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Santa Messa nella Cappella della Casa Santa Marta con alcune vittime di abusi sessuali da parte di esponenti del clero, 07.07.2014


Omelia del Santo Padre

Testo in lingua italiana

Testo in lingua inglese

Testo in lingua tedesca

Testo in lingua francese

Testo in lingua portoghese

Testo in lingua polacca

 

Questa mattina alle ore 7, nella Cappella della Casa Santa Marta in Vaticano, Papa Francesco ha celebrato la Santa Messa alla quale hanno partecipato alcune persone vittime di abusi sessuali da parte di membri del clero, con alcuni famigliari e accompagnatori e con i membri della Pontificia Commissione per la Tutela dei Minori.
Nel corso della Celebrazione Eucaristica il Santo Padre ha tenuto l’omelia che riportiamo di seguito:

Omelia del Santo Padre

La imagen de Pedro viendo salir a Jesús de esa sesión de terrible interrogatorio, de Pedro que se cruza la mirada con Jesús y llora. Me viene hoy al corazón en la mirada de ustedes, de tantos hombres y mujeres, niños y niñas, siento la mirada de Jesús y pido la gracia de su llorar. La gracia de que la Iglesia llore y repare por sus hijos e hijas que han traicionado su misión, que han abusado de personas inocentes. Y hoy estoy agradecido a ustedes por haber venido hasta aquí.

Desde hace tiempo siento en el corazón el profundo dolor, sufrimiento, tanto tiempo oculto, tanto tiempo disimulado con una complicidad que no, no tiene explicación, hasta que alguien sintió que Jesús miraba, y otro lo mismo y otro lo mismo… y se animaron a sostener esa mirada.

Y esos pocos que comenzaron a llorar nos contagiaron la consciencia de este crimen y grave pecado. Esta es mi angustia y el dolor por el hecho de que algunos sacerdotes y obispos hayan violado la inocencia de menores y su propia vocación sacerdotal al abusar sexualmente de ellos. Es algo más que actos reprobables. Es como un culto sacrílego porque esos chicos y esas chicas le fueron confiados al carisma sacerdotal para llevarlos a Dios, y ellos los sacrificaron al ídolo de su concupiscencia. Profanan la imagen misma de Dios a cuya imagen hemos sido creados. La infancia, sabemos todos es un tesoro. El corazón joven, tan abierto de esperanza contempla los misterios del amor de Dios y se muestra dispuesto de una forma única a ser alimentado en la fe. Hoy el corazón de la Iglesia mira los ojos de Jesús en esos niños y niñas y quiere llorar. Pide la gracia de llorar ante los execrables actos de abuso perpetrados contra menores. Actos que han dejado cicatrices para toda la vida.

Sé que esas heridas son fuente de profunda y a menudo implacable angustia emocional y espiritual. Incluso de desesperación. Muchos de los que han sufrido esta experiencia han buscado paliativos por el camino de la adicción. Otros han experimentado trastornos en las relaciones con padres, cónyuges e hijos. El sufrimiento de las familias ha sido especialmente grave ya que el daño provocado por el abuso, afecta a estas relaciones vitales de la familia.

Algunos han sufrido incluso la terrible tragedia del suicido de un ser querido. Las muertes de estos hijos tan amados de Dios pesan en el corazón y en la conciencia mía y de toda la Iglesia. Para estas familias ofrezco mis sentimientos de amor y de dolor. Jesús torturado e interrogado con la pasión del odio es llevado a otro lugar, y mira. Mira a uno de los suyos, el que lo negó, y lo hace llorar. Pedimos esa gracia junto a la de la reparación.

Los pecados de abuso sexual contra menores por parte del clero tienen un efecto virulento en la fe y en la esperanza en Dios. Algunos se han aferrado a la fe mientras que en otros la traición y el abandono han erosionado su fe en Dios.

La presencia de ustedes, aquí, habla del milagro de la esperanza que prevalece contra la más profunda oscuridad. Sin duda es un signo de la misericordia de Dios el que hoy tengamos esta oportunidad de encontrarnos, adorar a Dios, mirarnos a los ojos y buscar la gracia de la reconciliación.

Ante Dios y su pueblo expreso mi dolor por los pecados y crímenes graves de abusos sexuales cometidos por el clero contra ustedes y humildemente pido perdón.

También les pido perdón por los pecados de omisión por parte de líderes de la Iglesia que no han respondido adecuadamente a las denuncias de abuso presentadas por familiares y por aquellos que fueron víctimas del abuso, esto lleva todavía a un sufrimiento adicional a quienes habían sido abusados y puso en peligro a otros menores que estaban en situación de riesgo.

Por otro lado la valentía que ustedes y otros han mostrado al exponer la verdad fue un servicio de amor al habernos traído luz sobre una terrible oscuridad en la vida de la Iglesia. No hay lugar en el ministerio de la Iglesia para aquellos que cometen estos abusos, y me comprometo a no tolerar el daño infligido a un menor por parte de nadie, independientemente de su estado clerical. Todos los obispos deben ejercer su servicio de pastores con sumo cuidado para salvaguardar la protección de menores y rendirán cuentas de esta responsabilidad.

Para todos nosotros tiene vigencia el consejo que Jesús da a los que dan escándalos: la piedra de molino y el mar (cf. Mt 18,6).

Por otra parte vamos a seguir vigilantes en la preparación para el sacerdocio. Cuento con los miembros de la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, todos los menores, sean de la religión que sean, son retoños que Dios mira con amor.

Pido esta ayuda para que me ayuden a asegurar de que disponemos de las mejores políticas y procedimientos en la Iglesia Universal para la protección de menores y para la capacitación de personal de la Iglesia en la implementación de dichas políticas y procedimientos. Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia.

Hermanos y hermanas, siendo todos miembros de la Familia de Dios, estamos llamados a entrar en la dinámica de la misericordia. El Señor Jesús nuestro salvador es el ejemplo supremo, el inocente que tomó nuestros pecados en la Cruz; reconciliarnos es la esencia misma de nuestra identidad común como seguidores de Jesucristo. Volviéndonos a El, acompañados de nuestra Madre Santísima a los pies de la Cruz, buscamos la gracia de la reconciliación con todo el Pueblo de Dios. La suave intercesión de nuestra Señora de la Tierna Misericordia es una fuente inagotable de ayuda en nuestro viaje de sanación.

Ustedes y todos aquellos que sufrieron abusos por parte del clero son amados por Dios. Rezo para que los restos de la oscuridad que les tocó sean sanados por el abrazo del Niño Jesús, y que al daño hecho a ustedes le suceda una fe y alegría restaurada.

Agradezco este encuentro. Y por favor, recen por mí para que los ojos de mi corazón siempre vean claramente el camino del amor misericordioso, y que Dios me conceda la valentía de seguir ese camino por el bien de los menores. Jesús sale de un juicio injusto, de un interrogatorio cruel y mira a los ojos de Pedro, y Pedro llora. Nosotros pedimos que nos mire, que nos dejemos mirar, que lloremos, y que nos dé la gracia de la vergüenza para que como Pedro, cuarenta días después podamos responderle: "Vos sabés que te amamos" y escuchar su voz "Volvé por tu camino y apacentá a mis ovejas" y añado "y no permitas que ningún lobo se meta en el rebaño".

[01123-04.02]

Testo in lingua italiana

L’immagine di Pietro che, vedendo uscire Gesù da questa seduta di duro interrogatorio, e che incrocia lo sguardo con Gesù e piange, mi viene oggi nel cuore incrociando il vostro sguardo, di tanti uomini e donne, bambini e bambine; sento lo sguardo di Gesù e chiedo la grazia del suo piangere. La grazia che la Chiesa pianga e ripari per i suoi figli e figlie che hanno tradito la loro missione, che hanno abusato di persone innocenti. E io oggi sono grato a voi per essere venuti qui.

Da tempo sento nel cuore un profondo dolore, una sofferenza, per tanto tempo nascosto, dissimulato in una complicità che non trova spiegazione, finché qualcuno non si è reso conto che Gesù guardava, e un altro lo stesso e un altro lo stesso... e si fecero coraggio a sostenere tale sguardo.

E quei pochi che hanno cominciato a piangere, hanno contagiato la nostra coscienza per questo crimine e grave peccato. Questa è la mia angoscia e il mio dolore per il fatto che alcuni sacerdoti e vescovi hanno violato l’innocenza di minori e la loro propria vocazione sacerdotale abusandoli sessualmente. Si tratta di qualcosa di più che di atti deprecabili. È come un culto sacrilego perché questi bambini e bambine erano stati affidati al carisma sacerdotale per condurli a Dio ed essi li hanno sacrificati all’idolo della loro concupiscenza. Profanano la stessa immagine di Dio a cui immagine siamo stati creati. L’infanzia — lo sappiamo tutti — è un tesoro. Il cuore giovane, così aperto di speranza, contempla i misteri dell’amore di Dio e si mostra disposto in una maniera unica ad essere alimentato nella fede. Oggi il cuore della Chiesa guarda gli occhi di Gesù in questi bambini e bambine e vuole piangere. Chiede la grazia di piangere di fronte a questi atti esecrabili di abuso perpetrati contro i minori. Atti che hanno lasciato cicatrici per tutta la vita.

So che queste ferite sono una fonte di profonda e spesso implacabile pena emotiva e spirituale e anche di disperazione. Molti di coloro che hanno patito questa esperienza hanno cercato palliativi nella dipendenza. Altri hanno sperimentato seri disturbi nelle relazioni con genitori, coniugi e figli. La sofferenza delle famiglie è stata particolarmente grave dal momento che il danno provocato dall’abuso colpisce queste relazioni vitali.

Alcuni hanno anche sofferto la terribile tragedia del suicidio di una persona cara. La morte di questi amati figli di Dio pesa sul cuore e sulla mia coscienza e di quella di tutta la Chiesa. A queste famiglie offro i miei sentimenti di amore e di dolore. Gesù torturato e interrogato con la passione dell’odio è condotto in un altro luogo e guarda. Guarda a uno dei suoi, quello che lo aveva rinnegato e lo fa piangere. Chiediamo questa grazia insieme a quella della riparazione.

I peccati di abuso sessuale contro minori da parte di membri del clero hanno un effetto dirompente sulla fede e la speranza in Dio. Alcuni si sono aggrappati alla fede, mentre per altri il tradimento e l’abbandono hanno eroso la loro fede in Dio. La vostra presenza qui parla del miracolo della speranza che ha il sopravvento sulla più profonda oscurità. Senza dubbio, è un segno della misericordia di Dio che noi abbiamo oggi l’opportunità di incontrarci, di adorare il Signore, di guardarci negli occhi e cercare la grazia della riconciliazione.

Davanti a Dio e al suo popolo sono profondamente addolorato per i peccati e i gravi crimini di abuso sessuale commessi da membri del clero nei vostri confronti e umilmente chiedo perdono.

Chiedo perdono anche per i peccati di omissione da parte dei capi della Chiesa che non hanno risposto in maniera adeguata alle denunce di abuso presentate da familiari e da coloro che sono stati vittime di abuso. Questo, inoltre, ha recato una sofferenza ulteriore a quanti erano stati abusati e ha messo in pericolo altri minori che si trovavano in situazione di rischio.

D’altra parte, il coraggio che voi e altri avete dimostrato facendo emergere la verità è stato un servizio di amore, per aver fatto luce su una terribile oscurità nella vita della Chiesa. Non c’è posto nel ministero della Chiesa per coloro che commettono abusi sessuali; e mi impegno a non tollerare il danno recato a un minore da parte di chiunque, indipendentemente dal suo stato clericale. Tutti i vescovi devono esercitare il loro servizio di pastori con somma cura per salvaguardare la protezione dei minori e renderanno conto di questa responsabilità.

Per tutti noi vale il consiglio che Gesù dà a coloro che danno scandalo, la macina da molino e il mare (cfr Mt 18, 6).

Inoltre continueremo a vigilare sulla preparazione al sacerdozio. Conto sui membri della Pontificia Commissione per la Tutela dei Minori, tutti i minori, a qualsiasi religione appartengono, sono i piccoli che il Signore guarda con amore.

Chiedo questo ausilio affinché mi aiutino a far sì che possiamo disporre delle migliori politiche e procedimenti nella Chiesa universale per la protezione dei minori e per la formazione di personale della Chiesa nel portare avanti tali politiche e procedimenti. Dobbiamo fare tutto il possibile per assicurare che tali peccati non si ripetano più nella Chiesa.

Fratelli e sorelle, essendo tutti membri della famiglia di Dio, siamo chiamati a entrare nella dinamica della misericordia. Il Signore Gesù, nostro Salvatore, è l’esempio supremo, l’innocente che ha portato i nostri peccati sulla croce. Riconciliarci è l’essenza stessa della nostra comune identità come seguaci di Cristo. Rivolgendoci a Lui, accompagnati dalla nostra Madre Santissima ai piedi della croce, chiediamo la grazia della riconciliazione con tutto il popolo di Dio. La soave intercessione di Nostra Signora della Tenera Misericordia è una fonte inesauribile di aiuto nel nostro percorso di guarigione.

Voi e tutti coloro che hanno subito abusi da parte di membri del clero siete amati da Dio. Prego affinché quanto rimane dell’oscurità che vi ha toccato sia guarito dall’abbraccio del Bambino Gesù e che al danno recatovi subentri una fede e una gioia rinnovata.

Ringrazio per questo incontro e, per favore, pregate per me, perché gli occhi del mio cuore vedano sempre con chiarezza la strada dell’amore misericordioso e Dio mi conceda il coraggio di seguire questa strada per il bene dei minori.

Gesù esce da un giudizio ingiusto, da un interrogatorio crudele e guarda gli occhi di Pietro e Pietro piange. Noi chiediamo che ci guardi, che ci lasciamo guardare, e possiamo piangere, e che ci dia la grazia della vergogna, perché come Pietro, quaranta giorni dopo, possiamo rispondergli: «sai che ti amiamo» e ascoltare la sua voce: «torna al tuo cammino e pascola le mie pecore» — e aggiungo — «e non permettere che alcun lupo entri nel gregge».

[01123-01.02]

Testo in lingua inglese

The scene where Peter sees Jesus emerge after a terrible interrogation… Peter whose eyes meet the gaze of Jesus and weeps… This scene comes to my mind as I look at you, and think of so many men and women, boys and girls. I feel the gaze of Jesus and I ask for the grace to weep, the grace for the Church to weep and make reparation for her sons and daughters who betrayed their mission, who abused innocent persons. Today, I am very grateful to you for having travelled so far to come here.

For some time now I have felt in my heart deep pain and suffering. So much time hidden, camouflaged with a complicity that cannot be explained until someone realized that Jesus was looking and others the same… and they set about to sustain that gaze.

And those few who began to weep have touched our conscience for this crime and grave sin. This is what causes me distress and pain at the fact that some priests and bishops, by sexually abusing minors, violated their innocence and their own priestly vocation. It is something more than despicable actions. It is like a sacrilegious cult, because these boys and girls had been entrusted to the priestly charism in order to be brought to God. And those people sacrificed them to the idol of their own concupiscence. They profane the very image of God in whose likeness we were created. Childhood, as we all know, young hearts, so open and trusting, have their own way of understanding the mysteries of God’s love and are eager to grow in the faith. Today the heart of the Church looks into the eyes of Jesus in these boys and girls and wants to weep; she asks the grace to weep before the execrable acts of abuse which have left life long scars.

I know that these wounds are a source of deep and often unrelenting emotional and spiritual pain, and even despair. Many of those who have suffered in this way have also sought relief in the path of addiction. Others have experienced difficulties in significant relationships, with parents, spouses and children. Suffering in families has been especially grave, since the damage provoked by abuse affects these vital family relationships.

Some have even had to deal with the terrible tragedy of the death of a loved one by suicide. The deaths of these so beloved children of God weigh upon the heart and my conscience and that of the whole Church. To these families I express my heartfelt love and sorrow. Jesus, tortured and interrogated with passionate hatred, is taken to another place and he looks out. He looks out upon one of his own torturers, the one who denied him, and he makes him weep. Let us implore this grace together with that of making amends.

Sins of clerical sexual abuse against minors have a toxic effect on faith and hope in God. Some of you have held fast to faith, while for others the experience of betrayal and abandonment has led to a weakening of faith in God. Your presence here speaks of the miracle of hope, which prevails against the deepest darkness. Surely it is a sign of God’s mercy that today we have this opportunity to encounter one another, to adore God, to look in one another’s eyes and seek the grace of reconciliation.

Before God and his people I express my sorrow for the sins and grave crimes of clerical sexual abuse committed against you. And I humbly ask forgiveness.

I beg your forgiveness, too, for the sins of omission on the part of Church leaders who did not respond adequately to reports of abuse made by family members, as well as by abuse victims themselves. This led to even greater suffering on the part of those who were abused and it endangered other minors who were at risk.

On the other hand, the courage that you and others have shown by speaking up, by telling the truth, was a service of love, since for us it shed light on a terrible darkness in the life of the Church. There is no place in the Church’s ministry for those who commit these abuses, and I commit myself not to tolerate harm done to a minor by any individual, whether a cleric or not. All bishops must carry out their pastoral ministry with the utmost care in order to help foster the protection of minors, and they will be held accountable.

What Jesus says about those who cause scandal applies to all of us: the millstone and the sea (cf. Mt 18:6).

By the same token we will continue to exercise vigilance in priestly formation. I am counting on the members of the Pontifical Commission for the Protection of Minors, all minors, whatever religion they belong to, they are little flowers which God looks lovingly upon.

I ask this support so as to help me ensure that we develop better policies and procedures in the universal Church for the protection of minors and for the training of church personnel in implementing those policies and procedures. We need to do everything in our power to ensure that these sins have no place in the Church.

Dear brothers and sisters, because we are all members of God’s family, we are called to live lives shaped by mercy. The Lord Jesus, our Savior, is the supreme example of this; though innocent, he took our sins upon himself on the cross. To be reconciled is the very essence of our shared identity as followers of Jesus Christ. By turning back to him, accompanied by our most holy Mother, who stood sorrowing at the foot of the cross, let us seek the grace of reconciliation with the entire people of God. The loving intercession of Our Lady of Tender Mercy is an unfailing source of help in the process of our healing.

You and all those who were abused by clergy are loved by God. I pray that the remnants of the darkness which touched you may be healed by the embrace of the Child Jesus and that the harm which was done to you will give way to renewed faith and joy.

I am grateful for this meeting. And please pray for me, so that the eyes of my heart will always clearly see the path of merciful love, and that God will grant me the courage to persevere on this path for the good of all children and young people. Jesus comes forth from an unjust trial, from a cruel interrogation and he looks in the eyes of Peter, and Peter weeps. We ask that he look at us and that we allow ourselves to be looked upon and to weep and that he give us the grace to be ashamed, so that, like Peter, forty days later, we can reply: "You know that I love you"; and hear him say: "go back and feed my sheep" – and I would add – "let no wolf enter the sheepfold".

[01123-02.01]

Testo in lingua tedesca

Das Bild von Petrus, der Jesus aus dieser Sitzung mit dem schrecklichen Verhör herauskommen sieht, dem Blick Jesu begegnet und weint – dieses Bild steigt heute in meinem Herzen auf, da ich Ihrem Blick und dem so vieler Männer und Frauen, Jungen und Mädchen begegne. Ich spüre den Blick Jesu und bitte um die Gnade seines Gebetes. Um die Gnade, dass die Kirche weinen möge und Wiedergutmachung übe für ihre Söhne und Töchter, die ihre Aufgabe verraten und unschuldige Menschen missbraucht haben. Und ich bin Ihnen allen heute dankbar, dass Sie von weit her gekommen sind.

Seit langem trage ich in meinem Herzen den tiefen Schmerz, das Leid, das so lange Zeit verborgen, so lange Zeit verschleiert wurde mit einer Komplizenschaft, für die es keine Erklärung gibt – solange bis irgendjemand wahrgenommen hat, dass Jesus schaute, und ein anderer ebenfalls und noch einer… und sie entschlossen sich, diesen Blick auszuhalten.

Und die Wenigen, die begonnen haben zu weinen, haben unser Gewissen mit diesen Verbrechen und schweren Sünden belastet. Das ist meine Bestürzung und mein Schmerz über die Tatsache, dass einige Priester und Bischöfe die Unschuld von Minderjährigen und ihre eigene priesterliche Berufung geschändet haben, indem sie sich an ihnen sexuell vergingen. Es handelt sich um mehr als niederträchtige Taten. Es ist wie ein gotteslästerlicher Kult, denn diese Knaben und Mädchen waren dem priesterlichen Charisma anvertraut, damit sie zu Gott geführt würden, und jene haben sie dem Götzen ihrer Lüsternheit geopfert. Sie haben das Bild Gottes selbst beschmutzt, nach dessen Ähnlichkeit wir geschaffen worden sind. Die Kindheit – das wissen wir alle – ist ein Schatz. Das junge Herz, das so offen und von Vertrauen erfüllt ist, betrachtet die Geheimnisse der Liebe Gottes und zeigt sich in einzigartiger Weise bereit, im Glauben genährt zu werden. Heute erblickt das Herz der Kirche in den Augen dieser kleinen Buben und Mädchen die Augen Jesu und möchte weinen. Sie bittet um die Gnade, zu weinen angesichts der verdammenswerten Taten des Missbrauchs, die an Minderjährigen begangen wurden – Taten, die Narben für das ganze Leben hinterlassen haben.

Ich weiß, dass diese Wunden eine Quelle tiefer und oft unerbittlicher emotionaler und geistlicher Beklemmung, ja sogar von Verzweiflung sind. Viele von denen, die diese Erfahrung durchgemacht haben, haben Palliative gesucht auf dem Weg der Suchtmittel. Andere haben eine Beziehungsstörung zu den Eltern, zum Ehepartner und zu den eigenen Kindern erlitten. Das Leiden der Familien ist besonders schwer gewesen, da der durch den Missbrauch hervorgerufene Schaden diese lebenswichtigen familiären Beziehungen in Mitleidenschaft zieht.

Einige haben sogar die furchtbare Tragödie des Selbstmords eines lieben Menschen durchlitten. Das Sterben dieser von Gott so geliebten Kinder lastet auf meinem Herzen und Gewissen und dem der ganzen Kirche. Diesen Familien bekunde ich meine Gefühle der Liebe und des Schmerzes. Jesus, der mit der Leidenschaft des Hasses gefoltert und verhört worden ist, wird an einen anderen Ort gebracht und schaut. Er schaut einen der Seinen an, jenen, der ihn verleugnet hatte, und bringt ihn zum Weinen. Bitten wir um diese Gnade zusammen mit jener der Wiedergutmachung.

Die Sünden des sexuellen Missbrauchs an Minderjährigen durch Priester üben eine verheerende Wirkung auf den Glauben und auf die Hoffnung auf Gott aus. Einige haben sich an den Glauben geklammert, während bei anderen der Treubruch und die Verlassenheit ihren Glauben an Gott aufgerieben haben. Ihre Anwesenheit hier spricht vom Wunder der Hoffnung, die stärker ist, als die tiefste Finsternis. Zweifellos ist es ein Zeichen der Barmherzigkeit Gottes, dass wir heute diese Gelegenheit haben, uns zu begegnen, Gott anzubeten, einander in die Augen zu schauen und die Gnade der Versöhnung zu suchen.

Vor Gott und seinem Volk drücke ich meinen Schmerz über die Sünden und schweren Verbrechen der sexuellen Missbräuche aus, die Mitglieder des Klerus Ihnen gegenüber begangen haben, und bitte demütig um Verzeihung.

Ebenso bitte ich Sie um Verzeihung für die Sünden der Unterlassung seitens Verantwortlicher in der Kirche, die nicht angemessen auf die Missbrauchsanzeigen reagiert haben, die von Familienangehörigen und von Missbrauchsopfern selbst vorgebracht wurden. Dies hat noch zu zusätzlichem Leiden derer geführt, die missbraucht worden sind, und andere Minderjährige, die sich in Risikosituationen befanden, in Gefahr gebracht.

Andererseits ist der Mut, den Sie und andere bewiesen haben, indem Sie die Wahrheit aufgedeckt haben, ein Dienst der Liebe gewesen, insofern er Licht auf eine schreckliche Finsternis im Leben der Kirche geworfen hat. Es gibt keinen Platz in einem kirchlichen Dienstamt für jene, die diesen Missbrauch begehen; und ich stehe dafür ein, keinen Schaden zu dulden, der von irgend jemandem – sei er Priester oder nicht – einem Minderjährigen zugefügt wurde. Alle Bischöfe müssen ihren Hirtendienst mit größter Achtsamkeit ausüben, um den Schutz der Minderjährigen zu garantieren, und werden für diese Verantwortung zur Rechenschaft gezogen.

Für uns alle gilt der Rat, den Jesus denen gibt, die jemanden zum Bösen verführen: der Mühlstein und das Meer (vgl. Mt 18,6).

Seien wir außerdem weiterhin wachsam bei der Ausbildung von Priesteramtskandidaten. Ich zähle auf die Mitglieder der Päpstlichen Kommission für den Schutz der Minderjährigen – alle Minderjährigen, gleich welcher Religion sie angehören, sind Sprösslinge, auf die Gott mit Liebe schaut.

Ich erbitte diese Hilfe, dass sie mir zur Seite stehen, um sicherzustellen, dass wir in der universalen Kirche über die besten Strategien und Verfahren zum Schutz der Minderjährigen und zur Befähigung kirchlichen Personals für eine Implementierung dieser Strategien und Verfahren verfügen können. Wir müssen alles tun, was möglich ist, damit diese Sünden sich in der Kirche nicht wiederholen.

Brüder und Schwestern, da wir alle Mitglieder der Familie Gottes sind, sind wir alle dazu berufen, in die Dynamik der Barmherzigkeit einzutreten. Jesus, unser Herr und Retter, ist dafür das erhabenste Beispiel – er, der Unschuldige, der am Kreuz unsere Sünden auf sich nahm. Versöhnt zu sein ist das wahre Wesen unserer gemeinsamen Identität als Menschen in der Nachfolge Jesu Christi. Indem wir zu ihm umkehren und dabei von unserer heiligsten Mutter, der Mutter am Fuß des Kreuzes, begleitet werden, wollen wir mit dem ganzen Volk Gottes die Gnade der Versöhnung erbitten. Die milde Fürsprache der Mutter Gottes des zärtlichen Erbarmens ist eine unerschöpfliche Quelle der Hilfe auf unserem Weg der Heilung.

Sie und alle, die Missbräuche von Priestern erlitten haben, sind von Gott geliebt. Ich bete, dass die Überreste der Dunkelheit, die Sie berührt hat, durch die Umarmung des Christkindes geheilt werden und dass dem Schaden, der Ihnen zugefügt wurde, ein Glaube und eine wiedergewonnene Freude folgen mögen.

Ich danke für diese Begegnung und, bitte, beten Sie für mich, dass die Augen meines Herzens immer deutlich den Weg der barmherzigen Liebe sehen und dass Gott mir den Mut schenke, diesen Weg für das Wohl der Minderjährigen zu beschreiten.

Jesus kommt aus einer ungerechten Gerichtsverhandlung, aus einem grausamen Verhör und schaut Petrus in die Augen – und Petrus weint. Wir bitten, dass er uns anschaue, dass wir uns anschauen lassen und weinen können und dass er uns die Gnade schenke, Scham zu empfinden, damit wir ihm – wie Petrus vierzig Tage danach – antworten können: „Du weißt, dass ich dich liebe", und seine Stimme hören: „Nimm deinen Weg wieder auf und weide meine Schafe" – und ich füge hinzu: „Und lass nicht zu, dass ein Wolf in die Herde eindringt!"

[01123-05.01]

Testo in lingua francese

L’image de Pierre voyant Jésus sortir de ce terrible interrogatoire, Pierre qui croise Jésus du regard et qui pleure, cette image me vient au cœur aujourd’hui dans vos regards, dans celui de tant d’hommes et de femmes, d’enfants ; je vois le regard de Jésus et je demande la grâce de ses pleurs. La grâce que l’Église pleure et répare pour ses fils et ses filles qui ont trahi leur mission, qui ont abusé de personnes innocentes. Et aujourd’hui je vous suis reconnaissant, pour être venus jusqu’ici.

Depuis longtemps je porte en mon cœur la profonde douleur, la souffrance, si longtemps occultée, si longtemps dissimulée, avec une complicité qui n’a pas d’explication, jusqu’à ce que quelqu’un ait senti que Jésus regardait, et un autre de même, et un autre encore….et ils se décident à soutenir ce regard.

Et ces quelques uns qui ont commencé à pleurer nous ont fait prendre conscience de ce crime, de ce péché grave. C’est mon angoisse et ma douleur, le fait que quelques prêtres et évêques aient violé l’innocence de mineurs, ainsi que leur propre vocation sacerdotale, en abusant d’eux sexuellement. C’est plus que des actes condamnables. C’est comme un culte sacrilège, parce que ces enfants ont été confiés à leur charisme sacerdotal pour être conduits à Dieu, et ils les ont sacrifiés à l’idole de leur concupiscence. Ils profanent l’image même de Dieu à la ressemblance duquel nous avons été créés. L’enfance, nous le savons tous, est un trésor. Le cœur jeune, si ouvert à l’espérance, contemple les mystères de l’amour de Dieu et est disposé de façon unique à être alimenté dans la foi. Aujourd’hui le cœur de l’Église regarde les yeux de Jésus à travers ces enfants et veut pleurer. Elle demande la grâce de pleurer devant les actes détestables d’abus perpétrés contre des mineurs, des actes qui ont laissé des cicatrices pour toute la vie.

Je sais que ces blessures sont une source de profonde angoisse émotionnelle et spirituelle, souvent irrépressible. Voire, de désespoir. Beaucoup de ceux qui ont souffert cette expérience ont cherché des palliatifs dans l’addiction. D’autres ont fait l’expérience de perturbations dans les relations avec leurs parents, leurs époux et enfants. La souffrance des familles a été particulièrement grave parce que le mal provoqué par l’abus affecte ces relations vitales de la famille.

Certains ont même souffert la terrible tragédie du suicide d’un être cher. La mort de ces fils si aimés de Dieu pèse sur mon cœur et sur ma conscience, et sur celle de toute l’Église. A ces familles j’offre mes sentiments d’amour et de douleur. Jésus torturé et interrogé avec la passion de la haine est emmené à un autre endroit, et il regarde. Il regarde l’un des siens, celui-ci qui le renie, et il le fait pleurer. Demandons à Dieu cette grâce, avec celle de la réparation.

Les péchés d’abus sexuels contre des mineurs de la part du clergé ont des conséquences graves sur la foi et l’espérance en Dieu. Certains se sont accrochés à la foi tandis que, chez d’autres, la trahison et l’abandon ont érodé la foi en Dieu.

Votre présence ici parle du miracle de l’espérance qui prévaut sur l’obscurité la plus profonde. Sans aucun doute, c’est un signe de la miséricorde de Dieu que nous ayons aujourd’hui l’opportunité de nous rencontrer, d’adorer Dieu, de nous regarder dans les yeux et de chercher la grâce de la réconciliation.

Devant Dieu et son peuple, j’exprime ma douleur pour les péchés et les crimes graves d’abus sexuels commis par le clergé contre vous et, humblement, je demande pardon.

Je vous demande aussi pardon pour les péchés d’omission de la part des autorités de l’Église qui n’ont pas répondu adéquatement aux dénonciations d’abus présentées par des proches et par ceux qui ont été victimes d’abus ; cela a entraîné une souffrance supplémentaire à ceux qui ont été abusés, et a mis en danger d’autres mineurs qui étaient en situation de risque.

D’autre part, le courage que vous, et d’autres, avez montré en exposant la vérité, a été un service d’amour, portant à la lumière une terrible obscurité dans la vie de l’Église. Il n’y pas de place dans le ministère de l’Église pour ceux qui commettent ces abus, et je m’engage à ne pas tolérer le mal infligé à un mineur, par qui que ce soit, indépendamment de son état clérical. Tous les évêques doivent exercer leur service pastoral avec le plus grand soin pour assurer la protection des mineurs, et ils rendront compte de cette responsabilité.

Pour nous tous, demeure en vigueur le conseil que Jésus donne à ceux qui provoquent des scandales : la meule et la mer (cf. Mt 18, 6).

Par ailleurs, nous continuerons à être vigilants dans la préparation au sacerdoce. Je compte sur les membres de la Commission Pontificale pour la Protection des Mineurs, de tous les mineurs ; de quelque religion qu’ils soient, ils sont des fils que Dieu regarde avec amour.

Je demande ce soutien afin qu’ils m’aident à garantir que nous disposons des meilleures politiques et procédures dans l’Église universelle pour la protection des mineurs et pour la préparation du personnel de l’Église, dans la mise en application de ces politiques et procédures. Nous devons faire tout le possible pour nous assurer que de tels péchés ne se produisent pas dans l’Église.

Frères et sœurs, étant tous membres de la Famille de Dieu, nous sommes appelés à entrer dans la dynamique de la miséricorde. Le Seigneur Jésus, notre Sauveur, est l’exemple suprême, l’innocent qui a pris sur la Croix nos péchés ; nous réconcilier est l’essence même de notre identité commune comme disciples de Jésus-Christ. En nous tournant vers Lui, accompagnés de Notre Très Sainte Mère au pied de la Croix, nous cherchons la grâce de la réconciliation avec tout le Peuple de Dieu. La douce intercession de Notre Dame de la Tendre Miséricorde est une source inépuisable d’aide dans notre parcours de guérison.

Avec tous ceux qui ont souffert des abus de la part du clergé, vous êtes aimés de Dieu. Je prie pour que les restes de l’obscurité dans laquelle vous avez été plongés, soient dissipés par le bras de l’Enfant Jésus, et qu’au mal qui vous a été fait succèdent une foi et une joie restaurées.

Je remercie pour cette rencontre. Et, s’il vous plaît, priez pour moi, pour que les yeux de mon cœur voient toujours clairement le chemin de l’amour miséricordieux, et que Dieu m’accorde le courage de poursuivre ce chemin pour le bien des mineurs. Jésus sort d’un jugement injuste, d’un interrogatoire cruel et il regarde Pierre dans les yeux, et Pierre pleure. Demandons qu’il nous regarde, qu’il ne cesse pas de nous regarder, que nous pleurions et qu’il nous donne la grâce de la honte afin que, comme Pierre, quarante jours après nous pussions lui répondre : ‘‘Tu sais que je t’aime’’ et entendre sa voix : ‘‘Retourne sur ton chemin et pais mes brebis’’, et j’ajoute « et ne permets à aucun loup de s’introduire dans le troupeau’’.

[01123-03.01]

Testo in lingua portoghese

A imagem de Pedro, cujo olhar, vendo Jesus sair desta sessão de duro interrogatório [no Sinédrio], se cruza com Jesus e chora, vem-me hoje ao coração ao cruzar o vosso olhar, o olhar de tantos homens e mulheres, meninos e meninas; sinto o olhar de Jesus e peço a graça do seu chorar.

A graça de a Igreja chorar e fazer reparação pelos seus filhos e filhas que traíram a sua missão, que abusaram de pessoas inocentes com os seus desvarios. E hoje sinto-me agradecido a vós por terdes vindo aqui.

Há tempos que sinto no coração um profundo pesar, vendo um sofrimento escondido durante tanto tempo, dissimulado numa cumplicidade que não encontra explicação, até que alguém se deu conta de que Jesus olhava e depois outra pessoa notou o mesmo e mais outra se apercebeu disso mesmo... e animaram-se a sustentar este olhar. E aqueles poucos que começaram a chorar, contagiaram a nossa consciência fazendo-a chorar por este crime e pecado grave. Sinto no meu coração angústia e pesar pelo facto de alguns padres e bispos terem violado a inocência de menores – e a sua própria vocação sacerdotal –, abusando deles sexualmente. Trata-se de algo mais que actos ignóbeis; é uma espécie de culto sacrílego, porque estes meninos e meninas tinham sido confiados ao carisma sacerdotal para os conduzir a Deus e eles sacrificaram-nos ao ídolo da sua concupiscência. Profanaram a própria imagem de Deus, pois foi à imagem d’Ele que fomos criados. A infância – todos nós o sabemos – é um tesouro. O coração jovem, tão aberto e cheio de confiança, contempla os mistérios do amor de Deus e mostra-se disponível de uma forma única para ser alimentado na fé. Hoje, o coração da Igreja contempla os olhos de Jesus nestes meninos e meninas e quer chorar. Pede a graça de chorar perante estes actos execráveis de abuso perpetrados contra os menores; actos que deixaram cicatrizes para a vida inteira.

Sei que as vossas feridas são uma fonte de profunda e muitas vezes implacável pena emotiva e espiritual e até mesmo de desespero. Muitos daqueles que sofreram esta experiência, procuraram compensações na dependência. Outros experimentaram sérios distúrbios nas relações com pais, cônjuges e filhos. Particularmente grave foi o sofrimento das famílias, já que o dano provocado pelo abuso atinge estas relações vitais.

Alguns sofreram mesmo a terrível tragédia do suicídio de um ente querido. A morte destes filhos amados de Deus pesa sobre o coração e sobre a minha consciência e a de toda a Igreja. A estas famílias, apresento os meus sentimentos de pesar e de amor. Jesus, torturado e interrogado com a paixão do ódio, é levado para outro lugar e olha; olha para um dos seus – aquele que O renegara – e fá-lo chorar. Pedimos esta graça, juntamente com a da reparação.

Os pecados de abuso sexual contra menores por parte de membros do clero têm um efeito devastador sobre a fé e a esperança em Deus. Alguns há que se agarraram à fé, enquanto, a outros, a traição e o abandono corroeram a sua fé em Deus. A vossa presença aqui fala do milagre da esperança que prevalece sobre a mais profunda escuridão. É, sem dúvida, um sinal da misericórdia de Deus o facto de termos hoje esta oportunidade de nos encontrarmos, de adorar o Senhor, de nos fixarmos olhos nos olhos e de buscar a graça da reconciliação.

Diante de Deus e do seu povo, sinto-me profundamente consternado pelos pecados e os crimes graves de abuso sexual cometidos por membros do clero contra vós e humildemente peço perdão.

Peço perdão também pelos pecados de omissão por parte dos responsáveis da Igreja que não responderam de forma adequada às denúncias de abuso apresentadas por familiares e por aqueles que foram vítimas de abuso. Isto causou ainda ulterior sofrimento àqueles que foram abusados e pôs em perigo outros menores que se encontravam em situação de risco.

Por outro lado, a coragem que vós e outros demostraram fazendo emergir a verdade foi um serviço de amor, projectando luz sobre uma terrível obscuridade na vida da Igreja. Não há lugar, no ministério da Igreja, para aqueles que cometem abusos sexuais; e comprometo-me a não tolerar o dano infligido a um menor por quem quer que seja, independentemente do seu estado clerical. Todos os bispos devem exercer o seu serviço de pastores com o máximo cuidado para salvaguardar a protecção dos menores, e prestarão contas desta responsabilidade.

Vale, para todos nós, o conselho que Jesus deu para quantos dão escândalo: …a mó do moinho e mar (cf. Mt 18, 6).

Além disso continuaremos a vigiar sobre a preparação para o sacerdócio. Conto com os membros da Pontifícia Comissão para a Protecção dos Menores, todos os menores independentemente da religião a que pertençam: são os pequeninos que o Senhor olha com amor.

Preciso que me ajudem a fazer com que possamos dispor das melhores políticas e procedimentos na Igreja universal para a protecção dos menores e para a habilitação de pessoal da Igreja na realização de tais políticas e procedimentos. Devemos fazer tudo o que for possível para garantir que tais pecados não mais se repitam na Igreja.

Irmãos e irmãs, sendo todos membros da família de Deus, estamos chamados a entrar na dinâmica da misericórdia. O Senhor Jesus, nosso Salvador, é o exemplo supremo, o inocente que carregou os nossos pecados na cruz. Reconciliarmo-nos é a própria essência da nossa identidade comum de seguidores de Cristo. Voltando-nos para Ele, acompanhados pela nossa Mãe Santíssima aos pés da cruz, peçamos a graça da reconciliação com todo o povo de Deus. A doce intercessão de Nossa Senhora da Terna Misericórdia é uma fonte inesgotável de ajuda no nosso percurso de cura.

Vós e todos aqueles que sofreram abusos por parte de membros do clero, sois amados por Deus. Rezo para que, quanto resta da obscuridade que vos atingiu, seja curado pelo abraço do Menino Jesus e, ao dano que vos foi causado, suceda uma fé e uma alegria renovadas.

Obrigado por este encontro e, por favor, rezai por mim, para que os olhos do meu coração vejam sempre com clareza o caminho do amor misericordioso, e Deus me conceda a coragem de seguir este caminho para o bem dos menores.

Jesus sai de um julgamento injusto, de um interrogatório cruel e fixa os olhos de Pedro e Pedro chora. Nós pedimos-Lhe que nos olhe, que nos deixemos olhar e possamos chorar, e que nos dê a graça da vergonha, para podermos – como Pedro, quarenta dias mais tarde – responder-Lhe: «Tu sabes que Te amamos» e ouvir a sua voz: «Volta ao teu caminho e apascenta as minhas ovelhas e – acrescento eu – não permitas que algum lobo entre no rebanho».

[01123-06.01]

Testo in lingua polacca

Obraz Piotra, który widzi Jezusa wychodzącego z surowego przesłuchania, spotyka spojrzenie Jezusa i zaczyna płakać, przychodzi mi na myśl dzisiaj, gdy spotykam wasze spojrzenia, wielu mężczyzn i kobiet, chłopców i dziewcząt; czuję spojrzenie Jezusa i proszę Go o łaskę Jego łez. Łaskę, by Kościół płakał i zadośćuczynił za swoich synów i córki, którzy zdradzili swoją misję, którzy dopuścili się nadużyć w stosunku do niewinnych osób. Jestem wam dziś wdzięczny za przybycie tutaj.

Od dawna czuję w sercu głęboki ból, cierpienie, ukrywane przez tyle czasu, zatajone przez niemożliwy do wytłumaczenia współudział, do momentu kiedy ktoś zdał sobie sprawę z tego, że Jezus patrzy, a potem jeszcze ktoś i jeszcze ktoś... i odważnie wytrzymali to spojrzenie. I ci nieliczni, którzy zaczęli płakać, obudzili nasze sumienie na tę zbrodnię i ciężki grzech. Moje cierpienie i ból powoduje fakt, że niektórzy kapłani i biskupi sprofanowali niewinność nieletnich i swoje powołanie kapłańskie dopuszczając się w stosunku do nich nadużyć seksualnych. To coś więcej niż czyny niegodziwe. To jak świętokradczy kult, bo te dziewczynki i ci chłopcy byli powierzeni charyzmatowi kapłańskiemu, by byli prowadzeni do Boga, a oni złożyli ich w ofierze bożkowi swojej żądzy. Sprofanowali oni obraz Boga, na którego podobieństwo zostaliśmy stworzeni. Dzieciństwo – wiemy o tym wszyscy - jest skarbem. Młode serce, tak otwarte i pełne ufności, podziwia tajemnice miłości Boga i w jedyny w swoim rodzaju sposób gotowe jest umacniać się w wierze. Dziś serce Kościoła patrzy w oczy Jezusa w tych chłopcach i dziewczynkach i chce płakać. Prosi o łaskę płaczu w obliczu tych nikczemnych nadużyć seksualnych w stosunku do nieletnich. Czynów, które pozostawiły wam blizny na całe życie.

Wiem, że wasze rany są źródłem głębokiego i niekiedy nieustępującego cierpienia emocjonalnego i duchowego, a także rozpaczy. Wiele osób, które przeszły przez to doświadczenie, popadło w uzależnienia. Inne cierpiały z powodu zaburzeń w ważnych relacjach z rodzicami, współmałżonkami i dziećmi. Cierpienie rodzin było szczególnie dramatyczne, ponieważ urazy spowodowane przez nadużycia przynoszą szkodę tym istotnym relacjom.

Niektórzy zaznali także cierpienia z powodu strasznej tragedii, jaką jest samobójstwo bliskiej osoby. Śmierć tych umiłowanych dzieci Bożych bardzo ciąży mi na sercu i sumieniu, a także na sumieniu całego Kościoła. Tym rodzinom wyrażam moje najgłębsze ubolewanie i miłość. Jezus torturowany i przesłuchiwany z pasją zrodzoną z nienawiści jest prowadzony w inne miejsce i patrzy. Patrzy na jednego ze swoich, tego, który się Go zaparł i wywołuje jego płacz. Prośmy o tę łaskę razem z łaską zadośćuczynienia.

Grzechy nadużyć seksualnych w stosunku do nieletnich ze strony członków duchowieństwa są wstrząsem dla wiary w Boga i pokładanej w Nim nadziei. Niektórzy uchwycili się wiary, u innych zdrada i opuszczenie osłabiły wiarę w Boga. Wasza obecność tutaj mówi o cudzie nadziei, która pokonuje najciemniejsze mroki. Niewątpliwie jest to znak miłosierdzia Bożego, że dziś możemy się spotkać, wielbić Boga, patrzyć sobie w oczy i prosić o łaskę pojednania.

Przed Bogiem i Jego ludem odczuwam głęboki ból z powodu grzechów i poważnych zbrodni, jakimi są nadużycia seksualne popełnione przez członków kleru w stosunku do was i pokornie błagam o przebaczenie.

Proszę również o przebaczenie grzechów zaniedbania ze strony zwierzchników Kościoła, którzy nie zareagowali we właściwy sposób na skargi o nadużycia, wnoszone przez członków rodzin i przez osoby, które były ofiarami nadużyć. Przysporzyło to dodatkowych cierpień osobom skrzywdzonym i wystawiły na niebezpieczeństwo innych nieletnich, którzy znaleźli się w sytuacji zagrożenia.

Z drugiej strony odwaga, którą wykazaliście się wy i inni, ujawniając prawdę, była posługą miłości, bo pozwoliła odkryć straszliwe mroki w życiu Kościoła. Nie ma miejsca w posłudze Kościoła dla tych, którzy dopuszczają się nadużyć seksualnych w stosunku do dzieci; i zobowiązuję się do tego, że nie będę tolerował krzywdy wyrządzonej osobie nieletniej przez kogokolwiek, niezależnie od jego stanu duchownego. Wszyscy biskupi muszą wykonywać swoją posługę pasterzy z najwyższym staraniem o to, by chronić dzieci i z tej odpowiedzialności będą zdawać sprawę.

Do wszystkich odnosi się rada, którą daje Jezus tym, którzy sieją zgorszenie, kamień młyński i morze (por. Mt 18, 6).

Ponadto będziemy czuwali nad procesem przygotowania do kapłaństwa. Liczę na członków Papieskiej Komisji ds. Ochrony Nieletnich, wszystkich nieletnich, bo niezależnie od tego, jaką wyznają religię, to oni są małymi, na których Pan patrzy z miłością.

Proszę ich zatem o pomoc, ażebyśmy mogli wprowadzić skuteczną politykę i skuteczne procedury w Kościele powszechnym, mające na celu ochronę nieletnich, a także formację personelu kościelnego, by tę politykę i te procedury wdrażać. Musimy zrobić wszystko, co możliwe, by zapewnić, żeby te grzechy więcej się nie powtórzyły w Kościele.

Bracia i siostry w Chrystusie, jako członkowie rodziny Bożej wszyscy jesteśmy powołani do tego, by wchodzić w dynamikę miłosierdzia. Pan Jezus, nasz Zbawiciel, jest najwyższym przykładem, niewinnym, który zabrał na krzyż nasze grzechy. Pojednanie jest istotą naszej wspólnej tożsamości naśladowców Chrystusa. Zwracając się do Niego, razem z Naszą Najświętszą Matką, która stała u stóp krzyża, prosimy o łaskę pojednania z całym ludem Bożym. Pełne słodyczy wstawiennictwo Naszej Pani Czułego Miłosierdzia jest niewyczerpanym źródłem pomocy na naszej drodze do wyzdrowienia.

Wy i wszyscy, którzy doznali nadużyć ze strony członków kleru, jesteście kochani przez Boga. Modlę się, aby to, co pozostaje z mroku, który was dotknął, zostało uleczone przez uścisk Dzieciątka Jezus, oraz by miejsce doznanej krzywdy zajęła wiara i odnowiona radość.

Dziękuję Panu za to spotkanie i proszę was o modlitwę za mnie, aby oczy mojego serca zawsze widziały jasno drogę miłosiernej miłości, a Bóg dał mi odwagę, bym szedł tą drogą dla dobra dzieci.

Jezus wychodzi po niesprawiedliwym sądzie, po okrutnym przesłuchaniu i patrzy Piotrowi w oczy, a Piotr płacze. Prosimy, by patrzył na nas, byśmy pozwolili na siebie patrzeć i byśmy mogli płakać, a także by dał nam łaskę wstydu, abyśmy jak Piotr, po 40 dniach, mogli Mu odpowiedzieć: «Wiesz, że Cię miłujemy» i usłyszeć jego głos «wróć na swoją drogę i paś moje owce» - i dodaję - «nie pozwól, by żaden wilk wszedł do owczarni».

[01123-09.01]

[B0504-XX.03]