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Messaggio del Santo Padre al Direttore Generale della FAO in occasione della Giornata Mondiale dell’Alimentazione 2016, 14.10.2016


Messaggio del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

In occasione della Giornata Mondiale dell’Alimentazione, che quest’anno ha per tema Il clima sta cambiando. L’alimentazione e l’agricoltura anche, il Santo Padre Francesco ha inviato un Messaggio al Direttore Generale dell’Organizzazione delle Nazioni Unite per l’Alimentazione e l’Agricoltura (F.A.O.), Signor José Graziano da Silva.
Il Messaggio, che riportiamo di seguito, è stato letto questa mattina da Mons. Fernando Chica Arellano, Osservatore Permanente della Santa Sede presso la FAO, in occasione della Cerimonia inaugurale per la Giornata mondiale dell’Alimentazione svoltasi presso la Sede FAO di Roma:

Messaggio del Santo Padre

Al Profesor José Graziano da Silva
Director General de la FAO

Muy ilustre Señor:

1. El que la FAO haya querido dedicar la actual Jornada Mundial de la Alimentación al tema «El clima está cambiando. La alimentación y la agricultura también», nos lleva a considerar la dificultad añadida que supone para la lucha contra el hambre la presencia de un fenómeno complejo como el del cambio climático. Con el fin de hacer frente a los retos que la naturaleza plantea al hombre y el hombre a la naturaleza (cf. Enc. Laudato si’, 25), me permito ofrecer algunas reflexiones a la consideración de la FAO, de sus Estados miembros y de todas las personas que participan en su actividad.

¿A qué se debe el cambio climático actual? Tenemos que cuestionarnos sobre nuestra responsabilidad individual y colectiva, sin recurrir a los fáciles sofismas que se esconden tras los datos estadísticos o las previsiones contradictorias. No se trata de abandonar el dato científico, que es más necesario que nunca, sino de ir más allá de la simple lectura del fenómeno o de la enumeración de sus múltiples efectos.

Nuestra condición de personas necesariamente relacionadas y nuestra responsabilidad de custodios de la creación y de su orden, nos obligan a remontarnos a las causas de los cambios que están ocurriendo e ir a su raíz. Hemos de reconocer, ante todo, que los diferentes efectos negativos sobre el clima tienen su origen en la conducta diaria de personas, comunidades, pueblos y Estados. Si somos conscientes de esto, no bastará la simple valoración en términos éticos y morales. Es necesario intervenir políticamente y, por tanto, tomar las decisiones necesarias, disuadir o fomentar conductas y estilos de vida que beneficien a las nuevas y a las futuras generaciones. Sólo entonces podremos preservar el planeta.

Las acciones que hay que realizar han de estar adecuadamente planificadas y no pueden ser el resultado de las emociones o los motivos de un instante. Es importante programarlas. En este cometido, las instituciones, llamadas a trabajar juntas, tienen un papel esencial, ya que las acciones individuales, si bien son necesarias, sólo son eficaces si se integran en una red compuesta de personas, entidades públicas y privadas, estructuras nacionales e internacionales. Esta red, sin embargo, no puede quedar en el anonimato; esta red tiene el nombre de fraternidad y debe actuar en virtud de su solidaridad fundamental.

2. Todas las personas que trabajan en el campo, en la ganadería, en la pesca artesanal, en los bosques, o viven en zonas rurales en contacto directo con los efectos del cambio climático, experimentan que, si el clima cambia, también sus vidas cambian. Su diario acontecer se ve afectado por situaciones difíciles, a veces dramáticas, el futuro es cada vez más incierto y así se abre camino la idea de abandonar casas y afectos. Prevalece una sensación de abandono, de sentirse olvidados por las instituciones, privados de la ayuda que puede aportar la técnica, así como de la justa consideración por parte de todos los que nos beneficiamos de su trabajo.

De la sabiduría de las comunidades rurales podemos aprender un estilo de vida que nos puede ayudar a defendernos de la lógica del consumo y de la producción a toda costa; lógica que, envuelta en buenas justificaciones, como el aumento de la población, en realidad sólo busca aumentar los beneficios. En el sector del que se ocupa la FAO está creciendo el número de los que piensan que son omnipotentes y pueden pasar por alto los ciclos de las estaciones o modificar indebidamente las diferentes especies de animales y plantas, provocando la pérdida de esa variedad que, si existe en la naturaleza, significa que tiene ―y ha de tener― una función. Obtener una calidad que da excelentes resultados en el laboratorio puede ser ventajoso para algunos, pero puede tener efectos desastrosos para otros. Y el principio de precaución no es suficiente, porque muy a menudo se limita a impedir que se haga algo, mientras que lo que se necesita es actuar con equilibrio y honestidad. Seleccionar genéticamente un tipo de planta puede dar resultados impresionantes desde un punto de vista cuantitativo, pero, ¿nos hemos preocupado de las tierras que perderán su capacidad de producir, de los ganaderos que no tendrán pastos para su ganado, y de los recursos hídricos que se volverán inutilizables? Y, sobre todo, ¿nos hemos preguntado si ―y en qué medida― contribuirán a cambiar el clima?

Por tanto, no precaución sino sabiduría. Esa que los campesinos, los pescadores, los ganaderos conservan en la memoria de las generaciones, y que ahora ven cómo está siendo ridiculizada y olvidada por un modelo de producción que sólo beneficia a pequeños grupos y a una pequeña porción de la población mundial. Recordemos que se trata de un modelo que, con toda su ciencia, consiente que cerca de ochocientos millones de personas todavía pasen hambre.

3. La cuestión se refleja directamente en las emergencias diarias que las instituciones intergubernamentales, como la FAO, están llamadas a afrontar y tratar, conscientes de que el cambio climático no pertenece exclusivamente a la esfera de la meteorología. No podemos olvidar que es también el clima el que contribuye a que la movilidad humana sea imparable. Los datos más recientes nos dicen que cada vez son más los emigrantes climáticos, que pasan a engrosar las filas de esa caravana de los últimos, de los excluidos, de aquellos a los que se les niega tener incluso un papel en la gran familia humana. Un papel que no puede ser otorgado por un Estado o por un estatus, sino que le pertenece a cada ser humano en cuanto persona, con su dignidad y sus derechos.

Ya no basta impresionarse y conmoverse ante quien, en cualquier latitud, pide el pan de cada día. Es necesario decidirse y actuar. Muchas veces, también en cuanto Iglesia Católica, hemos recordado que los niveles de producción mundial son suficientes para garantizar la alimentación de todos, a condición de que haya una justa distribución. Pero, ¿podemos continuar todavía en esta dirección, cuando la lógica del mercado sigue otros caminos, llegando incluso a tratar los productos básicos como una simple mercancía, a usar cada vez más los alimentos para fines distintos al consumo humano, o a destruir alimentos simplemente porque son muchos y se buscan más las ganancias, en vez de atender a las necesidades? En efecto, sabemos que el mecanismo de la distribución se queda en teoría si los hambrientos no tienen un acceso efectivo a los alimentos, si siguen dependiendo de la ayuda externa, más o menos condicionada, si no se crea una relación adecuada entre la necesidad alimenticia y el consumo y, no menos importante, si no se elimina el desperdicio y se reducen las pérdidas de alimentos.

Todos estamos llamados a cooperar en este cambio de rumbo: los responsables políticos, los productores, los que trabajan en el campo, en la pesca y en los bosques, y todos los ciudadanos. Por supuesto, cada uno en sus ámbitos de responsabilidad, pero todos con la misma función de constructores de un orden interno en las Naciones y un orden internacional, que consienta que el desarrollo no sea solo prerrogativa de unos pocos, ni que los bienes de la creación sean patrimonio de los poderosos. Las posibilidades no faltan, y los ejemplos positivos, las buenas prácticas, nos proporcionan experiencias que se pueden seguir, compartir y difundir.

4. La voluntad de actuar no puede depender de las ventajas que se puedan obtener, sino que es una exigencia que está unida a las necesidades que surgen en la vida de las personas y de toda la familia humana. Necesidades materiales y espirituales, pero en cualquier caso reales, que no son el resultado de la decisión de unos pocos, de las modas o de estilos de vida que convierten a la persona en un objeto, a la vida humana en un instrumento, incluso de experimentación, y a la producción de alimentos en un mero negocio económico, al que hay que sacrificar hasta el alimento disponible, cuya finalidad natural es conseguir que todo el mundo tenga cada día una alimentación suficiente y saludable.

Estamos muy cerca de la nueva fase que convocará en Marrakech a los Estados Miembros de la Convención sobre el Cambio Climático para poner en práctica sus compromisos. Creo interpretar el deseo de muchos al pedir que los objetivos recogidos en el Acuerdo de París no queden en bellas palabras, sino que se concreten en decisiones valientes para que la solidaridad no sea sólo una virtud, sino también un modelo operativo en la economía, y que la fraternidad ya no sea una simple aspiración, sino un criterio de gobernabilidad nacional e internacional.

Estas son, Señor Director General, algunas reflexiones que quisiera hacerle llegar en este momento en el que se avecinan preocupaciones, agitaciones y tensiones causadas también por la cuestión del clima, que está cada vez más presente en nuestra vida cotidiana y que grava, ante todo, sobre las condiciones de vida de muchos de nuestros hermanos y hermanas más vulnerables y marginados. Que el Todopoderoso bendiga sus esfuerzos al servicio de toda la humanidad.

Vaticano, 14 de octubre de 2016

FRANCISCO

[01640-ES.01] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Al Professor José Graziano da Silva
Direttore Generale della FAO

Illustrissimo Signore,

1. La circostanza che la FAO abbia voluto dedicare l’odierna Giornata Mondiale dell’Alimentazione al tema “Il clima sta cambiando. L’alimentazione e l’agricoltura anche”, ci porta a considerare la lotta contro la fame come un obiettivo ancora più difficile da raggiungere, in presenza di un fenomeno complesso come i cambiamenti climatici. Nella logica di affrontare le sfide che la natura pone all’uomo e l’uomo pone alla natura (cfr Enc. Laudato si’, 25), mi permetto di sottoporre alla considerazione della FAO, dei suoi Stati Membri e di quanti partecipano alla sua azione alcune riflessioni.

A che cosa è dovuto l’attuale cambiamento climatico? Dobbiamo interrogarci sulle nostre responsabilità singole e collettive senza ricorrere a facili sofismi che si nascondono dietro dati statistici o previsioni discordanti. Non si tratta di abbandonare il dato scientifico di cui abbiamo più che mai bisogno, ma di andare oltre la sola lettura del fenomeno o il contabilizzarne i molteplici effetti.

La nostra condizione di persone necessariamente in relazione e la nostra responsabilità di custodi del creato e del suo ordine ci impongono di risalire alle cause dei cambiamenti in atto e di andare alla radice. Dobbiamo anzitutto ammettere che i diversi effetti negativi sul clima derivano dai comportamenti quotidiani di persone, comunità, popoli e Stati. Se abbiamo coscienza di questo, la sola valutazione in termini etici e morali non basta. È necessario agire politicamente e cioè operare le scelte necessarie, scoraggiare oppure promuovere comportamenti e stili di vita, a vantaggio delle nuove generazioni e di quelle che verranno. Solo così possiamo preservare il pianeta.

Gli interventi da attuare vanno adeguatamente progettati e non possono essere frutto dell’emotività o delle ragioni di un momento. È importante programmarli. In questo lavoro assumono un ruolo essenziale le istituzioni chiamate a operare insieme, dal momento che l’azione dei singoli, pur necessaria, diventa efficace solo se inquadrata in una rete fatta di persone, entità pubbliche e private, apparati nazionali e internazionali. Questa rete però non può restare anonima, questa rete ha il nome di fraternità e deve agire in base alla sua fondamentale solidarietà.

2. Quanti sono impegnati nel lavoro dei campi, dell’allevamento, della piccola pesca, delle foreste, o vivono nella aree rurali a diretto confronto con gli effetti dei cambiamenti climatici, sperimentano che, se il clima cambia, anche la loro vita cambia. Sulla loro quotidianità si abbattono situazioni difficili, a volte drammatiche, il futuro diventa sempre più incerto e così si fa strada il pensiero di abbandonare case ed affetti. Prevale il senso di abbandono, il sentirsi dimenticati dalle istituzioni, privati degli apporti che possono derivare dalla tecnica, e anche della giusta considerazione da parte di tutti noi che beneficiamo del loro lavoro.

Dalla saggezza delle comunità rurali possiamo apprendere uno stile di vita che può aiutare a difendersi dalla logica del consumo e della produzione ad ogni costo, logica che, ammantandosi di buone giustificazioni, come l’aumento della popolazione, in realtà mira solo all’aumento dei profitti. Nel settore in cui opera la FAO, sta crescendo il numero di quanti pensano ormai di essere onnipotenti e di poter trascurare i cicli delle stagioni o modificare impropriamente le diverse specie animali e vegetali, facendo perdere quella varietà che, se esiste in natura, vuol dire che ha – e deve avere – il suo ruolo. Produrre qualità che in laboratorio danno ottimi risultati, può essere vantaggioso per alcuni, ma avere effetti rovinosi per altri. E il principio di precauzione non basta, perché molto spesso si limita a non permettere di fare qualcosa, mentre c’è bisogno di agire con equilibrio e onestà. Selezionare geneticamente una qualità di pianta può dare risultati impressionanti dal punto di vista quantitativo, ma abbiamo tenuto conto dei terreni che perderanno la loro capacità di produrre, degli allevatori che non avranno pascolo per il loro bestiame, e di quante risorse acquifere diventeranno inservibili? E soprattutto, ci siamo chiesti se e in che misura concorreremo a modificare il clima?

Non precauzione, dunque, ma saggezza! Quella che contadini, pescatori, allevatori conservano nella memoria di generazioni e che oggi vedono derisa e dimenticata da un modello di produzione che è a tutto vantaggio di gruppi ristretti e di un’esigua porzione della popolazione mondiale. Ricordiamoci che si tratta di un modello che, con tutta la sua scienza, permette che circa ottocento milioni di persone soffrano ancora la fame.

3. La questione ha i suoi riflessi diretti nelle emergenze che quotidianamente Istituzioni intergovernative come la FAO sono chiamate ad affrontare e gestire, ben coscienti che i cambiamenti climatici non appartengono esclusivamente alla sfera della meteorologia. Come dimenticare che a rendere inarrestabile la mobilità umana concorre anche il clima? II dati più recenti ci dicono che i migranti climatici sono sempre più numerosi e vanno ad ingrossare le fila di quella carovana degli ultimi, degli esclusi, di coloro a cui è negato anche di avere un ruolo nella grande famiglia umana. Un ruolo che non può essere concesso da uno Stato o da uno status, ma che appartiene ad ogni essere umano in quanto persona, con la sua dignità e i suoi diritti.

Impressionarsi e commuoversi davanti a chi, ad ogni latitudine, chiede il pane quotidiano, non è più sufficiente. Sono necessarie scelte e azioni. Molte volte, anche come Chiesa Cattolica, abbiamo ricordato che i livelli di produzione mondiale permettono di assicurare alimenti per tutti, purché ci sia un’equa distribuzione. Ma possiamo ancora continuare su questa linea, se poi le logiche di mercato seguono altre strade giungendo a fare dei prodotti agricoli una merce qualsiasi, ad usare sempre più il cibo per scopi non alimentari o a distruggere alimenti per il solo fatto che sono in eccesso rispetto al profitto e non ai bisogni? Sappiamo, infatti, che il meccanismo della distribuzione rimane teorico se gli affamati non hanno un accesso effettivo agli alimenti, se continuano a dipendere da apporti esterni più o meno condizionati, se non si crea un corretto rapporto tra fabbisogno e consumo e, non ultimo, se non si eliminano gli sprechi e non si riducono le perdite di cibo.

A questo mutamento di rotta siamo tutti chiamati a cooperare: responsabili politici, produttori, lavoratori della terra, della pesca e delle foreste, ed ogni cittadino. Certo, ognuno nelle diverse responsabilità, ma tutti nel medesimo ruolo di costruttori di un ordine interno alle Nazioni e di un ordine internazionale che non permettano più che lo sviluppo sia appannaggio di pochi, né che i beni del creato siano patrimonio dei potenti. Le possibilità non mancano e gli esempi positivi, le buone pratiche, ci mettono a disposizione esperienze che possono essere percorse, condivise e diffuse.

4. La volontà di operare non può dipendere dai vantaggi che ne possono derivare, ma è un’esigenza legata ai bisogni che si manifestano nella vita delle persone e dell’intera famiglia umana. Bisogni materiali e spirituali, ma comunque reali, non frutto delle scelte di pochi, di mode del momento o di modelli di vita che fanno della persona un oggetto, della vita umana uno strumento, anche di sperimentazione, e della produzione di alimenti un mero affare economico, a cui sacrificare addirittura il cibo disponibile, destinato per natura a far sì che ognuno possa avere ogni giorno alimenti sufficienti e sani.

Siamo ormai prossimi alla nuova tappa che a Marrakech chiamerà gli Stati Parte della Convenzione sui cambiamenti climatici a dare attuazione a quegli impegni. Penso di interpretare il desiderio di tanti nell’auspicare che gli obiettivi delineati dall’Accordo di Parigi non rimangano belle parole, ma si trasformino in decisioni coraggiose capaci di fare della solidarietà non soltanto una virtù, ma anche un modello operativo in economia, e della fraternità non più un’aspirazione, ma un criterio della governance interna e internazionale.

Sono queste, Signor Direttore Generale, alcune riflessioni che desidero farLe giungere in questo momento, nel quale si affacciano preoccupazioni, trepidazioni e tensioni causate anche da una questione climatica che è sempre più presente nella nostra quotidianità e pesa sulle condizioni di vita anzitutto di tanti nostri fratelli e sorelle tra i più vulnerabili ed emarginati. Voglia l’Onnipotente benedire i vostri sforzi a servizio dell’intera umanità.

Dal Vaticano, 14 ottobre 2016

FRANCESCO

[01640-IT.01] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

To Professor José Graziano da Silva
Director General of the FAO

Illustrious Sir,

1. The fact that the FAO has chosen to devote today’s World Food Day to the theme “Climate is changing. Food and agriculture must too”, leads us to consider the struggle against hunger as an even more difficult objective to attain in the presence of a complex phenomenon such as climate change. With regard to facing the challenges that nature poses to man, and that man poses to nature (cf. Enc. Laudato si’, 25), I would like to submit some reflections to the consideration of the FAO, its Member States and those who participate in its activity.

What is the cause of the current climate change? We must question our individual and collective responsibilities, without resorting to the facile sophistry that hides behind statistical data or conflicting predictions. This does not mean abandoning the scientific data we need more than ever, but rather going beyond merely interpreting the phenomenon or recording its many effects.

Our condition as people who are necessarily in relation to one another, and our responsibility as the guardians of creation and its order, require us to retrace the causes of the current changes and to go to their root. First and foremost, we must admit that the many negative effects on the climate derive from the daily behaviour of people, communities, populations and States. If we are aware of this, a mere evaluation in ethical and moral terms is not sufficient. It is necessary to act politically and therefore to make the necessary decisions, to discourage or promote certain behaviours and lifestyles, for the sake of the new generations and those to come. Only in this way can we preserve the planet.

The responses to be put into effect must be suitably planned, and cannot be the fruit of emotion or fleeting motives. It is important to plan them. In this task, an essential role is played by the institutions called upon to work together, inasmuch as the action of individuals, while necessary, becomes effective only if framed in a network made up of people, public and private bodies, and national and international apparatuses. This network, however, cannot remain anonymous; this network is fraternity, and must act on the basis of its fundamental solidarity.

2. Those who are engaged in work in the fields, in farming, in small-scale fishing, or in the forests, or those who live in rural areas in direct contact with the effects of climate change, are aware that if the climate changes, their life changes too. Their daily lives are affected by difficult or at times dramatic situations, the future becomes increasingly uncertain and in this way the thought of abandoning homes and loved ones begins to arise. There is a prevalent sense of abandonment, the feeling of being abandoned by institutions, deprived of possible technical contributions or even of just consideration on the part of all those of us who benefit from their work.

From the wisdom of rural communities we can learn a style of life that can help defend us from the logic of consumerism and production at any cost, a logic that, cloaked in good justifications, such as the increasing population, is in reality aimed solely at the increase of profit. In the sector in which the FAO works, there is a growing number of people who believe they are omnipotent, or able to ignore the cycles of the seasons and to improperly modify the various animal and plant species, leading to the loss of variety that, if it exists in nature, has and must have its role. Producing qualities that may give excellent results in the laboratory may be advantageous for some, but have ruinous effects for others. And the principle of caution is not enough, as very often it is limited to not allowing something to be done, whereas there is a need to act in a balanced and honest way. Genetic selection of a quality of plant may produce impressive results in terms of yield, but have we considered the terrain that loses its productive capacity, farmers who no longer have pasture for their livestock, and water resources that become unusable? And above all, do we ask if and to what extent we contribute to altering the climate?

Not precaution, then, but wisdom: what peasants, fisherman and farmers conserve in memory handed down through the generations and which is now derided and forgotten by a model of production that is entirely to the advantage of a limited group and a tiny portion of the world population. Let us remember that it is a model which, despite all its science, allows around eight hundred million people to continue to go hungry.

3. The issue is directly reflected in the emergencies that intergovernmental institutions such as the FAO are called upon to confront and manage on a daily basis, well aware that climate changes do not belong exclusively to the sphere of meteorology. How can we forget that climate contributes to making human mobility unstoppable? The most recent data tell us that there is increasing migration for climatic reasons, swelling the numbers of that convoy of the least, the excluded, those who are denied a role in the great human family. A role that cannot be granted by a State or by a status, but which belongs to every human being by virtue of being a person, with his or her dignity and rights.

It is not enough to be upset or moved by those who, at every latitude, ask for their daily bread. Decisions and action are needed. Very often, also as the Catholic Church, we have reiterated that the level of world production is sufficient to ensure food for all, provided that distribution is equitable. But can we still continue along this line, if market logic follows other routes, to the point of making food products a commodity like any other, to use produce increasingly for non-food uses, or to destroy food for the simple fact that there is excess in relation to profit and not to need? Indeed, we know that the mechanism of distribution remains theoretical if the hungry do not have effective access to foodstuffs, and if they continue to depend upon more or less conditional external support, if the correct relationship is not established between need and consumption, and not least, if waste is not eliminated and food loss is not reduced.

We are all required to cooperate in this change of course: political decision-makers, producers, those who work the land, fisheries and forests, and every citizen. Certainly, each one with his or her different responsibilities, but all in the same role of constructors of an internal order within nations and an international order that no longer permits that development be the prerogative of the few, nor that the goods of creation be the patrimony of the powerful. There is no lack of possibilities or positive examples and good practices that make available to us the experiences that can be followed, shared and spread.

4. The wish to act cannot depend upon the advantages that may derive from it, but is instead a requirement linked to the needs that are manifest in the lives of people and of the entire human family. Material and spiritual needs, but in any case real, not the fruit of the decisions of the few, of the fashions of the moment or models of life that make the person an object, human life a tool, even for experimentation, and the production of food a mere economic affair, to which it is possible to sacrifice even the food that is available, destined by its nature to ensure that every person may have a sufficient quantity of healthy food every day.

We are now close to the new phase that in Marrakech will call all States Parties to the Convention on climate change to give effect to these commitments. I echo the desire of many in expressing my hope that the objectives outlined by the Paris Agreement do not remain simply as good words, but rather that they are transformed into courageous decisions able to make solidarity not only a virtue but also a working model in economics, and fraternity no longer an aspiration but a criterion for domestic and international governance.

These, Mr. Director General, are some reflections I wish to extend to you at this moment, in which there are concerns, trepidations and tensions caused also by the climate question which is increasingly present in our daily lives and has an impact on the living conditions of so many of our brothers and sisters, including the most vulnerable and marginalised. May the Almighty bless your efforts in the service of humanity as a whole.

From Vatican City, 14 October 2016

FRANCIS

[01640-EN.01] [Original text: Spanish - working translation]