zoomText
  • A
  • A
  • A
pdf
Generación de PDF en curso.....
EN  - ES  - FR  - IT  - PL  - PT

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN LA SESIÓN PLENARIA
DE LA PONTIFICIA ACADEMIA DE LAS CIENCIAS SOCIALES

[14-16 abril de 2026]

[Multimedia]

_____________________________________

Me ha complacido enterarme de la sesión plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, que se celebra del 14 al 16 de abril de 2026, y envío mis mejores deseos y oraciones a todos los participantes. Expreso mi gratitud al cardenal Peter Turkson por su dedicado servicio como canciller de la Academia. Agradezco igualmente a su presidenta, la hermana Helen Alford, por haber elegido el tema: «The Uses of Power: Legitimacy, Democracy and the Rewriting of the International Order» [Los usos del poder: legitimidad, democracia y la reescritura del orden internacional]. Es un tema particularmente actual, que centra nuestra reflexión en el ejercicio del poder, elemento crucial para construir la paz dentro y entre las naciones en este momento de profundo cambio global.

La doctrina social católica considera el poder no como un fin en sí mismo, sino como un medio orientado al bien común. Esto implica que la legitimidad de la autoridad no depende de la acumulación de fuerza económica o tecnológica, sino de la sabiduría y la virtud con que se ejerce (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1903). Porque la sabiduría nos permite discernir y perseguir lo verdadero y lo bueno, en lugar de bienes aparentes y vanagloria, en las circunstancias de la vida cotidiana. Esa sabiduría es inseparable de las virtudes morales, que fortalecen nuestro deseo de promover el bien común. En particular, sabemos que la justicia y la fortaleza son indispensables para tomar decisiones ponderadas y ponerlas en práctica. También la templanza resulta esencial para el uso legítimo de la autoridad, ya que la verdadera templanza frena la exaltación excesiva de uno mismo y actúa como barrera contra el abuso de poder.

Esta comprensión del poder legítimo encuentra una de sus más altas expresiones en la democracia auténtica. Lejos de ser un mero procedimiento, la democracia reconoce la dignidad de cada persona e invita a cada ciudadano a participar de manera responsable en la búsqueda del bien común. Reflejando esta convicción, san Juan Pablo II afirmó que la Iglesia valora la democracia porque garantiza la participación en las decisiones políticas y «la posibilidad de elegir y controlar a los propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica» (Centesimus annus, n. 46). Sin embargo, la democracia solo se mantiene sana cuando está arraigada en la ley moral y en una verdadera visión de la persona humana. A falta de este fundamento, corre el riesgo de convertirse en una tiranía mayoritaria o en una máscara para el dominio de las élites económicas y tecnológicas.

Los mismos principios que guían el ejercicio de la autoridad dentro de las naciones deben también inspirar el orden internacional, una verdad particularmente importante de recordar en una época en la que las rivalidades estratégicas y las alianzas mutables están remodelando las relaciones globales. Debemos recordar que un orden internacional justo y estable no puede surgir del mero equilibrio de poder ni de una lógica puramente tecnocrática. La concentración del poder tecnológico, económico y militar en manos de unos pocos, amenaza tanto la participación democrática entre los pueblos como la concordia internacional.

A este respecto, mis predecesores han expresado la necesidad de instituciones actualizadas y de una autoridad universal (cf. Juan Pablo II, Centesimus annus, n. 58; Pacem in terris, n. 137), basada en el principio de subsidiariedad (cf. Benedicto XVI, Caritas in veritate, n. 57). El desarrollo de tal comunidad global de fraternidad requiere «la mejor política, puesta al servicio del verdadero bien común» (Francisco, Fratelli tutti, n. 154). De hecho, es «más necesario que nunca repensar con audacia las modalidades de la cooperación internacional» (Visita a la sede de la FAO con motivo del Día Mundial de la Alimentación, 16 de octubre de 2025, n. 7).

En última instancia, cuando las potencias terrenales amenazan la tranquillitas ordinis —la clásica definición agustiniana de la paz—, debemos sacar esperanza del Reino de Dios, que, aunque no es de este mundo, ilumina las realidades de este mundo y revela su significado escatológico. En esta perspectiva de fe, se nos recuerda que la omnipotencia de Dios se manifiesta sobre todo en la misericordia y el perdón (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 25, a. 3, ad 3); el poder divino no domina, sino que más bien sana y restaura. Es precisamente esta lógica de la caridad la que debe animar la historia, pues la actividad humana inspirada por la caridad ayuda a moldear la «ciudad terrenal» en la unidad y la paz, convirtiéndola —aunque de manera imperfecta— en una anticipación y una prefiguración de la «Ciudad de Dios» (cf. Benedicto XVI, Caritas in veritate, n. 7). Esta fe refuerza nuestra determinación de construir una cultura de reconciliación capaz de superar las trampas de la indiferencia y la impotencia (cf. Discurso a los líderes religiosos participantes en el Encuentro Internacional de Oración por la Paz, 28 de octubre de 2025).

Con estos sentimientos, deseo sinceramente que sus reflexiones en estos días produzcan valiosas ideas para aclarar los usos legítimos del poder, los criterios de la democracia auténtica y el tipo de orden internacional que sirve al bien común. De este modo, su labor contribuirá de manera significativa a la construcción de una cultura global de reconciliación y paz, una paz que no sea simplemente la frágil ausencia de conflicto, sino el fruto de la justicia, nacida de una autoridad humildemente puesta al servicio de cada ser humano y de toda la familia humana.

Que el Espíritu Santo, fuente de toda caridad y vínculo de unidad y paz, ilumine sus mentes y sostenga sus esfuerzos. Invoco de buen grado sobre todos ustedes las abundantes bendiciones de Dios.

Desde el Vaticano, 1 de abril de 2026

LEÓN PP. XIV

__________________________
Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 14 de abril de 2026