CARTA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
FIRMADA POR EL CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO,
PIETRO PAROLIN,
A S. EM.ª EL CARD. KEVIN J. FARRELL
CON MOTIVO DEL ENCUENTRO SOBRE LA PASTORAL DE LOS MAYORES
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Eminencia Reverendísima,
en nombre del Santo Padre y en el mío propio, me complace dirigir un cordial saludo a usted y al grupo de expertos, convocados por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida para reflexionar sobre la pastoral de los mayores y, en particular, sobre el tema «Un puente hacia el cielo. El magisterio de la fragilidad en el tiempo de la fuerza».
En la sociedad actual, la vejez es una etapa compleja y llena de perspectivas, y para la Iglesia, que siempre ha reconocido en las personas mayores una presencia relevante, esta iniciativa reviste sin duda un gran significado.
Hoy en día, en muchas regiones del mundo, las personas de edad avanzada suelen tener aún mucha energía que dedicar al servicio de la comunidad. Así lo atestiguan las diversas formas de voluntariado, fundamentales en tantos ámbitos de la vida eclesial.
Más allá de esto, sin embargo, la vejez pone de relieve un aspecto más profundo e importante de la vida cristiana: el del valor de la debilidad (cf. 2 Cor 12,10).
El aumento de la esperanza de vida implica, de hecho, una prolongación de la etapa frágil de la vejez, lo que plantea el desafío de reflexionar sobre el sentido de esta etapa de la existencia. ¿Qué valor dar a los muchos años que un hombre o una mujer pueden vivir en un estado de debilidad física o mental? ¿Cuál es la perspectiva cristiana con la que vivir este tiempo? ¿Cómo anunciar que la vida humana conserva siempre, en todas sus fases, su «dignidad infinita»? [1] La reflexión que hoy, con sus trabajos, ustedes inician, puede ayudar a responder a estas y otras preguntas que interpelan nuestra responsabilidad.
El Santo Padre León XIV afirmó que la fragilidad es «parte de la maravilla que somos». [2]Por lo tanto, tiene un valor espiritual y comunitario, recordándonos que dependemos los unos de los otros y que necesitamos a Dios.
El Papa Francisco hablaba de ella como de un «magisterio», [3] que tiene mucho que enseñar a la humanidad de nuestro tiempo. Los mayores, al aceptar con serenidad los límites que conlleva el paso de los años, sin ocultarlos ni avergonzarse de ellos, pueden ser maestros de vida, capaces de mostrar a todos —y especialmente a los jóvenes— que el valor de una existencia no se mide con el metro de la eficiencia o la autosuficiencia, sino en función de la capacidad de amar y de dejarse amar, de dar y de recibir.
La vejez, entonces, se configura como un tiempo de gracia, para vivir en la oración, en el servicio, en la ternura, en la memoria custodiada y transmitida: una bendición para las generaciones venideras. Esto convierte la fragilidad en un lugar teológico, [4] según las palabras de San Pablo: «Lo que es necio para el mundo, Dios lo ha elegido para confundir a los sabios; lo que es débil para el mundo, Dios lo ha elegido para confundir a los fuertes […] porque, como está escrito, el que se gloría, que se gloríe en el Señor» ( 1 Cor 1,27.31).
La sociedad en la que vivimos está dominada por la lógica del rendimiento y la competencia, por lo que la fuerza se concibe como una exhibición de poder y tiende a degenerar en la prepotencia. Lo vemos en los escenarios internacionales, donde, trágicamente, la guerra ha vuelto a ser un instrumento estratégico generalizado. [5] Pero también nos damos cuenta de ello al observar los pliegues cotidianos de la vida, en la forma en que nos relacionamos unos con otros. De hecho, cada vez más, en la vida cotidiana, se observan signos de una mentalidad que confunde la fuerza con la prepotencia y la mansedumbre con la debilidad.
Ante estas actitudes, la Iglesia sigue proponiendo el mensaje evangélico: aquel que dice bienaventurados los mansos y los humildes de corazón (cf. Mt 5,5; 11,29), y que promueve una paz desarmada y desarmante, [6] reconociendo en Dios al Padre de todos y en los demás no a enemigos, sino a hermanos. Los miembros mayores de nuestras comunidades son, por su experiencia y sabiduría de vida, los primeros y más autorizados testigos de esta visión cristiana del hombre.
Me hago, pues, portador de los mejores deseos de Su Santidad, para que su labor pueda contribuir a promover, hacia las personas mayores y el tiempo bendito de la vejez, actitudes renovadas de respeto, gratitud y estima, y a despertar en quienes están en la tercera edad la responsabilidad de transmitir a las generaciones futuras valores sanos y sólidos. Invocando la intercesión maternal de la Virgen María, Él imparte de corazón a usted, a los colaboradores y a todos los participantes en el evento la Bendición Apostólica.
Deseando a mi vez el éxito de la iniciativa, me es grato valerme de la ocasión para renovarle el testimonio de mi más respetuoso homenaje.
Desde el Vaticano, 5 de junio de 2026
de Su Eminencia Reverendísima, devotamente en el Señor
Pietro Card. Parolin
Secretario de Estado
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[1] Cfr. Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Declaración Dignitas Infinita, 2 de abril de 2024, 1.
[2] León XIV, Homilía en la Santa Misa por el Jubileo de los jóvenes, Tor Vergata, 3 de agosto de 2025.
[3]Cf. Francisco, Audiencia General, 1 de junio de 2022.
[4]Cf. Francisco, Discurso a los sacerdotes del Convitto San Luigi dei Francesi, 7 de junio de 2021.
[5] Cf. León XIV, Discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026.
[6] Cf. León XIV, Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2026.
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 10 de junio de 2026
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