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Viaggio Apostolico di Sua Santità Francesco in Messico (12-18 febbraio 2016) – Visita al Penitenziario CeReSo n. 3 di Ciudad Juárez, 17.02.2016


Visita al Penitenziario “CeReSo n. 3” di Ciudad Juárez

Parole del Santo Padre nella cappella del carcere

Discorso del Papa nell’incontro con i detenuti

Questa mattina, congedatosi dalla Nunziatura Apostolica, il Santo Padre Francesco ha lasciato Città del Messico ed è partito in aereo alla volta di Ciudad Juárez.

Al Suo arrivo, poco dopo le ore 10 locali (le 18 in Italia) all’aeroporto internazionale “Abraham González”, il Papa è stato accolto dal Vescovo della città, S.E. Mons. José Guadalupe Torres Campos, da alcune Autorità locali e un gran numero di fedeli.

Il Santo Padre ha raggiunto subito in papamobile il “Centro de Readaptación Social estatal n. 3” (CeReSo n. 3), accolto dal Direttore del penitenziario e dai familiari di alcuni reclusi. Nella Cappella del Centro, ha salutato il personale e i sacerdoti incaricati della pastorale carceraria. Consegnando loro il dono di un crocifisso di cristallo per la Cappella, il Papa ha pronunciato le parole che riportiamo di seguito:

Parole del Santo Padre nella cappella del carcere

¡Buenos días!
Les agradezco su presencia aquí. Les agradezco todo el bien que hacen aquí. Mil maneras de hacer bien que no se ve.
Y ustedes se van a encontrar con mucha fragilidad. Por eso quise traer esta imagen de lo más frágil. El cristal es lo más frágil, se rompe enseguida. Y Cristo en la Cruz es la fragilidad más grande de la humanidad y, sin embargo, con esa fragilidad nos salva, nos ayuda, nos hace andar adelante, nos abre las puertas de la esperanza.
Deseo que cada uno de ustedes, con la bendición de la Virgen y contemplando la fragilidad en Cristo, que se hizo pecado, se hizo muerte para salvarnos, sepan sembrar semillas de esperanza y de resurrección.
[Rezo del Ave María y Bendición Apostólica]
Y no se olviden de rezar por mí

* * *

[Buongiorno!
Vi ringrazio per la vostra presenza qui, e vi ringrazio per tutto il bene che fate qui. Ed è un bene che non si vede.
Voi vi incontrate con molte fragilità. Per questo ho voluto portare questa immagine [Crocifisso] fatta del materiale più fragile: il cristallo è fragile, si rompe subito. Il Cristo sulla Croce è la più grande fragilità dell’umanità. Tuttavia, con questa fragilità, Lui ci salva, Lui ci aiuta, ci fa andare avanti, ci apre le porte della speranza.
Desidero che ognuno di voi, con la benedizione della Vergine e contemplando la fragilità di Cristo, che si è fatto peccato, si è fatto morte per salvarci, possa seminare semi di speranza e di risurrezione.
(“Ave Maria”… Benedizione)
E non dimenticate di pregare per me.]

* * *

[Good morning!
I thank you for your presence here. I thank you for all the good you are doing here. A thousand ways of doing things well which no one sees.
You are going to experience much fragility. For this reason I wanted to use this image of something very fragile. Crystal is very fragile; it breaks easily. And Christ on the Cross is the most fragile of humanity; and yet with this fragility he saves us, helps us, makes us go forward, opens the doors of hope to us.
I hope that each one of you might know how to sow the seeds of hope and resurrection, through the blessing of Our Lady, and by contemplating the weakness in Christ who made himself sin for us, and who allowed himself to be put to death in order to save us.
(Recitation together of the Hail Mary, followed by the Apostolic Blessing)
And don’t forget to pray for me. ]

[00285-ES.01] [Texto original: Español]

Discorso del Papa nell’incontro con i detenuti

Discorso del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

L’incontro con i carcerati si è svolto poi nel cortile del penitenziario ed è iniziato con alcuni canti. Il Vescovo Torres Campos ha letto il saluto preparato da S.E. Mons. Andrés Vargas Peña, Vescovo Ausiliare di México e incaricato della pastorale carceraria, impossibilitato a essere presente per motivi di salute. Dopo la testimonianza di una detenuta, il Papa ha salutato personalmente 50 degli oltre 700 carcerati presenti, quindi ha pronunciato il discorso che riportiamo di seguito:

Discorso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy concluyendo mi visita a México. No quería irme sin venir a saludarlos, sin celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes.

Agradezco de corazón las palabras de saludo que me han dirigido, en las que manifiestan tantas esperanzas y aspiraciones, como también tantos dolores, temores e interrogantes.

En el viaje a África, en la ciudad de Bangui, pude abrir la primera puerta de la misericordia para el mundo entero –de este Jubileo, porque la primera puerta de la Misericordia la abrió nuestro Padre Dios con su Hijo Jesús–. Hoy, junto a ustedes y con ustedes, quiero reafirmar una vez más la confianza a la que Jesús nos impulsa: la misericordia que abraza a todos y en todos los rincones de la tierra. No hay espacio donde su misericordia no pueda llegar, no hay espacio ni persona a la que no pueda tocar.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es recordar el camino urgente que debemos tomar para romper los círculos de la violencia y de la delincuencia. Ya tenemos varias décadas perdidas pensando y creyendo que todo se resuelve aislando, apartando, encarcelando, sacándonos los problemas de encima, creyendo que esas medidas solucionan verdaderamente los problemas. Nos hemos olvidado de concentrarnos en lo que realmente debe ser nuestra verdadera preocupación: la vida de las personas; «sus» vidas, las de sus familias, la de aquellos que también han sufrido a causa de este círculo de violencia.

La misericordia divina nos recuerda que las cárceles son un síntoma de cómo estamos en sociedad, son un síntoma en muchos casos de silencios y de omisiones que han provocado una cultura del descarte. Son un síntoma de una cultura que ha dejado de apostar por la vida; de una sociedad que, poco a poco, ha ido abandonando a sus hijos.

La misericordia nos recuerda que la reinserción no comienza acá en estas paredes; sino que comienza antes, comienza «afuera», en las calles de la ciudad. La reinserción o rehabilitación comienza creando un sistema que podríamos llamarlo de salud social, es decir, una sociedad que busque no enfermar contaminando las relaciones en el barrio, en las escuelas, en las plazas, en las calles, en los hogares, en todo el espectro social. Un sistema de salud social que procure generar una cultura que actúe y busque prevenir aquellas situaciones, aquellos caminos que terminan lastimando y deteriorando el tejido social.

A veces pareciera que las cárceles se proponen incapacitar a las personas a seguir cometiendo delitos más que promover los procesos de reinserción que permitan atender los problemas sociales, psicológicos y familiares que llevaron a una persona a determinada actitud. El problema de la seguridad no se agota solamente encarcelando, sino que es un llamado a intervenir afrontando las causas estructurales y culturales de la inseguridad, que afectan a todo el entramado social.

La preocupación de Jesús por atender a los hambrientos, a los sedientos, a los sin techo o a los presos (Mt 25,34-40), era para expresar las entrañas de misericordia del Padre, que se vuelve un imperativo moral para toda sociedad que desea tener las condiciones necesarias para una mejor convivencia. En la capacidad que tenga una sociedad de incluir a sus pobres, a sus enfermos o a sus presos está la posibilidad de que ellos puedan sanar sus heridas y ser constructores de una buena convivencia. La reinserción social comienza insertando a todos nuestros hijos en las escuelas, y a sus familias en trabajos dignos, generando espacios públicos de esparcimiento y recreación, habilitando instancias de participación ciudadana, servicios sanitarios, acceso a los servicios básicos, por nombrar sólo algunas medidas. Ahí empieza todo proceso de reinserción.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es aprender a no quedar presos del pasado, del ayer. Es aprender a abrir la puerta al futuro, al mañana; es creer que las cosas pueden ser diferentes. Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es invitarlos a levantar la cabeza y a trabajar para ganar ese espacio de libertad anhelado. Celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes es repetir esa frase que escuchamos recién, tan bien dicha y con tanta fuerza: «Cuando me dieron mi sentencia, alguien me dijo: “No te preguntes por qué estás aquí sino para qué”»; y que este «para qué» nos lleve adelante, que este «para qué» nos haga ir saltando las vallas de ese engaño social que cree que la seguridad y el orden solamente se logra encarcelando.

Sabemos que no se puede volver atrás, sabemos que lo realizado, realizado está; pero, he querido celebrar con ustedes el Jubileo de la misericordia, para que quede claro que eso no quiere decir que no haya posibilidad de escribir una nueva historia, una nueva historia hacia delante: «para qué». Ustedes sufren el dolor de la caída –y ojalá que todos nosotros suframos el dolor de las caídas escondidas y tapadas–, sienten el arrepentimiento de sus actos y sé que, en tantos casos, entre grandes limitaciones, buscan rehacer esa vida desde la soledad. Han conocido la fuerza del dolor y del pecado, no se olviden que también tienen a su alcance la fuerza de la resurrección, la fuerza de la misericordia divina que hace nuevas todas las cosas. Ahora les puede tocar la parte más dura, más difícil, pero que posiblemente sea la que más fruto genere, luchen desde acá dentro por revertir las situaciones que generan más exclusión. Hablen con los suyos, cuenten su experiencia, ayuden a frenar el círculo de la violencia y la exclusión. Quien ha sufrido el dolor al máximo, y que podríamos decir «experimentó el infierno», puede volverse un profeta en la sociedad. Trabajen para que esta sociedad que usa y tira a la gente, no siga cobrándose víctimas.

Y, al decirles estas cosas, recuerdo aquellas palabras de Jesús: «el que esté sin pecado que tire la primera piedra», y yo me tendría que ir. Al decirles estas cosas no lo hago como quien da cátedra, con el dedo en alto, lo hago desde la experiencia de mis propias heridas, de errores y pecados que el Señor quiso perdonar y reeducar. Lo hago desde la conciencia de que, sin su gracia y mi vigilancia, podría volver a repetirlos. Hermanos, siempre me pregunto al entrar a una cárcel: «¿Por qué ellos y no yo?». Y es un misterio de la misericordia divina; pero esa misericordia divina hoy la estamos celebrando todos mirando hacia delante en esperanza.

Quisiera también alentar al personal que trabaja en este Centro u otros similares: a los dirigentes, a los agentes de la Policía penitenciaria, a todos los que realizan cualquier tipo de asistencia en este Centro. Y agradezco el esfuerzo de los capellanes, las personas consagradas, los laicos, que se dedican a mantener viva la esperanza del Evangelio de la Misericordia en el reclusorio, los pastores, todos aquellos que se acercan a darles la Palabra de Dios. Todos ustedes, no se olviden, pueden ser signos de la entrañas del Padre. Nos necesitamos unos a otros, nos decía nuestra hermana recién, recordando la carta a los Hebreos: Siéntanse encarcelados con ellos.

Antes de darles la bendición me gustaría que oráramos en silencio, todos juntos; cada uno sabe lo que le va a decir al Señor, cada uno sabe de qué pedir perdón. Pero también les pido a ustedes que en esta oración de silencio agrandemos el corazón para poder perdonar a la sociedad que no supo ayudarnos y que tantas veces nos empujó a los errores. Que cada uno pida a Dios, desde la intimidad del corazón, que nos ayude a creer en su misericordia. Oramos en silencio.

Y abrimos nuestro corazón para recibir la bendición del Señor.

Que el Señor los bendiga y los proteja, haga brillar su rostro sobre ustedes y les muestre su gracia, les descubra su rostro y les conceda la Paz. Amén .

Y les pido que no se olviden de rezar por mí. Gracias.

[00240-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Cari fratelli e sorelle,

sto concludendo la mia visita in Messico. Non potevo partire senza venire a salutarvi, senza celebrare il Giubileo della Misericordia con voi.

Ringrazio di cuore per le parole di saluto che mi avete rivolto, in cui si manifestano tanta speranza e tante aspirazioni, come anche tanti dolori, timori e interrogativi.

Nel mio viaggio in Africa, nella città di Bangui ho potuto aprire la prima Porta della Misericordia per il mondo intero - di questo Giubileo, perché la prima porta della misericordia l’ha aperta Dio nostro Padre con il suo Figlio Gesù. Oggi, insieme a voi e con voi, desidero riaffermare ancora una volta la fiducia alla quale Gesù ci incoraggia: la misericordia che abbraccia tutti e in tutti gli angoli della terra. Non c’è luogo dove la sua misericordia non possa giungere, non c’è spazio né persona che non essa non possa toccare.

Celebrare il Giubileo della misericordia con voi è ricordare il cammino urgente che dobbiamo intraprendere per rompere i giri viziosi della violenza e della delinquenza. Già abbiamo perso diversi decenni pensando e credendo che tutto si risolve isolando, separando, incarcerando, togliendosi i problemi di torno, credendo che questi mezzi risolvano veramente i problemi. Ci siamo dimenticati di concentrarci su quella che realmente dev’essere la nostra vera preoccupazione: la vita delle persone; la loro vita, quella delle loro famiglie, quella di coloro che pure hanno sofferto a causa di questa spirale di violenza.

La misericordia divina ci ricorda che le carceri sono un sintomo di come stiamo nella società, in molti casi sono un sintomo di silenzi e di omissioni che hanno provocato una cultura dello scarto. Sono un sintomo di una cultura che ha smesso di scommettere sulla vita; di una società che, a poco a poco, è andata abbandonando i suoi figli.

La misericordia ci ricorda che il reinserimento non comincia qui, tra queste pareti, ma che comincia prima, “fuori”, nelle vie della città. Il reinserimento o la riabilitazione comincia creando un sistema che potremmo chiamare di salute sociale, vale a dire, una società che cerchi di non ammalarsi inquinando le relazioni nel quartiere, nelle scuole, nelle piazze, nelle vie, nelle abitazioni, in tutto lo spettro sociale. Un sistema di salute sociale che faccia in modo di generare una cultura che sia efficace e che cerchi di prevenire quelle situazioni, quelle vie che finiscono per ferire e deteriorare il tessuto sociale.

A volte potrebbe sembrare che le carceri si propongano di mettere le persone in condizione di continuare a commettere delitti, più che a promuovere processi di reinserimento che permettano di far fronte ai problemi sociali, psicologici e familiari che hanno portato una persona ad un determinato atteggiamento. Il problema della sicurezza non si risolve solamente incarcerando, ma è un appello a intervenire per affrontare le cause strutturali e culturali dell’insicurezza che colpiscono l’intero tessuto sociale.

La preoccupazione di Gesù per gli affamati, gli assetati, i senza tetto o i detenuti (Mt 25,34-40) intendeva esprimere le viscere di misericordia del Padre, ed essa diventa un imperativo morale per tutta la società che desidera disporre delle condizioni necessarie per una migliore convivenza. Nella capacità di una società di includere i suoi poveri, i suoi malati o i suoi detenuti risiede la possibilità per essi di poter sanare le loro ferite ed essere costruttori di una buona convivenza. Il reinserimento sociale inizia con la frequenza alla scuola di tutti i nostri figli e con un lavoro degno per le loro famiglie, creando spazi pubblici per il tempo libero e la ricreazione, abilitando le istanze di partecipazione civica, i servizi sanitari, l’accesso ai servizi basici, per nominare soltanto alcune misure. Qui comincia ogni processo di reinserimento.

Celebrare il Giubileo della misericordia con voi significa imparare a non rimanere prigionieri del passato, di ieri. È imparare ad aprire la porta al futuro, al domani: è credere che le cose possano essere differenti. Celebrare il Giubileo della misericordia con voi è invitarvi ad alzare la testa e a lavorare per ottenere tale desiderato spazio di libertà. Celebrare il Giubileo della misericordia con voi è ripetere quella frase che abbiamo ascoltato poco fa, detta tanto bene e con tanta forza: “Quando hanno dato la mia sentenza, qualcuno mi ha detto: Non chiederti per che motivo sei qui, ma per che scopo”. E questo “per che scopo” ci porti avanti; e questo “per quale scopo” ci faccia superare la barriera dell’inganno sociale che crede che la sicurezza e l’ordine si ottengono solamente incarcerando.

Sappiamo che non si può tornare indietro, sappiamo che quel che è fatto è fatto; ma ho voluto celebrare con voi il Giubileo della misericordia, perché sia chiaro che ciò non significa che non ci sia una possibilità di scrivere una nuova storia, una nuova storia d’ora in avanti – “per che scopo” –. Voi soffrite il dolore della caduta – e magari tutti noi soffrissimo del dolore della cadute nascoste e occulte! -; sentite il pentimento per i vostri atti e so che in tanti casi, in mezzo a grandi limitazioni, cercate di ricostruire la vita a partire dalla solitudine. Avete conosciuto la forza del dolore e del peccato; non dimenticatevi che avete a disposizione anche la forza della risurrezione, la forza della misericordia divina che fa nuove tutte le cose. Ora vi può toccare la parte più dura, più difficile, però, perché possa essere quella che generi un più grande frutto, impegnatevi fin da qui dentro a capovolgere le situazioni che generano ulteriore esclusione. Parlate con i vostri cari, raccontate loro la vostra esperienza, aiutate a frenare il giro vizioso della violenza e dell’esclusione. Chi ha sofferto profondamente il dolore e, potremmo dire, “ha sperimentato l’inferno” può diventare un profeta nella società. Lavorate perché questa società che usa e getta le persone non continui a mietere vittime.

Nel dirvi queste cose, ricordo quelle parole di Gesù: “Chi è senza peccato, scagli la prima pietra” (cfr Gv 8,7). E io me ne dovrei andare…. Nel dirvi queste cose, non lo faccio come dalla cattedra, con il dito alzato, lo faccio sulla base dell’esperienza delle mie stesse ferite, di errori e peccati che il Signore ha voluto perdonare e rieducare. Lo faccio sulla base della coscienza che, senza la sua grazia e la mia vigilanza, potrei tornare a ripeterli. Fratelli, mi chiedo sempre, entrando in un carcere: “Perché loro e non io?”. Ed è un mistero della misericordia divina. Ma questa misericordia divina oggi la stiamo celebrando tutti quanti, guardando avanti con speranza.

Vorrei anche incoraggiare il personale che lavora in questo Centro o in altri simili: ai dirigenti, agli agenti della Polizia penitenziaria, a tutti quelli che prestano qualche tipo di assistenza in questo Centro. E ringrazio per lo sforzo dei Cappellani, delle persone consacrate, dei laici che si dedicano a mantenere viva la speranza del Vangelo della Misericordia nella prigione, i pastori, tutti coloro che si avvicinano per darvi la Parola di Dio. Tutti voi non dimenticatelo, potete essere segni delle viscere del Padre. Abbiamo bisogno gli uni degli altri, ci diceva poco fa la nostra sorella, ricordando la Lettera agli Ebrei: Sentitevi incarcerati con loro.

Prima di darvi la benedizione mi piacerebbe che pregassimo un momento in silenzio, tutti insieme. Ognuno sa quello che vuole dire al Signore, ognuno sa di che cosa chiedere perdono. Ma vi chiedo anche che in questa preghiera silenziosa allarghiamo il cuore per poter perdonare la società che non ha saputo aiutarci e che tante volte ci ha portato a sbagliare. Che ciascuno chieda a Dio, dall’intimità del cuore, che ci aiuti a credere nella Sua misericordia. Preghiamo in silenzio.

E apriamo il nostro cuore per ricevere la benedizione del Signore.

Il Signore vi benedica e vi protegga. Faccia splendere il suo volto su di voi e vi mostri la sua grazia. Vi riveli il suo volto e vi conceda la pace. Amen.

E vi chiedo di non dimenticarvi di pregare per me. Grazie.

[00240-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

Dear Brothers and Sisters,

I am coming to the end of my visit to Mexico. I could not leave without greeting you and celebrating with you the Jubilee of Mercy.

I am deeply grateful for your words of welcome, which express your many hopes and aspirations, as well as your many sorrows, fears and uncertainties.

During my visit to Africa, I was able to open the door of mercy for the whole world in the city of Bangui – for this jubilee, just as it was God our Father who opened the first door of mercy by means of his son, Jesus. United to you and with you today, I want to reiterate once more the confidence that Jesus urges us to have: the mercy that embraces everyone and is found in every corner of the world. There is no place beyond the reach of his mercy, no space or person it cannot touch.

Celebrating the Jubilee of Mercy with you is recalling the pressing journey that we must undertake in order to break the cycle of violence and crime. We have already lost many decades thinking and believing that everything would be resolved by isolating, separating, incarcerating, and ridding ourselves of problems, believing that those policies really do solve problems. We have forgotten to focus on what should truly be our concern: people’s lives; their lives, those of their families, and those who have suffered because of this cycle of violence.

Divine Mercy reminds us that prisons are an indication of the kind of society we live in. In many cases they are a sign of the silence and omissions which have led to a throwaway culture, a symptom of a culture that has stopped supporting life, of a society that has little by little abandoned its children.

Mercy reminds us that reintegration does not begin here within these walls; rather it begins before, it begins “outside”, in the streets of the city. Reintegration or rehabilitation begins by creating a system which we could call social health, that is, a society which seeks not to cause sickness, polluting relationships in neighbourhoods, schools, town squares, the streets, homes and in the whole of the social spectrum. A system of social health that endeavours to promote a culture which acts and seeks to prevent those situations and pathways that end in damaging and impairing the social fabric.

At times it may seem that prisons are intended more to prevent people from committing crimes than to promote the process of reintegration that allows us to address the social, psychological and family problems which lead a person to act in a certain way. The problem of security is not resolved only by incarcerating; rather, it calls us to intervene by confronting the structural and cultural causes of insecurity that impact the entire social framework.

Jesus’ concern for the care of the hungry, the thirsty, the homeless and prisoners (cf. Mt 25:34-40) sought to express the core of the Father’s mercy. This becomes a moral imperative for the whole of society that wishes to maintain the necessary conditions for a better common life. It is within a society’s capacity to include the poor, infirm and imprisoned, that we see its ability to heal their wounds and make them builders of a peaceful coexistence. Social reintegration begins by making sure that all of our children go to school and that their families obtain dignified work by creating public spaces for leisure and recreation, and by fostering civic participation, health services and access to basic services, to name just a few possible measures. This is where every process of reintegration begins.

Celebrating the Jubilee of Mercy with you means learning not to be prisoners of the past, of yesterday. It means learning to open the door to the future, to tomorrow; it means believing that things can change. Celebrating the Jubilee of Mercy with you means inviting you to lift up your heads and to work in order to gain this space of longed-for freedom. Celebrating the Jubilee of Mercy with you means repeating that phrase which we just heard, put so well and with such force: “When they sentenced me, someone said: ‘Don’t ask why you are here but for what purpose’”. And this “for what purpose” must carry us forward, this “for what purpose” must help us jump over the hurdle of this social ploy which believes that safety and order is only achieved by incarcerating people.

We know that we cannot turn back, we know that what is done, is done. But I wanted to celebrate the Jubilee of Mercy with you, so that it may be clear that it does not exclude the possibility of writing a new story, a new story and then moving forward: the “for what purpose”. You suffer the pain of a failure – if only we would all suffer the discomfort of our concealed and cloaked failures – you feel the remorse of your actions and in many cases, with great limitations, you seek to remake your lives in the midst of solitude. You have known the power of sorrow and sin, and have not forgotten that within your reach is the power of the resurrection, the power of divine mercy which makes all things new. Now, this mercy can reach you in the hardest and most difficult of places, but such occasions can also perhaps bring truly positive results. From inside this prison, you must work hard to change the situations which create the most exclusion. Speak with your loved ones, tell them of your experiences, help them to put an end to this cycle of violence and exclusion. The one who has suffered the greatest pain, and we could say “has experienced hell”, can become a prophet in society. Work so that this society which uses people and discards them will not go on claiming victims.

In saying this to you I recall what Jesus said: “Let him who has no sin cast the first stone”; I too would have to go away. In saying this to you, I do not do so like someone wagging his finger from on high; I do so from the experience of my own wounds, mistakes and sins which the Lord willed to pardon and correct. I do so aware that without his grace and my vigilance I could repeat the same mistakes. Brothers and sisters, I always ask myself on entering a prison: “Why them and not me?” This is a mystery of God’s mercy; and that divine mercy but we are celebrating today, all of us looking ahead with hope.

I wish also to encourage those who work in this Centre or others like it: the directors, prison guards, and all who undertake any type of work in this Centre. And I am also grateful for the efforts made by the chaplains, consecrated persons, and lay faithful who have dedicated themselves to keeping alive the hope of the Gospel of Mercy in the prison, by the pastors, by all who come here to give you the word of God. Never forget that all of you can be signs of the Father’s heart. We need one another, as our sister has just said to us, recalling the Letter to the Hebrews: “Feel yourselves imprisoned for one another”.

Before giving you my blessing, I would like us to pray in silence, all of us together; each one knows what he wants to say to the Lord, each one knows what to ask forgiveness for. But I also ask you in this silent prayer: let us open our hearts so that we can forgive society which did not know how to help us and how many times it induced us to errors. From the depths of our hearts, may each one of us ask God to help us believe in his mercy. Let us pray in silence.

And now we open our hearts to receive the blessing of the Lord.

May the Lord bless you and keep you: the Lord make his face to shine upon you, and be gracious to you: the Lord life up his countenance upon you, and give you peace. Amen.

And I ask you, do not forget to pray for me. Thank you.

[00240-EN.02] [Original text: Spanish]

Testimonianza di una detenuta

Muy buenos días!

Antes de iniciar mi intervención quiero darle la bienvenida a todos los que hoy nos acompañan en la gran alegría de recibir al Santo Padre.

Santo Padre Francisco es para mí un honor ser la voz que representa los miles de hombres y mujeres que nos encontramos tras los muros y rejas de una prisión, enfrentando procesos o cumpliendo alguna sentencia que por errores o malas decisiones cometidas en el pasado, nos trajeron a este lugar.

Su presencia en este centro es un llamado a la obra de misericordia para los internos de una prisión y sus familias. Es también un llamado para aquellos que se olvidaron que aquí hay seres humanos, pues aunque seamos trasgresores de la ley del hombre y pecadores, la mayoría de nosotros tenemos la esperanza en la redención, y en algunos casos, la voluntad de conseguirla. Y es justo en estos lugares donde se pone a prueba tu fe, la fortaleza de tu espíritu. Desde este lugar donde no importa quién eres del otro lado de los muros, donde tu compañero de celda se convierte en parte de tu familia, donde compartes la mesa con extraños que se harán parte de tus días y donde todos somos iguales hasta en nuestra vestimenta, así como somos iguales ante los ojos de Dios.

Esta experiencia nos va transformando. Al inicio de este viaje llamado cárcel nos sentimos expuestos, vulnerables, solos. Física y emocionalmente, parte de nosotros se ha ido, pero será en nuestro interior donde encontremos la fortaleza de cómo tomar o cómo vivir ésta experiencia, en este mundo gris donde todos los días parecen ser iguales y donde uno no es dueño de su presente. Por lo tanto, nuestros planes sobre nuestro futuro se convierten en inciertos, sin embargo, si eres dueño de ti, de tus ganas de sobrellevar la soledad y aventurarte a cambiar el rumbo de tu vida. Levántate, que tu compañero sea un libro que te haga viajar a través de sus páginas.

Dentro de este centro, las actividades religiosas constituyen un elemento primordial en nuestro tratamiento hacia la reinserción y se convierten en el espacio personal y familiar de reflexión y conciencia de la magnitud de nuestros actos. Hoy nos alegramos porque las condiciones actuales de nuestro centro han permitido que tengamos acceso a nuestras actividades religiosas en un ambiente donde no se nos discrimina por ejercerlas y se nos alienta por atenderlas.

Nuestra situación legal nos genera, en ocasiones, desesperanza y tristeza, por eso es comprensible que para nosotros los internos no hay tesoro más grande que el contacto humano con nuestros seres queridos. Por eso agradecemos el gesto educador y encauzador de nuestros instructores. Nos podemos preparar, contamos con el tiempo de asistir a clases para no volver a ser víctimas de la ignorancia. Tomemos talleres que nos hagan desear superar nuestro pasado y mejorar la manera en que visualizamos nuestro entorno. Aprendamos un oficio que nos sirva de herramienta para enfrentar la libertad con dignidad. No todo ha terminado aquí, solo es una pausa en nuestras vidas, es un tiempo de reflexión sobre cómo quieres vivir y cómo anhelas que tus hijos vivan. Trabajemos en hacer que nuestros hijos e hijas no repitan nuestra historia.

En lo personal, la gran bendición de ver crecer a mi hija y verla convertirse en una niña grande, hermosa, de cabello largo, con esos ojos enormes que logro ver desde que se abre la puerta de la prisión para darle paso, su sonrisa y el verla correr a mis brazos me regresan un poco de vida. Un “te amo mamá” de sus labios me darán la fuerza con la que sobreviviré los siguientes días de la cárcel. Si la vida y nuestros actos nos pusieron en la oscuridad, tal vez no es para morir en ella, es para que iluminemos con nuestra fe y nuestras ganas de cambiar. Asimismo a muchos de nosotros la palabra de Dios nos ha llevado a entender que los muros de nuestra cárcel espiritual fueron levantados por nosotros mismos, por nuestros vicios, por nuestras pasiones mal encauzadas. Esta experiencia nos convierte en seres pacientes y perseverantes. Estas dos grandes virtudes nos hacen excepcionales, vamos a usarlas a nuestro favor. Trabajemos en nosotros mismos, que nuestro futuro se convierta en el proyecto de nuestras vidas, fortalezcamos nuestro espíritu, que adonde vayamos llevemos amor, de esta manera llevaremos a Dios, pues Dios es amor.

El día que me dieron mi sentencia alguien me dijo: “Ya no te preguntes más por qué estás aquí, mejor pregúntate para qué estás aquí”. Un día me encontraba triste de saberme lejos de casa, sin mi hija y mi familia, y en mi interior pensé: “Yo acepto tu voluntad Señor”. Y le dije: “Señor, solo déjame ver que tus planes son mejores que los míos”. Y fue justo entonces cuando encontré la respuesta de para qué estoy aquí.

Santo Padre, el único merito para ser yo quien se dirige a Su Santidad es el uniforme que hoy porto como interna en este centro de reinserción con una población mayor a los 3 mil hombres y más de 200 mujeres. Estoy segura que su visita será histórica, pues la visita que recibe un preso se convierte en el alimento que nos nutre de fe y esperanza de pronto regresar a casa y reencontrarnos con los nuestros. Nos sentimos profundamente bendecidos por cobijarnos con su presencia a nuestro país, México, a nuestro Estado, Chihuahua y, en especial, a Ciudad Juárez.

Santo Padre, queremos agradecerle el tomarnos en cuenta y traernos la ternura y la caricia de Dios a quienes nos encontramos recluidos, a aquellos quienes clamamos por el perdón de Dios y de la sociedad, porque también somos parte de ella, y por supuesto, del Pueblo de Dios. Su Santidad habla nuestro idioma, pertenece a nuestro bello Continente, lo que lo hace muy cercano a nosotros. Y hoy, Su Santidad, se ha hecho uno de nosotros en la cárcel al hacer propias las palabras de la Sagrada Escritura del Apóstol San Pablo a los hebreos, que a la letra dice: “Acuérdense de los presos como si estuvieran presos con ellos”. Gracias por acordarse de nosotros, por su sencillez, por su humildad. Sé que usted más que nadie nos entiende. Le pedimos que considere en sus oraciones a nuestras familias que son víctimas de agresiones a consecuencia de nuestros actos y, por supuesto, a las víctimas de nuestros actos, pues todos necesitamos de la presencia de Dios en nuestras vidas, para que su misericordia no nos abandone.

Santo Padre, téngalo por seguro que, esta tarde, en cada uno de nosotros, usted dejó la semilla de la esperanza sembrada y cuente con las oraciones de todos los presos de la República. Sin más, Santo Padre, solo me queda decirle: ¡Bendito sean los pies que vienen en el nombre de Dios!.

[00286-ES.01] [Texto original: Español]

Al termine il Santo Padre ha salutato la piccola orchestra formata da detenuti che avevano allietato l’incontro con diversi brani musicali si è quindi trasferito in papamobile al “Colegio de Bachilleres” dello Stato di Chihuahua per l’incontro con il mondo del lavoro.

[B0129-XX.02]