www.vatican.va

Back Top Print Pdf


Viaggio Apostolico di Sua Santità Francesco in Ecuador, Bolivia e Paraguay (5-13 luglio 2015) – Visita al Centro di Rieducazione Santa Cruz-Palmasola e Incontro con i Vescovi della Bolivia, 10.07.2015


Visita al Centro di Rieducazione Santa Cruz-Palmasola a Santa Cruz de la Sierra

Incontro con i Vescovi della Bolivia a Santa Cruz de la Sierra

Visita al Centro di Rieducazione Santa Cruz-Palmasola a Santa Cruz de la Sierra

 

Discorso del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

 

Questa mattina, dopo aver celebrato la Santa Messa in privato (vedi Bollettino n. 554), il Santo Padre Francesco si è congedato dalla Residenza dell’Arcivescovo emerito di Santa Cruz de la Sierra e si è trasferito in auto al Centro di Rieducazione Santa Cruz-Palmasola.

Alle ore 9.30 il Papa è stato accolto dal Direttore del carcere, dal Cappellano e dal Vescovo responsabile della pastorale penitenziaria, S.E. Mons. Jesús Juárez Párraga, SDB, Arcivescovo di Sucre.

Il Santo Padre si è recato al campo sportivo del Padiglione maschile PS 4 dove ha incontrato una rappresentanza della popolazione carceraria. Dopo il saluto del Vescovo responsabile della pastorale penitenziaria e le testimonianze di alcuni detenuti, Papa Francesco ha pronunciato il discorso che riportiamo di seguito:

Discorso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

No podía dejar Bolivia sin venir a verlos, sin dejar de compartir la fe y la esperanza que nace del amor entregado en la cruz. Gracias por recibirme. Sé que se han preparado y rezado por mí. Muchas gracias.

En las palabras de Mons. Jesús Juárez y en el testimonio de los hermanos que han intervenido he podido comprobar cómo el dolor no es capaz de apagar la esperanza en lo más profundo del corazón, y que la vida sigue brotando con fuerza en circunstancias adversas.

¿Quién está ante ustedes?, podrían preguntarse. Me gustaría responderles la pregunta con una certeza de mi vida, con una certeza que me ha marcado para siempre. El que está ante ustedes es un hombre perdonado. Un hombre que fue y es salvado de sus muchos pecados. Y es así como me presento. No tengo mucho más para darles u ofrecerles, pero lo que tengo y lo que amo, sí quiero dárselo, sí quiero compartirlo: es Jesús, Jesucristo, la misericordia del Padre.

Él vino a mostrarnos, a hacer visible el amor que Dios tiene por nosotros. Por vos, por vos, por vos, por mí. Un amor activo, real. Un amor que tomó en serio la realidad de los suyos. Un amor que sana, perdona, levanta, cura. Un amor que se acerca y devuelve dignidad. Una dignidad que la podemos perder de muchas maneras y formas. Pero Jesús es un empecinado de esto: dio su vida por esto, para devolvernos la identidad perdida, para revestirnos con toda su fuerza de dignidad.

Me viene a la memoria una experiencia que nos puede ayudar: Pedro y Pablo, discípulos de Jesús también estuvieron presos. También fueron privados de la libertad. En esa circunstancia hubo algo que los sostuvo, algo que no los dejó caer en la desesperación, que no los dejó caer en la oscuridad que puede brotar del sin sentido. Y fue la oración. Fue orar. Oración personal y comunitaria. Ellos rezaron y por ellos rezaban. Dos movimientos, dos acciones que generan entre sí una red que sostiene la vida y la esperanza. Nos sostiene de la desesperanza y nos estimula a seguir caminando. Una red que va sosteniendo la vida, la de ustedes y la de sus familias. Vos hablabas de tu madre [dirigiéndose a la persona que ha dado su testimonio al principio]. La oración de las madres, la oración de las esposas, la oración de los hijos, y la de ustedes: eso es una red, que va llevando adelante la vida.

Porque cuando Jesús entra en la vida, uno no queda detenido en su pasado sino que comienza a mirar el presente de otra manera, con otra esperanza. Uno comienza a mirar con otros ojos su propia persona, su propia realidad. No queda anclado en lo que sucedió, sino que es capaz de llorar y encontrar ahí la fuerza para volver a empezar. Y si en algún momento estamos tristes, estamos mal, bajoneados, los invito a mirar el rostro de Jesús crucificado. En su mirada, todos podemos encontrar espacio. Todos podemos poner junto a Él nuestras heridas, nuestros dolores, así como también nuestros errores, nuestros pecados, tantas cosas en las que nos podemos haber equivocado. En las llagas de Jesús encuentran lugar nuestras llagas. Porque todos estamos llagados, de una u otra manera. Y llevar nuestras llagas a las llagas de Jesús. ¿Para qué? Para ser curadas, lavadas, transformadas, resucitadas. El murió por vos, por mí, para darnos su mano y levantarnos. Charlen, charlen con los curas que vienen, charlen. Charlen con los hermanos y las hermanas que vienen, charlen. Charlen con todos los que vienen a hablarles de Jesús. Jesús quiere levantarlos siempre.

Y esta certeza nos moviliza a trabajar por nuestra dignidad. Reclusión no es lo mismo que exclusión –que quede claro–, porque la reclusión forma parte de un proceso de reinserción en la sociedad. Son muchos los elementos que juegan en su contra en este lugar –lo sé bien, y vos mencionaste algunos con mucha claridad [dirigiéndose de nuevo a la persona que ha dado su testimonio al principio]–: el hacinamiento, la lentitud de la justicia, la falta de terapias ocupacionales y de políticas de rehabilitación, la violencia, la carencia de facilidades de estudios universitarios, lo cual hace necesaria una rápida y eficaz alianza interinstitucional para encontrar respuestas.

Sin embargo, mientras se lucha por eso, no podemos dar todo por perdido. Hay cosas que hoy podemos hacer.

Aquí, en este Centro de Rehabilitación, la convivencia depende en parte de ustedes. El sufrimiento y la privación pueden volver nuestro corazón egoísta y dar lugar a enfrentamientos, pero también tenemos la capacidad de convertirlo en ocasión de auténtica fraternidad. Ayúdense entre ustedes. No tengan miedo a ayudarse entre ustedes. El demonio busca la pelea, busca la rivalidad, la división, los bandos. No le hagan el juego. Luchen por salir adelante unidos.

Me gustaría pedirles también que lleven mi saludo a sus familias. Algunas están aquí. ¡Es tan importante la presencia y la ayuda de la familia! Los abuelos, el padre, la madre, los hermanos, la pareja, los hijos. Nos recuerdan que merece la pena vivir y luchar por un mundo mejor.

Por último, una palabra de aliento a todos los que trabajan en este Centro: a sus dirigentes, a los agentes de la Policía penitenciaria, a todo el personal. Ustedes cumplen un servicio público y fundamental. Tienen una importante tarea en este proceso de reinserción. Tarea de levantar y no rebajar; de dignificar y no humillar; de animar y no afligir. Este proceso pide dejar una lógica de buenos y malos para pasar a una lógica centrada en ayudar a la persona. Y esta lógica de ayudar a la persona los va a salvar a ustedes de todo tipo de corrupción y mejorará las condiciones para todos. Ya que un proceso así vivido nos dignifica, nos anima y nos levanta a todos.

Antes de darles la bendición me gustaría que rezáramos un rato en silencio, en silencio cada uno desde su corazón. Cada uno sepa cómo hacerlo...

Por favor, les pido que sigan rezando por mí, porque yo también tengo mis errores y debo hacer penitencia. Muchas gracias.

Y que Dios nuestro Padre mire nuestro corazón, y que Dios nuestro Padre, que nos quiere, nos dé su fuerza, su paciencia, su ternura de Padre, nos bendiga. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y no se olviden de rezar por mí. Gracias.

 

[01176-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Cari fratelli e sorelle, buongiorno!

Non potevo lasciare la Bolivia senza venire a trovarvi, senza condividere la fede e la speranza che nascono dall'amore offerto sulla croce. Grazie per avermi accolto. So che vi siete preparati e avete pregato per me. Vi ringrazio tanto.

Nelle parole di Mons. Jesús Juárez e nelle testimonianze dei fratelli che sono intervenuti, ho potuto constatare come il dolore non è in grado di spegnere la speranza nel profondo del cuore, e che la vita continua a germogliare con forza in circostanze avverse.

Chi c’è davanti a voi? Potreste domandarvi. Vorrei rispondere alla domanda con una certezza della mia vita, con una certezza che mi ha segnato per sempre. Quello che sta davanti a voi è un uomo perdonato. Un uomo che è stato ed è salvato dai suoi molti peccati. Ed è così che mi presento. Non ho molto da darvi o offrirvi, ma quello che ho e quello che amo, sì, voglio darvelo, voglio condividerlo: è Gesù, Gesù Cristo, la misericordia del Padre.

Egli è venuto a mostrarci, a rendere visibile l’amore che Dio ha per noi. Per te, per te, per te, per me. Un amore attivo, reale. Un amore che ha preso sul serio la realtà dei suoi. Un amore che guarisce, perdona, rialza, cura. Un amore che si avvicina e restituisce dignità. Una dignità che possiamo perdere in molti modi e forme. Ma Gesù è un ostinato in questo: ha dato la vita per questo, per restituirci l’identità perduta. Per rivestirci con tutta la sua forza di dignità.

Mi viene alla memoria un’esperienza che può aiutarci: Pietro e Paolo, discepoli di Gesù, sono stati anche prigionieri. Sono stati anche privati della libertà. In quella circostanza, c’è stato qualcosa che li ha sostenuti, qualcosa che non li ha lasciati cadere nella disperazione, non li ha lasciati cadere nell’oscurità che può scaturire dal non senso. E’ stata la preghiera. E’ stato pregare. Preghiera personale e comunitaria. Loro hanno pregato e per loro pregavano. Due movimenti, due azioni che insieme formano una rete che sostiene la vita e la speranza. Ci preserva dalla disperazione e ci stimola a continuare a camminare. Una rete che sostiene la vita, la vostra e quella dei vostri famigliari. Tu parlavi di tua madre [si riferisce a una testimonianza]. La preghiera delle madri, la preghiera delle mogli, la preghiera dei figli, e la vostra: questo è una rete, che porta avanti la vita.

Perché quando Gesù entra nella vita, uno non resta imprigionato nel suo passato, ma inizia a guardare il presente in un altro modo, con un’altra speranza. Uno inizia a guardare se stesso, la propria realtà con occhi diversi. Non resta ancorato in quello che è successo, ma è in grado di piangere e lì trovare la forza di ricominciare. E se in qualche momento ci sentiamo tristi, stiamo male, abbattuti, vi invito a guardare il volto di Gesù crocifisso. Nel suo sguardo tutti possiamo trovare posto. Tutti possiamo affidare a Lui le nostre ferite, i nostri dolori, anche i nostri errori, i nostri peccati, tante cose in cui noi possiamo aver sbagliato. Nelle piaghe di Gesù, trovano posto le nostre piaghe. Perché tutti siamo piagati, in un nodo o nell’altro. E portare le nostre piaghe alle piaghe di Gesù, perché? Per essere curate, lavate, trasformate, risuscitate. Egli è morto per voi, per me, per darci la mano e sollevarci. Parlate, parlate con i sacerdoti che vengono, parlate... Parlate con i fratelli e le sorelle che vengono, parlate. Parlate con tutti quelli che vengono a parlarvi di Gesù. Gesù vuole risollevarci sempre.

E questa certezza ci spinge a lavorare per la nostra dignità. La reclusione non è lo stesso di esclusione – che sia chiaro – perché la reclusione è parte di un processo di reinserimento nella società. Sono molti gli elementi che giocano contro di voi in questo posto – lo so bene, e tu ne hai menzionati alcuni con molta chiarezza [si riferisce a una testimonianza]-: il sovraffollamento, la lentezza della giustizia, la mancanza di terapie occupazionali e di politiche riabilitative, la violenza, la mancanza di facilitazioni per gli studi universitari… E ciò rende necessaria una rapida ed efficace alleanza fra le istituzioni per trovare risposte.

Tuttavia, mentre si lotta per questo, non possiamo dare tutto per perso. Ci sono cose che possiamo già fare ora.

Qui, in questo Centro di Riabilitazione, la convivenza dipende in parte da voi. La sofferenza e la privazione possono rendere il nostro cuore egoista e dar luogo a conflitti, ma abbiamo anche la capacità di trasformarle in occasione di autentica fraternità. Aiutatevi tra di voi. Non abbiate paura di aiutarvi fra di voi. Il diavolo cerca la lite, cerca la rivalità, la divisione, le fazioni. Non fate il suo gioco! Lottate per andare avanti, uniti.

Mi piacerebbe chiedervi anche di portare i miei saluti ai vostri famigliari – alcuni sono qui. È tanto importante la presenza e l’aiuto della famiglia! I nonni, il padre, la madre, i fratelli, la moglie, i figli. Ci ricordano che vale la pena vivere e lottare per un mondo migliore.

Infine, una parola di incoraggiamento a tutti coloro che lavorano in questo Centro: ai dirigenti, agli agenti della Polizia penitenziaria, a tutto il personale. Voi fate un servizio pubblico fondamentale. Avete un compito importante in questo processo di reinserimento. Il compito di rialzare e non di abbassare; di dare dignità e non di umiliare; di incoraggiare e non di affliggere. Un processo che chiede di abbandonare una logica di buoni e cattivi per passare a una logica centrata sull’aiutare la persona. E questa logica di aiuto alla persona vi salverà da ogni tipo di corruzione e migliorerà le condizioni per tutti. Poiché un processo vissuto così ci nobilita, ci incoraggia e ci rialza tutti.

Prima di darvi la benedizione vorrei che pregassimo in silenzio un momento, in silenzio ciascuno nel suo cuore. Ciascuno sa come farlo...

Per favore, vi chiedo di continuare a pregare per me, perché ho anch’io i miei errori e devo fare penitenza. Grazie.

E che Dio nostro Padre guardi il nostro cuore. E che Dio nostro Padre che ci ama ci dia la sua forza, la sua pazienza, la sua tenerezza di Padre, ci benedica. Nel nome del Padre e del Figlio e dello Spirito Santo.

E non dimenticatevi di pregare per me. Grazie!

[01176-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

Dear Brothers and Sisters, Good morning!

I could not leave Bolivia without seeing you, without sharing that faith and hope which are the fruit of the love revealed on the cross of Christ. Thank you for welcoming me; I know that you have prepared yourselves for this moment and that you have been praying for me. I am deeply grateful for this.

In the words of Archbishop Jesús Juárez and in the testimonies of our brothers who have spoken, I have seen how pain does not stifle the hope deep within the human heart, and how life goes on, finding new strength even in the midst of difficulties.

You may be asking yourselves: “Who is this man standing before us?”. I would like to reply to that question with something absolutely certain about my own life. The man standing before you is a man who has experienced forgiveness. A man who was, and is, saved from his many sins. That is who I am. I don’t have much more to give you or to offer you, but I want to share with you what I do have and what I love. It is Jesus Christ, the mercy of the Father.

Jesus came to show the love which God has for us. For you, for each of you, and for me. It is a love which is powerful and real. It is a love which takes seriously the plight of those he loves. It is a love which heals, forgives, raises up and shows concern. It is a love which draws near and restores dignity. We can lose this dignity in so many ways. But Jesus is stubborn: he gave his very life in order to restore the identity we had lost, to clothe us with the power of his dignity.

Here is something which can help us to understand this. Peter and Paul, disciples of Jesus, were also prisoners. They too lost their freedom. But there was something that sustained them, something that did not let them yield to despair, which did not let them sink into darkness and meaninglessness. That something was prayer; it was prayer. Prayer, both individually and with others. They prayed, and they prayed for one another. These two forms of prayer became a network to maintain life and hope. And that network keeps us from yielding to despair. It encourages us to keep moving forward. It is a network which supports life, your own lives and those of your families. You spoke about your mother [the Holy Father is speaking to the person who gave his testimony at the beginning]. The prayer of mothers, the prayer of wives, the prayers of your sons and daughters, and your own prayers: this is a network of support which encourages you to move forward.

When Jesus becomes part of our lives, we can no longer remain imprisoned by our past. Instead, we begin look to the present, and we see it differently, with a different kind of hope. We begin to see ourselves and our lives in a different light. We are no longer stuck in the past, but capable of shedding tears and finding in them the strength to make a new start. If there are times when we experience sadness, when we’re in a bad way, when we’re depressed or have negative feelings, I ask you to look at Christ crucified. Look at his face; in his eyes there is a place for us. We can all bring to Christ our wounds, our pain, our mistakes, our sins, and all those things which perhaps we got wrong. In the wounds of Jesus, there is a place for our own wounds. Because we are all wounded, in one way or another. And so we bring our wounds to the wounds of Jesus. Why? So that there they can be soothed, washed clean, changed and healed. He died for us, for me, so that he could stretch out us his hand and lift us up. Speak to the priests who come here, talk to them! Speak to the brothers and sisters who come, speak to them. Speak to everyone who comes here to talk to you about Jesus. Jesus wants to help you get up, always.

This certainty makes us work hard to preserve our dignity. Being imprisoned, “shut in”, is not the same thing as being “shut out”, and I want to be clear on this point, detention is part of a process of reintegration into society. I know that there are many things here that make it hard, and you have spoken very clearly about some of them [the Holy Father is speaking once again to the person who gave his testimony at the beginning]: overcrowding, delayed justice, a lack of training opportunities and rehabilitation policies, violence, the lack of adequate educational facilities. All these things point to the need for a speedy and efficient cooperation between institutions in order to come up with solutions.

And yet, while working for this, we should not think that everything is lost. There are things that we can do today.

Here, in this rehabilitation center, the way you live together depends to some extent on yourselves. Suffering and deprivation can make us selfish of heart and lead to confrontation, but we also have the capacity to make these things an opportunity for genuine fraternity. Help one another. Do not be afraid to help one another. The devil wants quarrels, rivalry, division, gangs. Don’t let him play with you. Keep working to make progress, together.

I would ask you also to convey my greetings to your families, some of whom are here. The presence and support of families are so important! Grandparents, fathers, mothers, brothers, sisters, couples, children: all of them remind us that life is worth living and that we should keep fighting for a better world.

Finally, I offer a word of encouragement to all who work at this center: to the administrators, the police officials and all the personnel. You carry out a vital public service. You have an important responsibility for facilitating the process of reintegration. It is your responsibility to raise up, not to put down, to restore dignity and not to humiliate; to encourage and not to inflict hardship. This means putting aside a mentality which sees people as “good” or “bad”, and instead trying to focus on helping others. And the mindset of wanting to help each person will also save you from every form of corruption and will improve conditions for everyone. In so doing, it will give us dignity, motivate us, and make us all better people.

Before giving each of you my blessing, I would like for us to pray for a few moments in silence. In silence, and from the heart. Each of you in the way you are able...

I ask you, please, to keep praying for me, because I too make mistakes and I also must do penance. Thank you very much.

May God our Father look upon our hearts, may God our Father who loves us give us his strength, his patience, his fatherly tenderness, and may he bless us. In the name of the Father and of the Son and of the Holy Spirit. Please do not forget to pray for me.

Thank you.

[01176-EN.02] [Original text: Spanish]

Incontro con i Vescovi della Bolivia a Santa Cruz de la Sierra

Conclusa la visita al Centro di Rieducazione Santa Cruz-Palmasola, il Santo Padre Francesco ha incontrato questa mattina i Vescovi della Bolivia nella chiesa parrocchiale “La Santa Cruz”.

Dopo l’indirizzo di benvenuto del Presidente della Conferenza Episcopale della Bolivia, S.E. Mons. Oscar Omar Aparicio Céspedes, Arcivescovo di Cochabamba, il Papa si è intrattenuto con i Presuli boliviani in forma privata.

Quindi si è trasferito in auto all’aeroporto internazionale di Viru Viru per la Cerimonia di congedo dalla Bolivia.

[01195-IT.01]

[B0553-XX.03]