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Lettera del Santo Padre Francesco ai Vescovi statunitensi che partecipano agli Esercizi Spirituali presso il Seminario di Mundelein a Chicago (2-8 gennaio 2019), 03.01.2019


Lettera del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

Pubblichiamo di seguito la Lettera che il Santo Padre Francesco ha inviato ai Vescovi della Conferenza Episcopale degli Stati Uniti del Nord America in occasione degli Esercizi Spirituali, guidati dal Predicatore della Casa Pontificia, Padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., sul tema “Ne costituì Dodici, perché stessero con lui e per mandarli a predicare” (Marco 3,14), in corso presso il Seminario di Mundelein, nell’Arcidiocesi di Chicago (U.S.A.), dal 2 all'8 gennaio 2019.

Lettera del Santo Padre

A los Obispos de la Conferencia Episcopal
de los Estados Unidos de Norte América

Queridos hermanos,

El pasado 13 de setiembre, durante el encuentro que mantuve con la Presidencia de la Conferencia Episcopal, sugerí que Ustedes hicieran juntos los Ejercicios Espirituales: un tiempo de retiro, oración y discernimiento como eslabón necesario y fundamental en el camino para afrontar y responder evangélicamente a la crisis de credibilidad que atraviesan como Iglesia. Lo vemos en el Evangelio, el Señor en momentos importantes de su misión se retiraba y pasaba toda la noche en oración e invitaba a sus discípulos a hacer lo mismo (Cf. Mc 14, 38). Sabemos que la envergadura de los acontecimientos no resiste cualquier respuesta y actitud; por el contrario, exige de nosotros pastores, la capacidad y especialmente la sabiduría de gestar una palabra fruto de la escucha sincera, orante y comunitaria de la Palabra de Dios y del dolor de nuestro pueblo. Una palabra gestada en la oración del pastor que, como Moisés, lucha e intercede por su pueblo (Cf. Ex 32, 30-32).

En el encuentro le manifesté al card. DiNardo y a los obispos presentes mi deseo de acompañados personalmente un par de días, en estos Ejercicios Espirituales, lo cual fue recibido con alegria y esperanza. Como sucesor de Pedro quería unirme a Ustedes y con Ustedes implorar al Señor que envíe su Espíritu capaz de «hacer nuevas todas las cosas» (Cf. Ap 21,5) y mostrar los caminos de vida que, como Iglesia, estamos Ilamados a recorrer para el bien de todo el pueblo que nos fue confiado. A pesar de los esfuerzos realizados, por problemas de logística no podré acompañados personalmente. Esta carta quiere suplir, de alguna manera, el viaje fallido. También me alegra que hayan aceptado el ofrecimiento que el predicador de la Casa Pontifica sea quien guíe con su sapiente experiencia espiritual estos Ejercicios Espirituales.

Con estas líneas, quiero estar más cerca y como hermano reflexionar y compartir algunos aspectos que considero importantes, así como estimularlos en la oración y en los pasos que dan en la lucha contra la «cultura del abuso» y en la manera de afrontar la crisis de la credibilidad.

«Entre Ustedes no debe suceder así, el que quiera ser grande, que se haga servidor de Ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos». (Mc 10, 43-44). Estas palabras, con las que Jesús cierra el debate y pone luz a la indignación que se produjo entre los discípulos al escuchar a Santiago y Juan pedir sentarse a la derecha y a la izquierda del Maestro (Cf. Mc 10, 37) nos servirán de guía en esta reflexión que quiero realizar junto a Ustedes.

El evangelio no teme develar y evidenciar ciertas tensiones, contradicciones y reacciones que existen en la vida de la primera comunidad discipular; es más, pareciera hacerlo ex professo: búsqueda de los primeros puestos, celos, envidias, arreglos y acomodos. Así también como todas las intrigas y complots que, secretamente unas veces y públicamente otras, se organizaron en tomo al mensaje y persona de Jesús por parte de las autoridades políticas, religiosas y de los mercaderes de la época (Cf. Mc 11, 15-18). Conflictos que aumentaban a medida que se acercaba la Hora de Jesús en su entrega en la cruz cuando el príncipe de este mundo, el pecado y la corrupción parecían tener la última palabra contaminando todo de amargura, desconfianza y murmuración.

Como lo había profetizado el anciano Simeón, los momentos difíciles y de encrucijada tienen la capacidad de sacar a la luz los pensamientos íntimos, las tensiones y contradicciones que habitan personal y comunitariamente en los discípulos (Cf. Lc 2, 35). Nadie puede darse por eximido de esto; estamos invitados como comunidad a velar para que, en esos momentos, nuestras decisiones, opciones, acciones e intenciones no estén viciadas (o lo menos viciadas) por estos conflictos y tenciones internas y sean, por sobre todo, una respuesta al Señor que es vida para el mundo. En los momentos de mayor turbación, es importante velar y discernir para tener un corazón libre de compromisos y de aparentes certezas para escuchar qué es lo que más le agrada al Señor en la misión que nos ha encomendado. Muchas acciones pueden ser útiles, buenas y necesarias y hasta pueden parecer justas, pero no todas tienen «sabor» a evangelio. Si me permiten decirlo de manera coloquial: hay que tener cuidado de que «el remedio no se vuelva peor que la enfermedad». Y eso nos pide sabiduría, oración, mucha escucha y comunión fraterna.

1. «Entre ustedes no debe suceder así»
En los últimos tiempos la Iglesia en los Estados Unidos se ha visto sacudida por múltiples escándalos que tocan en lo más íntimo su credibilidad. Tiempos tormentosos en la vida de tantas víctimas que sufrieron en su carne el abuso de poder, de conciencia y sexual por parte de ministros ordenados, consagrados, consagradas y fieles laicos; tiempos tormentosos y de cruz para esas familias y el Pueblo de Dios todo.

La credibilidad de la Iglesia se ha visto fuertemente cuestionada y debilitada por estos pecados y crímenes, pero especialmente por la voluntad de querer disimularlos y esconderlos, lo cual generó una mayor sensación de inseguridad, desconfianza y desprotección en los fieles. La actitud de encubrimiento, como sabemos, lejos de ayudar a resolver los conflictos, permitió que los mismos se perpetuasen e hirieran más profundamente el entramado de relaciones que hoy estamos llamados a curar y recomponer.

Somos conscientes que los pecados y crímenes cometidos y todas sus repercusiones a nivel eclesial, social y cultural crearon una huella y herida honda en el corazón del pueblo fiel. Lo llenaron de perplejidad, desconcierto y confusión; y esto sirve también muchas veces como excusa para desacreditar continuamente y poner en duda la vida entregada de tantos cristianos que «muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre» (Cf. EG 76). Cada vez que la palabra del Evangelio molesta o se vuelve testimonio incómodo, no son pocas las voces que pretenden silenciarla señalando el pecado y las incongruencias de los miembros de la Iglesia y más todavía de sus pastores.

Huella y herida que también se traslada al interior de la comunión episcopal generando no precisamente la sana y necesaria confrontación y las tensiones propias de un organismo vivo sino la división y la dispersión (Cf. Mt 26, 31b), frutos y mociones no ciertamente del Espíritu Santo, sino «del enemigo de natura humana»1 que saca más provecho de la división y dispersión que de las tensiones y desacuerdos lógicos y esperables en la coexistencia de los discípulos de Cristo.

La lucha contra la cultura del abuso, la herida en la credibilidad, así como el desconcierto, la confusion y el desprestigio en la misión reclaman y nos reclaman una renovada y decidida actitud para resolver el conflicto. «Ustedes saben que aquellos a quienes se consideran gobernantes — nos diría Jesús — dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos los hacen sentir su autoridad. Entre Ustedes no debe suceder así». La herida en la credibilidad exige un abordaje particular pues no se resuelve por decretos voluntaristas o estableciendo simplemente nuevas comisiones o mejorando los organigramas de trabajo como si fuésemos jefes de una agencia de recursos humanos. Tal visión termina reduciendo la misión del pastor y de la Iglesia a mera tarea administrativa/organizativa en la «empresa de la evangelización». Dejémoslo claro, muchas de estas cosas son necesarias, pero insuficientes, ya que no logran asumir y abordar la realidad en su complejidad y corren el riesgo de terminar reduciéndolo todo a problemas organizativos.

La herida en la credibilidad toca neurálgicamente nuestras formas de relacionarnos. Podemos constatar que existe un tejido vital que se vio dañado y, como artesanos, estamos llamados a reconstruir. Esto implica la capacidad — o no — que poseamos como comunidad de construir vínculos y espacios sanos y maduros, que sepan respetar la integridad e intimidad de cada persona. Implica la capacidad de convocar para despertar y dar confianza en la construcción de un proyecto común, amplio, humilde, seguro, sobrio y transparente. Y esto exige no sólo una nueva organización sino la conversión de nuestra mente (metánoia), de nuestra manera de rezar, de gestionar el poder y el dinero, de vivir la autoridad así también de cómo nos relacionamos entre nosotros y con el mundo. Las transformaciones en la Iglesia siempre tienen como horizonte suscitar y estimular un estado constante de conversión misionera y pastoral que permita nuevos itinerarios eclesiales cada día más conformes al Evangelio y, por tanto, respetuosos de la dignidad humana. La dimensión programática de nuestras acciones debe ir acompañada de su dimensión paradigmática la cual muestra el espíritu y el sentido de lo que se hace. Una y otra se reclaman y necesitan. Sin este claro y decidido enfoque todo lo que se haga correrá el riesgo de estar teñido de autoreferencialidad, autopreservación y autodefensa y, por tanto, condenado a caer en «saco roto». Será quizás un cuerpo bien estructurado y organizado, pero sin fuerza evangélica, ya que no ayudará a ser una Iglesia más creíble y testimonial sino «campana que resuena o platillo que retiñe» (1 Cor 13, 1).

Una nueva estación eclesial necesita, fundamentalmente, de pastores maestros del discernimiento en el paso de Dios por la historia de su pueblo y no de simples administradores, ya que las ideas se discuten, pero las situaciones vitales se disciernen. De ahí que, en medio de la desolación y confusión que viven nuestras comunidades, nuestro deber es — en primer lugar — encontrar un espíritu común capaz de ayudarnos en el discernimiento, no para obtener la tranquilidad fruto de un equilibrio humano o de una votación democrática que haga «vencer» a unos sobre otros, ¡esto no! Sino una manera colegialmente paterna de asumir la situación presente que proteja — sobre todo — de la desesperanza y de la orfandad espiritual al pueblo que nos fue encomendado2. Esto nos posibilita sumergirnos mejor en la realidad, intentando comprenderla y escucharla desde dentro sin quedar presos de la misma.

Sabemos que los momentos de turbación y de prueba suelen amenazar nuestra comunión fraterna, pero sabemos también que pueden convertirse en momentos de gracia que afiancen nuestra entrega a Cristo y la hagan creíble. Esta credibilidad no radicará en nosotros mismos, ni en nuestros discursos, ni en nuestros méritos, ni en nuestra honra personal o comunitaria, símbolos de nuestra pretensión — casi siempre inconsciente — de justificamos a nosotros mismos a partir de nuestras propias fuerzas y habilidades (o de la desgracia ajena). La credibilidad será fruto de un cuerpo unido que, reconociéndose pecador y limitado es capaz de proclamar la necesidad de la conversión. Porque no queremos anunciarnos a nosotros mismos sino a Aquel que por nosotros murió (2 Cor. 4, 5) y testimoniar cómo en los momentos más oscuros de nuestra historia el Sector se hace presente, abre caminos y unge la fe descreída, la esperanza herida y la caridad adormecida.

La conciencia personal y comunitaria de nuestros límites nos recuerda, como dijo San Juan XXIII que «la autoridad no puede considerasse exenta de sometimiento a otra superior»3 y por tanto no puede aislarse en su discernimiento y en la búsqueda del bien común. Una fe y una conciencia despojada de la instancia comunitaria, como si fuese un «trascendental kantiano», poco a poco termina anunciando «un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo» y presentará una falsa y peligrosa oposición entre el ser personal y el ser eclesial, entre un Dios puro amor y la carne entregada de Jesucristo. Es más, se puede correr el riesgo de terminar haciendo de Dios un «ídolo» de un determinado grupo existente. La constante referencia a la comunión universal, como también al Magisterio y a la Tradición milenaria de la Iglesia, salva a los creyentes de la absolutización del «particularismo» de un grupo, de un tiempo, de una cultura dentro de la Iglesia. La Catolicidad se juega también en la capacidad que tengamos los pastores de aprender a escuchamos, ayudar y ser ayudados, trabajar juntos y recibir las riquezas que las otras Iglesias puedan aportar en el seguimiento de Jesucristo. La Catolicidad en la Iglesia no puede reducirse solamente a una cuestión meramente doctrinal o jurídica, sino que nos recuerda que en esta peregrinación no estamos ni vamos solos: «¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él» (1 Cor 12, 26).

Esta conciencia colegial de hombres pecadores en permanente conversión, pero también desconcertados y afligidos con todo lo sucedido, nos permite entrar en comunión afectiva con nuestro pueblo y nos librará de buscar falsos, rápidos y vanos triunfalismos que pretendan asegurar espacios más que iniciar y despertar procesos. Nos protegerá de recurrir a seguridades anestesiantes que impidan acercamos y comprender el alcance y las ramificaciones de lo acontecido. Por otra parte, favorecerá la búsqueda de medios aptos no ligados a vanos apriorismos ni petrificados en expresiones inmóviles que han perdido la capacidad de hablar y mover a los hombres y mujeres de nuestro tiempo4.

La comunión afectiva con el sentir de nuestro pueblo, con su desconfianza, nos impulsa a ejercer una colegial paternidad espiritual que no banalice las respuestas ni tampoco quede presa de una actitud a la defensiva sino que busque aprender — como lo hizo el profeta Elías en medio de su desolación — a escuchar la voz del Señor que no se encuentra ni en las tempestades ni en los terremotos sino en la calma que nace de confesar el dolor en su situación presente y se deja convocar una vez más por Su palabra (1 Re 19, 9-18).

Esta actitud nos pide la decisión de abandonar como modus operandi el desprestigio y la deslegitimación, la victimización o el reproche en la manera de relacionarse y, por el contrario, dar espacio a la brisa suave que sólo el Evangelio nos puede brindar. No nos olvidamos que «la falta colegial de un reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que no le deja espacio para provocar ese bien posible que integra en un camino sincero y real de crecimiento»5. Todos los esfuerzos que hagamos para romper el círculo vicioso del reproche, la deslegitimación y el desprestigio, evitando la murmuración y la calumnia en pos de un camino de aceptación orante y vergonzoso de nuestros límites y pecados y estimulando el diálogo, la confrontación y el discernimiento, todo esto nos dispondrá a encontrar caminos evangélicos que susciten y promuevan la reconciliación y la credibilidad que nuestro pueblo y la misión nos reclama. Eso lo haremos si somos capaces de dejar de proyectar en los otros las propias confusiones e insatisfacciones, que constituyen obstáculos para la unidad (Cf. EG 96), y nos atrevamos a ponernos juntos de rodillas delante del Señor y dejarnos interpelar por sus llagas, en las que podremos ver las llagas del mundo. «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes — nos diría Jesús — dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos los hacen sentir su autoridad. Entre Ustedes no debe suceder así».

2. «el que quiera ser grande, que se haga servidor de Ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos».
El Pueblo fiel de Dios y la misión de la Iglesia han sufrido y sufren mucho a causa de los abusos de poder, conciencia, sexual y de su mala gestión como para que le sumemos el sufrimiento de encontrar un episcopado desunido, centrado en desprestigiarse más que en encontrar caminos de reconciliación. Esta realidad nos impulsa a poner la mirada en lo esencial y a despojamos de todo aquello que no ayuda a transparentar el Evangelio de Jesucristo.

Hoy se nos pide una nueva presencia en el mundo conforme a la Cruz de Cristo, que se cristalice en servicio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Recuerdo las palabras de san Pablo VI al inicio de su pontificado: «hace falta hacerse hermanos de los hombres en el momento mismo que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía: el servicio. Debemos recordar todo esto y esforzamos por practicarlo según el ejemplo y el precepto que Cristo nos dejó (Jn. 13, 14-17)»6.

Esta actitud no reivindica para sí los primeros lugares ni el éxito o el aplauso de nuestros actos sino que pide, de nosotros pastores, la opción fundamental de querer ser semilla que germinará cuando y donde el Señor mejor lo disponga. Se trata de una opción que nos salva de caer en la trampa de medir el valor de nuestros esfuerzos con los criterios de funcionalidad y eficiencia que rige el mundo de los negocios; más bien el camino es abrirnos a la eficacia y al poder transformador del Reino de Dios que al igual que un grano de mostaza — la más pequeña e insignificante de todas las semillas — logra convertirse en arbusto que sirve para cobijar (Cf. Mt 13, 32-33). No podemos permitirnos, en medio de la tormenta, perder la fe en la fuerza silenciosa, cotidiana y operante del Espíritu Santo en el corazón de los hombres y de la historia.

La credibilidad nace de la confianza, y la confianza nace del servicio sincero y cotidiano, humilde y gratuito hacia todos, pero especialmente hacia los preferidos del Señor (Mt 25, 31-46). Un servicio que no pretende ser marketinero o estratégico para recuperar el lugar perdido o el reconocimiento vano en el entramado social sino — como quise señalarlo en la última Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate — porque pertence «a la sustancia misma del Evangelio de Jesús»7.

El llamado a la santidad nos defiende de caer en falsas oposiciones o reduccionismos y de callarnos ante un ambiente propenso al odio y a la marginación, a la desunión y a la violencia entre hermanos. La Iglesia «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1) Lleva en su ser y en su seno la sagrada misión de ser tierra de encuentro y hospitalidad no sólo para sus miembros sino con todo el género humano. Pertenece a su identidad y misión trabajar incansablemente por todo aquello que contribuya a la unidad entre personas y pueblos como símbolo y sacramento de la entrega de Cristo en la Cruz por todos los hombres sin ningún tipo de distinción, «ya no hay judío o pagano, esclavo ni hombre libre, varón y mujer, porque todos Ustedes no son más que uno en Cristo Jesús» (Gal. 3, 28). Este es su mayor servicio, más aún cuando vemos el resurgimiento de nuevos y viejos discursos fratricidas. Nuestras comunidades hoy deben testimoniar de modo concreto y creativo que Dios es Padre de todos y que ante su mirada la única clasificación posible es la de hijos y hermanos. La credibilidad se juega también en la medida en que ayudemos, junto a otros actores, a hilar un entramado social y cultural que no sólo se está resquebrajando sino también alberga y posibilita nuevos odios. Como Iglesia no podemos quedar presos de una u otra trinchera, sino velar y partir siempre desde el más desamparado. Desde allí el Señor nos invita a ser, como reza la Plegaria Eucarística Vd: «en medio de nuestro mundo, dividido por las guerras y discordias, instrumentos de unidad, de concordia y de paz».

¡Qué altísima tarea tenemos entre manos hermanos; no la podemos callar y anestesiar por nuestros límites y faltas! Recuerdo las sabias palabras de Madre Teresa de Calcuta que podemos repetir personal y comunitariamente: «Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. [...] Pero él baja y nos usa, a Usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás»8.

Queridos hermanos, el Señor sabía muy bien que, en la hora de la cruz, la falta de unidad, la división y la dispersión, así como las estrategias para liberarse de esa hora serían las tentaciones más grandes que vivirían sus discípulos; actitudes que desfigurarían y dificultarían la misión. Por eso pidió Él mismo al Padre que los cuidara para que, en esos momentos, fueran uno, como ellos dos son uno, y ninguno se perdiese (Cf. Jn 17, 11-12). Confiados y sumergiéndonos en la oración de Jesús al Padre queremos aprender de Él y, con determinada deliberación, comenzar este tiempo de oración, silencio y reflexión, de diálogo y comunión, de escucha y discernimiento, para dejar que Él moldee el corazón a su imagen y ayude a descubrir su voluntad.

En este camino no vamos solos, María acompañó y sostuvo desde el inicio a la comunidad de los discípulos; con su presencia maternal ayudó a que la comunidad no se «desmadrara» por los caminos de los encierros individualistas y la pretensión de salvarse a sí misma. Ella protegió a la comunidad discipular de la orfandad espiritual que desemboca en la auto-referencialidad y con su fe les permitió perseverar en lo incomprensible, esperando que llegue la luz de Dios. A ella le pedimos que nos mantenga unidos y perseverantes, como el día de Pentecostés para que el Espíritu sea derramado en nuestros corazones y nos ayude en todo momento y lugar a dar testimonio de su Resurrección.

Queridos hermanos, con estas reflexiones me uno a Ustedes en estos días de Ejercicios Espirituales. Rezo por Ustedes; por favor háganlo por mí.

Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.

Fraternalmente,

FRANCISCO

Ciudad del Vaticano, 1° de enero de 2019.

______________________

1 San Ignacio, Ejercicios Espirituales, 135.
2
Cf. Jorge M. Bergoglio, Las cartas de la tribulación, 12. Ed. Diego De Torres, Buenos Aires (1987).
3
Juan XXIII, Pacem in Terris, 47.
4
Pablo vi, Ecclesiam Suam, 39
5
Francisco, Gaudete et Exsultate, 50.
6
Pablo VI, Ecclesiam Suam, 39.
7
Francisco, Gaudete et Exsultate, 97.
8
Madre Teresa de Calcuta, Cristo en los pobres, 37-38. Francisco, Gaudete et Exsultate, 107.

[00019-ES.01] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Ai Vescovi della Conferenza Episcopale
degli Stati Uniti del Nord America

Cari fratelli,

Lo scorso 13 settembre, durante l’incontro che ho avuto con la Presidenza della Conferenza Episcopale, vi ho suggerito di fare insieme gli Esercizi Spirituali: un tempo di ritiro, preghiera e discernimento come anello necessario e fondamentale nel cammino per affrontare e rispondere evangelicamente alla crisi di credibilità che attraversate come Chiesa. Lo vediamo nel Vangelo, il Signore nei momenti importanti della sua missione si ritirava e passava tutta la notte in preghiera e invitava i suoi discepoli a fare lo stesso (cfr. Mc 14, 38). Sappiamo che lo sviluppo degli eventi non regge a nessuna risposta o atteggiamento; al contrario, esige da noi pastori la capacità e soprattutto la saggezza di generare una parola frutto dell’ascolto sincero, orante e comunitario della Parola di Dio e del dolore del nostro popolo. Una parola generata nella preghiera del pastore che, come Mosè, lotta e intercede per il suo popolo (cfr. Es 32, 30-32).

Nell’incontro ho espresso al cardinale DiNardo e ai vescovi presenti il mio desiderio di accompagnarvi personalmente un paio di giorni, in questi Esercizi Spirituali, il che è stato accolto con gioia e speranza. Come successore di Pietro volevo unirmi a voi e con voi implorare il Signore di inviare il suo Spirito capace di “fare nuove tutte le cose (cfr. Ap 21, 5) e mostrare i cammini di vita che, come Chiesa, siamo chiamati a percorrere per il bene di tutto il popolo che ci è stato affidato. Nonostante gli sforzi compiuti, per problemi di logistica, non potrò accompagnarvi personalmente. Questa lettera vuole supplire, in qualche modo, al viaggio mancato. Mi rallegra anche che abbiate accettato l’offerta che sia il predicatore della Casa Pontificia a guidare con la sua sapiente esperienza spirituale gli Esercizi Spirituali.

Con queste righe, desidero starvi più vicino e come fratello riflettere e condividere alcuni aspetti che considero importanti, e anche stimolarvi nella preghiera e nei passi che fate nella lotta contro la “cultura dell’abuso” e nel modo di affrontare la crisi della credibilità.

“Fra voi però non è così; ma chi vuol essere grande tra voi si farà vostro servitore, e chi vuol essere il primo tra voi sarà il servo di tutti” (Mc 10, 43-44). Queste parole, con le quali Gesù chiude la discussione e mette in luce l’indignazione che nasce tra i discepoli quando sentono Giacomo e Giovanni chiedere di sedersi alla destra e alla sinistra del Maestro (cfr. Mc 10, 37), ci serviranno da guida in questa riflessione che desidero compiere insieme a voi.

Il vangelo non teme di svelare ed evidenziare certe tensioni, contraddizioni e reazioni che esistono nella vita della prima comunità di discepoli; anzi, sembrerebbe farlo ex professo: ricerca dei primi posti, gelosie, invidie, arrangiamenti e accomodamenti. Così come anche tutti gli intrighi e i complotti che, a volte segretamente e altre pubblicamente, si organizzavano attorno al messaggio e alla persona di Gesù da parte delle autorità politiche, religiose e commerciali dell’epoca (cfr. Mc 11, 15-18). Conflitti che aumentavano man mano che si avvicinava l’Ora di Gesù nel suo dono di sé sulla croce quando il principe di questo mondo, il peccato e la corruzione sembravano avere l’ultima parola contaminando tutto di amarezza, sfiducia e mormorazione.

Come aveva profetizzato l’anziano Simeone, i momenti difficili e cruciali hanno la capacità di mettere in luce i pensieri intimi, le tensioni e le contraddizioni che dimorano personalmente e comunitariamente nei discepoli (cfr. Lc 2, 35). Nessuno può ritenersi esente da ciò; siamo invitati come comunità a vegliare affinché, in quei momenti, le nostre decisioni, opzioni, azioni e intenzioni non siano viziate (o il meno viziate possibile) da questi conflitti e tensioni interne e siano, soprattutto, una risposta al Signore che è vita per il mondo. Nei momenti di maggiore turbamento, è importante vegliare e discernere per avere un cuore libero da impegni e da apparenti certezze per ascoltare ciò che più è gradito al Signore nella missione che ci è stata affidata. Molte azioni possono essere utili, buone e necessarie e addirittura possono sembrare giuste, ma non tutte hanno “sapore” di vangelo. Se mi permettete di dirlo in modo colloquiale: bisogna far attenzione che “il rimedio non diventi peggiore della malattia”. E questo richiede da noi saggezza, preghiera, molto ascolto e comunione fraterna.

1. “Tra di voi questo non deve accadere”
Negli ultimi tempi la Chiesa negli Stati Uniti si è vista scossa da molteplici scandali che toccano nel più profondo la sua credibilità. Tempi burrascosi nella vita di tante vittime che hanno subito nella loro carne l’abuso di potere, di coscienza e sessuale da parte di ministri ordinati, consacrati, consacrate e fedeli laici; tempi burrascosi e di croce per quelle famiglie e tutto il Popolo di Dio.

La credibilità della Chiesa si è vista fortemente messa in discussione e debilitata da questi peccati e crimini, ma specialmente dalla volontà di volerli dissimulare e nascondere, il che ha generato una maggiore sensazione di insicurezza, di sfiducia e di mancanza di protezione nei fedeli. L’atteggiamento di occultamento, come sappiamo, lungi dall’aiutare a risolvere i conflitti, ha permesso agli stessi di perpetuarsi e di ferire più profondamente la trama di rapporti che oggi siamo chiamati a curare e ricomporre.

Siamo consapevoli che i peccati e i crimini commessi e tutte le loro ripercussioni a livello ecclesiale, sociale e culturale hanno creato un’impronta e una ferita profonda nel cuore del popolo fedele. Lo hanno riempito di perplessità, sconcerto e confusione; e questo serve anche molte volte come scusa per screditare continuamente e mettere in dubbio la vita donata di tanti cristiani che “mostrano l’immenso amore per l’umanità ispiratoci dal Dio fatto uomo” (cfr. Evangelii gaudium, n. 7ó). Ogni volta che la parola del Vangelo disturba o diventa una testimonianza scomoda, non sono poche le voci che intendono farla tacere segnalando il peccato e le incongruenze dei membri della Chiesa e ancor di più dei loro pastori.

Impronta e ferita che si trasferisce anche all’interno della comunione episcopale, generando non esattamente il sano e necessario confronto e le tensioni proprie di un organismo vivo, bensì la divisione e la dispersione (cfr. Mt 2ó, 31b), frutti e mozioni non certo dello Spirito Santo, ma “del nemico di natura umana” (Sant’Ignazio, Esercizi Spirituali, n. 135), che trae più vantaggio dalla divisione e dalla dispersione che dalle tensioni e dai dissensi logici tipici della coesistenza dei discepoli di Cristo.

La lotta contro la cultura dell’abuso, la ferita nella credibilità, come pure lo sconcerto, la confusione e il discredito nella missione esigono, ed esigono da noi, un atteggiamento nuovo e deciso per risolvere il conflitto. “Voi sapete che coloro che si considerano governanti – ci direbbe Gesù – dominano le nazioni come se ne fossero i padroni, e i potenti fanno sentire loro la propria autorità. Tra di voi questo non deve accadere”. La ferita nella credibilità esige un approccio particolare poiché non si risolve con decreti volontaristici o stabilendo semplicemente nuove commissioni o migliorando gli organigrammi di lavoro come se fossimo capi di un’agenzia di risorse umane. Una simile visione finisce col ridurre la missione del pastore della Chiesa a un mero compito amministrativo/organizzativo nella “impresa dell’evangelizzazione”. Diciamolo chiaramente, molte di queste cose sono necessarie, ma insufficienti, poiché non riescono ad assumere e ad affrontare la realtà nella sua complessità e corrono il rischio di finire col ridurre tutto a problemi organizzativi.

La ferita nella credibilità tocca il livello più basilare dei nostri modi di relazionarci. Possiamo constatare che esiste un tessuto vitale che si è visto danneggiato e, come artigiani, siamo chiamati a ricostruire. Ciò implica la capacità – o meno – che possediamo come comunità di costruire vincoli e spazi sani e maturi, che sappiano rispettare l’integrità e l’intimità di ogni persona. Implica la capacità di convocare per risvegliare e infondere fiducia nella costruzione di un progetto comune, ampio, umile, sicuro, sobrio e trasparente. E questo esige non solo una nuova organizzazione, ma anche la conversione della nostra mente (metanoia), del nostro modo di pregare, di gestire il potere e il denaro, di vivere l’autorità e anche di come ci relazioniamo tra noi e con il mondo. Le trasformazioni nella Chiesa hanno sempre come orizzonte suscitare e stimolare uno stato costante di conversione missionaria e pastorale che permetta nuovi itinerari ecclesiali sempre più conformi al Vangelo e, pertanto, rispettosi della dignità umana. La dimensione programmatica delle nostre azioni deve essere accompagnata dalla loro dimensione paradigmatica che mostra lo spirito e il senso di ciò che si fa. Si esigono a vicenda e hanno bisogno l’una dell’altra. Senza questa chiara e decisa focalizzazione tutto ciò che si farà correrà il rischio di essere tinto di autoreferenzialità, autopreservazione e autodifesa e, pertanto, condannato a cadere come “un sacco vuoto”. Sarà forse un corpo ben strutturato e organizzato, ma senza forza evangelica, poiché non aiuterà a essere una Chiesa più credibile e testimoniale, bensì “un bronzo che risuona o un cembalo che tintinna” (1 Cor 13, 1).

Una nuova stagione ecclesiale ha bisogno, fondamentalmente, di pastori maestri del discernimento nel passaggio di Dio nella storia del suo popolo e non di semplici amministratori, poiché le idee si dibattono, ma le situazioni vitali si discernono. Pertanto, in mezzo alla desolazione e alla confusione che le nostre comunità vivono, il nostro dovere è – in primo luogo – di trovare uno spirito comune capace di aiutarci nel discernimento, non per ottenere la tranquillità frutto di un equilibrio umano o di una votazione democratica che faccia “vincere” gli uni sugli altri, questo no! Ma un modo collegialmente paterno di assumere la situazione presente che protegga – soprattutto – dalla disperazione e dalla orfanità spirituale il popolo che ci è stato affidato (cfr. Jorge M. Bergoglio, Las cartas de la tribulación, n. 12, ed. Diego De Torres, Buenos Aires, 1987). Questo ci permetterà di immergerci meglio nella realtà, cercando di comprenderla e di ascoltarla dal di dentro, senza restarne prigionieri.

Sappiamo che i momenti di turbamento e di prova sono soliti minacciare la nostra comunione fraterna, ma sappiamo anche che possono trasformarsi in momenti di grazia che rafforzino la nostra dedizione a Cristo e la rendano credibile. Questa credibilità non si radicherà in noi stessi, e neppure nei nostri discorsi, né nei nostri meriti, né nel nostro onore personale o comunitario, simboli della nostra pretesa – quasi sempre inconsapevole – di giustificarci con noi stessi a partire dalle nostre proprie forze e abilità (o dalla disgrazia altrui). La credibilità sarà frutto di un corpo unito che, riconoscendosi peccatore e limitato, è capace di proclamare la necessità della conversione. Perché non vogliamo annunciare noi stessi, ma Colui che è morto per noi (2 Cor 4, 5) e testimoniare come nei momenti più bui della nostra storia il Signore si rende presente, apre cammini e unge la fede scoraggiata, la speranza ferita e la carità addormentata.

La coscienza personale e comunitaria dei nostri limiti ci ricorda, come disse San Giovanni XXIII, che “l’autorità non si può considerare esente da sottomissione a un’altra superiore” (Pacem in terris, n. 47) e pertanto non si può isolare nel suo discernimento e nella ricerca del bene comune. Una fede e una coscienza spogliata dell’istanza comunitaria, come se fosse un “trascendentale kantiano”, poco a poco finisce con l’annunciare “un Dio senza Cristo, un Cristo senza Chiesa, una Chiesa senza popolo” e presenterà una falsa e pericolosa opposizione tra l’essere personale e l’essere ecclesiale, tra un Dio puro amore e la carne donata di Gesù Cristo. Anzi, si può correre il rischio di finire col fare di Dio un “idolo” di un determinato gruppo esistente. Il costante riferimento alla comunione universale, come anche al Magistero e alla Tradizione millenaria della Chiesa, salva i credenti dall’assolutizzazione del “particolarismo” di un gruppo, di un tempo, di una cultura dentro la Chiesa. La Cattolicità si gioca anche nella capacità che abbiamo noi pastori di imparare ad ascoltarci, aiutare ed essere aiutati, lavorare insieme e ricevere le ricchezze che le altre Chiese possono apportare nella sequela di Gesù Cristo. La Cattolicità nella Chiesa non si può ridurre solo a una questione meramente dottrinale o giuridica, ma ci ricorda che in questo pellegrinaggio non siamo né procediamo soli: “un membro soffre? Tutte le membra soffrono con lui” (1 Cor 12, 2ó).

Questa coscienza collegiale di uomini peccatori in permanente conversione, ma sempre sconcertati e afflitti da tutto l’accaduto, ci permette di entrare in comunione affettiva con il nostro popolo e ci libererà dal cercare falsi, rapidi e vani trionfalismi che pretendono di assicurare spazi piuttosto che iniziare e risvegliare processi. Ci proteggerà dal ricorrere a sicurezze anestetizzanti che ci impediscono di avvicinarci e comprendere l’entità e le ramificazioni di quanto accaduto. D’altro canto, favorirà la ricerca di mezzi adeguati non legati a vani apriorismi né pietrificati in espressioni immobili che hanno perso la capacità di parlare e di smuovere gli uomini e le donne del nostro tempo (Paolo VI, Ecclesiam suam, n. 39).

La comunione affettiva con il sentire del nostro popolo, con la sua sfiducia, ci spinge a esercitare una paternità spirituale collegiale che non banalizzi le risposte e non resti neppure prigioniera di un atteggiamento sulla difensiva, ma che cerchi d’imparare – come fece il profeta Elia in mezzo alla sua desolazione – ad ascoltare la voce del Signore, che non si trova né nelle tempeste né nei terremoti, ma nella calma che nasce dal confessare il dolore nella sua situazione presente e si lascia convocare ancora una volta dalla Sua parola (1 Re 19, 9-18).

Questo atteggiamento ci chiede la decisione di abbandonare come modus operandi il discredito e la delegittimazione, la vittimizzazione e il rimprovero nel modo di relazionarsi e, al contrario, di dare spazio alla soave brezza che solo il Vangelo ci può offrire. Non ci dimentichiamo che “la mancanza di un riconoscimento sincero, sofferto e orante dei nostri limiti è ciò che impedisce alla grazia di agire meglio in noi, poiché non le lascia spazio per produrre quel bene possibile che si integra in un cammino sincero e reale di crescita” (Francesco, Gaudete et exsultate, n. 50). Tutti gli sforzi che faremo per rompere il circolo vizioso del rimprovero, della delegittimazione e del discredito, evitando la mormorazione e la calunnia, in vista di un cammino di accettazione orante e vergognosa dei nostri limiti e peccati e stimolando il dialogo, il confronto e il discernimento, tutto ciò ci disporrà a trovare cammini evangelici che suscitino e promuovano la riconciliazione e la credibilità che il nostro popolo e la missione esigono da noi. Faremo questo se saremo capaci di smettere di proiettare sugli altri le nostre confusioni e insoddisfazioni, che costituiscono ostacoli per l’unità (cfr. Evangelii gaudium, n. 9ó) e se oseremo metterci insieme in ginocchio dinanzi al Signore lasciandoci interpellare dalle sue piaghe, nelle quali potremo vedere le piaghe del mondo. “Voi sapete che coloro che si considerano governanti – ci direbbe Gesù – dominano le nazioni come se ne fossero i padroni, e i potenti fanno sentire loro la propria autorità. Tra di voi questo non deve accadere”.

2. “Chi vuol essere grande tra voi si farà vostro servitore, e chi vuol essere il primo tra voi sarà il servo di tutti”.
Il Popolo fedele di Dio e la missione della Chiesa hanno già sofferto, e soffrono troppo, a causa degli abusi di potere, coscienza, sessuali e della loro cattiva gestione, per aggiungere loro la sofferenza di trovare un episcopato disunito, concentrato nel discreditarsi più che nel trovare cammini di riconciliazione. Questa realtà ci spinge a porre lo sguardo sull’essenziale, a spogliarci di tutto quello che non aiuta a rendere trasparente il Vangelo di Gesù Cristo.

Oggi ci viene richiesta una nuova presenza nel mondo conforme alla Croce di Cristo, che si cristallizzi in servizio agli uomini e alle donne del nostro tempo. Ricordo le parole di San Paolo VI all’inizio del suo pontificato: “Bisogna farsi fratelli degli uomini nell’atto stesso che vogliamo essere loro pastori e padri e maestri. Il clima del dialogo è l’amicizia. Anzi il servizio. Tutto questo dovremo ricordare e studiarci di praticare secondo l’esempio e il precetto che Cristo ci lasciò (Gv 13, 14-17)” (Ecclesiam suam, n. 39).

Questo atteggiamento non rivendica per sé i primi posti e neppure il successo e l’applauso per i nostri atti, bensì chiede, a noi pastori, l’opzione fondamentale di voler essere seme che germinerà quando e dove il Signore meglio vorrà. Si tratta di un’opzione che ci salva dal cadere nella trappola di misurare il valore dei nostri sforzi con i criteri di funzionalità ed efficienza che reggono il mondo degli affari; piuttosto il cammino è di aprirci all’efficacia e al potere trasformatore del Regno di Dio che, come un granello di senape – il più piccolo e insignificante di tutti i semi – riesce a trasformarsi in arbusto che serve a proteggere (cfr. Mt 13, 32-33). Non possiamo permetterci, in mezzo alla tormenta, di perdere la fede nella forza silenziosa, quotidiana e operante dello Spirito Santo nel cuore degli uomini e della storia.

La credibilità nasce dalla fiducia, e la fiducia nasce dal servizio sincero e quotidiano, umile e gratuito verso tutti, ma specialmente verso i prediletti del Signore (Mt 25, 31-4ó). Un servizio che non intende essere un’operazione di marketing o una mera strategia per recuperare il posto perso o il riconoscimento vano nel tessuto sociale ma – come ho voluto segnalare nell’ultima Esortazione Apostolica Gaudete et exsultate – perché appartiene “alla sostanza stessa del Vangelo di Gesù” (n. 97).

La chiamata alla santità ci protegge dal cadere in false opposizioni o riduzionismi e dal tacere dinanzi a un ambiente propenso all’odio e all’emarginazione, alla disunione e alla violenza tra fratelli. La Chiesa, “il segno e lo strumento dell’intima unione con Dio e dell’unità di tutto il genere umano” (Lumen gentium, n. 1), porta nel suo essere e nel suo seno la sacra missione di essere terra d’incontro e ospitalità non solo per i suoi membri, ma anche per tutto il genere umano. È proprio della sua identità e missione lavorare instancabilmente per tutto ciò che può contribuire all’unità tra persone e popoli come simbolo e sacramento del dono di Cristo sulla Croce per tutti gli uomini senza alcun tipo di distinzione, “non c’è più giudeo né greco; non c’è più schiavo né libero; non c’è più uomo né donna, poiché tutti voi siete uno in Cristo Gesù” (Gal 3, 28). È questo il suo servizio più grande, ancor più quando vediamo risorgere nuovi e vecchi discorsi fratricidi. Le nostre comunità oggi devono testimoniare in modo concreto e creativo che Dio è Padre di tutti e che dinanzi al suo sguardo l’unica classificazione possibile è quella di figli e fratelli. La credibilità si gioca anche nella misura in cui aiutiamo, insieme ad altri attori, a intrecciare un tessuto sociale e culturale che non solo si sta sfaldando, ma che alberga e rende possibili nuovi odi. Come Chiesa non possiamo rimanere prigionieri dell’una o dell’altra trincea, ma dobbiamo vegliare e partire sempre dal più indifeso. Da lì il Signore ci invita a essere, come recita la Preghiera Eucaristica V D: “In mezzo al nostro mondo, diviso dalle guerre e discordie, strumenti di unità, di concordia e di pace”.

Che altissimo compito abbiamo nelle mani, fratelli; non lo possiamo tacere e anestetizzare a causa dei nostri limiti e mancanze! Ricordo le sagge parole di Madre Teresa di Calcutta, che possiamo ripetere personalmente e comunitariamente: “Sì, ho molte debolezze umane, molte miserie umane. […] Ma Lui si abbassa e si serve di noi, di te e di me, per essere suo amore e sua compassione nel mondo, nonostante i nostri peccati, nonostante le nostre miserie e i nostri difetti. Lui dipende da noi per amare il mondo e dimostrargli quanto lo ama. Se ci occupiamo troppo di noi stessi, non ci resterà tempo per gli altri” (Madre Teresa di Calcutta, Cristo en los Pobres, 37-38. Francesco, Gaudete et exsultate, n. 107).

Cari fratelli, il Signore sapeva molto bene che, nell’ora della croce, la mancanza di unità, la divisione e la dispersione, come anche le strategie per liberarsi di quell’ora, sarebbero state le tentazioni più grandi che avrebbero vissuto i suoi discepoli; atteggiamenti che avrebbero sfigurato e ostacolato la missione. Per questo Lui stesso chiese al Padre di prendersi cura di loro affinché, in quei momenti, fossero una cosa sola come loro e nessuno si perdesse (cfr. Gv 17, 11-12). Fiduciosi e immergendoci nella preghiera di Gesù al Padre, vogliamo imparare da Lui e, con determinata deliberazione, cominciare questo tempo di preghiera, silenzio e riflessione, di dialogo e comunione, di ascolto e discernimento, per lasciare che Egli forgi il cuore a sua immagine e aiuti a scoprire la sua volontà.

In questo cammino non procediamo soli, Maria accompagnò e sostenne fin dall’inizio la comunità dei discepoli; con la sua presenza materna aiutò a far sì che la comunità non restasse orfana lungo i cammini a causa delle chiusure individualiste e della pretesa di salvare sé stessa. Ella protesse la comunità dei discepoli dall’orfanità spirituale che sfocia nella autoreferenzialità e con la sua fede le permise di perseverare nell’incomprensibile, nell’attesa che giungesse la luce di Dio. A lei chiediamo di mantenerci uniti e perseveranti, come nel giorno di Pentecoste, affinché lo Spirito sia riversato nei nostri cuori e ci aiuti in ogni momento e luogo a rendere testimonianza della sua Resurrezione.

Cari fratelli, con queste riflessioni mi unisco a voi in questi giorni di Esercizi Spirituali. Prego per voi; per favore fatelo per me.

Che Gesù vi benedica e la Vergine Santa vi custodisca.

Città del Vaticano, 1° gennaio 2019

Fraternamente

FRANCESCO

[00019-IT.01] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

To the Bishops of the United States Conference of Catholic Bishops
Dear Brothers,

During my meeting on 13 September last with the officers of your Conference of Bishops, I suggested that together you make a retreat, a time of seclusion, prayer and discernment, as a necessary step toward responding in the spirit of the Gospel to the crisis of credibility that you are experiencing as a Church. We see this in the Gospel: at critical moments in his mission, the Lord withdrew and spent the whole night in prayer, inviting his disciples to do the same (cf. Mk 14:38). We know that, given the seriousness of the situation, no response or approach seems adequate; nonetheless, we as pastors must have the ability, and above all the wisdom, to speak a word born of heartfelt, prayerful and collective listening to the Word of God and to the pain of our people. A word born of the prayer of shepherds who, like Moses, fight and intercede for their people (cf. Ex 32:30-32).

In that meeting, I told Cardinal DiNardo and the other bishops present of my desire to accompany you personally for several days on that retreat, and this offer was met with joy and anticipation. As the Successor of Peter, I wanted to join all of you in imploring the Lord to send forth his Spirit who “makes all things new” (cf. Rev 21:5) and to point out the paths of life that, as Church, we are called to follow for the good of all those entrusted to our care. Despite my best efforts, I will not be able, for logistical reasons, to be physically present with you. This letter is meant in some way to make up for that journey which could not take place. I am also pleased that you have accepted my offer to have the Preacher of the Papal Household direct this retreat and to share his deep spiritual wisdom.

With these few lines, I would like to draw near to you as a brother and to reflect with you on some aspects that I consider important, while at the same time encouraging your prayer and the steps you are taking to combat the “culture of abuse” and to deal with the crisis of credibility.

“It cannot be like that with you. Anyone among you who aspires to greatness must serve the rest; whoever wants to rank first among you must serve the needs of all” (Mk 10:43-45). With these words, Jesus intervenes and acknowledges the indignation felt by the disciples who heard James and John asking to sit at the right and left of the Master (cf. Mk 10:37). His words will help guide us in our shared reflection.

The Gospel is not afraid to mention certain tensions, conflicts and disputes present in the life of the first community of disciples; it would even appear to want to do so. It speaks of seeking places of honor, and of jealousy, envy and machinations. To say nothing of the intrigues and the plots that, whether secretly or openly, were hatched around the message and person of Jesus by the political and religious leaders and the merchants of the time (cf. Mk 11:15-18). These conflicts increased with the approach of the hour of Jesus’ sacrifice on the cross, as the prince of this world, and sin and corruption, appeared to have the last word, poisoning everything with bitterness, mistrust and resentment.

As the elderly Simeon had prophesied, difficult and critical moments can bring to light the deepest thoughts, tensions and contradictions present in the disciples individually and as a group (cf. Lk 2:35). No one can consider himself exempt from this; we are asked as a community to take care that at those times our decisions, choices, actions and intentions are not tainted by these inner conflicts and tensions, but are instead a response to the Lord who is life for the world. At times of great confusion and uncertainty, we need to be attentive and discerning, to free our hearts of compromises and false certainties, in order to hear what the Lord asks of us in the mission he has given us. Many actions can be helpful, good and necessary, and may even seem correct, but not all of them have the “flavour” of the Gospel. To put it colloquially, we have to be careful that “the cure does not become worse than the disease”. And this requires of us wisdom, prayer, much listening and fraternal communion.

1. “It cannot be like that with you”
In recent years, the Church in the United States has been shaken by various scandals that have gravely affected its credibility. These have been times of turbulence in the lives of all those victims who suffered in their flesh the abuse of power and conscience and sexual abuse on the part of ordained ministers, male and female religious and lay faithful. But times of turbulence and suffering also for their families and for the entire People of God.

The Church’s credibility has been seriously undercut and diminished by these sins and crimes, but even more by the efforts made to deny or conceal them. This has led to a growing sense of uncertainty, distrust and vulnerability among the faithful. As we know, the mentality that would cover things up, far from helping to resolve conflicts, enabled them to fester and cause even greater harm to the network of relationships that today we are called to heal and restore.

We know that the sins and crimes that were committed, and their repercussions on the ecclesial, social and cultural levels, have deeply affected the faithful. They have caused great perplexity, upset and confusion; and this can often serve as an excuse for some to discredit and call into question the selfless lives of all those many Christians who show “an immense love for humanity inspired by the God who became man”.[1] Whenever the Gospel message proves inconvenient or disturbing, many voices are raised in an attempt to silence that message by pointing to the sins and inconsistencies of the members of the Church and, even more, of her pastors.

The hurt caused by these sins and crimes has also deeply affected the communion of bishops, and generated not the sort of healthy and necessary disagreements and tensions found in any living body, but rather division and dispersion (cf. Mt 26:31). The latter are certainly not fruits and promptings of the Holy Spirit, but rather of “the enemy of human nature”,[2] who takes greater advantage of division and dispersion than of the tensions and disagreements reasonably to be expected in the lives of Christ’s disciples.

Combatting the culture of abuse, the loss of credibility, the resulting bewilderment and confusion, and the discrediting of our mission urgently demands of us a renewed and decisive approach to resolving conflicts. Jesus would tell us: “You know how among the Gentiles those who seem to exercise authority lord it over them; their great ones make their importance felt. It cannot be like that with you” (Mk 10:42-43). Loss of credibility calls for a specific approach, since it cannot be regained by issuing stern decrees or by simply creating new committees or improving flow charts, as if we were in charge of a department of human resources. That kind of vision ends up reducing the mission of the bishop and that of the Church to a mere administrative or organizational function in the “evangelization business”. Let us be clear: many of those things are necessary yet insufficient, since they cannot grasp and deal with reality in its complexity; ultimately, they risk reducing everything to an organizational problem.

The loss of credibility also raises painful questions about the way we relate to one another. Clearly, a living fabric has come undone, and we, like weavers, are called to repair it. This involves our ability, or inability, as a community to forge bonds and create spaces that are healthy, mature and respectful of the integrity and privacy of each person. It involves our ability to bring people together and to get them enthused and confident about a broad, shared project that is at once unassuming, solid, sober and transparent. This requires not only a new approach to management, but also a change in our mind-set (metanoia), our way of praying, our handling of power and money, our exercise of authority and our way of relating to one another and to the world around us. Changes in the Church are always aimed at encouraging a constant state of missionary and pastoral conversion capable of opening up new ecclesial paths ever more in keeping with the Gospel and, as such, respectful of human dignity. The programmatic aspect of our activity should be joined to a paradigmatic aspect that brings out its underlying spirit and meaning. The two are necessarily linked. Without this clear and decisive focus, everything we do risks being tainted by self-referentiality, self-preservation and defensiveness, and thus doomed from the start. Our efforts may be well-structured and organized, but will lack evangelical power, for they will not help us to be a Church that bears credible witness, but instead “a noisy gong, a clanging cymbal” (1 Cor 13:1).

In a word, a new ecclesial season needs bishops who can teach others how to discern God’s presence in the history of his people, and not mere administrators. Ideas can be discussed but vital situations have to be discerned. Consequently, amid the upset and confusion experienced by our communities, our primary duty is to foster a shared spirit of discernment, rather than to seek the relative calm resulting from compromise or from a democratic vote where some emerge as “winners” and others not. No! It is about finding a collegial and paternal way of embracing the present situation, one that, most importantly, can protect those in our care from losing hope and feeling spiritually abandoned.[3] This will enable us to be fully immersed in reality, seeking to appreciate and hear it from within, without being held hostage to it.

We know that times of trial and tribulation can threaten our fraternal communion. Yet we also know that they can become times of grace sustaining our commitment to Christ and making it credible. This credibility will not be grounded in ourselves, our statements, our merits or our personal or collective good name. All these are signs of our attempt – nearly always subconscious – to justify ourselves on the basis of our own strengths and abilities (or of someone else’s misfortune). Credibility will be the fruit of a united body that, while acknowledging its sinfulness and limitations, is at the same time capable of preaching the need for conversion. For we do not want to preach ourselves but rather Christ who died for us (cf. 2 Cor 4:5). We want to testify that at the darkest moments of our history the Lord makes himself present, opens new paths and anoints our faltering faith, our wavering hope and our tepid charity.

A personal and collective awareness of our limitations reminds us, as Saint John XXIII said, that “it must not be imagined that authority knows no bounds”.[4] It cannot be aloof in its discernment and in its efforts to pursue the common good. A faith and consciousness lacking reference to the community would be like a “Kantian transcendental”: it will end up proclaiming “a God without Christ, a Christ without the Church, a Church without its people”. It will set up a false and dangerous opposition between personal and ecclesial life, between a God of pure love and the suffering flesh of Christ. Worse, it could risk turning God into an “idol” for one particular group. Constant reference to universal communion, as also to the magisterium and age-old tradition of the Church, saves believers from absolutizing any one group, historical period or culture within the Church. Our catholicity is at stake also in our ability as pastors to learn how to listen to one another, to give and receive help from one another, to work together and to receive the enrichment that other churches can contribute to our following of Christ. The catholicity of the Church cannot be reduced merely to a question of doctrine or law; rather, it reminds us that we are not solitary pilgrims: “If one member suffers, all suffer together” (1 Cor 12:26).

This collegial awareness of our being sinners in need of constant conversion, albeit deeply distressed and pained by all that has happened, allows us to enter into affective communion with our people. It will liberate us from the quest of false, facile and futile forms of triumphalism that would defend spaces rather than initiate processes. It will keep us from turning to reassuring certainties that keep us from approaching and appreciating the extent and implications of what has happened. It will also aid in the search for suitable measures free of false premises or rigid formulations no longer capable of speaking to or stirring the hearts of men and women in our time.[5]

Affective communion with the feelings of our people, with their disheartenment, urges us to exercise a collegial spiritual fatherhood that does not offer banal responses or act defensively, but instead seeks to learn – like the prophet Elijah amid his own troubles – to listen to the voice of the Lord. That voice is not to be found in the tempest or the earthquake, but in the calm born of acknowledging our hurt before the present situation and letting ourselves together be summoned anew by God’s word (cf. 1 Kg 19:9-18).

This approach demands of us the decision to abandon a modus operandi of disparaging, discrediting, playing the victim or the scold in our relationships, and instead to make room for the gentle breeze that the Gospel alone can offer. Let us not forget that “the collegial lack of a heartfelt and prayerful acknowledgment of our limitations prevents grace from working more effectively within us, for no room is left for bringing about the potential good that is part of a sincere and genuine journey of growth”.[6] Let us try to break the vicious circle of recrimination, undercutting and discrediting, by avoiding gossip and slander in the pursuit of a path of prayerful and contrite acceptance of our limitations and sins, and the promotion of dialogue, discussion and discernment. This will dispose us to finding evangelical paths that can awaken and encourage the reconciliation and credibility that our people and our mission require of us. We will do this if we can stop projecting onto others our own confusion and discontent, which are obstacles to unity,[7] and dare to come together, on our knees, before the Lord and let ourselves be challenged by his wounds, in which we will be able to see the wounds of the world. Jesus tells us: “You know how among the Gentiles those who seem to exercise authority lord it over them; their great ones make their importance felt. It cannot be like that with you”.

2. “Anyone among you who aspires to greatness must serve the rest; whoever wants to rank first among you must serve the needs of all”

God’s faithful people and the Church’s mission continue to suffer greatly as a result of abuses of power and conscience and sexual abuse, and the poor way that they were handled, as well as the pain of seeing an episcopate lacking in unity and concentrated more on pointing fingers than on seeking paths of reconciliation. This situation forces us to look to what is essential and to rid ourselves of all that stands in the way of a clear witness to the Gospel of Jesus Christ.

What is being asked of us today is a new presence in the world, conformed to the cross of Christ, one that takes concrete shape in service to the men and women of our time. I think of the words of Saint Paul VI at the beginning of his pontificate: “If we want to be pastors, fathers and teachers, we must also act as brothers. Dialogue thrives on friendship, and most especially on service. All this we must remember and strive to put into practice on the example and precept of Christ (Jn 13:14-17)”.[8]

This attitude is not concerned with respect or success and garnering applause for our actions; instead, it requires that we as pastors really decide to be a seed that will grow whenever and however the Lord best determines. That decision will save us from falling into the trap of measuring the value of our efforts by the standards of functionalism and efficiency that govern the business world. The path to be taken is rather one of openness to the efficacy and transformative power of God’s Kingdom, which, like a mustard seed, the smallest and most insignificant of seeds, becomes a tree in which the birds of the air make their nests (cf. Mt 13:32-33). Amid the tempest, we must never lose faith in the quiet, daily and effective power of the Holy Spirit at work in human hearts and in all of history.

Credibility is born of trust, and trust is born of sincere, daily, humble and generous service to all, but especially to those dearest to the Lord’s heart (cf. Mt 25:31-46). It will be a service offered not out of concern with marketing or strategizing to reclaim lost prestige or to seek accolades, but rather – as I insisted in the recent Apostolic Exhortation Gaudete et Exsultate – because it belongs to “the beating heart of the Gospel”.[9]

The call to holiness keeps us from falling into false dichotomies and reductive ways of thinking, and from remaining silent in the face of a climate prone to hatred and rejection, disunity and violence between brothers and sisters. The Church, as the “sign and instrument of communion with God and of the unity of the entire human race” (Lumen Gentium, 1), bears in her heart and soul the sacred mission of being a place of encounter and welcome not only for her members but for all humanity. It is part of her identity and mission to work tirelessly for all that can contribute to unity between individuals and peoples as a symbol and sacrament of Christ’s sacrifice on the cross for all men and women, without distinction. For “there does not exist among you Jew or Greek, slave or freeman, male or female. All are one in Christ Jesus” (Gal 3:28). This is the greatest service she offers, all the more so today, when we are witnessing a resurgence of inflammatory rhetoric and prejudices old and new. Our communities today must testify in a concrete and creative way that God is the Father of all, and that in his eyes we are all his sons and daughters. Our credibility also depends on the extent to which, side by side with others, we help to strengthen a social and cultural fabric that is not only in danger of unravelling, but also of harboring and facilitating new forms of hatred. As a Church, we cannot be held hostage by this side or that, but must be attentive always to start from those who are most vulnerable. With the words of the Eucharistic Prayer, let us ask the Lord that, “in a world torn by strife, your people may shine forth as a prophetic sign of unity and concord” (Masses for Various Needs, I)

How sublime is the task at hand, brothers; we cannot keep silent about it or downplay it because of our own limitations and faults! I recall the wise words of Mother Teresa of Calcutta, that we can repeat, both as individuals and together: “Yes, I have many human faults and failures… But God bends down and uses us, you and me, to be his love and his compassion in the world; he bears our sins, our troubles and our faults. He depends on us to love the world and to show how much he loves it. If we are too concerned with ourselves, we will have no time left for others”.[10]

Dear brothers, the Lord was well aware that, at the hour of the cross, lack of unity, division and dispersion, as well as attempts to flee from that hour, would be the greatest temptations faced by his disciples – attitudes that would distort and hinder their mission. That is why he asked the Father to watch over them, so that at those times they would be one, even as he and the Father are one, and that none of them would be lost (cf. Jn 17:11-12). Entering with trust into Jesus’ prayer to the Father, we want to learn from him and, with firm resolve, to begin this time of prayer, silence and reflection, of dialogue and communion, of listening and discernment. In this way, we will allow him to conform our hearts to his image and help us discover his will.

On this path we are not alone. From the beginning, Mary accompanied and sustained the community of the disciples. By her maternal presence she helped the community not to lose its bearings by breaking up into closed groups or by thinking that it could save itself. She protected the community of the disciples from the spiritual isolation that leads to self-centeredness. By her faith, she helped them to persevere amid perplexity, trusting that God’s light would come. We ask her to keep us united and persevering as on the day of Pentecost, so that the Spirit will be poured forth into our hearts and help us in every time and place to bear witness to the resurrection.

Dear brothers, with these thoughts I am one with you during these days of spiritual retreat. I am praying for you; please do the same for me. May the Lord bless you and Our Lady watch over you.

Fraternally,

FRANCIS

Vatican City, 1 January 2019

_______________________

[1] Cf. Evangelii Gaudium, 76.
[2]
IGNATIUS OF LOYOLA, Spiritual Exercises, 135.
[3]
Cf. JORGE M. BERGOGLIO, Las Cartas de la Tribulación, 12. Ed. Diego De Torres, Buenos Aires (1987).
[4]
Cf. JOHN XXIII, Pacem in Terris, ed. Carlen, 47.
[5]
PAUL VI, Ecclesiam Suam, ed. Carlen, 85.
[6]
Gaudete et Exsultate, 50.
[7]
Cf. Evangelii Gaudium, 96.
[8]
PAUL VI, Ecclesiam Suam, ed. Carlen, 87.
[9]
Gaudete et Exsultate, 97.
[10]
MOTHER TERESA OF CALCUTTA, as cited in Gaudete et Exsultate, 107.

 

[00019-EN.01] [Original text: Spanish]

[B0006-XX.01]