www.vatican.va

Back Top Print Pdf


Viaggio Apostolico di Sua Santità Francesco in Ecuador, Bolivia e Paraguay (5-13 luglio 2015) – Incontro con il clero, i religiosi, le religiose i seminaristi presso il Santuario “El Quinche” a Quito, 08.07.2015


Visita alla Casa di Riposo delle Missionarie della Carità, a Tumbaco

Incontro con il clero, i religiosi, le religiose e i seminaristi presso il Santuario nazionale mariano “El Quinche”

Visita alla Casa di Riposo delle Missionarie della Carità, a Tumbaco

Questa mattina, dopo aver celebrato la Santa Messa in privato, il Santo Padre Francesco si è congedato dalla Nunziatura Apostolica in Ecuador e si è trasferito in auto a Tumbaco dove si è recato in visita alla Casa di Riposo delle Missionarie della Carità. Al Suo arrivo è stato accolto dalla Superiora della piccola comunità che lo accompagna nella Cappella dove si trovavano riunite le Suore per un momento di preghiera silenziosa. Dopo aver incontrato gli anziani ospiti della Casa in cortile, il Papa ha raggiunto in auto il Santuario Nazionale Mariano “El Quinche”.

[01192-IT.01]

Incontro con il clero, i religiosi, le religiose e i seminaristi presso il Santuario nazionale mariano “El Quinche”

 

Discorso pronunciato dal Papa

Discorso preparato dal Santo Padre

 

Alle ore 10.30 di questa mattina, il Santo Padre Francesco è arrivato al Santuario “El Quinche” per l’incontro con il clero, i religiosi, le religiose e i seminaristi. Al Suo arrivo il Papa è stato accolto dal Rettore del Santuario all’ingresso principale della chiesa in cui si trovavano i sacerdoti e i religiosi più anziani. Il Santo Padre ha raggiunto poi a piedi il “Campo Mariano” dov’è esposta una copia della statuetta della Virgen de El Quinche.

L’incontro si è aperto con l’indirizzo di saluto di Mons. Celmo Lazzari, C.S.I., Vicario Apostolico di San Miguel de Sucumbíos e Responsabile della Conferenza Episcopale dell’Ecuador per la Vita Consacrata, e la consegna di doni al Papa. Un sacerdote e una suora hanno presentato quindi la loro testimonianza.

Infine, dopo la preghiera alla “Virgen del Quinche”, il Santo Padre ha pronunciato il suo discorso a braccio, dando per letto quello preparato.

Di seguito riportiamo la trascrizione del discorso pronunciato dal Papa e il testo di quello da lui scritto in precedenza:

 

Discorso pronunciato dal Papa

Testo in lingua spagnola

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

Testo in lingua spagnola

Buenos días, hermanos y hermanas.

En estos dos días, 48 horas, que tuve contacto con ustedes, noté que había algo raro –perdón–, algo raro en el pueblo ecuatoriano. En todos los lugares donde voy, siempre el recibimiento es alegre, contento, cordial, religioso, piadoso, en todos lados. Pero acá había en la piedad, en el modo, por ejemplo, en pedir la bendición desde el más viejo hasta la ‘wawa’, que lo primero que aprendé es hacer así. Había algo distinto, yo también tuve la tentación, como el obispo de Sucumbíos, de preguntar: ¿Cuál es la receta de este pueblo? ¿Cuál es? Y me daba vuelta en la cabeza y rezaba; le pregunté a Jesús varias veces en la oración: ¿Qué tiene este pueblo de distinto? Y esta mañana, orando, se me impuso aquella consagración al Sagrado Corazón.

Pienso que se lo debo decir como un mensaje de Jesús: Todo esto de riqueza que tienen ustedes, de riqueza espiritual, de piedad, de profundidad, viene de haber tenido la valentía –porque fueron momentos muy difíciles–, la valentía de consagrar la nación al Corazón de Cristo, ese Corazón divino y humano que nos quiere tanto. Y yo los noto un poco con eso: divinos y humanos. Seguro que son pecadores, yo también pero… pero el Señor perdona todo y… ¡Custodien eso! Y después, pocos años después, la consagración al Corazón de María. No olviden: esa consagración es un hito en la historia del pueblo de Ecuador y de esa consagración siento como que les viene esa gracia que tienen ustedes, esa piedad, esa cosa que los hace distintos.

Hoy tengo que hablarles a los sacerdotes, a los seminaristas, las religiosas, a los religiosos y decirles algo. Tengo un discurso preparado, pero no tengo ganas de leer. Así que se lo doy al Presidente de la Conferencia de Religiosos para que lo haga público después.

Y pensaba en la Virgen, pensaba en María. Dos palabras de María –acá me está fallando la memoria pero no sé si dijo alguna otra, ¿eh?–: «Hágase en mí». Bueno sí, pidió explicaciones de por qué la elegían a ella, al ángel. Pero dice: “Hágase en mí”. Y otra palabra: “Hagan lo que Él les diga”. María no protagonizó nada. Discipuleó toda su vida. La primera discípula de su Hijo. Y tenía conciencia de que todo lo que ella había traído era pura gratuidad de Dios. Conciencia de gratuidad. Por eso, “hágase”, “hagan”, que se manifieste la gratuidad de Dios. Religiosas, religiosos, sacerdotes, seminaristas, todos los días vuelvan, hagan ese camino de retorno hacia la gratuidad con que Dios los eligió. Ustedes no pagaron entrada para entrar al seminario, para entrar a la vida religiosa. No se lo merecieron. Si algún religioso, sacerdote o seminarista o monja que hay aquí cree que se lo mereció, que levante la mano. Todo gratuito. Y toda la vida de un religioso, de una religiosa, de un sacerdote y de un seminarista que va por ese camino –y bueno, ya que estamos, digamos: y de los obispos– tiene que ir por este camino de la gratuidad, volver todos los días: “Señor, hoy hice esto, me salió bien esto, tuve esta dificultad, todo esto pero… todo viene de Vos, todo es gratis”. Esa gratuidad. Somos objeto de gratuidad de Dios. Si olvidamos esto, lentamente, nos vamos haciendo importantes. “Y mirá vos, a este… qué obras que está haciendo y…” o “Mirá vos a este lo hicieron obispo de tal… qué importante, a este lo hicieron monseñor, o a este…”. Y ahí lentamente nos vamos apartando de esto que es la base, de lo que María nunca se apartó: la gratuidad de Dios. Un consejo de hermano: todos los días, a la noche quizás es lo mejor, antes de irse a dormir, una mirada a Jesús y decirle: “Todo me lo diste gratis”, y volverse a situar. Entonces cuando me cambian de destino o cuando hay una dificultad, no pataleo, porque todo es gratis, no merezco nada. Eso hizo María.

San Juan Pablo II, en la Redemptoris Mater… que les recomiendo que la lean. Sí, agárrenla, léanla. Es verdad, el Papa San Juan Pablo II tenía un estilo de pensamiento circular, profesor, pero era un hombre de Dios; entonces hay que leerla varias veces para sacarle todo el jugo que tiene. Y dice que quizás María –no recuerdo bien la frase; estoy citando, pero quiero citar el hecho– en el momento de la cruz de su fidelidad hubiera tenido ganas de decir: “¡Y éste me dijeron que iba salvar Israel! ¡Me engañaron!”. No lo dijo. Ni se permitió… pensarlo, porque era la mujer que sabía que todo lo había recibido gratuitamente. Consejo de hermano y de padre: todas las noches resitúense en la gratuidad. Y digan: “Hágase, gracias porque todo me lo diste Vos”.

Una segunda cosa que les quisiera decir es que cuiden la salud, pero sobre todo cuiden de no caer en una enfermedad, una enfermedad que es media peligrosa para… o del todo peligrosa para los que el Señor nos llamó gratuitamente a seguirlo o a servirlo. No caigan en el alzheimer espiritual, no pierdan la memoria, sobre todo la memoria de dónde me sacaron. La escena esa del profeta Samuel cuando es enviado a ungir al rey de Israel: va a Belén, a la casa de un señor que se llama Jesé, que tiene 7 u 8 hijos –no sé–, y Dios le dice que entre esos hijos va estar el rey. Y, claro, los ve y dice: “Debe ser este, porque el mayor era alto, grande, apuesto, parecía valiente… Y Dios le dice: “No, no es ese”. La mirada de Dios es distinta a la de los hombres. Y así los hace pasar a todos los hijos y Dios le dice: “No, no es”. Se encuentra con que no sabe qué hacer el profeta; entonces le pregunta al padre: “Che, ¿no tenés otro?”. Y le dice: “Sí, está el más chico ahí cuidando las cabras o las ovejas”. “Mandálo llamar”, y viene el mocosito, que tendría 17,18 años –no sé–, y Dios le dice: “Ese es”. Lo sacaron de detrás del rebaño. Y otro profeta cuando Dios le dice que haga ciertas cosas como profeta: “Pero yo quién soy si a mí me sacaron de detrás del rebaño”. No se olviden de dónde los sacaron. No renieguen las raíces.

San Pablo se ve que intuía este peligro de perder la memoria y a su hijo más querido, el obispo Timoteo, a quien él ordenó, le da consejos pastorales, pero hay uno que toca el corazón: “No te olvides de la fe que tenía tu abuela y tu madre”, es decir: “No te olvides de dónde te sacaron, no te olvides de tus raíces, no te sientas promovido”. La gratuidad es una gracia que no puede convivir con la promoción y, cuando un sacerdote, un seminarista, un religioso, una religiosa entra en carrera –no digo mal, en carrera humana–, empieza a enfermarse de alzheimer espiritual y empieza a perder la memoria de dónde me sacaron.

Dos principios para ustedes sacerdotes, consagrados y consagradas: todos los días renueven el sentimiento de que todo es gratis, el sentimiento de gratuidad de la elección de cada uno de ustedes, –ninguno la merecimos–, y pidan la gracia de no perder la memoria, de no sentirse más importante. Es muy triste cuando uno ve a un sacerdote o a un consagrado, una consagrada, que en su casa hablaba el dialecto o hablaba otra lengua, una de esas nobles lenguas antiguas que tienen los pueblos –Ecuador cuántas tiene–, y es muy triste cuando se olvidan de la lengua, es muy triste cuando no la quieren hablar. Eso significa que se olvidaron de dónde los sacaron. No se olviden de eso, pidan esa gracia de la memoria, y esos son los dos principios que quisiera marcar.

Y esos dos principios, si los viven –pero todos los días, es un trabajo de todos los días, todas las noches recordar esos dos principios y pedir la gracia–, esos dos principios, si los viven, les van a dar en la vida, los van a hacer vivir con dos actitudes.

Primero, el servicio. Dios me eligió, me sacó ¿para qué? Para servir. Y el servicio que me es peculiar a mí. No, que tengo mi tiempo, que tengo mis cosas, que tengo esto, que no, que ya cierro el despacho, que esto, que si tendría que ir a bendecir las casas pero… no, estoy cansado o… hoy pasan una telenovela linda por televisión y entonces –para las monjitas–, y entonces: Servicio, servir, servir, y no hacer otra cosa, y servir cuando estamos cansados y servir cuando la gente nos harta.

Me decía un viejo cura, que fue toda su vida profesor en colegios y universidad, enseñaba literatura, letras, un genio… Cuando se jubiló le pidió al provincial que lo mandara a un barrio pobre, a un barrio… de esos barrios que se forman de gente que viene, que emigran buscando trabajo, gente muy sencilla. Y este religioso una vez por semana iba a su comunidad y hablaba; era muy inteligente. Y la comunidad era una comunidad de facultad de teología; hablaba con los otros curas de teología al mismo nivel, pero un día le dice a uno: “Ustedes que son… ¿Quién da el tratado de Iglesia aquí? El profesor levanta la mano: “yo”. “Te faltan dos tesis”. “¿Cuáles?”. “El santo Pueblo fiel de Dios es esencialmente olímpico, o sea, hace lo que quiere, y ontológicamente hartante”. Y eso tiene mucha sabiduría, porque quien va por el camino del servir tiene que dejarse hartar sin perder la paciencia, porque está al servicio, ningún momento le pertenece, ningún momento le pertenece. Estoy para servir, servir en lo que debo hacer, servir delante del sagrario, pidiendo por mi pueblo, pidiendo por mi trabajo, por la gente que Dios me ha encomendado.

Servicio, mezclálo con lo de gratuidad y entonces… aquello de Jesús: “Lo que recibiste gratis dalo gratis”. Por favor, por favor, no cobren la gracia; por favor, que nuestra pastoral sea gratuita. Y es tan feo cuando uno va perdiendo este sentido de gratuidad y se transforma en… Sí, hace cosas buenas, pero ha perdido eso.

Y lo segundo, la segunda actitud que se ve en un consagrado, una consagrada, un sacerdote que vive esta gratuidad y esta memoria –estos dos principios que dije al principio, gratuidad y memoria– es el gozo y la alegría. Y es un regalo de Jesús, ese, y es un regalo que Él da, que Él nos da si se lo pedimos y si no nos olvidamos de esas dos columnas de nuestra vida sacerdotal o religiosa, que son el sentido de gratuidad, renovado todos los días, y no perder la memoria de dónde nos sacaron.

Yo les deseo esto. Sí, Padre, usted nos habló que quizás la receta de nuestro pueblo era… somos así por lo del Sagrado Corazón. Sí, es verdad eso, pero yo les propongo otra receta que está en la misma línea, en la misma del Corazón de Jesús: sentido de gratuidad. Él se hizo nada, se abajó, se humilló, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Pura gratuidad. Y sentido de la memoria… y hacemos memoria de las maravillas que hizo el Señor en nuestra vida.

Que el Señor les conceda esta gracia a todos, nos la conceda a todos los que estamos aquí, y que siga –iba a decir premiando–, siga bendiciendo a este pueblo ecuatoriano a quiene ustedes tienen que servir y son llamados a servir, lo siga bendiciendo con esa peculiaridad tan especial que yo noté desde el principio al llegar acá. Que Jesús los bendiga y la Virgen los cuide.

***

Recemos todos juntos al Padre, que nos dio todo gratuitamente, que nos mantiene la memoria de Jesús con nosotros. [Padre nuestro…] Los bendiga Dios Todopoderoso, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Y, por favor, por favor, les pido que recen por mí, porque yo también siento muchas veces la tentación de olvidarme de la gratuidad con la que Dios me eligió y de olvidarme de dónde me sacaron. Pidan por mí.

[01223-ES.01] [Texto original: Español]

 

Traduzione in lingua italiana

Buongiorno, fratelli e sorelle,

In questi due giorni, 48 ore, in cui sono stato a contatto con voi, ho notato che c’era qualcosa di particolare – scusatemi -, qualcosa di particolare nel popolo ecuadoriano. In tutti i luoghi dove vado, sempre l’accoglienza è gioiosa, contenta, cordiale, religiosa, ricca di pietà, in ogni parte. Ma qui c’era qualcosa nella religiosità, nel modo, per esempio, di chiedere la benedizione - dal più vecchio fino al “bebé”, che la prima cosa che impara è fare così – c’era qualcosa di diverso… E anch’io ho avuto la tentazione, come il Vescovo di Sucumbios, di domandare: Qual è la ricetta di questo popolo? Qual è? Ci pensavo su e pregavo… Ho chiesto a Gesù più volte nella preghiera: Che cos’ha questo popolo di diverso? E stamattina, pregando, mi si è presentata alla mente quella Consacrazione al Sacro Cuore.

Penso che devo dirvelo come un messaggio di Gesù: tutto questo che voi avete di ricchezza, di ricchezza spirituale, di religiosità, di profondità, viene dall’aver avuto il coraggio – perché sono stati momenti molto difficili – il coraggio di consacrare la nazione al Cuore di Cristo, quel Cuore divino e umano che ci ama tanto. E io vi vedo un po’ così: divini e umani. Di sicuro siete peccatori, anch’io però… Ma il Signore perdona tutto… Custodite questo! E poi, pochi anni dopo, la consacrazione al Cuore di Maria. Non dimenticate: quella consacrazione è una pietra miliare nella storia dell’Ecuador, e da quella consacrazione sento come se venisse questa grazia che voi avete, questa religiosità, questa cosa vi rende diversi.

Oggi devo parlare a voi sacerdoti, seminaristi, religiose, religiosi e dirvi qualcosa. Ho un discorso preparato… ma non ho voglia di leggere… Così lo do al presidente della conferenza dei religiosi perché lo pubblichi poi.

E pensavo alla Vergine, pensavo a Maria. Le due parole di Maria – qui mi sta mancando la memoria, non so se ne ha dette altre… -: “Si faccia in me”. Sì, certo, chiese spiegazioni sul perché era stata scelta lei, all’Angelo. Ma dice: “Si faccia in me”. E l’altra parola: “Fate quello che Lui vi dirà”. Maria non ha mai voluto essere protagonista. E’ stata discepola per tutta la vita. La prima discepola di sua Figlio. Ed era cosciente che tutto ciò che lei aveva portato era pura gratuità di Dio. Coscienza di gratuità. Per questo “si faccia”, “fate” che si manifesti la gratuità di Dio. Religiose, religiosi, sacerdoti, seminaristi, tutti i giorni ritornate, fate questo camino di ritorno alla gratuità con cui Dio vi ha scelti. Voi non avete pagato l’ingresso per entrare in seminario, per entrare nella vita religiosa. Non ve lo siete meritato. Se qualche religioso, sacerdote o seminarista o suora che c’è qui crede di esserselo meritato, alzi la mano! Tutto gratuito. E tutta la vita di un religioso, di una religiosa, di un sacerdote e di un seminarista che va per questa strada – e già che ci siamo diciamo: e dei vescovi – deve andare per questa strada della gratuità, ritornare tutti i giorni: “Signore, oggi ho fatto questo, mi è andato bene questo, ho avuto questa difficoltà… Ma tutto questo, tutto viene da Te, tutto è gratis”. La gratuità. Siamo oggetto della gratuità di Dio. Se dimentichiamo questo, lentamente ci andiamo facendo importanti. “E guardate questo, che opere sta facendo…”; “guardate, questo lo hanno fatto vescovo del tal posto importante…”; “questo lo hanno fatto monsignore”; “questo…”. e così lentamente ci allontaniamo da ciò che è la base, e da cui Maria non si allontanò mai: la gratuità di Dio. Un consiglio da fratello: tutti i giorni, magari alla sera è meglio, prima di andare a dormire, uno sguardo a Gesù e dirgli: Mi hai dato tutto gratis. E rimettersi a posto. Allora quando mi cambiano di destinazione o quando c’è una difficoltà, non protesto, perché tutto è gratis, non merito nulla! Questo ha fatto Maria.

San Giovanni Paolo II, nella Redemptoris Mater – che vi raccomando di leggere. Sì, prendetela, leggetela. Certo, san Giovanni Paolo II aveva uno stile di pensiero circolare, era professore, ma era un uomo di Dio, e dunque bisogna leggerla più volte per tirar fuori tutto il succo che contiene – dice che forse Maria – non ricordo bene la frase, sto citando, ma voglio citare il fatto – nel momento della croce, della sua fedeltà, avrebbe avuto voglia di dire: “E questo mi avevano detto che avrebbe salvato Israele! Mi hanno ingannato”. Non lo disse. Non si permise nemmeno di pensarlo, perché era la donna che sapeva che aveva ricevuto tutto gratuitamente. Consiglio di fratello e di padre: tutte le sere ricollocatevi nella gratuità. E dite: “Si faccia, grazie perché ogni cosa me l’hai data Tu”.

Una seconda cosa che vorrei dirvi è di conservare la salute, ma soprattutto aver cura di non cadere in una malattia, una malattia che è abbastanza pericolosa, o molto pericolosa per quelli che il Signore ha chiamato gratuitamente a seguirlo e a servirlo. Non cadete nell’“alzheimer spirituale”, non perdete la memoria, soprattutto la memoria del posto da cui siete stati tratti. Quella scena del profeta Samuele, quando viene mandato a ungere il re di Israele. Va a Betlemme, alla casa di un signore che si chiama Jesse, che ha sette o otto figli, non so, e Dio gli dice che tra quei figli si trova il re. E chiaramente, li vede e dice: “Dev’essere questo”, perché il maggiore era grande, alto, prestante, sembrava coraggioso… E Dio gli dice: “No, non è lui”. Lo sguardo di Dio è diverso da quello degli uomini. E così fa passare tutti i figli e Dio gli dice: “No, non è”. Il profeta si trova a non saper che fare, e allora domanda al padre: “Non ne hai altri?” . E gli risponde: “Sì, c’è il più piccolo, là, a pascolare le capre e le pecore”. “Fallo chiamare”. E arriva il ragazzino, che poteva avere 17, 18 anni, non so, e Dio gli dice: “E’ lui”. Lo hanno preso da dietro il gregge. E un altro profeta, quando Dio gli dice di fare certe cose come profeta: “Ma chi sono io se mi hanno preso da dietro il gregge?”. Non dimenticatevi da dove siete stati tratti. Non rinnegate le radici!

San Paolo si vede che intuiva questo pericolo di perdere la memoria e al suo figlio più amato, il vescovo Timoteo, che aveva ordinato, dà consigli pastorali, ma ce n’è uno che tocca il cuore: “Non dimenticarti della fede che avevano tua nonna e tua madre!”, cioè: “Non dimenticarti da dove sei stato tratto, non dimenticarti delle tue radici, non sentirti promosso!”. La gratuità è una grazia che non può convivere con la promozione, e quando un sacerdote, un seminarista, un religioso, una religiosa entra “in carriera” – intendo in carriera umana –, incomincia ad ammalarsi di alzheimer spirituale e comincia a perdere la memoria del posto da cui è stato tratto.

Due principi per voi sacerdote, consacrati e consacrate: tutti i giorni rinnovate il sentimento che tutto è gratis, il sentimento di gratuità della elezione di ognuno di voi – nessuno di noi la merita – e chiedete la grazia di non perdere la memoria, di non sentirsi più importante. E’ molto triste quando si vede un sacerdote o un consacrato, una consacrata, che a casa sua parlava in dialetto, o parlava un’altra lingua, una di queste nobili lingue antiche che hanno i popoli – quante ne ha l’Ecuador! – ed è molto triste quando si dimenticano della lingua, è molto triste quando non la vogliono parlare. Questo significa che si sono dimenticati del posto da dove sono stati tratti. Non dimenticate questo. Chiedete la grazia della memoria. E questi sono i due principi che volevo sottolineare.

E questi due principi, se li vivete – ma tutti i giorni, è un lavoro di tutti i giorni, tutte le sere ricordare quei due principi e chiedere la grazia – questi due principi, se li vivete, vi daranno, nella vita, vi faranno vivere con due atteggiamenti.

Primo, il servizio. Dio mi ha scelto, mi ha tratto, perché? Per servire. E il servizio che è peculiare a me. Non che: “ho il mio tempo”, “ho le mie cose”, “ho questo…”, “no, ormai chiudo il negozio”, “sì, dovrei andare a benedire le case ma… sono stanco… oggi c’è una bella telenovela alla televisione, e allora…” – per le suore! –. Dunque: servizio, servire, servire. E non fare altre cose, e servire quando siamo stanchi e servire quando la gente ci dà fastidio.

Mi diceva un vecchio prete, che fu per tutta la vita professore in scuole e università, insegnava letteratura, lettere – un genio –, quando andò in pensione chiede al provinciale che lo mandasse in un quartiere povero, di quei quartieri che si formano con la gente che viene, che emigrano cercando lavoro, gente molto semplice. E questo religioso una volta alla settimana andava nella sua comunità e parlava, era molto intelligente; e la comunità era una comunità di facoltà di teologia; parlava con gli altri preti di teologia allo stesso livello, ma un giorno dice a uno: “Voi che siete… Chi insegna il trattato sulla Chiesa qui?”. Il professore alza la mano: “Io”. “Ti mancano due tesi”. “Quali?” “Il santo Popolo fedele di Dio è essenzialmente olimpico – cioè fa quello che vuole – e ontologicamente molesto”. E questo contiene molta sapienza, perché chi prende la strada del servizio deve lasciarsi molestare senza perdere la pazienza, perché è al servizio, nessun momento gli appartiene, nessun momento gli appartiene. Sono qui per servire: servire in ciò che devo fare, servire davanti al Tabernacolo, pregando per il mio popolo, pregando per il mio lavoro, per la gente che Dio mi ha affidato.

Servizio. Mescolalo con la gratuità, e allora… ciò che dice Gesù: “Quello che hai ricevuto gratis, dallo gratis”. Per favore, per favore! Non commerciate la grazia! Per favore, la nostra pastorale sia gratuita. Ed è così brutto quando uno perde questo senso di gratuità e diventa… Sì, fa cose buone, però ha perso questo.

E il secondo, il secondo atteggiamento che si vede in un consacrato, una consacrata, un sacerdote che vive questa gratuità e questa memoria – questi due principi che ho detto all’inizio, gratuità e memoria, è la gioia, l’allegria. E’ un regalo di Gesù, questo, ed è un regalo che Lui dà se glielo chiediamo, e se non ci dimentichiamo di queste due colonne della nostra vita sacerdotale o religiosa, che sono appunto il senso di gratuità, rinnovato tutti i giorni, e il non perdere la memoria del posto da cui siamo stati tratti.

Questo io vi auguro. “Sì, Padre, Lei ci ha detto che forse la ricetta del nostro popolo era quella: siamo così grazie al Sacro Cuore”. Sì, certo, ma io vi propongo un’altra ricetta nella stessa linea, nella direzione del Cuore di Gesù: senso di gratuità. Lui si fece nulla, si abbassò, si umiliò, si fece povero per arricchirci con la sua povertà. Pura gratuità. E senso della memoria: facciamo memoria delle meraviglie che il Signore ha compiuto nella nostra vita.

Che il Signore conceda questa grazia a tutti voi, la conceda a tutti noi qui presenti, e che continui – stavo per dire “a premiare” –, continui a benedire questo popolo ecuadoriano, che voi dovete servire, che voi siete chiamati a servire, lo continui a benedire con questa peculiarità così speciale che ho notato da subito quando sono arrivato qui. Che Gesù vi benedica, e che la Vergine vi protegga.

* * *

Preghiamo tutti insieme il Padre, che ci ha dato tutto gratuitamente, che mantiene viva in noi la memoria di Gesù. [Padre nostro…] [Benedizione] E per favore, per favore, vi chiedo di pregare per me, perché anch’io sento tante volte la tentazione di dimenticarmi della gratuità con la quale Dio mi ha scelto e di dimenticarmi del posto da cui sono stato tratto. Pregate per me!

[01223-IT.01] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

Good morning, dear brothers and sisters,

In these days, during these last forty-eight hours I have had with you, I have noticed that there is something peculiar, forgive me, something different about the Ecuadorian people. Everywhere I go, I receive a really joyful, warm and prayerful welcome; everywhere. But here I see real piety in the way, for example, a blessing is sought from the eldest right down to the “wawa”, and that it is the first thing you learn to do. There was something quite unique which I also was tempted to ask along with the Bishop of Sucumbios: “What is the recipe of this people?” What is it? I gave this a lot of thought and prayed about it; I asked Jesus several times in prayer: “What is it that is so distinctive about this people? And this morning, praying about it, I was struck by the consecration to the Sacred Heart of Jesus.

I think I should offer this to you as a message from Jesus: all this richness that you have, the spiritual richness of piety and great depth, has come about because of the courage you have shown in very difficult moments when the nation was consecrated to the Heart of Christ, that human and divine Heart which loves us so dearly. And I notice it in this sense: divine and human. Yes you are sinners, as am I… but the Lord forgives everything… treasure this! Years later came the consecration to the Heart of Mary. Do not forget: that consecration is a milestone in the history of Ecuador’s people. I see that you have received this grace from such a consecration, the grace of piety that makes you unique.

Today I wish to speak to the priests, seminarians, and men and women religious, and offer them some thoughts. I do have some words prepared, but I don’t really feel like reading. So I will give that text to the President of the Conference of Religious so that it can be published.

I thought of the Blessed Virgin, I thought of Mary. Two phrases used by Mary, and here my memory fails me as I do not know if she added more: “Let it be done to me”; true, she asked the angel for an explanation of why she had been chosen, but she nevertheless says, “Let it be done to me”. And the second phrase, “Do whatever he tells you”. Mary did not want to stand out. She was a disciple all her life. She was the first disciple of her son. She was conscious that all she had brought forth was pure gratuitousness on God’s part. She was conscious of God’s gratuitousness. This is why these words, “let it be done” and “do whatever he tells you” point to the gratuitousness of God. Women and men religious, priests and seminarians, I ask you to retrace your steps back to the time God gratuitously chose you. You did not buy a ticket to enter the seminary, to enter consecrated life. You were not worthy. If some religious brother, priest, seminarian or nun here today thinks that they merited this, raise your hands. It is all gratuitousness. And the entire life of a religious brother and sister, priest and seminarian must walk that path, and here why not add bishops as well. It is the path that leads to gratuitousness, the path we must follow each day: “Lord, today I did this, I did this thing well, I had this difficulty, all this but…all is from you, all is free gift”. That is gratuitousness. We are those who receive God’s gratuitousness. If we forget this, then slowly we begin to see ourselves as more important: “Look at these works you are doing”, or “Look at how they made this man a bishop of such and such a place… how important”, or “this man they made a Monsignor”, and so on. With this way of thinking we gradually move away from what is fundamental, what Mary never moved away from: God’s gratuitousness. Permit me as a brother to offer you some advice: every day, perhaps night time is better, before going to sleep, look at Jesus and say to him: “All you have given me is a free gift”, and then go back to what you were doing. As a result, then, when I am asked to move or when there is some difficulty, I do not complain, because everything is free gift, I merit nothing. This is what Mary did.

Saint John Paul II, in Redemptoris Mater, which I would recommend you read, absorb and read again, had a rounded way of thinking; he was a teacher, but he was a man of God. For this reason the text has to be read again and again in order to gain the full benefit of its richness. He says, and I do not remember the exact phrase, that when Mary’s faithfulness experienced the greatest trial, she might have wanted to say, “And they told me he was going to save Israel! I was cheated!” But she did not say this. She did not allow herself to think like that, because she was the woman who knew that she had received everything freely. So my advice as a brother and a father is this: remember this gratuitousness every evening. “Let it be done; thank you, because everything has been given to me by you”.

A second thing that I would like to tell you is to take care of your health, but above all, take care not to fall into that illness which can dangerous, to a lesser or greater degree, for those called freely by the Lord to follow and serve him. Do not fall into spiritual Alzheimer’s, that is, do not forget your memories, especially the memory of where you were taken from. The scene comes to mind when the Prophet Samuel is sent to anoint the king of Israel. He goes to Bethlehem, to the home of a man named Jesse who has seven or eight children, I am not sure of the number, and God tells him that among them there is one who will be king. Naturally, Samuel sees them and says, “It must be the eldest one” for he was tall, great in stature, well built, and seemed brave… But the Lord says, “No, it is not him”. God’s way of seeing is different from the way we see. And so he looks at each of the sons in turn, and says, ‘No, not him’.” The prophet realizes that he does not know what to do, and so asks the father of the family: “Do you not have any other sons?”. Jesse replies, “Yes, there is the youngest son who is tending the sheep”. Samuel said, “Send for him”, and he came, just a boy, probably seventeen or eighteen years old, and God says to Jesse: “This is the one”. He was taken from the back of the flock. And another prophet, when God told him to act as a prophet, replied: “But who am ? One who has been taken out of the remotest part of the sheepfold”. The moral is never to forget where you have been brought from. Never forget your roots.

Saint Paul clearly understood the danger of forgetting one’s memory. To his beloved son, the bishop Timothy, whom he ordained, Paul offered some pastoral advice; one particular piece touched Timothy’s heart: “Do not forget the faith that your grandmother and mother had”, that is to say, “Do not forget from where you were taken, do not forget your roots, do not consider yourself to have been promoted”. Gratuitousness is a grace that cannot exist side by side with promotion, and when a priest, seminarian, religious brother or sister embarks on a career, and I am not saying a human career is evil, then they become ill with spiritual Alzheimer’s and they begin to forget where they were taken from.

Two principles for you who are priests and consecrated persons: every day renew the conviction that everything is a gift, the conviction that your being chosen is gratuitousness – we do not merit it – and every day ask for the grace not to forget your memories, and not to fall into self-importance. It is really sad when we see a priest or consecrated person who used to speak in his or her dialect at home, or in another language like those ancient languages – and how many does Ecuador have – it is so sad when they forget that first language, so sad when they choose not to speak it. What this means is that they have forgotten where they have come from, where they have been taken from. Do not forget this, and ask for the grace to keep your memories alive: these are the two principles I wish to emphasize.

And these two principles, if you live them each day – which entails a daily effort to remember these two principles and to ask for grace – then those two principles, when lived, will bring you life, will help you live with two attitudes. The first is service. God chose me, he took me to himself, but why? In order to serve; and a service which is particular to me and my circumstances. It is not about having my time, having my things, I have this to do, I have to close the office, I have to bless a house, but I am tired, or there is a good soap opera on television; I say this with nuns in mind… No, it is none of these but rather it is service, to serve, to serve and nothing else, and to serve when we are tired, and to serve when people tire us.

An elderly priest told me that he had been a teacher all his life at colleges and university. He taught literature, the arts. He was a genius. When he retired he asked the Provincial to move him to a poor area, where people come and go, seeking work. In short, good, simple people. Once a week this religious priest went back to his community and spoke to them; he really was quite intelligent. And the community was made up of professors from the theology faculty; he spoke to his brother priests about theology, at their level. But one day he said to one of them, “You who are… Who teaches the course on the Church?” One professor raised his arm and said, “I do”. The elderly priest said, “You’re missing two arguments”. “Which ones?” the professor replied. “The holy, faithful People of God is essentially Olympian, that is to say, it does what it wants, and is ontologically tiring”. These words reveal much wisdom because the person who follows the path of service must allow themselves to be tired out, without losing patience in the name of service. No moment belongs to us. I am here to serve, to serve in the things I am called to do, to serve before the Blessed Sacrament, asking for my people, praying for my work, for the people that God has entrusted to my care.

Service, if combined with gratuitousness leads to… those words of Jesus: “What you have received freely, give freely”. Please, please, don’t put a charge on grace; please, let our pastoral works be free. It is so repulsive when one loses this sense of gratuitousness and is transformed into… yes, a doer of good deeds but one who loses the sense of freely giving.

The second attitude seen in a consecrated man or woman, seen in a priest who lives this gratuitousness and shows the ability to recall the past (those principles which I spoke of earlier, gratuitousness and memory), is joy and pleasure. It is a gift of Jesus, a gift which he gives if we ask for it and if we do not forget those pillars of our priestly or consecrated spiritual, namely the sense of gratuitousness renewed daily and the ability not to forget from where we were taken.

I desire this for you. “Yes, Father, you have spoken to us of a recipe that works for our people… we are like this because of the Sacred Heart”. Yes, this is true, but I propose to you another recipe which is on the same lines, existing in the heart of Jesus: the sense of gratuitousness. He did nothing, he humbled himself, he became poor in order to enrich us by his poverty. Pure gift. And the sense of memory… we recall the memories of the marvels that the Lord has done for us in our lives.

May the Lord grant this grace to everyone, may he grant it to all of us who are here, and may he continue – I was going to say precede us – blessing this Ecuadorian people whom you must serve and are called to serve; may he continue to bless you with that particular characteristic which I noticed as I arrived here. May the Lord bless you and the Blessed Virgin protect you.

* * *

Let us now pray to the Father, who gave us everything freely, and who keeps alive in us the memory of Jesus. [Our Father…] And May Almighty God bless you, the Father, the Son and the Holy Spirit. And please, please, I ask you to pray for me because I too am often tempted to forget the gratuitousness with which God chose me, and to forget where I have been taken from. Pray for me.

[01223-EN.01] [Original text: Spanish]

 

Discorso preparato dal Santo Padre

Testo in lingua spagnola

Traduzione in lingua italiana

Traduzione in lingua inglese

Testo in lingua spagnola

Queridos hermanos y hermanas:

Traigo a los pies de Nuestra Señora de Quinche lo vivido en estos días de mi visita; quiero dejar en su corazón a los ancianos y enfermos con los que he compartido un momento en la casa de las Hermanas de la Caridad, y también todos los otros encuentros que he tenido con anterioridad. Los dejo en el corazón de María, pero también los deposito en el corazón de ustedes: sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas, para que llamados a trabajar en la viña del Señor, sean custodios de todo lo que este pueblo de Ecuador vive, llora y se alegra.

Doy gracias a Mons. Lazzari, al Padre Mina y a la hermana Sandoval por sus palabras, que me dan pie para compartir con todos ustedes algunas cosas en la común solicitud por el Pueblo de Dios.

En el Evangelio, el Señor nos invita a aceptar la misión sin poner condiciones. Es un mensaje importante que no conviene olvidar, y que en este Santuario dedicado a la Virgen de la Presentación resuena con un acento especial. María es ejemplo de discípula para nosotros que, como ella, hemos recibido una vocación. Su respuesta confiada: «Hágase en mí según tu Palabra», nos recuerda sus palabras en las bodas de Caná: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). Su ejemplo es una invitación a servir como ella.

En la Presentación de la Virgen podemos encontrar algunas sugerencias para nuestro propio llamado. La Virgen Niña fue un regalo de Dios para sus padres y para todo el pueblo, que esperaba la liberación. Es un hecho que se repite frecuentemente en la Escritura: Dios responde al clamor de su pueblo, enviando un niño, débil, destinado a traer la salvación y, que al mismo tiempo, restaura la esperanza de unos padres ancianos. La palabra de Dios nos dice que en la historia de Israel, los jueces, los profetas, los reyes son un regalo del Señor para hacer llegar su ternura y su misericordia a su pueblo. Son signo de la gratuidad de Dios: es Él quien los ha elegido, escogido y destinado. Esto nos aleja de la autoreferencialidad, nos hace comprender que ya no nos pertenecemos, que nuestra vocación nos pide alejarnos de todo egoísmo, de toda búsqueda de lucro material o compensación afectiva, como nos ha dicho el Evangelio. No somos mercenarios, sino servidores; no hemos venido a ser servidos, sino a servir y lo hacemos en el pleno desprendimiento, sin bastón y sin morral.

Algunas tradiciones sobre la advocación de Nuestra Señora de Quinche nos dice que Diego de Robles confeccionó la imagen por encargo de los indígenas Lumbicí. Diego no lo hacía por piedad, lo hacía por un beneficio económico. Como no pudieron pagarle, la llevó a Oyacachi y la cambió por tablas de cedro. Pero Diego se negó al pedido de ese pueblo para que le hiciera también un altar a la imagen, hasta que, cayéndose del caballo, se encontró en peligro y sintió la protección de la Virgen. Volvió al pueblo e hizo el pie de la imagen. También todos nosotros hemos hecho experiencia de un Dios que nos sale al cruce, que en nuestra realidad de caídos, derrumbados, nos llama. ¡Que la vanagloria y la mundanidad no nos hagan olvidar de dónde Dios nos ha rescatado!, ¡que María de Quinche nos haga bajar de los lugares de ambiciones, intereses egoístas, cuidados excesivos de nosotros mismos!

La «autoridad» que los apóstoles reciben de Jesús no es para su propio beneficio: nuestros dones son para renovar y edificar la Iglesia. No se nieguen a compartir, no se resistan a dar, no se encierren en la comodidad, sean manantiales que desbordan y refrescan, especialmente a los oprimidos por el pecado, la desilusión, el rencor (cf. Evangelii gaudium 272).

El segundo trazo que me evoca la Presentación de la Virgen es la perseverancia. En la sugestiva iconografía mariana de esta fiesta, la Virgen niña se aleja de sus padres subiendo las escaleras del Templo. María no mira atrás y, en una clara referencia a la admonición evangélica, marcha decidida hacia delante. Nosotros, como los discípulos en el Evangelio, también nos ponemos en camino para llevar a cada pueblo y lugar la buena noticia de Jesús. Perseverancia en la misión implica no andar cambiando de casa en casa, buscando donde nos traten mejor, donde haya más medios y comodidades. Supone unir nuestra suerte con la de Jesús hasta el final. Algunos relatos de las apariciones de la Virgen de Quinche nos dicen que una “señora con un niño en brazos” visitó varias tardes seguidas a los indígenas de Oyacachi cuando éstos se refugiaban del acoso de los osos. Varias veces fue María al encuentro de sus hijos; ellos no le creían, desconfiaban de esta señora, pero les admiró su perseverancia de volver cada tarde al caer el sol. Perseverar aunque nos rechacen, aunque se haga la noche y crezcan el desconcierto y los peligros. Perseverar en este esfuerzo sabiendo que no estamos solos, que es el Pueblo Santo de Dios que camina.

De algún modo, en la imagen de la Virgen niña subiendo al Templo, podemos ver a la Iglesia que acompaña al discípulo misionero. Junto a ella están sus padres, que le han transmitido la memoria de la fe y ahora generosamente la ofrecen al Señor para que pueda seguir su camino; está su comunidad representada en el «séquito de vírgenes», «sus compañeras», con las lámparas encendidas (cf. Sal 44,15) y, en las que los Padres de la Iglesia, ven una profecía de todos los que, imitando a María, buscan con sinceridad ser amigos de Dios, y están los sacerdotes que la esperan para recibirla y que nos recuerdan que en la Iglesia los pastores tienen la responsabilidad de acoger con ternura y ayudar a discernir cada espíritu y cada llamado.

Caminemos juntos, sosteniéndonos unos a otros y pidamos con humildad el don de la perseverancia en su servicio.

Nuestra Señora del Quinche fue ocasión de encuentro, de comunión, para este lugar que desde tiempos del incario se había constituido en un asentamiento multiétnico. ¡Qué lindo es cuando la iglesia persevera en su esfuerzo por ser casa y escuela de comunión, cuando generamos esto que me gusta llamar la cultura del encuentro!

La imagen de la Presentación nos dice que una vez bendecida por los sacerdotes, la Virgen niña se sentó en las gradas del altar y bailó sobre sus pies. Pienso en la alegría que se expresa en las imágenes del banquete de las bodas, de los amigos del novio, de la esposa adornada con sus joyas. Es la alegría de quien ha descubierto un tesoro y lo ha dejado todo por conseguirlo. Encontrar al Señor, vivir en su casa, participar de su intimidad, compromete a anunciar el Reino y llevar la salvación a todos. Atravesar los umbrales del Templo exige convertirnos como María en templos del Señor y ponernos en camino para llevarlo a los hermanos. La Virgen, como primera discípula misionera, después del anuncio del Ángel, partió sin demora a un pueblo de Judá para compartir este inmenso gozo, el mismo que hizo saltar a san Juan Bautista en el seno de su madre. Quien escucha su voz «salta de gozo» y se convierte a su vez en pregonero de su alegría. La alegría de evangelizar mueve a la Iglesia, la hace salir, como a María.

Si bien son múltiples las razones que se argumentan para el traslado del santuario desde Oyacachi a este lugar, me quedo con una: «aquí es y ha sido más accesible, más fácil para estar cerca de todos». Así lo entendió el Arzobispo de Quito, Fray Luis López de Solís, cuando mandó edificar un Santuario capaz de convocar y acoger a todos. Una iglesia en salida es una iglesia que se acerca, que se allana para no estar distante, que sale de su comodidad y se atreve a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del evangelio (cf. Evangelii gaudium 20).

Volveremos ahora a nuestras tareas, interpelados por el Santo Pueblo que nos ha sido confiado. Entre ellas, no olvidemos cuidar, animar y educar la devoción popular que palpamos en este santuario y tan extendida en muchos países latinoamericanos. El pueblo fiel ha sabido expresar la fe con su propio lenguaje, manifestar sus más hondos sentimientos de dolor, duda, gozo, fracaso, agradecimiento con diversas formas de piedad: procesiones, velas, flores, cantos que se convierten en una bella expresión de confianza en el Señor y de amor a su Madre, que es también la nuestra.

En Quinche, la historia de los hombres y la historia de Dios confluyen en la historia de una mujer, María. Y en una casa, nuestra casa, la hermana madre tierra. Las tradiciones de esta advocación evocan a los cedros, los osos, la hendidura en la piedra que fuera aquí la primera casa de la Madre de Dios. Nos hablan en el ayer de pájaros que rodearon el lugar, y en el hoy de flores que engalanan los alrededores. Los orígenes de esta devoción nos llevan a tiempos donde era más sencilla «la serena armonía con la creación... contemplar al Creador que vive entre nosotros y en lo que nos rodea y cuya presencia no hace falta fabricar» (Laudato si’ 225) y que se nos devela en el mundo creado, en su Hijo amado, en la Eucaristía que permite a los cristianos sentirse miembros vivos de la Iglesia y participar activamente en su misión (cf. Aparecida, 264), en Nuestra Señora del Quinche, que acompañó desde aquí los albores del primer anuncio de la fe a los pueblos indígenas.

A ella encomendemos nuestra vocación; que ella nos haga regalo para nuestro pueblo, que ella nos dé la perseverancia en la entrega y la alegría de salir a llevar el Evangelio de su hijo Jesús –unidos a nuestros pastores– hasta los confines, hasta las periferias de nuestro querido Ecuador.

[01170-ES.01] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

Cari fratelli e sorelle,

porto ai piedi di Nostra Signora del Quinche quanto vissuto in questi giorni della mia visita; desidero affidare al suo cuore gli anziani e gli infermi, con i quali ho condiviso un momento presso la casa delle Sorelle della Carità, e anche tutti gli altri incontri che ho avuto in precedenza. Li lascio nel cuore di Maria, ma li deposito anche nei cuori di voi sacerdoti, religiosi e religiose, seminaristi, affinché, chiamati a lavorare nella vigna del Signore, siate custodi di tutto quanto questo popolo dell’Ecuador vive, soffre e gioisce.

Ringrazio Mons. Lazzari, il Padre Mina e la sorella Sandoval per le loro parole, che mi danno lo spunto per condividere con tutti voi alcune cose nella comune sollecitudine per il Popolo di Dio.

Nel Vangelo, il Signore ci invita ad accogliere la missione senza porre condizioni. È un messaggio importante che non è bene dimenticare e che, in questo Santuario dedicato alla Vergine della Presentazione, risuona con un accento particolare. Maria è un esempio di discepola per noi che, come lei, abbiamo ricevuto una vocazione. La sua risposata fiduciosa: «Avvenga per me secondo la tua Parola» (Lc 1,38), ci ricorda le sue parole alle nozze di Cana: «Qualsiasi cosa vi dica fatela» (Gv 2,5). Il suo esempio è un invito a servire come lei.

Nella Presentazione della Vergine possiamo trovare alcuni suggerimenti per la chiamata di ognuno di noi. La Vergine Bambina è stata un dono di Dio per i suoi genitori e per tutto il popolo che aspettava la liberazione. È un fatto che si ripete frequentemente nella Scrittura: Dio risponde al grido del suo popolo, inviando un bambino, debole, destinato a portare la salvezza e che, allo stesso tempo, rinnova la speranza dei genitori anziani. La parola di Dio ci dice che nella storia di Israele i giudici, i profeti, i re sono un dono del Signore per far giungere la sua tenerezza e la sua misericordia al suo popolo. Sono segno della gratuità di Dio: è Lui che li ha eletti, scelti e inviati. Questo ci libera dall’autoreferenzialità, ci fa comprendere che non ci apparteniamo più, che la nostra vocazione ci chiede di rinunciare ad ogni egoismo, ad ogni ricerca di guadagno materiale o di compensazione affettiva, come ci ha detto il Vangelo. Non siamo mercenari, ma servitori; non siamo venuti per essere serviti, ma per servire e lo facciamo con pieno distacco, senza bastone e senza bisaccia.

Alcune tradizioni concernenti il titolo di Nostra Signora del Quinche ci dicono che Diego de Robles realizzò l’immagine su incarico degli indigeni Lumbicí. Diego non lo faceva per devozione, lo faceva per un beneficio economico. Dato che non poterono pagarlo, la portò a Oyacachi e la barattò per delle tavole di cedro. Diego inoltre non accolse la richiesta di quella gente di fare anche un altare all’immagine, finché, cadendo da cavallo, si trovò in pericolo e sentì la protezione della Vergine. Ritornò al villaggio e fece il piedistallo dell’immagine. Anche ciascuno di noi ha fatto l’esperienza di un Dio che ci viene incontro all’incrocio, che nella nostra condizione di persone cadute, abbattute, ci chiama. Che la vanagloria e la mondanità non ci facciano dimenticare da dove Dio ci ha riscattati!, che Maria del Quinche ci faccia scendere dalle nostre ambizioni, dai nostri interessi egoistici, dalle eccessive attenzioni verso noi stessi!

L’«autorità» che gli apostoli ricevono da Gesù non è per il loro vantaggio: i nostri doni sono destinati a rinnovare e edificare la Chiesa. Non rifiutate di condividere, non fate resistenza a dare, non rinchiudetevi nella comodità, siate sorgenti che tracimano e rinfrescano, specialmente gli oppressi dal peccato, dalla delusione, dal rancore (cfr Esort. ap. Evangelii gaudium, 272).

Il secondo punto che mi richiama la Presentazione della Vergine è la perseveranza. Nella suggestiva iconografia mariana di questa festa, la Vergine Bambina si allontana dai suoi genitori salendo la scalinata del tempio. Maria non guarda indietro e, con chiaro riferimento al monito evangelico, cammina decisa in avanti. Anche noi, come i discepoli nel Vangelo, ci mettiamo in cammino per portare ad ogni popolo e luogo la Buona Notizia di Gesù. Perseveranza nella missione significa non andare girando di casa in casa, cercando dove ci trattino meglio, dove ci siano più mezzi e comodità. Richiede di unire la nostra sorte a quella di Gesù sino alla fine. Alcune relazioni delle apparizioni della Vergine del Quinche ci dicono che una “signora con un bambino in braccio” visitò per alcuni pomeriggi di seguito gli indigeni di Oyacachi quando questi cercavano rifugio dagli assalti degli orsi. Varie volte Maria andò incontro ai suoi figli; loro non le credevano, dubitavano di questa signora, però restarono ammirati dalla sua perseveranza nel ritornare ogni pomeriggio al calar del sole. Perseverare, anche se ci respingono, anche se viene la notte e crescono lo smarrimento e i pericoli. Perseverare in questo sforzo, sapendo che non siamo soli, che è il Popolo Santo di Dio che cammina.

In qualche modo, nell’immagine della Vergine bambina che sale al Tempio, possiamo vedere la Chiesa che accompagna il discepolo missionario. Insieme a lei ci sono i suoi genitori, che le hanno trasmesso la memoria della fede e ora generosamente la offrono al Signore perché possa continuare la sua strada; c’è la sua comunità rappresentata nel “seguito delle vergini”, nelle “sue compagne”, con le lampade accese (cfr Sal 44,15) e nelle quali i Padri della Chiesa vedono una profezia di tutti quelli che, imitando Maria, cercano con sincerità di essere amici di Dio, e ci sono i sacerdoti che la aspettano per riceverla e che ci ricordano che nella Chiesa i pastori hanno la responsabilità di accogliere con tenerezza e di aiutare a discernere ogni spirito e ogni chiamata.

Camminiamo uniti, sostenendoci gli uni gli altri, e chiediamo con umiltà il dono della perseveranza nel suo servizio.

Nostra Signora del Quinche è stata occasione di incontro, di comunione, per questo luogo che dai tempi dell’Impero Inca si era costituito come un insediamento multietnico. Com’è bello quando la Chiesa persevera nel suo sforzo per essere casa e scuola di comunione, quando generiamo quello che mi piace definire la cultura dell’incontro!

L’immagine della Presentazione ci dice che, una volta benedetta dai sacerdoti, la Vergine bambina si sedette sui gradini dell’altare e poi, alzatasi in piedi, danzò. Penso alla gioia che si esprime nelle immagini del banchetto di nozze, degli amici dello sposo, della sposa adornata con i suoi gioielli. È la gioia di chi ha scoperto un tesoro e ha lasciato tutto per averlo. Incontrare il Signore, vivere nella sua casa, partecipare alla sua intimità, impegna all’annuncio del Regno e a portare la salvezza a tutti. Attraversare le soglie del Tempio esige di trasformarci come Maria in templi del Signore e metterci in cammino per portarlo ai fratelli. La Vergine, come prima discepola missionaria, dopo l’annuncio dell’Angelo, partì senza indugio verso un villaggio della Giudea, per condividere questa immensa esultanza, la stessa che fece sussultare san Giovanni Battista nel grembo di sua madre. Chi ascolta la sua voce “sussulta di gioia” e diventa a sua volta predicatore della sua gioia. La gioia di evangelizzare muove la Chiesa, la fa uscire, come Maria.

Anche se sono molte le ragioni che si considerano per il trasferimento del santuario da Oyacachi a questo luogo, mi fermo su una in particolare: “Qui è ed è stato più accessibile, è più comodo e vicino a tutti”. Così ha inteso l’Arcivescovo di Quito, Fra Luis López de Solís, quando ordinò di edificare un Santuario capace di convocare e accogliere tutti. Una Chiesa in uscita è una Chiesa che si avvicina, che si adatta per non essere distante, che esce dalla sua comodità e ha il coraggio di raggiungere tutte le periferie che hanno bisogno della luce del Vangelo (Esort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Ritorneremo ora alle nostre responsabilità, interpellati dal santo Popolo che ci è stato affidato. Tra queste, non dimentichiamo di aver cura, di animare e di educare la devozione popolare che si tocca con mano in questo Santuario ed è tanto diffusa in molti Paesi latinoamericani. Il popolo fedele ha saputo esprimere la fede col proprio linguaggio, manifestare i suoi più profondi sentimenti di dolore, dubbio, gioia, fallimento, gratitudine con diverse forme di pietà: processioni, veglie, fiori, canti che si trasformano in una magnifica espressione di fiducia nel Signore e di amore a sua Madre, che è anche la nostra.

A Quinche, la storia degli uomini e la storia di Dio confluiscono nella storia di una donna, Maria. E in una casa, la nostra casa, la sorella madre terra. Le tradizioni di questo titolo evocano i cedri, gli orsi, la fenditura nella roccia che qui è stata la prima casa della Madre di Dio. Ci parlano del passato di uccelli che avevano attorniato il luogo, e dell’oggi dei fiori che adornano i dintorni. Le origini di questa devozione ci portano in tempi quando era più semplice «la serena armonia con il creato […] per contemplare il Creatore, che vive tra di noi e in ciò ci circonda, e la cui presenza non deve essere costruita» (Enc. Laudato si’, 225), ma che ci si rivela nel mondo creato, nel suo Figlio amato, nell’Eucaristia che permette ai cristiani di sentirsi membra vive della Chiesa e di partecipare attivamente alla sua missione (cfr Documento di Aparecida, 264), in Nostra Signora del Quinche, che accompagnò da qui gli albori del primo annuncio della fede ai popoli indigeni. A lei affidiamo la nostra vocazione; che renda ciascuno di noi dono per il nostro popolo, che ci dia la perseveranza nell’impegno e nell’entusiasmo di uscire a portare il Vangelo di suo figlio Gesù – uniti ai nostri pastori – fino ai confini, fino alle periferie del nostro caro Ecuador.

[01170-IT.01] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua inglese

Dear Brothers and Sisters,

I place at the feet of Our Lady of Quinche the vivid experiences of my visit. I entrust to her heart the elderly and the sick whom I visited in the house of the Sisters of Charity, as well as the other meetings I have had. I entrust all of them to Mary’s heart; but at the same time I commend them to the hearts of each you, the priests, men and women religious, and seminarians. As those called to labor in the vineyard of the Lord, may you be protectors of all the experiences, the joys and sorrows of the Ecuadorian people.

I thank Bishop Lazzari, Father Mina and Sister Sandoval for their words, which lead me to share some thoughts on our common concern for God’s People.

In the Gospel, the Lord invites us to accept our mission without placing conditions. It is an important message which we must never forget. Here, in this Sanctuary dedicated to Our Lady of the Presentation, it resounds in a special way. Mary is an example of discipleship for us who, like her, have received a vocation. Her trusting response, “Be it done unto me according to your word”, reminds us of her words at the wedding feast of Cana: “Do whatever he tells you” (Jn 2:5). Her example is an invitation to serve as she served.

In the Presentation of the Virgin we find some suggestions for our own call. The child Mary was a gift from God to her parents and to all her people who were looking for liberation. This is something we see over and over again in the Scriptures. God responds to the cry of his people, sending a little child to bring salvation and to restore hope to elderly parents. The word of God tells us that, in the history of Israel, judges, prophets and kings are God’s gifts to his people, bringing them his tenderness and mercy. They are signs of God’s gratuitousness. It is he has chosen them, who personally chose them and sent them. Realizing this helps us to move beyond our self-centeredness and to understand that we no longer belong to ourselves, that our vocation calls us to let go of all selfishness, all seeking of material gain or emotional rewards, as the Gospel has told us. We are not hired workers, but servants. We have not come to be served, but to serve, and we do so with complete detachment, without walking stick or bag.

Some traditions about devotion to Our Lady of Quinche relate that Diego de Robles made the image after being commissioned by the indigenous Lumbicí people. Diego did not so this out of piety, but for economic benefit. Since the Lumbicí were unable to pay him, he brought the image to Oyacachi and exchanged it for cedar planks. But Diego ignored their earnest plea that he also make an altar for the image, until, after falling from his horse and in danger of death, he felt the protection of the Virgin Mary. So he went back to the town and built the foot of the image. All of us have had the experience of a God who brings us to the cross, who calls us in the midst of our faults and failings. May pride and worldliness not make us forget what God has rescued us from! May the Our Lady of Quinche make us leave behind ambition, selfish interests, and excessive concern about ourselves!

The “authority” which the Apostles receive from Jesus is not for their own benefit: our gifts are meant to be used to renew and build up the Church. Do not refuse to share, do not hesitate to give, do not be caught up in your own comforts, but be like a spring which spills over and refreshes others, especially those burdened by sin, disappointment and resentment (cf. Evangelii Gaudium, 272).

Something else that Our Lady’s Presentation makes me think of is perseverance. In the evocative iconography associated with this feast, the Child Mary is shown moving away from her parents as she climbs the steps of the Temple. Mary does not look back and, in a clear reference to the evangelical admonition, she moves forward with determination. We, like the disciples in the Gospel, also need to move forward as we bring to all peoples and places the Good News of Jesus. Perseverance in mission is not about going from house to house, looking for a place where we will be more comfortably welcomed. It means casting our lot with Jesus to the end. Some stories of the apparition of Our Lady of Quinche speak of “a woman with a child in her arms” who appeared on several successive evenings to the natives of Oyacachi when they were fleeing from attacks by bears. Mary kept appearing to her children, but they didn’t believe her, they didn’t trust this woman, even though they admired her perseverance in coming each evening at sunset. To persevere even though we are rejected, despite the darkness and growing uncertainty and dangers – this is what we are called to do, in the knowledge that we are not alone, that God’s Holy People walks with us.

In some sense, the image of the child Mary ascending the steps of the Temple reminds us of the Church, which accompanies and supports every missionary disciple. Mary is with her parents, who handed on to her the memory of the faith and now generously offer her to the Lord so that she can follow in his way. She is part of a community, represented by the “maiden companions” who escort her with lamps alight (cf. Ps 44:15); in those companions the Fathers of the Church saw a foreshadowing of all those who, in imitation of Mary, seek wholeheartedly to become friends of God. Finally, she is received by the waiting priests, who remind us that the Church’s pastors must welcome everyone with tender love and help to discern every spirit and every calling.

So let us walk together, helping one another, as we humbly implore the gift of perseverance in God’s service.

The apparition of Our Lady of Quinche was a moment of encounter, of communion, so that this place which from Incan times has been a place where people of various ethnicities have settled. How beautiful it is when the Church perseveres in her efforts to be a house and a school of communion, when we cultivate what I like to call “the culture of encounter”!

The image of Our Lady’s Presentation tells us that, after being blessed by the priests, the child Mary began to dance at the foot of the altar. I think of the joy expressed in the imagery of the wedding feast, of the friend of the bridegroom, of the bride bedecked with her jewels. It is the happiness of all those who have discovered a treasure and left everything behind in order to gain it. To find the Lord, to dwell in his house, to share in his life, commits us to proclaiming his Kingdom and bringing his salvation to all. Crossing the threshold of the Temple means becoming, like Mary, temples of the Lord and setting out to bring the good news to our brothers and sisters. Our Lady, as the first missionary disciple, once she had received the message of the angel, left with haste to a town of Judah to share this incredible joy, which led Saint John the Baptist to leap in his mother’s womb. The one who hears the Lord’s voice “leaps with joy” and becomes for his or her own time a herald of his joy. The joy of evangelization leads the Church to go forth, like Mary.

There are many reasons offered for the translation of the shrine from Oyacachi to this place. There is one which I find particularly convincing: “for many people, this place has always been easier to reach”. That was the idea of the Archbishop of Quito, Fray Luis López de Solís, when he ordered the building of a shrine capable of attracting and embracing everyone. A Church on the move is a Church which is close to people, overcoming obstacles, leaving its own comfort behind and daring to reach out to the peripheries which need the light of the Gospel (Evangelii Gaudium, 20).

Let us now turn to the tasks which await us, urged on by the holy people which God has entrusted to our care. Among those tasks, let us not neglect to care for, encourage and guide the popular devotions which are so powerfully felt in this holy place and which are widespread in the countries of Latin America. The faithful express the faith in their own language, and they show their deepest feelings of sadness, uncertainty, joy, failure, and thanksgiving in various devotions: processions, votive lights, flowers, and hymns. All of these are beautiful expressions of their faith in the Lord and their love for his Mother, who is also our Mother.

Here in Quinche, the story of God and man converge in the life of one woman, Mary. They come together in one home, our common home, our sister, mother earth. The traditions of this devotion speak of cedar trees, bears, the crevasse in the rock which here became the first home of the Mother of God. They speak to us of a “yesterday” when birds surrounded this place, and of a “today” of flowers which adorn its surroundings. The origins of this devotion bring us back to a time of simple and “serene harmony with creation”, when one could contemplate “the Creator who lives among us and surrounds us, whose presence ‘must not be contrived but found, uncovered’” (Laudato Si, 225). God’s presence is revealed in the created world, in his beloved Son, and in the Eucharist which enables each Christian to know him or herself as living members of the Church and an active participant in her mission (cf. Aparecida Document, 264). And it is present in Our Lady of Quinche, who from the first proclamation of the faith until our own day has accompanied the indigenous peoples. To her we entrust our vocation; may she make us a gift to our people; may she grant us perseverance in our commitment and in the joy of going forth to bring the Gospel of her Son Jesus, together with our shepherds, to the fringes, the peripheries of our beloved Ecuador.

[01170-EN.01] [Original text: Spanish]

Al termine dell’incontro, il Papa ha raggiunto in auto l’aeroporto internazionale “Mariscal Sucre” di Quito da dove è partito alla volta della Bolivia, seconda tappa del Suo Viaggio Apostolico.

[B0544-XX.03]