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Viaggio Apostolico del Santo Padre Francesco in Colombia (6-11 settembre 2017) – Incontro con i Sacerdoti, i Religiosi e le Religiose, i Consacrati e le Consacrate, i Seminaristi e le loro famiglie al Centro Eventi “La Macarena” di Medellín, 09.09.2017


Incontro con i Sacerdoti, i Religiosi e le Religiose, i Consacrati e le Consacrate, i Seminaristi e le loro famiglie al Centro Eventi “La Macarena” di Medellín

Discorso del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua francese

Traduzione in lingua inglese

Traduzione in lingua tedesca

Traduzione in lingua portoghese

Traduzione in lingua polacca

Alle ore 16 di questo pomeriggio, presso il Centro Eventi "La Macarena" di Medellín, il Santo Padre Francesco ha incontrato i sacerdoti, i religiosi e le religiose, i consacrati e le consacrate, i seminaristi e le loro famiglie. Erano presenti sul palco le reliquie di Madre Laura, prima santa colombiana canonizzata da Papa Francesco il 12 maggio 2013.

Dopo il saluto liturgico, l’indirizzo di saluto del Vescovo Ausiliare di Medellín e incaricato della Conferenza Episcopale Colombiana per le vocazioni, S.E. Mons. Elkin Fernando Álvarez Botero, hanno avuto luogo le testimonianze di un sacerdote, di una claustrale e di una famiglia. Quindi, dopo le letture, il Papa ha pronunciato il discorso che riportiamo di seguitoː

Discorso del Santo Padre

Queridos hermanos obispos,
Queridos sacerdotes, consagrados, consagradas, seminaristas,
Queridas familias, ¡queridos «paisas»!

La alegoría de la vid verdadera que acabamos de escuchar del Evangelio de Juan se da en el contexto de la última cena de Jesús. En ese ambiente de intimidad, de cierta tensión pero cargada de amor, el Señor lavó los pies de los suyos, quiso perpetuar su memoria en el pan y el vino, y también les habló a los que más quería desde lo hondo de su corazón.

En esa primera noche «eucarística», en esa primera caída del sol después del gesto de servicio, Jesús abre su corazón; les entrega su testamento. Y así como en aquel cenáculo se siguieron reuniendo posteriormente los Apóstoles, con algunas mujeres y María, la Madre de Jesús (cf. Hch 1,13-14), hoy también acá en este espacio nos hemos reunido nosotros a escucharlo, y a escucharnos. La hermana Leidy de San José, María Isabel y el padre Juan Felipe nos han dado su testimonio. También cada uno de los que estamos aquí podríamos narrar la propia historia vocacional. Y todos coincidirían en la experiencia de Jesús que sale a nuestro encuentro, que nos primerea y que de ese modo nos ha captado el corazón. Como dice el Documento de Aparecida: «Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo» (n. 29), el gozo de evangelizar.

Muchos de ustedes, jóvenes, habrán descubierto este Jesús vivo en sus comunidades; comunidades de un fervor apostólico contagioso, que entusiasman y suscitan atracción. Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas; la vida fraterna y fervorosa de la comunidad es la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 107). Los jóvenes son naturalmente inquietos -o ¿me equivoco?-. Y aquí quiero detenerme un instante y hacer memoria dolorosa, es un paréntesis esto. Los jóvenes son naturalmente inquietos, inquietud tantas veces engañada, destruida por los sicarios de la droga. Medellín me trae ese recuerdo, me evoca tantas vidas jóvenes truncadas, descartadas, destruídas. Los invito a recordar, a acompañar este luctuoso cortejo, a pedir perdón para quienes destruyeron las ilusiones de tantos jóvenes, pedir al Señor que convierta sus corazones, a pedir que acaba esta derrota de la humanidad joven. Los jóvenes son naturalmente inquietos y, si bien asistimos a una crisis del compromiso y de los lazos comunitarios, son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y de voluntariado, son muchos. Y algunos, sí, son católicos praticantes, otros son católicos “al agua de rosas” –como decía mi abuela-, otros no saben si creen o no creen, pero esa inquietud los lleva a hacer algo por los demás, esa inquietud hace llenar los voluntariados de todo el mundo de rostros jóvenes, hay que encauzar la inquietud. Cuando lo hacen captados por Jesús, sintiéndose parte de la comunidad, se convierten en «callejeros de la fe», felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra (cf. ibíd., 107). Y cuántos, sin saber que lo están llevando, lo llevan. Esa riqueza de callejear sirviendo, de ser callejeros de una fe que quizás ellos mismos no terminan de entender, es testimonio, testimonio que nos abre a la acción del Espíritu Santo que entra y nos va trabajando el corazón.

En uno de los viajes, una Jornada de la Juventud en Polonia [Cracovia 2016], en el almuerzo que tuve con los jóvenes, con 15 jóvenes y el Arzobispo, uno me preguntó: “¿Qué le puedo decir yo a un compañero mio joven que es ateo, que no cree, qué argumento le puedo dar?”. Y a mi se me ocurrió contestarle: Mirá, lo último que tenés que hacer es decirle algo. Se quedó mirando. Empezá a hacer, empezá a comportarte de tal manera que la inquietud que él tiene adentro lo haga curioso y te pregunte, y cuando te pregunte tu testimonio, ahí podés empezar a decir algo. Es tan importante ese callejear, callejear la fe, callejear la vida.

Esa es la vid a la que se refiere Jesús en el texto que hemos proclamado: la vid que es todo ese «pueblo de la alianza». Profetas como Jeremías, Isaías o Ezequiel se refieren a él como una vid, hasta un salmo, el 80, canta diciendo: «Tú sacaste de Egipto una vid... le preparaste terreno, echó raíces y llenó toda la región» (vv.9-10). A veces expresan el gozo de Dios ante su vid, otras su enojo, desconcierto o despecho; jamás, jamás Dios se desentiende de su vid, nunca deja de padecer sus distancias – si yo me alejo Él sufre en su corazón-, nunca deja de salir al encuentro de este pueblo que, cuando se aleja de Él se seca, arde y se destruye.

¿Cómo es la tierra, el sustento, el soporte donde crece esta vid en Colombia? ¿En qué contextos se generan los frutos de las vocaciones de especial consagración? Seguramente en ambientes llenos de contradicciones, de claroscuros, de situaciones vinculares complejas. Nos gustaría contar con un mundo, con familias y vínculos más llanos, pero somos parte de este cambio de época, de esta crisis cultural, y en medio de ella, contando con ella, Dios sigue llamando. O sea que a mí no que no me vengas con el cuento de que: “No, claro, no hay tantas vocaciones de especial consagración, porque, claro, con esta crisis que vivimos..” Eso saben qué es: cuentos chinos, ¿clarito?. Aún en medio de esta crisis Dios sigue llamando. Sería casi evasivo pensar que todos ustedes han escuchado el llamado de Dios en medio de familias sostenidas por un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia (cf. Exhort. ap. Amoris laetitia, 5). Algunos sí, pero no todos. Algunas familias, quiera Dios que muchas, son así. Pero tener los pies sobre la tierra es reconocer que nuestros procesos vocacionales, el despertar del llamado de Dios, nos encuentra más cerca de aquello que ya relata la Palabra de Dios y de lo que tanto sabe Colombia: «Un sendero de sufrimiento y de sangre […] la violencia fratricida de Caín sobre Abel y los distintos litigios entre los hijos y entre las esposas de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, llegando luego a las tragedias que llenan de sangre a la familia de David, hasta las múltiples dificultades familiares que surcan la narración de Tobías o la amarga confesión de Job abandonado» (ibíd., 20). Y desde el comienzo ha sido así, no piensen en la situación ideal, ésta es la situación real. Dios manifiesta su cercanía y su elección donde quiere, en la tierra que quiere, y como esté en ese momento, con las contradicciones concretas, como Él quiere;. Él cambia el curso de los acontecimientos al llamar a hombres y mujeres en la fragilidad de la propia historia personal y comunitaria. No le tengamos miedo a esta tierra compleja. Antenoche, una chica con capacidades especiales, en el grupo que me dio la bienvenida en la Nunciatura, habló que en el núcleo de lo humano está la vulnerabilidad, y explicaba por qué. Y a mi se me ocurrió preguntarle: “¿Todos somos vulnerables?” - “Sí, todos”. “¿Pero hay alguien que no es vulnerable?”. Me contestó: “Dios”. Pero Dios quizo hacerse vulnerable y quizo salir a callejaer con nosotros, quizo salir a vivir nuestra historia tal como era, quizo hacerse hombre en medio de una contradicción, en medio de algo incomprensible, con la aceptación de una chica que no comprendía pero obedece y de un hombre justo que siguió lo que le fue mandado, pero todo eso en medio de contradicciones. ¡No tengamos miedo en esta tierra compleja!. Dios siempre ha hecho el milagro de generar buenos racimos, como las arepas al desayuno. ¡Que no falten vocaciones en ninguna comunidad y en ninguna familia de Medellín! Y cuando en el desayuno se encuentren con una sorpresa de esas lindas: “¡Qué lindo!, ¿y Dios es capaz de hacer algo conmigo?”. Pregúntenselo, antes de comerla, pregúntenselo.

Y esta vid —que es la de Jesús— tiene el atributo de ser la verdadera. Él ya utilizó este término en otras ocasiones en el Evangelio de Juan: la luz verdadera, el verdadero pan del cielo, o el testimonio verdadero. Ahora, la verdad no es algo que recibimos —como el pan o la luz— sino que brota desde adentro. Somos pueblo elegido para la verdad, y nuestro llamado tiene que ser en la verdad. Si somos sarmientos de esa vid, si nuestra vocación está injertada en Jesús, no puede haber lugar para el engaño, la doblez, las opciones mezquinas. Todos tenemos que estar atentos para que cada sarmiento sirva para lo que fue pensado: para dar frutos. ¿Yo estoy dispuesto a dar frutos? Desde los comienzos, a quienes les toca acompañar los procesos vocacionales, tendrán que motivar la recta intención, es decir, el deseo auténtico de configurarse con Jesús, el pastor, el amigo, el esposo. Cuando los procesos no son alimentados por esta savia verdadera que es el Espíritu de Jesús, entonces hacemos experiencia de la sequedad y Dios descubre con tristeza aquellos tallos ya muertos. Las vocaciones de especial consagración mueren cuando se quieren nutrir de honores, cuando están impulsadas por la búsqueda de una tranquilidad personal y de promoción social, cuando la motivación es «subir de categoría», apegarse a intereses materiales, que llegan incluso a la torpeza del afán de lucro. Lo dije ya en otras ocasiones y lo quiero repetir como algo que es verdad y es cierto, no se olviden, el diablo entra por el bolsillo, siempre. Esto no es privativo de los comienzos, todos nosotros tenemos que estar atentos porque la corrupción en los hombres y las mujeres que están en la Iglesia empieza así, poquito a poquito, luego —nos lo dice Jesús mismo— se enraíza en el corazón y acaba desalojando a Dios de la propia vida. «No se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,21.24) (Aplausos). Jesús dice: “No se puede servir a dos señores”. O sea, a dos Señores, como si hubiera sólo dos señores en el mundo: no se puede servir a Dios y al dinero. Jesús le da categoría de señor al dinero, ¿qué quiere decir?: Que si te agarra no te suelta, será tu señor desde tu corazón, cuidado. No podemos aprovecharnos de nuestra condición religiosa y de la bondad de nuestro pueblo para ser servidos y obtener beneficios materiales.

Hay situaciones, estilos y opciones que muestran los signos de sequedad y de muerte, ¿cuándo es eso?: ¡No pueden seguir entorpeciendo el fluir de la savia que alimenta y da vida! El veneno de la mentira, el ocultamiento, la manipulación y el abuso al Pueblo de Dios, a los frágiles y especialmente a los ancianos y niños no pueden tener cabida en nuestra comunidad. Cuando un consagrado, una consagrada, una comunidad, una institución - llámese parroquia o lo que sea- opta por ese estilo es una rama seca. Sólo hay que sentarse y esperar que el Señor la venga a cortar. Pero Dios no sólo corta; la alegoría continúa diciendo que Dios limpia la vid de imperfecciones. ¡Tan linda es la poda!, duele pero es linda. La promesa es que daremos fruto, y en abundancia, como el grano de trigo, si somos capaces de entregarnos, de donar la vida libremente. Tenemos en Colombia ejemplos de que esto es posible. Pensamos en santa Laura Montoya, una religiosa admirable cuyas reliquias hoy tenemos aquí. Ella desde esta ciudad se prodigó en una gran obra misionera en favor de los indígenas de todo el país. La mujer consagrada ¡cuánto nos enseña de entrega silenciosa, abnegada, sin mayor interés que expresar el rostro maternal de Dios! Así mismo, podemos recordar al beato Mariano de Jesús Euse Hoyos, uno de los primeros alumnos del Seminario de Medellín, y a otros sacerdotes y religiosas de Colombia, cuyos procesos de canonización han sido introducidos; como también otros tantos, miles de colombianos anónimos que, en la sencillez de su vida cotidiana, han sabido entregarse por el Evangelio y que ustedes seguramente llevarán en su memoria y serán estímulo de entrega. Todos nos muestran que es posible seguir fielmente la llamada del Señor, que es posible dar mucho fruto, aun ahora, en estos tiempos y en este sitio.

La buena noticia es que Él está dispuesto a limpiarnos, la buena noticia es que todavía no estamos terminados, estamos en proceso de fabricación, que como buenos discípulos estamos en camino. ¿Cómo va cortando Jesús los factores de muerte que anidan en nuestra vida y distorsionan el llamado? Invitándonos a permanecer en Él; permanecer no significa solamente estar, sino que indica mantener una relación vital, existencial, de absoluta necesidad; es vivir y crecer en unión fecunda con Jesús, fuente de vida eterna. Permanecer en Jesús no puede ser una actitud meramente pasiva o un simple abandono sin consecuencias en la vida cotidiana, siempre trae una consecuencia, siempre. Y permítanme proponerles –porque se está haciendo un poco largo esto [responden: “No!”] No van a decir que sí, así que no les creo– permítanme proponerles tres modos de hacer efectivo este permanecer, o sea que los puede ayudar a permanecer en Jesús.

1. Permanecemos en Jesús tocando la humanidad de Jesús:
Con la mirada y los sentimientos de Jesús, que contempla la realidad no como juez, sino como buen samaritano; que reconoce los valores del pueblo con el que camina, así como sus heridas y pecados; que descubre el sufrimiento callado y se conmueve ante las necesidades de las personas, sobre todo cuando estas se ven avasalladas por la injusticia, la pobreza indigna, la indiferencia, o por la perversa acción de la corrupción y la violencia.

Con los gestos y palabras de Jesús, que expresan amor a los cercanos y búsqueda de los alejados; ternura y firmeza en la denuncia del pecado y el anuncio del Evangelio; alegría y generosidad en la entrega y el servicio, sobre todo a los más pequeños, rechazando con fuerza la tentación de dar todo por perdido, de acomodarnos o de volvernos sólo administradores de desgracias. ¿Cuántas veces escuchamos hombres y mujeres consagrados que parece que en vez de administrar gozo, alegría, crecimiento, vida, administran desgracias, y se la pasan lamentándose, lamentándose de las desgracias de este mundo. Es la esterilidad, la esterilidad de quien es incapaz de tocar la carne sufriente de Jesús.

2. Permanecemos contemplando su divinidad:
Despertando y sosteniendo la admiración por el estudio que acrecienta el conocimiento de Cristo porque, como recuerda san Agustín, no se puede amar a quien no se conoce (cf. La Trinidad, Libro X, cap. I, 3).

Privilegiando para ese conocimiento el encuentro con la Sagrada Escritura, especialmente el Evangelio, donde Cristo nos habla, nos revela su amor incondicional al Padre, nos contagia la alegría que brota de la obediencia a su voluntad y el servicio a los hermanos. Yo les quiero hacer una pregunta, pero no me la respondan, se la responde cada uno a sí mismo: ¿Cuántos minutos o cuántas horas leo el Evangelio o la Escritura por día? Se la contestan. Quien no conoce las Escrituras, no conoce a Jesús. Quien no ama las Escrituras, no ama a Jesús (cf. San Jerónimo, Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24,17). ¡Gastemos tiempo en una lectura orante de la Palabra! En auscultar en ella qué quiere Dios para nosotros y nuestro pueblo.

Que todo nuestro estudio nos ayude a ser capaces de interpretar la realidad con los ojos de Dios, que no sea un estudio evasivo de los aconteceres de nuestro pueblo, que tampoco vaya al vaivén de modas o ideologías. Que no viva de añoranzas ni quiera encorsetar el misterio, que no quiera responder a preguntas que ya nadie se hace y dejar en el vacío existencial a aquellos que nos cuestionan desde las coordenadas de sus mundos y sus culturas.

Permanecer y contemplar su divinidad haciendo de la oración parte fundamental de nuestra vida y de nuestro servicio apostólico. La oración nos libera del lastre de la mundanidad, nos enseña a vivir de manera gozosa, a elegir alejándonos de la superficialidad, en un ejercicio de verdadera libertad. En la oración crecemos en libertad, en la oración aprendemos a ser libres. La oración nos saca de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una experiencia religiosa vacía y nos lleva a ponernos con docilidad en las manos de Dios para realizar su voluntad y hacer eficaz su proyecto de salvación. Y en la oración, yo les quiero aconsejar una cosa también: pidan, contemplen, agradezcan, intercedan, pero también acostúmbrense a adorar. No está muy de moda adorar. Acostúmbrense a adorar. Aprender a adorar en silencio. Aprendan a orar así.

Seamos hombres y mujeres reconciliados para reconciliar. Haber sido llamados no nos da un certificado de buena conducta e impecabilidad; no estamos revestidos de una aureola de santidad. “Guai”, el religioso, el consagrado, el cura o la monja que vive con cara de estampita, por favor, “guai”. Todos somos pecadores, todos necesitamos del perdón y la misericordia de Dios para levantarnos cada día; Él arranca lo que no está bien y hemos hecho mal, lo echa fuera de la viña, lo quema. Nos deja limpios para poder dar fruto. Así es la fidelidad misericordiosa de Dios para con su pueblo, del que somos parte. Él nunca nos dejará tirados al costado del camino, nunca. Dios hace de todo para evitar que el pecado nos venza y que después nos cierre las puertas de nuestra vida a un futuro de esperanza y de gozo. Él hace de todo para evitar eso, y si no lo logra se queda al lado, hasta que se me ocurra mirar para arriba, porque me doy cuenta que estoy caído. Así es Él.

3. Finalmente, hay que permanecer en Cristo para vivir en alegría: tercero, permanecer para vivir en alegría
Si permanecemos en Él, su alegría estará con nosotros. No seremos discípulos tristes y apóstoles amargados. Léan el final de la Evangelii nuntiandi [Exhortación apostólica de Pablo VI], os aconsejo esto. Al contrario, reflejaremos y portaremos la alegría verdadera, el gozo pleno que nadie nos va a poder quitar, difundiremos la esperanza de nuestra vida nueva que Cristo nos ha traído. El llamado de Dios no es una carga pesada que nos roba la alegría, ¿es pesada? A veces sí, pero no nos roba la alegría. A través de ese peso también nos da la alegría. Dios no nos quiere sumidos en la tristeza -uno de los malos espíritus que se apoderaban del alma y que ya lo denunciaban los monjes del desierto-; Dios no nos quiere sumidos en el cansancio que viene de las actividades mal vividas, sin una espiritualidad que haga feliz nuestra vida y aun nuestras fatigas. Nuestra alegría contagiosa tiene que ser el primer testimonio de la cercanía y del amor de Dios. Somos verdaderos dispensadores de la gracia de Dios cuando trasparentamos la alegría del encuentro con Él.

En el Génesis, después del diluvio, Noé planta una vid como signo del nuevo comienzo; finalizando el Éxodo, los que Moisés envió a inspeccionar la tierra prometida, volvieron con un racimo de uvas de este tamaño [hace el gesto], signo de esa tierra que manaba leche y miel. Dios se ha fijado en nosotros, en nuestras comunidades y en nuestras familias, están aquí presentes y me parece de muy buen gusto, que estén los padres y las madres de los consagrados, los sacerdotes y seminaristas. Dios se ha fijado en nosotros, en nuestras comunidades y familias. El Señor ha puesto su mirada sobre Colombia: ustedes son signo de ese amor de predilección. Nos toca ofrecer todo nuestro amor y servicio unidos a Jesucristo, que es nuestra vid. Y ser promesa de un nuevo inicio para Colombia, que deja atrás diluvios –como el de Noe– de desencuentro y violencia, que quiere dar muchos frutos de justicia y de paz, de encuentro y de solidaridad. Que Dios los bendiga; que bendiga la vida consagrada en Colombia. Y no se olviden de rezar por mí, para que me bendiga también, gracias.

[01235-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Cari fratelli Vescovi,
cari sacerdoti, consacrati, consacrate, seminaristi,
care famiglie, cari amici colombiani!

L’allegoria della vera vite, che abbiamo appena ascoltato dal Vangelo di Giovanni, si colloca nel contesto dell’Ultima Cena di Gesù. In quel clima di intimità, di una certa tensione ma carica di amore, il Signore lavò i piedi dei suoi, volle perpetuare la sua memoria nel pane e nel vino, e inoltre parlò dal profondo del suo cuore a quelli che più amava.

In quella prima sera “eucaristica”, in quel primo tramonto del sole dopo il gesto di servizio, Gesù apre il suo cuore; consegna loro il suo testamento. E come in quel cenacolo continuarono poi a riunirsi gli Apostoli, con alcune donne e Maria, la Madre di Gesù (cfr At 1,13-14), così oggi qui in questo luogo ci siamo riuniti per ascoltarlo, e per ascoltarci. Suor Leidy di San Giuseppe, María Isabel e padre Juan Felipe ci hanno dato la loro testimonianza; anche ognuno di noi che siamo qui potrebbe raccontare la propria storia vocazionale. E tutti avremmo in comune l’esperienza di Gesù che ci viene incontro, ci precede e in questo modo ci ha “catturato” il cuore. Come dice il Documento di Aparecida: «Conoscere Gesù è il più bel regalo che qualunque persona può ricevere; averlo incontrato è per noi la cosa migliore che ci è capitata nella vita, e farlo conoscere con le nostre parole e opere è per noi una gioia», la gioia di evangelizzare (n. 29).

Molti di voi, giovani, avete scoperto questo Gesù vivo nelle vostre comunità; comunità con un fervore apostolico contagioso, che entusiasmano e suscitano attrazione. Dove c’è vita, fervore, voglia di portare Cristo agli altri, nascono vocazioni genuine; la vita fraterna e fervente della comunità è quella che suscita il desiderio di consacrarsi interamente a Dio e all’evangelizzazione (cfr Esort. ap. Evangelii gaudium, 107). I giovani sono per natura inquieti, in ricerca – o mi sbaglio? –. E qui voglio fermarmi un momento e fare una memoria dolorosa. E’ una parentesi, questa. I giovani sono naturalmente inquieti, inquietudine tante volte ingannata, distrutta dai sicari della droga. Medellín mi porta questo ricordo, mi evoca tante vite giovani stroncate, scartate, distrutte. Vi invito a ricordare, ad accompagnare questo luttuoso corteo, a chiedere perdono per chi ha distrutto le aspirazioni di tanti giovani, chiedere al Signore che converta i loro cuori, che abbia fine questa sconfitta dell’umanità giovane. I giovani sono per natura inquieti, in ricerca, e, benché assistiamo a una crisi dell’impegno e dei legami comunitari, sono molti i giovani che si mobilitano insieme di fronte ai mali del mondo e si dedicano a diverse forme di militanza e di volontariato. Sono molti. E alcuni, sì, sono cattolici praticanti, molti sono cattolici “all’acqua di rose”, come diceva mia nonna; altri non sanno se credono o non credono… Ma questa inquietudine li porta a fare qualcosa per gli altri, questa inquietudine riempie il volontariato di tutto il mondo di volti giovani. Bisogna incanalare l’inquietudine. Quando lo fanno per amore di Gesù, sentendosi parte della comunità, diventano “viandanti della fede”, felici di portare Gesù in ogni strada, in ogni piazza, in ogni angolo della terra (cfr ibid., 107). E quanti, senza sapere che lo stanno portando, lo portano! E’ questa ricchezza di andare per le strade servendo, di essere viandanti di una fede che forse loro stessi non capiscono del tutto; è testimonianza, testimonianza che ci apre all’azione dello Spirito Santo che entra e lavorerà nei nostri cuori.

In uno dei viaggi della Giornata della Gioventù in Polonia [Cracovia 2016], in un pranzo che ho fatto con i giovani – con 15 giovani e l’Arcivescovo – uno mi ha chiesto: “Cosa posso dire a un mio compagno, giovane, che è ateo, che non crede? Che argomenti posso portargli?”. E mi è venuto spontaneo rispondergli: “Guarda, l’ultima cosa che devi fare è dirgli qualcosa!”. E’ rimasto sorpreso. Comincia a fare, comincia a comportarti in maniera tale che l’inquietudine che lui ha dentro di sé lo renda curioso e ti domandi; e quando ti chiede la tua testimonianza, lì puoi incominciare a dire qualcosa. E’ tanto importante questo essere viandanti, viandanti della fede, viandanti della vita.

La vite a cui si riferisce Gesù, nel testo che è stato proclamato, è la vite che è tutto il “popolo dell’alleanza”. Profeti come Geremia, Isaia ed Ezechiele si riferiscono ad esso paragonandolo a una vite; e anche un salmo, l’80, canta dicendo: «Hai sradicato una vite dall’Egitto […]. Le hai preparato il terreno, hai affondato le sue radici ed essa ha riempito la terra» (vv. 9-10). A volte esprimono la gioia di Dio per la sua vite, altre volte la sua collera, la delusione o il dispetto […]; mai, mai Dio se ne si disinteressa della sua vite, mai smette di soffrire per i suoi allontanamenti – se io mi allontano Lui soffre nel suo cuore – mai smette di andare incontro a questo popolo che, quando si separa da Lui si secca, brucia e si distrugge.

Com’è la terra, il nutrimento, il sostegno dove cresce questa vite in Colombia? In quali contesti si generano i frutti delle vocazioni di speciale consacrazione? Sicuramente in ambienti pieni di contraddizioni, di chiaroscuri, di situazioni relazionali complesse. Ci piacerebbe avere a che fare con un mondo, con famiglie e legami più sereni, ma siamo dentro questo cambiamento epocale, questa crisi culturale, e in mezzo ad essa, tenendo conto di essa, Dio continua a chiamare. E non venite qui a raccontarmi: “No, certo, non ci sono tante vocazioni di speciale consacrazione, perché, è chiaro, con questa crisi che stiamo vivendo…”. Sapete cos’è questa? E’ una favoletta! Chiaro? Anche in mezzo a questa crisi, Dio continua a chiamare. Sarebbe quasi illusorio pensare che tutti voi avete ascoltato la chiamata del Signore all’interno di famiglie sostenute da un amore forte e pieno di valori come la generosità, l’impegno, la fedeltà e la pazienza (cfr Esort. ap. Amoris laetitia, 5). Alcuni sì, ma non tutti. Alcune famiglie, Dio voglia molte, sono così. Ma tenere i piedi per terra vuol dire riconoscere che i nostri percorsi vocazionali, il sorgere della chiamata di Dio, ci trova più vicino a ciò che riporta la Parola di Dio e che ben conosce la Colombia: «un sentiero di sofferenza e di sangue […] la violenza fratricida di Caino su Abele e i vari litigi tra i figli e tra le spose dei patriarchi Abramo, Isacco e Giacobbe, per giungere poi alle tragedie che riempiono di sangue la famiglia di Davide, fino alle molteplici difficoltà familiari che solcano il racconto di Tobia o l’amara confessione di Giobbe abbandonato» (ibid., 20). E fin dall’inizio è stato così: non pensate alla situazione ideale, questa è la situazione reale. Dio manifesta la sua vicinanza e la sua elezione dove vuole, nella terra che vuole, così com’è in quel momento, con le contraddizioni concrete, come Lui vuole. Egli cambia il corso degli avvenimenti chiamando uomini e donne nella fragilità della storia personale e comunitaria di ciascuno. Non abbiamo paura in di questa terra complessa. Ieri sera, una ragazza con capacità speciali, nel gruppo che mi ha dato il benvenuto, che mi ha accolto alla Nunziatura, ha detto che nel nucleo dell’umano c’è la vulnerabilità, e spiegava perché. E mi è venuto in mente di chiederle: “Siamo tutti vulnerabili? – “Sì, tutti” – “Ma c’è qualcuno che non è vulnerabile?”. E lei ha risposto: “Dio”. Ma Dio ha voluto farsi vulnerabile, ha voluto uscire a camminare con noi per la strada, vivere la nostra storia così com’era; ha voluto farsi uomo in mezzo a una contraddizione, in mezzo a qualcosa di incomprensibile, con il consenso di una ragazza che non comprendeva ma obbedisce e di un uomo giusto che ha seguito quello che gli era stato comandato; ma tutto questo in mezzo a tante contraddizioni. Non abbiamo paura in questa terra complessa! Dio ha sempre fatto il miracolo di generare buoni grappoli, come le buone focacce a colazione. Che non manchino vocazioni in nessuna comunità, in nessuna famiglia di Medellín! E quando a colazione trovate una di queste belle sorprese, dite: “Ah, che bello! E Dio è capace di fare qualcosa con me?”. Chiedetevelo, prima di mangiarla! Chiedetevelo.

E questa vite – che è quella di Gesù – ha la caratteristica di essere quella vera. Egli ha già utilizzato questo aggettivo in altre occasioni nel Vangelo di Giovanni: la luce vera, il vero pane del cielo, la vera testimonianza. Ora, la verità non è qualcosa che riceviamo – come il pane o la luce – ma qualcosa che scaturisce dall’interno. Siamo popolo eletto per la verità, e la nostra chiamata dev’essere nella verità. Se siamo tralci di questa vite, se la nostra vocazione è innestata in Gesù, non c’è posto per l’inganno, la doppiezza, le scelte meschine. Tutti dobbiamo essere attenti affinché ogni tralcio serva a ciò per cui è stato pensato: per portare frutto. Io, sono pronto a portare frutto? Fin dall’inizio, coloro a cui spetta il compito di accompagnare i percorsi vocazionali, dovranno motivare la retta intenzione, cioè il desiderio autentico di configurarsi a Gesù, il pastore, l’amico, lo sposo. Quando i percorsi non sono alimentati da questa vera linfa che è lo Spirito di Gesù, allora facciamo esperienza dell’aridità e Dio scopre con tristezza quei polloni già morti. Le vocazioni di speciale consacrazione muoiono quando vogliono nutrirsi di onori, quando sono spinte dalla ricerca di una tranquillità personale e di promozione sociale, quando la motivazione è “salire di categoria”, attaccarsi a interessi materiali, che arrivano anche all’errore della brama di guadagno. L’ho già detto in altre occasioni, e voglio ripeterlo come qualcosa che è vero e sicuro, non dimenticatelo: il diavolo entra dal portafoglio. Sempre. Questo non riguarda solo gli inizi, tutti dobbiamo stare attenti, perché la corruzione negli uomini e nelle donne che sono nella Chiesa comincia così, poco a poco, e poi – lo dice Gesù stesso – mette radici nel cuore e finisce per allontanare Dio dalla propria vita. «Non potete servire Dio e la ricchezza» (Mt 6,24). Gesù dice: “Non si può servire due signori”. Due signori: è come se ci fossero due signori nel mondo. Non si può servire Dio e il denaro. Gesù dà il titolo di “signore” al denaro. Che cosa vuol dire? Che se ti prende non ti lascia andare: sarà il tuo signore partendo dal tuo cuore. Attenzione! Non possiamo approfittare della nostra condizione religiosa e della bontà della nostra gente per essere serviti e ottenere benefici materiali.

Ci sono situazioni, atteggiamenti e scelte che mostrano i segni dell’aridità e della morte - quando avviene questo? -: non possono continuare a rallentare il flusso della linfa che nutre e dà vita! Il veleno della menzogna, delle cose nascoste, della manipolazione e dell’abuso del popolo di Dio, dei più fragili e specialmente degli anziani e dei bambini non può trovare spazio nella nostra comunità. Quando un consacrato o una consacrata o una comunità, un’istituzione – che sia la parrocchia o qualsiasi – sceglie di seguire questo stile, è un ramo secco; bisogna solo sedersi e aspettare che Dio venga a tagliarlo.

Ma Dio non solo taglia; l’allegoria continua dicendo che Dio pota la vite dalle imperfezioni. E’ così bella la potatura! Fa male però è bella. La promessa è che daremo frutto, e in abbondanza, come il chicco di grano, se siamo capaci di donarci, di dare liberamente la vita. In Colombia abbiamo esempi del fatto che questo è possibile. Pensiamo a santa Laura Montoya, una religiosa mirabile le cui reliquie sono qui. Lei da questa città si è prodigata in una grande opera missionaria in favore degli indigeni di tutto il Paese. Quanto ci insegna questa donna consacrata nella dedizione silenziosa, vissuta con abnegazione, senza altro interesse che manifestare il volto materno di Dio! E così possiamo ricordare il beato Mariano di Gesù Euse Hoyos, uno dei primi alunni del Seminario di Medellín, e altri sacerdoti e religiose colombiani, i cui processi di canonizzazioni sono stati introdotti; come pure tanti altri, migliaia di colombiani anonimi che nella semplicità della loro vita quotidiana hanno saputo donarsi per il Vangelo e di cui voi sicuramente conserverete la memoria e vi saranno stimolo di dedizione. Tutti ci mostrano che è possibile seguire fedelmente la chiamata del Signore, che è possibile portare molto frutto, anche adesso, in questo tempo e in questo luogo.

La buona notizia è che Lui è disposto a purificarci; la buona notizia è che non siamo ancora “finiti”, siamo ancora nel “processo di fabbricazione” e come buoni discepoli siamo in cammino. E in che modo Gesù taglia i fattori di morte che attecchiscono nella nostra vita e distorcono la chiamata? Invitandoci a rimanere in Lui; rimanere non significa solamente stare, bensì indica mantenere una relazione vitale, esistenziale, assolutamente necessaria; è vivere e crescere in unione feconda con Gesù, fonte di vita eterna. Rimanere in Gesù non può essere un atteggiamento meramente passivo o un semplice abbandono senza conseguenze nella vita quotidiana. C’è sempre una conseguenza, sempre. E permettetemi di proporvi – perché sta diventando un po’ lungo… [gridano: “No!”] Naturalmente non direte “sì”, e allora non vi credo! – permettetemi di proporvi tre modi di rendere effettivo questo rimanere, che vi possono aiutare a rimanere in Gesù.

1. Rimaniamo in Gesù toccando l’umanità di Gesù
Con lo sguardo e i sentimenti di Gesù, che contempla la realtà non come giudice, ma come buon samaritano; che riconosce i valori del popolo con cui cammina, come pure le sue ferite e i suoi peccati; che scopre la sofferenza silenziosa e si commuove davanti alle necessità delle persone, soprattutto quando queste si trovano succubi dell’ingiustizia, della povertà disumana, dell’indifferenza, o dell’azione perversa della corruzione e della violenza.

Con i gesti e le parole di Gesù, che esprimono amore ai vicini e ricerca dei lontani; tenerezza e fermezza nella denuncia del peccato e nell’annuncio del Vangelo; gioia e generosità nella dedizione e nel servizio, soprattutto ai più piccoli, respingendo con forza la tentazione di dare tutto per perduto, di accomodarci o di diventare solo amministratori di sventure. Quante volte ascoltiamo uomini e donne consacrati, che sembra che invece di amministrare gioia, crescita, vita, amministrano disgrazie, e passano il tempo a lamentarsi delle disgrazie di questo mondo. E’ la sterilità, la sterilità di chi è incapace di toccare la carne sofferente di Gesù.

2. Rimaniamo contemplando la sua divinità
Suscitando e sostenendo la stima per lo studio che accresce la conoscenza di Cristo, perché, come ricorda sant’Agostino, non si può amare chi non si conosce (cfr La Trinità, Libro X, cap. I, 3).

Privilegiando per questa conoscenza l’incontro con la Sacra Scrittura, specialmente con il Vangelo, dove Cristo ci parla, ci rivela il suo amore incondizionato al Padre, ci contagia la gioia che sgorga dall’obbedienza alla sua volontà e dal servizio ai fratelli. Voglio farvi una domanda, ma non rispondete, ognuno risponde per conto suo. Quanti minuti o quante ore io leggo il Vangelo o la Scrittura ogni giorno? Datevi la risposta. Chi non conosce le Scritture, non conosce Gesù. Chi non ama le Scritture, non ama Gesù (cfr Girolamo, Prologo al commento sul profeta Isaia: PL 24, 17). Diamo tempo a una lettura orante della Parola!, ad ascoltare in essa che cosa Dio vuole per noi e per il nostro popolo.

Che tutto il nostro studio ci aiuti ad essere capaci di interpretare la realtà con gli occhi di Dio; che non sia uno studio evasivo rispetto a ciò che vive la nostra gente e neppure segua le onde delle mode e delle ideologie. Che non viva di nostalgie e non voglia ingabbiare il mistero; non cerchi di rispondere a domande che nessuno si pone più per lasciare nel vuoto esistenziale quelli che ci interpellano dalle coordinate dei loro mondi e delle loro culture.

Rimanere e contemplare la sua divinità facendo della preghiera la parte fondamentale della nostra vita e del nostro servizio apostolico. La preghiera ci libera dalla zavorra della mondanità, ci insegna a vivere in modo gioioso, a scegliere tenendoci lontani dalla superficialità, in un esercizio di autentica libertà. Nella preghiera cresciamo in libertà, nella preghiera impariamo a essere liberi. La preghiera ci toglie dalla tendenza a centrarci su noi stessi, nascosti in un’esperienza religiosa vuota, e ci conduce a porci con docilità nelle mani di Dio per compiere la sua volontà e corrispondere al suo progetto di salvezza. E nella preghiera, voglio anche consigliarvi una cosa: chiedete, contemplate, ringraziate, intercedete, ma abituatevi anche ad adorare. Non è molto di moda, adorare. Abituatevi ad adorare. Imparare ad adorare in silenzio. Imparate a pregare così.

Siamo uomini e donne riconciliati per riconciliare. Essere stati chiamati non ci dà un certificato di buona condotta e impeccabilità; non siamo rivestiti di un’aura di santità. Guai al religioso, al consacrato, al prete, alla suora che vive con una faccia da santino, guai! Tutti siamo peccatori, tutti. E abbiamo bisogno del perdono e della misericordia di Dio per rialzarci ogni giorno; Egli strappa ciò che non va bene e abbiamo fatto male, lo getta fuori dalla vigna e lo brucia. Ci purifica perché possiamo portare frutto. Così è la fedeltà misericordiosa di Dio con il suo popolo, di cui siamo parte. Lui non ci abbandonerà mai sul bordo della strada, mai. Dio fa di tutto per evitare che il peccato ci vinca e chiuda le porte della nostra vita a un futuro di speranza e di gioia. Lui fa di tutto per evitare questo. E se non ci riesce, rimane lì accanto, finché mi viene in mente di guardare in alto, perché mi rendo conto che sono caduto. Lui è così.

3. Infine, occorre rimanere in Cristo per vivere nella gioia. Terzo: rimanere per vivere nella gioia.
Se rimaniamo in Lui, la sua gioia sarà in noi. Non saremo discepoli tristi e apostoli avviliti. Leggete la fine della “Evangelii nuntiandi” [esortazione apostolica di Paolo VI]: ve lo consiglio. Al contrario, rifletteremo e porteremo la gioia vera, quella gioia piena che nessuno potrà toglierci, diffonderemo la speranza di vita nuova che Cristo ci ha donato. La chiamata di Dio non è un carico pesante che ci toglie la gioia. E’ pesante? A volte sì, però non ci toglie la gioia. Anche attraverso questo peso ci dà la gioia. Dio non ci vuole sommersi nella tristezza – uno dei cattivi spiriti che si impadroniscono dell’anima, come già denunciavano i monaci del deserto–; Dio non ci vuole sommersi nella stanchezza, tristezza e stanchezza che provengono dalle attività vissute male, senza una spiritualità che renda felice la nostra vita e persino le nostre fatiche. La nostra gioia contagiosa dev’essere la prima testimonianza della vicinanza e dell’amore di Dio. Siamo veri dispensatori della grazia di Dio quando lasciamo trasparire la gioia dell’incontro con Lui.

Nella Genesi, dopo il diluvio, Noè pianta una vite come segno del nuovo inizio; e al termine dell’Esodo, quelli che Mosè ha inviato a ispezionare la terra promessa ritornano con un grappolo d’uva di questa dimensione [indica l’altezza], segno della terra dove scorrono latte e miele. Dio è stato attento a noi, alle nostre comunità e alle nostre famiglie: sono qui presenti, e mi sembra molto bello che ci siano i padri e le madri dei consacrati, dei sacerdoti e dei seminaristi. Dio ha rivolto il suo sguardo su di noi, sulle nostre comunità e famiglie. Il Signore ha rivolto il suo sguardo alla Colombia: voi siete segno di questo amore di predilezione. A noi spetta adesso offrire tutto il nostro amore e il nostro servizio uniti a Gesù Cristo, che è la nostra vite. Ed essere promessa di un nuovo inizio per la Colombia, che si lascia alle spalle un diluvio - come quello di Noè -, un diluvio di scontri e violenze, e che vuole portare molti frutti di giustizia e di pace, di incontro e di solidarietà. Che Dio vi benedica! che Dio benedica la vita consacrata in Colombia! E non dimenticatevi di pregare per me, perché benedica anche me. Grazie!

[01235-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua francese

Chers frères évêques,
Chers prêtres, religieux et religieuses, séminaristes,
Chères familles, chers ‘‘paisas’’,

L’allégorie de la vraie vigne de l’Évangile de Jean que nous venons d’entendre se situe dans le contexte de la dernière Cène de Jésus. Dans ce cadre d’intimité, d’une certaine tension mais chargé d’amour, le Seigneur a lavé les pieds des siens, a voulu perpétuer sa mémoire dans le pain et dans le vin, et il a aussi parlé à ceux qu’il aimait du plus profond de son cœur.

En cette première nuit ‘‘eucharistique’’, à ce premier coucher du soleil après le geste de service, Jésus ouvre son cœur; il leur livre son testament. Et comme au cénacle les Apôtres, avec quelques femmeset Marie, la Mère de Jésus, avaient continué par la suite à se réunir (cf. Ac 1, 13-14), de même aujourd’hui ici, en ce lieu, nous nous sommes rassemblés pour l’écouter et pour nous écouter. Sœur Leidy de San José, María Isabel et le Père Juan Felipe nous ont livré leur témoignage…; chacun d’entre nous ici présents, nous pourrions également raconter l’histoire de notre propre vocation. Et tout le monde se reconnaîtrait dans l’expérience de Jésus qui vient à notre rencontre, qui nous devance et qui ainsi nous a ravi le cœur. Comme l’a dit le document d’Aparecida: ‘‘Connaître Jésus est le meilleur don que puisse recevoir toute personne; que nous l’ayons rencontré, nous, est la meilleure chose qui nous soit arrivée dans la vie, et le faire connaître par notre parole et par nos œuvres est notre joie» (N. 29), la joie d’évangéliser.

Beaucoup d’entre vous, [chers] jeunes, auront découvert ce Jésus vivant dans vos communautés; communautés d’une ferveur apostolique contagieuse, qui enthousiasment et suscitent l’attraction. Là où il y a de la vie, de la ferveur, l’envie de conduire les autres au Christ, surgissent des vocations authentiques; la vie fraternelle et fervente de la communauté est ce qui réveille le désir de se consacrer entièrement à Dieu et à l’évangélisation (cf. Exhort. Ap. Evangelii gaudium, n. 107). Les jeunes sont naturellement inquiets – ou bien je me trompe? -. Et ici, je voudrais m’arrêter un instant et évoquer quelque chose de douloureux; c’est une parenthèse. Les jeunes sont naturellement inquiets; une inquiétude bien des fois déçue, détruite par les sicaires de la drogue. Medellin me fait penser à cela; elle me fait penser aux nombreuses vies fauchées, marginalisées, détruites. Je vous invite à vous rappeler, à accompagner ce cortège tragique, à demander pardon pour ceux qui ont détruit les rêves de si nombreux jeunes, à demander à Jésus de convertir leurs cœurs, à demander que prenne fin cette défaite de l’humanité jeune. Les jeunes sont naturellement inquiets et même si nous assistons à une crise de l’engagement et des liens communautaires, nombreux sont les jeunes qui se solidarisent face aux maux du monde et s’enrôlent dans diverses formes de militantisme et de volontariat; ils sont nombreux. Et certains, bien-sûr, sont des catholiques pratiquants, d’autres sont des catholiques ‘‘à l’eau de rose’’, - comme le disait ma grand-mère -, d’autres ne savent pas s’ils croient ou s’ils ne croient pas, mais cette inquiétude les conduit à faire quelque chose pour les autres, cette inquiétude fait que les volontariats du monde entier abondent en visages jeunes; il faut canaliser l’inquiétude. Quand ils le font, saisis par Jésus, en se sentant membres de la communauté, ils deviennent des ‘‘troubadours de la foi’’, heureux de porter Jésus à chaque coin, à chaque place, à chaque recoin de la terre (cf. Ibid., n. 107). Et que de personnes, sans savoir qu’elles sont en train de le porter, le portent. Cette richesse d’aller dans la rue en servant, d’être des troubadours de la foi qu’elles-mêmes ne comprennent peut-être pas entièrement, est un témoignage, un témoignage nous portant à l’action de l’Esprit Saint qui entre et façonne progressivement notre cœur.

À l’occasion de l’un de [mes] voyages, lors des journées de la Jeunesse en Pologne [Cracovie 2016], au cours d’un déjeuner que j’ai partagé avec les jeunes, avec 15 jeunes et avec l’Archevêque, l’un d’eux m’a demandé: ‘‘Que puis-je dire à un compagnon jeune qui est athée, qui ne croit pas, quel argument puis-je lui donner?’’ Et l’idée m’est venue de lui répondre: Écoute, la dernière chose à faire, c’est de lui dire quelque chose. Il est resté à me regarder. Commence à faire, commence à te comporter de telle manière que l’inquiétude qui l’habite le rende curieux et qu’il t’interroge; et quand il t’interrogera sur ton témoignage, là tu peux commencer à dire quelque chose. Il est si important de sortir dans la rue, de porter la foi dans la rue, de porter la vie dans la rue.

C’est la vigne à laquelle se réfère Jésus dans le texte que nous avons proclamé. La vigne, c’est tout ce ‘‘peuple de l’alliance’’. Des prophètes tels que Jérémie, Isaïe ou Ezéchiel se réfèrent à ce peuple comme à une vigne; même un psaume, le psaume 79, chante en disant: « La vigne que tu as prise à l’Égypte…, tu déblaies le sol devant elle, tu l’enracines pour qu’elle emplisse le pays» (vv. 9-10). Parfois, ils expriment la joie de Dieu face à sa vigne, d’autres fois sa colère, son désarroi ou son dépit; jamais, jamais Dieu ne se désintéresse de sa vigne, jamais il ne se lasse de souffrir de ses errements – si je m’éloigne de lui, il souffre dans son cœur, il ne se lasse jamais d’aller à la rencontre de ce peuple qui, lorsqu’il s’éloigne de lui, brûle et se détruit.

Comment sont la terre, le terreau, le support où grandit cette vigne en Colombie? Dans quel contexte sont produits les fruits des vocations à une consécration spéciale? Sûrement dans des environnements chargés de contradictions, de clair-obscur, de situations relationnelles complexes. Nous aimerions avoir un monde avec des familles et des liens plus simples; mais nous sommes impliqués dans ce changement d’époque, dans cette crise culturelle, et au milieu d’elle, en comptant avec elle, Dieu continue d’appeler. Autrement dit, qu’on ne vienne pas me raconter cette fable: ‘‘Non, c’est clair, il n’y a pas beaucoup de vocations à une consécration spéciale, car, évidemment, avec cette crise que nous vivons…’’. Cela, vous savez ce que c’est: une fable absurde, est-ce clair? Même dans cette crise, Dieu continue d’appeler. Ce serait presque ne pas voir la réalité que de penser que vous avez [tous] entendu l’appel de Dieu dans des familles soutenues par un amour fort et débordant de valeurs telles que la générosité, l’engagement, la fidélité ou la patience (cf. Exhort. Amoris laetitia, n. 5). Certains, oui, pas tous. Certaines familles, plût à Dieu qu’elles soient nombreuses, sont certainement ainsi. Mais avoir les pieds sur terre, c’est reconnaître que nos cheminements vocationnels, l’éveil à l’appel de Dieu, nous trouvent plus près de ce que relate déjà la Parole de Dieu et de ce que la Colombie connaît fort bien : «C’est un chemin de souffrance et de sang qui traverse de nombreuses pages de la Bible, à partir de la violence fratricide de Caïn sur Abel et de divers conflits entre les enfants et entre les épouses des patriarches Abraham, Isaac et Jacob, arrivant ensuite aux tragédies qui souillent de sang la famille de David, jusqu’aux multiples difficultés familiales qui jalonnent le récit de Tobie ou l’amère confession de Job abandonné » (Ibid., n. 20). Et dès le commencement, il en a été ainsi; ne pensez pas à la situation idéale; voilà la situation réelle! Dieu manifeste sa proximité et son choix là où il veut, dans le pays où il veut, et dans les conditions où il [le pays] se trouve en ce moment-là, avec les contradictions concrètes, comme il le veut. Il change le cours des événements en appelant des hommes et des femmes dans la fragilité de l’histoire personnelle et communautaire. N’ayons pas peur de ce pays complexe. L’autre nuit, une fille avec handicap, [qui était] dans le groupe qui m’a accueilli à la Nonciature, m’a dit que la vulnérabilité se trouve au cœur de l’humain, et elle expliquait pourquoi. Et l’idée m’est venue de lui demander: ‘‘Sommes-nous tous vulnérables?’’ – ‘‘Oui, tous’’. ‘‘Mais y a-t-il quelqu’un qui n’est pas vulnérable?’’ Elle m’a répondu: ‘‘Dieu’’. Pourtant Dieu a voulu se rendre vulnérable et il a voulu sortir dans la rue avec nous, il a voulu sortir dans la rue avec nous, il a voulu sortir pour vivre notre histoire telle qu’elle était, il a voulu se faire homme au milieu d’une contradiction, au milieu de quelque chose d’incompréhensible, grâce au oui d’une fille qui ne comprenait pas mais a obéi et d’un homme juste qui a fait ce qui lui a été demandé, mais tout cela au milieu de contradictions. N’ayons pas peur de ce pays complexe! Dieu a toujours fait le miracle de générer de bonnes grappes, comme les arepas au petit déjeuner. Que les vocations ne manquent dans aucune communauté et dans aucune famille de Medellín! Et quand pour le déjeuner, vous vous trouvez devant l’une de ces belles surprises: ‘‘Que c’est beau! Et Dieu est-il capable de faire quelque chose de moi?’’. Demandez-le-lui, avant de la manger, demandez-le-lui.

Et cette vigne – qui est celle de Jésus – a la caractéristique d’être la vraie. Il a déjà utilisé ce terme à d’autres occasions dans l’Évangile de Jean: la vraie lumière, le vrai pain du ciel ou le vrai témoignage. Or, la vérité n’est pas quelque chose que nous recevons – comme le pain ou la lumière – mais elle jaillit plutôt de l’intérieur. Nous sommes un peuple élu pour la vérité, et notre appel doit être dans la vérité. Si nous sommes des sarments de cette vigne, si notre vocation est greffée sur Jésus, il ne peut y avoir de place pour la duperie, pour la duplicité, pour les choix mesquins.Nous devons tous veiller à ce que chaque sarment serve à ce pour quoi il a été pensé: pour porter des fruits. Et suis-je disposé à porter des fruits? Dès les débuts, ceux à qui il revient d’accompagner les cheminements de vocation devront susciter la rectitude d’intention, c’est-à-dire le désir authentique de se configurer à Jésus, le pasteur, l’ami, l’époux. Lorsque les cheminements ne sont pas alimentés par cette vraie sève qu’est l’Esprit de Jésus, alors nous faisons l’expérience de la sécheresse et Dieu découvre avec tristesse ces tiges déjà mortes. Les vocations à une consécration spéciale meurent quand elles veulent se nourrir des honneurs, quand elles sont animées par la recherche d’une tranquillité personnelle et de promotion sociale, quand la motivation, c’est de ‘‘monter de catégorie’’, d’assouvir des intérêts matériels qui arrivent même à la sottise de la soif de profit. Je l’ai déjà dit en d’autres occasions et je veux le répéter comme quelque chose qui est vrai et certain, ne l’oubliez pas, le diable entre par la poche, toujours. Cela n’est pas l’apanage des débuts, nous devons tous faire attention, car la corruption chez les hommes et les femmes qui sont dans l’Église commence ainsi, peu à peu, ensuite – Jésus lui-même nous le dit – elle s’enracine dans le cœur et finit par déloger Dieu de notre vie. Nul ne peut servir Dieu et l’argent (cf. Mt 6, 21.24). [Applaudissements]. Jésus dit: ‘‘On ne peut servir deux maîtres’’. Autrement dit, deux maîtres, comme s’il y avait deux maîtres dans le monde: on peut servir Dieu et l’argent. Jésus élève l’argent au rang de maître, qu’est-ce que cela signifie? S’il t’attrape, il ne lâche pas, il sera ton maître à partir de ton cœur, attention. Nous ne pouvons pas profiter de notre condition de religieux et de la bonté de notre peuple pour être servis et obtenir des bénéfices matériels.

Il y a des situations, des styles et des choix qui révèlent les signes de sécheresse et de mort, quand cela se passe-t-il? Vous ne pouvez pas continuer à entraver l’écoulement de la sève qui alimente et donne vie! Le venin du mensonge, la dissimulation, la manipulation et l’abus envers le peuple de Dieu, envers les personnes fragiles, et spécialement envers les personnes âgées et les enfants, ne peuvent pas avoir droit de cité dans notre communauté. Lorsqu’un consacré, une consacrée, une communauté, une institution– que ce soit une paroisse ou peu importe – opte pour ce style, il [elle] est un sarment sec. Il ne reste plus qu’à s’asseoir et à attendre que le Seigneur vienne tailler.

Mais Dieu ne fait pas que tailler; l’allégorie continue en disant que Dieu purifie la vigne de ses imperfections. Que c’est beau, la taille! Cela fait mal mais c’est beau. La promesse, c’est que nous porterons du fruit, et en abondance, comme le grain de blé, si nous sommes capables de nous livrer, de donner librement notre vie. Nous avons en Colombie des exemples montrant que cela est possible. Nous pensons à sainte Laura Montoya, une religieuse admirable dont nous avons aujourd’hui les reliques ici. À partir de cette ville, elle s’est dépensée à travers une grande œuvre missionnaire en faveur des indigènes dans tout le pays. La femme consacrée! Que de choses elle nous enseigne du dévouement silencieux, désintéressée, qui n’a d’autre intérêt que de manifester le visage maternel de Dieu! De même, nous pouvons nous rappeler le bienheureux Mariano de Jésus Euse Hoyos, l’un des premiers élèves du Séminaire de Medellín, ainsi que d’autres prêtres et religieuses de la Colombie, dont les procès de canonisation ont été introduits; comme également tant d’autres, des milliers de Colombiens anonymes qui, dans la simplicité de la vie quotidienne, ont su se donner pour l’Évangile, que vous portez sûrement dans votre mémoire et qui sans doute constituent des encouragements à l’engagement. Tous nous montrent qu’il est possible de répondre fidèlement à l’appel du Seigneur, qu’il est possible de porter beaucoup de fruit, même présentement, en ces temps et en ce lieu.

La bonne nouvelle, c’est que Dieu est prêt à nous purifier, la bonne nouvelle, c’est que nous ne sommes pas encore une œuvre achevée, nous sommes en processus de fabrication, qu’en tant que bons disciples, nous sommes en chemin. Comment Jésus taille-t-il progressivement les facteurs de mort nichés dans notre vie et qui déforment l’appel? En nous invitant à demeurer en lui; demeurer ne signifie pas seulement rester, mais veut dire maintenir une relation vitale, existentielle, de nécessité absolue; c’est vivre et grandir en union féconde, avec Jésus, «source de vie éternelle». Demeurer en Jésus ne peut être une attitude purement passive ou un simple abandon sans conséquences dans la vie quotidienne, cela comporte toujours une conséquence, toujours. Et permettez-moi de vous les proposer – car cela devient un peu long [vous répondez ‘‘Non’’]. Vous n’allez pas répondre oui, donc je ne vous crois pas – permettez-moi de vous les proposer trois manières de rendre effectif ce fait de demeurer, c’est-à-dire qui peut vous aider à demeurer en Jésus.

1. Nous demeurons en Jésus en touchant l’humanité de Jésus:
Par le regard et les sentiments de Jésus, qui contemple la réalité, non pas comme un juge, mais comme le bon samaritain; qui reconnaît les valeurs du peuple avec lequel il marche, ainsi que ses blessures et ses péchés; qui découvre la souffrance silencieuse et s’émeut face aux besoins des personnes, surtout quand elles se voient asservies par l’injustice, la pauvreté indigne, l’indifférence, par l’action perverse de la corruption et de la violence.

Par les gestes et les paroles de Jésus, qui expriment l’amour envers ceux qui sont proches et la recherche de ceux qui sont loin ; la tendresse et la fermeté dans la dénonciation du péché et dans l’annonce de l’Évangile; la joie et la générosité dans l’engagement et le service surtout en faveur des personnes les plus fragiles, en repoussant avec force la tentation de tenir tout pour perdu, de nous accommoder ou de ne nous considérer que comme des administrateurs de malheurs. Que de fois nous écoutons des hommes et des femmes consacrés dont il semble qu’au lieu d’administrer la joie, la gaîté, la croissance, la vie, ils administrent des malheurs, et passent tout leur temps à se lamenter, à se lamenter des malheurs de ce monde. C’est la stérilité, la stérilité de ce monde. C’est la stérilité de celui qui est incapable de toucher la chair souffrante de Jésus.

2. Nous demeurons en contemplant sa divinité:
En éveillant et en soutenant le goût des études qui font grandir la connaissance du Christ car, comme le rappelle saint Augustin, on ne peut aimer celui qu’on ne connaît pas (cf. La Trinité, Livre X, chap. I, 3).

En privilégiant par cette connaissance la rencontre avec les Saintes Écritures, spécialement l’Évangile, où le Christ nous parle, nous révèle son amour inconditionnel pour le Père, nous communique la joie qui jaillit de l’obéissance à sa volonté et le service des frères. Et je voudrais vous poser une question, mais ne me répondez pas, que chacun se réponde à lui-même: Pendant combien de minutes ou d’heures je lis l’Évangile ou l’Écriture Sainte par jour? Répondez à vous-mêmes. Qui ne connaît pas les Écritures ne connaît pas Jésus. Qui n’aime pas les Écritures n’aime pas Jésus (cf. Saint Jérôme, Prologue au commentaire du prophète Isaïe: PL 24, 17). Consacrons du temps à la lecture priante de la Parole! En auscultant en elle ce que Dieu veut pour nous et pour notre peuple.

Que toutes nos études nous aident à être capables d’interpréter la réalité avec les yeux de Dieu; qu’elles ne soient pas des études pour s’évader des événements de notre peuple, qu’elles ne suivent pas non plus les va-et-vient des modes ou des idéologies. Qu’elles ne s’alimentent pas de nostalgies ni ne cherchent à enserrer dans un carcan le mystère; qu’elles ne cherchent pas à répondre à des questions que personne ne se pose, laissant dans le vide existentiel les personnes qui nous interrogent à partir des données de leurs mondes et de leurs cultures.

Demeurer [en lui] et contempler sa divinité en faisant de la prière un élément fondamental de notre vie et de notre service apostolique. La prière nous libère du fardeau de la mondanité, nous enseigne à vivre dans la joie, à faire des choix en nous éloignant de la superficialité, dans un exercice de liberté authentique. Dans la prière nous grandissons en liberté, dans la prière nous apprenons à être libres. La prière nous évite de nous centrer sur nous-mêmes, cachés dans une expérience religieuse vide et elle nous conduit à nous mettre docilement dans les mains de Dieu pour réaliser sa volonté et rendre efficace son projet de salut. Et dans la prière, je vous conseille une chose également: demandez, contemplez, remerciez, intercédez, mais aussi habituez-vous à adorer. Adorer, ce n’est pas très à la mode. Habituez-vous à adorer. Apprendre à adorer en silence. Apprendre à prier ainsi.

Soyons des hommes et des femmes réconciliés pour réconcilier. Avoir été appelés ne nous donne pas le certificat de bonne conduite et d’impeccabilité; nous ne sommes pas revêtus d’une auréole de sainteté. Malheur au religieux, au consacré, au prêtre ou à la religieuse qui vit avec un visage d’image pieuse, s’il vous plaît, malheur! Nous sommes tous des pécheurs, nous avons tous besoin du pardon et de la miséricorde de Dieu pour nous lever chaque jour; il arrache ce qui n’est pas bien et que nous avons fait de mal, le jette hors de la vigne et le brûle. Il nous laisse purs pour que nous puissions porter du fruit. Voilà la fidélité miséricordieuse de Dieu envers son peuple, dont nous faisons partie! Il ne nous abandonnera jamais au bord du chemin, jamais. Dieu fait tout pour éviter que le péché l’emporte sur nous et ferme ensuite les portes de notre vie à un avenir d’espérance et de joie. Il fait tout pour éviter cela, et s’il n’y parvient pas, il reste à côté, jusqu’à ce me vienne l’idée de lever le regard, car je me rends compte que je suis à terre. C’est ainsi qu’il est.

3. Enfin, il faut demeurer dans le Christ pour vivre dans la joie: troisièmement, demeurer pour vivre dans la joie.
Si nous demeurons en lui, sa joie sera avec nous. Nous ne serons pas des disciples tristes et des apôtres amers. Lisez la fin d’Evangelii nuntiandi [Exhortation apostolique de Paul VI], je vous le conseille. Au contraire, nous reflèterons et porterons la vraie joie que personne ne pourra nous enlever, nous répandrons l’espérance de notre vie nouvelle, que le Christ nous a apportée. L’appel de Dieu n’est pas un fardeau lourd qui nous vole la joie, est-il lourd? Parfois oui, mais il ne nous vole pas la joie. Par ce poids, il nous procure également de la joie. Dieu ne nous veut pas soumis dans la tristesse - l’un des mauvais esprits qui prennent possession de l’âme et que dénonçaient déjà les moines du désert -; Dieu ne nous veut pas soumis dans la fatigue qui dérive des activités mal vécues, sans une spiritualité qui rende heureuse notre vie, voire nos fatigues. Notre joie contagieuse doit être le premier témoignage de la proximité et de l’amour de Dieu. Nous sommes de vrais dispensateurs de la grâce de Dieu lorsque nous reflétons la joie de la rencontre avec lui.

Dans la Genèse, après le déluge, Noé plante une vigne comme signe d’un nouveau commencement; au terme de l’Exode, ceux que Moïse a envoyés inspecter la terre promise sont revenus avec une grappe de raisins de cette dimension [il fait le geste], signe de cette terre où coulent le lait et le miel. Dieu a posé son regard sur nous, sur nos communautés et sur nos familles; elles sont présentes ici et je trouve très indiqué que soient présents les pères et les mères des consacrés, des prêtres et des séminaristes. Dieu a posé son regard sur nous, sur nos communautés et sur nos familles. Le Seigneur a posé son regard sur la Colombie: vous êtes le signe de cet amour de prédilection. Il nous revient d’offrir tout notre amour et notre service en union avec Jésus, qui est notre vigne. Et d’être la promesse d’un nouveau commencement pour la Colombie, qui laisse derrière les déluges – comme celui [du temps] de Noé - de désaccord et de violence, qui veut porter beaucoup de fruits de justice et de paix, de rencontre et de solidarité. Que Dieu vous bénisse! Qu’il bénisse la vie consacrée en Colombie! Et n’oubliez pas de prier pour moi, afin qu’il me bénisse moi aussi ! Merci!

[01235-FR.03] [Texte original: Espagnol]

Traduzione in lingua inglese

Dear Brother Bishops,
Dear Priests, Men and Women Religious, and Seminarians,
Dear Families, Dear “Paisas”!

The parable of the true vine which we have just heard from the Gospel of John is given within the context of Jesus’ Last Supper. In that intimate moment, marked by a certain tension but full of love, the Lord washed the feet of his disciples, and wished to perpetuate his memory in the bread and wine, as he spoke from the depths of his heart to those he loved the most.

In this first “Eucharistic” night, in this first sunset after his example of service, Jesus opens his heart; he entrusts to them his testament. Just as the Apostles, some women and Mary, the Mother of Jesus (cf. Acts 1: 13-14) continued to meet in that Upper Room, so too we are gathered here together to listen to him, and to listen to one another. Sister Leidy of Saint Joseph, María Isabel and Father Juan Felipe have offered us their testimonies… So also each of us here could share our own vocation story. And all these would converge in our experience of Jesus who comes to meet us, who chooses us first, thus seizing our hearts. As Aparecida says: “Knowing Jesus is the best gift that any person can receive; that we have encountered him is the best thing that has happened in our lives, and making him known by our word and deeds is our joy” (Aparecida Document, 29), the joy of evangelizing.

Many of you, young people, have discovered the living Jesus in your communities; communities with a contagious apostolic zeal, which inspire and attract others. Where there is life, zeal, the desire to take Christ to others, geniune vocations arise; the fraternal and fervent life of the community awakens the yearning to devote oneself entirely to God and to evangelization (cf. Evangelii Gaudium, 107). Young people are naturally restless or am I mistaken? I’d like to reflect briefly now on a painful memory, by way of parenthesis. Young people are naturally restless, a restlessness that is often betrayed, destroyed by drug pushers. Medellin reminds me of this, and makes me think of so many young lives cut short, discarded, destroyed. I invite you to remember, to accompany this tragic procession, to ask forgiveness for those who destroy the ideals of so many young people, to ask the Lord for their conversion of heart, to ask that this destruction of youth be brought to an end. Young people are naturally restless and, although there is a crisis of commitment and of communitarian relationships, many of them stand together against the evils of the world and become involved in various forms of concerted action and voluntary work; there are many. And, yes, some are practising Catholics, others are “rosewater” Catholics – as my grandmother used to say – and others don’t know if they believe or not, but the restlessness drives them into taking action for others, this restless concern helps to fill voluntary organizations with many young faces. Such restless concern needs to be channelled. When they do so for Jesus, feeling that they are a part of the community, they become “street preachers (callejeros de la fe)”, to bring Jesus Christ to every street, every town square and every corner of the earth (cf. ibid. 106). And how many, without knowing, bring Jesus. A richness that consists in preaching through service, being bearers of a faith that perhaps even they do not fully understand: a witness that opens us to the action of the Holy Spirit who fills and drives our hearts.

On one of my trips, World Youth Day in Poland [Krakow 2016], during a lunch with 15 young people and the Archbishop, one of them asked me: “What can I tell my young friend who is an atheist, who does not believe, what reasoning can I use?”. And it struck me how to reply: Look, the last thing you must do is say anything. He just stared at me. Begin to do, to act in such a way that the restlessness within him becomes a curiosity and then he questions you. And when he questions you, when he asks for your experience, that’s when you can say something. It is so important to be a bearer, a bearer of faith, a bearer of life.

This is the vine which Jesus refers to in the text we have just proclaimed: that vine which is the entire “people of the covenant”. The prophets, such as Jeremiah, Isaiah and Ezekiel, refer to the people as a vine, as does Psalm 80, which says: “You brought a vine out of Egypt… Your cleared the ground for it; it took deep root and filled the land” (vv. 9-10). At times they express the joy of God contemplating the vine, at other times his anger, bewilderment or disappointment; yet he never, he never forgets his vine, he never ceases to feel their distance – if I move away, he suffers in his heart – he never ceases to go out to them, who, when they turn away from him, dry up, burn away and are destroyed.

How is the land, the sustenance, the support where this vine is growing in Colombia? Under what conditions are the vocational fruits of special consecration born? No doubt in situations full of contradictions, of light and darkness, of complex relational realities. We all would like to count on a world with straightforward families and relationships, but we are a part of this changing age, of this cultural crisis and, in the midst of it, in response to it, God continues to call. So they’d better not come to me saying: “Of course there is a shortage of vocations to special forms of consecration due to the crisis we are living”. Do you know what this is? This is nonsense! Are we clear? Even within this crisis, God still calls. It would be almost unrealistic to think that all of you heard the call of God in the midst of families sustained by a strong love and full of values such as generosity, compromise, fidelity and patience (cf. Amoris Laetitia, 5); some yes, but not all. Some families are like this, and I pray to God that they are many. But keeping our feet firmly planted on the ground means recognizing that our vocational experiences, the awakening of God’s call, brings us closer to what God’s word already reveals and to what Colombia knows so well: “This thread of suffering and bloodshed runs through numerous pages of the Bible, beginning with Cain’s murder of his brother Abel. We read of the disputes between the sons and the wives of the Patriarchs Abraham, Isaac and Jacob, the tragedies and violence marking the family of David, the family problems reflected in the story of Tobias and the bitter complaint of Job” (ibid., 20). And it has been this way since the beginning: don’t think of an ideal situation, for this situation is the real one. God manifests his closeness and his election where he wills, in the land he wills, in whatever situation it is in, with its real contradictions, as he wills. He changes the course of events to call men and women in the frailty of their own personal and shared history. The night before last, a girl with special abilities who formed part of the welcoming group at the Nunciature said that at the heart of humanity is a vulnerability and she explained why. I felt the need to ask her: are we all vulnerable? She replied: “Yes”. But I asked: Is there anyone who is not vulnerable? She answered: “God”. Yet God wished to become vulnerable and go out to share his news with us, he wished to go out and live with us as we are, he wished to become man in the midst of contradictions, in the midst of something incomprehensible, through the “yes” of a girl who did not understand yet obeyed and through a just man who did what he was asked to do. But all this in the midst of contradictions. Let us not be afraid of this complex world! God always brings about the miracle of producing good clusters on the vine, like arepas at breakfast. May there be vocations in every community and in every family in Medellín! And when at breakfast you find one of those delicious surprises, just say: “How good! Can God do something with me?”. Ask him before eating the arepa, ask him.

This vine – which is Jesus’ vine – has the characteristic of being true. He has used this term before on other occasions in the Gospel of John: true light, true bread from heaven, and true testimony. Now, truth is not something that we receive – as bread or light – but rather what springs up from within. We are a people chosen for the truth, and our call has to be in truth. There can be no place for deceit, hypocrisy or small-mindedness if we are branches of that vine, if our vocation is grafted onto Jesus. We must all be careful that every branch fulfils its purpose: to bear fruit. Am I willing to bear fruit? From the start, those who accompany the vocational process need to encourage a right intention, in other words, that genuine desire to be configured to Jesus, the shepherd, the friend, the spouse. When these processes are not nourished by this true sap that is the Spirit of Jesus, then we experience dryness and God learns with sadness that these branches are already dead. Vocations associated with special consecrations die when they love to be sustained with honours, when they are driven by a search for personal reassurance and social advancement, when the motivation is “to climb the ladder”, to cleave to material interests and to strive shamefully for financial gain. I have said before on other occasions, and I want to repeat it as something which is true and certain. Please never forget: the devil enters through the wallet, always. This not only applies to the early stages of vocation; all of us have to be careful because the corrupting of men and women in the Church begins in this way, little by little, and then – as Jesus himself says – it takes root in the heart and it ends up dislodging God from our lives. “You cannot serve God and mammon” (Mt 6:21, 24). Jesus says: “You cannot serve two masters”. In other words, there seem to be only two masters in the world, and you cannot serve God and money. Jesus refers to the master of money, what does he mean? These words mean that if that master grabs hold of you, he will not let go, he will be master of your heart from within, so take care. We cannot take advantage of our religious state and the goodness of our people in order to be served and gain material benefits.

There are some situations, customs and choices that show signs of dryness and death. When does this happen? Such things cannot keep hindering the flow of sap that nourishes and gives life! The poison of lies, obfuscation, manipulation and the abuse of the People of God, the weak and especially the elderly and young, can have no place in our communities. When does this happen? It happens when a consecrated person, a community, an institution – be it called a parish or something else – chooses a way of life that is like a dry branch. All that one can do is wait for the Lord to come and cut if off.

And God does not only cut away; the allegory goes on to say that God purifies the vine of its imperfections. This purification is so good! It is painful but it is good. The promise is that we will bear fruit, and abundantly, just like the grain of wheat, if we are able to give ourselves, to offer our lives freely. In Colombia, there are examples that this is possible. We remember Saint Laura Montoya, a remarkable religious whose relics are here. She, who going forth from this city, gave herself completely to a great missionary effort on behalf of indigenous people throughout the country. A consecrated woman. How much we can learn from her: that silent and selfless surrender, with no greater desire than to transmit the maternal face of God. So too we remember Blessed Mariano de Jesús Euse Hoyos, one of the first students of the Seminary of Medellín, and other Colombian priests and women religious, whose canonization processes have begun; as well as so many others, thousands of unknown Colombians who in the simplicity of their daily lives knew how to give of themselves for the Gospel, and whom you surely hold dear in your memory and who encourage you in your own commitment. They all show us that it is possible to respond faithfully to the Lord’s call, that it is possible to bear much fruit, even today, in these times and in this place.

The good news is that the Lord is willing to cleanse us. The good news is that we are not yet cut off, for we are “work in progress”, like good disciples on a journey. How does Jesus eliminate those things which lead to death and which take hold of our lives and distort his call? By inviting us to dwell in him. Dwelling does not only signify being, but rather also indicates maintaining a relationship that is alive, existential and absolutely necessary; it means to live and grow in a fruitful union with Jesus, “the source of eternal life”. Dwelling in Jesus cannot be a merely passive act or a simple abandonment without any consequences in our daily lives. It always brings consequences, always. And allow me to propose – and this is getting quite long [They reply: “No!”] Well you wouldn’t say “yes” so I don’t believe you! – allow me to propose three ways of making this “dwelling” effective, in other words, three ways that can help you dwell, remain, in Jesus:

1 Dwelling in Jesus by touching the humanity of Jesus:
With the gaze and attitude of Jesus, who contemplates reality not as a judge, but rather as a good Samaritan; who recognizes the value of the people who walk with him, as well as their wounds and sins; who discovers their silent suffering and who is moved by peoples’ needs, above all when they are overwhelmed by injustice, inhumane poverty, indifference or by the perverse actions of corruption and violence.

With Jesus’ gestures and words, which express love for those nearby and search for those far away; tender and firm in denouncing sin and in announcing the Gospel, joyful and generous in surrendering and in service, especially for the smallest among us, steadfastly rejecting the temptation to believe that all is lost, to accommodate ourselves or to become mere administrators of misfortune. How many times do we hear of male and female consecrated persons who instead of administering joy, growth and life, seem to administer misfortune, always complaining about the hardships of the world. This is the sterility of those who are incapable of touching the suffering flesh of Jesus.

2 Dwelling by contemplating his divinity:
Awakening and sustaining an admiration for the study which increases knowledge of Christ because, as Saint Augustine reminds us, we cannot love someone we do not know (cf. Saint Augustine, The Trinity, Book X, ch. I, 3).

Giving priority, in this way of knowing, to the encounter with Sacred Scripture, especially the Gospel where Christ speaks to us, reveals his unconditional love for the Father, and instils the joy that comes from obedience to his will and the service of our brothers and sisters. I want to ask you a question, but don’t reply aloud, only in the silence of your hearts. How many minutes or hours do I spend daily reading the Gospel or other parts of Sacred Scriptures? Answer in your hearts. Whoever does not know the Scriptures, does not know Jesus. Whoever does not love the Scriptures, does not love Jesus (cf. Saint Jerome, Preface to the Commentary on the Prophet Isaiah, PL 24, 17). Let us spend time prayerfully reading the Word of God, listening to what God wishes for us and for our people.

May all of our study help us to interpret reality with the eyes of God, that it may not be a way of avoiding what is happening to our people, nor be subject to the whim of fashions or ideologies. May our study not be overcome by nostalgia or the tendency to confine the mystery, nor may it be unwilling to respond to questions that people no longer ask themselves, and may it not abandon those who find themselves in an existential void and who question us from their worlds and cultures.

Dwelling in and contemplating his divinity by making prayer a fundamental part of our lives and our apostolic service. Prayer frees us from the burden of worldliness, and teaches us to live joyfully, to distance ourselves from superficiality, in an exercise of true freedom. In prayer we grow in freedom, in prayer we learn to be free. Prayer draws us out of our self-centredness, from being reclusive in an empty religious experience; it leads us to place ourselves, with docility, in the hands of God in order to fulfil his will and to realize his plan of salvation. In prayer. And I want to offer you some advice here: ask, contemplate, thank, intercede, but also be familiar with the need to adore. It is not very fashionable to adore. Grow accustomed to adoring. To learn to adore in silence. Learn to pray in this way.

Let us be men and women who have been reconciled in order to reconcile. Being called does not give us a certificate of right conduct and sinlessness; we are not clothed in an aura of holiness. “Woe” to the consecrated person, the priest or the nun who lives with “a prayer card face”, please: “Woe”. We are all sinners and we all need forgiveness and God’s mercy to rise each day. He uproots whatever is not good in us, as well as the wrong we have done, casting it out of the vineyard to be burned up. He cleanses us so that we may bear fruit. This is the merciful fidelity that God shows his people, of which we are part. He will never leave us at the side of the road, never. God does everything to prevent sin from defeating us and subsequently closing the doors of our lives to a future of hope and joy. He does everything to prevent this, and if he does not achieve this, he waits at one side until I am inclined to look up, until I realize that I have fallen. This is how he is with us.

3 Finally, dwelling in Christ in order to live joyfully. This is the third way, to remain in him in order to live joyfully.
If we remain in him, his joy will be in us. We will not be sad disciples and bitter apostles. Read the end of Evangelii Nuntiandi [the Apostolic Exhortation of Paul VI], I recommend this. On the contrary, we will reflect and be heralds of true happiness, a complete joy that no one will be able to take away from us. We will spread the hope of a new life that Christ has given to us. God’s call is not a heavy burden that robs us of joy. Is it burdensome? Sometimes, but it never robs us of joy. Through that burden God also gives us joy. He does not want us to be immersed in sadness – one of the evil spirits that takes over the soul and which the monks of the desert used to denounce – God does not want us to be immersed in a weariness that comes from activities lived poorly, but rather wants a spirituality that brings joy to our lives and even to our weariness. Our contagious joy must be our first testimony to the closeness and love of God. We are true dispensers of God’s grace when we reflect the joy that comes from encountering him.

In the Book of Genesis, after the flood, Noah planted a vine as a sign of a new beginning; at the end of the Exodus, Moses sent scouts to inspect the promised land, who returned with a cluster of grapes about this size [Holy Father indicates this with a gesture], a sign that in the land flowed milk and honey. God has looked upon us, our communities and our families, they are present here and it seems to me a wonderful detail that with us also are the fathers and mothers of the consecrated persons, priests and seminarians. God has looked upon us, upon our communities and families. The Lord has cast his gaze on Colombia: you are a sign of this loving election. It is now up to us to offer all our love and service while being united to Jesus, who is our vine. To be the promise of a new beginning for Colombia, that leaves behind the floods – as Noah’s - of discord and violence, a Colombia that wants to bear abundant fruits of justice and peace, of encounter and solidarity. May God bless you; may he bless the consecrated life in Colombia. And, please, do not forget to pray for me, so that he may bless me also. Thank you.

[01235-EN.02] [Original text: Spanish]

Traduzione in lingua tedesca

Liebe Brüder im Bischofsamt,
liebe Priester, Ordensleute, Seminaristen,
liebe Familien, liebe kolumbianische Freunde,

            Das Bild vom wahren Weinstock, das wir aus dem Johannesevangelium gehört haben, findet sich im Zusammenhang des Letzten Abendmahls Jesu. In dieser vertrauten Atmosphäre von einer gewissen, doch liebevollen Anspannung wusch der Herr den Seinen die Füße und wollte sein Gedächtnis unter Brot und Wein fortsetzen. Ebenso sprach er zu denen, die er am meisten liebte, aus der Tiefe seines Herzens.

            An diesem ersten „eucharistischen“ Abend, beim ersten Sonnenuntergang nach seiner Zeichenhandlung des Dienens öffnet Jesus sein Herz; er übergibt den Jüngern sein Vermächtnis. Und wie sich dann die Jünger mit einigen Frauen und Maria, der Mutter Jesu, im Abendmahlssaal weiter versammelten (vgl. Apg 1,13-14), so sind heute auch wir hier versammelt, um ihn zu hören und um einander zu hören. Schwester Leidy vom heiligen Josef, María Isabel und Pater Juan Felipe haben uns ihr Zeugnis gegeben … auch ein jeder von uns hier könnte seine eigene Berufungsgeschichte erzählen. Und uns allen ist die Erfahrung gemeinsam, dass Jesus uns entgegen kommt, uns vorangeht und auf diese Weise unser Herz gefesselt hat. Wie das Dokument von Aparecida sagt: »Jesus kennen zu lernen ist das beste Geschenk, das einem Menschen zuteilwerden kann. Ihm begegnet zu sein, ist das Beste, was uns in unserem Leben passieren konnte. Ihn durch unsere Worte und Taten bekannt zu machen, ist uns eine große Freude« (Nr. 29), die Freude zu evangelisieren.

            Viele von euch, junge Freunde, haben diesen Jesus in ihren Gemeinden lebendig entdeckt, in Gemeinden mit einem ansteckenden apostolischen Eifer, der begeistert und anzieht. Wo es Leben, Eifer und den Willen gibt, Christus zu den anderen zu bringen, da entstehen echte Berufungen. Das geschwisterliche und eifrige Gemeinschaftsleben nämlich erweckt den Wunsch, sich ganz Gott und der Evangelisierung zu weihen (vgl. Evangelii gaudium, 107). Junge Menschen sind von Natur aus unruhig, auf der Suche – oder täusche ich mich? –. Ich möchte hier einen Augenblick innehalten und etwas Schmerzvolles in Erinnerung rufen. Dies ist ein Einschub. Die jungen Menschen sind von Natur aus unruhig. Es ist oft eine betrogene Unruhe, die von den Mördern der Droge zerstört wird. Medellín ruft mir dies ins Gedächtnis, es beschwört mir so viele junge Leben herauf, die abgebrochen, weggeworfen und zerstört worden sind. Ich bitte euch, dieses Trauerzugs zu gedenken und ihn zu begleiten; um Vergebung zu bitten für die, welche die Pläne so vieler junger Menschen zerstört haben; den Herrn zu bitten, er möge ihre Herzen bekehren und möge dieser Niederlage der jungen Menschen ein Ende bereiten. Die jungen Menschen sind von Natur unruhig, sie sind auf der Suche, und obwohl wir eine Krise des Engagements und der gemeinschaftlichen Bindungen erleben, gibt es doch viele Jugendliche, die angesichts der Leiden in der Welt ihre solidarische Hilfe leisten und verschiedene Formen von Aktivität und Volontariat ergreifen. Es sind viele. Und einige sind praktizierende Katholiken, andere sind Katholiken „wie Rosenwasser“ – wie meine Großmutter zu sagen pflegte –, andere wissen nicht ob sie glauben oder nicht glauben, doch diese Unruhe bringt sie dazu, etwas für die anderen zu machen; diese Unruhe gibt dem Volontariat auf der ganzen Welt ein junges Gesicht. Man muss die Unruhe in die richtigen Bahnen lenken. Wenn sie es aus Liebe zu Jesus tun und sich als Teil der Gemeinschaft fühlen, dann werden sie zu »Weggefährten des Glaubens« und sind glücklich, Jesus Christus auf jede Straße, auf jeden Platz, in jeden Winkel der Erde zu bringen (vgl. ebd., 106). Und viele bringen ihn, ohne zu wissen, dass sie ihn bringen. Dieser Reichtum, dienend durch die Straßen zu gehen, Weggefährten zu sein eines Glaubens, den sie selbst vielleicht nicht völlig verstehen; das ist Zeugenschaft, Zeugenschaft, die uns dem Wirken des Heiligen Geistes öffnet, der in unsere Herzen eintritt und in ihnen arbeiten wird.

            Auf einer der Reisen, beim Weltjugendtag in Polen [Krakau 2016], bei einem Mittagessen, das ich mit Jugendlichen hatte – mit fünfzehn jungen Menschen und dem Erzbischof –, hat mich einer gefragt: „Was kann ich einem Freund, einem Jugendlichen, sagen, der Atheist ist, der nicht glaubt? Welche Argumente kann ich ihm bringen?“ Und ich habe ihm spontan geantwortet: „Schau, die letzte Sache, die du machen sollst, ist ihm etwas zu sagen.“ Er war überrascht. Beginne, etwas zu tun. Beginne, dich so zu verhalten, dass die Unruhe, die er in sich hat, ihn neugierig macht und er dich fragt. Und wenn er dich nach deinem Zeugnis fragt, kannst du anfangen, ihm etwas zu sagen. Es ist so wichtig, Weggefährte zu sein, Weggefährte des Glaubens und Weggefährte des Lebens.

            Der Weinstock, auf den Jesus sich im Abschnitt, den wir verkündet haben, bezieht, ist der Weinstock, der das ganze „Bundesvolk“ ist. Von diesem sprechen Propheten wie Jeremia, Jesaja oder Ezechiel als einem Weinstock. Auch Psalm 80 besingt es mit den Worten: »Einen Weinstock hobst du aus in Ägypten […] Du schufst ihm weiten Raum; er hat Wurzeln geschlagen und das ganze Land erfüllt« (Vv. 9-10). Zuweilen bringen sie die Freude Gottes über seinen Weinstock zum Ausdruck, andere Male seinen Zorn, seine Enttäuschung und Erbitterung; doch nie, nie ist Gott gegenüber seinem Weinstock desinteressiert, nie hört er auf, unter der Abwendung des Volkes zu leiden – wenn ich mich von ihm abwende, leidet er in seinem Herzen –; nie hört er auf, diesem Volk entgegenzugehen, das verdorrt, verbrennt und zugrunde geht, wenn es sich vom Herrn entfernt.

            Wie ist der Boden, die Nahrung und der Unterhalt, wo dieser Weinstock in Kolumbien wächst? In welcher Umgebung werden die Früchte der Berufung zum besonderen geweihten Leben hervorgebracht? Sicher in Bereichen voll von Widersprüchen, Licht und Schatten sowie komplexen Beziehungssituationen. Gerne hätten wir es mit einer einfachen Welt, mit harmonischen Familien und klaren Bindungen zu tun. Wir sind aber Teil dieses epochalen Wandels, dieser kulturellen Krise, und inmitten dieser Krise und sie einkalkulierend beruft Gott weiter. Also, kommt mir nicht mit einer Geschichte dieser Art: „Sicher, es gibt nicht viele Berufungen für den besonderen Weihedienst, weil, es ist klar, in dieser Krise, die wir durchleben …“. Wisst ihr, was das ist? Ein Märchen! Versteht ihr? Auch inmitten einer Krise beruft Gott weiter. Es wäre gleichsam illusorisch zu denken, dass ihr alle den Ruf des Herrn im Schoß von Familien vernommen habt, die von einer starken, von Werten wie Großherzigkeit, Verbindlichkeit, Treue und Geduld erfüllten Liebe getragen sind (vgl. Apostolisches Schreiben Amoris laetitia, 5). Manche ja, aber nicht alle. Einige Familien – Gott gebe, es seien viele – sind so. Aber mit beiden Beinen auf der Erde stehen heißt anerkennen, dass unsere Berufungswege, das Entstehen des Rufes durch Gott sich näher bei dem findet, was schon in der Heiligen Schrift wiedergegeben wird und von dem Kolumbien viel zu erzählen weiß: »Es ist ein blutbefleckter Weg des Leidens […] Ausgehend von der brudermörderischen Gewalt Kains gegen Abel und den verschiedenen Streitigkeiten zwischen den Söhnen und zwischen den Frauen der Patriarchen Abraham, Isaak und Jakob gelangt dieser Weg später zu den Tragödien, die das Haus Davids mit Blut überströmen, und geht bis zu den vielfältigen familiären Schwierigkeiten, welche die Erzählung des Tobias durchdringen oder das bittere Bekenntnis des verlassenen Ijob« (ebd., 20). Und von Anfang an war es so; denkt nicht an eine ideale Situation, dies hier ist die Realität. Gott offenbart seine Nähe und seine Wahl, wo er will; in dem Land, das er will; wie auch in diesem Moment, mit den konkreten Widersprüchen, wie er will. Er ändert den Lauf der Ereignisse, wenn er Männer und Frauen in der Brüchigkeit der eigenen persönlichen und der gemeinschaftlichen Geschichte ruft. Wir haben keine Angst auf dieser komplexen Erde. Gestern Abend sprach mich in der Gruppe, die mich zur Begrüßung an der Nuntiatur empfangen hat, ein Mädchen mit Behinderung an und erklärte mir, warum es im innersten Kern des Menschlichen die Verwundbarkeit gibt. Und mir kam in den Sinn, sie zu fragen: “Sind wir alle verwundbar?“ – „Ja, alle.“ – „Aber gibt es nicht doch einen, der nicht verwundbar ist?“ Und sie hat geantwortet: „Gott.“ Doch Gott hat sich verwundbar gemacht, er hat sich entäußert, um mit uns den Weg zu gehen, um unsere Geschichte zu leben, wie sie war. Er wollte Mensch inmitten eines Widerspruchs sein, inmitten etwas Unbegreiflichen, mit der Einwilligung eines Mädchens, das nicht verstand, aber gehorchte, und eines gerechten Mannes, der das tat, was ihm befohlen worden war. Aber all das inmitten so vieler Widersprüche. Haben wir keine Angst auf dieser komplexen Erde. Stets hat Gott das Wunder gewirkt, gute Trauben hervorzubringen wie frische Brötchen zum Frühstück. In keiner Gemeinde, in keiner Familie von Medellín soll es an Berufungen mangeln! Und wenn ihr zum Frühstück eine dieser schönen Überraschungen vorfindet, sagt: „Oh wie schön! Und Gott ist fähig, etwas mit mir zu machen?“ Fragt euch das, bevor ihr mit dem Essen beginnt. Fragt euch das.

            Dieser Weinstock – es ist der Weinstock Jesu – besitzt die Eigenschaft, der wahre zu sein. Der Herr hat dieses Adjektiv schon bei anderen Gelegenheiten im Johannesevangelium gebraucht: das wahre Licht, das wahre Brot vom Himmel, das wahre Zeugnis. Nun, die Wahrheit ist nicht etwas, das wir empfangen – wie das Brot und das Licht –, sondern etwas, das aus dem Inneren hervorgeht. Wir sind das erwählte Volk für die Wahrheit, und unsere Berufung muss in der Wahrheit liegen. Wenn wir Reben an diesem Weinstock sind, wenn unsere Berufung in Jesus eingepfropft ist, kann es für Täuschung, Falschheit oder kleinliche Entscheidungen keinen Platz geben. Alle müssen wir darauf achten, dass jede Rebe dem dient, wofür sie gedacht ist: um Frucht zu bringen. Bin ich bereit, Frucht zu bringen? Wem die Aufgabe zukommt, die Berufungswege zu begleiten, muss von Anfang an den rechten Vorsatz fördern, also den echten Wunsch, Jesus dem Hirten, Freund und Bräutigam gleichförmig zu werden. Wenn die Wege nicht von diesem echten Lebenssaft genährt werden, nämlich dem Geist Jesu, dann machen wir die Erfahrung der Trockenheit, und Gott entdeckt voll Traurigkeit die schon abgestorbenen Triebe. Die Berufungen zum besonderen geweihten Leben sterben ab, wenn wie sich von Ehren nähren wollen, wenn sich getrieben sind von der Suche nach persönlicher Annehmlichkeit und sozialem Aufstieg, wenn die Motivation darin liegt, „eine Klasse aufzusteigen“ und sich an materielle Interessen zu klammern, was bis zur plumpen Gewinnsucht geht. Ich habe es schon bei anderen Gelegenheiten gesagt und ich möchte es wiederholen als eine unumstößliche Wahrheit, vergesst es nicht: Der Teufel kommt durch die Brieftasche. Immer. Dies betrifft nicht nur die Anfangszeit, wir alle müssen achtgeben, denn die Korruption bei den Männern und den Frauen in der Kirche beginnt so, allmählich, und dann – Jesus selbst sagt es – schlägt sie in den Herzen Wurzeln und verdrängt am Ende Gott aus dem eigenen Leben. »Ihr könnt nicht Gott dienen und dem Mammon« (Mt 6,24). Jesus sagt: Man kann nicht zwei Herren dienen. Also zwei Herren. Es ist, als gäbe es nur zwei Herren in der Welt: Man kann nicht Gott dienen und dem Geld. Jesus gibt dem Geld den Titel „Herr“. Was bedeutet das? Es bedeutet, dass das Geld, wenn es dich ergreift, dich nicht wieder loslässt. Es wird dein Herr sein, ausgehend von deinem Herzen. Vorsicht! Wir können nicht unsere religiöse Stellung und die Güte unserer Leute ausnutzen, um uns bedienen zu lassen und um materielle Vorteile zu erhalten.

            Es gibt Situationen, Haltungen und Entscheidungen, welche die Zeichen von Dürre und Tod aufweisen – Wann kommt das? – Sie können doch nicht immer weiter den Fluss des Lebenssaftes, der nährt und Leben gibt, einschränken! Das Gift der Lüge, der Verheimlichung, der Manipulierung und des Missbrauchs des Gottesvolkes, der Schwächsten und insbesondere der Alten und der Kinder darf in unserer Gemeinschaft keinen Platz haben. Wenn ein Gottgeweihter oder eine Gottgeweihte, eine Gemeinschaft, eine Einrichtung – sei es eine Pfarrei oder etwas anderes – sich zu einer solchen Lebensweise entschließt, ist sie ein dürrer Zweig. Man braucht nur abzuwarten, bis Gott kommt und ihn abschneidet.

            Aber Gott schneidet nicht nur ab; das Bild geht weiter und sagt, dass Gott den Weinstock von seinen Unvollkommenheiten reinigt. Wie schön ist das Beschneiden! Es tut weh, aber es ist schön. Die Verheißung ist, dass wir Frucht bringen werden, und zwar in Fülle wie das Weizenkorn, wenn wir fähig sind, uns einzusetzen, unser Leben frei hinzugeben. Wir haben Beispiele in Kolumbien, dass dies möglich ist. Denken wir an die heilige Laura Montoya, eine bewundernswerte Ordensfrau, deren Reliquien hier bei uns sind. Sie hat sich von dieser Stadt aus für ein großes missionarisches Werk zugunsten der indigenen Bevölkerung des ganzen Landes aufgeopfert. Wie viel lehrt uns diese Frau, die sich der stillen, selbstlosen Hingabe weihte und kein größeres Verlangen hatte, als das mütterliche Antlitz Gottes auszudrücken! Ebenso können wir den seligen Mariano de Jesús Euse Hoyos, einen der ersten Alumnen des Seminars von Medellín, nennen sowie andere kolumbianische Priester und Ordensfrauen, deren Heiligsprechungsprozesse eingeleitet wurden; auch viele andere, tausende namenlose Kolumbianer, die sich in der Einfachheit des Alltags für das Evangelium hinzugeben wussten; ihr behaltet gewiss ihr Andenken und sie werden euch Ansporn sein in der Hingabe. Alle zeigen uns, dass man dem Ruf des Herrn treu folgen kann, dass man viel Frucht bringen kann, auch jetzt, in dieser Zeit und an diesem Ort.

            Die gute Nachricht besteht darin, dass der Herr bereit ist, uns zu reinigen. Die gute Nachricht ist, dass wir noch nicht fertig sind, sondern dass wir noch im „Herstellungsprozess“ sind und uns als gute Jünger noch auf dem Weg befinden. Und wie schneidet Jesus die Todesfaktoren ab, die sich in unserem Leben einnisten und den Ruf verfälschen? Indem er uns einlädt, in ihm zu bleiben. Bleiben heißt nicht bloß da sein, vielmehr bedeutet es, eine lebendige, wesentliche, unbedingt notwendige Beziehung zu erhalten; in fruchtbarer Verbindung mit Jesus, dem „Quell ewigen Lebens“, zu leben und zu wachsen. In Jesus bleiben kann nicht eine rein passive Haltung sein oder ein bloßes Hingeben ohne Auswirkungen im täglichen Leben. Es gibt immer eine Auswirkung, immer. Gestattet mir, euch vorzuschlagen – Es wird wohl etwas lang? … [Sie rufen: Nein!] Natürlich sagt ihr nicht „Ja“. Also ich glaube euch nicht! – Gestattet mir, euch drei Arten und Weisen vorzuschlagen, dieses Bleiben in die Tat umzusetzen, dass euch helfen kann, in Jesus zu bleiben.

1. In Jesus bleiben durch das Berühren der Menschheit Christi:

            Mit dem Blick und der Gesinnung Jesu, der die Wirklichkeit nicht als Richter sieht, sondern als barmherziger Samariter; der die Werte des Volkes, mit dem er unterwegs ist, kennt wie auch seine Wunden und Sünden; der das stille Leiden entdeckt und gerührt ist angesichts der Nöte der Menschen, vor allem wenn sie von Ungerechtigkeit, unmenschlicher Armut, Gleichgültigkeit oder vom niederträchtigen Tun der Korruption und Gewalt überrollt werden.

            Mit den Taten und Worten Jesu, welche die Liebe zu den Nahen und die Suche nach den Fernen zum Ausdruck bringen; Sanftmut und Festigkeit beim Anprangern der Sünde und bei der Verkündigung des Evangeliums; Freude und Großherzigkeit in der Hingabe und beim Dienst, vor allem an den Kleinen, und dabei entschieden die Versuchung zurückweisen, alles als verloren anzusehen, es sich bequem zu machen oder nur zu Verwaltern von Ungemach zu werden. Wie oft hören wir gottgeweihte Männer und Frauen, die, anstatt Freude, Wachstum und Leben zum Ausdruck zu bringen, sich im Ungemach ergehen und die Zeit damit verbringen, sich zu beklagen, über die schrecklichen Dinge dieser Welt zu klagen. Das ist die Unfruchtbarkeit, die Sterilität dessen, der unfähig ist, das leidende Fleisch Jesu zu berühren.

2. Bleiben durch das Betrachten der Gottheit Christi:

            Die Wertschätzung für das Studium wecken und unterstützen, das die Kenntnis Christi vermehrt, denn, wie der heilige Augustinus sagt, kann man nicht lieben, was man nicht kennt (vgl. De Trin., X,I,3).

            Für diese Kenntnis der Begegnung mit der Heiligen Schrift einen bevorzugten Raum geben, insbesondere mit dem Evangelium, wo Christus zu uns spricht und uns seine bedingungslose Liebe zum Vater offenbart, wo uns die Freude ansteckt, die vom Gehorsam gegenüber seinem Willen und vom Dienst an den Brüdern und Schwestern kommt. Ich möchte euch eine Frage stellen. Aber antwortet nicht laut, jeder antworte still für sich. Wie viel Minuten oder wie viel Stunden lest ihr das Evangelium und die Heilige Schrift jeden Tag? Gebt euch selbst die Antwort. Wer die Schrift nicht kennt, kennt Christus nicht. Wer die Schrift nicht liebt, liebt Christus nicht (vgl. Hieronymus, Comm. in Is., Prol.: PL 24,17). Wenden wir Zeit auf für ein betendes Lesen des Wortes Gottes! Dabei hören wir, was Gott für uns und unser Volk will.

            Möge unser ganzes Studieren uns helfen, fähig zu sein, die Wirklichkeit mit Gottes Augen zu deuten. Das Studium soll nicht den Vorfällen in unserem Volk ausweichen, noch soll es den Strömungen der Moden und Ideologien folgen. Es möge nicht Nostalgien nachhängen und dem Mysterium ein Korsett anlegen; es soll nicht Antworten auf Fragen zu geben suchen, die keiner mehr stellt, und diejenigen, die uns von den Gegebenheiten ihrer Lebenswelten und Kulturen her anfragen, in einer existentiellen Leere lassen.

            Bleiben und die Gottheit Christi betrachten, indem wir das Gebet zum grundlegenden Bestandteil unseres Lebens und unseres apostolischen Dienstes machen. Das Gebet befreit uns vom Ballast der Weltlichkeit, es lehrt uns, fröhlich zu leben und uns dafür zu entscheiden, uns in Ausübung echter Freiheit von der Oberflächlichkeit fern zu halten. Im Gebet wachsen wir an Freiheit, im Gebet lernen wir, frei zu sein. Das Gebet halte uns davon ab, auf uns selbst konzentriert zu sein, während wir uns hinter leerer religiöser Erfahrung verstecken, und es möge uns dazu anleiten, uns bereitwillig in die Hände Gottes zu begeben, um seinen Willen zu erfüllen und seinen Heilsplan wirksam werden zu lassen. Und beim Gebet möchte eine Sache empfehlen: Bittet, betrachtet, dankt, leistet Fürbitte, aber gewöhnt euch auch an anzubeten. Das ist nicht gerade in Mode: das Anbeten. Übt ein anzubeten. Lernen, in Stille anzubeten. Lernt, so zu beten.

            Wir sollen versöhnte Männer und Frauen sein, um zu versöhnen. Berufen worden zu sein stellt uns nicht ein Leumundszeugnis oder einen Schein der Tadellosigkeit aus. Wir haben nicht eine Aura der Heiligkeit angezogen. Wehe dem Ordensmann, dem Gottgeweihte, dem Priester, der Schwester, die stets mit einer Heiligenbildchen-Miene daher läuft, wehe! Wir alle sind Sünder, alle. Und wir bedürfen der Vergebung und der Barmherzigkeit Gottes, um jeden Tag wieder aufzustehen. Er reißt aus, was nicht gut ist und was wir falsch gemacht haben, er wirft es aus dem Weingarten hinaus und verbrennt es. Er reinigt uns, damit wir Frucht bringen können. So ist die erbarmende Treue Gottes zu seinem Volk, zu dem wir gehören. Er wird uns nie am Straßenrand zurücklassen, nie. Gott tut alles, um zu verhindern, dass die Sünde uns besiegt und die Pforten unseres Lebens vor einer hoffnungsvollen und frohen Zukunft verschließt. Er tut alles, um das zu verhindern. Und wenn es uns nicht gelingt, bleibt er an unserer Seite, … bis es mir in den Sinn kommt aufzuschauen, weil es mir bewusst wird, dass ich gefallen bin. Er ist so.

            3. Schließlich: Man muss in Christus bleiben, um in der Freude zu leben: Drittens: Bleiben, um in der Freude zu leben.

            Wenn wir in ihm bleiben, wird seine Freude in uns sein. Dann werden wir keine traurigen Jünger und entmutigten Apostel sein. Lest das Ende von Evangelii nuntiandi [Apostolisches Schreiben von Paul VI.], ich empfehle es euch. Wir werden vielmehr die wahre Freude widerspiegeln und bringen, jene unbändige Freude, die uns niemand nehmen kann. Wir werden die Hoffnung des neuen Lebens, das Christus uns geschenkt hat, verbreiten. Der Ruf Gottes ist nicht eine schwere Last, die uns die Freude raubt. Ist er schwer? Manchmal schon, aber er nimmt uns nicht die Freude. Auch durch diese Last gibt er uns die Freude. Gott will nicht, dass wir in der Traurigkeit versinken – einer der bösen Geister, die sich der Seele bemächtigen, vor dem schon die Wüstenväter warnten –; Gott will nicht, dass wir in der Ermattung versinken, die von schlechten Erfahrungen bei den Aktivitäten kommt, ohne eine Spiritualität, die unser Leben glücklich macht und sogar unser Mühen. Unsere ansteckende Freude muss das erste Zeugnis für die Nähe und die Liebe Gottes sein. Wir sind dann wahre Spender der Gnade Gottes, wenn wir die Freude über die Begegnung mit ihm durchscheinen lassen.

            Im Buch Genesis pflanzt Noach nach der Sintflut einen Weinstock als Zeichen des neuen Anfangs; gegen Ende des Auszugs des Volkes Israels kommen die von Mose ausgesandten Kundschafter des verheißenen Landes mit einer Weintraube dieser Größe [Er macht eine entsprechende Handbewegung] zurück als Zeichen für das Land, in dem Milch und Honig fließen. Gott hat auf uns, auf unsere Gemeinschaften und unsere Familien Acht gehabt. Sie sind hier anwesend. Ich finde es sehr schön, dass die Väter und Mütter der Gottgeweihten, der Priester und der Seminaristen hier sind. Gott hat seinen Blick auf uns gerichtet, auf unsere Gemeinschaften und unsere Familien. Der Herr hat seinen Blick auf Kolumbien gerichtet: Ihr seid Zeichen dieser Liebe und Erwählung. Unsere Aufgabe ist es jetzt, ihm unsere ganze Liebe und unseren Dienst zu schenken in Einheit mit Jesus Christus, das ist unser Weinstock; und auch Verheißung des neuen Anfangs für Kolumbien zu sein, das eine Sintflut von Auseinandersetzungen und Gewalt hinter sich lässt – wie jene des Noach – und reiche Frucht an Gerechtigkeit und Frieden, an Begegnung und Solidarität bringen will. Gott segne euch. Gott segne das geweihte Leben in Kolumbien. Und vergesst nicht für mich zu beten, dass Er auch mich segne. Danke.

[01235-DE.02] [Originalsprache: Spanisch]

Traduzione in lingua portoghese

Caríssimos irmãos Bispos,
Queridos sacerdotes, consagrados, consagradas, seminaristas,
Prezadas famílias, queridos amigos colombianos!

A alegoria da videira verdadeira, que acabamos de ouvir no Evangelho de João, situa-nos no contexto da Última Ceia de Jesus. Naquele clima de intimidade, de uma certa tensão mas carregada de amor, o Senhor lavou os pés dos seus discípulos, quis perpetuar a sua memória no pão e no vinho, e também abriu profundamente o seu coração àqueles que mais amava.

Naquela primeira noite «eucarística», naquele primeiro ocaso, Jesus, depois do gesto de serviço, abre-lhes o seu coração; entrega-lhes o seu testamento. E, como naquele Cenáculo continuaram depois a reunir-se os Apóstolos, com algumas mulheres e Maria, a Mãe de Jesus (cf. At 1, 13-14), assim aqui hoje, neste lugar, nos reunimos nós para O escutar e para nos escutarmos. A Irmã Leidy de São José, Maria Isabel e o Padre Juan Felipe deram-nos o seu testemunho... e cada um de nós que aqui está poderia também contar a sua história vocacional. E, em comum, todos temos a experiência de Jesus que veio ao nosso encontro, nos precedeu e assim nos «cativou» o coração. Como diz o Documento de Aparecida, «conhecer a Jesus é o melhor presente que qualquer pessoa pode receber; tê-Lo encontrado foi o melhor que ocorreu em nossas vidas, e fazê-Lo conhecido com nossa palavra e obras é nossa alegria» (n. 29), a alegria de evangelizar.

Muitos de vós, jovens, descobristes este Jesus vivo nas vossas comunidades; comunidades com um ardor apostólico contagioso, que entusiasmam e fascinam. Onde há vida, fervor, paixão de levar Cristo aos outros, surgem vocações genuínas; é a vida fraterna e fervorosa da comunidade que desperta o desejo de se consagrar inteiramente a a Deus e à evangelização (cf. Francisco, Exort. ap. Evangelii gaudium, 107). Por natureza, os jovens vivem inquietos, à procura. Ou estou errado? Aqui quero deter-me um momento para vos referir uma recordação triste (é apenas um parêntese). É verdade que os jovens vivem, naturalmente, inquietos; mas esta sua inquietação muitas vezes é desencaminhada, destruída pelos sicários da droga. E Medellín traz-me à mente esta recordação: muitas vidas jovens destroçadas, descartadas, destruídas. Convido-vos a lembrar, a acompanhar este cortejo lutuoso, a pedir perdão para quem destruiu as aspirações de tantos jovens, pedir ao Senhor que converta os seus corações, para que acabe esta derrota da humanidade jovem. Por natureza, os jovens vivem inquietos, à procura, e, apesar de assistirmos a uma crise do compromisso e dos laços comunitários, são muitos os jovens que, à vista dos males do mundo, se mobilizam conjuntamente e se dedicam a diferentes formas de militância e voluntariado. São muitos. E alguns, sim, são católicos praticantes, muitos, porém, são católicos de «água de rosas» – como dizia a minha avó –; outros não sabem se acreditam ou não... Mas esta inquietação leva-os a fazerem algo pelos outros, esta inquietação enche o voluntariado em todo o mundo de rostos jovens. O que é preciso é encaminhar bem a inquietação. Quando o fazem por amor de Jesus, sentindo-se parte da comunidade, tornam-se «caminheiros da fé», felizes por levar Jesus Cristo a cada esquina, a cada praça, a cada canto da terra (cf. ibid., 107). E quantos O levam, mesmo sem saber que O estão a fazer! É esta riqueza de ir pelas estradas servindo, ser caminheiros duma fé que talvez nem eles próprios compreendem completamente; é testemunho, um testemunho que nos abre à ação do Espírito Santo que entra e trabalhará nos nossos corações.

Numa das minhas viagens que me levou à Jornada da Juventude na Polónia [Cracóvia 2016], num almoço que tive com os jovens - com 15 jovens e o Arcebispo – um perguntou-me: «Que posso dizer a um meu companheiro, jovem, que é ateu, que não crê? Que argumentos posso propor-lhe?» E veio-me espontaneamente esta resposta: «Olha! A última coisa que deves fazer é dizer-lhe qualquer coisa!» O jovem ficou surpreendido… Começa a fazer, começa a comportar-te de maneira tal que a inquietação, que ele tem dentro de si, o torne curioso e te interrogue; e, quando te pede o teu testemunho, então podes começar a dizer qualquer coisa. Como é importante este ser caminheiros, caminheiros da fé, caminheiros da vida!

A videira mencionada por Jesus no texto que foi proclamado é a videira que é todo o «povo da aliança». Profetas como Jeremias, Isaías e Ezequiel referem-se a ele comparando-o a uma videira; e o próprio Salmo 80 canta-o dizendo: «Arrancaste uma videira do Egito (...). Preparaste-lhe o terreno; ela foi deitando raízes e acabou por encher toda a terra» (vv. 9.10). Às vezes expressam a alegria de Deus pela sua videira; outras, a sua cólera, desilusão e enfado; jamais, jamais Deus Se desinteressa da sua videira, nunca deixa de sofrer com os seus extravios – se me extravio, Ele sofre no seu coração – nunca deixa de vir ao encontro deste povo que, quando se afasta d’Ele, fica ressequido, arde e se destrói.

Como é a terra, o alimento, o suporte onde cresce esta videira na Colômbia? Em que contextos são gerados os frutos das vocações de especial consagração? Certamente em ambientes cheios de contradições, de luzes e sombras, de situações relacionais complexas. Gostaríamos de contar com um mundo de famílias e vínculos mais serenos, mas somos parte desta mudança epocal, desta crise cultural; e é no meio dela, contando com ela, que Deus continua a chamar. E não comecem a dizer: «É certo que não há muitas vocações de especial consagração, porque, claro, com esta crise que estamos a viver...» Sabeis o que é isto? É um conto de fadas! Claro? Mesmo no meio desta crise, Deus continua a chamar. Seria quase ilusório pensar que todos vós ouvistes a chamada do Senhor no seio de famílias sustentadas por um amor forte e cheio de valores como a generosidade, o compromisso, a fidelidade e a paciência (cf. Francisco, Exort. ap. Amoris laetitia, 5). Alguns, sim! Mas não todos. Algumas famílias serão assim; quisera Deus que fossem muitas! Mas, ter os pés por terra significa reconhecer que os nossos percursos vocacionais, o despertar da vocação de Deus, estão mais perto daquilo que já aparece narrado na Palavra de Deus e que a Colômbia bem conhece: «um rasto de sofrimento e sangue (…). A violência fratricida de Caim contra Abel e os vários litígios entre os filhos e entre as esposas dos patriarcas Abraão, Isaac e Jacob, passando pelas tragédias que cobrem de sangue a família de David, até às numerosas dificuldades familiares que regista a história de Tobias ou a confissão amarga de Job abandonado» (Ibid., 20). E, desde o início, foi assim: não penseis na situação ideal; esta é a situação real. Deus manifesta a sua proximidade e a sua eleição, onde quer, na terra que quer, na situação em que está naquele momento, com as contradições concretas, como Ele quer. Ele muda o curso dos acontecimentos, chamando homens e mulheres na fragilidade da história pessoal e comunitária. Não tenhamos medo desta terra complexa! Ontem à noite, uma menina portadora de deficiência, no grupo que me deu as boas-vindas, que me acolheu na Nunciatura, disse que, no núcleo do humano, existe a vulnerabilidade, e explicava porquê. E veio-me à mente perguntar-lhe: «Somos todos vulneráveis?» – «Sim, todos». «Mas existe alguém que não seja vulnerável?» E ela respondeu: «Deus». Mas Deus quis fazer-Se vulnerável, quis sair a caminhar connosco pela estrada, viver a nossa história como era; quis fazer-Se homem no meio duma contradição, no meio de algo incompreensível, com o consentimento duma jovem que não compreendia mas obedece e dum homem justo que seguiu o que lhe fora mandado; mas tudo isto no meio de tantas contradições. Não tenhais medo desta terra complexa! Deus sempre fez o milagre de gerar cachos bons, e também boas torradas para o café da manhã. Que não faltem vocações em nenhuma comunidade, em nenhuma família de Medellín! E, quando no café da manhã encontrardes uma destas belas surpresas, dizei: «Ah, que bom! E Deus será capaz de fazer algo de mim?» Interrogai-vos, antes de a comerdes! Interrogai-vos.

E esta videira – que é a de Jesus – tem a caraterística de ser a verdadeira. Ele já usara este adjetivo noutras ocasiões, segundo o Evangelho de João: a luz verdadeira, o verdadeiro pão do céu, o testemunho verdadeiro. Ora, a verdade não é algo que recebemos, como o pão ou a luz, mas algo que brota de dentro. Somos povo eleito para a verdade, e a nossa vocação deve acontecer na verdade. Se somos ramos desta videira, se a nossa vocação está enxertada em Jesus, não há lugar para o engano, a hipocrisia, as opções mesquinhas. Todos devemos estar atentos para que cada ramo sirva para o que se pretendia: para dar fruto. Eu… estou pronto a dar fruto? Desde o início, as pessoas a quem cabe a tarefa de acompanhar os percursos vocacionais deverão motivar para a reta intenção, isto é, um desejo autêntico de configurar-se com Jesus, o pastor, o amigo, o esposo. Quando os percursos não são alimentados pela seiva verdadeira que é o Espírito de Jesus, então experimentamos a secura e Deus descobre, com tristeza, aqueles sarmentos já mortos. As vocações de especial consagração morrem quando querem nutrir-se de honrarias, quando são impelidas pela busca de tranquilidade pessoal e promoção social, quando a motivação é «subir de categoria», apegar-se a interesses materiais chegando mesmo ao erro da avidez de lucro. Já disse noutras ocasiões mas quero repeti-lo aqui porque verdadeiro e certo (não o esqueçais!): o diabo entra pela carteira. Sempre. Isto não diz respeito apenas ao início, todos nós devemos estar atentos porque a corrução nos homens e mulheres que estão na Igreja começa assim, pouco a pouco, e depois – o próprio Jesus no-lo diz – lança raízes no coração e acaba por desalojar Deus da própria vida. «Não podeis servir a Deus e ao dinheiro» (Mt 6, 24; cf. v. 21). Jesus disse: «Não se pode servir a dois senhores». Dois senhores… é como se houvesse dois senhores no mundo. Não se pode servir a Deus e ao dinheiro. Jesus dá o título de «senhor» ao dinheiro. Que significa isto? Que, se te prende, não te deixa ir embora: será o teu senhor a começar do teu coração. Atenção! Não podemos aproveitar-nos da nossa condição religiosa e da bondade do nosso povo para sermos servidos e obter benefícios materiais.

Há situações, estilos e opções que manifestam os sinais da secura e da morte. E, quando isso acontece, retardam o fluxo da seiva que alimenta e dá vida. O veneno da mentira, da dissimulação, da manipulação e do abuso do povo de Deus, dos mais frágeis e especialmente dos idosos e das crianças não pode ter lugar na nossa comunidade. Quando um consagrado, uma consagrada, uma comunidade ou uma instituição (seja a paróquia ou outra qualquer) escolhe seguir este estilo, é um ramo seco; é suficiente sentar-se e aguardar que Deus venha cortá-lo.

Mas Deus não se limita a cortar; a alegoria continua dizendo que Deus poda a videira das imperfeições. É tão bela a poda! Faz doer, mas é bela. A promessa é que daremos fruto, e fruto em abundância, como o grão de trigo, se formos capazes de nos entregar, de dar livremente a vida. Na Colômbia, temos exemplos de que isto é possível. Pensemos em Santa Laura Montoya, uma religiosa admirável cujas relíquias se encontram aqui. Ela, a partir desta cidade, se prodigou numa grande obra missionária a favor dos indígenas de todo o país. Quanto nos ensina esta mulher consagrada de entrega silenciosa, abnegada sem outro interesse senão manifestar o rosto materno de Deus! Da mesma forma, podemos recordar o Beato Mariano de Jesús Euse Hoyos, um dos primeiros alunos do Seminário de Medellín, e outros sacerdotes e religiosas colombianos, cujos processos de canonização já foram introduzidos; bem como muitos outros, milhares de colombianos anónimos, que, na simplicidade da sua vida diária, souberam entregar-se pelo Evangelho e que guardais com certeza na vossa memória servindo como estímulo de entrega. Todos nos mostram que é possível seguir fielmente a chamada do Senhor, que é possível dar muito fruto, mesmo agora, neste tempo e neste lugar.

A boa notícia é que Ele está disposto a limpar-nos; a boa notícia é que não somos ainda uma «obra acabada», estamos ainda no «processo de fabricação» e como bons discípulos estamos a caminho. E como é que Jesus corta os fatores de morte que se aninham na nossa vida e distorcem a vocação? Convidando-nos a permanecer n’Ele; permanecer não significa apenas estar, mas indica manter uma relação vital, existencial, de absoluta necessidade; é viver e crescer em união fecunda com Jesus, fonte de vida eterna. Permanecer em Jesus não pode ser uma atitude meramente passiva ou um simples abandono sem consequências na vida diária. Tem sempre consequências, sempre. E deixai-me propor-vos – já está a ficar um pouco longo? [gritam: «Não!»] Naturalmente nunca me diríeis «sim» e por isso não me fio de vós! – deixai-me propor-vos três modos de tornar efetivo este permanecer, que vos podem ajudar a permanecer em Jesus.

1. Permanecemos em Jesus tocando a sua humanidade:
Com o olhar e os sentimentos de Jesus, que contempla a realidade não como juiz, mas como bom samaritano; que reconhece os valores do povo com quem caminha, bem como as suas feridas e pecados; que descobre o sofrimento silencioso e se comove perante as necessidades das pessoas, sobretudo quando estas se encontram oprimidas pela injustiça, a pobreza indigna, a indiferença ou pela ação perversa da corrução e da violência.

Com os gestos e palavras de Jesus, que expressam amor aos vizinhos e busca dos afastados; ternura e firmeza na denúncia do pecado e no anúncio do Evangelho; alegria e generosidade na entrega e no serviço, sobretudo aos mais pequeninos, rejeitando vigorosamente a tentação de dar tudo por perdido, de nos acomodarmos ou de nos tornarmos apenas administradores de desgraças. Quantas vezes ouvimos homens e mulheres consagrados, parecendo que, em vez de administrar alegria, crescimento, vida, administram infortúnios e passam o tempo a lamentar-se das desgraças deste mundo. É a esterilidade; a esterilidade de quem é incapaz de tocar a carne sofredora de Jesus.

2. Permanecemos contemplando a sua divindade:
Suscitando e cultivando a estima pelo estudo, que aumenta o conhecimento de Cristo, pois, como lembra Santo Agostinho, não se pode amar a quem não se conhece (cf. A Trindade, Livro X, cap. I, 3).

Privilegiando, para tal conhecimento, o encontro com a Sagrada Escritura, especialmente o Evangelho, onde Cristo nos fala, nos revela o seu amor incondicional ao Pai, nos contagia com a alegria que brota da obediência à sua vontade e do serviço aos irmãos. Quero fazer-vos uma pergunta, mas não me deveis responder; cada qual responde para si mesmo. Quantos minutos ou quantas horas leio o Evangelho ou a Escritura em cada dia? Respondei para vós mesmos. Quem não conhece as Escrituras, não conhece Jesus. Quem não ama as Escrituras, não ama Jesus (cf. São Jerónimo, Prólogo ao Comentário do profeta Isaías: PL 24, 17). Gastemos tempo numa leitura orante da Palavra, ouvindo nela o que Deus quer para nós e para o nosso povo.

Que todo o nosso estudo nos ajude a ser capazes de interpretar a realidade com os olhos de Deus; que não seja um estudo alheado do que vive o nosso povo, nem siga as ondas das modas e das ideologias. Que não viva de saudosismos, nem queira enjaular o mistério; não procure responder a perguntas que já ninguém se põe, deixando no vazio existencial aqueles que nos interpelam a partir das coordenadas do seu mundo e da sua cultura.

Permanecer e contemplar a sua divindade, fazendo da oração a parte fundamental da nossa vida e do nosso serviço apostólico. A oração liberta-nos das escórias do mundanismo, ensina-nos a viver com alegria, a escolher a fuga do superficial, num exercício de liberdade autêntica. Na oração, crescemos em liberdade, na oração aprendemos a ser livres. A oração arranca-nos da tendência a concentrar-nos sobre nós mesmos, fechados numa experiência religiosa vazia e leva a colocar-nos docilmente nas mãos de Deus para cumprir a sua vontade e corresponder ao seu plano de salvação. E, na oração, quero também aconselhar-vos uma coisa: pedi, contemplai, agradecei, intercedei, mas habituai-vos também a adorar. Não está muito na moda, adorar. Habituai-vos a adorar. Aprender a adorar em silêncio. Aprender a rezar assim.

Sejamos homens e mulheres reconciliados, para reconciliar. O facto de termos sido chamados não nos dá um certificado de boa conduta e impecabilidade; não estamos revestidos duma aura de santidade. Ai do religioso, do consagrado, do padre, da irmã que vivem com uma cara de santinho! Todos somos pecadores, todos. E precisamos do perdão e da misericórdia de Deus, para nos erguer cada dia; Ele arranca o que não está bem e o que fizemos de mal, deita-o fora da vinha e queima-o. Limpa-nos para podermos dar fruto. Assim é a fidelidade misericordiosa de Deus para com o seu povo, do qual fazemos parte. Ele nunca nos abandonará na beira da estrada, nunca. Deus faz tudo para evitar que o pecado nos vença e feche as portas da nossa vida a um futuro de esperança e de alegria. Deus faz tudo para o evitar. E, se não o consegue, fica ali ao pé de mim, até que me recorde de olhar para o alto por me ter dado conta que estou caído. Ele é assim.

3. Finalmente, devemos permanecer em Cristo para viver na alegria: O terceiro: permanecer para viver na alegria.
Se permanecermos n’Ele, a sua alegria habitará em nós. Não seremos discípulos tristes e apóstolos amargurados. Lede o final da [Exortação apostólica de Paulo VI] «Evangelium nuntiandi»: vo-lo aconselho. Pelo contrário, espelharemos e levaremos a alegria verdadeira, aquela alegria plena que ninguém poderá tirar-nos, espalharemos a esperança de vida nova que Cristo nos trouxe. A chamada de Deus não é um fardo pesado que nos rouba a alegria. É pesado? Às vezes sim; mas não nos rouba a alegria. Mesmo através deste peso, dá-nos a alegria. Deus não nos quer submersos na tristeza – um dos espíritos maus que se apoderam da alma, como já denunciavam os monges do deserto –; Deus não nos quer submersos no cansaço, que provêm das atividades mal vividas, sem uma espiritualidade que torne feliz a nossa vida e até mesmo as nossas fadigas. A nossa alegria contagiante deve ser o primeiro testemunho da proximidade e do amor de Deus. Somos verdadeiros dispensadores da graça de Deus, quando deixamos transparecer a alegria do encontro com Ele.

No Génesis, depois do dilúvio, Noé planta uma videira como sinal do novo começo; ao terminar o Êxodo, aqueles que Moisés enviou para inspecionar a Terra Prometida, voltaram com um cacho de uvas grande assim [indica a altura], sinal da terra onde mana leite e mel. Deus debruçou-Se sobre nós, as nossas comunidades e as nossas famílias: estão aqui presentes; acho muito bem que estejam os pais e as mães dos consagrados, dos sacerdotes e dos seminaristas. Deus pôs o seu olhar sobre a Colômbia: vós sois sinal deste amor de predileção. Cabe-nos agora oferecer todo o nosso amor e serviço unidos a Jesus Cristo, que é a nossa videira, e ser promessa dum novo início para a Colômbia, que deixa para trás um dilúvio – como o de Noé –, um dilúvio de conflitos e violências, que quer produzir muitos frutos de justiça e paz, de encontro e solidariedade. Que Deus vos abençoe! Deus abençoe a vida consagrada na Colômbia. E não vos esqueçais de rezar por mim, para que me abençoe também a mim. Obrigado!

[01235-PO.02] [Texto original: Espanhol]

Traduzione in lingua polacca

Czcigodni Bracia Biskupi,
Drodzy kapłani, konsekrowani i konsekrowane, seminarzyści,
Drogie rodziny, drodzy kolumbijscy przyjaciele,

Przypowieść o winorośli, której przed chwilą wysłuchaliśmy z Ewangelii św. Jana, wpisuje się w kontekst Ostatniej Wieczerzy Jezusa. W tej atmosferze intymności, pewnego napięcia, ale pełnego miłości, Pan obmył stopy swoim uczniom, zechciał utrwalić pamięć o sobie w chlebie i winie, a także przemówił z głębi swego serca do tych, których najbardziej umiłował.

W czasie tej pierwszej nocy „eucharystycznej”, w czasie tego pierwszego zachodu słońca po geście służby, Jezus otwiera swe serce, przekazuje im swój testament. I tak jak w tamtym wieczerniku nadal spotykali się Apostołowie, z kilkoma kobietami i Maryją, Matką Jezusa (por. Dz 1,13-14), tak również tutaj, zebraliśmy się dziś w tym miejscu, aby słuchać Jego, aby słuchać siebie samych. Siostra Leidy od św. Józefa, Maria Isabel i o. Juan Felipe przedstawili nam swe świadectwa... Również każdy z nas tu obecnych mógłby opowiedzieć dzieje własnego powołania. A wszystkich nas łączy doświadczenie Jezusa, który wychodzi nam na spotkanie, który nas poprzedza i który w ten sposób podbił nasze serca. Jak mówi dokument z Aparecidy: „Poznanie Jezusa jest najpiękniejszym darem, jaki może otrzymać każdy człowiek; spotkanie Go jest najlepszą rzeczą, jaka mogła się nam przydarzyć, a zapoznawanie z Nim innych poprzez nasze słowa i dzieła, jest naszą radością”, radością niesienia Ewangelii (n. 29).

Wielu z was, młodych odkryło tego Jezusa żyjącego w waszych wspólnotach, wspólnotach nacechowanych zarażającym zapałem apostolskim, które wywołują entuzjazm i budzą atrakcyjność. Tam, gdzie jest życie, zapał, pragnienie niesienia Chrystusa innym, rodzą się autentyczne powołania. Braterskie i gorliwe życie wspólnoty jest tym, co budzi pragnienie całkowitego poświęcenia się Bogu i ewangelizacji (por. Adhort. apost. Evangelii gaudium, 107). Młodzi w sposób naturalny są niespokojni, poszukują - a może się mylę? . Tutaj chciałbym zatrzymać się i przypomnieć coś bolesnego. To dygresja. Ludzie młodzi w sposób naturalny są niespokojni, ale wiele razy ten niepokój jest zwodzony, niszczony przez handlarzy narkotyków. Medellín przynosi mi to wspomnienie, przypomina mi o wielu młodych istnieniach złamanych, odrzuconych, zniszczonych. Zachęcam was, byście pamiętali, towarzyszyli tej procesji żałobnej, prosili o przebaczenie dla tych, którzy zniszczyli aspiracje tak wielu młodych ludzi, poprosili Pana, by nawrócił ich serca, aby położono kres tej klęsce młodej ludzkości. Młodzi w sposób naturalny są niespokojni, poszukują i chociaż jesteśmy świadkami kryzysu zaangażowania oraz więzi wspólnotowych, to wielu jest młodych, którzy się wspólnie mobilizują w obliczu zła tego świata i poświęcają się różnym formom zwalczania go i wolontariatu. Jest ich wielu. I niektórzy z nich są katolikami praktykującymi, wielu z nich to katolicy „od wody różanej”, jak mawiała moja babcia; inni nie wiedzą, czy wierzą, czy też nie wierzą ... Ale ten niepokój prowadzi ich do robienia czegoś dla innych, ten niepokój zapełnia młodymi twarzami wolontariat na całym świecie. Niepokój trzeba ukierunkować. Gdy czynią to ze wzglądu na umiłowanie Jezusa, czując się częścią wspólnoty, stają się „wędrowcami wiary”, szczęśliwymi, że zanoszą Jezusa Chrystusa na każdą drogę, na każdy plac, do każdego zakątku ziemi (por. tamże, 107). A ilu niesie Go, nie wiedząc, że Go niosą! Jest to bogactwem, aby iść po ulicach, służąc, wędrując z tą wiarą, której być może sami nie rozumieją w pełni. To świadectwo, świadectwo, które otwiera nas na działanie Ducha Świętego, który wkracza i będzie działał w naszych sercach.

Podczas jednej z podróży na Światowe Dni Młodzieży w Polsce [w Krakowie 2016], podczas obiadu z młodzieżą - z 15 młodymi ludźmi i arcybiskupem – ktoś mnie zapytał: „Co mogę powiedzieć mojemu młodemu koledze, który jest ateistą, który nie wierzy? Jakie argumenty mogę jemu przedstawić?” . I spontanicznie przyszła mi odpowiedź: „Spójrz, ostatnia rzecz, którą musisz zrobić, to coś jemu mówić!”. Był zdziwiony. Zaczyna działać, zaczyna zachowywać się w taki sposób, że niepokój, który ma w sobie sprawia, że staje się ciekawy i pyta cię: a kiedy prosi o twoje świadectwo, wtedy możesz zacząć coś mówić. To bardzo ważne, aby być wędrowcami, wędrowcami wiary, wędrowcami życia.

Winnica, o której wspomina Jezus w dopiero co usłyszanym tekście, jest winnicą będącą całością „ludu przymierza”. Prorocy, jak Jeremiasz, Izajasz czy Ezechiel odnoszą się do niego, jak do winnicy, a nawet Psalm 80 (79) opiewa to słowami: „Wyrwałeś winorośl z Egiptu (...), grunt dla niej przygotowałeś, a ona zapuściła korzenie i napełniła ziemię” (ww. 9-10). Czasami wyrażają oni radość Boga z powodu swojej winnicy, innym razem Jego gniew, rozczarowanie lub irytację. Ale nigdy, przenigdy nie jest On niezainteresowany swoją winnicą, nigdy nie przestaje cierpieć z powodu jej niewierności, - jeśli jestem niewierny, to On cierpi w swoim sercu, ale nigdy nie przestaje wychodzić naprzeciw temu ludowi, który – gdy oddala się od Niego – usycha, wypala się i niszczeje.

Jaka jest gleba, pożywka, wsparcie, na których rozwija się ta winnica w Kolumbii? W jakich sytuacjach rodzą się owoce powołań do szczególnej konsekracji? Z pewnością w środowiskach pełnych sprzeczności, światłocieni, i złożonych sytuacjach relacyjnych. Chcielibyśmy mieć do czynienia z bardziej pogodnym światem, rodzinami i relacjami, jesteśmy jednak częścią tej epokowej przemiany, tego kryzysu kulturowego. I pośród niego, licząc się z nim, Bóg nadal powołuje. I nie przychodźcie mi tu mówić: „Nie, z pewnością nie ma wielu powołań do specjalnej konsekracji, bo to oczywiste, z tym przeżywanym przez nas kryzysem…”. Wiecie co to jest? To bajka! Jasne? Także pośród tego kryzysu, Bóg nadal powołuje. Niemal iluzją byłoby myślenie, że wszyscy usłyszeliście Boże powołanie w rodzinach wspieranych miłością silną i pełną takich wartości jak wielkoduszność, zaangażowanie, wierność lub cierpliwość (por. Adhort. ap Amoris laetitia, 5). Niektóre tak, ale nie wszystkie. Pewne rodziny, jeśli Bóg zechce, oby było ich wiele – są takie. Jednakże stąpanie twardo po ziemi oznacza uznanie, że nasze duszpasterstwo powołaniowe, rodzenie się Bożego powołania, zastaje nas bliżej tego, o czym wspomina Słowo Boże i co tak dobrze zna Kolumbia: „Jest to droga cierpienia i krwi, przenikająca wiele stron Biblii, począwszy od bratobójczej przemocy Kaina wobec Abla, a także różnych sporów między dziećmi i żonami patriarchów Abrahama, Izaaka i Jakuba, by dojść później do tragedii, które przepełniają krwią rodzinę Dawida, aż po wiele trudności rodzinnych, naznaczających historię Tobiasza lub gorzkie wyznanie opuszczonego Hioba” (tamże, 20). I od początku tak było: nie myślcie o sytuacji idealnej, to jest sytuacja rzeczywista. Bóg okazuje swą bliskość i swój wybór tam, gdzie chce, w ziemi, którą sobie obierze, tak jak to jest w danej chwili, z konkretnymi przeciwieństwami, tak jak tego chce. Zmienia On bieg wydarzeń, powołując mężczyzn i kobiety w kruchości ich historii osobistej i wspólnotowej. Nie bójmy się – na tej skomplikowanej ziemi. Wczoraj wieczorem pewna dziewczyna ze specjalnymi umiejętnościami, w grupie, która mnie przywitała, która mnie witała pod nuncjaturą, powiedziała, że w istocie człowieka jest pewna słabość i wyjaśniała dlaczego. I przyszło mi na myśl, żeby ją zapytać: „Czy wszyscy jesteśmy słabi?” – „Tak, wszyscy” – „Ale czy jest ktoś, kto nie jest słaby?” I odpowiedziała: „Bóg”. Ale Bóg zechciał stać się słabym, zechciał wyjść i wraz z nami iść drogą, żyć naszą historią taką, jaką była; zechciał stać się człowiekiem pośrodku sprzeczności, pośrodku czegoś niezrozumiałego, za zgodą pewnej Dziewczyny, która nie rozumiała, ale była posłuszna i męża sprawiedliwego, który postępował zgodnie z tym, co mu polecono; ale wszystko to pośrodku tak wielu sprzeczności. Nie bójmy się tej skomplikowanej ziemi! Bóg zawsze czynił cud rodzenia dobrych kiści, jak podpłomyki na śniadanie. Oby nie zabrakło powołań w żadnej wspólnocie, w żadnej rodzinie z Medellinu! A kiedy na śniadanie znajdziecie którąś z tych pięknych niespodzianek, mówcie: „Jakie to piękne. I czyż Bóg potrafi uczynić coś wraz ze mną?”. Proście Go, zanim je zjecie! Proście Go.

I ta winnica, będąca winnicą Jezusa, odznacza się tym, że jest prawdziwa. Użył On już tego określenia przy innych okazjach w Ewangelii św. Jana: prawdziwe światło, prawdziwy chleb z nieba lub prawdziwe świadectwo. Ale prawda nie jest czymś, co otrzymujemy jak chleb lub światło, ale coś, co wypływa z wnętrza. Jesteśmy ludem wybranym dla prawdy, a nasze powołanie musi być w prawdzie. Jeśli jesteśmy latoroślą tej winnicy, jeśli nasze powołanie jest wszczepione w Jezusa, to nie ma miejsca na zwodzenie, dwulicowość, małostkowe wybory. Wszyscy musimy uważać, aby każda latorośl służyła temu, do czego została zaplanowana: przynoszeniu owoców. Czy jestem gotów do przynoszenia owocu? Od samego początku ci, którzy mają zadanie towarzyszenia drodze powołania, muszą motywować prawą intencję, to znaczy prawdziwe pragnienie upodobnienia się do Jezusa–pasterza, przyjaciela czy oblubieńca. Gdy procesów tych nie ożywia owa prawdziwa siła napędowa, jaką jest Duch Jezusa, to wówczas doświadczamy oschłości, a Bóg odkrywa ze smutkiem odrośle, które są już martwe. Powołania do szczególnej konsekracji umierają, gdy chcą się karmić zaszczytami, gdy pobudza je poszukiwanie spokoju osobistego i awansu społecznego, gdy motywuje je „robienie kariery”, przywiązanie do interesów materialnych, co prowadzi nawet do otępiającej żądzy zysku. Jak już mówiłem przy innych okazjach, i chcę to powtórzyć jako coś, co jest prawdziwe i pewne, nie zapominajcie o tym: diabeł wchodzi przez portfel. Zawsze. Dotyczy to nie tylko początków, wszyscy musimy uważać, ponieważ korupcja wśród mężczyzn i kobiet w Kościele tak właśnie się zaczyna: stopniowo, a następnie – mówi nam o tym sam Jezus – zakorzenia się w sercu a kończy się wyparciem Boga z własnego życia. „Nie możecie służyć Bogu i Mamonie” (Mt 6, 24). Jezus mówi: „Nikt nie może dwom panom służyć”. Dwóch panów: tak jakby w świecie było dwóch panów. Nie można służyć Bogu i Mamonie. Bóg nazywa Mamonę panem. Co to znaczy? Że jeśli ciebie weźmie, to nie pozwoli ci odejść: będzie twoim panem, począwszy od twego serca. Uwaga! Nie możemy wykorzystywać swojej pozycji religijnej i dobroci naszego ludu do tego, żeby nas obsługiwano i do uzyskiwania korzyści materialnych.

Istnieją pewne sytuacje, postawy i decyzje, które ukazują oznaki oschłości i śmierci – kiedy to się dzieje?: nie mogą one stale spowalniać dopływ siły napędowej, która karmi i daje życie! W naszej wspólnocie nie może być miejsca dla trucizny kłamstwa, spraw ukrywanych, manipulacji i wyzyskiwania ludu Bożego, najsłabszych a zwłaszcza osób starszych i dzieci. Kiedy jakaś osoba konsekrowana, lub wspólnota, czy instytucja – czy to parafia czy jakakolwiek inna – postanawia iść za tym stylem jest uschłą gałęzią: trzeba tylko sobie usiąść i czekać, aż Bóg ją obetnie.

Ale Bóg nie tylko obcina: przypowieść mówi dalej, że Bóg oczyszcza winorośl z niedoskonałości. Jakże piękne jesz oczyszczenie! Boli, ale jest piękne. Treścią obietnicy jest to, że przyniesiemy owoce, i to w obfitości, niczym ziarno pszenicy, jeśli będziemy zdolni do daru z siebie, dobrowolnego dania swego życia. Mamy w Kolumbii przykłady tego, że jest to możliwe. Pomyślmy o św. Laurze Montoya – wspaniałej zakonnicy, której relikwie są tutaj z nami. Ona pochodząc z tego miasta rzuciła się w wielkie dzieło misyjne na rzecz tubylców całego kraju. Jakże wiele uczy nas ta kobieta, która poświęciła się milczącemu oddaniu, przeżywanemu z wyrzeczeniem, nie pragnąc nic innego, jak ukazanie macierzyńskiego oblicza Boga! Podobnie możemy przypomnieć błogosławionego Mariana od Jezusa Euse Hoyosa – jednego z pierwszych kleryków seminarium w Medellinie – oraz innych kapłanów i siostry zakonne z Kolumbii, których procesy kanonizacyjne rozpoczęto, jak również wielu innych, tysiące anonimowych Kolumbijczyków, którzy w prostocie swego codziennego życia potrafili poświęcić się dla Ewangelii, których pamięć z pewnością przechowujecie i będą wam bodźcem dla waszego poświęcenia. Wszyscy oni ukazują nam, że można wiernie iść za wezwaniem Pana, że można przynosić wiele owoców, także teraz, w tym czasie i w tym miejscu.

Dobrą wieścią jest to, że On gotów jest nas oczyszczać: dobrą wieścią jest to, że nie jesteśmy jeszcze „wykończeni”, jesteśmy jeszcze „w procesie wytarzania” i jako dobrzy uczniowie jesteśmy w drodze. Jak Jezus odcina czynniki śmierci, które zagnieżdżają się w naszym życiu i mają negatywny wpływ na nasze powołanie? Zapraszając nas, byśmy w Nim trwali. Trwanie nie oznacza jedynie przebywania, ale wskazuje na utrzymywanie żywotnej, egzystencjalnej więzi, bezwzględnie koniecznej. To żyć i wzrastać w głębokiej i owocnej jedności z Jezusem, „źródłem życia wiecznego”. Trwanie w Jezusie nie może być postawą tylko bierną lub zwykłym wyrzeczeniem bez następstw w życiu codziennym. Zawsze są jakieś następstwa. I pozwólcie, że wam zaproponuję – bo już trochę to długo trwa…[Krzyczą: „nie!”]. Oczywiście nie powiecie „tak”, a zatem wam nie wierzę! Pozwólcie, że wam zaproponuję wam trzy sposoby takiego skutecznego trwania, które mogą wam pomóc, by trwać w Jezusie.

1. Trwamy w Jezusie, dotykając człowieczeństwa Jezusa.
Ze spojrzeniem i uczuciami Jezusa, który postrzega rzeczywistość nie jako sędzia, lecz jak dobry Samarytanin; który rozpoznaje wartości ludu, z którym pielgrzymuje, jak również jego rany i grzechy; który odkrywa milczące cierpienie i wzrusza się w obliczu potrzeb osób, szczególnie gdy są zniewolone niesprawiedliwością, nieludzkim ubóstwem, obojętnością lub nikczemnym działaniem korupcji i przemocy.

Za pomocą gestów i słów Jezusa, wyrażających umiłowanie bliskich i poszukiwanie dalekich; czułość i stanowczość w demaskowaniu grzechu oraz głoszeniu Ewangelii; radość i wielkoduszność w darze z siebie i służbie, zwłaszcza najmniejszym, odrzucając z mocą pokusę uznawaniem wszystkiego za stracone, dostosowania się lub stawania się wyłącznie zarządcami nieszczęść. Jakże często często słuchamy konsekrowanych mężczyzn i kobiet, którzy zdają się zamiast udzielać radości, rozwoju, życia, udzielają żałości i spędzają swój czas narzekając na nieszczęścia tego świata. Jest to bezowocność, bezpłodność tych, którzy nie potrafią dotknąć cierpiącego ciała Jezusa.

2. Trwamy, rozważając Jego bóstwo
Rozbudzając i podtrzymując szacunek dla studium, które pogłębia znajomość Chrystusa, gdyż – jak przypomina o tym św. Augustyn – nie można kochać tego, kogo się nie zna (por. św. Augustyn, „O Trójcy Świętej”. Księga X, rozdz. I-XII).

Trzeba przyznawać pierwszeństwo w tym poznawaniu spotkaniu z Pismem Świętym, szczególnie z Ewangelią, gdzie Chrystus do nas mówi, objawia nam swą bezwarunkową miłość do Ojca, zaraża nas radością, płynącą z posłuszeństwa Jego woli i ze służenia braciom. Chciałbym was zapytać, ale nie odpowiadajcie, niech każdy odpowie sobie sam. Ile minut czy też ile godzin czytam każdego dnia Ewangelię czy też Pismo Święte? Odpowiedzcie sobie. Ten, kto nie zna Pisma, nie zna Jezusa. Ten, kto nie kocha Pisma, nie kocha Jezusa (por. św. Hieronim, „Wstęp do komentarza do proroka Izajasza”; PL 24, 17). Przeznaczajmy czas na modlitewne czytanie Słowa! Na wsłuchiwanie się w to, czego chce Bóg dla nas i dla naszego ludu.

Niech całe nasze studium pomaga nam być zdolnymi do interpretowania rzeczywistości oczami Boga, niech nie będzie nauką pomijającą to, czym żyje nasz lud; niech też nie goni za falami mód lub ideologii. Niech nie żyje tęsknotami ani niech też nie chce uwięzić tajemnicy. Niech nie próbuje odpowiadać na pytania, których nikt już sobie nie stawia, by zostawić w pustce egzystencjalnej ludzi podważających nasze opinie, kierując się namiarami swych światów i kultur.

Trzeba trwać i rozważać Jego boskość, czyniąc z modlitwy podstawową część naszego życia i naszej posługi apostolskiej. Modlitwa uwalnia nas od balastu doczesności, uczy nas życia w sposób radosny, podejmowania decyzji, trzymając nas z dala od powierzchowności, żyjąc prawdziwą wolnością. Na modlitwie wzrastamy w wolności, na modlitwie uczymy się być wolnymi. Modlitwa uwalnia nas od skłonności do skupiania się na samych sobie, skrytych w doświadczeniu pustej religijności oraz prowadzi nas do posłusznego oddania się w ręce Boga, aby pełnić Jego wolę i odpowiadać na Jego plan zbawienia. A w modlitwie, chciałbym też wam doradzić: proście, kontemplujcie, dziękujcie, wstawiajcie się, ale przyzwyczajajcie się też do wielbienia; uczcie się uwielbienia w milczeniu. Uczcie się i módlcie się w ten sposób.

Bądźmy mężczyznami i kobietami pojednanymi, aby jednać. Fakt bycia powołanymi nie daje nam zaświadczenia o dobrym zachowaniu i bezgrzeszności. Nie jesteśmy przyobleczeni w aureolę świętości. Biada zakonnikowi, osobie konsekrowanej, księdzu, siostrze udającym świętoszkowatość. Wszyscy jesteśmy grzesznikami, wszyscy i potrzebujemy przebaczenia oraz miłosierdzia Bożego, aby podnosić się każdego dnia. To On wyrywa z nas to, co niedobre i co uczyniliśmy źle, wyrzuca to z winnicy i spala. On nas oczyszcza, abyśmy mogli przynosić owoc. Taka jest miłosierna wierność Boga wobec swego ludu, którego jesteśmy częścią. On nas nigdy nie porzuci na poboczu drogi, nigdy. Bóg robi wszystko, co może, aby nie dopuścić do tego, żeby grzech nas pokonał i zamknął drzwi naszego życia na przyszłość nadziei i radości. Robi wszystko, co w Jego mocy, aby tego uniknąć. A jeśli się nie powiedzie, to trwa obok, dopóki przyjdzie mi na myśl, by podnieść wzrok, bo zdałem sobie sprawę, że upadłem. On jest taki.

3. I wreszcie należy trwać w Chrystusie, aby żyć w radości. Po trzecie trwać, aby żyć w radości
Jeśli trwamy w Nim, Jego radość będzie w nas. Przeczytajcie zakończenie „Evangelii nuntiandi” [adhortacja apostolska Pawła VI ]: radzę wam to. Nie będziemy smutnymi uczniami i przygnębionymi apostołami. Przeciwnie, odzwierciedlimy i zaniesiemy prawdziwą radość, radość pełną, której nikt nie będzie mógł nam odebrać, będziemy szerzyć nadzieję nowego życia, które dał nam Chrystus. Boże powołanie nie jest ciężkim brzemieniem, odbierającym nam radość. Czy jest ciężkie? Czasami tak, ale nie odbiera nam radości. Również przez ten ciężar obdarza nas radością. Bóg nie chce byśmy byli pogrążeni w smutku – jeden ze złych duchów, które biorę duszę w posiadanie, jak już wskazywali mnisi pustyni-: Bóg nie chce, byśmy byli pogrążeni w zmęczeniu, które rodzą się ze źle przeżytych działań, bez duchowości uszczęśliwiającej nasze życie, a nawet nasze trudy. Nasza zaraźliwa radość musi być pierwszym świadectwem bliskości i miłości Boga. Jesteśmy prawdziwymi szafarzami łaski Bożej, gdy pozwalamy, by można było dostrzec radość spotkania z Nim.

W Księdze Rodzaju po potopie Noe sadzi winną latorośl jako znak nowego początku. Natomiast na końcu wydarzenia Wyjścia, ludzie wysłani przez Mojżesza, dla dokonania zwiadu w Ziemi Obiecanej, wrócili z kiścią winogron o takiej wielkości [wskazuje wysokość] – znakiem tej ziemi, która płynęła mlekiem i miodem. Bóg troszczył się o nas, o nasze wspólnoty i o nasze rodziny. Są tutaj obecne i zdaje mi się, że bardzo dobrze, że są tutaj ojcowie i matki osób konsekrowanych, księży i seminarzystów. Bóg zwrócił swe spojrzenie na Kolumbię: jesteście znakiem tej uprzywilejowanej miłości. Naszym zadaniem jest teraz ofiarowanie całej naszej miłości i służby w zjednoczeniu z Jezusem Chrystusem, który jest naszym krzewem winnym. I być obietnicą nowego początku dla Kolumbii, która pozostawia za sobą powódź – jak za czasów Noego – powódź niezgody i przemocy, która chce dać liczne owoce sprawiedliwości i pokoju, spotkania i solidarności. Niech Bóg wam błogosławi; niech Bóg pobłogosławi życie konsekrowane w Kolumbii. I nie zapominajcie modlić się za mnie, aby błogosławił także i mnie. Dziękuję!

[01235-PL.01] [Testo originale: Spagnolo]

Al termine dell’incontro, dopo la benedizione finale, il Santo Padre si è trasferito all’aeroporto "José M. Córdoba" di Rionegro. Qui – a bordo di un A321 dell’Avianca – è rientrato alla Base Aerea militare CATAM di Bogotá e ha fatto ritorno in auto alla Nunziatura Apostolica dove, all’arrivo, è stato accolto da un gruppo di consacrati, da sposi novelli e da coppie che festeggiavano le nozze d’oro e d’argento.

[B0577-XX.02]