via! Per favore, non andate in pensione prima del tempo.

La voglia di vivere e di sperimentare
144. Questa proiezione verso il futuro che si sogna, non significa che i giovani siano completamente proiettati in avanti, perché allo stesso tempo c’è in loro un forte desiderio di vivere il presente, di sfruttare al massimo le possibilità che questa vita dona loro. Questo mondo è pieno di bellezza! Come possiamo disprezzare i doni di Dio?

145. Contrariamente a quanto molti pensano, il Signore non vuole indebolire questa voglia di vivere. Fa bene ricordare ciò che insegnava un sapiente dell’Antico Testamento: «Figlio, per quanto ti è possibile, trattati bene [...]. Non privarti di un giorno felice» (Sir 14,11.14). Il vero Dio, quello che ti ama, ti vuole felice. Ecco perché nella Bibbia troviamo anche questo consiglio rivolto ai giovani: «Godi, o giovane, nella tua giovinezza, e si rallegri il tuo cuore nei giorni della tua gioventù. [...] Caccia la malinconia dal tuo cuore» (Qo 11,9-10). Perché è Dio che «tutto ci dà con abbondanza perché possiamo goderne» (1 Tm 6,17).

146. Come potrà essere grato a Dio chi non è capace di godere dei suoi piccoli regali di ogni giorno, chi non sa soffermarsi davanti alle cose semplici e piacevoli che incontra ad ogni passo? Perché «nessuno è peggiore di chi danneggia se stesso» (Sir 14,6). Non si tratta di essere insaziabili, sempre ossessionati da piaceri senza fine. Al contrario, perché questo ti impedirà di vivere il presente. Si tratta di saper aprire gli occhi e soffermarti per vivere pienamente e con gratitudine ogni piccolo dono della vita.

147. È chiaro che la Parola di Dio ti invita a vivere il presente, non solo a preparare il domani: «Non preoccupatevi dunque del domani, perché il domani si preoccuperà di se stesso. A ciascun giorno basta la sua pena» (Mt 6,34). Questo però non significa lanciarsi in una dissolutezza irresponsabile che ci lascia vuoti e sempre insoddisfatti, bensì vivere pienamente il presente, usando le energie per cose buone, coltivando la fraternità, seguendo Gesù e apprezzando ogni piccola gioia della vita come un dono dell’amore di Dio.

148. A questo proposito, vorrei ricordare che il Cardinale Francesco Saverio Nguyên Van Thuân, quando fu imprigionato in un campo di concentramento, non volle che i suoi giorni consistessero soltanto nell’attendere e sperare un futuro. Scelse di «vivere il momento presente riempiendolo d’amore»; e il modo in cui lo realizzava era questo: «Afferro le occasioni che si presentano ogni giorno, per compiere azioni ordinarie in un modo straordinario».[78] Mentre lotti per realizzare i tuoi sogni, vivi pienamente l’oggi, donalo interamente e riempi d’amore ogni momento. Perché è vero che questo giorno della tua giovinezza può essere l’ultimo, e allora vale la pena di viverlo con tutto il desiderio e con tutta la profondità possibili.

149. Questo vale anche per i momenti difficili, che devono essere vissuti a fondo per riuscire a imparare il loro messaggio. Come insegnano i Vescovi svizzeri: «Egli è lì dove noi pensavamo che ci avesse abbandonato e che non ci fosse più alcuna possibilità di salvezza. È un paradosso, ma la sofferenza, le tenebre, sono diventate, per molti cristiani [...] luoghi di incontro con Dio».[79] Inoltre, il desiderio di vivere e di fare esperienze nuove riguarda specialmente molti giovani in condizione di disabilità fisica, psichica e sensoriale. Essi, anche se non possono fare sempre le stesse esperienze dei coetanei, hanno risorse sorprendenti, inimmaginabili, che talvolta superano quelle comuni. Il Signore Gesù li ricolma di altri doni, che la comunità è chiamata a valorizzare, perché possano scoprire il suo progetto d’amore per ciascuno di loro.

In amicizia con Cristo
150. Per quanto tu possa vivere e fare esperienze, non arriverai al fondo della giovinezza, non conoscerai la vera pienezza dell’essere giovane, se non incontri ogni giorno il grande Amico, se non vivi in amicizia con Gesù.

151. L’amicizia è un regalo della vita e un dono di Dio. Attraverso gli amici, il Signore ci purifica e ci fa maturare. Allo stesso tempo, gli amici fedeli, che sono al nostro fianco nei momenti difficili, sono un riflesso dell’affetto del Signore, della sua consolazione e della sua presenza amorevole. Avere amici ci insegna ad aprirci, a capire, a prenderci cura degli altri, a uscire dalla nostra comodità e dall’isolamento, a condividere la vita. Ecco perché «per un amico fedele non c’è prezzo» (Sir 6,15).

152. L’amicizia non è una relazione fugace e passeggera, ma stabile, salda, fedele, che matura col passare del tempo. È un rapporto di affetto che ci fa sentire uniti, e nello stesso tempo è un amore generoso che ci porta a cercare il bene dell’amico. Anche se gli amici possono essere molto diversi tra loro, ci sono sempre alcune cose in comune che li portano a sentirsi vicini, c’è un’intimità che si condivide con sincerità e fiducia.

153. L’amicizia è così importante che Gesù stesso si presenta come amico: «Non vi chiamo più servi, ma vi ho chiamato amici» (Gv 15,15). Per la grazia che Egli ci dona, siamo elevati in modo tale che siamo veramente suoi amici. Con lo stesso amore che Egli riversa in noi, possiamo amarlo, estendendo il suo amore agli altri, nella speranza che anch’essi troveranno il loro posto nella comunità di amicizia fondata da Gesù Cristo.[80] E sebbene Egli sia già pienamente felice da risorto, è possibile essere generosi con Lui, aiutandolo a costruire il suo Regno in questo mondo, essendo suoi strumenti per portare il suo messaggio, la sua luce e soprattutto il suo amore agli altri (cfr Gv 15,16). I discepoli hanno ascoltato la chiamata di Gesù all’amicizia con Lui. È stato un invito che non li ha costretti, ma si è proposto delicatamente alla loro libertà: «Venite e vedrete», disse loro, ed essi «andarono e videro dove egli dimorava e quel giorno rimasero con lui» (Gv 1,39). Dopo quell’incontro, intimo e inaspettato, lasciarono tutto e andarono con Lui.

154. L’amicizia con Gesù è indissolubile. Egli non ci abbandona mai, anche se a volte sembra stare in silenzio. Quando abbiamo bisogno di Lui, si lascia trovare da noi (cfr Ger 29,14) e sta al nostro fianco dovunque andiamo (cfr Gs 1,9). Perché Egli non rompe mai un’alleanza. A noi chiede di non abbandonarlo: «Rimanete in me e io in voi» (Gv 15,4). Ma se ci allontaniamo, «Egli rimane fedele, perché non può rinnegare se stesso» (2 Tm 2,13).

155. Con l’amico parliamo, condividiamo le cose più segrete. Con Gesù pure conversiamo. La preghiera è una sfida e un’avventura. E che avventura! Ci permette di conoscerlo sempre meglio, di entrare nel suo profondo e di crescere in un’unione sempre più forte. La preghiera ci permette di raccontargli tutto ciò che ci accade e di stare fiduciosi tra le sue braccia, e nello stesso tempo ci regala momenti di preziosa intimità e affetto, nei quali Gesù riversa in noi la sua vita. Pregando «facciamo il suo gioco», gli facciamo spazio «perché Egli possa agire e possa entrare e possa vincere».[81]

156. Così è possibile arrivare a sperimentare un’unità costante con Lui, che supera tutto ciò che possiamo vivere con altre persone: «Non vivo più io, ma Cristo vive in me» (Gal 2,20). Non privare la tua giovinezza di questa amicizia. Potrai sentirlo al tuo fianco non solo quando preghi. Riconoscerai che cammina con te in ogni momento. Cerca di scoprirlo e vivrai la bella esperienza di saperti sempre accompagnato. È quello che hanno vissuto i discepoli di Emmaus quando, mentre camminavano e conversavano disorientati, Gesù si fece presente e «camminava con loro» (Lc 24,15). Un santo diceva che «il cristianesimo non è un insieme di verità in cui occorre credere, di leggi da osservare, di divieti. Così risulta ripugnante. Il cristianesimo è una Persona che mi ha amato così tanto da reclamare il mio amore. Il cristianesimo è Cristo».[82]

157. Gesù può unire tutti i giovani della Chiesa in un unico sogno, «un sogno grande e un sogno capace di coinvolgere tutti. Il sogno per il quale Gesù ha dato la vita sulla croce e lo Spirito Santo si è riversato e ha marchiato a fuoco il giorno di Pentecoste nel cuore di ogni uomo e di ogni donna, nel cuore di ciascuno, […] lo ha impresso nella speranza che trovi spazio per crescere e svilupparsi. Un sogno, un sogno chiamato Gesù, seminato dal Padre: Dio come Lui, come il Padre, inviato dal Padre con la fiducia che crescerà e vivrà in ogni cuore. Un sogno concreto, che è una Persona, che scorre nelle nostre vene, fa trasalire il cuore e lo fa sussultare».[83]

La crescita e la maturazione
158. Molti giovani si preoccupano del proprio corpo, cercando di sviluppare la forza fisica o l’aspetto. Altri si danno da fare per potenziare le loro capacità e conoscenze, e in questo modo si sentono più sicuri. Alcuni puntano più in alto, si sforzano di impegnarsi di più e cercano uno sviluppo spirituale. San Giovanni diceva: «Ho scritto a voi, giovani, perché siete forti, e la Parola di Dio rimane in voi» (1 Gv 2,14). Cercare il Signore, custodire la sua Parola, cercare di rispondere ad essa con la propria vita, crescere nelle virtù, questo rende forti i cuori dei giovani. Per questo occorre mantenere la “connessione” con Gesù, essere “in linea” con Lui, perché non crescerai nella felicità e nella santità solo con le tue forze e la tua mente. Così come ti preoccupi di non perdere la connessione a Internet, assicurati che sia attiva la tua connessione con il Signore, e questo significa non interrompere il dialogo, ascoltarlo, raccontargli le tue cose, e quando non hai le idee chiare su cosa dovresti fare, domandagli: «Gesù, cosa faresti Tu al mio posto?».[84]

159. Spero che tu possa stimare così tanto te stesso, prenderti così sul serio, da cercare la tua crescita spirituale. Oltre all’entusiasmo tipico della giovinezza, c’è anche la bellezza di cercare «la giustizia, la fede, la carità, la pace» (2 Tm 2,22). Questo non significa perdere la spontaneità, la freschezza, l’entusiasmo, la tenerezza. Perché diventare adulti non significa abbandonare i migliori valori di questa fase della vita. Altrimenti, il Signore potrebbe rimproverarti un giorno: «Mi ricordo di te, dell’affetto della tua giovinezza, dell’amore al tempo del tuo fidanzamento, quando mi seguivi nel deserto» (Ger 2,2).

160. D’altra parte, anche un adulto deve maturare senza perdere i valori della gioventù. Perché in realtà ogni fase della vita è una grazia permanente, contiene un valore che non deve passare. Una giovinezza vissuta bene rimane come esperienza interiore, e nella vita adulta viene assimilata, viene approfondita e continua a dare i suoi frutti. Se è tipico del giovane sentirsi attratto dall’infinito che si apre e che comincia,[85] un rischio della vita adulta, con le sue sicurezze e comodità, consiste nel trascurare sempre più questo orizzonte e perdere quel valore proprio degli anni della gioventù. Invece dovrebbe accadere il contrario: maturare, crescere e organizzare la propria vita senza perdere quell’attrazione, quell’apertura ampia, quel fascino per una realtà che è sempre qualcosa di più. In ogni momento della vita potremo rinnovare e accrescere la nostra giovinezza. Quando ho iniziato il mio ministero come Papa, il Signore ha allargato i miei orizzonti e mi ha dato una rinnovata giovinezza. La stessa cosa può accadere a una coppia sposata da molti anni, o a un monaco nel suo monastero. Ci sono cose che hanno bisogno di sedimentarsi negli anni, ma questa maturazione può convivere con un fuoco che si rinnova, con un cuore sempre giovane.

161. Crescere vuol dire conservare e alimentare le cose più preziose che ti regala la giovinezza, ma nello stesso tempo significa essere aperti a purificare ciò che non è buono e a ricevere nuovi doni da Dio che ti chiama a sviluppare ciò che vale. A volte, i complessi di inferiorità possono portarti a non voler vedere i tuoi difetti e le tue debolezze, e in questo modo puoi chiuderti alla crescita e alla maturazione. Lasciati piuttosto amare da Dio, che ti ama così come sei, ti apprezza e ti rispetta, ma ti offre anche sempre di più: più amicizia con Lui, più fervore nella preghiera, più sete della sua Parola, più desiderio di ricevere Cristo nell’Eucaristia, più voglia di vivere il suo Vangelo, più forza interiore, più pace e gioia spirituale.

162. Ti ricordo però che non sarai santo e realizzato copiando gli altri. E nemmeno imitare i santi significa copiare il loro modo di essere e di vivere la santità: «Ci sono testimonianze che sono utili per stimolarci e motivarci, ma non perché cerchiamo di copiarle, in quanto ciò potrebbe perfino allontanarci dalla via unica e specifica che il Signore ha in serbo per noi».[86] Tu devi scoprire chi sei e sviluppare il tuo modo personale di essere santo, indipendentemente da ciò che dicono e pensano gli altri. Diventare santo vuol dire diventare più pienamente te stesso, quello che Dio ha voluto sognare e creare, non una fotocopia. La tua vita dev’essere uno stimolo profetico, che sia d’ispirazione ad altri, che lasci un’impronta in questo mondo, quell’impronta unica che solo tu potrai lasciare. Invece, se copi, priverai questa terra, e anche il cielo, di ciò che nessun altro potrà offrire al tuo posto. Ricordo che San Giovanni della Croce, nel suo Cantico Spirituale, scriveva che ognuno doveva approfittare dei suoi consigli spirituali «a modo proprio»,[87] perché Dio stesso ha voluto manifestare la sua grazia «ad alcuni in un modo e ad altri in un altro».[88]

Percorsi di fraternità
163. La tua crescita spirituale si esprime soprattutto nell’amore fraterno, generoso, misericordioso. Lo diceva San Paolo: «Il Signore vi faccia crescere e sovrabbondare nell’amore fra voi e verso tutti, come sovrabbonda il nostro per voi» (1 Ts 3,12). Che tu possa vivere sempre più quella “estasi” che consiste nell’uscire da te stesso per cercare il bene degli altri, fino a dare la vita.

164. Quando un incontro con Dio si chiama “estasi”, è perché ci tira fuori da noi stessi e ci eleva, catturati dall’amore e dalla bellezza di Dio. Ma possiamo anche essere fatti uscire da noi stessi per riconoscere la bellezza nascosta in ogni essere umano, la sua dignità, la sua grandezza come immagine di Dio e figlio del Padre. Lo Spirito Santo vuole spingerci ad uscire da noi stessi, ad abbracciare gli altri con l’amore e cercare il loro bene. Per questo è sempre meglio vivere la fede insieme ed esprimere il nostro amore in una vita comunitaria, condividendo con altri giovani il nostro affetto, il nostro tempo, la nostra fede e le nostre inquietudini. La Chiesa offre molti e diversi spazi per vivere la fede in comunità, perché insieme tutto è più facile.

165. Le ferite ricevute possono condurti alla tentazione dell’isolamento, a ripiegarti su te stesso, ad accumulare rancori, ma non smettere mai di ascoltare la chiamata di Dio al perdono. Come hanno insegnato bene i Vescovi del Ruanda, «la riconciliazione con l’altro chiede prima di tutto di scoprire in lui lo splendore dell’immagine di Dio. [...] In quest’ottica, è vitale distinguere il peccatore dal suo peccato e dalla sua offesa, per arrivare all’autentica riconciliazione. Questo significa che odi il male che l’altro ti infligge, ma continui ad amarlo perché riconosci la sua debolezza e vedi l’immagine di Dio in lui».[89]

166. A volte tutta l’energia, i sogni e l’entusiasmo della giovinezza si affievoliscono per la tentazione di chiuderci in noi stessi, nei nostri problemi, nei sentimenti feriti, nelle lamentele e nelle comodità. Non lasciare che questo ti accada, perché diventerai vecchio dentro e prima del tempo. Ogni età ha la sua bellezza, e alla giovinezza non possono mancare l’utopia comunitaria, la capacità di sognare insieme, i grandi orizzonti che guardiamo insieme.

167. Dio ama la gioia dei giovani e li invita soprattutto a quell’allegria che si vive nella comunione fraterna, a quel godimento superiore di chi sa condividere, perché «c’è più gioia nel dare che nel ricevere» (At 20,35) e «Dio ama chi dona con gioia» (2 Cor 9,7). L’amore fraterno moltiplica la nostra capacità di gioire, perché ci rende capaci di godere del bene degli altri: «Rallegratevi con quelli che sono nella gioia» (Rm 12,15). Che la spontaneità e l’impulso della tua giovinezza si trasformino sempre più nella spontaneità dell’amore fraterno, nella freschezza che ci fa reagire sempre con il perdono, con la generosità, con il desiderio di fare comunità. Un proverbio africano dice: «Se vuoi andare veloce, cammina da solo. Se vuoi arrivare lontano, cammina con gli altri». Non lasciamoci rubare la fraternità.

Giovani impegnati
168. In effetti, di fronte ad una realtà così piena di violenza e di egoismo, i giovani possono a volte correre il rischio di chiudersi in piccoli gruppi, privandosi così delle sfide della vita in società, di un mondo vasto, stimolante e con tanti bisogni. Sentono di vivere l’amore fraterno, ma forse il loro gruppo è diventato un semplice prolungamento del loro io. Questo si aggrava se la vocazione del laico è concepita solo come un servizio all’interno della Chiesa (lettori, accoliti, catechisti,…), dimenticando che la vocazione laicale è prima di tutto la carità nella famiglia e la carità sociale o politica: è un impegno concreto a partire dalla fede per la costruzione di una società nuova, è vivere in mezzo al mondo e alla società per evangelizzarne le sue diverse istanze, per far crescere la pace, la convivenza, la giustizia, i diritti umani, la misericordia, e così estendere il Regno di Dio nel mondo.

169. Propongo ai giovani di andare oltre i gruppi di amici e costruire l’«amicizia sociale, cercare il bene comune. L’inimicizia sociale distrugge. E una famiglia si distrugge per l’inimicizia. Un paese si distrugge per l’inimicizia. Il mondo si distrugge per l’inimicizia. E l’inimicizia più grande è la guerra. Oggigiorno vediamo che il mondo si sta distruggendo per la guerra. Perché sono incapaci di sedersi e parlare. [...] Siate capaci di creare l’amicizia sociale».[90] Non è facile, occorre sempre rinunciare a qualcosa, occorre negoziare, ma se lo facciamo pensando al bene di tutti potremo realizzare la magnifica esperienza di mettere da parte le differenze per lottare insieme per uno scopo comune. Se riusciamo a trovare dei punti di coincidenza in mezzo a tante divergenze, in questo impegno artigianale e a volte faticoso di gettare ponti, di costruire una pace che sia buona per tutti, questo è il miracolo della cultura dell’incontro che i giovani possono avere il coraggio di vivere con passione.

170. Il Sinodo ha riconosciuto che «anche se in forma differente rispetto alle generazioni passate, l’impegno sociale è un tratto specifico dei giovani d’oggi. A fianco di alcuni indifferenti, ve ne sono molti altri disponibili a impegnarsi in iniziative di volontariato, cittadinanza attiva e solidarietà sociale, da accompagnare e incoraggiare per far emergere i talenti, le competenze e la creatività dei giovani e incentivare l’assunzione di responsabilità da parte loro. L’impegno sociale e il contatto diretto con i poveri restano una occasione fondamentale di scoperta o approfondimento della fede e di discernimento della propria vocazione. […] È stata segnalata anche la disponibilità all’impegno in campo politico per la costruzione del bene comune».[91]

171. Oggi, grazie a Dio, i gruppi di giovani di parrocchie, scuole, movimenti o gruppi universitari hanno l’abitudine di andare a fare compagnia agli anziani e agli ammalati, o di visitare quartieri poveri, oppure vanno insieme ad aiutare gli indigenti nelle cosiddette “notti della carità”. Spesso riconoscono che in queste attività quello che ricevono è più di quello che danno, perché si impara e si matura molto quando si ha il coraggio di entrare in contatto con la sofferenza degli altri. Inoltre, nei poveri c’è una saggezza nascosta, ed essi, con parole semplici, possono aiutarci a scoprire valori che non vediamo.

172. Altri giovani partecipano a programmi sociali finalizzati a costruire case per chi è senza un tetto, o a bonificare aree contaminate, o a raccogliere aiuti per i più bisognosi. Sarebbe bene che questa energia comunitaria fosse applicata non solo ad azioni sporadiche ma in modo stabile, con obiettivi chiari e una buona organizzazione che aiuti a realizzare un’attività più continuativa ed efficiente. Gli universitari possono unirsi in modalità interdisciplinare per applicare le loro conoscenze alla risoluzione di problemi sociali, e in questo compito possono lavorare fianco a fianco con giovani di altre Chiese o di altre religioni.

173. Come nel miracolo di Gesù, i pani e i pesci dei giovani possono moltiplicarsi (cfr Gv 6,4-13). Come avviene nella parabola, i piccoli semi dei giovani diventano alberi e frutti da raccogliere (cfr Mt 13,23.31-32). Tutto questo a partire dalla sorgente viva dell’Eucaristia, in cui il nostro pane e il nostro vino sono trasfigurati per darci la Vita eterna. Ai giovani è affidato un compito immenso e difficile. Con la fede nel Risorto, potranno affrontarlo con creatività e speranza, ponendosi sempre nella posizione del servizio, come i servitori di quella festa nuziale, stupefatti collaboratori del primo segno di Gesù, che seguirono soltanto la consegna di sua Madre: «Qualsiasi cosa vi dica, fatela» (Gv 2,5). Misericordia, creatività e speranza fanno crescere la vita.

174. Voglio incoraggiarti ad assumere questo impegno, perché so che «il tuo cuore, cuore giovane, vuole costruire un mondo migliore. Seguo le notizie del mondo e vedo che tanti giovani in tante parti del mondo sono usciti per le strade per esprimere il desiderio di una civiltà più giusta e fraterna. I giovani nelle strade. Sono giovani che vogliono essere protagonisti del cambiamento. Per favore, non lasciate che altri siano protagonisti del cambiamento! Voi siete quelli che hanno il futuro! Attraverso di voi entra il futuro nel mondo. A voi chiedo anche di essere protagonisti di questo cambiamento. Continuate a superare l’apatia, offrendo una risposta cristiana alle inquietudini sociali e politiche, che si stanno presentando in varie parti del mondo. Vi chiedo di essere costruttori del mondo, di mettervi al lavoro per un mondo migliore. Cari giovani, per favore, non guardate la vita “dal balcone”, ponetevi dentro di essa. Gesù non è rimasto sul balcone, si è messo dentro; non guardate la vita “dal balcone”, entrate in essa come ha fatto Gesù».[92] Ma soprattutto, in un modo o nell’altro, lottate per il bene comune, siate servitori dei poveri, siate protagonisti della rivoluzione della carità e del servizio, capaci di resistere alle patologie dell’individualismo consumista e superficiale.

Missionari coraggiosi
175. Innamorati di Cristo, i giovani sono chiamati a testimoniare il Vangelo ovunque con la propria vita. Sant’Alberto Hurtado diceva che «essere apostoli non significa portare un distintivo all’occhiello della giacca; non significa parlare della verità, ma viverla, incarnarsi in essa, trasformarsi in Cristo. Essere apostolo non consiste nel portare una torcia in mano, nel possedere la luce, ma nell’essere la luce [...]. Il Vangelo, [...] più che una lezione è un esempio. Il messaggio trasformato in vita vissuta».[93]

176. Il valore della testimonianza non significa che la parola debba essere messa a tacere. Perché non parlare di Gesù, perché non raccontare agli altri che Lui ci dà la forza di vivere, che è bello conversare con Lui, che ci fa bene meditare le sue parole? Giovani, non lasciate che il mondo vi trascini a condividere solo le cose negative o superficiali. Siate capaci di andare controcorrente e sappiate condividere Gesù, comunicate la fede che Lui vi ha donato. Vi auguro di sentire nel cuore lo stesso impulso irresistibile che muoveva San Paolo quando affermava: «Guai a me se non annuncio il Vangelo!» (1 Cor 9,16).

177. «Dove ci invia Gesù? Non ci sono confini, non ci sono limiti: ci invia a tutti. Il Vangelo è per tutti e non per alcuni. Non è solo per quelli che ci sembrano più vicini, più ricettivi, più accoglienti. È per tutti. Non abbiate paura di andare e portare Cristo in ogni ambiente, fino alle periferie esistenziali, anche a chi sembra più lontano, più indifferente. Il Signore cerca tutti, vuole che tutti sentano il calore della sua misericordia e del suo amore».[94] E ci invita ad andare senza paura con l’annuncio missionario, dovunque ci troviamo e con chiunque siamo, nel quartiere, nello studio, nello sport, quando usciamo con gli amici, facendo volontariato o al lavoro, è sempre bene e opportuno condividere la gioia del Vangelo. Questo è il modo in cui il Signore si avvicina a tutti. E vuole voi, giovani, come suoi strumenti per irradiare luce e speranza, perché vuole contare sul vostro coraggio, sulla vostra freschezza e sul vostro entusiasmo.

178. Non ci si può aspettare che la missione sia facile e comoda. Alcuni giovani hanno dato la vita pur di non frenare il loro impulso missionario. I Vescovi della Corea si sono espressi così: «Speriamo di poter essere chicchi di grano e strumenti per la salvezza dell’umanità, seguendo l’esempio dei martiri. Anche se la nostra fede è piccola come un granello di senape, Dio la farà crescere e la utilizzerà come strumento per la sua opera di salvezza».[95] Amici, non aspettate fino a domani per collaborare alla trasformazione del mondo con la vostra energia, la vostra audacia e la vostra creatività. La vostra vita non è un “nel frattempo”. Voi siete l’adesso di Dio, che vi vuole fecondi.[96] Perché «è dando che si riceve»[97] e il modo migliore di preparare un buon futuro è vivere bene il presente con dedizione e generosità.

CAPITOLO SESTO
Giovani con radici

179. A volte ho visto alberi giovani, belli, che alzavano i loro rami verso il cielo tendendo sempre più in alto, e sembravano un canto di speranza. Successivamente, dopo una tempesta, li ho trovati caduti, senza vita. Poiché avevano poche radici, avevano disteso i loro rami senza mettere radici profonde nel terreno, e così hanno ceduto agli assalti della natura. Per questo mi fa male vedere che alcuni propongono ai giovani di costruire un futuro senza radici, come se il mondo iniziasse adesso. Perché «è impossibile che uno cresca se non ha radici forti che aiutino a stare bene in piedi e attaccato alla terra. È facile “volare via” quando non si ha dove attaccarsi, dove fissarsi».[98]

Che non ti strappino dalla terra
180. Tale questione non è secondaria, e mi sembra opportuno dedicarvi un breve capitolo. Comprenderla permette di distinguere la gioia della giovinezza da un falso culto di essa, che alcuni utilizzano per sedurre i giovani e usarli per i loro fini.

181. Pensate a questo: se una persona vi fa una proposta e vi dice di ignorare la storia, di non fare tesoro dell’esperienza degli anziani, di disprezzare tutto ciò che è passato e guardare solo al futuro che lui vi offre, non è forse questo un modo facile di attirarvi con la sua proposta per farvi fare solo quello che lui vi dice? Quella persona ha bisogno che siate vuoti, sradicati, diffidenti di tutto, perché possiate fidarvi solo delle sue promesse e sottomettervi ai suoi piani. È così che funzionano le ideologie di diversi colori, che distruggono (o de-costruiscono) tutto ciò che è diverso e in questo modo possono dominare senza opposizioni. A tale scopo hanno bisogno di giovani che disprezzino la storia, che rifiutino la ricchezza spirituale e umana che è stata tramandata attraverso le generazioni, che ignorino tutto ciò che li ha preceduti.

182. Allo stesso tempo, i manipolatori usano un’altra risorsa: un’adorazione della giovinezza, come se tutto ciò che non è giovane risultasse detestabile e caduco. Il corpo giovane diventa il simbolo di questo nuovo culto, quindi tutto ciò che ha a che fare con quel corpo è idolatrato e desiderato senza limiti, e ciò che non è giovane è guardato con disprezzo. Questa però è un’arma che finisce per degradare prima di tutto i giovani, svuotandoli di valori reali, usandoli per ottenere vantaggi personali, economici o politici.

183. Cari giovani, non permettete che usino la vostra giovinezza per favorire una vita superficiale, che confonde la bellezza con l’apparenza. Sappiate invece scoprire che c’è una bellezza nel lavoratore che torna a casa sporco e in disordine, ma con la gioia di aver guadagnato il pane per i suoi figli. C’è una bellezza straordinaria nella comunione della famiglia riunita intorno alla tavola e nel pane condiviso con generosità, anche se la mensa è molto povera. C’è una bellezza nella moglie spettinata e un po’ anziana che continua a prendersi cura del marito malato al di là delle proprie forze e della propria salute. Malgrado sia lontana la primavera del corteggiamento, c’è una bellezza nella fedeltà delle coppie che si amano nell’autunno della vita e in quei vecchietti che camminano tenendosi per mano. C’è una bellezza che va al di là dell’apparenza o dell’estetica di moda in ogni uomo e ogni donna che vivono con amore la loro vocazione personale, nel servizio disinteressato per la comunità, per la patria, nel lavoro generoso per la felicità della famiglia, impegnati nell’arduo lavoro anonimo e gratuito di ripristinare l’amicizia sociale. Scoprire, mostrare e mettere in risalto questa bellezza, che ricorda quella di Cristo sulla croce, significa mettere le basi della vera solidarietà sociale e della cultura dell’incontro.

184. Insieme alle strategie del falso culto della giovinezza e dell’apparenza, oggi si promuove una spiritualità senza Dio, un’affettività senza comunità e senza impegno verso chi soffre, una paura dei poveri visti come soggetti pericolosi, e una serie di offerte che pretendono di farvi credere in un futuro paradisiaco che sarà sempre rimandato più in là. Non voglio proporvi questo, e con tutto il mio affetto voglio mettervi in guardia dal lasciarvi dominare da questa ideologia che non vi renderà più giovani ma vi trasformerà in schiavi. Vi propongo un’altra strada, fatta di libertà, di entusiasmo, di creatività, di orizzonti nuovi, ma coltivando nello stesso tempo le radici che alimentano e sostengono.

185. In questa prospettiva, voglio sottolineare che «molti Padri sinodali provenienti da contesti non occidentali segnalano come nei loro Paesi la globalizzazione rechi con sé autentiche forme di colonizzazione culturale, che sradicano i giovani dalle appartenenze culturali e religiose da cui provengono. È necessario un impegno della Chiesa per accompagnarli in questo passaggio senza che smarriscano i tratti più preziosi della propria identità».[99]

186. Oggi assistiamo a una tendenza ad “omogeneizzare” i giovani, a dissolvere le differenze proprie del loro luogo di origine, a trasformarli in soggetti manipolabili fatti in serie. Così si produce una distruzione culturale, che è tanto grave quanto l’estinzione delle specie animali e vegetali.[100] Per questo, in un messaggio ai giovani indigeni riuniti a Panama, li ho esortati a «farsi carico delle radici, perché dalle radici viene la forza che vi farà crescere, fiorire e fruttificare».[101]

Il tuo rapporto con gli anziani
187. Al Sinodo è stato affermato che «i giovani sono proiettati verso il futuro e affrontano la vita con energia e dinamismo. Però […] talora tendono a dare poca attenzione alla memoria del passato da cui provengono, in particolare dei tanti doni loro trasmessi dai genitori, dai nonni, dal bagaglio culturale della società in cui vivono. Aiutare i giovani a scoprire la ricchezza viva del passato, facendone memoria e servendosene per le proprie scelte e possibilità, è un vero atto di amore nei loro confronti in vista della loro crescita e delle scelte che sono chiamati a compiere».[102]

188. La Parola di Dio raccomanda di non perdere il contatto con gli anziani, per poter raccogliere la loro esperienza: «Frequenta le riunioni degli anziani, e se qualcuno è saggio unisciti a lui. [...] Se vedi una persona saggia, va’ di buon mattino da lei, i tuoi piedi logorino i gradini della sua porta» (Sir 6,34.36). In ogni caso, i lunghi anni che essi hanno vissuto e tutto ciò che è loro capitato nella vita devono portarci a guardarli con rispetto: «Alzati davanti a chi ha i capelli bianchi» (Lv 19,32), perché «vanto dei giovani è la loro forza, ornamento dei vecchi è la canizie» (Pr 20,29).

189. La Bibbia ci chiede: «Ascolta tuo padre che ti ha generato, non disprezzare tua madre quando è vecchia» (Pr 23,22). Il comandamento di onorare il padre e la madre «è il primo comandamento che è accompagnato da una promessa» (Ef 6,2; cfr Es 20,12; Dt 5,16; Lv 19,3), e la promessa è: «perché tu sia felice e goda di una lunga vita sulla terra» (Ef 6,3).

190. Questo non significa che tu debba essere d’accordo con tutto quello che dicono, né che tu debba approvare tutte le loro azioni. Un giovane dovrebbe avere sempre uno spirito critico. San Basilio Magno, riferendosi agli antichi autori greci, raccomandava ai giovani di stimarli, ma di accogliere solo ciò che di buono essi possono insegnare.[103] Si tratta semplicemente di essere aperti a raccogliere una sapienza che viene comunicata di generazione in generazione, che può convivere con alcune miserie umane, e che non ha motivo di scomparire davanti alle novità del consumo e del mercato.

191. Al mondo non è mai servita né servirà mai la rottura tra generazioni. Sono i canti di sirena di un futuro senza radici, senza radicamento. È la menzogna che vuol farti credere che solo ciò che è nuovo è buono e bello. L’esistenza delle relazioni intergenerazionali implica che nelle comunità si possieda una memoria collettiva, poiché ogni generazione riprende gli insegnamenti dei predecessori, lasciando così un’eredità ai successori. Questo costituisce dei quadri di riferimento per cementare saldamente una società nuova. Come dice l’adagio: “Se il giovane sapesse e il vecchio potesse, non vi sarebbe cosa che non si farebbe”.

Sogni e visioni
192. Nella profezia di Gioele troviamo un annuncio che ci permette di capire questo in un modo molto bello. Dice così: «Dopo questo, io effonderò il mio spirito sopra ogni uomo e diverranno profeti i vostri figli e le vostre figlie; i vostri anziani faranno sogni, i vostri giovani avranno visioni» (Gl 3,1; cfr At 2,17). Se i giovani e gli anziani si aprono allo Spirito Santo, insieme producono una combinazione meravigliosa. Gli anziani sognano e i giovani hanno visioni. In che modo le due cose si completano a vicenda?

193. Gli anziani hanno sogni intessuti di ricordi, delle immagini di tante cose vissute, segnati dall’esperienza e dagli anni. Se i giovani si radicano nei sogni degli anziani riescono a vedere il futuro, possono avere visioni che aprono loro l’orizzonte e mostrano loro nuovi cammini. Ma se gli anziani non sognano, i giovani non possono più vedere chiaramente l’orizzonte.

194. È bello trovare, tra le cose che i nostri genitori hanno conservato, qualche ricordo che ci permette di immaginare ciò che hanno sognato per noi i nostri nonni e le nostre nonne. Ogni essere umano, prima ancora di nascere, ha ricevuto dai suoi nonni, come regalo, la benedizione di un sogno pieno d’amore e di speranza: quello di una vita migliore. E se non l’avesse avuto da alcuno dei suoi nonni, sicuramente un bisnonno lo ha sognato e ha gioito per lui, contemplando nella culla i suoi figli e poi i suoi nipoti. Il sogno primordiale, il sogno creatore di Dio nostro Padre, precede e accompagna la vita di tutti i suoi figli. Fare memoria di questa benedizione, che si estende di generazione in generazione, è una preziosa eredità che dobbiamo saper mantenere viva per poterla trasmettere a nostra volta.

195. Per questo è bene lasciare che gli anziani facciano lunghe narrazioni, che a volte sembrano mitologiche, fantasiose – sono sogni di anziani – ma molte volte sono piene di preziosa esperienza, di simboli eloquenti, di messaggi nascosti. Queste narrazioni richiedono tempo, e che ci disponiamo gratuitamente ad ascoltare e interpretare con pazienza, perché non entrano in un messaggio delle reti sociali. Dobbiamo accettare che tutta la saggezza di cui abbiamo bisogno per la vita non può essere racchiusa entro i limiti imposti dalle attuali risorse della comunicazione.

196. Nel libro La saggezza del tempo[104] ho espresso alcuni desideri sotto forma di richieste. «Che cosa chiedo agli anziani, tra i quali annovero anche me stesso? Chiedo che siamo custodi della memoria. Noi nonni e nonne abbiamo bisogno di formare un coro. Immagino gli anziani come il coro permanente di un importante santuario spirituale, in cui le preghiere di supplica e i canti di lode sostengono l’intera comunità che lavora e lotta nel campo della vita».[105] È bello che «i giovani e le ragazze, i vecchi insieme ai bambini, lodino il nome del Signore» (Sal 148,12-13).

197. Che cosa possiamo dare ai giovani noi anziani? «Ai giovani di oggi che vivono la loro miscela di ambizioni eroiche e di insicurezze, possiamo ricordare che una vita senza amore è una vita sterile».[106] Cosa possiamo dire loro? «Ai giovani timorosi possiamo dire che l’ansia per il futuro può essere superata».[107] Cosa possiamo insegnare loro? «Ai giovani eccessivamente preoccupati di sé stessi possiamo insegnare che si sperimenta una gioia più grande nel dare che nel ricevere, e che l’amore non si dimostra solo con le parole, ma anche con le opere».[108]

Rischiare insieme
198. L’amore che si dà e che opera, tante volte sbaglia. Colui che agisce, che rischia, spesso commette errori. A questo proposito, può risultare interessante la testimonianza di Maria Gabriela Perin, orfana di padre dalla nascita, che riflette sul modo in cui questo ha influenzato la sua vita, in una relazione che non è durata ma che ha fatto di lei una madre e ora una nonna: «Quello che so è che Dio crea storie. Nel suo genio e nella sua misericordia, Egli prende i nostri trionfi e fallimenti e tesse bellissimi arazzi pieni di ironia. Il rovescio del tessuto può sembrare disordinato con i suoi fili aggrovigliati – gli avvenimenti della nostra vita – e forse è quel lato che non ci lascia in pace quando abbiamo dei dubbi. Tuttavia, il lato buono dell’arazzo mostra una storia magnifica, e questo è il lato che vede Dio».[109] Quando le persone anziane guardano con attenzione la vita, spesso capiscono istintivamente cosa c’è dietro i fili aggrovigliati e riconoscono ciò che Dio compie in modo creativo persino con i nostri errori.

199. Se camminiamo insieme, giovani e anziani, potremo essere ben radicati nel presente e, da questa posizione, frequentare il passato e il futuro: frequentare il passato, per imparare dalla storia e per guarire le ferite che a volte ci condizionano; frequentare il futuro, per alimentare l’entusiasmo, far germogliare i sogni, suscitare profezie, far fiorire le speranze. In questo modo, uniti, potremo imparare gli uni dagli altri, riscaldare i cuori, ispirare le nostre menti con la luce del Vangelo e dare nuova forza alle nostre mani.

200. Le radici non sono ancore che ci legano ad altre epoche e ci impediscono di incarnarci nel mondo attuale per far nascere qualcosa di nuovo. Sono, al contrario, un punto di radicamento che ci consente di crescere e di rispondere alle nuove sfide. Quindi, non serve neanche «che ci sediamo a ricordare con nostalgia i tempi passati; dobbiamo prenderci a cuore la nostra cultura con realismo e amore e riempirla di Vangelo. Siamo inviati oggi ad annunciare la Buona Novella di Gesù ai tempi nuovi. Dobbiamo amare il nostro tempo con le sue possibilità e i suoi rischi, con le sue gioie e i suoi dolori, con le sue ricchezze e i suoi limiti, con i suoi successi e i suoi errori».[110]

201. Nel Sinodo uno degli uditori, un giovane delle Isole Samoa, ha detto che la Chiesa è una canoa, in cui gli anziani aiutano a mantenere la rotta interpretando la posizione delle stelle e i giovani remano con forza immaginando ciò che li attende più in là. Non lasciamoci portare fuori strada né dai giovani che pensano che gli adulti siano un passato che non conta più, che è già superato, né dagli adulti che credono di sapere sempre come dovrebbero comportarsi i giovani. Piuttosto, saliamo tutti sulla stessa canoa e insieme cerchiamo un mondo migliore, sotto l’impulso sempre nuovo dello Spirito Santo.

CAPITOLO SETTIMO
La pastorale dei giovani

202. La pastorale giovanile, così come eravamo abituati a portarla avanti, ha subito l’assalto dei cambiamenti sociali e culturali. I giovani, nelle strutture consuete, spesso non trovano risposte alle loro inquietudini, alle loro esigenze, alle loro problematiche e alle loro ferite. La proliferazione e la crescita di associazioni e movimenti con caratteristiche prevalentemente giovanili possono essere interpretate come un’azione dello Spirito che apre nuove strade. È necessario, tuttavia, approfondire la loro partecipazione alla pastorale d’insieme della Chiesa, come pure una maggiore comunione tra loro entro un migliore coordinamento dell’azione. Anche se non è sempre facile accostare i giovani, stiamo crescendo su due aspetti: la consapevolezza che è l’intera comunità che li evangelizza e l’urgenza che i giovani siano più protagonisti nelle proposte pastorali.

Una pastorale sinodale
203. Voglio sottolineare che i giovani stessi sono attori della pastorale giovanile, accompagnati e guidati, ma liberi di trovare strade sempre nuove con creatività e audacia. Di conseguenza, sarebbe superfluo soffermarmi qui a proporre qualche sorta di manuale di pastorale giovanile o una guida pratica di pastorale. Si tratta piuttosto di fare ricorso all’astuzia, all’ingegno e alla conoscenza che i giovani stessi hanno della sensibilità, del linguaggio e delle problematiche degli altri giovani.

204. Essi ci mostrano la necessità di assumere nuovi stili e nuove strategie. Ad esempio, mentre gli adulti cercano di avere tutto programmato, con riunioni periodiche e orari fissi, oggi la maggior parte dei giovani si sente poco attratta da questi schemi pastorali. La pastorale giovanile ha bisogno di acquisire un’altra flessibilità e invitare i giovani ad avvenimenti che ogni tanto offrano loro un luogo dove non solo ricevano una formazione, ma che permetta loro anche di condividere la vita, festeggiare, cantare, ascoltare testimonianze concrete e sperimentare l’incontro comunitario con il Dio vivente.

205. D’altra parte, sarebbe molto auspicabile raccogliere ancora di più le buone pratiche: quelle metodologie, quei linguaggi, quelle motivazioni che sono risultati effettivamente attraenti per avvicinare i giovani a Cristo e alla Chiesa. Non importa di che colore siano, se “conservatori o progressisti”, se “di destra o di sinistra”. L’importante è raccogliere tutto ciò che ha dato buoni risultati e che sia efficace per comunicare la gioia del Vangelo.

206. La pastorale giovanile non può che essere sinodale, vale a dire capace di dar forma a un “camminare insieme” che implica una «valorizzazione dei carismi che lo Spirito dona secondo la vocazione e il ruolo di ciascuno dei membri [della Chiesa], attraverso un dinamismo di corresponsabilità. […] Animati da questo spirito, potremo procedere verso una Chiesa partecipativa e corresponsabile, capace di valorizzare la ricchezza della varietà di cui si compone, accogliendo con gratitudine anche l’apporto dei fedeli laici, tra cui giovani e donne, quello della vita consacrata femminile e maschile, e quello di gruppi, associazioni e movimenti. Nessuno deve essere messo o potersi mettere in disparte».[111]

207. In questo modo, imparando gli uni dagli altri, potremo riflettere meglio quel meraviglioso poliedro che dev’essere la Chiesa di Gesù Cristo. Essa può attrarre i giovani proprio perché non è un’unità monolitica, ma una rete di svariati doni che lo Spirito riversa incessantemente in essa, rendendola sempre nuova nonostante le sue miserie.

208. Al Sinodo sono emerse molte proposte concrete volte a rinnovare la pastorale giovanile e liberarla da schemi che non sono più efficaci perché non entrano in dialogo con la cultura attuale dei giovani. È chiaro che non mi sarebbe possibile raccoglierle tutte qui; alcune di esse si possono trovare nel Documento Finale del Sinodo.

Grandi linee d’azione
209. Vorrei solo sottolineare brevemente che la pastorale giovanile comporta due grandi linee d’azione. Una è la ricerca, l’invito, la chiamata che attiri nuovi giovani verso l’esperienza del Signore. L’altra è la crescita, lo sviluppo di un percorso di maturazione di chi ha già vissuto quell’esperienza.

210. Per quanto riguarda il primo punto, la ricerca, confido nella capacità dei giovani stessi, che sanno trovare le vie attraenti per invitare. Sanno organizzare festival, competizioni sportive, e sanno anche evangelizzare nelle reti sociali con messaggi, canzoni, video e altri interventi. Dobbiamo soltanto stimolare i giovani e dare loro libertà di azione perché si entusiasmino alla missione negli ambienti giovanili. Il primo annuncio può risvegliare una profonda esperienza di fede durante un “ritiro di impatto”, in una conversazione al bar, in un momento di pausa nella facoltà, o attraverso una delle insondabili vie di Dio. Ma la cosa più importante è che ogni giovane trovi il coraggio di seminare il primo annuncio in quella terra fertile che è il cuore di un altro giovane.

211. In questa ricerca va privilegiato il linguaggio della vicinanza, il linguaggio dell’amore disinteressato, relazionale ed esistenziale che tocca il cuore, raggiunge la vita, risveglia speranza e desideri. Bisogna avvicinarsi ai giovani con la grammatica dell’amore, non con il proselitismo. Il linguaggio che i giovani comprendono è quello di coloro che danno la vita, che sono lì a causa loro e per loro, e di coloro che, nonostante i propri limiti e le proprie debolezze, si sforzano di vivere la fede in modo coerente. Allo stesso tempo, dobbiamo ancora ricercare con maggiore sensibilità come incarnare il kerygma nel linguaggio dei giovani d’oggi.

212. Per quanto riguarda la crescita, vorrei dare un avvertimento importante. In alcuni luoghi accade che, dopo aver provocato nei giovani un’intensa esperienza di Dio, un incontro con Gesù che ha toccato il loro cuore, vengono loro proposti incontri di “formazione” nei quali si affrontano solo questioni dottrinali e morali: sui mali del mondo di oggi, sulla Chiesa, sulla dottrina sociale, sulla castità, sul matrimonio, sul controllo delle nascite e su altri temi. Il risultato è che molti giovani si annoiano, perdono il fuoco dell’incontro con Cristo e la gioia di seguirlo, molti abbandonano il cammino e altri diventano tristi e negativi. Plachiamo l’ansia di trasmettere una gran quantità di contenuti dottrinali e, soprattutto, cerchiamo di suscitare e radicare le grandi esperienze che sostengono la vita cristiana. Come diceva Romano Guardini: «Nell’esperienza di un grande amore […] tutto ciò che accade diventa un avvenimento nel suo ambito».[112]

213. Qualsiasi progetto formativo, qualsiasi percorso di crescita per i giovani, deve certamente includere una formazione dottrinale e morale. È altrettanto importante che sia centrato su due assi principali: uno è l’approfondimento del kerygma, l’esperienza fondante dell’incontro con Dio attraverso Cristo morto e risorto. L’altro è la crescita nell’amore fraterno, nella vita comunitaria, nel servizio.

214. Ho insistito molto su questo in Evangelii gaudium e penso che sia opportuno ricordarlo. Da un lato, sarebbe un grave errore pensare che nella pastorale giovanile «il kerygma venga abbandonato a favore di una formazione che si presupporrebbe essere più “solida”. Non c’è nulla di più solido, di più profondo, di più sicuro, di più consistente e di più saggio di tale annuncio. Tutta la formazione cristiana è prima di tutto l’approfondimento del kerygma che va facendosi carne sempre più e sempre meglio».[113] Pertanto, la pastorale giovanile dovrebbe sempre includere momenti che aiutino a rinnovare e ad approfondire l’esperienza personale dell’amore di Dio e di Gesù Cristo vivo. Lo farà attingendo a varie risorse: testimonianze, canti, momenti di adorazione, spazi di riflessione spirituale con la Sacra Scrittura, e anche con vari stimoli attraverso le reti sociali. Ma questa gioiosa esperienza di incontro con il Signore non deve mai essere sostituita da una sorta di “indottrinamento”.

215. D’altra parte, qualunque piano di pastorale giovanile deve chiaramente incorporare vari mezzi e risorse per aiutare i giovani a crescere nella fraternità, a vivere come fratelli, ad aiutarsi a vicenda, a fare comunità, a servire gli altri, ad essere vicini ai poveri. Se l’amore fraterno è il «comandamento nuovo» (Gv 13,34), se è la «pienezza della Legge» (Rm 13,10), se è ciò che meglio manifesta il nostro amore per Dio, allora deve occupare un posto rilevante in ogni piano di formazione e di crescita dei giovani.

Ambienti adeguati
216. In tutte le nostre istituzioni dobbiamo sviluppare e potenziare molto di più la nostra capacità di accoglienza cordiale, perché molti giovani che arrivano si trovano in una profonda situazione di orfanezza. E non mi riferisco a determinati conflitti familiari, ma ad un’esperienza che riguarda allo stesso modo bambini, giovani e adulti, madri, padri e figli. Per tanti orfani e orfane nostri contemporanei – forse per noi stessi – le comunità come la parrocchia e la scuola dovrebbero offrire percorsi di amore gratuito e promozione, di affermazione e crescita. Molti giovani oggi si sentono figli del fallimento, perché i sogni dei loro genitori e dei loro nonni sono bruciati sul rogo dell’ingiustizia, della violenza sociale, del “si salvi chi può”. Quanto sradicamento! Se i giovani sono cresciuti in un mondo di ceneri, non è facile per loro sostenere il fuoco di grandi desideri e progetti. Se sono cresciuti in un deserto vuoto di significato, come potranno aver voglia di sacrificarsi per seminare? L’esperienza di discontinuità, di sradicamento e la caduta delle certezze di base, favorita dall’odierna cultura mediatica, provocano quella sensazione di profonda orfanezza alla quale dobbiamo rispondere creando spazi fraterni e attraenti dove si viva con un senso.

217. Fare “casa” in definitiva «è fare famiglia; è imparare a sentirsi uniti agli altri al di là di vincoli utilitaristici o funzionali, uniti in modo da sentire la vita un po’ più umana. Creare casa è permettere che la profezia prenda corpo e renda le nostre ore e i nostri giorni meno inospitali, meno indifferenti e anonimi. È creare legami che si costruiscono con gesti semplici, quotidiani e che tutti possiamo compiere. Una casa, lo sappiamo tutti molto bene, ha bisogno della collaborazione di tutti. Nessuno può essere indifferente o estraneo, perché ognuno è una pietra necessaria alla sua costruzione. Questo implica il chiedere al Signore che ci dia la grazia di imparare ad aver pazienza, di imparare a perdonarci; imparare ogni giorno a ricominciare. E quante volte perdonare e ricominciare? Settanta volte sette, tutte quelle che sono necessarie. Creare relazioni forti esige la fiducia che si alimenta ogni giorno di pazienza e di perdono. E così si attua il miracolo di sperimentare che qui si nasce di nuovo; qui tutti nasciamo di nuovo perché sentiamo efficace la carezza di Dio che ci rende possibile sognare il mondo più umano e, perciò, più divino».[114]

218. In questo quadro, nelle nostre istituzioni dobbiamo offrire ai giovani luoghi appropriati, che essi possano gestire a loro piacimento e dove possano entrare e uscire liberamente, luoghi che li accolgano e dove possano recarsi spontaneamente e con fiducia per incontrare altri giovani sia nei momenti di sofferenza o di noia, sia quando desiderano festeggiare le loro gioie. Qualcosa del genere hanno realizzato alcuni oratori e altri centri giovanili, che in molti casi sono l’ambiente in cui i giovani vivono esperienze di amicizia e di innamoramento, dove si ritrovano, possono condividere musica, attività ricreative, sport, e anche la riflessione e la preghiera, con piccoli sussidi e diverse proposte. In questo modo si fa strada quell’indispensabile annuncio da persona a persona, che non può essere sostituito da nessuna risorsa o strategia pastorale.

219. «L’amicizia e il confronto, spesso anche in gruppi più o meno strutturati, offre l’opportunità di rafforzare competenze sociali e relazionali in un contesto in cui non si è valutati e giudicati. L’esperienza di gruppo costituisce anche una grande risorsa per la condivisione della fede e per l’aiuto reciproco nella testimonianza. I giovani sono capaci di guidare altri giovani e di vivere un vero apostolato in mezzo ai propri amici».[115]

220. Questo non significa che si isolino e perdano ogni contatto con le comunità parrocchiali, i movimenti e le altre istituzioni ecclesiali. Essi però si inseriranno meglio in comunità aperte, vive nella fede, desiderose di irradiare Gesù Cristo, gioiose, libere, fraterne e impegnate. Queste comunità possono essere i canali in cui loro sentono che è possibile coltivare relazioni preziose.

La pastorale delle istituzioni educative
221. La scuola è senza dubbio una piattaforma per avvicinarsi ai bambini e ai giovani. Essa è luogo privilegiato di promozione della persona, e per questo la comunità cristiana ha sempre avuto per essa grande attenzione, sia formando docenti e dirigenti, sia istituendo proprie scuole, di ogni genere e grado. In questo campo lo Spirito ha suscitato innumerevoli carismi e testimonianze di santità. Tuttavia, la scuola ha bisogno di una urgente autocritica, se si considerano i risultati della pastorale di molte istituzioni educative, una pastorale concentrata sull’istruzione religiosa che risulta spesso incapace di suscitare esperienze di fede durature. Inoltre, ci sono alcune scuole cattoliche che sembrano essere organizzate solo per conservare l’esistente. La fobia del cambiamento le rende incapaci di sopportare l’incertezza e le spinge a chiudersi di fronte ai pericoli, reali o immaginari, che ogni cambiamento porta con sé. La scuola trasformata in un “bunker” che protegge dagli errori “di fuori” è l’espressione caricaturale di questa tendenza. Questa immagine riflette in modo provocatorio ciò che sperimentano molti giovani al momento della loro uscita da alcuni istituti educativi: un’insormontabile discrepanza tra ciò che hanno loro insegnato e il mondo in cui si trovano a vivere. Anche le proposte religiose e morali che hanno ricevuto non li hanno preparati a confrontarle con un mondo che le ridicolizza, e non hanno imparato modi di pregare e di vivere la fede che possano essere facilmente sostenuti in mezzo al ritmo di questa società. In realtà, una delle gioie più grandi di un educatore consiste nel vedere un allievo che si costituisce come una persona forte, integrata, protagonista e capace di dare.

222. La scuola cattolica continua ad essere essenziale come spazio di evangelizzazione dei giovani. È importante tener conto di alcuni criteri ispiratori indicati nella Costituzione apostolica Veritatis gaudium in vista di un rinnovamento e rilancio delle scuole e delle università “in uscita” missionaria, quali: l’esperienza del kerygma, il dialogo a tutti i livelli, l’interdisciplinarietà e la transdisciplinarietà, la promozione della cultura dell’incontro, l’urgente necessità di “fare rete” e l’opzione per gli ultimi, per coloro che la società scarta e getta via.[116] E anche la capacità di integrare i saperi della testa, del cuore e delle mani.

223. D’altra parte, non possiamo separare la formazione spirituale dalla formazione culturale. La Chiesa ha sempre voluto sviluppare per i giovani spazi per la migliore cultura. Non deve rinunciarvi, perché i giovani ne hanno diritto. «Oggi specialmente, diritto alla cultura significa tutelare la sapienza, cioè un sapere umano e umanizzante. Troppo spesso si è condizionati da modelli di vita banali ed effimeri, che spingono a perseguire il successo a basso costo, screditando il sacrificio, inculcando l’idea che lo studio non serve se non dà subito qualcosa di concreto. No, lo studio serve a porsi domande, a non farsi anestetizzare dalla banalità, a cercare senso nella vita. È da rivendicare il diritto a non far prevalere le tante sirene che oggi distolgono da questa ricerca. Ulisse, per non cedere al canto delle sirene, che ammaliavano i marinai e li facevano sfracellare contro gli scogli, si legò all’albero della nave e turò gli orecchi dei compagni di viaggio. Invece Orfeo, per contrastare il canto delle sirene, fece qualcos’altro: intonò una melodia più bella, che incantò le sirene. Ecco il vostro grande compito: rispondere ai ritornelli paralizzanti del consumismo culturale con scelte dinamiche e forti, con la ricerca, la conoscenza e la condivisione».[117]

Diversi ambiti di sviluppo pastorale
224. Molti giovani sono capaci di imparare a gustare il silenzio e l’intimità con Dio. Sono aumentati anche i gruppi che si riuniscono per adorare il Santissimo Sacramento e per pregare con la Parola di Dio. Non bisogna sottovalutare i giovani come se fossero incapaci di aprirsi a proposte contemplative. Occorre solo trovare gli stili e le modalità appropriati per aiutarli a introdursi in questa esperienza di così alto valore. Per quanto riguarda gli ambiti del culto e della preghiera, «in diversi contesti i giovani cattolici chiedono proposte di preghiera e momenti sacramentali capaci di intercettare la loro vita quotidiana in una liturgia fresca, autentica e gioiosa».[118] È importante valorizzare i momenti più forti dell’anno liturgico, in particolare la Settimana Santa, la Pentecoste e il Natale. A loro piacciono molto anche altri incontri di festa, che spezzano la routine e aiutano a sperimentare la gioia della fede.

225. Un’opportunità privilegiata per la crescita e anche per l’apertura al dono divino della fede e della carità è il servizio: molti giovani si sentono attratti dalla possibilità di aiutare gli altri, specialmente i bambini e i poveri. Spesso questo servizio rappresenta il primo passo per scoprire o riscoprire la vita cristiana ed ecclesiale. Molti giovani si stancano dei nostri programmi di formazione dottrinale e anche spirituale, e a volte rivendicano la possibilità di essere più protagonisti in attività che facciano qualcosa per la gente.

226. Non possiamo dimenticare le espressioni artistiche, come il teatro, la pittura e altre. «Del tutto peculiare è l’importanza della musica, che rappresenta un vero e proprio ambiente in cui i giovani sono costantemente immersi, come pure una cultura e un linguaggio capaci di suscitare emozioni e di plasmare l’identità. Il linguaggio musicale rappresenta anche una risorsa pastorale, che interpella in particolare la liturgia e il suo rinnovamento».[119] Il canto può essere un grande stimolo per il percorso dei giovani. Diceva Sant’Agostino: «Canta, ma cammina; allevia con il canto il tuo lavoro, non amare la pigrizia: canta e cammina. [...] Tu, se avanzi, cammini; però avanza nel bene, nella retta fede, nelle buone opere: canta e cammina».[120]

227. «Altrettanto significativo è il rilievo che tra i giovani assume la pratica sportiva, di cui la Chiesa non deve sottovalutare le potenzialità in chiave educativa e formativa, mantenendo una solida presenza al suo interno. Il mondo dello sport ha bisogno di essere aiutato a superare le ambiguità da cui è percorso, quali la mitizzazione dei campioni, l’asservimento a logiche commerciali e l’ideologia del successo a ogni costo».[121] Alla base dell’esperienza sportiva c’è «la gioia: la gioia di muoversi, la gioia di stare insieme, la gioia per la vita e per i doni che il Creatore ci fa ogni giorno».[122] D’altra parte, alcuni Padri della Chiesa hanno utilizzato l’esempio delle pratiche sportive per invitare i giovani a crescere in termini di forza e a padroneggiare la sonnolenza o la comodità. San Basilio Magno, rivolgendosi ai giovani, prendeva l’esempio dello sforzo richiesto dallo sport e così inculcava in loro la capacità di sacrificarsi per crescere nelle virtù: «Dopo essersi imposti mille e mille sacrifici per accrescere con tutti i mezzi la loro forza fisica, sudando nei faticosi esercizi della palestra, [...] e, per farla breve, dopo aver fatto in modo che tutto il periodo che precede la grande prova non sia che una preparazione, [...] danno fondo a tutte le loro risorse fisiche e psichiche, pur di guadagnare una corona […]. E noi che ci attendiamo, nell’altra vita, premi così straordinari che nessuna lingua può degnamente descrivere, pensiamo forse di poterli raggiungere passando la vita tra le mollezze e nell’inerzia?».[123]

228. In molti adolescenti e giovani suscita speciale attrazione il contatto con il creato e sono sensibili alla salvaguardia dell’ambiente, come nel caso degli scout e di altri gruppi che organizzano giornate in mezzo alla natura, campeggi, passeggiate, escursioni e campagne ambientaliste. Nello spirito di San Francesco d’Assisi, queste sono esperienze che possono tracciare un cammino per introdursi alla scuola della fraternità universale e alla preghiera contemplativa.

229. Queste e altre diverse possibilità che si aprono all’evangelizzazione dei giovani non devono farci dimenticare che, al di là dei cambiamenti della storia e della sensibilità dei giovani, ci sono doni di Dio che sono sempre attuali, che contengono una forza che trascende tutte le epoche e tutte le circostanze: la Parola del Signore sempre viva ed efficace, la presenza di Cristo nell’Eucaristia che ci nutre, il Sacramento del perdono che ci libera e ci fortifica. Possiamo anche menzionare l’inesauribile ricchezza spirituale che la Chiesa conserva nella testimonianza dei suoi santi e nell’insegnamento dei grandi maestri spirituali. Anche se dobbiamo rispettare le diverse fasi e a volte dobbiamo aspettare con pazienza il momento giusto, non possiamo non invitare i giovani a queste sorgenti di vita nuova, non abbiamo il diritto di privarli di tanto bene.

Una pastorale giovanile popolare
230. Oltre al consueto lavoro pastorale che realizzano le parrocchie e i movimenti, secondo determinati schemi, è molto importante dare spazio a una “pastorale giovanile popolare”, che ha un altro stile, altri tempi, un altro ritmo, un’altra metodologia. Consiste in una pastorale più ampia e flessibile che stimoli, nei diversi luoghi in cui si muovono concretamente i giovani, quelle guide naturali e quei carismi che lo Spirito Santo ha già seminato tra loro. Si tratta prima di tutto di non porre tanti ostacoli, norme, controlli e inquadramenti obbligatori a quei giovani credenti che sono leader naturali nei quartieri e nei diversi ambienti. Dobbiamo limitarci ad accompagnarli e stimolarli, confidando un po’ di più nella fantasia dello Spirito Santo che agisce come vuole.

231. Parliamo di leader realmente “popolari”, non elitari o chiusi in piccoli gruppi di eletti. Perché siano capaci di dar vita a una pastorale popolare nel mondo dei giovani, occorre che «imparino a percepire i sentimenti della gente, a farsi suoi portavoce e a lavorare per la sua promozione».[124] Quando parliamo di “popolo” non si deve intendere le strutture della società o della Chiesa, quanto piuttosto l’insieme di persone che non camminano come individui ma come il tessuto di una comunità di tutti e per tutti, che non può permettere che i più poveri e i più deboli rimangano indietro: «Il popolo vuole che tutti partecipino dei beni comuni e per questo accetta di adattarsi al passo degli ultimi per arrivare tutti insieme».[125] I leader popolari, quindi, sono coloro che hanno la capacità di coinvolgere tutti, includendo nel cammino giovanile i più poveri, deboli, limitati e feriti. Non provano disagio né sono spaventati dai giovani piagati e crocifissi.

232. In questa stessa linea, specialmente con i giovani che non sono cresciuti in famiglie o istituzioni cristiane, e sono in un cammino di lenta maturazione, dobbiamo stimolare il bene possibile.[126] Cristo ci ha avvertito di non pretendere che tutto sia solo grano (cfr Mt 13,24-30). A volte, per pretendere una pastorale giovanile asettica, pura, caratterizzata da idee astratte, lontana dal mondo e preservata da ogni macchia, riduciamo il Vangelo a una proposta insipida, incomprensibile, lontana, separata dalle culture giovanili e adatta solo ad un’élite giovanile cristiana che si sente diversa, ma che in realtà galleggia in un isolamento senza vita né fecondità. Così, insieme alla zizzania che rifiutiamo, sradichiamo o soffochiamo migliaia di germogli che cercano di crescere in mezzo ai limiti.

233. Invece di «soffocarli con un insieme di regole che danno del cristianesimo un’immagine riduttiva e moralistica, siamo chiamati a investire sulla loro audacia ed educarli ad assumersi le loro responsabilità, certi che anche l’errore, il fallimento e la crisi sono esperienze che possono rafforzare la loro umanità».[127]

234. Nel Sinodo si è esortato a costruire una pastorale giovanile capace di creare spazi inclusivi, dove ci sia posto per ogni tipo di giovani e dove si manifesti realmente che siamo una Chiesa con le porte aperte. E non è nemmeno necessario che uno accetti completamente tutti gli insegnamenti della Chiesa per poter partecipare ad alcuni dei nostri spazi dedicati ai giovani. Basta un atteggiamento aperto verso tutti quelli che hanno il desiderio e la disponibilità a lasciarsi incontrare dalla verità rivelata da Dio. Alcune proposte pastorali possono richiedere di aver già percorso un certo cammino di fede, ma abbiamo bisogno di una pastorale giovanile popolare che apra le porte e dia spazio a tutti e a ciascuno con i loro dubbi, traumi, problemi e la loro ricerca di identità, con i loro errori, storie, esperienze del peccato e tutte le loro difficoltà.

235. Deve esserci spazio anche per «tutti quelli che hanno altre visioni della vita, professano altre fedi o si dichiarano estranei all’orizzonte religioso. Tutti i giovani, nessuno escluso, sono nel cuore di Dio e quindi anche nel cuore della Chiesa. Riconosciamo però francamente che non sempre questa affermazione che risuona sulle nostre labbra trova reale espressione nella nostra azione pastorale: spesso restiamo chiusi nei nostri ambienti, dove la loro voce non arriva, o ci dedichiamo ad attività meno esigenti e più gratificanti, soffocando quella sana inquietudine pastorale che ci fa uscire dalle nostre presunte sicurezze. Eppure il Vangelo ci chiede di osare e vogliamo farlo senza presunzione e senza fare proselitismo, testimoniando l’amore del Signore e tendendo la mano a tutti i giovani del mondo».[128]

236. La pastorale giovanile, quando smette di essere elitaria e accetta di essere “popolare”, è un processo lento, rispettoso, paziente, fiducioso, instancabile, compassionevole. Nel Sinodo è stato proposto l’esempio dei discepoli di Emmaus (cfr Lc 24,13-35), che può essere anche modello di quanto avviene nella pastorale giovanile.

237. «Gesù cammina con i due discepoli che non hanno compreso il senso della sua vicenda e si stanno allontanando da Gerusalemme e dalla comunità. Per stare in loro compagnia, percorre la strada con loro. Li interroga e si mette in paziente ascolto della loro versione dei fatti per aiutarli a riconoscere quanto stanno vivendo. Poi, con affetto ed energia, annuncia loro la Parola, conducendoli a interpretare alla luce delle Scritture gli eventi che hanno vissuto. Accetta l’invito a fermarsi presso di loro al calar della sera: entra nella loro notte. Nell’ascolto il loro cuore si riscalda e la loro mente si illumina, nella frazione del pane i loro occhi si aprono. Sono loro stessi a scegliere di riprendere senza indugio il cammino in direzione opposta, per ritornare alla comunità, condividendo l’esperienza dell’incontro con il Risorto».[129]

238. Le diverse manifestazioni della pietà popolare, specialmente i pellegrinaggi, attirano giovani che non si inseriscono facilmente nelle strutture ecclesiali, e sono un’espressione concreta della fiducia in Dio. Queste forme di ricerca di Dio, presenti particolarmente nei giovani più poveri, ma anche negli altri settori della società, non devono essere disprezzate, ma incoraggiate e stimolate. Perché la pietà popolare «è un modo legittimo di vivere la fede»[130] ed è «espressione dell’azione missionaria spontanea del popolo di Dio».[131]

Sempre missionari
239. Voglio ricordare che non è necessario fare un lungo percorso perché i giovani diventino missionari. Anche i più deboli, limitati e feriti possono esserlo a modo loro, perché bisogna sempre permettere che il bene venga comunicato, anche se coesiste con molte fragilità. Un giovane che va in pellegrinaggio per chiedere aiuto alla Madonna e invita un amico o un compagno ad accompagnarlo, con questo semplice gesto sta compiendo una preziosa azione missionaria. Insieme alla pastorale giovanile popolare è presente, inseparabilmente, una missione popolare, incontrollabile, che rompe tutti gli schemi ecclesiastici. Accompagniamola, incoraggiamola, ma non pretendiamo di regolarla troppo.

240. Se sappiamo ascoltare quello che ci sta dicendo lo Spirito, non possiamo ignorare che la pastorale giovanile dev’essere sempre una pastorale missionaria. I giovani si arricchiscono molto quando superano la timidezza e trovano il coraggio di andare a visitare le case, e in questo modo entrano in contatto con la vita delle persone, imparano a guardare al di là della propria famiglia e del proprio gruppo, cominciano a capire la vita in una prospettiva più ampia. Nello stesso tempo, la loro fede e il loro senso di appartenenza alla Chiesa si rafforzano. Le missioni giovanili, che di solito vengono organizzate durante i periodi di vacanza dopo un periodo di preparazione, possono suscitare un rinnovamento dell’esperienza di fede e anche seri approcci vocazionali.

241. I giovani, però, sono capaci di creare nuove forme di missione, negli ambiti più diversi. Per esempio, dal momento che si muovono così bene nelle reti sociali, bisogna coinvolgerli perché le riempiano di Dio, di fraternità, di impegno.

L’accompagnamento da parte degli adulti
242. I giovani hanno bisogno di essere rispettati nella loro libertà, ma hanno bisogno anche di essere accompagnati. La famiglia dovrebbe essere il primo spazio di accompagnamento. La pastorale giovanile propone un progetto di vita basato su Cristo: la costruzione di una casa, di una famiglia costruita sulla roccia (cfr Mt 7,24-25). Quella famiglia, quel progetto, per la maggior parte di loro si concretizzerà nel matrimonio e nella carità coniugale. Per questo è necessario che la pastorale giovanile e la pastorale familiare stiano in una continuità naturale, operando in modo coordinato e integrato per poter accompagnare adeguatamente il processo vocazionale.

243. La comunità svolge un ruolo molto importante nell’accompagnamento dei giovani, ed è la comunità intera che deve sentirsi responsabile di accoglierli, motivarli, incoraggiarli e stimolarli. Ciò implica che i giovani siano guardati con comprensione, stima e affetto, e che non li si giudichi continuamente o si esiga da loro una perfezione che non corrisponde alla loro età.

244. Nel Sinodo «molti hanno rilevato la carenza di persone esperte e dedicate all’accompagnamento. Credere al valore teologico e pastorale dell’ascolto implica un ripensamento per rinnovare le forme con cui ordinariamente il ministero presbiterale si esprime e una verifica delle sue priorità. Inoltre il Sinodo riconosce la necessità di preparare consacrati e laici, uomini e donne, che siano qualificati per l’accompagnamento dei giovani. Il carisma dell’ascolto che lo Spirito Santo fa sorgere nelle comunità potrebbe anche ricevere una forma di riconoscimento istituzionale per il servizio ecclesiale».[132]

245. Inoltre, bisogna accompagnare specialmente i giovani che si presentano come potenziali leader, in modo che possano formarsi e prepararsi. I giovani che si sono riuniti prima del Sinodo hanno chiesto che si sviluppino «nuovi programmi di leadership per la formazione e lo sviluppo continuo di giovani guide. Alcune giovani donne percepiscono una mancanza di figure di riferimento femminili all’interno della Chiesa, alla quale anch’esse desiderano donare i loro talenti intellettuali e professionali. Riteniamo inoltre che seminaristi e religiosi dovrebbero essere ancor più capaci di accompagnare i giovani che ricoprono tali ruoli di responsabilità».[133]

246. I giovani stessi ci hanno descritto quali sono le caratteristiche che sperano di trovare in chi li accompagna, e lo hanno espresso molto chiaramente: «Un simile accompagnatore dovrebbe possedere alcune qualità: essere un cristiano fedele impegnato nella Chiesa e nel mondo; essere in continua ricerca della santità; essere un confidente che non giudica; ascoltare attivamente i bisogni dei giovani e dare risposte adeguate; essere pieno d’amore e di consapevolezza di sé; riconoscere i propri limiti ed essere esperto delle gioie e dei dolori della vita spirituale. Una qualità di primaria importanza negli accompagnatori è il riconoscimento della propria umanità, ovvero che sono esseri umani e che quindi sbagliano: non persone perfette, ma peccatori perdonati. A volte gli accompagnatori vengono messi su un piedistallo, e la loro caduta può avere effetti devastanti sulla capacità dei giovani di continuare ad impegnarsi nella Chiesa. Gli accompagnatori non dovrebbero guidare i giovani come se questi fossero seguaci passivi, ma camminare al loro fianco, consentendo loro di essere partecipanti attivi del cammino. Dovrebbero rispettare la libertà che fa parte del processo di discernimento di un giovane, fornendo gli strumenti per compierlo al meglio. Un accompagnatore dovrebbe essere profondamente convinto della capacità di un giovane di prendere parte alla vita della Chiesa. Un accompagnatore dovrebbe coltivare i semi della fede nei giovani, senza aspettarsi di vedere immediatamente i frutti dell’opera dello Spirito Santo. Il ruolo di accompagnatore non è e non può essere riservato solo a sacerdoti e a persone consacrate, ma anche i laici dovrebbero essere messi in condizione di ricoprirlo. Tutti gli accompagnatori dovrebbero ricevere una solida formazione di base e impegnarsi nella formazione permanente».[134]

247. Senza dubbio le istituzioni educative della Chiesa sono un ambiente comunitario di accompagnamento che permette di orientare molti giovani, soprattutto quando «cercano di accogliere tutti i giovani, indipendentemente dalle loro scelte religiose, provenienza culturale e situazione personale, familiare o sociale. In questo modo la Chiesa dà un apporto fondamentale all’educazione integrale dei giovani nelle più diverse parti del mondo».[135] Ridurrebbero indebitamente la loro funzione se stabilissero criteri rigidi per l’ammissione degli studenti o per la loro permanenza, perché priverebbero molti giovani di un accompagnamento che li aiuterebbe ad arricchire la loro vita.

CAPITOLO OTTAVO
La vocazione

248. La parola “vocazione” può essere intesa in senso ampio, come chiamata di Dio. Comprende la chiamata alla vita, la chiamata all’amicizia con Lui, la chiamata alla santità, e così via. Questo ha un grande valore, perché colloca tutta la nostra vita di fronte a quel Dio che ci ama e ci permette di capire che nulla è frutto di un caos senza senso, ma al contrario tutto può essere inserito in un cammino di risposta al Signore, che ha un progetto stupendo per noi.

249. Nell’Esortazione Gaudete et exsultate ho voluto soffermarmi sulla vocazione di tutti a crescere per la gloria di Dio, e mi sono proposto di «far risuonare ancora una volta la chiamata alla santità, cercando di incarnarla nel contesto attuale, con i suoi rischi, le sue sfide e le sue opportunità».[136] Il Concilio Vaticano II ci ha aiutato a rinnovare la consapevolezza di questa chiamata rivolta ad ognuno: «Tutti i fedeli d’ogni stato e condizione sono chiamati dal Signore, ognuno per la sua via, a una santità, la cui perfezione è quella stessa del Padre celeste».[137]

La chiamata all’amicizia con Lui
250. La cosa fondamentale è discernere e scoprire che ciò che vuole Gesù da ogni giovane è prima di tutto la sua amicizia. Questo è il discernimento fondamentale. Nel dialogo del Signore risorto con il suo amico Simon Pietro, la grande domanda era: «Simone, figlio di Giovanni, mi ami?» (Gv 21,16). In altre parole: mi vuoi come amico? La missione che Pietro riceve di prendersi cura delle sue pecore e degli agnelli sarà sempre in relazione a questo amore gratuito, a questo amore di amicizia.

251. E, se fosse necessario un esempio nel senso contrario, ricordiamo l’incontro-scontro tra il Signore e il giovane ricco, che ci dice chiaramente come ciò che quel giovane non aveva colto era lo sguardo amorevole del Signore (cfr Mc 10,21). Se ne andò rattristato, dopo aver seguito una buona ispirazione, perché non era riuscito a staccarsi dalle molte cose che possedeva (cfr Mt 19,22). Perse l’occasione di quella che sicuramente avrebbe potuto essere una grande amicizia. E noi rimaniamo senza sapere che cosa avrebbe potuto essere per noi, che cosa avrebbe potuto fare per l’umanità quel giovane unico che Gesù aveva guardato con amore e al quale aveva teso la mano.

252. Perché «la vita che Gesù ci dona è una storia d’amore, una storia di vita che desidera mescolarsi con la nostra e mettere radici nella terra di ognuno. Quella vita non è una salvezza appesa “nella nuvola” in attesa di venire scaricata, né una nuova “applicazione” da scoprire o un esercizio mentale frutto di tecniche di crescita personale. Neppure la vita che Dio ci offre è un tutorial con cui apprendere l’ultima novità. La salvezza che Dio ci dona è un invito a far parte di una storia d’amore che si intreccia con le nostre storie; che vive e vuole nascere tra noi perché possiamo dare frutto lì dove siamo, come siamo e con chi siamo. Lì viene il Signore a piantare e a piantarsi».[138]

Il tuo essere per gli altri
253. Vorrei ora soffermarmi sulla vocazione intesa nel senso specifico della chiamata al servizio missionario verso gli altri. Siamo chiamati dal Signore a partecipare alla sua opera creatrice, offrendo il nostro contributo al bene comune sulla base delle capacità che abbiamo ricevuto.

254. Questa vocazione missionaria riguarda il nostro servizio agli altri. Perché la nostra vita sulla terra raggiunge la sua pienezza quando si trasforma in offerta. Ricordo che «la missione al cuore del popolo non è una parte della mia vita, o un ornamento che mi posso togliere, non è un’appendice, o un momento tra i tanti dell’esistenza. È qualcosa che non posso sradicare dal mio essere se non voglio distruggermi. Io sono una missione su questa terra, e per questo mi trovo in questo mondo».[139] Di conseguenza, dobbiamo pensare che ogni pastorale è vocazionale, ogni formazione è vocazionale e ogni spiritualità è vocazionale.

255. La tua vocazione non consiste solo nelle attività che devi fare, anche se si esprime in esse. È qualcosa di più, è un percorso che orienterà molti sforzi e molte azioni verso una direzione di servizio. Per questo, nel discernimento di una vocazione è importante vedere se uno riconosce in se stesso le capacità necessarie per quel servizio specifico alla società.

256. Questo dà un valore molto grande a tali compiti, perché essi smettono di essere una somma di azioni che si compiono per guadagnare denaro, per essere occupati o per compiacere gli altri. Tutto questo costituisce una vocazione perché siamo chiamati, c’è qualcosa di più di una mera scelta pragmatica da parte nostra. In definitiva, si tratta di riconoscere per che cosa sono fatto, per che cosa passo da questa terra, qual è il piano del Signore per la mia vita. Egli non mi indicherà tutti i luoghi, i tempi e i dettagli, che io sceglierò con prudenza, ma certamente ci sarà un orientamento della mia vita che Egli deve indicarmi perché è il mio Creatore, il mio vasaio, e io ho bisogno di ascoltare la sua voce per lasciarmi plasmare e portare da Lui. Allora sarò ciò che devo essere e sarò anche fedele alla mia realtà personale.

257. Per realizzare la propria vocazione è necessario sviluppare, far germogliare e coltivare tutto ciò che si è. Non si tratta di inventarsi, di creare sé stessi dal nulla, ma di scoprirsi alla luce di Dio e far fiorire il proprio essere: «Nel disegno di Dio, ogni uomo è chiamato a uno sviluppo, perché ogni vita è vocazione».[140] La tua vocazione ti orienta a tirare fuori il meglio di te stesso per la gloria di Dio e per il bene degli altri. Non si tratta solo di fare delle cose, ma di farle con un significato, con un orientamento. A questo proposito, Sant'Alberto Hurtado diceva ai giovani che devono prendere molto sul serio la rotta: «In una nave, il pilota negligente viene licenziato in tronco, perché quello che ha in mano è troppo sacro. E nella vita, noi stiamo attenti alla nostra rotta? Qual è la tua rotta? Se fosse necessario soffermarsi un po’ di più su questa idea, chiedo a ciascuno di voi di attribuirle la massima importanza, perché riuscire in questo equivale semplicemente ad avere successo; fallire in questo equivale semplicemente a fallire».[141]

258. Questo “essere per gli altri” nella vita di ogni giovane è normalmente collegato a due questioni fondamentali: la formazione di una nuova famiglia e il lavoro. I diversi sondaggi effettuati tra i giovani confermano ancora una volta che questi sono i due grandi temi per cui nutrono desideri e preoccupazioni. Entrambi devono essere oggetto di uno speciale discernimento. Soffermiamoci brevemente su di essi.

L’amore e la famiglia
259. I giovani sentono fortemente la chiamata all’amore e sognano di incontrare la persona giusta con cui formare una famiglia e costruire una vita insieme. Senza dubbio è una vocazione che Dio stesso propone attraverso i sentimenti, i desideri, i sogni. Su questo tema mi sono soffermato a lungo nell’Esortazione Amoris laetitia e invito tutti i giovani a leggere in particolare i capitoli 4 e 5.

260. Mi piace pensare che «due cristiani che si sposano hanno riconosciuto nella loro storia di amore la chiamata del Signore, la vocazione a formare di due, maschio e femmina, una sola carne, una sola vita. E il Sacramento del matrimonio avvolge questo amore con la grazia di Dio, lo radica in Dio stesso. Con questo dono, con la certezza di questa chiamata, si può partire sicuri, non si ha paura di nulla, si può affrontare tutto, insieme!».[142]

261. In questo contesto, ricordo che Dio ci ha creati sessuati. Egli stesso «ha creato la sessualità, che è un regalo meraviglioso per le sue creature».[143] All’interno della vocazione al matrimonio, dobbiamo riconoscere ed essere grati per il fatto che «la sessualità, il sesso, è un dono di Dio. Niente tabù. È un dono di Dio, un dono che il Signore ci dà. Ha due scopi: amarsi e generare vita. È una passione, è l’amore appassionato. Il vero amore è appassionato. L’amore fra un uomo e una donna, quando è appassionato, ti porta a dare la vita per sempre. Sempre. E a darla con il corpo e l’anima».[144]

262. Il Sinodo ha sottolineato che «la famiglia continua a rappresentare il principale punto di riferimento per i giovani. I figli apprezzano l’amore e la cura da parte dei genitori, hanno a cuore i legami familiari e sperano di riuscire a formare a loro volta una famiglia. Indubbiamente l’aumento di separazioni, divorzi, seconde unioni e famiglie monoparentali può causare nei giovani grandi sofferenze e crisi d’identità. Talora devono farsi carico di responsabilità che non sono proporzionate alla loro età e li costringono a divenire adulti prima del tempo. I nonni offrono spesso un contributo decisivo nell’affetto e nell’educazione religiosa: con la loro saggezza sono un anello decisivo nel rapporto tra le generazioni».[145]

263. Queste difficoltà incontrate nella famiglia di origine portano certamente molti giovani a chiedersi se vale la pena formare una nuova famiglia, essere fedeli, essere generosi. Voglio dirvi di sì, che vale la pena scommettere sulla famiglia e che in essa troverete gli stimoli migliori per maturare e le gioie più belle da condividere. Non lasciate che vi rubino la possibilità di amare sul serio. Non fatevi ingannare da coloro che propongono una vita di sregolatezza individualistica che finisce per portare all’isolamento e alla peggiore solitudine.

264. Oggi regna una cultura del provvisorio che è un’illusione. Credere che nulla può essere definitivo è un inganno e una menzogna. Molte volte «c’è chi dice che oggi il matrimonio è “fuori moda”. [...] Nella cultura del provvisorio, del relativo, molti predicano che l’importante è “godere” il momento, che non vale la pena di impegnarsi per tutta la vita, di fare scelte definitive. […] Io, invece, vi chiedo di essere rivoluzionari, vi chiedo di andare controcorrente; sì, in questo vi chiedo di ribellarvi a questa cultura del provvisorio, che, in fondo, crede che voi non siate in grado di assumervi responsabilità, crede che voi non siate capaci di amare veramente».[146] Io invece ho fiducia in voi, per questo vi incoraggio a scegliere il matrimonio.

265. Al matrimonio bisogna prepararsi, e questo richiede di educare sé stessi, di sviluppare le migliori virtù, specialmente l’amore, la pazienza, la capacità di dialogo e di servizio. Implica anche educare la propria sessualità, in modo che sia sempre meno uno strumento per usare gli altri e sempre più una capacità di donarsi pienamente a una persona in modo esclusivo e generoso.

266. I Vescovi della Colombia ci hanno insegnato che «Cristo sa che gli sposi non sono perfetti e che hanno bisogno di superare la loro debolezza e incostanza perché il loro amore possa crescere e durare nel tempo. Per questo, concede ai coniugi la sua grazia che è, allo stesso tempo, luce e forza che permette loro di realizzare il loro progetto di vita matrimoniale in conformità con il piano di Dio».[147]

267. Per coloro che non sono chiamati al matrimonio o alla vita consacrata, occorre ricordare sempre che la prima e più importante vocazione è la vocazione battesimale. Le persone non sposate, anche non per scelta, possono diventare in modo particolare testimoni di tale vocazione nel loro cammino di crescita personale.

Il lavoro
268. I Vescovi degli Stati Uniti d’America hanno rilevato con chiarezza che la gioventù, una volta raggiunta la maggior età, «segna spesso l’ingresso di una persona nel mondo del lavoro. “Cosa fai per vivere?” è un argomento costante di conversazione, perché il lavoro è una parte molto importante della loro vita. Per i giovani adulti, questa esperienza è molto fluida perché passano da un lavoro all'altro e anche da una carriera all’altra. Il lavoro può definire l’uso del tempo e può determinare cosa possono fare o acquistare. Può anche determinare la qualità e la quantità del tempo libero. Il lavoro definisce e influenza l’identità e il concetto di sé di un giovane adulto ed è un luogo fondamentale dove si sviluppano le amicizie e altre relazioni, perché di solito non si lavora da soli. I giovani, uomini e donne, parlano del lavoro come adempimento di una funzione e come qualcosa che fornisce un significato. Permette ai giovani adulti di soddisfare le loro necessità pratiche, nonché – cosa ancora più importante – di cercare il senso e la realizzazione dei loro sogni e delle loro visioni. Anche se il lavoro potrebbe non aiutarli a realizzare i loro sogni, è importante per i giovani-adulti coltivare una visione, imparare a lavorare in un modo veramente personale e soddisfacente per la loro vita, e continuare a discernere la chiamata di Dio».[148]

269. Invito i giovani a non aspettarsi di vivere senza lavorare, dipendendo dall’aiuto degli altri. Questo non va bene, perché «il lavoro è una necessità, è parte del senso della vita su questa terra, via di maturazione, di sviluppo umano e di realizzazione personale. In questo senso, aiutare i poveri con il denaro dev’essere sempre un rimedio provvisorio per fare fronte a delle emergenze».[149] Ne consegue che «la spiritualità cristiana, insieme con lo stupore contemplativo per le creature che troviamo in san Francesco d’Assisi, ha sviluppato anche una ricca e sana comprensione del lavoro, come possiamo riscontrare, per esempio, nella vita del beato Charles de Foucauld e dei suoi discepoli».[150]

270. Il Sinodo ha sottolineato che il mondo del lavoro è un ambito in cui i giovani «sperimentano forme di esclusione ed emarginazione. La prima e più grave è la disoccupazione giovanile, che in alcuni Paesi raggiunge livelli esorbitanti. Oltre a renderli poveri, la mancanza di lavoro recide nei giovani la capacità di sognare e di sperare e li priva della possibilità di dare un contributo allo sviluppo della società. In molti Paesi questa situazione dipende dal fatto che alcune fasce di popolazione giovanile sono sprovviste di adeguate capacità professionali, anche a causa dei deficit del sistema educativo e formativo. Spesso la precarietà occupazionale che affligge i giovani risponde agli interessi economici che sfruttano il lavoro».[151]

271. È una questione molto delicata che la politica deve considerare come una problematica prioritaria, in particolare oggi che la velocità degli sviluppi tecnologici, insieme all’ossessione per la riduzione del costo del lavoro, può portare rapidamente a sostituire innumerevoli posti di lavoro con macchinari. Si tratta di una questione fondamentale della società, perché il lavoro per un giovane non è semplicemente un’attività finalizzata a produrre un reddito. È un’espressione della dignità umana, è un cammino di maturazione e di inserimento sociale, è uno stimolo costante a crescere in termini di responsabilità e di creatività, è una protezione contro la tendenza all’individualismo e alla comodità, ed è anche dar gloria a Dio attraverso lo sviluppo delle proprie capacità.

272. Non sempre un giovane ha la possibilità di decidere a che cosa dedicare i suoi sforzi, per quali compiti spendere le sue energie e la sua capacità di innovazione. Perché, al di là dei propri desideri e molto al di là delle proprie capacità e del discernimento che una persona può maturare, ci sono i duri limiti della realtà. È vero che non puoi vivere senza lavorare e che a volte dovrai accettare quello che trovi, ma non rinunciare mai ai tuoi sogni, non seppellire mai definitivamente una vocazione, non darti mai per vinto. Continua sempre a cercare, come minimo, modalità parziali o imperfette di vivere ciò che nel tuo discernimento riconosci come un’autentica vocazione.

273. Quando uno scopre che Dio lo chiama a qualcosa, che è fatto per questo – può essere l’infermieristica, la falegnameria, la comunicazione, l’ingegneria, l’insegnamento, l’arte o qualsiasi altro lavoro – allora sarà capace di far sbocciare le sue migliori capacità di sacrificio, generosità e dedizione. Sapere che non si fanno le cose tanto per farle, ma con un significato, come risposta a una chiamata che risuona nel più profondo del proprio essere per dare qualcosa agli altri, fa sì che queste attività offrano al proprio cuore un’esperienza speciale di pienezza. Questo è ciò che diceva l’antico libro biblico del Qoèlet: «Mi sono accorto che nulla c’è di meglio per l’uomo che godere delle sue opere» (3,22).

Vocazioni a una consacrazione speciale
274. Se partiamo dalla convinzione che lo Spirito continua a suscitare vocazioni al sacerdozio e alla vita religiosa, possiamo “gettare di nuovo le reti” nel nome del Signore, con piena fiducia. Possiamo – e dobbiamo – avere il coraggio di dire ad ogni giovane di interrogarsi sulla possibilità di seguire questa strada.

275. Alcune volte ho fatto questa proposta a dei giovani, che mi hanno risposto quasi in tono beffardo dicendo: «No, veramente io non vado in quella direzione». Tuttavia, anni dopo alcuni di loro erano in Seminario. Il Signore non può venir meno alla sua promessa di non lasciare la Chiesa priva dei pastori, senza i quali non potrebbe vivere né svolgere la sua missione. E se alcuni sacerdoti non danno una buona testimonianza, non per questo il Signore smetterà di chiamare. Al contrario, Egli raddoppia la posta, perché non cessa di prendersi cura della sua amata Chiesa.

276. Nel discernimento di una vocazione non si deve escludere la possibilità di consacrarsi a Dio nel sacerdozio, nella vita religiosa o in altre forme di consacrazione. Perché escluderlo? Abbi la certezza che, se riconosci una chiamata di Dio e la segui, ciò sarà la cosa che darà pienezza alla tua vita.

277. Gesù cammina in mezzo a noi come faceva in Galilea. Passa per le nostre strade, si ferma e ci guarda negli occhi, senza fretta. La sua chiamata è attraente, è affascinante. Oggi, però, l’ansia e la velocità di tanti stimoli che ci bombardano fanno sì che non ci sia spazio per quel silenzio interiore in cui si percepisce lo sguardo di Gesù e si ascolta la sua chiamata. Nel frattempo, riceverai molte proposte ben confezionate, che si presentano belle e intense, ma con il tempo ti lasceranno svuotato, stanco e solo. Non lasciare che questo ti accada, perché il turbine di questo mondo ti trascina in una corsa senza senso, senza orientamento, senza obiettivi chiari, e così molti tuoi sforzi andranno sprecati. Cerca piuttosto quegli spazi di calma e di silenzio che ti permettano di riflettere, di pregare, di guardare meglio il mondo che ti circonda, e a quel punto, insieme a Gesù, potrai riconoscere quale è la tua vocazione in questa terra.

CAPITOLO NONO
Il discernimento

278. Sul discernimento in generale, mi sono già soffermato nell’Esortazione apostolica Gaudete et exsultate. Permettetemi di riprendere alcune di quelle riflessioni applicandole al discernimento della propria vocazione nel mondo.

279. Ricordo che tutti, ma «specialmente i giovani, sono esposti a uno zapping costante. È possibile navigare su due o tre schermi simultaneamente e interagire nello stesso tempo in diversi scenari virtuali. Senza la sapienza del discernimento possiamo trasformarci facilmente in burattini alla mercé delle tendenze del momento».[152] E «questo risulta particolarmente importante quando compare una novità nella propria vita, e dunque bisogna discernere se sia il vino nuovo che viene da Dio o una novità ingannatrice dello spirito del mondo o dello spirito del diavolo».[153]

280. Questo discernimento, «anche se include la ragione e la prudenza, le supera, perché si tratta di intravedere il mistero del progetto unico e irripetibile che Dio ha per ciascuno. […] È in gioco il senso della mia vita davanti al Padre che mi conosce e mi ama, quello vero, per il quale io possa dare la mia esistenza, e che nessuno conosce meglio di Lui».[154]

281. È in questo quadro che si colloca la formazione della coscienza, che permette che il discernimento cresca in termini di profondità e di fedeltà a Dio: «Formare la coscienza è il cammino di tutta la vita in cui si impara a nutrire gli stessi sentimenti di Gesù Cristo assumendo i criteri delle sue scelte e le intenzioni del suo agire (cfr Fil 2,5)».[155]

282. Questa formazione implica il lasciarsi trasformare da Cristo e allo stesso tempo «una pratica abituale del bene, verificata nell’esame della coscienza: un esercizio in cui non si tratta solo di identificare i peccati, ma anche di riconoscere l’opera di Dio nella propria esperienza quotidiana, nelle vicende della storia e delle culture in cui si è inseriti, nella testimonianza di tanti altri uomini e donne che ci hanno preceduto o ci accompagnano con la loro saggezza. Tutto ciò aiuta a crescere nella virtù della prudenza, articolando l’orientamento globale dell’esistenza con le scelte concrete, nella serena consapevolezza dei propri doni e dei propri limiti».[156]

Come discernere la tua vocazione
283. Un’espressione del discernimento è l’impegno per riconoscere la propria vocazione. È un compito che richiede spazi di solitudine e di silenzio, perché si tratta di una decisione molto personale che nessun altro può prendere al nostro posto: «Anche se il Signore ci parla in modi assai diversi durante il nostro lavoro, attraverso gli altri e in ogni momento, non è possibile prescindere dal silenzio della preghiera prolungata per percepire meglio quel linguaggio, per interpretare il significato reale delle ispirazioni che pensiamo di aver ricevuto, per calmare le ansie e ricomporre l’insieme della propria esistenza alla luce di Dio».[157]

284. Questo silenzio non è una forma di isolamento, perché «occorre ricordare che il discernimento orante richiede di partire da una disposizione ad ascoltare: il Signore, gli altri, la realtà stessa che sempre ci interpella in nuovi modi. Solamente chi è disposto ad ascoltare ha la libertà di rinunciare al proprio punto di vista parziale e insufficiente. […] Così è realmente disponibile ad accogliere una chiamata che rompe le sue sicurezze ma che lo porta a una vita migliore, perché non basta che tutto vada bene, che tutto sia tranquillo. Può essere che Dio ci stia offrendo qualcosa di più, e nella nostra pigra distrazione non lo riconosciamo».[158]

285. Quando si tratta di discernere la propria vocazione, è necessario porsi varie domande. Non si deve iniziare chiedendosi dove si potrebbe guadagnare di più, o dove si potrebbe ottenere più fama e prestigio sociale, ma non si dovrebbe nemmeno cominciare chiedendosi quali compiti ci darebbero più piacere. Per non sbagliarsi, occorre cambiare prospettiva e chiedersi: io conosco me stesso, al di là delle apparenze e delle mie sensazioni? So che cosa dà gioia al mio cuore e che cosa lo intristisce? Quali sono i miei punti di forza e i miei punti deboli? Seguono immediatamente altre domande: come posso servire meglio ed essere più utile al mondo e alla Chiesa? Qual è il mio posto su questa terra? Cosa potrei offrire io alla società? Ne seguono altre molto realistiche: ho le capacità necessarie per prestare quel servizio? Oppure, potrei acquisirle e svilupparle?

286. Queste domande devono essere poste non tanto in relazione a sé stessi e alle proprie inclinazioni, ma piuttosto in relazione agli altri, nei loro confronti, in modo tale che il discernimento imposti la propria vita in riferimento agli altri. Per questo voglio ricordare qual è la grande domanda: «Tante volte, nella vita, perdiamo tempo a domandarci: “Ma chi sono io?”. Tu puoi domandarti chi sei tu e fare tutta una vita cercando chi sei tu. Ma domandati: “Per chi sono io?”».[159] Tu sei per Dio, senza dubbio. Ma Lui ha voluto che tu sia anche per gli altri, e ha posto in te molte qualità, inclinazioni, doni e carismi che non sono per te, ma per gli altri.

La chiamata dell’Amico
287. Per discernere la propria vocazione, bisogna riconoscere che essa è la chiamata di un amico: Gesù. Agli amici, quando si fa un regalo, si regala il meglio. E questo non è necessariamente la cosa più costosa o difficile da procurare, ma quella che sappiamo darà gioia all’altro. Un amico ha una percezione così chiara di questo, che può visualizzare nella sua immaginazione il sorriso dell’amico mentre apre il suo regalo. Questo discernimento di amicizia è quello che propongo ai giovani come modello se vogliono capire qual è la volontà di Dio per la loro vita.

288. Voglio che sappiate che quando il Signore pensa ad ognuno, a quello che vorrebbe regalargli, pensa a lui come un suo amico personale. E se ha deciso di regalarti una grazia, un carisma che ti farà vivere la tua vita in pienezza e ti trasformerà in una persona utile per gli altri, in qualcuno che lasci un’impronta nella storia, sarà sicuramente qualcosa che ti renderà felice nel più intimo e ti entusiasmerà più di ogni altra cosa in questo mondo. Non perché quello che sta per darti sia un carisma straordinario o raro, ma perché sarà giusto su misura per te, su misura di tutta la tua vita.

289. Il regalo della vocazione sarà senza dubbio un regalo esigente. I regali di Dio sono interattivi e per goderli bisogna mettersi molto in gioco, bisogna rischiare. Tuttavia, non sarà l’esigenza di un dovere imposto da un altro dall’esterno, ma qualcosa che ti stimolerà a crescere e a fare delle scelte perché questo regalo maturi e diventi un dono per gli altri. Quando il Signore suscita una vocazione, pensa non solo a quello che sei, ma a tutto ciò che, insieme a Lui e agli altri, potrai diventare.

290. La potenza della vita e la forza della propria personalità si alimentano a vicenda all’interno di ogni giovane e lo spingono ad andare oltre ogni limite. L’inesperienza permette che questo scorra, anche se ben presto si trasforma in esperienza, tante volte dolorosa. È importante mettere in contatto questo desiderio dell’«infinito di quando non si è ancora provato a iniziare»[160] con l’amicizia incondizionata che Gesù ci offre. Prima di ogni legge e di ogni dovere, quello che Gesù ci propone di scegliere è un seguire, come quello degli amici che si seguono, si cercano e si trovano per pura amicizia. Tutto il resto viene dopo, e persino i fallimenti della vita potranno essere un’inestimabile esperienza di questa amicizia che non si rompe mai.

Ascolto e accompagnamento
291. Ci sono sacerdoti, religiosi, religiose, laici, professionisti e anche giovani qualificati che possono accompagnare i giovani nel loro discernimento vocazionale. Quando ci capita di aiutare un altro a discernere la strada della sua vita, la prima cosa è ascoltare. Questo ascolto presuppone tre sensibilità o attenzioni distinte e complementari.

292. La prima sensibilità o attenzione è alla persona. Si tratta di ascoltare l’altro che ci sta dando sé stesso nelle sue parole. Il segno di questo ascolto è il tempo che dedico all’altro. Non è una questione di quantità, ma che l’altro senta che il mio tempo è suo: il tempo di cui ha bisogno per esprimermi ciò che vuole. Deve sentire che lo ascolto incondizionatamente, senza offendermi, senza scandalizzarmi, senza irritarmi, senza stancarmi. Questo ascolto è quello che il Signore esercita quando si mette a camminare accanto ai discepoli di Emmaus e li accompagna per un bel pezzo lungo una strada che andava in direzione opposta a quella giusta (cfr Lc 24,13-35). Quando Gesù fa come se dovesse proseguire perché quei due sono arrivati a casa, allora capiscono che aveva donato loro il suo tempo, e a quel punto gli regalano il proprio, offrendogli ospitalità. Questo ascolto attento e disinteressato indica il valore che l’altra persona ha per noi, al di là delle sue idee e delle sue scelte di vita.

293. La seconda sensibilità o attenzione consiste nel discernere. Si tratta di cogliere il punto giusto in cui si discerne la grazia dalla tentazione. Perché a volte le cose che attraversano la nostra immaginazione sono solo tentazioni che ci allontanano dalla nostra vera strada. Qui devo domandarmi che cosa mi sta dicendo esattamente quella persona, che cosa mi vuole dire, che cosa desidera che io capisca di ciò che le sta succedendo. Sono domande che aiutano a capire come si agganciano fra loro gli argomenti che muovono l’altro e a sentire il peso e il ritmo dei suoi affetti influenzati da questa logica. Questo ascolto è volto a discernere le parole salvifiche dello Spirito buono, che ci propone la verità del Signore, ma anche le trappole dello spirito cattivo, i suoi inganni e le sue seduzioni. Bisogna avere il coraggio, l’affetto e la delicatezza necessari per aiutare l’altro a riconoscere la verità e gli inganni o i pretesti.

294. La terza sensibilità o attenzione consiste nell’ascoltare gli impulsi che l’altro sperimenta “in avanti”. È l’ascolto profondo di “dove vuole andare veramente l’altro”. Al di là di ciò che sente e pensa nel presente e di ciò che ha fatto nel passato, l’attenzione è rivolta a ciò che vorrebbe essere. A volte questo richiede che la persona non guardi tanto ciò che le piace, i suoi desideri superficiali, ma ciò che è più gradito al Signore, il suo progetto per la propria vita che si esprime in un’inclinazione del cuore, al di là della scorza dei gusti e dei sentimenti. Questo ascolto è attenzione all’intenzione ultima, che è quella che alla fine decide la vita, perché esiste Qualcuno come Gesù che comprende e apprezza questa intenzione ultima del cuore. Per questo Egli è sempre pronto ad aiutare ognuno a riconoscerla, e per questo gli basta che qualcuno gli dica: «Signore, salvami! Abbi misericordia di me!».

295. Solo allora il discernimento diventa uno strumento di impegno forte per seguire meglio il Signore.[161] In questo modo, il desiderio di riconoscere la propria vocazione acquista un’intensità suprema, una qualità differente e un livello superiore, che risponde molto meglio alla dignità della propria vita. Perché, in ultima analisi, un buon discernimento è un cammino di libertà che porta alla luce quella realtà unica di ogni persona, quella realtà che è così sua, così personale, che solo Dio la conosce. Gli altri non possono né comprendere pienamente né prevedere dall’esterno come si svilupperà.

296. Perciò, quando uno ascolta l’altro in questo modo, a un certo punto deve scomparire per lasciare che segua la strada che ha scoperto. Scomparire come scompare il Signore dalla vista dei suoi discepoli, lasciandoli soli con l’ardore del cuore, che si trasforma in impulso irresistibile a mettersi in cammino (cfr Lc 24,31-33). Al loro ritorno nella comunità, i discepoli di Emmaus riceveranno la conferma che il Signore è veramente risorto (cfr Lc 24,34).

297. Poiché «il tempo è superiore allo spazio»,[162] dobbiamo suscitare e accompagnare processi, non imporre percorsi. E si tratta di processi di persone che sono sempre uniche e libere. Per questo è difficile costruire ricettari, anche quando tutti i segni sono positivi, perché «si tratta di sottoporre gli stessi fattori positivi ad attento discernimento, perché non si isolino l’uno dall’altro e non vengano in contrasto tra loro, assolutizzandosi e combattendosi a vicenda. Altrettanto si dica dei fattori negativi: non sono da respingere in blocco e senza distinzioni, perché in ciascuno di essi può nascondersi un qualche valore, che attende di essere liberato e ricondotto alla sua verità piena».[163]

298. Ma per accompagnare gli altri in questo cammino, è necessario anzitutto che tu sia ben esercitato a percorrerlo in prima persona. Maria lo ha fatto, affrontando le proprie domande e le proprie difficoltà quando era molto giovane. Possa ella rinnovare la tua giovinezza con la forza della sua preghiera e accompagnarti sempre con la sua presenza di Madre.

*.*.*

E per concludere... un desiderio
299. Cari giovani, sarò felice nel vedervi correre più velocemente di chi è lento e timoroso. Correte «attratti da quel Volto tanto amato, che adoriamo nella santa Eucaristia e riconosciamo nella carne del fratello sofferente. Lo Spirito Santo vi spinga in questa corsa in avanti. La Chiesa ha bisogno del vostro slancio, delle vostre intuizioni, della vostra fede. Ne abbiamo bisogno! E quando arriverete dove noi non siamo ancora giunti, abbiate la pazienza di aspettarci».[164]

Loreto, presso il Santuario della Santa Casa, 25 marzo, Solennità dell’Annunciazione del Signore, dell’anno 2019, settimo del pontificato

FRANCESCO

_________________________

[1] La stessa parola greca che significa “nuovo” viene usata per esprimere “giovane”.
[2]
Confessioni, X, 27: PL 32, 795.
[3]
Sant’Ireneo, Contro le eresie, II, 22, 4: PG 7, 784.
[4]
Documento Finale della XV Assemblea Generale Ordinaria del Sinodo dei Vescovi, 60. D’ora in poi questo documento verrà citato con la sigla DF. Lo si può trovare in http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20181027_doc-final-instrumentum-xvassemblea-giovani_it.html
[5]
Catechismo della Chiesa Cattolica, 515.
[6]
Ibid., 517.
[7]
Catechesi (27 giugno 1990), 2-3: Insegnamenti 13, 1 (1990), 1680-1681.
[8]
Esort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 182: AAS 108 (2016), 384.
[9]
DF 63.
[10]
Messaggio all'umanità: Ai giovani (8 dicembre 1965): AAS 58 (1966), 18.
[11]
Ibid.
[12]
DF 1
[13]
Ibid, 8.
[14]
Ibid., 50.
[15]
Ibid., 53.
[16]
Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Dei Verbum, 8.
[17]
DF 150.
[18]
Discorso nella Veglia con i giovani alla XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (26 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 6.
[19]
Preghiera al termine della Via Crucis della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (25 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 27 gennaio 2019, 12.
[20]
DF 65.
[21]
Ibid., 167.
[22]
S. Giovanni Paolo II, Discorso ai giovani a Torino (13 aprile 1980), 4: Insegnamenti 3, 1 (1980), 905.
[23]
Benedetto XVI, Messaggio per la XXVII Giornata Mondiale della Gioventù (15 marzo 2012): AAS 104 (2012), 359.
[24]
DF 8.
[25]
Ibid.
[26]
Ibid., 10.
[27]
Ibid., 11.
[28]
Ibid., 12.
[29]
Ibid., 41.
[30]
Ibid., 42.
[31]
Discorso ai giovani a Manila (18 gennaio 2015): L’Osservatore Romano, 19-20 gennaio 2015, 7.
[32]
DF 34.
[33]
Documento della Riunione pre-sinodale in preparazione alla XV Assemblea Generale Ordinaria del Sinodo dei Vescovi (24 marzo 2018), I, 1.
[34]
DF 39.
[35]
Ibid., 37.
[36]
Cfr Lett. enc. Laudato si’ (24 maggio 2015), 106: AAS 107 (2015), 889-890.
[37]
DF 37.
[38]
Ibid., 67.
[39]
Ibid., 21.
[40]
Ibid., 22.
[41]
Ibid., 23.
[42]
Ibid., 24.
[43]
Documento della Riunione pre-sinodale in preparazione alla XV Assemblea Generale Ordinaria del Sinodo dei Vescovi (24 marzo 2018), I, 4.
[44]
DF 25.
[45]
Ibid.
[46]
Ibid., 26.
[47]
Ibid., 27.
[48]
Ibid., 28.
[49]
Ibid., 29.
[50]
Discorso al termine dell’Incontro su "La protezione dei minori nella Chiesa" (24 febbraio 2019): L’Osservatore Romano, 25-26 febbraio 2019, 10.
[51]
DF 29.
[52]
Lettera al Popolo di Dio (20 agosto 2018), 2: L’Osservatore Romano, 20-21 agosto 2018, 7.
[53]
DF 30.
[54]
Discorso alla I Congregazione generale della XV Assemblea Generale Ordinaria del Sinodo dei Vescovi (3 ottobre 2018): L’Osservatore Romano, 5 ottobre 2018, 8.
55]
DF 31.
[56]
Ibid.
[57]
Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, 1.
[58]
DF 31.
[59]
Ibid., 31.
[60]
Discorso al termine dell'Incontro su "La protezione dei minori nella Chiesa" (24 febbraio 2019): L’Osservatore Romano, 25-26 febbraio 2019, 11.
[61]
Francisco Luis Bernárdez, “Soneto”, in Cielo de tierra, Buenos Aires, 1937.
[62]
Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 140.
[63]
Omelia nella Messa della XXXI Giornata Mondiale della Gioventù a Cracovia (31 luglio 2016): AAS 108 (2016), 923.
[64]
Discorso nella cerimonia di apertura della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (24 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 26 gennaio 2019, 12.
[65]
Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 1: AAS 105 (2013), 1019.
[66]
Ibid., 3: 1020.
[67]
Discorso nella Veglia della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (26 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 6.
[68]
Discorso nell’incontro con i giovani durante il Sinodo (6 ottobre 2018): L’Osservatore Romano, 8-9 ottobre 2018, 7.
[69]
Benedetto XVI, Lett. enc. Deus caritas est (25 dicembre 2005), 1: AAS 98 (2006), 217.
[70]
Pedro Arrupe, Enamórate.
[71]
S. Paolo VI, Discorso per la beatificazione di Nunzio Sulprizio (1 dicembre 1963): AAS 56 (1964), 28.
[72]
DF 65.
[73]
Omelia nella Messa con i giovani a Sydney (2 dicembre 1970): AAS 63 (1971), 64.
[74]
Confessioni, I, 1, 1: PL 32, 661.
[75]
Dio è giovane. Una conversazione con Thomas Leoncini, Milano 2018, 16.
[76]
DF 68.
[77]
Discorso ai giovani a Cagliari (22 settembre 2013): AAS 105 (2013), 904-905.
[78]
Cinque pani e due pesci. Dalla sofferenza del carcere una gioiosa testimonianza di fede, Milano 2014, 20.
[79]
Conferenza Episcopale Svizzera, Prendre le temps: pour toi, pour moi, pour nous, 2 febbraio 2018.
[80]
Cfr San Tommaso d’Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 23, art. 1.
[81]
Discorso ai volontari della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (27 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 11.[82] S. Oscar A. Romero, Omelia (6 novembre 1977): Su pensamiento, I-II, San Salvador 2000, 312.
[83]
Discorso alla cerimonia di apertura della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (24 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 26 gennaio 2019, 12.
[84]
Cfr Incontro con i giovani nel Santuario Nazionale di Maipú, Santiago del Cile (17 gennaio 2018): L’Osservatore Romano, 19 gennaio 2018, 7.
[85]
Cfr Romano Guardini, Le età della vita: Opera omnia IV/ 1, Brescia 2015, 209.
[86]
Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 11.
[87]
Cantico Spirituale B, Prologo, 2.
[88]
Ibid., XIV-XV, 2.
[89]
Conferenza Episcopale del Ruanda, Lettera dei Vescovi cattolici ai fedeli durante l'anno speciale della riconciliazione in Ruanda, Kigali (18 gennaio 2018), 17.
[90]
Saluto ai giovani del Centro Culturale Padre Félix Varela all’Avana (20 settembre 2015): L’Osservatore Romano, 21-22 settembre 2015, 6.
[91]
DF 46.
[92]
Discorso nella Veglia della XXVIII Giornata Mondiale della Gioventù a Rio de Janeiro (27 luglio 2013): AAS 105 (2013), 663.
[93]
Ustedes son la luz del mundo, Discurso en el Cerro San Cristóbal, Chile, 1940: http://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/
[94]
Omelia nella Messa della XXVIII Giornata Mondiale della Gioventù a Rio de Janeiro (28 luglio 2013): AAS 105 (2013), 665.
[95]
Conferenza Episcopale Cattolica di Corea, Lettera pastorale in occasione del 150° anniversario del martirio durante la persecuzione Byeong-in (30 marzo 2016).
[96]
Cfr Omelia nella Messa per la XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (27 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 12.
[97]
Preghiera “Signore, fa’ di me uno strumento della tua pace”, ispirata a S. Francesco d’Assisi.
[98]
Discorso nella Veglia della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (26 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 6.
[99]
DF 14.
[100]
Cfr Lett. enc. Laudato si’ (24 maggio 2015), 145: AAS 107 (2015), 906.
[101]
Video-messaggio per l'Incontro mondiale dei giovani indigeni a Panama (17-21 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 19 gennaio 2019, 8.
[102]
DF 35.
[103]
Cfr Lettera ai giovani, I, 2: PG 31, 565.
[104]
Cfr La saggezza del tempo. In dialogo con Papa Francesco sulle grandi questioni della vita. A cura di Antonio Spadaro, Venezia 2018.
[105]
Ibid, 12.
[106]
Ibid, 13.
[107]
Ibid.
[108]
Ibid.
[109]
Ibid., 162-163.
[110]
Eduardo Pironio, Messaggio ai giovani argentini nell’incontro nazionale giovanile a Cordoba (12-15 settembre 1985), 2.
[111]
DF 123.
[112]
L’essenza del cristianesimo, Brescia 1984, 12.
[113]
N. 165: AAS 105 (2013), 1089.
[114]
Discorso nella visita alla Casa del Buon Samaritano a Panama, (27 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 10.
[115]
DF 36.
[116]
Cfr Cost. ap. Veritatis gaudium (8 dicembre 2017), 4: AAS 110 (2018), 7-8.
[117]
Discorso nell'incontro con gli studenti e il mondo accademico in Piazza San Domenico a Bologna (1 ottobre 2017): AAS 109 (2017), 1115.
[118]
DF 51.
[119]
Ibid. 47.
[120]
Sermo 256, 3: PL 38, 1193.
[121]
DF 47.
[122]
Discorso a una delegazione di “Special Olympics International” (16 febbraio 2017): L’Osservatore Romano, 17 febbraio 2017, 8.
[123]
Lettera ai giovani, VIII, 11-12: PG 31, 580.
[124]
Conferenza Episcopale Argentina, Declaración de San Miguel, Buenos Aires, 1969, X, 1.
[125]
Rafael Tello, La nueva evangelización, Tomo II (Anexos I y II), Buenos Aires, 2013, 111.
[126]
Cfr Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 44-45: AAS 105 (2013), 1038-1039.
[127]
DF 70.
[128]
Ibid., 117.
[129]
Ibid., 4.
[130]
Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 124: AAS 105 (2013), 1072.
[131]
Ibid., 122: 1071.
[132]
DF 9.
[133]
Documento della Riunione pre-sinodale in preparazione alla XV Assemblea Generale Ordinaria del Sinodo dei Vescovi (24 marzo 2018), 12.
[134]
Ibid., 10.
[135]
DF 15.
[136]
N. 2.
[137]
Cost. dogm. Lumen gentium, 11.
[138]
Discorso nella Veglia con i giovani alla XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (26 gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 6.
[139]
Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 273: AAS 105 (2013), 1130.
[140]
S. Paolo VI, Lett. enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 15: AAS 59 (1967), 265.
[141]
Meditación de Semana Santa para jóvenes, scritta a bordo di una nave da carico, di ritorno dagli Stati Uniti, 1946: http://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/
[142]
Incontro con i giovani dell’Umbria ad Assisi (4 ottobre 2013): AAS 105 (2013), 921.[143] Esort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 150: AAS 108 (2016), 369.
[144]
Udienza ai giovani della diocesi di Grenoble-Vienne, Francia (17 settembre 2018): L’Osservatore Romano, 19 settembre 2018, 8.
[145]
DF 32.
[146]
Incontro con i volontari della XXVIII Giornata Mondiale della Gioventù a Rio de Janeiro (28 luglio 2013): Insegnamenti, 1, 2 (2013), 125.
[147]
Conferenza Episcopale della Colombia, Mensaje Cristiano sobre el matrimonio (14 maggio 1981).
[148]
Conferenza episcopale degli stati uniti, Sons and Daughters of Light: A Pastoral Plan for Ministry with Young Adults, 12 novembre 1996, I, 3.
[149]
Lett. enc. Laudato si’ (24 maggio 2015), 128: AAS 107 (2015), 898.
[150]
Ibid., 125: 897.
[151]
DF 40.
[152]
Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 167.
[153]
Ibid., 168.
[154]
Ibid., 170.
[155]
DF 108.
[156]
Ibid.
[157]
Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 171.
[158]
Ibid., 172.
[159]
Discorso nella Veglia di preghiera in preparazione alla XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù, Basilica di S. Maria Maggiore, (8 aprile 2017): AAS 109 (2017), 447.
[160]
Romano Guardini, Le età della vita: Opera omnia IV/ 1, Brescia 2015, 209.
[161]
Cfr Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 169.
[162]
Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 222: AAS 105 (2013), 1111.
[163]
S. Giovanni Paolo II, Esort. ap. postsin. Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 10: AAS 84 (1992), 672.
[164]
Incontro e preghiera con i giovani italiani al Circo Massimo a Roma (11 agosto 2018): L’Osservatore Romano, 13-14 agosto 2018, 6.

[00556-IT.01] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua francese

EXHORTATION APOSTOLIQUE POST-SYNODALE
CHRISTUS VIVIT

DU SAINT-PÈRE FRANÇOIS
AUX JEUNES ET À TOUT LE PEUPLE DE DIEU

1. Il vit, le Christ, notre espérance et il est la plus belle jeunesse de ce monde. Tout ce qu’il touche devient jeune, devient nouveau, se remplit de vie. Les premières paroles que je voudrais adresser à chacun des jeunes chrétiens sontdonc : Il vit et il te veut vivant!

2. Il est en toi, il est avec toi et jamais ne t’abandonne. Tu as beau t’éloigner, le Ressuscité est là, t’appelant et t’attendant pour recommencer. Quand tu te sens vieilli par la tristesse, les rancœurs, les peurs, les doutes ou les échecs, il sera toujours là pour te redonner force et espérance.

3. A vous tous, jeunes chrétiens, j’écris avec affection cette Exhortation apostolique, c’est-à-dire une lettre qui rappelle certaines convictions de foi et qui, en même temps, encourage à grandir en sainteté et dans l’engagement de sa propre vocation. Mais étant donné qu’il s’agit d’une balise sur un chemin synodal, je m’adresse en même temps à tout le peuple de Dieu, à ses pasteurs et à ses fidèles, car la réflexion sur les jeunes et pour les jeunes nous interpelle et nous stimule tous. Par conséquent, dans certains paragraphes, je m’adresserai directement aux jeunes et, dans d’autres, je ferai des approches plus générales pour le discernement ecclésial.

4. Je me suis laissé inspirer par la richesse des réflexions et des échanges du Synode de l’année passée. Je ne pourrai pas présenter ici toutes les contributions, que vous pourrez lire dans le Document final, mais j’ai essayé d’inclure dans la rédaction de cette lettre les propositions qui m’ont paru les plus significatives. Ainsi, ma parole sera chargée de mille voix de croyants du monde entier qui ont fait parvenir leurs opinions au Synode. Même les jeunes non croyants, qui ont voulu y prendre part par leurs réflexions, ont soulevé des questions qui ont suscité en moi de nouvelles interrogations.

CHAPITRE 1
Que dit la Parole de Dieu sur les jeunes?

5. Recueillons certains trésors des Saintes Écritures, où, à plusieurs reprises, on parle des jeunes et de la façon dont le Seigneur va à leur rencontre.

Dans l’Ancien Testament
6. A une époque où les jeunes comptaient peu, certains textes montrent que Dieu a sur eux un autre regard. Par exemple, nous voyons que Joseph était presque le plus jeune de la famille (cf. Gn 37, 2-3). Toutefois, Dieu lui communiquait de grandes choses en rêve et il a dépassé tous ses frères dans les tâches importantes lorsqu’il avait environ vingt ans (cf. Gn 37-47).

7. En Gédéon, nous reconnaissons la sincérité des jeunes, qui n’ont pas l’habitude d’édulcorer la réalité. Quand on lui a annoncé que le Seigneur était avec lui, il a répondu: «Si Yahvé est avec nous, d'où vient tout ce qui nous arrive ?» (Jg 6, 13). Mais Dieu ne s’est pas senti offensé par ce reproche et a doublé la mise pour lui: « Va avec la force qui t'anime et tu sauveras Israël» (Jg 6, 14).

8. Samuel était un jeune peu sûr de lui-même, mais le Seigneur parlait avec lui. Sur le conseil d’un adulte, il a ouvert son cœur pour écouter l’appel de Dieu: «Parle, Seigneur, car ton serviteur écoute» (1 S 3, 9-10). C’est pourquoi il a été un grand prophète qui est intervenu en des moments importants pour sa patrie. Le roi Saül, lui aussi, était jeune quand le Seigneur l’a appelé à accomplir sa mission (cf. 1 S 9, 2).

9. Le roi David a été choisi alors qu’il était un jeune garçon. Quand le prophète Samuel était à la recherche du futur roi d’Israël, un homme lui a présenté comme candidats ses enfants aînés et les plus expérimentés. Mais le prophète a fait savoir que l’élu était le jeune David qui gardait les brebis (cf. 1 S 16, 6-13), car «l'homme regarde à l'apparence, mais le Seigneur regarde au cœur» (v. 7). La gloire de la jeunesse était plus dans le cœur que dans la force physique ou dans l’impression que l’on donne aux autres.

10. Salomon, quand il a dû succéder à son père, s’est senti perdu et a dit à Dieu: «Moi, je suis un tout jeune homme, je ne sais pas agir en chef» (1 R 3, 7). Cependant, l’audace de la jeunesse l’a amené à demander à Dieu la sagesse et il s’est consacré à sa mission. Quelque chose de semblable est arrivé au prophète Jérémie appelé, alors qu’il était très jeune, à réveiller son peuple. Dans son désarroi, il a dit: «Ah! Seigneur, vraiment, je ne sais pas parler, car je suis un enfant !» (Jr 1, 6). Mais le Seigneur lui a demandé de ne pas dire cela (cf. Jr 1, 7), et il a ajouté: «N'aie aucune crainte en leur présence car je suis avec toi pour te délivrer» (Jr 1, 8). Le dévouement du prophète Jérémie dans sa mission montre ce qui est possible si le courage de la jeunesse s’allie à la force de Dieu.

11. Une jeune juive, qui était au service du soldat étranger Naman, est intervenue avec foi pour l’aider à se soigner de sa maladie (cf. 2 R 5, 2-6). La jeune Ruth a été un exemple de générosité en restant avec sa belle-mère tombée en disgrâce (cf. Rt 1, 1-18), et elle a montré également son audace en allant de l’avant dans la vie (cf. Rt 4, 1-17).

Dans le Nouveau Testament
12. Une parabole de Jésus (cf. Lc 15, 11-32) raconte que le “plus jeune” fils a voulu partir de la maison paternelle pour un pays lointain (cf. vv. 12.13). Mais ses rêves d’autonomie se sont transformés en libertinage et en débauche (cf. vv. 12-13) et il a éprouvé la rigueur de la solitude et de la pauvreté (cf. vv. 14-16). Toutefois, il a su se reprendre pour un nouveau départ (cf. vv. 17-19) et il a décidé de se lever (cf. v. 20). C’est la caractéristique du cœur jeune d’être disponible au changement, d’être capable de se relever et de se laisser instruire par la vie. Comment ne pas accompagner le fils dans cette nouvelle tentative? Mais le frère aîné avait déjà le cœur vieilli et il s’est laissé posséder par l’avidité, l’égoïsme et l’envie (cf. vv. 28-30). Jésus fait plus l’éloge du jeune pécheur qui retrouve le bon chemin que l’éloge de celui qui se croit fidèle mais ne vit pas l’esprit d’amour et de miséricorde.

13. Jésus, l’éternel jeune, veut nous faire don d’un cœur toujours jeune. La Parole de Dieu nous demande: «Purifiez-vous du vieux levain pour être une pâte nouvelle» (1Co 5, 7). Elle nous invite en même temps à nous dépouiller du“vieil homme” pour revêtir l’homme “nouveau” (cf. Col 3, 9.10).[1] Et quand elle explique ce que signifie se revêtir de cette jeunesse qui se renouvelle (cf. v.10), elle affirme qu’il s’agit de revêtir «des sentiments de tendre compassion, de bienveillance, d'humilité, de douceur, de patience, et de se supporter les uns les autres en se pardonnant mutuellement» (Col 3, 12-13). Cela signifie que la vraie jeunesse, c’est avoir un cœur capable d’aimer. En revanche, ce qui vieillit l’âme, c’est tout ce qui nous sépare des autres. Mais elle conclut ainsi: «Par-dessus tout, ayez la charité, en laquelle se noue la perfection» (Col 3, 14).

14. Remarquons que Jésus n’appréciait pas que les personnes adultes regardent avec mépris les plus jeunes ou les maintiennent à leur service de manière despotique. Au contraire, il demandait: «Que le plus grand parmi vous se comporte comme le plus jeune, et celui qui gouverne comme celui qui sert» (Lc 22, 26). Pour lui, l’âge n’établissait pas de privilèges, et le fait que quelqu’un soit moins âgé ne signifiait pas qu’il valait moins ou qu’il avait moins de dignité.

15. La Parole de Dieu dit qu’il faut traiter les jeunes gens «comme des frères» (1 Tm 5, 1), et elle recommande aux parents: «N’exaspérez pas vos enfants, de peur qu’ils ne se découragent» (Col 3, 21). Un jeune ne peut pas se décourager, il doit rêver de grandes choses, chercher de larges horizons, aspirer à plus, vouloir conquérir le monde, être capable d’accepter des propositions provocantes et souhaiter apporter le meilleur de lui-même pour construire quelque chose de meilleur. Voilà pourquoi j’invite avec insistance les jeunes à ne pas se laisser dérober l’espérance, et je répèteà chacun : «Que personne ne méprise ton jeune âge» (1 Tm 4, 12).

16. Cependant, en même temps, il est recommandé aux jeunes: «Soyez soumis aux anciens (1 P 5, 5). La Bible invite toujours à un profond respect envers les anciens, car ils possèdent un trésor d’expérience, ont connu les succès et les échecs, les joies et les grandes angoisses de la vie, les illusions et les déceptions, et ils gardent, dans le silence de leur cœur, beaucoup d’histoires qui peuvent nous aider à ne pas nous tromper ni nous laisser entraîner par de faux mirages. La parole d’un aîné sage invite à respecter certaines limites et à savoir se dominer au bon moment: «Exhorte également les jeunes gens à garder en tout la pondération» (Tt 2, 6). Il ne convient pas de tomber dans un culte de la jeunesse, ou dans une attitude juvénile qui méprise les autres à cause de leur âge, ou parce qu’ils sont d’une autre époque. Jésus disait que la personne sage est capable de tirer de son trésor aussi bien du nouveau que du vieux (cf. Mt 13, 52). Un jeune sage s’ouvre à l’avenir, mais il est toujours capable de recueillir quelque chose de l’expérience des autres.

17. Dans l’Evangile de Marc, apparaît une personne qui, lorsque Jésus lui rappelle les commandements, dit: «Tout cela, je l'ai observé dès ma jeunesse» (10, 20). Le psalmiste l’affirmait déjà: «Car c'est toi mon espoir, Seigneur, […] ma foi dès ma jeunesse. […] Tu m'as instruit dès ma jeunesse, et jusqu'ici j'annonce tes merveilles» (71, 5.17). Il ne faut pas regretter de passer sa jeunesse en étant bon, en ouvrant son cœur au Seigneur, en vivant d’une autre manière. Rien de tout cela ne nous ôte la jeunesse mais plutôt la renforce et la renouvelle: «Ta jeunesse se renouvelle comme celle de l’aigle» (Ps 103, 5). C’est pourquoi saint Augustin déplorait: «Je t'ai aimée bien tard, Beauté si ancienne et si nouvelle, je t'ai aimée bien tard !».[2] Mais cet homme riche, qui avait été fidèle à Dieu dans sa jeunesse, a laissé le temps lui ôter les rêves et a préféré continuer à s’attacher à ses biens (cf. Mc 10, 22).

18. En revanche, dans l’Evangile de Matthieu, se présente un jeune (cf. 19, 20.22) qui s’approche de Jésus pour lui demander davantage (cf. v. 20), avec cet esprit ouvert propre aux jeunes en recherche de nouveaux horizons et de grands défis. En réalité, son esprit n’était pas si jeune, car il était attaché aux richesses et au confort. Il disait en paroles qu’il voulait quelque chose de plus, mais quand Jésus lui a demandé d’être généreux et de partager ses biens, il s’est rendu compte qu’il était incapable de se dépouiller de ce qu’il possédait. En fin de compte, en «entendant cette parole, le jeune homme s'en alla contristé, car il avait de grands biens» (v. 22). Il avait renoncé à sa jeunesse.

19. L’Evangile nous parle également de quelques jeunes filles prudentes, qui étaient vigilantes et attentives, tandis que d’autres étaient distraites et endormies (cf. Mt 25, 1-13). En effet, on peut passer sa jeunesse en étant distrait, en vivant superficiellement, endormi, incapable de cultiver des relations profondes et d’entrer au cœur de la vie. On prépare ainsi un avenir pauvre, sans substance. Ou bien on peut passer sa jeunesse à cultiver de belles et grandes choses, et ainsi on prépare un avenir rempli de vie et de richesse intérieure.

20. Si tu as perdu la vigueur intérieure, les rêves, l’enthousiasme, l’espérance et la générosité, Jésus se présente à toi comme il l’a fait pour l’enfant mort de la veuve, et avec toute sa puissance de Ressuscité le Seigneur t’exhorte: «Jeune homme, je te le dis, lève-toi» (Lc 7, 14).

21. Il y a sans doute beaucoup d’autres textes de la Parole de Dieu qui peuvent nous éclairer sur cette étape de la vie. Nous recueillerons certains d’entre eux dans les prochains chapitres.

CHAPITRE 2
Jésus-Christ toujours jeune

22. Jésus est «jeune parmi les jeunes afin d’être un exemple pour les jeunes et les consacrer au Seigneur».[3] C’est pourquoi le Synode a affirmé que «la jeunesse est une période originale et stimulante de la vie, que Jésus lui-même a vécue, en la sanctifiant».[4] Que nous dit l’Evangile concernant la jeunesse de Jésus ?

La jeunesse de Jésus
23. Le Seigneur «rendit l'esprit» (Mt 27, 50) sur une croix, alors qu’il avait un peu plus de trente ans (cf. Lc 3, 23). Il est important de prendre conscience du fait que Jésus était un jeune. Il a donné sa vie à un âge considéré aujourd’hui comme l’âge d’un jeune adulte. Il a commencé sa mission publique dans la plénitude de sa jeunesse, et ainsi, «une grande lumière» (Mt 4, 16) s’est manifestée, surtout quand il a donné sa vie jusqu’à la fin. Cette fin n’a pas été improvisée, mais toute sa jeunesse a été une précieuse préparation, à chacun de ses moments, car «tout dans la vie de Jésus est signe de son mystère »[5] et «toute la vie du Christ est mystère de Rédemption».[6]

24. L’Evangile ne parle pas des premières années de la vie de Jésus, mais nous raconte certains événements de son adolescence et de sa jeunesse. Matthieu situe cette période de la jeunesse du Seigneur entre deux événements: le retour de sa famille à Nazareth, après le temps de l’exil, et son baptême dans le Jourdain où a commencé sa mission publique. Les dernières images de l’enfant Jésus sont celles d’un petit réfugié en Égypte (cf. Mt 2, 14-15) et ensuite celle d’un rapatrié à Nazareth (cf. Mt 2, 19-23). Les premières images de Jésus, jeune adulte, sont celles qui nous le présentent dans la foule près des bords du Jourdain, pour se faire baptiser par son cousin Jean-Baptiste, comme l’un parmi tant d’autres de son peuple (cf. Mt 3, 13-17).

25. Ce baptême n’était pas comme le nôtre, qui nous introduit dans la vie de la grâce, mais il a été une consécration avant le début de la grande mission de sa vie. L’Evangile dit que son baptême a été source de la joie et de la satisfaction du Père: «Tu es mon fils [bien-aimé]» (Lc 3, 22). Ensuite, Jésus est apparu rempli de l’Esprit Saint et a été conduit par l’Esprit au désert. Il était ainsi préparé pour sortir prêcher et faire des prodiges, pour libérer et guérir (cf. Lc 4, 1-14). Tout jeune est ainsi invité, lorsqu’il se sent appelé à accomplir une mission sur cette terre, à reconnaître en lui-même ces mêmes paroles que Dieu le Pèrelui dit : “Tu es mon fils bien-aimé”.

26. Parmi ces récits, il y en a un qui montre Jésus en pleine adolescence. C’est lorsqu’il retourne avec ses parents à Nazareth, après qu’ils l’aient perdu et retrouvé au Temple (cf. Lc 2, 41-51). Il est dit qu’il leur “était soumis” (cf. Lc 2, 51), car il ne reniait pas sa famille. Ensuite, Luc ajoute que Jésus «croissait en sagesse, en taille et en grâce devant Dieu et devant les hommes» (Lc 2, 52). C’est-à-dire qu’il était en train de se préparer et que, en cette période, il approfondissait sa relation avec le Père et avec les autres. Saint Jean-Paul II explique qu’il ne grandissait pas seulement physiquement mais qu’il « y eut aussi une croissance spirituelle de Jésus » car «la plénitude de grâce en Jésus était relative à l’âge: il y avait toujours plénitude, mais une plénitude qui croissait avec l’âge».[7]

27. Par ces données des Evangiles, nous pouvons dire qu’à l’étape de sa jeunesse, Jésus s’est “formé”, il s’est préparé pour réaliser le projet que le Père avait pour lui. Il a orienté son adolescence et sa jeunesse vers cette mission suprême.

28. Durant l’adolescence et la jeunesse, sa relation avec le Père était celle du Fils bien-aimé; attiré par le Père, il grandissait en s’occupant de ses affaires: «Ne saviez-vous pas que je dois être dans la maison de mon Père ?» (Lc 2, 49). Toutefois, il ne faut pas penser que Jésus était un adolescent solitaire ou un jeune enfermé sur lui-même. Sa relation avec les gens était celle d’un jeune qui partageait toute la vie d’une famille bien intégrée dans le peuple. Il a appris le travail de son père et l’a ensuite remplacé comme charpentier. C’est pourquoi on l’appelle une fois dans l’Evangile «le fils du charpentier» (Mt 13,55), et une autre fois simplement «le charpentier» (Mc 6,3). Ce détail montre qu’il était un jeune homme ordinaire de son peuple, qui entretenait des relations normales. Personne ne le considérait comme un jeune étrange ou séparé des autres. C’est précisément pourquoi, lorsque Jésus a commencé à prêcher, les gens ne s’expliquaient pas d’où il tirait cette sagesse: «N'est-il pas le fils de Joseph, celui-là?» (Lc 4, 22).

29. Le fait est que «Jésus n’a pas grandi non plus dans une relation fermée et exclusive avec Marie et Joseph, mais se déplaçait volontiers dans la famille élargie incluant parents et amis».[8] Nous comprenons ainsi pourquoi, revenant de pèlerinage à Jérusalem, ses parents avaient l’esprit tranquille en pensant que le garçon de douze ans (cf. Lc 2, 42) marchait librement avec les autres, même s’ils ne l’avaient pas vu de toute la journée: «Le croyant dans la caravane, ils firent une journée de chemin» (Lc 2, 44). Certainement – pensaient-ils – Jésus était là, allant et venant parmi les gens, plaisantant avec les autres jeunes de son âge, écoutant les récits des adultes et partageant les joies et les tristesses de la caravane. Le terme grec utilisé par Luc pour désigner la caravane des pèlerins – synodia – indique précisément cette communauté en marche dont la Sainte Famille fait partie. Grâce à la confiance de ses parents, Jésus se déplace librement et apprend à marcher avec tous les autres.

Sa jeunesse nous éclaire
30. Ces aspects de la vie de Jésus peuvent inspirer tout jeune qui grandit et se prépare pour réaliser sa mission. Cela implique qu’il faut mûrir dans la relation avec le Père, conscient d’être membre de la famille et du peuple, se disposer à être comblé de l’Esprit et à être conduit pour réaliser la mission que Dieu confie, sa propre vocation. Rien de cela ne devrait être ignoré dans la pastorale des jeunes, pour qu’on ne crée pas des projets qui isolent les jeunes de la famille et du monde, ou qui les transforment en une minorité sélectionnée et préservée de toute contagion. Nous avons plutôt besoin de projets qui les fortifient, les accompagnent et les lancent vers la rencontre avec les autres, vers le service généreux, vers la mission.

31. Vous les jeunes, Jésus ne vous éclaire pas de loin ou du dehors, mais dans votre jeunesse même qu’il partage avec vous. Il est très important de contempler le Jésus jeune que nous montrent les Evangiles, car il a été vraiment l’un de vous, et en lui on peut reconnaître beaucoup de caractéristiques des cœurs jeunes. Nous le voyons, par exemple, à travers les caractéristiques suivantes: «Jésus a eu une confiance inconditionnelle dans le Père, il a pris soin de l’amitié avec ses disciples et, même dans les moments de crise, il y est resté fidèle. Il a manifesté une profonde compassion à l’égard des plus faibles, spécialement des pauvres, des malades, des pécheurs et des exclus. Il a eu le courage d’affronter les autorités religieuses et politiques de son temps; il a fait l’expérience d’être incompris et rejeté ; il a éprouvé la peur de la souffrance et connu la fragilité dans la Passion ; il a tourné son regard vers l’avenir, en se remettant entre les mains sûres du Père et en se confiant à la force de l’Esprit. En Jésus, tous les jeunes peuvent se retrouver».[9]

32. Par ailleurs, Jésus est ressuscité et il veut nous faire participer à la nouveauté de sa résurrection. Il est la vraie jeunesse d’un monde vieilli, et il est aussi la jeunesse d’un univers qui attend, «en travail d'enfantement» (Rm 8, 22), d’être revêtu de sa lumière et de sa vie. Près de lui, nous pouvons boire à la vraie source qui garde vivants nos rêves, nos projets, nos grands idéaux, et qui nous lance dans l’annonce de la vie qui vaut la peine. Dans deux curieux détails de l’Evangile de Marc, on peut remarquer l’appel à la vraie jeunesse des ressuscités. D’une part, dans la passion du Seigneur, apparaît un jeune peureux qui a essayé de suivre Jésus mais qui a fui nu (cf. Mc 14, 51-52), un jeune qui n’a pas eu la force de tout risquer pour suivre le Seigneur. En revanche, près du tombeau vide, nous voyons un jeune «vêtu d'une robe blanche» (Mc 16, 5) qui invitait à se départir de la peur et qui annonçait la joie de la résurrection (cf. Mc 16, 6-7).

33. Le Seigneur nous appelle à allumer des étoiles dans la nuit d’autres jeunes, il nous invite à regarder les vrais astres, ces signes si variés qu’il nous donne pour que nous ne restions pas figés, mais imitions le semeur qui les regardait pour pouvoir labourer son champ. Dieu allume pour nous des étoiles pour que nous continuions à marcher: «Les étoiles brillent à leur poste, joyeuses : les appelle-t-il, elles répondent: Nous voici!» (Ba 3, 34-35). Mais le Christ lui-même est pour nous la grande lumière d’espérance et la boussole dans notre nuit, car il est «l'étoile radieuse du matin» (Ap 22, 16).

La jeunesse de l’Eglise
34. Avant d’être un âge, être jeune est un état d’esprit. Il en résulte qu’une institution si ancienne que l’Eglise peut se renouveler et se rajeunir aux diverses étapes de sa très longue histoire. En réalité, dans les moments les plus tragiques, elle sent l’appel à retourner à l’essentiel du premier amour. En se souvenant de cette vérité, le Concile Vatican II a affirmé que «riche d’un long passé toujours vivant en elle, et marchant vers la perfection humaine dans le temps et vers les destinées ultimes de l’histoire et de la vie, elle est la vraie jeunesse du monde». En elle, il est toujours possible de rencontrer le Christ, «le compagnon et l’ami des jeunes».[10]

Une Eglise qui se laisse renouveler
35. Demandons au Seigneur de délivrer l’Eglise des personnes qui veulent la faire vieillir, la scléroser dans le passé, la figer, l’immobiliser. Demandons-lui également de la délivrer d’une autre tentation: croire qu’elle est jeune parce qu’elle cède à tout ce que lemonde lui offre; croire qu’elle se renouvelle parce qu’elle cache son message et qu’elle imite les autres. Non! Elle est jeune quand elle est elle-même, quand elle reçoit la force toujours nouvelle de la Parole de Dieu, de l’Eucharistie, de la présence du Christ et de la force de son Esprit chaque jour. Elle est jeune quand elle est capable de retourner inlassablement à sa source.

36. En tant que membres de l’Eglise, il est certain que nous ne devons pas être des personnes étranges. Tous doivent sentir que nous sommes frères et proches, comme les Apôtres qui «avaient la faveur de tout le peuple» (Ac 2,47; cf. 4, 21.33; 5,13). Mais, en même temps, nous devons oser être différents, afficher d’autres rêves que ce monde n’offre pas, témoigner de la beauté de la générosité, du service, de la pureté, du courage, du pardon, de la fidélité à sa vocation, de la prière, de la lutte pour la justice et le bien commun, de l’amour des pauvres, de l’amitié sociale.

37. L’Eglise du Christ peut toujours succomber à la tentation de perdre l’enthousiasme parce qu’elle n’écoute plus l’appel du Seigneur au risque de la foi, l’appel à tout donner sans mesurer les dangers, et qu’elle recommence à chercher de fausses sécurités mondaines. Ce sont précisément les jeunes qui peuvent l’aider à rester jeune, à ne pas tomber dans la corruption, à ne pas s’installer, à ne pas s’enorgueillir, à ne pas se transformer en secte, à être plus pauvre et davantage témoin, à être proche des derniers et des marginalisés, à lutter pour la justice, à se laisser interpeller avec humilité. Ils peuvent apporter à l’Eglise la beauté de la jeunesse quand ils stimulent la capacité «de se réjouir de ce qui commence, de se donner sans retour, de se renouveler et de repartir pour de nouvelles conquêtes».[11]

38. Ceux d’entre nous qui ne sont plus jeunes ont besoin d’occasions pour rester proches de leur voix et de leur enthousiasme, et «la proximité crée les conditions pour faire de l’Eglise un espace de dialogue et un fascinant témoignage de fraternité»[12]. Il nous faut créer plus d’espaces où résonne la voix des jeunes: «L’écoute rend possible un échange de dons, dans un contexte d’empathie. […] En même temps, elle pose les conditions d’une annonce de l’Evangile qui atteigne vraiment le cœur, de façon percutante et féconde».[13]

Une Eglise attentive aux signes des temps
39. «Si, pour beaucoup de jeunes, Dieu, la religion et l’Eglise semblent des mots vides, ils sont sensibles à la figure de Jésus, lorsqu’elle est présentée de façon attrayante et efficace».[14] C’est pourquoi il est nécessaire que l’Eglise ne soit pas trop attentive à elle-même mais qu’elle reflète surtout Jésus-Christ. Cela implique qu’elle reconnaisse avec humilité que certaines choses concrètes doivent changer, et que pour cela il faut aussi prendre en compte la vision, voire les critiques des jeunes.

40. Au cours du Synode, il a été reconnu «qu’un nombre important de jeunes, pour les raisons les plus diverses, ne demandent rien à l’Eglise car ils considèrent qu’elle n’est pas significative pour leur existence. Certains demandent même expressément qu’elle les laisse tranquilles, car ils ressentent sa présence comme désagréable, sinon irritante. Cette requête ne naît pas, la plupart du temps, d’un mépris acritique ou impulsif, mais s’enracine dans des raisons sérieuses et respectables: les scandales sexuels et économiques, l’inadaptation des ministres ordonnés qui ne savent pas saisir de façon appropriée la sensibilité des jeunes, le manque de préparation des homélies et de la présentation de la Parole de Dieu, le rôle passif assigné aux jeunes à l’intérieur de la communauté chrétienne, les difficultés de l’Eglise à rendre raison de ses positions doctrinales et éthiques face à la société contemporaine».[15]

41. Même s’il y a des jeunes qui se réjouissent de voir une Eglise se montrant humblement sûre de ses dons et de sa capacité de faire une critique loyale et fraternelle, d’autres jeunes réclament une Eglise qui écoute davantage, qui ne soit pas toujours à condamner le monde. Ils ne veulent pas voir une Eglise silencieuse et timide, ni toujours en guerre sur deux ou trois thèmes qui l’obsèdent. Pour être crédible face aux jeunes, elle a parfois besoin de retrouver l’humilité et d’écouter simplement, de reconnaître dans ce que disent les autres la présence d’une lumière qui l’aide à mieux découvrir l’Evangile. Une Eglise sur la défensive, qui n’a plus l’humilité, qui cesse d’écouter, qui ne permet pas qu’on l’interpelle, perd la jeunesse et devient un musée. Comment pourra-t-elle accueillir de cette manière les rêves de ces jeunes? Bien qu’elle possède la vérité de l’Evangile, cela ne signifie pas qu’elle l’ait comprise pleinement; il lui faut au contraire toujours grandir dans la compréhension de ce trésor inépuisable.[16]

42. Par exemple, une Eglise trop craintive et trop structurée peut être continuellement critique face aux discours sur la défense des droits des femmes, et signaler constamment les risques et les erreurs possibles de ces revendications. Par contre, une Eglise vivante peut réagir en prêtant attention aux revendications légitimes des femmes qui demandent plus de justice et d’égalité. Elle peut se rappeler l’histoire et reconnaître une large trame d’autoritarisme de la part des hommes, de soumission, de diverses formes d’esclavage, d’abus et de violence machiste. Grâce à ce regard, elle sera capable de faire siennes ces revendications de droits, et elle donnera sa contribution avec conviction pour une plus grande réciprocité entre hommes et femmes, bien qu’elle ne soit pas d’accord avec tout ce que proposent certains groupes féministes. Dans cette ligne, le Synode veut renouveler l’engagement de l’Eglise contre «toute discrimination et toute violence liées à l’orientation sexuelle».[17] C’est la réaction d’une Eglise qui se révèle jeune et qui se laisse interpeller et stimuler par la sensibilité des jeunes.

Marie, la jeune femme de Nazareth
43. Marie resplendit dans le cœur de l’Eglise. Elle est le grand modèle pour une Eglise jeune, qui veut suivre le Christ avec courage et docilité. Quand elle était très jeune, elle a reçu l’annonce de l’ange et ne s’est pas privée de poser des questions (cf. Lc 1, 34). Mais elle avait une âme disponible et elle a dit: «Je suis la servante du Seigneur» (Lc 1, 38).

44. «Le force du “oui” de Marie, une jeune, impressionne toujours. La force de ce “qu’il en soit ainsi” qu’elle dit à l’ange. Ce fut une chose différente d’une acceptation passive ou résignée. Ce fut quelque chose d’autre qu’un “oui” voulant dire : on verra bien ce qui va se passer. Marie ne connaissait pas cette expression : attendons de voir. Elle était résolue, elle a compris de quoi il s’agissait et elle a dit « oui », sans détour. Ce fut quelque chose de plus, quelque chose de différent. Ce fut le “oui” de celle qui veut s’engager et risquer, de celle qui veut tout parier, sans autre sécurité que la certitude de savoir qu’elle était porteuse d’une promesse. Et je demande à chacun de vous : vous sentez-vous porteurs d’une promesse ? Quelle promesse est-ce que je porte dans le cœur, à poursuivre ? Marie, sans aucun doute, aura eu une mission difficile, mais les difficultés n’étaient pas une raison pour dire “non”. Certes elle aura des difficultés, mais ce ne seront pas les mêmes difficultés qui apparaissent quand la lâcheté nous paralyse du fait que tout n’est pas clair ni assuré par avance. Marie n’a pas acheté une assurance sur la vie ! Marie s’est mise en jeu, et pour cela elle est forte, pour cela elle est une influencer, elle est l’influencer de Dieu ! Le “oui” et le désir de servir ont été plus forts que les doutes et les difficultés».[18]

45. Sans s’évader ni céder à des mirages, «elle a su accompagner la souffrance de son Fils, […] le soutenir par le regard et le protéger avec le cœur. Douleur qu’elle a subie, mais qui ne lui a pas fait baisser les bras. Elle a été la femme forte du “oui”, qui soutient et accompagne, protège et prend dans ses bras. Elle est la grande gardienne de l’espérance.[…] D’elle nous apprenons à dire “oui” à la patience obstinée et à la créativité de ceux qui ne sont pas affaiblis et qui recommencent».[19]

46. Marie est la jeune fille à l’âme noble qui tressaille de joie (cf. Lc 1, 47), aux yeux illuminés par l’Esprit Saint qui contemple la vie avec foi et garde tout dans son cœur (cf. Lc 2, 19.51). Elle est cette femme attentive, prête à partir, qui lorsqu’elle apprend que sa cousine a besoin d’elle, ne pense pas à ses projets, mais se met en marche vers la montagne «en hâte» (Lc 1, 39).

47. Et quand il faut protéger son enfant, la voilà partie avec Joseph dans un pays lointain (cf. Mt 2, 13-14). Et elle reste au milieu des disciples réunis en prière dans l’attente de l’Esprit Saint (cf. Ac 1, 14). Ainsi, en sa présence, naît une Eglise jeune, avec ses Apôtres en sortie pour faire naître un monde nouveau (cf. Ac 2, 4-11).

48. Cette jeune fille est aujourd’hui la Mère qui veillent sur ses enfants, sur nous ses enfants qui marchent dans la vie souvent fatigués, démunis, mais souhaitant que la lumière de l’espérance ne s’éteigne pas. Voilà ce que nous voulons: que la lumière de l’espérance ne s’éteigne pas. Notre Mère regarde ce peuple pèlerin, peuple de jeunes qu’elle aime, qui la cherche en faisant silence dans le cœur, même si, sur le chemin, il y a beaucoup de bruit, de conversations et de distractions. Mais, aux yeux de la Mère, seul convient le silence chargé d’espérance. Et ainsi, Marie éclaire toujours notre jeunesse.

Des jeunes saints
49. Le coeur de l’Eglise est aussi riche de jeunes saints qui ont offert leur vie pour le Christ, et pour beaucoup en allant jusqu’au martyre. Ils ont été de précieux reflets du Christ jeune qui brillent pour nous stimuler et pour nous sortir du sommeil. Le Synode a souligné que « beaucoup de jeunes saints ont fait resplendir les traits de l’âge juvénile dans toute leur beauté et ont été, à leur époque, de véritables prophètes du changement ; leurs exemples nous montrent de quoi sont capables les jeunes quand ils s’ouvrent à la rencontre avec le Christ».[20]

50. «A travers la sainteté des jeunes, l’Eglise peut relancer son ardeur spirituelle et sa vigueur apostolique. Le baume de la sainteté engendrée par la bonté de la vie de tant de jeunes peut soigner les blessures de l’Eglise et du monde, en nous ramenant à la plénitude de l’amour à laquelle nous sommes appelés depuis toujours : les jeunes saints nous poussent à revenir à notre premier amour (cf. Ap 2, 4)». [21] Il y a des saints qui n’ont pas connu l’âge adulte et qui nous ont laissé le témoignage d’une autre manière de vivre la jeunesse. Souvenons-nous au moins de certains d’entre eux, de différentes époques de l’histoire, qui ont vécu la sainteté chacun à sa manière:

51. Au IIIème siècle, saint Sébastien était un jeune capitaine de la garde prétorienne. On raconte qu’il parlait du Christ partout et cherchait à convertir ses compagnons, jusqu’à ce qu’on lui demande de renoncer à sa foi. Comme il n’accepta pas, on fit pleuvoir sur lui une multitude de flèches, mais il survécut et continua à annoncer le Christ sans peur. En fin de compte, ils le flagellèrent à mort.

52. Saint François d’Assise était très jeune et rempli de rêves. Il a écouté l’appel de Jésus à être pauvre comme lui et à restaurer l’Eglise par son témoignage. Il renonça à tout avec joie et il est le saint de la fraternité universelle, le frère de tous, qui louait le Seigneur pour ses créatures. Il est mort en 1226.

53. Sainte Jeanne d’Arc est née en 1412. C’était une jeune paysanne qui, malgré son jeune âge, a lutté pour défendre la France contre les envahisseurs. Incomprise à cause de sa manière d’être et de vivre la foi, elle est morte sur le bûcher.

54. Le bienheureux André Phû Yên était un jeune vietnamien du XVIIème siècle. Il était catéchiste et aidait les missionnaires. Il a été emprisonné pour sa foi, et comme il ne voulait pas y renoncer, il a été assassiné. Il est mort en disant: «Jésus».

55. Au cours du même siècle, sainte Kateri Tekakwitha, une jeune laïque native d’Amérique du Nord, a subi une persécution pour sa foi et a fui en marchant plus de trois cents kilomètres dans une épaisse forêt. Elle s’est consacrée à Dieu et elle est morte en disant: “Jésus, je t’aime!”.

56. Saint Dominique Savio offrait à Marie toutes ses souffrrances. Quand saint Jean Bosco lui apprit que la sainteté suppose qu’on soit toujours joyeux, il ouvrit son cœur à une joie contagieuse. Il cherchait à être proche de ses compagnons les plus marginalisés et malades. Il est mort en 1857 à quatorze ans, en disant: “Quelle merveille je vois!”.

57. Sainte Thérèse l’Enfant-Jésus est née en 1873. Elle parvint à entrer dans un couvent de carmélites, à quinze ans, en traversant beaucoup de difficultés. Elle a vécu la petite voie de la confiance totale en l’amour du Seigneur et s’est proposé de nourrir par sa prière le feu de l’amour qui anime l’Eglise.

58. Le bienheureux Ceferino Namuncurá était un jeune argentin, fils d’un important chef de peuples autochtones. Il parvint à devenir séminariste salésien, brûlant du désir de retourner dans sa tribu pour conduire les gens à Jésus-Christ. Il est mort en 1905.

59. Le bienheureux Isidore Bakanja était un laïc du Congo qui témoignait de sa foi. Il a été torturé longtemps pour avoir proposé le christianisme à d’autres jeunes. Il est mort en 1909 en pardonnant à son bourreau.

60. Le bienheureux Pier Giorgio Frassati, mort en 1925, était«un jeune d’une joie contagieuse, une joie qui dépassait les nombreuses difficultés de sa vie».[22] Il disait qu’il essayait de répondre à l’amour de Jésus qu’il recevait dans la communion, en visitant et en aidant les pauvres.

61. Le bienheureux Marcel Callo était un jeune français mort en 1945. Il fut emprisonné en Autriche dans un camp de concentration, où il réconfortait dans la foi ses compagnons de captivité, au milieu de durs travaux.

62. La jeune bienheureuse Chiara Badano, morte en 1990, «fit l’expérience de la manière dont la souffrance peut être transfigurée par l’amour […] La clé de sa paix et de sa joie était sa pleine confiance dans le Seigneur, et l’acceptation de la maladie comme expression mystérieuse de sa volonté pour son bien et celui des autres».[23]

63. Qu’eux tous, ainsi que beaucoup d’autres jeunes qui souvent ont vécu à fond l’Evangile dans le silence et dans l’anonymat, intercèdent pour l’Eglise afin qu’elle soit remplie de jeunes joyeux, courageux et engagés, qui offrent au monde de nouveaux témoignages de sainteté.

CHAPITRE 3
Vous êtes l’aujourd’hui de Dieu

64. Après avoir consulté la Parole de Dieu, nous ne pouvons pas seulement dire que les jeunes sont l’avenir du monde. Ils sont le présent, ils l’enrichissent par leur contribution. Un jeune n’est plus un enfant, il se trouve dans une période de la vie où il commence à assumer diverses responsabilités, en participant avec les adultes au développement de la famille, de la société, de l’Eglise. Mais les temps changent et l’interrogation se fait entendre: Comment sont les jeunes aujourd’hui, qu’est-ce qui leur arrive à présent?

En positif
65. Le Synode a reconnu que les fidèles de l’Eglise n’ont pas toujours l’attitude de Jésus. Au lieu de nous disposer à les écouter à fond, «la tendance prévaut d’apporter des réponses toutes faites et de proposer des recettes toutes prêtes, sans laisser émerger les questions des jeunes dans leur nouveauté, ni saisir ce qu’elles ont de provocant».[24] Au contraire, quand l’Eglise abandonne les schémas rigides et s’ouvre à l’écoute disponible et attentive des jeunes, cette empathie l’enrichit car «elle permet aux jeunes d’apporter quelque chose à la communauté, en l’aidant à percevoir des sensibilités nouvelles et à se poser des questions inédites».[25]

66. Aujourd’hui, nous les adultes, nous courons le risque de dresser une liste de calamités, de défauts de la jeunesse actuelle. Certains pourraient nous applaudir parce que nous semblerions habiles à trouver des points négatifs et dangereux. Mais quel serait le résultat de cette attitude? Toujours plus de distance, moins de proximité, moins d’aide mutuelle.

67. La clairvoyance de ceux qui ont été appelés à être père, pasteur ou guide des jeunes consiste à trouver la petite flamme qui continue de brûler, le roseau sur le point de se briser (cf. Is 42, 3), mais qui cependant ne se rompt pas encore. C’est la capacité de trouver des chemins là où d’autres ne voient que des murailles, c’est l’habileté à reconnaître des possibilités là où d’autres ne voient que des dangers. Le regard de Dieu le Père est ainsi, capable de valoriser et d’alimenter les semences de bien semées dans les cœurs des jeunes. Le cœur de chaque jeune doit donc être considéré comme une “terre sacrée”, porteuse de semences de vie divine devant lesquelles nous devons “nous déchausser” pour pouvoir nous approcher et entrer en profondeur dans le Mystère.

Des jeunesses nombreuses
68. Nous pourrions essayer de décrire les caractéristiques des jeunes d’aujourd’hui, mais avant tout je veux rappeler une mise en garde des Pères synodaux: «La composition même du Synode a rendu visible la présence et l’apport des diverses régions du monde, en mettant en évidence la beauté d’être une Eglise universelle. Malgré un contexte de mondialisation croissante, les Pères synodaux ont demandé de mettre en relief les nombreuses différences entre les divers contextes et cultures, ainsi qu’à l’intérieur même d’un pays. Il existe une pluralité de mondes jeunes, si bien que dans certains pays on tend à utiliser le terme “jeunesses” au pluriel. De plus, la tranche d’âge concernée par le présent Synode (16-29 ans) ne représente pas un ensemble homogène, mais elle est composée de groupes qui vivent des situations particulières».[26]

69. Déjà du point de vue démographique, il y a beaucoup de jeunes dans certains pays, tandis que d’autres ont un taux de natalité très bas. Mais «une autre différence découle de l’histoire, qui fait que les pays et les continents d’antique tradition chrétienne, où la culture est porteuse d’une mémoire à conserver, sont différents des pays et continents marqués, en revanche, par d’autres traditions religieuses, où le christianisme constitue une présence minoritaire, et parfois récente. Par ailleurs, dans d’autres territoires, les communautés chrétiennes et les jeunes qui en font partie font l’objet de persécution».[27] Il faut aussi distinguer les jeunes «qui ont accès à une quantité croissante d’occasions offertes par la mondialisation, de ceux qui vivent en marge de la société ou dans le monde rural, et qui pâtissent des effets de diverses formes d’exclusion et de rejet».[28]

70. Il y a beaucoup d’autres différences qu’il serait complexe de détailler ici. Par conséquent, je n’estime pas opportun de m’arrêter pour fournir une analyse exhaustive sur les jeunes dans le monde actuel, sur la manière dont ils vivent et sur ce qui leur arrive. Mais comme il m’est aussi impossible de ne pas regarder la réalité, je présenterai brièvement certaines contributions parvenues avant le Synode, et d’autres que j’ai pu recueillir au cours du Synode même.

Ce que vivent parfois les jeunes
71. La jeunesse n’est pas une chose qu’on peut analyser de manière abstraite. En réalité, “la jeunesse” n’existe pas; il y a des jeunes avec leurs vies concrètes. Dans le monde actuel, marqué par les progrès, beaucoup de ces vies sont exposées à la souffrance et à la manipulation.

Des jeunes dans un monde en crise
72. Les Pères synodaux ont souligné avec douleur que « beaucoup de jeunes vivent dans des contextes de guerre et subissent la violence sous une innombrable variété de formes: enlèvements, extorsions, criminalité organisée, traite d’êtres humains, esclavage et exploitation sexuelle, viols de guerre, etc. D’autres jeunes, à cause de leur foi, ont du mal à trouver un emploi dans leur société et subissent différents types de persécutions, pouvant aller jusqu’à la mort. Nombreux sont les jeunes qui, par contrainte ou par manque d’alternatives, vivent en perpétrant des crimes et des violences : enfants soldats, bandes armées et criminelles, trafic de drogue, terrorisme, etc. Cette violence brise beaucoup de jeunes vies. Les abus et les dépendances, tout comme la violence et les déviances, figurent parmi les raisons qui conduisent les jeunes en prison, avec une incidence particulière dans certaines groupes ethniques et sociaux».[29]

73. De nombreux jeunes sont endoctrinés, instrumentalisés et utilisés comme chair à canon ou comme une force de choc pour détruire, intimider ou ridiculiser les autres. Et le pire, c’est que beaucoup deviennent individualistes, ennemis et méfiants envers tout le monde, si bien qu’ils deviennent la proie facile d’offres déshumanisantes et de plans destructeurs qu’élaborent des groupes politiques ou des pouvoirs économiques.

74. Cependant «encore plus nombreux dans le monde sont les jeunes qui souffrent de formes de marginalisation et d’exclusion sociale, pour des raisons religieuses, ethniques ou économiques. Rappelons la situation difficile d’adolescentes et de jeunes filles qui se trouvent enceintes, la plaie de l’avortement, de même que la diffusion du VIH, les diverses formes de dépendance (drogues, jeux de hasard, pornographie, etc.) et la situation des enfants et des jeunes de la rue, qui n’ont ni maison, ni famille, ni ressources économiques».[30] Quand, en outre, il s’agit des femmes, ces situations de marginalisation deviennent doublement douloureuses et difficiles.

75. Ne soyons pas une Eglise insensible à ces drames de ses enfants jeunes. Ne nous y habituons jamais, car qui ne sait pas pleurer n’est pas mère. Nous voulons pleurer pour que la société aussi soit davantage mère, pour qu’au lieu de tuer elle apprenne à donner naissance, pour qu’elle soit porteuse de vie. Nous pleurons quand nous nous souvenons des jeunes qui sont déjà morts de la misère et de la violence et nous demandons à la société d’apprendre à être une mère solidaire. Cette souffrance ne s’estompe pas, elle marche avec nous, parce que la réalité ne peut pas être cachée. Le pire que nous puissions faire, c’est d’appliquer la recette de l’esprit du monde qui consiste à anesthésier les jeunes avec d’autres nouvelles, d’autres distractions, d’autres banalités.

76. Peut-être que «nous avons une vie sans trop de besoins, nous ne savons pas pleurer. Certaines réalités de la vie se voient seulement avec des yeux lavés par les larmes. J’invite chacun de vous à se demander : ai-je appris à pleurer ? Ai-je appris à pleurer quand je vois un enfant qui a faim, un enfant drogué dans la rue, un enfant sans maison, un enfant abandonné, un enfant abusé, un enfant utilisé comme esclave par la société ? Ou bien mes pleurs sont-ils les pleurs capricieux de celui qui pleure parce qu’il voudrait avoir quelque chose de plus ?».[31] Essaie d’apprendre à pleurer pour les jeunes qui se trouvent dans une situation pire que la tienne. La miséricorde et la compassion se manifestent aussi par des pleurs. Si tu n’y parviens pas, prie le Seigneur pour qu’il t’accorde de verser des larmes pour la souffrance des autres. Quand tu sauras pleurer, alors tu seras capable de réaliser quelque chose du fond du cœur pour les autres.

77. Parfois, la souffrance de certains jeunes est vraiment déchirante ; c’est une souffrance qu’on ne peut pas exprimer par des paroles ; c’est une souffrance qui nous gifle. Seuls ces jeunes peuvent dire à Dieu qu’ils souffrent beaucoup, qu’il leur coûte trop d’aller de l’avant, qu’ils ne croient plus en personne. Mais dans cette plainte déchirante se font présentes les paroles de Jésus: «Heureux les affligés, car ils seront consolés» (Mt 5, 4). Il y a des jeunes qui ont pu s’ouvrir un chemin dans la vie parce que cette promesse divine leur est parvenue. Puisse-t-il y avoir toujours auprès d’un jeune qui souffre une communauté chrétienne capable de faire résonner ces paroles par des gestes, des accolades et des aides concrètes.

78. Certes, les puissants offrent certaines aides, mais souvent à un coût élevé. Dans de nombreux pays pauvres, les aides économiques de pays plus riches ou d’organismes internationaux peuvent être liées à l’acceptation de propositions occidentales ayant rapport à la sexualité, au mariage, à la vie ou à la justice sociale. Cette colonisation idéologique nuit surtout aux jeunes. En même temps, nous voyons comment une certaine publicité enseigne aux personnes à être toujours insatisfaites, et contribue à la culture du rejet où les jeunes eux-mêmes finissent par devenir du matériel jetable.

79. La culture actuelle présente un modèle de personne très associé à l’image du jeune. Se sent beau celui qui a l’air jeune, qui fait des traitements pour faire disparaître les traces du temps. Les corps jeunes sont constamment utilisés dans la publicité pour vendre. Le modèle de beauté est un modèle jeune, mais faisons attention, car cela n’est pas élogieux pour les jeunes. Cela signifie seulement que les adultes veulent voler la jeunesse pour eux-mêmes; non pas qu’ils respectent, aiment et prennent soin des jeunes.

80. Certains jeunes «ressentent les traditions familiales comme opprimantes et les fuient sous l’impulsion d’une culture mondialisée qui, parfois, leur ôte tout point de référence. Dans d’autres parties du monde, en revanche, il n’y a pas de véritable conflit intergénérationnel entre jeunes et adultes, mais ceux-ci s’ignorent réciproquement. Parfois les adultes ne cherchent pas ou ne parviennent pas à transmettre les valeurs de base de l’existence ou adoptent des styles juvéniles, inversant ainsi le rapport entre les générations. De la sorte, la relation entre les jeunes et les adultes risque de s’arrêter au plan affectif, sans jamais toucher la dimension éducative et culturelle». [32] Que de mal cela fait aux jeunes, même si certains ne s’en rendent pas compte! Ces mêmes jeunes nous ont fait remarquer que cela complique énormément la transmission de la foi «dans certains pays où il n’y a pas de liberté d’expression et où on les empêche de participer à la vie de l’Eglise».[33]

Désirs, blessures et recherches

81. Les jeunes reconnaissent que le corps et la sexualité ont une importance essentielle pour leur vie et pour le chemin de croissance de leur identité. Cependant, dans un monde qui souligne à l’exès la sexualité, il est difficile de garder une bonne relation avec son corps et de vivre sereinement les relations affectives. Pour cette raison, et pour d’autres, la morale sexuelle tend très souvent à être «une cause fréquente d’incompréhension et d’éloignement par rapport à l’Eglise, dans la mesure où elle est perçue comme un espace de jugement et de condamnation». En même temps, les jeunes expriment «un désir explicite de dialogue sur les questions relatives à la différence entre l’identité masculine et féminine, à la réciprocité entre les hommes et les femmes et à l’homosexualité».[34]

82. A notre époque «les développements de la science et des technologies biomédicales exercent une forte incidence sur la perception du corps, induisant l’idée qu’aucune limite ne peut empêcher de le modifier. La capacité d’intervenir sur l’ADN, la possibilité d’insérer des éléments artificiels dans l’organisme (cyborg) et le développement des neurosciences constituent une grande ressource, mais soulèvent en même temps des questions anthropologiques et éthiques».[35] Ils peuvent nous conduire à oublier que la vie est un don et que nous sommes des êtres créés et limités, que nous pouvons êtres facilement instrumentalisés par ceux qui ont le pouvoir technologique.[36] «En outre, certains milieux de jeunes sont de plus en plus fascinés par des comportements à risques comme moyens de s’explorer soi-même, de rechercher des émotions fortes et d’être reconnus […] Ces phénomènes, auxquels les nouvelles générations sont exposées, constituent un obstacle à une maturation sereine».[37]

83. Chez les jeunes, il y a aussi les chocs, les échecs, les souvenirs tristes gravés dans l’âme. Bien souvent « ce sont les blessures des défaites de leur propre histoire, des désirs frustrés, des discriminations et des injustices subies, ou encore du fait de ne pas se sentir aimés ou reconnus». En plus, «il y a aussi les blessures morales, le poids des erreurs commises, de la culpabilité après s’être trompé».[38]A ces carrefours, Jésus se rend présent aux jeunes pour leur offrir son amitié, son réconfort, sa compagnie qui guérit, et l’Eglise veut être son instrument sur ce chemin vers la restauration intérieure et la paix du cœur.

84. Nous reconnaissons, chez certains jeunes, un désir de Dieu, bien qu’il n’ait pas tous les contours du Dieu révélé. Chez d’autres, nous pourrons entrevoir un rêve de fraternité, ce qui n’est pas rien. Chez beaucoup, il y a un désir réel de développer les capacités qui se trouvent en eux pour apporter quelque chose au monde. Chez d’autres, nous observons une sensibilité artistique spéciale, ou une recherche d’harmonie avec la nature. Chez d’autres, ce peut-être un grand besoin de communication. Chez beaucoup d’entre eux, nous trouvons un profond désir d’une vie différente. Il s’agit de vrais points de départ, d’énergies intérieures en attente et ouvertes à une parole de stimulation, de lumière et d’encouragement.

85. Le Synode a traité de manière particulière trois thèmes d’une grande importance dont je voudrais accueillir les conclusions textuellement, même s’il nous faudrait encore procéder à une analyse plus approfondie et développer une capacité de réponse plus adéquate et plus efficace.

Le monde numérique
86. «Le monde numérique caractérise le monde contemporain. De vastes portions de l’humanité y sont plongées de manière ordinaire et continuelle. Il ne s’agit plus seulement d’”utiliser” des instruments de communication, mais de vivre dans une culture largement numérisée, qui influence profondément les notions de temps et d’espace, la perception de soi, des autres et du monde, la façon de communiquer, d’apprendre, de s’informer et d’entrer en relation avec les autres. Une approche de la réalité qui tend à privilégier l’image par rapport à l’écoute et à la lecture a une incidence sur la façon d’apprendre et sur le développement du sens critique».[39]

87. Internet et les réseaux sociaux ont créé une nouvelle manière de communiquer et de se mettre en relation et «sont des espaces où les jeunes passent beaucoup de temps et se rencontrent facilement, même si tous n’y ont pas accès de la même façon, en particulier dans certaines régions du monde. Quoi qu’il en soit, ils constituent une extraordinaire opportunité de dialogue, de rencontre et d’échange entre les personnes, et donnent accès à l’information et à la connaissance. En outre, l’environnement numérique est un contexte de participation sociopolitique et de citoyenneté active et il peut faciliter la circulation d’une information indépendante capable de protéger efficacement les personnes les plus vulnérables en révélant au grand jour les violations de leurs droits. Dans de nombreux pays, internet et les réseaux sociaux représentent désormais un lieu incontournable pour atteindre les jeunes et les faire participer, notamment aux initiatives et aux activités pastorales».[40]

88. Mais pour comprendre ce phénomène dans son intégralité, il faut reconnaître que, comme toute réalité humaine, il comporte des limites et des carences. Il n’est pas sain de confondre la communication avec le contact purement virtuel. De fait, «le monde numérique est aussi un espace de solitude, de manipulation, d’exploitation et de violence, jusqu’au cas extrême du dark web. Les médias numériques peuvent exposer au risque de dépendance, d’isolement et de perte progressive de contact avec la réalité concrète, entravant ainsi le développement d’authentiques relations interpersonnelles. De nouvelles formes de violence se diffusent à travers les social media, comme le cyber bizutage ; le web est aussi un canal de diffusion de la pornographie et d’exploitation des personnes à des fins sexuelles ou par le biais des jeux de hasard».[41]

89. On ne devrait pas oublier que «de gigantesques intérêts économiques opèrent dans le monde numérique. Ils sont capables de mettre en place des formes de contrôle aussi subtiles qu’envahissantes, créant des mécanismes de manipulation des consciences et des processus démocratiques. Le fonctionnement de nombreuses plates-formes finit toujours par favoriser la rencontre entre les personnes qui pensent d’une même façon, empêchant de faire se confronter les différences. Ces circuits fermés facilitent la diffusion de fausses informations et de fausses nouvelles, fomentant les préjugés et la haine. La prolifération des fake news est l’expression d’une culture qui a perdu le sens de la vérité et qui soumet les faits à ses intérêts particuliers. La réputation des personnes est mise en danger par des procès sommaires online. Le phénomène concerne aussi l’Eglise et ses pasteurs».[42]

90. Dans un document qu’ont préparé trois cents jeunes du monde entier avant le Synode, ceux-ci ont indiqué que «les relations online peuvent devenir inhumaines. Les espaces numériques nous rendent aveugles à la vulnérabilité des autres et empêchent la réflexion personnelle. Des problèmes comme la pornographie déforment la perception que le jeune a de la sexualité humaine. La technologie utilisée de cette manière crée une réalité parallèle illusoire qui ignore la dignité humaine ».[43] L’immersion dans le monde virtuel a favorisé une sorte de “migration numérique”, c’est-à-dire un éloignement de la famille ainsi que des valeurs culturelles et religieuses, qui conduit beaucoup de personnes dans un monde de solitude et d’auto-invention, à tel point qu’elles font l’expérience d’un déracinement même si elles demeurent physiquement au même endroit. La vie nouvelle et débordante des jeunes, qui les pousse à chercher et à affirmer leur personnalité, est confrontée aujourd’hui à un nouveau défi: interagir avec un monde réel et virtuel dans lequel ils pénètrent seuls comme dans un continent global inconnu. Les jeunes d’aujourd’hui sont les premiers à faire cette synthèse entre ce qui est personnel, ce qui est propre à chaque culture et ce qui est global. C’est pourquoi il faut qu’ils parviennent à passer du contact virtuel à une bonne et saine communication.

Les migrants comme paradigme de notre temps
91. Comment ne pas se rappeler ces nombreux jeunes touchés par les migrations? Les phénomènes migratoires ne représentent pas «une urgence transitoire. Les migrations peuvent advenir à l’intérieur même d’un pays ou bien entre des pays différents. La préoccupation de l’Eglise concerne en particulier ceux qui fuient la guerre, la violence, la persécution politique ou religieuse, les désastres naturels dus aux changements climatiques et à la pauvreté extrême : beaucoup d’entre eux sont jeunes. En général, ils sont en quête d’opportunités pour eux et pour leur famille. Ils rêvent d’un avenir meilleur et désirent créer les conditions de sa réalisation».[44] Les migrants «nous rappellent la condition primitive de la foi, celle d’“étrangers et voyageurs sur la terre” (He 11, 13)».[45]

92. D’autres migrants «sont attirés par la culture occidentale, nourrissant parfois des attentes irréalistes qui les exposent à de lourdes déceptions. Des trafiquants sans scrupules, souvent liés aux cartels de la drogue et des armes, exploitent la faiblesse des migrants qui, au long de leur parcours, se heurtent trop souvent à la violence, à la traite des êtres humains, aux abus psychologiques et même physiques, et à des souffrances indicibles. Il faut signaler la vulnérabilité particulière des migrants non accompagnés et la situation de ceux qui sont contraints de passer de nombreuses années dans des camps de réfugiés ou qui restent longtemps bloqués dans les pays de transit, sans pouvoir poursuivre le cours de leurs études, ni exprimer leurs talents. Dans certains pays d’arrivée, les phénomènes migratoires suscitent des alarmes et des peurs, souvent fomentées et exploitées à des fins politiques. Une mentalité xénophobe, de fermeture et de repli sur soi se diffuse alors. Il faut réagir fermement à cela».[46]

93. «Les jeunes qui migrent vivent une séparation avec leur environnement d’origine et connaissent souvent un déracinement culturel et religieux. La fracture concerne aussi les communautés locales, qui perdent leurs éléments les plus vigoureux et entreprenants, et les familles, en particulier quand un parent migre, ou les deux, laissant leurs enfants dans leur pays d’origine. L’Eglise a un rôle important à jouer comme référence pour les jeunes de ces familles brisées. Mais les histoires des migrants sont aussi des histoires de rencontre entre personnes et cultures : pour les communautés et les sociétés d’accueil, ils représentent une opportunité d’enrichissement et de développement humain intégral de tous. Les initiatives d’accueil qui se rattachent à l’Eglise ont un rôle important de ce point de vue et peuvent revitaliser les communautés capables de les mettre en œuvre».[47]

94. «Grâce à la provenance variée des Pères, le Synode a vu confluer de nombreuses perspectives en ce qui concerne le thème des migrants, en particulier entre les pays de départ et les pays d’arrivée. En outre, on a entendu résonner le cri d’alarme des Eglises dont les membres sont contraints de fuir la guerre et la persécution et qui voient ces migrations forcées comme une menace pour leur existence même. Le fait d’inclure en son sein toutes ces différentes perspectives met précisément l’Eglise en condition d’exercer un rôle prophétique vis-à-vis de la société en matière de migrations». [48] Je demande en particulier aux jeunes de ne pas se laisser enrôler dans les réseaux de ceux qui veulent les opposer à d’autres jeunes qui arrivent dans leurs pays, en les présentant comme des êtres dangereux et comme s’ils n’étaient pas dotés de la même dignité inaliénable propre à chaque être humain.

Mettre fin à tout genre d’abus
95. Ces derniers temps, il a été demandé avec force que nous écoutions le cri des victimes des divers genres d’abus qu’ont commis certains évêques, prêtres, religieux et laïcs. Ces péchés provoquent chez leurs victimes «des souffrances qui peuvent durer toute la vie et auxquelles aucun repentir ne peut porter remède. Ce phénomène est très répandu dans la société, et il touche aussi l’Eglise et représente un sérieux obstacle à sa mission».[49]

96. Certes, le «fléau des abus sexuels sur mineurs est malheureusement un phénomène historiquement répandu dans toutes les cultures et toutes les sociétés», surtout au sein des familles mêmes et dans diverses institutions, dont l’ampleur a été révélée surtout «grâce au changement de sensibilité de l’opinion publique». Mais «l’universalité de ce fléau, alors que se confirme son ampleur dans nos sociétés, n’atténue pas sa monstruosité à l’intérieur de l’Eglise» et «dans la colère légitime des personnes, l’Eglise voit un reflet de la colère de Dieu, trahi et frappé».[50]

97. «Le Synode réaffirme le ferme engagement en faveur de l’adoption de mesures rigoureuses de prévention pour empêcher que cela ne se reproduise, à partir de la sélection et de la formation de ceux auxquels seront confiés des tâches de responsabilité et d’éducation».[51] En même temps, il ne faut pas négliger la décision d’appliquer les « mesures et sanctions si nécessaires».[52] Et tout cela avec la grâce du Christ. Il n’y a pas de retour en arrière possible.

98. «Il existe différents types d’abus : abus de pouvoir, abus économiques, abus de conscience, abus sexuels. Il est évident qu’il faut éradiquer les formes d’exercice de l’autorité sur lesquelles ils se greffent et lutter contre le manque de responsabilité et de transparence avec lequel de nombreux cas ont été gérés. Le désir de domination, le manque de dialogue et de transparence, les formes de double vie, le vide spirituel, ainsi que les fragilités psychologiques constituent le terrain sur lequel prospère la corruption».[53] Le cléricalisme est une tentation permanente des prêtres, qui interprètent «le ministère reçu comme un pouvoir à exercer plutôt que comme un service gratuit et généreux à offrir. Et cela conduit à croire appartenir à un groupe qui possède toutes les réponses et qui n’a plus besoin d’écouter et d’apprendre quoique ce soit, ou fait semblant d’écouter».[54] Sans aucun doute, un esprit clérical expose les personnes consacrées à perdre le respect de la valeur sacrée et inaliénable de chaque personne et de sa liberté.

99. Avec les Pères synodaux, je voudrais exprimer avec affection et reconnaissance ma «gratitude envers ceux qui ont le courage de dénoncer le mal subi : ils aident l’Eglise à prendre conscience de ce qui s’est passé et de la nécessité de réagir fermement».[55] Mais méritent également une reconnaissance spéciale « les efforts sincères d’innombrables laïques et laïcs, prêtres, personnes consacrées et évêques qui, chaque jour, se dépensent avec honneteté et dévouement au service des jeunes. Leur œuvre est une forêt qui grandit sans faire de bruit. Beaucoup de jeunes présents au Synode ont également manifesté leur gratitude pour ceux qui les ont accompagnés et ils ont rappelé le grand besoin de figures de référence».[56]

100. Grâce à Dieu, les prêtres qui commettent ces horribles crimes ne constituent pas la majorité qui exerce un ministère fidèle et généreux. Je demande aux jeunes de se laisser stimuler par cette majorité. En tout cas, quand vous voyez un prêtre en danger, parce qu’il a perdu la joie de son ministère, parce qu’il cherche des compensations affectives ou qu’il est en train de perdre le cap, ayez le courage de lui rappeler son engagement envers Dieu et avec son peuple, annoncez-lui, vous-mêmes, l’Evangile, et encouragez-le à rester sur le bon chemin. Ainsi, vous offrirez une aide inestimable pour une chose qui est fondamentale: la prévention qui permet d’éviter que ces atrocités se répètent. Ce nuage noir devient aussi un défi pour les jeunes qui aiment Jésus-Christ et son Eglise, car leur apport peut être important face à cette blessure s’ils mettent en jeu leur capacité de renouveler, de revendiquer, d’exiger cohérence et témoignage, de rêver de nouveau et de réinventer.

101. Ce n’est pas le seul péché des membres de l’Eglise, dont l’histoire connaît les ombres. Nos péchés sont à la vue de tous; ils se reflètent sans pitié dans les rides du visage millénaire de notre Mère et Maîtresse. En effet, elle marche depuis deux mille ans, en partageant «les joies et les espoirs, les tristesses et les angoisses des hommes»[57]. Et elle marche telle qu’elle est, sans recourir à des chirurgies esthétiques. Elle ne craint pas de montrer les péchés de ses membres, que certains d’entre eux tentent parfois de dissimuler, à la lumière brûlante de la Parole de l’Evangile qui lave et purifie. Elle ne se lasse pas non plus de réciter chaque jour, honteuse: «Pitié pour moi, Dieu, en ta bonté, en ta grande tendresse […]. Ma faute est devant moi sans relâche» (Ps 51, 3.5). Mais souvenons-nous qu’on n’abandonne pas une Mère lorsqu’elle est blessée, mais on l’accompagne pour qu’elle trouve en elle toute sa force et sa capacité de toujours recommencer.

102. Au milieu de ce drame qui, à juste titre, nous blesse l’âme, «le Seigneur Jésus, qui n’abandonne jamais son Eglise, lui offre la force et les instruments pour un nouveau chemin».[58] Ainsi, ce moment difficile, «avec l’aide précieuse des jeunes, peut véritablement être l’occasion d’une réforme de portée historique»,[59] pour déboucher sur une nouvelle Pentecôte et inaugurer une étape de purification et de changement qui confère à l’Eglise une nouvelle jeunesse. Mais les jeunes pourront aider beaucoup plus s’ils se sentent de tout cœur membres du «saint et patient peuple fidèle de Dieu, soutenu et vivifié par l’Esprit Saint», car «ce sera précisément ce saint peuple de Dieu qui nous libérera du fléau du cléricalisme, terrain fertile de toutes ces abominations».[60]

Il y a une issue
103. Dans ce chapitre, je me suis arrêté pour regarder la réalité des jeunes dans le monde actuel. Certains autres aspects apparaîtront dans les chapitres suivants. Comme je l’ai déjà dit, je ne prétends pas être exhaustif par cette analyse. J’exhorte les communautés à examiner, avec respect et sérieux, leur réalité la plus proche concernant la jeunesse, afin de pouvoir discerner les voies pastorales les plus adéquates. Cependant, je ne veux pas terminer ce chapitre sans m’adresser à chacun de vous.

104. Je te rappelle la bonne nouvelle que le matin de la Résurrection nous a offert : à savoir qu’il y a une issue à toutes les situations difficiles ou douloureuses que nous avons mentionnées. Par exemple, il est vrai que le monde numérique peut t’exposer au risque du repli sur soi, de l’isolement ou du plaisir vide. Mais n’oublie pas qu’il y a des jeunes qui sont aussi créatifs, et parfois géniaux, dans cet environnement. C’est ce que faisait le jeune Vénérable Carlo Acutis.

105. Il savait très bien que ces mécanismes de la communication, de la publicité et des réseaux sociaux peuvent être utilisés pour faire de nous des êtres endormis, dépendants de la consommation et des nouveautés que nous pouvons acquérir, obsédés du temps libre et prisonniers de la négativité. Cependant, il a été capable d’utiliser les nouvelles techniques de communication pour transmettre l’Evangile, pour communiquer valeurs et beauté.

106. Il n’est pas tombé dans le piège. Il voyait que beaucoup de jeunes, même s’ils semblent différents, finissent en réalité par se ressembler, en courant derrière ce que les puissants leur imposent à travers les mécanismes de consommation et d’abrutissement. C’est ainsi qu’ils ne laissent pas jaillir les dons que le Seigneur leur a faits ; ils n’offrent pas à ce monde ces talents si personnels et si uniques que le Seigneur a semés en chacun. Ainsi, disait Carlo, il arrive que “tous les hommes naissent comme des originaux, mais beaucoup meurent comme des photocopies”. Ne permets pas que cela t’arrive!

107. Ne permets pas qu’ils te volent l’espérance et la joie, qu’ils te rendent toxicodépendant pour t’utiliser comme esclave de leurs intérêts. Ose être davantage, car ta personne est plus importante que quoi que ce soit. Il ne te sert à rien d’avoir ou de paraître. Tu peux arriver à être ce que Dieu, ton Créateur, sait que tu es, si tu reconnais que tu es appelé à beaucoup. Invoque l’Esprit Saint et marche avec confiance vers le grand but : la sainteté. Ainsi, tu ne seras pas une photocopie. Tu seras pleinement toi-même.

108. Pour cela, tu as besoin de savoir une chose fondamentale: la jeunesse, ce n’est pas seulement la recherche de plaisirs passagers et de succès superficiels. Pour que la jeunesse atteigne sa finalité dans le parcours de ta vie, elle doit être un temps de don généreux, d’offrande sincère, de sacrifice qui coûtent mais qui nous rendent féconds. C’est comme disait le poète:

Si pour retrouver ce que j’ai retrouvé
j’ai d’abord dû perdre ce que j’ai perdu,
si pour obtenir ce que j’ai obtenu
j’ai dû supporter ce que j’ai supporté,

Si pour être à présent tombé amoureux
j’ai dû être blessé,
j’estime qu’il est bon d’avoir souffert ce que j’ai souffert
j’estime qu’il est bon d’avoir pleuré ce que j’ai pleuré.

Car après tout je me suis rendu compte
qu’on ne savoure bien ce qui est appréciable
qu’après en avoir souffert.

Car après tout j’ai compris
que ce que l’arbre a de fleuri
ne vit que de ce qu’il a d’enseveli
.[61]

109. Si tu es jeune en âge, mais si tu te sens faible, fatigué ou désabusé, demande à Jésus de te renouveler. Avec lui, l’espérance ne manque pas. Tu peux faire de même si tu te sens submergé par les vices, les mauvaises habitudes, l’égoïsme ou le confort malsain. Jésus, plein de vie, veut t’aider pour qu’être jeune en vaille la peine. Ainsi tu ne priveras pas le monde de cette contribution que toi seul peux lui apporter, en étant unique et hors pair comme tu es.

110. Cependant, je voudrais te rappeler également qu’«il est très difficile de lutter contre notre propre concupiscence ainsi que contre les embûches et les tentations du démon et du monde égoïste, si nous sommes trop isolés. Le bombardement qui nous séduit est tel que, si nous sommes trop seuls, nous perdons facilement le sens de la réalité, la clairvoyance intérieure, et nous succombons».[62] Cela vaut en particulier pour les jeunes, parce que, unis, vous avez une force admirable. Quand vous vous enthousiasmez pour une vie communautaire, vous êtes capables de grands sacrifices pour autrui et pour la communauté. Par contre, l’isolement vous affaiblit et vous expose aux pires maux de notre temps.

CHAPITRE 4
La grande annonce pour tous les jeunes

111. Au-delà de toute situation particulière, je souhaite maintenant annoncer à tous les jeunes le plus important, ce qui est primordial, ce qu’il ne faut jamais taire. Une annonce qui comprend trois grandes vérités que nous avons tous besoin d’entendre sans cesse, encore et encore.

Un Dieu qui est amour
112. Je veux dire d’abord à chacun la première vérité: “Dieu t’aime”. Si tu l’as déjà entendu, peu importe. Je veux te le rappeler: Dieu t’aime. N’en doute jamais, quoiqu’il arrive dans ta vie. Tu es aimé infiniment, en toutes circonstances.

113. L’expérience de la paternité que tu as eue n’est peut-être pas la meilleure, ton père de la terre a peut-être été loin et absent ou, au contraire, dominateur et captatif. Ou, simplement, il n’a pas été le père dont tu avais besoin. Je ne sais pas. Mais ce que je peux te dire avec certitude, c’est que tu peux te jeter avec confiance dans les bras de ton Père divin, de ce Dieu qui t’a donné la vie et qui te la donne à tout moment. Il te soutiendra fermement et tu sentiras en même temps qu’il respecte jusqu’au bout ta liberté.

114. Nous trouvons dans sa Parole de nombreuses expressions de son amour. C’est comme s’il avait cherché différentes manières de le manifester pour voir s’il pouvait atteindre ton cœur avec l’une ou l’autre de ces paroles.

Par exemple, il se présente parfois comme ces pères affectueux qui jouent avec leurs enfants: «Je les menais avec des attaches humaines, avec des liens d'amour ; j'étais pour eux comme ceux qui soulèvent un nourrisson tout contre leur joue » (Os 11, 4).

Il se présente parfois plein de l’amour de ces mères qui aiment sincèrement leurs enfants, d’un amour attachant qui est incapable d’oublier ou d’abandonner: «Une femme oublie-t-elle son petit enfant, est-elle sans pitié pour le fils de ses entrailles ? Même si les femmes oubliaient, moi, je ne t'oublierai pas » (Is 49, 15).

Il se présente même comme un amoureux qui en arrive à se faire tatouer la personne aimée dans la paume de ses mains afin de pouvoir avoir toujours son visage à proximité: «Je t’ai gravée sur les paumes de mes mains » (Is 49, 16).

D’autres fois, il montre sa force et la vigueur de son amour qui ne se laisse jamais vaincre: «Les montagnes peuvent s'écarter et les collines chanceler, mon amour ne s'écartera pas de toi, mon alliance de paix ne chancellera pas » (Is 54, 10).

Ou bien il nous dit que nous avons été désirés depuis toujours, de sorte que nous n’apparaissons pas dans ce monde par hasard. Nous étions un projet de son amouravant que nous existions : «D'un amour éternel je t'ai aimée, aussi t'ai-je maintenu ma faveur » (Jr 31, 3).

Ou bien il nous fait remarquer qu’il sait voir notre beauté, celle que personne ne peut reconnaître: «Tu comptes beaucoup à mes yeux, tu as du prix et je t'aime » (Is 43, 4).

Ou bien il nous fait découvrir que son amour n’est pas triste, mais une pure joie qui se renouvelle quand nous nous laissons aimer par lui: «Le Seigneur ton Dieu est au milieu de toi, héros sauveur! Il exultera pour toi de joie, il te renouvellera par son amour ; il dansera pour toi avec des cris de joie » (So 3, 17).

115. Tu as vraiment de la valeur pour lui, tu n’es pas insignifiant, tu lui importes, parce que tu es une œuvre de ses mains. Il te prête donc attention et se souvient de toi avec affection. Tu dois avoir confiance dans le «souvenir de Dieu: sa mémoire n’est pas un “disque dur” qui enregistre et archive toutes nos données, sa mémoire est un cœur tendre de compassion, qui se plaît à effacer définitivement toutes nos traces de mal».[63] Il ne veut pas tenir le compte de tes erreurs et, en toute situation, il t’aidera à tirer quelque chose, même de tes chutes. Parce qu’il t’aime. Essaye de rester un moment en silence en te laissant aimer par lui. Essaye de faire taire toutes les voix et les cris intérieurs, et reste un moment dans les bras de son amour.

116. C’est un amour «qui n’écrase pas, c’est un amour qui ne marginalise pas, qui ne réduit pas au silence, un amour qui n’humilie pas, ni n’asservit. C’est l’amour du Seigneur, un amour de tous les jours, discret et respectueux, amour de liberté et pour la liberté, amour qui guérit et qui relève. C’est l’amour du Seigneur qui apprend plus à redresser qu’à faire chuter, à réconcilier qu’à interdire, à donner de nouvelles chances qu’à condamner, à regarder l’avenir plus que le passé ».[64]

117. Quand il te demande quelque chose ou quand, simplement, il permet ces défis que la vie te présente, il attend que tu lui accordes une place pour pouvoir t’élever, pour te faire progresser, pour te faire mûrir. Cela ne le dérange pas que tu lui exprimes ton questionnement. Ce qui l’inquiète, c’est que tu ne lui parles pas, que tu n’ouvres pas sincèrement le dialogue avec lui. La Bible dit que Jacob a lutté contre Dieu (cf. Gn 32, 25-31), et cela ne l’a pas détourné du chemin du Seigneur. En réalité, il nous exhortelui-même : «Allons! Discutons! » (Is 1, 18). Son amour est si réel, si vrai, si concret qu’il nous offre une relation faite de dialogue sincère et fécond. Finalement, cherche l’embrassade de ton Père du ciel dans le visage aimant de ses courageux témoins sur la terre.

Le Christ te sauve
118. La deuxième vérité est que le Christ, par amour, s’est livré jusqu’au bout pour te sauver. Ses bras sur la croix sont le signe le plus beau d’un ami qui est capable d’aller jusqu’à l’extrême: «Ayant aimé les siens qui étaient dans le monde, il les aima jusqu’à la fin» (Jn 13, 1).

Saint Paul disait qu’il vivait dans la confiance en cet amour qui s’est livréà lui entièrement : «Je vis dans la foi au Fils de Dieu qui m’a aimé et s’est livré pour moi » (Ga 2, 20).

119. Ce Christ, qui nous a sauvés de nos péchés sur la croix, continue de nous sauver et de nous racheter aujourd’hui, avec le même pouvoir de son don total. Regarde le Christ, accroche-toi à lui, laisse-toi sauver, parce que «ceux qui se laissent sauver par lui sont libérés du péché, de la tristesse, du vide intérieur, de l’isolement ».[65] Car si tu pèches et t’éloignes, il te relève avec le pouvoir de sa croix. N’oublie jamais qu’«il pardonne soixante-dix fois sept fois. Il revient nous charger sur ses épaules une fois après l’autre. Personne ne pourra nous enlever la dignité que nous confère cet amour infini et inébranlable. Il nous permet de relever la tête et de recommencer, avec une tendresse qui ne nous déçoit jamais et qui peut toujours nous rendre la joie ».[66]

120. «Nous sommes sauvés par Jésus: parce qu’il nous aime et ne peut pas s’en passer. Nous pouvons lui faire n’importe quoi, lui nous aime et nous sauve. Parce que seul celui qu’on aime peut être sauvé. Seul celui qu’on embrasse peut être transformé. L’amour du Seigneur est plus grand que toutes nos contradictions, que toutes nos fragilités et que toutes nos petitesses. Mais c’est précisément à travers nos contradictions, nos fragilités et nos petitesses qu’il veut écrire cette histoire d’amour. Il a embrassé le fils prodigue, il a embrassé Pierre après son reniement, et il nous embrasse toujours, toujours, toujours après nos chutes, en nous aidant à nous relever et nous remettre sur pieds. Parce que la véritable chute, - attention à cela – la vraie chute, celle qui est capable de ruiner notre vie, c’est de rester à terre et ne pas se laisser aider».[67]

121. Son pardon et son salut ne sont pas une chose que nous avons achetée, ou que nous devons acquérir par nos œuvres et par nos efforts. Il nous pardonne et nous libère gratuitement. Le don de lui-même sur la croix est une chose si grande que nous ne pouvons ni ne devons payer, nous devons seulement le recevoir avec une immense gratitude et avec la joie d’être tant aimés, avant que nous puissions l’imaginer: «Il nous a aimés [le premier]» (1 Jn 4, 19).

122. Jeunes aimés par le Seigneur, vous valez tellement que vous avez été rachetés par le sang précieux du Christ! Jeunes bien aimés, «vous n’avez pas de prix! Vous n’êtes pas une marchandise aux enchères! S’il vous plaît, ne vous laissez pas acheter, ne vous laissez pas séduire, ne vous laissez pas asservir par les colonisations idéologiques qui nous mettent des idées dans la tête et, à la fin, nous font devenir esclaves, dépendants, des ratés dans la vie. Vous n’avez pas de prix : vous devez toujours vous le répéter : je ne suis pas aux enchères, je n’ai pas de prix. Je suis libre, je suis libre! Eprenez-vous de cette liberté, qui est celle que Jésus offre ».[68]

123. Regarde les bras ouverts du Christ crucifié, laisse-toi sauver encore et encore. Et quand tu t’approches pour confesser tes péchés, crois fermement en sa miséricorde qui te libère de la faute. Contemple son sang répandu avec tant d’amour et laisse-toi purifier par lui. Tu pourras ainsi renaître de nouveau.

Il vit!
124. Mais il y a une troisième vérité qui est inséparable de la précédente: il vit! Il faut le rappeler souvent, parce que nous courons le risque de prendre Jésus-Christ seulement comme un bon exemple du passé, comme un souvenir, comme quelqu’un qui nous a sauvés il y a deux mille ans. Cela ne nous servirait à rien, cela nous laisserait identiques, cela ne nous libèrerait pas. Celui qui nous remplit de sa grâce, qui nous libère, qui nous transforme, qui nous guérit et nous console est quelqu’un qui vit. C’est le Christ ressuscité, plein de vitalité surnaturelle, revêtu d’infinie lumière. C’est pourquoi saint Paul disait: «Si le Christ n’est pas ressuscité, vaine est votre foi» (1Co 15, 17).

125. S’il vit, alors il pourra être présent dans ta vie, à chaque moment, pour la remplir de lumière. Il n’y aura ainsi plus jamais de solitude ni d’abandon. Même si tous s’en vont, lui sera là, comme il l’a promis: «Je suis avec vous tous les jours jusqu’à la fin du monde » (Mt 28, 20). Il remplit tout de sa présence invisible, où que tu ailles il t’attendra. Car il n’est pas seulement venu, mais il vient et continuera à venir chaque jour pour t’inviter à marcher vers un horizon toujours nouveau.

126. Contemple Jésus heureux, débordant de joie. Réjouis-toi avec ton Ami qui a triomphé. Ils ont tué le saint, le juste, l’innocent, mais il a vaincu. Le mal n’a pas le dernier mot. Dans ta vie, le mal non plus n’aura pas le dernier mot, parce que l’Ami qui t’aime veut triompher en toi. Ton sauveur vit.

127. S’il vit, c’est une garantie que le bien peut se faire un chemin dans notre vie, et que nos fatigues serviront à quelque chose. Nous pouvons cesser de nous plaindre, et regarder en avant parce que, avec lui, on le peut toujours. C’est la sécurité que nous avons. Jésus est l’éternel vivant. Accrochés à lui nous vivrons et traverserons toutes les formes de mort et de violence qui nous guettent en chemin.

128. Toute autre remède sera insuffisant et passager. Il servira peut-être à quelque chose un certain temps, mais de nouveau nous nous retrouverons sans défense, abandonnés, exposés aux intempéries. Avec lui, en revanche, le cœur est ancré dans une assurance fondamentale, qui demeure au-delà de tout. Saint Paul dit qu’il désire être uni au Christ pour «le connaître, lui, avec la puissance de sa résurrection » (Ph 3, 10). C’est le pouvoir qui se manifeste sans cesse aussi dans ton existence, parce qu’il est venu pour te donner la vie, et que tu l’aies «surabondante » (Jn 10, 10).

129. Si tu parviens à apprécier, avec le cœur, la beauté de cette nouvelle, et que tu te laisses rencontrer par le Seigneur, si tu te laisses aimer et sauver par lui, si tu entres en amitié avec lui et commences à parler avec le Christ vivant des choses concrètes de ta vie, tu feras la grande expérience, l’expérience fondamentale qui soutiendra ta vie chrétienne. C’est aussi l’expérience que tu pourras communiquer aux autres jeunes. Parce qu’«à l’origine du fait d’être chrétien, il n’y a pas une décision éthique ou une grande idée, mais la rencontre avec un événement, avec une Personne, qui donne à la vie un nouvel horizon et par là son orientation décisive ».[69]

L’Esprit donne la vie
130. Dans ces trois vérités – Dieu t’aime, le Christ est ton sauveur, il vit – apparaît Dieu le Père et apparaît Jésus. Où se trouvent le Père et Jésus-Christ se trouve aussi l’Esprit Saint. C’est lui qui prépare et ouvre les cœurs à recevoir cette nouvelle, c’est lui qui maintient vivante cette expérience de salut, c’est lui qui t’aidera à grandir dans cette joie si tu le laisses agir. L’Esprit Saint remplit le cœur du Christ ressuscité et à partir de là, comme une source, il se répand dans ta vie. Et quand tu le reçois, l’Esprit Saint te fait entrer toujours plus avant dans le cœur du Christ, afin de te remplir toujours davantage de son amour, de sa lumière et de sa force.

131. Invoque chaque jour l’Esprit Saint, pour qu’il renouvelle constamment en toi l’expérience de la grande nouvelle. Pourquoi ne pas le faire? Tu ne perds rien et il peut changer ta vie, il peut l’éclairer et lui donner une meilleure direction. Il ne te mutile pas, il ne t’enlève rien, mais il t’aide à trouver ce dont tu as besoin de la meilleure façon. Tu as besoin d’amour? Tu ne le trouveras pas dans la débauche, en utilisant les autres, en possédant les autres ou en les dominant. Tu le trouveras d’une manière qui te rendra véritablement heureux. Tu cherches la force ? Tu ne la vivras pas en accumulant les objets, en gaspillant de l’argent, en courant désespéré derrière les choses de ce monde. Tu y parviendras sous une forme beaucoup plus belle et satisfaisante si tu te laisses stimuler par l’Esprit Saint.

132. Tu cherches la passion? Comme le dit ce beau poème: tombe amoureux ! (ou bien, permets-toi de tomber amoureux!) car «il n’y a rien de plus important que de trouver Dieu. C’est-à-dire, tombe amoureux de lui de manière définitive et absolue. Ce dont tu tombes amoureux prend ton imagination, et finit par laisser sa trace partout. C’est cela qui te décidera à sortir du lit le matin, qui décidera de ce que tu fais de tes soirées, de ce à quoi tu emploies tes weekends, de ce que tu lis, de ce que tu sais, de ce qui brise ton cœur et de ce qui te submerge de joie et de gratitude. Tombe amoureux! Demeure dans l’amour! Tout sera différent».[70] Cet amour de Dieu qui prend avec passion toute la vie est possible grâce à l’Esprit Saint, parce que «l’amour de Dieu a été répandu dans nos cœurs par l’Esprit Saint qui nous a été donné » (Rm5, 5).

133. Il est la source de la meilleure jeunesse. Parce que celui qui se confie au Seigneur «ressemble à un arbre planté au bord des eaux, qui tend ses racines vers le courant il ne redoute rien quand arrive la chaleur, son feuillage reste vert » (Jr 17, 8). Alors que «les adolescents se fatiguent et s'épuisent » (Is 40, 30), ceux qui mettent leur espérance dans Seigneur «renouvellent leur force, ils déploient leurs ailes comme des aigles, ils courent sans s'épuiser, ils marchent sans se fatiguer » (Is 40, 31).

CHAPITRE 5
Chemins de jeunesse

134. Comment vit-on sa jeunesse lorsqu’on se laisse éclairer par la grande nouvelle de l’Evangile? Il est important de se poser cette question parce que la jeunesse est plus qu’une fierté, elle est un don de Dieu: «Etre jeune est une grâce, une chance ».[71] C’est un don que nous pouvons gaspiller inutilement, ou bien que nous pouvons recevoir avec reconnaissance et vivre en plénitude.

135. Dieu est l’auteur de la jeunesse, et il œuvre en chaque jeune. La jeunesse est un temps béni pour le jeune, et une bénédiction pour l’Eglise et pour le monde. Elle est une joie, un chant d’espérance et une béatitude. Apprécier la jeunesse implique de voir ce temps de la vie comme un moment précieux, et non comme un temps qui passe où les personnes jeunes se sentent poussées vers l’âge adulte.

Un temps de rêves et de choix
136. A l’époque de Jésus, la sortie de l’enfance était une étape très attendue dans la vie qui était célébrée et grandement appréciée. Il en résulte que Jésus, lorsqu’il redonne la vie à une “enfant” (Mc 5, 39), lui fait faire un pas, l’encourage et la change en “jeune fille” (Mc 5, 41). En lui disant «jeune fille, lève-toi» (talitá kum), il la rend en même temps plus responsable de sa vie en lui ouvrant les portes de la jeunesse.

137. «La jeunesse, phase du développement de la personnalité, est marquée par des rêves qui, peu à peu, prennent corps, par des relations qui acquièrent toujours plus de consistance et d’équilibre, par des tentatives et des expériences, par des choix qui construisent progressivement un projet de vie. A cette période de la vie, les jeunes sont appelés à se projeter en avant, sans couper leurs racines, à construire leur autonomie, mais pas dans la solitude».[72]

138. L’amour de Dieu et notre relation avec le Christ vivant ne nous empêchent pas de rêver, et n’exigent pas de nous que nous rétrécissions nos horizons. Au contraire, cet amour nous pousse en avant, nous stimule, nous élance vers une vie meilleure et plus belle. Le mot “inquiétude” résume les nombreuses quêtes du cœur des jeunes. Comme le disait saint Paul VI: «Il y a un élément de lumièreprécisément dans les insatisfactions qui vous tourmentent ».[73] L’inquiétude qui rend insatisfait, jointe à l’étonnement pour la nouveauté qui pointe à l’horizon, ouvre un passage à l’audace qui les met en mouvement pour s’assumer eux-mêmes, devenir responsable d’une mission. Cette saine anxiété, qui s’éveille surtout dans la jeunesse, continue d’être la caractéristique de tout cœur qui reste jeune, disponible, ouvert. La véritable paix intérieure cohabite avec cette insatisfaction profonde. Saint Augustin disait: «Seigneur, tu nous a créés pour toi et notre cœur est sans repos tant qu’il ne demeure en toi».[74]

139. Il y a longtemps, un ami me demanda ce que je voyais quand je pensais à un jeune. Ma réponse a été: «Je vois un garçon ou une fille au pied agile qui cherche sa voie, qui entre dans le monde et qui regarde l’horizon avec les yeux pleins d’espoir, pleins de l’avenir et aussi d’illusions. Le jeune marche sur ses deux pieds comme les adultes, mais à la différence des adultes, qui les gardent bien parallèles, il en a toujours un devant l’autre, sans cesse prêt à partir, à bondir. Toujours prêt à aller de l’avant. Parler des jeunes, c’est parler de promesses, et c’est parler de joie. Ils ont une force immense, ils sont capables de regarder avec espoir. Un jeune est une promesse de vie qui possède par nature un certain degré de ténacité; il a assez de folie pour pouvoir s’illusionner, tout en ayant aussi la capacité à guérir de la désillusion qui peut s’ensuivre ».[75]

140. Certains jeunes rejettent parfois cette étape de la vie, parce qu’ils veulent rester enfants ou bien désirent «un prolongement indéfini de l’adolescence et le renvoi des décisions ; la peur du définitif engendre ainsi une sorte de paralysie décisionnelle. La jeunesse ne peut toutefois pas rester un temps suspendu : c’est l’âge des choix et c’est précisément en cela que réside sa fascination et sa tâche la plus grande. Les jeunes prennent des décisions dans le domaine professionnel, social, politique, et d’autres, plus radicales, qui donneront à leur existence une orientation déterminante».[76] Ils prennent aussi des décisions en rapport avec l’amour, le choix du partenaire et la possibilité d’avoir les premiers enfants. Nous approfondirons ces thèmes dans les derniers chapitres qui portent sur la vocation de chacun et son discernement.

141. Mais à l’encontre des rêves qui entraînent des décisions, souvent «il y a la menace de la lamentation, de la résignation. Celles-là, nous les laissons à ceux qui suivent la “déesse lamentation” […] Elle est une tromperie ; elle te fait prendre la mauvaise route. Quand tout semble immobile et stagnant, quand les problèmes personnels nous inquiètent, quand les malaises sociaux ne trouvent pas les réponses qu’ils méritent, ce n’est pas bon de partir battus. Le chemin est Jésus ; le faire monter dans notre « bateau » et avancer au large avec lui ! Il est le Seigneur ! Il change la perspective de la vie. La foi en Jésus conduit à une espérance qui va au-delà, à une certitude fondée non seulement sur nos qualités et nos dons, mais sur la Parole de Dieu, sur l’invitation qui vient de lui. Sans faire trop de calculs humains ni trop se préoccuper de vérifier si la réalité qui vous entoure coïncide avec vos sécurités. Avancez au large, sortez de vous-mêmes ».[77]

142. Il faut persévérer sur le chemin des rêves. Pour cela, il faut être attentifs à une tentation qui nous joue d’habitude un mauvais tour: l’angoisse. Elle peut être une grande ennemie lorsqu’il nous arrive de baisser les bras parce que nous découvrons que les résultats ne sont pas immédiats. Les rêves les plus beaux se conquièrent avec espérance, patience et effort, en renonçant à l’empressement. En même temps il ne faut pas s’arrêter par manque d’assurance, il ne faut pas avoir peur de parier et de faire des erreurs. Il faut avoir peur de vivre paralysés, comme morts dans la vie, transformés en des personnes qui ne vivent pas, parce qu’elles ne veulent pas risquer, parce qu’elles ne persévèrent pas dans leurs engagements et parce qu’elles ont peur de se tromper. Même si tu te trompes, tu pourras toujours lever la tête et recommencer, parce que personne n’a le droit de te voler l’espérance.

143. Jeunes, ne renoncez pas au meilleur de votre jeunesse, ne regardez pas la vie à partir d’un balcon. Ne confondez pas le bonheur avec un divan et ne vivez pas toute votre vie derrière un écran. Ne devenez pas le triste spectacle d’un véhicule abandonné. Ne soyez pas des voitures stationnées. Il vaut mieux que vous laissiez germer les rêves et que vous preniez des décisions. Prenez des risques, même si vous vous trompez. Ne survivez pas avec l’âme anesthésiée, et ne regardez pas le monde en touristes. Faites du bruit! Repoussez dehors les craintes qui vous paralysent, afin de ne pas être changés en jeunes momifiés. Vivez! Donnez-vous à ce qu’il y a de mieux dans la vie! Ouvrez la porte de la cage et sortez voler! S’il vous plaît, ne prenez pas votre retraite avant l’heure!

Les envies de vivre et d’expérimenter
144. Cette projection vers l’avenir qui se rêve ne signifie pas que les jeunes soient complètement lancés en avant, car, en même temps, il y a en eux un fort désir de vivre le présent, de profiter au maximum des possibilités que leur offre cette vie. Ce monde est rempli de beauté! Comment dédaigner les dons de Dieu?

145. Contrairement à ce que beaucoup pensent, le Seigneur ne veut pas affaiblir ces envies de vivre. Il est bon de se souvenir de ce qu’un sage de l’Ancien Testament enseignait: «Mon fils, si tu as de quoi, traite-toi bien […] Ne te refuse pas le bonheur présent » (Si 14, 11.14). Le Dieu véritable, celui qui t’aime, te veut heureux. C’est pourquoi, dans la Bible, nous voyons aussi ce conseil adressé aux jeunes: «Réjouis-toi, jeune homme, dans ta jeunesse, sois heureux aux jours de ton adolescence […] Éloigne de ton cœur le chagrin » (Qo 11, 9-10). Car Dieu est celui qui «pourvoit largement à tout, afin que nous en jouissions » (1Tm 6, 17).

146. Comment pourra-t-il être reconnaissant à Dieu celui qui n’est pas capable de profiter de ses petits cadeaux quotidiens, celui qui ne sait pas s’arrêter devant les choses simples et agréables qu’il rencontre à chaque pas? Car «il n'y a pas homme plus cruel que celui qui se torture soi-même » (Si 14, 6). Il ne s’agit pas d’être insatiable, toujours obsédé par le fait d’avoir toujours plus de plaisirs. Au contraire, cela t’empêcherait de vivre le présent. La question est de savoir ouvrir les yeux et de s’arrêter pour vivre pleinement, et avec gratitude, chaque petit don de la vie.

147. Il est clair que la Parole de Dieu ne t’invite pas seulement à préparer demain, mais à vivre le présent: «Ne vous inquiétez donc pas du lendemain : demain s'inquiétera de lui-même. A chaque jour suffit sa peine » (Mt 6, 34). Mais il ne s’agit pas de nous lancer dans une frénésie irresponsable qui nous laisserait vides et toujours insatisfaits; mais de vivre le présent à fond, en utilisant les énergies pour de bonnes choses, en cultivant la fraternité, en suivant Jésus et en appréciant chaque petite joie de la vie comme un don de l’amour de Dieu.

148. Dans ce sens, je voudrais rappeler que le Cardinal François-Xavier Nguyên Van Thuân, lorsqu’il était emprisonné dans un camp de concentration, ne voulait pas que ses journées consistent seulement à attendre et attendre un avenir. Son choix était de “vivre le moment présent en le remplissant d’amour”; et il le faisait de la manière suivante: «Je profite des occasions qui se présentent tous les jours pour faire des actions ordinaires de manière extraordinaire».[78] Pendant que tu te bats pour donner forme à tes rêves, vis pleinement l’aujourd’hui, remplis d’amour chaque moment et donne-le entièrement. Car il est vrai que cette journée de ta jeunesse peut être la dernière, et cela vaut donc la peine de la vivre avec toute l’envie et toute la profondeur possible.

149. Cela comprend aussi les moments difficiles qui doivent être vécus à fond pour parvenir à en découvrir le sens. Comme l’enseignent les évêques de Suisse: «Il est là où nous pensions qu’il nous avait abandonnés, et qu’il n’y avait plus de salut. C’est un paradoxe, mais la souffrance, les ténèbres se sont transformées, pour beaucoup de chrétiens […] en lieux de rencontre avec Dieu ».[79] De plus, le désir de vivre et de faire des expériences nouvelles concerne en particulier beaucoup de jeunes en condition de handicap physique, psychique et sensoriel. Même s’ils ne peuvent pas toujours faire les mêmes expériences que leurs compagnons, ils ont des ressources surprenantes, inimaginables, qui parfois sortent de l’ordinaire. Le Seigneur Jésus les comble d’autres dons, que la communauté est appelée à mettre en valeur, pour qu’ils puissent découvrir son projet d’amour pour chacun d’eux.

Dans l’amitié avec le Christ
150. Bien que tu vives et fasses des expériences, tu ne parviendras pas à la pleine jeunesse, tu ne connaîtras pas la véritable plénitude d’être jeune, si tu ne rencontres pas chaque jour le grand ami, si tu ne vis pas dans l’amitié de Jésus.

151. L’amitié est un cadeau de la vie, un don de Dieu. Le Seigneur nous polit et nous fait mûrir à travers les amis. En même temps, les amis fidèles, qui sont à nos côtés dans les moments difficiles, sont un reflet de la tendresse du Seigneur, de son réconfort et de son aimable présence. Avoir des amis nous apprend à nous ouvrir, à prendre soin des autres, à les comprendre, à sortir de notre confort et de l’isolement, à partager la vie. C’est pourquoi: «Un ami fidèle n'a pas de prix » (Si 6,15).

152. L’amitié n’est pas une relation fugitive ou passagère, mais stable, solide, fidèle, qui mûrit avec le temps. Elle est une relation d’affection qui nous fait sentir unis, et en même temps elle est un amour généreux, qui nous porte à chercher le bien de l’ami. Même si les amis peuvent être très différents entre eux, il y a toujours des choses en commun qui les portent à se sentir proches, et il y a une intimité qui se partage avec sincérité et confiance.

153. L’amitié est si importante que Jésus se présente comme un ami: «Je ne vous appelle plus serviteurs mais je vous appelle amis » (Jn 15, 15). Par la grâce qu’il nous donne, nous sommes élevés de telle sorte que nous sommes réellement ses amis. Nous pouvons l’aimer du même amour qu’il répand en nous, étendant son amour aux autres, dans l’espérance qu’eux aussi trouveront leur place dans la communauté d’amitié fondée par Jésus-Christ.[80] Et même s’il est déjà pleinement heureux, ressuscité, il est possible d’être généreux envers lui, en l’aidant à construire son Royaume en ce monde, en étant ses instruments pour porter son message et sa lumière, et surtout son amour, aux autres (cf. Jn 15, 16). Les disciples ont entendu l’appel de Jésus à l’amitié avec lui. C’est une invitation qui ne les a pas forcés, mais qui a été proposée délicatement à leur liberté: il leur dit « Venez et voyez», et «ils vinrent donc et virent où il demeurait, et ils demeurèrent auprès de lui ce jour-là » (Jn 1, 39). Après cette rencontre, intime et inespérée, ils ont tout laissé et ils ont été avec lui.

154. L’amitié avec Jésus est indéfectible. Il ne s’en va jamais, même si parfois il semble être silencieux. Quand nous en avons besoin, il se laisse rencontrer par nous (cf. Jr 29, 14) et il est à nos côtés, où que nous allions (cf. Jos 1, 9). Car il ne rompt jamais une alliance. Il demande que nous ne l’abandonnions pas: «Demeurez en moi » (Jn 15, 4). Mais si nous nous éloignons, «il reste fidèle, car il ne peut se renier lui-même » (2Tm 2, 13).

155. Nous parlons avec l’ami, nous partageons les choses les plus secrètes. Avec Jésus aussi, nous parlons. La prière est un défi et une aventure. Et quelle aventure! Elle permet que nous le connaissions mieux chaque jour, que nous entrions dans sa profondeur et que nous grandissions dans une union plus forte. La prière nous permet de lui dire tout ce qui nous arrive et de rester confiants dans ses bras, et en même temps elle nous offre des instants de précieuse intimité et d’affection, où Jésus répand en nous sa propre vie. En priant, nous lui «ouvrons le jeu » et nous lui faisons la place «pour qu’il puisse agir et puisse entrer et puisse triompher ».[81]

156. Il est ainsi possible de faire l’expérience d’une union constante avec lui qui dépasse tout ce que nous pouvons vivre avec d’autres personnes: «Ce n'est plus moi qui vis, mais le Christ qui vit en moi » (Ga 2, 20). Ne prive pas ta jeunesse de cette amitié. Tu pourras le sentir à ton côté non seulement quand tu pries. Tu reconnaîtras qu’il marche avec toi à tout moment. Essaie de le découvrir et tu vivras la belle expérience de te savoir toujours accompagné. C’est ce qu’ont vécu les disciples d’Emmaüs quand Jésus se rendit présent et «marchait avec eux» (Lc 24, 15), alors qu’ils marchaient et parlaient, désorientés. Un saint a ditque «le christianisme n’est pas un ensemble de vérités à croire, de lois à suivre, d’interdictions. Il devient repoussant de cette manière. Le christianisme est une Personne qui m’a aimé tellement qu’il demande mon amour. Le christianisme, c’est le Christ ».[82]

157. Jésus peut réunir tous les jeunes de l’Eglise en un unique rêve, «un grand rêve et un rêve capable d’abriter tout le monde. Ce rêve pour lequel Jésus a donné sa vie sur la croix et que l’Esprit Saint a répandu et a marqué au feu, le jour de la Pentecôte, dans le cœur de tout homme et de toute femme, dans le cœur de chacun […] Il l’a gravé dans l’attente de trouver de la place pour grandir et pour se développer. Un rêve, un rêve appelé Jésus semé par le Père, Dieu comme Lui – comme le Père - envoyé par le Père, dans la confiance qu’il grandira et vivra en chaque cœur. Un rêve concret, qui est une personne, qui circule dans nos veines, qui fait frissonner le cœur et le fait danser chaque fois que nous l’écoutons ».[83]

La croissance et le mûrissement
158. Beaucoup de jeunes ont le souci de leur corps, se préoccupent du développement de la force physique ou de l’apparence. D’autres s’inquiètent de développer leurs capacités et leurs connaissances, et ils se sentent ainsi plus sûrs. Certains visent plus haut, essayent de s’engager davantage et cherchent un développement spirituel. Saint Jean disait: «Je vous ai écrit, jeunes gens, parce que vous êtes forts, que la parole de Dieu demeure en vous» (1Jn 2, 14). Chercher le Seigneur, garder sa Parole, essayer de répondre par sa propre vie, grandir dans les vertus, cela rend fort le cœur des jeunes. C’est pourquoi il faut garder la connexion avec Jésus, être en ligne avec lui, puisque tu ne grandiras pas en bonheur et en sainteté par tes seules forces ni par ton esprit. De même que tu fais attention à ne pas perdre la connexion Internet, fais attention à ce que ta connexion avec le Seigneur reste active; et cela signifie ne pas couper le dialogue, l’écouter, lui raconter tes affaires et, quand tu ne sais pas clairement ce que tu dois faire, lui demander: Jésus, qu’est-ce que tu ferais à ma place?[84]

159. J’espère que tu t’estimes toi-même, que tu te prends au sérieux, que tu cherches ta croissance spirituelle. En plus des enthousiasmes propres à la jeunesse, il y a la beauté de chercher «la justice, la foi, la charité, la paix » (2Tm 2, 22). Cela ne veut pas dire perdre la spontanéité, le courage, l’enthousiasme, la tendresse. Car devenir adulte ne signifie pas abandonner les valeurs les meilleures de cette étape de la vie. Autrement, le Seigneur pourrait un jour te faire des reproches : «Je me rappelle l'affection de ta jeunesse, l'amour de tes fiançailles, alors que tu marchais derrière moi au désert » (Jr 2, 2).

160. Au contraire, même un adulte doit mûrir sans perdre les valeurs de la jeunesse. Car chaque étape de la vie est une grâce qui demeure; elle renferme une valeur qui ne doit pas passer. Une jeunesse bien vécue reste comme une expérience intérieure, et elle est reprise dans la vie adulte, elle est approfondie et continue à donner du fruit. Si le propre du jeune est de se sentir attiré par l’infini qui s’ouvre et qui commence,[85] un risque de la vie adulte, avec ses sécurités et ses conforts, est de restreindre toujours plus cet horizon et de perdre cette valeur propre aux années de la jeunesse. Or le contrairedevrait arriver: mûrir, grandir et organiser sa vie sans perdre cet attrait, cette vaste ouverture, cette fascination pour une réalité qui est toujours plus. A chaque moment de la vie, nous devrions pouvoir renouveler et renforcer la jeunesse. Quand j’ai commencé mon ministère de Pape, le Seigneur m’a élargi les horizons et m’a offert une nouvelle jeunesse. La même chose peut arriver pour un mariage célébré il y a de nombreuses années, ou pour un moine entré dans son monastère. Il y a des choses qui demandent des années pour“s’établir”, mais ce mûrissement peut cohabiter avec un feu qui se renouvelle, avec un cœur toujours jeune.

161. Grandir c’est conserver et nourrir les choses les plus précieuses que la jeunesse te laisse, mais, en même temps, c’est être ouvert à purifier ce qui n’est pas bon et à recevoir de nouveaux dons de Dieu qui t’appelle à développer ce qui a de la valeur. Parfois, le complexe d’infériorité peut te conduire à ne pas vouloir voir tes défauts et tes faiblesses, et tu peux de la sorte te fermer à la croissance et à la maturation. Il est mieux de te laisser aimer par Dieu, qui t’aime comme tu es, qui t’estime et te respecte, mais qui, aussi, te propose toujours plus: plus de son amitié, plusde ferveur dans la prière, plusde faim de sa Parole, plusde désir de recevoir le Christ dans l’Eucharistie, plusde désir de vivre son Evangile, plusde force intérieure, plusde paix et de joie spirituelle.

162. Mais je te rappelle que tu ne seras pas saint ni accompli, en copiant les autres. Imiter les saints ne signifie pas copier leur manière d’être et de vivre la sainteté: «Il y a des témoins qui sont utiles pour nous encourager et pour nous motiver, mais non pour que nous les copiions, car cela pourrait même nous éloigner de la route unique et spécifique que le Seigneur veut pour nous ».[86] Tu dois découvrir qui tu es et développer ta manière propre d’être saint, au-delà de ce que disent et pensent les autres. Arriver à être saint, c’est arriver à être plus pleinement toi-même, à être ce que Dieu a voulu rêver et créer, pas une photocopie. Ta vie doit être un aiguillon prophétique qui stimule les autres, qui laisse une marque dans ce monde, cette marque unique que toi seul pourras laisser. En revanche, si tu copies, tu priveras cette terre, et aussi le ciel, de ce que personne d’autre que toi ne pourra offrir. Je me rappelle que saint Jean de la Croix, dans son Cantique Spirituel, écrit que chacun doit tirer profit de ses conseils spirituels «à sa façon»[87], car le même Dieu a voulu manifester sa grâce «d’une manière aux uns, et aux autres d’une autre».[88]

Sentiers de fraternité
163. Ton développement spirituel s’exprime avant tout en grandissant dans l’amour fraternel, généreux, miséricordieux. Saint Paul le disait: «Que le Seigneur vous fasse croître et abonder dans l'amour que vous avez les uns envers les autres et envers tous » (1Th 3, 12). Si seulement tu vivais toujours plus cette “extase” de sortir de toi-même pour chercher le bien des autres jusqu’à donner ta vie.

164. Une rencontre avec Dieu prend le nom d’“extase” lorsqu’elle nous sort de nous-mêmes et nous élève, captivés par l’amour et la beauté de Dieu. Mais nous pouvons aussi être sortis de nous-mêmes pour reconnaître la beauté cachée en tout être humain, sa dignité, sa grandeur en tant qu’image de Dieu et d’enfant du Père. L’Esprit Saint veut nous stimuler pour que nous sortions de nous-mêmes, embrassions les autres par amour et recherchions leur bien. Par conséquent, il est toujours mieux de vivre la foi ensemble et d’exprimer notre amour dans une vie communautaire, en partageant avec d’autres jeunes notre affection, notre temps, notre foi et nos préoccupations. L’Eglise propose beaucoup de lieux divers pour vivre la foi en communauté, car tout est plus facile ensemble.

165. Les blessures que tu as reçues peuvent te porter à la tentation de l’isolement, à te replier sur toi-même, à accumuler les ressentiments; mais tu ne dois jamais cesser d’écouter l’appel de Dieu au pardon. Comme l’ont bien enseigné les évêques du Rwanda: «La réconciliation avec l’autre demande d’abord de découvrir en lui la splendeur de l’image de Dieu […] Dans cette optique, il est vital de distinguer le pécheur de son péché et de son offense, pour arriver à la vraie réconciliation. Cela veut dire que tu haïsses le mal que l’autre t’inflige, mais que tu continues de l’aimer parce que tu reconnais sa faiblesse et vois l’image de Dieu en lui ».[89]

166. Parfois, toute l’énergie, les rêves et l’enthousiasme de la jeunesse s’affaiblissent par la tentation de nous enfermer en nous-mêmes, dans nos difficultés, dans la blessure de nos sentiments, dans nos plaintes et dans notre confort. Ne permets pas que cela t’arrive, parce que tu deviendras vieux intérieurement, avant l’heure. Chaque âge a sa beauté, et la jeunesse possède l’utopie communautaire, la capacité de rêver ensemble, les grands horizons que nous fixons ensemble.

167. Dieu aime la joie des jeunes et il les invite spécialement à cette joie qui se vit en communion fraternelle, à cette allégresse supérieure de celui qui sait partager, parce que «il y a plus de bonheur à donner qu'à recevoir » (Ac 20, 35) et que «Dieu aime celui qui donne avec joie » (2Co 9,7). L’amour fraternel multiplie notre capacité de bonheur car il nous rend capable d’être heureux du bien des autres: «Réjouissez-vous avec qui est dans la joie » (Rm 12, 15). Que la spontanéité et l’élan de ta jeunesse se changent chaque jour davantage en spontanéité de l’amour fraternel, en courage pour répondre toujours par le pardon, par la générosité, par l’envie de faire communauté. Un proverbe africain dit: “Si tu veux aller vite, marche seul. Si tu veux aller loin, marche avec les autres”. Ne nous laissons pas voler la fraternité.

Des jeunes engagés
168. Il est vrai que, parfois, face à un monde rempli de violences et d’égoïsme, les jeunes peuvent courir le risque de s’enfermer dans de petits groupes, et se priver ainsi des défis de la vie en société, d’un monde vaste, stimulant et dans le besoin. Ils sentent qu’ils vivent l’amour fraternel, mais peut-être leur groupe s’est-il changé en un simple prolongement de soi. Cela devient plus grave si la vocation de laïc se conçoit seulement comme un service à l’intérieur de l’Eglise (lecteurs, acolytes, catéchiste, etc.), oubliant que la vocation laïque consiste avant tout dans la charité en famille, la charité sociale et la charité politique: elle est un engagement concret, à partir de la foi, pour la construction d’une société nouvelle, elle consiste à vivre au milieu du monde et de la société pour évangéliser ses diverses instances, pour faire grandir la paix, la cohabitation, la justice, les droits humains, la miséricorde, et étendre ainsi le Règne de Dieu dans le monde.

169. Je propose aux jeunes d’aller au-delà des groupes d’amis et de construire l’«amitié sociale, chercher le bien commun. L’inimitié sociale détruit. Et l’inimitié détruit une famille. L’inimitié détruit un pays. L’inimitié détruit le monde. Et l’inimitié la plus grande, c’est la guerre. Et aujourd’hui, nous voyons que le monde est en train d’être détruit par la guerre, parce qu’ils sont incapables de s’asseoir et de se parler […]. Soyez capables de créer l’amitié sociale».[90] Ce n’est pas facile. Il faut toujours renoncer à quelque chose, il faut négocier, mais si nous le faisons en pensant au bien de tous, nous pourrons réaliser la magnifique expérience de laisser de côté les différences pour lutter ensemble pour une chose commune. Oui, essayons de chercher les points de coïncidence parmi les nombreuses dissensions, dans cet effort artisanal parfois coûteux de jeter des ponts, de construire une paix qui soit bonne pour tous; cela c’est le miracle de la culture de la rencontre que les jeunes peuvent oser vivre avec passion.

170. Le Synode a reconnu que «bien que sous une forme différente par rapport aux générations passées, l’engagement social est un trait spécifique des jeunes d’aujourd’hui. A côté de certains qui restent indifférents, il y en a beaucoup d’autres qui sont disponibles pour des initiatives de volontariat, de citoyenneté active et de solidarité sociale: il est important de les accompagner et de les encourager pour faire émerger leurs talents, leurs compétences et leur créativité et pour inciter à la prise de responsabilité de leur part. L’engagement social et le contact direct avec les pauvres demeurent une occasion fondamentale de découverte et d’approfondissement de la foi et de discernement de sa propre vocation. […] La disponibilité en faveur de l’engagement dans le domaine politique en vue du bien commun a été signalée ».[91]

171. Aujourd’hui, grâce à Dieu, les groupes de jeunes en paroisse, dans les collèges, dans les mouvements, ou les groupes universitaires, sortent souvent pour accompagner les personnes âgées et malades, ou visiter les quartiers pauvres, ou bien sortent ensemble pour aider les personnes dans le besoin dans ce qu’on appelle les “nuits de la charité”. Ils reconnaissent souvent que, dans ces activités, ils reçoivent plus qu’ils ne donnent, car on apprend et mûrit beaucoup lorsqu’on ose entrer en contact avec la souffrance des autres. De plus, il y a chez les pauvres une sagesse cachée, et ils peuvent, avec des mots simples, nous aider à découvrir des valeurs que nous ne voyons pas.

172. D’autres jeunes participent à des programmes sociaux pour construire des maisons pour ceux qui n’ont pas de toit, ou pour assainir des lieux pollués, ou pour collecter des aides pour les personnes les plus nécessiteuses. Il serait bon que cette énergie communautaire s’applique non seulement à des actions ponctuelles, mais de manière stable, avec des objectifs clairs et une bonne organisation qui aide à réaliser un travail plus suivi et plus efficace. Les étudiants peuvent s’unir de manière interdisciplinaire pour appliquer leur savoir à la résolution de problèmes sociaux, et ils peuvent, dans cette tâche, travailler au coude à coude avec les jeunes d’autres Eglises ou d’autres religions.

173. Comme dans le miracle de Jésus, les pains et les poissons des jeunes peuvent se multiplier (cf. Jn 6, 4-13). De même que dans la parabole, les petites semences des jeunes se transforment en arbres et en récoltes (cf. Mt 13, 23. 31-32). Tout cela à partir de la source vive de l’Eucharistie dans laquelle notre pain et notre vin sont transfigurés pour nous donner la vie éternelle. Si on demande aux jeunes un travail important et difficile, ils pourront, avec la foi dans le Ressuscité, l’affronter avec créativité et espérance, et en se disposant toujours au service, comme les serviteurs de ces noces, surpris d’être les collaborateurs du premier signe de Jésus, qui ont seulement suivi la consigne de sa Mère: «Tout ce qu'il vous dira, faites-le » (Jn 2, 5). Miséricorde, créativité et espérance font grandir la vie.

174. Je veux t’inciter à cet engagement, parce que je sais que «ton cœur, cœur jeune, veut construire un monde meilleur. Je suis les nouvelles du monde et je vois quede nombreux jeunes, en tant de parties du monde, sont sortis sur les routes pour exprimer le désir d’une civilisation plus juste et fraternelle. Les jeunes sur les routes. Ce sont des jeunes qui veulent être protagonistes du changement. S’il vous plaît, ne laissez pas les autres être protagonistes du changement! Vous, vous êtes ceux qui ont l’avenir! Par vous l’avenir entre dans le monde. Je vous demande aussi d’être protagonistes de ce changement. Continuez à vaincre l’apathie, en donnant une réponse chrétienne aux inquiétudes sociales et politiques, présentes dans diverses parties du monde. Je vous demande d’être constructeurs du monde, de vous mettre au travail pour un monde meilleur. Chers jeunes, s’il vous plaît, ne regardez pas la vie “du balcon”, mettez-vous en elle, Jésus n’est pas resté au balcon, il s’est immergé; ne regardez pas la vie“du balcon”, immergez-vous en elle comme l’a fait Jésus ».[92]

Des missionnaires courageux
175. Amoureux du Christ, les jeunes sont appelés à témoigner de l’Evangile partout, par leur propre vie. Saint Albert Hurtado disait: «Etre apôtre ce n’est pas porter un insigne à la boutonnière de la veste; ce n’est pas parler de la vérité mais la vivre, s’incarner en elle, devenir Christ. Etre apôtre ce n’est pas porter une torche à la main, posséder la lumière mais être la lumière […] L’Evangile […] plus qu’un enseignement est un exemple. Le message changé en vie vécue».[93]

176. La valeur du témoignage ne signifie pas que l’on doit faire taire la Parole. Pourquoi ne pas parler de Jésus, pourquoi ne pas dire aux autres qu’il donne la force de vivre, qu’il est bon de parler avec lui, que méditer ses parolesnous fait du bien ? Jeunes, ne permettez pas que le monde vous entraîne à partager seulement les choses mauvaises ou superficielles. Soyez capables d’aller à contre-courant et sachez partager Jésus, communiquez la foi qu’il vous a offerte. Si seulement vous pouviez sentir dans le cœur le même mouvement irrésistible qui agitait saint Paul quand il disait: «Malheur à moi si je n'annonce pas l'Evangile » (1Co 9, 16).

177. «Où nous envoie Jésus ? Il n’y a pas de frontières, il n’y a pas de limites : il nous envoie à tous. L’Evangile est pour tous et non pour quelques-uns. Il n’est pas seulement pour ceux qui semblent plus proches, plus réceptifs, plus accueillants. Il est pour tous. N’ayez pas peur d’aller, et de porter le Christ en tout milieu, jusqu’aux périphéries existentielles, également à celui qui semble plus loin, plus indifférent. Le Seigneur est à la recherche de tous, il veut que tous sentent la chaleur de sa miséricorde et de son amour ».[94] Il nous invite à aller sans crainte avec l’annonce missionnaire, là où nous nous trouvons et avec qui nous sommes, dans le quartier, au bureau, au sport, lors des sorties avec les amis, dans le bénévolat ou dans le travail; toujours il est bon et opportun de partager la joie de l’Evangile. C’est ainsi que le Seigneur va chercher tout le monde. Et vous, jeunes, il veut que vous soyez ses instruments pour répandre lumière et espérance, car il veut compter sur votre audace, votre courage et votre enthousiasme.

178. Il ne faut pas espérer que la mission soit facile et confortable. Certains jeunes ont donné leur vie afin de ne pas arrêter leur élan missionnaire. Les évêques de Corée ont déclaré: «Nous attendons de pouvoir être des grains de blé et des instruments pour le salut de l’humanité, en suivant l’exemple des martyrs. Même si notre foi est toute petite comme une semence de moutarde, Dieu lui donnera la croissance et l’utilisera comme un instrument pour son œuvre de salut ».[95] Chers amis, n’attendez pas demain pour collaborer à la transformation du monde avec votre énergie, votre audace et votre créativité. Votre vie n’est pas un «entre-temps». Vous êtes l’heure de Dieu qui vous veut féconds.[96] Car « c’est en donnant que l’on reçoit»,[97] et la meilleure manière de préparer un bon avenir est de bien vivre le présent dans le don et la générosité.

CHAPITRE 6
Des jeunes avec des racines

179. J’ai parfois vu de jeunes arbres, beaux, cherchant toujours davantage à élever leurs branches vers le ciel, et qui ressemblaient à un chant d’espérance. Plus tard, après une tempête, je les ai vus tombés, sans vie. C’est parce qu’ils n’avaient pas beaucoup de racines; ils avaient déployé leurs branches sans bien s’enraciner dans la terre et ils ont cédé aux assauts de la nature. C’est pourquoi je souffre de voir que certains proposent aux jeunes de construire un avenir sans racines, comme si le monde commençait maintenant. Car «il est impossible que quelqu’un grandisse s’il n’a pas de racines fortes qui aident à être bien debout et enraciné dans la terre. Il est facile de se disperser, quand on n’a pas où s’attacher, où se fixer».[98]

Qu’ils ne t’arrachent pas de la terre
180. Ce n’est pas une question secondaire, et il me semble bon d’y consacrer un bref chapitre. Comprendre cela permet de distinguer la joie de la jeunesse d’un faux culte à la jeunesse que quelques-uns utilisent pour séduire les jeunes et les utiliser à leurs fins.

181. Pensez à cela: si quelqu’un vous fait une proposition et vous dit d’ignorer l’histoire, de ne pas reconnaître l’expérience des aînés, de mépriser le passé et de regarder seulement vers l’avenir qu’il vous propose, n’est-ce pas une manière facile de vous piéger avec sa proposition afin que vous fassiez seulement ce qu’il vous dit? Cette personne vous veut vides, déracinés, méfiants de tout, pour que vous ne fassiez confiance qu’à ses promesses et que vous vous soumettiez à ses projets. C’est ainsi que fonctionnent les idéologies de toutes les couleurs, qui détruisent (ou dé-construisent) tout ce qui est différent et qui, de cette manière, peuvent régner sans opposition. Pour cela elles ont besoin de jeunes qui méprisent l’histoire, qui rejettent la richesse spirituelle et humaine qui a été transmise au cours des générations, qui ignorent tout ce qui les a précédés.

182. En même temps, les manipulateurs utilisent d’autres moyens: une vénération de la jeunesse, comme si tout ce qui n’est pas jeune était détestable et caduque. Le corps jeune devient le symbole de ce nouveau culte, et donc tout ce qui a rapport avec ce corps est idolâtré, désiré sans limites; et ce qui n’est pas jeune est regardé avec mépris. Mais c’est une arme qui, surtout, finit par dégrader les jeunes eux-mêmes, les vide des vraies valeurs, les utilise pour obtenir des avantages personnels, économiques ou politiques.

183. Chers jeunes, n’acceptez pas qu’on utilise votre jeunesse pour favoriser une vie superficielle qui confond beauté et apparence. Il est mieux que vous sachiez découvrir qu’il y a de la beauté chez le travailleur qui rentre chez lui sale et décoiffé, mais avec la joie d’avoir gagné le pain pour ses enfants. Il y a une beauté extraordinaire dans la communion de toute une famille à table, et dans le pain partagé avec générosité, même si la table est très pauvre. Il y a de la beauté chez l’épouse mal coiffée et un peu âgée qui reste à s’occuper de son mari malade, au-delà de ses forces et de sa propre santé. Même si le printemps des fiançailles est passé, il y a de la beauté dans la fidélité des couples qui s’aiment à l’automne de leur vie, et chez ces vieillards qui marchent de pair. Il y a de la beauté, au-delà des apparences et de l’esthétique en vogue, en tout homme et en toute femme qui vit avec amour sa vocation personnelle, dans le service désintéressé de la communauté, de la patrie, dans le travail anonyme et gratuit pour rétablir l’amitié sociale. Découvrir, montrer et mettre en avant cette beauté, qui ressemble à celle du Christ sur la croix, c’est poser les fondations de la véritable solidarité sociale et de la culture de la rencontre.

184. Avec les stratégies du faux culte de la jeunesse et de l’apparence, on promeut aujourd’hui une spiritualité sans Dieu, une affectivité sans communauté et sans engagement envers ceux qui souffrent, une crainte des pauvres vus comme des personnes dangereuses, et une série d’offres qui prétendent vous créer un avenir paradisiaque qui sera sans cesse reporté à plus tard. Je ne veux pas vous proposer cela, et, avec toute mon affection, je veux vous mettre en garde de ne pas vous laisser dominer par cette idéologie qui ne vous rendra pas davantage jeunes, mais qui fera de vous des esclaves. Je vous propose un autre chemin, fait de liberté, d’enthousiasme, de créativité, d’horizons nouveaux, mais en cultivant en même temps ces racines qui nourrissent et soutiennent.

185. Dans ce sens, je veux souligner que «de nombreux Pères synodaux provenant de milieux non occidentaux signalent que, dans leurs pays, la mondialisation porte en elle d’authentiques formes de colonisation culturelle, qui déracinent les jeunes des appartenances culturelles et religieuses dont ils proviennent. Un engagement de l’Eglise est nécessaire pour les accompagner dans ce passage sans qu’ils perdent les traits les plus précieux de leur identité ».[99]

186. Nous voyons aujourd’hui une tendance à homogénéiser les jeunes, à dissoudre les différences propres à leur lieu d’origine, à les transformer en êtres manipulables, fabriqués en série. Il se produit ainsi une destruction culturelle qui est aussi grave que la disparition des espèces animales et végétales.[100] C’est pourquoi, dans un message aux jeunes indigènes réunis à Panama, je les ai exhortés à «assumer leurs racines, parce que c’est des racines que vient la force qui vous fera grandir, fleurir, porter des fruits».[101]

Ta relation avec les personnes âgées
187. Il a été dit au Synode que «les jeunes sont projetés vers le futur et affrontent la vie avec énergie et dynamisme. Ils sont toutefois tentés aussi de se concentrer sur la jouissance du présent et tendent parfois à accorder peu d’attention à la mémoire du passé d’où ils proviennent, en particulier des nombreux dons que leur ont transmis leurs parents, leurs grands-parents et le bagage culturel de la société dans laquelle ils vivent. Aider les jeunes à découvrir la richesse vivante du passé, en en faisant mémoire et en s’en servant pour leurs choix et pour le développement de leurs potentialités, est un acte d’amour véritable à leur égard, en vue de leur croissance et des choix qu’ils sont appelés à faire ».[102]

188. La Parole de Dieu recommande de ne pas perdre le contact avec les personnes âgées afin de pouvoir recourir à leur expérience: «Tiens-toi dans l'assemblée des vieillards et si tu vois un sage, attache-toi à lui […] Si tu vois un homme de sens, va vers lui dès le matin, et que tes pas usent le seuil de sa porte » (Si 6, 34.36). De toute manière, les longues années qu’ils ont vécues et tout ce qui est arrivé dans leur vie doivent nous porter à les considérer avec respect: «Tu te lèveras devant une tête chenue » (Lv 19, 32). Car «la fierté des jeunes gens, c'est leur vigueur, la parure des vieillards, c'est leur tête chenue » (Pr 20, 29)

189. La Bible nous demande: «Écoute ton père qui t'a engendré, ne méprise pas ta mère devenue vieille » (Pr 23, 22). Le commandement d’honorer son père et sa mère «est le premier commandement auquel soit attachée une promesse » (Ep 6, 2; cf. Ex 20, 12; Dt 5, 16; Lv 19, 3), et la promesse est: «tu t'en trouveras bien et jouiras d'une longue vie sur la terre» (Ep 6, 3).

190. Cela ne signifie pas que tu doives être d’accord avec tout ce qu’ils disent, ni que tu doives approuver toutes leurs actions. Un jeune devrait toujours avoir un esprit critique. Saint Basile le Grand, en parlant des auteurs grecs anciens, recommandait aux jeunesde les estimer mais d’accueillir seulement ce qu’ils peuvent enseigner de bon.[103] Il s’agit simplement d’être ouvert pour recueillir une sagesse qui se communique de génération en génération, qui peut coexister avec certaines misères humaines, et qui n’a pas à disparaître devant les nouveautés de la consommation et du marché.

191. La rupture entre générations n’a jamais aidé le monde et ne l’aidera jamais. Ce sont les chants des sirènes d’un avenir sans racines, sans ancrage. C’est le mensonge qui te fait croire que seul ce qui est nouveau est bon et beau. L’existence de relations intergénérationnelles implique que les communautés possèdent une mémoire collective, car chaque génération reprend les enseignements de ceux qui ont précédé, laissant un héritage à ceux qui suivront. Cela constitue le cadre de référence pour consolider fermement une nouvelle société. Comme le dit le dicton: “Si jeunesse savait, si vieillesse pouvait, il n’y aurait rien qui ne puisse se faire”.

Rêves et visions
192. Dans la prophétie de Joël nous trouvons l’annonce qui nous permet de comprendre cela d’une manière très belle. Il dit: «Je répandrai de mon Esprit sur toute chair. Alors vos fils et vos filles prophétiseront, vos jeunes gens auront des visions et vos vieillards des songes » (Jl 3, 1; cf. Ac 2, 17). Si les jeunes et les anciens s’ouvrent à l’Esprit Saint, ils forment une association merveilleuse. Les anciens rêvent et les jeunes ont des visions. Comment se complètent ces deux choses?

193. Les anciens ont des rêves faits de souvenirs, de beaucoup de choses vécues, avec l’empreinte de l’expérience des années. Si les jeunes s’enracinent dans ces rêves des anciens, ils arrivent à voir l’avenir, ils peuvent avoir des visions qui leur ouvrent l’horizon et leur montrent de nouveaux chemins. Mais si les anciens ne rêvent pas, les jeunes ne peuvent plus voir clairement l’horizon.

194. Il est beau de trouver dans ce qu’ont gardé nos parents, un souvenir qui nous permet d’imaginer ce que nos grands-pères et nos grand-mères ont rêvé pour nous. Tout être humain, même avant de naître, a reçu de ses ancêtres, en don, la bénédiction d’un rêve plein d’amour et d’espérance: celui d’une vie meilleure pour lui. Et s’il ne l’a pas reçu de ses grands-parents, un arrière-grand-parent l’a rêvé et s’est réjoui pour lui en regardant le berceau de ses enfants puis, celui de ses petits-enfants. Le rêve premier, le rêve créateur de Dieu notre Père précède et accompagne la vie de tous ses enfants. Faire mémoire de cette bénédiction qui se poursuit de génération en génération est un héritage précieux qu’il faut savoir garder vivant pour pouvoir le transmettre nous aussi.

195. Pour cela, il est bon de faire en sorte que les personnes âgées racontent de longues histoires, qui semblent parfois mythiques, fantaisistes – ce sont des rêves d’anciens – mais elles sont très souvent remplies d’une riche expérience, de symboles éloquents, de messages cachés. Ces récits demandent du temps, que nous donnons gratuitement pour écouter et interpréter avec patience, car ils n’entrent pas dans un message des réseaux sociaux. Nous devons accepter que toute la sagesse dont nous avons besoin pour la vie ne puisse pas être enfermée dans les limites qu’imposent les moyens de communication actuels.

196. Dans le livre La sagesse du temps,[104] j’ai exprimé certains souhaits sous forme de requêtes: «Qu’est-ce que je demande aux anciens parmi lesquels je me compte moi-même?Je demande que nous soyons les gardiens de la mémoire. Les grands-pères et les grands-mères doivent former un chœur. Je m’imagine les anciens comme le chœur permanent d’un grand sanctuaire spirituel, dans lequel les prières de demande et les chants de louange soutiennent la communauté tout entière qui travaille et lutte sur le terrain de la vie ».[105] C’est beau que «les jeunes hommes, aussi les vierges, les vieillards avec les enfants louent le nom du Seigneur » (Ps 148, 12-13).

197. Nous, les anciens,que pouvons-nous leur donner? «Nous pouvons rappeler aux jeunes d’aujourd’hui, qui vivent leur propre mélange d’ambitions héroïques et d’insécurités, qu’une vie sans amour est une vie inféconde».[106] Que pouvons-nous leur dire? «Nous pouvons dire aux jeunes qui ont peur que l’anxiété face à l’avenir peut être vaincue ».[107] Que pouvons-nous leur apprendre? «Nous pouvons apprendre aux jeunes trop préoccupés d’eux-mêmes que l’on fait l’expérience d’une plus grande joie à donner qu’à recevoir, et que l’amour ne se montre pas seulement par des paroles, mais aussi par des actes ».[108]

Risquer ensemble
198. L’amour qui se donne et qui opère se trompe souvent. Celui qui agit, celui qui risque, peut commettre des erreurs. Il peut être à présent intéressant de rapporter ici le témoignage de Maria Gabriela Perin: orpheline de père depuis sa naissance, elle réfléchit sur la manière dont une relation, qui n’a pas duré mais qui l’a rendue mère et maintenant grand-mère, a influencé sa vie: «Ce que je sais c’est que Dieu crée des histoires. Dans son génie et sa miséricorde, il prend nos victoires et nos échecs et tisse de belles tapisseries pleines d’humour. Le revers du tissage peut sembler désordonné avec ses fils emmêlés – les événements de notre vie – sûrement c’est sur ce côté que nous faisons une fixation quand nous avons des doutes. Cependant, le bon côté de la tapisserie présente une histoire magnifique, et c’est le côté que Dieu voit».[109] Quand les personnes aînées regardent attentivement la vie, elles savent souvent de manière instinctive ce qu’il y a derrière les fils emmêlés, et elles reconnaissent ce que Dieu fait de façon créative, même avec nos erreurs.

199. Si nous marchons ensemble, jeunes et vieux, nous pourrons être bien enracinés dans le présent, et, de là, fréquenter le passé et l’avenir: fréquenter le passé, pour apprendre de l’histoire et pour guérir les blessures qui parfois nous conditionnent; fréquenter l’avenir pour nourrir l’enthousiasme, faire germer des rêves, susciter des prophéties, faire fleurir des espérances. De cette manière, nous pourrons, unis, apprendre les uns des autres, réchauffer les cœurs, éclairer nos esprits de la lumière de l’Evangile et donner de nouvelles forces à nos mains.

200. Les racines ne sont pas des ancres qui nous enchaînent à d’autres époques et qui nous empêchent de nous incarner dans le monde actuel pour faire naître quelque chose de nouveau. Elles sont, au contraire, un point d’ancrage qui nous permet de nous développer et de répondre à de nouveaux défis. Il ne faut pas non plus «nous asseoir pour regretter le temps passé; nous devons accepter avec réalisme et amour notre culture et la remplir de l’Evangile. Nous sommes envoyés aujourd’hui pour annoncer la Bonne Nouvelle de Jésus aux temps nouveaux. Nous devons aimer notre temps avec ses possibilités et ses risques, avec ses joies et ses souffrances, avec ses risques et ses limites, avec ses succès et ses erreurs ».[110]

201. Au Synode, l’un des jeunes auditeurs, venant des îles Samoa, a dit que l’Eglise est une pirogue, sur laquelle les vieux aident à maintenir la direction en interprétant la position des étoiles, et les jeunes rament avec force en imaginant ce qui les attend plus loin. Ne nous laissons entraîner ni par les jeunes qui pensent que les adultes sont un passé qui ne compte plus, déjà caduque, ni par les adultes qui croient savoir toujours comment doivent se comporter les jeunes. Il est mieux que nous montions tous dans la même pirogue et que nous cherchions ensemble un monde meilleur, sous l’impulsion toujours nouvelle de l’Esprit Saint.

CHAPITRE 7
La pastorale des jeunes

202. La pastorale des jeunes, telle que nous étions habitués à la mettre en œuvre, a souffert de l’assaut des changements sociaux et culturels. Les jeunes, dans les structures habituelles, ne trouvent souvent pas de réponses à leurs préoccupations, à leurs besoins, à leurs problèmes et à leurs blessures. La prolifération et la croissance des associations et des mouvements avec des caractéristiques à prédominance juvénile peuvent être interprétées comme une action de l’Esprit qui ouvre de nouveaux chemins. Il devient nécessaire cependant d’approfondir la participation de ces associations et mouvements à la pastorale d’ensemble de l’Eglise, ainsi qu’une plus grande communion entre eux par une meilleure coordination de l’action. Bien qu’il ne soit pas toujours facile de s’adresser aux jeunes, il y a deux aspects à développer : la conscience que c’est toute la communauté qui les évangélise et l’urgence qu’ils aient une place plus importante dans les propositions pastorales.

Une pastorale synodale
203. Je tiens à souligner que les jeunes eux-mêmes sont des agents de la pastorale de la jeunesse, accompagnés et guidés, mais libres de rechercher de nouveaux chemins avec créativité et audace. Par conséquent, il serait superflu que je m’arrête ici pour proposer une sorte de manuel de pastorale des jeunes ou un guide de pastorale pratique. Il s’agit surtout de mettre en jeu l’intelligence, l’ingéniosité et la connaissance que les jeunes eux-mêmes ont de la sensibilité, de la langue et des problématiques des autres jeunes.

204. Ils nous font voir la nécessité d’adopter de nouveaux styles et de nouvelles stratégies. Par exemple, alors que les adultes ont tendance à se préoccuper de tout planifier, avec des réunions périodiques et des horaires fixes, aujourd’hui la plupart des jeunes sont difficilement attirés par ces programmes pastoraux. La pastorale des jeunes doit acquérir une autre flexibilité, et réunir les jeunes pour des évènements, des manifestations qui leur offrent chaque fois un lieu où ils reçoivent non seulement une formation, mais qui leur permettent aussi de partager leur vie, de célébrer, de chanter, d’écouter de vrais témoignages et de faire l’expérience de la rencontre communautaire avec le Dieu vivant.

205. D’autre part, il serait particulièrement souhaitable de recueillir encore plus de bonnes pratiques: ces méthodologies, ces motivations, ces langages qui ont été réellement attractifs pour conduire les jeunes au Christ et à l’Eglise. Peu importe leur couleur, qu’ils soient "conservateurs ou progressistes", qu’ils soient "de droite ou de gauche". Le plus important est que nous recueillons tout ce qui a donné de bons résultats et ce qui est efficace pour communiquer la joie de l’Evangile.

206. La pastorale des jeunes ne peut être que synodale, autrement dit, constituer un "marcher ensemble" qui implique une «mise en valeur des charismes que l’Esprit donne selon la vocation et le rôle de chacun des membres [de l’Eglise], à travers un dynamisme de coresponsabilité. […] Animés par cet esprit, nous pourrons avancer vers une Eglise participative et coresponsable, capable de mettre en valeur la richesse de la diversité dont elle se compose, en accueillant aussi avec gratitude l’apport des fidèles laïcs, notamment des jeunes et des femmes, celui de la vie consacrée féminine et masculine, et celui de groupes, d’associations et de mouvements. Personne ne doit être mis ou ne doit pouvoir se mettre à l’écart».[111]

207. De cette façon, en apprenant les uns des autres, nous pourrons mieux refléter ce merveilleux polyèdre que doit être l’Eglise de Jésus-Christ. Elle peut attirer les jeunes précisément parce qu’elle n’est pas une unité monolithique, mais un canevas de dons variés que l’Esprit répand sans cesse en elle, en la rendant toujours nouvelle malgré ses misères.

208. Il y a eu beaucoup de propositions concrètes dans le Synode visant à renouveler la pastorale des jeunes et à la libérer des programmes qui ne sont plus efficaces parce qu’ils n’entrent pas en dialogue avec la culture actuelle des jeunes. Bien sûr, je ne peux pas ici toutes les rassembler et certaines d’entre elles peuvent être trouvées dans le Document final du Synode.

Les grandes lignes d’action
209. Je voudrais simplement souligner brièvement que la pastorale des jeunes comporte deux lignes d’action. L’une est la recherche, l’invitation, l’appel qui attire de nouveaux jeunes à faire l’expérience du Seigneur. L’autre est la croissance, le développement d’un chemin de maturation pour ceux qui ont déjà fait cette expérience.

210. En ce qui concerne la première, la recherche, je fais confiance à la capacité des jeunes eux-mêmes, qui savent trouver les chemins attrayants pour appeler. Ils savent organiser des festivals, des manifestations sportives, et même ils savent évangéliser par les réseaux sociaux avec des messages, des chansons, des vidéos et d’autres interventions. Il faut seulement stimuler les jeunes et leur donner une liberté pour qu’ils s’enthousiasment en devenant missionnaires dans les milieux des jeunes. La première annonce peut éveiller à une expérience profonde de foi au beau milieu d’une “retraite de choc”, pendant une conversation dans un bar, dans un moment de détente à l’université, ou par n’importe lequel des chemins insondables de Dieu. Mais le plus important est que chaque jeune ose semer la première annonce dans cette terre fertile qu’est le cœur d’un autre jeune.

211. Dans cette recherche, il faut privilégier le langage de la proximité, la langue de l’amour désintéressé, relationnel et existentiel qui touche le cœur, atteint la vie, éveille l’espérance et les désirs. Il est nécessaire de s’approcher des jeunes avec la grammaire de l’amour, non pas par prosélytisme. La langue que les jeunes comprennent est celle de ceux qui donnent leur vie, de celui qui est là pour eux et avec eux, et de ceux qui, malgré leurs limites et leurs faiblesses, essaient de vivre leur foi de manière cohérente. Dans le même temps, nous avons encore à chercher avec une plus grande sensibilité comment incarner le kérygme dans la langue que parlent les jeunes d’aujourd’hui.

212. Concernant la croissance, je veux faire une mise en garde importante. Dans certains endroits, il arrive que, après avoir suscité chez les jeunes une expérience intense de Dieu, une rencontre avec Jésus qui a touché leur cœur, on leur offre ensuite seulement des réunions de "formation" où sont uniquement abordées des questions doctrinales et morales : sur les maux du monde actuel, sur l’Eglise, sur la Doctrine sociale, sur la chasteté, sur le mariage, sur le contrôle de la natalité et sur d’autres thèmes. Le résultat est que beaucoup de jeunes s’ennuient, perdent le feu de la rencontre avec le Christ et la joie de le suivre, beaucoup abandonnent le chemin et d’autres deviennent tristes et négatifs. Calmons l’obsession de transmettre une accumulation de contenus doctrinaux, et avant tout essayons de susciter et d’enraciner les grandes expériences qui soutiennent la vie chrétienne. Comme l’a dit Romano Guardini: «dans l’expérience d’un grand amour […] tout ce qui se passe devient un évènement relevant de son domaine».[112]

213. Tout projet formateur, tout chemin de croissance pour les jeunes, doit certainement inclure une formation doctrinale et morale. Il est tout aussi important d’être centré sur deux axes principaux: l’un est l’approfondissement du kérygme, l’expérience fondatrice de la rencontre avec Dieu par le Christ mort et ressuscité. L’autre est la croissance de l’amour fraternel, dans la vie communautaire, par le service.

214. J’ai beaucoup insisté à ce sujet dans Evangelii gaudium et je crois qu’il est opportun de le rappeler. D’une part, ce serait une grave erreur de penser que dans la pastorale des jeunes «le kérygme doit être abandonné au profit d’une formation prétendue plus solide. Rien n’est plus "solide", plus profond, plus sûr, plus dense et plus sage que cette annonce. Toute la formation chrétienne est avant tout l’approfondissement du kérygme qui se fait chair toujours plus et toujours mieux».[113] Par conséquent, la pastorale des jeunes doit toujours inclure des temps qui aident à renouveler et à approfondir l’expérience personnelle de l’amour de Dieu et de Jésus-Christ vivant. Cela se fera par divers moyens: des témoignages, des chants, des moments d’adoration, des espaces de réflexion spirituelle avec les Saintes Ecritures, et même par diverses incitations à travers les réseaux sociaux. Mais jamais cette joyeuse expérience de rencontre avec le Seigneur ne doit être remplacée par une sorte “d’endoctrinement”.

215. D’autre part, tout plan de la pastorale des jeunes doit intégrer clairement des ressources et des moyens variés pour aider les jeunes à grandir dans la fraternité, à vivre en frères, à s’entraider mutuellement, à créer une communauté, à servir les autres, à être proches des pauvres. Si l’amour fraternel est le «commandement nouveau» (Jn 13, 34), s’il est «la plénitude de la Loi» (Rm 13, 10) s’il est ce qui manifeste le mieux notre amour pour Dieu, alors il doit occuper une place prépondérante dans tout plan de formation et de croissance pour les jeunes.

Des milieux adaptés
216. Dans toutes nos institutions, nous avons besoin de développer et d’améliorer beaucoup plus notre capacité d’accueil cordial, parce que beaucoup de jeunes qui viennent le font alors qu’ils sont dans une profonde situation d’abandon. Et je ne parle pas de certains conflits familiaux, mais d’une expérience qui concerne également les enfants, les jeunes et les adultes, les mères, les pères et les enfants. Pour tant d’orphelins et d’orphelines, nos contemporains, (nous-mêmes peut-être ?), les communautés comme la paroisse et l’école devraient offrir des chemins d’amour gratuit et de promotion, d’affirmation de soi et de croissance. Beaucoup de jeunes se sentent aujourd’hui enfants de l’échec, parce que les rêves de leurs parents et de leurs grands-parents ont brûlé dans le feu de l’injustice, de la violence sociale, du sauve-qui-peut. Combien de déracinements ! Si les jeunes ont grandi dans un monde de cendres, il est difficile qu’ils puissent entretenir le feu des grandes idées et des projets. S’ils ont grandi dans un désert vide de sens, comment pourront-ils avoir envie de se sacrifier pour semer ? L’expérience de la discontinuité, du déracinement et de l’effondrement des certitudes de base, promue par la culture médiatique actuelle, provoque ce sentiment profond d’abandon auquel nous devons répondre en créant des espaces fraternels et attirants où l’on vit avec sens.

217. Créer un “foyer” en définitive, « c’est faire une famille C’est apprendre à se sentir unis aux autres au-delà des liens utilitaires ou fonctionnels unis de façon à sentir la vie un peu plus humaine. Créer un foyer, c’est faire en sorte que la prophétie prenne corps et rende nos heures et nos jours moins inhospitaliers, moins indifférents et anonymes. C’est créer des liens qui se construisent par des gestes simples, quotidiens et que nous pouvons tous faire. Un foyer, et tous nous le savons très bien, a besoin de la collaboration de chacun. Personne ne peut être indifférent ou étranger puisque chacun est une pierre nécessaire à la construction. Et cela implique de demander au Seigneur de nous donner la grâce d’apprendre à avoir de la patience, d’apprendre à se pardonner; apprendre tous les jours à recommencer. Et combien de fois pardonner ou recommencer? Soixante-dix fois sept fois, chaque fois qu’elles sont nécessaires. Créer des liens forts exige de la confiance qui se nourrit tous les jours de patience et de pardon. Et il se produit ainsi le miracle de faire l’expérience qu’ici on naît de nouveau; ici, tous, nous naissons de nouveau, parce que nous sentons agir la caresse de Dieu qui nous permet de rêver le monde plus humain et, par conséquent, plus divin ».[114]

218. Dans ce contexte, au sein de nos institutions, nous avons besoin d’offrir aux jeunes leurs propres lieux, qu’ils puissent aménager à leur goût, et où ils puissent entrer et sortir librement, des lieux qui les accueillent et où ils puissent se rendre spontanément et avec confiance à la rencontre d’autres jeunes, tant dans les moments de souffrance ou de lassitude, que dans les moments où ils désirent célébrer leurs joies. Quelque chose comme cela a été réalisé par certains patronages et d’autres centres de jeunesse, qui, dans de nombreux cas, constituent des lieux où les jeunes font des expériences d’amitié et de sentiments amoureux, où ils se retrouvent et peuvent partager la musique, les loisirs, le sport, et aussi la réflexion et la prière, grâce à de petites subventions et diverses propositions. Cela ouvre à cette annonce indispensable de personne à personne qui ne peut être remplacée par aucune procédure ni aucune stratégie pastorale.

219. « L’amitié et la confrontation, souvent aussi en groupes plus ou moins structurés, offrent l’occasion de renforcer ses compétences sociales et relationnelles dans un contexte où l’on n’est ni évalué ni jugé. L’expérience de groupe constitue aussi une grande ressource pour le partage de la foi et pour l’aide réciproque dans le témoignage. Les jeunes sont capables de guider d’autres jeunes et de vivre un véritable apostolat au milieu de leurs amis »[115]

220. Cela ne signifie pas qu’ils s’isolent et perdent tout contact avec les communautés des paroisses, des mouvements et d’autres institutions ecclésiales. Mais ils s’intégreront mieux dans des communautés ouvertes, vivant dans la foi, désireuses de rayonner Jésus-Christ, joyeuses, libres, fraternelles et engagées. Ces communautés peuvent être les canaux par lesquels ils sentent qu’il est possible de cultiver des relations précieuses.

La pastorale des institutions éducatives
221. L’école est sans aucun doute une plate-forme pour s’approcher des enfants et des jeunes. Elle est le lieu privilégié de promotion de la personne, et c’est pourquoi la communauté chrétienne a toujours eu une grande attention envers elle, soit en formant des enseignants et des responsables, soit en instaurant ses propres écoles, de tous les degrés. Dans ce domaine, l’Esprit a suscité d’innombrables charismes et témoignages de sainteté. Cependant l’école a besoin d’une autocritique urgente, si nous constatons les résultats de la pastorale de beaucoup d’entre elles, une pastorale centrée sur l’instruction religieuse qui est souvent incapable de susciter des expériences de foi durables. De plus, certains collèges catholiques semblent être organisés seulement pour leur préservation. La phobie du changement fait qu’ils ne peuvent pas tolérer l’incertitude et qu’ils se replient face aux risques, réels ou imaginaires, que tout changement entraîne. L’école transformée en “bunker” qui protège des erreurs “de l’extérieur”, est l’expression caricaturale de cette tendance. Cette image reflète d’une manière choquante ce que beaucoup de jeunes éprouvent à la sortie de certains établissements éducatifs : une inadéquation insurmontable entre ce qu’ils ont appris et le monde dans lequel ils doivent vivre. Même les propositions religieuses et morales qu’ils ont reçues ne les ont pas préparés à les confronter avec un monde qui les ridiculise, et ils n’ont pas appris comment prier et vivre leur foi d’une manière qui puisse être facilement soutenue au milieu du rythme de cette société. En réalité, une des plus grandes joies d’un éducateur est de voir un étudiant se constituer lui-même comme une personne forte, intégrée, protagoniste et capable de donner.

222. L’école catholique reste essentielle comme espace pour l’évangélisation des jeunes. Il est important de prendre en compte certains critères inspirateurs, signalés dans Veritatis gaudium, en vue d’un renouvellement et d’une relance des écoles et des universités “en sortie” missionnaire, tels que: l’expérience du kérygme, le dialogue dans tous les domaines, l’interdisciplinarité et la transdisciplinarité, le développement de la culture de la rencontre, la nécessité urgente de “faire réseau” et l’option pour les derniers, pour ceux que la société exclut et rejette.[116] Egalement est importante la capacité à intégrer les savoirs de la tête, du cœur et des mains.

223. D’autre part, nous ne pouvons pas séparer la formation spirituelle de la formation culturelle. L’Eglise a toujours voulu développer pour les jeunes des espaces pour une meilleure culture. Elle ne doit pas renoncer à le faire parce que les jeunes y ont droit. Et « aujourd’hui en particulier, le droit à la culture signifie protéger la sagesse, c’est-à-dire un savoir humain et humanisant. On est trop souvent conditionné par des modèles de vie banals et éphémères, qui poussent à courir après le succès à bas prix, discréditant le sacrifice, inculquant l’idée qu’étudier ne sert à rien si cela n’apporte pas tout de suite quelque chose de concret. Non, l’étude sert à se poser des questions, à ne pas se faire anesthésier par la banalité, à chercher un sens dans la vie. Il faut réclamer le droit à ne pas faire prévaloir les nombreuses sirènes qui, aujourd’hui, détournent de cette recherche. Ulysse, pour ne pas céder au chant des sirènes qui envoûtaient les marins et les faisait se fracasser contre les rochers, s’attacha au mât du navire et boucha les oreilles de ses compagnons de voyage. En revanche, Orphée, pour faire obstacle au chant des sirènes, fit autre chose: il entonna une mélodie plus belle, qui enchanta les sirènes. Voilà votre grand devoir: répondre aux refrains paralysants du consumérisme culturel par des choix dynamiques et forts, avec la recherche, la connaissance et le partage ».[117]

Différents domaines pour le développement pastoral
224. Beaucoup de jeunes sont capables d’apprendre à aimer le silence et l’intimité avec Dieu. Des groupes qui se réunissent pour adorer le Saint Sacrement ou pour prier avec la Parole de Dieu se sont également développés. Il ne faut pas sous-estimer les jeunes comme s’ils étaient incapables de s’ouvrir à des propositions contemplatives. Il faut seulement trouver les styles et les modalités appropriés pour les aider à s’initier à cette expérience de si grande valeur. En ce qui concerne les domaines du culte et de la prière, « dans divers contextes, les jeunes catholiques demandent des propositions de prière et des moments sacramentels capables de saisir leur vie quotidienne, dans une liturgie fraîche, authentique et joyeuse ».[118] Il est important de mettre à profit les temps les plus forts de l’année liturgique, en particulier la Semaine Sainte, la Pentecôte et Noël. Ils aiment aussi d’autres rencontres festives, qui cassent la routine et les aident à faire l’expérience de la joie de la foi.

225. Une opportunité unique pour la croissance et aussi pour l’ouverture au don divin de la foi et de la charité est le service: beaucoup de jeunes se sentent attirés par la possibilité d’aider les autres, en particulier les enfants et les pauvres. Souvent ce service est le premier pas pour découvrir ou redécouvrir la vie chrétienne et ecclésiale. Beaucoup de jeunes se lassent de nos itinéraires de formation doctrinale, et même spirituelle, et parfois ils réclament la possibilité d’être davantage protagonistes dans des activités où ils font quelque chose pour les gens.

226. Nous ne pouvons pas oublier les expressions artistiques telles que le théâtre, la peinture, etc. « L’importance de la musique est tout à fait particulière ; elle représente un véritable environnement où les jeunes sont constamment plongés, comme une culture et un langage capables de susciter des émotions et de modeler une identité. Le langage musical représente aussi une ressource pastorale qui interpelle en particulier la liturgie et son renouveau ».[119] Le chant peut être un stimulant important pour le cheminement des jeunes. Saint Augustin disait : “Chante, mais avance ; allège ton travail en chantant, n’aime pas la paresse : chante et avance […] Toi, si tu avances, marche ; mais avance dans le bien, dans la foi droite, dans les bonnes œuvres : chante et marche ”.[120]

227. « L’importance de la pratique sportive parmi les jeunes est tout aussi significative. L’Eglise ne doit pas sous-évaluer ses potentialités dans une optique d’éducation et de formation,en conservant une présence affirmée en son sein. Le monde du sport a besoin d’être aidé à surmonter les ambiguïtés qui en font partie, comme la mythisation des champions, l’asservissement à des logiques commerciales et l’idéologie du succès à tout prix ».[121] A la base de l’expérience sportive il y a « la joie: la joie de bouger, la joie d’être ensemble, la joie pour la vie et les dons que le Créateur nous fait chaque jour ».[122] D’autre part, certains Pères de l’Eglise ont pris l’exemple des pratiques sportives pour inviter les jeunes à grandir en force et à dominer la somnolence ou le confort. Saint Basile le Grand, s’adressant aux jeunes, prenait l’exemple de l’effort exigé par le sport et leur enseignait ainsi la capacité à se sacrifier pour grandir dans les vertus : « Après des milliers et des milliers de souffrances et avoir augmenté leurs forces par de nombreuses méthodes, après avoir beaucoup transpiré dans des exercices de gymnastique fatigants […] enfin, pour ne pas entrer dans les détails, après avoir mené une existence telle que leur vie avant la compétition n’est qu’une préparation à cela, […] ils donnent toutes leurs ressources physique et psychiques pour gagner une couronne […]. Et nous, qui avons devant nous des récompenses de la vie, tellement admirables en nombre et en grandeur qu'il est impossible de les définir avec des mots, nous viendrions les recevoir, en dormant à poings fermés et en vivant sans prendre de risques ? ».[123]

228. Chez de nombreux jeunes et adolescents, le rapport à la création éveille une attraction spéciale, et ils sont sensibles à la protection de l’environnement, comme c’est le cas avec les Scouts et d’autres groupes qui organisent des journées de contact avec la nature, des camps, des randonnées, des expéditions et des campagnes pour l’environnement. Dans l’esprit de saint François d’Assise, ce sont des expériences qui peuvent représenter un chemin d’initiation à l’école de la fraternité universelle, et à la prière contemplative.

229. Ces possibilités et diverses autres qui s’offrent à l’évangélisation des jeunes, ne devraient pas nous faire oublier, qu’au-delà des changements de l’histoire et de la sensibilité des jeunes, il y a les dons de Dieu qui sont toujours actuels, et qui contiennent une force qui transcende toutes les époques et toutes les circonstances : la Parole du Seigneur toujours vivante et efficace, la présence du Christ dans l’Eucharistie qui nous nourrit, et le Sacrement du pardon qui nous libère et nous fortifie. Nous pouvons également mentionner l’inépuisable richesse spirituelle que l’Eglise conserve dans le témoignage de ses saints et dans l’enseignement des grands maîtres spirituels. Bien que nous ayons à respecter différentes étapes, et parfois que nous devions attendre patiemment le moment favorable, nous ne pourrons pas cesser d’offrir aux jeunes ces sources de vie nouvelle, nous n’avons pas le droit de les priver de tant de bien.

Une pastorale “populaire” des jeunes
230. En plus de la pastorale habituelle accomplie par les paroisses et les mouvements, selon des programmes déterminés, il est très important de susciter une “pastorale populaire des jeunes”, qui ait un autre style, d’autres temps, un autre rythme, une autre méthode. Elle consiste en une pastorale plus ample et plus flexible qui stimule, dans les différents lieux où les jeunes se déplacent, ces leaderships naturels et ces charismes que l’Esprit Saint a déjà semés en eux. Il s’agit avant tout de ne pas mettre autant d’obstacles, de normes, de contrôles et de cadres obligatoires à ces jeunes croyants qui sont des leaders naturels dans les quartiers et dans différents milieux. Il faut seulement les accompagner et les stimuler, en faisant un peu plus confiance au génie de l’Esprit Saint qui agit comme il veut.

231. Nous parlons de leaders réellement “populaires”, non pas élitistes ou enfermés dans de petits groupes sélectifs. Pour qu’ils soient capables de créer une pastorale populaire dans le monde des jeunes, il faut qu’« ils apprennent à écouter le sentiment du peuple, à se constituer en tant que ses porte-paroles et à œuvrer pour sa promotion ».[124] Quand nous parlons de “peuple”, il ne faut pas comprendre les structures de la société ou de l’Eglise, mais l’ensemble des personnes qui ne marchent pas comme des individus mais comme le tissu d’une communauté de tous et pour tous, qui ne peut pas laisser les plus pauvres et les plus faibles rester en arrière: « Le peuple désire que tous soient associés aux biens communs et pour cela il accepte de s’adapter aux pas des derniers pour y parvenir tous ensemble».[125] Les leaders populaires, alors, sont ceux qui ont la capacité d’intégrer tout le monde, en incluant dans la marche des jeunes les plus pauvres, les plus faibles, les plus limités et blessés. Ils n’ont ni dégoût ni peur des jeunes blessés et crucifiés.

232. Dans cette même ligne, en particulier avec les jeunes qui n’ont pas grandi dans des familles ou des institutions chrétiennes, et qui sont sur un chemin de lente maturation, nous devons stimuler «le bien possible».[126] Le Christ nous a avertis de ne pas faire comme si tout était du blé (cf. Mt 13, 24-30). Parfois, pour viser une pastorale des jeunes aseptisée, pure, marquée par des idées abstraites, éloignée du monde et préservée de toute souillure, nous transformons l’Evangile en une offre fade, incompréhensible, lointaine, coupée des cultures des jeunes, et adaptée seulement à une élite de jeunes chrétiens qui se sentent différents mais qui en réalité flottent dans un isolement sans vie ni fécondité. Ainsi, avec l’ivraie que nous rejetons, nous arrachons ou nous étouffons des milliers de pousses qui essaient de croître au milieu des limites.

233. Au lieu de « les écraser avec un ensemble de règles qui donnent une image réductrice et moralisatrice du christianisme, nous sommes appelés à miser sur leur audace, à les inciter et à les former à prendre leurs responsabilités, certains que l’erreur, l’échec et la crise constituent aussi des expériences qui peuvent les aider à grandir humainement ».[127]

234. Au Synode, il a été demandé de développer une pastorale des jeunes, capable de créer des espaces inclusifs, où il y aura de la place pour toutes sortes de jeunes et où se manifestera réellement que nous sommes une Eglise aux portes ouvertes. Il n’est même pas nécessaire d’assumer complètement tous les enseignements de l’Eglise pour prendre part à certains de nos espaces pour les jeunes. Une attitude d’ouverture suffit pour tous ceux qui ont le désir et la volonté de se laisser trouver par la vérité révélée par Dieu. Certaines propositions pastorales peuvent supposer un chemin déjà parcouru dans la foi, mais nous avons besoin d’une pastorale populaire des jeunes qui ouvre des portes et offre un espace à tous et à chacun avec ses doutes, ses traumatismes, ses problèmes et sa recherche d’identité, avec ses erreurs, son histoire, ses expériences du péché et toutes ses difficultés.

235. Il doit également y avoir de la place pour « tous ceux qui ont d’autres conceptions de la vie, professent une foi différente ou se déclarent étrangers à l’horizon religieux. Tous les jeunes, sans aucune exception, sont dans le cœur de Dieu et donc dans le cœur de l’Eglise. Mais nous reconnaissons franchement que cette affirmation qui résonne sur nos lèvres ne trouve pas toujours une expression réelle dans notre action pastorale: souvent, nous restons enfermés dans nos milieux, où leur voix n’arrive pas, ou bien nous nous consacrons à des activités moins exigeantes et plus gratifiantes, en étouffant cette saine inquiétude pastorale qui nous fait sortir de nos sécurités présumées. Pourtant l’Evangile nous demande d’oser et nous voulons le faire sans présomption, sans prosélytisme, mais en témoignant de l’amour du Seigneur et en tendant la main à tous les jeunes du monde ».[128]

236. La pastorale des jeunes, quand elle cesse d’être élitiste et accepte d’être "populaire", est un processus lent, respectueux, patient, plein d’espoir, infatigable, compatissant. Au Synode, il a été proposé l’exemple des disciples d’Emmaüs (cf. Lc 24, 13-35), qui peut aussi être un modèle de ce qui se passe dans la pastorale des jeunes.

237. « Jésus marche avec les deux disciples qui n’ont pas compris le sens de ce qui est arrivé et ils s’éloignent de Jérusalem et de la communauté. Pour demeurer en leur compagnie, il parcourt le chemin avec eux. Il les interroge et se met patiemment à l’écoute de leur version des faits pour les aider à reconnaître ce qu’ils sont en train de vivre. Puis, de façon affectueuse et énergique, il leur annonce la Parole, en les amenant à interpréter les événements qu’ils ont vécus à la lumière des Écritures. Il accepte leur invitation à s’arrêter avec eux, à la tombée de la nuit : il entre dans leur nuit. En l’écoutant, leur cœur se réchauffe et leur esprit s’illumine ; à la fraction du pain, leurs yeux s’ouvrent. Ce sont eux qui choisissent de reprendre sans tarder le chemin dans la direction opposée, pour retourner vers la communauté et partager avec elle l’expérience de la rencontre avec le Ressuscité ».[129]

238. Les diverses manifestations de piété populaire, en particulier les pèlerinages, attirent les jeunes qui n’ont pas tendance à s’insérer facilement dans les structures ecclésiales, et sont une expression concrète de la confiance en Dieu. Ces formes de recherche de Dieu, présentes en particulier chez les jeunes les plus pauvres, mais également dans les autres secteurs de la société, ne doivent pas être méprisées mais encouragées et stimulées. Parce que la piété populaire « est une manière légitime de vivre la foi »[130] et est « expression authentique de l’action missionnaire spontanée du Peuple de Dieu».[131]

Toujours missionnaires
239. Je veux rappeler qu’il n’est pas nécessaire de déployer de nombreux efforts pour que les jeunes soient missionnaires. Même les plus fragiles, les plus limités et les plus blessés peuvent l’être à leur manière, parce qu’il faut toujours laisser le bien se communiquer, même s’il coexiste avec de nombreuses fragilités. Un jeune qui se rend en pèlerinage pour demander de l’aide à la Vierge et qui invite un ami ou un camarade à l’accompagner, accomplit avec ce geste simple une action missionnaire précieuse. Avec la pastorale populaire des jeunes, il y a, inévitablement, une mission populaire, incontrôlable, qui brise tous les schémas ecclésiastiques. Accompagnons-la, encourageons-la, mais ne prétendons pas trop la réglementer.

240. Si nous savons écouter ce que nous dit l’Esprit, nous ne pouvons pas ignorer que la pastorale des jeunes doit toujours être une pastorale missionnaire. Les jeunes s’enrichissent beaucoup quand ils surmontent leur timidité et qu’ils osent visiter des foyers et, de cette manière, entrent en contact avec la vie des gens, apprennent à regarder au-delà de leur famille et de leur groupe, et qu’ils commencent à comprendre la vie d’une manière plus large. En même temps, leur foi et leur sentiment d’appartenance à l’Eglise sont fortifiés. Les missions de jeunes, qui sont généralement organisées durant les vacances, après une période de préparation, peuvent provoquer un renouvellement de l’expérience de foi, et même susciter sérieusement des vocations.

241. Mais les jeunes sont capables de créer de nouvelles formes de mission dans les domaines les plus divers. Par exemple, puisqu’ils utilisent si bien les réseaux sociaux, il faut qu’ils les organisent pour les remplir de Dieu, de fraternité et d’engagement.

L’accompagnement par les adultes
242. Les jeunes doivent être respectés dans leur liberté, mais ils doivent être aussi accompagnés. La famille devrait être le premier espace d’accompagnement. La pastorale des jeunes propose un projet de vie depuis le Christ : la construction d’une maison, d’un foyer bâti sur le rocher (cf. Mt 7, 24-25). Ce foyer, ce projet pour la plupart d’entre eux sera concrétisé dans le mariage et l’amour conjugal. Par conséquent, il est nécessaire que la pastorale des jeunes et la pastorale familiale soient dans un prolongement naturel, en travaillant de manière coordonnée et intégrée, afin de pouvoir accompagner adéquatement le processus vocationnel.

243. La communauté a un rôle très important dans l’accompagnement des jeunes, et c’est toute la communauté qui doit se sentir responsable pour les accueillir, les motiver, les encourager et les stimuler. Cela implique que l’on regarde les jeunes avec compréhension, valorisation et affection, et qu’on ne les juge pas en permanence ni qu’on exige d’eux une perfection qui ne correspond pas à leur âge.

244. Au Synode, « beaucoup ont relevé le manque de personnes expertes qui se consacrent à l’accompagnement. Croire à la valeur théologique et pastorale de l’écoute implique de revoir et de rénover les formes par lesquelles s’exprime ordinairement le ministère presbytéral, ainsi qu’un discernement de ses priorités. En outre, le Synode reconnaît la nécessité de préparer des personnes consacrées et des laïcs, hommes et femmes, qui soient qualifiés pour l’accompagnement des jeunes. Le charisme de l’écoute, que l’Esprit Saint fait surgir dans les communautés, pourrait aussi recevoir une forme de reconnaissance institutionnelle en vue du service ecclésial ».[132]

245. Par ailleurs il faut spécialement accompagner les jeunes qui se profilent comme leaders, pour qu’ils puissent se former et se qualifier. Les jeunes qui se sont réunis avant le Synode ont demandé que se développent « des programmes de leadership jeune pour la formation et le développement continu de jeunes leaders. Certaines jeunes femmes estiment qu’elles ont besoin de plus d’exemples de leadership féminin au sein de l’Eglise et elles désirent avec leurs dons intellectuels et professionnels participer à l’Eglise. Nous croyons également que les séminaristes, les religieux et les religieuses devraient avoir une plus grande capacité pour accompagner les jeunes leaders ».[133]

246. Les mêmes jeunes nous ont décrit quelles sont les caractéristiques qu’ils espèrent trouver chez un accompagnateur et ils l’ont exprimé avec beaucoup de clarté. « Les qualités d’un tel accompagnateur incluent : qu’il soit un chrétien fidèle et engagé dans l’Eglise et le monde, qui cherche constamment la sainteté, quelqu’un en qui l’on peut avoir confiance, qui ne juge pas, qui écoute activement les besoins des jeunes et y répond avec bienveillance, quelqu’un qui aime profondément avec conscience, qui reconnaît ses limites et comprend les joies et les peines d’un chemin de vie spirituelle. A leurs yeux, la reconnaissance de leur humanité et de leur vulnérabilité revêt une particulière importance. Parfois les accompagnateurs spirituels sont mis sur un piédestal, et cela a un impact dévastateur qui ruine la capacité des jeunes à continuer leurs engagements dans l’Eglise. Ils ajoutent que les accompagnateurs ne devraient pas conduire les jeunes comme s’ils étaient des sujets passifs mais marcher avec eux en leur permettant d’être acteurs de leur cheminement. Ils devraient respecter la liberté des jeunes qu’ils rencontrent sur leurs chemins de discernement et les équiper pour discerner en leur donnant les outils utiles pour avancer. Un accompagnateur devrait profondément croire à la capacité du jeune à participer à la vie de l’Eglise. Il devrait semer la semence de la foi dans la terre des jeunes sans attendre de voir immédiatement les fruits du travail de l’Esprit-Saint. Le rôle d’accompagnateur ne doit pas être limité aux prêtres et aux consacrés, mais les laïcs doivent être encouragés à prendre aussi part à cette mission. Tous devraient bénéficier d’une sérieuse formation initiale et continue».[134]

247. Sans aucun doute, les institutions éducatives de l’Eglise sont un milieu communautaire d’accompagnement qui permet d’orienter de nombreux jeunes, surtout quand « elles cherchent à accueillir tous les jeunes, indépendamment de leurs choix religieux, de leur provenance culturelle et de leur situation personnelle, familiale ou sociale. De cette façon, l’Eglise apporte une contribution fondamentale à l’éducation intégrale des jeunes dans les parties du monde les plus diverses ».[135] Elles réduiraient excessivement leur rôle si elles établissaient des critères rigides pour l’admission des étudiants ou pour leur maintien en elles, parce qu’elles priveraient de nombreux jeunes d’un accompagnement qui contribuerait à enrichir leur vie.

CHAPITRE 8
la vocation

248. Il est vrai que le mot "vocation" peut être compris au sens large comme appel de Dieu. La vocation inclut l’appel à la vie, l’appel à l’amitié avec lui, l’appel à la sainteté, etc. Cela est important, parce qu’elle place notre vie face à Dieu qui nous aime, et qu’elle nous permet de comprendre que rien n’est le fruit d’un chaos privé de sens, mais que tout peut être intégré sur un chemin de réponse au Seigneur qui a un plan magnifique pour nous.

249. Dans l’Exhortation Gaudete et exsultate, j’ai voulu m’arrêter sur la vocation de tous à grandir pour la gloire de Dieu et j’ai voulu “faire résonner une fois de plus l’appel à la sainteté, en essayant de l’insérer dans le contexte actuel, avec ses risques, ses défis et ses opportunités”.[136] Le Concile Vatican II nous a aidés à renouveler la conscience de cet appel adressé à chacun : « tous ceux qui croient au Christ, quels que soient leur condition et leur état de vie, sont appelés par Dieu, chacun dans sa route, à une sainteté dont la perfection est celle même du Père ».[137]

L’appel à l’amitié avec lui
250. Ce que Jésus désire de chaque jeune, c’est avant tout son amitié. Il est essentiel de discerner et de découvrir cela. C’est le discernement fondamental. Dans le dialogue du Seigneur ressuscité avec son ami Simon-Pierre, la grande question était : « Simon, fils de Jean, m’aimes-tu? » (Jn 21, 16). C’est-à-dire : Me veux-tu comme ami ? La mission que Pierre reçoit de prendre soin de ses brebis et de ses agneaux sera toujours en lien avec cet amour gratuit, avec cet amour d’amitié.

251. Et si un exemple contraire était nécessaire, rappelons-nous la rencontre-désaccord du Seigneur avec le jeune homme riche, qui nous dit clairement que ce que ce jeune n’a pas perçu, c’est le regard amoureux du Seigneur (cf. Mc 10, 21). Il a été attristé, après avoir suivi un bon élan, parce qu’il ne pouvait pas quitter les nombreuses choses qu’il possédait (cf. Mt 19, 22). Il a raté l’opportunité de ce qui aurait certainement pu être une grande amitié. Et nous, nous restons sans savoir ce qu’il aurait pu être pour nous, ce qu’il aurait pu faire pour l’humanité, ce jeune unique que Jésus a regardé avec amour et à qui il a tendu la main.

252. Parce que « la vie que Jésus nous offre est une histoire d’amour, une histoire de vie qui veut se mêler à la nôtre et plonger ses racines dans la terre de chacun. Cette vie n’est pas un salut suspendu “dans les nuages” attendant d’être déversé, ni une “application” nouvelle à découvrir, ni un exercice mental fruit de techniques de dépassement de soi. La vie que Dieu nous offre n’est pas non plus un “tutoriel” avec lequel on apprendrait la dernière nouveauté. Le salut que Dieu nous offre est une invitation à faire partie d’une histoire d’amour qui se tisse avec nos histoires; qui vit et veut naître parmi nous pour que nous puissions donner du fruit là où nous sommes, comme nous sommes et avec qui nous sommes. C’est là que le Seigneur vient planter et se planter ».[138]

Être pour les autres
253. Je voudrais m’arrêter maintenant sur la vocation entendue dans le sens précis d’un appel au service missionnaire des autres. Nous sommes appelés par le Seigneur à participer à son œuvre créatrice, en apportant notre contribution au bien commun à partir des capacités que nous avons reçues.

254. Cette vocation missionnaire a à voir avec notre service des autres. Parce que notre vie sur la terre atteint sa plénitude quand elle se transforme en offrande. Je rappelle que « la mission au cœur du peuple n’est ni une partie de ma vie ni un ornement que je peux quitter, ni un appendice ni un moment de l’existence. Elle est quelque chose que je ne peux pas arracher de mon être si je ne veux pas me détruire. Je suis une mission sur cette terre, et pour cela je suis dans ce monde ».[139] Par conséquent, il faut penser que toute pastorale est vocationnelle, toute formation est vocationnelle et toute spiritualité est vocationnelle.

255. Ta vocation ne consiste pas seulement dans les travaux que tu as à faire, même si elle s’exprime en eux. C’est quelque chose de plus, c’est un chemin qui orientera beaucoup d’efforts et d’actions dans le sens du service. Pour cela, dans le discernement d’une vocation, il est important de voir si l’on reconnaît en soi-même les capacités nécessaires pour ce service spécifique de la société.

256. Cela donne une très grande valeur à ces tâches, car elles cessent d’être une somme d’actions que l’on réalise pour gagner de l’argent, pour être occupé ou pour plaire aux autres. Tout cela constitue une vocation parce que nous sommes appelés, il y a quelque chose de plus que notre simple choix pragmatique. C’est en définitive reconnaître pour quoi je suis fait, le pourquoi d’un passage sur cette terre, reconnaître quel est le projet du Seigneur pour ma vie. Il ne m’indiquera pas tous les lieux, les temps et les détails, que je choisirai avec sagesse, mais oui, il y a une orientation de ma vie qu’il doit me montrer, parce qu’il est mon Créateur, mon potier, et que j’ai besoin d’écouter sa voix pour me laisser façonner et porter par lui. Alors, je serai ce que je dois être et je serai aussi fidèle à ma propre réalité.

257. Pour accomplir sa propre vocation, il est nécessaire de développer, de faire pousser et grandir tout ce que l’on est. Il ne s’agit pas de s’inventer, de se créer spontanément à partir de rien, mais de se découvrir soi-même à la lumière de Dieu et de faire fleurir son propre être. « Dans le dessein de Dieu, chaque homme est appelé à se développer car toute vie est vocation ».[140] Ta vocation t’oriente à tirer le meilleur de toi pour la gloire de Dieu et pour le bien des autres. Le sujet n’est pas seulement de faire des choses, mais de les faire avec un sens, avec une orientation. A ce sujet, saint Alberto Hurtado disait aux jeunes qu’il faut prendre très au sérieux la direction: « Sur un bateau, le pilote qui devient négligent, on le renvoie sans rémission, parce qu’il joue avec quelque chose de trop sacré. Et dans la vie, veillons-nous à notre orientation ? Quel est ton cap ? S’il était nécessaire de s’arrêter encore plus sur cette idée, je prie chacun de vous de lui donner la plus grande importance, parce que réussir cela est tout simplement réussir ; échouer en cela est simplement échouer ».[141]

258. “Être pour les autres” dans la vie de chaque jeune est généralement lié à deux questions fondamentales: la formation d’une nouvelle famille et le travail. Les diverses enquêtes qui ont été faites auprès des jeunes confirment à maintes reprises que ce sont les deux grands thèmes qui les préoccupent et les intéressent. Les deux doivent être l’objet d’un discernement spécial. Arrêtons-nous brièvement sur eux.

L’amour et la famille
259. Les jeunes ressentent avec force l’appel à l’amour, et ils rêvent de trouver la bonne personne avec laquelle former une famille et construire une vie ensemble. Sans aucun doute, c’est une vocation que Dieu lui-même propose à travers les sentiments, les désirs, les rêves. Sur ce thème, je me suis amplement arrêté dans l’Exhortation Amoris laetitia et j’invite tous les jeunes à lire en particulier les chapitres 4 et 5.

260. J’aime à penser que « deux chrétiens qui se marient ont reconnu dans leur histoire d’amour l’appel du Seigneur, la vocation à faire de deux personnes, un homme et une femme, une seule chair, une seule vie. Et le Sacrement du mariage enveloppe cet amour avec la grâce de Dieu, il l’enracine en Dieu même. Avec ce don, avec la certitude de cet appel, on peut partir en sécurité, on n’a peur de rien, on peut tout affronter, ensemble ! ».[142]

261. Dans ce contexte, je rappelle que Dieu nous a créés sexués. Lui-même « a créé la sexualité qui est un don merveilleux fait à ses créatures ».[143] Dans la vocation au mariage, il faut reconnaître et remercier que « la sexualité, le sexe sont un don de Dieu. Rien de tabou. Ils sont un don de Dieu, un don que le Seigneur nous fait. Ils ont deux buts : s’aimer et engendrer la vie. C’est une passion, un amour passionné. Le véritable amour est passionné. L’amour entre un homme et une femme, quand il est passionné, te porte à donner ta vie pour toujours. Toujours. Et à la donner avec ton corps et ton âme ».[144]

262. Le Synode a souligné que « la famille continue de représenter le principal point de référence pour les jeunes. Les enfants apprécient l’amour et l’attention de leurs parents, les liens familiaux leur tiennent à cœur et ils espèrent réussir à former, à leur tour, une famille. Indéniablement, l’augmentation des séparations, des divorces, des secondes unions et des familles monoparentales peut causer de grandes souffrances et une crise d’identité. Parfois, ils doivent porter des responsabilités qui ne sont pas proportionnées à leur âge et qui les contraignent à devenir adultes avant le temps normal. Les grands-parents offrent souvent une contribution décisive sur le plan affectif et au niveau de l’éducation religieuse : par leur sagesse, ils sont un maillon décisif dans le rapport entre les générations ».[145]

263. Il est vrai que les difficultés dont ils souffrent dans leur famille d’origine amènent beaucoup de jeunes à se demander si former une nouvelle famille vaut la peine, si être fidèles, être généreux vaut la peine. Je veux leur dire que oui, ça vaut la peine de parier sur la famille et qu’en elle, ils trouveront les meilleures stimulations pour grandir et les plus belles joies à partager. Ne vous laissez pas voler l’amour pour de vrai. Ne vous laissez pas tromper par ceux qui proposent une vie de débauche individualiste qui conduit finalement à l’isolement et à la solitude.

264. Aujourd’hui règne une culture du provisoire qui est une illusion. Croire que rien ne peut être définitif est une tromperie et un mensonge. Souvent, « il y a ceux qui disent qu’aujourd’hui le mariage est “démodé”. [...] Dans la culture du provisoire, du relatif, beaucoup prônent que l’important c’est de “jouir” du moment, qu’il ne vaut pas la peine de s’engager pour toute la vie, de faire des choix définitifs […]. Moi, au contraire, je vous demande d’être révolutionnaires, je vous demande d’aller à contre-courant; oui, en cela je vous demande de vous révolter contre cette culture du provisoire, qui, au fond, croit que vous n’êtes pas en mesure d’assumer vos responsabilités, elle croit que vous n’êtes pas capables d’aimer vraiment ».[146] J’ai confiance en vous, et pour cela je vous encourage à opter pour le mariage.

265. Il est nécessaire de se préparer pour le mariage, et cela requiert de s’éduquer soi-même, de développer les meilleures vertus, en particulier l’amour, la patience, la capacité de dialogue et de service. Cela implique aussi d’éduquer sa propre sexualité, pour qu’elle soit de moins en moins un moyen de se servir des autres et de plus en plus une capacité à se livrer pleinement à une personne, de manière exclusive et généreuse.

266. Les évêques de Colombie nous ont montré que « le Christ sait que les époux ne sont pas parfaits et qu’ils ont besoin de surmonter leur faiblesse et leur inconstance pour que leur amour puisse grandir et durer. Pour cela, il accorde aux époux sa grâce qui est, à la fois, une lumière et une force qui leur permet de réaliser leur projet de vie matrimoniale conformément au plan de Dieu ».[147]

267. Pour ceux qui ne sont pas appelés au mariage ou à la vie consacrée, il faut toujours se rappeler que la première vocation, et la plus importante, est la vocation baptismale. Les célibataires, même si ce n’est pas pour eux un choix intentionnel, peuvent devenir un témoignage particulier d’une telle vocation sur leur propre chemin de croissance spirituelle.

Le travail
268. Les Évêques des États-Unis ont souligné avec clarté que la jeunesse, ayant atteint l’âge de la majorité, «marque souvent l’entrée d’une personne dans le monde du travail. “Que fais-tu pour vivre?” est un sujet constant de conversation, parce que le travail est une partie très importante de leur vie. Pour les jeunes adultes, cette expérience est très fluide, parce qu’ils se déplacent d’un travail à un autre et ils vont même de carrière en carrière. Le travail peut définir l’utilisation du temps et il peut déterminer ce qu’ils peuvent faire ou acheter. Il peut également déterminer la qualité et la quantité du temps libre. Le travail définit et affecte l’identité et l’estime de soi d’un jeune adulte et c’est un lieu fondamental où se développent des amitiés et d’autres relations parce que, généralement, on ne travaille pas seul. Les jeunes hommes et femmes parlent du travail comme de l’accomplissement d’une fonction et comme quelque chose qui donne un sens. Il permet aux jeunes adultes de répondre à leurs besoins pratiques mais plus encore de chercher le sens et l’accomplissement de leurs rêves et de leurs visions. Bien que le travail puisse ne pas aider à atteindre leurs rêves, il est important pour les jeunes adultes de cultiver une vision, d’apprendre à travailler d’une manière vraiment personnelle et satisfaisante pour leur vie, et de continuer à discerner l’appel de Dieu. ».[148]

269. Je demande aux jeunes de ne pas espérer vivre sans travailler, en dépendant de l’aide des autres. Cela ne fait pas de bien, parce que « le travail est une nécessité, il fait partie du sens de la vie sur cette terre, chemin de maturation, de développement humain et de réalisation personnelle. Dans ce sens, aider les pauvres avec de l’argent doit toujours être une solution provisoire pour affronter des urgences ».[149] Il en résulte que « la spiritualité chrétienne, avec l’admiration contemplative des créatures que nous trouvons chez saint François d’Assise, a développé aussi une riche et saine compréhension du travail, comme nous pouvons le voir, par exemple, dans la vie du bienheureux Charles de Foucauld et de ses disciples ».[150]

270. Le Synode a souligné que le monde du travail est un milieu où les jeunes « font l’expérience de formes d’exclusion et de marginalisation. La première et la plus grave est le chômage des jeunes qui, dans certains pays, atteint des niveaux très élevés. Non seulement cela les rend pauvres, mais le manque de travail ôte aux jeunes la capacité de rêver et d’espérer et les prive de la possibilité d’apporter leur contribution au développement de la société. Dans de nombreux pays, cette situation dépend du fait que certaines couches de la population jeune sont dépourvues de qualifications professionnelles adéquates, notamment à cause des déficiences du système d’éducation et de formation. Souvent la précarité de l’emploi qui affecte les jeunes répond aux intérêts économiques qui exploitent le travail ».[151]

271. C’est une question très délicate que la politique doit considérer comme un sujet de premier ordre, particulièrement aujourd’hui où la rapidité des développements technologiques, jointe à l’obsession de réduire les coûts de la main d’œuvre, peut conduire rapidement à remplacer de nombreux postes de travail par des machines. Et il s’agit d’une question de société fondamentale, parce que le travail pour un jeune n’est pas simplement une tâche visant à obtenir des revenus. Il est l’expression de la dignité humaine, il est un chemin de maturation et d’insertion sociale, il est une stimulation permanente pour grandir en responsabilité et en créativité, il est une protection face à la tendance à l’individualisme et au confort, et il est aussi une action de grâce à Dieu avec le développement de ses propres capacités.

272. Un jeune n’a pas toujours la possibilité de décider à quoi il va consacrer ses efforts, dans quelles tâches il va déployer ses énergies et sa capacité d’innover. Parce qu’en plus de ses désirs, et encore plus de ses capacités et du discernement que l’on réalise, se trouvent les dures limites de la réalité. Il est vrai que tu ne peux pas vivre sans travailler et que parfois tu dois accepter ce que tu trouves, mais ne renonce jamais à tes rêves, n’enterre jamais définitivement une vocation, ne te donne jamais pour vaincu. Continue toujours à chercher, au moins, de manière partielle ou imparfaite, à vivre ce que dans ton discernement tu reconnais comme une véritable vocation.

273. Quand l’on découvre que Dieu appelle à quelque chose, que l’on est fait pour cela – qu’il s’agisse de devenir infirmier(e), ou menuisier, ou de travailler dans la communication, l’enseignement, l’art ou de tout autre travail – alors on est capable de faire fleurir ses meilleures capacités de sacrifice, de générosité et de don de soi. Savoir que l’on ne fait pas les choses sans raison, mais avec un sens, comme réponse à un appel qui résonne au plus profond de son être pour apporter quelque chose aux autres, fait que ces tâches donnent à son propre cœur une expérience particulière de plénitude. Ainsi le disait l’ancien livre biblique de l’Ecclésiaste : « Je vois qu’il n’y a de bonheur pour l’homme qu’à se réjouir de ses œuvres » (Qo 3, 22).

Vocations à une consécration particulière
274. Si nous partons de la conviction que l’Esprit continue à susciter des vocations au sacerdoce et à la vie religieuse, nous pouvons “jeter de nouveau les filets” au nom du Seigneur, en toute confiance. Nous pouvons oser, et nous devons le faire: dire à chaque jeune qu’il s’interroge sur la possibilité de suivre ce chemin.

275. Parfois j’ai fait cette proposition à des jeunes qui m’ont répondu presqu’avec dérision en disant: “Non, la vérité est que je ne vais pas de ce côté”. Cependant, quelques années après, certains d’entre eux étaient au Séminaire. Le Seigneur ne peut pas manquer à sa promesse de laisser l’Eglise privée de pasteurs sans lesquels elle ne pourrait pas vivre et réaliser sa mission. Et si certains prêtres ne donnent pas un bon témoignage, ce n’est pas pour cela que le Seigneur cessera d’appeler. Au contraire, il double la mise parce qu’il ne cesse pas de prendre soin de son Eglise bien-aimée.

276. Dans le discernement d’une vocation, il ne faut pas exclure la possibilité de se consacrer à Dieu dans le sacerdoce, dans la vie religieuse ou dans d’autres formes de consécration. Pourquoi l’exclure? Sois certain que, si tu reconnais un appel de Dieu et que tu le suis, ce sera ce qui te comblera.

277. Jésus marche parmi nous comme il le faisait en Galilée. Il passe par nos rues, s’arrête et nous regarde dans les yeux, sans hâte. Son appel est attrayant, il est fascinant. Mais aujourd’hui, l’anxiété et la rapidité de nombreuses stimulations qui nous bombardent, font qu’il ne reste plus de place pour ce silence intérieur où l’on perçoit le regard de Jésus et où l’on écoute son appel. Pendant ce temps, t’arriveront de nombreuses propositions maquillées, qui semblent belles et intenses, même si, avec le temps, elles te laisseront vide, fatigué et seul. Ne laisse pas cela t’arriver, parce que le tourbillon de ce monde te pousse à une course insensée, sans orientation, sans objectifs clairs, et qu’ainsi beaucoup de tes efforts seront vains. Cherche plutôt ces espaces de calme et de silence qui te permettront de réfléchir, de prier, de mieux regarder le monde qui t’entoure, et alors, oui, avec Jésus tu pourras reconnaître quelle est ta vocation sur cette terre.

CHAPITRE 9
Le discernement

278. Sur le discernement en général, je me suis déjà arrêté dans l’Exhortation apostolique Gaudete et exsultate. Permettez-moi de reprendre certaines de ces réflexions, en les appliquant au discernement de sa propre vocation dans le monde.

279. Je rappelle que tout le monde, mais « spécialement les jeunes, sont exposés à un zapping constant. Il est possible de naviguer sur deux ou trois écrans simultanément et d’interagir en même temps sur différents lieux virtuels. Sans la sagesse du discernement, nous pouvons devenir facilement des marionnettes à la merci des tendances du moment ».[152] Et « cela devient particulièrement important quand apparaît une nouveauté dans notre vie et qu’il faudrait alors discerner pour savoir s’il s’agit du vin nouveau de Dieu ou bien d’une nouveauté trompeuse de l’esprit du monde ou de l’esprit du diable».[153]

280. Ce discernement, « bien qu’il inclue la raison et la prudence, il les dépasse parce qu’il s’agit d’entrevoir le mystère du projet unique et inimitable que Dieu a pour chacun […] Ce qui est en jeu, c’est le sens de ma vie devant le Père qui me connaît et qui m’aime, le vrai sens de mon existence que personne ne connaît mieux que lui ».[154]

281. Dans ce cadre, se situe la formation de la conscience qui permet au discernement de grandir en profondeur et dans la fidélité à Dieu. « Former la conscience est le cheminement de toute la vie, où l’on apprend à nourrir les mêmes sentiments que Jésus-Christ, en adoptant les critères de ses choix et les intentions de son action (cf. Ph 2, 5) ».[155]

282. Cette formation implique de se laisser transformer par le Christ, et elle est en même temps « une pratique habituelle du bien, vérifiée dans l’examen de conscience : un exercice où il ne s’agit pas seulement d’identifier ses péchés, mais aussi de reconnaître l’œuvre de Dieu dans sa propre expérience quotidienne, dans les événements de l’histoire et des cultures au sein desquelles nous vivons, dans le témoignage de tant d’hommes et de femmes qui nous ont précédés ou qui nous accompagnent par leur sagesse. Tout cela aide à grandir dans la vertu de prudence, en articulant l’orientation globale de l’existence avec les choix concrets, avec une lucidité sereine de ses dons et de ses limites ».[156]

Comment discerner ta vocation
283. Une expression du discernement est l’engagement pour reconnaître sa propre vocation. C’est une tâche qui requiert des espaces de solitude et de silence, parce qu’il s’agit d’une décision très personnelle que d’autres ne peuvent pas prendre pour quelqu’un : « Même si le Seigneur nous parle de manières variées, dans notre travail, à travers les autres et à tout moment, il n’est pas possible de se passer du silence de la prière attentive pour mieux percevoir ce langage, pour interpréter la signification réelle des inspirations que nous croyons recevoir, pour apaiser les angoisses et recomposer l’ensemble de l’existence personnelle à la lumière de Dieu ».[157]

284. Ce silence n’est pas une forme d’isolement, car « il faut rappeler que le discernement priant doit trouver son origine dans la disponibilité à écouter le Seigneur, les autres, la réalité même qui nous interpelle toujours de manière nouvelle. Seul celui qui est disposé à écouter possède la liberté pour renoncer à son propre point de vue partiel ou insuffisant […]. De la sorte, il est vraiment disponible pour accueillir un appel qui brise ses sécurités mais qui le conduit à une vie meilleure, car il ne suffit pas que tout aille bien, que tout soit tranquille. Dieu pourrait être en train de nous offrir quelque chose de plus, et à cause de notre distraction dans la commodité, nous ne nous en rendons pas compte ».[158]

285. Quand il s’agit de discerner sa propre vocation, il est nécessaire de se poser plusieurs questions. Il ne faut pas commencer par se demander où l’on pourrait gagner le plus d’argent, ou bien où l’on pourrait obtenir le plus de notoriété et de prestige social, ni commencer par se demander quelles tâches donneraient plus de plaisir à quelqu’un. Pour ne pas se tromper, il faut commencer d’un autre lieu, et se demander: Est-ce que je me connais moi-même, au-delà des apparences et de mes sensations ?; est-ce-que je sais ce qui rend mon cœur heureux ou triste ?; quelles sont mes forces et mes faiblesses ? Immédiatement suivent d’autres questions : comment puis-je servir au mieux et être plus utile au monde et à l’Eglise ?; quelle est ma place sur cette terre ?; qu’est-ce que je pourrais offrir à la société?; puis d’autres suivent très réalistes: est-ce que j’ai les capacités nécessaires pour assurer ce service ?; ou est-ce que je pourrais développer les capacités nécessaires ?

286. Ces questions doivent se situer non pas tant en rapport avec soi-même et ses inclinations, mais en rapport avec les autres, face à eux, de manière à ce que le discernement pose sa propre vie en référence aux autres. Pour cela, je veux rappeler quelle est la grande question : “Tant de fois, dans la vie, nous perdons du temps à nous demander : « Mais qui suis-je ? ». Mais tu peux te demander qui tu es et passer toute la vie en cherchant qui tu es. Demande-toi plutôt : « Pour qui suis-je ? »”.[159] Tu es pour Dieu, sans aucun doute. Mais il a voulu que tu sois aussi pour les autres, et il a mis en toi beaucoup de qualités, des inclinations, des dons et des charismes qui ne sont pas pour toi, mais pour les autres.

L’appel de l’Ami
287. Pour discerner sa propre vocation, il faut reconnaître que cette vocation est l’appel d’un ami : Jésus. A ses amis, si on leur offre quelque chose, on leur offre le meilleur. Et ce meilleur n’est pas nécessairement la chose la plus coûteuse ou la plus difficile à obtenir, mais celle dont on sait qu’elle donnera de la joie à l’autre. Un ami perçoit cela avec tant de clarté qu’il peut visualiser dans son imagination le sourire de son ami quand il ouvre son cadeau. Ce discernement d’amitié est ce que je propose aux jeunes comme modèle s’ils cherchent à trouver quelle est la volonté de Dieu pour leur vie.

288. Je voudrais qu’ils sachent que lorsque le Seigneur pense à chacun, dans ce qu’il souhaiterait lui offrir, il pense à lui comme à son ami personnel. Et s’il a prévu de t’offrir une grâce, un charisme qui te fera vivre ta vie à plein et te transformera en une personne utile pour les autres, en quelqu’un qui laissera une trace dans l’histoire, ce sera sûrement quelque chose qui te réjouira au plus profond de toi et qui t’enthousiasmera plus que toute chose au monde. Non pas parce qu’il va te donner un charisme extraordinaire ou rare, mais parce qu’il sera juste à ta mesure, à la mesure de ta vie entière.

289. Le don de la vocation sera sans aucun doute un don exigeant. Les dons de Dieu sont interactifs et pour en profiter tu dois mettre beaucoup en jeu, tu dois risquer. Mais ce ne sera pas l’exigence d’un devoir imposé par un autre de l’extérieur, mais quelque chose qui te stimulera à grandir et à choisir que ce don mûrisse et devienne un don pour les autres. Quand le Seigneur suscite une vocation, il ne pense pas seulement à ce que tu es, mais à tout ce que tu pourras parvenir à être avec lui et avec les autres.

290. La puissance de la vie et la force de sa propre personnalité se nourrissent mutuellement à l’intérieur de chaque jeune et le poussent à aller au-delà de toutes limites. L’inexpérience permet que cela arrive, même si rapidement cela se transforme en expérience, très souvent douloureuse. Il est important de mettre en contact ce désir de « l’infini du commencement pas encore mis à l’épreuve »[160] avec l’amitié inconditionnelle que nous offre Jésus. Avant toute loi et tout devoir, ce que Jésus nous propose pour choisir est le fait de suivre, comme le font des amis qui se suivent et se cherchent et se trouvent par pure amitié. Tout le reste vient après, et même les échecs de la vie peuvent être une expérience inestimable de cette amitié qui jamais ne se brise.

Ecoute et accompagnement
291. Il y a des prêtres, des religieux, des religieuses, des laïcs, des professionnels, et même des jeunes formés, qui peuvent accompagner les jeunes dans leur discernement vocationnel. Quand il nous incombe d’aider l’autre à discerner le chemin de sa vie, la première chose est d’écouter. Et cette écoute suppose trois sensibilités ou attentions distinctes et complémentaires:

292. La première sensibilité ou attention est à la personne. Il s’agit d’écouter l’autre qui se donne lui-même à nous dans ses paroles. Le signe de cette écoute est le temps que je consacre à l’autre. Ce n’est pas une question de quantité, mais que l’autre sente que mon temps est à lui: celui dont il a besoin pour m’exprimer ce qu’il veut. Il doit sentir que je l’écoute inconditionnellement, sans m’offenser, sans me scandaliser, sans m’ennuyer, sans me fatiguer. Cette écoute est celle que le Seigneur exerce quand il se met à marcher à côté des disciples d’Emmaüs et qu’il les accompagne un long moment par un chemin qui allait dans la direction opposée à la bonne direction (cf. Lc 24, 13-35). Quand Jésus fait le mouvement d’aller de l’avant parce qu’ils sont arrivés à leur maison, là ils comprennent qu’il leur a offert son temps, et alors ils lui offrent le leur, en lui donnant l’hébergement. Cette écoute attentive et désintéressée indique la valeur que l’autre personne a pour nous, au-delà de ses idées et de ses choix de vie.

293. La seconde sensibilité ou attention est celle de discerner. Il s’agit d’épingler le moment précis où l’on discerne la grâce ou la tentation. Parce que parfois les choses qui traversent notre imagination ne sont que des tentations qui nous détournent de notre véritable chemin. Ici, je dois me demander ce que cette personne me dit exactement, ce qu’elle veut me dire, ce qu’elle désire que je comprenne de ce qui se passe. Ce sont des questions qui aident à comprendre où s’enchainent les arguments qui meuvent l’autre et à sentir le poids et le rythme de ses affections influencées par cette logique. Cette écoute vise à discerner les paroles salvatrices du bon Esprit, qui nous propose la vérité du Seigneur, mais également les pièges du mauvais esprit – ses erreurs et ses séductions –. Il faut avoir le courage, la tendresse et la délicatesse nécessaires pour aider l’autre à reconnaître la vérité et les mensonges ou les prétextes.

294. La troisième sensibilité ou attention vise à écouter les impulsions que l’autre expérimente “en avant”. C’est l’écoute profonde de “ce vers quoi l’autre veut vraiment aller”. Au-delà de ce qu’il sent et pense dans le présent, de ce qu’il a fait dans le passé, l’attention vise ce qu’il voudrait être. Parfois cela implique que la personne ne regarde pas tant ce qui lui plaît, ses désirs superficiels, mais ce qui plaît plus au Seigneur, son projet pour sa propre vie qui s’exprime dans une inclination du cœur, au-delà de l’enveloppe des goûts et des sentiments. Cette écoute est attention à l’intention ultime, celle qui en définitive décide de la vie, parce qu’il existe Quelqu’un comme Jésus qui entend et évalue cette intention ultime du cœur. C’est pourquoi il est toujours disposé à aider chacun pour qu’il la reconnaisse, et pour cela il suffit que quelqu’un lui dise : “Seigneur, sauve-moi ! Aie pitié de moi !”.

295. Alors oui, le discernement devient un instrument de lutte pour mieux suivre le Seigneur.[161] De cette manière, le désir de reconnaître sa propre vocation acquiert une intensité suprême, une qualité différente et un niveau supérieur, qui répond beaucoup mieux à la dignité de sa propre vie. Parce qu’en définitive un bon discernement est un chemin de liberté qui fait apparaître ce que chaque personne a d’unique, ce qui est vraiment soi, vraiment personnel, que Dieu seul connaît. Les autres ne peuvent ni pleinement comprendre ni anticiper de l’extérieur comment cela se développera.

296. C’est pourquoi, quand on écoute l’autre de cette manière, à un moment donné, on doit disparaître pour le laisser poursuivre ce chemin qu’il a découvert. C’est disparaître comme le Seigneur disparaît à la vue de ses disciples et les laisse seuls avec la brûlure du cœur qui devient un élan irrésistible de se mettre en chemin. (cf. Lc 24, 31-33). Au retour dans la communauté, les disciples d’Emmaüs recevront la confirmation que vraiment le Seigneur est ressuscité (cf. Lc 24, 34).

297. Etant donné que « le temps est supérieur à l’espace »,[162] il est nécessaire de susciter et d’accompagner des processus, et non pas d’imposer des parcours. Et ce sont des processus de personnes qui sont toujours uniques et libres. C’est pourquoi il est difficile d’établir des règles, même lorsque tous les signes sont positifs, parce qu’« il importe de soumettre ces mêmes facteurs positifs à un discernement attentif, pour ne pas les isoler l'un de l'autre et ne pas les mettre en opposition entre eux, comme s'ils étaient des absolus en opposition. Il en est de même pour les facteurs négatifs : il ne faut pas les rejeter en bloc et sans distinction, parce qu'en chacun d'eux peut se cacher une valeur qui attend d'être libérée et rendue à sa vérité totale ».[163]

298. Mais pour accompagner les autres sur ce chemin, tu as d’abord besoin d’avoir l’habitude de le parcourir toi-même. Marie l’a fait, en affrontant ses questions et ses propres difficultés quand elle était très jeune. Qu’elle renouvelle ta jeunesse avec la force de sa prière et qu’elle t’accompagne toujours avec sa présence de Mère.

* * *

Et pour conclure... un désir
299. Chers jeunes, je serai heureux en vous voyant courir plus vite qu’en vous voyant lents et peureux. Courez, « attirés par ce Visage tant aimé, que nous adorons dans la sainte Eucharistie et que nous reconnaissons dans la chair de notre frère qui souffre. Que l’Esprit Saint vous pousse dans cette course en avant. L’Eglise a besoin de votre élan, de vos intuitions, de votre foi. Nous en avons besoin! Et quand vous arriverez là où nous ne sommes pas encore arrivés, ayez la patience de nous attendre ».[164]

Donné à Lorette, près du Sanctuaire de la Sainte Maison, le 25 mars, Solennité de l’Annonciation du Seigneur de l’année 2019, la septième de mon Pontificat.

FRANÇOIS

_________________________

[1] Le même mot grec traduit par ‘‘nouveau’’ est utilisé pour exprimer ‘‘jeune’’.
[2]
Confessions, X, 27: PL 32, 795.
[3]
Saint Irénée, Contre les hérésies, II, 22, 4: PG 7, 784.
[6]
Document Final de la XVème Assemblée Générale Ordinaire du Synode des Évêques, n. 60. Par la suite, ce document sera désigné par le sigle DF. On peut le trouver sur
http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20181027_doc-final-instrumentum-xvassemblea-giovani_fr.html
[5]
Catéchisme de l’Eglise catholique, n. 515.
[6]
Ibid., n. 517.
[7]
Catéchèse (27 juin 1990), 2-3: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 27 du 3 juillet 1990, p. 12.
[8]
Exhort. ap. postsynodale Amoris laetitia (19 mars 2016), n. 182: AAS 108 (2016), 384.
[9]
DF, n. 63.
[10]
Conc. Œcum. Vat. II, Message aux jeunes (8 décembre 1965): AAS 58 (1966), 18.
[11]
Ibid.
[12]
DF, n. 1.
[13]
Ibid., n. 8.
[14]
Ibid., n. 50.
[15]
Ibid., n. 53.
[16]
Cf. Conc. Œcum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sur la révélation divine, n. 8.
[17] DF, n. 150.
[18]
Discours de la veillée des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (26 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 9.
[19]
Prière à la fin du Chemin de Croix lors des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (25 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p.8.
[20]
DF, n. 65.
[21]
Ibíd., n. 167.
[22]
Saint Jean-Paul II, Discours aux jeunes à Turin (13 avril 1980), 4: Insegnamenti 3, 1 (1980), 905.
[23]
Benoît XVI, Message pour les XXVIIème Journées Mondiales de la Jeunesse (15 mars 2012): AAS 104 (2012), 359: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 13 du 29 mars 2012, p. 4.
[24]
DF, n. 8.
[25]
Ibíd.
[26]
Ibíd., n. 10.
[27]
Ibíd., n. 11.
[28]
Ibíd., n. 12.
[29]
Ibíd., n. 41.
[30]
Ibíd., n. 42.
[31]
Discours aux jeunes à Manille (18 janvier 2015): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 4 du 22 janvier 2015, p. 14.
[32]
DF, n. 34.
[33]
Document de la Réunion pré-synodale pour la préparation de la XVème Assemblée Générale Ordinaire du Synode des Evêques, Rome (24 mars 2018), I, 1.
[34]
DF, n. 39.
[35]
Ibíd., n. 37.
[36]
Cf. Lett. enc. Laudato si’ (24 mai 2015), n. 106: AAS 107 (2015), 889-890.
[37]
DF, n. 37.
[38]
Ibíd., n. 67.
[39]
Ibíd., n. 21.
[40]
Ibíd., n. 22.
[41]
Ibíd., n. 23.
[42]
Ibíd., n. 24.
[43]
Document de la Réunion pré-synodale pour la préparation de la XVème Assemblée Générale Ordinaire du Synode des Evêques, Rome (24 mars 2018), I, 4.
[44]
DF, n. 25.
[45]
Ibíd.
[46]
Ibíd., n. 26.
[47]
Ibíd., n. 27.
[48]
Ibíd., n. 28.
[49]
Ibíd., n. 29.
[50]
Discours à la fin de la rencontre sur “La protection des mineurs dans l’Eglise” (24 février 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 9 du 26 février 2019, p. 10.
[51]
DF, n. 29.
[52]
Lettre au Peuple de Dieu (20 août 2018), n. 2: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 34 du 23 août 2018, p. 6.
[53]
DF, n. 30.
[54] Discours d’ouverture de la XVème Assemblée Générale Ordinaire du Synode des Evêques, Rome (3 octobre 2018): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 41 du 11 octobre 2018, p. 9.
[55]
DF, n. 31.
[56]
Ibíd.
[57]
Conc. Œcum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sur l’Eglise et le monde de ce temps, n. 1.
[58]
DF, n. 31.
[59]
Ibíd., n. 31.
[60]
Discours lors de la rencontre “La protection des mineurs dans l’Eglise” (24 février 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 9 du 26 février 2019, p. 12.
[61]
Francisco Luis Bernárdez, «Soneto», in Cielo de tierra, Buenos Aires 1937.
[62]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 140.
[63]
Homélie de la Messe des XXXIème Journées Mondiales de la Jeunesse à Cracovie (31 juillet 2016): AAS 108 (2016), 923: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 32-33 du 11-18 août 2016, p. 12.
[64]
Discours lors de la cérémonie d’ouverture des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama, (24 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 5 du 29 janvier 2019, p. 9.
[65]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 1: AAS 105 (2013), 1019.
[66]
Ibid., n. 3: AAS 105 (2013), 1020.
[67]
Discours lors de la veillée avec les jeunes lors des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (26 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 10.
[68]
Discours lors de la rencontre avec les jeunes au Synode, salle Paul VI (6 octobre 2018): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 41 du 11 octobre 2018, p. 7.
[69]
Benoît XVI, Lett. enc. Deus caritas est (25 décembre 2005), n. 1: AAS 98 (2006), 217.
[70]
Pedro Arrupe, Enamórate.
[71]
Saint Paul VI, Allocution pour la béatification de Nunzio Sulpizio (1er décembre 1963): AAS 56 (1964), 28.
[72]
DF, n. 65.
[73]
Homélie de la messe avec les jeunes à Sydney (2 décembre 1970): AAS 63 (1971), 64.
[74]
Confessions, I, 1, 1: PL 32, 661
[75]
Dieu est jeune. Une conversation avec Thomas Leoncini, ed. Robert Lafont, Paris 2018, pp. 18-19.
[76]
DF, n. 68.
[77]
Rencontre avec les jeunes à Cagliari (22 septembre 2013): AAS 105 (2013), 904-905: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 39 du 26 septembre 2013, p. 6.
[78]
Cinco panes y dos peces: un gozoso testimonio de fe desde el sufrimiento en la cárcel, México 1999, p. 21.
[79]
Conférence des Evêques de Suisse, Prendre le temps: pour toi, pour moi, pour nous, 2 février 2018.
[80]
Cf. Saint Thomas d’Aquin, Summa Theologicae II-II, q. 23, art. 1.
[81]
Discours aux volontaires lors des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (27 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 16.
[82]
Saint Oscar Romero, Homilía (6 novembre 1977): Su pensamiento, I-II, San Salvador 2000, 312.
[83]
Discours lors de la cérémonie d’ouverture des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (24 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 5 du 29 janvier 2019, pp. 8-9.
[84]
Cf. Rencontre avec les jeunes dans le Sanctuaire National de Maipú, Santiago du Chili (17 janvier 2018): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 4 du 25 janvier 2018, pp. 4-5.
[85]
Cf. Romano Guardini, Le età della vita, in Opera omnia IV, 1, ed. Morcelliana, Brescia 2015, p. 209.
[86]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 11.
[87]
Cantique Spirituel B, Prologue, n. 2.
[88]
Ibid., XIV-XV, n. 2.
[89]
Conférence épiscopale du Rwanda, Lettre des évêques catholiques aux fidèles pendant l’année spéciale de la réconciliation au Rwanda, Kigali (18 janvier 2018), n. 17.
[90]
Salut aux jeunes du Centre Culturel Père Félix Varela à La Havane (20 septembre 2015): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 39 du 24 septembre 2015, p. 9.
[91]
DF, n. 46.
[92]
Discours de la veillée des XXVIIIèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Río de Janeiro (27 juillet 2013): AAS 105 (2013), 663: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 31 du 1 août 2013, p. 20.
[93]
Ustedes son la luz del mundo, Discours au Cerro San Cristóbal, Chili, 1940: https://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/.
[94]
Homélie de la Messe des XXVIIIèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Río de Janeiro (28 juillet 2013): AAS 105 (2013), 665: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 31 du 1 août 2013, p. 12.
[95]
Conférence épiscopale catholique de Corée, Pastoral Letter on the occasion of the 150th Anniversary of the Martyrdom during the Byeong-in Persecution (30 mars 2016).
[96]
Cf. Homélie de la Messe des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (27 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 13.
[97]
Prière “Seigneur,fais de moi un instrument de ta paix, attribuée à Saint François d’Assise.
[98]
Discours de la veillée avec les jeunes lors des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (26 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, 6 du 5 février 2019, p. 10.
[99]
DF, n. 14.
[100]
Cf. Lett. enc. Laudato si’ (24 mai 2015): AAS 107 (2015), 906.
[101]
Videomessage pour la Rencontre des Mondiale de la Jeunesse Indigène à Panama (17-21 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 4 du 22 janvier 2019, p. 16.
[102]
DF, n. 35.
[103]
Cf. Ad adolescentes, I, 2: PG 31, 566.
[104]
Cf. La saggezza del tempo. In dialogo con Papa Francesco sulle grandi questioni della vita. A cura di Antonio Spadaro, Venezia 2018.
[105]
Ibid., n. 12.
[106]
Ibid., n. 13.
[107]
Ibid.
[108]
Ibid.
[109]
Ibid., n. 162-163.
[110]
Eduardo Pironio, Mensaje a los jóvenes argentinos en el Encuentro Nacional de Jóvenes en Córdoba (12-15 septembre 1985), n. 2.
[111]
DF, n. 123.
[112]
La esencia del cristianismo, ed. Cristiandad, Madrid 2002, p. 17.
[113]
N. 165: AAS 105 (2013), 1089.
[114]
Discours de la visite au Foyer du Bon Samaritain à Panama, (27 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 15.
[115]
DF, n. 36.
[116]
Cf. Const. ap. Veritatis Gaudium (8 décembre 2017), n. 4: AAS 110 (2018), 7.8.
[117]
Discours de la rencontre avec les étudiants et le monde académique sur la place Saint Dominique de Bologne, (1 octobre 2017): AAS 109 (2017), 1115: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 41 du 12 octobre 2017, p. 10.
[118]
DF, n. 51.
[119]
Ibid., n. 47.
[120]
Sermon 256, 3: PL 38, 1193.
[121]
DF, n. 47.
[122]
Discours à une délégation du “Special Olympics International” (16 février 2017): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 9 du 2 mars 2017, p. 8.
[123]
Ad adolescentes, VIII, 11-12: PG 31, 580.
[124]
Conférence Episcopale d’Argentine, Declaración de San Miguel, Buenos Aires, 1969, X, 1.
[125]
Rafael Tello, La nueva evangelización, Tome II (Annexes I et II), Buenos Aires, 2013, 111.
[126]
Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 44-45: AAS 105 (2013), 1038-1039.
[127]
DF, n. 70.
[128]
Ibid., n. 117.
[129]
Ibid., n. 4.
[130]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 124: AAS 105 (2013), 1072.
[131]
Ibid., n. 122: AAS 105 (2013), 1071.
[132]
DF, n. 9.
[133]
Document de la Réunion pré-synodale pour la préparation de la XVème Assemblée Générale Ordinaire du Synode des Évêques, Rome (24 mars 2018).
[134]
Ibid.
[135]
DF, n. 15.
[136]
N. 2.
[137]
Const. dogm. Lumen gentium, sur l’Eglise, n. 11.
[138]
Discours de la Veillée avec les jeunes aux XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (26 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 9.
[139]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 273: AAS 105 (2013), 1130.
[140]
Saint Paul VI, Lett. enc. Populorum progressio (26 mars 1967), n. 15: AAS 59 (1967), 265.
[141]
Meditación de Semana Santa para jóvenes, écrite à bord d’un cargo, de retour des Etats-Unis, 1946, en : http://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/
[142]
Rencontre avec les jeunes d’Ombrie à Assise (4 octobre 2013): AAS 105 (2013), 921. L’Osservatore Romano, éd. française, n. 41 du 10 octobre 2013, p. 12.
[143]
Exhort. ap. postsynodale Amoris laetitia (19 mars 2016), n. 150: AAS 108 (2016), 369.
[144]
Audience aux jeunes du Diocèse de Grenoble-Vienne (17 septembre 2018): L’Osservatore Romano, 19 septembre 2018, p. 8.
[145]
DF, n. 32.
[146]
Rencontre avec les volontaires des XXVIIIèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Río de Janeiro (28 juillet 2013): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 31 du 1 août 2013, p. 20.
[147]
Conférence épiscopale de Colombie, Mensaje Cristiano sobre el matrimonio (14 mai 1981).
[148]
Conférence des évêques Catholiques des états-Unis, Sons and Daughters of Light: A Pastoral Plan for Ministry with Young Adult, November 12, 1996, Part one, 3.
[149]
Lett. enc. Laudato si’ (24 mai 2015), n. 128: AAS 107 (2015), 898.
[150]
Ibíd., n. 125: AAS 107 (2015), 897.
[151]
DF, n. 40.
[152]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 167.
[153]
Ibid., n. 168.
[154]
Ibid., n. 170.
[155]
DF, n. 108.
[156]
Ibid.
[157]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 171.
[158]
Ibid., n. 172.
[159]
Discours de la veillée de prière en préparation des XXXIV Journées Mondiales de la Jeunesse, Basilique de Sainte Marie Majeure, (8 avril 2017): AAS 109 (2017), 447: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 15 du 13 avril 2017, p. 6.
[160]
Romano Guardini, Le età della vita, in Opera omnia IV, 1, éd. Morcelliana, Brescia 2015, 209.
[161]
Cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 169.
[162]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 222: AAS 105 (2013), 1111.
[163]
Saint Jean-Paul II, Exhort. ap. postsynodale. Pastores dabo Vobis (25 mars 1992), n. 10: AAS 84 (1992), 672.
[164]
Rencontre et prière avec les jeunes italiens au Cirque Massimo de Rome (11 août 2018): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 34 du 23 août 2018, p. 8.

[00556-FR.01] [Texte original: Espagnol]

 

Traduzione in lingua inglese

POST-SYNODAL APOSTOLIC EXHORTATION
CHRISTUS VIVIT
OF THE HOLY FATHER
FRANCIS
TO YOUNG PEOPLE AND TO THE ENTIRE PEOPLE OF GOD

 

1.      Christ is alive!  He is our hope, and in a wonderful way he brings youth to our world, and everything he touches becomes young, new, full of life.  The very first words, then, that I would like to say to every young Christian are these: Christ is alive and he wants you to be alive!

2.      He is in you, he is with you and he never abandons you.  However far you may wander, he is always there, the Risen One.  He calls you and he waits for you to return to him and start over again.  When you feel you are growing old out of sorrow, resentment or fear, doubt or failure, he will always be there to restore your strength and your hope.

3.      With great affection, I address this Apostolic Exhortation to all Christian young people.  It is meant to remind you of certain convictions born of our faith, and at the same time to encourage you to grow in holiness and in commitment to your personal vocation.  But since it is also part of a synodal process, I am also addressing this message to the entire People of God, pastors and faithful alike, since all of us are challenged and urged to reflect both on the young and for the young.  Consequently, I will speak to young people directly in some places, while in others I will propose some more general considerations for the Church’s discernment.

4.      I have let myself be inspired by the wealth of reflections and conversations that emerged from last year’s Synod.  I cannot include all those contributions here, but you can read them in the Final Document.  In writing this letter, though, I have attempted to summarize those proposals I considered most significant.  In this way, my words will echo the myriad voices of believers the world over who made their opinions known to the Synod.  Those young people who are not believers, yet wished to share their thoughts, also raised issues that led me to ask new questions.

CHAPTER ONE
What does the word of God have to say about young people?

5.      Let us draw upon some of the richness of the sacred Scriptures, since they often speak of young people and of how the Lord draws near to encounter them.

In the Old Testament
6.      In an age when young people were not highly regarded, some texts show that God sees them differently.  Joseph, for example, was one of the youngest of his family (cf. Gen 37:2-3), yet God showed him great things in dreams and when about twenty years old he outshone all his brothers in important affairs (cf. Gen 37-47).

7.      In Gideon, we see the frankness of young people, who are not used to sugar-coating reality.  When told that the Lord was with him, he responded: “But if the Lord is with us, why then have all these things happened to us?” (Jg 6:13).  God was not offended by that reproach, but went on to order him: “Go in this might of yours and deliver Israel!” (Jg 6:14).

8.      Samuel was still a young boy, yet the Lord spoke to him.  Thanks to the advice of an adult, he opened his heart to hear God’s call: “Speak, Lord, for your servant is listening” (1 Sam 3:9-10).  As a result, he became a great prophet who intervened at critical moments in the history of his country.  King Saul was also young when the Lord called him to undertake his mission (cf. 1 Sam 9:2).

9.      King David was chosen while still a boy.  When the prophet Samuel was seeking the future king of Israel, a man offered as candidates his sons who were older and more experienced.  Yet the prophet said that the chosen one was the young David, who was out tending the flock (cf. 1 Sam 16:6-13), for “man looks on the outward appearance, but the Lord looks on the heart” (v. 7).  The glory of youth is in the heart, more than in physical strength or the impression given to others.

10.    Solomon, when he had to succeed his father, felt lost and told God: “I am a mere youth, not knowing at all how to act” (1 Kg 3:7).  Yet the audacity of youth moved him to ask God for wisdom and he devoted himself to his mission.  Something similar happened to the prophet Jeremiah, called despite his youth to rouse his people.  In his fear, he said: “Ah, Lord God!  Truly I do not know how to speak, for I am only a youth” (Jer 1:6).  But the Lord told him not to say that (cf. Jer 1:7), and added: “Do not be afraid of them, for I am with you to deliver you” (Jer 1:8).  The devotion of the prophet Jeremiah to his mission shows what can happen when the brashness of youth is joined to the power of God.

11.    A Jewish servant girl of the foreign commander Naaman intervened with faith and helped him to be cured of his illness (cf. 2 Kg 5:2-6).  The young Ruth was a model of generosity in remaining beside her mother-in-law who had fallen on hard times (cf. Ru 1:1-18), yet she also showed boldness in getting ahead in life (cf. Ru 4:1-17).

In the New Testament
12.    One of Jesus’ parables (cf. Lk 15:11-32) relates that a “younger” son wanted to leave his father’s home for a distant land (cf. vv. 12-13).  Yet his thoughts of independence turned into dissolution and excess (cf. v. 13), and he came to experience the bitterness of loneliness and poverty (cf. vv. 14-16).  Nonetheless, he found the strength to make a new start (cf. vv. 17-19) and determined to get up and return home (cf. v. 20).  Young hearts are naturally ready to change, to turn back, get up and learn from life.  How could anyone fail to support that son in this new resolution?  Yet his older brother already had a heart grown old; he let himself be possessed by greed, selfishness and envy (Lk 15:28-30).  Jesus praises the young sinner who returned to the right path over the brother who considered himself faithful, yet lacked the spirit of love and mercy.

13.    Jesus, himself eternally young, wants to give us hearts that are ever young. God’s word asks us to “cast out the old leaven that you may be fresh dough” (1 Cor 5:7).  Saint Paul invites us to strip ourselves of the “old self” and to put on a “young” self (Col 3:9-10).[1]  In explaining what it means to put on that youthfulness “which is being renewed” (v. 10), he mentions “compassion, kindness, humility, meekness and patience, bearing with one another and forgiving each other if anyone has a complaint against another” (Col 3:12-13).  In a word, true youth means having a heart capable of loving, whereas everything that separates us from others makes the soul grow old.  And so he concludes: “above all, clothe yourselves with love, which binds everything together in perfect harmony” (Col 3:14).

14.    Let us also keep in mind that Jesus had no use for adults who looked down on the young or lorded it over them.  On the contrary, he insisted that “the greatest among you must become like the youngest” (Lk 22:26).  For him age did not establish privileges, and being young did not imply lesser worth or dignity.

15.    The word of God says that young people should be treated “as brothers” (1 Tim 5:1), and warns parents not to “provoke your children, lest they become discouraged” (Col 3:21).  Young people are not meant to become discouraged; they are meant to dream great things, to seek vast horizons, to aim higher, to take on the world, to accept challenges and to offer the best of themselves to the building of something better.  That is why I constantly urge young people not to let themselves be robbed of hope; to each of them I repeat: “Let no one despise your youth” (1 Tim 4:12).

16.    Nonetheless, young people are also urged “to accept the authority of those who are older” (1 Pet 5:5).  The Bible never ceases to insist that profound respect be shown to the elderly, since they have a wealth of experience; they have known success and failure, life’s joys and afflictions, its dreams and disappointments.  In the silence of their heart, they have a store of experiences that can teach us not to make mistakes or be taken in by false promises.  An ancient sage asks us to respect certain limits and to master our impulses: “Urge the younger men to be self-controlled” (Tit 2.6).  It is unhelpful to buy into the cult of youth or foolishly to dismiss others simply because they are older or from another generation.  Jesus tells us that the wise are able to bring forth from their store things both new and old (cf. Mt 13:52).  A wise young person is open to the future, yet still capable of learning something from the experience of others.

17.    In the Gospel of Mark, we find a man who, listening to Jesus speak of the commandments, says, “All these I have observed from my youth” (10:20).  The Psalmist had already said the same thing: “You, O Lord, are my hope; my trust, O Lord, from my youth… from my youth you have taught me, and I still proclaim your wondrous deeds” (Ps 71:5.17).  We should never repent of spending our youth being good, opening our heart to the Lord, and living differently.  None of this takes away from our youth but instead strengthens and renews it: “Your youth is renewed like the eagle’s” (Ps 103:5).  For this reason, Saint Augustine could lament: “Late have I loved you, beauty ever ancient, ever new!  Late have I loved you!”[2]  Yet that rich man, who had been faithful to God in his youth, allowed the passing years to rob his dreams; he preferred to remain attached to his riches (cf. Mk 10:22).

18.    On the other hand, in the Gospel of Matthew we find a young man (cf. 19:20.22) who approaches Jesus and asks if there is more that he can do (v. 20); in this, he demonstrates that youthful openness of spirit which seeks new horizons and great challenges.  Yet his spirit was not really that young, for he had already become attached to riches and comforts.  He said he wanted something more, but when Jesus asked him to be generous and distribute his goods, he realized that he could not let go of everything he had.  In the end, “hearing these words, the young man went away sad” (v. 22).  He had given up his youth.

19.    The Gospel also speaks about a group of wise young women, who were ready and waiting, while others were distracted and slumbering (cf. Mt 25:1-13).  We can, in fact, spend our youth being distracted, skimming the surface of life, half-asleep, incapable of cultivating meaningful relationships or experiencing the deeper things in life.   In this way, we can store up a paltry and unsubstantial future.  Or we can spend our youth aspiring to beautiful and great things, and thus store up a future full of life and interior richness.

20.    If you have lost your inner vitality, your dreams, your enthusiasm, your optimism and your generosity, Jesus stands before you as once he stood before the dead son of the widow, and with all the power of his resurrection he urges you: “Young man, I say to you, arise!” (Lk 7:14).

21.    To be sure, many other passages of the word of God can shed light on this stage of your life.  We will take up some of them in the following chapters.

CHAPTER TWO
Jesus, ever young

22.    Jesus is “young among the young in order to be an example for the young and to consecrate them to the Lord”.[3]  For this reason the Synod said that “youth is an original and stimulating stage of life, which Jesus himself experienced, thereby sanctifying it”.[4]

Jesus’ youth
23.    The Lord “gave up his spirit” (cf. Mt 27:50) on a cross when he was little more than thirty years of age (cf. Lk 3:23).  It is important to realize that Jesus was a young person.  He gave his life when he was, in today’s terms, a young adult.  He began his public mission in the prime of life, and thus “a light dawned” (Mt 4:16) that would shine most brightly when he gave his life to the very end.  That ending was not something that simply happened; rather, his entire youth, at every moment, was a precious preparation for it.  “Everything in Jesus’s life was a sign of his mystery”;[5] indeed, “Christ’s whole life is a mystery of redemption”.[6]

24.    The Gospel tells us nothing of Jesus’ childhood, but it does recount several events of his adolescence and youth.  Matthew situates the time of the Lord’s youth between two events: his family’s return to Nazareth after their exile, and Jesus’ baptism in the Jordan, the beginning of his public ministry.  The last images we have of Jesus as a child are those of a tiny refugee in Egypt (cf. Mt 2:14-15) and repatriated in Nazareth (cf. Mt 2:19-23).  Our first image of Jesus as a young adult shows him standing among the crowds on the banks of the Jordan river to be baptized by his kinsman John the Baptist, just like any other member of his people (cf. Mt 3:13-17).

25.    Jesus’ baptism was not like our own, which introduces us to the life of grace, but a consecration prior to his embarking on the great mission of his life. The Gospel says that at his baptism the Father rejoiced and was well pleased: “You are my beloved Son” (Lk 3:22).  Jesus immediately appeared filled with the Holy Spirit, and was led by the Spirit into the desert.  There he prepared to go forth to preach and to work miracles, to bring freedom and healing (cf. Lk 4:1-14).  Every young person who feels called to a mission in this world is invited to hear the Father speaking those same words within his or her heart: “You are my beloved child”.

26. Between these two accounts, we find another, which shows Jesus as an adolescent, when he had returned with his parents to Nazareth, after being lost and found in the Temple (cf. Lk 2:41-51).  There we read that “he was obedient to them” (cf. Lk 2:51); he did not disown his family.  Luke then adds that Jesus “grew in wisdom, age and grace before God and men” (cf. Lk 2:52).  In a word, this was a time of preparation, when Jesus grew in his relationship with the Father and with others.  Saint John Paul II explained that he did not only grow physically, but that “there was also a spiritual growth in Jesus”, because “the fullness of grace in Jesus was in proportion to his age: there was always a fullness, but a fullness which increased as he grew in age”.[7]  

27.    From what the Gospel tells us, we can say that Jesus, in the years of his youth, was “training”, being prepared to carry out the Father’s plan.  His adolescence and his youth set him on the path to that sublime mission.

28.    In his adolescence and youth, Jesus’ relationship with the Father was that of the beloved Son.  Drawn to the Father, he grew up concerned for his affairs: “Did you not know that I must be about my Father’s business?” (Lk 2:49).  Still, it must not be thought that Jesus was a withdrawn adolescent or a self-absorbed youth. His relationships were those of a young person who shared fully in the life of his family and his people.  He learned his father’s trade and then replaced him as a carpenter.  At one point in the Gospel he is called “the carpenter’s son” (Mt 13:55) and another time simply “the carpenter” (Mk 6:3).  This detail shows that he was just another young person of his town, who related normally to others.  No one regarded him as unusual or set apart from others.  For this very reason, once Jesus began to preach, people could not imagine where he got this wisdom: “Is this not Joseph’s son?” (Lk 4:22).

29.    In fact, “Jesus did not grow up in a narrow and stifling relationship with Mary and Joseph, but readily interacted with the wider family, the relatives of his parents and their friends”.[8]  Hence we can understand why, when he returned from his pilgrimage to Jerusalem, his parents readily thought that, as a twelve-year-old boy (cf. Lk 2:42), he was wandering freely among the crowd, even though they did not see him for an entire day:  “supposing him to be in the group of travellers, they went a day’s journey” (Lk 2:44).  Surely, they assumed, Jesus was there, mingling with the others, joking with other young people, listening to the adults tell stories and sharing the joys and sorrows of the group.  Indeed, the Greek word that Luke uses to describe the group – synodía – clearly evokes a larger “community on a journey” of which the Holy Family is a part.  Thanks to the trust of his parents, Jesus can move freely and learn to journey with others.

His youth teaches us
30.    These aspects of Jesus’ life can prove inspiring for all those young people who are developing and preparing to take up their mission in life.  This involves growing in a relationship with the Father, in awareness of being part of a family and a people, and in openness to being filled with the Holy Spirit and led to carry out the mission God gives them, their personal vocation.  None of this should be overlooked in pastoral work with young people, lest we create projects that isolate young people from their family and the larger community, or turn them into a select few, protected from all contamination.  Rather, we need projects that can strengthen them, accompany them and impel them to encounter others, to engage in generous service, in mission.

31.    Jesus does not teach you, young people, from afar or from without, but from within your very youth, a youth he shares with you.  It is very important for you to contemplate the young Jesus as presented in the Gospels, for he was truly one of you, and shares many of the features of your young hearts.  We see this for example in the following: “Jesus had unconditional trust in the Father; he maintained friendship with his disciples, and even in moments of crisis he remained faithful to them.  He showed profound compassion for the weakest, especially the poor, the sick, sinners and the excluded.  He had the courage to confront the religious and political authorities of his time; he knew what it was to feel misunderstood and rejected; he experienced the fear of suffering and he knew the frailty of the Passion.  He turned his gaze to the future, entrusting himself into the Father’s safe hands in the strength of the Spirit.  In Jesus, all the young can see themselves”.[9]

32.    On the other hand, Jesus is risen, and he wants to make us sharers in the new life of the resurrection.  He is the true youthfulness of a world grown old, the youthfulness of a universe waiting “in travail” (Rom 8:22) to be clothed with his light and to live his life.  With him at our side, we can drink from the true wellspring that keeps alive all our dreams, our projects, our great ideals, while impelling us to proclaim what makes life truly worthwhile.  Two curious details in the Gospel of Mark show how those risen with Christ are called to authentic youth.  In the Lord’s passion we see a young man who wanted to follow Jesus, but in fear ran away naked (cf. 14:51-52); he lacked the strength to stake everything on following the Lord.  Yet at the empty tomb, we see another young person, “dressed in a white tunic” (16:5), who tells the women not to be afraid and proclaims the joy of the resurrection (cf. 16:6-7).

33.    The Lord is calling us to enkindle stars in the night of other young people.  He asks you to look to the true stars, all those varied signs he gives us to guide our way, and to imitate the farmer who watches the stars before going out to plough his field.  God lights up stars to help us keep walking: “The stars shine in their watches, and are glad; he calls them and they say: ‘Here we are!’” (Bar 3:34-35).  Christ himself is our great light of hope and our guide in the night, for he is the “bright morning star” (Rev 22:16).

The youth of the Church
34.    Youth is more than simply a period of time; it is a state of mind.  That is why an institution as ancient as the Church can experience renewal and a return to youth at different points in her age-old history.  Indeed, at the most dramatic moments of her history, she feels called to return with all her heart to her first love.  Recalling this truth, the Second Vatican Council noted that, “enriched by a long and living history, and advancing towards human perfection in time and the ultimate destinies of history and of life, the Church is the real youth of the world”.  In her, it is always possible to encounter Christ “the companion and friend of youth”.[10]

A Church open to renewal
35.    Let us ask the Lord to free the Church from those who would make her grow old, encase her in the past, hold her back or keep her at a standstill.  But let us also ask him to free her from another temptation: that of thinking she is young because she accepts everything the world offers her, thinking that she is renewed because she sets her message aside and acts like everybody else.  No!  The Church is young when she is herself, when she receives ever anew the strength born of God’s word, the Eucharist, and the daily presence of Christ and the power of his Spirit in our lives.  The Church is young when she shows herself capable of constantly returning to her source.

36.    Certainly, as members of the Church, we should not stand apart from others.  All should regard us as friends and neighbours, like the apostles, who “enjoyed the good will of all the people” (Acts 2:47; cf. 4:21.33; 5:13).  Yet at the same time we must dare to be different, to point to ideals other than those of this world, testifying to the beauty of generosity, service, purity, perseverance, forgiveness, fidelity to our personal vocation, prayer, the pursuit of justice and the common good, love for the poor, and social friendship.

37.    Christ’s Church can always yield to the temptation to lose enthusiasm because she no longer hears the Lord calling her to take the risk of faith, to give her all without counting the dangers; she can be tempted to revert to seeking a false, worldly form of security.  Young people can help keep her young.  They can stop her from becoming corrupt; they can keep her moving forward, prevent her from being proud and sectarian, help her to be poorer and to bear better witness, to take the side of the poor and the outcast, to fight for justice and humbly to let herself be challenged.  Young people can offer the Church the beauty of youth by renewing her ability to “rejoice with new beginnings, to give unreservedly of herself, to be renewed and to set out for ever greater accomplishments”.[11]

38.    Those of us who are no longer young need to find ways of keeping close to the voices and concerns of young people.  “Drawing together creates the conditions for the Church to become a place of dialogue and a witness to life-giving fraternity”.[12]  We need to make more room for the voices of young people to be heard: “listening makes possible an exchange of gifts in a context of empathy…  At the same time, it sets the conditions for a preaching of the Gospel that can touch the heart truly, decisively and fruitfully”.[13]

A Church attentive to the signs of the times
39.    “Even though to many young people, God, religion and the Church seem empty words, they are sensitive to the figure of Jesus when he is presented in an attractive and effective way”.[14]  Consequently, the Church should not be excessively caught up in herself but instead, and above all, reflect Jesus Christ.  This means humbly acknowledging that some things concretely need to change, and if that is to happen, she needs to appreciate the vision but also the criticisms of young people.

40.    The Synod recognized that “a substantial number of young people, for all sorts of reasons, do not ask the Church for anything because they do not see her as significant for their lives.  Some even ask expressly to be left alone, as they find the presence of the Church a nuisance, even an irritant.  This request does not always stem from uncritical or impulsive contempt.  It can also have serious and understandable reasons: sexual and financial scandals; a clergy ill-prepared to engage effectively with the sensitivities of the young; lack of care in homily preparation and the presentation of the word of God; the passive role assigned to the young within the Christian community; the Church’s difficulty in explaining her doctrine and ethical positions to contemporary society”.[15]

41.    Although many young people are happy to see a Church that is humble yet confident in her gifts and capable of offering fair and fraternal criticism, others want a Church that listens more, that does more than simply condemn the world.  They do not want to see a Church that is silent and afraid to speak, but neither one that is always battling obsessively over two or three issues.  To be credible to young people, there are times when she needs to regain her humility and simply listen, recognizing that what others have to say can provide some light to help her better understand the Gospel.  A Church always on the defensive, which loses her humility and stops listening to others, which leaves no room for questions, loses her youth and turns into a museum.  How, then, will she be able to respond to the dreams of young people?  Even if she possesses the truth of the Gospel, this does not mean that she has completely understood it; rather, she is called to keep growing in her grasp of that inexhaustible treasure.[16]

42.    For example, a Church that is overly fearful and tied to its structures can be invariably critical of efforts to defend the rights of women, and constantly point out the risks and the potential errors of those demands.  Instead, a living Church can react by being attentive to the legitimate claims of those women who seek greater justice and equality.  A living Church can look back on history and acknowledge a fair share of male authoritarianism, domination, various forms of enslavement, abuse and sexist violence.  With this outlook, she can support the call to respect women’s rights, and offer convinced support for greater reciprocity between males and females, while not agreeing with everything some feminist groups propose.  Along these lines, the Synod sought to renew the Church’s commitment “against all discrimination and violence on sexual grounds”.[17]  That is the response of a Church that stays young and lets herself be challenged and spurred on by the sensitivities of young people.

Mary, the young woman of Nazareth
43.    In the heart of the Church, Mary shines forth.  She is the supreme model for a youthful Church that seeks to follow Christ with enthusiasm and docility.  While still very young, she accepted the message of the angel, yet she was not afraid to ask questions (cf. Lk 1:34).  With open heart and soul, she replied, “Behold, I am the handmaid of the Lord” (Lk 1:38).  

44.    “We are always struck by the strength of the young Mary’s ‘yes’, the strength  in those words, ‘be it done’, that she spoke to the angel.  This was no merely passive or resigned acceptance, or a faint ‘yes’, as if to say, ‘Well, let’s give it a try and see what happens’.  Mary did not know the words, ‘Let’s see what happens’.  She was determined; she knew what was at stake and she said ‘yes’ without thinking twice. Hers was the ‘yes’ of someone prepared to be committed, someone willing to take a risk, ready to stake everything she had, with no more security than the certainty of knowing that she was the bearer of a promise.  So I ask each one of you: do you see yourselves as the bearers of a promise?  What promise is present in my heart that I can take up?  Mary’s mission would undoubtedly be difficult, but the challenges that lay ahead were no reason to say ‘no’.  Things would get complicated, of course, but not in the same way as happens when cowardice paralyzes us because things are not clear or sure in advance.  Mary did not take out an insurance policy!  She took the risk, and for this reason she is strong, she is an ‘influencer’, the ‘influencer’ of God.  Her ‘yes and her desire to serve were stronger than any doubts or difficulties’”.[18]

45.    Without yielding to evasions or illusions, “she accompanied the suffering of her Son; she supported him by her gaze and protected him with her heart.  She shared his suffering, yet was not overwhelmed by it.  She was the woman of strength who uttered her ‘yes’, who supports and accompanies, protects and embraces.  She is the great guardian of hope…  From her, we learn how to say ‘yes’ to the stubborn endurance and creativity of those who, undaunted, are ever ready to start over again”.[19]

46.    Mary was a young woman whose heart overflowed with joy (cf. Lk 1:47), whose eyes, reflecting the light of the Holy Spirit, looked at life with faith and treasured all things in her youthful heart (cf. Lk 2:19.51).  She was energetic, ready to set out immediately once she knew that her cousin needed her.  She did not think about her own plans, but went “with haste” to the hill country (Lk 1:39).

47.    When her young son needed protection, Mary set out with Joseph to a distant land (cf. Mt 2:13-14).  She also joined the disciples in awaiting the outpouring of the Holy Spirit (cf. Acts 1:14).  In her presence, a young Church was born, as the apostles went forth to give birth to a new world (cf. Acts 2:4-11).

48.    Today, Mary is the Mother who watches over us, her children, on our journey through life, often weary and in need, anxious that the light of hope not fail.  For that is our desire: that the light of hope never fail.  Mary our Mother looks to this pilgrim people: a youthful people whom she loves, and who seek her in the silence of their hearts amid all the noise, the chatter and the distractions of the journey.  Under the gaze of our Mother, there is room only for the silence of hope.  Thus Mary illumines anew our youth.

Young saints
49.    The heart of the Church is also full of young saints who devoted their lives to Christ, many of them even to dying a martyr’s death.  They were precious reflections of the young Christ; their radiant witness encourages us and awakens us from our lethargy.  The Synod pointed out that “many young saints have allowed the features of youth to shine forth in all their beauty, and in their day they have been real prophets of change.  Their example shows what the young are capable of, when they open themselves up to encounter Christ”.[20]

50.    “Through the holiness of the young, the Church can renew her spiritual ardour and her apostolic vigour.  The balm of holiness generated by the good lives of so many young people can heal the wounds of the Church and of the world, bringing us back to that fullness of love to which we have always been called: young saints inspire us to return to our first love (cf. Rev 2:4)”.[21]  Some saints never reached adulthood, yet they showed us that there is another way to spend our youth.  Let us recall at least some of them who, each in his or her own way, and at different periods of history, lived lives of holiness.

51.    In the third century, Saint Sebastian was a young captain of the Praetorian Guard. It is said that he spoke constantly of Christ and tried to convert his companions, to the point that he was ordered to renounce his faith.  Since he refused, he was shot with arrows, yet he survived and continued to proclaim Christ fearlessly.  In the end, Sebastian was flogged to death.

52.    Saint Francis of Assisi, while very young and full of great dreams, heard Jesus’ call to become poor like him and to rebuild the Church by his witness.  He joyfully renounced everything he had and is now the saint of universal fraternity, the brother of all.  He praised the Lord for his creatures.  Francis died in 1226.

53.    Saint Joan of Arc was born in 1412.  She was a young peasant girl who, despite her tender years, fought to defend France from invaders.  Misunderstood for her demeanour, her actions and her way of living the faith, Joan was burned at the stake.

54.      Blessed Andrew Phû Yên was a young Vietnamese man of the seventeenth century.  He was a catechist and assisted the missionaries. He was imprisoned for his faith, and since he refused to renounce it, he was killed.  Andrew died uttering the name of Jesus.

55.    In that same century, Saint Kateri Tekakwitha, a young native of North America, was persecuted for her faith and, to escape, walked over three hundred kilometres in the wilderness.  Kateri consecrated herself to God and died saying: “Jesus, I love you!”

56.    Saint Dominic Savio offered all his sufferings to Mary.  When Saint John Bosco taught him that holiness involves being constantly joyful, he opened his heart to a contagious joy.  He wanted to be close to the most abandoned and infirm of his fellow young people.  Dominic died in 1857 at fourteen years of age, saying: “What a wondrous thing I am experiencing!”

57.    Saint Thérèse of the Child Jesus was born in 1873. At fifteen years of age, having overcome many difficulties, she succeeded in entering the Carmelite convent.  Thérèse lived the little way of complete trust in the Lord’s love and determined to fan with her prayers the fire of love burning in the heart of the Church.

58.    Blessed Ceferino Namuncurá was a young Argentinian, the son of the chief of a remote tribe of indigenous peoples.  He became a Salesian seminarian, filled with the desire to return to his tribe, bringing Jesus Christ to them.  Ceferino died in 1905.

59.    Blessed Isidore Bakanja was a layman from the Congo who bore witness to his faith.  He was tortured at length for having proposed Christianity to other young people.  Forgiving his executioner, Isidore died in 1909.

60.    Blessed Pier Giorgio Frassati, who died in 1925, “was a young man filled with a joy that swept everything along with it, a joy that also overcame many difficulties in his life”.[22]  Pier Giorgio said that he wanted to return the love of Jesus that he received in Holy Communion by visiting and helping the poor.

61.    Blessed Marcel Callo was a young French man who died in 1945.  Marcel was imprisoned in a concentration camp in Austria, where he strengthened his fellow prisoners in faith amid harsh labours.

62.    The young Blessed Chiara Badano, who died in 1990, “experienced how pain could be transfigured by love…  The key to her peace and joy was her complete trust in the Lord and the acceptance of her illness as a mysterious expression of his will for her sake and that of others”.[23]

63.    May these and so many other young people who perhaps in silence and hiddenness lived the Gospel to the full, intercede for the Church, so that she may be full of joyous, courageous and committed young people who can offer the world new testimonies of holiness.

CHAPTER THREE
You are the “now” of God

64.    After this brief look at the word of God, we cannot just say that young people are the future of our world.  They are its present; even now, they are helping to enrich it.  Young people are no longer children.  They are at a time of life when they begin to assume a number of responsibilities, sharing alongside adults in the growth of the family, society and the Church.  Yet the times are changing, leading us to ask: What are today’s young people really like?  What is going on in their lives?

In positive terms
65.    The Synod recognized that the members of the Church do not always take the approach of Jesus.  Rather than listening to young people attentively, “all too often, there is a tendency to provide prepackaged answers and ready-made solutions, without allowing their real questions to emerge and facing the challenges they pose”.[24]  Yet once the Church sets aside narrow preconceptions and listens carefully to the young, this empathy enriches her, for “it allows young people to make their own contribution to the community, helping it to appreciate new sensitivities and to consider new questions”.[25]

66.    We adults can often be tempted to list all the problems and failings of today’s young people.  Perhaps some will find it praiseworthy that we seem so expert in discerning difficulties and dangers.  But what would be the result of such an attitude?  Greater distance, less closeness, less mutual assistance.

67.    Anyone called to be a parent, pastor or guide to young people must have the farsightedness to appreciate the little flame that continues to burn, the fragile reed that is shaken but not broken (cf. Is 42:3).  The ability to discern pathways where others only see walls, to recognize potential where others see only peril.  That is how God the Father see things; he knows how to cherish and nurture the seeds of goodness sown in the hearts of the young.  Each young person’s heart should thus be considered “holy ground”, a bearer of seeds of divine life, before which we must “take off our shoes” in order to draw near and enter more deeply into the Mystery.

Many ways of being young
68.    We might attempt to draw a picture of young people today, but first I would echo the Synod Fathers, who noted that “the makeup of the Synod brought out the presence and contribution of many different regions of the world, and highlighted the beauty of our being a universal Church.  In a context of growing globalization, the Synod Fathers wanted the many differences of contexts and cultures, even within individual countries, to be duly emphasized.  The worlds of today’s ‘youth’ are so many that in some countries one tends to speak of ‘young people’ in the plural.  The age group considered by the Synod (16-29 years) does not represent a homogeneous category, but is composed of distinct groups, each with its own life experience”.[26]

69.    From a demographic standpoint too, some countries have many young people, whereas others have a very low birth rate.  “A further differentiating factor is historical: there are countries and continents of ancient Christian tradition, whose culture is indelibly marked by a memory that cannot be lightly dismissed, while other countries and continents are characterized by other religious traditions, where Christianity is a minority presence – and at times a recent one.   In other places still, Christian communities, and young people who belong to them, experience persecution”.[27]   There is also a need to distinguish young people “with access to the growing opportunities offered by globalization from those who live on the fringes of society or in rural areas, and find themselves excluded or discarded”.[28]

70.    There are many more differences, which it would be difficult to examine here.  In any event, I see no need for a detailed analysis of today’s young people, their lives and their experiences.  At the same time, since I do not want to neglect that reality, I will briefly summarize some contributions received before the Synod and others that I heard in the course of our meetings.

Some experiences of young people
71.    Youth is not something to be analyzed in the abstract.  Indeed, “youth” does not exist: there exist only young people, each with the reality of his or her own life.  In today’s rapidly changing world, many of those lives are exposed to suffering and manipulation.

Living in a world in crisis
72.    The Synod Fathers acknowledged with sorrow that “many young people today live in war zones and experience violence in countless different forms: kidnapping, extortion, organized crime, human trafficking, slavery and sexual exploitation, wartime rape, and so forth.  Other young people, because of their faith, struggle to find their place in society and endure various kinds of persecution, even murder.  Many young people, whether by force or lack of alternatives, live by committing crimes and acts of violence: child soldiers, armed criminal gangs, drug trafficking, terrorism, and so on.  This violence destroys many young lives.  Abuse and addiction, together with violence and wrongdoing, are some of the reasons that send young people to prison, with a higher incidence in certain ethnic and social groups”.[29]

73.    Many young people are taken in by ideologies, used and exploited as cannon fodder or a strike force to destroy, terrify or ridicule others.  Worse yet, many of them end up as individualists, hostile and distrustful of others; in this way, they become an easy target for the brutal and destructive strategies of political groups or economic powers.

74.    “Even more numerous in the world are young people who suffer forms of marginalization and social exclusion for religious, ethnic or economic reasons.  Let us not forget the difficult situation of adolescents and young people who become pregnant, the scourge of abortion, the spread of HIV, various forms of addiction (drugs, gambling, pornography and so forth), and the plight of street children without homes, families or economic resources”.[30]  In the case of women, these situations are doubly painful and difficult.

75.    As a Church, may we never fail to weep before these tragedies of our young.  May we never become inured to them, for anyone incapable of tears cannot be a mother.  We want to weep so that society itself can be more of a mother, so that in place of killing it can learn to give birth, to become a promise of life.  We weep when we think of all those young people who have already lost their lives due to poverty and violence, and we ask society to learn to be a caring mother.  None of this pain goes away; it stays with us, because the harsh reality can no longer be concealed.  The worst thing we can do is adopt that worldly spirit whose solution is simply to anaesthetize young people with other messages, with other distractions, with trivial pursuits.

76.    Perhaps “those of us who have a reasonably comfortable life don’t know how to weep.  Some realities in life are only seen with eyes cleansed by tears.  I would like each of you to ask yourself this question: Can I weep?  Can I weep when I see a child who is starving, on drugs or on the street, homeless, abandoned, mistreated or exploited as a slave by society?  Or is my weeping only the self-centred whining of those who cry because they want something else?”[31]  Try to learn to weep for all those young people less fortunate than yourselves.  Weeping is also an expression of mercy and compassion.  If tears do not come, ask the Lord to give you the grace to weep for the sufferings of others.  Once you can weep, then you will be able to help others from the heart.

77.    At times, the hurt felt by some young people is heart-rending, a pain too deep for words.  They can only tell God how much they are suffering, and how hard it is for them to keep going, since they no longer believe in anyone.  Yet in that sorrowful plea, the words of Jesus make themselves heard: “Blessed are those who mourn, for they shall be comforted” (Mt 5:4).  Some young men and women were able to move forward because they heard that divine promise.  May all young people who are suffering feel the closeness of a Christian community that can reflect those words by its actions, its embrace and its concrete help.

78.    It is true that people in power offer some assistance, but often it comes at a high price.  In many poor countries, economic aid provided by some richer countries or international agencies is usually tied to the acceptance of Western views of sexuality, marriage, life or social justice.  This ideological colonization is especially harmful to the young.  We also see how a certain kind of advertising teaches young people to be perpetually dissatisfied and contributes to the throwaway culture, in which young people themselves end up being discarded.

79.    Our present-day culture exploits the image of the young.  Beauty is associated with a youthful appearance, cosmetic treatments that hide the traces of time.  Young bodies are constantly advertised as a means of selling products.  The ideal of beauty is youth, but we need to realize that this has very little to do with young people.  It only means that adults want to snatch youth for themselves, not that they respect, love and care for young people.

80.    Some young people “find family traditions oppressive and they flee from them under the impulse of a globalized culture that at times leaves them without points of reference.  In other parts of the world, even more than generational conflict between young people and adults, there is mutual estrangement.  Sometimes adults fail, or do not even try, to hand on the basic values of life, or they try to imitate young people, thus inverting the relationship between generations.  The relationship between young people and adults thus risks remaining on the affective level, leaving its educational and cultural aspects untouched”.[32]  What harm this does to young people, even though some do not notice it!  Young people themselves have remarked how enormously difficult this makes the transmission of the faith “in some countries without freedom of speech, where young people are prevented from attending Church”.[33]

Desires, hurts and longings
81.    Young people are aware that the body and sexuality have an essential importance for their lives and for their process of growth in identity.  Yet in a world that constantly exalts sexuality, maintaining a healthy relationship with one’s body and a serene affective life is not easy.  For this and other reasons, sexual morality often tends to be a source of “incomprehension and alienation from the Church, inasmuch as she is viewed as a place of judgment and condemnation”.  Nonetheless, young people also express “an explicit desire to discuss questions concerning the difference between male and female identity, reciprocity between men and women, and homosexuality”.[34]

82.    In our times, “advances in the sciences and in biomedical technologies have powerfully influenced perceptions about the body, leading to the idea that it is open to unlimited modification.  The capacity to intervene in DNA, the possibility of inserting artificial elements into organisms (cyborgs) and the development of the neurosciences represent a great resource, but at the same time they raise serious anthropological and ethical questions”.[35]  They can make us forget that life is a gift, and that we are creatures with innate limits, open to exploitation by those who wield technological power.[36]  “Moreover, in some youth circles, there is a growing fascination with risk-taking behaviour as a means of self-exploration, seeking powerful emotions and gaining attention… These realities, to which young generations are exposed, are an obstacle to their serene growth in maturity”.[37]

83.    Young people also experience setbacks, disappointments and profoundly painful memories.  Often they feel “the hurt of past failures, frustrated desires, experiences of discrimination and injustice, of feeling unloved and unaccepted”.  Then too “there are moral wounds, the burden of past errors, a sense of guilt for having made mistakes”.[38]  Jesus makes his presence felt amid these crosses borne by young people; he offers them his friendship, his consolation and his healing companionship.  The Church wants to be his instrument on this path to interior healing and peace of heart.

84.    In some young people, we can see a desire for God, albeit still vague and far from knowledge of the God of revelation.  In others, we can glimpse an ideal of human fraternity, which is no small thing.  Many have a genuine desire to develop their talents in order to offer something to our world.  In some, we see a special artistic sensitivity, or a yearning for harmony with nature.  In others, perhaps, a great need to communicate.  In many of them, we encounter a deep desire to live life differently.  In all of this, we can find real starting points, inner resources open to a word of incentive, wisdom and encouragement.

85.    The Synod dealt in particular with three areas of utmost importance.  Here I would like to quote its conclusions, while recognizing that they call for greater analysis and the development of a more adequate and effective ability to respond.

The digital environment
86.    “The digital environment is characteristic of the contemporary world.  Broad swathes of humanity are immersed in it in an ordinary and continuous manner.  It is no longer merely a question of ‘using’ instruments of communication, but of living in a highly digitalized culture that has had a profound impact on ideas of time and space, on our self-understanding, our understanding of others and the world, and our ability to communicate, learn, be informed and enter into relationship with others.  An approach to reality that privileges images over listening and reading has influenced the way people learn and the development of their critical sense”.[39]

87.    The web and social networks have created a new way to communicate and bond.  They are “a public square where the young spend much of their time and meet one another easily, even though not all have equal access to it, particularly in some regions of the world. They provide an extraordinary opportunity for dialogue, encounter and exchange between persons, as well as access to information and knowledge.  Moreover, the digital world is one of social and political engagement and active citizenship, and it can facilitate the circulation of independent information providing effective protection for the most vulnerable and publicizing violations of their rights.  In many countries, the internet and social networks already represent a firmly established forum for reaching and involving young people, not least in pastoral initiatives and activities”.[40]

88.    Yet to understand this phenomenon as a whole, we need to realize that, like every human reality, it has its share of limitations and deficiencies.  It is not healthy to confuse communication with mere virtual contact.  Indeed, “the digital environment is also one of loneliness, manipulation, exploitation and violence, even to the extreme case of the ‘dark web’.  Digital media can expose people to the risk of addiction, isolation and gradual loss of contact with concrete reality, blocking the development of authentic interpersonal relationships. New forms of violence are spreading through social media, for example cyberbullying.  The internet is also a channel for spreading pornography and the exploitation of persons for sexual purposes or through gambling”.[41]

89.    It should not be forgotten that “there are huge economic interests operating in the digital world, capable of exercising forms of control as subtle as they are invasive, creating mechanisms for the manipulation of consciences and of the democratic process.  The way many platforms work often ends up favouring encounter between persons who think alike, shielding them from debate.  These closed circuits facilitate the spread of fake news and false information, fomenting prejudice and hate.  The proliferation of fake news is the expression of a culture that has lost its sense of truth and bends the facts to suit particular interests.  The reputation of individuals is put in jeopardy through summary trials conducted online.  The Church and her pastors are not exempt from this phenomenon”.[42]

90.    A document prepared on the eve of the Synod by three hundred young people worldwide pointed out that “online relationships can become inhuman.  Digital spaces blind us to the vulnerability of another human being and prevent us from our own self-reflection.  Problems like pornography distort a young person’s perception of human sexuality.  Technology used in this way creates a delusional parallel reality that ignores human dignity”.[43]  For many people, immersion in the virtual world has brought about a kind of “digital migration”, involving withdrawal from their families and their cultural and religious values, and entrance into a world of loneliness and of self-invention, with the result that they feel rootless even while remaining physically in one place.  The fresh and exuberant lives of young people who want to affirm their personality today confront a new challenge: that of interacting with a real and virtual world that they enter alone, as if setting foot on an undiscovered global continent.  Young people today are the first to have to effect this synthesis between what is personal, what is distinctive to their respective cultures, and what is global. This means that they must find ways to pass from virtual contact to good and healthy communication.

Migrants as an epitome of our time
91.    How can we fail to think of all those young people affected by movements of migration?  “Migration, considered globally, is a structural phenomenon, and not a passing emergency.  It may occur within one country or between different countries.  The Church’s concern is focused especially on those fleeing from war, violence, political or religious persecution, from natural disasters including those caused by climate change, and from extreme poverty.  Many of them are young.  In general, they are seeking opportunities for themselves and their families.  They dream of a better future and they want to create the conditions for achieving it”.[44]  Migrants “remind us of a basic aspect of our faith, that we are ‘strangers and exiles on the earth’ (Heb 11:13)”.[45]

92.    Other migrants are “attracted by Western culture, sometimes with unrealistic expectations that expose them to grave disappointments.  Unscrupulous traffickers, frequently linked to drug cartels or arms cartels, exploit the weakness of migrants, who too often experience violence, trafficking, psychological and physical abuse and untold sufferings on their journey.  Nor must we overlook the particular vulnerability of migrants who are unaccompanied minors, or the situation of those compelled to spend many years in refugee camps, or of those who remain trapped for a long time in transit countries, without being able to pursue a course of studies or to use their talents.  In some host countries, migration causes fear and alarm, often fomented and exploited for political ends.  This can lead to a xenophobic mentality, as people close in on themselves, and this needs to be addressed decisively”.[46]

93.    “Young migrants experience separation from their place of origin, and often a cultural and religious uprooting as well.  Fragmentation is also felt by the communities they leave behind, which lose their most vigorous and enterprising elements, and by families, especially when one or both of the parents migrates, leaving the children in the country of origin.  The Church has an important role as a point of reference for the young members of these divided families.  However, the stories of migrants are also stories of encounter between individuals and between cultures.  For the communities and societies to which they come, migrants bring an opportunity for enrichment and the integral human development of all.  Initiatives of welcome involving the Church have an important role from this perspective; they can bring new life to the communities capable of undertaking them”.[47]

94.    “Given the varied backgrounds of the Synod Fathers, the discussion of migrants benefited from a great variety of approaches, particularly from countries of departure and countries of arrival.  Grave concern was also expressed by Churches whose members feel forced to escape war and persecution and by others who see in these forced migrations a threat to their survival.  The very fact that the Church can embrace all these varied perspectives allows her to play a prophetic role in society with regard to the issue of migration”.[48]  In a special way, I urge young people not to play into the hands of those who would set them against other young people, newly arrived in their countries, and who would encourage them to view the latter as a threat, and not possessed of the same inalienable dignity as every other human being.

Ending every form of abuse
95.    Recently, urgent appeals have been made for us to hear the cry of the victims of different kinds of abuse perpetrated by some bishops, priests, religious and laypersons.  These sins cause their victims “sufferings that can last a lifetime and that no repentance can remedy.  This phenomenon is widespread in society and it also affects the Church and represents a serious obstacle to her mission”.[49]

96.    It is true that “the scourge of the sexual abuse of minors is, and historically has been, a widespread phenomenon in all cultures and societies”, especially within families and in various institutions; its extent has become known primarily “thanks to changes in public opinion”.  Even so, this problem, while it is universal and “gravely affects our societies as a whole… is in no way less monstrous when it takes place within the Church”.  Indeed, “in people’s justified anger, the Church sees the reflection of the wrath of God, betrayed and insulted”.[50]

97.    “The Synod reaffirms the firm commitment made to adopting rigorous preventative measures intended to avoid the recurrence [of these crimes], starting with the selection and formation of those to whom tasks of responsibility and education will be entrusted”.[51]  At the same time, the determination to apply the “actions and sanctions that are so necessary” must be reiterated.[52]  And all this with the grace of Christ.  There can be no turning back.

98.    “Abuse exists in various forms: the abuse of power, the abuse of conscience, sexual and financial abuse.  Clearly, the ways of exercising authority that make all this possible have to be eradicated, and the irresponsibility and lack of transparency with which so many cases have been handled have to be challenged.  The desire to dominate, lack of dialogue and transparency, forms of double life, spiritual emptiness, as well as psychological weaknesses, are the terrain on which corruption thrives”.[53]  Clericalism is a constant temptation on the part of priests who see “the ministry they have received as a power to be exercised, rather than a free and generous service to be offered.  It makes us think that we belong to a group that has all the answers and no longer needs to listen or has anything to learn”.[54]  Doubtless, such clericalism can make consecrated persons lose respect for the sacred and inalienable worth of each person and of his or her freedom.

99.    Together with the Synod Fathers, I wish to thank, with gratitude and affection, “those who had the courage to report the evil they experienced: they help the Church to acknowledge what happened and the need to respond decisively”.[55]  Particular gratitude is also due for “the generous commitment of countless lay persons, priests, consecrated men and women, and bishops who daily devote themselves with integrity and dedication to the service of the young.  Their efforts are like a great forest that quietly grows.  Many of the young people present at the Synod also expressed gratitude to those who have accompanied them and they emphasized the great need for adults who can serve as points of reference”.[56]

100.  Thank God, those who committed these horrible crimes are not the majority of priests, who carry out their ministry with fidelity and generosity.  I ask young people to let themselves be inspired by this vast majority.  And if you see a priest at risk, because he has lost the joy of his ministry, or seeks affective compensation, or is taking the wrong path, remind him of his commitment to God and his people, remind him of the Gospel and urge him to hold to his course.  In this way, you will contribute greatly to something fundamental: preventing these atrocities from being repeated.  This dark cloud also challenges all young people who love Jesus Christ and his Church: they can be a source of great healing if they employ their great capacity to bring about renewal, to urge and demand consistent witness, to keep dreaming and coming up with new ideas.

101.  Nor is this the only sin of the members of the Church; her long history is not without its shadows.  Our sins are before the eyes of everyone; they appear all too clearly in the lines on the age-old face of the Church, our Mother and Teacher.  For two thousand years she has advanced on her pilgrim way, sharing “the joys and the hopes, the grief and anguish”[57] of all humanity.   She has made this journey as she is, without cosmetic surgery of any kind.  She is not afraid to reveal the sins of her members, which some try at times to hide, before the burning light of the word of the Gospel, which cleanses and purifies.  Nor does she stop reciting each day, in shame: “Have mercy on me, Lord, in your kindness… my sin is always before me” (Ps 51:3.5).  Still, let us never forget that we must not abandon our Mother when she is wounded, but stand beside her, so that she can summon up all her strength and all her ability to begin ever anew.

102.  In the midst of this tragedy, which rightly pains us, “the Lord Jesus, who never abandons his Church, offers her the strength and the means to set out on a new path”.[58]  This dark moment, “not without the valuable help of the young, can truly be an opportunity for a reform of epoch-making significance”,[59] opening us to a new Pentecost and inaugurating a new stage of purification and change capable of renewing the Church’s youth.  Young people will be all the more helpful if they feel fully a part of the “holy and patient, faithful People of God, borne up and enlivened by the Holy Spirit”, for “it will be precisely this holy People of God to liberate us from the plague of clericalism, which is the fertile ground for all these disgraces”.[60]

A way out
103.  In this chapter, I have taken time to look at the reality of young people in today’s world.  Some other aspects will be dealt with in the following chapters.  As I have said, I do not claim to be exhaustive in this analysis.  I encourage communities to examine, respectfully and seriously, the situation of their young people, in order to find the most fitting ways of providing them with pastoral care.  At the same time, I do not want to end this chapter without addressing some words to each of you.

104.  I remind you of the good news we received as a gift on the morning of the resurrection: that in all the dark or painful situations that we mentioned, there is a way out.  For example, it is true that the digital world can expose you to the risk of self-absorption, isolation and empty pleasure.  But don’t forget that there are young people even there who show creativity and even genius.  That was the case with the Venerable Carlo Acutis.

105.  Carlo was well aware that the whole apparatus of communications, advertising and social networking can be used to lull us, to make us addicted to consumerism and buying the latest thing on the market, obsessed with our free time, caught up in negativity.  Yet he knew how to use the new communications technology to transmit the Gospel, to communicate values and beauty.

106.  Carlo didn’t fall into the trap.  He saw that many young people, wanting to be different, really end up being like everyone else, running after whatever the powerful set before them with the mechanisms of consumerism and distraction.  In this way they do not bring forth the gifts the Lord has given them; they do not offer the world those unique personal talents that God has given to each of them.  As a result, Carlo said, “everyone is born as an original, but many people end up dying as photocopies”.  Don’t let that happen to you!

107.  Don’t let them rob you of hope and joy, or drug you into becoming a slave to their interests.  Dare to be more, because who you are is more important than any possession.  What good are possessions or appearances?  You can become what God your Creator knows you are, if only you realize that you are called to something greater.  Ask the help of the Holy Spirit and confidently aim for the great goal of holiness.  In this way, you will not be a photocopy.  You will be fully yourself.

108.  If this is to happen, you need to realize one basic truth: being young is not only about pursuing fleeting pleasures and superficial achievements.  If the years of your youth are to serve their purpose in life, they must be a time of generous commitment, whole-hearted dedication, and sacrifices that are difficult but ultimately fruitful.  As a great poet put it:

“If to regain what I regained,
I first had to lose what I lost;
If to achieve what I achieved,
I had to endure what I endured;

If to be in love now
First I had to be hurt,
I consider what I suffered well suffered,
I consider what I wept for as well wept for.

Because in the end I came to see
That we do not really enjoy what we enjoyed
Unless we have suffered for it.
 

For in the end I realized
That the blossoms on the tree
Draw life from what lies buried beneath”
.[61]

109.  If you are young in years, but feel weak, weary or disillusioned, ask Jesus to renew you.  With him, hope never fails. You can do the same if you feel overwhelmed by vices, bad habits, selfishness or unhealthy pastimes.  Jesus, brimming with life, wants to help you make your youth worthwhile.  In this way, you will not deprive the world of the contribution that you alone can make, in all your uniqueness and originality.

110.  Yet let me also remind you that, “when we live apart from others, it is very difficult to fight against concupiscence, the snares and temptations of the devil, and the selfishness of the world.  Bombarded as we are by so many enticements, we can grow too isolated, lose our sense of reality and inner clarity, and easily succumb”.[62]  This is especially the case with young people, for whenever you are united, you have marvellous strength.  Whenever you are enthused about life in common, you are capable of great sacrifices for others and for the community.  Isolation, on the other hand, saps our strength and exposes us to the worst evils of our time.

CHAPTER FOUR
A great message for all young people

111.  Putting all else aside, I now wish to speak to young people about what is essential, the one thing we should never keep quiet about.  It is a message containing three great truths that all of us need constantly to keep hearing.

A God who is love
112.  The very first truth I would tell each of you is this: “God loves you”.  It makes no difference whether you have already heard it or not.  I want to remind you of it.  God loves you.  Never doubt this, whatever may happen to you in life.  At every moment, you are infinitely loved.

113.  Perhaps your experience of fatherhood has not been the best.  Your earthly father may have been distant or absent, or harsh and domineering.  Or maybe he was just not the father you needed.  I don’t know.  But what I can tell you, with absolute certainty, is that you can find security in the embrace of your heavenly Father, of the God who first gave you life and continues to give it to you at every moment.  He will be your firm support, but you will also realize that he fully respects your freedom.

114.  In God’s word, we find many expressions of his love.  It is as if he tried to find different ways of showing that love, so that, with one of them at least, he could touch your heart.  For example, there are times when God speaks of himself as an affectionate father who plays with his children: “I led them with cords of compassion, with bands of love.  I was to them like those who lift infants to their cheeks” (Hos 11:4).

At other times, he speaks of himself as filled with the love of a mother whose visceral love for her children makes it impossible for her to neglect or abandon them: “Can a woman forget her nursing child, or show no compassion for the child of her womb? Even these may forget, yet I will not forget you” (Is 49:15).

He even compares himself to a lover who goes so far as to write his beloved on the palm of his hands, to keep her face always before him: “See, I have inscribed you on the palms of my hands!” (Is 49:6).

At other times, he emphasizes the strength and steadfastness of his invincible love: “For the mountains may depart, and the hills be shaken, but my steadfast love shall not depart from you, and my covenant of peace shall not be shaken” (Is 54:10).

Or he tells us that we have been awaited from eternity, for it was not by chance that we came into this world: “I have loved you with an everlasting love; therefore I have continued my faithfulness to you” (Jer 31:3).

Or he lets us know that he sees in us a beauty that no one else can see: “For you are precious in my sight, and honoured, and I love you” (Is 43:4).

Or he makes us realize that his love is not cheerless, but pure joy, welling up whenever we allow ourselves to be loved by him: “The Lord, your God, is in your midst, a warrior who gives victory.  He will rejoice over you with gladness, he will renew you in his love; he will exult over you with loud singing” (Zeph 3:17).

115.  For him, you have worth; you are not insignificant.  You are important to him, for you are the work of his hands.  That is why he is concerned about you and looks to you with affection.  “Trust the memory of God: his memory is not a ‘hard disk’ that ‘saves’ and ‘archives’ all our data.  His memory is a heart filled with tender compassion, one that finds joy in ‘deleting’ from us every trace of evil”.[63]  He does not keep track of your failings and he always helps you learn something even from your mistakes.  Because he loves you.  Try to keep still for a moment and let yourself feel his love.  Try to silence all the noise within, and rest for a second in his loving embrace.

116.  His is “a love that does not overwhelm or oppress, cast aside or reduce to silence, humiliate or domineer.  It is the love of the Lord, a daily, discreet and respectful love; a love that is free and freeing, a love that heals and raises up.  The love of the Lord has to do more with raising up than knocking down, with reconciling than forbidding, with offering new changes than condemning, with the future than the past”.[64]

117.  When he asks something of you, or simply makes you face life’s challenges, he is hoping that you will make room for him to push you, to help you grow.  He does not get upset if you share your questions with him.  He is concerned when you don’t talk to him, when you are not open to dialogue with him.  The Bible tells us that Jacob fought with God (cf. Gen 32:25-31), but that did not keep him from persevering in his journey.  The Lord himself urges us: “Come, let us argue it out” (Is 1:18).  His love is so real, so true, so concrete, that it invites us to a relationship of openness and fruitful dialogue.  Seek the closeness of our heavenly Father in the loving face of his courageous witnesses on earth!

Christ saves you
118.  The second great truth is that Christ, out of love, sacrificed himself completely in order to save you.  His outstretched arms on the cross are the most telling sign that he is a friend who is willing to stop at nothing: “Having loved his own who were in the world, he loved them to the end” (Jn 13:1).

Saint Paul said that his life was one of complete trust in that self-sacrificing love: “I now live by faith in the Son of God who loved me, and gave himself for me” (Gal 2:20).

119.  The same Christ who, by his cross, saved us from our sins, today continues to save and redeem us by the power of his total self-surrender.  Look to his cross, cling to him, let him save you, for “those who accept his offer of salvation are set free from sin, sorrow, inner emptiness and loneliness”.[65]  And if you sin and stray far from him, he will come to lift you up by the power of his cross.  Never forget that “he forgives us seventy times seven.  Time and time again, he bears us on his shoulders.  No one can strip us of the dignity bestowed upon us by this boundless and unfailing love.  With a tenderness that never disappoints but is always capable of restoring our joy, he makes it possible for us to lift up our heads and to start anew”.[66]

120.  “We are saved by Jesus because he loves us and cannot go against his nature.  We can do any number of things against him, yet he loves us and he saves us.  For only what is loved can be saved.  Only what is embraced can be transformed.  The Lord’s love is greater than all our problems, frailties and flaws. Yet it is precisely through our problems, frailties and flaws that he wants to write this love story.  He embraced the prodigal son, he embraced Peter after his denials, and he always, always, always embraces us after every fall, helping us to rise and get back on our feet.  Because the worst fall, and pay attention to this, the worst fall, the one that can ruin our lives, is when we stay down and do not allow ourselves to be helped up”.[67]

121.  His forgiveness and salvation are not something we can buy, or that we have to acquire by our own works or efforts.  He forgives us and sets us free without cost.  His self-sacrifice on the cross is so great that we can never repay it, but only receive it with immense gratitude and with the joy of being more greatly loved than we could ever imagine: “He loved us first” (1 Jn 4:19).

122.  Young people, beloved of the Lord, how valuable must you be if you were redeemed by the precious blood of Christ!  Dear young people, “you are priceless!  You are not up for sale!  Please, do not let yourselves be bought.  Do not let yourselves be seduced.  Do not let yourselves be enslaved by forms of ideological colonization that put ideas in your heads, with the result that you end up becoming slaves, addicts, failures in life.  You are priceless.  You must repeat this always: I am not up for sale; I do not have a price.  I am free!  Fall in love with this freedom, which is what Jesus offers”.[68]

123.  Keep your eyes fixed on the outstretched arms of Christ crucified, let yourself be saved over and over again.  And when you go to confess your sins, believe firmly in his mercy which frees you of your guilt.  Contemplate his blood poured out with such great love, and let yourself be cleansed by it.  In this way, you can be reborn ever anew.

He is alive!
124.  Finally, there is a third truth, inseparable from the second: Christ is alive!  We need to keep reminding ourselves of this, because we can risk seeing Jesus Christ simply as a fine model from the distant past, as a memory, as someone who saved us two thousand years ago.  But that would be of no use to us: it would leave us unchanged, it would not set us free.  The one who fills us with his grace, the one who liberates us, transforms us, heals and consoles us is someone fully alive.  He is the Christ, risen from the dead, filled with supernatural life and energy, and robed in boundless light.  That is why Saint Paul could say: “If Christ has not been raised, your faith is futile” (1 Cor 15:7).

125.  Alive, he can be present in your life at every moment, to fill it with light and to take away all sorrow and solitude.  Even if all others depart, he will remain, as he promised: “I am with you always, to the end of the age” (Mt 28:20).  He fills your life with his unseen presence; wherever you go, he will be waiting there for you.  Because he did not only come in the past, but he comes to you today and every day, inviting you to set out towards ever new horizons.

126.  See Jesus as happy, overflowing with joy.  Rejoice with him as with a friend who has triumphed.  They killed him, the holy one, the just one, the innocent one, but he triumphed in the end.  Evil does not have the last word.  Nor will it have the last word in your life, for you have a friend who loves you and wants to triumph in you.  Your Saviour lives.

127.  Because he lives, there can be no doubt that goodness will have the upper hand in your life and that all our struggles will prove worthwhile.  If this is the case, we can stop complaining and look to the future, for with him this is always possible.  That is the certainty we have.  Jesus is eternally alive.  If we hold fast to him, we will have life, and be protected from the threats of death and violence that may assail us in life.

128.  Every other solution will prove inadequate and temporary.  It may be helpful for a time, but once again we will find ourselves exposed and abandoned before the storms of life.  With Jesus, on the other hand, our hearts experience a security that is firmly rooted and enduring.  Saint Paul says that he wishes to be one with Christ in order “to know him and the power of his resurrection” (Phil 3:10).  That power will constantly be revealed in your lives too, for he came to give you life, “and life in abundance” (Jn 10:10).

129. If in your heart you can learn to appreciate the beauty of this message, if you are willing to encounter the Lord, if you are willing to let him love you and save you, if you can make friends with him and start to talk to him, the living Christ, about the realities of your life, then you will have a profound experience capable of sustaining your entire Christian life.  You will also be able to share that experience with other young people.  For “being a Christian is not the result of an ethical choice or a lofty idea, but the encounter with an event, a person, which gives life a new horizon and a decisive direction”.[69]

The Spirit gives life
130.  In these three truths – God loves you; Christ is your Saviour; he is alive – we see God the Father and Jesus.  Wherever the Father and the Son are, there too is the Holy Spirit.  He is the one who quietly opens hearts to receive that message.  He keeps alive our hope of salvation, and he will help you grow in joy if you are open to his working.  The Holy Spirit fills the heart of the risen Christ and then flows over into your lives.  When you receive the Spirit, he draws you ever more deeply into the heart of Christ, so that you can grow in his love, his life and his power.

131.  Ask the Holy Spirit each day to help you experience anew the great message.  Why not?  You have nothing to lose, and he can change your life, fill it with light and lead it along a better path.  He takes nothing away from you, but instead helps you to find all that you need, and in the best possible way.  Do you need love?  You will not find it in dissipation, using other people, or trying to be possessive or domineering.  You will find it in a way that will make you genuinely happy.  Are you seeking powerful emotions?  You will not experience them by accumulating material objects, spending money, chasing desperately after the things of this world.  They will come, and in a much more beautiful and meaningful way, if you let yourself be prompted by the Holy Spirit.

132.  Are you looking for passion?  As that beautiful poem says: “Fall in love!” (or “let yourself be loved!”), because “nothing is more practical than finding God, than falling in love in a quite absolute, final way.  What you are in love with, what seizes your imagination, will affect everything.  It will decide what will get you out of bed in the morning, what you do with your evenings, how you spend your weekends, what you read, whom you know, what breaks your heart, and what amazes you with joy and gratitude.  Fall in love, stay in love, and it will decide everything”.[70]  This love for God, that can approach everything in life with passion, is possible thanks to the Spirit, for “God’s love has been poured into our hearts through the Holy Spirit who has been given to us” (Rom 5:5).

133.  He is the source of youth at its best.  For those who trust in the Lord are “like a tree planted by water sending out its roots by the stream; it shall not fear when heat comes, and its leaves shall stay green” (Jer 17:8).  While “youths shall faint and be weary” (Is 40:30), those who wait for the Lord “shall renew their strength, they shall mount up with wings like eagles, they shall run and not be weary, they shall walk and not faint” (Is 40:31).

CHAPTER FIVE
Paths of youth

134.  What does it mean to live the years of our youth in the transforming light of the Gospel?  We need to raise this question, because youth, more than a source of pride, is a gift of God: “To be young is a grace, a blessing”.[71]  It is a gift that we can squander meaninglessly, or receive with gratitude and live to the full.

135.  God is the giver of youth and he is at work in the life of each young person.  Youth is a blessed time for the young and a grace for the Church and for the world.  It is joy, a song of hope and a blessing.  Making the most of our youthful years entails seeing this season of life as worthwhile in itself, and not simply as a brief prelude to adulthood.

A time of dreams and decisions
136.  In Jesus’ day, the passage from childhood was a significant step in life, one joyfully celebrated.  When Jesus restored life to a man’s daughter, he first called her a “child” (Mk 5:39), but then addressed her as a “young girl” (Mk 5:41).  By saying to her: “Young girl, get up (talitha cum)”, he made her more responsible for her life, opening before her the door to youth.

137.  “Youth, as a phase in the development of the personality, is marked by dreams which gather momentum, by relationships which acquire more and more consistency and balance, by trials and experiments, and by choices which gradually build a life project. At this stage in life, the young are called to move forward without cutting themselves off from their roots, to build autonomy but not in solitude”.[72]

138.  The love of God and our relationship with the living Christ do not hold us back from dreaming; they do not require us to narrow our horizons.  On the contrary, that love elevates us, encourages us and inspires us to a better and more beautiful life.  Much of the longing present in the hearts of young people can be summed up in the word “restlessness”.  As Saint Paul VI said, “In the very discontent that you often feel… a ray of light is present”.[73]  Restless discontent, combined with exhilaration before the opening up of new horizons, generates a boldness that leads you to stand up and take responsibility for a mission.  This healthy restlessness typical of youth continues to dwell in every heart that remains young, open and generous.  True inner peace coexists with that profound discontent.  As Saint Augustine said: “You have created us for yourself, Lord, and our hearts are restless until they find their rest in you”.[74]

139.  Sometime ago, a friend asked me what I see in a young person.  My response was that “I see someone who is searching for his or her own path, who wants to fly on their two feet, who faces the world and looks at the horizon with eyes full of the future, full of hope as well as illusions.  A young person stands on two feet as adults do, but unlike adults, whose feet are parallel, he always has one foot forward, ready to set out, to spring ahead.  Always racing onward.  To talk about young people is to talk about promise and to talk about joy.  Young people have so much strength; they are able to look ahead with hope.  A young person is a promise of life that implies a certain degree of tenacity.  He is foolish enough to delude himself, and resilient enough to recover from that delusion”.[75]

140.  Some young people might hate this stage of life, because they want to continue being children or indefinitely prolong their adolescence and put off having to make decisions.  “Fear of the definitive thus generates a kind of paralysis of decision-making.  Yet youth cannot remain on hold.  It is the age of choices and herein lies its fascination and its greatest responsibility.  Young people make decisions in professional, social and political fields, and in other more radical ways that determine the shape of their lives”.[76]  They also make decisions about love, choosing a spouse and starting a family.  We will look at these issues more closely in the final chapters, when dealing with individual vocations and their discernment.

141.  But opposed to these hopes and dreams that generate decisions, there is always the temptation to complain or give up. “We can leave that to those who worship the ‘goddess of lament’…  She is a false goddess: she makes you take the wrong road.  When everything seems to be standing still and stagnant, when our personal issues trouble us, and social problems do not meet with the right responses, it does no good to give up.  Jesus is the way: welcome him into your ‘boat’ and put out into the deep!  He is the Lord!  He changes the way we see life.  Faith in Jesus leads to greater hope, to a certainty based not on our qualities and skills, but on the word of God, on the invitation that comes from him.  Without making too many human calculations, and without worrying about things that challenge your security, put out into the deep.  Go out of yourselves”.[77]

142.  Keep following your hopes and dreams.  But be careful about one temptation that can hold us back.  It is anxiety.  Anxiety can work against us by making us give up whenever we do not see instant results.  Our best dreams are only attained through hope, patience and commitment, and not in haste.  At the same time, we should not be hesitant, afraid to take chances or make mistakes.  Avoid the paralysis of the living dead, who have no life because they are afraid to take risks, to make mistakes or to persevere in their commitments.  Even if you make mistakes, you can always get up and start over, for no one has the right to rob you of hope.

143.  Dear young people, make the most of these years of your youth.  Don’t observe life from a balcony.  Don’t confuse happiness with an armchair, or live your life behind a screen.  Whatever you do, do not become the sorry sight of an abandoned vehicle!  Don’t be parked cars, but dream freely and make good decisions.  Take risks, even if it means making mistakes. Don’t go through life anaesthetized or approach the world like tourists.  Make a ruckus!   Cast out the fears that paralyze you, so that you don’t become young mummies.  Live!  Give yourselves over to the best of life!  Open the door of the cage, go out and fly!  Please, don’t take early retirement.

A thirst for life and experience
144.  While drawn towards the future and its promise, young people also have a powerful desire to experience the present moment, to make the most of the opportunities life offers.  Our world is filled with beauty!  How can we look down upon God’s many gifts?

145.  Contrary to what many people think, the Lord does not want to stifle these desires for a fulfilling life.  We do well to remember the words of an Old Testament sage: “My child, treat yourself well, according to your means, and present your offerings to the Lord; do not deprive yourself of a day’s enjoyment, do not let your share of desired good pass by” (Sir 14:11.14).  The true God, who loves you, wants you to be happy.  For this reason, the Bible also contains this piece of advice to young people: “Rejoice, young man, while you are young, and let your heart cheer you in the days of your youth… banish anxiety from your mind” (Ec 11:9-10).  For God “richly provides us with everything for our enjoyment” (1 Tim 6:17).

146.  How could God take pleasure in someone incapable of enjoying his small everyday blessings, someone blind to the simple pleasures we find all around us?  “No one is worse than one who is grudging to himself” (Sir 14:6).  Far from obsessively seeking new pleasures, which would keep us from making the most of the present moment, we are asked to open our eyes and take a moment to experience fully and with gratitude every one of life’s little gifts.

147.  Clearly, God’s word asks you to enjoy the present, not simply to prepare for the future: “Do not worry about tomorrow, for tomorrow will bring worries of its own; today’s trouble is enough for today” (Mt 6:34).  But this is not the same as embarking irresponsibly on a life of dissipation that can only leave us empty and perpetually dissatisfied.  Rather, it is about living the present to the full, spending our energies on good things, cultivating fraternity, following Jesus and making the most of life’s little joys as gifts of God’s love.

148.  Cardinal Francis Xavier Nguyên Van Thuân, when imprisoned in a concentration camp, refused to do nothing but await the day when he would be set free.  He chose “to live the present moment, filling it to the brim with love”.  He decided: “I will seize the occasions that present themselves every day; I will accomplish ordinary actions in an extraordinary way”.[78]  As you work to achieve your dreams, make the most of each day and do your best to let each moment brim with love.  This youthful day may well be your last, and so it is worth the effort to live it as enthusiastically and fully as possible.

149.  This can also be applied to times of difficulty, that have to be fully experienced if we are to learn the message they can teach us.  In the words of the Swiss Bishops: “God is there where we thought he had abandoned us and there was no further hope of salvation.  It is a paradox, but for many Christians, suffering and darkness have become… places of encounter with God”.[79]  The desire to live fully and experience new things is also felt by many young people with physical, mental and sensory disabilities.  Even though they may not always be able to have the same experiences as others, they possess amazing resources and abilities that are often far above average.  The Lord Jesus grants them other gifts, which the community is called to recognize and appreciate, so that they can discover his plan of love for each of them.

In friendship with Christ
150.  No matter how much you live the experience of these years of your youth, you will never know their deepest and fullest meaning unless you encounter each day your best friend, the friend who is Jesus.

151.  Friendship is one of life’s gifts and a grace from God.  Through our friends, the Lord refines us and leads us to maturity.  Faithful friends, who stand at our side in times of difficulty, are also a reflection of the Lord’s love, his gentle and consoling presence in our lives.  The experience of friendship teaches us to be open, understanding and caring towards others, to come out of our own comfortable isolation and to share our lives with others.  For this reason, “there is nothing so precious as a faithful friend” (Sir 6:15).

152.  Friendship is no fleeting or temporary relationship, but one that is stable, firm and faithful, and matures with the passage of time.  A relationship of affection that brings us together and a generous love that makes us seek the good of our friend.  Friends may be quite different from one another, but they always have things in common that draw them closer in mutual openness and trust.[80]

153.  Friendship is so important that Jesus calls himself a friend: “I do not call you servants any longer, but I call you friends” (Jn 15:15).  By the gift of his grace, we are elevated in such a way that we truly become his friends.  With the same love that Christ pours out on us, we can love him in turn and share his love with others, in the hope that they too will take their place in the community of friendship he established.  And even as he enjoys the complete bliss of the life of the resurrection, we, for our part, can work generously to help him build his kingdom in this world, by bringing his message, his light, and above all his love, to others (cf. Jn 15:16).  The disciples heard Jesus calling them to be his friends.  It was an invitation that did not pressure them, but gently appealed to their freedom.  “Come and see”, Jesus told them; so “they came and saw where he was staying, and they remained with him that day” (Jn 1:39).  After that unexpected and moving encounter, they left everything and followed him.

154.  Friendship with Jesus cannot be broken.  He never leaves us, even though at times it appears that he keeps silent.  When we need him, he makes himself known to us (cf. Jer 29:14); he remains at our side wherever we go (cf. Jos 1:9).  He never breaks his covenant.  He simply asks that we not abandon him: “Abide in me” (Jn 15:4).  But even if we stray from him, “he remains faithful, for he cannot deny himself” (2 Tim 2:13).

155.  With a friend, we can speak and share our deepest secrets.  With Jesus too, we can always have a conversation.  Prayer is both a challenge and an adventure.  And what an adventure it is!  Gradually Jesus makes us appreciate his grandeur and draw nearer to him.  Prayer enables us to share with him every aspect of our lives and to rest confidently in his embrace.  At the same time, it gives us a share in his own life and love.  When we pray, “we open everything we do” to him, and we give him room “so that he can act, enter and claim victory”.[81]

156.  In this way, we can experience a constant closeness to him, greater than anything we can experience with another person: “It is no longer I who live, but it is Christ who lives in me” (Gal 2:20).  Do not deprive your youth of this friendship.  You will be able to feel him at your side not only when you pray, but at every moment.  Try to look for him, and you will have the beautiful experience of seeing that he is always at your side.  That is what the disciples of Emmaus experienced when, as they walked along dejectedly, Jesus “drew near and walked with them” (Lk 24:15).  In the words of a saint, “Christianity is not a collection of truths to be believed, rules to be followed, or prohibitions.  Seen that way, it puts us off.  Christianity is a person who loved me immensely, who demands and claims my love.  Christianity is Christ”.[82]  

157.  Jesus can bring all the young people of the Church together in a single dream, “a great dream, a dream with a place for everyone. The dream for which Jesus gave his life on the cross, for which the Holy Spirit was poured out on the day of Pentecost and brought fire to the heart of every man and woman, to your heart and mine.  To your heart too, he brought that fire, in the hope of finding room for it to grow and flourish.  A dream whose name is Jesus, planted by the Father in the confidence that it would grow and live in every heart.  A concrete dream who is a person, running through our veins, thrilling our hearts and making them dance”.[83]

Growth in maturity
158.  Many young people are concerned about their bodies, trying to build up physical strength or improve their appearance.  Others work to develop their talents and knowledge, so as to feel more sure of themselves.  Some aim higher, seeking to become more involved and to grow spiritually.  Saint John said: “I write to you, young people, because you are strong and the word of God abides in you” (1 Jn 2:14).  Seeking the Lord, keeping his word, entrusting our life to him and growing in the virtues: all these things make young hearts strong.  That is why you need to stay connected to Jesus, to “remain online” with him, since you will not grow happy and holy by your own efforts and intelligence alone.  Just as you try not to lose your connection to the internet, make sure that you stay connected to the Lord.  That means not cutting off dialogue, listening to him, sharing your life with him and, whenever you aren’t sure what you should do, asking him: “Jesus, what would you do in my place?”.[84]

159.  I hope that you will be serious enough about yourselves to make an effort to grow spiritually.  Along with all the other exciting things about youth, there is also the beauty of seeking “righteousness, faith, love and peace” (2 Tim 2:22).  This does not involve losing anything of your spontaneity, boldness, enthusiasm and tenderness.  Becoming an adult does not mean you have to abandon what is best about this stage of your lives.  If you do, the Lord may one day reproach you: “I remember the devotion of your youth, your love as a bride, and how you followed me in the wilderness” (Jer 2:2).

160.  Adults, too, have to mature without losing the values of youth.  Every stage of life is a permanent grace, with its own enduring value.  The experience of a youth well lived always remains in our heart.  It continues to grow and bear fruit throughout adulthood.  Young people are naturally attracted by an infinite horizon opening up before them.[85]  Adult life, with its securities and comforts, can risk shrinking that horizon and losing that youthful excitement.  The very opposite should happen: as we mature, grow older and structure our lives, we should never lose that enthusiasm and openness to an ever greater reality.  At every moment in life, we can renew our youthfulness.  When I began my ministry as Pope, the Lord broadened my horizons and granted me renewed youth. The same thing can happen to a couple married for many years, or to a monk in his monastery.  There are things we need to “let go of” as the years pass, but growth in maturity can coexist with a fire constantly rekindled, with a heart ever young.

161.  Growing older means preserving and cherishing the most precious things about our youth, but it also involves having to purify those things that are not good and receiving new gifts from God so we can develop the things that really matter.  At times, a certain inferiority complex can make you overlook your flaws and weaknesses, but that can hold you back from growth in maturity.  Instead, let yourself be loved by God, for he loves you just as you are.  He values and respects you, but he also keeps offering you more: more of his friendship, more fervour in prayer, more hunger for his word, more longing to receive Christ in the Eucharist, more desire to live by his Gospel, more inner strength, more peace and spiritual joy.

162.  But I would also remind you that you won’t become holy and find fulfilment by copying others.  Imitating the Saints does not mean copying their lifestyle and their way of living holiness: “There are some testimonies that may prove helpful and inspiring, but that we are not meant to copy, for that could even lead us astray from the one specific path that the Lord has in mind for us”.[86]  You have to discover who you are and develop your own way of being holy, whatever others may say or think.  Becoming a saint means becoming more fully yourself, becoming what the Lord wished to dream and create, and not a photocopy.  Your life ought to be a prophetic stimulus to others and leave a mark on this world, the unique mark that only you can leave.  Whereas if you simply copy someone else, you will deprive this earth, and heaven too, of something that no one else can offer.  I think of Saint John of the Cross, who wrote in his Spiritual Canticle that everyone should benefit from his spiritual advice “in his or her own way”,[87] for the one God wishes to manifest his grace “to some in one way and to others in another”.[88]

Paths of fraternity
163.  Your spiritual growth is expressed above all by your growth in fraternal, generous and merciful love.  Saint Paul prayed: “May the Lord make you increase and abound in love for one another and for all” (1 Thes 3:12).  How wonderful it would be to experience this “ecstasy” of coming out of ourselves and seeking the good of others, even to the sacrifice of our lives.

164.  When an encounter with God is called an “ecstasy”, it is because it takes us out of ourselves, lifts us up and overwhelms us with God’s love and beauty.  Yet we can also experience ecstasy when we recognize in others their hidden beauty, their dignity and their grandeur as images of God and children of the Father.  The Holy Spirit wants to make us come out of ourselves, to embrace others with love and to seek their good.  That is why it is always better to live the faith together and to show our love by living in community and sharing with other young people our affection, our time, our faith and our troubles.  The Church offers many different possibilities for living our faith in community, for everything is easier when we do it together.

165.  Hurts you have experienced might tempt you to withdraw from others, to turn in on yourself and to nurse feelings of anger, but never stop listening to God’s call to forgiveness.  The Bishops of Rwanda put it well: “In order to reconcile with another person, you must first of all be able to see the goodness in that person, the goodness God created him with... This requires great effort to distinguish the offence from the offender; it means you hate the offence the person has committed, but you love the person despite his weakness, because in him you see the image of God”.[89]

166.  There are times when all our youthful energy, dreams and enthusiasm can flag because we are tempted to dwell on ourselves and our problems, our hurt feelings and our grievances.  Don’t let this happen to you!   You will grow old before your time.  Each age has its beauty, and the years of our youth need to be marked by shared ideals, hopes and dreams, great horizons that we can contemplate together.

167.  God loves the joy of young people.  He wants them especially to share in the joy of fraternal communion, the sublime joy felt by those who share with others, for “it is more blessed to give than to receive” (Acts 20:35).  “God loves a cheerful giver” (2 Cor 9:7).  Fraternal love multiplies our ability to experience joy, since it makes us rejoice in the good of others: “Rejoice with those who rejoice, weep with those who weep” (Rom 12:15).  May your youthful spontaneity increasingly find expression in fraternal love and a constant readiness to forgive, to be generous, and to build community.  As an African proverb says: “If you want to go fast, go alone.  If you want to go far, go together”.  Let us not allow ourselves to be robbed of fraternity.

Young and committed
168.  At times, seeing a world so full of violence and selfishness, young people can be tempted to withdraw into small groups, shunning the challenges and issues posed by life in society and in the larger world.  They may feel that they are experiencing fraternity and love, but their small group may in fact become nothing other than an extension of their own ego.  This is even more serious if they think of the lay vocation simply as a form of service inside the Church: serving as lectors, acolytes, catechists, and so forth.  They forget that the lay vocation is directed above all to charity within the family and to social and political charity.  It is a concrete and faith-based commitment to the building of a new society.  It involves living in the midst of society and the world in order to bring the Gospel everywhere, to work for the growth of peace, harmony, justice, human rights and mercy, and thus for the extension of God’s kingdom in this world.

169.  I ask young people to go beyond their small groups and to build “social friendship, where everyone works for the common good.  Social enmity, on the other hand, is destructive.  Families are destroyed by enmity.  Countries are destroyed by enmity.  The world is destroyed by enmity.  And the greatest enmity of all is war.  Today we see that the world is destroying itself by war…  So find ways of building social friendship”.[90]  It is not easy, it always means having to give something up and to negotiate, but if we do it for the sake of helping others, we can have the magnificent experience of setting our differences aside and working together for something greater.  If, as a result of our own simple and at times costly efforts, we can find points of agreement amid conflict, build bridges and make peace for the benefit of all, then we will experience the miracle of the culture of encounter.  This is something which young people can dare to pursue with passion.

170.  The Synod recognized that “albeit in a different way from earlier generations, social commitment is a specific feature of today’s young people.  Alongside some who are indifferent, there are many others who are ready to commit themselves to initiatives of volunteer work, active citizenship and social solidarity.  They need to be accompanied and encouraged to use their talents and skills creatively, and to be encouraged to take up their responsibilities.  Social engagement and direct contact with the poor remain fundamental ways of finding or deepening one’s faith and the discernment of one’s vocation… It was also noted that the young are prepared to enter political life so as to build the common good”.[91]

171.  Today, thank God, many young people in parishes, schools, movements and university groups often go out to spend time with the elderly and the infirm, or to visit poor neighbourhoods, or to meet people’s needs through “nights of charity”.  Very often, they come to realize that there they receive much more than what they give.  We grow in wisdom and maturity when we take the time to touch the suffering of others.  The poor have a hidden wisdom and, with a few simple words, they can help us discover unexpected values.

172.  Other young people take part in social programmes that build houses for the homeless, or reclaim contaminated areas or offer various kinds of assistance to the needy.  It would be helpful if this shared energy could be channelled and organized in a more stable way and with clear goals, so as to be even more effective.  University students can apply their knowledge in an interdisciplinary way, together with young people of other churches or religions, in order to propose solutions to social problems.

173.  As in the miracle of Jesus, the bread and the fish provided by young people can multiply (cf. Jn 6:4-13).  As in the parable, the small seeds sown by young people can yield a rich harvest (cf. Mt 13:23.31-32).  All of this has its living source in the Eucharist, in which our bread and our wine are transformed to grant us eternal life.  Young people face immense and difficult challenges.  With faith in the risen Lord, they can confront them with creativity and hope, ever ready to be of service, like the servants at the wedding feast, who unknowingly cooperated in Jesus’ first miracle.  They did nothing more than follow the order of his Mother: “Do whatever he tells you” (Jn 2:5).  Mercy, creativity and hope make life grow.

174.  I want to encourage all of you in this effort, because I know that “your young hearts want to build a better world.  I have been following news reports of the many young people throughout the world who have taken to the streets to express the desire for a more just and fraternal society.  Young people taking to the streets!  The young want to be protagonists of change.  Please, do not leave it to others to be protagonists of change. You are the ones who hold the future!  Through you, the future enters into the world.  I ask you also to be protagonists of this transformation.  You are the ones who hold the key to the future!   Continue to fight apathy and to offer a Christian response to the social and political troubles emerging in different parts of the world.  I ask you to build the future, to work for a better world.  Dear young people, please, do not be bystanders in life.  Get involved!  Jesus was not a bystander.  He got involved.  Don’t stand aloof, but immerse yourselves in the reality of life, as Jesus did”.[92]  Above all, in one way or another, fight for the common good, serve the poor, be protagonists of the revolution of charity and service, capable of resisting the pathologies of consumerism and superficial individualism.

Courageous missionaries
175.  Filled with the love of Christ, young people are called to be witnesses of the Gospel wherever they find themselves, by the way they live.  Saint Alberto Hurtado once said that “being an apostle does not mean wearing a lapel pin; it is not about speaking about the truth but living it, embodying it, being transformed in Christ.  Being an apostle does not mean carrying a torch in hand, possessing the light, but being that light…  The Gospel, more than a lesson, is an example.  A message that becomes a life fully lived”.[93]

176.  The importance of witness does not mean that we should be silent about the word.  Why should we not speak of Jesus, why should we not tell others that he gives us strength in life, that we enjoy talking with him, that we benefit from meditating on his words?  Young people, do not let the world draw you only into things that are wrong and superficial.  Learn to swim against the tide, learn how to share Jesus and the faith he has given you.  May you be moved by that same irresistible impulse that led Saint Paul to say: “Woe to me if I do not proclaim the Gospel” (1 Cor 9:16)!

177.  “Where does Jesus send us?  There are no borders, no limits: he sends us everywhere.  The Gospel is for everyone, not just for some.  It is not only for those who seem closer to us, more receptive, more welcoming.  It is for everyone.  Do not be afraid to go and bring Christ into every area of life, to the fringes of society, even to those who seem farthest away and most indifferent.  The Lord seeks all; he wants everyone to feel the warmth of his mercy and his love”.[94]  He invites us to be fearless missionaries wherever we are and in whatever company we find ourselves: in our neighbourhoods, in school or sports or social life, in volunteer service or in the workplace.  Wherever we are, we always have an opportunity to share the joy of the Gospel.  That is how the Lord goes out to meet everyone.  He loves you, dear young people, for you are the means by which he can spread his light and hope.  He is counting on your courage, your boldness and your enthusiasm.

178.  Don’t think that this mission is soft and easy.  Some young people have given their lives for the sake of missionary outreach.  As the Korean bishops put it: “we hope that we can be grains of wheat and instruments for the salvation of humanity, following upon the example of the martyrs.  Though our faith is as small as a mustard seed, God will give it growth and use it as an instrument for his work of salvation”.[95]  Young friends, don’t wait until tomorrow to contribute your energy, your audacity and your creativity to changing our world.  Your youth is not an “in-between time”.  You are the now of God, and he wants you to bear fruit.[96]  For “it is in giving that we receive”.[97]  The best way to prepare a bright future is to experience the present as best we can, with commitment and generosity.

CHAPTER SIX
Young people with roots

179.  I have sometimes seen young and beautiful trees, their branches reaching to the sky, pushing ever higher, and they seemed a song of hope.  Later, following a storm, I would find them fallen and lifeless.  They lacked deep roots.  They spread their branches without being firmly planted, and so they fell as soon as nature unleashed her power.  That is why it pains me to see young people sometimes being encouraged to build a future without roots, as if the world were just starting now.  For “it is impossible for us to grow unless we have strong roots to support us and to keep us firmly grounded.  It is easy to drift off, when there is nothing to clutch onto, to hold onto”.[98]

Don’t allow yourselves to be uprooted
180.  This is an important issue, and I want to spend a brief chapter discussing it.  If we appreciate this issue, we can distinguish the joy of youth from a false cult of youth that can be used to seduce and manipulate young people.

181.  Think about it: if someone tells young people to ignore their history, to reject the experiences of their elders, to look down on the past and to look forward to a future that he holds out, doesn’t it then become easy to draw them along so that they only do what he tells them?  He needs the young to be shallow, uprooted and distrustful, so that they can trust only in his promises and act according to his plans.  That is how various ideologies operate: they destroy (or deconstruct) all differences so that they can reign unopposed.  To do so, however, they need young people who have no use for history, who spurn the spiritual and human riches inherited from past generations, and are ignorant of everything that came before them.

182. These masters of manipulation also use another tactic: the cult of youth, which dismisses all that is not young as contemptible and outmoded.  The youthful body becomes the symbol of this new cult; everything associated with that body is idolized and lusted after, while whatever is not young is despised.  But this cult of youth is simply an expedient that ultimately proves degrading to the young; it strips them of any real value and uses them for personal, financial or political profit.

183. Dear young friends, do not let them exploit your youth to promote a shallow life that confuses beauty with appearances.  Realize that there is beauty in the labourer who returns home grimy and unkempt, but with the joy of having earned food for his family.  There is extraordinary beauty in the fellowship of a family at table, generously sharing what food it has.  There is beauty in the wife, slightly dishevelled and no longer young, who continues to care for her sick husband despite her own failing health.  Long after the springtime of their courtship has passed, there is beauty in the fidelity of those couples who still love one another in the autumn of life, those elderly people who still hold hands as they walk.  There is also a beauty, unrelated to appearances or fashionable dress, in all those men and women who pursue their personal vocation with love, in selfless service of community or nation, in the hard work of building a happy family, in the selfless and demanding effort to advance social harmony.  To find, to disclose and to highlight this beauty, which is like that of Christ on the cross, is to lay the foundations of genuine social solidarity and the culture of encounter.

184. Along with the stratagems of a false cult of youth and appearance, we are also witnessing attempts to promote a spirituality without God, an affectivity without community or concern for those who suffer, a fear of the poor, viewed as dangerous, and a variety of claims to offer a future paradise that nonetheless seems increasingly distant.  I do not want to offer you any such thing, and with great love I urge you not to let yourselves be taken in by this ideology.  It will not make you any younger, but enslave you instead.  I propose another way, one born of freedom, enthusiasm, creativity and new horizons, while at the same time cultivating the roots that nourish and sustain us.

185. In this regard, I would note that “many Synod Fathers coming from non-Western contexts pointed out that in their countries globalization is bringing with it forms of cultural colonization that sever young people from their cultural and religious roots.  The Church needs to make a commitment to accompanying these young people, so that in the process they do not lose sight of the most precious features of their identity”.[99]

186. Today, in fact, we see a tendency to “homogenize” young people, blurring what is distinctive about their origins and backgrounds, and turning them into a new line of malleable goods.  This produces a cultural devastation that is just as serious as the disappearance of species of animals and plants.[100]  For this reason, in addressing young indigenous people gathered in Panama, I encouraged them to “care for your roots, because from the roots comes the strength that is going to make you grow, flourish and bear fruit”.[101]

Your relationship with the elderly
187.  At the Synod, we heard that “the young are focused on the future and they face life with energy and dynamism.  But they are also tempted… to give little attention to the memory of the past from which they come, in particular the many gifts transmitted to them by their parents, their grandparents and the cultural experience of the society in which they live.  Helping the young to discover the living richness of the past, to treasure its memory and to make use of it for their choices and opportunities, is a genuine act of love towards them, for the sake of their growth and the decisions they are called to make”.[102]

188. The word of God encourages us to remain close to the elderly, so that we can benefit from their experience: “Stand in the assembly of the elders.  Who is wise?  Cling to him...  If you see an intelligent man, visit him; let your foot wear out his doorstep” (Sir 6:34.36).  In every case, the long years they lived and all they have experienced in life should make us look to them with respect: “You shall rise up before the hoary head” (Lev 19:32).  For “the glory of young men is their strength, but the beauty of old men is their grey hair” (Prov 20:29).

189. The Bible also tells us: “Listen to your father who begot you, and do not despise your mother when she is old” (Prov 23:22).  The command to honour our father and mother “is the first commandment to carry a promise with it” (Eph 6:2, cf. Ex 20:12; Deut 5:16; Lev 19:3), and that promise is: “that it may be well with you and that you may live long on the earth” (Eph 6:3).

190. This does not mean having to agree with everything adults say or approving all their actions.  A young person should always have a critical spirit.  Saint Basil the Great encouraged the young to esteem the classical Greek authors, but to accept only whatever good they could teach.[103]  It is really a matter of being open to receiving a wisdom passed down from generation to generation, a wisdom familiar with human weakness and not deserving to vanish before the novelties of consumer society and the market.

191. The world has never benefited, nor will it ever benefit, from a rupture between generations.  That is the siren song of a future without roots and origins.  It is the lie that would have you believe that only what is new is good and beautiful.  When intergenerational relationships exist, a collective memory is present in communities, as each generation takes up the teachings of its predecessors and in turn bequeaths a legacy to its successors.  In this way, they provide frames of reference for firmly establishing a new society.  As the old saying goes: “If the young had knowledge and the old strength, there would be nothing they could not accomplish”.

Dreams and visions
192.  The prophecy of Joel contains a verse that expresses this nicely: “I will pour out my Spirit upon all flesh, and your sons and your daughters shall prophesy, and your young men shall see visions, and your old men shall dream dreams” (3:1; cf. Acts 2:17).  When young and old alike are open to the Holy Spirit, they make a wonderful combination.  The old dream dreams, and the young see visions.  How do the two complement one another?

193.  The elderly have dreams built up of memories and images that bear the mark of their long experience.  If young people sink roots in those dreams, they can peer into the future; they can have visions that broaden their horizons and show them new paths.  But if the elderly do not dream, young people lose clear sight of the horizon.

194.  Perhaps our parents have preserved a memory that can help us imagine the dream our grandparents dreamed for us.  All of us, even before our birth, received, as a blessing from our grandparents, a dream filled with love and hope, the dream of a better life.  Even if not our grandparents, surely some of our great-grandparents had that happy dream as they contemplated their children and then grandchildren in the cradle.  The very first dream of all is the creative dream of God our Father, which precedes and accompanies the lives of all his children.  The memory of this blessing that extends from generation to generation is a precious legacy that we should keep alive so that we too can pass it on.

195. That is why it is a good thing to let older people tell their long stories, which sometimes seem legendary or fanciful – they are the dreams of old people – yet are often full of rich experiences, of eloquent symbols, of hidden messages.  These stories take time to tell, and we should be prepared to listen patiently and let them sink in, even though they are much longer than what we are used to in social media.  We have to realize that the wisdom needed for life bursts the confines of our present-day media resources.

196.  In the book Sharing the Wisdom of Time,[104] I expressed some thoughts in the form of questions.  “What do I ask of the elders among whom I count myself?  I call us to be memory keepers.  We grandfathers and grandmothers need to form a choir.  I envision elders as a permanent choir of a great spiritual sanctuary, where prayers of supplication and songs of praise support the larger community that works and struggles in the field of life”.[105]  It is a beautiful thing when “young men and maidens together, old men and children, praise the name of the Lord” (Ps 148:12-13).

197. What can we elderly persons give to the young?  “We can remind today’s young people, who have their own blend of heroic ambitions and insecurities, that a life without love is an arid life”.[106]  What can we tell them?  “We can tell fearful young people that anxiety about the future can be overcome”.[107]  What can we teach them?  “We can teach those young people, sometimes so focused on themselves, that there is more joy in giving than in receiving, and that love is not only shown in words, but also in actions”.[108]

Taking risks together
198.  A love that is generous and outgoing, that acts and takes risks, may at times make mistakes.  Here we may find timely the witness of Maria Gabriella Perin, who lost her father shortly after her birth: she reflects on how this influenced her life, in a relationship that did not last but that left her a mother and now a grandmother.  “What I know is that God makes stories.  In his genius and mercy, he takes our triumphs and our failures and weaves beautiful tapestries that are full of irony.  The reverse of the fabric may look messy with its tangled threads – the events of our life – and maybe this is the side we dwell on when we doubt.  But the right side of the tapestry displays a magnificent story, and this is the side that God sees”.[109]  When older people look at life closely, often they instinctively know what lies behind the tangled threads, and they recognize what God can create even out of our mistakes.

199.  If we journey together, young and old, we can be firmly rooted in the present, and from here, revisit the past and look to the future.  To revisit the past in order to learn from history and heal old wounds that at times still trouble us.  To look to the future in order to nourish our enthusiasm, cause dreams to emerge, awaken prophecies and enable hope to blossom.  Together, we can learn from one another, warm hearts, inspire minds with the light of the Gospel, and lend new strength to our hands.

200.  Roots are not anchors chaining us to past times and preventing us from facing the present and creating something new.  Instead, they are a fixed point from which we can grow and meet new challenges.  It does us no good “to sit down and long for times past; we must meet our culture with realism and love and fill it with the Gospel.  We are sent today to proclaim the Good News of Jesus to a new age.  We need to love this time with all its opportunities and risks, its joys and sorrows, its riches and its limits, its successes and failures”.[110]

201.  During the Synod, one of the young auditors from the Samoan Islands spoke of the Church as a canoe, in which the elderly help to keep on course by judging the position of the stars, while the young keep rowing, imagining what waits for them ahead.  Let us steer clear of young people who think that adults represent a meaningless past, and those adults who always think they know how young people should act.  Instead, let us all climb aboard the same canoe and together seek a better world, with the constantly renewed momentum of the Holy Spirit.

CHAPTER SEVEN
Youth Ministry

202.  Youth ministry, as traditionally carried out, has been significantly affected by social and cultural changes.  Young people frequently fail to find in our usual programmes a response to their concerns, their needs, their problems and issues.  The proliferation and growth of groups and movements predominantly associated with the young can be considered the work of the Holy Spirit who constantly shows us new paths.  Even so, there is a need to look at the ways such groups participate in the Church’s overall pastoral care, as well as a need for greater communion among them and a better coordination of their activities.  Although it is never easy to approach young people, two things have become increasingly evident: the realization that the entire community has to be involved in evangelizing them, and the urgent requirement that young people take on a greater role in pastoral outreach.

A pastoral care that is synodal
203.  I want to state clearly that young people themselves are agents of youth ministry.  Certainly they need to he helped and guided, but at the same time left free to develop new approaches, with creativity and a certain audacity.  So I will not attempt here to propose a kind of manual of youth ministry or a practical pastoral guide.  I am more concerned with helping young people to use their insight, ingenuity and knowledge to address the issues and concerns of other young people in their own language.

204.  The young make us see the need for new styles and new strategies.  For example, while adults often worry about having everything properly planned, with regular meetings and fixed times, most young people today have little interest in this kind of pastoral approach.  Youth ministry needs to become more flexible: inviting young people to events or occasions that provide an opportunity not only for learning, but also for conversing, celebrating, singing, listening to real stories and experiencing a shared encounter with the living God.

205.  At the same time, we should take into greater consideration those practices that have shown their value – the methods, language and aims that have proved truly effective in bringing young people to Christ and the Church.  It does not matter where they are coming from or what labels they have received, whether “conservative” or “liberal”, “traditional” or “progressive”.  What is important is that we make use of everything that has borne good fruit and effectively communicates the joy of the Gospel.

206.  Youth ministry has to be synodal; it should involve a “journeying together” that values “the charisms that the Spirit bestows in accordance with the vocation and role of each of the Church’s members, through a process of co-responsibility...  Motivated by this spirit, we can move towards a participatory and co-responsible Church, one capable of appreciating its own rich variety, gratefully accepting the contributions of the lay faithful, including young people and women, consecrated persons, as well as groups, associations and movements.  No one should be excluded or exclude themselves”.[111]

207.  In this way, by learning from one another, we can better reflect that wonderful multifaceted reality that Christ’s Church is meant to be.  She will be able to attract young people, for her unity is not monolithic, but rather a network of varied gifts that the Spirit ceaselessly pours out upon her, renewing her and lifting her up from her poverty.

208.  In the Synod, many concrete proposals emerged for renewing youth ministry and freeing it from approaches that are no longer effective because they are incapable of entering into dialogue with contemporary youth culture.  Naturally, I cannot list them all here.  A number of them can be found in the Final Document of the Synod.

Main courses of action
209.  I wish simply to emphasize that youth ministry involves two main courses of action.  One is outreach, the way we attract new young people to an experience of the Lord.  The other is growth, the way we help those who have already had that experience to mature in it.

210.  As for outreach, I trust that young people themselves know how best to find appealing ways to come together.  They know how to organize events, sports competitions and ways to evangelize using social media, through text messages, songs, videos and other ways.  They only have to be encouraged and given the freedom to be enthused about evangelizing other young people wherever they are to be found.  When the message is first brought up, whether at a youth retreat, in a conversation at a bar, on school holidays, or in any of God’s mysterious ways, it can awaken a deep experience of faith.  What is most important, though, is that each young person can be daring enough to sow the seed of the message on that fertile terrain that is the heart of another young person.

211.  In this outreach, we need to use above all the language of closeness, the language of generous, relational and existential love that touches the heart, impacts life, and awakens hope and desires.  Young people need to be approached with the grammar of love, not by being preached at.  The language that young people understand is spoken by those who radiate life, by those who are there for them and with them.  And those who, for all their limitations and weaknesses, try to live their faith with integrity.  We also have to give greater thought to ways of incarnating the kerygma in the language of today’s youth.

212.  As for growth, I would make one important point.  In some places, it happens that young people are helped to have a powerful experience of God, an encounter with Jesus that touched their hearts. But the only follow-up to this is a series of “formation” meetings featuring talks about doctrinal and moral issues, the evils of today’s world, the Church, her social doctrine, chastity, marriage, birth control and so on.  As a result, many young people get bored, they lose the fire of their encounter with Christ and the joy of following him; many give up and others become downcast or negative.  Rather than being too concerned with communicating a great deal of doctrine, let us first try to awaken and consolidate the great experiences that sustain the Christian life.  In the words of Romano Guardini, “when we experience a great love… everything else becomes part of it”.[112]

213.  Any educational project or path of growth for young people must certainly include formation in Christian doctrine and morality.  It is likewise important that it have two main goals.  One is the development of the kerygma, the foundational experience of encounter with God through Christ’s death and resurrection.  The other is growth in fraternal love, community life and service.

214.  This was something I emphasized in Evangelii Gaudium, and I consider it worth repeating here.  It would be a serious mistake to think that in youth ministry “the kerygma should give way to a supposedly more ‘solid’ formation.  Nothing is more solid, profound, secure, meaningful and wisdom-filled than that initial proclamation.  All Christian formation consists of entering more deeply into the kerygma”[113] and incarnating it ever more fully in our lives.  Consequently, youth ministry should always include occasions for renewing and deepening our personal experience of the love of God and the living Christ.  It can do this in a variety of ways: testimonies, songs, moments of adoration, times of spiritual reflection on the sacred Scriptures, and even an intelligent use of social networks.  Yet this joyful experience of encounter with the Lord should never be replaced by a kind of “indoctrination”.

215.  On the other hand, any programme of youth ministry should clearly incorporate various means and resources that can help young people grow in fraternity, to live as brothers and sisters, to help one another, to build community, to be of service to others, to be close to the poor.  If fraternal love is the “new commandment” (Jn 13:34), “the fullness of the Law” (Rom 13:10) and our best way of showing our love for God, then it has to have a primary place in every project of youth formation and growth to maturity.

Suitable environments
216.  We need to make all our institutions better equipped to be more welcoming to young people, since so many have a real sense of being orphaned.  Here I am not referring to family problems but to something experienced by boys and girls, young people and adults, parents and children alike.  To all these orphans – including perhaps ourselves – communities like a parish or school should offer possibilities for experiencing openness and love, affirmation and growth.  Many young people today feel that they have inherited the failed dreams of their parents and grandparents, dreams betrayed by injustice, social violence, selfishness and lack of concern for others.  In a word, they feel uprooted.  If the young grow up in a world in ashes, it will be hard for them to keep alive the flame of great dreams and projects.  If they grow up in a desert devoid of meaning, where will they develop a desire to devote their lives to sowing seeds?  The experience of discontinuity, uprootedness and the collapse of fundamental certainties, fostered by today’s media culture, creates a deep sense of orphanhood to which we must respond by creating an attractive and fraternal environment where others can live with a sense of purpose.

217.  In a word, to create a “home” is to create “a family”.  “It is to learn to feel connected to others by more than merely utilitarian and practical bonds, to be united in such a way as to feel that our life is a bit more human.  To create a home is to let prophecy take flesh and make our hours and days less cold, less indifferent and anonymous.  It is to create bonds by simple, everyday acts that all of us can perform.  A home, as we all know, demands that everyone work together.  No one can be indifferent or stand apart, since each is a stone needed to build the home.  This also involves asking the Lord to grant us the grace to learn how to be patient, to forgive one another, to start over each day.  How many times should I forgive and start over?  Seventy times seven times, as many times as necessary.  To create strong bonds requires confidence and trust nurtured daily by patience and forgiveness.  And that is how the miracle takes place: we feel that here we are reborn, here we are all reborn, because we feel God’s caress that enables us to dream of a more human world, and therefore of a world more divine”.[114]

218.  Along these lines, our institutions should provide young people with places they can make their own, where they can come and go freely, feel welcome and readily meet other young people, whether at times of difficulty and frustration, or of joy and celebration.  Some of this is already happening in oratories and other youth centres, which in many cases offer a friendly and relaxed setting where friendships can grow, where young men and women can meet one another, where they can share music, games, sports, but also reflection and prayer.  In such places, much can be offered, without great expenditure of funds.  Then too, the person-to-person contact indispensable for passing on the message can happen, something whose place cannot be taken by any pastoral resource or strategy.

219.  “Friendship and discussion, often within more or less structured groups, offer the opportunity to strengthen social and relational skills in a context in which one is neither analysed nor judged.  Group experience is also a great resource for sharing the faith and for mutual help in bearing witness.  The young are able to guide other young people and to exercise a genuine apostolate among their friends”.[115]

220.  This is not to say that they should become isolated and lose all contact with parish communities, movements and other ecclesial institutions.  But they will be better integrated into communities that are open, living their faith, eager to radiate Christ, joyful, free, fraternal and committed.  These communities can be settings where they feel that it is possible to cultivate precious relationships.

Youth ministry in educational institutions
221.  Schools are unquestionably a platform for drawing close to children and young people.  Precisely because they are such privileged places of personal development, the Christian community has always been concerned to train teachers and administrators, and to found its own schools of various kinds and levels.  In this field of educating the young, the Spirit has raised up countless charisms and examples of holiness.  Yet schools are in urgent need of self-criticism, if we consider the results of their pastoral outreach, which in many cases focuses on a kind of religious instruction that proves often incapable of nurturing lasting experiences of faith.  Some Catholic schools seem to be structured only for the sake of self-preservation.  Fear of change makes them entrenched and defensive before the dangers, real or imagined, that any change might bring.  A school that becomes a “bunker”, protecting its students from errors “from without” is a caricature of this tendency.  Yet this image reflects, in a chilling way, what many young people experience when they graduate from certain educational institutions: an insurmountable disconnect between what they were taught and the world in which they live.  The way they were instructed in religious and moral values did not prepare them to uphold those values in a world that holds them up to ridicule, nor did they learn ways of praying and practicing the faith that can be easily sustained amid the fast pace of today’s society.  For one of the greatest joys that any educator can have is to see a student turn into a strong, well-integrated person, a leader, someone prepared to give.

222.  Catholic schools remain essential places for the evangelization of the young.  Account should be taken of a number of guiding principles set forth in Veritatis Gaudium for the renewal and revival of missionary outreach on the part of schools and universities.  These include a fresh experience of the kerygma, wide-ranging dialogue, interdisciplinary and cross-disciplinary approaches, the promotion of a culture of encounter, the urgency of creating networks and an option in favour of those who are least, those whom society discards.[116]  Similarly important is the ability to integrate the knowledge of head, heart and hands.

223.  On the other hand, we cannot separate spiritual from cultural formation.  The Church has always sought to develop ways of providing the young with the best education possible.  Nor should she stop now, for young people have a right to it.  “Today, above all, the right to a good education means protecting wisdom, that is, knowledge that is human and humanizing.  All too often we are conditioned by trivial and fleeting models of life that drive us to pursue success at a low price, discrediting sacrifice and inculcating the idea that education is not necessary unless it immediately provides concrete results.  No, education makes us raise questions, keeps us from being anaesthetized by banality, and impels us to pursue meaning in life.  We need to reclaim our right not to be sidetracked by the many sirens that nowadays distract from this pursuit.  Ulysses, in order not to give in to the siren song that bewitched his sailors and made them crash against the rocks, tied himself to the mast of the ship and had his companions plug their ears.  Orpheus, on the other hand, did something else to counter the siren song: he intoned an even more beautiful melody, which enchanted the sirens.  This, then, is your great challenge: to respond to the crippling refrains of cultural consumerism with thoughtful and firm decisions, with research, knowledge and sharing”.[117]

Areas needing to be developed
224.  Many young people have come to appreciate silence and closeness to God.  Groups that gather to adore the Blessed Sacrament or to pray with the word of God have also increased.  We should never underestimate the ability of young people to be open to contemplative prayer.  We need only find the right ways and means to help them embark on this precious experience.  When it comes to worship and prayer, “in many settings, young Catholics are asking for prayer opportunities and sacramental celebrations capable of speaking to their daily lives through a fresh, authentic and joyful liturgy”.[118]  It is important to make the most of the great moments of the liturgical year, particularly Holy Week, Pentecost and Christmas.  But other festive occasions can provide a welcome break in their routine and help them experience the joy of faith.

225.  Christian service represents a unique opportunity for growth and openness to God’s gifts of faith and charity.  Many young people are attracted by the possibility of helping others, especially children and the poor.  Often this service is the first step to a discovery or rediscovery of life in Christ and the Church.  Many young people grow weary of our programmes of doctrinal and spiritual formation, and at times demand a chance to be active participants in activities that benefit others.

226.  Nor can we overlook the importance of the arts, like theatre, painting, and others.  “Music is particularly important, representing as it does a real environment in which the young are constantly immersed, as well as a culture and a language capable of arousing emotion and shaping identity.  The language of music also represents a pastoral resource with a particular bearing on the liturgy and its renewal”.[119]  Singing can be a great incentive to young people as they make their way through life.  As Saint Augustine says: “Sing, but continue on your journey.  Do not grow lazy, but sing to make the way more enjoyable.  Sing, but keep going…  If you make progress, you will continue your journey, but be sure that your progress is in virtue, true faith and right living.  Sing then, and keep walking”.[120]

227.  “Equally significant is the emphasis that young people place on sports; the Church should not underestimate the potential of sports for education and formation, but instead maintain a strong presence there.  The world of sport needs to be helped to overcome some of its problematic aspects, such as the idolization of champions, subservience to commercial interests and the ideology of success at any cost”.[121]  At the heart of the experience of sport is “joy: the joy of exercising, of being together, of being alive and rejoicing in the gifts the Creator gives us each day”.[122]  Some Fathers of the Church used the example of the training of athletes to encourage the young to develop their strength and to overcome idleness and boredom.  Saint Basil the Great, writing to young people, used the effort demanded by athletics to illustrate the value of self-sacrifice as a means of growth in virtue:  “These men endure sufferings beyond number, they use many means to build their strength, they sweat constantly as they train... in a word, they so discipline themselves that their whole life prior to the contest is but a preparation for it...  How then can we, who have been promised rewards so wondrous in number and in splendour that no tongue can recount them, even think of winning them if we do nothing other than spend our lives in leisure and make but half-hearted efforts?”[123]

228.  Nature holds a special attraction for many adolescents and young people who recognize our need to care for the environment.  Such is the case with the scouting movement and other groups that encourage closeness to nature, camping trips, hiking, expeditions and campaigns to improve the environment.  In the spirit of Saint Francis of Assisi, these experiences can be a real initiation into the school of universal fraternity and contemplative prayer.

229.  These and various other opportunities for evangelizing the young should not make us forget that, despite the changing times and sensibilities of young people, there are gifts of God that never grow old, for they contain a power transcending all times and places.  There is the word of the Lord, ever living and effective, the nourishing presence of Christ in the Eucharist, and the sacrament of Reconciliation, which brings us freedom and strength.  We can also mention the inexhaustible spiritual riches preserved by the Church in the witness of her saints and the teaching of the great spiritual masters.  Although we have to respect different stages of growth, and at times need to wait patiently for the right moment, we cannot fail to invite young people to drink from these wellsprings of new life.  We have no right to deprive them of this great good.

A “popular” youth ministry
230.  In addition to the ordinary, well-planned pastoral ministry that parishes and movements carry out, it is also important to allow room for a “popular” youth ministry, with a different style, schedule, pace and method.  Broader and more flexible, it goes out to those places where real young people are active, and fosters the natural leadership qualities and the charisms sown by the Holy Spirit.  It tries to avoid imposing obstacles, rules, controls and obligatory structures on these young believers who are natural leaders in their neighbourhoods and in other settings.  We need only to accompany and encourage them, trusting a little more in the genius of the Holy Spirit, who acts as he wills.

231.  We are speaking of truly “popular” leaders, not elitists or those closed off in small groups of select individuals.  To be able to generate a “popular” ministry to youth, “they need to learn to listen to the sense of the people, to become their spokespersons and to work for their promotion”.[124]  When we speak of “the people”, we are not speaking about the structures of society or the Church, but about all those persons who journey, not as individuals, but as a closely-bound community of all and for all, one that refuses to leave the poor and the vulnerable behind.  “The people wants everyone to share in the common good and thus agree to keep pace with its least members, so that all can arrive together”.[125]  “Popular” leaders, then, are those able to make everyone, including the poor, the vulnerable, the frail and the wounded, part of the forward march of youth.  They do not shun or fear those young people who have experienced hurt or borne the weight of the cross.

232.  Similarly, especially in the case of young people who do not come from Christian families or institutions, and are slowly growing to maturity, we have to encourage all the good that we can.[126]  Christ warned us not to see only the good grain (cf. Mt 13:24-30).  At times, in the attempt to develop a pure and perfect youth ministry, marked by abstract ideas, protected from the world and free of every flaw, we can turn the Gospel into a dull, meaningless and unattractive proposition.  Such a youth ministry ends up completely removed from the world of young people and suited only to an elite Christian youth that sees itself as different, while living in an empty and unproductive isolation.  In rejecting the weeds, we also uproot or choke any number of shoots trying to spring up in spite of their limitations.

233.  Instead of “overwhelming young people with a body of rules that make Christianity seem reductive and moralistic, we are called to invest in their fearlessness and to train them to take up their responsibilities, in the sure knowledge that error, failure and crisis are experiences that can strengthen their humanity”.[127]

234.  The Synod called for the development of a youth ministry capable of being inclusive, with room for all kinds of young people, to show that we are a Church with open doors.  Nor does one have to accept fully all the teachings of the Church to take part in certain of our activities for young people.  It is enough to have an open mind towards all those who have the desire and willingness to be encountered by God’s revealed truth.  Some of our pastoral activities can assume that a journey of faith has already begun, but we need a “popular” youth ministry that can open doors and make room for everyone, with their doubts and frustrations, their problems and their efforts to find themselves, their past errors, their experiences of sin and all their difficulties.

235.  Room should also be made for “all those who have other visions of life, who belong to other religions or who distance themselves from religion altogether.  All the young, without exception, are in God’s heart and thus in the Church’s heart.  We recognize frankly that this statement on our lips does not always find real expression in our pastoral actions: often we remain closed in our environments, where their voice does not penetrate, or else we dedicate ourselves to less demanding and more enjoyable activities, suppressing that healthy pastoral restlessness that would urge us to move out from our supposed security.  The Gospel also asks us to be daring, and we want to be so, without presumption and without proselytizing, testifying to the love of the Lord and stretching out our hands to all the young people in the world”.[128]

236.  Youth ministry, when it ceases to be elitist and is willing to be “popular”, is a process that is gradual, respectful, patient, hopeful, tireless and compassionate.  The Synod proposed the example of the disciples of Emmaus (cf. Lk 24:13-35) as a model of what happens in youth ministry.

237.  “Jesus walks with two disciples who did not grasp the meaning of all that happened to him, and are leaving Jerusalem and the community behind.  Wanting to accompany them, he joins them on the way.  He asks them questions and listens patiently to their version of events, and in this way he helps them recognize what they were experiencing.  Then, with affection and power, he proclaims the word to them, leading them to interpret the events they had experienced in the light of the Scriptures.  He accepts their invitation to stay with them as evening falls; he enters into their night.  As they listen to him speak, their hearts burn within them and their minds are opened; they then recognize him in the breaking of the bread.  They themselves choose to resume their journey at once in the opposite direction, to return to the community and to share the experience of their encounter with the risen Lord”.[129]

238.  Various manifestations of popular piety, especially pilgrimages, attract young people who do not readily feel at home in ecclesial structures, and represent a concrete sign of their trust in God.  These ways of seeking God are seen particularly in young people who are poor, but also those in other sectors of society.  They should not be looked down on, but encouraged and promoted.  Popular piety “is a legitimate way of living the faith”[130] and “an expression of the spontaneous missionary activity of the People of God”.[131]

Always missionaries
239.  Here I would point out that it doesn’t take much to make young people missionaries.  Even those who are most frail, limited and troubled can be missionaries in their own way, for goodness can always be shared, even if it exists alongside many limitations.  A young person who makes a pilgrimage to ask Our Lady for help, and invites a friend or companion along, by that single gesture is being a good missionary.  Inseparable from a “popular” youth ministry is an irrepressible “popular” missionary activity that breaks through our customary models and ways of thinking.  Let us accompany and encourage it, but not presume to overly regulate it.

240.  If we can hear what the Spirit is saying to us, we have to realize that youth ministry is always missionary.  Young people are greatly enriched when they overcome their reticence and dare to visit homes, and in this way make contact with people’s lives.  They learn how to look beyond their family and their group of friends, and they gain a broader vision of life.  At the same time, their faith and their sense of being part of the Church grow stronger.  Youth missions, which usually take place during school holidays after a period of preparation, can lead to a renewed experience of faith and even serious thoughts about a vocation.

241.  Young people can find new fields for mission in the most varied settings.  For example, since they are already so familiar with social networks, they should be encouraged to fill them with God, fraternity and commitment.

Accompaniment by adults
242.  Young people need to have their freedom respected, yet they also need to be accompanied.  The family should be the first place of accompaniment.  Youth ministry can present the ideal of life in Christ as the process of building a house on rock (cf. Mt 7:24-25).  For most young people, that house, their life, will be built on marriage and married love.  That is why youth ministry and the pastoral care of families should be coordinated and integrated, with the aim of ensuring a continuous and suitable accompaniment of the vocational process.

243.  The community has an important role in the accompaniment of young people; it should feel collectively responsible for accepting, motivating, encouraging and challenging them.  All should regard young people with understanding, appreciation and affection, and avoid constantly judging them or demanding of them a perfection beyond their years.

244.  At the Synod, “many pointed to the shortage of qualified people devoted to accompaniment.  Belief in the theological and pastoral value of listening entails rethinking and renewing the ways that priestly ministry is ordinarily exercised, and reviewing its priorities.  The Synod also recognized the need to train consecrated persons and laypeople, male and female, to accompany young people. The charism of listening that the Holy Spirit calls forth within the communities might also receive institutional recognition as a form of ecclesial service”.[132]

245.  There is also a special need to accompany young men and women showing leadership potential, so that they can receive training and the necessary qualifications.  The young people who met before the Synod called for “programmes for the formation and continued development of young leaders.  Some young women feel that there is a lack of leading female role models within the Church and they too wish to give their intellectual and professional gifts to the Church.  We also believe that seminarians and religious should have an even greater ability to accompany young leaders”.[133]

246.  The same young people described to us the qualities they hope to find in a mentor, and they expressed this with much clarity.  “The qualities of such a mentor include: being a faithful Christian who engages with the Church and the world; someone who constantly seeks holiness; someone who is a confidant without judging.  Similarly, someone who actively listens to the needs of young people and responds in kind; someone deeply loving and self-aware; someone who recognizes his or her limits and knows the joys and sorrows of the spiritual journey.  An especially important quality in mentors is the acknowledgement of their own humanity – the fact that they are human beings who make mistakes: not perfect people but forgiven sinners.  Sometimes mentors are put on a pedestal, and when they fall, it may have a devastating impact on young people’s ability to continue to engage with the Church.  Mentors should not lead young people as passive followers, but walk alongside them, allowing them to be active participants in the journey.  They should respect the freedom that comes with a young person’s process of discernment and equip them with tools to do so well.  A mentor should believe wholeheartedly in a young person’s ability to participate in the life of the Church.  A mentor should therefore nurture the seeds of faith in young people, without expecting to immediately see the fruits of the work of the Holy Spirit.  This role is not and cannot be limited to priests and consecrated life, but the laity should also be empowered to take on such a role.  All such mentors should benefit from being well-formed, and engage in ongoing formation”.[134]

247.  The Church’s educational institutions are undoubtedly a communal setting for accompaniment; they can offer guidance to many young people, especially when they “seek to welcome all young people, regardless of their religious choices, cultural origins and personal, family or social situations.  In this way, the Church makes a fundamental contribution to the integral education of the young in various parts of the world”.[135]  They would curtail this role unduly were they to lay down rigid criteria for students to enter and remain in them, since they would deprive many young people of an accompaniment that could help enrich their lives.

CHAPTER EIGHT
Vocation

248.  The word “vocation” can be understood in a broad sense as a calling from God, including the call to life, the call to friendship with him, the call to holiness, and so forth.  This is helpful, since it situates our whole life in relation to the God who loves us.  It makes us realize that nothing is the result of pure chance but that everything in our lives can become a way of responding to the Lord, who has a wonderful plan for us.

249.  In the Exhortation Gaudete et Exsultate, I spoke about the vocation of all to grow and mature for the glory of God; I wanted “to repropose the call to holiness in a practical way for our own time, with all its risks, challenges and opportunities”.[136]  The Second Vatican Council helped us to recognize anew this call addressed to each of us: “All the faithful, whatever their condition or state, are called by the Lord, each in his or her own way, to that perfect holiness by which the Father himself is perfect”.[137]

God’s call to friendship

250.  The first thing we need to discern and discover is this: Jesus wants to be a friend to every young person.  This discernment is the basis of all else. In the risen Lord’s dialogue with Simon Peter, his great question was: “Simon, son of John, do you love me?” (Jn 21:16).  In other words, do you love me as a friend?  The mission that Peter received to shepherd Jesus’ flock will always be linked to this gratuitous love, this love of friendship.

251.  On the other hand, there was the unsuccessful encounter of Jesus and the rich young man, which clearly shows that the young man failed to perceive the Lord’s loving gaze (cf. Mk 10:21).  He went away sorrowful, despite his original good intentions, because he could not turn his back on his many possessions (cf. Mt 19:22).  He missed the opportunity of what surely would have been a great friendship.  We will never know what that one young man, upon whom Jesus gazed with love and to whom he stretched out his hand, might have been for us, what he might have done for mankind.

252.  “The life that Jesus gives us is a love story, a life history that wants to blend with ours and sink roots in the soil of our own lives.  That life is not salvation up ‘in the cloud’ and waiting to be downloaded, a new ‘app’ to be discovered, or a technique of mental self-improvement.  Still less is that life a ‘tutorial’ for finding out the latest news.  The salvation that God offers us is an invitation to be part of a love story interwoven with our personal stories; it is alive and wants to be born in our midst so that we can bear fruit just as we are, wherever we are and with everyone all around us.  The Lord comes there to sow and to be sown”.[138]

Being there for others
253.  I would now like to speak of vocation in the strict sense, as a call to missionary service to others.  The Lord calls us to share in his work of creation and to contribute to the common good by using the gifts we have received.

254.  This missionary vocation thus has to do with service.  For our life on earth reaches full stature when it becomes an offering.  Here I would repeat that “the mission of being in the heart of the people is not just a part of my life or a badge I can take off; it is not an ‘extra’ or just another moment in life.  Instead, it is something I cannot uproot from my being without destroying my very self.  I am a mission on this earth; that is the reason why I am here in this world”.[139]  It follows that every form of pastoral activity, formation and spirituality should be seen in the light of our Christian vocation.

255.  Your own personal vocation does not consist only in the work you do, though that is an expression of it.  Your vocation is something more: it is a path guiding your many efforts and actions towards service to others.  So in discerning your vocation, it is important to determine if you see in yourself the abilities needed to perform that specific service to society.

256.  This gives greater value to everything you do.  Your work stops being just about making money, keeping busy or pleasing others.  It becomes your vocation because you are called to it; it is something more than merely a pragmatic decision.  In the end, it is a recognition of why I was made, why I am here on earth, and what the Lord’s plan is for my life.  He will not show me every place, time and detail, since I will have to make my own prudent decisions about these.  But he will show me a direction in life, for he is my Creator and I need to listen to his voice, so that, like clay in the hands of a potter, I can let myself be shaped and guided by him.  Then I will become what I was meant to be, faithful to my own reality.

257.  To respond to our vocation, we need to foster and develop all that we are.  This has nothing to do with inventing ourselves or creating ourselves out of nothing.  It has to do with finding our true selves in the light of God and letting our lives flourish and bear fruit.  “In God’s plan, every man and woman is meant to seek self-fulfilment, for every human life is called to some task by God”.[140]  Your vocation inspires you to bring out the best in yourself for the glory of God and the good of others.  It is not simply a matter of doing things, but of doing them with meaning and direction.  Saint Alberto Hurtado told young people to think very seriously about the direction their lives should take: “If the helmsman of a ship becomes careless, he is fired straightaway for not taking his sacred responsibility seriously.  As for our lives, are we fully aware of the course they are taking?  What course is your life taking?  If it is necessary to give this more thought, I would beg each one of you to give it the highest consideration, because to get it right is tantamount to success; to err is quite simply to fail”.[141]

258.  In the life of each young person, this “being there for others” normally has to do with two basic issues: forming a new family and working.  Surveys of young people repeatedly confirm that these are the two major issues worrying them and, at the same time, exciting them.  Both must be the object of particular discernment.  Let us look briefly at each of them.

Love and family
259.  Young people intensely feel the call to love; they dream of meeting the right person with whom they can form a family and build a life together.  This is undoubtedly a vocation which God himself makes known to them through their feelings, desires and dreams.  I dwelt more fully on this theme in the Apostolic Exhortation Amoris Laetitia.  I would encourage all young people to read especially the fourth and fifth chapters of that Exhortation.

260.  I like to think that “two Christians who marry have recognized the call of the Lord in their own love story, the vocation to form one flesh and one life from two, male and female.  The Sacrament of Holy Matrimony envelops this love in the grace of God; it roots it in God himself.  By this gift, and by the certainty of this call, you can go forward with assurance; you have nothing to fear; you can face everything together!”[142]

261.  Here, we need to remember that God created us as sexual beings.  He himself “created sexuality, which is a marvellous gift to his creatures”.[143]  Within the vocation to marriage we should acknowledge and appreciate that “sexuality, sex, is a gift from God.  It is not taboo.  It is a gift from God, a gift the Lord gives us.  It has two purposes: to love and to generate life.  It is passion, passionate love.  True love is passionate.  Love between a man and a woman, when it is passionate, always leads to giving life.  Always.  To give life with body and soul”.[144]

262.  The Synod insisted that “the family continues to be the principal point of reference for young people.  Children appreciate the love and care of their parents, they give importance to family bonds, and they hope to succeed in forming a family when it is their time.  Without doubt, the increase of separation, divorce, second unions and single-parent families can cause great suffering and a crisis of identity in young people.  Sometimes they must take on responsibilities that are not proportioned to their age and that force them to become adults before their time.  Often, grandparents are a crucial aid in affection and religious education: with their wisdom they are a vital link in the relationship between generations”.[145]

263.  It is true that the difficulties they experience in their own family can lead many young people to ask whether it is worthwhile to start a new family, to be faithful, to be generous.  I can tell you that it certainly is.  It is worth your every effort to invest in the family; there you will find the best incentives to mature and the greatest joys to experience and share.  Don’t let yourselves be robbed of a great love.  Don’t let yourselves be led astray by those who propose a life of rampant individualism that in the end leads to isolation and the worst sort of loneliness.

264.  Today, a culture of the ephemeral dominates, but it is an illusion.  To think that nothing can be definitive is a deceptive lie.  “Today, there are those who say that marriage is out of fashion…  In a culture of relativism and the ephemeral, many preach the importance of ‘enjoying’ the present moment.  They say that it is not worth making a lifelong commitment, making a definitive decision… I ask you, instead, to be revolutionaries, I ask you to swim against the tide; yes, I am asking you to rebel against this culture that sees everything as temporary and that ultimately believes you are incapable of responsibility, incapable of true love”.[146]  I have great confidence in you, and for this very reason, I urge you to opt for marriage.

265.  Marriage requires preparation, and this calls for growing in self-knowledge, developing the greater virtues, particularly love, patience, openness to dialogue and helping others. It also involves maturing in your own sexuality, so that it can become less and less a means of using others, and increasingly a capacity to entrust yourself fully to another person in an exclusive and generous way.

266.  As the bishops of Colombia have taught, “Christ knows that spouses are not perfect and that they need to overcome their weakness and lack of constancy so that their love can grow and endure.  For this reason, he grants spouses his grace, which is at once light and the strength enabling them to achieve progressively their ideal of married life in accordance with God’s plan”.[147]

267.  For those who are not called to marriage or the consecrated life, it must always be remembered that the first and most important vocation is the vocation we have received in baptism.  Those who are single, even if not by their own choice, can offer a particular witness to that vocation through their own path of personal growth.

Work
268.  The bishops of the United States have pointed out that “young adulthood often signals a person’s entrance into the world of work.  ‘What do you do for a living?’ is a constant topic of conversation because work is a major part of their lives.  For young adults, this experience is highly fluid because they move from job to job and even from career to career.  Work can dictate their use of time and can determine what they can afford to do or buy.  It can also determine the quality and quantity of leisure time.  Work defines and influences a young adult’s identity and self-concept and is a prime place where friendships and other relationships develop because generally it is not done alone.  Young men and women speak of work as fulfilling a function and providing meaning.  Work allows young adults to meet their practical needs but even more importantly to seek meaning and fulfilment of their dreams and visions.  Although work may not help achieve their dreams, it is important for young adults to nurture a vision, learn how to work in a truly personal and life-giving way, and to continue to discern God’s call”.[148]

269.  I ask young people not to expect to live without working, depending on others for help.  This is not good, because “work is a necessity, part of the meaning of life on this earth, a path to growth, human development and personal fulfilment.  In this sense, helping the poor financially must always be a provisional solution in the face of pressing needs”.[149]  Hence, “together with the awe-filled contemplation of creation which we find in Saint Francis of Assisi, the Christian spiritual tradition has also developed a rich and balanced understanding of the meaning of work, as, for example, in the life of Blessed Charles de Foucauld and his followers”.[150]

270.  The Synod noted that in the area of work, young people can “experience forms of exclusion and marginalization, of which the first and most serious is youth unemployment, which in some countries reaches exorbitant levels.  Besides making them poor, the lack of work impacts negatively on young people’s capacity to dream and to hope, and it deprives them of the possibility of contributing to the development of society.  In many countries, this situation depends on the fact that some sectors of the young population lack adequate professional skills, perhaps because of deficiencies in the system of education and training.  Often job insecurity among the young is linked to economic interests that exploit labour”.[151]

271.  This is a highly complex and sensitive issue that politics must make a priority, especially at present, when the speed of technological advances and the concern to reduce labour costs can lead quickly to the replacement of many jobs by machines.  It is also a crucial societal issue because employment for a young person is not merely a means of making money.  Work is an expression of human dignity, a path of development and of social inclusion.  It is a constant stimulus to grow in responsibility and creativity, a protection against the tendency towards individualism and personal gratification.  At the same time, it is an opportunity to give glory to God by developing one’s abilities.

272.  Young people do not always have the chance to decide what kind of work they will do, or how their energies and talents will be spent.  Because, alongside their own aspirations, abilities and choices, there is the harsh reality of the job market.  It is true that you cannot live without working, and that sometimes you have to accept whatever is available, but I ask you never to give up on your dreams, never completely bury a calling, and never accept defeat.  Keep seeking at least partial or imperfect ways to live what you have discerned to be your real calling.

273.  When we discover that God is calling us to something, that this or that is what we were made for – whether it be nursing, carpentry, communication, engineering, teaching, art or any other kind of work – then we will be able to summon up our best capacities for sacrifice, generosity and dedication.  Knowing that we don’t do things just for the sake of doing them, but rather we endow them with meaning, as a response to a call that resounds in the depth of our being to offer something to others: that is what makes these occupations bring a sense of deep fulfilment.  As we read in the ancient biblical book of Ecclesiastes: “I saw that there is nothing better than that a man should enjoy his work” (3:22).

The vocation to special consecration
274.  If we are indeed convinced that the Holy Spirit continues to inspire vocations to the priesthood and the religious life, we can “once more cast out the nets” in the Lord’s name, with complete confidence. We can dare, as we should, to tell each young person to ask whether this is the path that they are meant to follow.

275.  Occasionally, I would bring this up with young people, and they would respond almost jokingly: “No, that’s not for me!”  Yet, a few years later, some of them were in the seminary.  The Lord cannot fail in his promise to provide the Church with shepherds, for without them she would not be able to live and carry out her mission.  If it is true that some priests do not give good witness, that does not mean that the Lord stops calling.  On the contrary, he doubles the stakes, for he never ceases to care for his beloved Church.

276.  In discerning your vocation, do not dismiss the possibility of devoting yourself to God in the priesthood, the religious life or in other forms of consecration.  Why not?  You can be sure that, if you do recognize and follow a call from God, there you will find complete fulfilment.

277.  Jesus is walking in our midst, as he did in Galilee.  He walks through our streets, and he quietly stops and looks into our eyes.  His call is attractive and intriguing.  Yet today the stress and quick pace of a world constantly bombarding us with stimuli can leave no room for that interior silence in which we can perceive Jesus’ gaze and hear his call.  In the meantime, many attractively packaged offers will come your way.  They may seem appealing and exciting, although in time they will only leave you feeling empty, weary and alone.  Don’t let this happen to you, because the maelstrom of this world can drive you to take a route without real meaning, without direction, without clear goals, and thus thwart many of your efforts.  It is better to seek out that calm and quiet that enable you to reflect, pray, look more clearly at the world around you, and then, with Jesus, come to recognize the vocation that is yours in this world.

CHAPTER NINE
Discernment

278.  In the Apostolic Exhortation Gaudete et Exsultate, I spoke in rather general terms about discernment.  I would now like to take up some of those reflections and apply them to the way we discern our own vocation in the world.

279.  I mentioned there that all of us, but “especially the young, are immersed in a culture of zapping.  We can navigate simultaneously on two or more screens and interact at the same time with two or three virtual scenarios.  Without the wisdom of discernment, we can easily become prey to every passing trend”.[152]  Indeed, “this is all the more important when some novelty presents itself in our lives. Then we have to decide whether it is new wine brought by God or an illusion created by the spirit of this world or the spirit of the devil”.[153]

280.  Such discernment, “even though it includes reason and prudence, goes beyond them, for it seeks a glimpse of that unique and mysterious plan that God has for each of us…  It has to do with the meaning of my life before the Father who knows and loves me, and with the real purpose of my life, which nobody knows better than he”.[154]

281. Here we see the importance of the formation of conscience, which allows discernment to grow in depth and in fidelity to God: “Forming our conscience is the work of a lifetime, in which we learn to cultivate the very sentiments of Jesus Christ, adopting the criteria behind his choices and the intentions behind his actions (cf. Phil 2:5)”.[155]

282.  In this process of formation, we let ourselves be transformed by Christ, even as we develop “the habit of doing good, which also is a part of our examination of conscience.  We do not simply identify sins, but also recognize God’s work in our daily lives, in the events of our personal history and the world around us, and in the witness of all those men and women who have gone before us or accompany us with their wisdom.  This helps us to grow in the virtue of prudence and to give an overall direction to our life through concrete choices, in the serene awareness of both our gifts and our limitations”.[156]

Discerning your vocation
283.  A particular form of discernment involves the effort to discover our own vocation.  Since this is a very personal decision that others cannot make for us, it requires a certain degree of solitude and silence.  “The Lord speaks to us in a variety of ways, at work, through others and at every moment.  Yet we simply cannot do without the silence of prolonged prayer, which enables us better to perceive God’s language, to interpret the real meaning of the inspirations we believe we have received, to calm our anxieties and to see the whole of our existence afresh in his own light”.[157]

284.  Yet this silence does not make us close in on ourselves.  “We must remember that prayerful discernment has to be born of an openness to listening – to the Lord and to others, and to reality itself, which always challenges us in new ways.  Only if we are prepared to listen, do we have the freedom to set aside our own partial or insufficient ideas…  In this way, we become truly open to accepting a call that can shatter our security, but lead us to a better life.  It is not enough that everything be calm and peaceful.  God may be offering us something more, but in our comfortable inadvertence, we do not recognize it”.[158]

285.  When seeking to discern our own vocation, there are certain questions we ought to ask.  We should not start with wondering where we could make more money, or achieve greater recognition and social status.  Nor even by asking what kind of work would be most pleasing to us.  If we are not to go astray, we need a different starting point.  We need to ask: Do I know myself, quite apart from my illusions and emotions?  Do I know what brings joy or sorrow to my heart?  What are my strengths and weaknesses?  These questions immediately give rise to others: How can I serve people better and prove most helpful to our world and to the Church?  What is my real place in this world?  What can I offer to society?  Even more realistic questions then follow: Do I have the abilities needed to offer this kind of service?  Could I develop those abilities?

286.  These questions should be centred less on ourselves and our own inclinations, but on others, so that our discernment leads us to see our life in relation to their lives.  That is why I would remind you of the most important question of all.  “So often in life, we waste time asking ourselves: ‘Who am I?’  You can keep asking, ‘Who am I?’ for the rest of your lives.  But the real question is: ‘For whom am I?’”.[159]  Of course, you are for God.  But he has decided that you should also be for others, and he has given you many qualities, inclinations, gifts and charisms that are not for you, but to share with those around you.

The call of Jesus our friend

287.  To discern our personal vocation, we have to realize that it is a calling from a friend, who is Jesus.  When we give something to our friends, we give them the best we have.  It will not necessarily be what is most expensive or hard to obtain, but what we know will make them happy.  Friends are so sensitive to this that they can already imagine the smile on their friend’s face when he or she opens that gift.  This sort of discernment that takes place among friends is what I suggest you take as a model for trying to discover God’s will for your lives.

288.  I want you to know that, when the Lord thinks of each of you and what he wants to give you, he sees you as his close friend.  And if he plans to grant you a grace, a charism that will help you live to the full and become someone who benefits others, someone who leaves a mark in life, it will surely be a gift that will bring you more joy and excitement than anything else in this world.  Not because that gift will be rare or extraordinary, but because it will perfectly fit you.  It will be a perfect fit for your entire life.

289.  A vocation, while a gift, will undoubtedly also be demanding.  God’s gifts are interactive; to enjoy them we have to be ready to take risks.  Yet the demands they make are not an obligation imposed from without, but an incentive to let that gift grow and develop, and then become a gift for others.  When the Lord awakens a vocation, he thinks not only of what you already are, but of what you will one day be, in his company and in that of others.

290. Sheer vitality and strength of personality combine in the hearts of young people to make them constantly aim higher.  This exuberance will be tempered by time and painful experiences, but it is important for “this youthful and still untested yearning for the infinite”[160] to encounter the unconditional friendship that Jesus offers us.  More than rules and obligations, the choice that Jesus sets before us is to follow him as friends follow one another, seeking each other’s company and spending time together out of pure friendship.  Everything else will come in time, and even failures in life can be an invaluable way of experiencing that friendship, which will never be lost.

Listening and accompaniment
291. There are many priests, men and women religious, lay and professional persons, and indeed qualified young people, who can help the young with their vocational discernment.  When we are called upon to help others discern their path in life, what is uppermost is the ability to listen.  Listening calls for three distinct and complementary kinds of sensitivity.

292.  The first kind of sensitivity is directed to the individual.  It is a matter of listening to someone who is sharing his very self in what he says.  A sign of this willingness to listen is the time we are ready to spare for others.  More than the amount of time we spend, it is about making others feel that my time is their time, that they have all the time they need to say everything they want.  The other person must sense that I am listening unconditionally, without being offended or shocked, tired or bored.  We see an example of this kind of listening in the Lord; he walks alongside the disciples on the way to Emmaus, even though they are going in the wrong direction (cf. Lk 24:13-35).  When Jesus says he plans to go farther, they realize that he has given them the gift of his time, so they decide to give him theirs by offering their hospitality.  Attentive and selfless listening is a sign of our respect for others, whatever their ideas or their choices in life.

293.  The second kind of sensitivity is marked by discernment.  It tries to grasp exactly where grace or temptation is present, for sometimes the things that flit across our minds are mere temptations that can distract us from our true path.  I need to ask myself what is it that the other person is trying to tell me, what they want me to realize is happening in their lives.  Asking such questions helps me appreciate their thinking and the effects it has on their emotions.  This kind of listening seeks to discern the salutary promptings of the good Spirit who proposes to us the Lord’s truth, but also the traps laid by the evil spirit – his empty works and promises.  It takes courage, warmth and tact to help others distinguish the truth from illusions or excuses.

294.  The third kind of sensitivity is the ability to perceive what is driving the other person.  This calls for a deeper kind of listening, one able to discern the direction in which that person truly wants to move.  Apart from what they are feeling or thinking right now, and whatever has happened up to this point in their lives, the real issue is what they would like to be.  This may demand that they look not to their own superficial wishes and desires, but rather to what is most pleasing to the Lord, to his plans for their life.  And that is seen in a deeper inclination of the heart, beyond the surface level of their likes and feelings.  This kind of listening seeks to discern their ultimate intention, the intention that definitively decides the meaning of their life.  Jesus knows and appreciates this ultimate intention of the heart.  He is always there, ready to help each of us to recognize it.  We need but say to him: “Lord, save me!  Have mercy on me!”

295.  In this way, discernment becomes a genuine means of spiritual combat, helping us to follow the Lord more faithfully.[161]  The desire to know our personal vocation thus takes on a supreme intensity, a different quality and higher level, one that better respects the dignity of our person and our life.   In the end, good discernment is a path of freedom that brings to full fruit what is unique in each person, something so personal that only God knows it.  Others cannot fully understand or predict from the outside how it will develop.

296.  When we listen to others in this way, at a certain moment we ourselves have to disappear in order to let the other person follow the path he or she has discovered.  We have to vanish as the Lord did from the sight of his disciples in Emmaus, leaving them alone with burning hearts and an irresistible desire to set out immediately (cf. Lk 24:31-33).  When they returned to the community, those disciples heard the good news that the Lord was indeed risen (cf. Lk 24:34).

297.  Because “time is greater than space”,[162] we need to encourage and accompany processes, without imposing our own roadmaps.  For those processes have to do with persons who remain always unique and free.  There are no easy recipes, even when all the signs seem positive, since “positive factors themselves need to be subjected to a careful work of discernment, so that they do not become isolated and contradict one another, becoming absolutes and at odds with one another.  The same is true for the negative factors, which are not to be rejected en bloc and without distinction, because in each one there may lie hidden some value which awaits liberation and restoration to its full truth”.[163]

298.  If you are to accompany others on this path, you must be the first to follow it, day in and day out.  That is what Mary did, in her own youth, as she confronted her own questions and difficulties.  May she renew your youthfulness by the power of her prayers and accompany you always by her maternal presence.

And to conclude… a wish
299.  Dear young people, my joyful hope is to see you keep running the race before you, outstripping all those who are slow or fearful.   Keep running, “attracted by the face of Christ, whom we love so much, whom we adore in the Holy Eucharist and acknowledge in the flesh of our suffering brothers and sisters.  May the Holy Spirit urge you on as you run this race.  The Church needs your momentum, your intuitions, your faith. We need them!  And when you arrive where we have not yet reached, have the patience to wait for us”.[164]

Given in Loreto, at the Shrine of the Holy House, on 25 March, Solemnity of the Annunciation of the Lord, in the year 2019, the seventh of my Pontificate.

FRANCIS

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[1] The Greek word usually translated “new” can also mean “young”.
[2] Confessions, X, 27: PL 32, 795.
[3] SAINT IRENAEUS, Adversus Hæreses, II, 22, 4: PG 7, 784.
[4] Final Document of the Fifteenth Ordinary General Assembly of the Synod of Bishops, 60.  Hereafter cited as FD.  The document can be found at: http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20181027_doc-final-instrumentum-xvassemblea-giovani_en.html.
[5] Catechism of the Catholic Church, 515.
[6] Ibid., 517.
[7] Catechesis (27 June 1990), 2-3: Insegnamenti 13, 1 (1990), 1680-1681.
[8] Post-Synodal Apostolic Exhortation Amoris Laetitia (19 March 2016), 182: AAS 108 (2016), 384.
[9] FD 63.
[10] SECOND VATICAN ECUMENICAL COUNCIL, Message to Young Men and Women (8 December 1965): AAS 58 (1966), 18.
[11] Ibid.
[12] FD 1
[13] Ibid., 8.
[14] Ibid., 50.
[15] Ibid., 53
[16] Cf. SECOND VATICAN ECUMENICAL COUNCIL, Dogmatic Constitution on Divine Revelation Dei Verbum, 8.
[17] FD 150.
[18] Address at the Vigil with Young People, XXXIV World Youth Day in Panama (26 January 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 January 2019, 6.
[19] Prayer at the Conclusion of the Way of the Cross, XXXIV World Youth Day in Panama (26 January 2019): L’Osservatore Romano, 27 January 2019, 12.
[20] FD 65.
[21] Ibid., 167.
[22] SAINT JOHN PAUL II, Address to Young People in Turin (13 April 1980), 4: Insegnamenti 3, 1 (1980), 905.
[23] BENEDICT XVI, Message for the XXVII World Youth Day (15 March 2012): AAS 194 (2012), 359.
[24] FD 8.

[25] Ibid.
[26] Ibid., 10.
[27] Ibid., 11.
[28] Ibid., 12.
[29] Ibid., 41.
[30] Ibid., 42.
[31] Address to Young People in Manila (18 January 2015): L’Osservatore Romano, 19-20 January 2015, 7.
[32] FD 34.
[33] Document of the Pre-Synodal Meeting in Preparation for the XV Ordinary General Assembly of the Synod of Bishops, Rome (24 March 2018), I, 1.
[34] FD 39.
[35] Ibid., 37.
[36] Cf. Encyclical Letter Laudato Si’ (24 May 2015), 106: AAS 107 (2015), 889-890.
[37] FD 37.
[38] Ibid., 67.
[39] Ibid., 21.
[40] Ibid., 22.
[41] Ibid., 23.
[42] Ibid., 24.
[43] Document of the Pre-Synodal Meeting in Preparation for the XV Ordinary General Assembly of the Synod of Bishops, Rome (24 March 2018), I, 4.
[44] FD 25.
[45] Ibid.
[46] Ibid., 26.
[47] Ibid., 27.
[48] Ibid., 28.
[49] Ibid., 29.
[50] Address at the Conclusion of the Meeting on the Protection of Minors in the Church (24 February 2019): L’Osservatore Romano, 25-26 February 2019, 10.
[51] FD 29.
[52] Letter to the People of God (20 August 2018), 2: L’Osservatore Romano, 21-21 August 2018, 7.
[53] FD 30.
[54] Address at the Opening of the XV Ordinary General Assembly of the Synod of Bishops (3 October 2018): L’Osservatore Romano, 5 October 2018, 8.
[55] FD 31.
[56] Ibid.
[57] SECOND VATICAN ECUMENICAL COUNCIL, Pastoral Constitution on the Church in the Modern World Gaudium et Spes, 1.
[58] FD 31.
[59] Ibid.
[60] Address at the Conclusion of the Meeting on the Protection of Minors in the Church (24 February 2019): L’Osservatore Romano, 25-26 February 2019, 11.
[61] FRANCISCO LUIS BERNÁRDEZ, “Soneto”, in Cielo de tierra, Buenos Aires, 1937.
[62] Apostolic Exhortation Gaudete et Exsultate (19 March 2018), 140.
[63] Homily at Mass, XXXI World Youth Day in Krakow (31 July 2016): AAS 108 (2016), 963.
[64] Address at the Opening of the XXXIV World Youth Day in Panama (24 January 2019): L’Osservatore Romano, 26 January 2019, 12.
[65] Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium (24 November 2013), 1: AAS 105 (2013), 1019.
[66] Ibid., 3: AAS 105 (2013), 1020.
[67] Address at the Vigil with Young People, XXXIV World Youth Day in Panama (26 January 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 January 2019, 6.
[68] Address at the Meeting with Young People during the Synod (6 October 2018): L’Osservatore Romano, 8-9 October 2018, 7.
[69] BENEDICT XVI, Encyclical Letter Deus Caritas Est (25 December 2005), 1: AAS 98 (2006), 217.
[70] PEDRO ARRUPE, Enamórate.
[71] SAINT PAUL VI, Address for the Beatification of Nunzio Sulprizio (1 December 1963): AAS 56 (1964), 28.
[72] FD 65.
[73] Homily at Mass with Young People in Sydney (2 December 1970): AAS 63 (1971), 64.
[74] Confessions, I, 1, 1: PL 32, 661.
[75] God is Young.  A Conversation with Thomas Leoncini, New York, Random House, 2018, 4.
[76] FD 68.
[77] Meeting with Young People in Cagliari (22 September 2013): AAS 105 (2013), 904-905.
[78] Five Loaves and Two Fish, Pauline Books and Media, 2003, pp. 9, 13.
[79] CONFÉRENCE DES ÉVÊQUES SUISSES, Prendre le temps: pour toi, pour moi, pour nous, 2 February 2018.
[80] Cf. SAINT THOMAS AQUINAS, Summa Theologiae, II-II, q. 23, art. 1.
[81] Address to the Volunteers of the XXXIV World Youth Day in Panama (27 January 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 January 2019, 11.
[82] SAINT OSCAR ROMERO, Homily (6 November 1977), in Su Pensamiento, I-II, San Salvador, 2000, p. 312.
[83] Address at the Opening of the XXXIV World Youth Day in Panama (24 January 2019): L’Osservatore Romano, 26 January 2019, 12.
[84] Cf. Meeting with Young People in the National Shrine of Maipú, Santiago de Chile (17 January 2018): L’Osservatore Romano, 19 January 2018, 7.
[85] Cf. ROMANO GUARDINI, Die Lebensalter.  Ihre ethische und pädagogische Bedeutung, Würzburg, 3rd ed., 1955, 20.
[86] Apostolic Exhortation Gaudete et Exsultate (19 March 2018), 11.
[87] Spiritual Canticle, Red. B, Prologue, 2.
[88] Ibid., XIV-XV, 2.
[89] EPISCOPAL CONFERENCE OF RWANDA, Letter of the Catholic Bishops of Rwanda for Christians in the Extraordinary Year of Reconciliation, Kigali (18 January 2018), 17.
[90] Greeting to Young People of the Father Félix Varela Cultural Centre in Havana (20 September 2015): L’Osservatore Romano, 21-22 September 2015, 6.
[91] FD 46.
[92] Address at the Vigil of the XXVIII World Youth Day in Rio de Janeiro (27 July 2013): AAS 105 (2013), 663.
[93] Ustedes son la luz del mundo.  Address in Cerro San Cristóbal, Chile, 1940.  The text can be found at: https://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/.
[94] Homily at Mass, XXVIII World Youth Day in Rio de Janeiro (28 July 2013): AAS 105 (2013), 665.
[95] CATHOLIC BISHOPS’ CONFERENCE OF KOREA, Pastoral Letter on the occasion of the 150th Anniversary of the Martyrdom during the Byeong-in Persecution (30 March 2016).
[96] Cf. Homily at Mass, XXXIV World Youth Day in Panama (27 January 2018): L’Osservatore Romano, 28-29 January 2019, 12.
[97] “Lord, make me a channel of your peace”, prayer inspired by Saint Francis of Assisi.
[98] Address at the Vigil, XXIV World Youth Day in Panama, (26 January 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 January 2019, 6.
[99] FD 14.
[100] Cf. Encyclical Letter Laudato Si’ (24 May 2015), 145: AAS 107 (2015), 906.
[101] Video Messsage for the World Meeting of Indigenous Youth in Panama (17-21 January 2019): L’Osservatore Romano, 19 January 2019, 8.
[102] FD 35.
[103] Cf. Ad Adolescentes, I, 2: PG 31, 565.
[104] Cf. POPE FRANCIS AND FRIENDS, Sharing the Wisdom of Time, Chicago, Loyola Press, 2018.
[105] Ibid., 12.
[106] Ibid., 13.
[107] Ibid.
[108] Ibid.
[109] Ibid., 162-163.
[110] EDUARDO PIRONIO, Message to Young Argentinians at the National Youth Meeting in Cordoba, (12-15 September 1985), 2.
[111] FD 123.
[112] Das Wesen des Christentums. Die neue Wirklichkeit des Herrn, Mainz, 7th ed., 1991, 14.
[113] No. 165: AAS 105 (2013), 1089.
[114] Address at the Visit to the Good Samaritan Home, Panama, (27 January 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 January 2019, 10.
[115] FD 36.
[116] Cf. Apostolic Constitution Veritatis Gaudium (8 December 2017), 4: AAS 110 (2018), 7-8.
[117] Address at the Meeting with Students and Representatives of the Academic World in Piazza San Domenico, Bologna (1 October 2017): AAS 109 (2017), 1115.
[118] FD 51.
[119] Ibid., 47.
[120] Sermo 256, 3: PL 38, 1193.
[121] FD 47.
[122] Address to a Delegation of the International Special Olympics (16 February 2017): L’Osservatore Romano, 17 February 2017, 8.
[123] Ad Adolescentes, VIII, 11-12: PG 31, 580.
[124] EPISCOPAL CONFERENCE OF ARGENTINA, Declaración de San Miguel, Buenos Aires, 1969, X, 1.
[125] RAFAEL TELLO, La nueva evangelización, II (Appendices I and II), Buenos Aires, 2013, 111.
[126] Cf. Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium (24 November 2013), 44-45: AAS 105 (2013), 1038-1039.
[127] FD 70.
[128] Ibid., 117.
[129] Ibid., 4.
[130] Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium (24 November 2013), 124: AAS 105 (2013), 1072.
[131] Ibid., No. 122, 1071.
[132] FD 9.
[133] Document of the Pre-Synodal Meeting for the Preparation of the XV Ordinary Assembly of the Synod of Bishops, Rome (24 March 2018), 12.
[134] Ibid., 10.
[135] FD 15.
[136] Apostolic Exhortation Gaudete et Exsultate (19 March 2018), 2.
[137] Dogmatic Constitution on the Church Lumen Gentium, 11.
[138] Address at the Vigil, XXXIV World Youth Day in Panama (26 January 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 January 2019, 6.
[139] Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium (24 November 2013), 273: AAS 105 (2013), 1130.
[140] SAINT PAUL VI, Encyclical Letter Populorum Progressio (26 March 1967), 15: AAS 59 (1967), 265.
[141] Meditación de Semana Santa para jóvenes, written aboard a cargo ship returning from the United States in 1946 (https://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/).
[142] Meeting with the Young People of Umbria in Assisi (4 October 2013): 105 (2013), 921.
[143] Post-Synodal Apostolic Exhortation Amoris Laetitia (19 March 2016), 150: AAS 108 (2016), 369.
[144] Address to Young People from the Diocese of Grenoble-Vienne (17 September 2018): L’Osservatore Romano, 19 September 2018, 8.
[145] FD 32.
[146] Meeting with Volunteers, XXVIII World Youth Day in Rio de Janeiro (28 July 2013): Insegnamenti 1, 2 (2013), 125.
[147] EPISCOPAL CONFERENCE OF COLOMBIA, Mensaje Cristiano sobre el matrimonio (14 May 1981).
[148] UNITED STATES CONFERENCE OF CATHOLIC BISHOPS, Sons and Daughters of Light: A Pastoral Plan for Ministry with Young Adults, November 12, 1996, Part One, 3.
[149] Encyclical Letter Laudato Si’ (24 May 2015), 128: AAS 107 (2015), 898.
[150] Ibid., 125: AAS 107 (2015), 897.
[151] FD 40.
[152] Apostolic Exhortation Gaudete et Exsultate (19 March 2018), 167.
[153] Ibid., 168.
[154] Ibid., 170.
[155] FD 108.
[156] Ibid.
[157] Apostolic Exhortation Gaudete et Exsultate (19 March 2018), 171.
[158] Ibid., 172.
[159] Address of Pope Francis at the Prayer Vigil in Preparation for the XXXIV World Youth Day, Papal Basilica of Saint Mary Major (8 April 2017): AAS 109 (2017), 447.
[160] ROMANO GUARDINI, Die Lebensalter.  Ihre ethische und pädagogische Bedeutung, Würzburg, 3rd ed., 1955, 20.
[161] Cf. Apostolic Exhortation Gaudete et Exsultate (19 March 2018), 169.
[162] Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium (24 November 2013), 222: AAS 105 (2013), 1111.
[163] SAINT JOHN PAUL II, Post-Synodal Apostolic Exhortation Pastores Dabo Vobis (25 March 1992), 10: AAS 84 (1992), 672.
[164] Prayer Vigil with Young Italians at the Circus Maximus in Rome (11 August 2018): L’Osservatore Romano, 13-14 August 2018, 6.

 

Traduzione in lingua tedesca

NACHSYNODALES APOSTOLISCHES SCHREIBEN
CHRISTUS VIVIT

VON PAPST FRANZISKUS
AN DIE JUNGEN MENSCHEN
UND AN DAS GANZE VOLK GOTTES

1. Christus lebt. Er ist unsere Hoffnung, und er ist die schönste Jugend dieser Welt. Alles, was er berührt, verjüngt sich, wird neu, füllt sich mit Leben. Die ersten Worte, die ich also an jeden Einzelnen von euch jungen Christen richten möchte, lauten: Er lebt und er will, dass du lebendig bist!

2. Er ist in dir, er ist bei dir und verlässt dich nie. So sehr du dich auch entfernen magst, der Auferstandene ist an deiner Seite; er ruft dich und wartet auf dich, um neu zu beginnen. Wenn du dich aus Traurigkeit oder Groll, Furcht, Zweifel oder Versagen alt fühlst, wird er da sein, um dir Kraft und Hoffnung zurückzugeben.

3. An alle jungen Christen richte ich mit herzlicher Zuneigung dieses Apostolische Schreiben, das heißt, einen Brief, der an einige Überzeugungen unseres Glaubens erinnert und zugleich dazu ermutigt, in der Heiligkeit und im Engagement für die eigene Berufung zu wachsen. Da es jedoch auch einen Meilenstein auf einem synodalen Weg darstellt, wende ich mich ebenso an das ganze Volk Gottes, an die Hirten und an die Gläubigen, denn das Nachdenken über und für die jungen Menschen fordert uns alle heraus und spornt uns an. Dementsprechend werde ich mich in einigen Abschnitten direkt an die jungen Menschen wenden und in anderen allgemeinere Ansätze für die geistliche Unterscheidung (discernimento) vorlegen.

4. Ich habe mich von den reichhaltigen Überlegungen und Gesprächen der Synode im vergangenen Jahr anregen lassen. Ich kann hier nicht alle diese Beiträge aufnehmen; sie sind im Abschlussdokument nachzulesen. Ich habe mich aber bemüht, bei der Abfassung dieses Schreibens die Vorschläge aufzunehmen, die mir am bedeutsamsten erschienen. So wird mein Wort durch die Tausenden von Stimmen der Gläubigen aus aller Welt bereichert, die ihre Gedanken in die Synode eingebracht haben. Auch die nichtglaubenden jungen Menschen, die mit ihren Überlegungen teilnehmen wollten, haben Problemkreise zur Sprache gebracht, die für mich neue Fragen aufgeworfen haben.

ERSTES KAPITEL
Was sagt das Wort Gottes über die jungen Menschen?

5. Lasst uns nun einige Schätze aus der Heiligen Schrift heben, wo verschiedentlich über die jungen Menschen gesprochen wird und darüber, wie der Herr ihnen entgegengeht.

Im Alten Testament
6. In einer Epoche, in der die Jugendlichen wenig zählten, zeigen einige Texte, dass Gott mit anderen Augen sieht. Zum Beispiel hören wir, dass Josef einer der Jüngsten der Familie war (vgl. Gen 37,2-3). Trotzdem teilte Gott ihm große Dinge im Traum mit, und er übertraf mit etwa zwanzig Jahren alle seine Brüder an bedeutenden Ämtern (vgl. Gen 37-47).

7. An Gideon sehen wir die Aufrichtigkeit der jungen Menschen, die nicht gewöhnt sind, die Wirklichkeit schönzureden. Als ihm gesagt wurde, dass der Herr mit ihm sei, antwortete er: »Ist der Herr wirklich mit uns? Warum hat uns dann all das getroffen?« (Ri 6,13). Gott ließ sich jedoch von diesem Vorwurf nicht irritieren und verdoppelte für ihn den Einsatz: »Geh in dieser deiner Kraft und rette Israel« (Ri 6,14).

8. Samuel war ein unsicherer Junge, doch der Herr unterhielt sich mit ihm. Dank des Rats eines Erwachsenen öffnete er sein Herz, um den Ruf Gottes zu hören: »Rede, Herr; denn dein Diener hört« (1Sam 3,9.10). Deshalb war er ein großer Prophet, der in wichtigen Momenten für sein Heimatland eingetreten ist. Auch König Saul war ein junger Mann, als der Herr ihn rief, seine Mission zu erfüllen (vgl. 1Sam 9,2).

9. König David wurde erwählt, als er noch ein Junge war. Als der Prophet Samuel den zukünftigen König von Israel suchte, stellte ein Mann ihm seine größeren und erfahreneren Söhne als Kandidaten vor. Der Prophet erwiderte jedoch, dass der Auserwählte der junge David sei, der die Schafe hütete (vgl. 1Sam 16,6-13); denn »der Mensch sieht, was vor den Augen ist, der Herr aber sieht das Herz« (V. 7). Die Strahlkraft der Jugend liegt mehr in ihrem Herzen als in der körperlichen Kraft oder im Eindruck, den sie bei anderen hinterlassen.

10. Als Salomon die Nachfolge seines Vaters antreten sollte, fühlte er sich verloren und sagte zu Gott: »Ich bin noch sehr jung und weiß nicht aus noch ein« (1Kön 3,7). Doch die Kühnheit der Jugend veranlasste ihn, Gott um die Weisheit zu bitten. So widmete er sich seiner Aufgabe. Etwas Ähnliches geschah dem Propheten Jeremia, der noch sehr jung war, als er berufen wurde, sein Volk aufzurütteln. In seiner Angst sagte er: »Ach, Herr und Gott, ich kann doch nicht reden, ich bin ja noch so jung« (Jer 1,6). Aber der Herr ermahnte ihn, nicht so zu reden (vgl. Jer 1,7), und fuhr fort: »Fürchte dich nicht vor ihnen; denn ich bin mit dir um dich zu retten« (Jer 1,8). Die Einsatzbereitschaft des Propheten Jeremia für seine Sendung zeigt, was möglich ist, wenn sich die Frische der Jugend mit der Kraft Gottes verbindet.

11. Ein jüdisches Mädchen im Dienst des ausländischen Soldaten Naaman griff glaubensstark ein, um ihm zu helfen, von seiner Krankheit zu genesen (vgl. 2Kön 5,2-6). Die junge Rut war ein Vorbild an Großmut, weil sie bei der Schwiegermutter blieb, die ins Unglück geraten war (vgl. Rut 1,1-18), und sie bewies auch Kühnheit, um im Leben weiterzugehen (vgl. Rut 4,1-17).

Im Neuen Testament
12. Ein Gleichnis Jesu (vgl. Lk 15,11-32) erzählt davon, dass der „jüngere“ Sohn aus dem väterlichen Haus in ein fernes Land ziehen wollte (vgl. VV. 12-13). Doch seine Träume von Unabhängigkeit verwandelten sich in Zügellosigkeit und Ausschweifung (vgl. V. 13), und er machte die bittere Erfahrung von Einsamkeit und Armut (vgl. VV. 14-16). Dennoch war er fähig, es sich anders zu überlegen und neu zu beginnen (vgl. VV. 17-19). Er beschloss aufzubrechen (vgl. V. 20). Es ist typisch für ein junges Herz, dass es für Veränderungen offen ist; dass es in der Lage ist, wiederaufzustehen und sich vom Leben belehren zu lassen. Wie kann man den Sohn bei diesem neuen Bestreben allein lassen? Der ältere Bruder hatte allerdings schon ein altes Herz. Er ließ sich von der Habgier, vom Egoismus und von der Eifersucht vereinnahmen (vgl. VV. 28-30). Jesus lobt den jungen Sünder, der wieder den richtigen Weg einschlägt, mehr als den, der sich für treu hält, aber nicht den Geist der Liebe und des Erbarmens lebt.

13. Jesus als der ewig junge möchte uns ein immer junges Herz schenken. Das Wort Gottes fordert uns auf: »Schafft den alten Sauerteig weg, damit ihr neuer Teig seid!« (1Kor 5,7). Zugleich lädt es uns ein, den »alten Menschen« abzulegen, um den »neuen« Menschen anzuziehen (vgl. Kol 3,9.10).[1] Sich mit der Jugend zu bekleiden, die »erneuert wird« (V. 10), bedeutet, Empfindungen von innigem Erbarmen, Güte, Demut, Milde, Geduld zu haben, einander zu ertragen und zu vergeben, wenn einer dem anderen etwas vorzuwerfen hat (vgl. Kol 3,12-13). Das bedeutet, dass die wahre Jugend darin besteht, ein Herz zu besitzen, das liebesfähig ist. Umgekehrt macht alles das, was uns von den anderen trennt, die Seele alt. Resümierend heißt es daher: »Vor allem bekleidet euch mit der Liebe, die das Band der Vollkommenheit ist!« (Kol 3,14).

14. Wir sehen, dass es Jesus nicht gefiel, wenn Erwachsene herablassend auf die Jüngeren blickten oder sie in despotischer Weise in Dienst nahmen. Im Gegenteil mahnte er: »Der Größte unter euch soll werden wie der Jüngste« (Lk 22,26). Für Jesus war das Alter nicht an Privilegien geknüpft, und wenn jemand jünger war, bedeutete das nicht, dass er weniger wert war oder weniger Würde besaß.

15. Das Wort Gottes sagt, dass die jungen Menschen wie »Brüder« (1Tim 5,1) zu behandeln seien. Es empfiehlt den Eltern, die Kinder nicht einzuschüchtern, damit sie nicht mutlos werden (vgl. Kol 3,21). Ein junger Mensch kann nicht entmutigt werden; sein Naturell ist darauf angelegt, von Großem zu träumen, weite Horizonte zu suchen, immer mehr zu wagen, die Welt erobern zu wollen, anspruchsvolle Herausforderungen anzunehmen und sein Bestes zu geben, um etwas Besseres zu schaffen. Daher poche ich bei den jungen Menschen darauf, dass sie sich nicht die Hoffnung rauben lassen. Ich rufe es jedem einzelnen Jugendlichen immer wieder zu: »Niemand soll dich wegen deiner Jugend gering schätzen« (1Tim 4,12).

16. Zugleich werden die jungen Menschen allerdings angewiesen, sich den Älteren unterzuordnen (vgl. 1Petr 5,5). Die Bibel lädt immer dazu ein, großen Respekt vor den Älteren zu haben, weil sie einen Schatz an Erfahrung besitzen und Erfolge wie Niederlagen, Freuden und große Schmerzen des Lebens, Hoffnungen und Enttäuschungen erlebt haben. In der Stille ihres Herzens bewahren sie viele Geschichten, die uns helfen können, Fehler zu vermeiden und uns nicht auf falsche Vorspiegelungen einzulassen. Das Wort eines weisen alten Menschen lädt dazu ein, gewisse Grenzen zu beachten und sich im rechten Moment zu beherrschen: »Ebenso ermahne die jüngeren Männer, in allen Dingen besonnen zu sein« (Tit 2,6). Es ist nicht gut, einem Kult der Jugend zu verfallen oder eine jugendliche Haltung einzunehmen, welche die anderen wegen ihres Alters verachtet oder weil sie aus einer anderen Zeit stammen. Jesus hat gesagt, dass ein weiser Mensch aus seinem Schatz Neues und Altes hervorzuholen vermag (vgl. Mt 13,52). Ein kluger Jugendlicher öffnet sich der Zukunft, ist aber immer fähig, etwas aus der Erfahrung der anderen wertzuschätzen.

17. Im Markusevangelium ist von einem Menschen die Rede, der, als Jesus ihm die Gebote ins Gedächtnis ruft, feststellt: »Alle diese Gebote habe ich von Jugend an befolgt« (10,20). So heißt es schon in den Psalmen: »Du bist meine Hoffnung, Herr und Gott, meine Zuversicht von Jugend auf […] Gott, du hast mich gelehrt von Jugend auf und bis heute verkünde ich deine Wunder« (71,5.17). Man braucht es nicht zu bereuen, die eigene Jugend damit zu verbringen, gut zu sein, dem Herrn das Herz zu öffnen und anders zu leben. Nichts von all dem nimmt uns die Jugend, vielmehr stärkt und erneuert es sie: »Wie dem Adler wird dir die Jugend erneuert« (Ps 103,5). Daher klagt der heilige Augustinus: »Spät habe ich dich geliebt, du Schönheit, ewig alt und ewig neu, spät habe ich dich geliebt.«[2] Aber jener reiche Mann, der in seiner Jugend Gott treu geblieben war, ließ zu, dass die Jahre ihm die Träume wegnahmen. Er blieb lieber auf seine materiellen Güter fixiert (vgl. Mk 10,22).

18. Im Matthäusevangelium hingegen tritt ein junger Mann (vgl. Mt 19,20.22) auf, der sich Jesus nähert, weil er mehr erwartet (vgl. V. 20). Er macht es mit jenem offenen Gemüt, das typisch für die jungen Menschen ist auf ihrer Suche nach neuen Horizonten und großen Herausforderungen. Tatsächlich war sein Gemüt gar nicht so jung, weil er sich schon an Reichtümer und Bequemlichkeit geklammert hatte. Mit dem Mund behauptete er, mehr zu wollen; aber als Jesus ihn einlädt, großzügig zu sein und seine Habe zu verteilen, wurde ihm klar, dass er nicht fähig ist, sich von seinem Besitz zu trennen. Am Ende heißt es: »Als der junge Mann das hörte, ging er traurig weg« (V. 22). Er hatte auf seine Jugend verzichtet.

19. Das Evangelium erzählt uns auch von einigen klugen jungen Frauen, die bereit und aufmerksam waren, während andere zerstreut und schläfrig waren (vgl. Mt 25,1-13). Man kann nämlich seine Jugend zerstreut verbringen, indem man sich nur an der Oberfläche des Lebens bewegt, verschlafen und unfähig, tiefe Beziehungen zu pflegen und ins Herz des Lebens vorzudringen. Auf diese Weise baut man eine armselige Zukunft ohne Substanz auf. Dagegen kann man seine Jugend nützen, um schöne und große Dinge zu pflegen, und so eine Zukunft voll von Leben und innerem Reichtum schaffen.

20. Wenn du die innere Kraft, die Träume, den Enthusiasmus, die Hoffnung und den Großmut verloren hast tritt Jesus vor dich, wie er vor dem toten Sohn der Witwe erschien, und fordert dich mit all seiner Auferstehungsmacht auf: Junger Mensch, »ich sage dir: Steh auf!« (Lk 7,14).

21. Zweifellos gibt es viele weitere Texte der Heiligen Schrift, die uns diese Lebensphase erhellen können. Einige von ihnen werden wir in den nächsten Kapiteln untersuchen.

ZWEITES KAPITEL
Jesus Christus ist immer jung

22. »Als junger Mann unter jungen Männern wurde [Jesus] den jungen Männern ein Vorbild und heiligte sie für den Herrn.«[3] Daher sagt die Synode, dass »die Jugend eine eigenständige und anregende Lebensphase [ist], die Jesus selbst gelebt und damit geheiligt hat«.[4] Was berichtet uns das Evangelium von der Jugendzeit Jesu?

Die Jugendzeit Jesu
23. Der Herr »hauchte den Geist aus« (Mt 27,50) an einem Kreuz, als er kaum mehr als dreißig Jahre alt war (vgl. Lk 3,23). Es ist wichtig, dass wir uns bewusst sind, dass Jesus ein junger Mann war. Er hat sein Leben in einem Alter hingegeben, das heute als das eines jungen Erwachsenen bezeichnet würde. Auf der Höhe seiner Jugend begann er sein öffentliches Wirken, und so »ist ein Licht erschienen« (Mt 4,16), besonders als er sein Leben bis zur Vollendung hingab. Dieses Ende war nicht zufällig; seine gesamte Jugendzeit war vielmehr eine wertvolle Vorbereitung darauf, in jedem einzelnen Moment, denn »im Leben Jesu ist alles Zeichen seines innersten Geheimnisses«[5] und »das ganze Leben Christi ist Erlösungsgeheimnis«.[6]

24. Das Evangelium spricht nicht vom Knabenalter Jesu, aber es erzählt einige Vorkommnisse aus seiner Zeit als Heranwachsender und Jugendlicher. Matthäus fügt diese Periode der Jugend des Herrn zwischen zwei Ereignisse ein: der Rückkehr seiner Familie aus dem Exil nach Nazaret und dem Beginn seines öffentliches Wirkens bei seiner Taufe im Jordan. Die letzten Bilder des Jesuskindes zeigen einen kleinen Flüchtling in Ägypten (vgl. Mt 2,14-15) und dann einen nach Nazaret Heimgekehrten (vgl. Mt 2,19-23). Die ersten Bilder Jesu als jungen Erwachsenen zeigen ihn in der Menge am Jordanfluss, als er kam, um sich von seinem Verwandten Johannes dem Täufer als einer von vielen aus seinem Volk taufen zu lassen (vgl. Mt 3,13-17).

25. Diese Taufe war nicht wie unsere, die uns in das Leben der Gnade einführt; sie war vielmehr eine Weihe zu Beginn der großen Sendung seines Lebens. Das Evangelium sagt, dass die Taufe Jesu Grund für die Freude und das Wohlgefallen des Vaters war: »Du bist mein geliebter Sohn« (Lk 3,22). Sofort erschien Jesus vom Heiligen Geist erfüllt und wurde vom Geist in die Wüste geführt. So war er bereit aufzubrechen, um zu predigen und Wunder zu wirken, um zu befreien und zu heilen (vgl. Lk 4,1-14). Jeder junge Mensch, der sich für eine Mission auf dieser Welt berufen fühlt, ist eingeladen, in seinem Inneren dieselben Worte zu hören, die Gott Vater an ihn richtet: »Du bist mein geliebter Sohn«.

26. Unter diesen Erzählungen finden wir eine, die Jesus als Heranwachsenden zeigt. Es ist die Rückkehr mit seinen Eltern nach Nazaret, nachdem sie ihn verloren und im Tempel wiedergefunden hatten (vgl. Lk 2,41-51). Hier heißt es, dass er »ihnen gehorsam« war (Lk 2,51), weil er seine Familie nicht verleugnet hatte. Sogleich fügt Lukas hinzu, dass Jesus heranwuchs und seine Weisheit zunahm und er Gefallen bei Gott und den Menschen fand (vgl. Lk 2,52). Das will sagen, dass er sich vorbereitete und in dieser Zeitspanne sein Verhältnis zum Vater und zu den anderen vertiefte. Der heilige Johannes Paul II. hat dazu erklärt, dass Jesus nicht nur körperlich heranwuchs. Vielmehr »gab es in Jesus auch ein geistliches Wachstum«, denn die Fülle der Gnade in Jesus war seinem Alter entsprechend, »Fülle gab es immer, aber eine mit zunehmendem Alter wachsende Fülle«.[7]

27. Auf der Grundlage dieser biblischen Aussagen können wir sagen, dass sich Jesus in seiner Jugend hat „bilden“ lassen. Er hat sich darauf vorbereitet, den Plan seines Vaters zu verwirklichen. Die Zeit seines Heranwachsens und seine Jugend haben ihn auf seine höchste Mission hingeführt.

28. Als Heranwachsender und Jugendlicher war sein Verhältnis zum Vater das des geliebten Sohns. Er fühlt sich zum Vater hingezogen, wuchs heran und kümmerte sich um dessen Dinge: »Wusstet ihr nicht, dass ich in dem sein muss, was meinem Vater gehört?« (Lk 2,49). Doch dürfen wir uns Jesus nicht als jugendlichen Einzelgänger oder als jungen Menschen, der nur an sich selbst denkt, vorstellen. Sein Verhältnis zu den Menschen war das eines Jugendlichen, der ganz am Leben der im Dorf gut integrierten Familie teilnahm. Er hatte das Handwerk des Vaters gelernt und ist ihm dann als Zimmermann nachgefolgt. Daher wird er bei einer Gelegenheit im Evangelium als »Sohn des Zimmermanns« (Mt 13,55) und ein anderes Mal einfach als »der Zimmermann« (Mk 6,3) bezeichnet. Dieses Detail zeigt, dass er ein Jugendlicher des Dorfes wie die anderen war und völlig normale Beziehungen pflegte. Niemand hat ihn als merkwürdigen oder von den anderen distanzierten Jugendlichen wahrgenommen. Gerade aus diesem Grund wussten es sich die Menschen angesichts der Predigt Jesu nicht zu erklären, wo er diese Weisheit herhatte: »Ist das nicht Josefs Sohn?« (Lk 4,22).

29. Tatsächlich »wuchs auch Jesus nicht in einer in sich abgeschlossenen Beziehung mit Maria und Josef auf, die ihn völlig in Anspruch genommen hätte, sondern er bewegte sich gern im weiteren Familienkreis, wo es Verwandte und Freunde gab«.[8] Wir verstehen daher, dass die Eltern zum Zeitpunkt der Rückkehr von der Wallfahrt nach Jerusalem unbesorgt waren in der Annahme, dass der zwölfjährige Junge (vgl. Lk 2,42) ungezwungen unter den Leuten mitgehen würde, obwohl sie ihn schon einen ganzen Tag lang nicht gesehen hatten: »Sie meinten, er sei in der Pilgergruppe, und reisten eine Tagesstrecke weit« (Lk 2,44). Sicher, dachten sie, ist Jesus mitten darin, geht mit den anderen hin und her, scherzt mit seinen Altersgenossen, hört den Erzählungen der Erwachsenen zu und teilt Freud und Leid der Karawane. Der griechische Ausdruck, den Lukas für die Karawane der Pilger gebraucht – synodía – bezeichnet genau diese „Gemeinschaft auf dem Weg“, an der die Heilige Familie teilhat. Dank des Vertrauens seiner Eltern kann sich Jesus frei bewegen und lernt mit allen anderen gemeinsam zu gehen.

Seine Jugend schenkt uns Licht
30. Diese Aspekte des Lebens Jesu können eine Inspiration für jeden jungen Heranwachsenden bei der Vorbereitung auf seine Mission sein. Das bedeutet, im Verhältnis zum Vater wie auch im Bewusstsein der Zugehörigkeit zu einer Familie und einer Gemeinschaft zu reifen. Man muss reifen in der Offenheit auf die Erfüllung des Geistes hin und um sich leiten zu lassen, um die von Gott anvertraute Mission, die eigene Berufung, zu vollbringen. Keines von alledem darf in der Jugendpastoral außer Acht gelassen werden, um nicht Projekte zu schaffen, die die Jugendlichen von der Familie und von der Welt abschotten oder sie in eine elitäre Minderheit verwandeln, von jeder Ansteckungsgefahr geschützt. Wir brauchen vielmehr Projekte, die sie stärken, sie begleiten und sie auf die Begegnung mit den anderen, auf den großherzigen Dienst und die Mission ausrichten.

31. Jesus schenkt euch jungen Menschen nicht von ferne oder von außen her Licht. Sein Licht geht von seiner eigenen Jugend aus, die er mit euch teilt. Es ist sehr wichtig, den jungen Jesus zu betrachten, wie ihn uns die Evangelien schildern, weil er wirklich einer von euch war und wir an ihm viele Aspekte des jugendlichen Herzens ablesen können: »Jesus hatte ein bedingungsloses Vertrauen in den Vater, er hat die Freundschaft mit seinen Jüngern gepflegt und ist ihnen selbst in Momenten der Krise treu geblieben. Er hatte tiefes Mitleid mit den Schwächsten, insbesondere mit den Armen, den Kranken, den Sündern und den Ausgeschlossenen. Er besaß den Mut, sich den religiösen und politischen Autoritäten seiner Zeit entgegenzustellen; er hat die Erfahrung gemacht, unverstanden und ausgestoßen zu sein; er hat die Angst angesichts des Leidens erfahren und die Schwäche bei der Passion erlebt; er hat seinen Blick auf die Zukunft gerichtet und sich den sicheren Händen des Vaters und der Kraft des Heiligen Geistes anvertraut. In Jesus können sich alle jungen Menschen wiederfinden.«[9]

32. Jesus ist andererseits auferstanden und will uns teilhaben lassen an der Neuheit seiner Auferstehung. Er ist die wahre Jugend einer alt gewordenen Welt. Er ist auch die Jugend eines Universums, das »in Geburtswehen« (Röm 8,22) darauf wartet, mit seinem Licht und seinem Leben neu bekleidet zu werden. In seiner Nähe können wir aus der wahren Quelle trinken, die unsere Träume, unsere Pläne, unsere großen Ideale am Leben hält und uns drängt zu verkünden, was das Leben lebenswert macht. An zwei merkwürdigen Details des Markusevangeliums können wir den Ruf zur wahren Jugend der Auferweckten ablesen. Auf der einen Seite erscheint in der Leidensgeschichte des Herrn ein furchtsamer junger Mann, der Jesus nachfolgen wollte, dann aber nackt davonlief (vgl. 14,51-52). Der junge Mann hatte nicht die Kraft, alles zu wagen, um dem Herrn zu folgen. Auf der anderen Seite sehen wir nahe dem leeren Grab einen jungen Mann, »der mit einem weißen Gewand bekleidet war« (16,5). Er lud dazu ein, die Angst zu besiegen, und verkündigte die Freude der Auferstehung (vgl. 16,6-7).

33. Der Herr ruft uns, Sterne in der Nacht anderer junger Menschen anzuzünden. Er lädt uns ein, die wahren Sterne zu betrachten, jene so unterschiedlichen Zeichen, die er uns gibt, damit wir nicht still sehen, sondern es dem Sämann gleichtun, der die Sterne betrachtete, um den Acker pflügen zu können. Gott zündet für uns Sterne an, damit wir weiter voranschreiten können: »Froh leuchten die Sterne auf ihren Posten. Ruft er sie, so antworten sie« (Bar 3,34-35). Doch Christus selbst ist für uns das große Licht der Hoffnung und des Geleits in unserer Finsternis, denn er ist »der strahlende Morgenstern« (Offb 22,16).

Die Jugend der Kirche
34. Jung zu sein ist weniger eine Frage des Alters, als vielmehr ein Zustand des Herzens. Eine alte Institution wie die Kirche kann sich also erneuern und in verschiedenen Phasen ihrer langen Geschichte wieder jung werden. Tatsächlich hört sie in ihren tragischsten Momenten den Ruf, zum Wesentlichen ihrer ersten Liebe zurückzukehren. In Erinnerung dieser Wahrheit sagte das Zweite Vatikanische Konzil: »Da sie reich ist an einer langen Geschichte, die immer in ihr lebendig bleibt, und sich zugleich auf dem Weg durch die Zeiten hin zur menschlichen Vollendung und zum letzten Ziel der Geschichte und des Lebens befindet, ist sie die wahre Jugend der Welt.« In ihr ist es immer möglich, Christus zu begegnen, »dem Gefährten und Freund der jungen Menschen«.[10]

Eine Kirche, die sich erneuern lässt

35. Bitten wir den Herrn, er möge die Kirche von denen befreien, die sie alt machen, sie auf die Vergangenheit festnageln, bremsen und unbeweglich machen wollen. Bitten wir auch, dass er die Kirche von einer anderen Versuchung befreie: zu glauben, dass sie jung ist, wenn sie auf alles eingeht, was die Welt ihr anbietet; zu glauben, dass sie sich erneuert, wenn sie ihre Botschaft verbirgt und sich den anderen anpasst. Nein. Sie ist jung, wenn sie sie selbst ist und wenn sie die immer neue Kraft des Wortes Gottes, der Eucharistie, der Gegenwart Christi und der Kraft seines Geistes jeden Tag empfängt. Sie ist jung, wenn sie fähig ist, immer wieder zu ihrer Quelle zurückzukehren.

36. Es ist wahr: Wir Mitglieder der Kirche dürfen keine seltsamen Gestalten sein. Alle müssen sich als Geschwister und Nachbarn fühlen können wie die Apostel, die »Gunst beim ganzen Volk« fanden (Apg 2,47, vgl. 4,21.23; 5,13). Zugleich müssen wir allerdings den Mut haben, anders zu sein, andere Träume zu zeigen, die die Welt nicht geben kann, und Zeugnis zu geben für die Schönheit der Großherzigkeit, des Dienstes, der Reinheit, der Stärke, der Vergebung, der Treue zur eigenen Berufung, des Gebets, des Kampfes für die Gerechtigkeit und für das Gemeinwohl, der Liebe für die Armen und der sozialen Freundschaft.

37. Die Kirche Christi kann immer in Versuchung geraten, den Enthusiasmus zu verlieren, weil sie nicht mehr den Ruf des Herrn hört, das Wagnis des Glaubens einzugehen, alles zu geben, ohne die Gefahren abzuwägen, und dazu übergeht, wieder falsche weltliche Absicherungen zu suchen. Da sind es gerade die jungen Menschen, die ihr helfen können, jung zu bleiben, nicht der Korruption zu verfallen, nicht stehen zu bleiben, nicht stolz zu werden, sich nicht in eine Sekte zu verwandeln. Sie können ihr helfen, ärmer und fähiger zum Zeugnis zu werden, den Letzten und Ausgestoßenen beizustehen, für die Gerechtigkeit zu kämpfen und sich mit Demut hinterfragen zu lassen. Sie können die Schönheit der Jugend in die Kirche einbringen, wenn sie »die Fähigkeit« anregen, »sich an dem zu erfreuen, was beginnt; sich hinzugeben, ohne dafür etwas zu erwarten; sich zu erneuern und nach neuen Errungenschaften auszustrecken«.[11]

38. Wer von uns nicht mehr jung ist, braucht Gelegenheiten, um ihrer Stimme und ihrem Ansporn nahe zu sein, da »Nähe die Voraussetzungen dafür schafft, die Kirche zu einem Ort des Dialogs und des Zeugnisses der Brüderlichkeit werden zu lassen, der uns fasziniert«.[12] Wir müssen mehr Räume schaffen, wo die Stimme der jungen Menschen ertönt: »Zuhören ermöglicht den Austausch von Gaben in einem von Empathie getragenen Raum. […] Gleichzeitig schafft es die Voraussetzungen dafür, das Evangelium so zu verkünden, dass es tatsächlich die Herzen auf einprägsame und fruchtbare Weise erreicht.«[13]

Eine Kirche, die auf die Zeichen der Zeit achtet

39. »Zwar mögen Gott, Religion und die Kirche vielen jungen Menschen als leere Worte erscheinen, doch für die Gestalt Jesu sind sie sehr wohl empfänglich, wenn sie anziehend und wirkungsvoll präsentiert wird.«[14] Daher darf die Kirche nicht zu sehr auf sich selbst bezogen sein, sondern vor allem Jesus Christus widerspiegeln. Folglich muss sie demütig zugeben, dass sich einige Dinge ändern müssen, und zu diesem Zweck muss sie auch die Meinungen und sogar die Kritik der jungen Menschen anhören.

40. Die Synode hat erkannt, dass »eine erhebliche Zahl junger Menschen aus den unterschiedlichsten Gründen nichts von der Kirche erwarten, weil sie finden, dass sie für ihr Leben keine Bedeutung hat. Einige fordern sogar ausdrücklich, in Frieden gelassen zu werden, weil sie ihre Präsenz als lästig und sogar irritierend empfinden. Diese Bitte entsteht häufig nicht aus einer unkritischen, impulsiven Verachtung heraus, sondern ist u. a. auf ernsthafte, respektable Gründe zurückzuführen wie sexuelle und finanzielle Skandale, nicht richtig vorbereitete Priester, die junge Menschen mit ihren Befindlichkeiten nicht entsprechend abholen können, wenig Sorgfalt bei der Vorbereitung der Predigt und der Darbietung des Wortes Gottes, die passive Rolle, die den Jugendlichen innerhalb der christlichen Gemeinschaft zugewiesen wird, und die Mühe der Kirche, ihre Positionen in Lehre und Ethik gegenüber der heutigen Gesellschaft zu vermitteln.«[15]

41. Auch wenn es junge Menschen gibt, die mit einer Kirche zufrieden sind, die sich in aller Demut ihrer Gaben gewiss ist und eine redliche und brüderliche Kritik zu üben weiß, so wünschen doch andere junge Menschen eine Kirche, die mehr zuhört und nicht ständig die Welt verdammt. Sie wollen keine schweigende und schüchterne Kirche sehen, aber auch keine, die immer Krieg führt wegen zwei oder drei Themen, auf die sie fixiert ist. Um in den Augen der jungen Menschen glaubwürdig zu sein, muss sie zuweilen die Demut wieder zurückgewinnen und einfach zuhören, und in dem, was andere sagen, ein Licht erkennen, das ihr helfen kann, das Evangelium tiefer zu verstehen. Eine Kirche in Defensive, die die Demut verliert, das Zuhören aufgibt und die sich nicht infrage stellen lässt, verliert die Jugendlichkeit und verwandelt sich in ein Museum. Wie kann sie so die Träume der jungen Menschen beherbergen? Wenn sie auch die Wahrheit des Evangeliums besitzt, heißt das nicht, dass sie es in seiner Fülle verstanden hätte; sie muss vielmehr im Verständnis dieses unerschöpflichen Schatzes immer weiter wachsen.[16]

42. Beispielsweise kann eine übertrieben ängstliche und starr strukturierte Kirche ständig kritisch gegenüber allen Äußerungen zur Verteidigung der Frauenrechte eingestellt sein und dauernd die Risiken und möglichen Irrtümer solcher Forderungen aufzeigen. Dagegen kann eine lebendige Kirche so reagieren, dass sie den berechtigten Ansprüchen von Frauen, die größere Gerechtigkeit und Gleichheit verlangen, Aufmerksamkeit schenkt. Sie kann sich an die Vergangenheit erinnern und eine lange Geschichte autoritären Verhaltens seitens der Männer zugeben, Unterwerfung und verschiedene Formen von Sklaverei, Missbrauch und machohafte Gewalt. Mit dieser Blickrichtung kann sie sich diese Forderungen nach Rechten zu eigen machen. Sie wird mit Überzeugung ihren Beitrag zu einer größeren Reziprozität von Männern und Frauen leisten, auch wenn sie nicht mit allem einverstanden ist, was einige feministische Gruppen vorschlagen. Auf dieser Linie hat die Synode den Willen bekundet, dass die Kirche »ihr Engagement gegen jede sexuell motivierte Diskriminierung und Gewalt erneuert«.[17] Das ist die Reaktion einer Kirche, die sich jung hält und sich von der Sensibilität der jungen Menschen hinterfragen und stimulieren lässt.

Maria, das Mädchen von Nazaret
43. Im Herzen der Kirche scheint Maria auf. Sie ist das große Vorbild für eine junge Kirche, die Christus mit Frische und Fügsamkeit nachfolgen will. Als sie noch sehr jung war, erhielt sie die Botschaft des Engels und unterließ es nicht, Fragen zu stellen (vgl. Lk 1,34). Doch sie hatte eine bereitwillige Seele und sagte: »Siehe, ich bin die Magd des Herrn« (Lk 1,38).

44. »Noch immer beeindruckt die Kraft des „Ja“ der jungen Maria. Die Kraft jenes „Mir geschehe“, das sie zu dem Engel sagte. Dies war keine passive oder resignierte Einwilligung. Es war etwas Anderes als ein „Ja“, im Sinne eines „Gut, schauen wir mal, was passiert“. Maria kannte diesen Ausdruck nicht: „Schauen wir mal, was passiert.“ Sie war entschlossen, sie hat verstanden, worum es ging, und sagte „Ja“, ohne Umschweife. Es war mehr, es war etwas Anderes. Es war das „Ja“ eines Menschen, der sich einbringen und Risiken eingehen will und alles auf eine Karte setzen will, mit keiner anderen Garantie als der Gewissheit, Trägerin einer Verheißung zu sein. Und ich frage einen jeden von euch: Fühlt ihr euch als Träger einer Verheißung? Welche Verheißung trage ich im Herzen, für die ich mich einsetzen muss? Maria würde zweifelsohne eine schwierige Mission haben, aber die Schwierigkeiten waren kein Grund, „Nein“ zu sagen. Es war klar, dass es Komplikationen geben würde, aber es wären nicht dieselben Komplikationen gewesen, die auftreten, wenn die Feigheit uns lähmt, weil wir nicht im Voraus schon alles geklärt oder abgesichert haben. Maria hat keine Lebensversicherung abgeschlossen! Maria ging das Risiko ein und deswegen war sie stark, deswegen ist sie eine Influencerin, ist sie die Influencerin Gottes! Das „Ja“ und der Wunsch zu dienen waren stärker als die Zweifel und Schwierigkeiten.«[18]

45. Ohne Ausflüchte oder Illusionen wusste sie »den Schmerz ihres Sohnes […] zu begleiten; ihn mit dem Blick zu unterstützen und mit dem Herzen zu umhüllen. Ein Schmerz, den sie erlitt, der sie aber nicht gebeugt hat. Sie war die starke Frau des Ja, die unterstützt und begleitet, Schutz gibt und umarmt. Sie ist die große Hüterin der Hoffnung […] Von ihr lernen wir, Ja zu sagen zur beharrlichen Geduld und zur Kreativität derer, die in den Situationen, in denen alles verloren scheint, nicht den Mut verlieren und wieder von vorne anfangen«.[19]

46. Maria war das Mädchen mit einer großen Seele, das vor Freude jubelte (vgl. Lk 1,47). Sie war das Mädchen mit den vom Heiligen Geist erleuchteten Augen, das vom Glauben her das Leben betrachtete und alles in seinem Herzen bewahrte (vgl. Lk 1,19.51). Sie war jene Unruhige, stets bereit aufzubrechen, die nicht an ihre eigenen Vorhaben dachte, als sie hörte, dass ihre Verwandte sie brauchte. Sie machte sich vielmehr eilig auf den Weg durch das Bergland (vgl. Lk 1,39).

47. Und als es darum ging, ihr Kind zu beschützen, zog sie mit Josef in ein fernes Land (vgl. Mt 2,13-14). Daher blieb sie unter den Aposteln, im Gebet vereint, in Erwartung des Heiligen Geistes (vgl. Apg 1,14). So ist in ihrer Gegenwart die junge Kirche entstanden mit ihren Aposteln im Aufbruch, um eine neue Welt entstehen zu lassen (vgl. Apg 2,4-11).

48. Dieses Mädchen ist heute die Mutter, die über ihre Kinder wacht, über uns, ihre Söhne und Töchter, die oft müde und bedürftig durch das Leben gehen, die aber den Wunsch haben, dass das Licht der Hoffnung nicht erlischt. Das ist, was wir wollen: dass das Licht der Hoffnung nicht erlischt. Unsere Mutter schaut auf dieses pilgernde Volk, dieses Volk von jungen Menschen, das sie liebt und welches nach ihr sucht in der Stille des eigenen Herzens, trotz des vielen Lärms, Gesprächen und Ablenkungen entlang des Weges. Aber vor den Augen der Mutter ist nur Platz für hoffnungsvolles Schweigen. Und so schenkt Maria von neuem unserer Jugend Licht.

Junge Heilige
49. Das Herz der Kirche ist voll auch von jungen Heiligen, die ihr Leben für Christus gegeben haben, viele von ihnen bis zum Martyrium. Sie sind ein kostbarer Widerschein des jungen Jesus gewesen und erstrahlen unter uns, um uns anzuregen und uns aus der Verschlafenheit herauszuholen. Die Synode hat unterstrichen, dass »viele junge Heilige die Züge des Jugendalters in all ihrer Schönheit [haben] aufleuchten lassen und für ihre Zeit echte Propheten des Wandels [waren]; ihr Beispiel zeigt, was junge Menschen vermögen, wenn sie sich für die Begegnung mit Christus öffnen«.[20]

50. »Durch die Heiligkeit junger Menschen kann die Kirche ihre geistliche Glut und apostolische Kraft erneuern. Der durch das gute Leben so vieler junger Menschen erzeugte Balsam der Heiligkeit kann die Wunden der Kirche und Welt heilen und uns zu jener Fülle der Liebe zurückführen, zu der wir schon immer gerufen sind: Die jungen Heiligen drängen uns, zu unserer ersten Liebe zurückzukehren (vgl. Offb 2,4).«[21] Es gibt Heilige, die nicht erwachsen geworden sind und uns das Zeugnis einer anderen Weise, die Jugend zu leben, hinterlassen haben. Erinnern wir uns zumindest an einige von ihnen aus verschiedenen historischen Epochen, die jeder auf seine Weise die Heiligkeit vorgelebt haben.

51. Der heilige Sebastian war ein junger Hauptmann der Prätorianergarde im dritten Jahrhundert. Es wird erzählt, dass er überall von Christus sprach und seine Kameraden zu bekehren versuchte, bis man ihm befahl, seinem Glauben abzuschwören. Weil er nicht einwilligte, beschossen sie ihn mit einem Regen von Pfeilen. Er überlebte jedoch und fuhr fort, Christus ohne Furcht zu verkündigen. Schließlich geißelten sie ihn, bis er starb.

52. Als der heilige Franz von Assisi noch sehr jung und voller Träume war, hörte er den Ruf Jesu, so arm wie er zu sein und die Kirche mit seinem Zeugnis wiederherzustellen. Mit Freude verzichtete er auf alles. Er ist der Heilige der universalen Brüderlichkeit, der Bruder aller, der den Herrn für seine Geschöpfe lobte. Er starb im Jahr 1226.

53. Die heilige Jeanne d’Arc wurde im Jahr 1412 geboren. Sie war eine junge Frau vom Land, die trotz ihres jugendlichen Alters in den Kampf zog, um Frankreich vor den Invasoren zu verteidigen. Unverstanden für ihr Aussehen und ihre Weise, den Glauben zu leben, starb sie auf dem Scheiterhaufen.

54. Der selige Andrew Phû Yên war ein junger Vietnamese des siebzehnten Jahrhunderts. Er war Katechet und half den Missionaren. Wegen seines Glaubens wurde er gefangen genommen und, weil er nicht abschwören wollte, getötet. Im Sterben sprach er: „Jesus“.

55. Im gleichen Jahrhundert wurde die heilige Kateri Tekakwitha, eine indigene junge Laiin aus Nordamerika, um ihres Glaubens willen verfolgt und legte auf ihrer Flucht zu Fuß mehr als dreihundert Kilometer durch die Wildnis zurück. Sie weihte sich Gott und starb mit den Worten: „Jesus, ich liebe dich!“

56. Der heilige Domenico Savio opferte Maria all seine Leiden auf. Als der heilige Don Bosco ihn lehrte, dass die Heiligkeit bedeute, immer fröhlich zu sein, öffnete er sein Herz für eine ansteckende Fröhlichkeit. Er suchte den am meisten ausgegrenzten und kranken Kameraden nahe zu sein. Er starb im Jahr 1857, im Alter von vierzehn Jahren, mit den Worten: „Was für ein Wunder, das ich hier sehe!“

57. Die heilige Theresia vom Kinde Jesus wurde im Jahre 1873 geboren. Mit fünfzehn Jahren gelang es ihr – nach Überwindung vieler Schwierigkeiten –, in einen Konvent der Karmelitinnen einzutreten. Sie lebte den kleinen Weg des völligen Vertrauens in die Liebe des Herrn und bot sich an, mit ihrem Gebet das Feuer der Liebe, das die Kirche bewegt, zu nähren.

58. Der selige Ceferino Namuncurá war ein junger Argentinier, Sohn eines bedeutenden Häuptlings der indigenen Bevölkerung. Er wurde ein Seminarist der Salesianer mit dem starken Wunsch, zu seinem Stamm zurückzukehren, um ihm Jesus Christus zu bringen. Er starb im Jahr 1905.

59. Der selige Isidor Bakanja war ein Laie aus dem Kongo, der Zeugnis für seinen Glauben gab. Er wurde gefoltert, weil er andere junge Menschen mit dem Christentum bekannt gemacht hatte. Er starb seinem Peiniger vergebend im Jahr 1909.

60. Der selige Pier Giorgio Frassati, gestorben im Jahr 1925, »war ein junger Mann mit einer mitreißenden Fröhlichkeit, einer Fröhlichkeit, die auch viele Schwierigkeiten seines Lebens überwog«.[22] Er sagte, er wolle die Liebe Jesu, die er in der Kommunion empfange, entgelten, indem er die Armen besuche und ihnen helfe.

61. Der selige Marcel Callo war ein junger Franzose, der im Jahr 1945 starb. Er war Gefangener in einem Konzentrationslager in Österreich, wo er seine Mitgefangenen im Glauben unter harter Arbeit stärkte.

62. Die junge Selige Chiara Badano, die im Jahr 1990 starb, »hat erfahren, wie der Schmerz von der Liebe verwandelt werden kann […] Der Schlüssel ihres Friedens und ihrer Freude war das völlige Vertrauen in den Herrn und die Annahme auch der Krankheit als geheimnisvoller Ausdruck seines Willens zu ihrem Wohl und zum Wohl aller.«[23]

63. Mögen diese jungen Menschen, vereint mit vielen Altersgenossen, die oft in der Stille und im Verborgenen das Evangelium von Grund auf gelebt haben, für die Kirche Fürbitte einlegen, dass sie voll sei von fröhlichen, mutigen und einsatzfreudigen Jugendlichen, die der Welt neue Zeugnisse der Heiligkeit schenken.

DRITTES KAPITEL
Ihr seid das Jetzt Gottes

64. Nachdem wir das Wort Gottes in den Blick genommen haben, können wir nicht nur sagen, dass die jungen Menschen die Zukunft der Welt sind. Sie sind die Gegenwart und bereichern sie mit ihrem Beitrag. Ein junger Mensch ist kein Kind mehr, er befindet sich in einem Lebensabschnitt, in dem er anfängt, verschiedentlich Verantwortung zu übernehmen und mit den Erwachsenen an der Entwicklung der Familie, der Gesellschaft und der Kirche mitzuwirken. Aber die Zeiten ändern sich, und es stellt sich die Frage: Wie sind die jungen Menschen heute, in welcher Situation befinden sie sich?

Positive Haltung
65. Die Synode hat erkannt, dass die Gläubigen der Kirche nicht immer die Haltung Jesu einnehmen. Anstatt den jungen Menschen bereitwillig und wirklich zuzuhören, ist man manchmal »lieber mit vorgefertigten Antworten und Patentrezepten zur Stelle, ohne die Fragen der Jugendlichen in all ihrer Neuheit zuzulassen und die in ihnen liegende Provokation zu begreifen«.[24] Wenn die Kirche jedoch starre Schemen aufgibt und sich öffnet, um den jungen Menschen bereitwillig und aufmerksam zuzuhören, ist diese Empathie für sie bereichernd, denn es »ermöglicht jungen Menschen, einen Beitrag zur Gemeinschaft zu leisten und ihr zu helfen, neue Befindlichkeiten aufzugreifen und ganz neue Fragen zu stellen«.[25]

66. Wir Erwachsene stehen heutzutage in der Gefahr, die Schwierigkeiten und Fehler der heutigen Jugend aufzulisten. Das bringt uns vielleicht so manchen Beifall ein, weil wir scheinbar Experten darin sind, negative Punkte und Gefahren auszumachen. Aber was wäre das Ergebnis einer solchen Haltung? Mehr und mehr Distanz, weniger Nähe und weniger gegenseitige Hilfe.

67. Der aufmerksame Blick dessen, der gerufen ist, Vater, Hirte oder Führer junger Menschen zu sein, besteht darin, die kleine Flamme zu finden, die weiter brennt, und das Schilfrohr, das zu brechen scheint, aber noch nicht gebrochen ist (vgl. Jes 42,3). Es ist die Fähigkeit, Wege zu entdecken, wo andere nur Mauern sehen, und Möglichkeiten zu erkennen, wo andere nur Gefahr wittern. Solcherart ist der Blick Gottes des Vaters, der in der Lage ist, die Samen des Guten, die in die Herzen der jungen Menschen gesät wurden, zur Geltung zu bringen und zu nähren. Das Herz eines jeden jungen Menschen muss daher als ein „heiliger Boden“ betrachtet werden, der Samen göttlichen Lebens in sich birgt und vor dem wir „unsere Schuhe ausziehen“ müssen, um uns dem Geheimnis annähern und es vertiefen zu können.

Vielfältige Jugend
68. Wir könnten versuchen, die Eigenschaften der jungen Menschen von heute zu beschreiben, aber zunächst möchte ich eine Bemerkung der Synodenväter aufgreifen: »Durch die Zusammensetzung der Synode wurde sichtbar, wie viele verschiedene Regionen der Welt vertreten waren und sich eingebracht haben, wodurch sich zeigte, wie schön es ist, universale Kirche zu sein. Obwohl die Welt immer globaler wird, war es den Synodenvätern wichtig, die zahlreichen Unterschiede in Kontexten und Kulturen hervorzuheben, auch innerhalb eines Landes. Es gibt eine Vielzahl von Jugend-Milieus und das geht so weit, dass man in manchen Ländern dazu neigt, den Begriff „Jugend“ im Plural zu verwenden. Darüber hinaus ist die Altersgruppe (16-29 Jahre), die im Zentrum dieser Synode stand, nicht homogen, sondern besteht aus Gruppen in ganz spezifischen Lebenssituationen.«[26]

69. Schon unter demographischem Aspekt gibt es in einigen Ländern viele junge Menschen, während andere eine sehr niedrige Geburtenrate haben. Aber »ein weiterer Unterschied ergibt sich aus der Geschichte, wodurch Länder und Kontinente mit alter christlicher Tradition, deren Kultur Trägerin eines unaufgebbaren Erbes ist, Ländern und Kontinenten gegenüberstehen, die von anderen religiösen Traditionen geprägt sind und in denen das Christentum eine zum Teil erst seit Kurzem bestehende Minderheit darstellt. In anderen Gebieten wiederum sind christliche Gemeinschaften und die jungen Menschen, die ihnen angehören, der Verfolgung ausgesetzt.«[27] Es ist auch notwendig, zwischen jungen Menschen zu unterscheiden, »die infolge der Globalisierung Zugang zu einer immer größeren Bandbreite an Chancen haben, und denen, die abseits der Gesellschaft oder in ländlichen Gebieten leben und unter den Auswirkungen von Formen der Ausschließung und Aussonderung leiden«.[28]

70. Es gibt noch viele weitere Unterschiede, aber es wäre schwierig, auf sie hier detailliert einzugehen. Deshalb scheint es mir nicht angebracht, eine umfassende Analyse der Lebenswirklichkeiten und der Situation der jungen Menschen in der Welt von heute zu versuchen. Aber weil ich die Wirklichkeit auch nicht außer Acht lassen kann, werde ich kurz einige Beiträge aufgreifen, die mich teils vor der Synode erreicht haben, und andere, die ich während der Synode aufnehmen konnte.

Einige Dinge, die junge Menschen betreffen
71. Die Jugend ist nicht etwas, das durch abstrakte Begriffe analysiert werden kann. In Wirklichkeit gibt es nicht „die Jugend“, es gibt nur junge Menschen mit ihrem konkreten Leben. In der heutigen fortschrittlichen Welt sind viele dieser Leben dem Leid und der Manipulation ausgeliefert.

Junge Menschen einer Welt in der Krise

72. Die Synodenväter haben mit Schmerz festgestellt, dass »viele Jugendliche in Kriegsgebieten leben und zahllose Formen der Gewalt wie Entführung, Erpressung, organisiertes Verbrechen, Menschenhandel, Sklaverei und sexuelle Ausbeutung, Kriegsvergewaltigung usw. erleiden. Andere junge Menschen finden wegen ihres Glaubens nur schwer einen Platz in ihrer Gesellschaft und erleiden unterschiedlichste Formen der Verfolgung, bis hin zum Tod. Zahlreiche junge Menschen leben in einer Umgebung von Verbrechen und Gewalt – weil sie dazu gezwungen werden oder keine Alternative haben: als Kindersoldaten, in bewaffneten kriminellen Banden, im Drogenhandel, im Terrorismus usw. An dieser Gewalt zerbricht das Leben vieler junger Menschen. Missbrauch und Sucht wie auch Gewalt und Abwege gehören zu den Gründen, weshalb junge Menschen und besonders häufig bestimmte ethnische und soziale Gruppen ins Gefängnis kommen.«[29]

73. Viele junge Menschen werden indoktriniert und instrumentalisiert und als Kanonenfutter oder Stoßtrupp eingesetzt, um andere zu zerstören, einzuschüchtern oder zu verspotten. Und das Schlimmste ist, dass viele zu Individualisten werden, die allen gegenüber feindlich und misstrauisch sind und so zur leichten Beute entmenschlichender Angebote und destruktiver Pläne werden, welche von politischen Gruppierungen oder Kräften der Wirtschaft entwickelt wurden.

74. Dabei gibt es jedoch wesentlich mehr junge Menschen in der Welt, die unter sozialer Ausgrenzung in unterschiedlichster Form und Marginalisierung aus religiösen, ethnischen oder wirtschaftlichen Gründen leiden. »Erinnert sei hier nur an die schwierige Situation von schwangeren Mädchen und jungen Frauen sowie an die Geißel der Abtreibung und die Ausbreitung von HIV, unterschiedlichste Formen von Sucht (Drogen, Glücksspiel, Pornografie usw.) und die Situation von Kindern und Jugendlichen, die ohne ein Dach über dem Kopf, ohne Familie und finanzielle Mittel auf der Straße leben.«[30] Wenn es sich dabei um Frauen handelt, werden diese Situationen der Marginalisierung doppelt schmerzhaft und schwierig.

75. Wir dürfen keine Kirche sein, die angesichts dieser Tragödien ihrer jungen Söhne und Töchter keinen Schmerz empfindet. Wir dürfen uns nie daran gewöhnen, denn wer nicht in der Lage ist zu weinen, ist keine Mutter. Wir wollen weinen, damit auch die Gesellschaft mütterlicher wird, damit sie, statt zu töten, lernt zu gebären, damit sie eine Verheißung des Lebens wird. Wir weinen, wenn wir uns an die jungen Menschen erinnern, die bereits an Elend und Gewalt gestorben sind, und bitten die Gesellschaft zu lernen, eine helfende Mutter zu sein. Dieser Schmerz verschwindet nicht, er begleitet uns auf Schritt und Tritt, denn die Realität kann nicht verborgen werden. Das Schlimmste, was wir tun können, ist, das Rezept einer verweltlichten Gesinnung anzuwenden, das darin besteht, junge Menschen mit anderen Nachrichten, mit anderen Ablenkungen, mit Banalitäten zu betäuben.

76. Vielleicht verstehen »diejenigen, die wie wir ein mehr oder weniger sorgenfreies Leben führen, [...] nicht zu weinen. Gewisse Realitäten des Lebens sieht man nur mit Augen, die durch Tränen reingewaschen sind. Ich lade jeden von euch ein, sich zu fragen: Habe ich gelernt zu weinen? Habe ich gelernt zu weinen, wenn ich ein hungriges Kind sehe, ein Kind unter Drogeneinfluss auf der Straße, ein obdachloses, ein verlassenes Kind, ein missbrauchtes Kind, ein von der Gesellschaft als Sklave benutztes Kind? Oder ist mein Weinen das eigensinnige Weinen dessen, der weint, weil er gerne noch mehr haben möchte?«[31] Versuche zu lernen, um die jungen Menschen zu weinen, denen es schlechter geht als dir. Barmherzigkeit und Mitgefühl kommen auch in Tränen zum Ausdruck. Wenn du kein Weinen herausbringst, bitte den Herrn, dir zu gewähren, Tränen für das Leiden anderer zu vergießen. Erst wenn du weißt, wie man weint, wirst du wirklich in der Lage sein, etwas von ganzem Herzen für andere zu tun.

77. Manchmal ist das Leid junger Menschen sehr schmerzlich; es ist ein Schmerz, der sich nicht in Worte fassen lässt, ein Schmerz, der uns trifft wie eine Ohrfeige. Diese jungen Menschen können Gott nur sagen, dass sie viel leiden, dass es für sie zu schwierig ist weiterzumachen, dass sie an niemanden mehr glauben. Aber in diesem herzzerreißenden Schrei werden die Worte Jesu gegenwärtig: »Selig die Trauernden; denn sie werden getröstet werden« (Mt 5,4). Es gibt junge Menschen, die in der Lage waren, ihren Weg im Leben zu gehen, weil ihnen diese göttliche Verheißung zukam. Möge es immer eine christliche Gemeinschaft geben, die den leidenden jungen Menschen nahesteht und diese Worte mit Gesten, Umarmungen und konkreter Hilfe zum Klingen bringt.

78. Es ist wahr, dass die Mächtigen einiges an Hilfe leisten, oft aber zu einem hohen Preis. In vielen armen Ländern ist die wirtschaftliche Unterstützung einiger reicherer Länder oder internationaler Organisationen mit der Annahme westlicher Vorstellungen bezüglich Sexualität, Ehe, Leben oder sozialer Gerechtigkeit verbunden. Diese ideologische Kolonisation schadet vor allem jungen Menschen. Gleichzeitig sehen wir, wie bestimmte Werbung die Menschen ständige Unzufriedenheit lehrt und zu einer Wegwerfkultur beiträgt, in der eben diese jungen Menschen letztendlich selbst als Einwegmaterial enden.

79. Die heutige Kultur präsentiert ein Menschenbild, das sich stark am Idealbild der Jugendlichkeit orientiert. Als schön gilt, wer als jugendlich erscheint, wer sich Therapien unterzieht, um die Spuren der Zeit verschwinden zu lassen. Junge Körper werden ständig in der Werbung gewinnorientiert eingesetzt. Das Schönheitsideal ist jung, aber seien wir vorsichtig, denn das ist kein Lob für junge Menschen. Es bedeutet nur, dass Erwachsene diese Jugendlichkeit für sich selbst wollen, nicht, dass sie junge Menschen respektieren, lieben und oder sich um sie kümmern.

80. Einige junge Menschen »empfinden Familientraditionen […] als erdrückend und entfliehen ihnen unter dem Druck einer globalisierten Kultur, die sie teilweise ohne Bezugspunkte alleine lässt. In anderen Teilen der Welt gibt es zwar zwischen Jugendlichen und Erwachsenen keinen echten Generationenkonflikt, aber man hat sich voneinander entfremdet. Manchmal versuchen Erwachsene erst gar nicht bzw. gelingt es ihnen nicht, die Grundwerte des Daseins weiterzugeben, oder sie eignen sich einen gezwungen jugendlichen Stil an, der die Beziehung zwischen den Generationen umkehrt. Auf diese Weise läuft das Verhältnis von Jugendlichen und Erwachsenen Gefahr, rein auf der Gefühlsebene zu verbleiben, ohne die erzieherische und kulturelle Dimension zu berühren.«[32] Wie sehr schadet das den jungen Menschen, auch wenn es einigen gar nicht bewusst ist! Die Jugendlichen selbst haben uns gesagt, dass dadurch die Weitergabe des Glaubens »in einigen Ländern ohne Meinungsfreiheit, in denen junge Menschen daran gehindert werden, zur Kirche zu gehen«[33], stark beeinträchtigt wird.

Wünsche, Wunden und Versuche
81. Junge Menschen erkennen, dass der Körper und die Sexualität für ihr Leben und für die Entwicklung ihrer Identität wesentlich sind. In einer Welt, die die Sexualität übermäßig betont, ist es jedoch schwierig, eine positive Beziehung zum eigenen Körper zu wahren und die affektiven Beziehungen ausgeglichen zu leben. Wegen dieser und anderer Ursachen ist die Sexualmoral oft »Grund für Unverständnis und Entfernung von der Kirche, da sie als Raum des Urteils und der Strafe empfunden wird«. Gleichzeitig äußern junge Menschen »den ausdrücklichen Wunsch nach Auseinandersetzung mit Fragen zum Unterschied zwischen männlicher und weiblicher Identität, zur Wechselseitigkeit/Reziprozität zwischen Mann und Frau und zur Homosexualität«.[34]

82. In unserer Zeit »üben Entwicklungen in der biomedizinischen Wissenschaft und Technologie einen starken Einfluss auf die Körperwahrnehmung aus, sodass der Gedanke naheliegt, der Körper sei unbegrenzt veränderbar. Die Fähigkeit, in die DNA einzugreifen, die Möglichkeit, künstliche Elemente in den Organismus einzuschleusen (Cyborgs) und die Entwicklung der Neurowissenschaften bieten große Möglichkeiten, werfen aber gleichzeitig auch anthropologische und ethische Fragen auf.«[35] Sie lassen manchmal in Vergessenheit geraten, dass das Leben ein Geschenk ist, dass wir geschaffene und begrenzte Wesen sind, dass wir leicht von denen instrumentalisiert werden können, die über technologische Macht verfügen.[36] »Darüber hinaus breitet sich in manchen Kreisen von Jugendlichen die Faszination für riskantes Verhalten als Möglichkeit aus, sich selbst zu erfahren, starke Emotionen zu erleben und Anerkennung zu erlangen. […] Diese Phänomene, denen die jungen Generationen ausgesetzt sind, stellen ein Hindernis für einen harmonischen Reifungsprozess dar.«[37]

83. Bei jungen Menschen gibt es auch Schicksalsschläge, Misserfolge, traurige Erinnerungen, die sich tief in ihre Seele eingeprägt haben. »Diese Verletzungen stammen« oftmals »aus Niederlagen in der eigenen Geschichte, aus enttäuschten Wünschen, erlittenen Diskriminierungen und Ungerechtigkeiten, dem Gefühl, nicht geliebt oder anerkannt zu werden.« »Dann gibt es moralische Verletzungen, belastende eigene Fehler, Schuldgefühle, weil man etwas falsch gemacht hat.«[38] Jesus ist in diesen Kreuzen der jungen Menschen gegenwärtig, um ihnen seine Freundschaft, seine Linderung, seine heilende Begleitung anzubieten, und die Kirche will sein Werkzeug auf diesem Weg zur inneren Genesung und zum Frieden des Herzens sein.

84. In einigen jungen Menschen erkennen wir eine Sehnsucht nach Gott, auch wenn sie nicht immer ganz mit dem Gott der Offenbarung übereinstimmt. In anderen können wir einen Traum von Brüderlichkeit erkennen, was nicht unbedeutend ist. In vielen gibt es wohl den echten Wunsch, die ihnen innewohnenden Fähigkeiten zu entwickeln, um einen Beitrag in der Welt zu leisten. In einigen sehen wir eine besondere künstlerische Ader oder eine Suche nach Einklang mit der Natur. In anderen wird es vielleicht ein großes Bedürfnis nach Kommunikation geben. In vielen von ihnen werden wir wohl einen tiefen Wunsch nach einem anderen Leben finden. Dies sind echte Ausgangspunkte, innere Ressourcen, offen für ein Wort, das etwas weckt, das sie erleuchtet und ermutigt.

85. Die Synode befasste sich insbesondere mit drei äußerst wichtigen Themen, deren Schlussfolgerungen ich mir wörtlich zu eigen machen möchte, auch wenn noch weitere Analysen und passendere und treffendere Antworten gefunden werden müssen.

Die digitale Umgebung
86. »Digitale Möglichkeiten prägen die heutige Welt. Für breite Schichten der Menschheit ist es normal, ständig in die digitale Welt abzutauchen. Hier geht es nicht mehr nur darum, Kommunikationsmittel zu „nutzen“, sondern man lebt in einer durch und durch digitalisierten Kultur, die sich stark auf die Vorstellung von Zeit und Raum auswirkt sowie auf die Wahrnehmung von sich selbst, von anderen und der Welt, auf die Art zu kommunizieren, zu lernen, sich zu informieren und Beziehungen zu anderen zu knüpfen. Eine Einstellung gegenüber der Realität, bei der tendenziell Bilder wichtiger sind als das Zuhören und Lesen und die beeinflusst, wie wir lernen und kritisches Denken entwickeln.«[39]

87. Das Internet und die sozialen Netzwerke haben eine neue Art der Kommunikation und Vernetzung geschaffen, und sie »sind ein Raum, in dem junge Menschen viel Zeit verbringen und sich einfach treffen können, auch wenn nicht alle denselben Zugang dazu haben, was insbesondere für einige Regionen der Welt gilt. Sie sind jedoch eine außerordentliche Chance für Gespräche, Begegnungen und den Austausch mit anderen Menschen und bieten überdies Zugang zu Informationen und Wissen. Darüber hinaus ermöglicht die digitale Welt gesellschaftspolitische Partizipation und bürgerschaftliches Engagement, und unabhängige Informationen können leichter in Umlauf gebracht werden, wodurch die Schwächsten wirksam geschützt werden, weil die Verletzung ihrer Rechte aufgedeckt wird. In vielen Ländern sind das Internet und soziale Netzwerke heute als Medium unverzichtbar, um junge Menschen zu erreichen und unter anderem auch in pastorale Initiativen und Aktivitäten einzubeziehen.«[40]

88. Aber um dieses Phänomen in seiner Gesamtheit zu verstehen, muss man anerkennen, dass es, wie alle menschliche Wirklichkeit, auch mit Fehlern und Mängeln behaftet ist. So ist es ungesund, Kommunikation mit rein virtuellem Kontakt zu verwechseln. Tatsächlich ist die digitale Welt »auch ein Ort der Einsamkeit, Manipulation, Ausbeutung und Gewalt, die sich im Extremfall im Dark Web manifestieren. Durch digitale Medien besteht die Gefahr, dass Nutzer abhängig werden, sich isolieren und immer stärker den Kontakt zur konkreten Wirklichkeit verlieren, wodurch die Entwicklung echter zwischenmenschlicher Beziehungen behindert wird. Neue Formen der Gewalt breiten sich über die Social Media aus, wie z. B. Cybermobbing; das Internet dient auch als Kanal zur Verbreitung von Pornografie und der Ausbeutung von Menschen für sexuelle Zwecke oder durch Glücksspiel.«[41]

89. Es sollte auch nicht vergessen werden, dass in der digitalen Welt gigantische wirtschaftliche Interessen am Werke sind, »die ebenso subtil wie invasiv Kontrolle ausüben und Mechanismen schaffen, mit denen das Gewissen und demokratische Prozesse manipuliert werden. Viele Plattformen funktionieren so, dass sich im Endeffekt häufig nur Gleichgesinnte begegnen und eine Auseinandersetzung mit Andersartigem erschwert wird. Diese geschlossenen Kreise erleichtern die Verbreitung von falschen Informationen und Nachrichten und schüren Vorurteile und Hass. Die Verbreitung von Fake News ist Ausdruck einer Kultur, die ihren Sinn für die Wahrheit verloren hat und Fakten zum Vorteil von Einzelinteressen zurechtbiegt. Der Ruf von Menschen wird durch oberflächliche Online-Verfahren gefährdet. Ein Phänomen, das auch die Kirche und ihre Hirten betrifft.«[42]

90. In einem Dokument, das von dreihundert jungen Menschen aus aller Welt vor der Synode erstellt wurde, wiesen diese darauf hin, dass Online-Beziehungen unmenschlich werden können. »Digitale Kontexte machen uns blind für die Verletzlichkeit anderer Menschen und hindern uns bei der Selbstreflexion. Probleme wie die Pornographie verzerren die Wahrnehmung junger Menschen hinsichtlich der menschlichen Sexualität. So verwendete Technologie erzeugt eine täuschende Parallelrealität, die die Menschenwürde ignoriert.«[43] Das Eintauchen in die virtuelle Welt hat eine Art „digitaler Migration“ begünstigt, d.h. eine Distanzierung von der Familie, von kulturellen und religiösen Werten, was viele Menschen in eine Welt der Einsamkeit und Selbsterfindung führt, bis hin, dass sie eine fehlende Verwurzlung erleben, obwohl sie physisch am gleichen Ort bleiben. Das neue und überfließende Leben junger Menschen, die ihre eigene Persönlichkeit behaupten wollen, steht heute vor einer neuen Herausforderung: mit einer realen und virtuellen Welt zu interagieren, die sie allein betreten, wie einen unbekannten Kontinent. Die jungen Menschen von heute sind die ersten, die diese Synthese zwischen dem Persönlichen, den Eigenheiten jeder Kultur und dem Globalen schaffen. Aber das erfordert, dass sie vom virtuellen Kontakt zu einer guten, gesunden Kommunikation übergehen.

Migranten als Paradigma unserer Zeit
91. Wie könnten wir die vielen jungen Menschen vergessen, die von Migration betroffen sind? Migration »ist weltweit ein strukturelles Phänomen und keine vorübergehende Ausnahmesituation. Migration kann innerhalb eines Landes oder zwischen verschiedenen Ländern stattfinden. Die Sorge der Kirche betrifft insbesondere Menschen, die vor Krieg, Gewalt, politischer oder religiöser Verfolgung, vor Naturkatastrophen, die auch durch den Klimawandel bedingt sind, und vor extremer Armut fliehen: Viele von ihnen sind jung. Sie suchen in der Regel nach Chancen für sich und ihre Familien. Sie träumen von einer besseren Zukunft und wollen die Voraussetzungen dafür schaffen, damit diese wahr wird.«[44] Die Migranten »erinnern uns an einen grundlegenden Aspekt des Glaubens, nämlich daran, dass wir „Fremde und Gäste auf Erden sind“ (Hebr 11,13)«.[45]

92. Andere Migranten fühlen sich »von der Kultur des Westens angezogen und brechen mit teils unrealistischen Erwartungen auf, die schwer enttäuscht werden können. Skrupellose Menschenhändler, die oft mit Drogen- und Waffenkartellen in Verbindung stehen, nutzen die Schwäche von Migranten aus, die auf ihrem Weg immer wieder mit Gewalt, Menschenhandel, psychischem und physischem Missbrauch und unsagbarem Leid konfrontiert werden. Hervorzuheben sind hier die besondere Schutzlosigkeit unbegleiteter minderjähriger Migranten sowie die Situation von Menschen, die gezwungen sind, viele Jahre in Flüchtlingslagern zu verbringen, oder die lange Zeit in Transitländern festsitzen, ohne ihre Ausbildung fortsetzen oder etwas aus ihren Talenten machen zu können. In einigen Ankunftsländern lösen Migrationsphänomene Alarm und Ängste aus, die oft für politische Zwecke angeheizt und missbraucht werden. Auf diese Weise verbreitet sich eine fremdenfeindliche Mentalität, man verschließt sich und zieht sich in sich selbst zurück. Darauf müssen wir entschlossen reagieren.«[46]

93. »Junge Menschen, die emigrieren, erleben die Trennung von ihrem ursprünglichen Umfeld und oft auch eine kulturelle und religiöse Entwurzelung. Der Bruch betrifft auch die Gemeinschaften am Herkunftsort, die ihre stärksten Mitglieder mit der größten Eigeninitiative verlieren, sowie die Familien, insbesondere wenn ein oder beide Elternteile emigrieren und ihre Kinder in ihrem Herkunftsland zurücklassen. Die Kirche spielt für die Jugendlichen dieser auseinandergerissenen Familien eine wichtige Rolle als Ansprechpartner. Aber Migranten erleben auch Begegnungen zwischen Menschen und Kulturen: Für die Gemeinden und Gesellschaften, in denen sie ankommen, sind sie eine Chance zur Bereicherung und fördern die ganzheitliche menschliche Entwicklung aller. Willkommensinitiativen, die in einem Bezug zur Kirche stehen, spielen unter diesem Gesichtspunkt eine wichtige Rolle und können Gemeinden, die fähig sind, sie durchzuführen, mit neuem Leben erfüllen.«[47]

94. »Dank der unterschiedlichen Herkunft der Synodenväter wurde das Thema der Migranten auf der Synode aus zahlreichen Perspektiven, insbesondere vonseiten der Herkunfts- und Ankunftsländer, beleuchtet. Darüber hinaus ertönte auch aus jenen Kirchen ein Alarmruf, deren Mitglieder zur Flucht vor Krieg und Verfolgung gezwungen sind und die diese Zwangsmigration als Bedrohung ihrer Existenz wahrnehmen. Gerade dadurch, dass alle diese verschiedenen Perspektiven in die Kirche Eingang finden, wird sie in die Lage versetzt, zum Thema Migration eine prophetische Rolle gegenüber der Gesellschaft zu spielen.«[48] Ich bitte vor allem die Jugendlichen, nicht auf diejenigen hereinzufallen, die versuchen, gegen junge Migranten zu hetzen, indem sie so beschrieben werden, als seien sie gefährlich und als hätten sie nicht die gleiche unveräußerliche Würde wie jeder Mensch.

Allen Formen von Missbrauch ein Ende setzen
95. Seit einiger Zeit sind wir nachdrücklich gefordert, den Schrei der Opfer der verschiedenen Arten von Missbrauch durch einige Bischöfe, Priester, Ordensleute und Laien zu hören. Diese Sünden verursachen in ihren Opfern »ein Leid, das ein Leben lang andauern und durch keine Reue geheilt werden kann. Dieses Phänomen ist in der Gesellschaft verbreitet, es betrifft auch die Kirche und stellt ein ernsthaftes Hindernis für ihre Sendung dar.«[49]

96. Es ist wahr, dass »dass das schwere Übel des sexuellen Missbrauchs von Minderjährigen leider in allen Kulturen und Gesellschaften ein geschichtlich verbreitetes Phänomen ist«, insbesondere in den Familien selbst und in verschiedenen Institutionen, dessen Ausmaß vor allem in jüngerer Zeit »dank eines Bewusstseinswandels der öffentlichen Meinung« sichtbar wurde. »Die weltweite Verbreitung dieses Übels bestätigt, wie schwerwiegend es für unsere Gesellschaften ist, schmälert aber nicht seine Abscheulichkeit innerhalb der Kirche« und »in der gerechtfertigten Wut der Menschen erblickt die Kirche den Widerschein des Zornes Gottes, der von diesen schändlichen Gottgeweihten verraten und geohrfeigt wurde«.[50]

97. »Die Synode bekräftigt, dass sie sich entschlossen für die Umsetzung rigoroser Präventionsmaßnahmen einsetzt, die verhindern, dass sich dies wiederholt, und dabei mit der Auswahl und Ausbildung derjenigen beginnt, denen verantwortungsvolle und erzieherische Aufgaben übertragen werden.«[51] Gleichzeitig darf die Entscheidung, »diese so notwendigen Aktionen und Sanktionen« durchzuführen, nicht mehr aufgegeben werden.[52] Und all das mit der Gnade Christi. Es gibt kein Zurück mehr.

98. »Es gibt verschiedene Formen von Missbrauch: Missbrauch von Macht, finanzieller Missbrauch, Missbrauch des Gewissens und sexueller Missbrauch. Hier stellt sich klar die Aufgabe, die Formen der Ausübung von Autorität, in die diese münden, und den Mangel an Verantwortungsbewusstsein und Transparenz bei der Behandlung vieler Fälle auszumerzen. Der Wunsch nach Herrschaft, ein Mangel an Dialog und Transparenz, Formen des Doppellebens, spirituelle Leere sowie psychische Labilität sind der Boden, auf dem Korruption gedeiht.«[53] Der Klerikalismus ist eine ständige Versuchung für diejenigen Priester, »die das empfangene Amt als eine auszuübende Macht [verstehen] und nicht als einen mit Selbstlosigkeit und Großmut anzubietenden Dienst. Jene Haltung führt zu der Auffassung, man gehöre zu einer Gruppe, die alle Antworten besitzt und nicht mehr zuhören und nichts mehr zu lernen braucht.«[54] Der Klerikalismus birgt für gottgeweihte Personen zweifellos die Gefahr, die Achtung vor dem heiligen und unveräußerlichen Wert jedes Menschen und seiner Freiheit zu verlieren.

99. Gemeinsam mit den Synodenvätern möchte ich mit Zuneigung und Anerkennung denen danken, »die den Mut haben, das Schlimme, das sie erlitten haben, öffentlich anzuklagen: Sie helfen der Kirche, ein Bewusstsein für das Geschehene und für die Notwendigkeit zu entwickeln, entschlossen zu reagieren.«[55] Die Synode würdigt aber »auch das aufrichtige Engagement unzähliger Laien, Priester, geweihter Frauen und Männer und Bischöfe, die sich tagtäglich aufrichtig und hingebungsvoll im Dienst für die Jugend einsetzen, und ermutigt sie, fortzufahren. Ihre Arbeit ist ein lautlos wachsender Wald. Viele Jugendliche, die an der Synode teilnahmen, haben Dankbarkeit gegenüber denjenigen geäußert, von denen sie begleitet wurden, und ein großes Bedürfnis nach Bezugspersonen unterstrichen.«[56]

100. Gott sei Dank sind die Priester, die in diese schrecklichen Verbrechen verstrickt sind, nicht die Mehrheit. Die meisten leisten einen treuen und großherzigen Dienst. Ich bitte die Jugendlichen, sich von dieser Mehrheit anregen zu lassen. Wenn immer du einen Priester siehst, der gefährdet ist, weil er die Freude an seinem Dienst verloren hat, weil er nach affektiver Kompensation sucht oder vom Kurs abkommt, dann traut euch, ihn an seine Verpflichtung gegenüber Gott und seinem Volk zu erinnern, ihm das Evangelium zu verkünden und ihn zu ermutigen, auf dem rechten Weg zu bleiben. Auf diese Weise leistet ihr unschätzbare Hilfe in dem ganz fundamentalen Bereich der Prävention, die verhindert, dass sich solche Gräueltaten wiederholen. Diese schwarze Wolke wird auch für junge Menschen, die Jesus Christus und seine Kirche lieben, zur Herausforderung, denn sie können viel zur Heilung dieser Wunde beitragen, wenn sie dafür ihre Fähigkeit zur Erneuerung, zur Beschwerde, zur Forderung nach Zusammenhalt und Zeugnis, zum erneuten Träumen und zum Neuanfang einsetzen.

101. Dies ist nicht die einzige Sünde der Glieder der Kirche, deren Geschichte viele Schatten hat. Unsere Sünden sind für alle sichtbar; sie spiegeln sich gnadenlos in den Falten des tausendjährigen Gesichts unserer Mutter und Lehrerin wider; weil sie seit zweitausend Jahren unterwegs ist und die »Freude und Hoffnung, Trauer und Angst der Menschen«[57] teilt. Und sie geht ihren Weg so, wie sie ist, ohne Schönheitsoperationen. Sie hat keine Angst, die Sünden ihrer Glieder, die einige von ihnen manchmal zu verbergen suchen, vor das feurige Licht des Wortes des Evangeliums zu stellen, das reinigt und läutert. Sie hört auch nicht auf, jeden Tag reumütig zu beten: »Gott, sei mir gnädig nach deiner Huld [...] meine Sünde steht mir immer vor Augen« (Ps 51,3.5). Aber denken wir daran, dass man die Mutter nicht im Stich lässt, wenn sie verwundet ist, sondern dass man sie begleitet, damit sie die Kraft und die Fähigkeit gewinnt, immer wieder neu zu beginnen.

102. Inmitten dieses Dramas, das uns zu Recht in der Seele weh tut, schenkt »Jesus, der Herr, der seine Kirche niemals verlässt, […] ihr die Kraft und die Mittel für einen neuen Weg«.[58] So kann dieser dunkle Moment, »mit der unschätzbaren Hilfe junger Menschen tatsächlich eine Chance für eine Reform von epochaler Tragweite sein«[59], sich einem neuen Pfingsten zu öffnen und eine Phase der Reinigung und des Wandels einzuleiten, die der Kirche neue Jugendlichkeit verleihen wird. Aber junge Menschen werden viel mehr helfen können, wenn sie sich im Herzen als Teil des »heiligen und geduldigen treuen Volkes Gottes, das vom Heiligen Geist getragen und belebt wird«, fühlen, denn »eben dieses heilige Volk Gottes wird uns vom Übel des Klerikalismus befreien, der den fruchtbaren Boden für all diese Gräuel bildet«.[60]

Es gibt einen Ausweg
103. In diesem Kapitel ging es mir darum, die Wirklichkeit der jungen Menschen in der Welt von heute zu betrachten. Einige weitere Aspekte werden in den folgenden Kapiteln behandelt. Wie ich bereits sagte, erhebt diese Analyse keinen Anspruch auf Vollständigkeit. Ich ermutige die Gemeinschaften zu einer respektvollen und ernsthaften Untersuchung der Lebenswirklichkeit ihrer jungen Menschen, um die geeignetsten pastoralen Wege erkennen zu können. Aber ich möchte dieses Kapitel nicht beenden, ohne ein paar Worte an jeden von euch zu richten.

104. Ich erinnere dich an die gute Nachricht, die uns am Morgen der Auferstehung zuteilwurde: dass es in all den dunklen oder schmerzhaften Situationen, von denen wir sprechen, einen Ausweg gibt. Es stimmt, beispielsweise, dass du in der digitalen Welt der Gefahr der Selbstverschlossenheit, Isolation oder des leeren Vergnügens ausgesetzt bist. Aber vergiss nicht, dass es junge Menschen gibt, die auch in diesen Bereichen kreativ und manchmal brillant sind – so wie der junge ehrwürdige Diener Gottes Carlo Acutis.

105. Er wusste sehr wohl, dass diese Mechanismen der Kommunikation, der Werbung und der sozialen Netzwerke genutzt werden können, um uns einzuschläfern und abhängig zu machen vom Konsum und von den Neuheiten, die wir kaufen können, besessen von der Freizeit, eingeschlossen in Negativität. Aber er verstand es, die neuen Kommunikationstechniken zu nutzen, um das Evangelium zu verbreiten sowie Werte und Schönheit zu vermitteln.

106. Er ließ sich nicht täuschen. Er sah, dass viele junge Menschen, obwohl sie verschieden scheinen, letztlich oft gleich den anderen sind und dem hinterherlaufen, was die Mächtigen ihnen durch die Mechanismen des Konsums und der Betäubung aufzwingen. Auf diese Weise lassen sie nicht zu, dass die Gaben, die der Herr ihnen gegeben hat, zum Vorschein kommen, sie bieten dieser Welt nicht die sehr persönlichen und einzigartigen Fähigkeiten, die Gott in einen jeden von ihnen hineingesät hat. So, sagte Carlo, kommt es vor, dass „alle als Originale geboren werden, aber viele als Fotokopien sterben“. Lass nicht zu, dass das dir geschieht.

107. Lass nicht zu, dass sie dir die Hoffnung und Freude rauben, lass dich von ihnen nicht betäuben, um dich zum Sklaven ihrer Interessen zu machen. Wage es, mehr zu sein, denn dein Sein zählt mehr als alles andere. Du brauchst nicht auf deinen Besitz oder dein Erscheinungsbild zu achten. Du kannst der sein, der du von Gott, deinem Schöpfer her bist, wenn du erkennst, dass du zu Großem berufen bist. Rufe den Heiligen Geist an und gehe mit Zuversicht auf das große Ziel zu: die Heiligkeit. Auf diese Weise wirst du keine Fotokopie sein. Du wirst ganz du selbst sein.

108. Dazu muss man etwas ganz Grundsätzliches erkennen: Jung zu sein erschöpft sich nicht einfach in der Suche nach flüchtigen Freuden und oberflächlichen Erfolgen. Damit das Jugendalter den Sinn erfüllt, den es für deinen Lebenslauf hat, muss es eine Zeit großzügigen Gebens, aufrichtiger Hingabe und der Opfer sein. Das tut weh, aber es macht unser Leben fruchtbar. Es ist so, wie ein großer Dichter einmal sagte:

»Wenn ich, um wiederzufinden, was ich wiedergefunden habe,
zuerst das verlieren musste, was ich verloren habe,
wenn ich, um das zu erreichen, was ich erreicht habe,
erst das ertragen musste, was ich ertragen habe,

wenn ich, um jetzt verliebt zu sein,
zuerst verletzt werden musste,
ist es recht, das erlitten zu haben, was ich erlitten habe,
ist es recht, so geweint zu haben, wie ich geweint habe.

Denn nach alledem habe ich festgestellt,
dass man sich über die Freuden nicht wirklich freut,
wenn man sie nicht zuvor erlitten hat.

Denn nach alledem habe ich verstanden,
dass das, was der Baum an Blüten trägt,
von dem lebt, was er unter der Erde hat.«
[61]

109. Wenn du jung bist, dich jedoch schwach, müde oder enttäuscht fühlst, bitte Jesus, dich zu erneuern. Mit ihm fehlt es nicht an Hoffnung. Dasselbe kannst du tun, wenn du spürst, dass du in Lastern, schlechten Gewohnheiten, Egoismus oder ungesunder Bequemlichkeit steckst. Jesus, der voller Leben ist, will dir helfen, so dass es sich lohnt, jung zu sein. So wirst du der Welt nicht den Beitrag vorenthalten, den nur du leisten kannst, weil du so, wie du bist, einzigartig und unwiederholbar bist.

110. Ich möchte dich aber auch daran erinnern, dass es sehr schwierig ist, »gegen die eigene Begehrlichkeit und gegen die Nachstellungen und Versuchungen des Bösen und der egoistischen Welt zu kämpfen, wenn wir uns absondern. Es ist ein solches Bombardement, das uns verleitet, dass wir – wenn wir zu viel alleine sind – leicht den Sinn für die Wirklichkeit, die innere Klarheit, verlieren und unterliegen.«[62] Das gilt besonders für euch junge Menschen, denn gemeinsam habt ihr eine bewundernswerte Kraft. Wenn ihr euch für ein gemeinschaftliches Leben begeistert, seid ihr zu großen Opfern für andere und für die Gemeinschaft fähig. Die Isolation hingegen schwächt euch und macht euch anfällig für die schlimmsten Übel unserer Zeit.

VIERTES KAPITEL
Die große Botschaft für alle jungen Menschen

111. Abgesehen von allen äußeren Umständen möchte ich allen jungen Menschen jetzt das Wichtigste, das Erste, das verkündigen, was nie verschwiegen werden sollte: eine Botschaft, die drei große Wahrheiten enthält, die wir alle immer und immer wieder hören müssen.

Ein Gott, der Liebe ist
112. Zuerst möchte ich jedem die erste Wahrheit sagen: „Gott liebt dich.“ Wenn du das schon mal gehört hast, egal, ich möchte dich daran erinnern: Gott liebt dich. Zweifle nie daran, egal, was dir im Leben passiert. Egal in welcher Lebenslage du dich befindest, du bist unendlich geliebt.

113. Vielleicht ist deine Erfahrung von Vaterschaft nicht die beste, dein irdischer Vater war vielleicht distanziert und abwesend, oder im Gegenteil, dominant und einengend. Oder er war einfach nicht der Vater, den du gebraucht hättest. Ich weiß es nicht. Aber was ich dir mit Sicherheit sagen kann, ist, dass du dich deinem göttlichen Vater ganz unbeschwert überlassen kannst, jenem Gott, der dir das Leben geschenkt hat und der es dir auch weiterhin immer neu schenkt. Er wird dich festhalten und gleichzeitig wirst du spüren, dass er deine Freiheit ganz und gar respektiert.

114. In seinem Wort finden wir viele Ausdrucksformen seiner Liebe. Es ist, als hätte er nach verschiedenen Wegen gesucht, sie zu zeigen, um zu sehen, ob er mit einem dieser Worte dein Herz erreichen könnte. So zeigt er sich beispielsweise in der Gestalt jener liebevollen Eltern, die mit ihren Kindern spielen: »Mit menschlichen Fesseln zog ich sie, mit Banden der Liebe. Ich war da für sie wie die, die den Säugling an ihre Wangen heben« (Hos 11,4).

Manchmal zeigt er sich liebevoll wie jene Mütter, die ihre Kinder aufrichtig lieben, mit einer zärtlichen Liebe, die weder vergessen noch verlassen kann: »Kann denn eine Frau ihr Kindlein vergessen, ohne Erbarmen sein gegenüber ihrem leiblichen Sohn? Und selbst, wenn sie ihn vergisst: Ich vergesse dich nicht« (Jes 49,15).

Er erweist sich sogar als ein Verliebter, der sich seine Geliebte auf die Hand tätowiert, so dass ihr Gesicht ihm immer nahe ist: »Sieh her: Ich habe dich eingezeichnet in meine Hände« (Jes 49,16).

An anderer Stelle betont er die Stärke und Festigkeit seiner Liebe, die unbesiegbar ist: »Mögen auch die Berge weichen und die Hügel wanken – meine Huld wird nicht von dir weichen und der Bund meines Friedens nicht wanken« (Jes 54,10).

Oder er sagt uns, dass wir schon immer erwartet wurden, weil wir nicht einfach zufällig in dieser Welt sind. Noch bevor wir sind, existieren wir bereits als Plan seiner Liebe: »Ich habe euch mit ewiger Liebe geliebt; deshalb habe ich euch die Treue gehalten« (Jer 31,3).

Oder er lässt uns wissen, dass Er unsere Schönheit erkennt, so wie sie niemand sonst erkennen kann: »Weil du in meinen Augen teuer und wertvoll bist und weil ich dich liebe« (Jes 43,4).

Oder er macht uns klar, dass seine Liebe nicht traurig ist, sondern reine Freude, die sich immer dann erneuert, wenn wir uns von ihm lieben lassen: »Der Herr, dein Gott, ist in deiner Mitte, ein Held, der Rettung bringt. Er freut sich und jubelt über dich, er erneuert in seiner Liebe, er jubelt über dich und frohlockt« (Zef 3,17 LXX).

115. Für ihn bist du wirklich wertvoll, du bist nicht unbedeutend, du bist ihm wichtig, denn du bist das Werk seiner Hände. Deshalb schenkt er dir Aufmerksamkeit und gedenkt deiner voll Liebe. Vertrau dem »Gedenken Gottes: Sein Gedächtnis ist keine „Festplatte“, die alle unsere Daten registriert und archiviert; sein Gedächtnis ist ein Herz, das weich ist vor Mitgefühl, das Freude daran hat, jede Spur des Bösen in uns auszulöschen.«[63] Er will nicht deine Fehler auflisten, vielmehr will er dir helfen, auch aus deinen Niederlagen zu lernen. Weil er dich liebt. Versuche, einen Moment in Stille zu bleiben und dich von ihm lieben zu lassen. Versuche, alle Stimmen und inneren Schreie zum Schweigen zu bringen und verbleibe für einen Augenblick in seiner liebevollen Umarmung.

116. Dies ist eine Liebe, »die sich nicht aufdrängt und die nicht erdrückt, sie grenzt nicht aus, sie bringt nicht zum Schweigen und schweigt auch nicht, sie demütigt nicht und unterwirft nicht. Die Liebe des Herrn ist eine alltägliche Liebe, diskret und respektvoll, sie liebt die Freiheit und sie befreit, sie ist eine Liebe, die heilt und erhebt. Die Liebe des Herrn kennt sich eher mit dem Wiederaufstieg als mit dem Fall aus, mehr mit der Versöhnung als mit Verboten, mehr mit dem Gewähren neuer Möglichkeiten als mit der Verdammnis, mehr mit der Zukunft als mit der Vergangenheit.«[64]

117. Wenn er dich um etwas bittet oder wenn er einfach nur die Herausforderungen zulässt, die das Leben dir stellt, erwartet er, dass du ihm Raum gibst, sodass er dich anschieben kann, damit du vorankommst, so dass er dich fördern und reifen lassen kann. Es macht ihm nichts aus, wenn du ihm gegenüber deine Zweifel äußerst. Das, was ihn beunruhigt, ist, dass du nicht mit ihm redest, dass du dich nicht aufrichtig für den Dialog mit ihm öffnest. Die Bibel berichtet, dass Jakob einen Kampf mit Gott hatte (vgl. Gen 32,25-31), aber das hat ihn nicht vom Weg des Herrn abgebracht. In Wirklichkeit ist er es selbst, der uns ermahnt: »Komm doch, wir wollen miteinander rechten« (Jes 1,18). Seine Liebe ist so real, so wahr, so konkret, dass sie uns eine Beziehung aufrichtigen und fruchtbaren Dialogs bietet. Lass dich also von deinem himmlischen Vater umarmen, im liebenden Angesicht seiner mutigen Zeugen auf der Erde!

Christus rettet dich
118. Die zweite Wahrheit ist, dass Christus sich aus vollendeter Liebe hingegeben hat, um dich zu retten. Seine offenen Arme am Kreuz sind das wertvollste Zeichen eines Freundes, der dazu fähig ist, bis zum Äußersten zu gehen: »Da er die Seinen liebte, die in der Welt waren, liebte sie bis zur Vollendung« (Joh 13,1).

Der heilige Paulus bezeugte, im Vertrauen auf diese Liebe zu leben, die alles gab: »Was ich nun im Fleische lebe, lebe ich im Glauben an den Sohn Gottes, der mich geliebt und sich für mich hingegeben hat« (Gal 2,20).

119. Dieser Christus, der uns am Kreuz von unseren Sünden gerettet hat, rettet und erlöst uns auch heute mit der gleichen Kraft seiner vollkommenen Selbsthingabe. Schau dir sein Kreuz an, klammere dich an ihn, lass dich retten, denn »diejenigen, die sich von ihm retten lassen, sind befreit von der Sünde, von der Traurigkeit, von der inneren Leere und von der Vereinsamung«.[65] Und wenn du sündigst und dich entfernst, hilft er dir mit der Kraft seines Kreuzes wieder auf. Vergiss nie: »Er vergibt siebenundsiebzigmal. Ein ums andere Mal lädt er uns wieder auf seine Schultern. Niemand kann uns die Würde nehmen, die diese unendliche und unerschütterliche Liebe uns verleiht. Mit einem Feingefühl, das uns niemals enttäuscht und uns immer die Freude zurückgeben kann, erlaubt er uns, das Haupt zu erheben und neu zu beginnen.«[66]

120. Wir sind durch Jesus »gerettet: Weil er uns liebt und nicht anders kann. Wir können ihm was auch immer antun, er jedoch liebt uns und rettet uns. Denn nur was man liebt, kann gerettet werden. Nur was man annimmt, kann verwandelt werden. Die Liebe des Herrn ist größer als all unsere Widersprüche, als all unsere Schwächen und als all unsere Begrenztheiten. Aber gerade mithilfe unserer Widersprüche, Schwächen und Begrenztheiten will er diese Liebesgeschichte schreiben. Er hat den verlorenen Sohn angenommen, er hat Petrus nach seiner Verleugnung angenommen; er nimmt auch uns immer, immer, immer an, wenn wir gefallen sind und hilft uns, aufzustehen und wieder auf die Beine zu kommen. Denn der wirkliche Fall – Achtung! –, der wirkliche Fall, der unser Leben zerstören kann, besteht darin, am Boden liegen zu bleiben und sich nicht helfen zu lassen.«[67]

121. Seine Vergebung und Erlösung sind nicht etwas, das wir gekauft haben, oder was wir durch unsere Werke oder unsere Bemühungen erwerben müssen. Er vergibt und befreit uns unentgeltlich. Seine Hingabe am Kreuz ist etwas so Großes, dass wir es weder bezahlen können noch sollen, wir können dieses Geschenk nur mit größter Dankbarkeit entgegennehmen, voll Freude, so geliebt zu werden, noch bevor wir überhaupt daran denken: »Er hat uns zuerst geliebt« (vgl. 1Joh 4,19).

122. Vom Herrn geliebte Jugendliche, wie viel seid ihr doch wert, wenn ihr durch das kostbare Blut Christi erlöst wurdet! Liebe junge Freunde, »ihr habt keinen Preis! Ihr seid keine Ware, die zur Versteigerung da ist! Bitte lasst euch nicht kaufen, lasst euch nicht verführen, lasst euch nicht von den ideologischen Kolonisierungen versklaven, die uns Ideen in die Köpfe setzen, und am Ende werden wir zu Sklaven, abhängig, im Leben gescheitert. Ihr habt keinen Preis: ihr müsst euch das immer wiederholen: ich stehe nicht zum Verkauf, ich habe keinen Preis. Ich bin frei, ich bin frei! Verliebt euch in diese Freiheit, die jene ist, die Jesus anbietet.«[68]

123. Sieh dir die geöffneten Arme des gekreuzigten Christus an, lass dich immer von neuem retten. Und wenn du kommst, um deine Sünden zu bekennen, glaub fest an seine Barmherzigkeit, die dich von der Schuld befreit. Betrachte sein Blut, das er aus so großer Liebe vergossen hat, und lass dich von ihm reinigen. So kannst du immer wieder neu geboren werden.

Er lebt!
124. Aber es gibt eine dritte Wahrheit, die untrennbar mit der vorherigen verbunden ist: Er lebt! Man sollte sich oft daran erinnern, denn wir laufen Gefahr, Jesus Christus nur als gutes Beispiel aus der Vergangenheit, als eine Erinnerung zu sehen, als jemanden, der uns vor zweitausend Jahren gerettet hat. Das würde uns nichts nützen, das würde uns nicht verändern, das würde uns nicht befreien. Er, der uns mit seiner Gnade erfüllt, der uns befreit, der uns verwandelt, der uns heilt und tröstet, ist jemand, der lebt. Es ist der auferstandene Christus, voller übernatürlicher Lebenskraft, bekleidet mit unendlichem Licht. Deshalb sagte der heilige Paulus: »Wenn aber Christus nicht auferweckt worden ist, dann ist euer Glaube nutzlos« (1Kor 15,17).

125. Nur wenn er lebt, kann er in jedem Moment in deinem Leben anwesend sein, um es mit Licht zu füllen. So wird es keine Einsamkeit oder Verlassenheit mehr geben. Auch wenn alle weggehen würden, er würde bleiben, wie er es versprochen hat: »Ich bin mit euch alle Tage bis zum Ende der Welt« (Mt 28,20). Er erfüllt alles mit seiner unsichtbaren Gegenwart, und wo immer du hingehst, wird er auf dich warten. Denn er ist nicht nur gekommen, sondern er kommt und wird auch weiterhin jeden Tag kommen und dich einladen, aufzubrechen zu einem immer neuen Horizont.

126. Betrachte Jesus, der glücklich und voller Freude ist. Freu dich mit deinem Freund, der gesiegt hat. Sie töteten den Heiligen, den Gerechten, den Unschuldigen, aber er hat gesiegt. Das Böse hat nicht das letzte Wort. Auch in deinem Leben wird das Böse nicht das letzte Wort haben, denn dein Freund, der dich liebt, will in dir siegen. Dein Retter lebt.

127. Wenn er lebt, so ist dies eine Garantie dafür, dass das Gute sich seinen Weg in unserem Leben bahnt und dass unsere Mühen zu etwas gut sind. Dann können wir aufhören zu klagen und nach vorne schauen, denn mit ihm kann man immer nach vorne schauen. Das ist die Sicherheit, die wir haben. Jesus ist der ewige Lebende. Halte dich fest an ihm, wir werden leben und alle Arten von Tod und Gewalt, die am Weg auf uns lauern, überstehen.

128. Jede andere Lösung wäre nur schwach und vorübergehend. Vielleicht würde das für eine Weile nützen, doch dann wären wir wieder schutzlos, verlassen und allen möglichen Unbilden ausgeliefert. Mit ihm hingegen ist das Herz in einer Grundsicherheit verwurzelt, die alles überdauert. Der heilige Paulus sagt, er wolle mit Christus vereint sein, um ihn zu »erkennen und die Macht seiner Auferstehung« (Phil 3,10). Dies ist die Macht, die sich auch in deinem Leben viele Male zeigen wird, denn er ist gekommen, um dir das Leben zu geben, Leben »in Fülle« (Joh 10,10).

129. Wenn du es schaffst, die Schönheit dieser Verkündigung in deinem Herzen zu schätzen und dich vom Herrn finden zu lassen; wenn du dich von ihm lieben und erlösen lässt; wenn du mit ihm eine Freundschaft eingehst und anfängst, mit dem lebendigen Christus über die konkreten Dinge deines Lebens zu sprechen, wird das die große Erfahrung sein, die Grunderfahrung, die deinem Leben als Christ Halt gibt. Diese Erfahrung kannst du dann auch anderen jungen Menschen weitersagen. Denn »am Anfang des Christseins steht nicht ein ethischer Entschluss oder eine große Idee, sondern die Begegnung mit einem Ereignis, mit einer Person, die unserem Leben einen neuen Horizont und damit seine entscheidende Richtung gibt«.[69]

Der Geist gibt Leben
130. In diesen drei Wahrheiten – Gott liebt dich, Christus ist dein Retter, Er lebt – erscheint Gott, der Vater, und Jesus. Wo der Vater und Jesus Christus sind, da ist auch der Heilige Geist. Er ist es, der die Herzen zur Aufnahme dieser Botschaft vorbereitet und öffnet; er ist es, der diese Heilserfahrung lebendig hält; er ist es, der dir helfen wird, in dieser Freude zu wachsen, wenn du ihn handeln lässt. Der Heilige Geist erfüllt das Herz des auferstandenen Christus und strömt von dort wie eine Quelle in dein Leben. Aber wenn du ihn aufnimmst, führt dich der Heilige Geist immer tiefer in das Herz Christi hinein, damit du immer mehr von seiner Liebe, seinem Licht und seiner Kraft erfüllt wirst.

131. Ruf jeden Tag den Heiligen Geist an, damit er in dir die Erfahrung der großen Botschaft ständig erneuert. Warum nicht? Du verpasst nichts, und er kann dein Leben verändern, es erleuchten und ihm eine bessere Ausrichtung geben. Es verstümmelt dich nicht, es nimmt dir nichts weg, im Gegenteil, er hilft dir, alles zu finden, so wie du es nötig hast. Verspürst du ein Bedürfnis nach Liebe? Du wirst sie nicht in der Zügellosigkeit finden, wenn du andere benutzt, andere besitzt oder beherrschst. Du wirst sie in einer Weise finden, die dich wirklich glücklich macht. Suchst du Erfüllung? Die wirst du nicht erlangen, indem du Sachen anhäufst, Geld ausgibst und verzweifelt hinter den Dingen dieser Welt herläufst. Dies wird dir auf eine viel schönere und befriedigendere Weise zuteilwerden, wenn du dich vom Heiligen Geist leiten lässt.

132. Suchst du Leidenschaft? So wie es ein schönes Gedicht ins Wort bringt: Verlieb dich! (oder Lass zu, dass du dich verliebst), denn »nichts kann wichtiger sein, als Gott zu begegnen, das heißt, sich in ihn endgültig und vollkommen zu verlieben. Dasjenige, in das du dich verliebst, fesselt deine Vorstellungskraft und hinterlässt schließlich überall seine Spuren. Daran wird sich entscheiden, was dich morgens aus dem Bett holt, was du bei Sonnenuntergang tust, was du an deinen Wochenenden machst, was du liest, was du weißt, was dein Herz bricht und was dich mit Freude und Dankbarkeit überwältigt .... Verliebe dich! Bleibe in der Liebe! Und alles wird anders sein.«[70] Diese Liebe Gottes, die das ganze Leben leidenschaftlich macht, verdankt sich dem Heiligen Geist, denn »die Liebe Gottes ist ausgegossen in unsere Herzen durch den Heiligen Geist, der uns gegeben ist« (Röm 5,5).

133. Er ist die Quelle vollkommener Jugend. Denn wer auf den Herrn vertraut, »ist wie ein Baum, der am Wasser gepflanzt ist und zum Bach seine Wurzeln ausstreckt: Er hat nichts zu fürchten, wenn Hitze kommt; seine Blätter bleiben grün« (Jer 17,8). »Die Jungen werden müde und matt« (Jes 40,30), doch diejenigen, die auf den Herrn ihr Vertrauen setzen, erhalten »neue Kraft […], wie Adlern wachsen ihnen Flügel. Sie laufen und werden nicht müde, sie gehen und werden nicht matt« (Jes 40,31).

FÜNFTES KAPITEL
Wege der Jugend

134. Wie lebt man die Jugend, wenn wir uns durch die große Verkündigung des Evangeliums erleuchten und verwandeln lassen? Es ist wichtig, sich diese Frage zu stellen, weil die Jugend kein Verdienst, sondern ein Geschenk Gottes ist: »Jung sein ist eine Gnade, ein Glück.«[71] Es ist eine Gabe, die wir unnütz vergeuden oder aber dankbar annehmen und in Fülle leben können.

135. Gott ist der Urheber der Jugend und in jedem jungen Menschen am Werk. Die Jugend ist eine gesegnete Zeit für den Heranwachsenden und ein Segen für die Kirche und die Welt. Sie ist Freude, ein Lied der Hoffnung und Glückseligkeit. Die Jugend zu schätzen schließt ein, diesen Lebensabschnitt als einen wertvollen Augenblick zu betrachten und nicht als eine Übergangsetappe, in der die jungen Menschen sich zum Erwachsenenalter hingedrängt fühlen.

Zeit der Träume und Entscheidungen
136. Zur Zeit Jesu war das Heraustreten aus dem Kindesalter ein heiß ersehnter Lebensschritt, den man feierlich beging. Als daher Jesus einem „Kind“ das Leben zurückgab (Mk 5,39), ließ er es einen Schritt weitergehen, er ließ es wachsen und zum „Mädchen“ werden (Mk 5,41). Als er ihm sagte, »Mädchen, ich sage dir, steh auf!« (talitá kum), verlieh er ihm zugleich mehr Verantwortung für sein Leben und öffnete ihm die Türen zur Jugend.

137. »Die Jugend als Zeit, in der sich die Persönlichkeit entwickelt, ist geprägt von Träumen, die Gestalt annehmen, von Beziehungen, die an Festigkeit und Gleichgewicht gewinnen, von Versuchen und Experimenten und von Entscheidungen, die Schritt für Schritt einen Lebensplan bestimmen. In diesem Lebensabschnitt sind junge Menschen aufgerufen, sich nach vorne auszustrecken, ohne ihre Wurzeln zu kappen, selbstständig zu werden, ohne dabei einsam zu sein.«[72]

138. Die Liebe Gottes und unsere Beziehung zum lebendigen Christus hindern uns nicht am Träumen, sie erfordern nicht, dass wir unseren Horizont einschränken. Ganz im Gegenteil: diese Liebe spornt uns an, regt uns an, treibt uns zu einem besseren und schöneren Leben an. Das Wort „Unruhe“ fasst viele Sehnsüchte der Herzen Jugendlicher zusammen. Wie der heilige Paul VI. sagte, »findet sich gerade in der Unzufriedenheit, die sie plagt, […] ein Element des Lichts«.[73] Die unzufriedene Unruhe, verbunden mit dem Staunen über das Neue, das sich am Horizont auftut, ruft in ihnen den Mut hervor, ihr Leben in die Hand zu nehmen und die Verantwortung für eine Mission zu übernehmen. Diese gesunde Unruhe, die gerade in der Jugend erwacht, bleibt charakteristisch für jedes Herz, das sich jung, verfügbar und offen hält. Wahre innere Ruhe koexistiert mit dieser tiefen Unzufriedenheit. Der heilige Augustinus sagte: »Herr, du hast uns auf dich hin geschaffen, und unruhig ist unser Herz, bis es ruht in dir.«[74]

139. Vor einiger Zeit fragte mich ein Freund, was ich sehe, wenn ich an einen jungen Menschen denke. Meine Antwort war: »Ich sehe einen Jungen oder ein Mädchen, die auf der Suche nach ihrem eigenen Weg sind, die mit Flügeln an den Füßen davoneilen wollen, die sich der Welt zuwenden und ihren Blick auf den Horizont richten, die Augen voller Hoffnung, voller Zukunft und auch voller Illusionen. Der junge Mensch läuft auf zwei Füßen wie der Erwachsene, doch anstatt sie wie dieser parallel nebeneinanderzustellen, setzt der junge Mensch stets einen Fuß vor den anderen, bereit aufzubrechen, loszusprinten. Immer in Startposition. Über die Jungen zu sprechen, bedeutet, über Verheißungen zu sprechen, und es bedeutet, über die Freude zu sprechen. Die jungen Leute besitzen eine solch ungeheure Kraft, ihr Blick zeugt von einer solch großen Hoffnung. Ein junger Mensch ist eine Verheißung des Lebens, gepaart mit einer gewissen Beharrlichkeit; er ist verrückt genug, sich einer Illusion hinzugeben, und zugleich in der Lage, sich von den Enttäuschungen zu erholen, die daraus erwachsen können.«[75]

140. Einige junge Menschen lehnen diese Lebensphase vielleicht ab, weil sie weiter Kinder bleiben wollen oder weil sie sich wünschen, dass »sich die Adoleszenz unendlich in die Länge zieht und Entscheidungen aufgeschoben werden; die Angst vor dem Endgültigen führt so zu einer Art Lähmung der Entschiedenheit. Aber die Jugend kann als Zeit nicht stillstehen, sie ist das Alter der Entscheidungen, und gerade darin liegt ihre Faszination und ihre größte Aufgabe. Junge Menschen treffen Entscheidungen im beruflichen, gesellschaftlichen und politischen Bereich und weitere, noch radikalere Entscheidungen, die ihrer Existenz eine endgültige Gestalt verleihen.«[76] Sie treffen auch Entscheidungen bezüglich der Liebe, der Partnerwahl oder des Wunsches, die ersten Kinder zu bekommen. Wir werden diese Themen in den letzten Kapiteln vertiefen, die der Berufung jedes Einzelnen und der Entscheidung zur Berufung gewidmet sind.

141. Aber gegen die Träume, welche Entscheidungen in Gang bringen, »besteht die Gefahr zu jammern, zu resignieren. Das überlassen wir denen, die der „Klagegöttin“ nachfolgen […] Sie ist eine Täuschung: sie führt dich auf den falschen Weg. Wenn alles stillzustehen und zu stagnieren scheint, wenn persönliche Probleme uns beunruhigen, soziale Schwierigkeiten keine angemessenen Antworten finden, dann ist es nicht gut, sich geschlagen zu geben. Der Weg ist Jesus: ihn in unser „Boot“ steigen zu lassen und mit ihm hinauszufahren! Er ist der Herr! Er ändert die Lebensperspektive. Der Glaube an Jesus führt zu einer Hoffnung, die alles übersteigt, zu einer Gewissheit, die nicht nur auf unseren Eigenschaften und Fähigkeiten gründet, sondern auf dem Wort Gottes, auf der Einladung, die von Jesus kommt – ohne allzu viele menschliche Berechnungen anzustellen und ohne überprüfen zu müssen, ob die Wirklichkeit, die euch umgibt, euren Sicherheiten entspricht. Fahrt hinaus, geht aus euch selbst heraus.«[77]

142. Wir müssen an dem Weg der Träume festhalten. Deshalb sollen wir uns vor einer Versuchung in Acht nehmen, die uns oft einen Streich spielt: die Angst. Sie kann zu einem großen Feind werden, wenn sie uns dazu bringt, aufzugeben, wenn wir erleben, dass die Ergebnisse nicht sofort erreicht werden. Die schönsten Träume erkämpft man mit Hoffnung, Geduld, Einsatz und Verzicht auf Eile. Zugleich darf man sich nicht von der Unsicherheit blockieren lassen; man sollte keine Furcht haben, etwas aufs Spiel zu setzen und Fehler zu machen. Eher müssen wir Angst haben, wie gelähmt zu leben, wie lebendige Tote, die zu leblosen Individuen wurden, weil sie kein Risiko eingehen wollen, weil sie sich nicht für ihre Belange einsetzen oder weil sie Angst haben, etwas falsch zu machen. Selbst wenn du einen Fehler machst, kannst du immer wieder aufstehen und neu anfangen. Niemand hat das Recht, dir die Hoffnung zu rauben.

143. Liebe junge Menschen, verzichtet nicht auf das Beste an eurer Jugend, beobachtet das Leben nicht von einem Balkon aus. Verwechselt das Glück nicht mit einem Sofa und verbringt nicht euer ganzes Leben vor einem Bildschirm. Gebt auch nicht das traurige Spektakel eines verlassenen Fahrzeugs. Seid nicht wie abgestellte Autos, lasst lieber eure Träume aufblühen und trefft Entscheidungen. Setzt etwas aufs Spiel, auch wenn ihr Fehler machen werdet. Seid nicht bloße Überlebende mit einer narkotisierten Seele und schaut nicht die Welt an, als ob ihr Touristen wärt. Lasst von euch hören! Werft die Ängste, die euch lähmen, über Bord, damit ihr euch nicht in jugendliche Mumien verwandelt. Lebt! Widmet euch dem Besten des Lebens! Öffnet die Käfigtür und fliegt hinaus! Geht bitte nicht schon vorzeitig in den Ruhestand.

Die Lust zu leben und zu erleben
144. Dieses Hingezogen sein auf die erträumte Zukunft, bedeutet nicht, dass junge Menschen völlig nach vorwärts ausgerichtet sind: Gleichzeitig verspüren sie den starken Wunsch, den gegenwärtigen Moment zu leben, das Beste aus den Möglichkeiten zu machen, die ihnen dieses Leben bietet. Diese Welt ist voll von Schönheit! Wie könnten wir je die Gaben Gottes geringschätzen?

145. Ganz im Gegenteil zu dem, was viele denken, will der Herr diese Lebenslust nicht dämpfen. Es tut gut, an die Lehre eines Weisen des Alten Testaments zu erinnern: »Kind, wenn du etwas hast, tu dir selbst Gutes. […] Einen schönen Tag lass nicht vorbeigehen« (Sir 14,11.14). Der wahre Gott, der dich liebt, will dich glücklich wissen. Deshalb finden wir in der Bibel auch diesen Ratschlag an junge Menschen: »Freu dich, junger Mann, in deiner Jugend, sei heiteren Herzens in deinen frühen Jahren! […] Halte deinen Sinn von Ärger frei» (Koh 11,9-10). Denn Gott ist es, der »uns reichlich alles gibt, es zu genießen« (vgl. 1Tim 6,17).

146. Wie kann jemand Gott dankbar sein, wenn er nicht fähig ist, seine kleinen täglichen Gaben zu genießen, wenn er es nicht versteht, bei den einfachen und angenehmen Dingen, die ihm auf Schritt und Tritt begegnen, zu verweilen? Denn »keiner ist schlimmer als einer, der sich selbst nichts gönnt« (Sir 14,6). Es geht nicht darum, unersättlich zu sein und genusssüchtig. Im Gegenteil, das würde dich daran hindern, den gegenwärtigen Moment zu leben. Es geht darum, die Augen zu öffnen und innezuhalten, um erfüllt zu leben und dankbar jedes kleine Geschenk des Lebens zu verkosten.

147. Es ist offensichtlich, dass das Wort Gottes dich einlädt, den gegenwärtigen Moment zu leben und nicht nur die Zukunft vorzubereiten: »Sorgt euch also nicht um morgen; denn der morgige Tag wird für sich selbst sorgen. Jeder Tag hat genug an seiner eigenen Plage« (Mt 6,34). Das bedeutet aber nicht, sich einer verantwortungslosen Zügellosigkeit hinzugeben, die einen leer und immer unzufrieden zurücklässt, sondern die Gegenwart in ihrer Fülle zu leben, indem man die Kräfte für gute Dinge einsetzt, die Brüderlichkeit pflegt, Jesus nachfolgt und jede kleine Freude des Lebens als ein Geschenk der Liebe Gottes schätzt.

148. In diesem Sinn möchte ich an Kardinal François Xavier Nguyên Van Thuân erinnern: Als man ihn in ein Konzentrationslager einsperrte, wollte er seine Tage nicht nur mit Warten und Hoffen verbringen. Er entschied: »Ich lebe in diesem Augenblick und werde ihn mit Liebe füllen«, und die Art und Weise, in der dies konkret wird, ist folgende: »Nütze jeden Tag die Gelegenheit, um kleine Dinge in großartiger Weise zu erledigen«.[78] Während du dafür kämpfst, deine Träume zu realisieren, dann lebe das Heute in Fülle, schenke es ganz hin und erfülle jeden Augenblick mit Liebe. Denn es stimmt, dass dieser Tag deiner Jugend der letzte sein könnte, und deshalb lohnt es sich, ihn mit der größtmöglichen Sehnsucht und Tiefe zu leben.

149. Dies gilt auch für die schwierigen Situationen, die bis in die Tiefe gelebt werden müssen, um ihre Botschaft verstehen zu können. Die Schweizer Bischöfe lehren uns: »Er ist da, wo wir meinten, wir wären von Ihm verlassen, und es könne keine Rettung mehr geben! Paradoxerweise ist das Leiden, die Finsternis, für viele Christen […] zu einem Ort geworden, wo sie Gott begegneten.«[79]

In Freundschaft mit Christus
150. So viel du auch lebst und erlebst, du wirst nicht zum Grund der Jugend vorstoßen, du wirst nicht die wirkliche Fülle des Jungseins erkennen, wenn du nicht jeden Tag dem großen Freund begegnest, wenn du nicht in Freundschaft mit Jesus lebst.

151. Die Freundschaft ist ein Geschenk des Lebens und eine Gabe Gottes. Durch die Freunde reinigt der Herr uns und lässt uns reifen. Zugleich sind die treuen Freunde, die uns in den schwierigen Momenten zur Seite stehen, ein Widerschein der Liebe des Herrn, seines Trostes und seiner liebevollen Gegenwart. Freunde zu haben hilft uns, uns zu öffnen, zu verstehen, uns um andere zu kümmern, aus unserer Bequemlichkeit und Isolation herauszugehen, das Leben zu teilen. Daher ist wahr: »Für einen treuen Freund gibt es keinen Gegenwert« (Sir 6,15).

152. Freundschaft ist nicht eine flüchtige und vorübergehende Beziehung, sondern beständig, fest, treu; sie reift im Laufe der Zeit. Sie ist eine Beziehung der Zuneigung, die uns untereinander verbindet, und zugleich ist sie eine großzügige Liebe, die uns das Wohl des Freundes suchen lässt. Auch wenn Freunde sehr verschieden sein können, gibt es immer einige Gemeinsamkeiten, die ihnen das Gefühl der Nähe geben, und es besteht eine Vertrautheit, die gegenseitig auf Ehrlichkeit und Zutrauen beruht.

153. Freundschaft ist so wichtig, dass Jesus selbst sich als Freund vorstellt: »Ich nenne euch nicht mehr Knechte; […] vielmehr habe ich euch Freunde genannt« (Joh 15,15). Durch die Gnade, die er uns schenkt, werden wir so erhöht, dass wir wirklich seine Freunde sind. Mit der gleichen Liebe, die er in uns ausgießt, können wir ihn lieben und in seiner Liebe auch die anderen miteinschließen in der Hoffnung, dass auch sie ihren Platz in der Gemeinschaft der Freundschaft finden mögen, die auf Jesus Christus gegründet ist.[80] Auch wenn er als Auferstandener schon in der Fülle des Glücks lebt, ist es möglich, ihm gegenüber großzügig zu sein und mitzuhelfen, sein Reich in dieser Welt aufzubauen. Wir werden so seine Werkzeuge, um den Mitmenschen seine Botschaft, sein Licht und vor allem seine Liebe zu bringen (vgl. Joh 15,16). Die Jünger folgten dem Ruf Jesu zur Freundschaft mit ihm. Es war eine Einladung, die nicht zwang, sondern die ihrer Freiheit behutsam angeboten wurde: »Kommt und seht!«, sagte er zu ihnen. »Da kamen sie mit und sahen, wo er wohnte, und blieben jenen Tag bei ihm« (Joh 1,39). Nach dieser innigen und unerwarteten Begegnung verließen sie alles und gingen mit ihm.

154. Die Freundschaft mit Jesus ist unverbrüchlich. Er verlässt uns nie, auch wenn er manchmal zu schweigen scheint. Wenn wir ihn brauchen, lässt er sich von uns finden (Jer 29,14) und er bleibt an unserer Seite, wo immer wir auch hingehen (vgl. Jes 1,9). Denn er kündigt niemals einen Bund auf. Uns bittet er, ihn nicht zu verlassen: »Bleibt in mir und ich bleibe in euch« (Joh 15,4). Wenn wir uns aber entfernen, »bleibt er doch treu, denn er kann sich selbst nicht verleugnen« (2Tim 2,13).

155. Mit einem Freund reden wir, teilen wir die geheimsten Dinge. Auch mit Jesus sprechen wir. Das Gebet ist eine Herausforderung und ein Abenteuer. Und was für ein Abenteuer! Es erlaubt, dass wir ihn immer besser kennenlernen, ganz in ihn eintauchen und in einer immer tieferen Verbundenheit mit ihm wachsen. Im Gebet können wir ihm alles erzählen, was uns passiert, und uns vertrauensvoll in seine Arme werfen. Zugleich schenkt es uns Augenblicke kostbarerer Innigkeit und Zuneigung, während derer Jesus sein eigenes Leben in uns ausgießt. Wenn wir beten, bringen wir »Gott „ins Spiel“, damit er wirken und dabei sein und siegen kann«.[81]

156. So kann es uns gelingen, in dauernder Einheit mit ihm zu leben, die alles, was wir mit anderen Personen erleben können, übersteigt: »Nicht mehr ich lebe, sondern Christus lebt in mir« (Gal 2,20). Nimm deiner Jugend nicht diese Freundschaft. Du wirst ihn an deiner Seite spüren können, nicht nur wenn du betest. Du wirst sehen, dass er jeden Augenblick mit dir geht. Versuche, ihn zu entdecken und du wirst die schöne Erfahrung machen, dich immer begleitet zu wissen. Dies erlebten die Jünger von Emmaus: Während sie orientierungslos dahingingen und sich unterhielten, machte sich Jesus unter ihnen gegenwärtig und begleitete sie (vgl. Lk 24,15). Ein Heiliger sagte: »Das Christentum nicht eine Ansammlung von Wahrheiten, die zu glauben sind, und von Geboten und Verboten, die zu beachten sind. Auf diese Weise erscheint es sehr abstoßend. Das Christentum ist eine Person, die mich so sehr geliebt hat, dass sie meine Liebe verlangt. Das Christentum ist Christus.«[82]

157. Jesus kann alle jungen Menschen der Kirche in einem einzigen Traum vereinen, einem großen Traum, einem »Traum, der in der Lage ist, alle miteinzubeziehen. Es ist der Traum, für den Jesus am Kreuz sein Leben hingegeben hat und für den der Heilige Geist sich ergoss und das Pfingstereignis in die Herzen eines jeden Mannes und einer jeden Frau einbrannte, in jedes Herz […]. Auch in dein Herz hat er es eingebrannt in der Hoffnung, dass er Raum findet, um zu wachsen und sich zu entfalten. Ein Traum, ein Traum namens Jesus, der vom Vater ausgesät wurde: Gott wie dieser, wie der Vater und vom Vater ausgesandt im Vertrauen darauf, dass er in jedem Herzen wachse und lebe. Ein konkreter Traum, der ein Mensch ist, der durch unsere Adern fließt, das Herz bewegt und jedes Mal neu bewegt.«[83]

Das Wachstum und die Reifung
158. Viele junge Menschen sorgen sich um ihren Körper und versuchen, die Körperkraft oder das Aussehen zu verbessern. Andere mühen sich um die Entfaltung ihrer Fähigkeiten und Kenntnisse und fühlen sich auf diese Weise sicherer. Einige zielen höher, sie wollen sich mehr anstrengen und suchen nach geistlichem Wachstum. Der heilige Johannes sagte: »Ich habe euch geschrieben, ihr jungen Männer: Ihr seid stark und das Wort Gottes bleibt in euch« (1Joh 2,14). Den Herrn suchen, sein Wort hüten, versuchen, ihm mit dem eigenen Leben zu antworten, in den Tugenden wachsen: das macht die Herzen der jungen Menschen stark. Deshalb musst du die Verbindung mit Jesus aufrechterhalten, im Einklang mit ihm stehen, da du mit deinen Kräften und deinem Geist allein nicht im Glück und in der Heiligkeit wachsen wirst. So wie du darum besorgst bist, die Verbindung im Internet nicht zu unterbrechen, genauso achte darauf, dass deine Verbindung zum Herrn aktiv bleibt. Das bedeutet, den Dialog nicht abzubrechen, ihm zuzuhören, ihm deine Anliegen zu erzählen und wenn du nicht klar weißt, was du tun sollst, ihn zu fragen: »Jesus, was würdest du an meiner Stelle tun?«[84]

159. Ich hoffe, dass du dich selbst so wertschätzen kannst, dich so weit ernst nehmen kannst, dass du nach geistlichem Wachstum strebst. Über die Begeisterungen der Jugend hinaus gibt es die Schönheit der Suche «nach Gerechtigkeit, Glauben, Liebe und Frieden« (2Tim 2,22). Das bedeutet nicht, die Spontaneität zu verlieren, die Frische, den Enthusiasmus, die Zärtlichkeit. Denn erwachsen werden bedeutet nicht, die wertvollsten Errungenschaften aus dieser Lebensphase hinter sich zu lassen. Andernfalls wird der Herr dir eines Tages vorwerfen können: »Ich gedenke deiner Jugendtreue, der Liebe deiner Brautzeit, wie du mir in der Wüste gefolgt bist« (Jer 2,2).

160. Andererseits muss auch ein Erwachsener reifen, ohne dabei die Werte der Jugend aufzugeben. Tatsächlich ist jeder Lebensabschnitt eine fortdauernde Gnade und besitzt einen Wert, der nicht vergehen soll. Eine gut gelebte Jugendzeit bleibt als innere Erfahrung gegenwärtig. Im Erwachsenenleben wird diese dann weiter verarbeitet, vertieft und fortgeführt und zeigt ihre Früchte. Während es für den jungen Menschen charakteristisch ist, sich vom Unendlichen angezogen zu fühlen, das sich eröffnet und beginnt,[85] ist es eine Gefahr des Erwachsenenlebens mit seinen Absicherungen und Annehmlichkeiten, diesen Horizont immer mehr einzugrenzen und den der Jugendzeit eigenen Wert zu vergessen. Es sollte das Gegenteil geschehen: reifen, wachsen und das eigene Leben ordnen, ohne diese Begeisterung zu verlieren, diese Offenheit, diese Faszination für eine Wirklichkeit, die immer mehr ist. In jedem Augenblick des Lebens werden wir unsere Jugend erneuern und vermehren können. Als ich meinen Dienst als Papst begann, hat der Herr mir die Horizonte geweitet und mir eine erneuerte Jugend geschenkt. Dasselbe kann einer langjährigen Ehe passieren oder einem Mönch in seinem Kloster. Es gibt Dinge, die sich über die Jahre „setzen“ müssen, aber diese Reifung kann mit einem Feuer koexistieren, das sich erneuert, mit einem immer jungen Herzen.

161. Wachsen bedeutet die wertvollsten Dinge, die dir die Jugend schenkt, zu bewahren und zu nähren, aber zugleich offen dafür zu sein, das zu reinigen, was nicht gut ist, und neue Gaben von Gott zu erhalten: Er ruft dich auf, das zu entfalten, was wertvoll ist. Manchmal können Minderwertigkeitskomplexe dazu führen, deine Fehler und Schwächen nicht sehen zu wollen und so könntest du dich dem Wachstum und der Reifung verschließen. Lass dich vielmehr von Gott lieben. Er liebt dich so, wie du bist, er schätzt dich und respektiert dich, er bietet dir aber auch immer mehr an: eine tiefere Freundschaft mit ihm, mehr Eifer im Gebet, größeren Hunger nach seinem Wort, mehr Sehnsucht, Christus in der Eucharistie zu empfangen, einen größeren Wunsch, das Evangelium zu leben, mehr innere Kraft, mehr Frieden und geistliche Freude.

162. Ich erinnere dich aber daran, dass du nicht heilig und erfüllt sein wirst, wenn du andere kopierst. Gerade auch die Heiligen nachzuahmen, bedeutet nicht, ihre Art und Weise, die Heiligkeit zu leben, zu kopieren: »Es gibt Zeugnisse, die als Anregung und Motivation hilfreich sind, aber nicht als zu kopierendes Modell. Das könnte uns nämlich sogar von dem einzigartigen und besonderen Weg abbringen, den der Herr für uns vorgesehen hat.«[86] Du musst entdecken, wer du bist, und deine eigene Weise des Heiligseins entfalten, unabhängig davon, was andere sagen und meinen. Heilig zu werden, bedeutet ganz du selbst zu werden, der zu werden, den Gott träumen und erschaffen wollte, nicht eine Fotokopie. Dein Leben muss wie ein prophetischer Anstoß sein, der andere inspiriert, der eine Spur in dieser Welt hinterlässt, diese einzige Spur, die nur du hinterlassen kannst. Wenn du hingegen nur nachäffst, wirst du dieser Welt und auch dem Himmel das vorenthalten, was niemand anders an deiner Stelle beizutragen hat. Der heilige Johannes vom Kreuz schrieb in seinem Geistlichen Gesang, dass sich jeder seine geistlichen Ratschläge »gemäß seiner Eigenart«[87] zu nutzen machen sollte, weil Gott selbst seine Gnade »den einen auf diese, den anderen auf jene Weise«[88] kundtut.

Wege der Brüderlichkeit
163. Dein geistlicher Fortschritt zeigt sich vor allem, wenn du in der brüderlichen, großherzigen, barmherzigen Liebe wächst. Der heilige Paulus sagte: »Euch aber lasse der Herr wachsen und reich werden in der Liebe zueinander und zu allen« (1Thess 3,12). Ich wünsche dir, dass du immer mehr diese „Ekstase“ leben kannst, die darin besteht, aus dir selbst herauszugehen, auf der Suche nach dem Wohl des Nächsten, bis zur Selbsthingabe.

164. Eine Begegnung mit Gott wird als „Ekstase“ bezeichnet, wenn sie uns aus uns selbst herauszieht und erhebt wie gefesselt von der Liebe und der Schönheit Gottes. Wir können aber auch aus uns selbst herausgezogen werden, um die verborgene Schönheit in jedem Menschen zu erkennen, seine Würde, seine Größe als Abbild Gottes und Sohn des Vaters. Der Heilige Geist will uns dazu bewegen, aus uns selbst herauszugehen, die anderen liebevoll zu umarmen und ihr Wohl zu suchen. Daher ist es immer besser, den Glauben gemeinsam zu leben und unsere Liebe in einem gemeinschaftlichen Leben zum Ausdruck zu bringen, indem wir mit anderen jungen Menschen unsere Zuneigung, unsere Zeit, unseren Glauben und unsere Sorgen teilen. Die Kirche bietet viele verschiedene Gelegenheiten an, um den Glauben in Gemeinschaft zu leben, weil gemeinsam alles einfacher ist.

165. Deine Verletzungen können dich zur Versuchung der Isolation führen, dich in dich selbst zurückzuziehen, Groll anzusammeln; höre aber niemals auf, auf den Ruf Gottes zur Vergebung zu hören. Wie die Bischöfe Ruandas so schön lehrten, »verlangt die Versöhnung mit dem anderen vor allem, in ihm den Glanz des Abbildes Gottes zu entdecken. […] In dieser Sichtweise ist es von lebenswichtiger Bedeutung, den Sünder von seiner Sünde und seiner Beleidigung zu unterscheiden, um zur wahren Versöhnung zu gelangen. Dies bedeutet, dass du das Böse hassen sollst, das der andere dir zufügt, ihn aber weiterhin lieben sollst, weil du seine Schwäche erkennst und das Abbild Gottes in ihm siehst.«[89]

166. Manchmal erschlaffen die ganze Energie, die Träume und der Enthusiasmus der Jugend wegen der Versuchung, sich in sich selbst zu verschließen, in unsere Probleme, unsere verletzten Gefühle, Klagen und Bequemlichkeiten. Lass nicht zu, dass dies geschieht, sonst wirst du frühzeitig innerlich alt. Jedes Alter besitzt seine Schönheit; der Jugend darf es nicht an der gemeinschaftlichen Utopie, der Fähigkeit, gemeinsam zu träumen, an den großen Horizonten fehlen, auf die wir gemeinsam schauen.

167. Gott liebt die Fröhlichkeit der jungen Menschen und lädt sie besonders zu dieser Fröhlichkeit ein, die man in brüderlicher Gemeinschaft lebt, zu dieser höheren Freude, die zu teilen vermag, denn »geben ist seliger als nehmen« (Apg 20,35) und »Gott liebt einen fröhlichen Geber« (2Kor 9,7). Die geschwisterliche Liebe steigert unsere Fähigkeit zur Freude, da sie uns fähig macht, uns über das Wohl des Nächsten zu freuen: »Freut euch mit den Fröhlichen« (Röm 12,15). Mögen die Spontaneität und der Elan deiner Jugend immer mehr in der Spontaneität geschwisterlicher Liebe Ausdruck finden und in der Frische, mit Vergebung zu antworten, mit Großzügigkeit und dem Wunsch, Gemeinschaft aufzubauen. Ein afrikanisches Sprichwort sagt: „Wenn du schnell gehen möchtest, gehe allein. Wenn du weit kommen möchtest, gehe mit anderen.“ Lassen wir uns nicht die Brüderlichkeit rauben.

Engagierte junge Menschen
168. Es stimmt, dass die jungen Menschen angesichts einer von Gewalt und Egoismus so vollen Welt manchmal Gefahr laufen können, sich in kleinen Gruppen abzuschotten und sich damit den Herausforderungen des Lebens in der Gesellschaft, in einer weiten, anregenden und bedürftigen Welt zu entziehen. Sie meinen, dass sie die geschwisterliche Liebe leben, aber vielleicht hat sich ihre Gruppe in eine bloße Verlängerung ihres eigenen Egos verwandelt. Dies ist umso schlimmer, wenn die Berufung des Laien nur als Dienst innerhalb der Kirche begriffen wird (Lektoren, Akolythen, Katecheten, etc.) und vergessen wird, dass die laikale Berufung vor allem die der Liebe in der Familie, der sozialen und politisch wirksamen Nächstenliebe ist: Sie ist eine konkrete Verpflichtung vom Glauben her zum Aufbau einer neuen Gesellschaft. Das bedeutet, inmitten der Welt und der Gesellschaft zu leben, um ihre verschiedenen Ebenen zu evangelisieren, um den Frieden wachsen zu lassen, das Zusammenleben, die Gerechtigkeit, die Menschenrechte, die Barmherzigkeit und so das Reich Gottes in der Welt zu verbreiten.

169. Ich schlage den jungen Menschen vor, weit über die Freundesgruppen hinauszugehen und die »soziale Freundschaft, das Gemeinwohl zu suchen. Die soziale Feindschaft zerstört. Und durch die Feindschaft wird eine Familie zerstört. Durch die Feindschaft wird ein Land zerstört. Durch die Feindschaft wird die Welt zerstört. Und die größte Feindschaft ist der Krieg. Und heute sehen wir, dass die Welt dabei ist, sich durch den Krieg zu zerstören. Denn sie sind unfähig, sich an einen Tisch zu setzen und miteinander zu sprechen. Seid fähig, soziale Freundschaft zu bilden.«[90] Das ist nicht einfach; immer muss man auf etwas verzichten, verhandeln: Doch wenn wir es schaffen, dass wir dabei an das Wohl aller denken, gelingt die wunderbare Erfahrung, die Differenzen bei Seite zu legen, um zusammen für etwas Gemeinsames zu kämpfen. Wenn es uns gelingt, Punkte der Übereinstimmung inmitten vieler Uneinigkeiten zu finden, innerhalb dieses sorgfältigen und zuweilen mühsamen Versuchs, Brücken zu schlagen, einen für alle Beteiligten günstigen Frieden zu schließen, dann ist dies das Wunder der Kultur der Begegnung, dass es den jungen Menschen wert ist, mit Leidenschaft zu leben.

170. Die Synode hat anerkannt: »Soziales Engagement ist ein besonderes Merkmal junger Menschen von heute, auch wenn es anders praktiziert wird als in vorherigen Generationen. Manche geben sich zwar gleichgültig, aber viele andere sind bereit, sich für freiwillige Initiativen und soziale Solidarität zu engagieren und sich aktiv bürgerschaftlich einzubringen, um junge Menschen bei der Entfaltung ihrer Talente, Fähigkeiten und Kreativität zu begleiten und zu unterstützen und sie zur Übernahme von Verantwortung zu ermutigen. Soziales Engagement und der direkte Kontakt zu den Armen sind weiterhin eine maßgebliche Gelegenheit zur Entdeckung oder Vertiefung des Glaubens und Erkennung der eigenen Berufung. […] Es wurde auch die Bereitschaft signalisiert, sich politisch für die Schaffung von Gemeinwohl zu engagieren.«[91]

171. Heute ist es eine gute Angewohnheit von Jugendgruppen in Pfarreien, Schulen, Bewegungen oder von Studentengruppen, zu älteren Menschen und Kranken zu gehen, um ihnen beizustehen; sie besuchen Armenviertel oder sie kommen gemeinsam Bedürftigen in den sogenannten „Nächten der Nächstenliebe“ zu Hilfe. Oft merken sie, dass sie bei diesen Diensten mehr empfangen als geben, weil man viel lernt und reift, wenn man es wagt, mit dem Leiden der anderen in Berührung zu kommen. Darüber hinaus besitzen die Armen eine verborgene Weisheit. Sie können uns mit einfachen Worten helfen, bisher übersehene Werte zu entdecken.

172. Weitere Jugendliche nehmen an sozialen Projekten teil, wie den Bau von Häusern für Obdachlose, Umweltschutzaktionen oder Hilfssammlungen für Notleidende. Es wäre gut, wenn sich dieses gemeinschaftliche Engagement nicht nur auf einige sporadische Aktionen beschränken würde, sondern stabil mit klaren Zielsetzungen und einer guten Organisation zu Gunsten einer nachhaltigeren und effizienteren Arbeit. Die Studenten können sich interdisziplinär zusammentun, um ihr Wissen auf die Lösung sozialer Probleme anzuwenden, und dabei können sie Seite an Seite mit den jungen Menschen anderer Kirchen oder anderer Religionen arbeiten.

173. Wie bei Jesu Wunder können die Brote und die Fische der jungen Menschen vermehrt werden (vgl. Joh 6,4-13). Genauso wie im Gleichnis verwandeln sich die kleinen Samenkörner der jungen Menschen in Bäume und Ernte (vgl. Mt 13,23.31-32). All das kommt aus der lebendigen Quelle der Eucharistie, in der unser Brot und unser Wein verwandelt werden, um uns ewiges Leben zu schenken. Den jungen Menschen ist eine gewaltige, schwierige Aufgabe anvertraut. Mit dem Glauben an den Auferstandenen werden sie diese mit Kreativität und Hoffnung angehen und dabei immer bereit sein zu dienen, so wie die Diener bei der Hochzeit zu erstaunten Mitwirkenden am ersten Zeichen Jesu wurden, nur weil sie der Weisung seiner Mutter folgten: »Was er euch sagt, das tut« (Joh 2,5). Barmherzigkeit, Kreativität und Hoffnung lassen das Leben wachsen.

174. Ich will dich zu diesem Engagement ermutigen, weil ich weiß: »Dein Herz, junges Herz, will eine bessere Welt aufbauen. Ich verfolge die Nachrichten der Welt und sehe, dass viele Jugendliche in vielen Teilen der Welt auf die Straßen hinausgegangen sind, um ihrem Wunsch nach einer gerechteren und brüderlicheren Gesellschaft Ausdruck zu verleihen. Die jungen Menschen auf den Straßen. Es sind junge Menschen, welche die Protagonisten, die Hauptdarsteller der Veränderung sein wollen. Ich bitte euch, lasst nicht zu, dass andere die Hauptdarsteller der Veränderung sind! Ihr seid die, denen die Zukunft gehört! Durch euch tritt die Zukunft in die Welt ein. Ich bitte euch auch, die Hauptdarsteller dieser Veränderung zu sein. Arbeitet weiter daran, die Apathie zu überwinden und eine christliche Antwort auf die sozialen und politischen Unruhen zu geben, die sich in mehreren Teilen der Welt zeigen. Ich bitte euch, Konstrukteure der Welt zu sein und euch an die Arbeit für eine bessere Welt zu machen. Liebe junge Freunde, bitte schaut euch das Leben nicht „vom Balkon aus“ an! Begebt euch in die Welt! Jesus ist nicht auf dem Balkon geblieben. Er hat sich mitten hinein gestürzt. Betrachtet das Leben nicht „vom Balkon aus“. Taucht ein in das Leben, wie Jesus es gemacht hat.«[92] Aber vor allem kämpft auf jegliche Art für das Gemeinwohl, seid Diener der Armen, seid Protagonisten der Revolution der Liebe und des Dienstes, die fähig sind, den Pathologien des konsumistischen und oberflächlichen Individualismus entgegenzutreten.

Mutige Missionare
175. Die jungen Menschen sind gerufen, als Christus liebende das Evangelium überall mit dem eigenen Leben zu bezeugen. Der heilige Albert Hurtado sagte, dass »Apostel sein nicht bedeutet, eine Anstecknadel am Knopfloch der Jacke zu tragen; es bedeutet nicht, über die Wahrheit zu sprechen, sondern sie zu leben, sie zu verkörpern, sich in Christus zu verwandeln. Apostel sein besteht nicht darin, eine Fackel in der Hand zu halten, im Besitzen des Lichts, sondern im Lichtsein […]. Das Evangelium […] ist mehr ein Vorbild als eine Unterweisung. Die in gelebtes Leben verwandelte Botschaft«.[93]

176. Die Wertschätzung des Zeugnisses bedeutet nicht, dass das Wort zum Schweigen gebracht werden muss. Warum nicht über Jesus sprechen, warum nicht den anderen erzählen, dass er uns die Kraft zum Leben gibt, dass es schön ist, mit ihm zu sprechen, dass es uns guttut, über seine Worte zu meditieren? Liebe Jugendliche, lasst nicht zu, dass die Welt euch dazu bringt, nur die negativen oder oberflächlichen Dinge zu teilen. Seid fähig, gegen den Strom zu schwimmen und teilt Jesus, teilt den Glauben mit, den er euch geschenkt hat. Ich wünsche euch, im Herzen den gleichen unwiderstehlichen Impuls zu verspüren, der den heiligen Paulus bewegte, als er sagte: »Weh mir, wenn ich das Evangelium nicht verkünde!« (1Kor 9,16).

177. »Wohin sendet Jesus uns? Da gibt es keine Grenzen, keine Beschränkungen: Er sendet uns zu allen. Das Evangelium ist für alle und nicht für einige. Es ist nicht nur für die, die uns näher, aufnahmefähiger, empfänglicher erscheinen. Es ist für alle. Fürchtet euch nicht, hinzugehen und Christus in jedes Milieu hineinzutragen, bis in die existenziellen Randgebiete, auch zu denen, die am fernsten, am gleichgültigsten erscheinen. Der Herr sucht alle, er will, dass alle die Wärme seiner Barmherzigkeit und seiner Liebe spüren.«[94] Und er lädt uns ein, ohne Angst mit der missionarischen Verkündigung überall hinzugehen, egal, wo wir uns befinden und mit wem wir zusammen sind: im Wohnviertel, beim Studium, beim Sport, wenn wir mit Freunden ausgehen, bei ehrenamtlichen Tätigkeiten oder bei der Arbeit, immer ist es gut und angebracht, die Freude des Evangeliums zu teilen. Dies ist die Weise, wie der Herr allen nahekommt. Und er will euch, liebe Jugendliche, als seine Werkzeuge, um Licht und Hoffnung auszustrahlen. Er will auf euren Mut zählen, auf eure Frische und euren Enthusiasmus.

178. Wir können nicht erwarten, dass die Mission einfach und bequem ist. Einige junge Menschen haben das Leben gegeben, weil sie ihren missionarischen Antrieb nicht bremsen wollten. Die Bischöfe Koreas haben sich so geäußert: »Wir hoffen, Samenkörner und Werkzeuge zum Heil der Menschheit zu sein, indem wir dem Beispiel der Märtyrer folgen. Auch wenn unser Glaube klein ist wie ein Senfkorn, so wird Gott ihn wachsen lassen und als Werkzeug für sein Heilswerk verwenden.«[95] Liebe Freunde, wartet nicht bis morgen, um mit eurer Energie, eurem Wagemut und eurer Kreativität an der Verwandlung der Welt mitzuwirken. Euer Leben ist nicht ein „in der Zwischenzeit“. Ihr seid das Jetzt Gottes, der euch fruchtbar will.[96] Denn »wer, sich hingibt, empfängt«[97], und die beste Art, eine gute Zukunft vorzubereiten, ist, die Gegenwart in guter Weise, mit Hingabe und Großmut, zu leben.

SECHSTES KAPITEL
Junge Menschen mit Wurzeln

179. Manchmal habe ich junge, schöne Bäume gesehen, die ihre Äste immer mehr nach oben zum Himmel ausstreckten und wie ein Lied der Hoffnung erschienen. Später fand ich sie nach einem Sturm umgestürzt und ohne Leben. Da sie wenig Wurzeln besaßen, hatten sie ihre Äste ausgestreckt, ohne tief im Boden verwurzelt zu sein, und so haben sie den Angriffen der Natur nicht standhalten können. Deshalb tut es mir weh zu sehen, dass einige den jungen Menschen vorschlagen, eine Zukunft ohne Wurzeln aufzubauen, als ob die Welt jetzt anfangen würde. Denn »es ist unmöglich, dass jemand wächst, wenn er keine starken Wurzeln hat, die helfen, gut und fest mit beiden Beinen auf dem Boden zu stehen. Es ist leicht, sich zu verlieren, wenn man keinen Ort hat, wo man feststehen, Halt finden kann.«[98]

Dass man dich nicht aus der Erde ausreiße
180. Diese Frage ist nicht zweitrangig und mir scheint es angemessen, ihr ein kurzes Kapitel zu widmen. Wenn wir sie verstehen, können wir die Freude der Jugend von einem falschen Jugendlichkeitskult unterscheiden, den einige dazu gebrauchen, um die jungen Menschen zu verführen und sie zu ihren Zwecken zu benutzen.

181. Stellt euch Folgendes vor: Wenn jemand euch ein Angebot macht und euch sagt, ihr braucht die Geschichte nicht zu beachten, den Erfahrungsschatz der Alten nicht zu beherzigen und ihr könnt all das missachten, was Vergangenheit ist, und sollt nur auf die Zukunft schauen, die er euch bietet, wäre dies nicht eine einfache Art, euch mit seinem Angebot anzuziehen, um euch nur das tun zu lassen, was er euch sagt? Dieser Jemand benötigt euch leer, entwurzelt, gegenüber allem misstrauisch, damit ihr nur seinen Versprechen vertraut und euch seinen Plänen unterwerft. So funktionieren die Ideologien verschiedener Couleur, die all das zerstören (oder abbauen), was anders ist; auf diese Weise können sie ohne Widerstände herrschen. Zu diesem Zweck brauchen sie junge Menschen, die die Geschichte verachten, die den geistlichen und menschlichen Reichtum ablehnen, der über die Generationen weitergegeben wurde, und die all das nicht kennen, was ihnen vorausgegangen ist.

182. Zugleich nutzen die Manipulanten eine andere Ressource: eine Vergötterung der Jugend, als ob all das, was nicht jung ist, verabscheuungswürdig und vergänglich wäre. Der junge Körper wird zum Symbol eines neuen Kults und so wird alles, was mit diesem Körper zu tun hat, vergöttert und grenzenlos begehrt, und das, was nicht jung ist, wird mit Verachtung angeschaut. Dies ist aber eine Waffe, die dazu führt, zuallererst die jungen Menschen herabzusetzen, indem man sie wirklicher Werte entleert und dazu benutzt, um persönliche, wirtschaftliche und politische Vorteile zu erzielen.

183. Liebe junge Menschen, lasst nicht zu, dass man eure Jugend benutzt, um ein oberflächliches Leben zu fördern, das Schönheit mit Schein verwechselt. Entdeckt hingegen, dass sich eine Schönheit im Arbeiter findet, der schmutzig und unordentlich nach Hause zurückkehrt, aber mit der Freude, für seine Kinder das Brot verdient zu haben. Es liegt eine außerordentliche Schönheit in der Gemeinschaft der um den Tisch versammelten Familie, die großzügig ihr Brot teilt, auch wenn die Tafel sehr arm ist. Es liegt eine Schönheit in der unfrisierten und älteren Ehefrau, die über ihre Kräfte und ihre Gesundheit hinaus fortfährt, sich um ihren erkrankten Ehemann zu kümmern. Auch wenn die Flitterwochen lange zurückliegen, liegt eine Schönheit in der Treue der Ehepaare, die sich im Herbst des Lebens lieben, in diesen alten Menschen, die Hand in Hand gehen. In jedem Mann und jeder Frau, die ihre persönliche Berufung in Liebe, im selbstlosen Dienst für die Gemeinschaft, für das Heimatland leben, großherzig für das Glück der Familie arbeiten und sich in der schwierigen, anonymen und unentgeltlichen Tätigkeit für die Wiederherstellung der sozialen Freundschaft einsetzen, liegt eine Schönheit, die über den Schein oder die Ästhetik der Mode hinausgeht. Diese Schönheit, die an jene Schönheit Christi am Kreuz erinnert, gilt es zu entdecken, zu zeigen und hervorzuheben. Dies bedeutet, die Fundamente für die wahre soziale Solidarität und die Kultur der Begegnung zu legen.

184. Zusammen mit den Strategien des falschen Jugendkults und des Scheins wird heute eine Spiritualität ohne Gott vorangetrieben, eine Affektivität ohne Gemeinschaft und ohne Einsatz für die Leidenden, eine Angst vor den Armen, die als gefährliche Individuen betrachtet werden, eine Reihe von Angeboten, die vorgeben, euch an eine paradiesische Zukunft glauben zu lassen, die immer hinausgeschoben wird. Ich will euch kein solches Angebot machen und mit meiner ganzen Zuneigung will ich euch davor warnen, euch nicht von dieser Ideologie beherrschen zu lassen, die euch nicht jünger machen, sondern in Sklaven verwandeln wird. Ich schlage euch einen anderen Weg vor, der aus Freiheit, Enthusiasmus, Kreativität und neuen Horizonten besteht, wobei ihr aber zugleich die nährenden und tragenden Wurzeln pflegen sollt.

185. In dieser Richtung will ich unterstreichen: »Viele nicht aus der westlichen Welt stammende Synodenväter weisen darauf hin, dass die Globalisierung in ihren Ländern zu einer regelrechten Form der kulturellen Kolonisierung führt, wodurch junge Menschen entwurzelt und aus dem kulturellen und religiösen Umfeld, dem sie angehören, herausgerissen werden. Hier muss sich die Kirche dafür einsetzen, dass sie in dieser Phase des Umbruchs begleitet werden, ohne dabei die wertvollsten Merkmale ihrer eigenen Identität zu verlieren.«[99]

186. Heute erleben wir eine Tendenz zur „Homogenisierung“ der jungen Menschen, welche die ihrem Herkunftsort eigenen Unterschiede auflösen und sie in manipulierbare serienmäßig hergestellte Individuen verwandeln will. So entsteht eine kulturelle Zerstörung, die so schwerwiegend ist wie das Aussterben der Tier- und Pflanzenarten.[100] Deshalb habe ich in einer Botschaft die in Panama versammelten jungen Indigenen ermutigt, »sich der Wurzeln bewusst zu werden; denn aus den eigenen Wurzeln kommt die Kraft zu wachsen, zu blühen und Frucht zu bringen«.[101]

Deine Beziehung zu den älteren Menschen
187. Auf der Synode wurde bekräftigt: »Junge Menschen sind zukunftsorientiert und begegnen dem Leben mit Energie und Dynamik. Sie […] neigen aber auch manchmal dazu, dem Überlieferten aus der Vergangenheit, aus der sie kommen, und insbesondere den vielen Gaben, die ihre Eltern, Großeltern und das kulturelle Erbe der Gesellschaft, in der sie leben, ihnen mitgegeben haben, wenig Beachtung zu schenken. Jungen Menschen zu helfen, den lebendigen Reichtum der Vergangenheit zu entdecken, indem die Erinnerung an diese lebendig gehalten wird und sie diese für ihre eigenen Entscheidungen und Möglichkeiten nutzen, ist für ihre Weiterentwicklung und die Entscheidungen, die sie treffen müssen, ein wahrer Akt der Liebe zu ihnen.«[102]

188. Das Wort Gottes legt uns ans Herz, den Kontakt zu den älteren Menschen nicht zu verlieren, um ihre Erfahrung aufnehmen zu können: »Stelle dich in die Schar der Ältesten, wer weise ist, dem schließe dich an! […] Wenn du einen Verständigen siehst, geh frühmorgens zu ihm und dein Fuß trete seine Türschwelle aus!« (Sir 6,34.36). In jedem Fall müssen euch die vielen Jahre, die sie gelebt haben, und all das, was ihnen im Leben passiert ist, dazu führen, auf sie mit Achtung zu schauen: »Du sollst vor grauem Haar aufstehen« (Lev 19,32), denn »der Ruhm der Jungen ist ihre Kraft, die Zier der Alten ihr graues Haar« (Spr 20,29).

189. Die Bibel verlangt von uns: »Hör auf deinen Vater, der dich gezeugt hat, verachte deine Mutter nicht, wenn sie alt wird« (Spr 23,22). Das Gebot, Vater und Mutter zu ehren, ist »ein Hauptgebot mit einer Verheißung« (Eph 6,2; vgl. Ex 20,12; Dtn 5,16; Lev 19,3) und die Verheißung lautet, »damit es dir wohl ergehe und du lange lebst auf der Erde« (Eph 6,3).

190. Dies bedeutet nicht, dass du mit all dem, was sie sagen, einverstanden sein musst, und auch nicht, dass du alle ihre Handlungen gutheißen musst. Ein junger Mensch sollte immer einen kritischen Geist haben. Der heilige Basilius der Große empfahl den jungen Menschen in Bezug auf die alten griechischen Autoren, sie zu schätzen, aber nur das anzunehmen, was sie an Gutem lehren können.[103] Es geht einfach darum, offen dafür zu sein, eine Weisheit aufzunehmen, die von Generation zu Generation mitgeteilt wird, die mit einigen menschlichen Nöten koexistieren kann und die keinen Grund hat, angesichts der Konsumgewohnheiten und der Neuheiten des Marktes zu verschwinden.

191. Der Welt hat der Bruch zwischen den Generationen niemals gedient und er wird ihr niemals dienen. Es sind die Sirenengesänge einer Zukunft ohne Wurzeln, ohne Verwurzelung. Es ist die Lüge, die dich glauben machen will, dass nur das, was neu ist, gut und schön ist. Die Existenz der Beziehungen zwischen den Generationen bringt mit sich, dass man in den Gemeinschaften ein kollektives Gedächtnis besitzt, da jede Generation die Lehren der Vorfahren wiederaufnimmt und so den Nachfahren ein Erbe hinterlässt. Dies stellt Bezugspunkte dar, um eine neue Gesellschaft unerschütterlich zu festigen. Wie das Sprichwort sagt: „Wenn der junge Mensch wüsste und der ältere könnte, gäbe es nichts, was man nicht tun würde“.

Träume und Visionen
192. In der Weissagung des Joël finden wir eine Ankündigung, die uns erlaubt, dies auf sehr schöne Weise zu verstehen. Sie lautet: »Danach aber wird Folgendes geschehen: Ich werde meinen Geist ausgießen über alles Fleisch. Eure Söhne und Töchter werden Propheten sein, eure Alten werden Träume haben und eure jungen Männer haben Visionen« (Joël 3,1; vgl. Apg 2,17). Wenn die jungen Menschen und die älteren sich dem Heiligen Geist öffnen, so bringen sie gemeinsam eine wunderbare Verbindung hervor. Die älteren Menschen träumen und die jungen haben Visionen. Auf welche Weise ergänzen sich diese beiden Dinge?

193. Die älteren Menschen haben von Erinnerungen, von den Bildern vieler erlebter Dinge durchwirkte Träume, die von der Erfahrung und den Jahren gekennzeichnet sind. Wenn die jungen Menschen sich in den Träumen der älteren festmachen, wird es ihnen gelingen, die Zukunft zu sehen, und können sie Visionen haben, die den Horizont öffnen und ihnen neue Wege zeigen. Wenn aber die älteren Menschen nicht träumen, können die jungen nicht mehr klar den Horizont sehen.

194. Es ist gut, unter den Dingen, die unsere Eltern aufbewahrt haben, einige Erinnerungsstücke zu finden, die uns erlauben, uns das vorzustellen, was unsere Großeltern sich für uns erträumt haben. Jeder Mensch hat von seinen Großeltern, noch bevor er geboren wurde, als Geschenk den Segen eines Traums erhalten, der voll von Liebe und Hoffnung ist: jener von einem besseren Leben. Und wenn er ihn von seinen Großeltern nicht erhalten hat, so hat sicher jemand von den Urgroßeltern es geträumt und sich für ihn gefreut, als er in der Wiege seine Kinder und dann seine Enkel betrachtete. Der erste Traum, der schöpferische Traum Gottes, unseres Vaters, geht dem Leben all seiner Kinder voraus und begleitet es. Sich an diesen Segen zu erinnern, der sich von Generation zu Generation erstreckt, ist ein wertvolles Erbe, das wir lebendig halten müssen, um es unsererseits weitergeben zu können.

195. Deshalb ist es gut, die älteren Menschen lang erzählen zu lassen, auch wenn sie zuweilen mythologisch, phantasievoll scheinen, – es sind