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Viaggio Apostolico di Sua Santità Francesco in Messico (12-18 febbraio 2016) – Santa Messa con le comunità indigene del Chiapas a San Cristóbal de Las Casas e visita alla Cattedrale, 15.02.2016


Santa Messa con le comunità indigene del Chiapas nel Centro sportivo municipale di San Cristóbal de Las Casas

Visita alla Cattedrale di San Cristóbal de Las Casas

 

Santa Messa con le comunità indigene del Chiapas nel Centro sportivo municipale di San Cristóbal de Las Casas

Omelia del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

Questa mattina il Santo Padre Francesco ha lasciato la Nunziatura Apostolica e si è trasferito in auto all’aeroporto internazionale “Benito Juárez” di Città del Messico da dove è partito in aereo alla volta di Tuxtla Gutiérrez, accolto al suo arrivo dall’Arcivescovo della città, S.E. Mons. Fabio Martínez Castilla, e da alcune Autorità locali. Dall’aeroporto “Ángel Alino Corzo” di Tuxtla Gutiérrez il Papa è decollato quindi in elicottero diretto al Centro sportivo municipale di San Cristóbal de Las Casas dove, alle ore 10.15, ha presieduto la Santa Messa con le comunità indigene del Chiapas.

Nel corso della Celebrazione Eucaristica, dopo la proclamazione del Vangelo, il Santo Padre ha pronunciato l’omelia che riportiamo di seguito:

Omelia del Santo Padre

Li smantal Kajvaltike toj lek – la ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma, así comenzaba el salmo que hemos escuchado. La ley del Señor es perfecta; y el salmista se encarga de enumerar todo lo que esa ley genera al que la escucha y la sigue: reconforta el alma, hace sabio al sencillo, alegra el corazón, es luz para alumbrar el camino.

Esa es la ley que el Pueblo de Israel había recibido de mano de Moisés, una ley que ayudaría al Pueblo de Dios a vivir en la libertad a la que habían sido llamados. Ley que quería ser luz para sus pasos y acompañar el peregrinar de su Pueblo. Un Pueblo que había experimentado la esclavitud y el despotismo del Faraón, que había experimentado el sufrimiento y el maltrato hasta que Dios dice basta, hasta que Dios dice: ¡No más! He visto la aflicción, he oído el clamor, he conocido su angustia (cf. Ex 3,9). Y ahí se manifiesta el rostro de nuestro Dios, el rostro del Padre que sufre ante el dolor, el maltrato, la inequidad en la vida de sus hijos; y su Palabra, su ley, se volvía símbolo de libertad, símbolo de alegría, de sabiduría y de luz. Experiencia, realidad que encuentra eco en esa expresión que nace de la sabiduría acunada en estas tierras desde tiempos lejanos, y que reza en el Popol Vuh de la siguiente manera: El alba sobrevino sobre todas las tribus juntas. La faz de la tierra fue enseguida saneada por el sol (33). El alba sobrevino para los pueblos que una y otra vez han caminado en las distintas tinieblas de la historia.

En esta expresión, hay un anhelo de vivir en libertad, hay un anhelo que tiene sabor a tierra prometida donde la opresión, el maltrato y la degradación no sean la moneda corriente. En el corazón del hombre y en la memoria de muchos de nuestros pueblos está inscrito el anhelo de una tierra, de un tiempo donde la desvalorización sea superada por la fraternidad, la injusticia sea vencida por la solidaridad y la violencia sea callada por la paz.

Nuestro Padre no sólo comparte ese anhelo, Él mismo lo ha estimulado y lo estimula al regalarnos a su hijo Jesucristo. En Él encontramos la solidaridad del Padre caminando a nuestro lado. En Él vemos cómo esa ley perfecta toma carne, toma rostro, toma la historia para acompañar y sostener a su Pueblo; se hace Camino, se hace Verdad, se hace Vida, para que las tinieblas no tengan la última palabra y el alba no deje de venir sobre la vida de sus hijos.

De muchas maneras y de muchas formas se ha querido silenciar y callar este anhelo, de muchas maneras han intentado anestesiarnos el alma, de muchas formas han pretendido aletargar y adormecer la vida de nuestros niños y jóvenes con la insinuación de que nada puede cambiar o de que son sueños imposibles. Frente a estas formas, la creación también sabe levantar su voz; «esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que “gime y sufre dolores de parto” (Rm 8,22)» (Laudato si’, 2).

El desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos impactan a todos (cf. Laudato si’,14) y nos interpelan. Ya no podemos hacernos los sordos frente a una de las mayores crisis ambientales de la historia.

En esto ustedes tienen mucho que enseñarnos, que enseñar a la humanidad. Sus pueblos, como han reconocido los obispos de América Latina, saben relacionarse armónicamente con la naturaleza, a la que respetan como «fuente de alimento, casa común y altar del compartir humano» (Aparecida, 472).

Sin embargo, muchas veces, de modo sistemático y estructural, sus pueblos han sido incomprendidos y excluidos de la sociedad. Algunos han considerado inferiores sus valores, sus culturas y sus tradiciones. Otros, mareados por el poder, el dinero y las leyes del mercado, los han despojado de sus tierras o han realizado acciones que las contaminaban. ¡Qué tristeza! Qué bien nos haría a todos hacer un examen de conciencia y aprender a decir: ¡Perdón!, ¡perdón, hermanos! El mundo de hoy, despojado por la cultura del descarte, los necesita.

Los jóvenes de hoy, expuestos a una cultura que intenta suprimir todas las riquezas y características culturales en pos de un mundo homogéneo, necesitan, estos jóvenes, que no se pierda la sabiduría de sus ancianos.

El mundo de hoy, preso del pragmatismo, necesita reaprender el valor de la gratuidad.

Estamos celebrando la certeza de que «el Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, (que) no se arrepiente de habernos creado» (Laudato si’, 13). Celebramos que Jesucristo sigue muriendo y resucitando en cada gesto que tengamos con el más pequeño de nuestros hermanos. Animémonos a seguir siendo testigos de su Pasión, de su Resurrección haciendo carne Li smantal Kajvaltike toj lek – la ley del Señor que es perfecta del todo y reconforta el alma.

[00236-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

«Li smantal Kajvaltike toj lek – La legge del Signore è perfetta, rinfranca l’anima» (Sal 19/18,8): così cominciava il Salmo che abbiamo ascoltato. La legge del Signore è perfetta; e il salmista si propone di enumerare tutto ciò che tale legge produce in chi la ascolta e la segue: rinfranca l’anima, rende saggio il semplice, fa gioire il cuore, è luce per illuminare il cammino (cfr Sal 19/18,8-9).

Questa è la legge che il Popolo d’Israele aveva ricevuto per mano di Mosè, una legge che avrebbe aiutato il Popolo di Dio a vivere nella libertà alla quale era stato chiamato. Legge che chiedeva di essere luce ai loro passi e accompagnare il peregrinare del Suo Popolo. Un Popolo che aveva sperimentato la schiavitù e il dispotismo del Faraone, che aveva sperimentato la sofferenza e i maltrattamenti, finché Dio disse “basta!”, finché Dio disse: “non più!”. Ho visto l’afflizione, ho udito il grido, ho conosciuto la sua angoscia (cfr Es 3,9). E lì si manifesta il volto del nostro Dio, il volto del Padre che soffre di fronte al dolore, al maltrattamento, all’ingiustizia nella vita dei suoi figli e la sua Parola, la sua legge diventava simbolo di libertà, simbolo di gioia, di sapienza e di luce. Esperienza, realtà che trova eco in quella espressione che nasce dalla sapienza allevata in queste terre fin dai tempi lontani e che così recita nel Popol Vuh: “L’alba sopraggiunse sopra tutte le tribù riunite. La faccia della terra fu subito risanata dal sole” (33). L’alba sopraggiunse per i popoli che più volte hanno camminato nelle diverse tenebre della storia.

In questa espressione, c’è un anelito a vivere in libertà, un anelito che ha il sapore di terra promessa, dove l’oppressione, il maltrattamento e la degradazione non siano la moneta corrente. Nel cuore dell’uomo e nella memoria di molti dei nostri popoli è inscritto l’anelito a una terra, a un tempo in cui il disprezzo sia superato dalla fraternità, l’ingiustizia sia vinta dalla solidarietà e la violenza sia cancellata dalla pace.

Il nostro Padre non solo condivide questo anelito: Egli stesso lo ha suscitato e lo suscita donandoci il suo Figlio Gesù Cristo. In Lui troviamo la solidarietà del Padre che cammina al nostro fianco. In Lui vediamo come quella legge perfetta prende carne, prende volto, prende la storia per accompagnare e sostenere il suo Popolo; si fa Via, si fa Verità, si fa Vita affinché le tenebre non abbiano l’ultima parola e l’alba non cessi di venire sulla vita dei suoi figli.

In molti modi e in molte forme si è voluto far tacere e cancellare questo anelito, in molti modi hanno cercato di anestetizzarci l’anima, in molte forme hanno preteso di mandare in letargo e addormentare la vita dei nostri bambini e giovani con l’insinuazione che niente può cambiare o che sono sogni impossibili. Davanti a queste forme, anche il creato sa alzare la sua voce: «Questa sorella protesta per il male che le provochiamo, a causa dell’uso irresponsabile e dell’abuso dei beni che Dio ha posto in lei. Siamo cresciuti pensando che eravamo suoi proprietari e dominatori, autorizzati a saccheggiarla. La violenza che c’è nel cuore umano ferito dal peccato si manifesta anche nei sintomi di malattia che avvertiamo nel suolo, nell’acqua, nell’aria e negli esseri viventi. Per questo, fra i poveri più abbandonati e maltrattati, c’è la nostra oppressa e devastata terra, che «geme e soffre le doglie del parto» (Rm 8,22)» (Enc. Laudato si’, 2).

La sfida ambientale che viviamo e le sue radici umane ci toccano tutti (cfr ibid., 4) e ci interpella. Non possiamo più far finta di niente di fronte a una delle maggiori crisi ambientali della storia.

In questo voi avete molto da insegnarci, da insegnare all’umanità. I vostri popoli, come hanno riconosciuto i Vescovi dell’America Latina, sanno relazionarsi armonicamente con la natura, che rispettano come «fonte di nutrimento, casa comune e altare del condividere umano» (Documento di Aparecida, 472).

Tuttavia, molte volte, in modo sistematico e strutturale, i vostri popoli sono stati incompresi ed esclusi dalla società. Alcuni hanno considerato inferiori i loro valori, la loro cultura, le loro tradizioni. Altri, ammaliati dal potere, dal denaro e dalle leggi del mercato, li hanno spogliati delle loro terre o hanno realizzato opere che le inquinavano. Che tristezza! Quanto farebbe bene a tutti noi fare un esame di coscienza e imparare a dire: perdono! Perdono, fratelli! Il mondo di oggi, spogliato dalla cultura dello scarto, ha bisogno di voi!

I giovani di oggi, esposti a una cultura che tenta di sopprimere tutte le ricchezze, le caratteristiche e le diversità culturali inseguendo un mondo omogeneo, hanno bisogno – questi giovani – che non si perda la saggezza dei loro anziani!

Il mondo di oggi, preso dal pragmatismo, ha bisogno di reimparare il valore della gratuità!

Stiamo celebrando la certezza che «il Creatore non ci abbandona, non fa mai marcia indietro nel suo progetto d’amore, non si pente di averci creato» (Enc. Laudato si’, 13). Celebriamo che Gesù Cristo continua a morire e risorgere in ogni gesto che compiamo verso il più piccolo dei nostri fratelli. Incoraggiamoci a continuare ad essere testimoni della sua Passione, della sua Risurrezione incarnando Li smantal Kajvaltike toj lek - “la legge del Signore che è perfetta e rinfranca l’anima”.

[00236-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

Li smantal Kajvaltike toj lek – The law of the Lord is perfect; it revives the soul. Thus begins the psalm we have just heard. The law of the Lord is perfect and the psalmist diligently lists everything that the law offers to those who hear and follow it: it revives the soul, it gives wisdom to the simple, it gladdens the heart, and it gives light to the eyes.

This is the law which the people of Israel received from the hand of Moses, a law that would help the People of God to live in the freedom to which they were called. A law intended to be a light for the journey and to accompany the pilgrimage of his people. A people who experienced slavery and the Pharaoh’s tyranny, who endured suffering and oppression to the point where God said, “Enough! No more! I have seen their affliction, I have heard their cry, I know their sufferings” (cf. Ex 3:9). And here the true face of God is seen, the face of the Father who suffers as he sees the pain, mistreatment, and lack of justice for his children. His word, his law, thus becomes a symbol of freedom, a symbol of happiness, wisdom and light. It is an experience, a reality which is conveyed by a phrase prayed in Popol Vuh and born of the wisdom accumulated in these lands since time immemorial: “The dawn rises on all of the tribes together. The face of the earth was immediately healed by the sun” (33). The sun rose for the people who at various times have walked in the midst of history’s darkest moments.

In this expression, one hears the yearning to live in freedom, there is a longing which contemplates a promised land where oppression, mistreatment and humiliation are not the currency of the day. In the heart of man and in the memory of many of our peoples is imprinted this yearning for a land, for a time when human corruption will be overcome by fraternity, when injustice will be conquered by solidarity and when violence will be silenced by peace.

Our Father not only shares this longing, but has himself inspired it and continues to do so in giving us his son Jesus Christ. In him we discover the solidarity of the Father who walks by our side. In him, we see how the perfect law takes flesh, takes a human face, shares our history so as to walk with and sustain his people. He becomes the Way, he becomes the Truth, he becomes the Life, so that darkness may not have the last word and the dawn may not cease to rise on the lives of his sons and daughters.

In many ways, and in many forms, there have been attempts to silence and dull this yearning, and in many ways there have been efforts to anaesthetize our soul, and in many ways there have been endeavours to subdue and lull our children and young people into a kind of lassitude by suggesting that nothing can change, that their dreams can never come true. Faced with these attempts, creation itself also raises an objection: “This sister now cries out to us because of the harm we have inflicted on her by our irresponsible use and abuse of the goods with which God has endowed her. We have come to see ourselves as her lords and masters, entitled to plunder her at will. The violence present in our hearts, wounded by sin, is also reflected in the symptoms of sickness evident in the soil, in the water, in the air and in all forms of life. This is why the earth herself, burdened and laid waste, is among the most abandoned and maltreated of our poor; she ‘groans in travail’ (Rom 8:22)” (Laudato Si’, 2). The environmental challenge that we are experiencing and its human causes, affects us all (cf. Laudato Si’, 14) and demands our response. We can no longer remain silent before one of the greatest environmental crises in world history.

In this regard, you have much to teach us, much to teach humanity. Your peoples, as the bishops of Latin America have recognized, know how to interact harmoniously with nature, which they respect as a “source of food, a common home and an altar of human sharing” (Aparecida, 472).

And yet, on many occasions, in a systematic and organized way, your people have been misunderstood and excluded from society. Some have considered your values, culture and traditions to be inferior. Others, intoxicated by power, money and market trends, have stolen your lands or contaminated them. How sad this is! How worthwhile it would be for each of us to examine our conscience and learn to say, “forgive me!”, “forgive me, brothers and sisters!” Today’s world, ravaged as it is by a throwaway culture, needs you!

Exposed to a culture that seeks to suppress all cultural heritage and features in pursuit of a homogenized world, the youth of today, these youth, need to cling to the wisdom of their elders!

Today’s world, overcome by convenience, needs to learn anew the value of gratitude!

We rejoice in the certainty that “The Creator does not abandon us; he never forsakes his loving plan or repents of having created us” (Laudato Si’, 13). We rejoice that Jesus continues to die and rise again in each gesture that we offer to the least of our brothers and sisters. Let us be resolved to be witnesses to his Passion and his Resurrection, by giving flesh to these words: Li smantal Kajvaltike toj lekthe law of the Lord is perfect and comforts the soul.

[00236-EN.02] [Original text: Spanish]

Le letture della Santa Messa sono state pronunciate nelle lingue indigene e per l’occasione il Papa ha consegnato un Decreto che autorizza l’utilizzo di questi idiomi nella liturgia. Al termine della Celebrazione Eucaristica un rappresentante delle comunità indigene ha rivolto al Santo Padre parole di ringraziamento.

Papa Francesco ha raggiunto quindi la Curia Vescovile di San Cristóbal de Las Casas dove ha pranzato con otto indigeni che rappresentavano le diverse componenti della comunità.

 

Visita alla Cattedrale di San Cristóbal de Las Casas

Alle ore 15 di oggi pomeriggio, prima di ripartire alla volta di Tuxtla Gutiérrez, il Santo Padre Francesco si è recato in visita alla Cattedrale di San Cristóbal de Las Casas.

Il Papa è entrato dalla Cappella del Santissimo e ha offerto un omaggio floreale all’immagine della Madonna. In Cattedrale si è raccolto brevemente in preghiera davanti alla tomba di Samuel Ruiz, che è stato vescovo di San Cristóbal per oltre 40 anni, quindi si è soffermato a salutare i numerosi anziani e malati presenti.

[00254-IT.01]

[B0122-XX.02]