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Viaggio Apostolico di Sua Santità Francesco in Ecuador, Bolivia e Paraguay (5-13 luglio 2015) – Incontro con rappresentanti della società civile ad Asunción, 11.07.2015


 

Incontro con rappresentanti della società civile nello Stadio “León Condou” del Colegio San José ad Asunción

 

Discorso del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

 

Nel pomeriggio Papa Francesco ha lasciato la Nunziatura Apostolica di Asunción e, prima di raggiungere lo Stadio “León Condou” per l’incontro con i rappresentanti della società civile del Paraguay, con un gesto fuori programma si è recato a visitare l’Istituto San Rafael che accoglie malati terminali, orfani, anziani e ragazze madri, fondato e diretto dal sacerdote italiano Aldo Trento, della Fraternità di San Carlo Borromeo. Accompagnato da P. Aldo, il Santo Padre è entrato nella Casa della Divina Provvidenza di San Riccardo Pampuri, dove ha salutato e benedetto in particolare i malati terminali.

Giunto poi al Palazzetto dello Sport “León Condou” del Colejo San José, il Papa è stato accolto dal Superiore della Comunità dei Padri Betharramiti che gestiscono la scuola e dalla Direzione dell’istituto.

All’incontro con i rappresentanti della società civile del Paraguay, iniziato alle 16.30, hanno partecipato docenti di scuole ed atenei, artisti, industriali, sindacalisti, sportivi, rappresentanti dei media, associazioni femminili, agricoltori e indigeni.

Dopo l’indirizzo di saluto di S.E. Mons. Adalberto Martínez Flores, Ordinario Militare e Segretario della Conferenza Episcopale del Paraguay, e dopo alcune testimonianze, Papa Francesco ha rivolto ai presenti il discorso che riportiamo di seguito:

Discorso del Santo Padre

Buenas tardes:

Yo escribí esto en base a las preguntas que me llegaron, que no son todas las que hicieron ustedes, así que lo que falta lo iré completando en la medida que voy hablando. De tal manera que, en la medida que yo pueda, logre dar mi opinión sobre las reflexiones de ustedes.

Y estoy contento de estar con ustedes, representantes de la sociedad civil, para compartir esos sueños, ilusiones, en un futuro mejor y problemas. Agradezco a Mons. Adalberto Martínez Flores, Secretario de la Conferencia Episcopal del Paraguay, esas palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos. Y agradezco a las seis personas que han hablado, cada una de ellas presentando un aspecto de su reflexión.

Verlos a todos, cada uno proveniente de un sector, de una organización, de esta sociedad paraguaya, con sus alegrías, preocupaciones, luchas y búsquedas, me lleva a hacer una acción de gracias a Dios. O sea, parece que Paraguay no está muerto, gracias a Dios. Porque un pueblo que vive, un pueblo que no mantiene viva sus preocupaciones, un pueblo que vive en la inercia de la aceptación pasiva, es un pueblo muerto. Por el contrario, veo en ustedes la savia de una vida que corre y que quiere germinar. Y eso siempre Dios lo bendice. Dios siempre está a favor de todo lo que ayude a levantar, mejorar, la vida de sus hijos. Hay cosas que están mal, sí. Hay situaciones injustas, sí. Pero verlos y sentirlos me ayuda a renovar la esperanza en el Señor que sigue actuando en medio de su gente. Ustedes vienen desde distintas miradas, distintas situaciones y búsquedas, todos juntos forman la cultura paraguaya. Todos son necesarios en la búsqueda del bien común. «En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas iniquidades y cada vez más las personas son descartables» (Laudato si’ 158) verlos a ustedes aquí es un regalo. Es un regalo porque en las personas que han hablado vi la voluntad por el bien de la patria.

1. Con relación a la primera pregunta, me gustó escuchar en boca de un joven la preocupación por hacer que la sociedad sea un ámbito de fraternidad, de justicia, de paz y dignidad para todos. La juventud es tiempo de grandes ideales. A mí me viene decir muchas veces que me da tristeza ver un joven jubilado. Qué importante es que ustedes los jóvenes – y ¡vaya que hay jóvenes acá en Paraguay!–, que ustedes los jóvenes vayan intuyendo que la verdadera felicidad pasa por la lucha de un país fraterno. Y es bueno que ustedes los jóvenes vean que felicidad y placer no son sinónimos. Una cosa es la felicidad y el gozo… y otra cosa es un placer pasajero. La felicidad construye, es sólida, edifica. La felicidad exige compromiso y entrega. Son muy valiosos para andar por la vida como anestesiados. Paraguay tiene abundante población joven y es una gran riqueza. Por eso, pienso que lo primero que se ha de hacer es evitar que esa fuerza se apague, que esa luz que hay en sus corazones desaparezca, y contrarrestar la creciente mentalidad que considera inútil y absurdo aspirar a cosas que valen la pena: “No, que no te metás, no, eso no se arregla más”. Esa mentalidad, en cambio, que pretende ir más adelante es considerada como absurda. A jugársela por algo, a jugársela por alguien. Esa es la vocación de la juventud y no tengan miedo de dejar todo en la cancha. Jueguen limpio, jueguen con todo. No tengan miedo de entregar lo mejor de sí. No busquen el arreglo previo para evitar el cansancio, la lucha. No coiméen al réferi.

Eso sí, esta lucha no lo hagan solos. Busquen charlar, aprovechen a escuchar la vida, las historias, los cuentos de sus mayores y de sus abuelos, que hay sabiduría allí. Pierdan mucho tiempo en escuchar todo lo bueno que tienen para enseñarles. Ellos son los custodios de ese patrimonio espiritual de fe y valores que definen a un pueblo y alumbran el camino. Encuentren también consuelo en la fuerza de la oración, en Jesús. En su presencia cotidiana y constante. Él no defrauda. Jesús invita a través de la memoria de su pueblo. Es el secreto para que su corazón – el de ustedes – se mantenga siempre alegre en la búsqueda de fraternidad, de justicia, de paz y dignidad para todos. Esto puede ser un peligro: “Sí, sí, yo quiero fraternidad, justicia, paz, dignidad”, pero puede convertirse en un nominalismo: ¡pura palabra! ¡No! La fraternidad, la justicia, la paz y la dignidad son concretas, sino no sirven. ¡Son de todos los días! ¡Se hacen todos los días! Entonces, yo te pregunto a vos, joven: “¿Cómo esos ideales los amasás, día a día, en lo concreto? Aunque te equivoques, ¿te corregís y volvés a andar?”. Pero lo concreto.

Yo les confieso que a veces a mí me da un poquito de alergia, o para no decirlo así en términos tan finos, un poquito de “moquillo”, el escuchar discursos grandilocuentes con todas estas palabras y, cuando uno conoce la persona que habla, dice: “Qué mentiroso que sos”. Por eso, palabras solas no sirven. Si vos decís una palabra comprometéte con esa palabra, amasá día a día, día a día. ¡Sacrificáte por eso! ¡Comprometéte!

Me gustó la poesía de Carlos Miguel Giménez, que Mons. Adalberto ha citado. Creo que resume muy bien lo que he querido decirles: «[Sueño] un paraíso sin guerra entre hermanos, rico en hombres sanos de alma y corazón… y un Dios que bendice su nueva ascensión». Sí, es un sueño. Y hay dos garantías: que el sueño se despierte y sea realidad de todos los días, y que Dios sea reconocido como la garantía de la dignidad nuestra como hombres.

2. La segunda pregunta se refirió al diálogo como medio para forjar un proyecto de nación que incluya a todos.El diálogo no es fácil. También está el “diálogo-teatro”, es decir, representemos al diálogo, juguemos al diálogo, y después hablamos entre nosotros dos, entre nosotros dos, y aquello quedó borrado. El diálogo es sobre la mesa, claro. Si vos, en el diálogo, no decís realmente lo que sentís, lo que pensás, y no te comprometés a escuchar al otro, ir ajustando lo que vas pensando vos y conversando, el diálogo no sirve, es una pinturita. Ahora, también es verdad que el diálogo no es fácil, hay que superar muchas las dificultades y, a veces, parece que nosotros nos empecinamos en hacer las cosas más difíciles todavía. Para que haya diálogo es necesaria una base fundamental, una identidad. Cierto, por ejemplo, yo pienso en el diálogo nuestro, el diálogo interreligioso, donde representantes de las diversas religiones hablamos. Nos reunimos, a veces, para hablar… y los puntos de vista, pero cada uno habla desde su identidad: “Yo soy budista, yo soy evangélico, yo soy ortodoxo, yo soy católico”. Cada uno dice, pero su identidad. No negocia su identidad. O sea, para que haya diálogo es necesaria esa base fundamental. ¿Y cuál es la identidad en un país? –estamos hablando del diálogo social acá–. El amor a la patria. La patria primero, después mi negocio. ¡La patria primero! Esa es la identidad. Entonces, yo, desde esa identidad, voy a dialogar. Si yo voy a dialogar sin esa identidad el diálogo no sirve. Además, el diálogo presupone y nos exige buscar esa cultura del encuentro. Es decir, un encuentro que sabe reconocer que la diversidad no solo es buena, es necesaria. La uniformidad nos anula, nos hace autómatas. La riqueza de la vida está en la diversidad. Por lo que el punto de partida no puede ser: “Voy a dialogar pero aquel está equivocado”. No, no, no podemos presumir que el otro está equivocado. Yo voy con lo mío y voy a escuchar qué dice el otro, en qué me enriquece el otro, en qué el otro me hace caer en la cuenta que yo estoy equivocado, y en qué cosas le puedo dar yo al otro. Es un ida y vuelta, ida y vuelta, pero con el corazón abierto. Con presunciones de que el otro está equivocado, mejor irse a casa y no intentar un diálogo, ¿no es cierto? El diálogo es para el bien común, y el bien común se busca, desde nuestra diferencias, dándole posibilidad siempre a nuevas alternativas. Es decir, busca algo nuevo. Siempre, cuando hay verdadero diálogo, se termina – permítanme la palabra pero la digo noblemente – en un acuerdo nuevo, donde todos nos pusimos de acuerdo en algo. ¿Hay diferencias? Quedan a un costado, en la reserva. Pero en ese punto en que nos pusimos de acuerdo o en esos puntos en que nos pusimos de acuerdo, nos comprometemos y los defendemos. Es un paso adelante. Esa es la cultura del encuentro. Dialogar no es negociar. Negociar es procurar sacar la propia tajada. A ver cómo saco la mía. No, no dialogues, no pierdas tiempo. Si vas con esa intención no pierdas tiempo. Es buscar el bien común para todos. Discutir juntos, pensar una mejor solución para todos. Muchas veces esta cultura del encuentro se ve envuelta en el conflicto. Es decir.. Vimos un ballet precioso recién. Todo estaba coordinado y una orquesta que era una verdadera sinfonía de acordes. Todo estaba perfecto. Todo andaba bien. Pero en el diálogo no siempre es así, no todo es un ballet perfecto o una orquesta coordinada. En el diálogo se da el conflicto. Y es lógico y esperable. Porque si yo pienso de una manera y vos de otra, y vamos andando, se va a crear un conflicto. ¡No le tenemos que temer! No tenemos que ignorar el conflicto. Por el contrario, somos invitados a asumir el conflicto. Si no asumimos el conflicto - “No, es un dolor de cabeza, que vaya con su idea a su casa, yo me quedo con la mía”- no podemos dialogar nunca. Esto significa: «Aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de un nuevo proceso» (Evangelii gaudium 227). Vamos a dialogar, hay conflicto, lo asumo, lo resuelvo y es un eslabón de un nuevo proceso. Es un principio que nos tiene que ayudar mucho. «La unidad es superior al conflicto» (ibíd. 228) El conflicto existe: hay que asumirlo, hay que procurar resolverlo hasta donde se pueda, pero con miras a lograr una unidad que no es uniformidad, sino que es unidad en la diversidad. Una unidad que no rompe las diferencias, sino que las vive en comunión por medio de la solidaridad y la comprensión. Al tratar de entender las razones del otro, al tratar de escuchar su experiencia, sus anhelos, podemos ver que en gran parte son aspiraciones comunes. Y esta es la base del encuentro: todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre, de un Padre celestial, y cada uno con su cultura, su lengua, sus tradiciones, tiene mucho que aportar a la comunidad. Ahora, “¿yo estoy dispuesto a recibir eso?”. Si estoy dispuesto a recibir, y a dialogar con eso, entonces sí me siento a dialogar; si no estoy dispuesto, mejor no perder el tiempo. Las verdaderas culturas nunca están cerradas en sí mismas – mueren, si se cierran en sí mismas mueren –, sino que están llamadas a encontrarse con otras culturas y crear nuevas realidades. Cuando estudiamos historia encontramos culturas milenarias que ya no están más. Han muerto. Por muchas razones. Pero una de ellas es haberse cerrado en sí mismas. Sin este presupuesto esencial, sin esta base de hermandad será muy difícil arribar al diálogo. Si alguien considera que hay personas, culturas, situaciones de segunda, tercera o de cuarta... algo, seguro, saldrá mal, porque simplemente carece de lo mínimo, que es el reconocimiento de la dignidad del otro. Que no hay persona de primera, de segunda, de tercera, de cuarta: son de la misma línea.

3. Y esto me da pie para responder a la inquietud manifestada en la tercera pregunta: acoger el clamor de los pobres para construir una sociedad más inclusiva. Es curioso: el egoísta se excluye. Nosotros queremos incluir. Acuérdense de la parábola del hijo pródigo, ese hijo que le pidió la herencia al padre, se llevó toda la plata, la malgastó en la buena vida y, al cabo de un largo tiempo que había perdido todo – porque le dolía el estómago de hambre –, se acordó de su padre. Y su padre lo esperaba. Es la figura de Dios, que siempre nos espera. Y, cuando lo ve venir, lo abraza y hace fiesta. En cambio, el otro hijo, el que había estado en la casa, se enoja y se autoexcluye: “Yo con esta gente no me junto, yo me porté bien, yo tengo una gran cultura, estudié en tal o tal universidad, tengo esta familia y esta alcurnia. Así que con éstos no me mezclo”. No excluir a nadie, pero no autoexcluirse, porque todos necesitamos de todos. También un aspecto fundamental para promover a los pobres está en el modo en que los vemos. No sirve una mirada ideológica, que termina usando a los pobres al servicio de otros intereses políticos y personales (cf. Evangelii gaudium 199). Las ideologías terminan mal, no sirven. Las ideologías tienen una relación o incompleta o enferma o mala con el pueblo. Las ideologías no asumen al pueblo. Por eso, fíjense en el siglo pasado. ¿En qué terminaron las ideologías? En dictaduras, siempre, siempre. Piensan por el pueblo, no dejan pensar al pueblo. O como decía aquel agudo crítico de la ideología, cuando le dijeron: “Sí, pero esta gente tiene buena voluntad y quiere hacer cosas por el pueblo”. –“Sí, sí, sí, todo por el pueblo, pero nada con el pueblo”. Estas son las ideologías. Para buscar efectivamente su bien, lo primero es tener una verdadera preocupación por su persona – estoy hablando de los pobres -, valorarlos en su bondad propia. Pero, una valoración real exige estar dispuestos a aprender de los pobres, aprender de ellos. Los pobres tienen mucho que enseñarnos en humanidad, en bondad, en sacrificio, en solidaridad. Los cristianos, además, tenemos además un motivo mayor para amar y servir a los pobres, porque en ellos tenemos el rostro, vemos el rostro y la carne de Cristo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9). Los pobres son la carne de Cristo. A mí me gusta preguntarle a alguien, cuando confieso gente – ahora no tengo tantas oportunidades para confesar como tenía en mi diócesis anterior -, pero me gusta preguntarle: “¿Y usted ayuda a la gente?” – “Sí, sí, doy limosna”. – “Ah, y dígame, cuando da limosna, ¿le toca la mano al que da limosna o tira la moneda y hace así?”. Son actitudes. “Cuando usted da esa limosna, ¿lo mira a los ojos o mira para otro lado?”. Eso es despreciar al pobre. Son los pobres. Pensemos bien. Es uno como yo y, si está pasando un mal momento por miles razones –económicas, políticas, sociales o personales -, yo podría estar en ese lugar y podría estar deseando que alguien me ayude. Y además de desear que alguien me ayude, si estoy en ese lugar, tengo el derecho de ser respetado. Respetar al pobre. No usarlo como objeto para lavar nuestras culpas. Aprender de los pobres, con lo que dije, con las cosas que tienen, con los valores que tienen. Y los cristianos tenemos ese motivo, que son la carne de Jesús.

Ciertamente, es muy necesario para un país el crecimiento económico y la creación de riqueza, y que esta llegue a todos los ciudadanos sin que nadie quede excluido. Y eso es necesario. La creación de esta riqueza debe estar siempre en función del bien común, de todos, y no de unos pocos. Y en esto hay que ser muy claros. «La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin rostro» (Evangelii gaudium 55). Las personas cuya vocación es ayudar al desarrollo económico tienen la tarea de velar para que éste siempre tenga rostro humano. El desarrollo económico tiene que tener rostro humano. ¡No, a la economía sin rostro! Y en sus manos está la posibilidad de ofrecer un trabajo a muchas personas y dar así una esperanza a tantas familias. Traer el pan a casa, ofrecer a los hijos un techo, ofrecer salud y educación, son aspectos esenciales de la dignidad humana, y los empresarios, los políticos, los economistas, deben dejarse interpelar por ellos. Les pido que no cedan a un modelo económico idolátrico que necesita sacrificar vidas humanas en el altar del dinero y de la rentabilidad. En la economía, en la empresa, en la política, lo primero siempre es la persona y el hábitat donde vive.

Con justa razón, Paraguay es conocido en el mundo por haber sido la tierra donde comenzaron las Reducciones, una de las experiencias de evangelización y organización social más interesantes de la historia. En ellas, el Evangelio fue alma y vida de comunidades donde no había hambre, no había desocupación ni analfabetismo ni opresión. Esta experiencia histórica nos enseña que una sociedad más humana también hoy es posible. Ustedes la vivieron en sus raíces acá. ¡Es posible! Cuando hay amor al hombre, y voluntad de servirlo, es posible crear las condiciones para que todos tengan acceso a los bienes necesarios, sin que nadie sea descartado. Buscar en cada caso las soluciones por el diálogo.

En la cuarta pregunta, he respondido con esto de una economía toda en función de la persona y no en función del dinero. La señora, la empresaria, hablaba de la poca efectividad de ciertos caminos. Y mencionaba uno que yo había mencionado en la Evangelii gaudium, que es el populismo irresponsable, ¿no es cierto? Y parece que no dan efecto, ¿no? Y hay tantas teorías, ¿no? ¿Cómo hacerlo? Creo que con esto que digo de una economía con rostro humano está la inspiración para responder a esa pregunta.

En la quinta pregunta creo que la respuesta está dada a lo largo de lo que dije cuando hablé de las culturas. O sea, hay una cultura ilustrada, que es cultura y es buena y hay que respetarla, ¿cierto? Hoy, por ejemplo, en una parte del ballet, se tocó música de una cultura ilustrada y buena. Pero hay otra cultura, que tiene el mismo valor, que es la cultura de los pueblos, de los pueblos originarios, de las diversas etnias. Una cultura que me atrevería a llamarla – pero en el buen sentido – una cultura popular. Los pueblos tienen su cultura y hacen su cultura. Es importante ese trabajo por la cultura en el sentido más amplio de la palabra. No es cultura solamente haber estudiado o poder gozar de un concierto, o leer un libro interesante, sino también es cultura mil cosas. Hablaban del tejido de Ñandutí. Por ejemplo, eso es cultura. Y es cultura nacida del pueblo. Por poner un ejemplo, ¿cierto? Y hay dos cosas que, antes de terminar, quisiera referirme. Y en esto, como hay políticos aquí presentes, – incluso está el Presidente de la República –, lo digo fraternalmente, ¿no? Alguien me dijo: “Mire, “fulano de tal” está secuestrado por el ejército, ¡haga algo!”. Yo no digo si es verdad, si no es verdad, si es justo, si no es justo, pero uno de los métodos que tenían las ideologías dictatoriales del siglo pasado, a las que me referí hace un rato, era apartar a la gente, o con el exilio o con la prisión o, en el caso de los campos de exterminio, nazis o estalinistas, la apartaban con la muerte, ¿no? Para que haya una verdadera cultura en un pueblo, una cultura política y del bien común, rápido juicios claros, juicios nítidos. Y no sirve otro tipo de estratagema. La justicia nítida, clara. Eso nos va a ayudar a todos. Yo no sé si acá existe eso o no, lo digo con todo respeto. Me lo dijeron cuando entraba. Me lo dijeron acá. Y que pidiera por no sé quién. No oí bien el apellido. Y después está otra cosa que también por honestidad quiero decir: un método que no da libertad a las personas para asumir responsablemente su tarea de construcción de la sociedad, y es el chantaje. El chantaje siempre es corrupción: “Si vos hacés esto, te vamos a hacer esto, con lo cual te destruimos”. La corrupción es la polilla, es la gangrena de un pueblo. Por ejemplo, ningún político puede cumplir su rol, su trabajo, si está chantajeado por actitudes de corrupción: “Dame esto, dame este poder, dame esto o, si no, yo te voy a hacer esto o aquello”. Eso que se da en todos los pueblos del mundo, porque eso se da, si un pueblo quiere mantener su dignidad, tiene que desterrarlo. Estoy hablando de algo universal.

Y termino. Para mí es una gran alegría ver la cantidad y variedad de asociaciones que están comprometidas en la construcción de un Paraguay cada vez mejor y próspero, pero, si no dialogan, no sirve para nada. Si chantajean, no sirve para nada. Esta multitud de grupos y personas son como una sinfonía, cada uno con su peculiaridad y su riqueza propia, pero buscando la armonía final, la armonía, y eso es lo que cuenta. Y no le tengan miedo al conflicto, pero háblenlo y busquen caminos de solución.

Amen a su patria, a sus conciudadanos y, sobre todo, amen a los más pobres. Así serán ante el mundo un testimonio de que otro modelo de desarrollo es posible. Estoy convencido, por la propia historia de ustedes, de que tienen la fuerza más grande que existe: su humanidad, su fe, su amor. Ese ser del pueblo paraguayo que lo distingue tan ricamente entre las naciones del mundo.

Y pido a la Virgen de Caacupé, nuestra Madre, que los cuide, que los proteja, que los aliente en sus esfuerzos. Que Dios los bendiga y recen por mí. Gracias.

Después de un canto, el Papa añadió:

Un consejo, como despedida, antes de la bendición: Lo peor que les puede pasar a cada uno de ustedes cuando salgan de aquí es pensar: “Qué bien lo que le dijo el Papa a fulano, a sultano, a aquél otro”. Si alguno de ustedes acepta pensar así –porque el pensamiento suele venir, a mí también me viene a veces–, pero hay que rechazarlo: “¿El Papa a quién le dijo eso?” –“A mí”. Cada uno, quien sea: “A mí”. Y los invito a rezar a nuestro Padre común, todos juntos, cada uno en su lengua:

Padre nuestro...

[01180-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Buon pomeriggio!

Io ho scritto questo testo in base alle domande che mi sono arrivate e che non sono tutte quelle che avete fatto voi, e così quello che manca lo completerò mentre parlo. In modo che, per quanto possibile, riesca a dare il mio pensiero sulle vostre riflessioni.

Sono contento di trovarmi con voi, rappresentanti della società civile, per condividere i sogni e gli ideali di un futuro migliore, e i problemi. Ringrazio Mons. Adalberto Martínez Flores, Segretario della Conferenza Episcopale del Paraguay, per le parole di benvenuto che mi ha rivolto a nome di tutti. E ringrazio le sei persone che hanno parlato, presentando ciascuna un aspetto della vostra riflessione.

Vedervi tutti, ciascuno proveniente da un settore, da un’organizzazione di questa amata società paraguaiana, con le sue gioie, preoccupazioni, lotte e ricerche, mi porta a compiere un rendimento di grazie a Dio. Ossia, sembra che il Paraguay non sia morto, grazie a Dio. Perché un popolo che non mantiene vive le sue preoccupazioni, un popolo che vive nell’inerzia dell’accettazione passiva, è un popolo morto. Al contrario, vedo in voi la linfa di una vita che scorre e che vuole germinare. Questo sempre Dio lo benedice. Dio è sempre a favore di tutto ciò che aiuta a sollevare, a migliorare la vita dei suoi figli. Ci sono cose che vanno male, sì. Ci sono situazioni ingiuste, sì. Ma vedervi e sentirvi mi aiuta a rinnovare la speranza nel Signore, che continua ad agire in mezzo al suo popolo. Voi venite da diverse visioni, diverse situazioni e vari percorsi di ricerca, tutti insieme formate la cultura paraguaiana. Tutti siete necessari nella ricerca del bene comune. «Nelle condizioni attuali della società mondiale, dove si riscontrano tante inequità e sono sempre più numerose le persone che vengono scartate» (Enc. Laudato si’, 158), vedervi qui è un dono. E’ un dono perché nelle persone che hanno parlato ho visto la volontà per il bene della patria.

1. In riferimento alla prima domanda, mi è piaciuto sentire dalla bocca di un giovane la preoccupazione di far sì che la società sia un luogo di fraternità, di giustizia, di pace e dignità per tutti. La giovinezza è tempo di grandi ideali. A me viene spesso da dire che mi rattrista vedere un giovane pensionato. Quanto è importante che voi giovani – ed eccome se ci sono giovani qui in Paraguay! –che voi giovani comprendiate che la vera felicità passa attraverso la lotta per un Paese fraterno. Ed è bene che voi giovani notiate che la felicità e il piacere non sono sinonimi. Una cosa è la felicità e la gioia… e altra cosa è un piacere passeggero. La felicità costruisce, è solida, edifica. La felicità richiede impegno e dedizione. Voi siete molto preziosi per camminare nella vita come “anestetizzati”! Il Paraguay ha un’abbondante popolazione giovane ed è una grande ricchezza. Per questo motivo, penso che la prima cosa da fare è evitare che questa forza, questa luce che c’è nei vostri cuori si spenga, e contrastare la crescente mentalità che considera inutile e assurdo aspirare a cose che valgono la pena: “No… lascia perdere… su questo non c’è niente da fare…”. Invece, la mentalità che cerca di andare oltre è considerata come assurda. Giocarsela per qualcosa, giocarsela per qualcuno. Questa è la vocazione della gioventù! E non abbiate paura di dare tutto in campo. Giocate pulito, giocate mettendocela tutta. Non abbiate paura di dare il meglio di voi. Non cercate gli accordi previ per evitare la fatica, la lotta. Non corrompete l’arbitro!

Questo sì, questa lotta, non fatela da soli. Cercate di discutere, approfittate per ascoltare la vita, le storie, i racconti delle persone anziane e dei vostri nonni, perché lì c’è sapienza. Perdete molto tempo ad ascoltare tutte le cose buone che hanno da insegnarvi. Essi sono i custodi di quel patrimonio spirituale di fede e di valori che plasmano un popolo e rischiarano la strada. Trovate consolazione anche nella forza della preghiera, in Gesù. Nella sua presenza quotidiana e costante. Lui non delude. Gesù invita attraverso la memoria del vostro popolo, è il segreto perché il vostro cuore si mantenga sempre gioioso nella ricerca della fraternità, della giustizia, della pace e della dignità per tutti. Perché questo può essere un pericolo: “Sì, sì, io voglio fraternità, giustizia, pace, dignità…”, però può diventare un nominalismo. Semplici parole. No. La fraternità, la giustizia, la pace, la dignità o sono concrete o non servono. Sono di tutti i giorni. Si fanno tutti i giorni. Dunque, io chiedo a te, giovane: come questi ideali li costruisci giorno per giorno, nel concreto? Anche se sbagli, ti correggi e vai avanti; ma la concretezza.

Vi confesso che a volte mi dà un po’ fastidio, o per dirlo in termini non così fini, un po’ il “cimurro”, ascoltare discorsi magniloquenti con tutte queste parole e quando uno conosce la persona che parla dice: Che bugiardo che sei! Per questo le parole da sole non servono. Se dici una parola, impegnati per quella parola! Lavoraci giorno per giorno, giorno per giorno. Sacrificati per quello. Impegnati!

Mi è piaciuta la poesia di Carlos Miguel Giménez, che Mons. Adalberto [Martínez Flores] ha citato. Penso che riassuma bene quello che volevo dirvi: «[Sogno] un paradiso senza guerra tra fratelli, ricco di uomini sani di anima e cuore... e un Dio che benedice la sua nuova ascensione». Sì, è un sogno. E ci sono due garanzie: che il sogno al risveglio sia realtà di tutti i giorni, e che Dio sia riconosciuto come la garanzia della nostra dignità come uomini. Sì, Dio è la garanzia della nostra dignità di uomini.

2. La seconda domanda si riferiva al dialogo come mezzo per costruire un progetto di nazione che includa tutti. Il dialogo non è facile. C’è anche il dialogo-teatro, cioè rappresentiamo il dialogo, giochiamo al dialogo, e poi parliamo tra noi due, e quello rimane cancellato. Il dialogo è a carte scoperte. Se tu nel dialogo non dici realmente ciò che senti, ciò che pensi, e non ti impegni ad ascoltare l’altro e a correggere quello che pensi tu e a confrontarti, il dialogo non serve, è una verniciatura. Certo, è vero, che il dialogo non è facile, bisogna superare molte difficoltà e, a volte, sembra che noi ci impuntiamo a rendere le cose ancora più difficili. Perché ci sia dialogo è necessaria una base fondamentale, un’identità. Certo. Per esempio, io penso al dialogo nostro, il dialogo interreligioso, dove parliamo tra rappresentanti di diverse religioni. Ci riuniamo, a volte, per parlare… con i punti di vista, ma ciascuno parla a partire dalla propria identità. “Io sono buddista, io sono evangelico, io sono ortodosso, io sono cattolico”. Ciascuno si esprime con la propria identità, non negozia la propria identità. Vale a dire, perché ci sia dialogo è necessaria questa base fondamentale. E qual è l’identità in un Paese? Qui stiamo parlando del dialogo sociale: l’amore per la patria. Prima la patria, poi i miei affari! Prima la patria. Questa è l’identità. Dunque io, a partire da questa identità, mi metto a dialogare. Se mi metto a dialogare senza questa identità, il dialogo non serve. Inoltre, il dialogo presuppone, esige da noi la ricerca della cultura dell’incontro. Un incontro che sappia riconoscere che la diversità non solo è buona, è necessaria. L’uniformità ci annulla, ci rende automi, La ricchezza della vita sta nella diversità. Per cui il punto di partenza non può essere: “Mi metto a dialogare, però quello sbaglia”. No, no, non possiamo presupporre che l’altro sbaglia. Io vado con il mio e ascolterò che cosa dice l’altro, in che cosa mi arricchisce l’altro, in che cosa l’altro mi fa rendere conto che sto sbagliando, e che cosa posso dare io all’altro. E’ un dare e ricevere, dare e ricevere, ma con il cuore aperto. Se c’è il presupposto che l’altro si sbaglia, è meglio andare a casa e non iniziare il dialogo. Non è così? Il dialogo è per il bene comune, e il bene comune si cerca a partire dalle nostre differenze, dando sempre la possibilità a nuove alternative. Vale a dire: cerca qualcosa di nuovo. Sempre, quando c’è vero dialogo, si finisce – permettetemi la parola, lo dico nobilmente – in un nuovo accordo, dove tutti ci siamo messi d’accordo su qualcosa. Ci sono differenze? Rimangono in disparte, di riserva. Ma su quel punto, o su quei punti su cui ci siamo messi d’accordo, ci impegniamo e li difendiamo. E’ un passo avanti. Questa è la cultura dell’incontro. Dialogare non è negoziare. Negoziare è cercare di ricavare la propria “fetta”. Vediamo come prendo la mia. Non, no, non dialoghi, non perder tempo. Se vai con questa intenzione non perdere tempo. E’ cercare il bene comune per tutti. Discutere insieme, pensare a una soluzione migliore per tutti. Molte volte questa cultura dell’incontro si vede coinvolta nel conflitto. Cioè… Abbiamo appena visto un bel balletto. Tutto era coordinato, con un’orchestra che era una vera sinfonia di accordi. Tutto era perfetto. Tutto andava bene. Ma nel dialogo non sempre è così, non tutto è un balletto perfetto o un’orchestra sintonizzata. Nel dialogo si dà il conflitto. È logico e prevedibile. Perché se io penso in un modo e tu in un altro, e ci confrontiamo, si viene a creare un conflitto. Non dobbiamo temerlo! Non dobbiamo ignorare il conflitto. Al contrario, siamo invitati ad accettare il conflitto. Se non accettiamo il conflitto – “No, mi viene il mal di testa! Che lui vada a casa con la sua idea, e io rimango con la mia” – non possiamo mai dialogare. Questo significa: «Accettare di sopportare il conflitto, risolverlo e trasformarlo in un anello di collegamento di un nuovo processo» (Esort. ap. Evangelii gaudium, 227). Ci mettiamo a dialogare, c’è un conflitto, lo accetto, lo risolvo ed è un anello di un nuovo processo. E’ un principio che ci deve aiutare molto. «L’unità è superiore al conflitto» (ibid. 228). Il conflitto esiste. Bisogna accettarlo, bisogna cercare di risolverlo fin dove si può, ma con la prospettiva di raggiungere un’unità che non è uniformità, ma unità nella diversità. Un’unità che non rompe le differenze, ma che le vive in comunione attraverso la solidarietà e la comprensione. Cercando di capire le ragioni dell’altro, cercando di ascoltare la sua esperienza, i suoi desideri, possiamo vedere che in gran parte sono aspirazioni comuni. E questa è la base dell’incontro: siamo tutti fratelli, figli dello stesso Padre, di un Padre celeste, e ciascuno con la propria cultura, la propria lingua, le proprie tradizioni, ha molto da offrire alla comunità. Ora, sono disposto ad accettare questo? Se sono disposto ad accettarlo, e a dialogare così, allora mi siedo a dialogare; se non sono disposto, meglio non perdere tempo. Le autentiche culture non sono mai chiuse in sé stesse – muoiono, se si chiudono in sé stesse muoiono – ma sono chiamate ad incontrarsi con altre culture e creare nuove realtà. Quando studiamo la storia troviamo culture millenarie che adesso non ci sono più. Sono morte, per molte ragioni. Ma una di queste è l’essersi chiuse in sé stesse. Senza questo presupposto essenziale, senza questa base di fraternità sarà molto difficile giungere al dialogo. Se qualcuno considera che ci sono persone, culture, situazioni di seconda, terza o quarta categoria... qualcosa di sicuro andrà male, perché manca semplicemente il minimo, che è il riconoscimento della dignità dell’altro. Che non ci sono persone di prima, di seconda, di terza, di quarta categoria: sono allo stesso livello.

3. E questo mi dà lo spunto per rispondere all’inquietudine espressa nella terza domanda: accogliere il grido dei poveri per costruire una società più inclusiva. E’ curioso: l’egoista si esclude. Noi vogliamo includere. Ricordate la parabola del figlio prodigo: quel figlio che domandò l’eredità al padre, si prese tutti i soldi, li sprecò nella bella vita, e alla fine di un lungo tempo in cui aveva perso tutto, poiché aveva mal di stomaco per la fame, si ricordò di suo padre. E suo padre lo aspettava. E’ la figura di Dio, che ci aspetta sempre. E quando lo vede venire, lo abbraccia e fa festa. Invece, l’altro figlio, quello che era rimasto a casa, si arrabbia e si autoesclude: “Io con questa gente non mi metto, io mi sono comportato bene… Io ho una gran cultura, ho studiato nella tale università, appartengo a questa famiglia e a questa stirpe, e con questi non mi mischio…”. Non escludere nessuno, ma non autoescludersi, perché tutti abbiamo bisogno di tutti. E un aspetto fondamentale per promuovere i poveri è anche nel modo in cui li vediamo. Non serve uno sguardo ideologico, che finisce per utilizzar e i poveri al servizio di altri interessi politici o personali (cfr ibid., 199). Le ideologie finiscono male, non servono. Le ideologie hanno una relazione o incompleta o malata o cattiva con il popolo. Le ideologie non si fanno carico del popolo. Per questo, osservate nel secolo passato, che fine hanno fatto le ideologie? Sono diventate dittature, sempre. Pensano per il popolo, non lasciano pensare il popolo. O come diceva quell’acuto critico dell’ideologia, quando gli dissero: “Sì, però questa gente ha buona volontà e cerca di fare delle cose per il popolo…”. “Sì, sì, tutto per il popolo, ma niente con il popolo!”. Queste sono le ideologie. Per ricercare effettivamente il bene dei poveri, la prima cosa è avere una vera preoccupazione per la loro persona, apprezzarli per la loro bontà. Ma un reale apprezzamento richiede di essere disposti a imparare dai poveri. I poveri hanno molto da insegnarci in umanità, in bontà, in sacrificio, in solidarietà. E noi cristiani abbiamo inoltre un motivo in più per amare e servire i poveri: perché in loro abbiamo il volto, vediamo il volto e la carne di Cristo, che si è fatto povero per arricchirci per mezzo della sua povertà (cfr 2 Cor 8,9). I poveri sono la carne di Cristo. A me piace chiedere a qualcuno, quando confesso le persone – adesso non ho molte opportunità di confessare come avevo nella diocesi precedente – ma mi piace domandare: “Lei aiuta la gente?! – “Sì, sì, faccio l’elemosina” – “Ah! E, mi dica, quando fa l’elemosina, Lei tocca la mano a chi fa l’elemosina, o getta la moneta e fa così?”. Sono modi di fare. “Quando Lei fa quell’elemosina, guarda negli occhi la persona o guarda da un’altra parte?” Questo è disprezzare il povero. Sono i poveri. Pensiamoci bene. E’ uno come me. Se sta passando un brutto momento per mille ragioni – economiche, politiche, sociali o personali –, io potrei essere al suo posto e potrei stare desiderando che qualcuno mi aiuti. E oltre a desiderare che qualcuno mi aiuti, se mi trovo in quel posto ho diritto ad essere rispettato. Rispettare il povero. Non usarlo come oggetto per lavare le nostre colpe. Imparare dai poveri, con quello che dicono, con le cose che hanno, con i valori che hanno. E noi cristiani abbiamo quel motivo: che sono la carne di Gesù.

Certamente, sono molto necessarie per un Paese la crescita economica e la creazione di ricchezza, e che questa arrivi a tutti i cittadini, senza che nessuno rimanga escluso. E questo è necessario. La creazione di questa ricchezza dev’essere sempre in funzione del bene comune, di tutti, e non di quello di pochi. E in questo bisogna essere molto chiari. «L’adorazione dell’antico vitello d’oro (cfr Es 32,1-35) ha trovato una nuova e spietata versione nel feticismo del denaro e nella dittatura di una economia senza volto» (Esort. ap. Evangelii gaudium, 55). Le persone la cui vocazione è di aiutare lo sviluppo economico hanno il compito di assicurare che questo abbia sempre un volto umano. Lo sviluppo economico deve avere un volto umano. No all’economia senza volto! Nelle loro mani c’è la possibilità di offrire un lavoro a molte persone e dare così speranza a tante famiglie. Portare il pane a casa, offrire ai figli un tetto, offrire salute e educazione, sono aspetti essenziali della dignità umana, e gli imprenditori, i politici, gli economisti, devono lasciarsi interpellare da essi. Vi chiedo di non cedere ad un modello economico idolatrico che abbia bisogno di sacrificare vite umane sull’altare del denaro e del profitto. Nell’economia, nell’azienda, nella politica, la prima cosa è sempre la persona, e l’ambiente in cui vive.

Giustamente il Paraguay è noto in tutto il mondo per essere stato la terra dove iniziarono le “Riduzioni”, una delle più interessanti esperienze di evangelizzazione e di organizzazione sociale della storia. In esse, il Vangelo era l’anima e la vita di comunità dove non c’era fame, non c’era disoccupazione, né analfabetismo né oppressione. Questa esperienza storica ci insegna che una società più umana è possibile anche oggi. Voi l’avete vissuta nelle vostre radici qui. E’ possibile. Quando c'è amore per l’uomo, e volontà di servirlo, è possibile creare le condizioni affinché tutti abbiano accesso a beni necessari, senza che nessuno sia escluso. Cercare in ogni caso le soluzioni con il dialogo.

Sulla quarta domanda, ho risposto parlando dell’economia tutta in funzione della persona e non in funzione del denaro. La signora, l’imprenditrice, parlava della poca validità di certe strade. E ne menzionava una che io avevo menzionato nella Evangelii gaudium, che è il populismo irresponsabile, non è così? E sembra che non producano effetti… E ci sono tante teorie… Come fare? Credo che in ciò che dico sull’economia dal volto umano si possa trovare l’ispirazione per rispondere a questa domanda.

Sulla quinta domanda, credo che la risposta si trova intorno a ciò che ho detto quando ho parlato delle culture. Ossia, c’è una cultura dotta, che è una cultura ed è buona e va rispettata, certo. Oggi, ad esempio, in una parte del balletto è stata suonata una musica di una cultura dotta e buona. Ma c’è un’altra cultura, che il medesimo valore, che è la cultura dei popoli, dei popoli originari, delle diverse etnie. Una cultura che oserei chiamare – ma nel senso buono – una cultura popolare. I popoli hanno la loro cultura e fanno la loro cultura. E’ importante questo lavoro per la cultura nel senso più ampio della parola. Non è cultura solamente aver studiato o poter godere di un concerto, o leggere un libro interessante, ma cultura è anche mille cose. Parlavate del tessuto di Ñandutí, per esempio: quello è cultura. Ed è cultura nata dal popolo. Per fare un esempio. Ci sono due cose, prima di concludere, a cui vorrei fare riferimento. E in questo, poiché ci sono politici qui presenti, c’è anche il Presidente della Repubblica, lo dico fraternamente. Qualcuno mi ha detto: “Senta, il tale si trova sequestrato dall’esercito, faccia qualcosa!”. Io non dico se è vero o non è vero, se è giusto o non è giusto, ma uno dei metodi che avevano le dittature del secolo scorso, alle quali mi riferivo poco fa, era allontanare la gente, o con l’esilio o con la prigione, o, nel caso dei campi di sterminio, nazisti o stalinisti, la allontanavano con la morte… Affinché ci sia una vera cultura in un popolo, una cultura politica e del bene comune, ci vogliono con celerità giudizi chiari, giudizi limpidi. E non serve altro tipo di stratagemma. La giustizia limpida, chiara. Questo ci aiuterà tutti. Io non so se ciò qui esiste o meno, lo dico con tutto rispetto. Me lo hanno detto quando entravo, me lo hanno detto qui. E che chiedessi per non so chi… non ho sentito bene il nome. E poi c’è un’altra cosa che pure per onestà voglio dire: un metodo che non dà libertà alle persone per assumere responsabilmente il loro compito di costruzione della società, ed è il ricatto. Il ricatto è sempre corruzione. “Se tu fai questo, ti facciamo questo, e così ti distruggiamo”. La corruzione è la tarma, è la cancrena di un popolo. Per esempio, nessun politico può svolgere il suo ruolo, il suo lavoro, se è ricattato da atteggiamenti di corruzione: “Dammi questo, dammi questo potere, dammi questo, se no ti faccio questo e quello…”. Questo, che succede in tutti i popoli del mondo – perché questo succede – se un popolo vuole mantenere la propria dignità, deve eliminarlo. Sto parlando di un problema universale.

E concludo. Per me è una grande gioia vedere la quantità e la varietà delle associazioni che sono impegnate nella costruzione di un Paraguay sempre migliore e prospero, ma se non dialogate, non serve a nulla. Se praticate il ricatto, non serve a nulla. Questa moltitudine di gruppi e di persone sono come una sinfonia, ognuno con la sua peculiarità e la propria ricchezza, ma cercando l’armonia finale, l’armonia, e questo è ciò che conta. E non abbiate paura del conflitto, ma parlatene e cercate vie di soluzione.

Amate la vostra patria, i vostri concittadini, e soprattutto amate i più poveri. Così sarete davanti al mondo una testimonianza che un altro modello di sviluppo è possibile. Sono convinto, per la vostra storia, che avete la più grande forza che esiste: la vostra umanità, la vostra fede, il vostro amore. Questo carattere del popolo paraguaiano che lo distingue in modo così ricco tra le nazioni del mondo.

Chiedo alla Vergine di Caacupé, nostra Madre, che abbia cura di voi, vi protegga e vi sostenga nei vostri sforzi. Che Dio vi benedica e pregate per me. Grazie!

Dopo un canto, il Papa ha aggiunto:

Un consiglio, come congedo, prima della benedizione: il peggio che può capitare ad ognuno di voi quando uscite da qui è pensare: “Che buono quello che ha detto il Papa a tizio, caio, a quell’altro…”. Se qualcuno di voi ritiene di pensare così – perché il pensiero viene spesso, anche a me a volte viene, ma bisogna scacciarlo -, dica: “Il Papa a chi ha detto questo?” “A me”. Ciascuno, chiunque sia: “A me”.

E vi invito a pregare il nostro Padre comune, tutti insieme, ciascuno nella propria lingua:

Padre nostro

[01180-IT.03] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

Good afternoon:

I wrote this text on the basis of the questions that I received but because there are more, I will reply to these as I go along speaking to you. In this way I will attempt to offer some opinions on your reflections.

I am pleased to be with you, the representatives of civil society, and to share those hopes and dreams for a better future and to also share problems that exist. I thank Bishop Adalberto Martínez Flores, Secretary of the Paraguay Bishops’ Conference, for his words of welcome in your name. I also thank the six people who have spoken, each presenting a different angle.

Seeing all of you together, each coming from his or her own sector or organization within Paraguayan society, each bringing his or her own joys, concerns, struggles and hopes, makes me grateful to God. In other words, it seems that Paraguay is anything but dead, thank God. It is a people that is alive. When a people is unengaged and listless, passively accepting things as they are, it is a dead people. In you, however, I see great vitality and promise. God always blesses this. God is always on the side of those who help to uplift and improve the lives of his children. To be sure, problems and situations of injustice exist. But seeing you and listening to you helps to renew my hope in the Lord who continues to work in the midst of his people. You represent many different backgrounds, situations and aspirations; all together, you make up Paraguayan culture. All of you have a part to play in the pursuit of the common good. “In the present condition of global society, where injustices abound and growing numbers of people are deprived of basic human rights and considered expendable” (Laudato Si’, 158), to see you here before me is a real gift. It is a gift because, in those who have spoken, I have seen the willingness to help the nation.

1. In the first question, I was pleased to hear a young person express concern that society be a place of fraternity, justice, peace and dignity for everyone. Youth is a time of high ideals. I often say that it is really sad to see a young person who is out of work. It is important that you, the young, and there are indeed many young people here in Paraguay, realize that genuine happiness comes from working to make a more fraternal country! It comes from realizing that happiness and pleasure are not synonymous. Happiness, joy, is one thing, but fleeting pleasure is another. Happiness is built up, it is something solid which edifies. Happiness is demanding, it requires commitment and effort. You are too important to be satisfied with living life under a kind of anesthesia! Paraguay has a large population of young people and this is a great source of enrichment for the nation. So I think that the first thing to do is to make sure that all that energy, that light, does not disappear from your hearts, and to resist the growing mentality which considers it useless and absurd to aspire to things that demand effort. “There’s no point getting involved, it can no longer be fixed”. This attitude belittles those who instead want progress, who instead want to move forward. Be committed to something, be committed to someone. This is the vocation of young people so don’t be afraid to take a risk on the field, but play fairly and give it your best. Don’t be afraid to give the best of yourselves! Don’t look for easy solutions beforehand so as to avoid tiredness and struggle. And don’t bribe the referee.

I ask you not to fight the good fight alone. Try to talk about these things among yourselves, profit from the lives, the stories of your elders, of your grandparents, for there is great wisdom there. “Waste” lots of time listening to all the good things they have to teach you. They are the guardians of that spiritual legacy of faith and values which define a people and illumine a path. Find comfort, too, in the power of prayer, in Jesus. Keep praying to him daily. He will not disappoint you. Jesus extends to you an invitation through the memory of your people; he is the secret to keeping a joyful heart in your quest for fraternity, justice, peace and dignity for everyone. There is a danger here: “Yes, yes, I want fraternity, justice, peace and dignity” but this can be reduced to mere words. No! Fraternity, justice, peace and dignity are concrete and real, otherwise they are useless. They are constructed with the work of each day. And so I ask you dear young friends, how do you shape those ideals, daily and concretely? Even if you make mistakes, make amends, get up again and move forward – make progress with concrete steps.

I confess to you that I feel somewhat allergic, and bit put off as it were, when I hear very eloquent discourses; those who know the speaker end up saying, “What are liar you are!” This is why words on their own are not enough. If you give your word of honour, then make sacrifices each day to be faithful to that word, to be committed!

I liked the poem of Carlos Miguel Giménez which Bishop Martínez quoted. I think it sums up very nicely what I have been trying to say, “[I dream of] a paradise free of war between brothers and sisters, rich in men and women healthy in heart and soul… and a God who blesses its dawn”. Yes, it is a dream. And there are two guarantees: waking up from the dream and making it a reality daily, and recognizing that God is the guarantee of man’s dignity.

2. The second question spoke about dialogue as a means to advance the project of a fully inclusive nation. Dialogue is not easy. There exists also a “theatrical dialogue” by which I mean that we rehearse dialogue, play out the conversation, but it is subsequently all forgotten. If you do not say what you really feel when you dialogue with another person, what you think, and if you are not truly interested in what the other person is saying and adapting to their way of expressing themselves, then it is not a real dialogue but simply a painting, a work of art. Now it is true that dialogue is not easy and that there are many difficulties to be overcome, and sometimes it seems as if we are intent on only make things even harder. Dialogue must be built on something, an identity. For example, I think about that dialogue we have in the Church, interreligious dialogue, where different representatives of religions speak to each other. We sometimes meet to speak and share our points of view, and everyone speaks on the basis of their own identity: “I’m Buddhist, I’m Evangelical. I’m Orthodox, I’m Catholic.” Each one explains their identity. They do not negotiate their identity. This means that, for there to be dialogue, that fundamental basis of identity must exist. And what is the identity of a country? – and here we are speaking about a social identity – to love the nation. The nation first, and then my business! The nation comes first! That is identity. That is the basis upon which I will dialogue. If I am to speak without that basis, without that identity, then dialogue is pointless. Moreover, dialogue presupposes and demands that we seek a culture of encounter; an encounter which acknowledges that diversity is not only good, it is necessary. Uniformity nullifies us, it makes us robots. The richness of life is in diversity. For this reason, the point of departure cannot be, “I'm going to dialogue but he’s wrong”. No, no, we must not presume that the other person is wrong. I dialogue with my identity but I'm going to listen to what the other person has to say, how I can be enriched by the other, who makes me realize my mistakes and see the contribution I can offer. It is a going out and a coming back, always with an open heart. If I presume that the other person is wrong, it's better to go home and not dialogue, would you not agree? Dialogue is for the common good and the common good is sought by starting from our differences, constantly leaving room for new alternatives. In other words, look for something new. When dialogue is authentic, it ends up with – allow me to use the word and to use it in a noble way – a new agreement, in which we all agree on something. Are there differences? They remain to one side, to be looked at again later. But on those things that we are agreed, we are committed and we defend them. This is one step forward. This is the culture of encounter. Dialogue is not about negotiating. Negotiating is trying to get your own slice of the cake. To see if I can get my own way. If you go with this intention, don't dialogue, don't waste your time. Dialogue is about seeking the common good. Discuss, think, and discover together a better solution for everybody. Many times this culture of encounter can involve conflict. To put it another way, we saw a beautiful ballet recently. Everything was coordinated and the orchestra was a veritable symphony of concordance. Everything was perfect. Everything went well. But during dialogue, it's not always the case, for it is not a perfect ballet or a coordinated orchestra. During dialogue there is conflict. This is logical and even desirable. Because if I think in one way and you in another and we walk together, there will be conflict. But we mustn't fear it, we mustn’t ignore it. On the contrary, we are invited to embrace conflict. If we don't embrace conflict, saying to ourselves “this is a headache, let him go home with his ideas, and I'll go back to mine with my ideas”, then we will never be able to dialogue. This means that we have to “face conflict head on, to resolve it and to make it a link in the chain of a new process” (Evangelii Gaudium 227). Let us dialogue. Where there is conflict, I embrace it, I transform it, and it is a necessary element of a new process. It is a beginning that will help us greatly. “Unity is greater than conflict” (ibid., 228). Conflict exists: we have to embrace it, we have to try and resolve it as far as possible, but with the intention of achieving that unity which is not uniformity, but rather a unity in diversity. A unity which does not cancel differences, but experiences them in communion through solidarity and understanding. By trying to understand the thinking of others, their experiences, their hopes, we can see more clearly our shared aspirations. This is the basis of encounter: all of us are brothers and sisters, children of the same heavenly Father, and each of us, with our respective cultures, languages and traditions, has much to contribute to the community. Am I ready to receive this? If I am ready to receive and to dialogue with this, then I am up to the task of dialogue; but if I am not ready then it is better not to waste time. True cultures are never closed in on themselves – cultures would die if they closed in on themselves – but are called to meet other cultures and to create new realities. When we study history we find ancient cultures that no longer exist. They have died, and for many reasons. But one of them is having closed themselves in. Without this essential presupposition, without this basis of fraternity, it will be very difficult to arrive at dialogue. If someone thinks that there are persons, cultures, or situations which are second, third or fourth class… surely things will go badly, because the bare minimum, a recognition of the dignity of the other, is lacking. There are no first, second, third, fourth categories of persons: they are all of the same lineage.

3. All this can serve as a way of approaching the concern expressed in the third question. How do we hear the cry of the poor in order to build a more inclusive society? It's a strange thing: an egocentric person excludes himself or herself. We want to include. Remember the parable of the prodigal son, that son who sought his inheritance from his father, he took all the money, squandered it on the good life and, after losing everything over a long period and feeling great hunger, he remembered his father. And his father was waiting for him. He represents God, who always waits for us. And when he sees his son approaching, he embraces him and throws a feast. On the other hand, the elder son, who had been at home, is annoyed and excludes himself: “I'm not joining these people, I behaved myself, I am cultured, I studied at such and such a university, I have a family and heritage. So I'm not going to mix with them”. It's important not to exclude anybody, and not to exclude oneself, because everybody needs everybody. A fundamental part of helping the poor involves the way we see them. An ideological approach is useless: it ends up using the poor in the service of other political or personal interests (Evangelii Gaudium, 199). Ideologies end badly, and are useless. They relate to people in ways that are either incomplete, unhealthy, or evil. Ideologies do not embrace a people. You just have to look at the last century. What was the result of ideologies? Dictatorships, in every case. Always think to the people, never stop thinking about the good of the people. A sharp critic of ideologies was once told: “Yes, but these men and women are well intentioned and want to help the people”. The critic replied, “Yes of course, everything for the people, but nothing with the people”. Such are ideologies. To really help people, the first thing is for us to be truly concerned for individual persons, and I'm thinking of the poor here, valuing them for their goodness. Valuing them, however, also means being ready to learn from them. The poor have much to teach us about humanity, goodness, sacrifice and solidarity. As Christians, moreover, we have an additional reason to love and serve the poor; for in them we see the face and the flesh of Christ, who made himself poor so to enrich us with his poverty (cf. 2 Cor 8:9). The poor are the flesh of Christ. When people come to me to confession – and I have less opportunities to hear confessions than when I was in the diocese – I like to ask them: “Do you help people?”. “Yes, I give alms to the poor”. “I see, and tell me, when you give alms, do you touch the hand of the person you're giving alms to or do you throw the money to them?” We are speaking of attitudes here. “When you offer alms, do you look into their eyes or do you look the other way?” This demeans the poor person. They are poor. Let us reflect carefully. The poor person is just like me and, if he or she is going through a difficult time for many reasons, be they economic political, social or personal, it could be me in their place, me longing for someone to help me. As well as desiring this help, if I am in their shoes, I have the right to be respected. We must respect the poor. We must not use the poor person merely as an instrument to placate my guilt. To learn from the poor, with all the realities they experience, all of the values they uphold. This is the inspiration for Christians, that the poor are the flesh of Jesus.

Certainly every country needs economic growth and the creation of wealth, and the extension of these to each citizen, without exclusion. And this is necessary. But the creation of this wealth must always be at the service of the common good, and not only for the benefit of a few. On this point we must be very clear. For “the worship of the ancient golden calf (cf.Ex32:1-35) has returned in a new and ruthless guise in the idolatry of money and the dictatorship of an impersonal economy lacking a truly human purpose” (Evangelii Gaudium, 55). Those charged with promoting economic development have the responsibility of ensuring that it always has a human face. Economic development must have a human face. We say no to an economy without such a face! They have in their hands the possibility of providing employment for many persons and in this way of giving hope to many families. Putting bread on the table, putting a roof over the heads of one’s children, giving them health and an education – these are essential for human dignity, and business men and women, politicians, economists, must feel challenged in this regard. I ask them not to yield to an economic model which is idolatrous, which needs to sacrifice human lives on the altar of money and profit. In economics, in business and in politics, what counts first and foremost, in every instance, is the human person and the environment in which he or she lives.

Paraguay is rightly known throughout the world for being the place where the Reductions began. These were among the most significant experiences of evangelization and social organization in history. There the Gospel was the soul and the life of communities which did not know hunger, unemployment, illiteracy or oppression. This historical experience shows us that, today too, a more humane society is possible. You have truly lived this here. It is possible! Where there is love of people and a willingness to serve them, it is possible to create the conditions necessary for everyone to have access to basic goods, so that no one goes without. It is possible to seek solutions in every situation, through dialogue.

To the fourth question, I have already responded when speaking about an economy which serves the person and not money. The businesswoman spoke about the limited effectiveness of certain paths. And she mentioned that I had dealt in Evangelii Gaudium with the area of “irresponsible popularity”, am I correct? It seems that such an approach does not bear fruit, would you not agree? And there are so many theories aren't there? How to proceed? I think that my words on an economy with a human face point to the inspiration that can provide an answer to this question.

To the third question, I think I've also given reply when I spoke about cultures. In other words, there exist enlightened cultures which are good and which must be respected, as I'm sure you would agree. Today, for example, during the performance of the ballet, music of one enlightened and positive culture was played. But there is another culture, which has this same value, which is the culture of the people, of the earliest people, and represents different ethnic groups. I would dare to call this culture, in a positive sense, a popular culture. People possess their own culture and create culture. This work is important for culture in the widest sense of the word. Culture is not just about having studied or enjoyed a concert, or reading an interesting book, but rather it involves many other facets. The fabric of Nandutí, mentioned earlier, is culture; culture that is born of the people. This is one example. Before ending, I'd like to make reference to two things. In doing this, as there are political authorities present here, including the President of the Republic, I wish to say this fraternally. Someone told me: “Look, ‘Mr so-and-so’ was kidnapped by the Army, please do something to help! I do not know if this is true, or if it is not true, if it is right, or if it is not right, but one of the methods used by dictatorial ideologies of the last century, which I referred to earlier, was to separate the people, either by exile or imprisonment, or in the case of concentration camps, Nazis and Stalinists excluded them by death. For there to be a true culture of the people, a political culture, a culture of the common good, there must be quick and clear judicial proceedings. No other kind of strategy is required. Clear, concise judgments. That would help all of us. I do not know whether or not this exists here, and I say it with the greatest respect. I was told this as I came here, I was given this information here. I was asked to make a request about someone I do not know. I did not manage to grasp the surname of the person involved. And for the sake of honesty, there is a second thing I would like to say: one method which does not bestow freedom upon people, and enable them to work responsibly towards the construction of society, is the method of blackmail. Blackmail is always corruption: “If you do this, we will do this to you, and thus destroy you”. Corruption is the worm, the gangrene of the people. For example, no politician can work and carry out a function, if they are being blackmailed by methods of corruption: “Give me this, give me this power, give it to me or else I will not do this and that for you”. This happens in all populations around the world, and if a society wishes to maintain its dignity, it must banish such blackmail.

It is a great pleasure to see the number and variety of associations sharing in the creation of an ever more prosperous Paraguay. But if you do not dialogue, all is pointless. If there is blackmail, all is pointless. This great multitude of groups and persons are like a great symphony, each one with his or her own specificity and richness, yet all working together towards a harmonious end. That is what counts. And do not fear conflict, but speak about matters and look for paths that lead to solutions.

Love your country, your fellow citizens, and, above all, love the poor. In this way, you will bear witness before the world that another model of development is possible. I am convinced, by virtue of your own history, that you possess the greatest strength of all: your humanity, your faith, your love. Being part of the Paraguayan people is what distinguishes you among the nations of the world.

I ask Our Lady of Caacupé, our Mother, to watch over you and protect you, and to encourage you in all your efforts. God bless you and pray for me. Thank you.

After the singing, the Pope added:

One piece of advice I offer you before the final blessing: the worst thing that could happen to each of you as you leave here is to think: “What nice words the Pope spoke to so-and-so and to that other person”. If you are tempted to think this way, and this can often happen, as it does to me on occasion, you must reject the thought: “to whom did the Pope address his words?”. “To me”. I now invite you to pray the our Father together, each in his or her own language. Our Father…

[01180-EN.02] [Original text: Spanish]

Al termine dell’incontro, il Santo Padre ha raggiunto in auto la Cattedrale di Asunción per la recita dei Vespri con Vescovi, sacerdoti, diaconi, religiosi e religiose, seminaristi e membri dei movimenti cattolici.

[B0564-XX.02]