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Viaggio Apostolico di Sua Santità Francesco in Messico (12-18 febbraio 2016) – Santa Messa a Ecatepec, 14.02.2016


Santa Messa presso il Centro di Studi Superiori di Ecatepec

Omelia del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

Questa mattina, dopo aver salutato collaboratori e benefattori della Nunziatura Apostolica di Città del Messico, il Santo Padre Francesco ha raggiunto in papamobile il Campo militare “Marte” da dove è decollato in elicottero alla volta di Ecatepec.

Al Suo arrivo all’eliporto di Ecatepec, il Papa è stato accolto dal Vescovo, S.E. Mons. Oscar Roberto Domínguez Couttolenc, M.G., e da alcune Autorità locali, tra cui il Presidente della Municipalidad che gli ha consegnato le chiavi della Città.

Quindi, percorso in papamobile il tragitto di nove chilometri fino al Centro Studi Superiori di Ecatepec, il Santo Padre ha compiuto un largo giro sempre in papamobile nella spianata dove lo attendevano centinaia di migliaia di fedeli e alle ore 11.30 ha presieduto la Santa Messa della prima domenica di Quaresima.

Nel corso della Celebrazione Eucaristica, dopo la proclamazione del Vangelo, Papa Francesco ha pronunciato l’omelia che riportiamo di seguito:

Omelia del Santo Padre

El miércoles pasado hemos comenzado el tiempo litúrgico de la cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a prepararnos para celebrar la gran fiesta de la Pascua. Tiempo especial para recordar el regalo de nuestro bautismo, cuando fuimos hechos hijos de Dios. La Iglesia nos invita a reavivar el don que se nos ha obsequiado para no dejarlo dormido como algo del pasado o en un «cajón de los recuerdos». Este tiempo de cuaresma es un buen momento para recuperar la alegría y la esperanza que hace sentirnos hijos amados del Padre. Este Padre que nos espera para sacarnos las ropas del cansancio, de la apatía, de la desconfianza y así vestirnos con la dignidad que solo un verdadero padre o madre sabe darle a sus hijos, las vestimentas que nacen de la ternura y del amor.

Nuestro Padre es el Padre de una gran familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor único, pero no sabe generar y criar «hijos únicos». Es un Dios que sabe de hogar, de hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro, no del «padre mío» y «padrastro vuestro».

En cada uno de nosotros anida, vive, ese sueño de Dios que en cada Pascua, en cada eucaristía lo volvemos a celebrar, somos hijos de Dios. Sueño con el que han vivido tantos hermanos nuestros a lo largo y ancho de la historia. Sueño testimoniado por la sangre de tantos mártires de ayer y de hoy.

Cuaresma, tiempo de conversión, porque a diario hacemos experiencia en nuestra vida de cómo ese sueño se vuelve continuamente amenazado por el padre de la mentira —escuchamos en el Evangelio lo que hacía con Jesús—, por aquel que busca separarnos, generando una familia dividida y enfrentada. Una sociedad dividida y enfrentada. Una sociedad de pocos y para pocos. Cuántas veces experimentamos en nuestra propia carne, o en la de nuestra familia, en la de nuestros amigos o vecinos, el dolor que nace de no sentir reconocida esa dignidad que todos llevamos dentro. Cuántas veces hemos tenido que llorar y arrepentirnos por darnos cuenta de que no hemos reconocido esa dignidad en otros. Cuántas veces —y con dolor lo digo— somos ciegos e inmunes ante la falta del reconocimiento de la dignidad propia y ajena.

Cuaresma, tiempo para ajustar los sentidos, abrir los ojos frente a tantas injusticias que atentan directamente contra el sueño y el proyecto de Dios. Tiempo para desenmascarar esas tres grandes formas de tentaciones que rompen, dividen la imagen que Dios ha querido plasmar.

Las tres tentaciones de Cristo.

Tres tentaciones del cristiano que intentan arruinar la verdad a la que hemos sido llamados.

Tres tentaciones que buscan degradar y degradarnos.

Primera, la riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o «para los míos». Es tener el «pan» a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta, ese es el pan que se le da de comer a los propios hijos. Segunda tentación, la vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que «no son como uno». La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la «fama» de los demás, y, «haciendo leña del árbol caído», va dejando paso a la tercera tentación, la peor, la del orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la «común vida de los mortales», y que reza todos los días: «Gracias te doy, Señor, porque no me has hecho como ellos».

Tres tentaciones de Cristo.

Tres tentaciones a las que el cristiano se enfrenta diariamente.

Tres tentaciones que buscan degradar, destruir y sacar la alegría y la frescura del Evangelio. Que nos encierran en un círculo de destrucción y de pecado.

Vale la pena que nos preguntemos:

¿Hasta dónde somos conscientes de estas tentaciones en nuestra persona, en nosotros mismos?

¿Hasta dónde nos hemos habituado a un estilo de vida que piensa que en la riqueza, en la vanidad y en el orgullo está la fuente y la fuerza de la vida?

¿Hasta dónde creemos que el cuidado del otro, nuestra preocupación y ocupación por el pan, el nombre y la dignidad de los demás son fuente de alegría y esperanza?

Hemos optado por Jesús y no por el demonio. Si nos acordamos lo que escuchamos en el Evangelio, Jesús no le contesta al demonio con ninguna palabra propia, sino que le contesta con las palabras de Dios, con las palabras de la Escritura. Porque, hermanas y hermanos, metámoslo en la cabeza, con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar, porque nos va a ganar siempre. Solamente la fuerza de la Palabra de Dios lo puede derrotar. Hemos optado por Jesús y no por el demonio; queremos seguir sus huellas pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso, la Iglesia nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza: Él nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que degrada, degradándose o degradando a otros. Es el Dios que tiene un nombre: misericordia. Su nombre es nuestra riqueza, su nombre es nuestra fama, su nombre es nuestro poder y en su nombre una vez más volvemos a decir con el salmo: «Tú eres mi Dios y en ti confío». ¿Se animan a repetirlo juntos? Tres veces: «Tú eres mi Dios y en ti confío». «Tú eres mi Dios y en ti confío». «Tú eres mi Dios y en ti confío».

Que en esta Eucaristía el Espíritu Santo renueve en nosotros la certeza de que su nombre es misericordia, y nos haga experimentar cada día que «el Evangelio llena el corazón y la vida de los que se encuentran con Jesús», sabiendo que con Él y en Él «siempre nace y renace la alegría» (Evangelii gaudium, 1).

[00233-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Mercoledì scorso abbiamo iniziato il tempo liturgico della Quaresima, nel quale la Chiesa ci invita a prepararci per celebrare la grande festa della Pasqua. Tempo speciale per ricordare il dono del nostro Battesimo, quando siamo stati fatti figli di Dio. La Chiesa ci invita a ravvivare il dono che ci ha elargito per non lasciarlo nell’oblio come qualcosa di passato o in qualche “cassetto dei ricordi”. Questo tempo di Quaresima è un buon momento per recuperare la gioia e la speranza che ci dà il sentirci figli amati dal Padre. Questo Padre che ci aspetta per toglierci le vesti della stanchezza, dell’apatia, della sfiducia e rivestirci con la dignità che solo una vero padre e una vera madre sanno dare ai loro figli, i vestiti che nascono dalla tenerezza e dall’amore.

Il nostro Padre è il Padre di una grande famiglia, è Padre nostro. Sa avere un amore, ma non sa generare e creare “figli unici” tra di noi. E’ un Dio che sa di famiglia, di fraternità, di pane spezzato e condiviso. E’ il Dio del “Padre nostro”, non del “padre mio” e “patrigno vostro”.

In ognuno di noi si annida, vive quel sogno di Dio che in ogni Pasqua, in ogni Eucaristia ritorniamo a celebrare: siamo figli di Dio. Sogno che hanno vissuto tanti nostri fratelli nel corso della storia. Sogno testimoniato dal sangue di tanti martiri di ieri e di oggi.

Quaresima, tempo di conversione, perché quotidianamente facciamo esperienza nella nostra vita di come quel sogno si trova sempre minacciato dal padre della menzogna – abbiamo ascoltato nel Vangelo quello che faceva con Gesù - da colui che vuole dividerci, generando una famiglia divisa e conflittuale, una società divisa e conflittuale. Una società di pochi e per pochi. Quante volte sperimentiamo nella nostra carne, o nella nostra famiglia, in quella dei nostri amici o vicini, il dolore che nasce dal non sentire riconosciuta quella dignità che tutti portiamo dentro. Quante volte abbiamo dovuto piangere e pentirci, perché ci siamo resi conto di non aver riconosciuto tale dignità negli altri. Quante volte – e lo dico con dolore – siamo ciechi e insensibili davanti al mancato riconoscimento della dignità propria e altrui.

Quaresima, tempo per regolare i sensi, aprire gli occhi di fronte a tante ingiustizie che attentano direttamente al sogno e al progetto di Dio. Tempo per smascherare quelle tre grandi forme di tentazione che rompono, dividono l’immagine che Dio ha voluto plasmare.

Le tre tentazioni che ha sofferto Cristo.

Tre tentazioni del cristiano che cercano di rovinare la verità alla quale siamo stati chiamati.

Tre tentazioni che cercano di degradare e di degradarci.

La prima, la ricchezza, impossessandoci di beni che sono stati dati per tutti, utilizzandoli solo per me o per “i miei”. E’ procurarsi il pane con il sudore altrui, o persino con la vita altrui. Quella ricchezza che è il pane che sa di dolore, di amarezza, di sofferenza. In una famiglia o in una società corrotta questo è il pane che si dà da mangiare ai propri figli. La seconda tentazione: la vanità. Quella ricerca di prestigio basata sulla squalifica continua e costante di quelli che “non sono nessuno”. La ricerca esasperata di quei cinque minuti di fama che non perdona la “fama” degli altri. “Facendo legna dell’albero caduto”, lascia spazio alla terza tentazione, la peggiore, quella dell’orgoglio, ossia il porsi su un piano di superiorità di qualunque tipo, sentendo che non si condivide la “vita dei comuni mortali” e pregando tutti i giorni: “Grazie Signore perché non mi hai fatto come loro”.

Tre tentazioni di Cristo.

Tre tentazioni con cui il cristiano si confronta quotidianamente.

Tre tentazioni che cercano di degradare, di distruggere e di togliere la gioia e la freschezza del Vangelo. Che ci chiudono in un cerchio di distruzione e di peccato.

Vale la pena che ci domandiamo: fino a che punto siamo consapevoli di queste tentazioni nella nostra persona, in noi stessi?

Fino a che punto ci siamo abituati a uno stile di vita che pensa che nella ricchezza, nella vanità e nell’orgoglio stanno la fonte e la forza della vita?

Fino a che punto crediamo che il prenderci cura dell’altro, il nostro preoccuparci e occuparci per il pane, il buon nome e la dignità degli altri sono fonti di gioia e di speranza?

Abbiamo scelto Gesù e non il demonio. Se ci ricordiamo di quello che abbiamo ascoltato nel Vangelo, Gesù non risponde al demonio non nessuna parola propria, ma gli risponde con la Parola di Dio, con la Parola delle Scritture. Perché, fratelli e sorelle, mettiamocelo bene in testa: con il demonio non si dialoga! Non si può dialogare! Perché ci vincerà sempre. Solo la forza della Parola di Dio lo può sconfiggere! Abbiamo scelto Gesù e non il demonio:vogliamo seguire le sue orme, ma sappiamo che non è facile. Sappiamo che cosa significa essere sedotti dal denaro, dalla fama e dal potere. Perciò la Chiesa ci dona questo tempo, ci invita alla conversione con una sola certezza: Lui ci sta aspettando e vuole guarire il nostro cuore da tutto ciò che lo degrada, degradandosi o degradando altri. E’ il Dio che ha un nome: misericordia. Il Suo nome è la nostra ricchezza, il Suo nome è la nostra fama, il Suo nome è il nostro potere; e nel Suo nome ancora una volta ripetiamo con il salmo: «Mio Dio in cui confido» (91/90,2). Lo vogliamo ripetere insieme? Tre volte: “Tu sei il mio Dio e in te confido”; “Tu sei il mio Dio e in te confido”; “Tu sei il mio Dio e in te confido”.

Che in questa Eucaristia lo Spirito Santo rinnovi in noi la certezza che il Suo nome è misericordia e ci faccia sperimentare ogni giorno che il Vangelo «riempie il cuore e la vita intera di coloro che si incontrano con Gesù» sapendo che con Lui e in Lui «sempre nasce e rinasce la gioia» (Esort. ap. Evangelii gaudium, 1).

[00233-IT.01] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

Last Wednesday we began the liturgical season of Lent, during which the Church invites us to prepare ourselves to celebrate the great feast of Easter. This is a special time for recalling the gift of our baptism, when we became children of God. The Church invites us to renew the gift she has given us, to not let this gift lie dormant as if it were something from the past or locked away in a “memory chest”. Lent is a good time to recover the joy and hope that make us feel beloved sons and daughters of the Father. The Father who waits for us in order to cast off our garments of exhaustion, of apathy, of mistrust, and so clothe us with the dignity which only a true father or mother knows how to give their children, with the garments born of tenderness and love.

Our Father, he is the Father of a great family; he is our Father. He knows that he has a unique love, but he does not know how to bear or raise an “only child”. He is the God of the home, of brotherhood, of bread broken and shared. He is the God who is “Our Father”, not “my father” or “your stepfather”.

God’s dream makes its home and lives in each one of us so that at every Easter, in every Eucharist we celebrate, we may be the children of God. It is a dream which so many of our brothers and sisters have had through history. A dream witnessed to by the blood of so many martyrs, both from long ago and from now.

Lent is a time of conversion, of daily experiencing in our lives of how this dream is continually threatened by the father of lies – and we hear in the Gospel how he acted towards Jesus – by the one who tries to separate us, making a divided and confrontational family; a society which is divided and at loggerheads, a society of the few, and for the few. How often we experience in our own lives, or in our own families, among our friends or neighbours, the pain which arises when the dignity we carry within is not recognized. How many times have we had to cry and regret on realizing that we have not acknowledged this dignity in others. How often – and it pains me to say it – have we been blind and impervious in failing to recognize our own and others’ dignity.

Lent is a time for reconsidering our feelings, for letting our eyes be opened to the frequent injustices which stand in direct opposition to the dream and the plan of God. It is a time to unmask three great temptations that wear down and fracture the image which God wanted to form in us:

There are three temptations of Christ… three temptations for the Christian, which seek to destroy what we have been called to be; three temptations which try to corrode us and tear us down.

First, wealth: seizing hold of goods destined for all, and using them only for “my own people”. That is, taking the “bread” based on the toil of others, or even at the expense of their very lives. That wealth which tastes of pain, bitterness and suffering. That is the bread that a corrupt family or society gives its own children. The second temptation, vanity: the pursuit of prestige based on continuous, relentless exclusion of those who “are not like me”. The futile chasing of those five minutes of fame which do not forgive the “reputation” of others. “Making firewood from a felled tree” gradually gives way to the third temptation, the worst. It is that of pride, or rather, putting oneself on a higher level than one truly is on, feeling that one does not share the life of “mere mortals”, and yet being one who prays every day: “I thank you Lord that you have not made me like those others…”.

Three temptations of Christ… Three temptations which the Christian is faced with daily. Three temptations which seek to corrode, destroy and extinguish the joy and freshness of the Gospel. Three temptations which lock us into a cycle of destruction and sin.

It is worth asking ourselves:

To what degree are we aware of these temptations in our lives, in our very selves?

How much have we become accustomed to a lifestyle where we think that our source and life force lies only in wealth?

To what point do we feel that caring about others, our concern and work for bread, for the good name and dignity of others, are wellsprings of happiness and hope?

We have chosen Jesus, not the evil one. If we remember what we heard in the Gospel, Jesus does not reply to the devil with any of his own words, but rather he the words of God, the words of scripture. Because brothers and sisters, and let us be clear about this, we cannot dialogue with the devil, we cannot do this because he will always win. Only the power of Gods’ word can overcome him. We have opted for Jesus and not for the devil; we want to follow in Jesus’ footsteps, even though we know that this is not easy. We know what it means to be seduced by money, fame and power. For this reason, the Church gives us the gift of this Lenten season, invites us to conversion, offering but one certainty: he is waiting for us and wants to heal our hearts of all that tears us down. He is the God who has a name: Mercy. His name is our wealth, his name is what makes us famous, his name is our power and in his name we say once more with the Psalm: “You are my God and in you I trust”. Will you repeat it together? Three times: “You are my God and in you I trust”. “You are my God and in you I trust”.

In this Eucharist, may the Holy Spirit renew in us the certainty that his name is Mercy, and may he let us experience each day that “the Gospelfills the hearts and lives of all who encounter Jesus...”, knowing that “with Christ and in Christ joy is constantly born anew” (cf. Evangelii Gaudium, 1).

[00233-EN.02] [Original text: Spanish]

[B0118-XX.02]