www.vatican.va

Back Top Print Pdf


Viaggio Apostolico di Sua Santità Francesco in Messico (12-18 febbraio 2016) – Incontro con i Vescovi del Messico nella Cattedrale di Città del Messico, 13.02.2016


Incontro con i Vescovi del Messico nella Cattedrale metropolitana dell’Assunzione

Discorso del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

Questa mattina il Santo Padre Francesco ha incontrato i Vescovi del Messico nella Cattedrale metropolitana dell’Assunzione.

Giunto in papamobile alle ore 11 in Piazza della Costituzione, il Papa ha compiuto un largo giro in papamobile tra i fedeli, fino al cancello della Cattedrale dove il Capo del Governo del Distretto Federale gli ha consegnato le Chiavi della Città. Entrato poi in Cattedrale, è stato accolto dal Capitolo che lo ha accompagnato presso l’Altare del Perdono. Qui il Papa si è fermato a lungo in preghiera.

L’incontro con l’Episcopato messicano è stato introdotto dagli indirizzi di omaggio dell’Arcivescovo di Città del Messico, Card. Norberto Rivera Carrera, e del Presidente della Conferenza Episcopale Messicana, Card. Francisco Robles Ortega, Arcivescovo di Guadalajara.

Quindi il Santo Padre ha rivolto ai Vescovi il discorso che riportiamo di seguito:

Discorso del Santo Padre

Queridos hermanos,

Estoy contento de poder encontrarlos al día siguiente de mi llegada a este País al cual, siguiendo los pasos de mis Predecesores, también he venido a visitar.

No podía dejar de venir ¿Podría el Sucesor de Pedro, llamado del lejano sur latinoamericano, privarse de poder posar la propia mirada sobre la «Virgen Morenita»?.

Les agradezco que me reciban en esta Catedral, «casita», «casita» prolongada pero siempre «sagrada», que pidió la Virgen de Guadalupe, y por las amables palabras de acogida que me han dirigido.

Porque sé que aquí se halla el corazón secreto de cada mexicano, entro con pasos suaves como corresponde entrar en la casa y en el alma de este pueblo y estoy profundamente agradecido por abrirme la puerta. Sé que mirando los ojos de la Virgen alcanzo la mirada de vuestra gente que, en Ella, ha aprendido a manifestarse. Sé que ninguna otra voz puede hablar así tan profundamente del corazón mexicano como me puede hablar la Virgen; Ella custodia sus más altos deseos sus más recónditas esperanzas; Ella recoge sus alegrías y sus lágrimas; Ella comprende sus numerosos idiomas y les responde con ternura de Madre porque son sus propios hijos.

Estoy contento de estar con ustedes aquí, en las cercanías del «Cerro del Tepeyac», como en los albores de la evangelización de este Continente y, por favor, les pido que me consientan que todo cuanto les diga pueda hacerlo partiendo desde la Guadalupana. Cuánto quisiera que fuese Ella misma quien les lleve, hasta lo profundo de sus almas de Pastores y, por medio de ustedes, a cada una de sus Iglesias particulares presentes en este vasto México, todo lo que fluye intensamente del corazón del Papa.

Como hizo San Juan Diego, y lo hicieron las sucesivas generaciones de los hijos de la Guadalupana, también el Papa cultivaba desde hace tiempo el deseo de mirarla. Más aún, quería yo mismo ser alcanzado por su mirada materna. He reflexionado mucho sobre el misterio de esta mirada y les ruego acojan cuanto brota de mi corazón de Pastor en este momento.

Una mirada de ternura

Ante todo, la «Virgen Morenita» nos enseña que la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia.

Un inquieto y notable literato de esta tierra dijo que en Guadalupe ya no se pide la abundancia de las cosechas o la fertilidad de la tierra, sino que se busca un regazo en el cual los hombres, siempre huérfanos y desheredados, están en la búsqueda de un resguardo, de un hogar.

Transcurridos siglos del evento fundante de este País y de la evangelización del Continente, ¿acaso se ha diluido, se ha olvidado, la necesidad de regazo que anhela el corazón del pueblo que se les ha confiado a ustedes?

Conozco la larga y dolorosa historia que han atravesado, no sin derramar tanta sangre, no sin impetuosas y desgarradoras convulsiones, no sin violencia e incomprensiones. Con razón mi venerado y santo Predecesor, que en México estaba como en su casa, ha querido recordar que «como ríos a veces ocultos y siempre caudalosos, tres realidades que unas veces se encuentran y otras revelan sus diferencias complementarias, sin jamás confundirse del todo: la antigua y rica sensibilidad de los pueblos indígenas que amaron Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga, a quienes muchos de estos pueblos siguen llamando padres; el cristianismo arraigado en el alma de los mexicanos; y la moderna racionalidad de corte europeo que tanto ha querido enaltecer la independencia y la libertad» (Juan Pablo II, Discurso en la ceremonia de bienvenida en México, 22 enero 1999).

Y en esta historia, el regazo materno que continuamente ha generado a México, aunque a veces pareciera una «red que recogía ciento cincuenta y tres peces» (Jn 21,11), no se demostró jamás infecundo, y las amenazantes fracturas se recompusieron siempre.

Por eso, les invito a partir nuevamente de esta necesidad de regazo que promana del alma de vuestro pueblo. El regazo de la fe cristiana es capaz de reconciliar el pasado, frecuentemente marcado por la soledad, el aislamiento y la marginación, con el futuro continuamente relegado a un mañana que se escabulle. Sólo en aquel regazo se puede, sin renunciar a la propia identidad, «descubrir la profunda verdad de la nueva humanidad, en la cual todos están llamados a ser hijos de Dios» (Id., Homilía en la Canonización de san Juan Diego).

Reclínense pues, hermanos, con delicadeza y respeto, sobre el alma profunda de su gente, desciendan con atención y descifren su misterioso rostro. El presente, frecuentemente disuelto en dispersión y fiesta, ¿acaso no es también propedéutico a Dios que es sólo y pleno presente? ¿La familiaridad con el dolor y la muerte no son formas de coraje y caminos hacia la esperanza? La percepción de que el mundo sea siempre y solamente para redimir, ¿no es antídoto a la autosuficiencia prepotente de cuantos creen poder prescindir de Dios?

Naturalmente, por todo esto se necesita una mirada capaz de reflejar la ternura de Dios. Sean por lo tanto Obispos de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso. No le tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los «carros y caballos» de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la «columna de fuego» que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor (cf. Ex 14,24-25).

El mundo en el cual el Señor nos llama a desarrollar nuestra misión se ha vuelto muy complejo. Y aunque la prepotente idea del «cogito», que no negaba que hubiese al menos una roca sobre la arena del ser, hoy está dominada por una concepción de la vida, considerada por muchos, más que nunca, vacilante, errabunda y anómica, porque carece de sustrato sólido. Las fronteras, tan intensamente invocadas y sostenidas, se han vuelto permeables a la novedad de un mundo en el cual la fuerza de algunos ya no puede sobrevivir sin la vulnerabilidad de otros. La irreversible hibridación de la tecnología hace cercano lo que está lejano pero, lamentablemente, hace distante lo que debería estar cerca.

Y, precisamente en este mundo así, Dios les pide tener una mirada capaz de interceptar la pregunta que grita en el corazón de vuestra gente, la única que posee en el propio calendario una «fiesta del grito». A ese grito es necesario responder que Dios existe y está cerca a través de Jesús. Que sólo Dios es la realidad sobre la cual se puede construir, porque «Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano» (Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia General del CELAM, 13 mayo 2007).

En las miradas de ustedes, el Pueblo mexicano tiene el derecho de encontrar las huellas de quienes «han visto al Señor» (cf. Jn 20,25), de quienes han estado con Dios. Esto es lo esencial. No pierdan, entonces, tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías. No se dejen arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias. Introduzcan a sus sacerdotes en esa comprensión del sagrado ministerio. A nosotros, ministros de Dios, basta la gracia de «beber el cáliz del Señor», el don de custodiar la parte de su heredad que se nos ha confiado, aunque seamos inexpertos administradores. Dejemos al Padre asignarnos el puesto que nos tiene preparado (cf. Mt 20,20-28). ¿Acaso podemos estar de verdad ocupados en otras cosas si no en las del Padre? Fuera de las «cosas del Padre» (Lc 2,48-49) perdemos nuestra identidad y, culpablemente, hacemos vana su gracia.

Si nuestra mirada no testimonia haber visto a Jesús, entonces las palabras que recordamos de Él resultan solamente figuras retóricas vacías. Quizás expresen la nostalgia de aquellos que no pueden olvidar al Señor, pero de todos modos son sólo el balbucear de huérfanos junto al sepulcro. Palabras finalmente incapaces de impedir que el mundo quede abandonado y reducido a la propia potencia desesperada.

Pienso en la necesidad de ofrecer un regazo materno a los jóvenes. Que vuestras miradas sean capaces de cruzarse con las miradas de ellos, de amarlos y de captar lo que ellos buscan, con aquella fuerza con la que muchos como ellos han dejado barcas y redes sobre la otra orilla del mar (cf. Mc 1,17-18), han abandonado bancos de extorsiones con tal de seguir al Señor de la verdadera riqueza (cf. Mt 9,9).

Me preocupan tantos que, seducidos por la potencia vacía del mundo, exaltan las quimeras y se revisten de sus macabros símbolos para comercializar la muerte en cambio de monedas que, al final, «la polilla y el óxido echan a perder, y por lo que los ladrones perforan muros y roban» (Mt 6,20). Les ruego no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la juventud y para la entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia.

La proporción del fenómeno, la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extensión, como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas -formas de nominalismo- sino que exigen un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza. Sólo comenzando por las familias; acercándonos y abrazando a la periferia humana y existencial de los territorios desolados de nuestras ciudades; involucrando las comunidades parroquiales, las escuelas, las instituciones comunitarias, la comunidades políticas, las estructuras de seguridad; sólo así se podrá liberar totalmente de las aguas en las cuales lamentablemente se ahogan tantas vidas, sea la vida de quien muere como víctima, sea la de quien delante de Dios tendrá siempre las manos manchadas de sangre, aunque tenga los bolsillos llenos de dinero sórdido y la conciencia anestesiada.

Volviendo la mirada a María de Guadalupe diré una segunda cosa:
Una mirada capaz de tejer

En el manto del alma mexicana Dios ha tejido, con el hilo de las huellas mestizas de su gente, el rostro de su manifestación en la «Morenita». Dios no necesita de colores apagados para diseñar su rostro. Los diseños de Dios no están condicionados por los colores y por los hilos, sino que están determinados por la irreversibilidad de su amor que quiere persistentemente imprimirse en nosotros.

Sean, por tanto, Obispos capaces de imitar esta libertad de Dios eligiendo cuanto es humilde para hacer visible la majestad de su rostro y de copiar esta paciencia divina en tejer, con el hilo fino de la humanidad que encuentren, aquel hombre nuevo que su país espera. No se dejen llevar por la vana búsqueda de cambiar de pueblo, como si el amor de Dios no tuviese bastante fuerza para cambiarlo.

Redescubran pues la sabia y humilde constancia con que los Padres de la fe de esta Patria han sabido introducir a las generaciones sucesivas en la semántica del misterio divino. Primero aprendiendo y, luego, enseñando la gramática necesaria para dialogar con aquel Dios, escondido en los siglos de su búsqueda y hecho cercano en la persona de su Hijo Jesús, que hoy tantos reconocen en la imagen ensangrentada y humillada, como figura del propio destino. Imiten su condescendencia y su capacidad de reclinarse. No comprenderemos jamás bastante el hecho de que con los hilos mestizos de nuestra gente Dios entretejió el rostro con el cual se da a conocer. Nunca seremos suficientemente agradecidos a este inclinarse, a esta “sincatábasis”.

Una mirada de singular delicadeza les pido para los pueblos indígenas, para ellos y sus fascinantes, y no pocas veces, masacradas culturas. México tiene necesidad de sus raíces amerindias para no quedarse en un enigma irresuelto. Los indígenas de México aún esperan que se les reconozca efectivamente la riqueza de su contribución y la fecundidad de su presencia, para heredar aquella identidad que les convierte en una Nación única y no solamente una entre otras.

Se ha hablado muchas veces del presunto destino incumplido de esta Nación, del «laberinto de la soledad» en el cual estaría aprisionada, de la geografía como destino que la entrampa. Para algunos, todo esto sería obstáculo para el diseño de un rostro unitario, de una identidad adulta, de una posición singular en el concierto de las naciones y de una misión compartida.

Para otros, también la Iglesia en México estaría condenada a escoger entre sufrir la inferioridad en la cual fue relegada en algunos períodos de su historia, como cuando su voz fue silenciada y se buscó amputar su presencia, o aventurarse en los fundamentalismos para volver a tener certezas provisorias - como aquel «cogito» famoso - olvidándose de tener anidada en su corazón la sed de Absoluto y ser llamada en Cristo a reunir a todos y no sólo una parte (cf. Lumen gentium, 1, 1).

No se cansen en cambio de recordarle a su Pueblo cuánto son potentes las raíces antiguas, que han permitido la viva síntesis cristiana de comunión humana, cultural y espiritual que se forjó aquí. Recuerden que las alas de su Pueblo ya se han desplegado varias veces por encima de no pocas vicisitudes. Custodien la memoria del largo camino hasta ahora recorrido - sean deuteronómicos - y sepan suscitar la esperanza de nuevas metas, porque el mañana será una tierra «rica de frutos» aunque nos plantee desafíos no indiferentes (cf. Nm 13,27-28).

Que las miradas de ustedes, reposadas siempre y solamente en Cristo, sean capaces de contribuir a la unidad de su Pueblo; de favorecer la reconciliación de sus diferencias y la integración de sus diversidades; de promover la solución de sus problemas endógenos; de recordar la medida alta, que México puede alcanzar si aprende a pertenecerse a sí mismo antes que a otros; de ayudar a encontrar soluciones compartidas y sostenibles para sus miserias; de motivar a la entera Nación a no contentarse con menos de cuanto se espera del modo mexicano de habitar el mundo.

Una tercera reflexión:
Una mirada atenta y cercana, no adormecida

Les ruego no caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas. Vuestro pasado es un pozo de riquezas donde excavar, que puede inspirar el presente e iluminar el futuro. ¡Ay de ustedes si se duermen en sus laureles! Es necesario no desperdiciar la herencia recibida, custodiándola con un trabajo constante. Están asentados sobre espaldas de gigantes: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, fieles «hasta el final», que han ofrecido la vida para que la Iglesia pudiese cumplir la propia misión. Desde lo alto de ese podio están llamados a lanzar una mirada amplia sobre el campo del Señor para planificar la siembra y esperar la cosecha.

Los invito a cansarse, a cansarse sin miedo en la tarea de evangelizar y de profundizar la fe mediante una catequesis mistagógica que sepa atesorar la religiosidad popular de su gente. Nuestro tiempo requiere atención pastoral a las personas y a los grupos, que esperan poder salir al encuentro del Cristo vivo. Solamente una valerosa conversión pastoral -y subrayo conversión pastoral- de nuestras comunidades puede buscar, generar y nutrir a los actuales discípulos de Jesús (cf. Documento de Aparecida, 226, 368, 370).

Por tanto, es necesario para nosotros, pastores, superar la tentación de la distancia -y dejo a cada uno de ustedes que haga el catálogo de las distancias que pueden existir en esta Conferencia Episcopal; no las conozco, pero superar la tentación de la distancia- y del clericalismo, de la frialdad y de la indiferencia, del comportamiento triunfal y de la autoreferencialidad. Guadalupe nos enseña que Dios es familiar, cercano, en su rostro, que la proximidad y la condescendencia, ese agacharse y acercarse, pueden más que la fuerza, que cualquier tipo de fuerza.

Como enseña la bella tradición guadalupana, la «Morenita» custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran. Es necesario aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios. Toca a nosotros no volvernos impermeables a tales miradas. Custodiar en nosotros a cada uno de ellos, conservarlos en el corazón, resguardarlos.

Sólo una Iglesia que sepa resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan y, precisamente, este encuentro se realiza en nuestro corazón de Pastores.

Y el primer rostro que les suplico custodien en su corazón es el de sus sacerdotes. No los dejen expuestos a la soledad y al abandono, presa de la mundanidad que devora el corazón. Estén atentos y aprendan a leer sus miradas para alegrarse con ellos cuando sientan el gozo de contar cuanto «han hecho y enseñado» (Mc 6,30), y también para no echarse atrás cuando se sienten un poco rebajados y no puedan hacer otra cosa que llorar porque «han negado al Señor» (cf. Lc 22,61-62), y también, por qué no, para sostener, en comunión con Cristo, cuando alguno, ya abatido, saldrá con Judas «en la noche» (Jn 13,30). En estas situaciones, que nunca falte la paternidad de ustedes, Obispos, para con sus sacerdotes. Animen la comunión entre ellos; hagan perfeccionar sus dones; intégrenlos en las grandes causas, porque el corazón del apóstol no fue hecho para cosas pequeñas.

La necesidad de familiaridad habita en el corazón de Dios. Nuestra Señora de Guadalupe pide, pues, únicamente una «casita sagrada». Nuestros pueblos latinoamericanos entienden bien el lenguaje diminutivo –una casita sagrada- y de muy buen grado lo usan. Quizá tienen necesidad del diminutivo porque de otra forma se sentirían perdidos. Se adaptaron a sentirse disminuidos y se acostumbraron a vivir en la modestia.

La Iglesia, cuando se congrega en una majestuosa Catedral, no podrá hacer menos que comprenderse como una «casita» en la cual sus hijos pueden sentirse a su propio gusto. Delante de Dios sólo se permanece si se es pequeño, si se es huérfano, si se es mendicante. El protagonista de la historia de salvación es el mendigo.

«Casita» familiar y al mismo tiempo «sagrada», porque la proximidad se llena de la grandeza omnipotente. Somos guardianes de este misterio. Tal vez hemos perdido este sentido de la humilde medida divina, y nos cansamos de ofrecer a los nuestros la «casita» en la cual se sienten íntimos con Dios. Puede darse también que, habiendo descuidado un poco el sentido de su grandeza, se haya perdido parte del temor reverente hacia un tal amor. Donde Dios habita, el hombre no puede acceder sin ser admitido y entra solamente «quitándose las sandalias» (cf. Ex 3, 5) para confesar la propia insuficiencia.

Y este habernos olvidado de este «quitarse las sandalias» para entrar, ¿no está posiblemente en la raíz de la pérdida del sentido de la sacralidad de la vida humana, de la persona, de los valores esenciales, de la sabiduría acumulada a lo largo de los siglos, del respeto a la naturaleza? Sin rescatar, en la conciencia de los hombres y de la sociedad, estas raíces profundas, incluso al trabajo generoso en favor de los legítimos derechos humanos le faltará la savia vital que puede provenir sólo de un manantial que la humanidad no podrá darse jamás a sí misma.

Y, siempre mirando a la Madre, para terminar:
Una mirada de conjunto y de unidad

Sólo mirando a la «Morenita», México se comprende por completo. Por tanto, les invito a comprender que la misión que la Iglesia hoy les confía, y siempre les confió, requiere esta mirada que abarque la totalidad. Y esto no puede realizarse aisladamente, sino sólo en comunión.

La Guadalupana está ceñida de una cintura que anuncia su fecundidad. Es la Virgen que lleva ya en el vientre el Hijo esperado por los hombres. Es la Madre que ya gesta la humanidad del nuevo mundo naciente. Es la Esposa que prefigura la maternidad fecunda de la Iglesia de Cristo. Ustedes tienen la misión de ceñir toda la Nación mexicana con la fecundidad de Dios. Ningún pedazo de esta cinta puede ser despreciado.

El episcopado mexicano ha cumplido notables pasos en estos años conciliares; ha aumentado sus miembros; se ha promovido una permanente formación, continua y cualificada; el ambiente fraterno no faltó; el espíritu de colegialidad ha crecido; las intervenciones pastorales han influido sobre sus Iglesias y sobre la conciencia nacional; los trabajos pastorales compartidos han sido fructuosos en los campos esenciales de la misión eclesial como la familia, las vocaciones y la presencia social.

Mientras nos alegramos por el camino de estos años, les pido que no se dejen desanimar por las dificultades y de no ahorrar todo esfuerzo posible por promover, entre ustedes y en sus diócesis, el celo misionero, sobre todo hacia las partes más necesitadas del único cuerpo de la Iglesia mexicana. Redescubrir que la Iglesia es misión es fundamental para su futuro, porque sólo el «entusiasmo, el estupor convencido» de los evangelizadores tiene la fuerza de arrastre. Les ruego especialmente cuidar la formación y la preparación de los laicos, superando toda forma de clericalismo e involucrándolos activamente en la misión de la Iglesia, sobre todo en el hacer presente, con el testimonio de la propia vida, el evangelio de Cristo en el mundo.

A este Pueblo mexicano, le ayudará mucho un testimonio unificador de la síntesis cristiana y una visión compartida de la identidad y del destino de su gente. En este sentido, sería muy importante que la Pontificia Universidad de México esté cada vez más en el corazón de los esfuerzos eclesiales para asegurar aquella mirada de universalidad sin la cual la razón, resignada a módulos parciales, renuncia a su más alta aspiración de búsqueda de la verdad.

La misión es vasta y llevarla adelante requiere múltiples caminos. Y, con más viva insistencia, los exhorto a conservar la comunión y la unidad entre ustedes. Esto es esencial, hermanos. Esto no está en el texto pero me sale ahora. Si tienen que pelearse, peléense; si tienen que decirse cosas, se las digan; pero como hombres, en la cara, y como hombres de Dios que después van a rezar juntos, a discernir juntos. Y si se pasaron de la raya, a pedirse perdón, pero mantengan la unidad del cuerpo episcopal. Comunión y unidad entre ustedes. La comunión es la forma vital de la Iglesia y la unidad de sus Pastores da prueba de su veracidad. México, y su vasta y multiforme Iglesia, tienen necesidad de Obispos servidores y custodios de la unidad edificada sobre la Palabra del Señor, alimentada con su Cuerpo y guiada por su Espíritu, que es el aliento vital de la Iglesia.

No se necesitan «príncipes», sino una comunidad de testigos del Señor. Cristo es la única luz; es el manantial de agua viva; de su respiro sale el Espíritu, que despliega las velas de la barca eclesial. En Cristo glorificado, que la gente de este pueblo ama honrar como Rey, enciendan juntos la luz, cólmense de su presencia que no se extingue; respiren a pleno pulmón el aire bueno de su Espíritu. Toca a ustedes sembrar a Cristo sobre el territorio, tener encendida su luz humilde que clarifica sin ofuscar, asegurar que en sus aguas se colme la sed de su gente; extender las velas para que sea el soplo del Espíritu quien las despliegue y no encalle la barca de la Iglesia en México.

Recuerden que la Esposa, la Esposa de cada uno de ustedes, la Madre Iglesia, sabe bien que el Pastor amado (cf. Ct 1,7) será encontrado sólo donde los pastos son herbosos y los riachuelos cristalinos. La Esposa desconfía de los compañeros del Esposo que, alguna vez por desidia o incapacidad, conducen la grey por lugares áridos y llenos de peñascos. ¡Ay de nosotros pastores, compañeros del Supremo Pastor, si dejamos vagar a su Esposa porque en la tienda que nos hicimos el Esposo no se encuentra!

Permítanme una última palabra para expresar el aprecio del Papa por todo cuanto están haciendo para afrontar el desafío de nuestra época representada en las migraciones. Son millones los hijos de la Iglesia que hoy viven en la diáspora o en tránsito, peregrinando hacia el norte en búsqueda de nuevas oportunidades. Muchos de ellos dejan atrás las propias raíces para aventurarse, aun en la clandestinidad que implica todo tipo de riesgos, en búsqueda de la «luz verde» que juzgan como su esperanza. Tantas familias se dividen; y no siempre la integración en la presunta «tierra prometida» es tan fácil como se piensa.

Hermanos, que sus corazones sean capaces de seguirlos y alcanzarlos más allá de las fronteras. Refuercen la comunión con sus hermanos del episcopado estadounidense, para que la presencia materna de la Iglesia mantenga viva las raíces de su fe, de la fe de ese pueblo, las razones de sus esperanzas y la fuerza de su caridad. Que no les suceda a ellos que, colgando sus cítaras, se enmudezcan sus alegrías, olvidándose de Jerusalén y convirtiéndose en «exilados de sí mismos» (Sal 136). Testimonien juntos que la Iglesia es custodia de una visión unitaria del hombre y no puede compartir que sea reducido a un mero «recurso» humano.

No será vana la premura de sus diócesis en el echar el poco bálsamo que tienen en los pies heridos de quien atraviesa sus territorios y de gastar por ellos el dinero duramente colectado; Samaritano divino, al final, enriquecerá a quien no pasó indiferente ante Él cuando estaba caído sobre el camino (cf. Lc 10,25-37).

Queridos hermanos, el Papa está seguro de que México y su Iglesia llegarán a tiempo a la cita consigo mismos, con la historia, con Dios. Tal vez alguna piedra en el camino retrasa la marcha, y la fatiga del trayecto exigirá alguna parada, pero no será jamás bastante para hacer perder la meta. Porque, ¿puede llegar tarde quien tiene una Madre que lo espera? ¿Quien continuamente puede sentir resonar en el propio corazón «no estoy aquí, Yo, que soy tu Madre»? Gracias.

[00231-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Cari fratelli,

sono contento di potervi incontrare il giorno dopo il mio arrivo in questo Paese, che, seguendo i passi dei miei Predecessori, anch’io sono venuto a visitare.

Non potevo non venire! Potrebbe il Successore di Pietro, chiamato dal lontano sud latinoamericano, fare a meno di posare lo sguardo sulla Vergine “Morenita”?

Vi ringrazio per avermi accolto in questa Cattedrale, “casita”, “piccola casa” diventata grande ma sempre “sacra”, che la Vergine di Guadalupe domandò, e per le gentili parole di benvenuto che mi avete rivolto.

Sapendo che qui si trova il cuore segreto di ogni messicano, entro con passo delicato, come bisogna entrare nella casa e nell’anima di questo popolo, e vi sono profondamente grato di aprirmi la porta. So che guardando gli occhi della Vergine raggiungo lo sguardo della vostra gente che, in Lei, ha imparato a manifestarsi. So che nessun’altra voce può parlare tanto profondamente del cuore messicano come può parlarmene la Vergine; Ella custodisce i suoi desideri più alti, le sue più recondite speranze; Ella raccoglie le sue gioie e le sue lacrime; Ella comprende i suoi numerosi idiomi e risponde loro con tenerezza di Madre perché sono i suoi figli.

Sono contento di stare con voi, qui nelle vicinanze del “Monte del Tepeyac”, come agli albori dell’evangelizzazione di questo Continente e vi chiedo per favore di permettermi che tutto quanto vi dirò possa dirlo partendo dalla Guadalupana. Come vorrei che fosse Lei stessa a recarvi, fino al profondo delle vostre anime di Pastori, e, per mezzo di voi, a ciascuna delle vostre Chiese particolari presenti in questo vasto Messico, tutto ciò che fluisce intensamente dal cuore del Papa.

Come fece san Juan Diego e fecero le successive generazioni dei figli della Guadalupana, anche il Papa da tempo nutriva il desiderio di vederla. Più ancora, vorrei io stesso essere raggiunto dal suo sguardo materno. Ho riflettuto molto sul mistero di questo sguardo e vi prego, accogliete ciò che sgorga dal mio cuore di Pastore in questo momento.

Uno sguardo di tenerezza

Anzitutto, la Vergine Morenita ci insegna che l’unica forza capace di conquistare il cuore degli uomini è la tenerezza di Dio. Ciò che incanta e attrae, ciò che piega e vince, ciò che apre e scioglie dalle catene non è la forza degli strumenti o la durezza della legge, bensì la debolezza onnipotente dell’amore divino, che è la forza irresistibile della sua dolcezza e la promessa irreversibile della sua misericordia.

Un inquieto e illustre scrittore di questa terra, disse che a Guadalupe non si chiede l’abbondanza dei raccolti o la fertilità della terra, bensì si cerca un grembo in cui gli uomini, sempre orfani e diseredati, vanno cercando una protezione, una casa.

A distanza di secoli dall’evento fondante di questo Paese e dell’evangelizzazione del Continente, è stata forse diluita, è stata forse dimenticata la necessità di un grembo a cui anela il cuore del popolo che vi è stato affidato?

Conosco la lunga e dolorosa storia che avete attraversato, non senza versare tanto sangue, non senza impietose e strazianti convulsioni, non senza violenza e incomprensioni. A ragione il mio venerato e santo Predecessore, che in Messico era come a casa sua, ha voluto ricordare che «come fiumi talvolta occulti e sempre copiosi, da tre realtà che a volte si incontrano e altre rivelano le loro differenze complementari, senza mai confondersi del tutto: l’antica e ricca sensibilità dei popoli indigeni che amarono Juan de Zumárraga e Vasco de Quiroga, che molti di questi popoli continuano a chiamare padri, il cristianesimo radicato nell’anima dei messicani e la moderna razionalità, di taglio europeo, che tanto ha voluto esaltare l’indipendenza e la libertà» (Giovanni Paolo II, Discorso nella cerimonia di benvenuto in Messico, 22 gennaio 1999).

E in questa storia, il grembo materno che continuamente ha generato il Messico, benché a volte sembrasse una rete che raccoglieva 153 pesci (cfr Gv 21,11), non si dimostrò mai infecondo, e le minacciose fratture si sono sempre ricomposte.

Perciò, vi invito a partire nuovamente da questa necessità di un grembo che promana dall’anima del vostro popolo. Il grembo della fede cristiana è capace di riconciliare il passato spesso segnato da solitudine, isolamento ed emarginazione, con il futuro continuamente relegato ad un domani che sfugge. Solo in quel grembo si può, senza rinunciare alla propria identità, «scoprire la profonda verità della nuova umanità, in cui tutti sono chiamati ad essere figli di Dio» (Giovanni Paolo II, Omelia per la canonizzazione di san Juan Diego, 31 luglio 2002).

Chinatevi quindi, fratelli, con delicatezza e rispetto, sull’anima profonda della vostra gente, scendete con attenzione e decifrate il suo misterioso volto. Il presente, spesso dissolto in dispersione e festa, non è forse anche propedeutico a Dio che è l’unico e pieno presente? La familiarità con il dolore e la morte non sono forme di coraggio e vie verso la speranza? La percezione che il mondo sia sempre e solamente da redimere non è antidoto all’autosufficienza prepotente di quanti credono di poter prescindere da Dio?

Naturalmente, per tutto questo è necessario uno sguardo capace di riflettere la tenerezza di Dio. Siate pertanto Vescovi di sguardo limpido, di anima trasparente, di volto luminoso. Non abbiate paura della trasparenza. La Chiesa non ha bisogno dell’oscurità per lavorare. Vigilate affinché i vostri sguardi non si coprano con le penombre della nebbia della mondanità; non lasciatevi corrompere dal volgare materialismo né dalle illusioni seduttrici degli accordi sottobanco; non riponete la vostra fiducia nei “carri e cavalli” dei faraoni attuali, perché la nostra forza è la “colonna di fuoco” che rompe dividendole in due le acque del mare, senza fare grande rumore (cfr Es 14,24-25).

Il mondo nel quale il Signore ci chiama a svolgere la nostra missione è diventato molto complesso. E anche la prepotente idea del “cogito”, che non negava che vi fosse almeno una roccia sopra la spiaggia dell’essere, oggi è dominata da una concezione della vita considerata da molti più che mai vacillante, mutevole e anomica, perché manca di un sostrato solido. Le frontiere, così intensamente invocate e sostenute, sono diventate permeabili alla novità di un mondo in cui la forza di alcuni non può più sopravvivere senza la vulnerabilità di altri. L’irreversibile ibridazione della tecnologia rende vicino ciò che è lontano ma, purtroppo, rende distante ciò che dovrebbe essere vicino.

E precisamente in questo mondo, Dio vi chiede di avere uno sguardo che sappia intercettare la domanda che grida nel cuore della vostra gente, l’unica che possiede nel proprio calendario una “festa del grido”. A quel grido bisogna rispondere che Dio esiste ed è vicino mediante Gesù. Che solo Dio è la realtà sulla quale si può costruire, perché «Dio è la realtà fondante, non un Dio solo pensato o ipotetico, ma il Dio dal volto umano» (Benedetto XVI, Discorso inaugurale della V Conferenza generale del CELAM, 13 magio 2007).

Nei vostri sguardi, il Popolo messicano ha il diritto di trovare le tracce di quelli che “hanno visto il Signore” (cfr Gv 20,25), di quelli che sono stati con Dio. Questo è l’essenziale. Non perdete, dunque, tempo ed energie nelle cose secondarie, nelle chiacchiere e negli intrighi, nei vani progetti di carriera, nei vuoti piani di egemonia, negli sterili club di interessi o di consorterie. Non lasciatevi fermare dalle mormorazioni e dalle maldicenze. Introducete i vostri sacerdoti nella comprensione del ministero sacro. A noi ministri di Dio basta la grazia di “bere il calice del Signore”, il dono di custodire la parte della sua eredità che ci è affidata, benché siamo amministratori inesperti. Lasciamo al Padre di assegnarci il posto che ha preparato per noi (cfr Mt 20,20-28). Possiamo forse essere veramente occupati in altre cose se non in quelle del Padre? Al di fuori delle “cose del Padre” (cfr Lc 2,48-49) perdiamo la nostra identità e, colpevolmente, rendiamo vana la sua grazia.

Se il nostro sguardo non testimonia di aver visto Gesù, allora le parole che ricordiamo di Lui risultano soltanto delle figure retoriche vuote. Forse esprimono la nostalgia di quelli che non possono dimenticare il Signore, ma comunque sono solo il balbettare di orfani accanto al sepolcro. Parole alla fine incapaci di impedire che il mondo resti abbandonato e ridotto alla propria potenza disperata.

Penso alla necessità di offrire un grembo materno ai giovani. Che i vostri sguardi siano capaci di incrociarsi con i loro sguardi, di amarli e di cogliere ciò che essi cercano con quella forza con cui molti come loro hanno lasciato barche e reti sull’altra riva del mare (cfr Mc 1,17-18), hanno abbandonato banchi delle imposte pur di seguire il Signore della vera ricchezza (cfr Mt 9,9).

Mi preoccupano tanti che, sedotti dalla vuota potenza del mondo, esaltano le chimere e si rivestono dei loro macabri simboli per commercializzare la morte in cambio di monete che alla fine tarme e ruggine consumano e per cui i ladri scassinano e rubano (cfr Mt 6,20). Vi prego di non sottovalutare la sfida etica e anti-civica che il narcotraffico rappresenta per la gioventù e per l’intera società messicana, compresa la Chiesa.

Le proporzioni del fenomeno, la complessità delle sue cause, l’immensità della sua estensione come metastasi che divora, la gravità della violenza che disgrega e delle sue sconvolte connessioni, non permettono a noi, Pastori della Chiesa, di rifugiarci in condanne generiche – forme di nominalismo – bensì esigono un coraggio profetico e un serio e qualificato progetto pastorale per contribuire, gradualmente, a tessere quella delicata rete umana, senza la quale tutti saremmo fin dall’inizio distrutti da tale insidiosa minaccia. Solo cominciando dalle famiglie; avvicinandoci e abbracciando la periferia umana ed esistenziale dei territori desolati delle nostre città; coinvolgendo le comunità parrocchiali, le scuole, le istituzioni comunitarie, la comunità politica, le strutture di sicurezza; solo così si potrà liberare totalmente dalle acque in cui purtroppo annegano tante vite, sia la vita di chi muore come vittima, sia quella di chi davanti a Dio avrà sempre le mani macchiate di sangue, per quanto abbia il portafoglio pieno di denaro sporco e la coscienza anestetizzata.

Con lo sguardo rivolto a Maria di Guadalupe, dirò una seconda cosa:
Uno sguardo capace di tessere

Nel manto dell’anima messicana Dio ha tessuto, con il filo delle impronte meticce della sua gente, il volto della sua manifestazione nella “Morenita”. Dio non ha bisogno di colori spenti per disegnare il suo volto. I disegni di Dio non sono condizionati dai colori e dai fili, bensì sono determinati dalla irreversibilità del suo amore che vuole tenacemente imprimersi in noi.

Siate, pertanto, Vescovi capaci di imitare questa libertà di Dio scegliendo ciò che è umile per manifestare la maestà del suo volto, e di imitare questa pazienza divina nel tessere, col filo sottile dell’umanità che incontrate, quell’uomo nuovo che il vostro paese attende. Non lasciatevi prendere dalla vana ricerca di cambiare popolo, come se l’amore di Dio non avesse abbastanza forza per cambiarlo.

Riscoprite poi la saggia e umile costanza con cui i Padri della fede di questa Patria hanno saputo introdurre le generazioni successive nella semantica del mistero divino. Imparando prima e poi insegnando la grammatica necessaria per dialogare con quel Dio, nascosto nei secoli della loro ricerca e fattosi vicino nella persona del suo Figlio Gesù, che oggi tanti riconoscono nell’immagine insanguinata e umiliata, come figura del proprio destino. Imitate la sua condiscendenza e la sua capacità di abbassarsi. Non comprenderemo mai abbastanza il fatto che con i fili meticci della nostra gente Dio ha intessuto il volto col quale si è fatto conoscere! Mai saremo abbastanza grati a questo suo chinarsi, a questa “synkatábasis”.

Uno sguardo di singolare delicatezza vi chiedo per i popoli indigeni, per loro e le loro affascinanti culture, non di rado massacrate. Il Messico ha bisogno delle sue radici amerinde per non rimanere in un enigma irrisolto. Gli indigeni del Messico aspettano ancora che venga loro riconosciuta effettivamente la ricchezza del loro contributo e la fecondità della loro presenza per ereditare quella identità che vi fa diventare una Nazione unica e non solamente una tra le altre.

Si è parlato molte volte del presunto destino incompiuto di questa Nazione, del “labirinto della solitudine” nel quale sarebbe imprigionata, della geografia come destino che la intrappola. Per alcuni, tutto questo sarebbe ostacolo per il disegno di un volto unitario, di una identità adulta, di una posizione singolare nel concerto delle nazioni e di una missione condivisa.

Per altri, anche la Chiesa in Messico sarebbe condannata a scegliere tra il soffrire l’inferiorità in cui fu relegata in alcuni periodi della sua storia, come quando la sua voce fu fatta tacere e si cercò di amputare la sua presenza, o l’avventurarsi nei fondamentalismi par recuperare certezze provvisorie – come quel “cogito” famoso – dimenticando di avere inscritta nel cuore la sete di Assoluto e di essere chiamata in Cristo a riunire tutti e non solo una parte (cfr Lumen gentium, 1).

Non stancatevi, invece, di ricordare al vostro Popolo quanto sono potenti le radici antiche che hanno permesso la viva sintesi cristiana di comunione umana, culturale e spirituale che si è forgiata qui. Ricordate che le ali del vostro Popolo si sono spiegate già più volte al di sopra di non poche vicissitudini. Custodite la memoria del lungo cammino fin qui percorso – siate “deuteronomici” – e sappiate suscitare la speranza di nuove mete, perché il domani sarà una terra “ricca di frutti” anche se ci pone sfide non indifferenti (cfr Nm 13,27-28).

Che i vostri sguardi, riposati sempre e solamente in Cristo, siano capaci di contribuire all’unità del vostro Popolo; di favorire la riconciliazione delle sue differenze e l’integrazione delle sue diversità; di promuovere la soluzione dei suoi problemi endogeni; di ricordare la misura alta che il Messico può raggiungere se impara ad appartenere a sé stesso prima che ad altri; di aiutare a trovare soluzioni condivise e sostenibili alle sue miserie; di motivare l’intera Nazione a non accontentarsi di meno di quanto si attende dal modo messicano di abitare il mondo.

Una terza riflessione:
Uno sguardo attento e vicino, non addormentato

Vi prego di non cadere nella paralisi di dare vecchie risposte alle nuove domande. Il vostro passato è un pozzo di ricchezze da scavare, che può ispirare il presente e illuminare il futuro. Guai a voi se dormite sugli allori! Occorre non disperdere l’eredità ricevuta custodendola con un lavoro costante. Siete seduti sulle spalle di giganti: vescovi, sacerdoti, religiosi, religiose e laici fedeli “sino alla fine”, che hanno dato la vita affinché la Chiesa potesse compiere la propria missione. Dall’alto di tale podio siete chiamati a gettare uno sguardo ampio sul campo del Signore per programmare la semina e aspettare il raccolto.

Vi invito a stancarvi, a stancarvi senza paura nel compito di evangelizzare e di approfondire la fede, mediante una catechesi mistagogica che sappia far tesoro della religiosità popolare della vostra gente. Il nostro tempo richiede attenzione pastorale alle persone e ai gruppi che sperano di poter andare incontro al Cristo vivo. Solamente una coraggiosa conversione pastorale – e sottolineo conversione pastorale – delle nostre comunità può cercare, generare e nutrire i discepoli odierni di Gesù (cfr Documento di Aparecida, 226, 360, 370).

Pertanto, è necessario per i nostri Pastori superare la tentazione della distanza – e lascio ad ognuno di voi di fare la lista delle distanze che possono esistere in questa Conferenza Episcopale; non le conosco, ma superare la tentazione della distanza – e del clericalismo, della freddezza e dell’indifferenza, del comportamento trionfale e dell’autoreferenzialità. Guadalupe ci insegna che Dio è familiare, vicino nel suo volto, che la prossimità e la condiscendenza – questo abbassarsi e avvicinarsi – possono fare più della forza, di qualsiasi tipo di forza.

Come insegna la bella tradizione guadalupana, la “Morenita” custodisce gli sguardi di coloro che la contemplano, riflette il volto di coloro che la incontrano. Occorre imparare che c’è qualcosa di irripetibile in ciascuno di coloro che ci guardano alla ricerca di Dio. Tocca a noi non renderci impermeabili a tali sguardi. Custodire in noi ognuno di loro, conservandoli nel cuore, proteggendoli.

Solo una Chiesa capace di proteggere il volto degli uomini che vanno a bussare alla sua porta è capace di parlare loro di Dio. Se non decifriamo le loro sofferenze, se non ci accorgiamo dei loro bisogni, nulla potremo offrire. La ricchezza che abbiamo scorre solamente quando incontriamo la pochezza di coloro che vanno elemosinando, e proprio tale incontro si realizza nel nostro cuore di Pastori.

E il primo volto che vi supplico di custodire nel vostro cuore è quello dei vostri sacerdoti. Non lasciateli esposti alla solitudine e all’abbandono, preda della mondanità che divora il cuore. Siate attenti e imparate a leggere i loro sguardi per gioire con loro quando si sentono felici di raccontare ciò che “hanno fatto e insegnato” (cfr Mc 6,30), e anche per non tirarsi indietro quando si sentono un po’ umiliati e non possono far altro che piangere perché “hanno rinnegato il Signore” (cfr Lc 22,61-62), e anche, perché no, per sostenerli, in comunione con Cristo, quando qualcuno, già abbattuto, uscirà con Giuda “nella notte” (cfr Gv 13,30). In queste situazioni, che non manchi mai la vostra paternità di Vescovi verso i vostri sacerdoti. Incoraggiate la comunione tra di loro; fate sì che possano perfezionare i loro doni; inseriteli nelle grandi cause perché il cuore dell’apostolo non è stato fatto per piccole cose.

Il bisogno di familiarità abita nel cuore di Dio. Nostra Signora di Guadalupe chiese solamente una “casetta sacra”. I nostri popoli latinoamericani capiscono bene il linguaggio diminutivo – una “casetta” sacra – e molto volentieri lo usano. Forse hanno bisogno del diminutivo perché altrimenti si sentirebbero perduti. Si sono adattati a sentirsi sminuiti e si sono abituati a vivere nella modestia.

La Chiesa, quando si raduna in una maestosa Cattedrale, non potrà fare a meno di comprendersi come una “piccola casa”, in cui i suoi figli possono sentirsi a proprio agio. Davanti a Dio si può rimanere solo se si è piccoli, se si è orfani, se si è mendicanti. Il protagonista della storia di salvezza è il mendicante.

“Casetta” familiare e al tempo stesso “sacra”, perché la prossimità si riempie della grandezza onnipotente. Siamo custodi di questo mistero! A volte abbiamo perso questo senso dell’umile misura divina e ci stanchiamo di offrire ai nostri la “casetta” in cui possano sentirsi in intimità con Dio. Può anche darsi che avendo trascurato un po’ il senso della sua grandezza si sia perso parte del timore reverenziale nei confronti di un tale amore. Dove abita Dio, l’uomo non può accedere senza essere ammesso, ed entra solamente “togliendosi i sandali” (cfr Es 3,5) per confessare la propria insufficienza.

E questo aver dimenticato di “togliersi i sandali” per entrare, non è probabilmente alla radice della perdita del senso della sacralità della vita umana, della persona, dei valori essenziali, della saggezza accumulata lungo i secoli, del rispetto per la natura? Senza recuperare, nella coscienza degli uomini e della società, queste radici profonde, anche al lavoro generoso in favore dei legittimi diritti umani mancherà la linfa vitale che può venire solo da una sorgente che l’umanità non potrà mai darsi da sé stessa.

E, sempre guardando la Madre, per concludere:
Uno sguardo d’insieme e di unità

Solo guardando la “Morenita”, il Messico ha di sé una visione completa. Pertanto vi invito a comprendere che la missione che la Chiesa oggi vi affida – e sempre vi ha affidato – richiede questo sguardo che abbracci la totalità. E questo non si può realizzare isolatamente, bensì solo in comunione.

La Guadalupana è cinta di una cintura che annuncia la sua fecondità. E’ la Vergine che porta in grembo il Figlio atteso dagli uomini. E’ la Madre che sta generando l’umanità del nuovo mondo nascente. E’ la Sposa che prefigura la maternità feconda della Chiesa di Cristo. Voi avete la missione di cingere l’intera Nazione messicana con la fecondità di Dio. Nessun pezzo di questa cinta può essere disprezzato.

L’Episcopato messicano ha compiuto passi notevoli in questi anni conciliari; sono aumentati i suoi membri; è stata promossa una formazione permanente, continua e qualificata; l’ambiente fraterno non è mancato; lo spirito di collegialità è cresciuto; gli interventi pastorali hanno influito sulle vostre Chiese e sulla coscienza nazionale; i lavori pastorali condivisi sono stati fruttuosi nei campi essenziali della missione ecclesiale come la famiglia, le vocazioni e la presenza sociale.

Mentre ci rallegriamo per il cammino di questi anni, vi chiedo di non lasciarvi scoraggiare dalle difficoltà e di non risparmiare ogni possibile sforzo per promuovere, tra di voi e nelle vostre diocesi, lo zelo missionario, soprattutto verso le parti più bisognose dell’unico corpo della Chiesa messicana. Riscoprire che la Chiesa è missione è fondamentale per il suo futuro, perché solo l’entusiasmo, lo stupore convinto degli evangelizzatori ha la forza di trascinare. Vi prego, pertanto, di curare specialmente la formazione e la preparazione dei laici, superando ogni forma di clericalismo e coinvolgendoli attivamente nella missione della Chiesa, soprattutto rendendo presente, con la testimonianza della propria vita, il vangelo di Cristo nel mondo.

A questo Popolo messicano gioverà molto una testimonianza unificante della sintesi cristiana e una visione condivisa dell’identità e del destino della sua gente. In questo senso, sarebbe molto importante che la Pontificia Università del Messico fosse sempre più al centro degli sforzi ecclesiali per assicurare quello sguardo di universalità senza il quale la ragione, rassegnata a modelli parziali, rinuncia alla sua più alta aspirazione di ricerca della verità.

La missione è vasta e portarla avanti richiede molteplici vie. E con la più viva insistenza vi esorto a conservare la comunione e l’unità tra di voi. Questo è essenziale, fratelli. Questo non c’è nel testo, ma mi viene adesso. Se dovete litigare, litigate; se avete delle cose da dirvi, ditevele; però da uomini, in faccia, e come uomini di Dio che poi vanno a pregare insieme, a fare discernimento insieme; e se avete passato il limite, a chiedervi perdono, ma mantenete l’unità del corpo episcopale. Comunione e unità tra di voi. La comunione è la forma vitale della Chiesa e l’unità dei suoi Pastori dà prova della sua veracità. Il Messico e la sua vasta e multiforme Chiesa hanno bisogno di Vescovi servitori e custodi dell’unità edificata sulla Parola del Signore, alimentata con il suo Corpo e guidata dal suo Spirito che è il respiro vitale della Chiesa.

Non c’è bisogno di “prìncipi”, bensì di una comunità di testimoni del Signore. Cristo è la sua unica luce; è la sorgente di acqua viva; dal suo respiro promana lo Spirito che distende le vele della barca ecclesiale. In Cristo glorificato, che la gente di questo popolo ama onorare come Re, accendete uniti la luce, ricolmatevi della sua presenza che non si estingue; respirate a pieni polmoni l’aria buona del suo Spirito. A voi spetta seminare Cristo nel territorio, tenere accesa la sua luce umile che rischiara senza abbagliare, assicurare che con le sue acque si sazi la sete delle vostra gente, alzare le vele affinché il soffio dello Spirito le dispieghi e non s’incagli la barca della Chiesa in Messico.

Ricordate che la Sposa, la Sposa di ognuno di voi, la Madre Chiesa, sa bene che il Pastore amato (Ct 1,7) sarà trovato solo dove i pascoli sono erbosi e i ruscelli cristallini. La Sposa non si fida dei compagni dello Sposo che, a volte per incuranza o incapacità, conducono il gregge per luoghi aridi e pieni di rocce. Guai a noi pastori, compagni del Supremo Pastore, se lasciamo vagare la sua Sposa perché nella tenda che abbiamo fatto lo Sposo non si trova.

Permettetemi un’ultima parola per esprimere l’apprezzamento del Papa per tutto quanto state facendo per affrontare la sfida della nostra epoca rappresentata dalle migrazioni. Sono milioni i figli della Chiesa che oggi vivono nella diaspora o in transito peregrinando verso il nord in cerca di nuove opportunità. Molti di loro lasciano alle spalle le proprie radici per avventurarsi, anche nella clandestinità che implica ogni tipo di rischio, alla ricerca della “luce verde” che considerano come loro speranza. Tante famiglie si dividono; e non sempre l’integrazione nella presunta “terra promessa” è così facile come si pensa.

Fratelli, i vostri cuori siano capaci di seguirli e raggiungerli al di là delle frontiere. Rafforzate la comunione con i vostri fratelli dell’episcopato statunitense affinché la presenza materna della Chiesa mantenga vive le radici della loro fede, della fede di quel popolo, le ragioni della loro speranza e la forza della loro carità. Non succeda ad essi che appendendo le loro cetre, ammutolisca la loro gioia, dimenticandosi di Gerusalemme e trasformandosi in “esiliati di sé stessi” (cfr Sal 136/137). Testimoniate uniti che la Chiesa è custode di una visione unitaria dell’uomo e non può accettare che sia ridotto a mera “risorsa umana”.

Non sarà vana la premura delle vostre diocesi nel versare il poco balsamo che possiedono sui piedi feriti di quanti attraversano i loro territori e di spendere per loro il denaro duramente raccolto; il Samaritano divino alla fine arricchirà chi non è passato indifferente davanti a Lui quando stava per terra lungo la strada (cfr Lc 10,25-37).

Cari fratelli, il Papa è sicuro che il Messico e la sua Chiesa arriveranno in tempo all’appuntamento con sé stessi, con la storia, con Dio. Talvolta qualche pietra sulla strada rallenta la marcia e la fatica del tragitto richiederà qualche sosta, ma mai al punto da far perdere la meta. Infatti, può forse arrivare tardi chi ha una Madre che lo aspetta? Chi continuamente può sentire risuonare nel proprio cuore: “Non ci sono qui io, io, che sono tua Madre?”. Grazie.

[00231-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

Dear brothers,

I am pleased to have this opportunity of meeting you the day after my arrival here in this country, which, following in the footsteps of my predecessors, I also have come to visit.

How could I not come! Could the Successor of Peter, called from the far south of Latin America, deprive himself of seeing la Virgen Morenita?

I thank you for receiving me in this Cathedral, a larger casita (“little house”) and yet always sagrada (“sacred”), as the Blessed Virgin of Guadalupe had requested. I also thank you for your kind words of welcome.

I know that here is found the secret heart of each Mexican, and I enter with soft footsteps as is fitting for one who enters the home and soul of this people; and I am deeply grateful for you having opened your doors to me. I know that by looking into the eyes of the Blessed Virgin I am able to follow the gaze of your sons and daughters who, in her, have learned to express themselves. I know that no other voice can speak so powerfully to me of the Mexican heart as the Blessed Mother can; she guards its highest aspirations and most hidden hopes; she gathers its joys and its tears. She understands its various languages and she responds with a Mother’s tenderness because these men and women are her own children.

I am happy to be with you here, near Cerro del Tepeyac, in a way close to the dawn of evangelization in this continent. Please allow la Guadalupana to be the starting point of everything I will say to you. How I wish She herself would convey to you all that is dear to the Pope’s heart, reaching the depths of your own pastoral hearts, and through you, to each of the particular Churches present in this vast country of Mexico.

The Pope for some time has nourished a desire to see la Guadalupana just as Saint Juan Diego did, and successive generations of children after him. And I have desired, even more, to be captured by her maternal gaze. I have reflected greatly on the mystery of this gaze and I ask you to receive in these moments what pours forth from my heart, the heart of a Pastor.

A gaze of tenderness

Above all, la Virgen Morenita teaches us that the only power capable of conquering the hearts of men and women is the tenderness of God. That which delights and attracts, that which humbles and overcomes, that which opens and unleashes, is not the power of instruments or the force of law, but rather the omnipotent weakness of divine love, which is the irresistible force of its gentleness and the irrevocable pledge of its mercy.

A rather inquisitive and famous literary figure of yours, Octavio Paz, said that in Guadalupe great harvests and fertile lands are no longer prayed for, but instead a place of rest where people, still orphaned and disinherited, may seek a place of refuge, a home.

With centuries having gone by since the founding event of this country and the evangelization of the continent, it may be asked: has the need been diluted or even forgotten for that place of rest so ardently desired by the hearts of Mexicans entrusted to your care?

I know the long and painful history which you have gone through has not been without much bloodshed, impetuous and heartbreaking upheavals, and violence and incomprehension. With good reason my venerable and saintly predecessor, who felt at home here in Mexico, wished to remind us: “Like rivers that are sometimes hidden and plentiful, converge at times and at others reveal their complementary differences, without ever merging completely: the ancient and rich sensitivity of the indigenous peoples loved by Juan de Zumárraga and Vasco de Quiroga, whom many of these peoples continue to call fathers; Christianity, rooted in the Mexican soul; and modern rationality of the European kind, which wanted so much to exalt independence and freedom” (John Paul II, Address, Welcoming Ceremony, 22 January 1999).

And in this history, the maternal place of rest which continually brought life to Mexico, although sometimes seeming like “a net of a hundred and fifty-three fish” (cf. Jn 21:11), was never without fruit, was always able to heal the divisions which threatened.

For this reason I invite you to begin anew from that need for a place of rest which wells up from the spirit of your people. The restful place of the Christian faith is capable of reconciling a past, often marked by loneliness, isolation and rejection, with a future, continually relegated to a tomorrow which just slips away. Only in that place of faith can we, without renouncing our own identity, “discover the profound truth of the new humanity, in which all are called to be children of God” (John Paul II, Homily, Canonization of Juan Diego).

Bow down then brothers, quietly and respectfully, towards the profound spirit of your people, go down with care and decipher its mysterious face. The present, so often mixed with dispersion and festivity, is it perhaps not for God a preparatory stage, for him who alone is fully present? Familiarity with pain and death, are they not forms of courage and pathways to hope? And the view that the world is always and uniquely in need of redemption, is this not an antidote to the proud self-sufficiency of those who think they can do without God?

Naturally, for this reason it is necessary to have an outlook capable of reflecting the tenderness of God. I ask you, therefore, to be bishops who have a pure vision, a transparent soul, and a joyful face. Do not fear transparency. The Church does not need darkness to carry out her work. Be vigilant so that your vision will not be darkened by the gloomy mist of worldliness; do not allow yourselves to be corrupted by trivial materialism or by the seductive illusion of underhanded agreements; do not place your faith in the “chariots and horses” of today’s Pharaohs, for our strength is in “the pillar of fire” which divides the sea in two, without much fanfare (cf. Ex 14:24-25).

The world in which the Lord calls us to carry out our mission has become extremely complicated. And even the proud notion of cogito, which at least did not deny that there was a rock on the sand of being, is today dominated by a view of life which more than ever many consider to be hesitant, itinerant and lawless because it lacks a firm foundation. Frontiers so passionately invoked and upheld are now open to the irony of a world in which the power of some can no longer survive without the vulnerability of others. The irreversible hybridization of technology brings closer what is distant; sadly, however, it also distances what should be close.

And it is in this very world, as it is, that God asks you to have a view capable of grasping that plea which cries out from the heart of your people, a plea which has its own calendar day, the Feast of crying out. This cry needs a response: God exists and is close in Jesus Christ. Only God is the reality upon which we can build, because, “God is the foundational reality, not a God who is merely imagined or hypothetical, but God with a human face” (Benedict VI, Address to CELAM, 13 May 2007).

Observing your faces, the Mexican people have the right to witness the signs of those “who have seen the Lord” (cf. Jn 20:25), of those who have been with God. This is essential. Therefore, do not lose time or energy in secondary things, in gossip or intrigue, in conceited schemes of careerism, in empty plans for superiority, in unproductive groups that seek benefits or common interests. Do not allow yourselves to be dragged into gossip and slander. Introduce your priests into a that correct understanding of sacred ministry. For us ministers of God it is enough to have the grace to “drink the cup of the Lord”, the gift of protecting that portion of the heritage which has been entrusted to us, though we may be unskilled administrators. Let us allow the Father to assign the place he has prepared for us (Mt 20:20-28). Can we really be concerned with affairs that are not the Father’s? Away from the “Father’s affairs” (Lk 2:48-49) we lose our identity and, through our own fault, empty his grace of meaning.

If our vision does not witness to having seen Jesus, then the words with which we recall him will be rhetorical and empty figures of speech. They may perhaps express the nostalgia of those who cannot forget the Lord, but who have become, at any rate, mere babbling orphans beside a tomb. Finally, they may be words that are incapable of preventing this world of ours from being abandoned and reduced to its own desperate power.

I think of the need to offer a maternal place of rest to young people. May your vision be capable of meeting theirs, loving them and understanding what they search for with that energy that inspired many like them to leave behind their boats and nets on the other side of the sea (Mk 1:17-18), to leave the abuses of the banking sector so as to follow the Lord on the path of true wealth (cf. Mt 9:9).

I am concerned about those many persons who, seduced by the empty power of the world, praise illusions and embrace their macabre symbols to commercialize death in exchange for money which, in the end, “moth and rust consume” and “thieves break in and steal” (Mt 6:19). I urge you not to underestimate the moral and antisocial challenge which the drug trade represents for the youth and for Mexican society as a whole, as well as for the Church.

The magnitude of this phenomenon, the complexity of its causes, its immensity and its scope which devours like a metastasis, and the gravity of the violence which divides with its distorted expressions, do not allow us as Pastors of the Church to hide behind anodyne denunciations – forms of abstract thinking. Rather they demand of us a prophetic courage as well as a reliable and qualified pastoral plan, so that we can gradually help build that fragile network of human relationships without which all of us would be defeated from the outset in the face of such an insidious threat. Only by starting with families, by drawing close and embracing the fringes of human existence in the ravaged areas of our cities and by seeking the involvement of parish communities, schools, community institutions, political communities and institutions responsible for security, will people finally escape the raging waters that drown so many, either victims of the drug trade or those who stand before God with their hands drenched in blood, though with pockets filled with sordid money and their consciences deadened.

Returning to the gaze of Mary of Guadalupe, I want to add a second consideration:
A vision that can build

In the mantle of the Mexican spirit, God, with the thread of mestizo characteristics, has woven and revealed in la Morenita the face of the Mexican people. God does not need subdued colours to design this face, for his designs are not conditioned by colours or threads but rather by the permanence of his love which constantly desires to imprint itself upon us.

Therefore, be bishops who are capable of imitating this freedom of God who chooses the humble in order to reveal the majesty of his countenance; capable of reproducing this divine patience by weaving the new man which your country awaits with the fine thread made of the men and women you encounter. Do not be led by empty efforts to change people as if the love of God is not powerful enough to bring about change.

Rediscover the wise and humble constancy that the Fathers of faith of this country passed onto successive generations with the language of divine mystery. They did this by first learning and then teaching the grammar needed to dialogue with God; a God concealed within centuries of searching and then brought close in the person of his Son Jesus Christ, who is our future and who is recognized as such by so many men and women when they behold his bloody and humiliated face. Imitate his gracious humility and his bowing down to help us. We will never comprehend sufficiently how, with the mestizo threads of our people, God has woven the face by which he is to be known. We can never be thankful enough for this bowing down, for this “sincatábasis”.

I ask you to show singular tenderness in the way you regard indigenous peoples, them and their fascinating but not infrequently decimated cultures. Mexico needs its American-Indian roots so as not to remain an unresolved enigma. The indigenous people of Mexico still await true recognition of the richness of their contribution and the fruitfulness of their presence. In this way they can inherit that identity which transforms them into a single nation and not only an identity among other identities.

On many occasions, much has been said about a supposedly failed future of this nation, about a labyrinth of loneliness in which it is imprisoned by its geography as well as by a fate which ensnares it. For some, all of this is an obstacle to the plan for a unified face, an adult identity, a unique position among the concert of nations and a shared mission.

For others, the Church in Mexico is also regarded as being either condemned to suffer the inferior position to which it was relegated in some periods of its past, as for example when its voice was silenced and efforts were made to eradicate it; or condemned to venture into expressions of fundamentalism thus holding onto provisional certainties – as that famous cogito – while forgetting to have in its heart the thirst for the Absolute and be called in Christ to unite everyone and not just a portion (cf. Lumen Gentium 1:1).

On the other hand, never cease to remind your people of how powerful their ancient roots are, roots which have allowed a vibrant Christian synthesis of human, cultural and spiritual unity which was forged here. Remember that the wings of your people have spread on various occasions to rise above changing situations. Protect the memory of the long journey undertaken so far – be deuteronomical – and know how to inspire the hope of attaining new heights because the future will bear a land “rich in fruit” even if it involves considerable challenges (Num 13:27-28).

May your vision, always and solely resting upon Christ, be capable of contributing to the unity of the people in your care; of favouring the reconciliation of its differences and the integration of its diversities; of promoting a solution to its endogenous problems; of remembering the high standards which Mexico can attain when it learns to belong to itself rather than to others; of helping to find shared and sustainable solutions to its misfortunes; of motivating the entire nation to not be content with less than what is expected of a Mexican way of living in the world.

A third thought:
A vision that is close and attentive, not dorman

I urge you to not fall into that paralyzation of standard responses to new questions. Your past is a source of riches to be mined and which can inspire the present and illumine the future. How unfortunate you are if you sit on your laurels! It is important not to squander the inheritance you have received by protecting it through constant work. You stand on the shoulders of giants: bishops, priests, religious and lay faithful unto the end, who have offered their lives so that the Church can fulfil her own mission. From those heights you are called to turn your gaze to the Lord’s vineyard to plan the sowing and wait for the harvest.

I invite you to give yourselves tirelessly, tirelessly and fearlessly to the task of evangelizing and deepening the faith by means of a mystagogical catechesis that treasures the popular religiosity of the people. Our times require pastoral attention to persons and groups who hope to encounter the living Jesus. Only the courageous pastoral conversion – and I underline pastoral conversion – of our communities can seek, generate and nourish today’s disciples of the Lord (cf. Aparecida, 226, 368, 370).

Hence it is necessary for us Pastors to overcome the temptation of aloofness – and I leave it up to each of you to list the kinds of aloofness that can exist in this Episcopal Conference; I do not know them, but it is important to overcome this temptation – and clericalism, of coldness and indifference, of triumphalism and self-centredness. Guadalupe teaches us that God is known, and is closer to us, by his countenance and that closeness and humility, that bowing down and drawing close, are more powerful than force.

As the wonderful Guadalupana tradition teaches us, la Morenita gathers together those who contemplate her, and reflects the faces of those who find her. It is essential to learn that there is something unique in every person who looks to us in their search for God. We must guard against becoming impervious to such gazes but rather gather them to our hearts and guard them.

Only a Church able to shelter the faces of men and women who knock on her doors will be able to speak to them of God. If we do not know how to decipher their sufferings, if we do not come to understand their needs, then we can offer them nothing. The richness we have flows only when we encounter the smallness of those who beg and this encounter occurs precisely in our hearts, the hearts of Pastors.

And the first face I ask you to guard in your hearts is that of your priests. Do not leave them exposed to loneliness and abandonment, easy prey to a worldliness that devours the heart. Be attentive and learn how to read their expressions so as to rejoice with them when they feel the joy of recounting all that they have “done and taught” (Mk 6:30). Also, do not step back when they feel humiliated and can only cry because they “have denied the Lord” (cf. Lk 22:61-62), and, why not, also offer your support, in communion with Christ, when one of them, already disheartened, goes out with Judas into “the night” (cf. Jn 13:30). As bishops in these situations, your paternal care for your priests must never be found wanting. Encourage communion among them; seek the perfection of their gifts; involve them in great ventures, for the heart of an apostle was not made for small things.

The need for familiarity abides in the heart of God. Our Lady of Guadalupe therefore asks for a casita sagrada, a “small holy home”. Our Latin American populations know well the diminutive forms of expression – a casita sagrada – and use them willingly. Perhaps they need to use the diminutive forms because they would feel lost otherwise. They have adapted themselves to feeling small and have grown accustomed to living modestly.

When the Church congregates in a majestic Cathedral, she should not fail to see herself as a “small home” in which her children can feel comfortable. We remain in God’s presence only when we are little ones, orphans and beggars. The actors in the history of salvation are beggars.

A “small home”, casita, is familiar and at the same time “holy”, sagrada, for it is filled by God’s omnipotent greatness. We are guardians of this mystery. Perhaps we have lost the sense of the humble ways of the divine and are tired of offering our own men and women the casita in which they feel close to God. On occasion, a disregard for the sense of omnipotent greatness has led to a partial loss of reverential fear towards such great love. Where God lives, man cannot enter without being invited in and he can only enter “taking off his shoes” (cf. Ex 3:5), so as to confess his unworthiness.

Our having forgotten this “taking off our shoes” in order to enter, is this perhaps not the root cause of that lost sense of the sacredness of human life, of the person, of fundamental values, of the wisdom accumulated along the centuries, and of respect for the environment? Without rescuing within the consciences of men and women and of society these profound roots and the generous efforts to promote legitimate human rights, the vital sap will be lacking; and it is a sap that comes only from a source which humanity itself cannot procure.

And, always with out eyes on Mary, I conclude with a final thought:
A holistic and unified vision

Only by looking at la Morenita can Mexico be understood in its entirety. And so I invite you to appreciate that the mission which the Church today entrusts to you, and has always done so, demands a vision embracing the whole. This cannot be realized in an isolated manner, but only in communion.

La Guadalupana has a ribbon around her waist which proclaims her fecundity. She is the Blessed Virgin who already has in her womb the Son awaited by men and women. She is the Mother who already carries the humanity of a newborn world. She is the Bride who prefigures the maternal fruitfulness of Christ’s Church. You have been entrusted with the mission of enrobing the Mexican nation with God’s fruitfulness. No part of this ribbon can be despised.

The Mexican episcopate has made significant strides in these years since the Council; it has increased its members; it has promoted permanent formation which is consistent and professional; there has been a fraternal atmosphere; the spirit of collegiality has matured; the pastoral efforts have had an influence on your local Churches and on the conscience of the nation; the shared pastoral initiatives have been fruitful in vital areas of the Church’s mission, such as the family, vocations, and the Church’s presence in society.

While we are encouraged by the path taken during these years, I would ask you not to lose heart in the face of difficulties and not to spare any effort in promoting, among yourselves and in your dioceses, a missionary zeal, especially towards the most needy areas of the one body of the Mexican Church. To rediscover that the Church is mission is fundamental for her future, because only the “enthusiasm and confident admiration” of evangelizers has the power to attract. I ask you, therefore, to take great care in forming and preparing the lay-faithful, overcoming all forms of clericalism and involving them actively in the mission of the Church, above all making the Gospel of Christ present in the world by personal witness.

Of great benefit to the Mexican people will be the unifying witness of the Christian synthesis and the shared vision of the identity and future of its people. In this sense, it is important for the Pontifical University of Mexico to be increasingly involved in the efforts of the Church to ensure a universal perspective; for without this, reason, which tends to compartmentalize, will renounce its highest ideal of seeking the truth.

The mission is vast, and to carry it forward requires multiple paths. I strongly reiterate my appeal to you to preserve the communion and unity that exist among you. This is essential brothers. These words are not in my text but come spontaneously: If you must argue, argue; if you have to say things, say them; but say them as men, face to face, and as men of God who then go to pray together and discern together. And if you have gone too far, then ask for forgiveness, but always maintain the unity of the episcopal body: communion and unity among yourselves. Communion is the essential form of the Church, and the unity of her Pastors offers proof of its truth. Mexico and its vast, multifaceted Church, stand in need of bishops who are servants and custodians of that unity built on the word of God, nourished by his Body and guided by his Spirit who is the life-giving breath of the Church.

We do not need “princes”, but rather a community of the Lord’s witnesses. Christ is the only light; he is the well-spring of living water; from his breath comes forth the Spirit, who fills the sails of the ecclesial barque. In the glorified Christ, whom the people of this country love to honour as King, may you together kindle the light and be filled by his presence which is never extinguished; breathe deeply the wholesome air of his Spirit. It falls to you to sow Christ in this land, to keep alive his humble light which enlightens without causing confusion, to ensure that in his living waters the thirst of your people is quenched; to set the sails so that the Spirit’s breeze may fill them, never allowing the barque of the Church in Mexico to run aground.

Remember: the Bride, the Bride of each of you, the Mother Church, knows that the beloved Pastor (cf. Song 1:7) will be found only where there are verdant pastures and crystal clear streams. She does not trust those companions of the Bridegroom who, sometimes out of laziness or inability, lead the sheep through arid lands and areas strewn with rocks. Woe to us pastors, companions of the Supreme Pastor, if we allow his Bride to wander because we have set up tents where the Bridegroom cannot be found!

Allow me a final word to convey the appreciation of the Pope for everything you are doing to confront the challenge of our age: migration. There are millions of sons and daughters of the Church who today live in the diaspora or who are in transit, journeying to the north in search of new opportunities. Many of them have left behind their roots in order to brave the future, even in clandestine conditions which involve so many risks; they do this to seek the “green light” which they regard as hope. So many families are separated; and integration into a supposedly “promised land” is not always as easy as some believe.

Brothers, may your hearts be capable of following these men and women and reaching them beyond the borders. Strengthen the communion with your brothers of the North American episcopate, so that the maternal presence of the Church can keep alive the roots of the faith, the faith of that people, and the motivation for their hope and the power of their charity. May it never happen to them, that, hanging up their lyres, their joys become dampened, they forget Jerusalem and are exiled from themselves (cf. Ps 136). I ask you to witness together that the Church is the custodian of a unifying vision of humanity and that she cannot consent to being reduced to a mere human “resource”.

Your efforts will not be in vain when your dioceses show care by pouring balm on the injured feet of those who walk through your territories, sharing with them the resources collected through the sacrifices of many; the divine Samaritan in the end will enrich the person who is not indifferent to him as he lies on the side of the road (cf. Lk 10:25-37).

Dear brothers, the Pope is sure that Mexico and its Church will make it in time to that rendezvous with themselves, with history and with God. Perhaps some stone on the way may slow their pace and the struggle of the journey may call for rest, but nothing will make them lose sight of the destination. For how can someone arrive late when it is their mother who is waiting? Who is unable to hear within themselves that voice, ‘am I not here, I who am your Mother’? Thank you.

[00231-EN.02] [Original text: Spanish]

A conclusione del discorso, il Papa ha guidato la recita dell’Angelus.
Quindi, dopo il saluto individuale degli Arcivescovi del Messico, la Firma del Libro d’Onore e la foto con i Vescovi, il Santo Padre ha sostato nella Sagrestia Maggiore dove ha salutato i membri del Comitato organizzatore ecclesiastico del Viaggio ed alcuni rappresentanti di altre Confessioni cristiane.
Dopo aver salutato la famiglia del Capo del Governo del Distretto Federale, Papa Francesco è rientrato in papamobile alla Nunziatura Apostolica.

[B0116-XX.02]