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Viaggio Apostolico del Santo Padre Francesco in Colombia (6-11 settembre 2017) – Grande Incontro per la Riconciliazione Nazionale a Villavicencio e Sosta presso la Croce della Riconciliazione, 08.09.2017


Grande Incontro per la Riconciliazione Nazionale a Villavicencio

Sosta presso la Croce della Riconciliazione di Villavicencio

 

Grande Incontro per la Riconciliazione Nazionale a Villavicencio

Discorso del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua francese

Traduzione in lingua inglese

Traduzione in lingua tedesca

Traduzione in lingua portoghese

Nel pomeriggio, prima di lasciare il Compound Maloca del Joropo, il Santo Padre Francesco è passato nella Cappella dove è esposta la statua "Virgén de Chirajara" e ha benedetto i sacerdoti della diocesi. Quindi si è trasferito in auto al Parque Las Malocas di Villavicencio dove, alle ore 15.25, ha avuto luogo il Grande Incontro per la Riconciliazione Nazionale. Erano presenti rappresentanti di vittime della violenza, militari e agenti di polizia, ex guerriglieri.

Dopo il saluto dell’Arcivescovo di Villavicencio, S.E. Mons. Óscar Urbina Ortega, la lettura e la rappresentazione del Salmo 85 e l’esecuzione di un canto per la pace, hanno avuto luogo quattro testimonianze, ciascuna delle quali è stata seguita dall’accensione e dalla deposizione di una candela ai piedi del Crocifisso (“Crucifijo de Bojayá”). Quindi il Papa ha pronunciato il suo discorso seguito dalla recita della preghiera di San Francesco e dalla benedizione finale. Al termine, dopo le parole di ringraziamento di quattro bambini, Papa Francesco si è trasferito in auto al Parque de los Fundadores, dove si trova la Croce della Riconciliazione.

Pubblichiamo di seguito il discorso che il Santo Padre ha pronunciato nel corso dell’incontroː

Discorso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Desde el primer día deseaba que llegara este momento de nuestro encuentro. Ustedes llevan en su corazón y en su carne huellas, las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza. Los hemos escuchado. Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5). Una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas.

Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes, y mirarlos a los ojos, para escucharlos, y abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y, si Dios me da la gracia, porque es una gracia, quisiera llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos ―yo también tengo que pedir perdón― y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza.

Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas, tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.

Gracias a ustedes cuatro, hermanos nuestros que quisieron compartir su testimonio, en nombre de tantos y tantos otros. ¡Cuánto bien, parece egoísta, pero cuánto bien nos hace escuchar sus historias! Estoy conmovido. Son historias de sufrimiento y amargura, pero también y, sobre todo, son historias de amor y perdón que nos hablan de vida y esperanza; de no dejar que el odio, la venganza o el dolor se apoderen de nuestro corazón.

El oráculo final del Salmo 85: «El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán» (v.11), es posterior a la acción de gracias y a la súplica donde se le pide a Dios: ¡Restáuranos! Gracias Señor por el testimonio de los que han infligido dolor y piden perdón; los que han sufrido injustamente y perdonan. Eso sólo es posible con tu ayuda y con tu presencia. Eso ya es un signo enorme de que quieres restaurar la paz y la concordia en esta tierra colombiana.

Pastora Mira, tú lo has dicho muy bien: Quieres poner todo tu dolor, y el de miles de víctimas, a los pies de Jesús Crucificado, para que se una al de Él y así sea transformado en bendición y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que ha imperado en Colombia. Y tienes razón: la violencia engendra violencia, el odio engendra más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso sólo es posible con el perdón y la reconciliación concreta. Y tú, querida Pastora, y tantos otros como tú, nos han demostrado que esto es posible. Con la ayuda de Cristo, de Cristo vivo en medio de la comunidad es posible vencer el odio, es posible vencer la muerte, es posible comenzar de nuevo y alumbrar una Colombia nueva. Gracias, Pastora, qué gran bien nos haces hoy a todos con el testimonio de tu vida. Es el crucificado de Bojayá quien te ha dado esa fuerza para perdonar y para amar, y para ayudarte a ver en la camisa que tu hija Sandra Paola regaló a tu hijo Jorge Aníbal, no sólo el recuerdo de sus muertes, sino la esperanza de que la paz triunfe definitivamente en Colombia. ¡Gracias, gracias!

Nos conmueve también lo que ha dicho Luz Dary en su testimonio: que las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar que las del cuerpo. Así es. Y lo que es más importante, te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor, de que sólo el amor libera y construye. Y de esta manera comenzaste a sanar también las heridas de otras víctimas, a reconstruir su dignidad. Este salir de ti misma te ha enriquecido, te ha ayudado a mirar hacia delante, a encontrar paz y serenidad y además un motivo para seguir caminando. Te agradezco la muleta que ofreces. Aunque aún te quedan heridas, te quedan secuelas físicas de tus heridas, tu andar espiritual es rápido y firme. Ese andar espiritual no necesita violen… [ndr. muletas]. Y es rápido y firme porque piensas en los demás -¡gracias!- y quieres ayudarles. Esta muleta tuya es un símbolo de esa otra muleta más importante, y que todos necesitamos, que es el amor y el perdón. Con tu amor y tu perdón estás ayudando a tantas personas a caminar en la vida, y a caminar rápidamente como tú. Gracias.

Quiero agradecer también el testimonio elocuente de Deisy y Juan Carlos. Nos hicieron comprender que todos, al final, de un modo u otro, también somos víctimas, inocentes o culpables, pero todos víctimas. Los de un lado y los de otro, todos víctimas. Todos unidos en esa pérdida de humanidad que supone la violencia y la muerte. Deisy lo ha dicho claro: comprendiste que tú misma habías sido una víctima y tenías necesidad de que se te concediera una oportunidad. Cuando lo dijiste, esa palabra me resonó en el corazón. Y comenzaste a estudiar, y ahora trabajas para ayudar a las víctimas y para que los jóvenes no caigan en las redes de la violencia y de la droga, que es otra forma de violencia. También hay esperanza para quien hizo el mal; no todo está perdido. Jesús vino para eso: hay esperanza para quien hizo el mal. Es cierto que en esa regeneración moral y espiritual del victimario la justicia tiene que cumplirse. Como ha dicho Deisy, se debe contribuir positivamente a sanar esa sociedad que ha sido lacerada por la violencia.

Resulta difícil aceptar el cambio de quienes apelaron a la violencia cruel para promover sus fines, para proteger negocios ilícitos y enriquecerse o para, engañosamente, creer estar defendiendo la vida de sus hermanos. Ciertamente es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero. Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña. No nos engañemos. Ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo, no pierdan la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24). Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz.

Como ha dejado entrever en su testimonio Juan Carlos, en todo este proceso, largo, difícil, pero esperanzador de la reconciliación, resulta indispensable también asumir la verdad. Es un desafío grande pero necesario. La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Las tres juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas y se transformen en instrumentos de venganza sobre quien es más débil. La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos.

Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios, déjate reconciliar. No le temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan miedo a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, y renunciar a las venganzas, y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidámosle ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia (cf. Oración atribuida a san Francisco de Asís).

Y todas estas intenciones, los testimonios escuchados, las cosas que cada uno de ustedes sabe en su corazón, historias de décadas de dolor y sufrimiento, las quiero poner ante la imagen del crucificado, el Cristo negro de Bojayá:

Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos recuerdas tu pasión y muerte;
junto con tus brazos y pies
te han arrancado a tus hijos
que buscaron refugio en ti.

Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos miras con ternura
y en tu rostro hay serenidad;
palpita también tu corazón
para acogernos en tu amor.

Oh Cristo negro de Bojayá,
haz que nos comprometamos
a restaurar tu cuerpo.
Que seamos tus pies para salir al encuentro
del hermano necesitado;
tus brazos para abrazar
al que ha perdido su dignidad;
tus manos para bendecir y consolar
al que llora en soledad.

Haz que seamos testigos
de tu amor y de tu infinita misericordia.

[Después de la oración:]

Hemos rezado a Jesús, al Cristo, al Cristo mutilado. Antes de darles la bendición les invito a rezar a nuestra Madre que tuvo el corazón atravesado de dolor.

[Ave María- Bendición]

[01232-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Cari fratelli e sorelle!

Fin dal primo giorno desideravo che venisse questo momento del nostro incontro. Voi portate nel vostro cuore e nella vostra carne delle impronte, le impronte della storia viva e recente del vostro popolo, segnata da eventi tragici ma anche piena di gesti eroici, di grande umanità e di alto valore spirituale di fede e di speranza. Lo abbiamo ascoltato. Vengo qui con rispetto e con la chiara consapevolezza di trovarmi, come Mosè, a posare i piedi su una terra sacra (cfr Es 3,5). Una terra irrigata con il sangue di migliaia di vittime innocenti e col dolore lacerante dei loro familiari e conoscenti. Ferite che stentano a cicatrizzarsi e che ci addolorano tutti, perché ogni violenza commessa contro un essere umano è una ferita nella carne dell’umanità; ogni morte violenta ci “diminuisce” come persone.

Io sono qui non tanto per parlare ma per stare vicino a voi e guardarvi negli occhi, per ascoltarvi e aprire il mio cuore alla vostra testimonianza di vita e di fede. E, se me lo permettete, vorrei anche abbracciarvi e, se Dio me ne dà la grazia – perché è una grazia – vorrei piangere con voi, vorrei che pregassimo insieme e che ci perdoniamo – anch’io devo chiedere perdono – e che così, tutti insieme, possiamo guardare e andare avanti con fede e speranza.

Ci siamo riuniti ai piedi del Crocifisso di Bojayá, che il 2 maggio 2002 assistette e patì il massacro di decine di persone rifugiate nella sua chiesa. Questa immagine ha un forte valore simbolico e spirituale. Guardandola contempliamo non solo ciò che accadde quel giorno, ma anche tanto dolore, tanta morte, tante vite spezzate e tanto sangue versato nella Colombia degli ultimi decenni. Vedere Cristo così, mutilato e ferito, ci interpella. Non ha più braccia e il suo corpo non c’è più, ma conserva il suo volto e con esso ci guarda e ci ama. Cristo spezzato e amputato, per noi è ancora “più Cristo”, perché ci mostra ancora una volta che è venuto a soffrire per il suo popolo e con il suo popolo; e anche ad insegnarci che l’odio non ha l’ultima parola, che l’amore è più forte della morte e della violenza. Ci insegna a trasformare il dolore in fonte di vita e risurrezione, affinché insieme a Lui e con Lui impariamo la forza del perdono, la grandezza dell’amore.

Grazie a voi quattro, nostri fratelli, che avete voluto condividere la vostra testimonianza, a nome di tanti e tanti altri. Come ci fa bene – sembra egoista – ma come ci fa bene ascoltare le vostre storie! Sono commosso. Sono storie di sofferenza e di amarezza, ma anche, e soprattutto, sono storie di amore e di perdono che ci parlano di vita e di speranza, di non lasciare che l’odio, la vendetta e il dolore si impadroniscano del nostro cuore.

L’oracolo finale del Salmo 85: «Amore e verità s’incontreranno, giustizia e pace si baceranno» (v. 11) viene dopo il ringraziamento e la supplica in cui si chiede a Dio: Rinnovaci! Grazie, Signore, per la testimonianza di coloro che hanno inflitto dolore e chiedono perdono; di quanti hanno sofferto ingiustamente e perdonano. Questo è possibile solo con il tuo aiuto e con la tua presenza, ed è già un segno enorme che tu vuoi ricostruire la pace e la concordia in questa terra colombiana.

Pastora Mira, tu lo hai detto molto bene: vuoi mettere tutto il tuo dolore, e quello di migliaia di vittime, ai piedi di Gesù Crocifisso, perché si unisca al suo e così sia trasformato in benedizione e capacità di perdono per spezzare la catena della violenza che ha regnato in Colombia. E hai ragione: la violenza genera violenza, l’odio genera altro odio, e la morte altra morte. Dobbiamo spezzare questa catena che appare ineluttabile, e ciò è possibile soltanto con il perdono e la riconciliazione concreta. E tu, cara Pastora, e tanti altri come te, ci avete dimostrato che questo è possibile. Con l’aiuto di Cristo, di Cristo vivo in mezzo alla comunità, è possibile vincere l’odio, è possibile vincere la morte, è possibile cominciare di nuovo e dare vita a una Colombia nuova. Grazie, Pastora; che gran bene fai oggi a tutti noi con la testimonianza della tua vita! E’ il Crocifisso di Bojayá che ti ha dato la forza di perdonare e di amare, e ti ha aiutato a vedere nella camicia che tua figlia Sandra Paola ha regalato a tuo figlio Jorge Aníbal, non solo il ricordo della loro morte ma la speranza che la pace trionfi definitivamente in Colombia. Grazie, grazie!

Ci commuove anche quello che ha detto Luz Dary nella sua testimonianza: che le ferite del cuore sono più profonde e difficili da sanare di quelle del corpo. E’ così. E ciò che è più importante, ti sei resa conto che non si può vivere nel rancore, che solo l’amore libera e costruisce. E in questo modo hai cominciato a guarire anche le ferite di altre vittime, a ricostruire la loro dignità. Questo uscire da te stessa ti ha arricchito, ti ha aiutato a guardare in avanti, a trovare pace e serenità e anche un motivo per continuare a camminare. Ti ringrazio per la stampella che offri. Benché ti rimangano ancora ferite, ti rimangano conseguenze fisiche delle tue ferite, la tua andatura spirituale è veloce e salda. Questa andatura spirituale non ha bisogno di stampelle; ed è rapida e salda perché pensi agli altri – grazie! – e vuoi aiutarli. Questa tua stampella è un simbolo di quell’altra stampelle più importante, di cui tutti abbiamo bisogno, che è l’amore e il perdono. Col tuo amore e il tuo perdono stai aiutando tante persone a camminare nella vita, e a camminare rapidamente come te. Grazie!

Voglio ringraziare anche per la testimonianza eloquente di Deisy e Juan Carlos. Ci hanno fatto comprendere che tutti, alla fine, in un modo o nell’altro, siamo vittime, innocenti o colpevoli, ma tutti vittime, da una parte e dall’altra: tutti vittime. Tutti accomunati in questa perdita di umanità che la violenza e la morte comportano. Deisy lo ha detto chiaramente: hai capito che tu stessa eri stata una vittima e avevi bisogno che ti fosse concessa un’opportunità. Quando l’hai detto, questa parola mi è risuonata nel cuore. E hai cominciato a studiare, e adesso lavori per aiutare le vittime e perché i giovani non cadano nelle reti della violenza e della droga, che è un’altra forma di violenza. C’è speranza anche per chi ha fatto il male; non tutto è perduto. Gesù è venuto per questo: c’è speranza per chi ha fatto il male. Certamente, in questa rigenerazione morale e spirituale dei carnefici la giustizia deve compiersi. Come ha detto Deisy, si deve contribuire positivamente a risanare questa società che è stata lacerata dalla violenza.

Risulta difficile accettare il cambiamento di quanti si sono appellati alla violenza crudele per promuovere i loro fini, per proteggere traffici illeciti e arricchirsi o per credere, illusoriamente, di stare difendendo la vita dei propri fratelli. Sicuramente è una sfida per ciascuno di noi avere fiducia che possano fare un passo avanti coloro che hanno procurato sofferenza a intere comunità e a tutto un paese. E’ chiaro che in questo grande campo che è la Colombia c’è ancora spazio per la zizzania. Non inganniamoci. Fate attenzione ai frutti: abbiate cura del grano e non perdete la pace a causa della zizzania. Il seminatore, quando vede spuntare la zizzania in mezzo al grano, non ha reazioni allarmistiche. Trova il modo per fari sì che la Parola si incarni in una situazione concreta e dia frutti di vita nuova, benché in apparenza siano imperfetti e incompleti (cfr Esort. ap. Evangelii gaudium, 24). Anche quando perdurano conflitti, violenza, o sentimenti di vendetta, non impediamo che la giustizia e la misericordia si incontrino in un abbraccio che assuma la storia di dolore della Colombia. Risaniamo quel dolore e accogliamo ogni essere umano che ha commesso delitti, li riconosce, si pente e si impegna a riparare, contribuendo alla costruzione dell’ordine nuovo in cui risplendano la giustizia e la pace.

Come ha lasciato intravedere nella sua testimonianza Juan Carlos, in tutto questo processo, lungo, difficile, ma ricco di speranza di riconciliazione, risulta anche indispensabile accettare la verità. E’ una sfida grande ma necessaria. La verità è una compagna inseparabile della giustizia e della misericordia. Tutt’e tre unite, sono essenziali per costruire la pace e, d’altra parte, ciascuna di esse impedisce che le altre siano alterate e si trasformino in strumenti di vendetta contro chi è più debole. La verità non deve, di fatto, condurre alla vendetta, ma piuttosto alla riconciliazione e al perdono. Verità è raccontare alle famiglie distrutte dal dolore quello che è successo ai loro parenti scomparsi. Verità è confessare che cosa è successo ai minori reclutati dagli operatori di violenza. Verità è riconoscere il dolore delle donne vittime di violenza e di abusi.

Vorrei, infine, come fratello e come padre, dire: Colombia, apri il tuo cuore di popolo di Dio e lasciati riconciliare. Non temere la verità né la giustizia. Cari colombiani: non abbiate paura di chiedere e di offrire il perdono. Non fate resistenza alla riconciliazione che vi fa avvicinare, ritrovare come fratelli e superare le inimicizie. E’ ora di sanare ferite, di gettare ponti, di limare differenze. E’ l’ora di spegnere gli odi, rinunciare alle vendette e aprirsi alla convivenza basata sulla giustizia, sulla verità e sulla creazione di un’autentica cultura dell’incontro fraterno. Che possiamo abitare in armonia e fraternità, come vuole il Signore! Chiediamogli di essere costruttori di pace; che là dove c’è odio e risentimento, possiamo mettere amore e misericordia (cfr Preghiera attribuita a san Francesco di Assisi).

E tutte queste intenzioni, le testimonianze ascoltate, le cose che ognuno di voi conosce nel suo cuore, storie di decenni di dolore e di sofferenza, le voglio porre davanti all’immagine del Crocifisso, il Cristo nero di Bojayá:

O Cristo nero di Bojayá,
che ci ricordi la tua passione e morte;
insieme con le tue braccia e i tuoi piedi
ti hanno strappato i tuoi figli
che cercarono rifugio in te.

O Cristo nero di Bojayá,
che ci guardi con tenerezza
e con volto sereno;
palpita anche il tuo cuore
per accoglierci nel tuo amore.

O Cristo nero di Bojayá,
fa’ che ci impegniamo
a restaurare il tuo corpo. Che siamo
tuoi piedi per andare incontro
al fratello bisognoso;
tue braccia per abbracciare
chi ha perso la propria dignità;
tue mani per benedire e consolare
chi piange nella solitudine.

Fa’ che siamo testimoni
del tuo amore e della tua infinita misericordia.

Amen.

[Dopo la preghiera:]

Abbiamo pregato Gesù, il Cristo, il Cristo mutilato. Prima di darvi la benedizione vi invito a pregare nostra Madre, che ha avuto il cuore trafitto dal dolore: “Ave, o Maria…”

[Benedizione]

[01232-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua francese

Chers frères et sœurs,

            Depuis le premier jour j’ai désiré qu’arrive ce moment de notre rencontre. Vous portez dans vos cœurs et dans votre chair des empreintes, les empreintes de l’histoire vivante et récente de votre peuple, histoire marquée par des événements tragiques mais aussi pleine de gestes héroïques de grande humanité et de haute valeur spirituelle, de foi et d’espérance. Nous les avons écoutés. Je viens ici avec respect et avec la claire conscience, comme Moïse, de fouler une terre sacrée (cf. Ex 3, 5). Une terre arrosée par le sang de milliers de victimes innocentes et par la douleur déchirante de leurs familles et de leurs proches. Des blessures qu’il coûte de faire cicatriser et qui nous font mal à tous, parce que chaque violence commise contre un être humain est une blessure dans la chair de l’humanité ; chaque mort violente nous diminue en tant que personnes.

            Je suis ici non pas tant pour parler moi, mais pour être près de vous, vous regarder dans les yeux, pour vous écouter, ouvrir mon cœur à votre témoignage de vie et de foi. Et, si vous me le permettez, je désirerais aussi vous embrasser et, si Dieu m’en donne la grâce, car c’est une grâce, je voudrais pleurer avec vous, je voudrais que nous prions ensemble et que nous nous pardonnions – moi aussi je dois demander pardon – et qu’ainsi, tous ensemble, nous puissions regarder et aller de l’avant avec foi et espérance.

            Nous sommes rassemblés aux pieds du Crucifié de Bojaya, qui, le 2 mai 2002, vit et souffrit le massacre de dizaines de personnes réfugiées dans son église. Cette statue a une forte valeur symbolique et spirituelle. En la regardant nous contemplons non seulement ce qui s’est passé ce jour-là, mais aussi tant de souffrance, tant de mort, tant de vies brisées et tant de sang versé en Colombie ces dernières décennies. Voir le Christ ainsi, mutilé et blessé, nous interpelle. Il n’a plus de bras et il n’a plus de corps, mais il a encore son visage qui nous regarde et qui nous aime. Le Christ brisé et amputé est pour nous encore « davantage le Christ », parce qu’il nous montre, une fois de plus, qu’il est venu pour souffrir pour son peuple et avec son peuple ; et pour nous apprendre aussi que la haine n’a pas le dernier mot, que l’amour est plus fort que la mort et la violence. Il nous apprend à transformer la souffrance en source de vie et de résurrection, pour que, unis à lui et avec lui, nous apprenions la force du pardon, la grandeur de l’amour.

            Merci à vous quatre, nos frères qui avez voulu partager vos témoignages, au nom de beaucoup d’autres. Combien, cela semble égoïste, mais combien cela nous fait du bien d’écouter vos histoires ! Je suis bouleversé. Ce sont des histoires de souffrances et d’amertume, mais aussi et surtout, ce sont des histoires d’amour et de pardon qui nous parlent de vie et d’espérance ; de ne pas laisser la haine, la vengeance et la souffrance s’emparer de notre cœur.

            L’oracle final du Psaume 85 : « Amour et vérité se rencontrent, justice et paix s’embrassent » (v. 11) est postérieur à l’action de grâce et à la supplication où l’on demande à Dieu : Fais-nous revenir ! Merci Seigneur pour le témoignage de ceux qui ont infligé de la souffrance et qui demandent pardon ; de ceux qui ont injustement souffert et qui pardonnent. Cela est possible seulement par ton aide et par ta présence… cela est déjà un très grand signe que tu veux restaurer la paix et la concorde sur cette terre colombienne.

            Pastora Mira, tu l’as très bien dit : tu veux déposer toute ta souffrance, et celle de milliers de victimes, aux pieds de Jésus crucifié pour qu’elle soit associée à la sienne et soit ainsi transformée en bénédiction et en capacité de pardon pour briser le cycle de violence qui a prévalu en Colombie. Et tu as raison : la violence engendre la violence, la haine engendre plus de haine et la mort plus de mort. Nous devons briser cette chaîne qui parait inéluctable, et cela est possible seulement par le pardon et une réconciliation concrète. Et toi, chère Pastora, et beaucoup d’autres comme toi, vous nous avez montré que cela est possible. Avec l’aide du Christ, du Christ vivant au milieu de la communauté, il est possible de vaincre la haine, il est possible de vaincre la mort, il est possible de recommencer et d’apporter la lumière à une Colombie nouvelle. Merci Pastora ; quel grand bien tu nous fais à tous, aujourd’hui, par le témoignage de ta vie. C’est le crucifié de Bajaya qui t’a donné cette force de pardonner et d’aimer, et pour t’aider à voir, en la chemise que ta fille Sandra Paola avait offerte à ton fils Jorge Anibal, non seulement le souvenir de leur mort, mais aussi l’espérance que la paix triomphe définitivement en Colombie. Merci ! Merci !

            Ce qu’a dit Luz Dary dans son témoignage nous bouleverse aussi : les blessures du cœur sont plus profondes et difficiles à guérir que celles du corps. C’est ainsi. Et, ce qui est le plus important, tu t’es rendu compte qu’on ne peut pas vivre de rancœur, que seul l’amour libère et construit. Et de cette manière tu as commencé à guérir aussi les blessures d’autres victimes, à reconstruire leur dignité. Cette sortie de toi-même t’a enrichie, t’a aidé à regarder devant, à trouver la paix et la sérénité et en plus une raison pour aller de l’avant. Je te remercie pour la béquille que tu m’offres. Bien que tu gardes encore des blessures, bien que tu gardes des séquelles physiques de tes blessures, ton cheminement spirituel est rapide et ferme. Ce cheminement spirituel n’a pas besoin de béquille. Et il est rapide et ferme parce que tu penses aux autres, merci, et tu veux les aider. Cette béquille est un symbole de cette autre béquille plus importante, dont nous avons tous besoin, celle de l’amour et du pardon. Par ton amour et ton pardon tu aides beaucoup de personnes à marcher dans la vie et à marcher rapidement comme toi. Merci.

            Je voudrais remercier aussi pour le témoignage éloquent de Deisy et de Juan Carlos. Ils nous ont fait comprendre que tous, en fin de compte, d’une manière ou d’une autre, nous sommes aussi des victimes, innocentes ou coupables, mais tous victimes. Ceux d’un côté et ceux de l’autre, tous des victimes. Tous unis dans cette perte d’humanité que provoquent la violence et la mort. Deisy l’a dit clairement : tu as compris que toi-même avais été une victime et que tu avais besoin qu’on te donne une chance. Lorsque tu l’as prononcé, ce mot a résonné dans mon cœur. Et tu as commencé à réfléchir, et maintenant tu travailles pour aider les victimes et pour que les jeunes ne tombent pas dans les réseaux de la violence et de la drogue, qui est une autre forme de violence. Il y a aussi une espérance pour celui qui a fait le mal ; tout n’est pas perdu. Jésus est venu pour cela : il y a de l’espérance pour celui qui a fait le mal. Il est certain que dans cette régénération morale et spirituelle de l’agresseur, la justice doit s’accomplir. Comme l’a dit Deisy, il faut contribuer positivement à guérir cette société qui a été déchirée par la violence.

            Il semble difficile d’accepter le changement de ceux qui ont fait appel à la violence cruelle pour promouvoir leurs intérêts, pour protéger leurs commerces illicites et s’enrichir, ou pour, hypocritement, prétendre défendre la vie de leurs frères. C’est certainement un défi pour chacun de nous de croire qu’il puisse y avoir un pas en avant de la part de ceux qui ont infligé des souffrances à des communautés et à un pays tout entier. Il est certain qu’en cet immense champ qu’est la Colombie, il y a de la place encore pour l’ivraie. Ne nous faisons pas d’illusion ! Soyez attentifs aux fruits… prenez soin du blé, et ne perdez pas la paix à cause de l’ivraie. Le semeur, quand il voit poindre l’ivraie au milieu du blé n’a pas de réactions alarmistes. Il trouve la manière dont la Parabole s’incarnera dans une situation concrète et donnera des fruits de vie nouvelle, bien qu’ils soient en apparence imparfaits ou inachevés (cf. Exhort. ap.  Evangelii gaudium, n. 24). Même quand perdurent les conflits, la violence ou les sentiments de vengeance, n’empêchons pas la justice et la miséricorde de se rencontrer dans une étreinte que l’histoire de souffrance de la Colombie assumera. Guérissons cette souffrance et accueillons tout être humain qui a commis des délits, les reconnaît, se repent et s’engage à réparer en contribuant à la construction de l’ordre nouveau où brillent la justice et la paix.

            Comme l’a laissé entrevoir dans son témoignage Juan Carlos, dans tout ce processus, long, difficile, mais qui donne l’espérance de la réconciliation, il est indispensable aussi d’assumer la vérité. C’est un défi grand mais nécessaire. La vérité est une compagne indissociable de la justice et de la miséricorde. Toutes les trois sont essentielles pour construire la paix et, d’autre part, chacune d’elle empêche que les autres soient altérées et se transforment en instruments de vengeance sur celui qui est le plus faible. La vérité ne doit pas, de fait, conduire à la vengeance, mais, bien plutôt, à la réconciliation et au pardon. La vérité, c’est de dire aux familles déchirées par la douleur ce qui est arrivé à leurs parents disparus. La vérité, c’est d’avouer ce qui s’est passé avec les plus jeunes enrôlés par les acteurs violents. La vérité, c’est de reconnaître la souffrance des femmes victimes de violence et d’abus.

            Je voudrais, enfin, comme frère et comme père, dire : Colombie, ouvre ton cœur de peuple de Dieu et laisse-toi réconcilier. Ne crains pas la vérité ni la justice. Chers Colombiens : n’ayez pas peur de demander ni d’offrir le pardon. Ne résistez pas à la réconciliation pour vous rapprocher, vous rencontrer comme des frères et dépasser les inimitiés. C’est le moment de guérir les blessures, de construire des ponts, d’aplanir les différences. C’est le moment de désactiver les haines, et de renoncer aux vengeances, et de s’ouvrir à la cohabitation fondée sur la justice, sur la vérité et sur la création d’une véritable culture de la rencontre fraternelle. Puissions-nous vivre en harmonie et dans la fraternité, comme désire le Seigneur. Prions-le pour être des constructeurs de paix ; que là où il y a la haine et le ressentiment, nous mettions l’amour et la miséricorde (cf. Prière attribuée à saint François d’Assise).

            Et toutes ces intentions, les témoignages écoutés, les choses que chacun de vous sait dans son cœur, des histoires de décennies de douleur et de souffrance, je souhaite les déposer devant la statue du crucifié, le Christ noir de Bojaya :

Oh, Christ noir de Bojaya,
qui nous rappelles ta passion et ta mort;
avec tes bras et tes pieds
ils t’ont arraché à tes enfants
qui cherchaient refuge en toi.

Oh, Christ noir de Bojaya,
qui nous regardes avec tendresse,
la sérénité règne sur ton visage;
ton cœur bat aussi
pour nous accueillir dans ton amour.

Oh, Christ noir de Bojaya,
fais que nous nous engagions
à restaurer ton corps. Que nous soyons
tes pieds pour sortir à la rencontre
du frère dans le besoin;
tes bras pour étreindre
celui qui a perdu sa dignité;
tes mains pour bénir et consoler
celui qui pleure dans la solitude.

Fais que nous soyons témoins
de ton amour et de ton infinie miséricorde.

 [Après la prière]

           Nous avons prié Jésus, le Christ, le Christ mutilé. Avant de vous donner la bénédiction, je vous invite à prier notre Mère qui a eu le cœur transpercé par la douleur.

 [Je vous salue Marie – Bénédiction].

[01232-FR.02] [Texte original: Espagnol]

Traduzione in lingua inglese

Dear Brothers and Sisters,

I have been looking forward to this moment since my arrival in your country. You carry in your hearts and your flesh the signs of the recent, living memory of your people which is marked by tragic events, but also filled with heroic acts, great humanity, and the noble spiritual values of faith and hope. We have listened to this. I come here with respect and with a clear awareness that, like Moses, I am standing on sacred ground (cf. Ex 3:5). A land watered by the blood of thousands of innocent victims and by the heart-breaking sorrow of their families and friends. Wounds that are hard to heal and that hurt us all, because every act of violence committed against a human being is a wound in humanity’s flesh; every violent death diminishes us as people.

I am here not so much to speak, but to be close to you and to see you with my own eyes, to listen to you and to open my heart to your witness of life and faith. And if you will allow me, I wish also to embrace you and, if God gives me the grace – because it is a grace – I wish also to weep with you. I would like us to pray together and to forgive one another – I also need to ask forgiveness – so that, together, we can all look and walk forward in faith and hope.

We have gathered at the feet of the Crucifix of Bojayá, which witnessed and endured the massacre of more than a hundred people, who had come to the Church for refuge on 2 May 2002. This image has a powerful symbolic and spiritual value. As we look at it, we remember not only what happened on that day, but also the immense suffering, the many deaths and broken lives, and all the blood spilt in Colombia these past decades. To see Christ this way, mutilated and wounded, questions us. He no longer has arms, nor is his body there, but his face remains, with which he looks upon us and loves us. Christ broken and without limbs is for us “even more Christ”, because he shows us once more that he came to suffer for his people and with his people. He came to show us that hatred does not have the last word, that love is stronger than death and violence. He teaches us to transform pain into a source of life and resurrection, so that, with him, we may learn the power of forgiveness, the grandeur of love.

I thank the four of you, who have shared your testimonies with us, on behalf of so many others. How good it is for us – it may seem selfish to say so – how good it is for us to hear your stories! I am moved listening to them. They are stories of suffering and anguish, but also, and above all, they are stories of love and forgiveness that speak to us of life and hope; stories of not letting hatred, vengeance or pain take control of our hearts.

The final prophecy of Psalm 85 – “Mercy and faithfulness will meet; righteousness and peace will kiss each other” (v. 10) – follows the working of grace and the petition to God: “Restore us!” Thank you, Lord, for the witness of those who inflicted suffering and who ask for forgiveness; for the witness of those who suffered unjustly and who forgive. This is only possible with your help and presence… this is already a great sign of your desire to restore peace and harmony in this land of Colombia.

Pastora Mira, you put it well: you want to place all your suffering, and that of the thousands of victims, at the feet of Jesus Crucified, so that united to his suffering, it may be transformed into blessing and forgiveness so as to break the cycle of violence that has reigned over Colombia. You are right: violence leads to more violence, hatred to more hatred, death to more death. We must break this cycle which seems inescapable; this is only possible through forgiveness and concrete reconciliation. And you, dear Pastora, and so many others like you, have shown us that this is possible. With the help of Christ, Christ alive in the midst of the community, it is possible to conquer hatred, it is possible to conquer death and it is possible to begin again and usher in a new Colombia. Thank you, Pastora; you have helped us greatly today by the witness of your life. It is the Crucified One of Bojayá who has given you this strength to forgive and to love, to help you to see in the shirt that your daughter Sandra Paola gave to your son Jorge Aníbal not only a remembrance of their deaths, but the hope that peace will finally triumph in Colombia. Thank you, thank you!”

We are also moved by what Luz Dary said in her testimony: that the wounds of the heart are deeper and more difficult to heal than those of the body. This is true. Even more important, you realized that it is not possible to live with resentment, but only with a love that liberates and builds. And so you also began to heal the wounds of other victims, to rebuild their dignity. This going out of yourself has enriched you, has helped you look ahead, find peace and serenity and also the motivation to keep moving forward. I thank you for the crutch you have offer. Although you still have wounds, the side-effects from your injuries, your spiritual gait is fast and steady. Your spiritual walking does not need crutches; it is fast and steady because you think of others – thank you – and you want to help them. Your crutch is a symbol of the more important crutch we all need, which is love and forgiveness. By your love and forgiveness you are helping so many people to walk in life and to walk quickly like you. Thank you.

I wish to acknowledge also the powerful testimony of Deisy and Juan Carlos. You have helped us to understand that, in the end, in one way or another, we too are victims, innocent or guilty, but all are victims, be they from one side or the other: all are victims. We are all united in this loss of humanity that means violence and death. Deisy has said it clearly: you realized that you yourself were a victim and you needed to be given a chance. When you said this, the word struck a chord in my heart. So you started to study, and now you work to help victims and prevent young people from falling into the snares of violence and drugs, which is another kind of violence. There is also hope for those who did wrong; all is not lost. Jesus came for this: there is hope for those who did wrong. Of course justice requires that perpetrators of wrongdoing undergo moral and spiritual renewal. As Deisy said, we must make a positive contribution to healing this society that has been wounded by violence.

It can be difficult to believe that change is possible for those who appealed to a ruthless violence in order to promote their own agenda, protect their illegal affairs so they could gain wealth, or claim – dishonestly – that they were defending the lives of their brothers and sisters. Undoubtedly, it is a challenge for each of us to trust that those who inflicted suffering on communities and on a whole country can take a step forward. It is true that in this enormous field of Colombia there is nevertheless room for weeds. We must not deceive ourselves. You must be attentive to the fruits. Care for the wheat and do not lose peace because of the weeds. When the sower finds weeds mingled with the wheat, he or she is not alarmed. Search for the way in which the Word becomes incarnate in concrete situations and produces the fruit of new life, even if it appears to be imperfect or incomplete (cf. Evangelii Gaudium, 24). Even when conflicts, violence and feelings of vengeance remain, may we not prevent justice and mercy from embracing Colombia’s painful history. Let us heal that pain and welcome every person who has committed offences, who admits their failures, is repentant and truly wants to make reparation, thus contributing to the building of a new order where justice and peace shine forth.

As Juan Carlos has let us glimpse in his testimony, throughout this long, difficult, but hopeful process of reconciliation, it is also indispensable to come to terms with the truth. It is a great challenge, but a necessary one. Truth is an inseparable companion of justice and mercy. All three together are essential to building peace; each, moreover, prevents the other from being altered and transformed into instruments of revenge against the weakest. Indeed, truth should not lead to revenge, but rather to reconciliation and forgiveness. Truth means telling families torn apart by pain what happened to their missing relatives. Truth means confessing what happened to minors recruited by violent people. Truth means recognizing the pain of women who are victims of violence and abuse.

I wish finally, as a brother and a father, to say this: Colombia, open your heart as the People of God and be reconciled. Fear neither the truth nor justice. Dear people of Colombia: do not be afraid of asking for forgiveness and offering it. Do not resist that reconciliation which allows you to draw near and encounter one another as brothers and sisters, and surmount enmity. Now is the time to heal wounds, to build bridges, to overcome differences. It is time to defuse hatred, to renounce vengeance, and to open yourselves to a coexistence founded on justice, truth, and the creation of a genuine culture of fraternal encounter. May we live in harmony and solidarity, as the Lord desires. Let us pray to be builders of peace, so that where there is hatred and resentment, we may bring love and mercy (cf. Prayer attributed to Saint Francis of Assisi).

And all these intentions, the testimonies we have heard, the things each of you know in your hearts, the stories of years of pain and suffering, I wish to place before the image of the Crucified One, the black Christ of Bojayá:

O black Christ of Bojayá,
who remind us of your passion and death;
together with your arms and feet
they have torn away your children
who sought refuge in you.

O black Christ of Bojayá,
who look tenderly upon us
and in whose face is serenity;
your heart beats
so that we may be received in your love.

O black Christ of Bojayá,
Grant us to commit ourselves to restoring your body.
May we be your feet that go forth to encounter
our brothers and sisters in need;
your arms to embrace
those who have lost their dignity;
your hands to bless and console
those who weep alone.

Make us witnesses
to your love and infinite mercy.

Amen.

[After the Prayer]

We have prayed to Jesus, the Christ, the mutilated Christ. Before giving you the Blessing, I invite you to pray to Our Mother, whose heart was pierced with pain: “Hail Mary…”.

[The Blessing]

[01232-EN.02] [Original text: Spanish]

Traduzione in lingua tedesca

Liebe Brüder und Schwestern,

            vom ersten Tag an sehnte ich mich nach diesem Moment unseres Treffens. Ihr tragt in eurem Herzen und an eurem Fleisch Spuren, die Spuren der lebendigen jüngeren Geschichte eures Volkes, die von tragischen Ereignissen gekennzeichnet ist, aber auch voll von vielen heroischen Gesten, von großer Menschlichkeit und von großem geistlichen Wert an Glauben und Hoffnung. Das haben wir gehört. Ich komme in Ehrfurcht und im klaren Bewusstsein, wie Moses die Füße auf heiligem Boden zu setzen (vgl. Ex 3,5). Erde, die vom Blut Tausender unschuldiger Opfer und dem herzzerreißenden Schmerz ihrer Familien und Bekannten getränkt ist. Wunden, die kaum heilen können und uns alle schmerzen, weil jede gegen einen Menschen begangene Gewaltakt eine Wunde am Fleisch der Menschheit ist; jeder gewaltsame Tod mindert unser Person-Sein.

            Ich bin nicht so sehr hier, um zu sprechen, sondern um euch nahe zu sein und in die Augen zu schauen, um euch zuzuhören und mein Herz für euer Lebens- und Glaubenszeugnis zu öffnen. Und wenn ihr es mir erlaubt, möchte ich euch auch umarmen; und wenn Gott mir die Gnade dazu gibt – denn es ist eine Gnade –, will ich mit euch weinen; ich möchte, dass wir gemeinsam beten und uns verzeihen – auch ich muss um Verzeihung bitten – und dass wir so alle in Glaube und Hoffnung gemeinsam vorwärtsschauen und voranschreiten können.

            Wir haben uns zu Füßen des Kruzifixes von Bojayá versammelt, das am 2. Mai 2002 das Gemetzel von Dutzenden von Menschen, die in der Kirche Zuflucht genommen hatten, erleben und erleiden musste. Dieses Bild hat einen großen symbolischen und geistlichen Wert. Wenn wir es anschauen, betrachten wir nicht nur das, was an jenem Tag geschah, sondern auch den vielen Schmerz, den vielen Tod, die vielen gebrochenen Leben und das viele vergossene Blut im Kolumbien der letzten Jahrzehnte. Christus so zu sehen, verstümmelt und verwundet, ist ein Weckruf an uns. Er hat keine Arme mehr und sein Leib ist nicht mehr vorhanden, aber er bewahrt sein Antlitz und mit ihm schaut er uns an und liebt uns. Der zerbrochene und amputierte Christus ist für uns „noch mehr Christus“, weil er uns einmal mehr zeigt, dass er gekommen ist, um für sein Volk und mit seinem Volk zu leiden; und um uns auch zu lehren, dass der Hass nicht das letzte Wort hat, dass die Liebe stärker ist als Tod und Gewalt. Er lehrt uns, den Schmerz in einen Quell des Lebens und der Auferstehung zu verwandeln, damit wir mit ihm und von ihm die Kraft der Vergebung und die Größe der Liebe erlernen.

            Ich danke euch vier, die ihr bereit wart, im Namen sehr vieler anderer euer Zeugnis zu geben. Wie gut tut es uns, – es scheint egoistisch –, aber wie gut tut es uns, euren Geschichten zuzuhören! Ich bin tief bewegt. Es sind Geschichten von Leid und Bitterkeit, aber auch und vor allem Geschichten von Liebe und Vergebung, die uns vom Leben und der Hoffnung erzählen und davon, nicht zuzulassen, dass sich Hass, Rachsucht und Schmerz unseres Herzens bemächtigen.

            Die letzte Weissagung von Psalm 85 lautet: »Es begegnen einander Huld und Treue; Gerechtigkeit und Friede küssen sich« (v. 11) und folgt auf die Danksagung und die flehentliche Bitte an Gott: Erneuere uns! Danke, Herr, für das Zeugnis derer, die Schmerz zugefügt haben und um Verzeihung bitten, und für das Zeugnis derer, die ungerechterweise leiden mussten und verzeihen. Dies ist nur mit deiner Hilfe und deiner Gegenwart möglich … und es ist bereits ein gewaltiges Zeichen dafür, dass du den Frieden und die Eintracht in diesem Land Kolumbien wiederaufbauen willst.

     Liebe Pastora Mira, du hast es sehr gut ausgedrückt: Du möchtest deinen ganzen Schmerz und den von Tausenden von Opfern zu Füßen des gekreuzigten Jesus niederlegen, auf dass er mit Ihm vereint werde und so in Segen und Fähigkeit zum Verzeihen verwandelt werde, um den Kreislauf der Gewalt zu durchbrechen, der in Kolumbien geherrscht hat. Und du hast Recht: Gewalt bringt mehr Gewalt hervor, Hass erzeugt mehr Hass und Tod führt zu weiterem Tod. Wir müssen diesen scheinbar unvermeidlichen Kreislauf durchbrechen, und das ist nur durch Vergebung und konkrete Versöhnung möglich. Und du, liebe Pastora, und viele andere wie du, ihr habt uns gezeigt, dass es möglich ist. Mit der Hilfe Christi – Christus, der mitten in unserer Gemeinschaft lebendig ist –, ist es möglich, den Hass zu besiegen, ist es möglich, den Tod zu besiegen, ist es möglich, wieder von neuem zu beginnen und Kolumbien ein neues Leben zu schenken. Danke, liebe Pastora; du tust uns allen heute mit dem Zeugnis deines Lebens viel Gutes! Es ist der Gekreuzigte von Bojayá, der dir die Kraft gegeben hat zu verzeihen und zu lieben und der dir geholfen hat, im Hemd, das deine Tochter Sandra Paola deinem Sohn Jorge Aníbal geschenkt hat, nicht nur die Erinnerung an den Tod der beiden, sondern auch die Hoffnung zu sehen, dass der Friede in Kolumbien endgültig triumphieren möge. Danke, danke!

            Uns bewegt auch das, was Luz Dary in ihrem Zeugnis gesagt hat: Die Wunden des Herzens sind tiefer und schwieriger zu heilen als die körperlichen. So ist es. Und was noch wichtiger ist, du bist dir darüber klargeworden, dass man nicht im Groll leben kann, dass nur die Liebe befreit und aufbaut. Und auf diese Weise hast du begonnen, auch die Wunden anderer Opfer zu heilen, ihre Würde wiederherzustellen. Dieses Aus-sich-selbst-Herausgehen hat dich bereichert, hat dir geholfen, nach vorne zu schauen, Frieden und Seelenruhe zu finden und zudem einen Beweggrund, um weiterzugehen. Ich danke dir für die Krücke, die du opferst. Auch wenn dir die Wunden bleiben, wenn dir körperliche Folgen deiner Wunden bleiben, ist dein geistlicher Gang zügig und sicher. Diese spirituelle Gehweise braucht keine Krücken … Und es ist zügig und sicher, weil du an die anderen denkst – danke! – und ihnen helfen willst. Deine Krücke ist ein Symbol für jene wichtigere Krücke, derer wir alle bedürfen, nämlich die Liebe und die Vergebung. Mit deiner Liebe und deiner Vergebung hilfst du vielen Menschen, auf dem Weg des Lebens weiter zu gehen. Danke!

            Ich will auch für das beredte Zeugnis von Deisy und Juan Carlos danken. Sie haben uns begreifen lassen, dass wir letztlich alle auf die eine oder andere Weise auch Opfer sind, schuldig oder unschuldig, aber alle Opfer. Die von der einen Seite und die von der anderen, sie sind alle Opfer. Alle vereint in diesem Verlust von Menschlichkeit, den die Gewalt und der Tod mit sich bringen. Deisy hat es klar gesagt: Du hast verstanden, dass du selbst Opfer warst und die Gewährung einer neuen Chance nötig hattest. Als du es sagtest, schwang dieses Wort in meinem Herzen mit. Du hast zu studieren begonnen und arbeitest jetzt, um Opfern zu helfen und damit die Jugendlichen nicht in das Netz von Gewalt und Drogen geraten. Die Droge ist eine andere Form von Gewalt. Es gibt Hoffnung auch für die, die Böses getan haben; es ist nicht alles verloren. Dafür ist Jesus gekommen: Es gibt Hoffnung für den, der Böses getan hat. Sicherlich muss auch in diesem moralischen und geistlichen Regenerationsprozess der Täter Gerechtigkeit walten. Wie Deisy gesagt hat, muss man positiv seinen Beitrag dazu leisten, die von der Gewalt zerrissene Gesellschaft wieder zu heilen.

            Es ist schwer, den Wandel derer zu akzeptieren, die grausame Gewalt angewendet haben, um ihre eigenen Ziele voranzutreiben, um widerrechtlichen Handel zu schützen und sich zu bereichern oder um, wie sie sich einbildeten, das Leben der eigenen Brüder zu verteidigen. Gewiss ist es für jeden von uns eine Herausforderung, darauf zu vertrauen, dass diejenigen einen Schritt vorwärts gehen können, welche ganze Gemeinschaften und ein ganzes Land haben leiden lassen. Natürlich gibt es auf diesem weiten Feld, das Kolumbien ist, noch Raum für Unkraut. Täuschen wir uns nicht! Gebt auf die Früchte acht: Kümmert euch um den Weizen; verliert nicht den Frieden wegen des Unkrauts. Wenn der Sämann das Unkraut inmitten des Weizens aufkeimen sieht, reagiert er nicht allarmiert. Er findet den Weg, um dafür zu sorgen, dass das Wort Gottes in einer konkreten Situation Gestalt annimmt und Früchte neuen Lebens trägt, auch wenn diese scheinbar unvollkommen und unvollendet sind (vgl. Apostolisches Schreiben Evangelii gaudium, 24). Auch wenn Konflikte, Gewalt oder Rachegefühle fortbestehen, dürfen wir nicht verhindern, dass Gerechtigkeit und Barmherzigkeit sich umarmen und so die Leidensgeschichte Kolumbiens auffangen. Heilen wir diesen Schmerz und nehmen wir jeden Menschen auf, der Straftaten begangen hat, sie bekennt, bereut und sich zur Wiedergutmachung verpflichtet, indem er zum Aufbau der neuen Ordnung beiträgt, in dem Gerechtigkeit und Friede aufleuchten mögen.

            Wie Juan Carlos in seinem Zeugnis angedeutet hat, erweist sich in diesem langen und schwierigen Prozess, der gleichzeitig reich an Hoffnung auf Versöhnung ist, die Annahme der Wahrheit als unverzichtbar. Das ist eine große, aber notwendige Herausforderung. Die Wahrheit ist die untrennbare Gefährtin der Gerechtigkeit und Barmherzigkeit. Die drei vereint sind wesentlich, um den Frieden aufzubauen, und andererseits verhindert jede Einzelne von ihnen, dass die anderen verfälscht werden oder sich in Rachewerkzeuge gegen Schwächere verwandeln. Die Wahrheit darf nämlich nicht zu Rache führen, sondern vielmehr zu Versöhnung und Vergebung. Wahrheit heißt, den vom Schmerz zerstörten Familien zu berichten, was mit ihren vermissten Angehörigen geschehen ist. Wahrheit heißt, das zu bekennen, was den von den Gewalttätern angeworbenen Minderjährigen passiert ist. Wahrheit heißt, den Schmerz der Frauen anzuerkennen, die Opfer von Gewalt und Missbrauch geworden sind.

            Ich möchte schließlich als Bruder und als Vater sagen: Kolumbien, öffne dein Herz als Volk Gottes, lass dich versöhnen. Fürchte dich weder vor der Wahrheit noch vor der Gerechtigkeit. Liebe Kolumbianer: Habt keine Angst, um Vergebung zu bitten und sie zu gewähren. Widersetzt euch nicht der Versöhnung, die euch als Brüder und Schwestern einander nähern und wiederfinden hilft und die Feindschaften überwinden lässt. Es ist an der Zeit, Wunden zu heilen, Brücken zu bauen und Unterschiede einzuebnen. Es ist an der Zeit, den Hass auszulöschen, auf Rache zu verzichten und sich dem Miteinander zu öffnen, das auf Gerechtigkeit, Wahrheit und auf der Schaffung einer authentischen Kultur der solidarischen Begegnung gründet. Mögen wir in Eintracht und Brüderlichkeit leben, wie es der Herr will! Bitten wir Ihn darum, Werkzeuge des Friedens zu sein, damit wir dort, wo Hass und Groll herrscht, Liebe und Barmherzigkeit bringen (vgl. dem heiligen Franz von Assisi zugeschriebenes Gebet).

            All diese Anliegen, die Zeugnisse, die wir gehört haben, die Dinge, die jeder von euch in seinem Herzen trägt, die Geschichten von Jahrzehnten des Schmerzes und des Leidens möchte ich vor dem Bild des Gekreuzigten, dem schwarzen Christus von Bojayá, niederlegen:

O schwarzer Christus von Bojayá,
du erinnerst uns an dein Leiden und deinen Tod;
mit deinen Armen und Füßen
hat man dir deine Kinder entrissen,
die Zuflucht suchten bei dir.

O schwarzer Christus von Bojayá,
du schaust uns zärtlich
und mit heiterem Antlitz an;
es schlage auch dein Herz,
um uns in deiner Liebe aufzunehmen.

O schwarzer Christus von Bojayá,
gib, dass wir uns dafür einsetzen,
deinen Leib wiederherzustellen;
dass wir deine Füße sind,
um dem Bruder in Not entgegenzugehen;
deine Arme, um den zu umarmen,
der seine eigene Würde verloren hat;
deine Hände, um den zu segnen und zu trösten,
der in der Einsamkeit weint.

Gib, dass wir zu Zeugen

deiner Liebe und deiner unendlichen Barmherzigkeit werden.

[…]

[01232-DE.01] [Originalsprache: Spanisch]

Traduzione in lingua portoghese

Queridos irmãos e irmãs!

Desejava, desde o primeiro dia, que chegasse este momento do nosso encontro. Trazeis marcas no vosso coração e na vossa carne, as marcas da história viva e recente do vosso povo, sulcada por acontecimentos trágicos, mas cheia também de gestos heroicos de grande humanidade e de alto valor espiritual de fé e esperança. Acabamos de ouvi-los. Venho aqui com respeito e bem ciente de me encontrar, como Moisés, pousando os pés numa terra sagrada (cf. Ex 3, 5). Uma terra regada com o sangue de milhares de vítimas inocentes e a dor angustiante dos seus familiares e conhecidos. Feridas que custam a cicatrizar e que nos fazem sofrer a todos, porque cada ato de violência cometido contra um ser humano é uma ferida na carne da humanidade; cada morte violenta «diminui-nos» como pessoas.

Estou aqui não tanto para falar, mas para estar perto de vós e fixar-vos nos olhos, para vos escutar e abrir o meu coração ao vosso testemunho de vida e fé. E, se mo permitis, desejaria também abraçar-vos e, se Deus me der a graça (porque é uma graça!), quereria chorar convosco, queria que rezássemos juntos e nos perdoássemos – também eu devo pedir perdão – e que assim, todos juntos, pudéssemos olhar em frente e avançar com fé e esperança.

Reunimo-nos aos pés do Crucificado de Bojayá, que, no dia 2 de maio de 2002, presenciou e sofreu o massacre de dezenas de pessoas refugiadas na sua igreja. Esta imagem possui um forte valor simbólico e espiritual. Ao fixá-la, contemplamos não só o que aconteceu naquele dia, mas também tanto sofrimento, tanta morte, tantas vidas destroçadas e tanto sangue derramado na Colômbia nos últimos decénios. Ver Cristo assim, mutilado e ferido, interpela-nos. Não tem braços e o seu corpo já não está inteiro, mas conserva o seu rosto e, com ele, olha-nos e ama-nos. Cristo partido e amputado, para nós, ainda é «mais Cristo», porque mostra-nos uma vez mais que Ele veio para sofrer pelo seu povo e com o seu povo, e também para nos ensinar que o ódio não tem a última palavra, que o amor é mais forte do que a morte e a violência. Ensina-nos a transformar o sofrimento em fonte de vida e ressurreição, para que, unidos a Ele e com Ele, aprendamos a força do perdão, a grandeza do amor.

Obrigado a vós os quatro, nossos irmãos, que quisestes, em nome de muitos e muitos outros, compartilhar o vosso testemunho. Como nos faz bem – pode parecer egoísmo, mas não é – como nos faz bem ouvir os vossos casos, a vossa história! Deixam-me comovido. São histórias de sofrimento e amargura, mas também, e sobretudo, são histórias de amor e perdão, que nos falam de vida e esperança, de não deixar que o ódio, a vingança e a dor se apoderem do nosso coração.

O oráculo final do Salmo 85 – «O amor e a fidelidade vão encontrar-se. Vão beijar-se a justiça e a paz» (v. 11) – aparece depois da ação de graças e da súplica onde se pede a Deus: Renovai-nos! Obrigado, Senhor, pelo testemunho daqueles que infligiram dor e pedem perdão; daqueles que sofreram injustamente e perdoam. Isto só é possível com a vossa ajuda e a vossa presença. Isto já é um sinal enorme de que quereis reconstruir a paz e a concórdia nesta terra colombiana.

Pastora Mira, disseste-lo muito bem: Queres colocar todo o sofrimento, teu e o de milhares de vítimas, aos pés de Jesus Crucificado, para que se una ao d’Ele e, assim, se transforme em bênção e capacidade de perdão para romper o ciclo de violência que imperou na Colômbia. E tens razão: a violência gera mais violência, o ódio gera mais ódio, e a morte mais morte. Temos de quebrar esta corrente que aparece como inelutável, e isto é possível apenas com o perdão e a reconciliação concreta. Tu, querida Pastora, e muitos outros como tu demonstraram que isto é possível. Com a ajuda de Cristo, de Cristo vivo no meio da comunidade, é possível vencer o ódio, é possível vencer a morte, é possível começar de novo e dar vida a uma Colômbia nova. Obrigado, Pastora! Como é grande o bem que hoje nos fazes a todos com o testemunho da tua vida. Foi o Crucificado de Bojayá que te deu a força de perdoar e amar, e te ajudou a ver, na camisa que a tua filha Sandra Paula deu de prenda ao teu filho Jorge Aníbal, não só a recordação das suas mortes, mas também a esperança de que a paz triunfe definitivamente na Colômbia. Obrigado! Obrigado!

Comoveu-nos também o que disse Luz Dary no seu testemunho: as feridas do coração são mais profundas e difíceis de sanar do que as do corpo. É mesmo assim. E – o que é mais importante – deste-te conta que não se pode viver no rancor, que só o amor liberta e constrói. E deste modo começaste a curar também as feridas doutras vítimas, a reconstruir a sua dignidade. O facto de saíres de ti mesma enriqueceu-te, ajudou-te a olhar em frente, a encontrar paz e serenidade e também um motivo para continuar a caminhar. Agradeço-te a muleta que ofereces. Embora permaneçam ainda feridas, permanecem sequelas físicas das tuas feridas, o teu caminhar espiritual é desimpedido e firme. Este caminhar espiritual não tem necessidade de muletas; e é rápido e firme, porque pensas nos outros – obrigado! – e queres ajudá-los. Esta tua muleta é símbolo doutra muleta mais importante, de que todos nós precisamos: o amor e o perdão. Com o teu amor e o teu perdão, estás a ajudar muitas pessoas a caminhar na vida, e a caminhar rapidamente como tu. Obrigado!

Desejo agradecer também o eloquente testemunho de Deisy e Juan Carlos. Fizeram-nos compreender que no fim de contas, duma forma ou doutra, todos somos vítimas, inocentes ou culpados, mas todos vítimas (dum lado e do outro: todos vítimas). Todos irmanados naquela perda de humanidade que a violência e a morte comportam. Disse-o claramente Deisy: compreendeste que tu própria foste uma vítima e precisavas que te fosse concedida uma oportunidade. Quando a pronunciaste, esta palavra retiniu-me no coração. Começaste a estudar, e agora trabalhas para ajudar as vítimas e para que os jovens não caiam nas malhas da violência e da droga, que é outra forma de violência. Há esperança também para quem fez o mal; nem tudo está perdido. Foi para isto que Jesus veio: haver esperança para quem fez o mal. É verdade que, na regeneração moral e espiritual dos verdugos, tem que se cumprir a justiça. Como disse Deisy, deve-se contribuir positivamente para sanar esta sociedade que foi lacerada pela violência.

É difícil aceitar a mudança daqueles que fizeram apelo à violência cruel para promover os seus fins, proteger tráficos ilícitos e enriquecer-se ou por acreditar, ilusoriamente, que estavam a defender a vida dos seus irmãos. É certamente um desafio para cada um de nós confiar que possam dar um passo em frente aqueles que infligiram sofrimento a comunidades inteiras e a todo o país. É claro que, neste campo enorme que é a Colômbia, ainda há espaço para o joio... Não nos enganemos! Estai atentos aos frutos! Cuidai do trigo e não percais a paz por causa do joio. O semeador, quando vê desabrochar o joio no meio do trigo, não tem reações alarmistas. Encontra o modo para fazer com que a Palavra se encarne numa situação concreta e dê frutos de vida nova, embora aparentemente sejam imperfeitos ou defeituosos (cf. Francisco, Exort. ap. Evangelii gaudium, 24). Mesmo se perdurarem conflitos, violência ou sentimentos de vingança, não impeçamos que a justiça e a misericórdia se unam num abraço que assuma a história de sofrimento da Colômbia. Curemos aquele sofrimento e acolhamos todo o ser humano que cometeu delitos, reconhece-os, arrepende-se e compromete-se a reparar, contribuindo para a construção duma ordem nova onde brilhem a justiça e a paz.

Como Juan Carlos deixou vislumbrar no seu testemunho, em todo este processo – longo, difícil mas rico de esperança de reconciliação – é indispensável também assumir a verdade. É um desafio grande, mas necessário. A verdade é uma companheira inseparável da justiça e da misericórdia. Se, por um lado, são essenciais, as três todas juntas, para construir a paz, por outro, cada uma delas impede que as restantes sejam adulteradas e se transformem em instrumentos de vingança contra quem é mais frágil. De facto, a verdade não deve levar à vingança, mas antes à reconciliação e ao perdão. A verdade é contar às famílias dilaceradas pela dor o que aconteceu aos seus parentes desaparecidos. A verdade é confessar o que aconteceu aos menores recrutados pelos agentes de violência. A verdade é reconhecer o sofrimento das mulheres vítimas de violência e de abusos.

Por fim queria, como irmão e como pai, dizer: Colômbia, abre o teu coração de povo de Deus e deixa-te reconciliar. Não tenhas medo da verdade nem da justiça. Queridos colombianos, não tenhais medo de pedir e oferecer o perdão. Não oponhais resistência à reconciliação que vos faz aproximar uns dos outros, reencontrar-vos como irmãos e superar as inimizades. É hora de sanar feridas, lançar pontes, limar diferenças. É hora de apagar os ódios, renunciar às vinganças e abrir-se à convivência baseada na justiça, na verdade e na criação duma autêntica cultura do encontro fraterno. Oxalá possamos habitar em harmonia e fraternidade, como o Senhor quer. Peçamos para ser construtores de paz; que, onde houver ódio e ressentimento, possamos colocar amor e misericórdia (cf. Oração atribuída a São Francisco de Assis)!

E todas estas intenções, os testemunhos ouvidos, as coisas que trazeis no coração e cada um de vós conhece, decénios de história de dor e sofrimento, quero depô-los diante da imagem do Crucificado, o Cristo negro de Bojayá:

Ó Cristo negro de Bojayá,
que nos lembrais a vossa paixão e morte;
juntamente com os vossos braços e pés
arrancaram-Vos os vossos filhos
que em Vós procuravam refúgio.

Ó Cristo negro de Bojayá,
que nos olhais com ternura
e com rosto sereno;
que o vosso coração palpite também
para nos acolher no vosso amor.

Ó Cristo negro de Bojayá,
fazei que nos comprometamos
a restaurar o vosso corpo. Que sejamos
os vossos pés para ir ao encontro
do irmão necessitado;
os vossos braços para abraçar
quem perdeu a sua dignidade;
as vossas mãos para abençoar e consolar
quem chora na solidão.

Fazei que sejamos testemunhas
do vosso amor e da vossa misericórdia infinita.

Amen.

[depois da oração]

Rezamos a Jesus, o Cristo, o Cristo mutilado. Antes de vos dar a bênção, convido-vos a rezar à nossa Mãe, cujo coração foi trespassado pela dor: «Ave Maria…».

[Bênção]

[01232-PO.02] [Texto original: Espanhol]

Traduzione in lingua polacca

Drodzy Bracia i Siostry!

            Od pierwszego dnia pragnąłem, by nadeszła ta chwila naszego spotkania. W waszym sercu i w waszym ciele nosicie ślady, ślady żywej i najnowszej historii waszego narodu, naznaczonej wydarzeniami tragicznymi, ale pełnej również czynów heroicznych, wielkiego humanizmu i wzniosłej wartości duchowej wiary i nadziei. Usłyszeliśmy o tym. Przybywam tutaj z szacunkiem i jasną świadomością, że podobnie jak Mojżesz stawiam kroki po ziemi świętej (por. Wj 3,5). Ziemi zbroczonej krwią tysięcy niewinnych ofiar i rozdzierającym cierpieniem ich krewnych i  znajomych. Ranami, które trudno zagoić i które wszystkich nas bolą, gdyż wszelka przemoc popełniona wobec osoby ludzkiej jest raną na ciele ludzkości; każda gwałtowna śmierć „pomniejsza” nas jako osoby.

            Jestem tutaj, nie tyle, aby mówić, ile żeby być blisko was i spojrzeć wam w oczy, aby was wysłuchać i otworzyć moje serce na wasze świadectwo życia i wiary. I jeśli pozwolicie, chciałbym was również wziąć w ramiona, a jeśli Bóg obdarzy mnie łaską - bo jest to pewna łaska - chciałbym płakać wraz z wami, chciałbym byśmy razem się modlili i abyśmy sobie przebaczyli – także i ja muszę prosić o przebaczenie – i abyśmy w ten sposób wszyscy razem mogli patrzeć i iść naprzód z wiarą i nadzieją.

            Spotykamy się u stóp Ukrzyżowanego z Bojayá, który 2 maja 2002 roku był świadkiem i cierpiał z powodu rzezi dziesiątków osób, które schroniły się w Jego kościele. Obraz ten ma silną wartość symboliczną i duchową. Patrząc nań rozważamy nie tylko to, co wydarzyło się tamtego dnia, ale również wiele bólu, śmierci, wiele unicestwionych istnień i krwi przelanej w Kolumbii w ostatnich dziesięcioleciach. Widząc Chrystusa w takim stanie, okaleczonego i poranionego odczuwamy wyzwanie. Nie ma On już ramion, Jego ciało już nie istnieje, ale zachowuje Jego oblicze i patrzy na nas, kocha nas. Chrystus rozdarty i pozbawiony kończyn jest dla nas jeszcze bardziej „Chrystusem”, gdyż ukazuje nam po raz kolejny, że przyszedł, aby cierpieć za swój lud i wraz ze swoim ludem. Przyszedł też, aby nas nauczyć, że nienawiść nie ma ostatniego słowa, że miłość jest silniejsza od śmierci i przemocy. Uczy nas, aby przekształcać cierpienie w źródło życia i zmartwychwstania, abyśmy obok Niego i wraz z Nim poznali moc przebaczenia, wielkość miłości.

            Dziękuję wam czworgu, naszym braciom, którzy zechcieliście podzielić się waszym świadectwem w imieniu bardzo wielu innych. Jakże dobrze – zdaje się to egoistyczne - ale jakże dobrze, że słyszymy wasze historie! Jestem wzruszony. Są to historie cierpienia i goryczy, ale także i przede wszystkim, są to historie miłości i przebaczenia, które mówią nam o życiu i nadziei; by nie pozwolić, żeby w naszych sercach zapanowały nienawiść, zemsta czy ból.

            Końcowa wyrocznia Psalmu 85: „Łaskawość i wierność spotkają się ze sobą, ucałują się sprawiedliwość i pokój” (w.11) ma miejsce po dziękczynieniu i błaganiu, w którym Psalmista prosi Boga: Odnów nas! Dziękuję Boże za świadectwo tych, którzy wyrządzili cierpienie i proszą o przebaczenie; tych, którzy cierpieli niesprawiedliwie i przebaczają. Jest to możliwe tylko z Twoją pomocą i Twoją obecnością... i jest to już ogromny znak, że pragniesz odbudowania pokoju i zgody na tej kolumbijskiej ziemi.

            Pastoro Miro, powiedziałaś to bardzo dobrze: chcesz złożyć cały swój ból, a także cierpienie tysięcy ofiar u stóp Jezusa Ukrzyżowanego, aby złączył się z Jego cierpieniem i w ten sposób został przekształcony w błogosławieństwo i zdolność do przebaczenia, aby przerwać cykl przemocy, który panował w Kolumbii. I masz rację: przemoc rodzi inną przemoc, nienawiść rodzi kolejną nienawiść a śmierć inną śmierć. Musimy przerwać ten łańcuch, który zdaje się nieunikniony, a jest to możliwe tylko poprzez konkretne przebaczenie i pojednanie. A ty droga Pastoro i wielu innych, podobnych jak ty, ukazaliście nam, że jest to możliwe. Z pomocą Chrystusa, Chrystusa żyjącego pośród wspólnoty można pokonać nienawiść, można pokonać śmierć, można zacząć od nowa i dać początek nowej Kolumbii. Dziękuję, pani Pastoro; jakże wielkie dobro czynisz dzisiaj nam wszystkim poprzez świadectwo twego życia! To Ukrzyżowany z Bojayá obdarzył ciebie mocą, by przebaczyć i kochać, i dopomógł ci dostrzec w koszuli, którą twoja córka Sandra Paola podarowała twemu synowi Jorge Aníbalowi, nie tylko pamięć o ich śmierci, ale także nadzieję, że w Kolumbii ostatecznie zatriumfuje pokój. Bardzo dziękuję.

            Wzrusza nas także to, co powiedziała w swoim świadectwie Luz Dary: że rany serca są głębsze i trudniejsze do zaleczenia niż rany ciała. To prawda. A co ważniejsze, zdałaś sobie sprawę, że nie można żyć urazami, że tylko miłość wyzwala i buduje. I tak zaczęłaś leczyć rany także innych ofiar, odbudować ich godność. To wyjście z własnych ograniczeń ciebie ubogaciło, pomogło ci patrzeć w przyszłość, odnaleźć pokój i pogodę ducha, a także motyw, aby nieustannie iść dalej. Dziękuję za ofiarowaną kulę. Chociaż nadal masz rany, odczuwasz nadal konsekwencje fizyczne twoich ran, to twój postęp duchowy jest szybki i mocny. Ten postęp duchowy nie potrzebuje kul; jest szybki i mocny, ponieważ myślisz o innych – dziękuję!- i chcesz im pomóc. Ta twoja kula jest symbolem tej  drugiej ważniejszej kuli, której wszyscy potrzebujemy, to znaczy miłości i przebaczenia. Z twoją miłością i przebaczeniem pomagasz wielu osobom podążać przez życie i iść szybko, tak jak ty. Dziękuję.

            Chciałbym podziękować również za wymowne świadectwo Deisy i Juana Carlosa. Uświadomili nam, że wszyscy w końcu, w ten czy inny sposób, jesteśmy ofiarami, niewinni lub winni, ale wszyscy jesteśmy ofiarami, z jednej i z drugiej strony: wszyscy są ofiarami. Wszyscy zjednoczeni w tym zatraceniu człowieczeństwa, jakie pociąga za sobą przemoc i śmierć. Deisy powiedziała to wyraźnie: zrozumiałaś, że sama byłaś ofiarą i potrzebowałaś, aby dano ci szansę. Kiedy o tym mówiłaś, to słowo zabrzmiało mi w sercu. I zaczęłaś studiować, a teraz pracujesz, aby pomóc ofiarom i aby młodzi ludzie nie wpadli w sieci przemocy i narkomanii, co jest inną postacią przemocy. Jest też nadzieja dla tych, którzy dopuścili się zła; nie wszystko jest stracone. Jezus na to przyszedł: jest nadzieja dla tych, którzy popełnili zło. Oczywiście, w tym odrodzeniu moralnym i duchowym oprawców sprawiedliwości musi się stać zadość. Jak powiedziała Deisy, trzeba pozytywnie przyczynić się do uzdrowienia tego społeczeństwa, które zostało zniszczone przez przemoc.

            Okazuje się, że trudno zaakceptować przemianę ludzi, którzy odwołali się do okrutnej przemocy, aby osiągnąć swoje cele, aby chronić nielegalne interesy i wzbogacić się lub złudnie uważają, że bronią życia swoich braci. Z pewnością wyzwaniem dla każdego z nas jest nabranie ufności, że ci ludzie, którzy wyrządzili cierpienia całym wspólnotom i całemu krajowi mogą podjąć jakieś kroki pozytywne. Jasne, że na tym wielkim polu, jakim jest Kolumbia, nadal jest miejsce dla chwastów... Nie oszukujmy się. Uważajcie na owoce: troszczcie się o ziarno i nie traćcie pokoju z powodu chwastów. Siewca, kiedy widzi chwasty wschodzące pośrodku pszenicy, nie reaguje paniką. Znajduje sposób, aby Słowo wcieliło się w konkretnej sytuacji i wydało owoce nowego życia, chociaż pozornie wyglądają na niedoskonałe lub niepełne (por. Adhort. ap. Evangelii gaudium, 24). Nawet jeśli dalej trwają konflikty, przemoc, albo uczucia zemsty, nie przeszkadzajmy, by  sprawiedliwość i miłosierdzie spotkały się w uścisku, który zakłada historia cierpienia Kolumbii. Uleczmy ten ból i zaakceptujmy każdego człowieka, który dopuścił się przestępstw, uznaje je, żałuje i postanawia je naprawić, przyczyniając się do budowy nowego porządku, w którym jaśnieją sprawiedliwość i pokój.

            Jak zasugerował w swoim świadectwie Juan Carlos w całym tym długim, trudnym procesie, który jest jednak pełen nadziei na pojednanie, konieczne jest również zaakceptowanie prawdy. To wielkie, ale konieczne wyzwanie. Prawda jest nieodłącznym towarzyszem sprawiedliwości i miłosierdzia. Wszystkie trzy połączone ze sobą są niezbędne do budowania pokoju, a z drugiej strony każda z nich wyklucza, aby druga zamieniła się i przekształciła w narzędzie zemsty wobec najsłabszych. Prawda nie powinna w istocie prowadzić do zemsty, a raczej do pojednania i przebaczenia. Prawda, to powiedzenie rodzinom rozdartym cierpieniem, co stało się z ich zaginionymi krewnymi. Prawda to wyznanie, co się stało z małoletnimi zaciągniętymi przez ludzi dopuszczających się przemocy. Prawda to uznanie cierpienia kobiet, które stały się ofiarami przemocy i wykorzystywania.

            Wreszcie, jako brat i ojciec, chciałbym powiedzieć: Kolumbio, otwórz swe serce ludu Bożego i pozwól się pojednać. Nie bój się prawdy i sprawiedliwości. Drodzy Kolumbijczycy: nie lękajcie się prosić o przebaczenie i przebaczać innym. Nie opierajcie się pojednaniu, które was zbliża do siebie, sprawia, że odnajdujecie siebie jako bracia i pokonujecie wrogość. Nadszedł czas, aby zaleczyć rany, budować mosty, załagodzić różnice. Nadszedł czas, aby rozbroić wrogość, zrezygnować z zemsty i otworzyć się na współistnienie w oparciu o sprawiedliwość, prawdę i stworzenie prawdziwej kultury braterskiego spotkania. Obyśmy mogli żyć w zgodzie i braterstwie, jak tego chce Pan. Prośmy, byśmy byli budowniczymi pokoju; abyśmy wszędzie tam, gdzie panuje nienawiść i niechęć siali miłość i miłosierdzie (por. Modlitwa przypisywana św. Franciszkowi z Asyżu).

            A wszystkie te intencje, wysłuchane świadectwa, to co każdy z was zna w swoim sercu, historie dziesiątków lat bólu i cierpienia pragnę złożyć przed obrazem Ukrzyżowanego, czarnego Chrystusa z Bojará:

O Chryste czarny z Bojará,
który nam przypominasz Twą mękę i śmierć;
wraz z Twymi rękoma i stopami
wyrwano Tobie Twe dzieci
w Tobie szukające schronienia.

O Chryste czarny z Bojará,
patrzący na nas czule,
z pogodnym obliczem;
pała również Twe serce,
by nas przyjąć w Twej miłości.

O Chryste czarny z Bojará,
spraw, byśmy postanowili
przywrócić Twe ciało. Byśmy byli
Twoimi stopami, żeby wyjść na spotkanie
potrzebującego brata;
Twymi ramionami, aby objąć
ludzi, którzy utracili swą godność;
Twoimi rękami, aby błogosławić i pocieszyć
płaczących w samotności.

Spraw byśmy byli świadkami
Twej miłości i nieskończonego miłosierdzia.

Amen.

[Po modlitwie]

    Modliliśmy się do Jezusa Chrystusa, Chrystusa okaleczonego. Zanim udzielę wam błogosławieństwa zachęcam was, byśmy pomodlili się do naszej Matki, której serce było przeniknięte bólem: „Zdrowaś Maryjo…”

[Błogosławieństwo]

[01232-PL.01] [Testo originale: Spagnolo]

Sosta presso la Croce della Riconciliazione di Villavicencio

Questo pomeriggio, il Santo Padre Francesco si è recato al Parque de los Fundadores di Villavicencio per sostare presso la Croce della Riconciliazione collocata nel Parco; sul monumento è riportato il numero delle vittime della violenza che ha scosso la Nazione negli ultimi decenni.

Erano presenti il Presidente della Repubblica della Colombia, Juan Manuel Santos Calderón, circa 400 bambini e un gruppo di indigeni. Il Papa è stato accolto da alcuni bambini che lo hanno accompagnano alla Croce, mentre un coro di voci bianche eseguiva un canto tradizionale

Il Santo Padre si è fermato nei pressi della Croce della Riconciliazione Nazionale, deponendo un mazzo di fiori bianchi.

Dopo lo squillo del silenzio militare e un breve momento di preghiera silenziosa, Papa Francesco ha piantato un albero come simbolo della vita che si rinnova. Quindi si è trasferito in auto all’aeroporto Apiay di Villavicencio da dove – a bordo di un A321 dell’Avianca – è decollato per rientrare a Bogotá.

Al Suo arrivo all’aeroporto militare CATAM di Bogotá ha fatto ritorno alla Nunziatura Apostolica dove, all’esterno, è stato accolto da un gruppo di vittime della violenza, da militari, agenti ed ex-guerriglieri.

[01261-IT.01]

[B0571-XX.02]