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Viaggio Apostolico di Sua Santità Francesco in Messico (12-18 febbraio 2016) – Santa Messa nell’area fieristica di Ciudad Juárez, 17.02.2016


Santa Messa nell’area fieristica di Ciudad Juárez

Omelia del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

Nel pomeriggio il Santo Padre Francesco ha lasciato il Seminario diocesano e si è trasferito in papamobile all’area fieristica di Ciudad Juárez, situata proprio al confine con gli USA, di fronte alla città texana di El Paso.

Dopo un giro in papamobile tra i fedeli, il Papa – giunto nei pressi del confine internazionale tra Messico e Stati Uniti segnato da una rete metallica – è salito verso la grande Croce di legno posta in alto sul confine sostando in silenziosa preghiera; quindi ha deposto un omaggio floreale e salutato e benedetto i fedeli convenuti oltre frontiera.

Poco dopo le ore 16, sull’altare montato a 80 metri dal confine, Papa Francesco ha presieduto la Celebrazione Eucaristica nel corso della quale ha pronunciato l’omelia che riportiamo di seguito:

Omelia del Santo Padre

La gloria de Dios es la vida del hombre, así lo decía San Ireneo en el siglo II, expresión que sigue resonando en el corazón de la Iglesia. La gloria del Padre es la vida de sus hijos. No hay gloria más grande para un padre que ver la realización de los suyos; no hay satisfacción mayor que verlos salir adelante, verlos crecer y desarrollarse. Así lo atestigua la primera lectura que escuchamos. Nínive, una gran ciudad que se estaba autodestruyendo, fruto de la opresión y la degradación, de la violencia y de la injusticia. La gran capital tenía los días contados, ya que no era sostenible la violencia generada en sí misma. Ahí aparece el Señor moviendo el corazón de Jonás, ahí aparece el Padre invitando y enviando a su mensajero. Jonás es convocado para recibir una misión. Ve, le dice, porque «dentro de cuarenta días, Nínive será destruida» (Jon 3,4). Ve, ayúdalos a comprender que con esa manera de tratarse, regularse, organizarse, lo único que están generando es muerte y destrucción, sufrimiento y opresión. Hazles ver que no hay vida para nadie, ni para el rey ni para el súbdito, ni para los campos ni para el ganado. Ve y anuncia que se han acostumbrado de tal manera a la degradación que han perdido la sensibilidad ante el dolor. Ve y diles que la injusticia se ha instalado en su mirada. Por eso va Jonás. Dios lo envía a evidenciar lo que estaba sucediendo, lo envía a despertar a un pueblo ebrio de sí mismo.

Y en este texto nos encontramos frente al misterio de la misericordia divina. La misericordia rechaza siempre la maldad, tomando muy en serio al ser humano. Apela siempre a la bondad de cada persona, aunque esté dormida, anestesiada. Lejos de aniquilar, como muchas veces pretendemos o queremos hacerlo nosotros, la misericordia se acerca a toda situación para transformarla desde adentro. Ese es precisamente el misterio de la misericordia divina. Se acerca, e invita a la conversión, invita al arrepentimiento; invita a ver el daño que a todos los niveles se esta causando. La misericordia siempre entra en el mal para transformarlo. Misterio de nuestro Padre Dios: envía a su Hijo que se metió en el mal, se hizo pecado para transformar el mal. Esa es su misericordia.

El rey escuchó, los habitantes de la ciudad reaccionaron y se decretó el arrepentimiento. La misericordia de Dios entró en el corazón revelando y manifestando lo que es nuestra certeza y nuestra esperanza: siempre hay posibilidad de cambio, estamos a tiempo de reaccionar y transformar, modificar y cambiar, convertir lo que nos está destruyendo como pueblo, lo que nos está degradando como humanidad. La misericordia nos alienta a mirar el presente y confiar en lo sano y bueno que late en cada corazón. La misericordia de Dios es nuestro escudo y nuestra fortaleza.

Jonás ayudó a ver, ayudó a tomar conciencia. Acto seguido, su llamada encuentra hombres y mujeres capaces de arrepentirse, capaces de llorar. Llorar por la injusticia, llorar por la degradación, llorar por la opresión. Son las lágrimas las que pueden darle paso a la transformación, son las lágrimas las que pueden ablandar el corazón, son las lágrimas las que pueden purificar la mirada y ayudar a ver el círculo de pecado en el que muchas veces se está sumergido. Son las lágrimas las que logran sensibilizar la mirada y la actitud endurecida y especialmente adormecida ante el sufrimiento ajeno. Son las lágrimas las que pueden generar una ruptura capaz de abrirnos a la conversión. Así le pasó a Pedro, después de haber renegado de Jesús; lloró y las lágrimas le abrieron el corazón.

Que esta palabra suene con fuerza hoy entre nosotros, esta palabra es la voz que grita en el desierto y nos invita a la conversión. En este año de la misericordia, y en este lugar, quiero con ustedes implorar la misericordia divina, quiero pedir con ustedes el don de las lágrimas, el don de la conversión.

Aquí en Ciudad Juárez, como en otras zonas fronterizas, se concentran miles de migrantes de Centroamérica y otros países, sin olvidar tantos mexicanos que también buscan pasar «al otro lado». Un paso, un camino, cargado de terribles injusticias: esclavizados, secuestrados, extorsionados, muchos hermanos nuestros son fruto del negocio del tráfico humano, de la trata de personas.

No podemos negar la crisis humanitaria que en los últimos años ha significado la migración de miles de personas, ya sea por tren, por carretera e incluso a pie, atravesando cientos de kilómetros por montañas, desiertos, caminos inhóspitos. Esta tragedia humana que representa la migración forzada hoy en día es un fenómeno global. Esta crisis, que se puede medir en cifras, nosotros queremos medirla por nombres, por historias, por familias. Son hermanos y hermanas que salen expulsados por la pobreza y la violencia, por el narcotráfico y el crimen organizado. Frente a tantos vacíos legales, se tiende una red que atrapa y destruye siempre a los más pobres. ¡No sólo sufren la pobreza sino que además tienen que sufrir todas estas formas de violencia. Injusticia que se radicaliza en los jóvenes, ellos, «carne de cañón», son perseguidos y amenazados cuando tratan de salir de la espiral de violencia y del infierno de las drogas. Y, qué decir de tantas mujeres a quienes les han arrebatado injustamente la vida.

Pidámosle a nuestro Dios el don de la conversión, el don de las lágrimas, pidámosle tener el corazón abierto, como los ninivitas, a su llamado en el rostro sufriente de tantos hombres y mujeres. ¡No más muerte ni explotación! Siempre hay tiempo de cambiar, siempre hay una salida y siempre hay una oportunidad, siempre hay tiempo de implorar la misericordia del Padre.

Como sucedió en tiempo de Jonás, hoy también apostamos por la conversión; hay signos que se vuelven luz en el camino y anuncio de salvación. Sé del trabajo de tantas organizaciones de la sociedad civil a favor de los derechos de los migrantes. Sé también del trabajo comprometido de tantas hermanas religiosas, de religiosos y sacerdotes, de laicos que se la juegan en el acompañamiento y en la defensa de la vida. Asisten en primera línea arriesgando muchas veces la suya propia. Con sus vidas son profetas de misericordia, son el corazón comprensivo y los pies acompañantes de la Iglesia que abre sus brazos y sostiene.

Es tiempo de conversión, es tiempo de salvación, es tiempo de misericordia. Por eso, digamos junto al sufrimiento de tantos rostros: «Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor apiádate de nosotros… purifícanos de nuestros pecados y crea en nosotros un corazón puro, un espíritu nuevo» (cf. Sal 50/51,3.4.12).

Y también deseo en este momento saludar desde aquí a nuestros queridos hermanos y hermanas que nos acompañan simultáneamente al otro lado de la frontera, en especial a aquellos que se han congregado en el estadio de la Universidad de El Paso, conocido como el Sun Bowl, bajo la guía de su Obispo, Mons. Mark Seitz. Gracias a la ayuda de la tecnología, podemos orar, cantar y celebrar juntos ese amor misericordioso que el Señor nos da, y en el que ninguna frontera podrá impedirnos de compartir. Gracias, hermanos y hermanas de El Paso, por hacernos sentir una sola familia y una misma comunidad cristiana.

[00242-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

La gloria di Dio è la vita dell’uomo: così diceva sant’Ireneo nel II secolo, espressione che continua a risuonare nel cuore della Chiesa. La gloria del Padre è la vita dei suoi figli. Non c’è gloria più grande per un padre che vedere la realizzazione dei suoi; non c’è soddisfazione maggiore che vederli andare avanti, vederli crescere e svilupparsi. Lo attesta la prima Lettura che abbiamo ascoltato. Ninive: una grande città che si stava autodistruggendo, frutto dell’oppressione e della degradazione, della violenza e dell’ingiustizia. La grande capitale aveva i giorni contati, poiché non era sostenibile la violenza generata in sé stessa. E lì entra in scena il Signore muovendo il cuore di Giona, entra in scena il Padre invitando e inviando il suo messaggero. Giona viene chiamato per ricevere una missione. Va’, gli dice, perché « ancora quaranta giorni e Ninive sarà distrutta» (Gn 3,4). Va’, aiutali a comprendere che con questo modo di comportarsi, di regolarsi, di organizzarsi stanno generando solo morte e distruzione, sofferenza e oppressione. Fa’ vedere loro che non c’è vita per nessuno, né per il re né per il suddito, né per i campi né per il bestiame. Va’ e annuncia che si sono talmente abituati al degrado che hanno perso la sensibilità di fronte al dolore. Va’ e di’ loro che l’ingiustizia ha preso possesso del loro sguardo. Per questo Giona parte! Dio lo invia a mettere in luce ciò che stava succedendo, lo invia a risvegliare un popolo ubriaco di sé stesso.

E in questo testo, ci troviamo di fronte al mistero della misericordia divina. La misericordia scaccia sempre la malvagità, prendendo molto sul serio l’essere umano. Fa sempre appello alla bontà di ogni persona, anche se è addormentata, anestetizzata. Lungi dall’annientare, come molte volte pretendiamo o vogliamo fare noi, la misericordia si avvicina ad ogni situazione per trasformarla dall’interno. Questo è propriamente il mistero della misericordia divina. Si avvicina e invita alla conversione, invita al pentimento; invita a vedere il danno che a tutti i livelli si sta causando. La misericordia entra sempre nel male per trasformarlo. Mistero di Dio nostro Padre: manda il suo Figlio, che entra nel male, si fa peccato per trasformare il male. Questa è la sua misericordia.

Il re ascoltò, gli abitanti della città reagirono e si decretò il pentimento. La misericordia di Dio entrò nel cuore rivelando e manifestando ciò che è la nostra certezza e la nostra speranza: c’è sempre la possibilità di cambiare, siamo in tempo per reagire e trasformare, modificare e cambiare, convertire quello che ci sta distruggendo come popolo, che ci sta degradando come umanità. La misericordia ci incoraggia a guardare il presente e avere fiducia in ciò che di sano e di buono è nascosto in ogni cuore. La misericordia di Dio è nostro scudo e nostra fortezza.

Giona aiutò a vedere, aiuta a prendere coscienza. Subito dopo, la sua chiamata trova uomini e donne capaci di pentirsi, capaci di piangere. Piangere per l’ingiustizia, piangere per il degrado, piangere per l’oppressione. Sono le lacrime che possono aprire la strada alla trasformazione; sono le lacrime che possono ammorbidire il cuore, sono le lacrime che possono purificare lo sguardo e aiutare a vedere la spirale di peccato in cui molte volte si sta immersi. Sono le lacrime che riescono a sensibilizzare lo sguardo e l’atteggiamento indurito e specialmente addormentato davanti alla sofferenza degli altri. Sono le lacrime che possono generare una rottura capace di aprirci alla conversione. Così accadde a Pietro dopo aver rinnegato Gesù: pianse, e le lacrime gli aprirono il cuore.

Questa parola risuoni con forza oggi in mezzo a noi; questa parola è la voce che grida nel deserto e ci invita alla conversione. In questo anno della misericordia, voglio con voi, in questo luogo implorare la misericordia divina, voglio chiedere con voi il dono delle lacrime, il dono della conversione.

Qui a Ciudad Juárez, come in altre zone di frontiera, si concentrano migliaia di migranti dell’America Centrale e di altri Paesi, senza dimenticare tanti messicani che pure cercano di passare “dall’altra parte”. Un passaggio, un cammino carico di terribili ingiustizie: schiavizzati, sequestrati, soggetti ad estorsione, molti nostri fratelli sono oggetto di commercio del traffico umano, della tratta di persone.

Non possiamo negare la crisi umanitaria che negli ultimi anni ha significato la migrazione di migliaia di persone, sia in treno, sia in autostrada, sia anche a piedi attraversando centinaia di chilometri per montagne, deserti, strade inospitali. Questa tragedia umana che la migrazione forzata rappresenta, al giorno d’oggi è un fenomeno globale. Questa crisi, che si può misurare in cifre, noi vogliamo misurarla con nomi, storie, famiglie. Sono fratelli e sorelle che partono spinti dalla povertà e dalla violenza, dal narcotraffico e dal crimine organizzato. A fronte di tanti vuoti legali, si tende una rete che cattura e distrugge sempre i più poveri. Non solo soffrono la povertà, ma devono anche patire tutte queste forme di violenza. Ingiustizia che si radicalizza nei giovani: loro, come carne da macello, sono perseguitati e minacciati quando tentano di uscire dalla spirale della violenza e dall’inferno delle droghe. E che dire di tante donne alle quali hanno strappato ingiustamente la vita?

Chiediamo al nostro Dio il dono della conversione, il dono delle lacrime; chiediamogli che possiamo avere il cuore aperto come i Niniviti al suo appello nel volto sofferente di tanti uomini e donne. Mai più morte e sfruttamento! C’è sempre tempo per cambiare, c’è sempre una via d’uscita e c’è sempre un’opportunità, c’è sempre tempo per implorare la misericordia del Padre.

Come accadde al tempo di Giona, anche oggi scommettiamo sulla conversione; ci sono segni che diventano luce nel cammino e annuncio di salvezza. So del lavoro di tante organizzazioni della società civile in favore dei diritti dei migranti. So anche del lavoro impegnato di tante sorelle religiose, di religiosi e sacerdoti, di laici che si spendono nell’accompagnamento e nella difesa della vita. Danno aiuto in prima linea rischiando molte volte la propria. Con la loro vita sono profeti di misericordia, sono il cuore comprensivo e i piedi accompagnatori della Chiesa che apre le sue braccia e sostiene.

E’ tempo di conversione, è tempo di salvezza, è tempo di misericordia. Perciò diciamo, insieme con la sofferenza di tanti volti: “per la tua immensa compassione e misericordia, Signore, abbi pietà di noi… purificaci dai nostri peccati e crea in noi un cuore puro, uno spirito nuovo” (cfr Sal 50/51,3.4.12).

E in questo momento desidero anche salutare da qui i nostri cari fratelli e sorelle che ci accompagnano simultaneamente dall’altra parte della frontiera. Specialmente quelli che si sono radunati nell’stadio dell’Università di El Paso, conosciuto come il “Sun Bowl”, sotto la guida del loro Vescovo, Mons. Mark Seitz. Grazie all’aiuto della tecnologia, possiamo pregare, cantare e celebrare insieme l’amore misericordioso che il Signore ci dà, e che nessuna frontiera potrà impedirci di condividere. Grazie, fratelli e sorelle di El Paso, perché ci fate sentire una sola famiglia e una stessa comunità cristiana.

[00242-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

In the second century Saint Irenaeus wrote that the glory of God is the life of man. It is an expression which continues to echo in the heart of the Church. The glory of the Father is the life of his sons and daughters. There is no greater glory for a father than to see his children blossom, no greater satisfaction than to see his children grow up, developing and flourishing. The first reading that we have just heard points to this. The great city of Nineveh, was self-destructing as a result of oppression and dishonour, violence and injustice. The grand capital’s days were numbered because the violence within it could not continue. Then the Lord appeared and stirred Jonah’s heart: the Father called and sent forth his messenger. Jonah was summoned to receive a mission. “Go”, he is told, because in “forty days Nineveh shall be overthrown” (Jon 3:4). Go and help them to understand that by the way they treat each other, ordering and organizing themselves, they are only creating death and destruction, suffering and oppression. Make them see this is no way to live, neither for the king nor his subjects, nor for farm fields nor for the cattle. Go and tell them that they have become used to this degrading way of life and have lost their sensitivity to pain. Go and tell them that injustice has infected their way of seeing the world. “Therefore, go Jonah!”. God sent him to testify to what was happening, he sent him to wake up a people intoxicated with themselves.

In this text we find ourselves before the mystery of divine mercy. Mercy, which always rejects wickedness, takes the human person in great earnest. Mercy always appeals to the goodness of each person, even though it be dormant and numbed. Far from bringing destruction, as we so often desire or want to bring about ourselves, mercy seeks to transform each situation from within. Herein lies the mystery of divine mercy. It seeks and invites us to conversion, it invites us to repentance; it invites us to see the damage being done at every level. Mercy always pierces evil in order to transform it. It is the mystery of God our Father: he sends his Son who pierced into what was evil, he made himself sin in order to transform evil. This is his mercy.

The king listened to Jonah, the inhabitants of the city responded and penance was decreed. God’s mercy has entered the heart, revealing and showing wherein our certainty and hope lie: there is always the possibility of change, we still have time to transform what is destroying us as a people, what is demeaning our humanity. Mercy encourages us to look to the present, and to trust what is healthy and good beating in every heart. God’s mercy is our shield and our strength.

Jonah helped them to see, helped them to become aware. Following this, his call found men and women capable of repenting, and capable of weeping. To weep over injustice, to cry over corruption, to cry over oppression. These are tears that lead to transformation, that soften the heart; they are the tears that purify our gaze and enable us to see the cycle of sin into which very often we have sunk. They are tears that can sensitize our gaze and our attitude hardened and especially dormant in the face of another’s suffering. They are the tears that can break us, capable of opening us to conversion. This is what happened to Peter after having denied Jesus; he cried and those tears opened his heart.

This word echoes forcefully today among us; this word is the voice crying out in the wilderness, inviting us to conversion. In this Year of Mercy, with you here, I beg for God’s mercy; with you I wish to plead for the gift of tears, the gift of conversion.

Here in Ciudad Juárez, as in other border areas, there are thousands of immigrants from Central America and other countries, not forgetting the many Mexicans who also seek to pass over “to the other side”. Each step, a journey laden with grave injustices: the enslaved, the imprisoned and extorted; so many of these brothers and sisters of ours are the consequence of a trade in human trafficking, the trafficking of persons.

We cannot deny the humanitarian crisis which in recent years has meant migration for thousands of people, whether by train or highway or on foot, crossing hundreds of kilometres through mountains, deserts and inhospitable zones. The human tragedy that is forced migration is a global phenomenon today. This crisis which can be measured in numbers and statistics, we want instead to measure with names, stories, families. They are the brothers and sisters of those expelled by poverty and violence, by drug trafficking and criminal organizations. Being faced with so many legal vacuums, they get caught up in a web that ensnares and always destroys the poorest. Not only do they suffer poverty but they must also endure all these forms of violence. Injustice is radicalized in the young; they are “cannon fodder”, persecuted and threatened when they try to flee the spiral of violence and the hell of drugs. And what can we say about the many women whose lives have been unjustly robbed?

Let us together ask our God for the gift of conversion, the gift of tears, let us ask him to give us open hearts like the Ninevites, open to his call heard in the suffering faces of countless men and women. No more death! No more exploitation! There is always time to change, always a way out and always an opportunity, there is always the time to implore the mercy of God.

Just as in Jonas’ time, so too today may we commit ourselves to conversion; may we be signs lighting the way and announcing salvation. I know of the work of countless civil organizations working to support the rights of migrants. I know too of the committed work of so many men and women religious, priests and lay people in accompanying migrants and in defending life. They are on the front lines, often risking their own lives. By their very lives they are prophets of mercy; they are the beating heart and the accompanying feet of the Church that opens its arms and sustains.

This time for conversion, this time for salvation, is the time for mercy. And so, let us say together in response to the suffering on so many faces: In your compassion and mercy, Lord, have pity on us … cleanse us from our sins and create in us a pure heart, a new spirit (cf. Ps 50: 3,4,12).

And now I also want to greet from here all our beloved brothers and sisters who are joining us simultaneously from the other side of the frontier, especially those who are gathered in the Stadium of the University of El Paso, known as The Sun Bowl, under the guidance of your Bishop, Monsignor Mark Seitz. Thanks to technology, we can pray, sing and celebrate together that merciful love which God gives us, and which no frontier can prevent us from sharing. Thank you, brothers and sisters of El Paso, for making us feel one single family and one same Christian community.

[00242-EN.02] [Original text: Spanish]

[B0131-XX.02]