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Visita del Santo Padre Francesco alla sede del Programma Alimentare Mondiale (PAM) – Incontro con l’Assemblea, 13.06.2016


Discorso del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua francese

Traduzione in lingua inglese

Traduzione in lingua tedesca

Traduzione in lingua portoghese

Questa mattina il Santo Padre Francesco si è recato in visita alla sede del Programma Alimentare Mondiale (PAM - WFP) in Roma, in occasione dell’inaugurazione della Sessione Annuale 2016 della Giunta Esecutiva.
Il Papa è giunto alle ore 9.15, accolto dal Direttore Esecutivo, S.E. la Sig.ra Ertharin Cousin, dall’Osservatore Permanente della Santa Sede, Mons. Fernando Chica Arellano, e dal Presidente del Consiglio di Amministrazione 2016 del PAM, S.E. la Sig.ra Stephanie Hochstetter Skinner-Klée.
Nell’atrio del Palazzo, dopo la presentazione degli alti funzionari, il Santo Padre ha sostato davanti al Muro della Memoria per ricordare i caduti in missione. Sono stati quindi presentati al Santo Padre i Ministri di diverse nazioni presenti alla Conferenza. Dopo un breve incontro con il Direttore Esecutivo, l’Osservatore Permanente della Santa Sede e il Presidente del Consiglio di Amministrazione, il Santo Padre ha firmato l’Albo d’Onore, infine ha salutato alcuni rappresentanti ecumenici.
L’incontro con l’Assemblea del Programma Alimentare Mondiale ha avuto luogo alle ore 9.45 nell’Auditorium. Introdotto dagli indirizzi di saluto di S.E. la Sig.ra Stephanie Hochstetter Skinner-Klée, Presidente del Consiglio di Amministrazione, e di S.E. la Sig.ra Ertharin Cousin, Direttore Esecutivo, Papa Francesco ha pronunciato il Suo discorso.
Al termine dell’incontro, uscendo dall’Auditorium il Papa ha salutato tre funzionari del PAM impegnati in missioni particolarmente difficili, quindi ha raggiunto il giardino del Palazzo dove lo attendevano i dipendenti con le loro famiglie e i bambini dell’asilo attiguo alla sede e ha rivolto loro un discorso.
Il Santo Padre si è congedato quindi dalle autorità che lo avevano accolto all’arrivo e poco dopo le 10.30 ha lasciato la sede del PAM per rientrare in Vaticano.

Riportiamo di seguito il testo del discorso che il Santo Padre ha rivolto all’Assemblea nell’Auditorium del PAM:

Discorso del Santo Padre

Señoras y Señores:

Agradezco a la Directora Ejecutiva, Señora Ertharin Cousin, la invitación que me cursó para que inaugurara la Sesión Anual 2016 de la Junta Ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos, así como las palabras de bienvenida que me ha dirigido. Asimismo mi saludo para la Embajadora Stephanie Hochstetter Skinner-Klée, Presidenta de esta importante asamblea, que congrega a los Representantes de diversos gobiernos llamados a emprender iniciativas concretas para la lucha contra el hambre. Y al saludar a todos ustedes aquí reunidos, agradezco tantos esfuerzos y compromisos con una causa que no puede no interpelarnos: la lucha contra el hambre que padecen muchos de nuestros hermanos.

Hace unos momentos he rezado ante el “Muro de la memoria”, testigo del sacrificio que realizaron los miembros de este Organismo, entregando su vida para que, incluso en medio de complejas vicisitudes, los hambrientos no carecieran de pan. Memoria que hemos de conservar para seguir luchando, con el mismo vigor, por el tan ansiado objetivo de “hambre cero”. Esos nombres grabados a la entrada de esta Casa son un signo elocuente de que el PAM, lejos de ser una estructura anónima y formal, constituye un valioso instrumento de la comunidad internacional para emprender actividades cada vez más vigorosas y eficaces. La credibilidad de una Institución no se fundamenta en sus declaraciones, sino en las acciones realizadas por sus miembros. Se fundamenta en sus testigos.

Por vivir en un mundo interconectado e hípercomunicado, las distancias geográficas parecen achicarse. Tenemos la posibilidad de tomar contacto casi en simultáneo con lo que está aconteciendo en la otra parte del planeta. Por medio de las tecnologías de la comunicación, nos acercamos a tantas situaciones dolorosas que pueden ayudar (y han ayudado) a movilizar gestos de compasión y solidaridad. Aunque, paradójicamente hablando, esta aparente cercanía creada por la información, cada día parece agrietarse más. La excesiva información con la que contamos va generando paulatinamente – perdónenme el neologismo – la “naturalización” de la miseria. Es decir, poco a poco, nos volvemos inmunes a las tragedias ajenas y las evaluamos como algo “natural”. Son tantas las imágenes que nos invaden que vemos el dolor, pero no lo tocamos; sentimos el llanto, pero no lo consolamos; vemos la sed pero no la saciamos. De esta manera, muchas vidas se vuelven parte de una noticia que en poco tiempo será cambiada por otra. Y mientras cambian las noticias, el dolor, el hambre y la sed no cambian, permanecen. Tal tendencia – o tentación – nos exige hoy un paso más y, a su vez, revela el papel fundamental que Instituciones como la vuestra tienen para el escenario global. Hoy no podemos darnos por satisfechos con sólo conocer la situación de muchos hermanos nuestros. Las estadísticas no sacian. No basta elaborar largas reflexiones o sumergirnos en interminables discusiones sobre las mismas, repitiendo incesantemente tópicos ya por todos conocidos. Es necesario “desnaturalizar” la miseria y dejar de asumirla como un dato más de la realidad. ¿Por qué? Porque la miseria tiene rostro. Tiene rostro de niño, tiene rostro de familia, tiene rostro de jóvenes y ancianos. Tiene rostro en la falta de posibilidades y de trabajo de muchas personas, tiene rostro de migraciones forzadas, casas vacías o destruidas. No podemos “naturalizar” el hambre de tantos; no nos está permitido decir que su situación es fruto de un destino ciego frente al que nada podemos hacer. Y, cuando la miseria deja de tener rostro, podemos caer en la tentación de empezar a hablar y discutir sobre “el hambre”, “la alimentación”, “la violencia” dejando de lado al sujeto concreto, real, que hoy sigue golpeando a nuestras puertas. Cuando faltan los rostros y las historias, las vidas comienzan a convertirse en cifras, y así paulatinamente corremos el riesgo de burocratizar el dolor ajeno. Las burocracias mueven expedientes; la compasión – no la lástima, la compasión, el “padecer-con” –, en cambio, se juega por las personas. Y creo que en esto tenemos mucho trabajo que realizar. Conjuntamente con todas las acciones que ya se realizan, es necesario trabajar para “desnaturalizar” y desburocratizar la miseria y el hambre de nuestros hermanos. Esto nos exige una intervención a distintas escalas y niveles donde sea colocado como objetivo de nuestros esfuerzos la persona concreta que sufre y tiene hambre, pero que también encierra un inmenso caudal de energías y potencialidades que debemos ayudar a concretar.

1. “Desnaturalizar” la miseria

Cuando estuve en la FAO, con motivo de la II Conferencia Internacional sobre Nutrición, les decía que una de las incoherencias fuertes que estábamos invitados a asumir era el hecho de que existiendo comida para todos, «no todos pueden comer, mientras que el derroche, el descarte, el consumo excesivo y el uso de alimentos para otros fines, están ante nuestros ojos» (Discurso a la Plenaria de la Conferencia [20 noviembre 2014], 3).

Dejémoslo claro, la falta de alimentos no es algo natural, no es un dato ni obvio, ni evidente. Que hoy en pleno siglo XXI muchas personas sufran este flagelo, se debe a una egoísta y mala distribución de recursos, a una “mercantilización” de los alimentos. La tierra, maltratada y explotada, en muchas partes del mundo nos sigue dando sus frutos, nos sigue brindando lo mejor de sí misma; los rostros hambrientos nos recuerdan que hemos desvirtuado sus fines. Un don, que tiene finalidad universal, lo hemos convertido en privilegio de unos pocos. Hemos hecho de los frutos de la tierra – don para la humanidad – commodities de algunos, generando, de esta manera, exclusión. El consumismo – en el que nuestras sociedades se ven insertas – nos ha inducido a acostumbrarnos a lo superfluo y al desperdicio cotidiano de alimento, al cual a veces ya no somos capaces de dar el justo valor, que va más allá de los meros parámetros económicos. Pero nos hará bien recordar que el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre, del que tiene hambre. Esta realidad nos pide reflexionar sobre el problema de la pérdida y del desperdicio del alimento a fin de identificar vías y modos que, afrontando seriamente tal problemática, sean vehículo de solidaridad y de compartición con los más necesitados (cf. Catequesis [5 junio 2013]: L’O.R., ed. sem. en lengua española, 7 junio 2013, p. 12).

2. Desburocratizar el hambre

Debemos decirlo con sinceridad: hay temas que están burocratizados. Hay acciones que están “encajonadas”. La inestabilidad mundial que vivimos es sabida por todos. Últimamente las guerras y las amenazas de conflictos es lo que predomina en nuestros intereses y debates. Y así, ante la diversa gama de conflictos existentes, parece que las armas han alcanzado una preponderancia inusitada, de tal forma que han arrinconado totalmente otras maneras de solucionar las cuestiones en pugna. Esta preferencia está ya de tal modo radicada y asumida que impide la distribución de alimentos en zona de guerra, llegando incluso a la violación de los principios y directrices más básicos del derecho internacional, cuya vigencia se retrotrae a muchos siglos atrás. Nos encontramos así ante un extraño y paradójico fenómeno: mientras las ayudas y los planes de desarrollo se ven obstaculizados por intrincadas e incomprensibles decisiones políticas, por sesgadas visiones ideológicas o por infranqueables barreras aduaneras, las armas no; no importa la proveniencia, circulan con una libertad – perdonen el adjetivo – jactanciosa y casi absoluta en tantas partes del mundo. Y de este modo, son las guerras las que se nutren y no las personas. En algunos casos la misma hambre se utiliza como arma de guerra. Y las víctimas se multiplican, porque el número de la gente que muere de hambre y agotamiento se añade al de los combatientes que mueren en el campo de batalla y al de tantos civiles caídos en la contienda y en los atentados. Somos plenamente conscientes de ello, pero dejamos que nuestra conciencia se anestesie y así la volvemos insensible. Quizás con palabras que justifican: “y bueno, no se puede con tanta tragedia”. Es la anestesia más a mano. De tal modo, la fuerza se convierte en nuestro único modo de actuar y el poder en el objetivo perentorio a alcanzar. Las poblaciones más débiles no sólo sufren los conflictos bélicos sino que, a su vez, ven frenados todo tipo de ayuda. Por esto urge desburocratizar todo aquello que impide que los planes de ayuda humanitaria cumplan sus objetivos. En eso ustedes tienen un papel fundamental, ya que necesitamos verdaderos héroes capaces de abrir caminos, tender puentes, agilizar trámites que pongan el acento en el rostro del que sufre. A esta meta han de ir orientadas igualmente las iniciativas de la comunidad internacional.

No es cuestión de armonizar intereses que siguen encadenados a visiones nacionales centrípetas o a egoísmos inconfesables. Más bien se trata de que los Estados miembros incrementen decisivamente su real voluntad de cooperar con estos fines. Por esta razón, qué importante sería que la voluntad política de todos los países miembros consienta e incremente decisivamente su real voluntad de cooperar con el Programa Mundial de Alimentos para que este, no solamente pueda responder a las urgencias, sino que pueda realizar proyectos sólidamente consistentes y promover programas de desarrollo a largo plazo, según las peticiones de cada uno de los gobiernos y de acuerdo a las necesidades de los pueblos.

El Programa Mundial de Alimentos con su trayectoria y actividad demuestra que es posible coordinar conocimientos científicos, decisiones técnicas y acciones prácticas con esfuerzos destinados a recabar recursos y distribuirlos ecuanimemente, es decir, respetando las exigencias de quien los recibe y la voluntad del donante. Este método, en las áreas más deprimidas y pobres, puede y debe garantizar el adecuado desarrollo de las capacidades locales y eliminar paulatinamente la dependencia exterior, a la vez que consiente reducir la pérdida de alimentos, de modo que nada se desperdicie. En una palabra, el PAM es un valioso ejemplo de cómo se puede trabajar en todo el mundo para erradicar el hambre a través de una mejor asignación de los recursos humanos y materiales, fortaleciendo la comunidad local. A este respecto, los animo a seguir adelante. No se dejen vencer por el cansancio, que es mucho, ni permitan que las dificultades los retraigan. Crean en lo que hacen y continúen poniendo entusiasmo en ello, que es la forma en que la semilla de la generosidad germine con fuerza. Dense el lujo de soñar. Necesitamos soñadores que impulsen estos proyectos.

La Iglesia Católica, fiel a su misión, quiere trabajar mancomunadamente con todas las iniciativas que luchen por salvaguardar la dignidad de las personas, especialmente de aquellas en las que están vulnerados sus derechos. Para hacer realidad esta urgente prioridad de “hambre cero”, les aseguro todo nuestro apoyo y respaldo a fin de favorecer todos los esfuerzos encaminados.

“Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber”. En estas palabras se halla una de las máximas del cristianismo. Una expresión que, más allá de los credos y las convicciones, podría ser ofrecida como regla de oro para nuestros pueblos. Un pueblo se juega su futuro en la capacidad que tenga para asumir el hambre y la sed de sus hermanos. Y así como un pueblo, así también la humanidad. La humanidad se juega su futuro en la capacidad que tenga para asumir el hambre y la sed de sus hermanos. En esta capacidad de socorrer al hambriento y al sediento podemos medir el pulso de nuestra humanidad. Por eso, deseo que la lucha para erradicar el hambre y la sed de nuestros hermanos y con nuestros hermanos siga interpelándonos, que no nos deje dormir y nos haga soñar, las dos cosas. Que nos interpele a fin de buscar creativamente soluciones de cambio y de transformación. Y que Dios Omnipotente sostenga con su bendición el trabajo de vuestras manos. Muchas gracias.

[00990-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Signore e Signori,

Ringrazio la Direttrice Esecutiva, Signora Ertharin Cousin, per avermi invitato ad inaugurare la Sessione Annuale 2016 della Giunta Esecutiva del Programma Alimentare Mondiale, come pure per le parole di benvenuto che mi ha rivolto. Porgo inoltre il mio saluto all’Ambasciatore, Signora Stephanie Hochstetter Skinner-Klée, Presidente di questa importante assemblea, che riunisce i Rappresentanti di diversi governi chiamati a intraprendere iniziative concrete per la lotta contro la fame. E, nel salutare tutti voi qui riuniti, ringrazio per i tanti sforzi e per l’impegno in una causa che non può non interpellarci: la lotta contro la fame che patiscono tanti nostri fratelli.

Poco fa ho pregato davanti al “Muro della memoria”, testimone del sacrificio che hanno compiuto i membri di questo Organismo, offrendo la propria vita perché, anche in mezzo a complesse vicende, agli affamati non mancasse il pane. Memoria che dobbiamo conservare per continuare a lottare, con lo stesso vigore per il tanto desiderato obiettivo della “fame zero”. Quei nomi incisi all’ingresso di questa Casa sono un segno eloquente del fatto che il PAM, lungi dall’essere una struttura anonima e formale, costituisce un valido strumento della comunità internazionale per intraprendere attività sempre più vigorose ed efficaci. La credibilità di una istituzione non si basa sulle sue dichiarazioni, ma sulle azioni compiute dai suoi membri. Si fonda sui suoi testimoni.

Nel mondo interconnesso e iper-comunicativo in cui viviamo, le distanze geografiche sembrano abbreviarsi. Abbiamo la possibilità di prendere contatto quasi simultaneo con quanto sta accadendo dall’altra parte del pianeta. Per mezzo delle tecnologie della comunicazione, ci avviciniamo a molte situazioni dolorose e tali mezzi possono aiutare (e hanno aiutato) a mobilitare gesti di compassione e di solidarietà. Anche se, paradossalmente, questa apparente vicinanza creata dall’informazione sembra incrinarsi ogni giorno di più. L’eccesso di informazione di cui disponiamo genera gradualmente – scusate il neologismo – la “naturalizzazione” della miseria. Vale a dire, a poco a poco, diventiamo immuni alle tragedie degli altri e le consideriamo come qualcosa di “naturale”. Sono così tante le immagini che ci raggiungono che noi vediamo il dolore, ma non lo tocchiamo, sentiamo il pianto, ma non lo consoliamo, vediamo la sete ma non la saziamo. In questo modo, molte vite diventano parte di una notizia che in poco tempo sarà sostituita da un’altra. E, mentre cambiano le notizie, il dolore, la fame e la sete non cambiano, rimangono. Tale tendenza – o tentazione – ci chiede di fare un passo ulteriore e rivela a sua volta il ruolo fondamentale che le istituzioni come la vostra hanno per lo scenario globale. Oggi non possiamo considerarci soddisfatti solo per il fatto di conoscere la situazione di molti nostri fratelli. Le statistiche non saziano. Non basta elaborare lunghe riflessioni o sprofondarci in interminabili discussioni su di esse, ripetendo continuamente argomenti già conosciuti da tutti. È necessario “de-naturalizzare” la miseria e smettere di considerarla come un dato della realtà tra i tanti. Perché? Perché la miseria ha un volto. Ha il volto di un bambino, ha il volto di una famiglia, ha il volto di giovani e anziani. Ha il volto della mancanza di opportunità e di lavoro di tante persone, ha il volto delle migrazioni forzate, delle case abbandonate o distrutte. Non possiamo “naturalizzare” la fame di tante persone; non ci è lecito dire che la loro situazione è frutto di un destino cieco di fronte al quale non possiamo fare nulla. E quando la miseria cessa di avere un volto, possiamo cadere nella tentazione di iniziare a parlare e a discutere su “la fame”, “l’alimentazione”, “la violenza”, lasciando da parte il soggetto concreto, reale, che oggi ancora bussa alle nostre porte. Quando mancano i volti e le storie, le vite cominciano a diventare cifre e così un po’ alla volta corriamo il rischio di burocratizzare il dolore degli altri. Le burocrazie si occupano di pratiche; la compassione – non la pena ma la compassione, il patire-con – invece, si mette in gioco per le persone. E credo che in questo abbiamo molto lavoro da compiere. Insieme con tutte le attività che già si realizzano, è necessario lavorare per “de-naturalizzare” e de-burocratizzare la miseria e la fame dei nostri fratelli. Questo ci impone un intervento su scale e livelli differenti in cui venga posto come obiettivo dei nostri sforzi la persona concreta che soffre e ha fame, ma che racchiude anche un’immensa ricchezza di energie e potenzialità che dobbiamo aiutare ad esprimersi concretamente.

1. “De-naturalizzare” la miseria

Quando sono stato alla FAO, in occasione della IIª Conferenza Internazionale sulla nutrizione, ho detto che una delle forti incoerenze che eravamo invitati a considerare era il fatto che esiste cibo sufficiente per tutti, «ma non tutti possono mangiare, mentre lo spreco, lo scarto, il consumo eccessivo e l’uso di alimenti per altri fini sono davanti ai nostri occhi» (Discorso alla Plenaria della Conferenza [20 novembre 2014], 3).

Sia chiaro: la mancanza di alimenti non è qualcosa di naturale, non è un dato né ovvio né evidente. Che oggi, in pieno secolo ventunesimo, molte persone patiscano questo flagello, è dovuto ad una egoista e cattiva distribuzione delle risorse, a una “mercantilizzazione” degli alimenti. La terra, maltrattata e sfruttata, in molte parti del mondo continua a darci i suoi frutti, continua ad offrirci il meglio di sé stessa; i volti affamati ci ricordano che abbiamo stravolto i suoi fini. Un dono, che ha finalità universale, lo abbiamo reso un privilegio di pochi. Abbiamo fatto dei frutti della terra – dono per l’umanità – commodities di alcuni, generando in questo modo esclusione. Il consumismo – che pervade le nostre società – ci ha indotti ad abituarci al superfluo e allo spreco quotidiano di cibo, al quale a volte ormai non siamo più capaci di dare il giusto valore, che va oltre i meri parametri economici. Tuttavia ci farà bene ricordare che il cibo che si spreca è come se lo si rubasse dalla mensa del povero, di colui che ha fame. Questa realtà ci chiede di riflettere sul problema della perdita e dello spreco di alimenti, al fine di individuare vie e modalità che, affrontando seriamente tale problematica, siano veicolo di solidarietà e di condivisione con i più bisognosi (cfr Catechesi del 5 giugno 2013: Insegnamenti I, 1 [2013], 280).

2. De-burocratizzare la fame

Dobbiamo dirlo con sincerità: ci sono questioni che sono burocratizzate. Ci sono azioni che sono come “imbottigliate”. L’instabilità mondiale che viviamo è ben conosciuta da tutti. Negli ultimi tempi sono le guerre e le minacce di conflitti ciò che predomina nei nostri interessi e dibattiti. E così, di fronte alla diversa gamma di conflitti esistenti, sembra che le armi abbiano acquistato una preponderanza inusitata, in modo tale da accantonare totalmente altre maniere di risolvere le questioni oggetto di contrasto. Questa preferenza è ormai così radicata e accettata che impedisce la distribuzione degli alimenti nelle zone di guerra, arrivando anche alla violazione dei principi e delle direttive più basilari del diritto internazionale, la cui vigenza risale a molti secoli fa. Ci troviamo così davanti a uno strano e paradossale fenomeno: mentre gli aiuti e i piani di sviluppo sono ostacolati da intricate e incomprensibili decisioni politiche, da forvianti visioni ideologiche o da insormontabili barriere doganali, le armi no; non importa la loro provenienza, esse circolano con una spavalda e quasi assoluta libertà in tante parti del mondo. E in questo modo, a nutrirsi sono le guerre e non le persone. In alcuni casi, la fame stessa viene usata come arma di guerra. E le vittime si moltiplicano, perché il numero delle persone che muoiono di fame e sfinimento si aggiunge a quello dei combattenti che muoiono sul campo di battaglia e a quello dei molti civili caduti negli scontri e negli attentati. Siamo pienamente coscienti di questo, però lasciamo che la nostra coscienza si anestetizzi, e così la rendiamo insensibile, forse con parole che la giustificano: “Non si può farci nulla con una tragedia così grande”. E’ l’anestesia più comune. In tal modo la forza diventa il nostro unico modo di agire, e il potere l’obiettivo perentorio da raggiungere. Le popolazioni più deboli non solo soffrono per i conflitti bellici ma, nello stesso tempo, vedono ostacolato ogni tipo di aiuto. Perciò urge de-burocratizzare tutto quanto impedisce che i piani di aiuti umanitari realizzino i loro obiettivi. In questo voi avete un ruolo fondamentale, perché abbiamo bisogno di veri eroi capaci di aprire strade, gettare ponti, snellire procedure che pongano l’accento sul volto di chi soffre. A tale meta devono essere ugualmente orientate le iniziative della comunità internazionale.

Non si tratta di armonizzare interessi che rimangono ancorati a visioni nazionali centripete o a egoismi inconfessabili. Si tratta piuttosto che gli Stati membri incrementino in modo decisivo la loro reale volontà di cooperare per questi fini. Per questa ragione, come sarebbe importante che la volontà politica di tutti i Paesi membri consenta e incrementi decisamente l’effettiva volontà di cooperare con il Programma Alimentare Mondiale, affinché esso non solo possa rispondere alle urgenze, ma possa realizzare progetti solidi e consistenti e promuovere programmi di sviluppo a lungo termine, secondo le richieste di ciascun governo e in accordo con le necessità dei popoli.

Il Programma Alimentare Mondiale con il suo percorso e la sua attività dimostra che è possibile coordinare conoscenze scientifiche, decisioni tecniche e azioni pratiche con gli sforzi destinati a raccogliere risorse e a distribuirle equamente, vale a dire rispettando le esigenze di coloro che le ricevono e la volontà di chi dona. Questo metodo, nelle zone più depresse e povere, può e deve garantire l’adeguato sviluppo delle capacità locali ed eliminare gradualmente la dipendenza esterna, mentre consente di ridurre la perdita di alimenti, in modo che nulla vada sprecato. In una parola, il PAM è un valido esempio di come si possa lavorare in tutto il mondo per sradicare la fame attraverso una migliore assegnazione delle risorse umane e materiali, rafforzando la comunità locale. A questo proposito, vi incoraggio ad andare avanti. Non lasciatevi vincere dalla fatica – che è molta –, né permettete che le difficoltà vi facciano desistere. Credete in quello che fate e continuate a mettervi entusiasmo, che è il modo in cui il seme della generosità può germinare con forza. Concedetevi il lusso di sognare. Abbiamo bisogno di sognatori che portino avanti questi progetti.

La Chiesa Cattolica, fedele alla sua missione, desidera lavorare di concerto con tutte le iniziative che lottano per la salvaguardia della dignità delle persone, specialmente di quelle che sono ferite nei loro diritti. Perché diventi realtà questa urgente priorità della “fame zero”, vi assicuro tutto il nostro sostegno e appoggio al fine di favorire tutti gli sforzi intrapresi.

“Ho avuto fame e mi avete dato da mangiare, ho avuto sete e mi avete dato da bere”. In queste parole si trova una delle massime del cristianesimo. Una espressione che, aldilà delle confessioni religiose e delle convinzioni, potrebbe essere offerta come regola d’oro per i nostri popoli. Un popolo gioca il proprio futuro nella capacità di farsi carico della fame e della sete dei suoi fratelli. E come un popolo, così pure l’umanità: l’umanità gioca il proprio futuro nella capacità di farsi carico della fame e della sete dei fratelli. In questa capacità di soccorrere l’affamato e l’assetato possiamo misurare il polso della nostra umanità. Per questo, auspico che la lotta per sradicare la fame e la sete dei nostri fratelli, insieme con i nostri fratelli, continui ad interpellarci; che non ci lasci dormire e ci faccia sognare: le due cose insieme; che ci interpelli al fine di cercare creativamente soluzioni di cambiamento e di trasformazione.

E Dio Onnipotente sostenga con la sua benedizione il lavoro delle vostre mani. Grazie.

[00990-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua francese

Mesdames et Messieurs,

Je remercie la Présidente du Conseil d’Administration, Madame Ertharin Cousin, pour l’invitation qu’elle m’a faite afin que j’inaugure la Session Annuelle 2016 du Conseil d’Administration du Programme Alimentaire Mondial, ainsi que pour les paroles de bienvenue qu’elle m’a adressées. Mes salutations vont également à Madame l’Ambassadeur Stéphanie Hochstetter Skinner-Klée, Présidente de cette importante Assemblée, qui réunit les Représentants de divers gouvernements appelés à prendre des initiatives concrètes pour la lutte contre la faim. Et en vous saluant, vous tous ici réunis, je vous remercie des nombreux efforts et engagements pour une cause qui ne peut pas ne pas nous interpeller: la lutte contre la faim dont souffrent beaucoup de nos frères.

Je viens de prier devant le ‘‘Mur de la mémoire’’, témoin du sacrifice qu’ont réalisé les membres de cet Organisme, en donnant leur vie pour que, même au milieu de vicissitudes complexes, le pain ne manque pas à ceux qui ont faim. Mémoire que nous devons garder afin de continuer à lutter, avec la même vigueur, pour l’objectif si désiré de ‘‘faim zéro’’. Ces noms gravés à l’entrée de cette Maison sont un signe éloquent du fait que le PAM, loin d’être une structure anonyme et formelle, constitue un précieux instrument de la communauté internationale pour entreprendre des activités toujours plus vigoureuses et efficaces. La crédibilité d’une Institution ne se fonde pas sur ses déclarations, mais sur les actions réalisées par ses membres. Elle se fonde sur ses témoignages.

Parce que nous vivons dans un monde interconnecté et hyper informé, les distances géographiques paraissent se raccourcir. Nous avons la possibilité d’entrer en contact presque simultanément avec ce qui est en train de se passer de l’autre côté de la planète. Grâce aux technologies de la communication, nous nous approchons de nombreuses situations douloureuses qui peuvent aider (et qui ont aidé) à réaliser des gestes de compassion et de solidarité, même si, paradoxalement, cette proximité apparente créée par l’information, semble se fissurer chaque jour davantage. L’information excessive dont nous disposons génère progressivement – excusez le néologisme - la ‘‘naturalisation’’ de la misère. C’est-à-dire que peu à peu, nous sommes immunisés contre les tragédies des autres et nous les considérons comme quelque chose de ‘‘naturel’’. Les images qui nous envahissent sont si nombreuses que nous voyons la souffrance, mais nous ne la touchons pas; nous entendons des pleurs, mais nous ne consolons pas; nous voyons la soif, mais nous ne l’étanchons pas. Ainsi, beaucoup de vies apparaissent comme faisant partie d’une nouvelle qui sera vite substituée par une autre. Et tandis les nouvelles que changent, la souffrance, la faim et la soif ne changent pas, elles demeurent. Cette tendance – ou tentation – exige de nous un pas de plus et, en même temps, révèle le rôle fondamental que les Institutions comme la vôtre ont à l’échelle globale. Aujourd’hui, nous ne pouvons pas nous contenter de connaître seulement la situation de beaucoup de nos frères. Les statistiques ne nous rassasient pas. Il est insuffisant d’élaborer de longues réflexions ou de nous adonner à d’interminables discussions sur ces mêmes réflexions, en répétant sans cesse des sujets déjà connus de tous. Il faut ‘‘dénaturaliser’’ la misère et cesser de la considérer comme une donnée de plus de la réalité. Pourquoi? Parce que la misère a un visage. Elle a le visage d’enfants, elle a le visage de familles, elle a le visage de jeunes gens et de personnes âgées. Elle a un visage dans le manque d’opportunités et de travail chez de nombreuses personnes, elle a le visage de migrations forcées, de maisons vides ou détruites. Nous ne pouvons pas ‘‘naturaliser’’ la faim de tant de personnes; il ne nous est pas permis de dire que leur situation est le fruit d’un destin aveugle face auquel nous ne pouvons rien. Et lorsque la misère cesse d’avoir un visage, nous pouvons succomber à la tentation de commencer à parler et à discuter sur ‘‘la faim’’, sur ‘‘l’alimentation’’, sur ‘‘la violence’’ en laissant de côté le sujet concret, réel, qui aujourd’hui continue de frapper à nos portes. Lorsque les visages et les histoires sont perdues de vue, les vies commencent à devenir des chiffres, et ainsi progressivement nous courons le risque de bureaucratiser la souffrance des autres. Les bureaucraties s’occupent des dossiers; la compassion – non pas la pitié, la compassion, le pâtir-avec - au contraire, s’engage pour les personnes. Et je crois qu’en cela, nous avons beaucoup à faire. Conjointement avec toutes les actions qui se mènent déjà, il est nécessaire de travailler pour ‘‘dénaturaliser’’ et débureaucratiser la misère et la faim de nos frères. Cela exige de nous une intervention à divers échelons et niveaux où sera établie comme l’objectif de nos efforts la personne concrète qui souffre et a faim, mais qui a aussi en elle-même un immense flux d’énergies et de potentialités que nous devons aider à concrétiser.

1. “Dénaturaliser” la misère

Lorsque j’ai été à la FAO, à l’occasion du IIème Conférence Internationale sur la nutrition, je vous disais que l’une des grandes incohérences que nous étions invités à assumer était le fait que, alors qu’il y a de la nourriture pour tous, «tous ne peuvent pas manger, tandis que le gaspillage, le déchet, la consommation excessive et l’utilisation de nourriture à d’autres fins sont devant nos yeux » (Discours à la Plénière de la Conférence [20 novembre 2014], L’Osservatore Romano, éd. hebdomadaire en langue française, 27 novembre 2014, p. 5).

Disons-le clairement, le manque d’aliments n’est pas quelque chose de naturel, ce n’est une donnée ni obvie, ni évidente. Le fait qu’aujourd’hui, en plein XXIème siècle, beaucoup de personnes souffrent de ce fléau est dû à une distribution des ressources égoïste et mauvaise, à une ‘‘marchandisation’’ des aliments. La terre, maltraitée et exploitée, en beaucoup d’endroits dans le monde continue de nous donner ses fruits, de nous offrir le meilleur d’elle-même; les visages affamés nous rappellent que nous avons détourné ces fruits de leurs fins. Nous avons transformé un don qui a une finalité universelle en un privilège de peu de personnes. Nous avons fait de ces fruits de la terre – don pour l’humanité – des commodities de quelques-uns, en créant de cette manière l’exclusion. Le consumérisme – dans lequel nos sociétés se voient insérées – nous a poussés à nous habituer au superflu et au gaspillage quotidien de nourriture, auquel nous ne sommes plus capables d’accorder sa juste valeur, qui va au-delà des paramètres purement économiques. Mais cela nous ferait du bien de nous souvenir que la nourriture qui se jette, c’est comme si elle était volée à la table du pauvre, de celui qui a faim. Cette réalité nous demande de réfléchir sur le problème de la perte et du gaspillage de nourriture afin d’identifier des voies et des modes qui, affrontant sérieusement cette problématique, soient des moyens de solidarité et de partage avec ceux qui sont le plus dans le besoin [cf. Catéchèse du 5 juin 2013: L’Osservatore Romano, éd. hebdomadaire en langue française, 6 juin 2013, p. 3]

2. Débureaucratiser la faim

Nous devons le dire sincèrement: il y a des thèmes qui sont bureaucratisés. Il y a des actions qui sont ‘‘bloquées’’. L’instabilité mondiale que nous vivons est connue de tous. Ces derniers temps, les guerres et les menaces de conflits prédominent dans nos intérêts et dans nos débats. Et ainsi, devant la grande gamme de conflits en cours, il semble que les armes aient atteint une prépondérance inhabituelle, de telle sorte qu’elles ont complètement marginalisé les autres manières de résoudre les différends. Cette préférence est déjà si enracinée et si acceptée qu’elle empêche la distribution de nourriture dans les zones de guerre, allant même jusqu’à la violation des principes et des directives les plus fondamentaux du droit international, en vigueur depuis plusieurs siècles. Nous nous trouvons ainsi devant un phénomène étrange et paradoxal: tandis que les aides et les plans de développement sont contrecarrés par des décisions politiques compliquées et incompréhensibles, par des visions idéologiques biaisées ou par des barrières douanières infranchissables, les armes elles ne le sont pas; peu importe la provenance, elles circulent avec une liberté fanfaronne et presqu’absolue dans de nombreuses parties du monde. Et de cette manière, ce sont les guerres qui se nourrissent et non les personnes. Dans certains cas, la faim elle-même est utilisée comme une arme de guerre. Et les victimes se multiplient, parce que le nombre des personnes qui meurent de faim et d’épuisement s’ajoute à celui des combattants qui trouvent la mort sur les champs de bataille et au nombreux civils qui sont tués dans les conflits et dans les attentats. Nous en sommes pleinement conscients, mais nous laissons notre conscience s’anesthésier et ainsi nous la rendons insensible, peut-être par des paroles qui la justifient, mais face à tant de tragédies on ne peut pas ; l’anesthésie est plus grave. De cette façon, la force devient notre unique manière d’agir et le pouvoir, notre objectif péremptoire à atteindre. Les populations les plus fragiles non seulement souffrent des conflits armés mais, en même temps, elles voient que toute aide est entravée. C’est pourquoi il est urgent de débureaucratiser tout ce qui empêche les plans d’aide humanitaire d’atteindre leurs objectifs. En cela, vous avez un rôle fondamental, puisque nous avons besoin de véritables héros capables d’ouvrir des chemins, de construire des ponts, de faciliter les opérations qui mettront l’accent sur le visage de celui qui souffre. Les initiatives de la communauté internationale doivent également être orientées vers cet objectif.

Il ne s’agit pas d’harmoniser les intérêts qui continuent d’être liés à des visions nationales centripètes et à des égoïsmes non avouables. Il faut plutôt que les Etats membres accroissent substantiellement leur réelle volonté de coopérer à ces fins. Pour cela, qu’il serait important que la volonté politique de tous les pays membres permette et accroisse considérablement leur volonté de coopérer avec le Programme Alimentaire Mondial pour que non seulement il puisse répondre aux urgences mais aussi qu’il puisse réaliser des projets vraiment consistants et promouvoir des programmes de développement à long terme, selon les demandes de chacun des gouvernements et selon les besoins des peuples!

Le Programme Alimentaire Mondial, par le chemin parcouru et par son activité, démontre qu’il est possible de coordonner des connaissances scientifiques, des décisions techniques et des actions pratiques avec des efforts destinés à recueillir des ressources et à les distribuer de manière équitable, c’est-à-dire en respectant les exigences de celui qui les reçoit et la volonté du donneur. Cette méthode, dans les zone les plus démunies et les plus pauvres, peut et doit garantir le développement approprié des capacités locales et éliminer progressivement la dépendance extérieure, en même temps qu’elle permet de réduire la perte de nourriture, en sorte que rien ne soit gaspillé. En un mot, le PAM est un précieux exemple de la façon dont on peut travailler dans le monde entier pour éradiquer la faim à travers une meilleure assignation des ressources humaines et matérielles, en renforçant la communauté locale. A ce sujet, je vous encourage à continuer d’aller de l’avant. Ne vous laissez pas vaincre par la fatigue, qui est grande, ni ne permettez que les difficultés vous fassent reculer. Croyez en ce que vous faites et continuez à y mettre de l’enthousiasme, qui est la manière dont la semence de la générosité germe avec force. Permettez-vous le luxe de rêver. Nous avons besoin de rêveurs qui feront avancer ces projets.

L’Église catholique, fidèle à sa mission, veut contribuer à toutes les initiatives visant à sauvegarder la dignité des personnes, spécialement celles dont les droits sont violés. Pour faire de cette priorité urgente de ‘‘faim zéro’’ une réalité, je vous assure de notre soutien entier et de notre appui total afin de favoriser tous les efforts commencés.

‘‘J’avais faim et vous m’avez donné à manger, j’avais soif et vous m’avez donné à boire’’. Dans ces mots se trouve l’un des points clefs du christianisme. Une expression qui, au-delà des credo et des convictions, pourrait être offerte comme règle d’or à nos peuples. Et comme à un peuple, de la même manière à l’humanité tout entière. L’humanité joue son avenir dans sa capacité à répondre à la faim et à la soif de ses frères. Dans cette capacité de secourir celui qui a faim et celui qui a soif, nous pouvons prendre le pouls de notre humanité. Voilà pourquoi, je souhaite que la lutte pour éradiquer la faim et la soif de nos frères et avec nos frères continue de nous interpeller; qu’elle ne nous laisse pas dormir et qu’elle nous fasse rêver: les deux choses ensemble; qu’elle nous interpelle afin que nous cherchions avec un esprit créatif des solutions de changement et de transformation.

Et que Dieu Tout-Puissant soutienne par sa bénédiction le travail de vos mains. Merci!

[00990-FR.02] [Texte original: Espagnol]

Traduzione in lingua inglese

Ladies and Gentlemen,

I thank Executive Director Ertharin Cousin for her invitation to inaugurate the 2016 annual meeting of the Executive Board of the World Food Programme, and for her kind words of welcome. I greet Ambassador Stephanie Hochstetter Skinner-Klée, President of this important gathering of representatives of different governments called to promote concrete initiatives in the fight against hunger. In offering a warm greeting to all of you, I express my gratitude for your many efforts and commitments in service of a cause that challenges us all: combatting the hunger from which so many of our brothers and sisters are suffering.

A few moments ago, I prayed before the Memorial Wall, a testimony to the sacrifice made by members of this organization who gave their lives so that, in complex and difficult situations, others would not go hungry. We remember them best by continuing to fight for the great goal of “zero hunger”. Those names, enshrined at the entrance of this building, are an eloquent sign that the WFP, far from a cold and anonymous institution, is an effective means for the international community to carry out ever more robust and productive activities. The credibility of an institution is not based on its declarations, but on the work accomplished by its members. It is based on their witness.

We live in an interconnected world marked by instant communications. Geographical distances seem to be shrinking. We can immediately know what is happening on the other side of the planet. Communications technologies, by bringing us face to face with so many tragic situations, can help, and have helped, to mobilize responses of compassion and solidarity. Paradoxically though, this apparent closeness created by the information highway seems daily to be breaking down. An information overload is gradually leading to the “naturalization” – pardon the neologism – of extreme poverty. In other words, little by little we are growing immune to other people’s tragedies, seeing them as something “natural”. We are bombarded by so many images that we see pain, but do not touch it; we hear weeping, but do not comfort it; we see thirst but do not satisfy it. All those human lives turn into one more news story. While the headlines may change, the pain, the hunger and the thirst remain; they do not go away.

This tendency – or temptation – demands something more of us. It also makes us realize the fundamental role that institutions like your own play on the global scene. Today we cannot be satisfied simply with being aware of the problems faced by many of our brothers and sisters. Statistics do not satisfy us. It is not enough to offer broad reflections or engage in endless discussion, constantly repeating things everyone knows. We need to “de-naturalize” extreme poverty, to stop seeing it as a statistic rather than a reality. Why? Because poverty has a face! It has the face of a child; it has the face of a family; it has the face of people, young and old. It has the face of widespread unemployment and lack of opportunity. It has the face of forced migrations, and of empty or destroyed homes.

We cannot “naturalize” the fact that so many people are starving. We cannot simply say that their situation is the result of blind fate and that nothing can be done about it. Once poverty no longer has a face, we can yield to the temptation of discussing “hunger”, “food” and “violence” as concepts, without reference to the real people knocking on our doors today. Without faces and stories, human lives become statistics and we run the risk of bureaucratizing the sufferings of others. Bureaucracies shuffle papers; compassion – not pity, but com-passion, suffering with – deals with people.

Here I believe that we have much to do. In addition to everything already being done, we need to work at “denaturalizing” and “debureaucratizing” the poverty and hunger of our brothers and sisters. This requires us to intervene on different scales and levels, focusing on real people who are suffering and starving, while drawing upon an abundance of enthusiasm and potential that we need to help exploit.

1. “Denaturalizing” poverty

During my visit to the FAO for the Second International Conference on Nutrition, I spoke of the paradox that, while there is enough food for everyone, yet “not all can eat”, even as we witness “waste, excessive consumption and the use of food for other purposes” (Address to the Plenary of the Conference [20 November 2014], 3).

Let us be clear. Food shortage is not something natural, it is not a given, something obvious or self-evident. The fact that today, well into the twenty-first century, so many people suffer from this scourge is due to a selfish and wrong distribution of resources, to the “merchandizing” of food. The earth, abused and exploited, continues in many parts of the world to yield its fruits, offering us the best of itself. The faces of the starving remind us that we have foiled its purposes. We have turned a gift with a universal destination into a privilege enjoyed by a select few. We have made the fruits of the earth – a gift to humanity – commodities for a few, thus engendering exclusion. The consumerism in which our societies are immersed has made us grow accustomed to excess and to the daily waste of food. At times we are no longer able even to see the just value of food, which goes far beyond mere economic parameters. We need to be reminded that food discarded is, in a certain sense stolen, from the table of poor and the starving. This reality invites us to reflect on the problem of unused and wasted food, and to identify ways and means which, by taking this problem seriously, can serve as a vehicle of solidarity and sharing with those most in need (cf. Catechesis, 5 June 2013).

2. “Debureaucratizing” hunger

We need to be frank: some issues have been bureaucratized. Some activities have been “shelved”. Everyone is aware of the present instability of the world situation. Lately war and the threat of war have been uppermost in our minds and our discussions. Thus, given the wide gamut of present conflicts, arms seem to have gained unprecedented importance, completely sidelining other ways of resolving the issues at hand. This approach is so deeply engrained and taken for granted that it prevents food supplies from being distributed in war zones, in violation of the most fundamental and age-old principles and rules of international law.

We thus find ourselves faced with a strange paradox. Whereas forms of aid and development projects are obstructed by involved and incomprehensible political decisions, skewed ideological visions and impenetrable customs barriers, weaponry is not. It makes no difference where arms come from; they circulate with brazen and virtually absolute freedom in many parts of the world. As a result, wars are fed, not persons. In some cases, hunger itself is used as a weapon of war. The death count multiplies because the number of people dying of hunger and thirst is added to that of battlefield casualties and the civilian victims of conflicts and attacks.

We are fully aware of this, yet we allow our conscience to be anesthetized, with the result that we become desensitized. We may come up with justifications, but in the face of tragedies like these, such anesthesia is all the more grave. Force then becomes our one way of acting, and power becomes our only goal. Those who are most vulnerable not only suffer the effects of war but also see obstacles placed in the way of help. Hence it is urgent to debureaucratize everything that keeps humanitarian assistance projects from being realized. In this regard, you play a fundamental role, for we need true heroes capable of blazing trails, building bridges, opening channels concerned primarily with the faces of those who suffer. Initiatives of the international community must similarly be directed to this end.

It is not a question of harmonizing interests that remain linked to narrow national interests or shameful forms of selfishness. Rather, it is a matter of the member states decisively increasing their commitment to cooperate with the World Food Program. In this way the WFP will not only be able to respond to urgent needs, but also to carry out sound projects and promote long-term development programmes, as requested by each of the governments and consonant with the needs of peoples.

Through its mission and its activities, the World Food Programme has shown that it is possible to coordinate scientific knowledge, technical decisions and practical actions with efforts aimed at obtaining resources and distributing them impartially, that is to say, with respect for the needs of those who receive them and the will of the donors. This method, in those areas that are most depressed and poor, can and must ensure an appropriate development of local capacities and gradually eliminate external dependence, while at the same time making it possible to reduce food loss and to ensure that nothing goes to waste. In a word, the WFP is an excellent example of how one can work throughout the world to eradicate hunger through a better allotment of human and material resources, strengthening the local community. In this sense, I encourage you to move forward. Do not grow weary, for it is easy to do, or let problems dissuade you. Believe in what you are doing and pursue it enthusiastically. That is how the seed of generosity grows and bears abundant fruit. Allow yourselves the luxury of dreaming. We need dreamers to carry forward these projects.

The Catholic Church, in fidelity to her mission, wishes to cooperate with every initiative that defends and protects the dignity of persons, especially of those whose rights are violated. In implementing this urgent priority of “zero hunger”, I assure you of our complete support and encouragement for the efforts in course.

“I was hungry and you gave me food; I was thirsty and you gave me something to drink”. These words embody one of the axioms of Christianity. Independent of creeds and convictions, they can serve as a golden rule for our peoples. What is true of individual peoples is also true for humanity as a whole. Humanity plays out its future by its ability to respond to the hunger and thirst of its brothers and sisters. In that ability to come to the aid of the hungry and thirsty, we can measure the pulse of our humanity. For this reason, I desire that the fight to eradicate the hunger and thirst of our brothers and sisters, and with our brothers and sisters, will continue to challenge us not to grow weary and to keep dreaming – both of these! – in seeking creative solutions of change and transformation.

May Almighty God sustain with his blessing the work of your hands. Thank you.

[00990-EN.02] [Original text: Spanish]

Traduzione in lingua tedesca

Meine Damen und Herren,

ich danke der Exekutivdirektorin Frau Ertharin Cousin für die Einladung, die Jahreskonferenz 2016 des Exekutivrats des Welternährungsprogramms zu eröffnen, sowie für die Worte, mit denen sie mich willkommen geheißen hat. Ebenso grüße ich die Botschafterin Stephanie Hochstetter Skinner-Klée, die Vorsitzende dieser bedeutenden Versammlung, welche die Vertreter verschiedener Regierungen vereint, die aufgerufen sind, konkrete Initiativen zum Kampf gegen den Hunger zu ergreifen. Und indem ich Sie alle, die Sie hier zugegen sind, begrüße, danke ich für die vielen Anstrengungen und für das Engagement in einer Sache, die uns nicht unberührt lassen darf: im Kampf gegen den Hunger, unter dem viele unserer Brüder und Schwestern leiden.

Vor einigen Augenblicken habe ich vor der „Gedenkwand“ gebetet, einem Zeugnis für das Opfer, das die Mitglieder dieses Organismus gebracht haben, indem sie ihr Leben hingaben, damit auch in komplexen Situationen den Hungernden das Brot nicht fehlt. Es ist ein Gedenken, das wir bewahren müssen, um mit derselben Kraft für das so ersehnte Ziel des „Null Hunger“ weiterzukämpfen. Jene am Eingang dieses Hauses eingravierten Namen sind ein beredtes Zeichen dafür, dass das Welternährungsprogramm – weit davon entfernt, eine anonyme und formelle Struktur zu sein – ein wertvolles Instrument der internationalen Gemeinschaft ist, um immer kraft- und wirkungsvollere Aktivitäten zu entfalten. Die Glaubwürdigkeit einer Institution gründet sich nicht auf ihre Erklärungen, sondern auf die von ihren Mitgliedern verwirklichten Taten. Sie gründet sich auf ihre Zeugen.

In der Welt hochgradiger Vernetzung und überbordender Kommunikation, in der wir leben, scheinen die geographischen Entfernungen zusammenzuschrumpfen. Wir haben die Möglichkeit, fast zeitgleich in Kontakt zu treten mit dem, was auf der anderen Seite des Planeten geschieht. Durch die Kommunikationstechnologien kommen wir vielen schmerzlichen Situationen näher, und diese Mittel können dazu beitragen (und haben es bereits getan), Gesten des Mitgefühls und der Solidarität auszulösen. Dennoch scheint diese durch die Information geschaffene augenscheinliche Nähe paradoxerweise jeden Tag rissiger zu werden. Das Übermaß an Information, über das wir verfügen, erzeugt allmählich – verzeihen Sie mir den Neologismus – eine „Naturalisierung“ des Elends. Das heißt, Schritt für Schritt werden wir immun gegen die Tragödien der anderen und bewerten sie als „natürlich“. Es sind so viele Bilder, die auf uns eindringen, dass wir den Schmerz sehen, ihn aber nicht berühren; dass wir das Weinen hören, ihm aber keinen Trost spenden; dass wir den Durst sehen, ihn aber nicht löschen. Auf diese Weise werden viele Leben zu einem Teil einer Nachricht, die alsbald durch eine andere abgelöst wird. Und während die Nachrichten sich ändern, ändern sich nicht der Schmerz, der Hunger und der Durst, sondern sie bleiben bestehen. Diese Tendenz – oder Versuchung – verlangt von uns heute einen weiteren Schritt und offenbart ihrerseits die grundlegende Rolle, die Institutionen wie die Ihre auf der Weltbühne spielen. Heute können wir uns nicht damit zufrieden geben, die Situation vieler unserer Brüder und Schwestern nur zu kennen. Statistiken machen nicht satt. Es reicht nicht, weitläufige Überlegungen zu entwickeln oder uns in endlose Diskussionen darüber zu vertiefen, indem wir ständig Klischees wiederholen, die alle bereits kennen. Es ist notwendig, das Elend zu „entnaturalisieren“ und aufzuhören, es als eine der vielen Gegebenheiten der Realität anzunehmen. Warum? Weil das Elend ein Gesicht hat. Es hat das Gesicht eines Kindes, es hat das Gesicht einer Familie, es hat das Gesicht von Jugendlichen und von alten Menschen. Es nimmt Gestalt an im Mangel an Möglichkeiten und Arbeit für viele Menschen, es nimmt Gestalt an in Zwangsmigrationen, verlassenen oder zerstörten Häusern. Wir dürfen den Hunger so vieler nicht „naturalisieren“; es ist uns nicht erlaubt zu sagen, dass ihre Situation das Ergebnis eines blinden Schicksals ist, angesichts dessen wir nichts tun können. Und wenn das Elend aufhört, ein Gesicht zu haben, können wir der Versuchung erliegen, dass wir anfangen, über „den Hunger“, „die Ernährung“, „die Gewalt“ zu sprechen und zu diskutieren und dabei das konkrete, wirkliche Subjekt auszublenden, das weiter an unsere Türen Klopft. Wenn die Gesichter und die Geschichten fehlen, beginnen die Leben, sich in Zahlen zu verwandeln, und so laufen wir allmählich Gefahr, den Schmerz der anderen zu bürokratisieren. Die Bürokratien beschäftigen sich mit Akten; das Mitleid – nicht das Bemitleiden: das Mitleid, das Mit-leiden – hingegen setzt sich persönlich ein für die Menschen. Ich glaube, dass wir in dieser Hinsicht noch viel zu tun haben. Zusammen mit allen Aktivitäten, die bereits entfaltet werden, ist es notwendig, dafür zu arbeiten, das Elend und den Hunger unserer Mitmenschen zu „entnaturalisieren“ und zu entbürokratisieren. Das verlangt von uns ein Eingreifen in Abstufungen und auf verschiedenen Ebenen, wo als Ziel unserer Bemühungen der konkrete Mensch steht, der leidet und Hunger hat, der aber auch einen unermesslichen Reichtum an Energien und Möglichkeiten in sich trägt, denen wir dazu verhelfen müssen, sich herauszukristallisieren.

1. Das Elend „entnaturalisieren“

Als ich anlässlich der 2. Welternährungskonferenz bei der FAO war, habe ich gesagt, dass eine der eklatanten Ungereimtheiten, die wir bedenken müssen, die Tatsache ist, dass genügend Nahrung für alle vorhanden ist, »aber nicht alle essen können, während die Verschwendung, die Vernichtung, der exzessive Konsum und der Gebrauch von Lebensmitteln zu anderen Zwecken uns allen vor Augen stehen« (Ansprache an die Vollversammlung der Konferenz [20. November 2014], 3).

Eines sei klargestellt: Der Mangel an Lebensmitteln ist nichts Natürliches; er ist weder ein einsichtiges noch ein selbstverständliches Faktum. Dass heute, mitten im einundzwanzigsten Jahrhundert viele Menschen unter dieser Geißel leiden, ist auf eine egoistische und schlechte Verteilung der Ressourcen zurückzuführen, auf eine „Kommerzialisierung“ der Lebensmittel. Die schlecht behandelte und ausgebeutete Erde gibt uns in vielen Teilen der Welt weiter ihre Früchte, bietet uns immer noch ihr Bestes; die hungrigen Gesichter erinnern uns aber daran, dass wir diese Früchte zweckentfremdet haben. Eine Gabe, die eine universale Bestimmung hat, haben wir zu einem Privileg weniger gemacht. Aus den Früchten der Erde – eine Gabe für die Menschheit – haben wir commodities für einige gemacht und auf diese Weise Ausschließung erzeugt. Der Konsumismus, der unsere Gesellschaften durchdringt, hat uns dazu geführt, uns an den Überfluss und die tägliche Verschwendung von Lebensmitteln zu gewöhnen, und manchmal sind wir nicht einmal mehr fähig, ihren eigentlichen Wert zu schätzen, der über ihre bloß wirtschaftlichen Parameter hinausgeht. Dennoch wird es uns gut tun, uns daran zu erinnern, dass die Nahrung, die man verschwendet, gleichsam vom Tisch des Armen, von dem, der Hunger hat, gestohlen ist. Diese Realität verlangt von uns, über den Verlust und die Verschwendung von Lebensmitteln nachzudenken, um Mittel und Wege zu finden, die das Problem ernsthaft in Angriff nehmen und so ein Ausdruck der Solidarität und des Teilens mit den am meisten Bedürftigen sind (vgl. Generalaudienz [5. Juni 2013]: L’Osservatore Romano [dt.] Jg. 43, Nr. 24 [14. Juni 2013], S. 2).

2. Den Hunger entbürokratisieren

Wir müssen in aller Ehrlichkeit eingestehen: Es gibt Fragen, die bürokratisiert worden sind. Es gibt Handlungen, die gleichsam „in Kisten verpackt“ sind. Die weltweite Instabilität, die wir erleben, ist allen wohlbekannt. In letzter Zeit sind die Kriege und die drohenden Konflikte das, was in unseren Interessen und Debatten den Vorrang hat. Und so scheint es, dass angesichts des breiten Spektrums existierender Konflikte die Waffen ein so ungewöhnliches Übergewicht erhalten haben, dass sie andere Weisen, Fragen über Streitpunkte zu lösen, völlig zurückgedrängt haben. Diese Präferenz ist mittlerweile so verwurzelt und akzeptiert, dass sie die Verteilung von Lebensmitteln in Kriegsgebieten behindert und damit sogar gegen die Prinzipien und die grundlegendsten Richtlinien des internationalen Rechtes verstößt, das seit vielen Jahrhunderten in Kraft ist. So stehen wir einem eigenartigen und widersinnigen Phänomen gegenüber: Während Hilfen und Entwicklungspläne von verwickelten und unverständlichen politischen Entscheidungen, abwegigen ideologischen Ansichten oder unüberwindlichen Zollschranken behindert werden, gilt das nicht für die Waffen. Ihre Herkunft ist gleichgültig; sie kursieren mit einer – verzeihen Sie das Adjektiv – arroganten und nahezu absoluten Freiheit in vielen Teilen der Welt. Und auf diese Weise sind es die Kriege, die ernährt werden, und nicht die Menschen. In einigen Fällen wird der Hunger selbst als Kriegswaffe benutzt. Und die Opfer vervielfachen sich, denn die Anzahl der Menschen, die vor Hunger oder Erschöpfung sterben, kommt zu jener der Kämpfer, die auf dem Schlachtfeld ihr Leben lassen, und jener der vielen Zivilisten, die in den Gefechten und Anschlägen umkommen, hinzu. Wir sind uns dessen vollkommen bewusst, lassen aber zu, dass unser Gewissen sich betäubt, und so machen wir es unsensibel – vielleicht mit rechtfertigenden Worten: „Nun gut, aber bei so vielen Tragödien kann man nicht anders.“. Das ist die bequemste Betäubung. Auf diese Weise wird die Gewalt unsere einzige Handlungsweise und die Macht das endgültige zu erreichende Ziel. Die schwächsten Bevölkerungsschichten leiden nicht nur unter den kriegerischen Konflikten, sondern sehen zugleich jede Art von Hilfe behindert. Darum ist es dringend, alles zu entbürokratisieren, was verhindert, dass die Pläne für humanitäre Hilfen ihre Ziele erreichen. Darin haben Sie eine grundlegende Rolle, denn wir brauchen wirkliche Helden, die fähig sind, Wege zu öffnen, Brücken zu spannen und Prozeduren zu vereinfachen, bei denen es in erster Linie um das Gesicht des Leidenden geht. Auf dieses Ziel müssen ebenso die Initiativen der internationalen Gemeinschaft ausgerichtet werden.

Es geht nicht darum, Interessen in Einklang zu bringen, die in zentripetalen nationalen Ansichten oder in schändlichen Egoismen verankert bleiben. Es geht vielmehr darum, dass die Mitgliedsstaaten ihren wirklichen Willen zur Zusammenarbeit für diese Ziele entscheidend steigern. Wie wichtig wäre es aus diesem Grund, wenn die Politiker aller Mitgliedsländer beim Welternährungsprogramm an einem Strang zögen. Wie wichtig wäre es, wenn sie den effektiven Willen zur Zusammenarbeit entschieden steigerten, damit das Welternährungsprogramm nicht nur den Dringlichkeiten nachkommen, sondern auch gesichert nachhaltige Projekte verwirklichen sowie langfristige Entwicklungsprogramme fördern kann, entsprechend den Anträgen einer jeden Regierung und in Übereinstimmung mit den Bedürfnissen der Völker.

Das Welternährungsprogramm zeigt mit seinem Weg und seiner Aktivität, dass es möglich ist, wissenschaftliche Kenntnisse, technische Entscheidungen und praktisches Handeln mit den Bemühungen zu koordinieren, Mittel zu sammeln und sie gerecht zu verteilen, das heißt unter Berücksichtigung der Bedürfnisse der Empfänger und des Willens der Geber. Diese Methode kann und muss in den am stärksten unterentwickelten und ärmsten Gegenden die angemessene Entwicklung des örtlichen Potenzials gewährleisten und nach und nach die externe Abhängigkeit beseitigen; zugleich gestattet sie, den Verlust von Lebensmitteln zu reduzieren, so dass nichts verschwendet wird. Kurz gesagt: Das Welternährungsprogramm ist ein wertvolles Beispiel dafür, wie man in der ganzen Welt arbeiten kann, um durch eine bessere Zuteilung der menschlichen und materiellen Ressourcen den Hunger auszurotten und zugleich die örtliche Gemeinschaft zu stärken. In diesem Sinn ermutige ich Sie voranzugehen. Lassen Sie sich nicht von der Erschöpfung überwältigen – die groß ist! – und erlauben Sie nicht, dass die Schwierigkeiten Sie dazu bewegen, aufzugeben. Glauben Sie an das, was Sie tun, und tun Sie es weiterhin mit Begeisterung: Das ist die Art und Weise, wie der Same der Großherzigkeit kraftvoll aufkeimt. Gewähren Sie sich den Luxus, zu „träumen“! Wir brauchen Träumer, die diese Projekte vorantreiben.

Die katholische Kirche möchte in Treue zu ihrem Auftrag mit allen Initiativen einvernehmlich zusammenarbeiten, die für den Schutz der Menschenwürde – besonders derer, die in ihren Rechten verletzt sind – kämpfen. Damit diese dringende Priorität des „Null Hunger“ Wirklichkeit wird, versichere ich Sie unserer vollen Hilfe und Unterstützung, um alle unternommenen Anstrengungen zu fördern.

„Ich war hungrig und ihr habt mir zu essen gegeben; ich war durstig und ihr habt mir zu trinken gegeben.“ In diesen Worten liegt eine der Maximen des Christentums. Es ist ein Satz, der jenseits der religiösen Bekenntnisse und der Überzeugungen als goldene Regel für unsere Völker angeboten werden könnte. In der Fähigkeit, sich des Hungers und des Durstes der Mitmenschen anzunehmen, bringt ein Volk die eigene Zukunft ins Spiel. Und wie ein Volk, so auch die gesamte Menschheit: In der Fähigkeit, sich des Hungers und des Durstes der Mitmenschen anzunehmen, bringt die Menschheit die eigene Zukunft ins Spiel. An dieser Fähigkeit, dem Hungrigen und dem Durstigen zu helfen, können wir den Puls unserer Menschlichkeit messen. Darum hoffe ich, dass der Kampf gegen den Hunger und den Durst unserer Brüder und Schwestern – und den wollen wir gemeinsam mit ihnen ausfechten – uns weiter Anstoß gibt. Dass er uns nicht schlafen lässt und uns träumen lässt: beides zusammen. Dass er uns anstößt, damit wir kreativ nach Lösungen der Veränderung und Verwandlung suchen. Möge der allmächtige Gott die Arbeit Ihrer Hände mit seinem Segen unterstützen. Danke.

[00990-DE.02] [Originalsprache: Spanisch]

: „Nun gut, aber bei so vielen Tragödien kann man nicht anders.“, aber angesichts so vieler Tragödien darf man das nicht. Das ist die schlimmste bequemste Betäubung.

Traduzione in lingua portoghese

Senhoras e senhores,

Agradeço à Diretora Executiva, Senhora Ertharin Cousin, ter-me convidado a inaugurar a Sessão Anual 2016 do Conselho Executivo do Programa Alimentar Mundial, bem como as palavras de boas-vindas que me dirigiu. De igual modo saúdo a Embaixadora Stephanie Hochstetter Skinner-Klée, Presidente desta importante assembleia que reúne os Representantes dos vários governos chamados a tomar medidas concretas na luta contra a fome. E ao mesmo tempo que saúdo a todos vós aqui reunidos, agradeço tantos esforços e compromissos com uma causa que não pode deixar de nos interpelar: a luta contra a fome que sofrem muitos dos nossos irmãos.

Há pouco rezei diante do «Muro da Memória», testemunha do sacrifício feito pelos membros deste Organismo, dando a sua vida para que, mesmo no meio de complexas vicissitudes, não faltasse o pão aos famintos. Memória que devemos manter para continuar a lutar, com o mesmo vigor, pela meta tão ansiada da «fome zero». Aqueles nomes gravados à entrada desta Casa são um sinal eloquente de que o PAM, longe de ser uma estrutura anónima e formal, constitui um válido instrumento da comunidade internacional para empreender atividades sempre mais vigorosas e eficazes. A credibilidade duma instituição não se baseia nas suas declarações, mas nas ações realizadas pelos seus membros. Baseia-se nos seus testemunhos.

No mundo interconectado e híper-comunicativo em que vivemos, as distâncias geográficas parecem encurtar-se. Temos a possibilidade de contacto quase simultâneo com o que está a acontecer no outro lado do planeta. Graças às tecnologias da comunicação, aproximamo-nos de muitas situações dolorosas; e tais meios podem ajudar (e têm ajudado) a mobilizar para gestos de compaixão e solidariedade. Paradoxalmente, porém, esta aparente proximidade criada pela informação, vemo-la diluir-se de dia para dia. O excesso de informação de que dispomos gera gradualmente a habituação à miséria; ou seja, pouco a pouco tornamo-nos imunes às tragédias dos outros, considerando-as como qualquer coisa de «natural»; em nós gera-se – desculpai o neologismo – a «naturalização» da miséria. São tantas as imagens que nos invadem onde vemos o sofrimento, mas não o tocamos; ouvimos o pranto, mas não o consolamos; vemos a sede, mas não a saciamos. Assim, muitas vidas entram a fazer parte duma notícia que, em pouco tempo, acabará substituída por outra. E, enquanto mudam as notícias, o sofrimento, a fome e a sede não mudam, permanecem. Esta tendência – ou tentação – exige de nós um passo mais e, por sua vez, revela o papel fundamental que instituições como a vossa têm no cenário global. Hoje não podemos dar-nos por satisfeitos apenas com o facto de conhecer a situação de muitos dos nossos irmãos. As estatísticas não nos saciam. Não é suficiente elaborar longas reflexões ou submergir-nos em discussões infindáveis sobre as mesmas, repetindo continuamente argumentos já conhecidos por todos. É necessário «desnaturalizar» a miséria, deixando de considerá-la como um dado entre muitos outros da realidade. Porquê? Porque a miséria tem um rosto. Tem o rosto duma criança, tem o rosto duma família, tem o rosto de jovens e idosos. Tem o rosto da falta de oportunidades e de emprego de muitas pessoas, tem o rosto das migrações forçadas, das casas abandonadas ou destruídas. Não podemos «naturalizar» a fome de tantas pessoas; não nos é lícito afirmar que a sua situação é fruto dum destino cego contra o qual nada podemos fazer. Quando a miséria deixa de ter um rosto, podemos cair na tentação de começar a falar e discutir sobre «a fome», «a alimentação», «a violência», deixando de lado o sujeito concreto, real, que continua ainda hoje a bater às nossas portas. Quando faltam os rostos e as histórias, as vidas começam a transformar-se em números e assim, pouco a pouco, corremos o risco de burocratizar o sofrimento alheio. As burocracias ocupam-se de procedimentos; a compaixão – não a pena, mas a compaixão, o padecer com –, pelo contrário, põe-nos em campo em prol das pessoas. E, nisto, acho que temos muito trabalho a fazer. Juntamente com todas as ações já em curso, é necessário trabalhar por «desnaturalizar» e desburocratizar a miséria e a fome dos nossos irmãos. Isto exige de nós, em diversa escala e a diferentes níveis, uma intervenção em que apareça como objetivo dos nossos esforços a pessoa concreta que sofre e tem fome, mas que encerra também uma imensa riqueza de energias e potencialidades que devemos ajudar a concretizar.

1. «Desnaturalizar» a miséria

Quando estive na FAO, por ocasião da II Conferência Internacional sobre a Nutrição, disse que uma das graves incoerências que estávamos chamados a considerar é o facto de haver comida suficiente para todos mas «nem todos podem comer, enquanto o desperdício, o descarte, o consumo excessivo e o uso de alimentos para outros fins estão diante dos nossos olhos» (Discurso à Plenária da Conferência, 20/XI/2014).

Fique claro que a falta de comida não é uma coisa natural, não é um dado óbvio nem evidente. O facto de hoje, em pleno século XXI, muitas pessoas sofrerem deste flagelo deve-se a uma egoísta e má distribuição dos recursos, a uma «mercantilização» dos alimentos. A terra, maltratada e abusada, continua em muitas partes do mundo a dar-nos os seus frutos, continua a brindar-nos com o melhor de si mesma; os rostos famintos lembram-nos que desvirtuamos os fins da terra. Um dom, que tem finalidade universal, tornamo-lo um privilégio de poucos. Fizemos dos frutos da terra – dom para a humanidade – mercadoria de alguns, gerando assim exclusão. O consumismo – que permeia as nossas sociedades – induziu a habituar-nos ao supérfluo e ao desperdício diário de comida, a que por vezes já não somos capazes de dar o justo valor e que se situa para além de meros parâmetros económicos. Far-nos-á bem recordar que o alimento desperdiçado é como se fosse roubado à mesa do pobre, de quem tem fome. Esta realidade solicita-nos a refletir sobre o problema da perda e desperdício de alimentos, a fim de individuar vias e modalidades que, enfrentando seriamente tal problemática, sejam veículo de solidariedade e partilha com os mais necessitados [cf. Catequese de 5 de junho de 2013: Insegnamenti, I/1 (2013), 280].

2. Desburocratizar a fome

Devemos dizê-lo sinceramente! Há questões burocratizadas; há ações que estão «engarrafadas». A instabilidade mundial que vivemos é bem conhecida por todos. Nos tempos recentes, são as guerras e as ameaças de conflito o que predomina nos nossos interesses e debates. E assim, perante a diversa gama de conflitos existentes, parece que as armas tenham adquirido uma preponderância de tal modo fora do comum, que acantonaram totalmente outras maneiras de solucionar as questões em liça. Esta preferência já está de tal modo enraizada e assumida, que impede a distribuição de alimentos nas zonas de guerra, chegando mesmo à violação dos princípios e diretrizes mais basilares do direito internacional, cuja vigência remonta a muitos séculos atrás. Encontramo-nos assim perante um fenómeno estranho e paradoxal: enquanto as ajudas e os planos de desenvolvimento se veem obstaculizados por intrincadas e incompreensíveis decisões políticas, por tendenciosas visões ideológicas ou por insuperáveis barreiras alfandegárias, as armas não; não importa a sua origem, circulam com uma liberdade jactanciosa e quase absoluta em muitas partes do mundo. E assim nutrem-se as guerras, não as pessoas. Nalguns casos, usa-se a própria fome como arma de guerra. E as vítimas multiplicam-se, porque o número das pessoas que morrem de fome e depauperação soma-se ao dos combatentes que morrem no campo de batalha e a tantos civis mortos nos conflitos e nos atentados. Temos plena consciência disto, mas deixamos que a nossa consciência se anestesie tornando-se desta forma insensível, porventura recorrendo a palavras para se justificar (tais como: não se pode enfrentar tantas tragédias) que é a anestesia mais grave. Assim, a força transforma-se no nosso único modo de agir; e o poder, no objetivo perentório a alcançar. As populações mais frágeis não só padecem os conflitos bélicos, mas ainda veem travado todo o tipo de ajuda. Por isso, urge desburocratizar tudo quanto impeça que os planos de ajuda humanitária alcancem os seus objetivos. Nisto, vós tendes um papel fundamental porque precisamos de verdadeiros heróis capazes de abrir sendas, lançar pontes, simplificar procedimentos de modo que o acento seja posto no rosto de quem sofre. Para esta meta se devem orientar igualmente as iniciativas da comunidade internacional.

Não é questão de harmonizar interesses, que permanecem ancorados a visões nacionais centrípetas ou a egoísmos inconfessáveis. Trata-se, antes, de que os Estados membros incrementem decididamente a sua vontade real de cooperar para estes fins. Por esta razão, será muito importante que a vontade política de todos os países membros consinta e incremente decididamente a vontade efetiva de cooperar com o Programa Alimentar Mundial, para que este possa não só responder às urgências, mas também realizar projetos sólidos e consistentes e promover programas de desenvolvimento a longo prazo, segundo as solicitações de cada um dos governos e de acordo com as necessidades dos povos.

Com a sua trajetória e atividade, o Programa Alimentar Mundial demonstra que é possível coordenar conhecimentos científicos, decisões técnicas e ações práticas com os esforços destinados a mobilizar recursos e a distribuí-los equitativamente, isto é, respeitando as exigências de quem os recebe e a vontade do doador. Este método pode e deve garantir, nas áreas mais deprimidas e pobres, o adequado desenvolvimento das capacidades locais e eliminar gradualmente a dependência externa, consentindo ao mesmo tempo de reduzir a perda de alimentos, para que nada se desperdice. Numa palavra, o PAM é um válido exemplo de como se pode trabalhar em todo o mundo para erradicar a fome através duma melhor atribuição dos recursos humanos e materiais, fortalecendo a comunidade local. Neste sentido, encorajo-vos a prosseguir. Não vos deixeis vencer pelo cansaço (que é tanto), nem permitais que as dificuldades vos façam desistir. Acreditai naquilo que fazeis e continuai a fazê-lo com entusiasmo, que é o modo como pode germinar com força a semente da generosidade. Permiti-vos o luxo de sonhar. Precisamos de sonhadores que façam avançar estes projetos.

Fiel à sua missão, a Igreja Católica quer trabalhar em concertação com todas as iniciativas que visam a salvaguarda da dignidade das pessoas, especialmente de quantas estão feridas nos seus direitos. Para se tornar realidade esta prioridade urgente da «fome zero», asseguro-vos todo o nosso apoio e sustentáculo para favorecer todos os esforços empreendidos.

«Tive fome e destes-me de comer, tive sede e destes-me de beber». Nestas palavras, temos uma das máximas do cristianismo; mas esta frase, independentemente de credos e convicções, poderia ser oferecida como regra de ouro para os nossos povos: tanto para um povo, como para a humanidade inteira. A humanidade joga o seu futuro na capacidade que tem de assumir a fome e a sede dos seus irmãos. Nesta capacidade de socorrer o faminto e o sedento, podemos medir o pulso da nossa humanidade. Por isso desejo que a luta para erradicar a fome e a sede dos nossos irmãos, e juntamente com os nossos irmãos, continue a interpelar-nos; que não nos deixe dormir e nos faça sonhar (as duas coisas juntas); que nos interpele para se buscar criativamente soluções de mudança e transformação.

E que Deus Todo-Poderoso sustente com a sua bênção o trabalho das vossas mãos. Obrigado!

[00990-PO.02] [Texto original: Espanhol]

[B0432-XX.02]