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Omelia del Cardinale Segretario di Stato nel corso della Liturgia della Parola in occasione della firma dell’“Accordo Finale” tra il Governo della Colombia e le FARC-EP (Cartagena delle Indie, 26 settembre 2016), 27.09.2016


Omelia del Card. Pietro Parolin

Traduzione in lingua italiana

 

Omelia del Card. Pietro Parolin

Señor Presidente de la República de Colombia, Doctor Juan Manuel Santos Calderón,
Señores Jefes de Estado y de Gobierno,
Su Majestad el Rey Don Juan Carlos,
Señores Ministros y Señores Jefes de las Delegaciones aquí presentes,
Distinguidas Autoridades colombianas y de otros países,
Queridos Hermanos y Hermanas en el Señor,

Deseo, en primer lugar, transmitir la cercanía del Papa Francisco al querido pueblo colombiano y sus Autoridades, especialmente en la presente circunstancia de la firma del Acuerdo Final entre el Gobierno de Colombia y la FARC-EP. El Santo Padre ha seguido con gran atención los esfuerzos de estos últimos años, en la búsqueda de la concordia y de la reconciliación. Varias veces ha animado estos esfuerzos, sin tomar parte en las soluciones concretas que han sido negociadas, y sobre las cuales decidirán, de manera libre, informada y en conciencia, los propios ciudadanos. El Papa siempre ha animado al respeto de los derechos humanos y de los valores cristianos que se hallan en el centro de la cultura colombiana.

Creo que todos los que estamos aquí presentes somos conscientes que, en el fondo, estamos sí al final de una negociación, pero también al inicio de un proceso, todavía abierto, de cambio, que requiere el aporte y el respeto de todos los colombianos.

Nos hemos reunido para esta Liturgia de la Palabra, en el sugestivo escenario de Cartagena de Indias, cuyo devenir en el tiempo representa, de algún modo, la historia misma de este país. Hace más de 350 años, en el antiguo puerto de Cartagena, san Pedro Claver consumió su vida con admirable abnegación y eximia caridad en favor de los esclavos traídos de África.

Podríamos decir que, como hace siglos los esclavos y mercaderes se dirigían a puerto enfermos y maltratados, hoy muchos colombianos viajan desarraigados y adoloridos, con la dignidad herida o arrebatada. Han pasado tormentas y oscuros nubarrones, sin perder la esperanza. Tienen necesidad de ser rescatados y amados, tienen sed de agua fresca.

Los restos de san Pedro Claver reposan justo bajo el altar de esta iglesia, situada cerca de su convento. A lo largo de más de 4 décadas, él supo distinguir la gran dignidad de tantos seres humanos tratados como mercancía, sometidos a todo tipo de atrocidades, reclutados y desplazados de sus tierras para la esclavitud. Saliendo con caridad al encuentro de esas víctimas de la injusticia, honró su dignidad y les devolvió la esperanza.

De la misma manera, también hoy Jesús nos espera para liberarnos de las cadenas de la esclavitud. La propia y la que nos ocasionan otros. Está ansioso por abrazarnos, por curar nuestras llagas, por enjugar nuestras lágrimas, por darnos de comer y de beber agua y pan de vida, por mirarnos con amor en lo profundo del alma, por llevarnos entre sus brazos a puerto seguro… Sabemos que el sufrimiento de las víctimas, ofrecido a los pies de la Cruz, se convierte en cuenco para recibir su misericordia.

En la carta que les envié para expresar el deseo del Papa de visitar estas tierras, decía que «es preciso asumir el riesgo de convertir con toda la Iglesia, cada parroquia y cada institución en un hospital de campo, en el lugar seguro en el que se puedan reencontrar quienes experimentaron atrocidades y quienes actuaron desde la orilla de la violencia». Evidentemente, es desde el encuentro que Colombia debe aliviar el dolor de tantos de sus habitantes humillados y oprimidos por la violencia, debe detener el odio y cambiar el rumbo de su historia, para construir un futuro mejor dentro de unas instituciones justas y sólidas.

El método más seguro para comenzar un futuro mejor es reconstruir la dignidad de quien sufre, y para hacer esto es necesario acercarse a él sin restricciones de tiempo, hasta el punto de identificarse con él. En otras palabras, la paz que anhela Colombia va más allá de la también necesaria consecución de ciertas estructuras o convenciones, y se centra en la reconstrucción de la persona: de hecho, es en las heridas del corazón humano donde se encuentran las causas profundas del conflicto que en los últimos decenios ha desgarrado este país.

Sólo Dios nos da la fuerza para afrontar tales problemas y, sobre todo, la capacidad de identificarnos con todos aquellos que sufren por su causa. Por ello, en este país de raíces católicas, hoy nos hemos congregado en oración. No consideramos este encuentro como un evento más, sino como una manifestación de la confianza de las autoridades y de todos aquellos que nos siguen con la fuerza de la oración a Dios. Esta liturgia es una invocación al Señor, que puede conceder lo que con frecuencia es imposible para las solas fuerzas humanas: luz para el camino y para las decisiones que los colombianos deben libremente tomar, al calor del respeto, de la escucha y del diálogo sereno que deben acompañar tales decisiones.

Nuestra oración testimonia además, quizá en modo casi inconsciente, lo que escribió san Juan Pablo II cuando vino en peregrinación a Colombia: «a la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación» (Sollicitudo Rei Socialis, 40). Por eso, pedimos a Dios que nos conceda esa heroicidad en la solidaridad, que es necesaria para colmar, en la verdad y en la justicia, el abismo del mal producido por la violencia. Y queremos agradecerle también por haber sostenido a los colombianos en medio de situaciones de odio y de dolor, y por haber abierto sus corazones, durante tantos años, a la firme esperanza de que la violencia y el conflicto son evitables: se puede construir un futuro diverso, en el cual convivir sin masacrarse y en el cual poseer convicciones diversas, en el marco del respeto de las reglas democráticas, de la dignidad humana y de la tradición católica de esta gran nación.

Con la perspectiva histórica que nos ofrece la figura de san Pedro Claver y su tiempo, Colombia ha experimentado, en carne propia, que la ambición del dinero y del poder y, a causa de ella, la explotación del hombre por el hombre, el desplazamiento forzado, la violencia y el desconocimiento de la dignidad de las víctimas, entre otros flagelos, acechan permanentemente a la humanidad. En la presente coyuntura, rogamos a Dios por el futuro de este querido pueblo, para que camine por senderos de verdad, de justicia y de paz, según las palabras del Salmo que acabamos de escuchar.

Hoy queremos también hacer nuestras las palabras del Evangelista Mateo (cf. 5, 3-11):
“Bienaventurados los colombianos pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los colombianos mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los colombianos que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los colombianos que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los colombianos misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los colombianos limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los colombianos que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los colombianos perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis los colombianos cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa”.

Las religiones inducen a escuchar, a comprender y a reconocer las razones y el valor del otro. La fe se opone al daño a la dignidad de la persona que causa la laceración del tejido civil, y no es contraria a la laicidad, entendida como el respeto a las diversas esferas de competencia de la realidad civil y de la espiritual. De hecho, la laicidad tiene necesidad de la fe, como necesario punto de referencia para la convivencia y para el respeto. La Iglesia Católica, en particular, promueve la serena convivencia social, en concordancia con la tradición espiritual de los colombianos, sin reclamar que todos tengan una misma confesión religiosa; ofrece puntos de referencia para que las personas y colectividades puedan encontrar y aportar luces en la búsqueda del bien común.

Imploramos a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Reina de Colombia, que nos proteja e interceda para que así sea.

[01531-ES.01] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Signor Presidente della Repubblica di Colombia, Dott. Juan Manuel Santos Carderón,
Signori Capi di Stato e di Governo,
Sua Maestà, Re Juan Carlos,
Signori Ministri e Signori Capi delle Delegazioni qui presenti,
Distinte Autorità colombiane e di altri Paesi,
Cari fratelli e sorelle nel Signore,

Desidero in primo luogo, trasmettere la vicinanza del Papa Francesco al caro popolo colombiano e alle sue Autorità, specialmente nella presente circostanza della firma dell’Accordo Finale fra il Governo della Colombia e le FARC-EP. Il Santo Padre ha seguito con grande attenzione gli sforzi di questi ultimi anni, alla ricerca della concordia e della riconciliazione. Diverse volte li ha incoraggiati, senza prendere parte alle soluzioni concrete che sono state negoziate, e sulle quali decideranno, in modo libero, consapevole e in coscienza, gli stessi cittadini. Il Papa ha sempre promosso il rispetto dei diritti umani e dei valori cristiani, che si trovano al centro della cultura colombiana.

Credo che tutti noi che siamo qui presenti siamo coscienti che, in fondo, siamo sì alla conclusione di un negoziato, ma anche all’inizio di un processo, ancora aperto, di cambiamento, che richiede l’apporto e il rispetto di tutti i colombiani.

Ci siamo riuniti per questa Liturgia della Parola nel suggestivo scenario di Cartagena delle Indie, la cui evoluzione nel tempo rappresenta, in un certo senso, la stessa storia dei questo Paese. Più di 350 anni fa, nel vecchio porto di Cartagena, San Pedro Claver trascorse la sua esistenza con ammirevole abnegazione e con carità straordinaria a favore degli schiavi portati dall’Africa.

Potremmo dire che, come secoli fa gli schiavi e i mercanti entravano nei porti malati e maltrattati, oggi molti colombiani viaggiano sradicati e doloranti, con la dignità ferita o strappata via. Hanno affrontato tormente ed oscure nuvole nere, senza perdere la speranza. Hanno la necessità di essere riscattati e amati, hanno sete di acqua fresca.

I resti di San Pedro Claver riposano proprio sotto l’altare di questa chiesa, situata vicina al suo convento. In più di quarant’anni, egli seppe valorizzare la dignità di tanti esseri umani trattati come merce, sottomessi ad ogni sorta di atrocità, catturati e deportati dalle loro terre per essere schiavi. Disponendosi ad incontrare con carità quelle vittime dell’ingiustizia, onorò la loro dignità e restituì loro la speranza.

Allo stesso modo, anche oggi Gesù ci attende per liberarci dalle catene della schiavitù, sia la nostra che quella che ci procurano gli altri. È ansioso di abbracciarci, di curare le nostre piaghe, di asciugare le nostre lacrime, di darci da mangiare e da bere pane e acqua di vita, di guardarci con amore nel profondo dell’anima, per sollevarci con le sue braccia verso un porto sicuro… Sappiamo che le sofferenze delle vittime, offerte ai piedi della Croce, si trasformano in un recipiente che accoglie la sua misericordia.

Nella lettera che vi ho inviato per esprimere il desiderio del Papa di visitare queste terre, ho detto che “è necessario assumere il rischio di trasformare con l’intera Chiesa, ogni parrocchia e ogni istituzione in un ospedale da campo, in un luogo sicuro nel quale si possano ritrovare coloro che hanno subito atrocità e coloro che hanno agito dal lato della violenza”. Evidentemente, è a partire dall’incontro che la Colombia deve alleviare il dolore di tanti suoi abitanti umiliati ed oppressi dalla violenza, deve arrestare l’odio e cambiare la direzione della sua storia, per costruire un futuro migliore con istituzioni giuste e solide.

Il metodo più sicuro per dare inizio ad un futuro migliore è ricostruire la dignità di chi soffre e per fare questo è necessario avvicinarglisi senza alcun indugio, fino al punto da identificarsi con lui. In altre parole, la pace che anela la Colombia va oltre il pur necessario perfezionamento di determinate strutture o convenzioni, e trova il suo centro nella ricostruzione della persona: di fatto, le cause profonde del conflitto che negli ultimi decenni ha lacerato questo Paese si trovano nelle ferite del cuore.

Solo Dio ci dà la forza per affrontare tali problemi e, soprattutto, ci dà la capacità di identificarci con tutti quelli che soffrono per causa loro. Pertanto, in questo Paese di radici cattoliche, oggi ci siamo uniti in preghiera. Non consideriamo questo incontro come uno fra i tanti, ma piuttosto come una manifestazione di fiducia delle Autorità e di tutti quelli che ci seguono nella forza della preghiera a Dio. Questa liturgia è un’invocazione al Signore, il quale può concedere quello che normalmente è impossibile alle sole forze umane: la luce per il cammino e per le decisioni che i colombiani devono liberamente prendere, il fervore del rispetto, dell’ascolto e del dialogo sereno che devono accompagnare tali decisioni.

La nostra preghiera testimonia inoltre, forse in modo quasi inconsapevole, quello che scrisse San Giovanni Paolo II quando venne in pellegrinaggio in Colombia: “Alla luce della fede, la solidarietà tende a superare se stessa, a rivestire le dimensioni specificamente cristiane della gratuità totale, del perdono e della riconciliazione” (Sollicitudo Rei Socialis, 40). Per questo, chiediamo a Dio che ci conceda quell’eroicità nella solidarietà che è necessaria per colmare, nella verità e nella giustizia, l’abisso del male prodotto dalla violenza. E vogliamo ringraziarlo anche per aver sostenuto i colombiani nel mezzo delle situazioni di odio e di dolore, e per aver aperto i loro cuori, durante tanti anni, alla ferma speranza che la violenza e il conflitto sono evitabili: che si può costruire un futuro diverso, nel quale convivere senza massacrarsi e nel quale si mantengano convinzioni diverse, nella cornice del rispetto delle regole democratiche, della dignità umana e della tradizione cattolica di questa grande Nazione.

Con la prospettiva storica che ci offre la figura di San Pedro Claver e il suo tempo, la Colombia ha sperimentato nella propria carne, che - tra gli altri flagelli - l’ambizione del denaro e del potere e, a causa di essa, lo sfruttamento dell’uomo per mano dell’uomo, le deportazioni forzate, la violenza e il disconoscimento della dignità delle vittime insidiano in permanenza l’umanità. Nella presente congiuntura, preghiamo Dio per il futuro di questo diletto popolo, perché cammini sui sentieri della verità, della giustizia e della pace, secondo le parole del Salmo che abbiamo ora ascoltato.

Oggi desideriamo anche fare nostre le parole dell’Evangelista Matteo (cf. 5,3-11):
«Beati i colombiani poveri in spirito, perché di essi è il Regno dei Cieli.
Beati i colombiani miti, perché avranno in eredità la terra.
Beati i colombiani che piangono, perché saranno consolati.
Beati i colombiani che hanno fame e sete della giustizia, perché saranno saziati.
Beati i colombiani misericordiosi, perché troveranno misericordia.
Beati i colombiani puri di cuore, perché vedranno Dio.
Beati i colombiani che lavorano per la pace, perché saranno chiamati figli di Dio.
Beati i colombiani perseguitati per la giustizia, perché di essi è il Regno dei Cieli.
Beati sarete voi colombiani quando vi insulteranno, vi perseguiteranno e, mentendo, diranno
ogni sorta di male contro di voi per causa mia”

Le religioni inducono ad ascoltare, a comprendere e a riconoscere le ragioni e il valore dell’altro. La fede si oppone all’offesa alla dignità della persona, che causa la lacerazione del tessuto civile, e non è contraria alla laicità, intesa come il rispetto delle distinte sfere di competenza della realtà civile e della spiritualità.

Di fatto, la laicità ha bisogno della fede, come necessario punto di riferimento per la convivenza e il rispetto. La Chiesa Cattolica in particolare, promuove la serena convivenza sociale, in accordo con le tradizioni spirituali dei colombiani, senza reclamare che tutti professino un’identica confessione religiosa e offre punti di riferimento perché le persone e la collettività possano trovare e apportare luce nella ricerca del bene comune.

Imploriamo Nostra Signora del Rosario di Chiquinquirá, Regina della Colombia, che ci protegga e interceda perché così sia.

[01531-IT.01] [Testo originale: Italiano]

[B0676-XX.01]