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DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL SEGUNDO CONGRESO INTERNACIONAL
DE PASTORAL DE LOS MAYORES

Sala Clementina
Viernes, 3 de octubre de 2025

[Multimedia]

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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡La paz esté con vosotros!

¡Buenos días a todos y bienvenidos!

Eminencia, Excelencias, queridos sacerdotes, hermanos y hermanas.

Les doy la bienvenida y me alegro de encontrarme con ustedes con motivo del II Congreso Internacional de Pastoral de los Mayores, promovido por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

El lema del Congreso —«Sus ancianos tendrán sueños» (Jl 3,1)— recuerda las palabras del profeta Joel, que le gustaban tanto al Papa Francisco, quien hablaba a menudo de la necesidad de una alianza entre jóvenes y mayores, inspirada en los «sueños» de quienes han vivido mucho tiempo y fecundada por las «visiones» de quienes comienzan la gran aventura de la vida.[1] En el pasaje citado, el profeta anuncia la efusión universal del Espíritu Santo, que crea unidad entre las generaciones y distribuye a cada uno dones diferentes.

En nuestro tiempo, lamentablemente, las relaciones entre las generaciones suelen estar marcadas por fracturas y contraposiciones que las enfrentan entre sí. A los mayores, por ejemplo, se les reprocha que no dejan espacio a los jóvenes en el mundo laboral o que absorben demasiados recursos económicos y sociales en detrimento de otras generaciones, como si la longevidad fuera una culpa.

Se trata de formas de pensar que revelan visiones muy pesimistas y conflictivas de la existencia. Las personas mayores son un don, una bendición que hay que acoger, y el alargamiento de la vida es un hecho positivo, es más, es uno de los signos de esperanza de nuestro tiempo, en todas partes del mundo. Sin duda, también es un desafío, porque el número creciente de ancianos es un fenómeno histórico sin precedentes, que nos llama a un nuevo ejercicio de discernimiento y comprensión.

La vejez es, ante todo, una beneficiosa llamada a la dinámica universal de la vida. La mentalidad que prevalece hoy en día tiende a dar valor a la existencia si produce riqueza o éxito, si ejerce poder o autoridad, olvidando que el ser humano es una criatura siempre limitada y necesitada. La fragilidad que se manifiesta en las personas mayores nos recuerda esta evidencia común: por eso es ocultada o alejada por quienes cultivan ilusiones mundanas, para no tener ante sus ojos la imagen de lo que inevitablemente seremos. En cambio, es saludable darse cuenta de que el envejecimiento «forma parte de la maravilla que somos».[2] Esta fragilidad, «si tenemos el valor de reconocerla», de abrazarla y cuidarla, «es un puente hacia el cielo».[3] En lugar de avergonzarnos de la debilidad humana, nos sentiremos impulsados a pedir ayuda a nuestros hermanos y a Dios, que vela como Padre sobre todas las criaturas. Las personas mayores nos enseñan que «la salvación no está en la autonomía, sino en reconocer con humildad la propia necesidad y saber expresarla libremente», de modo que «la medida de nuestra humanidad no la da lo que podemos conquistar, sino la capacidad de dejarnos amar y, cuando es necesario, también ayudar». [4]

Por extraño que parezca, la vejez se convierte, lamentablemente, cada vez más a menudo en algo a lo que se llega de improviso y que nos encuentra desprevenidos. Recurriendo a las Escrituras, a la sabiduría de los Padres y a la experiencia de los santos, la Iglesia está llamada a ofrecer tiempos e instrumentos para descifrarla, a fin de vivirla cristianamente, sin pretender permanecer siempre jóvenes y sin dejarse llevar por el desánimo. En este sentido, son muy valiosas las catequesis que el Papa Francisco dedicó a este tema en 2022, desarrollando una verdadera espiritualidad de las personas mayores: de ellas se puede extraer material para establecer una útil labor pastoral.

Hoy en día, muchas personas, una vez terminados sus años de trabajo, tienen la oportunidad de vivir una etapa cada vez más larga de buena salud, bienestar económico y mayor tiempo libre. Se les llama «jóvenes mayores»: a menudo son ellos los que dan testimonio de una asistencia asidua a la liturgia y los que llevan a cabo actividades parroquiales, como el catecismo y diversas formas de servicio pastoral. Es importante encontrar un lenguaje y propuestas adecuadas para ellos, involucrándolos no como destinatarios pasivos de la evangelización, sino como sujetos activos, y responder junto con ellos, y no en su lugar, a las preguntas que nos plantean la vida y el Evangelio.

Son diversas las situaciones que se pueden encontrar: algunas personas reciben en edad avanzada el primer anuncio de la fe; otras han tenido una experiencia de Dios y de la Iglesia en su juventud, pero luego se han alejado; otras han perseverado en la vida cristiana. Para todos, la pastoral de los mayores debe ser evangelizadora y misionera, porque la Iglesia está siempre llamada a anunciar a Jesús, Cristo salvador, a cada hombre y mujer, en cada edad y en cada etapa de la vida.

Allí donde los ancianos están solos y descartados, esto significará llevarles la alegre noticia de la ternura del Señor, para vencer, junto con ellos, las tinieblas de la soledad, gran enemiga de la vida de las personas mayores. ¡Que nadie sea abandonado! ¡Que nadie se sienta inútil! Incluso una simple oración, recitada con fe en casa, contribuye al bien del Pueblo de Dios y nos une en la comunión espiritual. Esta tarea misionera nos interpela a todos, a nuestras parroquias y, en particular, a los jóvenes, que pueden convertirse en testigos de la cercanía y la escucha, la escucha recíproca con quienes están más adelantados que ellos en la vida.

En otros casos, la evangelización misionera ayudará a las personas mayores a encontrar al Señor y su Palabra. Con el paso de los años, en efecto, en muchos resurge la pregunta sobre el sentido de la existencia, creando la oportunidad de buscar una relación auténtica con Dios y de profundizar en la propia vocación a la santidad.

Queridos hermanos, tengamos siempre presente que anunciar el Evangelio es el compromiso principal de nuestra pastoral: al involucrar a las personas mayores en esta dinámica misionera, ellas también serán testigos de esperanza, especialmente con su sabiduría, devoción y experiencia. Por eso rezo, invocando la maternal intercesión de la Virgen María, y los acompaño con mi bendición. ¡Gracias!

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[1] Cfr. Francisco, La sabiduría del tiempo, Roma 2018.

[2] Homilía en la Misa por el Jubileo de los Jóvenes (3 de agosto 2025).

[3] Catequesis sobre Jesucristo, nuestra esperanza. III. La Pascua de Jesús. 5. La crucifixión. «Tengo sed» (Jn 19,28) (3 de septiembre 2025).

[4]  Ibid.