www.vatican.va

Back Top Print Pdf


Viaggio Apostolico di Sua Santità Francesco in Svezia in occasione della Commemorazione Comune luterano-cattolica della Riforma (31 ottobre – 1 novembre 2016) - Preghiera Ecumenica Comune nella Cattedrale Luterana di Lund, 31.10.2016


Preghiera Ecumenica Comune nella Cattedrale Luterana di Lund

Omelia del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

Traduzione in lingua francese

Traduzione in lingua tedesca

Traduzione in lingua portoghese

Traduzione in lingua svedese

 

Alle ore 14.30 di questo pomeriggio, ha avuto luogo la Preghiera Ecumenica Comune nella Cattedrale Luterana di Lund.

Al Suo arrivo nella Cattedrale, Papa Francesco è stato accolto dalla Primate della Chiesa di Svezia, l’Arcivescovo Antje Jackelén, e dal Vescovo cattolico di Stoccolma, S.E. Mons. Anders Arborelius, con i quali ha proceduto in processione verso l’altare centrale. Alla processione inoltre hanno preso parte alcuni rappresentanti della Lutheran World Federation (LWF).

Nel corso della celebrazione, dopo i canti e le letture e dopo il sermone del Segretario Generale della LWF, Rev.do Martin Junge, il Santo Padre ha pronunciato l’omelia che riportiamo di seguito:

Omelia del Santo Padre

«Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn 15,4). Estas palabras, pronunciadas por Jesús en el contexto de la Última Cena, nos permiten asomarnos al corazón de Cristo poco antes de su entrega definitiva en la cruz. Podemos sentir sus latidos de amor por nosotros y su deseo de unidad para todos los que creen en él. Nos dice que él es la vid verdadera y nosotros los sarmientos; y que, como él está unido al Padre, así nosotros debemos estar unidos a él, si queremos dar fruto.

En este encuentro de oración, aquí en Lund, queremos manifestar nuestro deseo común de permanecer unidos a él para tener vida. Le pedimos: «Señor, ayúdanos con tu gracia a estar más unidos a ti para dar juntos un testimonio más eficaz de fe, esperanza y caridad». Es también un momento para dar gracias a Dios por el esfuerzo de tantos hermanos nuestros, de diferentes comunidades eclesiales, que no se resignaron a la división, sino que mantuvieron viva la esperanza de la reconciliación entre todos los que creen en el único Señor.

Católicos y luteranos hemos empezado a caminar juntos por el camino de la reconciliación. Ahora, en el contexto de la conmemoración común de la Reforma de 1517, tenemos una nueva oportunidad para acoger un camino común, que ha ido conformándose durante los últimos 50 años en el diálogo ecuménico entre la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica. No podemos resignarnos a la división y al distanciamiento que la separación ha producido entre nosotros. Tenemos la oportunidad de reparar un momento crucial de nuestra historia, superando controversias y malentendidos que a menudo han impedido que nos comprendiéramos unos a otros.

Jesús nos dice que el Padre es el dueño de la vid (cf. v. 1), que la cuida y la poda para que dé más fruto (cf. v. 2). El Padre se preocupa constantemente de nuestra relación con Jesús, para ver si estamos verdaderamente unidos a él (cf. v. 4). Nos mira, y su mirada de amor nos anima a purificar nuestro pasado y a trabajar en el presente para hacer realidad ese futuro de unidad que tanto anhela.

También nosotros debemos mirar con amor y honestidad a nuestro pasado y reconocer el error y pedir perdón: solamente Dios es el juez. Se tiene que reconocer con la misma honestidad y amor que nuestra división se alejaba de la intuición originaria del pueblo de Dios, que anhela naturalmente estar unido, y ha sido perpetuada históricamente por hombres de poder de este mundo más que por la voluntad del pueblo fiel, que siempre y en todo lugar necesita estar guiado con seguridad y ternura por su Buen Pastor. Sin embargo, había una voluntad sincera por ambas partes de profesar y defender la verdadera fe, pero también somos conscientes que nos hemos encerrado en nosotros mismos por temor o prejuicios a la fe que los demás profesan con un acento y un lenguaje diferente. El Papa Juan Pablo II decía: «No podemos dejarnos guiar por el deseo de erigirnos en jueces de la historia, sino únicamente por el de comprender mejor los acontecimientos y llegar a ser portadores de la verdad» (Mensaje al cardenal Johannes Willebrands, Presidente del Secretariado para la Unidad de los cristianos, 31 octubre 1983). Dios es el dueño de la viña, que con amor inmenso la cuida y protege; dejémonos conmover por la mirada de Dios; lo único que desea es que permanezcamos como sarmientos vivos unidos a su Hijo Jesús. Con esta nueva mirada al pasado no pretendemos realizar una inviable corrección de lo que pasó, sino «contar esa historia de manera diferente» (Comisión Luterano-Católico Romana sobre la Unidad, Del conflicto a la comunión, 17 junio 2013, 16).

Jesús nos recuerda: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Él es quien nos sostiene y nos anima a buscar los modos para que la unidad sea una realidad cada vez más evidente. Sin duda la separación ha sido una fuente inmensa de sufrimientos e incomprensiones; pero también nos ha llevado a caer sinceramente en la cuenta de que sin él no podemos hacer nada, dándonos la posibilidad de entender mejor algunos aspectos de nuestra fe. Con gratitud reconocemos que la Reforma ha contribuido a dar mayor centralidad a la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia. A través de la escucha común de la Palabra de Dios en las Escrituras, el diálogo entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, del que celebramos el 50 aniversario, ha dado pasos importantes. Pidamos al Señor que su Palabra nos mantenga unidos, porque ella es fuente de alimento y vida; sin su inspiración no podemos hacer nada.

La experiencia espiritual de Martín Lutero nos interpela y nos recuerda que no podemos hacer nada sin Dios. «¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?». Esta es la pregunta que perseguía constantemente a Lutero. En efecto, la cuestión de la justa relación con Dios es la cuestión decisiva de la vida. Como se sabe, Lutero encontró a ese Dios misericordioso en la Buena Nueva de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado. Con el concepto de «sólo por la gracia divina», se nos recuerda que Dios tiene siempre la iniciativa y que precede cualquier respuesta humana, al mismo tiempo que busca suscitar esa respuesta. La doctrina de la justificación, por tanto, expresa la esencia de la existencia humana delante de Dios.

Jesús intercede por nosotros como mediador ante el Padre, y le pide por la unidad de sus discípulos «para que el mundo crea» (Jn 17,21). Esto es lo que nos conforta, y nos mueve a unirnos a Jesús para pedirlo con insistencia: «Danos el don de la unidad para que el mundo crea en el poder de tu misericordia». Este es el testimonio que el mundo está esperando de nosotros. Los cristianos seremos testimonio creíble de la misericordia en la medida en que el perdón, la renovación y reconciliación sean una experiencia cotidiana entre nosotros. Juntos podemos anunciar y manifestar de manera concreta y con alegría la misericordia de Dios, defendiendo y sirviendo la dignidad de cada persona. Sin este servicio al mundo y en el mundo, la fe cristiana es incompleta.

Luteranos y católicos rezamos juntos en esta Catedral y somos conscientes de que sin Dios no podemos hacer nada; pedimos su auxilio para que seamos miembros vivos unidos a él, siempre necesitados de su gracia para poder llevar juntos su Palabra al mundo, que está necesitado de su ternura y su misericordia.

[01737-ES.01] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

«Rimanete in me e io in voi» (Gv 15,4). Queste parole, pronunciate da Gesù nel contesto dell’Ultima Cena, ci consentono di accostarci al cuore di Cristo poco prima del suo donarsi definitivo sulla croce. Possiamo sentire i suoi battiti di amore per noi e il suo desiderio di unità per tutti coloro che credono in lui. Ci dice che lui è la vera vite e noi i tralci; e che, come Egli è unito al Padre, così noi dobbiamo rimanere uniti a lui, se vogliamo portare frutto.

In questo incontro di preghiera, qui a Lund, vogliamo manifestare il nostro comune desiderio di rimanere uniti a lui per avere la vita. Gli chiediamo: “Signore, aiutaci con la tua grazia a essere più uniti a te per dare insieme una testimonianza più efficace di fede, speranza e carità”. E’ anche un momento per rendere grazie a Dio per l’impegno di tanti nostri fratelli, di diverse comunità ecclesiali, che non si sono rassegnati alla divisione, ma che hanno mantenuto viva la speranza della riconciliazione tra tutti coloro che credono nell’unico Signore.

Cattolici e luterani abbiamo cominciato a camminare insieme sulla via della riconciliazione. Ora, nel contesto della commemorazione comune della Riforma del 1517, abbiamo una nuova opportunità di accogliere un percorso comune, che ha preso forma negli ultimi cinquant’anni nel dialogo ecumenico tra la Federazione Luterana Mondiale e la Chiesa Cattolica. Non possiamo rassegnarci alla divisione e alla distanza che la separazione ha prodotto tra noi. Abbiamo la possibilità di riparare ad un momento cruciale della nostra storia, superando controversie e malintesi che spesso ci hanno impedito di comprenderci gli uni gli altri.

Gesù ci dice che il Padre è il padrone della vigna (cfr v. 1), che la cura e la pota perché dia più frutto (cfr v. 2). Il Padre si preoccupa costantemente del nostro rapporto con Gesù, per vedere se siamo veramente uniti a lui (cfr v. 4). Ci guarda, e il suo sguardo di amore ci incoraggia a purificare il nostro passato e a lavorare nel presente per realizzare quel futuro di unità a cui tanto anela.

Anche noi dobbiamo guardare con amore e onestà al nostro passato e riconoscere l’errore e chiedere perdono: Dio solo è il giudice. Si deve riconoscere con la stessa onestà e amore che la nostra divisione si allontanava dalla intuizione originaria del popolo di Dio, che aspira naturalmente a rimanere unito, ed è stata storicamente perpetuata da uomini di potere di questo mondo più che per la volontà del popolo fedele, che sempre e in ogni luogo ha bisogno di essere guidato con sicurezza e tenerezza dal suo Buon Pastore. Tuttavia, c’era una sincera volontà da entrambe le parti di professare e difendere la vera fede, ma siamo anche consapevoli che ci siamo chiusi in noi stessi per paura o pregiudizio verso la fede che gli altri professano con un accento e un linguaggio diversi. Papa Giovanni Paolo II diceva: «Non dobbiamo lasciarci guidare dall’intento di ergerci a giudici della storia, ma unicamente da quello di comprendere meglio gli eventi e di diventare portatori di verità» (Messaggio al Cardinale Johannes Willebrands, Presidente del Segretariato per l’Unità dei Cristiani, 31 ottobre 1983). Dio è il padrone della vigna, e con amore immenso la nutre e la protegge; lasciamoci commuovere dallo sguardo di Dio; l’unica cosa che egli desidera è che rimaniamo uniti come tralci vivi a suo Figlio Gesù. Con questo nuovo sguardo al passato non pretendiamo di realizzare una inattuabile correzione di quanto è accaduto, ma «raccontare questa storia in modo diverso» (Commissione Luterana-Cattolica Romana per l’unità, Dal conflitto alla comunione, 17 giugno 2013, 16).

Gesù ci ricorda: «Senza di me non potete far nulla» (Gv 15,5). Egli è colui che ci sostiene e ci incoraggia a cercare i modi per rendere l’unità una realtà sempre più evidente. Indubbiamente la separazione è stata un’immensa fonte di sofferenze e di incomprensioni; ma al tempo stesso ci ha portato a prendere coscienza sinceramente che senza di lui non possiamo fare nulla, dandoci la possibilità di capire meglio alcuni aspetti della nostra fede. Con gratitudine riconosciamo che la Riforma ha contribuito a dare maggiore centralità alla Sacra Scrittura nella vita della Chiesa. Attraverso l’ascolto comune della Parola di Dio nelle Scritture, il dialogo tra la Chiesa Cattolica e la Federazione Luterana Mondiale, di cui celebriamo il 50° anniversario, ha compiuto passi importanti. Chiediamo al Signore che la sua Parola ci mantenga uniti, perché essa è fonte di nutrimento e di vita; senza la sua ispirazione non possiamo fare nulla.

L’esperienza spirituale di Martin Lutero ci interpella e ci ricorda che non possiamo fare nulla senza Dio. “Come posso avere un Dio misericordioso?”. Questa è la domanda che costantemente tormentava Lutero. In effetti, la questione del giusto rapporto con Dio è la questione decisiva della vita. Come è noto, Lutero ha scoperto questo Dio misericordioso nella Buona Novella di Gesù Cristo incarnato, morto e risorto. Con il concetto di “solo per grazia divina”, ci viene ricordato che Dio ha sempre l’iniziativa e che precede qualsiasi risposta umana, nel momento stesso in cui cerca di suscitare tale risposta. La dottrina della giustificazione, quindi, esprime l’essenza dell’esistenza umana di fronte a Dio.

Gesù intercede per noi come mediatore presso il Padre, e lo prega per l’unità dei suoi discepoli «perché il mondo creda» (Gv 17,21). Questo è ciò che ci conforta e ci spinge a unirci a Gesù per chiederlo con insistenza: «Dacci il dono dell’unità perché il mondo creda nella potenza della tua misericordia». Questa è la testimonianza che il mondo sta aspettando da noi. Come cristiani saremo testimonianza credibile della misericordia nella misura in cui il perdono, il rinnovamento e la riconciliazione saranno un’esperienza quotidiana tra noi. Insieme possiamo annunciare e manifestare concretamente e con gioia la misericordia di Dio, difendendo e servendo la dignità di ogni persona. Senza questo servizio al mondo e nel mondo, la fede cristiana è incompleta.

Luterani e cattolici preghiamo insieme in questa Cattedrale e siamo consapevoli che senza Dio non possiamo fare nulla; chiediamo il suo aiuto per essere membra vive unite a lui, sempre bisognosi della sua grazia per poter portare insieme la sua Parola al mondo, che ha bisogno della sua tenerezza e della sua misericordia.

[01737-IT.01] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

“Abide in me as I abide in you” (Jn 15:4). These words, spoken by Jesus at the Last Supper, allow us to peer into the heart of Christ just before his ultimate sacrifice on the cross. We can feel his heart beating with love for us and his desire for the unity of all who believe in him. He tells us that he is the true vine and that we are the branches, that just as he is one with the Father, so we must be one with him if we wish to bear fruit.

Here in Lund, at this prayer service, we wish to manifest our shared desire to remain one with Christ, so that we may have life. We ask him, “Lord, help us by your grace to be more closely united to you and thus, together, to bear a more effective witness of faith, hope and love”. This is also a moment to thank God for the efforts of our many brothers and sisters from different ecclesial communities who refused to be resigned to division, but instead kept alive the hope of reconciliation among all who believe in the one Lord.

As Catholics and Lutherans, we have undertaken a common journey of reconciliation. Now, in the context of the commemoration of the Reformation of 1517, we have a new opportunity to accept a common path, one that has taken shape over the past fifty years in the ecumenical dialogue between the Lutheran World Federation and the Catholic Church. Nor can we be resigned to the division and distance that our separation has created between us. We have the opportunity to mend a critical moment of our history by moving beyond the controversies and disagreements that have often prevented us from understanding one another.

Jesus tells us that the Father is the “vinedresser” (cf. v. 1) who tends and prunes the vine in order to make it bear more fruit (cf. v. 2). The Father is constantly concerned for our relationship with Jesus, to see if we are truly one with him (cf. v. 4). He watches over us, and his gaze of love inspires us to purify our past and to work in the present to bring about the future of unity that he so greatly desires.

We too must look with love and honesty at our past, recognizing error and seeking forgiveness, for God alone is our judge. We ought to recognize with the same honesty and love that our division distanced us from the primordial intuition of God’s people, who naturally yearn to be one, and that it was perpetuated historically by the powerful of this world rather than the faithful people, which always and everywhere needs to be guided surely and lovingly by its Good Shepherd. Certainly, there was a sincere will on the part of both sides to profess and uphold the true faith, but at the same time we realize that we closed in on ourselves out of fear or bias with regard to the faith which others profess with a different accent and language. As Pope John Paul II said, “We must not allow ourselves to be guided by the intention of setting ourselves up as judges of history but solely by the motive of understanding better what happened and of becoming messengers of truth” (Letter to Cardinal Johannes Willebrands, President of the Secretariat for Christian Unity, 31 October 1983). God is the vinedresser, who with immense love tends and protects the vine; let us be moved by his watchful gaze. The one thing he desires is for us to abide like living branches in his Son Jesus. With this new look at the past, we do not claim to realize an impracticable correction of what took place, but “to tell that history differently” (LUTHERAN-ROMAN CATHOLIC COMMISSION ON UNITY, From Conflict to Communion, 17 June 2013, 16).

Jesus reminds us: “Apart from me, you can do nothing” (v. 5). He is the one who sustains us and spurs us on to find ways to make our unity ever more visible. Certainly, our separation has been an immense source of suffering and misunderstanding, yet it has also led us to recognize honestly that without him we can do nothing; in this way it has enabled us to understand better some aspects of our faith. With gratitude we acknowledge that the Reformation helped give greater centrality to sacred Scripture in the Church’s life. Through shared hearing of the word of God in the Scriptures, important steps forward have been taken in the dialogue between the Catholic Church and the Lutheran World Federation, whose fiftieth anniversary we are presently celebrating. Let us ask the Lord that his word may keep us united, for it is a source of nourishment and life; without its inspiration we can do nothing.

The spiritual experience of Martin Luther challenges us to remember that apart from God we can do nothing. “How can I get a propitious God?” This is the question that haunted Luther. In effect, the question of a just relationship with God is the decisive question for our lives. As we know, Luther encountered that propitious God in the Good News of Jesus, incarnate, dead and risen. With the concept “by grace alone”, he reminds us that God always takes the initiative, prior to any human response, even as he seeks to awaken that response. The doctrine of justification thus expresses the essence of human existence before God.

Jesus intercedes for us as our mediator before the Father; he asks him that his disciples may be one, “so that the world may believe” (Jn 17:21). This is what comforts us and inspires us to be one with Jesus, and thus to pray: “Grant us the gift of unity, so that the world may believe in the power of your mercy”. This is the testimony the world expects from us. We Christians will be credible witnesses of mercy to the extent that forgiveness, renewal and reconciliation are daily experienced in our midst. Together we can proclaim and manifest God’s mercy, concretely and joyfully, by upholding and promoting the dignity of every person. Without this service to the world and in the world, Christian faith is incomplete.

As Lutherans and Catholics, we pray together in this Cathedral, conscious that without God we can do nothing. We ask his help, so that we can be living members, abiding in him, ever in need of his grace, so that together we may bring his word to the world, which so greatly needs his tender love and mercy.

[01737-EN.01] [Original text: Spanish]

Traduzione in lingua francese

«Demeurez en moi, comme moi en vous» (Jn 15, 4). Ces paroles, prononcées par Jésus dans le contexte de la dernière Cène, nous permettent de nous approcher du cœur du Christ peu avant qu’il ne se livre définitivement sur la croix. Nous pouvons sentir les battements [de cœur] de son amour pour nous et son désir d’unité pour tous ceux qui croient en lui. Il nous dit qu’il est la vraie vigne et nous, les sarments; et que, comme lui est uni au Père, de même nous devons être unis à lui, si nous voulons porter du fruit.

Dans cette rencontre de prière, ici à Lund, nous voulons manifester notre désir commun de rester unis à lui pour avoir la vie. Nous lui demandons: ‘‘Seigneur, aide-nous par ta grâce à être plus unis à toi pour porter ensemble un témoignage plus efficace de foi, d’espérance et de charité’’. C’est également un moment pour remercier Dieu de l’effort de tant de nos frères, de différentes communautés ecclésiales, qui ne se sont pas résignés à la division, mais ont maintenu vivante l’espérance de la réconciliation de tous ceux qui croient dans l’unique Seigneur.

Catholiques et Luthériens, nous avons commencé à marcher ensemble sur un chemin de réconciliation. À présent, dans le contexte de la commémoration commune de la Réforme de 1517, nous avons une opportunité nouvelle pour prendre un chemin commun, qui durant les cinq dernières années a progressivement pris forme dans le dialogue œcuménique entre la Fédération Luthérienne Mondiale et l’Église catholique. Nous ne pouvons pas nous résigner à la division et à l’éloignement que la séparation a provoquée entre nous. Nous avons l’occasion de réparer un moment crucial de notre histoire, en surmontant les controverses et les malentendus qui souvent nous ont empêchés de nous comprendre les uns les autres.

Jésus nous dit que le Père est le vigneron (cf. v. 1), qu’il prend soin du sarment et le taille pour qu’il porte plus de fruit (cf. v. 2). Le Père se soucie constamment de notre relation avec Jésus, pour voir si nous sommes vraiment unis à lui (cf. v. 4). Il nous regarde, et son regard d’amour nous encourage à purifier notre passé et à travailler dans le présent pour faire de cet avenir d’unité que nous désirons une réalité.

Nous aussi, nous devons regarder avec amour et honnêteté notre passé et reconnaître notre faute et demander pardon, Dieu seul est juge. On doit reconnaître avec la même honnêteté et le même amour que notre division s’éloignait de l’intuition originelle du peuple de Dieu, qui désire être uni, et que notre division a été historiquement perpétuée plus par des hommes de pouvoir de ce monde que par la volonté du peuple fidèle, qui toujours et en tout lieu a besoin d’être guidé avec assurance et tendresse par son Bon Pasteur. Toutefois, il y avait une volonté sincère des deux côtés de professer et de défendre la vraie foi, mais aussi nous sommes conscients que nous avons enfermé en nous-mêmes, par crainte et à cause de préjugés, la foi que les autres professent avec un accent et un langage différents. Le Pape Jean-Paul II disait: «Nous ne pouvons pas nous laisser guider par le désir de nous ériger en juges de l’histoire, mais uniquement par le désir de comprendre mieux les événements et de parvenir à être des porteurs de la vérité » (Message au Cardinal Johannes Willebrands, Président du Secrétariat pour l’Unité des Chrétiens, 31 octobre 1983). Dieu est le vigneron, qui avec un amour immense prend soin de la vigne et la protège; laissons-nous émouvoir par le regard de Dieu; la seule chose qu’il souhaite, c’est que nous demeurions comme des sarments vivants unis à son Fils Jésus. Par ce nouveau regard sur le passé, nous ne prétendons pas réaliser une correction impossible de ce qui s’est passé mais «raconter cette histoire d’une manière différente» (Commission Luthérienne-Catholique Romaine sur l’unité, Du conflit à la communion, 17 juin 2013, n. 16).

Jésus nous rappelle: «En dehors de moi, vous ne pouvez rien faire» (v. 5). Il est celui qui nous soutient et nous encourage à chercher les moyens pour que l’unité soit une réalité toujours plus évidente. Sans doute, la séparation a été une source immense de souffrance et d’incompréhensions; mais elle nous a également conduits à prendre sincèrement conscience que sans lui nous ne pouvons rien faire, en nous donnant la possibilité de mieux comprendre certains aspects de notre foi. Avec gratitude, nous reconnaissons que la Réforme a contribué à mettre davantage au centre la Sainte Écriture dans la vie de l’Église. À travers l’écoute commune de la parole de Dieu dans les Écritures, le dialogue entre l’Église catholique et la Fédération Luthérienne Mondiale, dont nous célébrons le 50ème anniversaire, a fait des progrès importants. Demandons au Seigneur que sa Parole nous maintienne unis, car elle est source d’aliment et de vie; sans son inspiration nous ne pouvons rien faire.

L’expérience spirituelle de Martin Luther nous interpelle et nous rappelle que nous ne pouvons rien faire sans Dieu: ‘‘Comment puis-je avoir un Dieu miséricordieux?’’ C’est la question qui hantait constamment Luther. En effet, la question de la relation juste avec Dieu est la question décisive de la vie. Comme on le sait, Luther a trouvé ce Dieu miséricordieux dans la Bonne Nouvelle de Jésus-Christ incarné, mort et ressuscité. Par le concept ‘‘uniquement par la grâce divine’’, on nous rappelle que c’est toujours Dieu qui prend l’initiative et qu’il précède toute réponse humaine, en même temps qu’il cherche à susciter cette réponse. La doctrine de la justification, par conséquent, exprime l’essence de l’existence humaine face à Dieu.

Jésus intercède pour nous comme médiateur auprès du Père et il lui demande l’unité de ses disciples «pour que le monde croie» (Jn 17, 21). C’est ce qui nous réconforte et nous encourage à nous unir à Jésus pour lui demander avec insistance: ‘‘Donne-nous le don de l’unité pour que le monde croie dans le pouvoir de ta miséricorde’’. C’est le témoignage que le monde attend de nous. Nous les chrétiens, nous serons un témoignage crédible de la miséricorde dans la mesure où le pardon, la rénovation et la réconciliation sont une expérience quotidienne au milieu de nous. Ensemble, nous pouvons annoncer et manifester de manière concrète et avec joie la miséricorde de Dieu, en défendant et en servant la dignité de chaque personne. Sans ce service au monde et dans le monde, la foi chrétienne est incomplète.

Luthériens et Catholiques, nous prions ensemble dans cette Cathédrale et nous sommes conscients qu’en dehors de Dieu nous ne pouvons rien faire; nous demandons son aide pour être des membres vivants unis à lui, ayant toujours besoin de sa grâce pour pouvoir porter ensemble sa Parole au monde, qui a besoin de sa tendresse et de sa miséricorde.

[01737-FR.01] [Texte original: Espagnol]

Traduzione in lingua tedesca

»Bleibt in mir, dann bleibe ich in euch« (Joh 15,4). Diese Worte, die Jesus im Rahmen des Letzten Abendmahls gesprochen hat, geben uns die Möglichkeit, uns an Christi Herz zu schmiegen kurz vor seiner endgültigen Hingabe am Kreuz. Wir können hören, wie sein Herz in Liebe zu uns pocht, und seinen sehnlichen Wunsch spüren, dass alle, die an ihn glauben, eins seien. Er sagt uns, dass er der wahre Weinstock ist und wir die Reben und dass wir, wenn wir Frucht bringen wollen, genauso mit ihm vereint sein müssen, wie er mit dem Vater vereint ist.

Bei diesem Gebetstreffen hier in Lund wollen wir unseren gemeinsamen Wunsch zum Ausdruck bringen, mit ihm vereint zu bleiben, um das Leben zu haben. Wir bitten ihn: „Herr, hilf uns mit deiner Gnade, damit wir enger mit dir verbunden sind, um gemeinsam Glaube, Hoffnung und Liebe wirkungsvoller zu bezeugen.“ Es ist auch ein Moment, Gott zu danken für die Anstrengungen vieler unserer Brüder und Schwestern verschiedener kirchlicher Gemeinschaften, die sich mit der Spaltung nicht abgefunden, sondern die Hoffnung auf die Versöhnung aller, die an den einen Herrn glauben, lebendig erhalten haben.

Wir Katholiken und Lutheraner haben begonnen, auf dem Weg der Versöhnung voranzugehen. Jetzt haben wir im Rahmen des gemeinsamen Gedenkens der Reformation von 1517 eine neue Chance, einen gemeinsamen Weg aufzunehmen, der sich in den letzten 50 Jahren im ökumenischen Dialog zwischen dem Lutherischen Weltbund und der Katholischen Kirche gebildet hat. Wir dürfen uns nicht mit der Spaltung und der Entfremdung abfinden, die durch die Teilung unter uns hervorgerufen wurden. Wir haben die Gelegenheit, einen entscheidenden Moment unserer Geschichte wiedergutzumachen, indem wir Kontroversen und Missverständnisse überwinden, die oft verhindert haben, dass wir einander verstehen konnten.

Jesus sagt uns, dass der Vater der Winzer ist (vgl. Joh 14,1), der den Weinstock pflegt und beschneidet, damit er mehr Frucht bringt (vgl. V. 2). Der Vater ist ständig um unsere Beziehung zu Jesus besorgt, um zu sehen, ob wir wirklich mit ihm eng verbunden sind (vgl. V. 4). Er schaut auf uns, und sein liebevoller Blick ermutigt uns, unsere Vergangenheit aufzuarbeiten und in der Gegenwart dafür zu arbeiten, dass jene Zukunft der Einheit, die er so ersehnt, Wirklichkeit wird.

Auch wir müssen liebevoll und ehrlich unsere Vergangenheit betrachten, Fehler eingestehen und um Vergebung bitten. Allein Gott ist der Richter. Mit der gleichen Ehrlichkeit und Liebe muss man zugeben, dass unsere Spaltung von dem ursprünglichen Empfinden des Gottesvolkes, das sich von Natur aus nach Einheit sehnt, weggeführt hat und in der Geschichte mehr durch Vertreter weltlicher Macht aufrecht erhalten wurde, als durch den Willen des gläubigen Volkes, das immer und überall der sicheren und liebevoll-sanften Führung durch seinen Guten Hirten bedarf. Allerdings gab es auf beiden Seiten den ehrlichen Willen, den wahren Glauben zu bekennen und zu verteidigen, doch wir sind uns auch bewusst, dass wir uns in uns selbst verschanzt haben aus Furcht oder Vorurteilen gegenüber dem Glauben, den die anderen mit einer anderen Akzentuierung und in einer anderen Sprache bekennen. Papst Johannes PaulII. sagte: Es »kann uns nicht die Absicht leiten, uns zu Richtern der Geschichte aufzuwerfen, sondern das Ziel darf einzig sein, besser zu erkennen und damit wahrheitsfähiger zu werden« (Botschaft an Kardinal Johannes Willebrands, Präsident des Sekretariats für die Einheit der Christen, 31. Oktober 1983). Gott ist der Eigentümer des Weinbergs und er pflegt und schützt ihn mit unermesslicher Liebe. Lassen wir uns durch den Blick Gottes innerlich anrühren – das Einzige, was er sich wünscht, ist, dass wir als lebendige Weinreben mit seinem Sohn Jesus verbunden bleiben. Mit dieser neuen Sicht der Vergangenheit beanspruchen wir nicht, eine undurchführbare Korrektur dessen zu verwirklichen, was geschehen ist, sondern wir beabsichtigen »diese Geschichte anders zu erzählen« (Lutherisch / Römisch-katholische Kommission für die Einheit, Vom Konflikt zur Gemeinschaft, 16 [Leipzig / Paderborn, 2013]).

Jesus erinnert uns: »Getrennt von mir könnt ihr nichts vollbringen « (Joh 15,5). Er ist es, der uns unterstützt und uns ermutigt, die Wege zu suchen, damit die Einheit eine immer sichtbarere Wirklichkeit wird. Zweifellos ist die Trennung eine ungeheure Quelle von Leiden und Missverständnissen gewesen, doch sie hat uns auch zu der ehrlichen Einsicht geführt, dass wir getrennt von Ihm nichts vollbringen können, und uns zugleich die Möglichkeit gegeben, einige Aspekte unseres Glaubens besser zu verstehen. Dankbar erkennen wir an, dass die Reformation dazu beigetragen hat, die Heilige Schrift mehr ins Zentrum des Lebens der Kirche zu stellen. Durch das gemeinsame Hören auf das Wort Gottes in der Schrift hat der Dialog zwischen der Katholischen Kirche und dem Lutherischen Weltbund, dessen fünfzigjähriges Bestehen wir feiern, wichtige Schritte zurückgelegt. Bitten wir den Herrn, dass sein Wort uns zusammenhalte, denn es ist ein Quell von Nahrung und Leben; ohne seine Inspiration können wir nichts vollbringen.

Die geistliche Erfahrung Martin Luthers hinterfragt uns und erinnert uns daran, dass wir ohne Gott nichts vollbringen können. „Wie bekomme ich einen gnädigen Gott?“ – das ist die Frage, die Luther ständig umtrieb. Tatsächlich ist die Frage nach der rechten Gottesbeziehung die entscheidende Frage des Lebens. Bekanntlich begegnete Luther diesem barmherzigen Gott in der Frohen Botschaft vom menschgewordenen, gestorbenen und auferstandenen Jesus Christus. Mit dem Grundsatz „Allein aus Gnade“ werden wir daran erinnert, dass Gott immer die Initiative ergreift und jeder menschlichen Antwort zuvorkommt, und zugleich, dass er versucht, diese Antwort auszulösen. Daher bringt die Rechtfertigungslehre das Wesen des menschlichen Daseins vor Gott zum Ausdruck.

Jesus tritt als Mittler für uns beim Vater ein und bittet ihn um die Einheit seiner Jünger, »damit die Welt glaubt« (Joh 17,21). Das ist es, was uns Kraft gibt und uns bewegt, uns Jesus anzuschließen, um den Vater nachdrücklich zu bitten: „Gewähre uns das Geschenk der Einheit, damit die Welt an die Macht deiner Barmherzigkeit glaubt.“ Das ist das Zeugnis, das die Welt von uns erwartet. Wir werden als Christen in dem Maße ein glaubwürdiges Zeugnis der Barmherzigkeit sein, in dem Vergebung, Erneuerung und Versöhnung unter uns eine tägliche Erfahrung ist. Gemeinsam können wir auf konkrete Weise und voll Freude die Barmherzigkeit Gottes verkünden und offenbaren, indem wir die Würde eines jeden Menschen verteidigen und ihr dienen. Ohne diesen Dienst an der Welt und in der Welt ist der christliche Glaube unvollständig.

Als Lutheraner und Katholiken beten wir gemeinsam in dieser Kathedrale und sind uns bewusst, dass wir getrennt von Gott nichts vollbringen können. Wir erbitten seine Hilfe, damit wir lebendige, mit ihm verbundene Glieder sind, immer seiner Gnade bedürftig, um gemeinsam sein Wort in die Welt zu tragen – in diese Welt, die seiner zärtlichen Liebe und seiner Barmherzigkeit so sehr bedarf.

[01737-DE.01] [Originalsprache: Spanisch]

Traduzione in lingua portoghese

«Permanecei em Mim, que Eu permaneço em vós» (Jo 15, 4). Estas palavras, pronunciadas por Jesus no contexto da Última Ceia, permitem-nos sondar o coração de Cristo pouco antes da sua doação definitiva na cruz. Podemos sentir as suas palpitações de amor por nós e o seu desejo de unidade para todos os que creem n’Ele. Diz-nos que Ele é a videira verdadeira, e nós os ramos; e, como Ele está unido ao Pai, assim devemos nós estar unidos a Ele, se quisermos dar fruto.

Neste encontro de oração, aqui em Lund, queremos manifestar o nosso desejo comum de permanecer unidos a Ele para termos vida. Pedimos-Lhe: «Senhor, com a vossa graça ajudai-nos a estar mais unidos a Vós para darmos, juntos, um testemunho mais eficaz de fé, esperança e caridade». É também um momento propício para dar graças a Deus pelo esforço de muitos irmãos nossos, de diferentes comunidades eclesiais, que não se resignaram com a divisão, mas mantiveram viva a esperança da reconciliação entre todos os que creem no único Senhor.

Nós, católicos e luteranos, começamos a caminhar juntos pela senda da reconciliação. Agora, no contexto da comemoração comum da Reforma de 1517, temos uma nova oportunidade para acolher um percurso comum, que se foi configurando ao longo dos últimos cinquenta anos no diálogo ecuménico entre a Federação Luterana Mundial e a Igreja Católica. Não podemos resignar-nos com a divisão e o distanciamento que a separação gerou entre nós. Temos a possibilidade de reparar um momento crucial da nossa história, superando controvérsias e mal-entendidos que impediram frequentemente de nos compreendermos uns aos outros.

Jesus diz-nos que o dono da vinha é o Pai (cf. 15, 1), que cuida dela e a poda para dar mais fruto (cf. 15, 2). O Pai preocupa-Se, sem cessar, com a nossa relação com Jesus, vendo se estamos verdadeiramente unidos a Ele (cf. 15, 4). Fixa-nos, e o seu olhar de amor anima-nos a purificar o nosso passado e a trabalhar no presente para realizar aquele futuro de unidade por que tanto anseia.

Também nós devemos olhar, com amor e honestidade, para o nosso passado e reconhecer o erro e pedir perdão, só Deus é o juiz. E, com a mesma honestidade e amor, temos de reconhecer que a nossa divisão se afastava da intuição originária do povo de Deus, cujo anélito é naturalmente estar unido, e, historicamente, foi perpetuada mais por homens de poder deste mundo do que por vontade do povo fiel, que sempre e em toda parte precisa de ser guiado, com segurança e ternura, pelo seu Bom Pastor. Entretanto havia, de ambos os lados, uma vontade sincera de professar e defender a verdadeira fé, mas estamos conscientes também de que nos fechamos em nós mesmos com medo ou preconceitos relativamente à fé que os outros professam com uma acentuação e uma linguagem diferentes. Dizia o Papa João Paulo II: «Não devemos deixar-nos guiar pelo intento de nos tornarmos árbitros da história, mas unicamente pela intenção de compreendermos melhor os acontecimentos e de sermos portadores da verdade» (Mensagem ao Cardeal Johannes Willebrands, Presidente do Secretariado para a União dos Cristãos, 31 de outubro de 1983). Deus é o dono da vinha, que a cuida e protege com imenso amor; deixemo-nos comover pelo olhar de Deus; tudo o que Ele deseja é que permaneçamos como ramos vivos unidos ao seu Filho Jesus. Com este novo olhar ao passado, não pretendemos fazer uma correção inviável do que aconteceu, mas «contar essa história de maneira diferente» (Comissão Luterana-Católica Romana para a Unidade, Do conflito à comunhão, 17 de junho de 2013, 16).

Jesus recorda-nos: «Sem Mim, nada podeis fazer» (15, 5). É Ele que nos sustenta e encoraja a procurar os modos para tornar a unidade uma realidade cada vez mais evidente. Sem dúvida, a separação foi uma fonte imensa de sofrimentos e incompreensões; mas ao mesmo tempo levou-nos a tomar consciência sinceramente de que, sem Ele, nada podemos fazer, dando-nos a possibilidade de compreender melhor alguns aspetos da nossa fé. Com gratidão, reconhecemos que a Reforma contribuiu para dar maior centralidade à Sagrada Escritura na vida da Igreja. Através da escuta comum da Palavra de Deus nas Escrituras, o diálogo entre a Igreja Católica e a Federação Luterana Mundial, cujo cinquentenário celebramos, deu passos importantes. Peçamos ao Senhor que a sua Palavra nos mantenha unidos, porque Ela é fonte de alimento e vida; sem a sua inspiração, nada podemos fazer.

A experiência espiritual de Martinho Lutero interpela-nos lembrando-nos que nada podemos fazer sem Deus. «Como posso ter um Deus misericordioso?» Esta é a pergunta que constantemente atormentava Lutero. Na verdade, a questão da justa relação com Deus é a questão decisiva da vida. Como é sabido, Lutero descobriu este Deus misericordioso na Boa Nova de Jesus Cristo encarnado, morto e ressuscitado. Com o conceito «só por graça divina», recorda-nos que Deus tem sempre a iniciativa e que precede qualquer resposta humana inclusive no momento em que procura suscitar tal resposta. Assim, a doutrina da justificação exprime a essência da existência humana diante de Deus.

Jesus intercede por nós como mediador junto do Pai, pedindo-Lhe a unidade dos seus discípulos para que «o mundo creia» (Jo 17, 21). É isto que nos conforta e impele a unir-nos a Jesus para implorar o Pai com insistência: «Concedei-nos o dom da unidade, para que o mundo creia na força da vossa misericórdia». Este é o testemunho que o mundo espera de nós. E nós, cristãos, seremos testemunhas credíveis da misericórdia, na medida em que o perdão, a renovação e a reconciliação forem uma experiência diária entre nós. Juntos, podemos anunciar e manifestar, de forma concreta e com alegria, a misericórdia de Deus, defendendo e servindo a dignidade de cada pessoa. Sem este serviço ao mundo e no mundo, a fé cristã é incompleta.

Nós, luteranos e católicos, rezamos juntos nesta Catedral e estamos conscientes de que, sem Deus, nada podemos fazer; pedimos o seu auxílio para sermos membros vivos unidos a Ele, sempre carecidos da sua graça para podermos levar, juntos, a sua Palavra ao mundo, que tem necessidade da sua ternura e misericórdia.

[01737-PO.01] [Texto original: Espanhol]

Traduzione in lingua svedese

Bli kvar i mig, så blir jag kvar i er” (Joh 15:4). Dessa ord som Jesus säger vid den sista nattvarden ger oss en inblick i Kristi hjärta kort före hans slutgiltiga självutgivelse på korset. Vi kan förnimma hur hans hjärta slår av kärlek till oss och hur han längtar efter enhet för alla som tror på honom. Han säger till oss att han är den sanna vinstocken och att vi är grenarna; och att vi, om vi vill bära frukt, måste vara förenade med honom såsom han är förenad med Fadern.

När vi nu möts här i Lund för att be tillsammans, vill vi uttrycka vår gemensamma längtan efter att förbli förenade med honom för att ha liv. Vi ber honom: "Herre, hjälp oss att genom din nåd vara mer förenade med dig för att tillsammans kunna ge ett mer effektivt vittnesbörd om tron, hoppet och kärleken". Det är också ett tillfälle att tacka Gud för att så många av våra bröder och systrar från olika kyrkliga samfund inte har resigneratinför splittringen, utan ansträngt sig för att upprätthålla hoppet om försoning bland alla dem som tror på den ende Herren.

Vi katoliker och lutheraner har påbörjat vandringen tillsammans på försoningens väg. Nu, i samband med det gemensamma minnet av reformationen 1517, har vi ett nytt tillfälle att tillsammans slå in på en väg som hartagit form under de senaste femtio åren i den ekumeniska dialogen mellanLutherska världsförbundetoch den katolska kyrkan. Vi får inte resignera inför oenigheten och avståndet som kyrkosplittringen har skapat mellan oss. Nu har vi möjlighet att reparera en avgörande etapp av vår historia, att övervinna motsättningar och missförstånd som ofta har hindrat oss från att förstå varandra.

Jesus säger till oss att Fadern är vinodlaren (jfr v. 1), som vårdar och ansar grenarna för att de ska bära mer frukt (jfr v. 2). Fadern har ständig omsorg om vår relation med Jesus, för att se om vi verkligen är förenade med honom (jfr v. 4). Han ser på oss, och hans kärleksfulla blick uppmuntrar oss att rena vårt förflutna och arbeta i nuet för att den framtidaenhet som han längtar efter ska bli verklighet.

Också vi måste betrakta vårt förflutna kärleksfullt och uppriktigt, erkänna våra fel och be om förlåtelse. Gud är den ende domaren. Med samma kärlek och uppriktighet behöver vi erkänna attsplittringen mellan oss avvek från den ursprungliga intuitionen hos Guds folk, som av naturen söker att vara tillsammans, och att den historiskt sett har vidmakthållits snarare av denna världens makthavare än av det troende folkets vilja: detta folk som alltid och överallt är i behov av sin Gode Herdes trygga och ömma ledning. Hos båda parterna fanns det också en uppriktig vilja att bekänna och försvara den sanna tron. Men vi är också medvetna om att vi har slutit oss i oss själva av rädsla eller fördomar mot de andras sätt att bekänna tron, som betonar andra saker och har ett annat språkbruk. Påven Johannes Paulus II sade: "Vi får inte låta oss styras av en önskan att göra oss själva till domare över historien, utan enbart sträva efter att bättre förstå det som har hänt och bli bärare av sanningen" (Budskap till kardinal Johannes Willebrands,prefekt för Påvliga rådet för de kristnas enhet, 31 oktober 1983). Gud är vingårdens herre, som vårdar och skyddar den med ofantlig kärlek. Låt oss beröras av hans blick;det enda han vill är att vi ska bli kvar som levande grenar i hans Son Jesus. När vi betraktar det förflutna på ett nytt sätt försöker vi inte att ändra det som har hänt, vilket vore omöjligt, utan att "berätta den delen av historien på ett annat sätt" (Lutherska–romersk-katolska enhetskommissionen, Från konflikt till gemenskap, 17 juni 2013, 16).

Jesus påminner oss: ”Utan mig kan ni ingenting göra” (v. 5). Det är han som bär oss och sporrar oss att finna sätt att göra enheten till en alltmer uppenbar verklighet. Utan tvekan har kyrkosplittringen varit en enorm källa till lidande och missförstånd. Men den har också lett oss till att erkänna att vi inte kan göra någonting utan honom och gett oss möjligheten att bättre förstå vissa aspekter av vår tro. Med tacksamhet erkänner vi att reformationen har bidragit till att ge den Heliga Skriften en mer central roll i Kyrkans liv. Vi firar femtio år av dialog mellan katolska Kyrkan och de lutherska kyrkorna i Lutherska världsförbundet; och genom att vi tillsammans har lyssnat till Guds ord i Skriften har denna dialog gjort betydande framsteg. Låt oss be Herren låta hans Ord bevara enheten mellan oss, ty hans Ord är en källa till näring och liv. Utan att inspireras av det kan vi ingenting göra.

Martin Luthers andliga erfarenhet talar till oss och påminner oss att vi inte kan göra någonting utan Gud. ”Hur ska jag finna en nådig och barmhärtig Gud?” Detta är frågan som ständigt upptog Luthers tankar. Frågan om vad som är den rätta relationen med Gud är verkligen den avgörande frågan i vårt liv. Vi vet att Luther fann denne barmhärtige Gud i det glada budskapet om Jesus Kristus, som blev människa, dog och uppstod från de döda. Begreppet "av Guds nåd allena" påminner oss att Guds initiativ alltid kommer först och föregår allt mänskligt gensvar, samtidigt som han söker att väcka gensvar hos oss. Läran om rättfärdiggörelsen uttrycker därför kärnan i människans situation inför Gud.

Jesus för vår talan som förmedlare inför Fadern och ber honom om enhet för sina lärjungar "för att världen skall tro" (Joh 17:21). Det är detta som ger oss styrka och tröst och inspirerar oss att enträget be honom: "Ge oss enhetens gåva för att världen skall tro på din barmhärtighets kraft”. Detta är det vittnesbörd som världen hoppas på från oss. I den mån vår dagliga erfarenhet präglas av förlåtelse, förnyelse och försoning blir vi kristna trovärdiga vittnen om barmhärtigheten. Tillsammans kan vi på ett konkret sätt och med glädje förkunna och göra Guds barmhärtighet uppenbar genom att försvara och tjäna varje människas värdighet. Utan denna tjänst för världen och i världen förblir den kristna tron ofullständig.

Vi ber tillsammans i denna domkyrka, katoliker och lutheraner, medvetna om att vi inte kan göra någonting utan Gud. Vi ber honom om hjälp att vara förenade med Honom som hans levande lemmar. Ständigt behöver vi hans nåd för att tillsammans kunna föra ut hans Ord i världen, som är i sådant behov av hans ömhet och barmhärtighet.

[01737-SV.01] [Original text: Spanish]

Al termine della Preghiera Ecumenica Comune, il Papa, dopo essere uscito dalla Cattedrale di Lund, si è congedato dai Reali di Svezia.

Quindi, è salito a bordo di un minivan con il Vescovo Munib Yunan, Presidente della LWF, il Rev. Martin Junge, Segretario Generale della LWF e il Card. Kurt Koch, Presidente del Pontificio Consiglio per la Promozione dell’Unità dei Cristiani per raggiungere insieme la Malmö Arena per l’Evento Ecumenico.

[B0782-XX.02]