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Viaggio Apostolico del Santo Padre Francesco in Cile e Perù (15 – 22 gennaio 2018) – Incontro con i Sacerdoti, i Religiosi, le Religiose, i Consacrati, le Consacrate e i Seminaristi nella Cattedrale di Santiago, 16.01.2018


Incontro con i Sacerdoti, i Religiosi, le Religiose, i Consacrati, le Consacrate e i Seminaristi nella Cattedrale di Santiago

Discorso del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua francese

Traduzione in lingua inglese

Traduzione in lingua tedesca

Traduzione in lingua portoghese

Traduzione in lingua polacca

Questo pomeriggio, alle ore 17.15 locali (21.15 ora di Roma), il Santo Padre Francesco si è recato nella Cattedrale di Santiago per l’incontro con i Sacerdoti, i Religiosi, le Religiose, i Consacrati, le Consacrate ed i Seminaristi.

Al Suo arrivo è stato accolto sul Sagrato dall’Arcivescovo di Santiago, Card. Ricardo Ezzati Andrello, S.D.B., e dal Capitolo Metropolitano che, attraverso la navata centrale, lo hanno accompagnato alla Cappella del Santissimo, dove il Papa ha sostato in preghiera silenziosa. Quindi un religioso e una consacrata hanno consegnato a Papa Francesco un omaggio floreale che egli ha deposto davanti all’immagine della Madonna posta sull’altare centrale.

Dopo l’indirizzo di saluto del Card. Ezzati Andrello, S.D.B., il Santo Padre Francesco ha pronunciato un discorso.

Al termine, dopo la benedizione finale, il Papa si è recato in sagrestia per l’incontro con i Vescovi del Cile.

Pubblichiamo di seguito il discorso che il Santo Padre ha pronuncito nel corso dell’incontro con i Sacerdoti, i Religiosi, le Religiose, i Consacrati, le Consacrate e i Seminaristi nella Cattedrale di Santiago:

Discorso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes:

Me alegra poder compartir este encuentro con ustedes. Me gustó la manera con la que el Card. Ezzati los iba presentando: aquí están, aquí están … las consagradas, los consagrados, los presbíteros, los diáconos permanentes, los seminaristas, aquí están. Me vino a la memoria el día de nuestra ordenación o consagración cuando, después de la presentación, decíamos: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». En este encuentro queremos decirle al Señor: «aquí estamos» para renovar nuestro sí. Queremos renovar juntos la respuesta al llamado que un día inquietó nuestro corazón.

Y para ello, creo que nos puede ayudar partir del pasaje del Evangelio que escuchamos y compartir tres momentos de Pedro y de la primera comunidad: Pedro/la comunidad abatida, Pedro/la comunidad misericordiada, y Pedro/la comunidad transfigurada. Juego con este binomio Pedro-comunidad ya que la vivencia de los apóstoles siempre tiene este doble aspecto, uno personal y uno comunitario. Van de la mano, y no los podemos separar. Somos, sí, llamados individualmente pero siempre a ser parte de un grupo más grande. No existe el selfie vocacional, no existe. La vocación exige que la foto te la saque otro, y ¡qué le vamos a hacer!. Así son las cosas.

1. Pedro abatido, la comunidad abatida
Siempre me gustó el estilo de los Evangelios de no decorar ni endulzar los acontecimientos, ni de pintarlos bonitos. Nos presentan la vida como viene y no como tendría que ser. El Evangelio no tiene miedo de mostrarnos los momentos difíciles, y hasta conflictivos, que pasaron los discípulos.

Recompongamos la escena. Habían matado a Jesús; algunas mujeres decían que estaba vivo (cf. Lc 24,22-24). Si bien habían visto a Jesús Resucitado, el acontecimiento es tan fuerte que los discípulos necesitarán necesitarían tiempo para comprender. Lucas dice: “Era tal la alegría que no podían creer”. Necesitarían tiempo para comprender lo que había sucedido. Comprensión que les llegará en Pentecostés, con el envío del Espíritu Santo. La irrupción del Resucitado llevará tiempo para calar el corazón de los suyos.

Los discípulos vuelven a su tierra. Van a hacer lo que sabían hacer: pescar. No estaban todos, sólo algunos. ¿Divididos, fragmentados? No lo sabemos. Lo que nos dice la Escritura es que los que estaban no pescaron nada. Tienen las redes vacías.

Pero había otro vacío que pesaba inconscientemente sobre ellos: el desconcierto y la turbación por la muerte de su Maestro. Ya no está, fue crucificado. Pero no sólo Él estaba crucificado, sino que ellos también, ya que la muerte de Jesús puso en evidencia un torbellino de conflictos en el corazón de sus amigos. Pedro lo negó, Judas lo traicionó, los demás huyeron y se escondieron. Solo un puñado de mujeres y el discípulo amado se quedaron. El resto, se marchó. En cuestión de días todo se vino abajo. Son las horas del desconcierto y la turbación en la vida del discípulo. En los momentos «en los que la polvareda de las persecuciones, tribulaciones, dudas, etc., es levantada por acontecimientos culturales e históricos, no es fácil atinar con el camino a seguir. Existen varias tentaciones propias de ese tiempo: discutir ideas, no darle la debida atención al asunto, fijarse demasiado en los perseguidores… y creo que la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación».[1] Sí, quedarse rumiando la desolación. Y esto es lo que le pasó a los discípulos.

Como nos decía el Card. Ezzati, «la vida presbiteral y consagrada en Chile ha atravesado y atraviesa horas difíciles de turbulencias y desafíos no indiferentes. Junto a la fidelidad de la inmensa mayoría, ha crecido también la cizaña del mal y su secuela de escándalo y deserción».

Momento de turbulencias. Conozco el dolor que han significado los casos de abusos ocurridos a menores de edad y sigo con atención cuánto hacen para superar ese grave y doloroso mal. Dolor por el daño y sufrimiento de las víctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza que habían puesto en los ministros de la Iglesia. Dolor por el sufrimiento de las comunidades eclesiales, y dolor también por ustedes, hermanos, que además del desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza. Sé que a veces han sufrido insultos en el metro o caminando por la calle; que ir «vestido de cura» en muchos lados se está «pagando caro». Por eso los invito a que pidamos a Dios nos dé la lucidez de llamar a la realidad por su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo y no rumiar la desolación.

Me gustaría añadir además otro aspecto importante. Nuestras sociedades están cambiando. El Chile de hoy es muy distinto al que conocí en tiempos de mi juventud, cuando me formaba. Están naciendo nuevas y diversas formas culturales que no se ajustan a los márgenes conocidos. Y tenemos que reconocer que, muchas veces, no sabemos cómo insertarnos en estas nuevas circunstancias. A menudo soñamos con las «cebollas de Egipto» y nos olvidamos que la tierra prometida está delante, no atrás. Que la promesa es de ayer, pero para mañana. Y entonces podemos caer en la tentación de recluirnos y aislarnos para defender nuestros planteos que terminan siendo no más que buenos monólogos. Podemos tener la tentación de pensar que todo está mal, y en lugar de profesar una «buena nueva», lo único que profesamos es apatía y desilusión. Así cerramos los ojos ante los desafíos pastorales creyendo que el Espíritu no tendría nada que decir. Así nos olvidamos que el Evangelio es un camino de conversión, pero no sólo de «los otros», sino también de nosotros.

Nos guste o no, estamos invitados a enfrentar la realidad así como se nos presenta. La realidad personal, comunitaria y social. Las redes —dicen los discípulos— están vacías, y podemos comprender los sentimientos que esto genera. Vuelven a casa sin grandes aventuras que contar, vuelven a casa con las manos vacías, vuelven a casa abatidos.

¿Qué quedó de esos discípulos fuertes, animados, airosos, que se sentían elegidos y que habían dejado todo para seguir a Jesús? (cf. Mc 1,16-20); ¿qué quedó de esos discípulos seguros de sí, que irían a prisión y hasta darían la vida por su Maestro (cf. Lc 22,33), que para defenderlo querían mandar fuego sobre la tierra (cf. Lc 9,54), por el que desenvainarían la espada y darían batalla? (cf. Lc 22,49-51); ¿qué quedó del Pedro que increpaba a su Maestro acerca de cómo tendría que llevar adelante su vida y su programa redentor? La desolación (cf. Mc 8,31-33).

2. Pedro misericordiado, la comunidad misericordiada
Es la hora de la verdad en la vida de la primera comunidad. Es la hora en la que Pedro se confrontó con parte de sí mismo. Con la parte de su verdad que muchas veces no quería ver. Hizo experiencia de su limitación, de su fragilidad, de su ser pecador. Pedro el temperamental, el jefe impulsivo y salvador, con una buena dosis de autosuficiencia y exceso de confianza en sí mismo y en sus posibilidades, tuvo que someterse a su debilidad y a pecado. Él era tan pecador como los otros, era tan necesitado como los otros, era tan frágil como los otros. Pedro falló a quien juró cuidar. Hora crucial en la vida de Pedro.

Como discípulos, como Iglesia, nos puede pasar lo mismo: hay momentos en los que nos confrontamos no con nuestras glorias, sino con nuestra debilidad. Horas cruciales en la vida de los discípulos, pero en esa hora es también donde nace el apóstol. Dejemos que el texto nos lleve de la mano.

«Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» (Jn 21,15).

Después de comer, Jesús invita a Pedro a dar un paseo y la única palabra es una pregunta, una pregunta de amor: ¿Me amas? Jesús no va al reproche ni a la condena. Lo único que quiere hacer es salvar a Pedro. Lo quiere salvar del peligro de quedarse encerrado en su pecado, de que quede «masticando» la desolación fruto de su limitación; salvarlo del peligro de claudicar, por sus limitaciones, de todo lo bueno que había vivido con Jesús. Jesús lo quiere salvar del encierro y del aislamiento. Lo quiere salvar de esa actitud destructiva que es victimizarse o, al contrario, caer en un «da todo lo mismo» y que al final termina aguando cualquier compromiso en el más perjudicial relativismo. Quiere liberarlo de tomar a quien se le opone como si fuese un enemigo, o no aceptar con serenidad las contradicciones o las críticas. Quiere liberarlo de la tristeza y especialmente del mal humor. Con esa pregunta, Jesús invita a Pedro a que escuche su corazón y aprenda a discernir. Ya que «no era de Dios defender la verdad a costa de la caridad, ni la caridad a costa de la verdad, ni el equilibrio a costa de ambas, tiene que discernir, Jesús quiere evitar que Pedro se vuelva un veraz destructor o un caritativo mentiroso o un perplejo paralizado»,[2] como nos puede pasar en estas situaciones.

Jesús interrogó a Pedro sobre su amor e insistió en él hasta que este pudo darle una respuesta realista: «Sí, Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Así Jesús lo confirma en la misión. Así lo vuelve definitivamente su apóstol.

¿Qué es lo que fortalece a Pedro como apóstol? ¿Qué nos mantiene a nosotros apóstoles? Una sola cosa: «Fuimos tratados con misericordia». «Fuimos tratados con misericordia» (1 Tm 1,12-16). «En medio de nuestros pecados, límites, miserias; en medio de nuestras múltiples caídas, Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. Cada uno de nosotros podría hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó y lo trató con misericordia».[3] Los invito a que lo hagan. No estamos aquí porque seamos mejores que otros. No somos superhéroes que, desde la altura, bajan a encontrarse con los «mortales». Más bien somos enviados con la conciencia de ser hombres y mujeres perdonados. Y esa es la fuente de nuestra alegría. Somos consagrados, pastores al estilo de Jesús herido, muerto y resucitado. El consagrado – y cuando digo consagrados digo todos los que están aquí - es quien encuentra en sus heridas los signos de la Resurrección. Es quien puede ver en las heridas del mundo la fuerza de la Resurrección. Es quien, al estilo de Jesús, no va a encontrar a sus hermanos con el reproche y la condena.

Jesucristo no se presenta a los suyos sin llagas; precisamente desde sus llagas es donde Tomás puede confesar la fe. Estamos invitados a no disimular o esconder nuestras llagas. Una Iglesia con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene nombre: Jesucristo.

La conciencia de tener llagas nos libera; sí, nos libera de volvernos autorreferenciales, de creernos superiores. Nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado».[4]

En Jesús, nuestras llagas son resucitadas. Nos hacen solidarios; nos ayudan a derribar los muros que nos encierran en una actitud elitista para estimularnos a tender puentes e ir a encontrarnos con tantos sedientos del mismo amor misericordioso que sólo Cristo nos puede brindar. «¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es sudor de nuestra frente».[5] Veo con cierta preocupación que existen comunidades que viven arrastradas más por la desesperación de estar en cartelera, por ocupar espacios, por aparecer y mostrarse, que por remangarse y salir a tocar la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel.

Qué cuestionadora reflexión la de ese santo chileno que advertía: «Serán, pues, métodos falsos todos lo que sean impuestos por uniformidad; todos los que pretendan dirigirnos a Dios haciéndonos olvidar de nuestros hermanos; todos los que nos hagan cerrar los ojos sobre el universo, en lugar de enseñarnos a abrirlos para elevar todo al Creador de todo ser; todos los que nos hagan egoístas y nos replieguen sobre nosotros mismos».[6]

El Pueblo de Dios no espera ni necesita de nosotros superhéroes, espera pastores, hombres y mujeres consagrados, que sepan de compasión, que sepan tender una mano, que sepan detenerse ante el caído y, al igual que Jesús, ayuden a salir de ese círculo de «masticar» la desolación que envenena el alma.

3. Pedro transfigurado, la comunidad transfigurada
Jesús invita a Pedro a discernir y así comienzan a cobrar fuerza muchos acontecimientos de la vida de Pedro, como el gesto profético del lavatorio de los pies. Pedro, el que se resistía a dejarse lavar los pies, comenzaba a comprender que la verdadera grandeza pasa por hacerse pequeño y servidor.[7]

¡Que pedagogía la de nuestro Señor! Del gesto profético de Jesús a la Iglesia profética que, lavada de su pecado, no tiene miedo de salir a servir a una humanidad herida.

Pedro experimentó en su carne la herida no sólo del pecado, sino de sus propios límites y flaquezas. Pero descubrió en Jesús que sus heridas pueden ser camino de Resurrección. Conocer al Pedro abatido para conocer a al Pedro transfigurado es la invitación a pasar de ser una Iglesia de abatidos desolados a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de ponerse al servicio de su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, en el enfermo… (cf. Mt 25,35). Un servicio que no se identifica con asistencialismo o paternalismo, sino con conversión de corazón. El problema no está en darle de comer al pobre, o vestir al desnudo, o acompañar al enfermo, sino en considerar que el pobre, el desnudo, el enfermo, el preso, el desalojado tienen la dignidad para sentarse en nuestras mesas, de sentirse «en casa» entre nosotros, de sentirse familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros. Es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.

Renovar la profecía es renovar nuestro compromiso de no esperar un mundo ideal, una comunidad ideal, un discípulo ideal para vivir o para evangelizar, sino crear las condiciones para que cada persona abatida pueda encontrarse con Jesús. No se aman las situaciones ni las comunidades ideales, se aman las personas.

El reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites, lejos de alejarnos de nuestro Señor nos permite volver a Jesús sabiendo que «Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece… Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual»[8]. Qué bien nos hace a todos dejar que Jesús nos renueve el corazón.

Cuando comenzaba este encuentro, les decía que veníamos a renovar nuestro sí, con ganas, con pasión. Queremos renovar nuestro sí, pero realista, porque está apoyado en la mirada de Jesús. Los invito a que cuando vuelvan a casa armen en su corazón una especie de testamento espiritual, al estilo del Cardenal Raúl Silva Henríquez. Esa hermosa oración que comienza diciendo:

«La Iglesia que yo amo es la Santa Iglesia de todos los días… la tuya, la mía, la Santa Iglesia de todos los días…

J esucristo, el Evangelio, el pan, la eucaristía, el Cuerpo de Cristo humilde cada día. Con rostros de pobres y rostros de hombres y mujeres que cantaban, que luchaban, que sufrían. La Santa Iglesia de todos los días».

Te pregunto: ¿Cómo es la Iglesia que tú amas? ¿Amas a esta Iglesia herida que encuentra vida en las llagas de Jesús?

Gracias por este encuentro, gracias por la oportunidad de renovar el «sí» con ustedes. Que la Virgen del Carmen los cubra con su manto.

Y por favor, no se olviden de rezar por mí.

________________________
[1] Jorge Mario Bergoglio, Las cartas de la tribulación, 9, ed. Diego de Torres, Buenos Aires (1987).
[2] Cf. ibíd.
[3] Videomensaje al CELAM en ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia en el Continente americano (27 agosto 2016).
[4] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 94.
[5] Ibíd., 96.
[6] San Alberto Hurtado, Discurso a jóvenes de la Acción Católica (1943).
[7] «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).
[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11.

[00055-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Cari fratelli e sorelle, buonasera.

Sono contento di condividere questo incontro con voi. Mi è piaciuto il modo con cui il Cardinal Ezzati vi ha presentato: “Ecco, ecco le consacrate, i consacrati, i presbiteri, i diaconi permanenti, i seminaristi...”. Eccoli. Mi è venuto in mente il giorno della nostra ordinazione o consacrazione quando, dopo la presentazione, abbiamo detto: «Eccomi, Signore, per fare la tua volontà». In questo incontro desideriamo dire al Signore: «Eccoci», per rinnovare il nostro “sì”. Vogliamo rinnovare insieme la risposta alla chiamata che un giorno scosse il nostro cuore.

E per fare questo, credo che ci possa aiutare partire dal brano del Vangelo che abbiamo ascoltato e condividere tre momenti di Pietro e della prima comunità: Pietro e la comunità abbattuta, Pietro e la comunità perdonata e Pietro e la comunità trasfigurata. Gioco con questo binomio Pietro-comunità poiché l’esperienza degli apostoli ha sempre questo duplice aspetto, quello personale e quello comunitario. Vanno insieme e non li possiamo separare. Siamo, sì, chiamati individualmente, ma sempre ad esser parte di un gruppo più grande. Non esiste il “selfie vocazionale”, non esiste. La vocazione esige che la foto te la scatti un altro: che possiamo farci? Le cose stanno così.

1. Pietro abbattuto e la comunità abbattuta
Mi è sempre piaciuto lo stile dei Vangeli di non decorare né addolcire gli avvenimenti, e nemmeno di dipingerli belli. Ci presentano la vita com’è e non come dovrebbe essere. Il Vangelo non ha paura di mostrarci i momenti difficili, e perfino conflittuali, che i discepoli hanno attraversato.

Ricomponiamo la scena. Avevano ucciso Gesù; alcune donne dicevano che era vivo (cfr Lc 24,22-24). Anche se avevano visto Gesù risorto, l’evento era talmente forte che i discepoli avevano bisogno di tempo per comprendere l’accaduto. Luca dice: “Era così grande la gioia che non potevano crederci”. Avevano bisogno di tempo per comprendere quello che era successo. Comprensione che arriverà a Pentecoste, con l’invio dello Spirito Santo. L’irruzione del Risorto prenderà tempo per calare nel cuore dei suoi.

I discepoli ritornano alla loro terra. Vanno a fare quello che sapevano fare: pescare. Non c’erano tutti, solo alcuni. Divisi? Frammentati? Non lo sappiamo. Quello che ci dice la Scrittura è che quelli che c’erano non hanno pescato niente. Hanno le reti vuote.

Ma c’era un altro vuoto che pesava inconsciamente su di loro: lo smarrimento e il turbamento per la morte del loro Maestro. Non c’è più, è stato crocifisso. Non solo Lui era stato crocifisso, ma anche loro, perché la morte di Gesù aveva messo in evidenza un vortice di conflitti nel cuore dei suoi amici. Pietro lo aveva rinnegato, Giuda lo aveva tradito, gli altri erano fuggiti o si erano nascosti. Solo un pugno di donne e il discepolo amato erano rimasti. Il resto, se n’era andato. Questione di giorni, e tutto era crollato. Sono le ore dello smarrimento e del turbamento nella vita del discepolo. Nei momenti «in cui il polverone delle persecuzioni, delle tribolazioni, dei dubbi e così via, si alza per avvenimenti culturali e storici, non è facile trovare la strada da seguire. Esistono varie tentazioni che caratterizzano questo momento: discutere di idee, non dare la dovuta attenzione al fatto, fissarsi troppo sui persecutori… e credo che la peggiore di tutte le tentazioni è fermarsi a ruminare la desolazione».[1] Si, stare a ruminare la desolazione. Questo è quello che è successo ai discepoli.

Come ci diceva il Card. Ezzati: «La vita presbiterale e consacrata in Cile ha attraversato e attraversa ore difficili di turbolenza e sfide non indifferenti. Insieme alla fedeltà della stragrande maggioranza, è cresciuta anche la zizzania del male col suo seguito di scandalo e diserzione».

Momento di turbolenza. Conosco il dolore che hanno significato i casi di abusi contro minori e seguo con attenzione quanto fate per superare questo grave e doloroso male. Dolore per il danno e la sofferenza delle vittime e delle loro famiglie, che hanno visto tradita la fiducia che avevano posto nei ministri della Chiesa. Dolore per la sofferenza delle comunità ecclesiali; e dolore anche per voi, fratelli, che oltre alla fatica della dedizione avete vissuto il danno provocato dal sospetto e dalla messa in discussione, che in alcuni o in molti può aver insinuato il dubbio, la paura e la sfiducia. So che a volte avete subito insulti sulla metropolitana o camminando per la strada; che andare “vestiti da prete” in molte zone si sta “pagando caro”. Per questo vi invito a chiedere a Dio che ci dia la lucidità di chiamare la realtà col suo nome, il coraggio di chiedere perdono e la capacità di imparare ad ascoltare quello che Lui ci sta dicendo, e non ruminare la desolazione.

Mi piacerebbe poi aggiungere un altro aspetto importante. Le nostre società stanno cambiando. Il Cile di oggi è molto diverso da quello che conobbi al tempo della mia giovinezza, quando mi formavo. Stanno nascendo nuove e varie forme culturali che non si adattano ai contorni conosciuti. E dobbiamo riconoscere che, tante volte, non sappiamo come inserirci in queste nuove situazioni. Spesso sogniamo le “cipolle d’Egitto” e ci dimentichiamo che la terra promessa sta davanti, e non dietro. Che la promessa è di ieri, ma per domani. E allora possiamo cadere nella tentazione di chiuderci e isolarci per difendere le nostre posizioni che finiscono per essere nient’altro che bei monologhi. Possiamo essere tentati di pensare che tutto va male, e invece di professare una “buona novella”, ciò che professiamo è solo apatia e disillusione. Così chiudiamo gli occhi davanti alle sfide pastorali credendo che lo Spirito no abbia nulla da dire. Così ci dimentichiamo che il Vangelo è un cammino di conversione, ma non solo “degli altri”, ma anche nostra.

Ci piaccia o no, siamo invitati ad affrontare la realtà così come ci si presenta. La realtà personale, comunitaria e sociale. Le reti – dicono i discepoli – sono vuote, e possiamo comprendere i sentimenti che questo genera. Tornano a casa senza grandi avventure da raccontare; tornano a casa a mani vuote; tornano a casa abbattuti.

Cosa è rimasto di quei discepoli forti, coraggiosi, vivaci, che si sentivano scelti e avevano lasciato tutto per seguire Gesù (cfr Mc 1,16-20)? Cosa è rimasto di quei discepoli sicuri di sé, che sarebbero andati in prigione e avrebbero dato persino la vita per il loro Maestro (cfr Lc 22,33), che per difenderlo volevano scagliare il fuoco sulla terra (cfr Lc 9,54); che per Lui avrebbero sguainato la spada e dato battaglia (cfr Lc 22,49-51)? Cosa è rimasto del Pietro che rimproverava il suo Maestro su come avrebbe dovuto condurre la propria vita (cfr Mc 8,31-33), il suo programma di redenzione? La desolazione.

2. Pietro perdonato – la comunità perdonata
È l’ora della verità nella vita della prima comunità. È l’ora in cui Pietro si confrontò con parte di sé stesso. Con la parte della sua verità che molte volte non voleva vedere. Fece l’esperienza del suo limite, della sua fragilità, del suo essere peccatore. Pietro l’istintivo, l’impulsivo capo e salvatore, con una buona dose di autosufficienza e un eccesso di fiducia in sé stesso e nelle sue possibilità, dovette sottomettersi alla propria debolezza e al proprio peccato. Lui era tanto peccatore quanto gli altri, era tanto bisognoso quanto gli altri, era tanto fragile quanto gli altri. Pietro deluse Colui al quale aveva giurato protezione. Un’ora cruciale nella vita di Pietro.

Come discepoli, come Chiesa, ci può accadere lo stesso: ci sono momenti in cui ci confrontiamo non con le nostre glorie, ma con la nostra debolezza. Ore cruciali nella vita dei discepoli, ma quella è anche l’ora in cui nasce l’apostolo. Lasciamoci guidare dal testo.

«Quand’ebbero mangiato, Gesù disse a Simon Pietro: “Simone, figlio di Giovanni, mi ami più di costoro?”» (Gv 21,15).

Dopo mangiato, Gesù invita Pietro a fare due passi e l’unica parola è una domanda, una domando di amore: Mi ami? Gesù non usa né il rimprovero né la condanna. L’unica cosa che vuole fare è salvare Pietro. Lo vuole salvare dal pericolo di restare rinchiuso nel suo peccato, di restare a “masticare” la desolazione frutto del suo limite; salvarlo dal pericolo di venir meno, a causa dei suoi limiti, a tutto il bene che aveva vissuto con Gesù. Gesù lo vuole salvare dalla chiusura e dall’isolamento. Lo vuole salvare da quell’atteggiamento distruttivo che è il vittimismo o, al contrario, dal cadere in un “tanto è tutto uguale” che finisce per annacquare qualsiasi impegno nel relativismo più dannoso. Vuole liberarlo dal considerare chiunque gli si oppone come se fosse un nemico, o dal non accettare con serenità le contraddizioni o le critiche. Vuole liberarlo dalla tristezza e specialmente dal malumore. Con quella domanda, Gesù invita Pietro ad ascoltare il proprio cuore e imparare a discernere. Perché «non era di Dio difendere la verità a costo della carità, né la carità a costo della verità, né l’equilibrio a costo di entrambe. Occorre discernere. Gesù vuole evitare che Pietro diventi un verace distruttore o un caritatevole menzognero o un perplesso paralizzato»,[2] come può capitarci in queste situazioni.

Gesù interrogò Pietro sull’amore e insistette con lui finché lui poté dargli una risposta realistica: «Signore, tu conosci tutto; tu sai che ti voglio bene» (Gv 21,17). Così Gesù lo conferma nella missione. Così lo fa diventare definitivamente suo apostolo.

Che cosa fortifica Pietro come apostolo? Che cosa mantiene noi come apostoli? Una cosa sola: ci è stata usata misericordia (cfr 1 Tm 1,12-16). Siamo stati trattati con misericordia. «In mezzo ai nostri peccati, limiti, miserie; in mezzo alle nostre molteplici cadute, Gesù ci ha visto, si è avvicinato, ci ha dato la mano e ci ha usato misericordia. Ognuno di noi potrebbe fare memoria, ricordando tutte le volte in cui il Signore lo ha visto, lo ha guardato, si è avvicinato e gli ha usato misericordia».[3] E vi invito a fare questo. Non siamo qui perché siamo migliori degli altri. Non siamo supereroi che, dall’alto, scendono a incontrarsi con i “mortali”. Piuttosto siamo inviati con la consapevolezza di essere uomini e donne perdonati. E questa è la fonte della nostra gioia. Siamo consacrati, pastori nello stile di Gesù ferito, morto e risorto. Il consacrato – e quando dico “consacrati”, dico tutti quelli che sono qui – è colui e colei che incontra nelle proprie ferite i segni della Risurrezione; che riesce a vedere nelle ferite del mondo la forza della Risurrezione; che, come Gesù, non va incontro ai fratelli con il rimprovero e la condanna.

Gesù Cristo non si presenta ai suoi senza piaghe; proprio partendo dalle sue piaghe Tommaso può confessare la fede. Siamo invitati a non dissimulare o nascondere le nostre piaghe. Una Chiesa con le piaghe è capace di comprendere le piaghe del mondo di oggi e di farle sue, patirle, accompagnarle e cercare di sanarle. Una Chiesa con le piaghe non si pone al centro, non si crede perfetta, ma pone al centro l’unico che può sanare le ferite e che ha un nome: Gesù Cristo.

La consapevolezza di avere delle piaghe ci libera; sì, ci libera dal diventare autoreferenziali, di crederci superiori. Ci libera da quella tendenza «prometeica di coloro che in definitiva fanno affidamento unicamente sulle proprie forze e si sentono superiori agli altri perché osservano determinate norme o perché sono irremovibilmente fedeli ad un certo stile cattolico proprio del passato».[4]

In Gesù, le nostre piaghe sono risorte. Ci rendono solidali; ci aiutano a distruggere i muri che ci imprigionano in un atteggiamento elitario per stimolarci a gettare ponti e andare incontro a tanti assetati del medesimo amore misericordioso che solo Cristo ci può offrire. «Quante volte sogniamo piani apostolici espansionistici, meticolosi e ben disegnati, tipici dei generali sconfitti! Così neghiamo la nostra storia di Chiesa, che è gloriosa in quanto storia di sacrifici, di speranza, di lotta quotidiana, di vita consumata nel servizio, di costanza nel lavoro faticoso, perché ogni lavoro è “sudore della nostra fronte”»[5]. Vedo con una certa preoccupazione che ci sono comunità che vivono prese dall’ansia più di figurare sul cartellone, di occupare spazi, di apparire e mostrarsi, che non di rimboccarsi le maniche e andare a toccare la realtà sofferta del nostro popolo fedele.

Come ci mette in discussione la riflessione di quel santo cileno che avvertiva: «Saranno, dunque, metodi falsi tutti quelli che vengono imposti per uniformità; tutti quelli che pretendono di orientarci a Dio facendoci dimenticare i nostri fratelli; tutti quelli che ci fanno chiudere gli occhi sull’universo, invece di insegnarci ad aprirli per elevare tutto al Creatore di ogni cosa; tutti quelli che ci rendono egoisti e ci fanno ripiegare su noi stessi»[6].

Il Popolo di Dio non aspetta né ha bisogno di noi come supereroi, aspetta pastori, uomini e donne consacrati, che conoscano la compassione, che sappiano tendere una mano, che sappiano fermarsi davanti a chi è caduto e, come Gesù, aiutino ad uscire da quel giro vizioso di “masticare” la desolazione che avvelena l’anima.

3. Pietro trasfigurato – la comunità trasfigurata
Gesù invita Pietro a discernere e così iniziano a prendere forza molti avvenimenti della vita di Pietro, come il gesto profetico della lavanda dei piedi. Pietro, quello che aveva opposto resistenza a lasciarsi lavare i piedi, incominciava a capire che la vera grandezza passa per il farsi piccoli e servitori.[7]

Che pedagogia quella di nostro Signore! Dal gesto profetico di Gesù alla Chiesa profetica che, lavata dal proprio peccato, non ha paura di andare a servire un’umanità ferita.

Pietro ha sperimentato nella propria carne la ferita non solo del peccato, ma anche dei propri limiti e debolezze. Ma ha scoperto in Gesù che le sue ferite possono essere via di Risurrezione. Conoscere Pietro abbattuto per conoscere Pietro trasfigurato è l’invito a passare dall’essere una Chiesa di abbattuti desolati a una Chiesa servitrice di tanti abbattuti che vivono accanto a noi. Una Chiesa capace di porsi al servizio del suo Signore nell’affamato, nel carcerato, nell’assetato, nel senzatetto, nel denudato, nel malato… (cfr Mt 25,35). Un servizio che non si identifica con l’assistenzialismo o il paternalismo, ma con la conversione del cuore. Il problema non sta nel dar da mangiare al povero, vestire il denudato, assistere l’infermo, ma nel considerare che il povero, il denudato, il malato, il carcerato, il senzatetto hanno la dignità di sedersi alle nostre tavole, di sentirsi “a casa” tra noi, di sentirsi in famiglia. Quello è il segno che il Regno di Dio è in mezzo a noi. È il segno di una Chiesa che è stata ferita a causa del proprio peccato, colmata di misericordia dal suo Signore, e convertita in profetica per vocazione.

Rinnovare la profezia è rinnovare il nostro impegno di non aspettare un mondo ideale, una comunità ideale, un discepolo ideale per vivere o per evangelizzare, ma di creare le condizioni perché ogni persona abbattuta possa incontrarsi con Gesù. Non si amano le situazioni, né le comunità ideali, si amano le persone.

Il riconoscimento sincero, sofferto e orante dei nostri limiti, lungi dal separarci dal nostro Signore, ci permette di ritornare a Gesù sapendo che «Egli sempre può, con la sua novità, rinnovare la nostra vita e la nostra comunità, e anche se attraversa epoche oscure e debolezze ecclesiali, la proposta cristiana non invecchia mai. […] Ogni volta che cerchiamo di tornare alla fonte e recuperare la freschezza originale del Vangelo spuntano nuove strade, metodi creativi, altre forme di espressione, segni più eloquenti, parole cariche di rinnovato significato per il mondo attuale».[8] Come fa bene a tutti noi lasciare che Gesù ci rinnovi il cuore!

All’inizio di questo incontro vi dicevo che venivamo a rinnovare il nostro “sì”, con slancio, con passione. Vogliamo rinnovare il nostro “sì”, ma realistico, perché basato sullo sguardo di Gesù. Vi invito quando tornate a casa a preparare nel vostro cuore una specie di testamento spirituale, sul modello del Cardinal Raúl Silva Henríquez. Quella bella preghiera che inizia dicendo:

«La Chiesa che io amo è la Santa Chiesa di tutti i giorni… la tua, la mia, la Santa Chiesa di tutti i giorni…

…Gesù, il Vangelo, il pane, l’Eucaristia, il Corpo di Cristo umile ogni giorno. Con i volti dei poveri e i volti di uomini e donne che cantavano, che lottavano, che soffrivano. La Santa Chiesa di tutti i giorni».

Ti chiedo: Com’è la Chiesa che tu ami? Ami questa Chiesa ferita che trova vita nelle piaghe di Gesù?

Grazie per questo incontro. Grazie per l’opportunità di rinnovare il “sì” con voi. La Vergine del Carmelo vi copra col suo manto.

E per favore, non dimenticatevi di pregare per me. Grazie.

_________________________

[1] Jorge M. Bergoglio, Las cartas de la tribulación, 9, Ed. Diego de Torres, Buenos Aires 1987.
[2]
Cfr ibid.
[3]
Videomessaggio al CELAM in occasione del Giubileo straordinario della Misericordia nel Continente americano, 27 agosto 2016.
[4]
Esort. ap. Evangelii gaudium, 94.
[5]
Ibid., 96.
[6]
San Alberto Hurtado, Discurso a jóvenes de la Acción Católica, 1943.
[7]
«Se uno vuole essere il primo, sia l’ultimo di tutti e il servitore di tutti» (Mc 9,35).
[8]
Esort. ap. Evangelii gaudium, 11.

[00055-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua francese

Chers frères et sœurs, bon soir,

Je me réjouis de pouvoir partager cette rencontre avec vous. J’ai apprécié la façon dont le Cardinal Ezzati progressait en vous présentant : ici il y a, ici il y a… les consacrées, les consacrés, les prêtres, les diacres permanents, les séminaristes, ils sont ici… Me vient à la mémoire le jour de notre ordination ou de notre consécration quand, après la présentation, nous disions : « Me voici Seigneur pour faire ta volonté ». Au cours de cette rencontre, nous voulons dire au Seigneur : « nous voici » pour renouveler notre oui. Nous voulons renouveler ensemble la réponse à l’appel qui un jour a secoué notre cœur.

Et pour ce faire, je crois que cela peut nous aider de partir du passage de l’Évangile que nous avons écouté et de partager trois moments connus par Pierre et par la première communauté : Pierre/la communauté abattue, Pierre/la communauté bénéficiaire de miséricorde et Pierre / la communauté transfigurée. Je fais jouer ce binôme Pierre-communauté parce que l’expérience des apôtres relève toujours de ce double aspect, l’un personnel et l’autre communautaire. Ils vont de pair et nous ne pouvons pas les séparer. Nous sommes certes appelés personnellement, mais toujours à faire partie d’un groupe plus grand. Le selfie vocationnel n’existe pas, il n’existe pas. La vocation exige que la photo te soit prise par un autre ; on n’y peut rien ! Les choses sont ainsi.

1. Pierre abattu, la communauté abattue.
J’apprécie toujours le style des Évangiles qui ne décore pas ni n’embellit pas les évènements, et ne les dépeint pas plus beaux. Il nous présente la vie comme elle vient et non comme il faudrait qu’elle soit. L’Évangile ne craint pas de nous présenter les moments difficiles, et même conflictuels que les disciples ont traversés.

Recomposons la scène. Ils avaient tué Jésus ; certaines femmes disaient qu’il était vivant (Lc 24, 22-24). Même si elles ont vu Jésus Ressuscité, l’évènement est si fort que les disciples auront besoin de temps pour comprendre ce qui s’est passé. Luc dit : “leur joie était telle qu’ils ne pouvaient pas croire”. Il leur faudra du temps pour comprendre ce qu’il leur est arrivé. Compréhension qui leur viendra à la Pentecôte, avec l’envoi de l’Esprit Saint. L’apparition du Ressuscité prendra du temps pour trouver une place dans le cœur des siens.

Les disciples retournent à leurs lieux d’origine. Ils vont faire ce qu’ils savent faire : pêcher. Non pas tous, seuls quelques-uns. Divisés ? Dispersés ? Nous ne le savons pas. Ce que nous disent les Écritures, c’est qu’ils n’ont rien pêché. Les filets sont vides.

Cependant il y avait un autre vide qui pesait inconsciemment sur eux : le désarroi et le trouble à cause de la mort de leur Maître. Il n’est plus, il a été crucifié. Cependant ce n’était pas seulement lui qui a été crucifié, mais eux aussi, parce que la mort de Jésus a mis en évidence un tourbillon de conflits dans le cœur de ses amis. Pierre l’a renié, Judas l’a trahi, les autres ont fui et se sont cachés. Seule une poignée de femmes et le disciple bien-aimé sont restés. Les autres s’en sont allés. En l’espace de quelques jours, tout s’est effondré. Ce sont les heures de désarroi et de trouble dans la vie du disciple. Dans les moments « où la poussière des persécutions, des épreuves, des doutes, etc. est soulevée par les évènements culturels et historiques, il n’est pas facile trouver le chemin à suivre. Il existe diverses tentations propres à ces moment-là : agiter des idées, ne pas prêter l’attention adéquate au problème, faire trop de cas des persécuteurs… Et il me semble que la pire de toutes les tentations, c’est de rester là à ruminer le chagrin » (Jorge M. BERGOGLIO, Las cartas de la tribulación, 9, Ed. Diego de Torres, Buenos Aires 1987.). Oui, rester là à ruminer le chagrin. Et c’est ce qui est arrivé aux disciples.

Comme nous le disait le Cardinal Ezzati, « la vie sacerdotale et la vie consacrée au Chili ont traversé et traversent des heures difficiles de turbulences et des difficultés non négligeables. Parallèlement à la fidélité de l’immense majorité, l’ivraie du mal s’est développée avec son cortège de scandale et d’abandon ».

Moment de turbulences. Je connais la douleur qu’ont signifiée les cas d’abus commis sur des mineurs et je suis de près ce que l’on fait pour surmonter ce grave et douloureux mal. Douleur pour le mal et la souffrance des victimes et de leurs familles, qui ont vu trahie la confiance qu’elles avaient placée dans les ministres de l’Église. Douleur pour la souffrance des communautés ecclésiales, et douleur pour vous, frères, qui, en plus de l’épuisement dû à votre dévouement, avez vécu la souffrance qu’engendrent la suspicion et la remise en cause, ayant pu provoquer chez quelques-uns ou plusieurs le doute, la peur et le manque de confiance. Je sais que parfois vous avez essuyé des insultes dans le métro ou en marchant dans la rue, qu’être « habillé en prêtre » dans beaucoup d’endroits se « paie cher ». C’est pourquoi je vous invite à ce que nous demandions à Dieu de nous donner la lucidité d’appeler la réalité par son nom, le courage de demander pardon et la capacité d’apprendre à écouter ce que le Seigneur est en train de nous dire et à ne pas ruminer le chagrin.

J’aimerais ajouter en outre un autre aspect important. Nos sociétés sont en train de changer. Le Chili d’aujourd’hui est bien différent de celui que j’ai connu dans ma jeunesse, quand je me formais. Sont en train de naître de nouvelles et différentes formes culturelles qui ne cadrent pas avec les repères connus. Et il faut reconnaître que, souvent, nous ne savons pas comment nous insérer dans ces nouvelles circonstances. Souvent, nous rêvons des « oignons d’Égypte » et nous oublions que la terre promise est devant, pas derrière. Que la promesse date d’hier mais est faite pour l’avenir. Et nous pouvons donc céder à la tentation de nous enfermer et de nous isoler pour défendre nos approches qui finissent par devenir rien de plus que de bons monologues. Nous pouvons être tentés de penser que tout va mal, et au lieu d’annoncer une « bonne nouvelle », la seule chose que nous annonçons, c’est l’apathie et la désillusion. Ainsi nous fermons les yeux face aux défis pastoraux en croyant que l’Esprit n’aurait rien à dire. Ainsi nous oublions que l’Évangile est un chemin de conversion, non seulement pour « les autres », mais pour nous aussi.

Que cela nous plaise ou pas, nous sommes invités à affronter la réalité telle qu’elle se présente à nous. La réalité personnelle, communautaire et sociale. Les filets –affirment les disciples- sont vides, et nous pouvons comprendre les sentiments que cela génère. Ils reviennent à la maison sans grandes aventures à raconter ; ils reviennent à la maison les mains vides ; ils reviennent à la maison, abattus.

Que reste-t-il de ces disciples forts, enthousiastes, qui se donnaient des airs, qui se sentaient choisis et qui avaient tout quitté pour suivre Jésus ? (cf. Mc 1, 16-20) ; que reste-t-il de ces disciples sûrs d’eux-mêmes prêts à aller en prison et qui iraient jusqu’à donner leur vie pour leur Maître (cf. Lc  22, 33), et qui pour le défendre voulaient faire descendre du feu sur la terre (cf. Lc 9, 54) ; pour lequel ils dégaineraient l’épée et combattraient ? (cf. Lc 22, 49-51), que reste-t-il du Pierre qui apostrophait son Maître sur la manière dont celui-ci devrait gérer sa vie et sur son programme de rédemption ? Le chagrin (cf. Mc 8, 31-33).

2. Pierre bénéficiaire de miséricorde, la communauté bénéficiaire de miséricorde
C’est l’heure de vérité dans la vie de la première communauté. C’est l’heure où Pierre a été confronté à une partie de lui-même. À la partie de sa vérité que tant de fois il n’a pas voulu voir. Il a fait l’expérience de ses limites, de sa fragilité, de son être de pécheur. Pierre, l’homme de tempérament, le chef impulsif et sauveur, avec une bonne dose d’autosuffisance et un excès de confiance en lui-même ainsi qu’en ses capacités, a dû accepter sa faiblesse et son péché. Il était aussi pécheur que les autres, il était aussi démuni que les autres, il était aussi fragile que les autres. Pierre a déçu celui qu’il avait promis de protéger. Heure cruciale dans la vie de Pierre.

Comme disciples, comme Église, la même chose peut nous arriver : il existe des moments où nous ne nous retrouvons pas devant nos exploits, mais devant notre faiblesse. Heures cruciales dans la vie des disciples, pourtant c’est en ces heures que naît l’apôtre. Laissons-nous guider par le texte.

«Quand ils eurent mangé, Jésus dit à Simon-Pierre : “Simon, fils de Jean, m’aimes-tu vraiment plus que ceux-ci?» (Jn 21, 15).

Après le repas, Jésus invite Pierre à faire un tour et l’unique parole est une interrogation, une interrogation d’amour : M’aimes-tu ? Jésus ne s’oriente pas vers la réprimande ni vers la condamnation. La seule chose qu’il veut faire, c’est de sauver Pierre. Il veut le sauver du danger de rester enfermé dans son péché, de rester là à ‘‘ruminer’’ le chagrin, fruit de ses limites ; le sauver du risque de laisser s’effondrer, à cause de ses limites, tout ce qu’il avait vécu de bien avec Jésus. Jésus veut le sauver de l’enfermement et de l’isolement. Il veut le sauver de cette attitude destructrice qui consiste à se faire passer pour une victime, ou au contraire, à tomber dans un « toujours le même » et qui, au bout du compte, finit par édulcorer n’importe quel engagement avec le relativisme le plus nocif. Il veut le libérer du fait de considérer celui qui s’oppose à lui comme un ennemi, ou de ne pas accepter avec sérénité les contradictions ou les critiques. Il veut le libérer de la tristesse et spécialement de la mauvaise humeur. Avec cette question, Jésus invite Pierre à écouter son cœur et à apprendre à discerner. Car « ce n’est pas le propre de Dieu de défendre la vérité au détriment de la charité, ni la charité aux dépens de la vérité, ou l’équilibre au détriment des deux, il faut discerner. Jésus veut éviter que Pierre ne devienne un vrai destructeur, ou un menteur charitable ou une personne perplexe paralysée » (cf. Ibid.), comme cela peut nous arriver dans ces situations.

Jésus a interrogé Pierre sur son amour et il a insisté auprès de lui jusqu’à ce qu’il puisse lui donner une réponse réaliste : « Seigneur, toi, tu sais tout : tu sais bien que je t’aime » (Jn 21, 17). C’est ainsi que Jésus l’a confirmé dans sa mission. C’est ainsi qu’il devient définitivement son apôtre.

Qu’est-ce qui consolide Pierre comme apôtre ? Qu’est-ce qui nous maintient apôtres ? Une seule chose : « nous avons été traités avec miséricorde », « nous avons été traités avec miséricorde » (1 Tm 1, 12-16). «Au cœur de nos péchés, de nos limites, de nos misères ; au milieu de nos nombreuses chutes, Jésus Christ nous a vus, il s’est approché, il nous a donné sa main et nous a traités avec miséricorde. Chacun d’entre nous pourrait en faire mémoire, en repensant à toutes les fois où le Seigneur l’a vu, l’a regardé, s’est approché et l’a traité avec miséricorde » (Message Vidéo au CELAM à l’occasion du Jubilé extraordinaire de la Miséricorde sur le Continent américain, 27 août 2016). Je vous invite à le faire. Nous ne sommes pas ici parce que nous serions meilleurs que les autres. Nous ne sommes pas des superhéros qui, de leur hauteur, descendent pour rencontrer des « mortels ». Mais plutôt, nous sommes envoyés avec la conscience d’être des hommes et des femmes pardonnés. Et c’est la source de notre joie. Nous sommes consacrés, pasteurs à la manière de Jésus blessé, mort et ressuscité. Le consacré – et quand je dis consacrés je veux dire tous ceux qui sont ici -  est celui qui trouve dans ses blessures les signes de la Résurrection. Il est celui qui peut voir dans les blessures du monde la force de la Résurrection. Il est celui qui, à la manière de Jésus, ne va pas à la rencontre de ses frères avec le reproche et la condamnation.

Jésus Christ ne se présente pas aux siens sans ses blessures ; précisément c’est grâce à ses blessures que Thomas peut confesser sa foi. Une Église avec des blessures est capable de comprendre les blessures du monde d’aujourd’hui, et de les faire siennes, de les porter en elle-même, d’y prêter attention et de chercher à les guérir. Une Église avec des blessures ne se met pas au centre, ne se croit pas parfaite, mais elle place au centre le seul qui peut guérir les blessures et qui a pour nom : Jésus Christ.

La conscience d’être nous-mêmes blessés nous libère ; oui, elle nous libère du risque de devenir autoréférentiels, de nous croire supérieurs. Elle nous libère de cette tendance « prométhéenne de ceux qui, en définitive, font confiance uniquement à leurs propres forces et se sentent supérieurs aux autres parce qu’ils observent des normes déterminées ou parce qu’ils sont inébranlablement fidèles à un style catholique justement propre au passé » (Exhort. ap. Evangelii Gaudium, n.94).

En Jésus, nos blessures sont ressuscitées. Elles nous rendent solidaires ; elles nous aident à détruire les murs qui nous enferment dans une attitude élitiste pour nous encourager à construire des ponts et aller à la rencontre de tant de personnes assoiffées du même amour miséricordieux que seul Christ peut nous offrir.  Que de fois « rêvons-nous de plans apostoliques, expansionnistes, méticuleux et bien dessinés, typiques des généraux défaits ! Ainsi nous renions notre histoire d’Église, qui est glorieuse en tant qu’elle est histoire de sacrifices, d’espérance, de lutte quotidienne, de vie dépensée dans le service, de constance dans le travail pénible, parce que tout travail est accompli à la sueur de notre front » (Ibid., n.96). Je vois avec une certaine préoccupation qu’il existe des communautés qui vivent, mues plus par le découragement de ne plus être à l’affiche, par le souci d’occuper les espaces, de paraître et de se montrer, que par celui de se retrousser les manches et de sortir afin de toucher la réalité difficile de notre peuple fidèle.

Qu’elle est lourde d’interrogation, la réflexion de ce saint chilien qui faisait remarquer : « Elles seront, en effet, fausses méthodes toutes celles qui seraient imposées en raison de l’uniformité ; toutes celles qui prétendent nous conduire à Dieu en nous faisant perdre de vue nos frères ; toutes celles qui nous font fermer les yeux sur l’univers, au lieu de nous apprendre à les ouvrir pour tout élever vers le Créateur de tout être ; toutes celles qui rendent égoïstes et nous conduisent à nous replier sur nous-mêmes » (SAN ALBERTO HURTADO, Discurso a jóvenes de la Acción Católica,1943).

Le peuple de Dieu n’attend pas de nous ni nous demande que nous soyons des superhéros, il veut des pasteurs, des hommes et des femmes consacrés, qui aient de la compassion, qui sachent tendre la main, qui sachent s’arrêter devant la personne à terre et, comme Jésus, qui aident à sortir de cette obsession de « ruminer » le chagrin qui empoisonne l’âme.

3. Pierre transfiguré, la communauté transfigurée

Jésus invite Pierre à discerner et, ainsi, commencent à prendre force de nombreux évènements de la vie de Pierre, comme le geste prophétique du lavement des pieds. Pierre, lui qui a résisté avant de se laisser laver les pieds, commence à comprendre que la véritable grandeur passe par le fait de se faire petit et serviteur (« Si quelqu’un veut être le premier, qu’il soit le dernier de tous et le serviteur de tous » [Mc. 9,35]).

Quelle pédagogie de la part de notre Seigneur ! Du geste prophétique de Jésus à l’Église prophétique qui, lavée de son péché, n’a pas peur de sortir pour servir une humanité blessée.

Pierre a connu dans sa chair la blessure non seulement du péché, mais aussi de ses propres limites et faiblesses. Pourtant il a découvert en Jésus que ses blessures peuvent être un chemin de Résurrection. Connaître Pierre abattu pour connaître Pierre transfiguré est l’invitation à passer d’une Église de personnes abattues en proie au chagrin à une Église servante des nombreuses personnes abattues qui se trouvent à nos côtés. Une Église capable de se mettre au service de son Seigneur en celui qui a faim, en celui qui est prisonnier, en celui qui a soif, en celui qui est expulsé, en celui qui est nu, en celui qui est malade… (Mt 25, 35). Un service qui ne s’identifie pas à de l’assistanat ou à du paternalisme, mais à une conversion du cœur. Le problème n’est pas seulement de donner à manger au pauvre, ou de vêtir celui qui est nu, ou d’être aux côtés de celui qui est malade, mais de considérer que le pauvre, la personne nue, le malade, le prisonnier, la personne expulsée sont dignes de s’asseoir à nos tables, de se sentir « à la maison » parmi nous, de se sentir en famille. C’est le signe que le Royaume des Cieux est parmi nous. C’est le signe d’une Église qui a été blessée par son péché, a obtenu miséricorde da la part de son Seigneur, et qui est devenue prophétique par vocation.

Redevenir prophétique, c’est renouveler notre engagement à ne pas vouloir un monde idéal, une communauté idéale, un disciple idéal pour vivre ou pour évangéliser, mais c’est créer les conditions afin que chaque personne abattue puisse rencontrer Jésus. On n’aime pas les situations ni les communautés idéales, on aime les personnes.

La reconnaissance sincère, douloureuse et priante de nos limites, loin de nous éloigner de notre Seigneur, nous permet de revenir vers Jésus en sachant qu’il « peut toujours, avec sa nouveauté, renouveler notre vie et notre communauté, et même si la proposition chrétienne traverse des époques d’obscurité et de faiblesses ecclésiales, elle ne vieillit jamais… Chaque fois que nous cherchons à revenir à la source pour récupérer la fraîcheur originale de l’Évangile, surgissent des voies nouvelles, des méthodes créatives, d’autres formes d’expression, des signes plus éloquents, des paroles chargées de sens renouvelé pour le monde d’aujourd’hui » (Exhort. ap. Evangelii Gaudium, n.11). Que cela nous fait du bien à nous tous de laisser Jésus renouveler nos cœurs !

Quand je commençais cette rencontre, je vous disais que nous venions pour renouveler notre oui, avec enthousiasme, avec passion. Nous voulons renouveler notre oui, mais un oui réaliste, parce qu’il est soutenu par le regard de Jésus. Je vous invite à faire dans votre cœur, quand vous serez rentrés chez vous, une espèce de testament spirituel, à la manière du Cardinal Raul Silva Henriquez. Cette belle prière qui commence en disant:

«L’Église que j’aime est la Sainte Église de chaque jour… la tienne, la mienne, la Sainte Église de chaque jour…

Jésus Christ, l’Évangile, le pain, l’Eucharistie, le Corps du Christ humble chaque jour. Avec des visages de pauvres et des visages d’hommes et de femmes qui chantaient, qui luttaient, qui souffraient. La Sainte Église de chaque jour ».

Je te demande : Comment est l’Église que tu aimes ? Aimes-tu cette Église blessée qui trouve la vie dans les plaies de Jésus ?

Merci pour cette rencontre. Merci pour l’opportunité de renouveler avec vous le « Oui ». Que Notre-Dame du Carmel vous couvre de son manteau.

Et s’il vous plaît, n’oubliez pas de prier pour moi.

[00055-FR.02] [Texte original: Espagnol]

Traduzione in lingua inglese

Dear Brothers and Sisters, good afternoon!

I am happy to be meeting with you. I like the way that Cardinal Ezzati presented you: Here you are… consecrated women, consecrated men, priests, permanent deacons and seminarians. Here you are. It made me think of the day of our ordination or consecration, when after being presented, each of us said: “Here I am, Lord, to do your will”. In this meeting, we want to tell the Lord: “Here we are”, and renew our “yes” to him. We want to renew together our response to the call that one day took our hearts by surprise.

I think that it can help us to start with the Gospel passage that we heard, and to share three moments experienced by Peter and the first community: Peter and the community disheartened, Peter and the community shown mercy, and Peter and the community transfigured. I play with this pairing of Peter and the community since the life of apostles always has this twofold dimension, the personal and the communitarian. They go hand-in-hand and we cannot separate them. We are called individually but always as part of a larger group. Where vocation is concerned, there is no such thing as a selfie! Vocation demands that somebody else take your picture, and that is what we are about to do! That is the fact of the matter.

1.     Peter disheartened, the community disheartened
I have always liked the way the Gospels do not adorn or soften things, or paint them in nice colours. They show us life as it is and not as it should be. The Gospel is not afraid to show us the difficult, and even tense, moments experienced by the disciples.

Let us reconstruct the scene. Jesus had been killed, but some women said he was alive (Lk 24:22-24). Even after the disciples had seen the risen Jesus, the event was so powerful that they would need time to understand it. Luke says that “in their joy, they could not believe”. They would need time to understand what had happened. That understanding would come to them at Pentecost with the sending of the Holy Spirit. The encounter with the Risen Lord would require time to find a place in the hearts of his disciples.

The disciples go home. They go back to do what they knew how to do: to fish. Not all of them, but only some of them. Were they divided? Fragmented? We don’t know. The Scriptures tell us that those who were there caught nothing. Their nets were empty.

Yet another kind of emptiness unconsciously weighed upon them: dismay and confusion at the death of their Master. He was no more; he had been crucified. But not only was he crucified, but so were they, since Jesus’s death raised a whirlwind of conflicts in the hearts of his friends. Peter had denied him; Judas had betrayed him; the others had fled and hid themselves. Only a handful of women and the beloved disciple remained. The rest took off. In a matter of days, everything had fallen apart. These are the hours of dismay and confusion in the life of the disciple. There are times “when the tempest of persecutions, tribulations, doubts, and so forth, is raised by cultural and historical events, it is not easy to find the path to follow. Those times have their own temptations: the temptation to debate ideas, to avoid the matter at hand, to be too concerned with our enemies… And I believe that the worst temptation of all is to keep dwelling on our own discouragement”.[1] Yes, dwelling on how disheartened we are. So it was with the disciples.

As Cardinal Ezzati told us, “the priesthood and consecrated life in Chile have endured and continue to endure difficult times of significant upheavals and challenges. Side by side with the fidelity of the immense majority, there have sprung up weeds of evil and their aftermath of scandal and desertion”.

Times of upheaval. I know the pain resulting from cases of abuse of minors and I am attentive to what you are doing to respond to this great and painful evil. Painful because of the harm and sufferings of the victims and their families, who saw the trust they had placed in the Church’s ministers betrayed. Painful too for the suffering of ecclesial communities, but also painful for you, brothers and sisters, who, after working so hard, have seen the harm that has led to suspicion and questioning; in some or many of you this has been a source of doubt, fear or a lack of confidence. I know that at times you have been insulted in the metro or walking on the street, and that by going around in clerical attire in many places you pay a heavy price. For this reason, I suggest that we ask God to grant us the clear-sightedness to call reality by its name, the strength to seek forgiveness and the ability to listen to what he tells us and not dwell on our discouragement.

There is something else I would like to mention. Our societies are changing. Chile today is quite different from what I knew in my youth, when I was at school. New and different cultural expressions are being born which do not fit into our familiar patterns. We have to realize that many times we do not know how to deal with these new situations. Sometimes we dream of the “fleshpots of Egypt” and we forget that the promised land lies ahead of us, not behind us, and that the promise is not about yesterday but about tomorrow. At those times, we can yield to the temptation of becoming closed, isolating ourselves and defending our ways of seeing things, which then turn out as nothing more than fine monologues. We can be tempted to think that everything is wrong, and in place of “good news”, the only thing we profess is apathy and disappointment. As a result, we shut our eyes to the pastoral challenges, thinking that the Spirit has nothing to say about them. In this way, we forget that the Gospel is a journey of conversion, not just for “others” but for ourselves as well.

Whether we like it or not, we are called to face reality as it is – our own personal reality and the reality of our communities and societies. The nets – the disciples say – are empty, and we can understand their feelings. They return home with no great tales to tell; they go back empty-handed; they return disheartened.

What became of those strong, enthusiastic and self-assured disciples who felt themselves chosen and had left everything to us follow Jesus (cf. Mt 1:16-20)? What became of those disciples who were so sure of themselves that they would go to prison and even give their lives for the Master (cf. Lk 22:33), who to defend him would have liked to send fire upon the earth (cf. Lk 9:54). For whom they would unsheathe their swords and fight (cf. Lk 22:49-51)? What became of that Peter who reproached the Master about how he should live his life and bring about our redemption? Discouragement (cf. Mk 8:31-33).

2.     Peter shown mercy, the community shown mercy
It is the hour of truth in the life of the first community. It is time for Peter to have to confront a part of himself. The part of him that many times he didn’t want to see. He experienced his limitation, his frailty and his sinfulness. Peter, the temperamental, impulsive leader and saviour, self-sufficient and over-confident in himself and in his possibilities, had to acknowledge his weakness and sin. He was a sinner like everyone else, as needy as the others, as frail as anyone else. Peter had failed the one he had promised to protect. It is a crucial moment in Peter’s life.

As disciples, as Church, we can have the same experience: there are moments when we have to face not our success but our weakness. Crucial moments in the life of a disciple, but also the times when an apostle is born. Let us allow the text to guide us.

“When they had finished breakfast, Jesus said to Simon Peter, “Simon son of John, do you love me more than these?” (Jn 21:15).

After they ate, Jesus takes Peter aside and his only words are a question, a question about love: Do you love me? Jesus neither reproaches nor condemns. The only thing that he wants to do is to save Peter. He wants to save him from the danger of remaining closed in on his sin, constantly dwelling with remorse on his frailty; he wants to save him from the danger of renouncing, because of that frailty, on all the goodness he had known with Jesus. Jesus wants to save him from self-centredness and isolation. He wants to save him from the destructive attitude of becoming a victim or of thinking “what does it matter”, which waters down any commitment and ends up in the worst sort of relativism. Jesus wants to set him free from seeing his opponents as enemies and being upset by opposition and criticism. He wants to free him from being downcast and, above all, negative. By his question, Jesus asks Peter to listen to his heart and to learn how to discern. Since “it was not God’s way to defend the truth at the cost of charity, or charity at the cost of truth, or to smooth things away at the cost of both. Peter has to discern. Jesus wants to avoid turning Peter into someone who hurts others by telling the truth, or is kind to others by telling lies, or simply someone paralyzed by his own uncertainty”,[2] as can happen to us in these situations.

Jesus questioned Peter about love and kept asking until Peter could give him a realistic response: “Lord, you know everything; you know that I love you” (Jn 21:17). In this way, Jesus confirms him in his mission. In this way, he now makes him definitively his apostle.

What is it that confirms Peter as an apostle? What sustains us as apostles? One thing only: that we “received mercy” (1 Tim 1:12-16). “For all our sins, our limitations, our failings, for all the many times we have fallen, Jesus has looked upon us and drawn near to us. He has given us his hand and shown us mercy. All of us can think back and remember the many times the Lord looked upon us, drew near and showed us mercy”.[3] I ask you to keep doing this. We are not here because we are better than others; we are not superheroes who stoop down from the heights to encounter mere mortals. Rather, we are sent as men and women conscious of having been forgiven. That is the source of our joy. We are consecrated, shepherds modelled on Jesus, who suffered died and rose. A consecrated man or woman – and with the word “consecrated” I am referring to all of us here – sees his or her wounds as signs of the resurrection; who sees in the wounds of this world the power of the resurrection; who, like Jesus, does not meet his brothers and sisters with reproach and condemnation.

Jesus Christ does not appear to his disciples without his wounds; those very wounds enabled Thomas to profess his faith. We are not asked to ignore or hide our wounds. A Church with wounds can understand the wounds of today’s world and make them her own, suffering with them, accompanying them and seeking to heal them. A wounded Church does not make herself the centre of things, does not believe that she is perfect, but puts at the centre the one who can heal those wounds, whose name is Jesus Christ.

The knowledge that we are wounded sets us free. Yes, it sets us free from becoming self-referential and thinking ourselves superior. It sets us free from the promethean tendency of “those who ultimately trust only in their own powers and feel superior to others because they observe certain rules or remain intransigently faithful to a particular Catholic style of the past”.[4]

In Jesus, our wounds are risen. They inspire solidarity; they help us to tear down the walls that enclose us in elitism and they impel us to build bridges and to encounter all those yearning for that merciful love which Christ alone can give. “How often we dream up vast apostolic projects, meticulously planned, just like defeated generals! But this is to deny our history as a Church, which is glorious precisely because it is a history of sacrifice, of hopes and daily struggles, of lives spent in service and fidelity to work, tiring as it may be, for all work is ‘the sweat of our brow’”.[5] I am concerned when I see communities more worried about their image, about occupying spaces, about appearances and publicity, than about going out to touch the suffering of our faithful people.

How searching and insightful were the words of warning issued by one Chilean saint: “All those methods will fail that are imposed by uniformity, that try to bring us to God by making us forget about our brothers and sisters, that make us close our eyes to the universe rather than teaching us to open them and raise all things to the Creator of all, that make us selfish and close us in on ourselves”.[6]

God’s people neither expect nor need us to be superheroes. They expect pastors, consecrated men and women, who know what it is to be compassionate, who can give a helping hand, who can spend time with those who have fallen and, like Jesus, help them to break out of that endless remorse that poisons the soul.

3.     Peter transfigured, the community transfigured
Jesus asks Peter to discern, and events in Peter’s life then begin to come together, like the prophetic gesture of the washing of feet. Peter, who resisted having his feet washed, now begins to understand that true greatness comes from being lowly and a servant.[7]

What a good teacher our Lord is! The prophetic gesture of Jesus points to the prophetic Church that, washed of her sin, is unafraid to go out to serve a wounded humanity.

Peter experienced in his flesh the wound of sin, but also of his own limitations and weaknesses. Yet he learned from Jesus that his wounds could be a path of resurrection. To know both Peter disheartened and Peter transfigured is an invitation to pass from being a Church of the unhappy and disheartened to a Church that serves all those people who are unhappy and disheartened in our midst. A Church capable of serving her Lord in those who are hungry, imprisoned, thirsting, homeless, naked and infirm… (Mt 25:35). A service that has nothing to do with a welfare mentality or an attitude of paternalism, but rather with the conversion of hearts. The problem is not feeding the poor, or clothing the naked or visiting the sick, but rather recognizing that the poor, the naked, the sick, prisoners and the homeless have the dignity to sit at our table, to feel “at home” among us, to feel part of a family. This is the sign that the kingdom of heaven is in our midst. This is the sign of a Church wounded by sin, shown mercy by the Lord, and made prophetic by his call.

To renew prophecy is to renew our commitment not to expect an ideal world, an ideal community, or an ideal disciple in order to be able to live and evangelize, but rather to make it possible for every disheartened person to encounter Jesus. One does not love ideal situations or ideal communities; one loves persons.

The frank, sorrowful and prayerful recognition of our limitations, far from distancing us from our Lord, enables us to return to Jesus in the knowledge that “with his newness, he is always able to renew our lives and our communities, and even if the Christian message has known periods of darkness and ecclesial weakness, it will never grow old… Whenever we make the effort to return to the source and to recover the original freshness of the Gospel, new avenues arise, new paths of creativity open up, with different forms of expression, more eloquent signs and words with new meaning for today’s world”.[8] How good it is for all of us to let Jesus renew our hearts.

When this meeting began, I told you that we came to renew our “yes”, with enthusiasm, with passion. We want to renew our “yes”, but as a realistic “yes”, sustained by the gaze of Jesus. When you return to your homes, I ask you to draw up in your hearts a sort of spiritual testament, along the lines of Cardinal Raúl Silva Henríquez and his beautiful prayer that begins:

“The Church that I love is the holy Church of each day… Yours, mine, the holy Church of each day…

“Jesus Christ, the Gospel, the bread, the Eucharist, the humble Body of Christ of each day. With the faces of the poor, the faces of men and women who sing, who struggle, who suffer. The holy Church of each day.”

I ask you: What sort of Church is it that you love? Do you love this wounded Church that encounters life in the wounds of Jesus?

Thank you for this meeting. Thank you for the chance to say “yes” once more with you. May Our Lady of Mount Carmel cover you with her mantle. And please, do not forget to pray for me.

_________________________

[1] Jorge M. Bergoglio, Las Cartas de la tribulación, 9, ed. Diego de Torres, Buenos Aires, 1987.
[2]
Ibid.
[3]
Video Message to CELAM for the Extraordinary Jubilee of Mercy on the American Continent, 27 August 2016.
[4]
Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium, 94.
[5]
Ibid., 96.
[6]
SAINT ALBERTO HURTADO, Address to the Young People of Catholic Action, 1943.
[7]
“Whoever wants to be first must be last of all and servant of all” (Mk 9:35).
[8]
Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium, 11.

[00055-EN.02 [Original text: Spanish]

Traduzione in lingua tedesca

Liebe Brüder und Schwestern, guten Abend!

Ich freue mich über diese Begegnung mit Euch. Mir hat die Art und Weise gefallen, wie Kardinal Ezzati euch mir vorgestellt hat: Hier sind sie. Hier sind sie … gottgeweihte Frauen, gottgeweihte Männer, Priester, ständige Diakone, Seminaristen, hier sind sie. Dies hat mich an den Tag unserer Priesterweihe oder unserer Profess erinnert, als wir, nachdem wir aufgerufen wurden, gesagt haben: „Hier bin ich, Herr, um deinen Willen zu erfüllen.“ In dieser heutigen Begegnung wollen wir dem Herrn sagen: „Hier sind wir“, um unser „Ja“ zu erneuern. Gemeinsam wollen wir erneut auf den Ruf antworten, der einst unser Herz in Unruhe versetzt hat.

Dabei kann, glaube ich, hilfreich sein, von der Stelle aus dem Evangelium auszugehen, die wir gehört haben, und drei Situationen von Petrus und der ersten Gemeinde mitzuerleben: Petrus, der niedergeschlagen ist, und die Gemeinde, die niedergeschlagen ist; Petrus, der Barmherzigkeit erfährt, und die Gemeinde, die Barmherzigkeit erfährt; Petrus, der verklärt wird, und die Gemeinde, die verklärt wird. Ich benütze dieses Paar Petrus und Gemeinde, denn das Leben der Apostel hat immer diese doppelte Dimension, eine persönliche und eine gemeinschaftliche. Diese gehören zusammen; wir können sie nicht trennen. Ja, wir sind individuell gerufen, aber immer als Teil einer größeren Gruppe. Es gibt keine „Selfie“-Berufung, es gibt keine. Die Berufung erfordert, dass ein anderer dir das Foto macht, und das werden wir jetzt tun. So liegen die Dinge.

1. Petrus ist niedergeschlagen – die Gemeinde ist niedergeschlagen.
Es hat mir immer der Stil der Evangelien gefallen, die Ereignisse weder auszuschmücken noch zu vergolden oder schönzufärben. Sie zeigen uns das Leben wie es ist und nicht wie es sein sollte. Das Evangelium hat keine Angst davor, uns die schwierigen oder gar konfliktreichen Situationen zu zeigen, die die Jünger durchlebt haben.

Führen wir uns die Szene vor Augen. Sie hatten Jesus getötet; einige Frauen sagten, dass er am Leben sei (vgl. Lk 24,22-24). Obwohl die Jünger den auferstandenen Jesus gesehen hatten, war das Erlebnis so stark, dass sie einige Zeit brauchten, um zu verstehen. Lukas sagt: »Vor Freude konnten sie es immer noch nicht glauben« (vgl. Lk 24,41). Sie brauchten einige Zeit, um zu verstehen, was geschehen war. Dieses Verständnis wurde ihnen zu Pfingsten durch die Sendung des Heiligen Geistes geschenkt. Sie brauchten Zeit, um die ungeahnte Begegnung mit dem Auferstandenen in ihre Herzen aufnehmen zu können.

Die Jünger kehren in ihre Heimat zurück. Sie gehen um das zu tun, was sie können: fischen. Es waren nicht alle, nur einige. Waren sie zerstritten, gespalten? Wir wissen es nicht. Die Heilige Schrift sagt uns, dass diejenigen, die fischen gingen, nichts fingen. Ihre Netze blieben leer.

Aber auch eine andere Art von Leere bedrückte sie unbewusst: die Fassungslosigkeit und die Bestürzung über den Tod ihres Meisters. Er war nicht mehr da, er war gekreuzigt worden. Aber nicht nur er war gekreuzigt worden, sondern auch sie, denn der Tod Jesu hatte einen Sturm an inneren Kämpfen in den Herzen seiner Freunde offenbart. Petrus hatte ihn verleugnet, Judas hatte ihn verraten, die anderen waren geflohen und hatten sich versteckt. Nur eine Hand voll Frauen und der geliebte Jünger waren dageblieben. Der Rest lief davon. Innerhalb weniger Tage war alles zusammengefallen. Dies sind die Stunden der Fassungslosigkeit und der Bestürzung im Leben des Jüngers. In Zeiten, »in denen sich die Staubwolke der Verfolgungen, Drangsale, Zweifel usw. von kulturellen und geschichtlichen Ereignisses erhebt, ist es nicht einfach, den Weg zu finden, dem man folgen soll. Diese Zeiten haben ihre eigene Versuchungen: Die Versuchung, über Ideen zu diskutieren, den Aufgaben nicht die nötige Aufmerksamkeit zu schenken, sich zu sehr auf die Verfolger zu fixieren … Und ich glaube, die größte aller Versuchungen ist, sich beim Nachgrübeln über die eigene Hoffnungslosigkeit aufzuhalten«[1]. Ja, sich beim Nachgrübeln über die eigene Hoffnungslosigkeit aufhalten. Und eben das ist den Jüngern passiert.

Wie Kardinal Ezzati gesagt hat, hat »das priesterliche und gottgeweihte Leben in Chile schwierige Stunden der Unruhe und großer Herausforderungen erlitten. Neben der Treue der großen Mehrheit ist auch das Unkraut des Bösen und als dessen Folge Skandale und Glaubensabfall angewachsen.«

Ein Zustand der Unruhe. Ich kenne den Schmerz, den die Missbrauchsfälle an Minderjährigen bedeutet haben und ich verfolge mit Interesse, was Ihr tut, um dieses schwere und schmerzhafte Übel zu überwinden. Schmerz wegen des Schadens und des Leidens der Opfer und ihrer Familien, die in ihrem Vertrauen betrogen worden sind, das sie in die Diener der Kirche gesetzt hatten. Schmerz wegen des Leidens der kirchlichen Gemeinschaften, aber auch Schmerz für euch, Brüder, die ihr neben den Strapazen eures aufopfernden Dienstes den Schaden durch Misstrauen und Infragestellung erlitten habt, der bei einigen oder gar vielen zu Zweifeln, Angst oder einem Mangel an Vertrauen geführt hat. Ich weiß, dass ihr manchmal in der U-Bahn oder auf der Straße beschimpft worden seid und dass ihr an vielen Orten einen hohen Preis zahlen müsst, wenn ihr Priesterkleidung tragt. Aus diesem Grund schlage ich vor, dass wir Gott um die klare Einsicht bitten, die Realität beim Namen zu nennen, um die Kraft, um Vergebung zu bitten, und um die Fähigkeit zu lernen, auf das zu hören, was Er uns sagt, und nicht über die Hoffnungslosigkeit nachzugrübeln.

Ich möchte auch gerne einen anderen wichtigen Aspekt nennen. Unsere Gesellschaften verändern sich. Das heutige Chile ist sehr verschieden von dem, das ich in meiner Jugend kannte, als ich studierte. Neue und unterschiedliche kulturelle Formen entstehen, die sich nicht an unsere gewohnten Modelle anpassen. Wir müssen uns bewusst sein, dass wir oft nicht wissen, mit diesen neuen Situationen umzugehen. Manchmal träumen wir von den „Fleischtöpfen Ägyptens“ und vergessen, dass das Gelobte Land vor uns liegt, nicht hinter uns. Die Verheißung ist von gestern, aber für morgen. Wir könnten also versucht sein, uns einzuschließen und uns zu isolieren um unsere Ansichten zu verteidigen, die am Ende nur noch nette Monologe sind. Wir könnten versucht sein zu denken, dass alles schlecht ist; und anstatt eine „Gute Nachricht“ zu bezeugen, ist das einzige, das wir bezeugen, Teilnahmslosigkeit und Enttäuschung. So verschließen wir unsere Augen vor den pastoralen Herausforderungen und glauben, dass der Geist uns nichts dazu zu sagen hat. So vergessen wir, dass das Evangelium ein Weg der Umkehr ist, nicht nur für „die anderen“, sondern auch für uns selbst.

Wir sind, ob es uns gefällt oder nicht, dazu aufgerufen, die Wirklichkeit so zu sehen, wie sie ist. Unsere persönliche Realität, die der Gemeinschaft und der Gesellschaft. Die Netze – sagen die Jünger – sind leer, und wir können die Gefühle verstehen, die das hervorruft. Sie kehren heim, ohne von großen Abenteuern erzählen zu können; sie kehren heim mit leeren Händen; sie kehren niedergeschlagen heim.

Was war aus den starken, lebhaften und sympathischen Jüngern geworden, die sich auserwählt fühlten und alles verlassen hatten, um Jesus zu folgen (vgl. Mk 1,16-20)? Was war aus diesen Jüngern geworden, die sich ihrer so sicher waren, dass sie für ihren Meister ins Gefängnis gehen und das Leben geben wollten (vgl. Lk 22,33), dass sie Feuer auf die Erden senden wollten, um ihn zu verteidigen (vgl. Lk 9,54); für den sie das Schwert zücken und kämpfen wollten (vgl. Lk 22,49-51)? Was war aus Petrus geworden, der seinem Meister Vorwürfe machte und ihn belehrte, wie er in Zukunft sein Leben führen und seinen Erlösungsplan umsetzen sollte (vgl. Mk 8,31-33)? Die Hoffnungslosigkeit.

2.  Petrus erfährt Barmherzigkeit – die Gemeinde erfährt Barmherzigkeit.
Es ist die Stunde der Wahrheit im Leben der ersten Gemeinde. Es ist die Stunde, in der Petrus mit einer seiner Seiten konfrontiert wurde. Mit der Seite seiner Wahrheit, die er oft nicht sehen wollte. Er machte die Erfahrung seiner Begrenztheit, seiner Schwäche, seines Sündigseins. Der temperamentvolle Petrus, der impulsive Führer und Retter, mit einem guten Anteil an Selbstgenügsamkeit und übergroßen Vertrauen in sich selbst und in seine Fähigkeiten musste seiner Schwäche und Sünde erliegen. Er war ein Sünder so wie die anderen, so hilflos und schwach wie die anderen. Petrus hatte die im Stich gelassen, die er zu leiten geschworen hatte. Das war die entscheidende Stunde in Petrus Leben.

Als Jüngern, als Kirche, kann uns dasselbe passieren: es gibt Momente, in denen wir nicht unserem Ruhm, sondern unserer Schwäche ins Gesicht sehen. Es sind entscheidende Stunden im Leben der Jünger, doch in dieser Stunde wird ein Apostel geboren. Lassen wir uns durch den Text leiten.

»Als sie gegessen hatten, sagte Jesus zu Simon Petrus: Simon, Sohn des Johannes, liebst du mich mehr als diese?« (Joh 21,15).

Nach dem Mahl nimmt Jesus Petrus beiseite. Seine einzigen Worte sind eine Frage, eine Frage der Liebe: Liebst du mich? Jesus tadelt nicht und verurteilt nicht. Sein einziger Wunsch ist es, Petrus retten. Er möchte ihn vor der Gefahr retten, in seiner Sünde eingeschlossen zu bleiben und auf der Verzweiflung aufgrund seiner Schwäche „herumzukauen“. Er möchte ihn vor der Gefahr retten, wegen seiner Schwächen all das Gute aufzugeben, das er in seinem Leben mit Jesus erfahren hatte. Jesus möchte ihn aus Selbstbezogenheit und Isolation retten. Er möchte ihn vor der zerstörerischen Einstellung retten, sich selbst zu einem Opfer zu machen oder, im Gegenteil, in die Haltung von „was macht es schon aus“ zu verfallen und jegliche Pflicht in der Haltung von schlimmstem Relativismus vernachlässigt. Jesus will ihn davor retten, jeden, der sich ihm entgegenstellt, als Feind zu betrachtet und ihm helfen, Widerspruch und Kritik gelassen anzunehmen. Er will ihn von Traurigkeit und besonders von schlechter Laune befreien. Mit dieser Frage lädt Jesus Petrus ein, auf sein Herz zu hören und unterscheiden zu lernen. Denn »es war nicht die Art Gottes, die Wahrheit auf Kosten der Liebe zu verteidigen, noch die Liebe auf Kosten der Wahrheit, noch die Ausgewogenheit auf Kosten beider.« Man muss unterscheiden. »Jesus möchte vermeiden, dass Petrus jemand wird, der durch Wahrheit verletzt oder mit einer falschen Liebe lügt oder durch Verwirrung gelähmt ist«,[2] wie es uns in diesen Situationen geschehen kann.

Jesus fragte Petrus nach seiner Liebe und fragt ihn so lange, bis dieser eine realistische Antwort geben konnte: »Herr, du weißt alles, du weißt, dass ich dich liebe« (Joh 21,17). So bestätigte Jesus ihn in seinem Auftrag. So macht er ihn endgültig zu seinem Apostel.

Was stärkt Petrus in seinem Dienst als Apostel? Was erhält uns in unserem Apostelsein? Nur das: dass wir »Erbarmen gefunden« haben. Wir haben »Erbarmen gefunden« (vgl. 1 Tim 1,12-16). »Bei all unseren Sünden, unseren Grenzen, unserem Versagen und unserem häufigen Fallen hat Jesus uns angeblickt, war uns nahe, hat uns seine Hand gegeben und uns mit Barmherzigkeit behandelt. Jeder von uns kann zurückdenken und sich an die vielen Male erinnern, wo der Herr ihn angeblickt hat, ihm nahe war und ihm Barmherzigkeit gezeigt hat.«[3] Ich lade euch ein, das zu tun. Wir sind nicht hier, weil wir besser sind als andere; wir sind keine Superhelden, die sich von den Höhen herabbeugen, um den „einfachen Sterblichen“ zu begegnen. Sondern wir sind als Männer und Frauen gesandt, die sich bewusst sind, dass ihnen vergeben worden ist. Das ist die Quelle unserer Freude. Wir sind Gottgeweihte, Hirten nach dem Bilde Jesu, der gelitten hat, gestorben und auferstanden ist. Ein Gottgeweihter – und wenn ich Gottgeweihter sage, meine ich alle, die hier sind – ist derjenige, der in seinen Wunden den Zeichen der Auferstehung begegnet. Er kann in den Wunden der Welt die Kraft der Auferstehung sehen. Nach dem Vorbild Jesu begegnet er seinen Brüdern und Schwestern nicht mit Vorwurf und Verurteilung.

Jesus Christ zeigt sich den Seinen nicht ohne Wunden; gerade auf Grund seiner Wunden kann Thomas den Glauben bekennen. Wir sind eingeladen, unsere Wunden nicht zu verbergen und nicht zu verstecken. Eine verwundete Kirche kann die Wunden der Welt von heute verstehen und sich diese zu eigen machen, sie erleiden, begleiten und zu heilen versuchen. Eine Kirche mit Wunden stellt sich nicht in den Mittelpunkt, glaubt nicht, perfekt zu sein; sie stellt den in den Mittelpunkt, der allein ihre Wunden heilen kann und der da heißt: Jesus Christus.

Das Bewusstsein, das wir verwundet sind, macht uns frei; ja, es befreit uns davon selbstbezogen zu sein und uns besser als andere zu fühlen. Es befreit uns von der prometheischen Tendenz »derer, die sich letztlich einzig auf die eigenen Kräfte verlassen und sich den anderen überlegen fühlen, weil sie bestimmte Normen einhalten oder weil sie einem gewissen katholischen Stil der Vergangenheit unerschütterlich treu sind«[4].

In Jesus sind unsere Wunden auferstanden. Sie machen uns solidarisch; sie helfen, unsere Mauern niederzureißen, die uns in unserem Elitedenken einschließen, und bringen uns dazu, Brücken zu bauen und uns aufzumachen zu den Vielen, die sich nach der barmherzigen Liebe sehnen, die nur Christus geben kann. »Wie oft erträumen wir peinlich genaue und gut entworfene apostolische Expansionsprojekte, typisch für besiegte Generäle! So verleugnen wir unsere Kirchengeschichte, die ruhmreich ist, insofern sie eine Geschichte der Opfer, der Hoffnung, des täglichen Ringens, des im Dienst aufgeriebenen Lebens, der Beständigkeit in mühevoller Arbeit ist, denn jede Arbeit geschieht „im Schweiß unseres Angesichts“.«[5] Ich bin etwas besorgt, wenn ich Gemeinschaften sehe, die mehr von der Unruhe getrieben sind, groß herauszukommen, Raum einzunehmen, in Erscheinung zu treten und sich zu zeigen, als sich die Ärmel hochzukrempeln und hinauszugehen, um mit dem Leid unseres gläubigen Volkes in Berührung zu kommen.

Uns fordert die Überlegung jenes chilenischen Heiligen heraus, der sagte: »Es sind all das falsche Methoden, die um der Uniformität willen auferlegt werden; all jene, die uns scheinbar auf Gott ausrichten, aber unsere Brüder und Schwestern vergessen; all jene, die uns die Augen vor dem Universum verschließen lassen, anstatt uns zu lehren, alles zum Schöpfer des ganzen Seins zu erheben; alle, die uns egoistisch machen und uns auf uns selbst zurückfallen lassen.«[6]

Das Volk Gottes erwartet und braucht keine Superhelden, es hofft auf Hirten und gottgeweihte Männer und Frauen, die Mitleid haben, die zu helfen wissen, die sich Zeit nehmen für diejenigen, die gefallen sind, und die wie Jesus helfen, aus dem Kreislauf des „Herumkauens“ über die Verzweiflung auszubrechen, der ihre Seele vergiftet.

3.  Petrus wird verklärt – die Gemeinde wird verklärt.
Jesus ruft Petrus zur Unterscheidung auf und so erhalten viele Ereignisse im Leben des Petrus, wie die prophetische Geste der Fußwaschung, einen Sinn. Petrus, der sich geweigert hatte, sich die Füße waschen zu lassen, beginnt zu begreifen, dass wahre Größe aus dem sich Erniedrigen und Dienen stammt[7].

 Was für eine Pädagogik unseres Herrn! Die prophetische Geste Jesu weist auf die prophetische Kirche hin, die, selber von ihren Sünden reingewaschen, keine Angst hat hinauszugehen, um einer verwundeten Menschheit zu dienen.

Petrus hat in seinem Fleisch nicht nur die Verwundung der Sünde, sondern auch die eigenen Grenzen und Schwächen erfahren. Aber er hat durch Jesus begriffen, dass seine Wunden ein Weg zur Auferstehung sein können. Mit Blick auf den niedergeschlagenen und den verwandelten Petrus sind wir eingeladen, uns von einer niedergeschlagenen und hoffnungslosen Kirche in eine Kirche zu wandeln, die Dienerin der vielen Niedergeschlagenen ist, die Seite an Seite mit uns leben. Eine Kirche, die fähig ist, ihrem Herrn im Hungernden, im Gefangenen, im Dürstenden, im Heimatlosen, im Nackten, im Kranken zu dienen … (Mt 25,35). Ein Dienst, der nichts mit Wohlfahrtsmentalität oder Bevormundung zu tun hat, sondern mit der Bekehrung des Herzens. Die Schwierigkeit besteht nicht darin, dem Armen Essen zu geben, den Nackten zu bekleiden, den Kranken zu begleiten, sondern sich bewusst zu machen, dass der Arme, der Nackte, der Gefangene, der Obdachlose die Würde besitzt, mit uns an unserem Tisch zu sitzen, sich bei uns „zu Hause“, als Teil der Familie zu fühlen. Das ist das Zeichen, dass das Himmelreich unter uns ist. Es ist das Zeichen für eine Kirche, die durch die Sünde verwundet vom Herrn Barmherzigkeit erfahren hat und durch den Ruf des Herrn in eine prophetische Kirche verwandelt worden ist.

Die Prophetie zu erneuern bedeutet unsere Verpflichtung zu erneuern, nicht auf die ideale Welt, die ideale Gemeinschaft oder den idealen Jünger zu warten, um zu leben oder zu evangelisieren, sondern Bedingungen zu schaffen, damit jede niedergeschlagene Person Jesus begegnen kann. Man liebt weder die ideale Situation noch ideale Gemeinschaften, sondern Menschen.

Die aufrichtige, schmerzhafte und betende Anerkennung unserer Grenzen ist weit davon, uns von Jesus zu trennen; sie hilft uns vielmehr, zu Jesus zurückzukehren und zu wissen: »Er kann mit seiner Neuheit immer unser Leben und unsere Gemeinschaft erneuern, und selbst dann, wenn die christliche Botschaft dunkle Zeiten und kirchliche Schwachheiten durchläuft, altert sie nie … Jedes Mal, wenn wir versuchen, zur Quelle zurückzukehren und die ursprüngliche Frische des Evangeliums wiederzugewinnen, tauchen neue Wege, kreative Methoden, andere Ausdrucksformen, aussagekräftigere Zeichen und Worte reich an neuer Bedeutung für die Welt von heute auf.«[8] Wie gut tut es uns, unser Herz von Jesus erneuern zu lassen.

Zu Beginn unserer Begegnung habe ich gesagt, dass wir gekommen sind, um unser „Ja“ mit Begeisterung, mit Leidenschaft zu erneuern. Wir wollen unser „Ja“ erneuern, aber mit Realismus, denn es stützt sich auf den Blick Jesu. Wenn ihr nach Hause geht, nehmt in eurem Herzen eine Art von geistlichem Testament im Stil Kardinal Raúl Silva Henríquez mit. Er sagt in diesem schönen Gebet am Beginn: »Die Kirche, die ich liebe, ist die heilige Kirche aller Tage  … deine, meine, die heilige Kirche aller Tage …

Jesus Christ, das Evangelium, das Brot, die Eucharistie, der Leib des demütigen Christus, jeden Tag. Mit den Gesichtern der Armen und den Gesichtern der Männer und Frauen, die singen, kämpfen, leiden. Die heilige Kirche aller Tage.«

Ich frage dich: Wie ist die Kirche, die du liebst? Liebst du diese verwundete Kirche, die dem Leben in den Wunden Jesu begegnet?

Danke für diese Begegnung. Danke für die Gelegenheit, das „Ja“ mit euch zu erneuern. Möge Unsere Liebe Frau vom Berge Karmel uns mit ihrem Mantel umgeben. Bitte vergesst nicht, für mich zu beten.

_________________________

[1] Jorge M. Bergoglio, Einführung in: Lorenzo Ricci y Juan Rothaan, Las Cartas de la tribulación. Ed. Diego de Torres, Buenos Aires, 1987. S. 9
[2]
Ebd.
[3]
Videobotschaft an die CELAM aus Anlass der Feier des außerordentlichen Jubiläums der Barmherzigkeit auf dem amerikanischen Kontinent, 27. August 2016.
[4]
Apostolisches Schreiben Evangelii gaudium, 94.
[5]
Ebd., 96.
[6]
Hl. Alberto Hurtado, Ansprache an die Jugendlichen der Katholischen Aktion, 1943.
[7]
»Wer der Erste sein will, soll der Letzte von allen und der Diener aller sein« (Mk 9,35).
[8]
Apostolisches Schreiben Evangelii gaudium, 11.

[00055-DE.02] [Originalsprache: Spanisch]

Traduzione in lingua portoghese

Queridos irmãos e irmãs, boa-tarde!

Estou feliz por participar neste encontro convosco. Gostei do modo como o Card. Ezzati vos apresentou: «Aqui estão... aqui estão as consagradas, os consagrados, os presbíteros, os diáconos permanentes, os seminaristas…» Aqui estão. Fez-me recordar o dia da nossa Ordenação ou Consagração em que, depois da apresentação, dissemos: «Aqui estou, Senhor, para fazer a vossa vontade». Neste encontro, queremos dizer ao Senhor: «Aqui estamos» para renovar o nosso «sim». Queremos renovar, juntos, a resposta à vocação que um dia alvoroçou o nosso coração.

E, para isso, creio que nos pode ajudar a passagem do Evangelho que escutamos, compartilhando três momentos de Pedro e da primeira comunidade: Pedro e a comunidade abatidos, Pedro e a comunidade tratados com misericórdia e Pedro e a comunidade transfigurados. Jogo com o binómio Pedro-comunidade, porque a experiência dos apóstolos tem sempre estes dois aspetos: pessoal e comunitário. Andam de mãos dadas, e não os podemos separar. É verdade que somos chamados individualmente, mas sempre para ser parte dum grupo maior. Não existe a «selfie vocacional», não existe. A vocação exige que a foto te seja tirada por outrem; que lhe havemos de fazer? As coisas estão assim.

1. Pedro abatido e a comunidade abatida
Sempre gostei do estilo dos Evangelhos que não adornam, não mitigam os acontecimentos, nem os pintam fazendo-os mais belos. Apresentam-nos a vida como é e não como deveria ser. O Evangelho não tem medo de nos mostrar os momentos difíceis, e até conflituosos, por que passaram os discípulos.

Reconstituamos a situação. Tinham morto Jesus; algumas mulheres diziam que estava vivo (cf. Lc 24, 22-24). Os discípulos, mesmo tendo visto Jesus ressuscitado, tão grande é o acontecimento que precisarão de tempo para compreender o sucedido. Diz Lucas: «Era tão grande a alegria que nem queriam acreditar». Precisavam de tempo para compreender aquilo que tinha acontecido. A compreensão chegar-lhes-á no Pentecostes, com o envio do Espírito Santo. A irrupção do Ressuscitado levará tempo a penetrar no coração dos seus.

Os discípulos voltam para a sua terra. Vão fazer o que sabiam: pescar. Não estavam todos, apenas alguns. Divididos, fragmentados? Não sabemos. O que nos diz a Escritura é que, aqueles que estavam, não pescaram nada. Têm as redes vazias.

Entretanto havia outro vazio que pesava inconscientemente sobre eles: a perplexidade e o turvamento pela morte do seu Mestre. Já não está, foi crucificado. Mas não acabou só Ele crucificado, os próprios discípulos foram joeirados, tendo a morte de Jesus posto em evidência um torvelinho de conflitos no coração dos seus amigos. Pedro renegara-O, Judas traíra-O, os restantes fugiram e esconderam-se. Ficou apenas um punhado de mulheres e o discípulo amado. O resto, foi-se. Questão de dias, e tudo ruiu. São as horas da perplexidade e do turvamento na vida do discípulo. Nos momentos «em que está levantada a poeira das perseguições, tribulações, dúvidas, etc. por causa de factos culturais e históricos, não é fácil atinar com o caminho a seguir. Há várias tentações que caraterizam estes momentos: discutir ideias, não prestar a devida atenção ao caso, fixar-se demasiado nos perseguidores... e – creio que a pior de todas as tentações – ficar a ruminar a desolação».[1] Sim, ficar a ruminar a desolação. Isto é o que sucedeu aos discípulos.

Como nos dizia o cardeal Ezzati, «a vida sacerdotal e consagrada, no Chile, atravessou e atravessa horas difíceis de turbulência e desafios sérios. Juntamente com a fidelidade da imensa maioria, cresceu também a cizânia do mal com as suas consequências de escândalo e deserção».

Momento de turbulência. Sei da dor causada pelos casos de abuso contra menores e sigo com atenção aquilo que estais a fazer para superar este grave e doloroso malefício. Dor pelo dano e sofrimento das vítimas e suas famílias, que viram traída a confiança que depunham nos ministros da Igreja. Dor pelo sofrimento das comunidades eclesiais, e dor também por vós, irmãos, que, além do desgaste pela entrega, experimentastes o dano que provoca a suspeita e a contestação, que pode ter insinuado – em alguns ou muitos – a dúvida, o medo e a difidência. Sei que, às vezes, sofrestes insultos no metropolitano ou caminhando pela rua; que, em muitos lugares, se está a «pagar caro» andar vestido de padre. Por isso, convido-vos a pedir a Deus que nos dê a lucidez de chamar a realidade pelo seu nome, a coragem de pedir perdão e a capacidade de aprender a escutar o que Ele nos está a dizer, e não ruminar a desolação.

Gostaria de acrescentar ainda outro aspeto importante. As nossas sociedades estão a mudar. O Chile de hoje é muito diferente do que conheci no tempo da minha juventude, quando me estava a formar. Estão a nascer novas e variadas formas culturais, que não se enquadram nos contornos habituais. E temos de reconhecer que, muitas vezes, não sabemos como nos inserir nestas novas situações. Frequentemente sonhamos com as «cebolas do Egito» e esquecemo-nos de que a terra prometida está à frente, e não atrás. Que a promessa é de ontem, mas diz respeito ao amanhã. E então podemos cair na tentação de nos fecharmos e isolarmos para defender as nossas posições que acabam por ser apenas bons monólogos. Podemos ser tentados a pensar que tudo está mal e, em vez de professar uma «boa nova», tudo o que professamos é apatia e deceção. Assim, fechamos os olhos perante os desafios pastorais, pensando que o Espírito não tenha nada a dizer. Deste modo esquecemo-nos de que o Evangelho é um caminho de conversão, mas não só «dos outros», também nossa.

Gostemos ou não, estamos convidados a enfrentar a realidade como ela se nos apresenta: a realidade pessoal, comunitária e social. As redes – dizem os discípulos – estão vazias, e podemos compreender os sentimentos que isso gera. Regressam a casa sem grandes aventuras para contar; regressam a casa de mãos vazias; regressam a casa, abatidos.

Que resta daqueles discípulos fortes, corajosos, vivazes, que se sentiam escolhidos tendo deixado tudo para seguir Jesus (cf. Mc 1, 16-20)? Que resta daqueles discípulos seguros de si, prontos a ir para a prisão e até dariam a vida pelo seu Mestre (cf. Lc 22, 33), que, para O defender, queriam mandar vir fogo sobre a terra (cf. Lc 9, 54); que, por Ele, desembainhariam a espada e combateriam (cf. Lc 22, 49-51)? Que resta do Pedro que repreendia o seu Mestre dizendo-Lhe como é que deveria orientar a sua vida (cf. Mc 8, 31-33), o seu programa de redenção? A desolação.

2. Pedro tratado com misericórdia e a comunidade tratada com misericórdia
É a hora da verdade, na vida da primeira comunidade. É a hora em que Pedro se confrontou com parte de si mesmo: a parte da sua verdade que muitas vezes não queria ver. Experimentou a sua limitação, a sua fragilidade, o seu ser pecador. Pedro, o instintivo, o chefe impulsivo e salvador, com uma boa dose de autossuficiência e um excesso de confiança em si mesmo e nas suas possibilidades, teve que se curvar à sua fraqueza e pecado. Era tão pecador como os outros, era tão carente como os outros, era tão frágil como os outros. Pedro dececionou Aquele a quem jurara proteção. Hora crucial na vida de Pedro.

Como discípulos, como Igreja, pode acontecer-nos o mesmo: há momentos em que somos confrontados, não com as nossas glórias, mas com a nossa fraqueza. Horas cruciais na vida dos discípulos, mas é também nessas horas que nasce o apóstolo. Deixemos o texto levar-nos pela mão.

«Depois de terem comido, Jesus perguntou a Simão Pedro: “Simão, filho de João, tu amas-Me mais do que estes?”» (Jo 21, 15).

Depois de comer, Jesus convida Pedro a passear um pouco e a única palavra é uma pergunta, uma pergunta de amor: Amas-Me? Jesus não censura nem condena. Tudo o que Ele quer fazer é salvar Pedro. Quer salvá-lo do perigo de ficar fechado no seu pecado, de ficar «a mastigar» a desolação, fruto da sua limitação; salvá-lo do perigo de desistir, por causa das suas limitações, de todas as coisas boas que vivera com Jesus. Quer salvá-lo do fechamento e do isolamento. Quer salvá-lo daquela atitude destrutiva que é o vitimizar-se ou, ao contrário, cair num «vale tudo o mesmo», acabando por fazer malograr qualquer compromisso no mais danoso relativismo. Quer libertá-lo de considerar quem se opõe a Ele como se fosse um inimigo, ou de não aceitar com serenidade as contradições e as críticas. Quer libertá-lo da tristeza e sobretudo do mau humor. Com esta pergunta, Jesus convida Pedro a auscultar o seu coração e aprender a discernir. Uma vez que «não era de Deus defender a verdade à custa da caridade, nem a caridade à custa da verdade, nem o equilíbrio à custa de ambas. É preciso discernir. Jesus quer evitar que Pedro se torne um veraz destruidor ou um caritativo mentiroso ou um perplexo paralisado»,[2] como pode acontecer connosco em tais situações.

Jesus interpelou Pedro sobre o seu amor e insistiu nisso até ele Lhe poder dar uma resposta realista: «Senhor, Tu sabes tudo; Tu bem sabes que eu sou deveras teu amigo» (Jo 21, 17). E, deste modo, Jesus confirma-o na missão. Assim o faz tornar-se definitivamente seu apóstolo.

O que é que fortalece Pedro como apóstolo? O que é que nos mantém a nós como apóstolos? Uma coisa só: fomos tratados com misericórdia (cf. 1 Tim 1, 12-16). Fomos tratados com misericórdia. «Não obstante os nossos pecados, os nossos limites, as nossas faltas; não obstante as nossas numerosas quedas, Jesus Cristo viu-nos, aproximou-Se, deu-nos a mão e teve misericórdia de nós. (…) Cada um de nós poderá recordar, pensando em todas as vezes que o Senhor o viu, que olhou para ele, que se aproximou dele e o tratou com misericórdia».[3] E convido-vos a fazer o mesmo. Não estamos aqui por ser melhores do que os outros. Não somos super-heróis que, do alto, descem para se encontrar com os «mortais». Antes, somos enviados com a consciência de ser homens e mulheres perdoados. E esta é a fonte da nossa alegria. Somos consagrados, pastores segundo o estilo de Jesus ferido, morto e ressuscitado. A pessoa consagrada – e, quando digo «consagrados», penso em quantos aqui estão – é alguém que encontra, nas suas feridas, os sinais da Ressurreição. É alguém que consegue ver, nas feridas do mundo, a força da Ressurreição. É alguém que, segundo o estilo de Jesus, não vai ao encontro dos seus irmãos com a censura e a condenação.

Jesus Cristo não Se apresenta, aos seus, sem chagas; foi precisamente a partir das suas chagas que Tomé pôde confessar a fé. Estamos convidados a não dissimular nem esconder as nossas chagas. Uma Igreja com as chagas é capaz de compreender as chagas do mundo atual e de assumi-las, sofrê-las, acompanhá-las e procurar saná-las. Uma Igreja com as chagas não se coloca no centro, não se considera perfeita, mas coloca no centro o único que pode sanar as feridas e que tem um nome: Jesus Cristo.

A consciência de ter chagas, liberta-nos. É verdade; liberta-nos de nos tornarmos autorreferenciais, de nos considerarmos superiores. Liberta-nos da tendência «prometeica de quem, no fundo, só confia nas suas próprias forças e se sente superior aos outros por cumprir determinadas normas ou por ser irredutivelmente fiel a um certo estilo católico próprio do passado».[4]

Em Jesus, as nossas chagas ficam ressuscitadas. Tornam-nos solidários; ajudam-nos a derrubar os muros que nos encerram numa atitude elitista, incitando-nos a construir pontes e ir ao encontro de tantos sedentos do mesmo amor misericordioso que só Cristo nos pode dar. «Quantas vezes sonhamos planos apostólicos expansionistas, meticulosos e bem traçados, típicos de generais derrotados! Assim negamos a nossa história de Igreja, que é gloriosa por ser história de sacrifícios, de esperança, de luta diária, de vida gasta no serviço, de constância no trabalho fadigoso, porque todo o trabalho é “suor do nosso rosto”».[5] Vejo, com certa preocupação, que há comunidades que vivem acometidas pela ânsia de constar no cartaz, ocupar espaços, aparecer e se mostrar, mais do que pela vontade de arregaçar as mangas e sair para tocar a dolorosa realidade do nosso povo fiel.

Como nos interpela a reflexão deste Santo chileno, que advertia: «Por isso, serão métodos falsos todos os que são impostos pela uniformidade; todos os que pretendem encaminhar-nos para Deus, fazendo-nos esquecer os nossos irmãos; todos os que nos levam a fechar os olhos ao universo, em vez de nos ensinar a abri-los para elevar tudo ao Criador de todas as coisas; todos os que nos fazem egoístas e nos dobram sobre nós mesmos».[6]

O povo de Deus não espera nem precisa de nós como super-heróis, espera pastores, homens e mulheres consagrados, que conheçam a compaixão, que saibam estender uma mão, que saibam parar junto de quem está caído e, como Jesus, ajudem a sair desse círculo vicioso de «mastigar» a desolação que envenena a alma.

3. Pedro transfigurado e a comunidade transfigurada
Jesus convida Pedro a discernir e, assim, começam a ganhar força muitos acontecimentos da vida de Pedro, como o gesto profético do lava-pés. Pedro, que resistira a deixar-se lavar os pés, começava a compreender que a verdadeira grandeza passa por se fazer pequenino e servidor.[7]

Como é grande a pedagogia de nosso Senhor! Do gesto profético de Jesus à Igreja profética que, lavada do seu pecado, não tem medo de sair para servir uma humanidade ferida.

Pedro experimentou, na sua carne, a ferida não só do pecado, mas também das suas próprias limitações e fraquezas. Mas descobriu em Jesus que as suas feridas podem ser caminho de Ressurreição. Conhecer Pedro abatido para conhecer Pedro transfigurado é o convite a deixar de ser uma Igreja de abatidos desolados para passar a uma Igreja servidora de tantos abatidos que convivem ao nosso lado. Uma Igreja capaz de se colocar ao serviço do seu Senhor no faminto, no preso, no sedento, no desalojado, no nu, no doente... (cf. Mt 25, 35). Um serviço que não se identifica com o assistencialismo nem o paternalismo, mas com a conversão do coração. O problema não está em dar de comer ao pobre, vestir o nu, assistir o doente, mas em considerar que o pobre, o nu, o doente, o preso, o desalojado têm a dignidade de se sentar às nossas mesas, sentir-se «em casa» entre nós, sentir-se família. Este é o sinal de que o Reino de Deus está no meio de nós. É o sinal duma Igreja que foi ferida pelo seu pecado, foi cumulada de misericórdia pelo seu Senhor, e foi tornada profética por vocação.

Renovar a profecia é renovar o nosso compromisso de não esperar por um mundo ideal, uma comunidade ideal, um discípulo ideal para viver ou para evangelizar, mas criar as condições para que cada pessoa abatida possa encontrar-se com Jesus. Não se amam as situações nem as comunidades ideais, amam-se as pessoas.

O reconhecimento sincero, contrito e orante das nossas limitações, longe de nos separar de nosso Senhor, permite-nos retornar a Jesus, sabendo que, «com a sua novidade, Ele pode sempre renovar a nossa vida e a nossa comunidade, e a proposta cristã, ainda que atravesse períodos obscuros e fraquezas eclesiais, nunca envelhece. (…) Sempre que procuramos voltar à fonte e recuperar o frescor original do Evangelho, despontam novas estradas, métodos criativos, outras formas de expressão, sinais mais eloquentes, palavras cheias de renovado significado para o mundo atual».[8] Como nos faz bem a todos deixar que Jesus nos renove o coração!

Ao início deste encontro, disse-vos que vínhamos renovar o nosso «sim», com garra, com paixão. Queremos renovar o nosso «sim», mas um sim realista, porque apoiado no olhar de Jesus. Convido-vos, quando voltardes para casa, a preparar no vosso coração uma espécie de testamento espiritual, no estilo do cardeal Raúl Silva Henríquez expresso nesta linda oração que começa dizendo: «A Igreja que eu amo é a Santa Igreja de todos os dias... a tua, a minha, a Santa Igreja de todos os dias...

Jesus, o Evangelho, o pão, a Eucaristia, o Corpo de Cristo humilde em cada dia. Com os rostos dos pobres e os rostos de homens e mulheres que cantavam, que lutavam, que sofriam. A Santa Igreja de todos os dias».

Pergunto-te: Como é a Igreja que tu amas? Amas esta Igreja ferida, que encontra vida nas chagas de Jesus?

Obrigado por este encontro. Obrigado pela oportunidade de renovar o «sim» convosco. A Virgem do Carmo vos cubra com o seu manto.

Por favor, não vos esqueçais de rezar por mim. Obrigado!

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[1] Jorge M. Bergoglio, Las cartas de la tribulación (Ed. Diego de Torres – Buenos Aires 1987), 9.
[2]
Ibidem.
[3]
Mensagem vídeo ao CELAM, por ocasião do Jubileu extraordinário da Misericórdia no Continente Americano (27/VIII/2016).
[4]
Francisco, Exort. ap. Evangelii gaudium, 94.
[5]
Ibid., 96.
[6]
Santo Alberto Hurtado, Discurso aos jovens da Ação Católica (1943).
[7]
«Se alguém quiser ser o primeiro, há de ser o último de todos e o servo de todos» (Mc 9, 35).
[8]
Francisco, Exort. ap. Evangelii gaudium, 11.

[00055-PO.02] [Texto original: Espanhol]

Traduzione in lingua polacca

Drodzy bracia i siostry, dobry wieczór,

Cieszę się, że mogę spotkać się z wami. Podoba mi się sposób, w jaki kard. Ezzati przedstawił was: „Oto (...) kobiety konsekrowane, mężczyźni konsekrowani, prezbiterzy, diakoni stali, seminarzyści”. Oto oni. Przypomniał mi się dzień naszych święceń lub konsekracji, gdy po przedstawieniu nas mówiliśmy: „Oto jestem, Panie, aby pełnić Twoją wolę”. Podczas tego spotkania chcemy powiedzieć Panu: „Oto jesteśmy”, aby ponowić swoje „tak”. Chcemy ponownie razem odpowiedzieć na wezwanie, które pewnego dnia przeniknęło nasze serca.

I w tym celu pomocne nam będzie, jak sądzę, wyjście od wysłuchanego fragmentu Ewangelii i zwrócenie uwagi na trzy elementy z życia Piotra i pierwszej wspólnoty: Piotr – wspólnota przygnębiona, Piotr – wspólnota doświadczająca przebaczenia oraz Piotr – wspólnota przemieniona. Posługuję się tym dwumianem: Piotr – wspólnota, gdyż życie apostołów zawsze ma ten podwójny aspekt: osobowy i wspólnotowy. Idą ze sobą w parze i nie możemy ich rozdzielać. Owszem, jesteśmy powołani indywidualnie, ale zawsze aby być częścią większej grupy. Nie ma „powołaniowego selfie”. Nie istnieje. Powołanie wymaga, aby zdjęcie zrobił ci ktoś inny, co możemy począć? Tak rzeczy się mają.

 

1.  Piotr przygnębiony, przygnębiona wspólnota.
Zawsze podobał mi się styl Ewangelii, który nie ozdabia ani nie osładza wydarzeń, ani nie maluje ich jako piękne. Przedstawiają nam one życie takim, jakim ono jest, a nie jakie powinno być. Ewangelia nie boi się ukazywać nam chwil trudnych a nawet konfliktowych, przez które przechodzili uczniowie.

Odtwórzmy tę scenę. Zabito Jezusa, a niektóre kobiety powiedziały, że On żyje (por. Łk 24, 22-24). Jeśli nawet widziały Jezusa Zmartwychwstałego, to samo to wydarzenie jest tak silne, że uczniowie będą potrzebowali czasu, aby zrozumieć, co się stało. Łukasz mówi: „Radość była tak wielka, że nie mogli w to uwierzyć”. Potrzebowali czasu, by zrozumieć to, co się wydarzyło.  Zrozumienie to dotrze do nich w dniu Pięćdziesiątnicy, wraz z zesłaniem na nich Ducha Świętego. Wkroczenie Zmartwychwstałego da czas, aby przeniknąć do serc Jego bliskich.

Uczniowie powracają na swoją ziemię. Będą robić to, co umieli, czyli łowić ryby. Ale nie wszyscy, tylko niektórzy. Podzieleni, rozbici? Nie wiemy tego. Ewangelia mówi nam tylko, że ci, którzy byli, niczego nie ułowili – mają puste sieci.

Ale była też inna pustka, która ciążyła nieświadomie nad nimi: zamęt i przygnębienie z powodu śmierci ich Mistrza. Nie ma Go już, został ukrzyżowany. Ale nie tylko Jego ukrzyżowano, lecz także ich, gdyż śmierć Jezusa ujawniła wir konfliktów w sercach Jego przyjaciół. Piotr się Go zaparł, Judasz Go zdradził, pozostali uciekli albo się ukryli. Pozostała jedynie garstka kobiet i umiłowany uczeń. Reszta odeszła. Wystarczyło kilka dni, a wszystko się zawaliło. Są to godziny zamętu i przygnębienia w życiu ucznia. W chwilach, „w których wskutek wydarzeń kulturalnych i historycznych unosił się tuman prześladowań, nieszczęścia, wątpliwości itd., nie jest łatwo trafić na drogę, którą należy kroczyć. Istnieją różne pokusy właściwe temu okresowi: dyskutowania o ideach, brak należytej uwagi poświęcanej temu, co się wydarzyło, nadmierne skupianie się na prześladowcach... i sądzę, że najgorszą pokusą ze wszystkich jest oddawanie się przeżuwaniu rozpaczy”[1]. Tak, oddawanie się przeżuwaniu rozpaczy. To właśnie przydarzyło się uczniom.

Jak nam mówił kard. Ezzati, „życie kapłańskie i konsekrowane w Chile przeszło i przechodzi trudne godziny nieobojętnych wstrząsów i wyzwań. Wraz z wiernością ogromnej większości wyrósł także kąkol zła, z jego następstwem zgorszenia  i dezercji”.

Chwila wstrząsów. Znam ból, wywołany przez nadużycia dokonane na nieletnich i śledzę uważnie to, jak wiele robi się dla przezwyciężenia tego poważnego i bolesnego zła. Jest to ból z powodu szkód i cierpienia ofiar i ich rodzin, które zobaczyły, że zdradzono ich zaufanie, pokładane w sługach Kościoła. Ból z powodu cierpienia wspólnot kościelnych, a także ból was, bracia, którzy oprócz wyczerpania z powodu swego oddania, przeżyliście szkody spowodowane podejrzeniami i zwątpieniami, które w niektórych lub wielu z was mogły zasiać wątpliwości, lęk i nieufność. Wiem, że czasami doświadczaliście zniewag w metrze lub idąc ulicą; za to, że idzie się ubranym „po księżowsku” w wielu wypadkach płaci się wysoką cenę. Dlatego zapraszam was, abyśmy prosili Boga o jasność umysłu do nazywania rzeczy po imieniu, o męstwo proszenia o wybaczenie i zdolność uczenia się słuchania tego, co On nam mówi, a nie przeżuwania przygnębienia.

Chciałbym dodać ponadto inny ważny aspekt. Nasze społeczeństwa zmieniają się. Dzisiejsze Chile różni się bardzo od tego, które poznałem w czasach mojej młodości, gdy się formowałem. Rodzą się nowe i różne formy kulturalne, które nie pasują do znanych nam ram. I musimy przyznać, że często nie wiemy, jak się dostosować do tych nowych okoliczności. Nieraz marzymy o „cebulach z Egiptu” i zapominamy, że ziemia obiecana jest jeszcze przed nami, a nie z tylu. I to, że obietnica jest z wczoraj, ale dotyczy jutra. I wtedy możemy ulec pokusie zamknięcia się w sobie i izolowania się, aby bronić swoich stanowisk, które kończą się jedynie jako dobre monologi. Możemy doświadczać pokusy myślenia, że wszystko jest złe i zamiast głosić „dobrą nowinę”, jedyne, co wyznajemy, to apatia i rozczarowanie. W ten sposób zamykamy oczy na wyzwania duszpasterskie, sądząc, że Duch nie będzie miał nic do powiedzenia. I tak oto zapominamy, że Ewangelia jest drogą nawrócenia, ale nie tylko „innych”, lecz także nas samych.

Czy nam się to podoba czy nie, jesteśmy wezwani do stawiania czoła rzeczywistości takiej, jaka nam się ukazuje – rzeczywistości osobistej, wspólnotowej i społecznej. Apostołowie mówią, że sieci są puste i możemy zrozumieć uczucia, jakie to wywołuje. Wracają do siebie bez wielkich przygód, o których można by opowiadać. Wracają do domu z pustymi rękami, wracają do domu przygnębieni.

Co pozostało z tych uczniów – silnych, pełnych zapału i życia, którzy czuli się wybranymi i zostawili wszystko, aby pójść za Jezusem (por. Mk 1, 16-20)? Co zostało z tych uczniów pewnych siebie, którzy poszliby do więzienia, a nawet oddaliby życie za swego Nauczyciela (por. Łk 22, 33), którzy aby bronić Go, chcieli rzucić ogień na ziemię (por. Łk 9, 54) i w Jego obronie wyciągnęli miecz i walczyli (por. Łk 22, 49-51)? Co zostało z Piotra, który upominał swego Nauczyciela, mówiąc, jak powinien On prowadzić swoje życie (por. Mk 8, 31-33), swój program odkupienia? Przygnębienie.

2. Piotr doświadczający przebaczenia – wspólnota doświadczająca przebaczenia
Oto godzina prawdy w życiu pierwszej wspólnoty. Oto godzina, w której Piotr zderzył się z częścią samego siebie, z częścią prawdy o sobie, której często nie chciał widzieć. Doświadczył swych ograniczeń, swej kruchości, swego bycia grzesznikiem. Piotr, spontaniczny, pobudliwy szef i zbawca, z dużą dawką samowystarczalności i nadmiarem zaufania do samego siebie oraz swoich możliwości, musiał ulec swej słabości i grzechowi. Był takim samym grzesznikiem jak inni, był tak samo jak inni potrzebujący, był tak samo kruchy jak inni. Piotr zawiódł Tego, któremu przysięgał ochronę. Oto kluczowa godzina w życiu Piotra.

Jako uczniom, jako Kościołowi może nam się przydarzyć to samo: są chwile, podczas których zderzamy się nie ze swoją chwałą, ale ze swoją słabością. Kluczowe godziny w życiu uczniów, ale jest to także godzina w której rodzi się apostoł. Niech nas poprowadzi tekst.

„A gdy spożyli śniadanie, rzekł Jezus do Szymona Piotra: «Szymonie, synu Jana, czy miłujesz Mnie więcej anieli ci?” (J 21, 15).

Po posiłku Jezus zaprasza Piotra na przechadzkę i jedynym słowem jest pytanie, pytanie o miłość: „Czy miłujesz Mnie?”. Jezus nie czyni wyrzutów ani potępień. Jedyne, co chce zrobić, to uratować Piotra; chce uratować go od niebezpieczeństwa pozostawania zamkniętym w swym grzechu, aby nie trwał w „przeżuwaniu” rozpaczy, będącej owocem jego ograniczenia; uratować go od niebezpieczeństwa zaniedbania z powodu swoich ograniczeń całego tego dobra, które przeżył z Jezusem. Jezus chce go ustrzec od zamknięcia się w sobie i od izolacji. Chce go uratować od tej niszczycielskiej postawy, jaką jest użalanie się nad sobą lub, przeciwnie, popadanie w pogląd, że „to wszystko jedno”, który ostatecznie kończy się rozcieńczaniem wszelkiego zaangażowania w jeszcze szkodliwszym relatywizmie. Chce go wyzwolić od uważania za wroga każdego, kto się mu sprzeciwia, lub nie godzenia się z pogodą ducha z przeciwieństwami lub krytykami. Chce go uwolnić od smutku, a zwłaszcza od niezadowolenia. Poprzez to pytanie Jezus zaprasza Piotra, aby słuchał swego serca i uczył się rozeznawania. Albowiem „nie od Boga pochodziła obrona prawdy za cenę miłości ani miłości kosztem prawdy, ani równowaga kosztem ich obu. Trzeba rozeznawać. Jezus chce nie dopuścić do tego, aby Piotr stał się szczerym niszczycielem lub miłosiernym kłamcą albo speszonym sparaliżowanym”[2], jak mogłoby się nam przytrafić w tych okolicznościach.

Jezus zapytał Piotra o jego miłość i nalegał na niego, aby mógł udzielić odpowiedzi realistycznej: „Tak, Panie, Ty wiesz, że Cię kocham” (J 21, 17). W ten sposób Jezus utwierdza go w misji. W ten sposób staje się on ostatecznie Jego apostołem.

Cóż umacnia Piotra jako apostoła? Co nas podtrzymuje, jako apostołów? Tylko jedno: „Dostąpiliśmy miłosierdzia” (1 Tm 1, 12-16). Zostaliśmy potraktowani z miłosierdziem. „Pośród naszych grzechów, ograniczeń, bied, pośród naszych rozlicznych upadków Jezus Chrystus zobaczył nas, zbliżył się, podał nam rękę i okazał nam miłosierdzie. Każdy z nas może wspomnieć, i zapamiętać wiele razy, kiedy Pan go zobaczył, spojrzał na niego, zbliżył się i okazał mu miłosierdzie”[3]. I zachęcam was do uczynienia tego. Nie jesteśmy tutaj dlatego, że jesteśmy lepsi od innych. Nie jesteśmy superbohaterami, którzy z wyżyn zniżają się na spotkanie ze „śmiertelnikami”. Zostaliśmy raczej posłani ze świadomością bycia mężczyznami i kobietami, którym wybaczono. I to jest źródłem naszej radości. Jesteśmy konsekrowanymi i duszpasterzami na podobieństwo Jezusa zranionego, zmarłego i zmartwychwstałego. Osoba konsekrowana – a gdy mówię „konsekrowani” myślę o wszystkich tu obecnych – to ta, która znajduje w swych własnych ranach znaki Zmartwychwstania. Która potrafi zobaczyć w ranach świata moc Zmartwychwstania. Która, jak Jezus, nie wychodzi na spotkanie swych braci z wyrzutami i potępieniem.

Jezus Chrystus nie ukazuje się swoim uczniom bez ran; to właśnie na widok Jego ran Tomasz może wyznać wiarę. Jesteśmy wezwani, aby nie zacierać ani nie ukrywać swych ran. Kościół z ranami jest w stanie zrozumieć rany dzisiejszego świata i utożsamiać się z nimi, cierpieć je, towarzyszyć im i próbować leczyć je. Kościół z ranami nie stawia się w centrum, nie uważa się za doskonały, ale stawia tam Jedynego, który może leczyć rany i który ma imię Jezus Chrystus.

Świadomość posiadania ran nas wyzwala; co więcej – uwalnia nas od stawania się punktem odniesienia dla samych siebie, uważania się za najdoskonalszych. Uwalnia nas od tej tendencji „prometejskiej tych, którzy w ostateczności liczą tylko na własne siły i stawiają siebie wyżej od innych, ponieważ zachowują określone normy albo ponieważ są niewzruszenie wierni wobec pewnego katolickiego stylu z przeszłości.”[4].

W Jezusie nasze rany zmartwychwstają. Czynią nas solidarnymi; pomagają nam obalać mury, które zamykają nas w działalności elitarnej, aby pobudzić nas do budowania mostów i do wychodzenia naprzeciw tak wielu spragnionym tej samej miłości miłosiernej, którą tylko Chrystus może nam ofiarować. „Ileż razy marzymy o planach apostolskich ekspansjonistycznych, drobiazgowych i dobrze nakreślonych, typowych dla przegranych generałów! W ten sposób przekreślamy naszą historię Kościoła, która jest chwalebna jako historia ofiar, nadziei, codziennej walki, życia spędzonego na służbie, wytrwałości w żmudnej pracy, ponieważ każda praca jest «potem naszego czoła»”[5]. Widzę z pewnym zatroskaniem, że istnieją wspólnoty, które żyją bardziej pragnieniem znalezienia się na świeczniku, zajmowania miejsca, pojawienia się i pokazania, aniżeli zakasania rękawów i wyjścia, aby dotknąć pełnej cierpień rzeczywistości naszego wiernego ludu.

Ileż dyskusji przywołuje refleksja tego świętego Chilijczyka, który ostrzegał: „Będą więc fałszywe wszystkie te metody, które są narzucane w celu ujednolicania; wszystkie, które usiłują skierować nas do Boga, skłaniając do zapomnienia o naszych braciach; wszystkie, które sprawiają, że zamykamy oczy na wszechświat, zamiast uczyć nas otwierać je, aby wznosić wszystko ku Stwórcy każdego bytu; wszystkie, które czynią nas egoistami i sprawiają, że zamykamy się w samych sobie”[6].

Lud Boży nie oczekuje ani nie potrzebuje nas jako  superbohaterów, czeka na duszpasterzy, konsekrowanych mężczyzn i kobiety, którzy potrafią współczuć, potrafią wziąć za rękę, zatrzymać się przy tym, kto upadł i – podobnie, jak Jezus – pomagają wyjść z tego błędnego koła „przeżuwania” rozpaczy, które zatruwa duszę.

3. Piotr przemieniony – przemieniona wspólnota
Jezus zaprasza Piotra do rozeznania i w ten sposób zaczynają przybierać na sile liczne wydarzenia w życiu Piotra, jak proroczy gest umycia nóg. Piotr, który sprzeciwia się umyciu nóg, zaczął rozumieć, że prawdziwa wielkość przechodzi przez stawanie się małym i sługą[7].

Jakaż to pedagogia naszego Pana! Od proroczego gestu Jezusa do proroczego Kościoła, który – umyty ze swego grzechu – nie boi się wychodzić, aby służyć poranionej ludzkości.

Piotr doświadczył na własnej skórze rany nie tylko grzechu, ale też swych ograniczeń i słabości. Ale odkrył w Jezusie, że jego rany mogą być drogą do Zmartwychwstania. Poznanie Piotra przygnębionego, aby poznać Piotra przemienionego, jest wezwaniem do przejścia od bycia Kościołem przygnębionych zrozpaczonych do Kościoła służącego licznym przygnębionym, żyjącym obok nas. Do Kościoła, zdolnego służyć swemu Panu, gdy był głodny, uwięziony, spragniony, wypędzony, nagi, chory... (Mt 25, 35). Jest to służba, która nie utożsamia się z opiekuńczością czy paternalizmem, ale jest nawróceniem serca. Problem nie polega na nakarmieniu ubogiego, ubraniu nagiego, towarzyszeniu choremu, ale uznaniu, że ubogi, nagi, chory, więzień, wypędzony mają godność, aby zasiąść przy naszych stołach, poczuć się jak „w domu” wśród nas, poczuć się rodziną. Jest to znak, że Królestwo Niebios jest pośród nas. Jest znakiem Kościoła, który został zraniony przez swój grzech, doznał miłosierdzia od swego Pana i stał się proroczy przez swe powołanie.

Odnowienie proroctwa to odnowienie naszego zaangażowania, aby nie czekać na świat idealny, na wspólnotę idealną, na idealnego ucznia, aby żyć lub ewangelizować, ale aby tworzyć warunki, w których każda osoba przygnębiona mogłaby spotkać się z Jezusem. Kocha się nie sytuacje czy idealne wspólnoty, ale kocha się osoby.

Szczere, bolesne i modlitewne uznanie swoich ograniczeń, zamiast oddzielać nas od naszego Pana, pozwala nam wracać do Jezusa, wiedząc, że „On może zawsze, dzięki swej nowości, odnowić nasze życie i naszą wspólnotę, a chociaż propozycja chrześcijańska przemierza mroczne epoki i słabości Kościoła, nigdy się nie starzeje. (...) Za każdym razem, gdy staramy się powrócić do źródeł i odzyskać pierwotną świeżość Ewangelii, pojawiają się nowe drogi, twórcze metody, inne formy wyrazu, bardziej wymowne znaki, słowa zawierające nowy sens dla dzisiejszego świata”[8]. Jakże jest dla nas wszystkich dobre pozwolić, aby Jezus odnawiał nam serce!

Na początku tego spotkania powiedziałem wam, że przyszliśmy tu, aby ponowić swoje „tak” z rozmachem, z zapałem. Chcemy na nowo powiedzieć swoje „tak”, ale realistyczne, gdyż opiera się na spojrzeniu Jezusa. Zachęcam was, abyście po powrocie do swych domów przygotowali w waszym sercu swego rodzaju testament duchowy, na wzór kard. Raúla Silvy Rodrigueza. Jest to piękna modlitwa, rozpoczynająca się od słów: „Kościół, który kocham, jest Świętym Kościołem wszystkich dni, twoim, moim, Świętym Kościołem przez wszystkie dni

Jezus Chrystus, Ewangelia, chleb, Eucharystia, Ciało Chrystusa pokornego każdego dnia z obliczem ubogich oraz z obliczem mężczyzn i kobiet, którzy śpiewali, walczyli, cierpieli. Święty Kościół wszystkich dni”.

Pytam ciebie: Jaki jest Kościół, który kochasz? Czy kochasz ten Kościół zraniony, który znajduje życie w ranach Jezusa?

Dziękuję za to spotkanie. Dziękuję za umożliwienie mi ponownego wypowiedzenia „tak” wraz z wami. Niech Maryja Panna z Góry Karmel osłania was swoim płaszczem.

Proszę, nie zapominajcie modlić się za mnie. Dziękuję.

_________________________
[1] JORGE M. BERGOGLIO,  Las cartas de la tribulación, 9; ed. Diego de Torres, Buenos Aires 1987.
[2]
Por. tamże.
[3]
  Video mensaje al CELAM en ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia en el Continente americano, 27 sierpnia 2016.
[4]
Adhort. ap. Evangelii gaudium, 94.
[5] 
Tamże, 96.
[6] 
Św. ALBERT HURTADO,  Discurso a jóvenes de la Acción Católica, 1943.
[7] 
„Jeśli kto chce być pierwszym, niech będzie ostatnim ze wszystkich i sługą wszystkich” (Mk 9, 35).
[8] 
Adhort. ap. Evangelii gaudium, 11.

[00055-PL.02] [Testo originale: Spagnolo]

[B0033-XX.02]