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Viaggio Apostolico del Santo Padre Francesco in Cile e Perù (15 – 22 gennaio 2018) – Santa Messa nella Base Aerea “Las Palmas” di Lima, 21.01.2018


 Santa Messa nella Base Aerea “Las Palmas” di Lima

Saluto del Santo Padre al termine della Celebrazione Eucaristica

 

Santa Messa nella Base Aerea “Las Palmas” di Lima

Omelia del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua francese

Traduzione in lingua inglese

Traduzione in lingua tedesca

Traduzione in lingua portoghese

Traduzione in lingua polacca

Questo pomeriggio, lasciata la Nunziatura Apostolica, il Santo Padre Francesco si trasferisce in auto alla Base Aerea Las Palmas di Lima.

Al Suo arrivo, dopo il saluto dell’Ordinario Militare e del Comandante della Base, il Papa compie un giro in papamobile tra i fedeli e i pellegrini.

Quindi alle ore 16.15 locali (22.15 ora di Roma) il Santo Padre presiede la Celebrazione Eucaristica nella III Domenica del tempo ordinario. Sull’altare viene esposta la Venerata Immagine del Señor de los Milagros.

Pubblichiamo di seguito l’omelia che il Papa pronuncia nel corso della Santa Messa:

Omelia del Santo Padre

«Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícales el mensaje que te digo» (Jon3,2). Con estas palabras, el Señor se dirigía a Jonás poniéndolo en movimiento hacia esa gran ciudad que estaba a punto de ser destruida por sus muchos males. También vemos a Jesús en el Evangelio de camino hacia Galilea para predicar su buena noticia (cf.Mc1,14).Ambas lecturas nos revelan a Dios en movimiento de cara a las ciudades de ayer y de hoy. El Señor se pone en camino: va a Nínive, a Galilea… a Lima, a Trujillo, a Puerto Maldonado… aquí viene el Señor. Se pone en movimiento para entrar en nuestra historia personal y concreta. Lo hemos celebrado hace poco: es el Emmanuel, el Dios que quiereestar siempre con nosotros. Sí, aquí en Lima, o en donde estés viviendo, en la vida cotidiana del trabajo rutinario, en la educación esperanzadora de los hijos, entre tus anhelos y desvelos; en la intimidad del hogar y en el ruido ensordecedor de nuestras calles. Es allí, en medio de los caminos polvorientos de la historia, donde el Señor viene a tu encuentro.

Algunas veces nos puede pasar lo mismo que a Jonás. Nuestras ciudades, con las situaciones de dolor e injusticia que a diario se repiten, nos pueden generar la tentación de huir, de escondernos, de zafar. Y razones, ni a Jonás ni a nosotros nos faltan. Mirando la ciudad podríamos comenzar a constatar que existen«ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar» —y eso nos alegra—; el problema está en que «son muchísimos los “no ciudadanos”, “los ciudadanos a medias” o los “sobrantes urbanos”»[1]que están al borde de nuestros caminos, que van a vivir a las márgenes de nuestras ciudades sin condiciones necesarias para llevar una vida digna y duele constatar que muchas veces entre estos «sobrantes humanos» se encuentran rostros de tantos niños y adolescentes. Se encuentra el rostro del futuro.

Y al ver estas cosas en nuestras ciudades, en nuestros barrios —que podrían ser un espacio de encuentro y solidaridad, de alegría— se termina provocando lo que podemos llamar el síndrome de Jonás: un espacio de huida y desconfianza (cf.Jon1,3). Un espacio para la indiferencia, que nos transforma en anónimos y sordos ante los demás, nos convierte en seres impersonales de corazón cauterizado y, con esta actitud, lastimamos el alma del pueblo, de este pueblo noble. Como nos lo señalaba Benedicto XVI,«la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. […] Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana».[2]

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. A diferencia de Jonás, Jesús, frente a un acontecimiento doloroso e injusto como fue el arresto de Juan, entra en la ciudad, entra en Galilea y comienza desde ese pequeño pueblo a sembrar lo que sería el inicio de la mayor esperanza: El Reino de Dios está cerca, Dios está entre nosotros. Y el Evangelio mismo nos muestra la alegría y el efecto en cadena que esto produce: comenzó con Simón y Andrés, después Santiago y Juan (cf.Mc1,14-20) y, desde esos días, pasando por santa Rosa de Lima, santo Toribio, san Martín de Porres, san Juan Macías, san Francisco Solano, ha llegado hasta nosotros anunciado por esa nube de testigos que han creído en Él. Ha llegado hasta Lima, hasta nosotros para comprometerse nuevamente como un renovado antídoto contra la globalización de la indiferencia. Porque ante este Amor, no se puede permanecer indiferentes.

Jesús invitó a sus discípulos a vivir hoy lo que tiene sabor a eternidad: el amor a Dios y al prójimo; y lo hace de la única manera que lo puede hacer, a la manera divina: suscitando la ternura y el amor de misericordia, suscitando la compasión y abriendo sus ojos para que aprendan a mirar la realidad a la manera divina. Los invita a generar nuevos lazos, nuevas alianzas portadoras de eternidad.

Jesúscamina la ciudad; lo hace con sus discípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción. Comienza a develar muchas situaciones que asfixiaban la esperanza de su pueblo suscitando una nueva esperanza. Llama a sus discípulos y los invita a ir con Él, los invita a caminar la ciudad, pero les cambia el ritmo, les enseña a mirar lo que hasta ahora pasaban por alto, les señala nuevas urgencias. Conviértanse, les dice, el Reino de los Cielos es encontrar en Jesús a Dios que se mezcla vitalmente con su pueblo, se implica e implica a otros a no tener miedo de hacer de esta historia, una historia de salvación (cf.Mc1,15.21 y ss.).

Jesús sigue caminando por nuestras calles, sigue al igual que ayer golpeando puertas, golpeando corazones para volver a encender la esperanza y los anhelos: que la degradación sea superada por la fraternidad, la injusticia vencida por la solidaridad y la violencia callada con las armas de la paz. Jesús sigue invitando y quiere ungirnos con su Espíritu para que también nosotros salgamos a ungir con esa unción, capaz de sanar la esperanza herida y renovar nuestra mirada.

Jesús sigue caminando ydespierta la esperanzaque nos libra de conexiones vacías y de análisis impersonales e invita a involucrarnos como fermento allí donde estemos, donde nos toque vivir, en ese rinconcito de todos los días. El Reino de los cielos está entre ustedes —nos dice— está allí donde nos animemos a tener un poco de ternura y compasión, donde no tengamos miedo a generar espacios para quelos ciegos vean, los paralíticos caminen, los leprosos sean purificados y los sordos oigan (cf.Lc7,22) y así todos aquellos que dábamos por perdidos gocen de la Resurrección. Dios no se cansa ni se cansará de caminar para llegar a sus hijos. A cada uno. ¿Cómo encenderemos la esperanza si faltan profetas? ¿Cómo encararemos el futuro si nos falta unidad? ¿Cómo llegará Jesús a tantos rincones, si faltan audaces y valientes testigos?

Hoy el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, te invita a caminar con Él tu ciudad. Te invita a que seassudiscípulo misionero, y así te vuelvas parte de ese gran susurro que quiere seguir resonando en los distintos rincones de nuestra vida: ¡Alégrate, el Señor está contigo!

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[1]Exhort. ap.Evangelii gaudium, 74.
[2] Carta enc.Spe salvi, 38.

[00073-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

«Alzati, va’ a Ninive, la grande città, e annuncia loro quanto ti dico» (Gn 3,2). Con queste parole il Signore si rivolgeva a Giona mettendolo in movimento verso quella grande città che era sul punto di essere distrutta a causa dei suoi molti mali. Vediamo anche Gesù, nel Vangelo, in cammino verso la Galilea per predicare la sua buona notizia (cfr Mc 1,14). Entrambe le letture ci rivelano Dio in movimento davanti alle città di ieri e di oggi. Il Signore si mette in cammino: va a Ninive, in Galilea,… a Lima, a Trujillo, a Puerto Maldonado… il Signore viene qui. Si mette in movimento per entrare nella nostra storia personale e concreta. Lo abbiamo celebrato da poco: è l’Emmanuele, il Dio che vuole stare sempre con noi. Sì, qui a Lima, o dovunque stai vivendo, nella vita quotidiana del lavoro sempre uguale, nell’educazione dei figli, piena di speranza, tra le tue aspirazioni e i tuoi impegni; nell’intimità della casa e nel rumore assordante delle nostre strade. E’ lì, in mezzo alle strade polverose della storia, dove il Signore ti viene incontro.

Certe volte può succederci lo stesso che a Giona. Le nostre città, con le situazioni di dolore e di ingiustizia che ogni giorno si ripetono, possono suscitare in noi la tentazione di fuggire, di nasconderci, di defilarci. E i motivi, a Giona e ai noi, non mancano. Guardando la città potremmo cominciare a constatare che ci sono «ci sono cittadini che ottengono i mezzi adeguati per lo sviluppo della vita personale e familiare» – e questo ci rallegra –, però «sono moltissimi i “non cittadini”, i “cittadini a metà” o gli “avanzi urbani”»[1] che stanno ai bordi delle nostre strade, che vanno a vivere ai margini delle nostre città senza condizioni necessarie per condurre una vita dignitosa, e fa male constatare che molte volte tra questi “avanzi umani” si trovano i volti di tanti bambini e adolescenti. Si trova il volto del futuro.

E vedendo queste cose nelle nostre città, nei nostri quartieri – che potrebbero essere luoghi di incontro e di solidarietà, di gioia – finisce per provocare quella che potremmo chiamare la sindrome di Giona: uno spazio di fuga e di sfiducia (cfr Gn 1,3). Uno spazio per l’indifferenza, che ci trasforma in anonimi e sordi davanti agli altri, ci fa diventare esseri impersonali dal cuore asettico, e con questo atteggiamento facciamo male all’anima del popolo, di questo nobile popolo. Come ci faceva notare Benedetto XVI, «la misura dell’umanità si determina essenzialmente nel suo rapporto con la sofferenza e col sofferente. […] Una società che non riesce ad accettare i sofferenti e non è capace di contribuire mediante la com-passione a far sì che la sofferenza venga condivisa e portata anche interiormente è una società crudele e disumana».[2]

Quando arrestarono Giovanni [il Battista], Gesù si recò in Galilea a predicare il Vangelo di Dio. A differenza di Giona, Gesù, di fronte a un avvenimento doloroso e ingiusto come fu l’arresto di Giovanni, entra nella città, entra in Galilea e comincia da quella piccola popolazione a seminare quello che sarebbe stato l’inizio della più grande speranza: il Regno di Dio è vicino, Dio è in mezzo a noi. E il Vangelo stesso ci mostra la gioia e l’effetto a catena che questo produce: cominciò con Simone e Andrea, poi Giacomo e Giovanni (cfr Mc 1,14-20) e, a partire da allora, passando per Santa Rosa da Lima, San Toribio, San Martino de Porres, San Giovanni Macías, San Francesco Solano, è giunto fino a noi annunciato dalla nube di testimoni che hanno creduto in Lui. E’ arrivato fino a Lima, fino a noi per impegnarsi nuovamente come un rinnovato antidoto contro la globalizzazione dell’indifferenza. Perché davanti a questo Amore non si può rimanere indifferenti.

Gesù ha chiamato i suoi discepoli a vivere nell’oggi ciò che ha sapore di eternità: l’amore per Dio e per il prossimo; e lo fa nell’unica maniera in cui può farlo, alla maniera divina: suscitando la tenerezza e l’amore misericordioso, suscitando la compassione e aprendo i loro occhi perché imparino a guardare la realtà in maniera divina. Li invita a creare nuovi legami, nuove alleanze portatrici di eternità.

Gesù percorre la città; lo fa con i suoi discepoli e comincia a vedere, ad ascoltare, a fare attenzione a coloro che avevano ceduto sotto il manto dell’indifferenza, lapidati dal grave peccato della corruzione. Comincia a svelare tante situazioni che soffocavano la speranza del suo popolo suscitando una nuova speranza. Chiama i suoi discepoli e li invita ad andare con Lui, li invita a percorrere la città, ma cambia loro il ritmo, insegna a guardare ciò a cui fino ad ora passavano sopra, indica nuove urgenze. Convertitevi, dice loro, il Regno dei Cieli è incontrare in Gesù Dio che mescola la sua vita con la vita del suo popolo, si coinvolge e coinvolge altri perché non abbiano paura di fare di questa storia una storia di salvezza (cfr Mc 1,15.21ss.).

Gesù continua a camminare per le nostre strade, come ieri continua a bussare alle porte, a bussare ai cuori per riaccendere la speranza e gli aneliti: che il degrado sia superato dalla fraternità, l’ingiustizia vinta dalla solidarietà e la violenza spenta con le armi della pace. Gesù continua a chiamare e vuole ungerci col suo Spirito perché anche noi andiamo a ungere con quella unzione capace di guarire la speranza ferita e rinnovare il nostro sguardo.

Gesù continua a camminare e risveglia la speranza che ci libera da rapporti vuoti e da analisi impersonali e chiama a coinvolgerci come fermenti lì dove siamo, dove ci è dato di vivere, in quell’angolino di tutti i giorni. Il Regno dei Cieli è in mezzo a voi – ci dice –, è lì dove sappiamo usare un po’ di tenerezza e di compassione, dove non abbiamo paura di creare spazi perché i ciechi vedano, i paralitici camminino, i lebbrosi siano purificati e i sordi odano (cfr Lc 7,22), e così tutti quelli che davamo per perduti godano della Risurrezione. Dio non si stanca e non si stancherà di camminare per raggiungere i suoi figli. Ognuno di loro. Come accenderemo la speranza se mancano profeti? Come affronteremo il futuro se ci manca l’unità? Come arriverà Gesù in tanti posti, se mancano audaci e validi testimoni?

Oggi il Signore ti chiama a percorrere con Lui la città, ti invita a percorrere con Lui la tua città. Ti chiama ad essere suo discepolo missionario, e così a diventare partecipe di quel grande sussurro che vuole continuare a risuonare in ogni angolo della nostra vita: Rallegrati, il Signore è con te!

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[1] Esort. ap. Evangelii gaudium, 74.
[2] Lett. enc. Spe salvi, 38.

[00073-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua francese

            « Lève-toi, va à Ninive, la grande ville païenne, proclame le message que je te donne sur elle » (Jon 3, 2). C’est par ces mots que le Seigneur s’adressait à Jonas pour l’envoyer vers cette grande ville qui était sur le point d’être détruite à cause de tout le mal qu’elle faisait. Nous voyons aussi Jésus dans l’Evangile en route vers la Galilée pour prêcher sa Bonne nouvelle (cf. Mc 1, 14). Ces deux lectures nous révèlent Dieu en mouvement vers les villes d’hier et d’aujourd’hui. Le Seigneur se met en marche. Il va à Ninive, en Galilée… à Lima, à Trujillo, à Puerto Maldonado… voilà le Seigneur qui vient. Il se déplace pour entrer dans notre histoire personnelle et concrète. Nous l’avons récemment célébré : il est l’Emmanuel, le Dieu qui veut être toujours avec nous. Oui, ici à Lima, ou là où tu vis, dans la vie quotidienne du travail routinier, dans l’éducation des enfants avec espérance, dans tes aspirations et tes soucis ; dans l’intimité du foyer et dans le bruit assourdissant de nos rues. C’est là, sur les chemins poussiéreux de l’histoire que le Seigneur vient à ta rencontre.

            Parfois il peut nous arriver la même chose qu’à Jonas. Nos villes, dans les situations de souffrance et d’injustice qui se répètent au quotidien, peuvent créer en nous la tentation de fuir, de nous cacher, de nous échapper. Et les raisons ne manquent pas, ni à Jonas, ni à nous. En regardant la ville nous pourrions commencer à constater qu’ « il y a des citadins qui obtiennent des moyens adéquats pour le développement de leur vie personnelle et familiale »[1] – et cela nous réjouit - ; le problème réside dans le fait qu’« il y a un très grand nombre de “non citadins”, des “citadins à moitié” ou des “restes urbains” »[2] qui gisent au bord de nos chemins, qui vont vivre dans les périphéries de nos villes sans les conditions nécessaires pour mener une vie digne ; et il est douloureux de constater que, très souvent, parmi ces “restes urbains” on distingue des visages de beaucoup d’enfants et d’adolescents. On distingue le visage de l’avenir.

            Et en voyant ces choses dans nos villes, dans nos quartiers – qui pourraient être des lieux de rencontre et de solidarité, de joie – il finit par se produire ce que nous pouvons appeler le syndrome de Jonas : un lieu de fuite et de méfiance (cf. Jon 1, 3). Un lieu de l’indifférence, qui nous transforme en des personnes anonymes et sourdes vis-à-vis des autres, qui nous font devenir des êtres impersonnels au cœur insensible ; et par cette attitude nous blessons l’âme du peuple, de peuple noble. Comme nous le disait Benoît XVI, « la mesure de l’humanité se détermine essentiellement dans son rapport à la souffrance et à celui qui soufre […] Une société qui ne réussit pas à accepter les souffrants et qui n’est pas capable de contribuer, par la compassion, à faire en sorte que la souffrance soit partagée et portée aussi intérieurement est une société cruelle et inhumaine »[3].

            Quand Jean a été arrêté, Jésus s’est dirigé vers la Galilée pour proclamer l’Evangile de Dieu.  A la différence de Jonas, Jésus, face à un événement douloureux et injuste comme le fut l’arrestation de Jean, entre dans la ville, il entre en Galilée et commence, à partir de ce petit village à semer ce qui sera le début de la plus grande espérance : le Royaume de Dieu est proche, Dieu est au milieu de nous. Et l’Evangile lui-même nous montre la joie et l’effet en chaîne que cela produit : cela a commencé avec Simon et André, puis Jacques et Jean (cf. Mc 1, 14-20). Et, depuis lors, en passant par sainte Rose de Lima, saint Torobio, saint Martin de Porres, saint Jean Macias, saint François Solano, l’Évangile est parvenu jusqu’à nous, annoncé par cette nuée de témoins qui y ont cru. Il est parvenu jusqu’à Lima, jusqu’à nous pour être de nouveau un antidote renouvelé contre la globalisation de l’indifférence. Car, face à cet Amour, on ne peut rester indifférent.

            Jésus a invité ses disciples à vivre aujourd’hui ce qui a saveur d’éternité : l’amour de Dieu et du prochain ; et il le fait de la seule manière dont il peut le faire, à la manière divine : en suscitant la tendresse et l’amour miséricordieux, suscitant la compassion et en ouvrant leurs yeux pour qu’ils apprennent à voir la réalité à la manière divine. Il les invite à créer de nouveaux liens, de nouvelles alliances porteuses d’éternité.

            Jésus parcourt la ville ; il le fait accompagné de ses disciples et il commence à regarder, à écouter, à prêter attention à ceux qui ont succombé sous le manteau de l’indifférence, lapidés à cause du grave péché de la corruption. Il commence à dévoiler beaucoup de situations qui asphyxient l’espérance de son peuple, suscitant une nouvelle espérance. Il appelle ses disciples et les invite à le suivre, il les invite à parcourir la ville, mais il change la cadence de leur pas, il leur apprend à voir ce qui jusqu’alors leur échappait, il leur montre de nouvelles urgences. Convertissez-vous, leur dit-il, le Royaume des Cieux consiste à rencontrer, en Jésus, Dieu qui s’unit vitalement à son peuple, qui s’implique et invite d’autres à ne pas avoir peur de faire de cette histoire une histoire de salut (cf. Mc 1, 15.21ss)

            Jésus continue à marcher dans nos rues, il continue comme hier à frapper aux portes, à frapper aux cœurs pour rallumer l’espérance et les aspirations : que l’avilissement soit surmonté grâce à la fraternité, l’injustice vaincue par la solidarité et la violence réduite au silence par les armes de la paix. Jésus continue à inviter et il veut nous oindre de son Esprit pour que nous aussi sortions pour oindre de cette onction capable de guérir l’espérance blessée et de renouveler notre regard.

            Jésus continue à marcher et il réveille l’espérance qui nous libère des connexions vides et des analyses impersonnelles et il nous invite à nous impliquer comme un ferment là où nous sommes, là où il nous revient de vivre, dans ce petit coin de chaque jour. Le Royaume des Cieux est au milieu de vous – nous dit-il – il est là où nous sommes disposés à avoir un peu de tendresse et de compassion, où nous n’avons pas peur de faire en sorte que les aveugles voient, les paralytiques marchent, les lépreux soient purifiés et que les sourds entendent (cf. Lc 7, 22), et qu’ainsi tous ceux que nous estimions perdus jouissent de la Résurrection. Dieu ne se lasse pas ni ne se lassera jamais de marcher pour rejoindre ses enfants, chacun. Comment allumerons-nous l’espérance des prophètes manquent ? Comment ferons-nous face à l’avenir s’il nous manque l’unité ? Comment Jésus parviendra-t-il à tant de lieux reculés si des témoins courageux et audacieux manquent ?

            Aujourd’hui le Seigneur t’invite à parcourir la ville avec lui, il t’invite à parcourir ta ville avec lui. Il t’invite à être un disciple missionnaire, et à faire ainsi partie de ce grand chuchotement qui veut continuer à résonner dans les divers recoins de notre vie : Réjouis-toi, le Seigneur est avec toi !

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[1] Exhort. ap. Evangelii gaudium, n. 74.   
[2] Lett. enc. Spe salvi, n. 38.

[00073-FR.02] [Texte original: Espagnol]

 

Traduzione in lingua inglese

“Arise, go to Nineveh, that great city, and proclaim to it the message that I tell you” (Jon 3:2). With these words the Lord spoke to Jonah and directed him to set out towards that great city, which was about to be destroyed for its many evils. In the Gospel, we also see Jesus setting out towards Galilee to preach the Good News (cf. Mk 1:14). Both readings reveal a God who turns his gaze towards cities past and present. The Lord sets out on a journey: to Nineveh, to Galilee, to Lima, to Trujillo and Puerto Maldonado… the Lord comes here. He sets out to enter into our concrete personal history. We celebrated this not long ago: he is Emmanuel, the God who wants to be with us always. Yes, here in Lima, or wherever you are living, in the routine of your daily life and work, in the education to hope that you impart to your children, amid your aspirations and anxieties; within the privacy of the home and the deafening noise of our streets. It is there, along the dusty paths of history, that the Lord comes to meet each of you.

Sometimes what happened to Jonah can happen to us. Our cities, with their daily situations of pain and injustice, can leave us tempted to flee, to hide, to run away. Jonah, and we, have plenty of excuses to do so. Looking at the city, we can start by saying that there are “citizens who find adequate means to develop their personal and family life” – and this pleases us – yet the problem is the many “non-citizens”, “the half-citizens” or “urban remnants”[1]. They are found along our roadsides, living on the fringes of our cities, and lacking the conditions needed for a dignified existence. It is painful to realize that among these “urban remnants” all too often we see the faces of children and adolescents. We look at the face of the future.

Seeing these things in our cities and our neighbourhoods – which should be places of encounter, solidarity and joy – we end up with what we might call the Jonah syndrome: we lose heart and want to flee (cf. Jon 1:3). We become indifferent, and as a result, anonymous and deaf to others, cold and hard of heart. When this happens, we wound the soul of the people, this noble people. As Benedict XVI pointed out, “the true measure of humanity is essentially determined in relationship to suffering and to the sufferer… A society unable to accept its suffering members and incapable of helping to share their suffering and to bear it inwardly through ‘com-passion’ is a cruel and inhuman society”.[2]

After they arrested John, Jesus set out to Galilee to proclaim the Gospel of God. Unlike Jonah, Jesus reacted to the distressing and unjust news of John’s arrest by entering the city; he entered Galilee and from its small towns he began to sow the seeds of a great hope: that the Kingdom of God is at hand, that God is among us. The Gospel itself shows us the joy and the rippling effect that this brought about: it started with Simon and Andrew, then James and John (cf. Mk 1:14-20). It then passed through Saint Rose de Lima, Saint Turibius, Saint Martin de Porres, Saint Juan Macías, Saint Francisco Solano, down to us, proclaimed by that cloud of witnesses that have believed in him. It came to Lima, to us, in order to act once more as a timely antidote to the globalization of indifference. In the face of that Love, one cannot remain indifferent.

Jesus invites his disciples to experience in the present a taste of eternity: the love of God and neighbour. He does this the only way he can, God’s way, by awakening tenderness and love of mercy, by awakening compassion and opening their eyes to see reality as God does. He invites them to generate new bonds, new covenants rich in eternal life.

Jesus walks through the city. He walks with his disciples and begins to see, to hear, to notice those who have given up in the face of indifference, laid low by the grave sin of corruption. He begins to bring to light many situations that had killed the hope of his people and to awaken a new hope. He calls his disciples and invites them to set out with him. He calls them to walk through to the city, but at a different pace; he teaches them to notice what they had previously overlooked, and he points out new and pressing needs. Repent, he tells them. The Kingdom of Heaven means finding in Jesus a God who gets involved with the lives of his people. He gets involved and involves others not to be afraid to make of our history a history of salvation (cf. Mk 1:15, 21).

Jesus continues to walk on our streets. He knocks today, as he did yesterday, on our doors and hearts, in order to rekindle the flame of hope and the aspiration that breakdown can be overcome by fraternity, injustice defeated by solidarity, violence silenced by the weapons of peace. Jesus continues to call us; he wants to anoint us with his Spirit so that we too can go out to anoint others with the oil capable of healing wounded hopes and renewing our way of seeing things.

Jesus continues to walk and to awaken hope, a hope that frees us from empty associations and impersonal analyses. He encourages us to enter like leaven into where we are, where we live, into every corner of our daily life. The kingdom of heaven is among you, he tells us. It is there wherever we strive to show a little tenderness and compassion, wherever we are unafraid to create spaces for the blind to see, the paralyzed to walk, lepers to be cleansed and the deaf to hear (cf. Lk 7:22), so that all those we had given up for lost can enjoy the resurrection. God will never tire of setting out to meet his children. Every one of them. How will we enkindle hope if prophets are lacking? How will we face the future if unity is lacking? How will Jesus reach all those corners if daring and courageous witnesses are lacking?

Today the Lord calls each of you to walk with him in the city, he calls you to walk with him in your city. He invites you to become his missionary disciple, so that you can become part of that great whisper that wants to keep echoing in the different corners of our lives: Rejoice, the Lord is with you!

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[1] Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium, 74.
[2] Encyclical Letter Spe Salvi, 38.

[00073-EN.01] [Original text: Spanish]

 

Traduzione in lingua tedesca

»Mach dich auf den Weg und geh nach Ninive, der großen Stadt, und rufe ihr all das zu, was ich dir sagen werde!« (Jona 3,2). Mit diesen Worten wandte sich der Herr an Jona und setzte ihn in Richtung dieser großen Stadt in Bewegung, die kurz davor war, wegen ihrer vielen Übel zerstört zu werden. Auch im Evangelium erblicken wir Jesus, wie er nach Galiläa unterwegs ist, um seine frohe Botschaft zu verkünden (vgl. Mk 1,14). Beide Lesungen zeigen uns, wie Gott auf die Städte von gestern und heute zugeht. Der Herr macht sich auf den Weg: Er geht nach Ninive, nach Galiläa … nach Lima, nach Trujillo, nach Puerto Maldonado … hierher kommt der Herr. Er macht sich auf, um in unsere persönliche und konkrete Geschichte einzutreten. Das haben wir vor kurzem gefeiert: Er ist der Immanuel, der Gott, der immer mit uns sein will. Ja, hier in Lima, oder dort, wo du lebst, im gewohnheitsmäßigen Arbeitsalltag, in der vielversprechenden Erziehung der Kinder, unter deinem Sehnen und Bemühen; in der Vertrautheit des Heims und im ohrenbetäubenden Lärm unserer Straßen. Dort, inmitten der staubigen Wege der Geschichte, kommt der Herr, um dir zu begegnen.

Zuweilen kann uns das Gleiche passieren wie Jona. Unsere Städte können uns mit den schmerzhaften und ungerechten Begebenheiten, die sich täglich wiederholen, in die Versuchung führen zu flüchten, uns zu verstecken, uns zu entziehen. Und die Gründe dazu fehlen weder Jona noch uns. Mit Blick auf die Stadt könnten wir beginnen festzustellen: »Es gibt Bürger, die die angemessenen Mittel für die Entwicklung des persönlichen und familiären Lebens erhalten, und das freut uns, andererseits gibt es aber sehr viele „Nicht-Bürger“, „Halbbürger“ oder „Stadtstreicher“«[1], die unsere Wege säumen, die an den Rändern unserer Städte ohne die notwendigen Voraussetzungen leben, um ein würdiges Leben zu führen, und es schmerzt, oftmals festzustellen, dass man unter diesen „überschüssigen Menschen“ oftmals auf viele Kinder und Jugendliche trifft. Man begegnet dem Angesicht der Zukunft.

Und wenn wir diese Dinge in unseren Städten, in unseren Stadtteilen sehen – die ein Raum der Begegnung und Solidarität, der Fröhlichkeit sein könnten –, so endet es darin, etwas hervorzubringen, was wir als Jonasyndrom bezeichnen könnten: einen Raum der Flucht und des Misstrauens (Jona 1,3). Ein Raum für die Gleichgültigkeit, der uns gegenüber den anderen anonym und taub werden lässt, uns in unpersönliche hartherzige Wesen verwandelt und mit dieser Haltung verletzen wir die Seele des Volkes, dieses edlen Volkes. Benedikt XVI. wies uns darauf hin: »Das Maß der Humanität bestimmt sich ganz wesentlich im Verhältnis zum Leid und zum Leidenden. […] Eine Gesellschaft, die die Leidenden nicht annehmen und nicht im Mit-leiden helfen kann, Leid auch von innen zu teilen und zu tragen, ist eine grausame und inhumane Gesellschaft«.[2]

Als man Johannes gefangen nahm, begab sich Jesus nach Galiläa, um das Evangelium Gottes zu verkünden. Im Unterschied zu Jona, tritt Jesus angesichts eines schmerzlichen und ungerechten Ereignisses, wie es die Gefangennahme des Johannes war, in die Stadt ein, er betritt Galiläa und beginnt von dieser kleinen Bevölkerung aus, das auszustreuen, was der Beginn der größten Hoffnung sein sollte: Das Reich Gottes ist nahe, Gott ist unter uns. Und das Evangelium selbst zeigt uns die Freude und die Kettenreaktion, die es hervorruft: Es begann mit Simon und Andreas, dann Jakobus und Johannes (vgl. Mk 1,14-20) und von da an ist es über die heilige Rosa von Lima, den heiligen Turibio, den heiligen Martin von Porres, den heiligen Juan Macías, den heiligen Francisco Solano bis zu uns gelangt. Es wurde von dieser Wolke von Zeugen, die an ihn geglaubt haben, verkündet. Es ist bis nach Lima, bis zu uns gelangt, um sich erneut als Gegenmittel für die Globalisierung der Gleichgültigkeit einzusetzen. Denn man kann gegenüber dieser Liebe nicht gleichgültig bleiben.

Jesus rief seine Jünger auf, heute das zu leben, was den Geschmack der Ewigkeit hat: die Liebe zu Gott und zum Nächsten; und er tut es auf die einzige Weise, in der er es tun kann, auf göttliche Weise: Er erweckt die Zärtlichkeit, die barmherzige Liebe und das Mitleid; er öffnet ihre Augen, um die Wirklichkeit auf göttliche Weise anzuschauen. Er lädt sie ein, neue Verbindungen zu knüpfen, neue Bündnisse, die zur Ewigkeit führen.

Jesus zieht durch die Stadt, er tut dies mit seinen Jüngern und beginnt diejenigen, die unter dem Mantel der Gleichgültigkeit zusammengebrochen sind, die von der schweren Sünde der Korruption gesteinigt wurden, zu sehen, ihnen zuzuhören und Aufmerksamkeit zuzuwenden. Er beginnt, viele Situationen aufzudecken, die die Hoffnung ihres Volkes erstickten, und erweckt neue Hoffnung. Er ruft seine Jünger und lädt sie ein, mit ihm zu gehen, er lädt sie ein, durch die Stadt zu ziehen, aber er ändert ihren Rhythmus, er lehrt sie, das zu sehen, worüber sie bis dahin hinwegsahen, er weist sie auf neue Dringlichkeiten hin. Kehrt um, sagt er ihnen, das Himmelreich bedeutet, in Jesus Gott zu begegnen, der sich mit seinem Leben unter das seines Volkes mischt, sich dafür einsetzt und die anderen miteinbezieht, keine Angst zu haben, Geschichte zu machen, eine Geschichte des Heils (vgl. Mk 1,15.21ff).

Jesus zieht weiterhin durch unsere Straßen, er fährt wie damals fort, an unsere Türen, an unsere Herzen zu klopfen, um die Hoffnung und die Sehnsüchte erneut zu entfachen, auf dass die Herabwürdigung durch die Brüderlichkeit überwunden, die Ungerechtigkeit durch die Solidarität besiegt werde und die Gewalt durch die Waffen des Friedens ausgelöscht werde. Jesus fährt fort, uns einzuladen, und will uns mit seinem Geist salben, damit auch wir hingehen, mit dieser Salbung zu salben, welche im Stande ist, die verwundete Hoffnung zu heilen und unseren Blick zu erneuern.

Jesus geht weiter und ruft die Hoffnung wach, die uns von leeren Verbindungen und unpersönlichen Analysen befreit und uns einlädt, uns dort als Sauerteig einzubringen, wo wir sind, wo wir leben, in dieser Ecke unseres Alltags. Das Himmelreich ist unter uns – sagt er uns – es ist dort, wo wir den Mut haben, etwas Zärtlichkeit und Erbarmen zu zeigen, wo wir keine Angst haben, Räume zu schaffen, damit die Blinden sehen, die Lahmen gehen, die Aussätzigen rein werden und die Tauben hören (vgl. Lk 7,22) und so alle, die für uns als verloren galten, sich der Auferstehung erfreuen können. Gott wird niemals müde, sich aufzumachen, um zu seinen Kindern zu kommen – zu einem jeden von ihnen. Wie sollen wir die Hoffnung entfachen, wenn die Propheten fehlen? Wie sollen wir uns der Zukunft stellen, wenn uns die Einheit fehlt? Wie soll Jesus an so viele Orte kommen, wenn kühne und mutige Zeugen fehlen?

            Heute ruft der Herr dich, mit ihm in die Stadt zu gehen, er lädt dich ein zusammen mit ihm deine Stadt zu durchwandern. Er lädt dich ein, sein missionarischer Jünger zu sein, und so Teil dieses großen Flüsterns zu werden, das man weiterhin in den unterschiedlichsten Situationen unseres Lebens hört: Freue dich, der Herr ist mit dir!

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[1] Apostolisches Schreiben Evangelii gaudium, 74.

[2] Enzyklika Spe salvi, 38.

[00073-DE.02] [Originalsprache: Spanisch]

Traduzione in lingua portoghese

            «Levanta-te e vai a Nínive, à grande cidade, e apregoa nela o que Eu te ordenar» (Jon 3, 2): com estas palavras, o Senhor dirige-se a Jonas encaminhando-o para aquela grande cidade, que estava prestes a ser destruída pelos seus muitos malefícios. No Evangelho, vemos também Jesus a caminho da Galileia para pregar a sua Boa Nova (cf. Mc 1, 14). Ambas as leituras nos mostram Deus em movimento para as cidades de ontem e de hoje. O Senhor põe-Se a caminho: vai a Nínive, à Galileia, a Trujillo, a Puerto Maldonado, a Lima... O Senhor vem aqui. Põe-Se em movimento para entrar na nossa história pessoal e concreta. Como celebramos há pouco [no Natal], Ele é o Emanuel, o Deus que quer estar sempre connosco. Sim, aqui em Lima ou onde quer que estejas a viver, na vida quotidiana do trabalho rotineiro, na educação esperançosa dos filhos, no meio dos teus anelos e desvelos; na intimidade do lar e no ruído ensurdecedor das nossas estradas. É lá, no meio dos caminhos poeirentos da história, que o Senhor vem ao teu encontro.

            Às vezes, pode suceder-nos como a Jonas. As nossas cidades, com as situações de sofrimento e injustiça que se repetem dia-a-dia, podem suscitar em nós a tentação de fugir, de nos escondermos, de desertar. E razões, não faltam nem a Jonas nem a nós. Contemplando a cidade, poderíamos começar a constatar que «há citadinos que conseguem os meios adequados para o desenvolvimento da vida pessoal e familiar, [e isso nos alegra; o problema é que] muitíssimos são também os “não-citadinos”, os “meio-citadinos” ou os “resíduos urbanos”»[1] que se encontram na beira dos nossos caminhos, que vão viver à margem das nossas cidades sem condições necessárias para levar uma vida digna, e custa ver que muitas vezes, entre estes «resíduos» humanos, se encontram rostos de tantas crianças e adolescentes; se encontra o rosto do futuro.

            E, ao ver estas coisas nas nossas cidades, nos nossos bairros – que poderiam ser lugares de encontro e solidariedade, de alegria –, gera-se em nós o que poderíamos chamar a síndrome de Jonas: um espaço infido, donde fugir (cf. Jon 1, 3). Um espaço para a indiferença, que nos torna anónimos e surdos face aos demais, torna-nos seres impessoais de coração assético e, com esta atitude, amarfanhamos a alma do povo, deste nobre povo. Como nos fazia notar Bento XVI, «a grandeza da humanidade determina-se essencialmente na [sua] relação com o sofrimento e com quem sofre. (…) Uma sociedade que não consegue aceitar os que sofrem e não é capaz de contribuir, mediante a com-paixão, para fazer com que o sofrimento seja compartilhado e assumido mesmo interiormente é uma sociedade cruel e desumana».[2]

            Quando prenderam João [Batista], Jesus foi para a Galileia proclamar o Evangelho de Deus. Ao contrário de Jonas, Jesus, perante um acontecimento doloroso e injusto como foi a prisão de João, entra na cidade, entra na Galileia e começa, partindo daquela insignificante população, a semear o que seria o início da maior esperança: o Reino de Deus está perto, Deus está no meio de nós. E o próprio Evangelho nos mostra a alegria e a reação em cadeia que isso produz: começou com Simão e André, depois Tiago e João (cf. Mc 1, 14-20) e depois, passando por Santa Rosa de Lima, São Toríbio, São Martinho de Porres, São João Macías, São Francisco Solano, chegou até nós anunciado por esta nuvem de testemunhas que acreditaram n’Ele. Chegou até Lima, até nós, para se comprometer novamente, como um antídoto renovado, contra a globalização da indiferença. Com efeito, perante este Amor, não se pode ficar indiferente.

            Jesus chamou os seus discípulos a viverem, no hoje da história, algo que tem sabor a eternidade: o amor a Deus e ao próximo. E fá-lo da única maneira que Lhe é possível: à maneira divina, suscitando a ternura e o amor misericordioso, suscitando a compaixão e abrindo os seus olhos para aprenderem a ver a realidade à maneira divina. Convida-os a gerar novos vínculos, novas alianças portadoras de eternidade.

            Jesus atravessa a cidade; fá-lo com os seus discípulos e começa a ver, a escutar, a prestar atenção àqueles que sucumbiram sob o manto da indiferença, lapidados pelo grave pecado da corrupção. Começa a desvendar muitas situações que sufocavam a esperança do seu povo, suscitando uma nova esperança. Chama os seus discípulos e convida-os a ir com Ele, convida-os a atravessar a cidade, mas muda-lhes o ritmo, ensina-os a fixarem o que até agora passavam por alto, indica-lhes novas urgências. Convertei-vos: dizia-lhes Ele. O Reino dos Céus é encontrar, em Jesus, Deus que mistura a sua vida com a vida do seu povo, que Se envolve e envolve outros para que não tenham medo de fazer desta história uma história de salvação (cf. Mc 1, 15.21ss.).

            Jesus continua a atravessar as nossas estradas, continua, hoje como ontem, a bater às portas, a bater aos corações para reacender a esperança e os anseios: que a degradação seja superada pela fraternidade, a injustiça vencida pela solidariedade e a violência apagada com as armas da paz. Jesus continua a chamar e quer ungir-nos com o seu Espírito para que também nós saiamos para ungir com esta unção capaz de curar a esperança ferida e renovar o nosso olhar.

            Jesus continua a atravessar e desperta a esperança que nos liberta de relações vazias e análises impessoais e chama a envolver-nos como fermento onde quer que estejamos, onde nos toca viver, naquele cantinho de todos os dias. O Reino dos Céus está no meio de vós – diz-nos Ele –, está onde sabemos usar um pouco de ternura e compaixão, onde não temos medo de criar espaços para que os cegos vejam, os coxos andem, os leprosos fiquem limpos e os surdos ouçam (cf. Lc 7, 22) e, deste modo, todos aqueles que dávamos por perdidos gozem da Ressurreição. Deus não Se cansa nem Se cansará de andar para chegar junto dos seus filhos; junto de cada um deles. Como acenderemos a esperança, se faltam profetas? Como enfrentaremos o futuro, se nos falta unidade? Como chegará Jesus a tantos lugares, se faltam ousadas e válidas testemunhas?

            Hoje o Senhor chama-te a atravessar com Ele a cidade, convida-te a atravessar com Ele a tua cidade. Chama-te a ser seu discípulo missionário, tornando-te assim participante desse grande sussurro que quer continuar a ressoar nos mais variados ângulos da nossa vida: Alegra-te, o Senhor está contigo!

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[1] Francisco, Exort. ap. Evangelii gaudium, 74.     
[2] Carta enc. Spe salvi, 38.

[00073-PO.01] [Texto original: Espanhol]

Traduzione in lingua polacca

„Wstań, idź do Niniwy, wielkiego miasta, i głoś jej upomnienie, które Ja ci zlecam” (Jon 3,2). Tymi słowami Pan zwracał się do Jonasza pobudzając go, by wyruszył do tego wielkiego miasta, które miało zostać zniszczone z powodu jego licznych nieprawości. W Ewangelii widzimy także Jezusa w drodze do Galilei, aby głosić Dobrą Nowinę (por. Mk 1,14). Oba czytania ukazują Boga w drodze ku miastom dnia wczorajszego i dzisiejszego. Pan wyrusza w drogę: idzie do Niniwy, do Galilei... do Limy, do Trujillo, do Puerto Maldonado... tutaj przychodzi Pan. Wyrusza w drogę, aby wejść w naszą osobistą i konkretną historię. Niedawno to świętowaliśmy: to Emmanuel, Bóg, który chce być zawsze z nami. Tak, tutaj w Limie lub gdziekolwiek żyjesz, w codziennym życiu rutynowej pracy, w pełnym nadziei wychowaniu dzieci, pośród twoich pragnień i niepokojów; w zaciszu domowym i ogłuszającym hałasie naszych ulic. To tam, pośrodku zakurzonych dróg historii, Pan wychodzi ci na spotkanie.

Czasami może nam przydarzyć się to samo, co Jonaszowi. Nasze miasta, z sytuacjami bólu i niesprawiedliwości powtarzającymi się każdego dnia, mogą wywołać pokusę ucieczki, ukrycia się, wyrwania się. Ani Jonaszowi, ani nam nie brakuje motywów. Patrząc na miasto moglibyśmy zacząć stwierdzać, że „istnieją obywatele mający odpowiednie środki dla rozwoju życia osobistego i rodzinnego – i to nas cieszy –, ale jest bardzo wielu «nie-obywateli», «półobywateli» albo «odpadów miejskich»”[1], którzy stoją na poboczu naszych dróg, będą żyć na marginesie naszych miast bez warunków niezbędnych do godnego życia. Z bólem zauważam, że pomiędzy tymi „ludzkimi odpadami” jest wiele twarzy dzieci i nastolatków. Jest oblicze przyszłości.

I widząc to w naszych miastach, w naszych dzielnicach – które mogłyby być miejscem spotkania i solidarności, radości – w końcu doświadczamy tego, co moglibyśmy nazwać syndromem Jonasza: przestrzeni ucieczki i nieufności (por. Jon 1,2). Jest to przestrzeń obojętności, która czyni nas anonimowymi i głuchymi na innych, czyni nas istotami bezosobowymi z wypalonymi sercami i, przez to nastawienie, ranimy duszę narodu, tego szlachetnego narodu. Jak wskazał nam Benedykt XVI, „miarę człowieczeństwa określa się w jego odniesieniu do cierpienia i do cierpiącego. […] Społeczeństwo, które nie jest w stanie zaakceptować cierpiących ani im pomóc i mocą współczucia współuczestniczyć w cierpieniu, również duchowo, jest społeczeństwem okrutnym i nieludzkim”[2].

Kiedy aresztowano Jana Chrzciciela, Jezus udał się do Galilei, aby głosić Ewangelię Bożą. W przeciwieństwie do Jonasza, Jezus, w obliczu wydarzenia bolesnego i niesprawiedliwego, jakim było aresztowanie Jana, wszedł do miasta, wkroczył do Galilei i zaczął od tej małej miejscowości zasiewać to, co miało być początkiem największej nadziei: bliskie jest Królestwo Boże, Bóg jest pośród nas. A sama Ewangelia pokazuje nam stwarzaną przez to radość i efekt domina: zaczęło się od Szymona i Andrzeja, a następnie Jakuba i Jana (por. Mk 1,14-20), a od tamtych czasów, przez św. Różę z Limy, św. Turybiusza, św. Marcina de Porres, Jana Maciasa, św. Franciszka Solano, doszła do nas głoszona przez ten obłok świadków, którzy w Niego uwierzyli. Dotarła do Limy, do nas, aby dać się na nowo, jako antidotum na globalizację obojętności. Ponieważ w obliczu tej Miłości nie można pozostać obojętnym.

Jezus powołał swoich uczniów, aby żyli w dniu dzisiejszym tym, co ma smak wieczności: miłością Boga i bliźniego. I czyni to w jedyny sposób, w jaki może to zrobić, na Boży sposób: rozbudzając czułość i miłość miłosierną, wzbudzając współczucie i otwierając im oczy, aby nauczyli się patrzeć na rzeczywistość na sposób Boski. Zachęca ich do stworzenia nowych więzi, nowych przymierzy przynoszących wieczność.

Jezus przemierza miasto ze swoimi uczniami i zaczyna widzieć, słuchać, zwracać uwagę na tych, którzy ulegli obojętności, ukamienowani ciężkim grzechem korupcji. Zaczyna ujawniać wiele sytuacji, które tłumiły nadzieję jego ludu, budząc nową nadzieję. Powołuje swoich uczniów i zachęca ich, aby poszli wraz z Nim, zachęca do przemierzenia miasta, ale zmienia im rytm, uczy patrzeć na to, co do tej pory pomijali, wskazuje nowe priorytety. Mówi im: nawróćcie się, Królestwo niebieskie można spotkać w Jezusie, w Bogu który łączy swoje życie z życiem swego ludu, angażuje się i angażuje innych, aby nie bali się uczynić z tej historii historią zbawienia (por. Mk 1 15.21 i nn).

Jezus, podobnie jak wczoraj, nadal chodzi po naszych drogach, nadal puka do drzwi, puka do serc, by rozpalić nadzieję i tęsknotę: aby poniżenie pokonać braterstwem, aby niesprawiedliwość została pokonana przez solidarność, a przemoc uciszona orężem pokoju. Jezus nadal powołuje i chce nas namaścić swoim Duchem, abyśmy także i my szli namaszczać tym namaszczeniem zdolnym do uleczenia zranionej nadziei i odnowienia naszego spojrzenia.

Jezus nadal chodzi i budzi nadzieję, która nas wyzwala od pustych relacji i bezosobowych analiz. Wzywa nas, abyśmy się angażowali jako zaczyn, tam gdzie jesteśmy, gdzie jest nam dane żyć, w tym zakątku dnia powszedniego. Mówi nam: Królestwo niebieskie jest pośród was. Jest tam, gdzie potrafimy okazać trochę czułości i współczucia, gdzie nie boimy się stworzyć przestrzeni, aby niewidomi odzyskiwali wzrok, chromi chodzili, trędowaci doznawali oczyszczenia a głusi słyszeli (por. Łk 7,22), a więc aby wszyscy, których uważaliśmy za straconych, cieszyli się zmartwychwstaniem. Bóg niestrudzenie idzie i będzie chodził, by dotrzeć do swoich dzieci. Do każdego z nich. Jakże rozpalimy nadzieję, jeśli zabraknie proroków? Jak stawimy czoło przyszłości, jeśli brakuje nam jedności? Jak Jezus dotrze do wielu miejsc, jeśli brakuje odważnych i dzielnych świadków?

Dziś Pan wzywa ciebie, abyś wraz z Nim przemierzył miasto, zaprasza cię, abyś przemierzył z Nim twoje miasto. Wzywa cię, abyś był Jego uczniem-misjonarzem i w ten sposób stawał się uczestnikiem tego wspaniałego szeptu, który pragnie, by rozbrzmiewał w każdym zakątku naszego życia: Raduj się, Pan jest z tobą!

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[1] Adhort. ap. Evangelii gaudium, 74.

[2] Enc. Spe salvi, 38.

[00073-PL.02] [Testo originale: Spagnolo]

Saluto del Santo Padre al termine della Celebrazione Eucaristica

Saluto del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua francese

Traduzione in lingua inglese

Traduzione in lingua tedesca

Traduzione in lingua portoghese

Traduzione in lingua polacca

Al termine della Celebrazione Eucaristica, dopo l’indirizzo di saluto dell’Arcivescovo di Lima, Card. Juan Luis Cipriani Thorne, il Santo Padre Francesco rivolge ai fedeli e ai pellegrini presenti alcune parole di saluto.

Dopo la benedizione finale, Papa Francesco saluta il Presidente della Repubblica del Perú, Pedro Pablo Kuczynski, con la Consorte, e 7 rappresentanti di confessioni cristiane non cattoliche. Quindi si trasferisce in auto all’Aeroporto Internazionale di Lima per la cerimonia di congedo dal Perú.

Di seguito il testo delle parole di saluto del Santo Padre:

Saluto del Santo Padre

Doy las gracias al Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima, por sus palabras, y a los obispos de Puerto Maldonado y de Trujillo, cuyas jurisdicciones eclesiásticas pude visitar durante estos días; también doy gracias al presidente de la Conferencia Episcopal, a mis hermanos obispos por su presencia y a todos ustedes que han hecho posible que esta visita dejara una huella en mi corazón.

Agradezco a todos los que han hecho posible este viaje, que fueron muchos y muchos anónimos. En primer lugar, al señor Presidente Pedro Pablo Kuczynski, a las autoridades civiles, a los miles de voluntarios que con su trabajo silencioso y abnegado como «hormiguitas» contribuyeron para que todo pudiera concretarse. ¡Gracias voluntarios anónimos!. Agradezco a la comisión organizadora y a todos los que con su dedicación y esfuerzo hicieron posible este encuentro. De modo especial quiero agradecer al grupo de arquitectos que han diseñado los tres altares en las tres ciudades. Que Dios les conserve buen gusto. Me ha hecho bien encontrarme con ustedes.

Comenzaba mi peregrinación entre ustedes diciendo que Perú es tierra de esperanza. Tierra de esperanza por la biodiversidad que la compone, y con la belleza de una geografía capaz de ayudarnos a descubrir la presencia de Dios.

Tierra de esperanza por la riqueza de sus tradiciones y costumbres que han marcado el alma de este pueblo.

Tierra de esperanza por los jóvenes, los cuales no son el futuro, sino el presente de Perú. A ellos les pido que descubran en la sabiduría de sus abuelos, de sus ancianos, el ADN que guió a sus grandes santos. Chicas y chicos, por favor, no se desarraiguen. Abuelos y ancianos, no dejen de transmitir a las jóvenes generaciones las raíces de su pueblo y la sabiduría del camino para llegar al cielo. A todos los invito a no tener miedo a ser los santos del siglo XXI.

Hermanos peruanos, tienen tantos motivos para esperar, lo vi, lo “toqué” en estos días. Por favor, cuiden la esperanza, que no se la roben. No hay mejor manera de cuidar la esperanza que permanecer unidos, para que todos estos motivos que la sostienen, crezcan cada día más.

La esperanza no defrauda (cf. Rm 5,5).

Los llevo en el corazón.

Que Dios los bendiga. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Gracias.

[00074-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Ringrazio il Cardinale Juan Luis Cipriani, Arcivescovo di Lima, per le sue parole, e i Vescovi di Puerto Maldonado e Trujillo, le cui giurisdizioni ecclesiastiche ho potuto visitare durante questi giorni; ringrazio anche il Presidente della Conferenza Episcopale e i miei fratelli Vescovi per la loro presenza e tutti voi che avete fatto sì che questa visita lasci un’impronta nel mio cuore.

Ringrazio tutti coloro che hanno reso possibile questo viaggio, che sono stati molti, e molti anonimi. In primo luogo il Signor Presidente Pedro Pablo Kuszynski, le autorità civili, le migliaia di volontari che col loro lavoro silenzioso e sacrificato come “formichine” hanno contribuito perché tutto potesse realizzarsi. Grazie, volontari anonimi! Ringrazio la commissione organizzatrice e tutti coloro che con la loro dedizione e il loro impegno hanno reso possibile questo incontro. In modo speciale voglio ringraziare il gruppo degli architetti che hanno progettato i tre altari nelle tre città: che Dio vi conservi il buon gusto! Mi ha fatto bene incontrarmi con voi.

Ho iniziato il mio pellegrinaggio tra voi dicendo che il Perù è una terra di speranza. Terra di speranza per la biodiversità che vi si trova insieme con la bellezza di luoghi capaci di aiutarci a scoprire la presenza di Dio.

Terra di speranza per la ricchezza delle sue tradizioni e dei suoi costumi che hanno segnato l’anima di questo popolo.

Terra di speranza per i giovani, che non sono il futuro ma il presente del Perù. A loro chiedo di scoprire nella sapienza dei loro nonni, degli anziani, il DNA che ha guidato i vostri grandi santi. Ragazze e ragazzi, per favore, non sradicatevi. Nonni e anziani, non smettete di trasmettere alle giovani generazioni le radici del vostro popolo e la sapienza della via per arrivare al cielo. Tutti vi invito a non aver paura di essere i santi del XXI secolo.

Fratelli peruviani, avete tanti motivi per sperare, l’ho visto, l’ho toccato con mano in questi giorni. Per favore, custodite la speranza, che non ve la rubino. E non c’è miglior modo di custodire la speranza che rimanere uniti, perché tutti questi motivi che la sostengono crescano ogni giorno di più.

La speranza in Dio non delude (cfr Rm 5,5).

Vi porto nel cuore.

Dio vi benedica. E per favore non dimenticatevi di pregare per me. Grazie!

[00074-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua francese

Je remercie le Cardinal Juan Luis Cipriani, Archevêque de Lima, pour ses paroles, ainsi que les évêques de Puerto Maldonado et de Trujillo, dont j’ai pu visiter les juridictions ecclésiastiques ces jours-ci ; je remercie également le Président de la Conférence épiscopale, mes frères évêques pour leur présence et vous tous qui avez fait en sorte que cette visite laisse dans mon cœur une empreinte indélébile.

Je suis reconnaissant à tous ceux qui, nombreux et dont beaucoup sont anonymes, ont rendu possible ce voyage ; en premier lieu, à Monsieur le Président Pedro Pablo Kuczynski, aux Autorités civiles, aux milliers de volontaires qui, par leur travail silencieux et dévoué, comme des ‘‘fourmis’’, ont œuvré pour que tout puisse se concrétiser. Merci aux volontaires anonymes ! Je remercie le comité d’organisation et tous ceux qui, par leur détermination et leurs efforts, ont rendu possible cette rencontre. De manière spéciale, je voudrais remercier le groupe des architectes qui a conçu les trois autels dans les trois villes. Que Dieu préserve leur sens de l’esthétique !

J’ai commencé mon pèlerinage parmi vous en disant que le Pérou est une terre d’espérance. Terre d’espérance par la biodiversité dont elle est dotée et par la beauté d’une géographie capable de nous aider à découvrir la présence de Dieu.

Terre d’espérance par la richesse de ses traditions et des coutumes qui ont marqué l’âme de ce peuple.

  Terre d’espérance en raison des jeunes qui ne sont pas l’avenir, mais le présent du Pérou. A eux, je leur demande de découvrir dans la sagesse de leurs grands-parents, de leurs anciens, l’ADN qui a guidé vos grands saints. Jeunes gens et jeunes filles, s’il vous plaît, ne soyez pas des personnes déracinées. Grands-parents et anciens, ne vous lassez pas de transmettre aux jeunes générations les racines de votre peuple et la sagesse concernant le chemin pour parvenir au ciel. Je vous invite tous à ne pas avoir peur d’être les saints du XXIème siècle.

Chers frères péruviens, vous avez tant de raisons d’espérer, je l’ai vu, je l’ai ‘‘touché’’ en ces jours. S’il vous plaît, gardez l’espérance, qu’on ne vous la vole pas ! Il n’y a pas de meilleure manière de garder l’espérance que de rester unis, pour que toutes les raisons qui la soutiennent, grandissent chaque jour davantage.

L’espérance ne déçoit pas (cf. Rm 5, 5).

Je vous porte dans mon cœur.

Que Dieu vous bénisse ! Et, s’il vous plaît, n’oubliez pas de prier pour moi. Merci !

[00074-FR.02] [Texte original: Espagnol]

Traduzione in lingua inglese

I thank Cardinal Juan Luis Cipriani, Archbishop of Lima, for his kind words, and the Bishops of Puerto Maldonado and Trujillo, whose ecclesiastical jurisdictions I was able to visit in these days. I also thank the President of the Episcopal Conference, my brother Bishops for their presence, and all of you who have helped make this visit so memorable.

I am grateful to all who have made this journey possible; there are so many of them and many are anonymous. Above all, I thank President Pedro Pablo Kuczynski, the civil authorities and the thousands of volunteers whose quiet and selfless devotion made everything run smoothly. Thank you, unheralded volunteers! I am grateful to the organizing committee and to all those whose dedication and efforts made my visit possible. In a special way I wish to thank the group of architects that designed the three altars in the three cities. May God continue to bless your work. Being with all of you has been very good for me.

I began my pilgrimage among you by speaking of Peru as a land of hope. A land of hope because of its biodiversity and the beauty of its landscapes, which help us to discover the presence of God.

A land of hope because of its rich traditions and customs, which have shaped the soul of this people.

A land of hope for its young people, who are not the future but the present of Peru. I urge them to discover in the wisdom of their grandparents and their elders, the DNA that guided their great saints. Young people, please, do not lose your roots! And you, grandparents and elders, keep passing on to the new generations the traditions of your people and the wisdom that charts the path to heaven. I urge all of you not to be afraid to be the saints of the XXI century.

Dear Peruvian brothers and sisters, you have so many reasons for hope. I saw this and I “touched” it in these days. Please, protect your hope; let no one rob you of it. There is no better way to protect your hope than to remain united, so that these reasons for hope may grow day by day in your hearts.

Hope does not disappoint (Rom 5:5). You are in my heart. God bless you. Do not forget to pray for me. Thank you.

[00074-EN.02] [Original text: Spanish]

Traduzione in lingua tedesca

Ich danke dem Erzbischof von Lima Kardinal Juan Luis Cipriani für seine Worte, und den Bischöfen von Puerto Maldonado und Trujillo, deren kirchliches Jurisdiktionsgebiet ich während dieser Tage besuchen konnte; ich danke auch dem Präsidenten der Bischofskonferenz und meinen Brüdern im Bischofsamt für ihre Anwesenheit und euch allen, die ihr es geschafft habt, dass dieser Besuch in meinem Herzen einen tiefen Eindruck hinterlässt.

Ich danke allen, die diese Reise möglich gemacht haben – es waren viele, auch viele, die namentlich nirgends erscheinen. An erster Stelle danke ich dem Herrn Präsidenten Pedro Pablo Kuczynski, den zivilen Behörden, den tausenden von Freiwilligen, die mit ihrer stillen und aufopferungsvollen Arbeit wie „Ameisen“ dazu beigetragen haben, damit alles umgesetzt werden konnte. Danke, liebe Freiwillige! Ich danke dem Organisationskomitee und allen, die mit ihrer Hingabe und ihren Bemühungen diese Begegnung möglich gemacht haben. In besonderer Weise möchte ich auch den Architekten danken, die die drei Altäre in den drei Städten geplant haben: Gott möge euch euren guten Geschmack erhalten! Es hat mir gutgetan, mich mit euch zu treffen.

Als ich meine Pilgerreise unter euch begonnen habe, sagte ich, dass Peru ein Land der Hoffnung ist. Land der Hoffnung aufgrund der Artenvielfalt, aus der es sich zusammensetzt, verbunden mit der Schönheit einer Landschaft, die uns helfen kann, die Gegenwart Gottes zu entdecken.

Land der Hoffnung aufgrund des Reichtums seiner Traditionen und Bräuche, die die Seele dieses Volkes geprägt haben.

Land der Hoffnung für die jungen Menschen, die nicht die Zukunft, sondern die Gegenwart Perus sind. Sie bitte ich, die Weisheit ihrer Großeltern, ihrer älteren Mitmenschen zu entdecken, die DNA, die eure großen Heiligen geleitet hat. Liebe Jugendliche, bitte lasst euch nicht entwurzeln. Großeltern und ältere Menschen, hört nicht auf, den jungen Generationen die Wurzeln eures Volkes zu vermitteln sowie die Weisheit des Weges, um zum Himmel zu gelangen. Alle lade ich dazu ein, keine Angst zu haben, die Heiligen des 21. Jahrhunderts zu sein.

Liebe peruanische Brüder und Schwestern, ihr habt viele Gründe zur Hoffnung, ich habe es gesehen, ich habe es in diesen Tagen „mit Händen greifen können“. Bitte, bewahrt die Hoffnung, damit sie euch nicht geraubt wird. Es gibt keine bessere Weise, die Hoffnung zu bewahren, als geeint zu bleiben, damit alle diese Gründe, die sie tragen, jeden Tag weiter wachsen.

Die Hoffnung auf Gott lässt nicht zugrunde gehen (vgl. Röm 5,5).

Ich trage euch im Herzen.

Gott segne euch. Und bitte, vergesst nicht, für mich zu beten. Danke!

[00074-DE.02] [Originalsprache: Spanisch]

Traduzione in lingua portoghese

            Agradeço ao cardeal Juan Luis Cipriani, Arcebispo de Lima, as suas palavras e aos bispos de Puerto Maldonado e Trujillo, cujas jurisdições eclesiásticas pude visitar durante estes dias; agradeço também ao Presidente da Conferência Episcopal e aos meus irmãos Bispos a sua presença e a todos vós que fizestes com que esta visita deixe marcas no meu coração.

            Agradeço a quantos tornaram possível esta viagem, que foram muitos e, em grande número, anónimos. Em primeiro lugar, ao Senhor Presidente Pedro Pablo Kuczynski, às autoridades civis, aos milhares de voluntários que, com o seu trabalho silencioso e abnegado como «formiguinhas», contribuíram para que tudo se realizasse. Obrigado, voluntários anónimos! Agradeço à comissão organizadora e a todas as pessoas que, com a sua dedicação e o seu esforço, tornaram possível este encontro. De modo especial, quero agradecer ao grupo dos arquitetos que projetaram os três altares nas três cidades. Que Deus vos conserve o bom gosto! Fez-me bem encontrar-me convosco.

            Comecei a minha peregrinação entre vós, afirmando que o Perú é uma terra de esperança: Terra de esperança pela biodiversidade que nele se encontra, juntamente com a beleza de lugares capazes de nos ajudar a descobrir a presença de Deus.

            Terra de esperança pela riqueza das suas tradições e costumes, que marcaram a alma deste povo.

Terra de esperança pelos jovens, que não são o futuro, mas o presente do Perú. Peço-lhes que descubram, na sabedoria dos seus avós, dos seus idosos, o DNA que guiou os vossos grandes Santos. Moças e rapazes, por favor, não vos desenraizeis. Avós e idosos, não deixeis de transmitir às jovens gerações as raízes do vosso povo e a sabedoria do caminho para chegar ao céu. A todos, vos convido a não terdes medo de ser os santos do século XXI.

            Irmãos peruanos, tendes tantos motivos para esperar! Vi-o, toquei-o com a mão nestes dias. Por favor, guardai a esperança; não deixeis que vo-la roubem. E não há melhor maneira de guardar a esperança do que permanecer unidos, para que todos estes motivos, que a sustentam, se consolidem        sempre mais de dia para dia.

            A esperança em Deus não engana (cf. Rm 5, 5).

            Levo-vos no coração.

            Deus vos abençoe! E peço-vos, por favor, que não vos esqueçais de rezar por mim. Obrigado!

[00074-PO.02] [Texto original: Espanhol]

Traduzione in lingua polacca

Dziękuję kard. Juanowi Luisowi Cipriani, arcybiskupowi Limy, za jego słowa, a biskupom Puerto Maldonato i Trujillo, których jurysdykcje kościelne mogłem nawiedzić w tych dniach; dziękuję również Przewodniczącemu Konferencji Episkopatu i moim braciom biskupom za ich obecność i wam wszystkim, którzy sprawiliście, że ta wizyta pozostawiła niezatarty ślad w moim sercu.

Dziękuję wszystkim, którzy umożliwili tę podróż, a którzy byli liczni, i wielu anonimowych. Przede wszystkim prezydentowi Pedro Pablo Kuczyńskiemu, władzom cywilnym, tysiącom wolontariuszy, którzy dzięki swojej cichej i bezinteresownej, mrówczej pracy przyczynili się do tego, aby wszystko mogło się zrealizować. Dziękuję, anonimowi wolontariusze! Dziękuję komitetowi organizacyjnemu i wszystkim tym, którzy swoim poświęceniem i wysiłkiem sprawili, że to spotkanie było możliwe. W szczególny sposób pragnę podziękować grupie architektów, którzy zaprojektowali trzy ołtarze w trzech miastach: niech Bóg zachowa w was dobry smak! Spotkanie z wami dobrze mi zrobiło.

Rozpocząłem pielgrzymkę wśród was, mówiąc, że Peru jest krajem nadziei. Ziemią nadziei ze względu różnorodność biologiczną, która się tu znajduje wraz z pięknem miejsc, które mogą pomóc nam odkryć obecność Boga.

Ziemią nadziei ze względu na bogactwo swoich tradycji i obyczajów, które naznaczyły duszę tego ludu.

Ziemią nadziei dla ludzi młodych, którzy nie są przyszłością, lecz teraźniejszością Peru. Proszę ich, aby odkryli w mądrości swoich dziadków, osób starszych, DNA, które prowadziło waszych wielkich świętych. Dziewczęta i chłopcy, proszę, nie wykorzeniajcie się. Dziadkowie i starsi, nie zaniedbujcie przekazywania młodym pokoleniom korzeni waszego ludu i mądrości drogi prowadzącej do nieba. Zachęcam was wszystkich, abyście nie bali się być świętymi XXI wieku.

Peruwiańscy bracia, macie wiele powodów, aby żywić nadzieję. Widziałem to, dotknąłem tego namacalnie w tych dniach. Proszę, dbajcie o nadzieję, aby wam jej nie skradziono. Nie ma lepszego sposobu, aby troszczyć się o nadzieję, niż być zjednoczonymi, aby wszystkie te motywy, które ją wspierają, wzrastały coraz bardziej każdego dnia.

Nadzieja w Bogu zawieść nie może (por. Rz 5, 5).

Niosę was w moim sercu.

Niech Bóg was błogosławi. Proszę was, nie zapominajcie modlić się za mnie.

Dziękuję!

[00074-PL.02] [Testo originale: Spagnolo]

[B0055-XX.02]