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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD LEÓN XIV
AL PRINCIPADO DE MÓNACO

ENCUENTRO CON LA COMUNIDAD CATÓLICA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Catedral de la Inmaculada Concepción
Sábado, 28 de marzo de 2026

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Queridos hermanos y hermanas:

Ante Dios y en presencia de Dios tenemos un abogado: Jesucristo, el justo (cf. 1 Jn 2,1-2). Con estas palabras, el apóstol Juan nos ayuda a captar el misterio de la salvación. En nuestra fragilidad, cargados con el peso del pecado que marca nuestra humanidad, incapaces de abrazar con nuestras solas fuerzas la plenitud de la vida y de la felicidad, hemos sido alcanzados por Dios mismo por medio de su Hijo Jesucristo. Él —afirma el Apóstol—, como víctima de expiación, cargó sobre sí el mal del hombre y del mundo, lo llevó con nosotros y por nosotros, pasó por él transformándolo y liberándonos para siempre.

Cristo es el centro dinámico, el corazón de nuestra fe, y es a partir de esta centralidad que quisiera dirigirme a ustedes, mientras saludo cordialmente a Su Alteza el Príncipe Alberto, a Su Excelencia Mons. Dominique-Marie David, a los sacerdotes y a los religiosos y religiosas presentes, expresando a todos ustedes la alegría de estar aquí y de compartir su camino eclesial.

Contemplando a Cristo como “abogado”, en referencia a la lectura que hemos escuchado, quisiera ofrecerles algunas reflexiones.

La primera se refiere al don de la comunión. Jesucristo, el justo, intercediendo por la humanidad ante el Padre, nos reconcilia con Él y entre nosotros. Él no viene para realizar un juicio condenatorio, sino para ofrecer a todos su misericordia que purifica, sana, transforma y nos hace parte de la única familia de Dios. Su talante compasivo y misericordioso lo convierte en “abogado” para defensa de los pobres y de los pecadores, ciertamente no para secundar el mal, sino para liberarlos de la opresión y de la esclavitud y hacerlos hijos de Dios y hermanos entre sí. No es casualidad que los gestos realizados por Jesús no se limiten a la curación física o espiritual de la persona, sino que también comprendan una importante dimensión social y política; la persona sanada es reintegrada, con toda su dignidad, a la comunidad humana y religiosa de la cual, a menudo precisamente por su condición de enfermedad o de pecado, había sido excluida.

Esta comunión es el signo por excelencia de la Iglesia, llamada a ser en el mundo reflejo del amor de Dios que no hace acepción de personas (cf. Hch 10,34). En este sentido, quisiera decir que la Iglesia, aquí en el Principado de Mónaco, posee una gran riqueza: ser un lugar, una realidad en la que todos encuentran acogida y hospitalidad, en esa mezcla social y cultural que es un rasgo típico de ustedes. El Principado de Mónaco, en efecto, es un pequeño estado habitado, sin embargo, de manera variada por monegascos, franceses, italianos y personas de muchas otras nacionalidades. Un pequeño estado cosmopolita, en el que a la variedad de procedencias se asocian también otras diferencias de tipo socioeconómico. En la Iglesia, tales diferencias nunca se convierten en ocasión de división en clases sociales; al contrario, todos son acogidos en cuanto personas e hijos de Dios, y todos son destinatarios de un don de gracia que impulsa la comunión, la fraternidad y el amor recíproco. Este es el don que proviene de Cristo, nuestro abogado ante el Padre. En efecto, todos hemos sido bautizados en Él y, por eso, afirma san Pablo, «ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús» (Ga 3,28).

No obstante, me parece necesario subrayar un segundo aspecto: el anuncio del Evangelio en defensa del hombre. Deseando que todos acojan la buena noticia del amor del Padre, Jesús se coloca como “abogado” principalmente para defensa de aquellos que eran considerados abandonados por Dios y que son juzgados como olvidados y marginados, haciéndose voz y rostro del Dios misericordioso que «otorga el derecho a los oprimidos» (Sal 103,6).

Pienso entonces en una Iglesia llamada a hacerse “abogada”, es decir, a defender al hombre: al hombre en su integridad y a todos los seres humanos. Se trata de un camino de discernimiento crítico y profético orientado a promover un «“desarrollo integral” de la humanidad, que respete su dignidad e identidad auténticas, así como su fin último, el cual remite a un misterio de comunión plena con el Dios Trinidad y entre nosotros» (Comisión Teológica Internacional, Quo vadis, humanitas?, 22). 

Este es el primer servicio que el anuncio del Evangelio debe prestar: iluminar a la persona humana y a la sociedad para que, a la luz de Cristo y de su Palabra, descubran su propia identidad, el significado de la vida humana, el valor de las relaciones y de la solidaridad social, el fin último de la existencia y el destino de la historia.

A este respecto, deseo animarlos a prestar un servicio apasionado y generoso en la evangelización. Anuncien el Evangelio de la vida, de la esperanza y del amor; lleven a todos la luz del Evangelio para que sea defendida y promovida la vida de todo hombre y de toda mujer desde su concepción hasta su fin natural; ofrezcan nuevos mapas de orientación capaces de frenar aquellos impulsos del secularismo que corren el riesgo de reducir al hombre al individualismo y de fundar la vida social sobre la producción de la riqueza.

Es importante que el anuncio del Evangelio y las formas de la fe, tan arraigadas en la identidad y sociedad de ustedes, se preserven del riesgo de reducirse a costumbre, aunque sea buena. Una fe viva es siempre profética, capaz de suscitar preguntas y ofrecer provocaciones: ¿estamos realmente defendiendo al ser humano? ¿Estamos protegiendo la dignidad de la persona en la protección de la vida en todas sus fases? ¿Es realmente justo y está inspirado en la solidaridad el modelo económico y social vigente? ¿Ese modelo está habitado por la ética de la responsabilidad, que nos ayuda a ir más allá de la «lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo» (Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 38), para construir una sociedad más justa?

Queridos amigos, mantener la mirada fija en Jesucristo, nuestro abogado ante el Padre, genera una fe arraigada en la relación personal con Él, una fe que se hace testimonio, capaz de transformar la vida y renovar la sociedad. Esta fe necesita ser anunciada con instrumentos y lenguajes nuevos, también digitales, y todos deben ser introducidos y formados en ella con continuidad y creatividad. Esto vale en particular para aquellos que se están abriendo al encuentro con Dios —los catecúmenos— y para los que vuelven a comenzar, hacia quienes les pido tener una atención particular.

Que su santa patrona, la virgen y mártir Devota, los inspire con su ejemplo, y que María Santísima, Virgen Inmaculada, interceda por ustedes y los guíe siempre a lo largo de este camino.